El periodista Alfons Quintá asesina a su mujer y después se suicida

Alfóns Quintá al teléfono cuando se puso en marcha TV3 en Cataluña

El día 19 de diciembre de 2016 familiares de la doctora Victória Bertrán, de 57 años de edad, alertaron a las fuerzas de seguridad que no había acudido a su trabajo como era costumbre en ella, por lo que se supusieron que algo le podría haber ocurrido, aunque jamás se imaginaron que horas después de esta alerta se encontrasen los cadáveres de la médica junto a quien había sido su esposo, el periodista Alfons Quintá, nacido en la localidad gerundense de Figueres en el año 1943. La escena, como todas en la que está presente la violencia machista no podía ser más desagarradora. Dos cuerpos exangües y una escopeta de caza con la que se había cometido el crimen y el posterior suicidio. Era una de las últimas mujeres fallecidas en el año que estaba a punto de finalizar como consecuencia de la violencia de género, pero no era una cualquiera, como lo tampoco era el hombre que le había dado muerte, uno de los periodistas más influyentes de Cataluña durante las más de dos décadas que Jordi Pujol estuvo al frente de los destinos de la Generalitat.

La noticia de aquel trágico suceso sobresaltó a la sociedad catalana dada la categoría personal y profesional del autor del desgraciado crimen que tiñó de luto la Navidad de Barcelona en el año 2016. Alfons Quintá era un hombre raudo, con un marcado carácter, que no dejaba indiferente a nadie. Su matrimonio con la doctora Bertran, con quien al parecer ya no convivía cuando se produjo el fatal suceso, se remontaba a treinta años atrás. Para ella era su primer matrimonio, en tanto que para él era el tercero, después de haberse divorciado de una ciudadana japonesa, con quien no había tenido hijos, al igual que de sú última pareja. Sus dos hijos fueron concebidos en su primer matrimonio.

El día de autos los vecinos escucharon un disparo, por lo que alertaron a la policía. Sin embargo, desde las dependencias policiales achaccaron el letal ruido a que esa noche el FC Barcelona había derrotado por cuatro goles a uno al Español y sus aficionados estaban tirando petardos. El suceso se produjo en el exclusivo barrio de Las Corts, uno de los más caros y envejecidos de la Ciudad Condal, que se encuentra muy próximo al Camp Nou, el recinto deportivo que había sido escenario del derbi en que los blaugranas habían derrotado a su eterno rival, los pericos.

El autor de aquel asesinato machista dejó una nota manuscrita en la que alegaba que había tomado aquella trágica determinación, debido a que la mujer con la que había compartido su vida durante los últimos treinta años pretendía dar por concluida una relación en la que hubo de soportar toda clase de insultos, humillaciones y vejaciones. Con ello, la policía resolvía definitvamente que se encontraban ante un crimen y no ante un sucidio conjunto como también llegaría a especularse.

Amargada

Quienes conocían a la doctora Bertrán la definían como una persona afable, con don de gentes y agradable, que dispensaba un inmejorable trato a sus pacientes en el que destacaba su humanidad, además de su innata galantería. No obstante, había alguna persona de su entorno más próximo que aseguraban que la médica se encontraba preocupada por algo, cuando no amargada. De hecho, su madre ya había detectado en su hija que algo no marchaba bien hacía ya diez años. Y dicen que son los padres quienes primero descubren cuando un vastago se encuentra mal, y muy especialmente las madres, como era este caso. Sin embargo, debido a su carácter, nadie quiso inferir en la vida personal de la galena, aunque ya había algunos dedos que apuntaban directamente a su marido, un hombre sin escrúpulos, capaz de utilizar cualquier arma que estuviese a su alcance para destruir a quien quiera que fuese. Así lo había demostrado en sus muchos años de carrera profesional, en los que además de destacar por sus grandes conocimientos en materia informativa, se haría también célebre por utilizar unos métodos escasamente ortodoxos con sus subordinados, quienes no guardan precisamente un recuerdo entrañable de aquel sujeto que aguaría las fiestas navideñas a los catalanes en 2016.

Muchos que conococían de cerca a Alfons Quintiá se preguntaban como la mujer con la que compartía su vida podría aguantar a un ser de una naturaleza tan ingrata, que había hecho del chantaje su bandera predilecta con los periodistas y personas que lo trataron y soportaron. Precisamente, ese arma la emplearía de nuevo con Victoria Bertrán, cuando esta tenía decidido abandonarlo después de haber soportado una vida infame durante seis lustros. Aquel año, 2016, el periodista había sido sometido a una intervención quirúrgica en el corazón, que utilizaría como chantaje, acusando a su esposa de abandonarlo en un momento tan delicado de su vida. De nuevo, la doctoría sucumbiría ante quien sería su verdugo por humanidad y compasión, desconociendo seguramente que lo único que hacía era cavar su propia tumba, tal y como ocurriría tan solo unos meses más tarde.

Terror en la profesión periodística

Si es costumbre hablar bien o incluso muy bien de casi todas las personas que fallecen, no lo fue en el caso de Alfons Quintiá, quien había experimentado un ascenso fulgurante en la carrera periodistica, con distintos cargos de responsabilidad, entre ellos el de poner en marcha la televisión autonómica de Cataluña, TV-3. Casi nadie de quien estuvo bajo sus órdenes guarda buen recuerdo de él. Abuso y ostentación de poder son las dos palabras que definirían a este sujeto. A ello se añadían los insultos y burlas que solía proferir contra sus subordinados. A todo ello se sumaba el carácter despótico en el trato con quienes le trataban. Nadie ponía en duda su extraordinaria capacidad profesional, abrumadora y arrolladora en muchos ámbitos, principalmente en los del poder, en los que se movía como pez en el agua. De hecho, esa forma de ser le acarreraría ciertos beneficios en lo profesional, pues de ser uno de los periodistas que más atizó a Jordi Pujol con el «caso Banca Catalana». posteriormente comenzaría a trabajar para él desde un puesto en el que pudo volver a demostrar de nuevo su poder omnípodo, sirviéndose para ello de las más crueles patrañas,

En su dilatada carrera periodística Quintiá acumuló una gran cantidad de información que la utilizó en su propio beneficio, una información que era ante todo poder. De hecho, disponía de una gran cantidad de dossiers que atemorizaban a personas que, en teoría, gozaban de un mayor poder que el suyo. Incluso se llegó a sospechar que este individuo pudo haber trabajado para la CIA, aunque no se sabe si es una falacia que alguien comentó en tono de broma si era algo cierto. Cualquiera sabe. Lo que sí está demostrado es que, al igual que el caballo de Atila, por donde el pasaba no volvía a crecer la hierba, y era temido a diestro y siniestro, precisamente por ese carácter embaucador y prepotente, adobado por su gran mezquindad y eterna grosería, a lo que se añadía sus innumerables fuentes informativas, algunas inventadas y otras ciertas. Sea como fuere, lo cierto es que había conseguido que a su alrededor se generase un clima de terror que se empezó a airear cuando ya había perpetrado el abominable crimen. En definitiva, un psicópata con todas las letras, al que muchos no quisieron desenmascarar hasta que dio verdaderamente la cara.

Como colofón, sirvan estas líneas que escribía en el Diari de Girona en su edición del 2 de octubre de 2016, poco más de dos meses antes de perpertar el horrible crimen y poner fin a su vida, que son como un preludio de lo que ocurriría en el mes de diciembre. Entre otras cosas decía «Aquel que muera intentando coger la mano de la persona a la que ame siempre obrará mejor que aquel que no lo intente«. Añadía para concluir que «En definitiva, morir, todos lo haremos. Los que tendremos suerte seremos aquellos que al hacerlo tendremos en nuestras manos aquellas en las que soñamos y deseamos. ¿Habrá suerte? ¿’Chi lo sa’? Pero es preferible al mejor seguro de entierro«.

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Impunidad para el salvaje asesinato de un matrimonio de sexagenarios en Logroño

Calle de Pérez Galdós, donde tuvo lugar el bárbaro asesinato

En 1978 habían cambiado ya bastante muchas cosas en España. Entre otras, el país se encontraba en pleno proceso de transformación y cambio para una democracia que prometía mucho.Durante el verano las costas españolas se inundaban de turistas extranjeros que venían a disfrutar del calor y el buen tiempo reinante. En esto no había cambiado la situación con relación a los últimos años del anterior régimen, solo que ahora los españoles ya imitaban sin pudor a aquellos atrevidos veraneantes. En el interior de la Península, la época estival tenía fama de aburrida, ya que mucha gente buscaba refrescarse en cualquier de sus muchos kilómetros de costa. En Logroño esa tradicional tranquilidad se vería bruscamente interrumpida al aparecer una pareja de sexagenerios brutalmente asesinados en el número 39 de la calle Pérez Galdós de la capital riojana. La brutalidad y la saña con que se había cometido aquel doble crimen llevó a titular al diario ABC, en su edición del día 10 de agosto de 1978, que «solo un sádico o un loco pudo asesinar al matrimonio logroñés».

A las diez y media de la noche de aquel 8 de agosto de 1978 un sobrino del matrimonio compuesto por Benito Fernández, de 65 años, y Juana Soto, de 62, presentaría una denuncia ante la Policía Local de Logroño, preocupado por el hecho de que su tío no acudiese aquella tarde a su trabajo como era costumbre. La pareja de sexagenarios vivía sola y estaban sufriendo el duelo de la pérdida de su único hijo, de 32 años y guardia civil de profesión, al igual que su progenitor. No sé les conocían enemigos ni tampoco se sabe que estuviesen enfrentados con terceras personas de sus círculos más próximos, además de ser muy sociables y agradables con el resto del vecindario.

Una vez dada la voz de alarma, una patrulla de la Policia Local riojana se dirigió hacia el lugar de autos. Al llamar a la puerta, se encontraron que nadie respondía a sus requerimientos, por lo que hubieron de idear algún sistema para ingresar al domicilio de los dos sexagenarios. Un joven de una vivienda del inmueble se ofreció para entrar a través de la ventana que daba a la escalera. Una vez dentro, abrió la puerta para que pudiesen acceder los familiares y los agentes. El muchacho, despavorido y fuera de sí, solamente les acertó a decir «están los dos muertos».

Ensañamiento atroz

El panorama que pudieron contemplar tanto la policía como quienes le acompañaba no podía ser más pantagruélico y macabro. El asesino o asesinos del matrimonio se habían cebado cruelmente con sus víctimas hasta extremos difícilmente sospechables. Los cadáveres de ambos sexagenarios estaban en distintas estancias de la vivienda. Él de Juana Soto se hallaba en el pasillo, en medio de un gran charco de sangre, con varias puñaladas y el hundimiento de la base craneal. El cuerpo de su esposo, Benito Fernández, estaba en el cuarto de aseo. Al igual que su esposa, había sido degollado y presentaba grandes heridas en la cabeza, hechas con un objeto cortante que jamás sería encontrado. Por las circunstancias en que fue hallado el cadáver del hombre, se supuso también que había habido un forcejeo con el agresor y que la víctima habría intentado huir.

El criminal o criminales revolvieron los cajones de la vivienda y los dormitorios, hallándose todas sus pertenencias en desoden. Se suspuso que el móvil del crimen bien pudiera ser el robo, aunque debido a que se desconocían aspectos personales del matrimonio asesinado, se desconocería si el autor o autores del crimen se llevaron algunos objetos de valor. Aunque en un principio se había barajado la hipótesis del suicidio, estar sería descartada prácticamente de inmediato por la forma en que se habían encontrado los cuerpos de Benito Fernández y su esposa.

Los hechos, según la reconstrucción realizada por la Policía, se produjeron entre la una y cuarto del mediodía y las tres de la tarde, ya que a esas horas era cuando el ex-guardia civil regresaba de su trabajo a su casa para almorzar. Igualmente, todo parecía indicar que quien o quienes perpetraron aquel terrible crimen eran conocidos de sus víctimas, pues entraron al interior de la vivienda que ocupaban con total normalidad y no había señales de que la puerta de acceso estuviese forzada.

Impunidad

En aquel entonces, se comentaba ya desde diversas fuentes policiales que se encontraban ante «un caso difícil de resolver», pues no se acertaba a dar con la clave de quien podría estar detrás de aquel horrendo y brutal asesinato, que removió los tranquilos cimientos de la capital riojana en pleno verano del año 1978. Al igual que muchos casos similares, jamás se encontraría al autor o autores de aquel salvaje crimen y tampoco se detuvo a ningún sospechoso. Transcurridas ya más de cuatro décadas, el suceso ha prescrito en total impunidad y el presunto autor autores han campado libremente a sus anchas, saliéndose una vez con la suya.

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Treinta años de misterio en torno a la desaparición de dos niñas en Aguilar de Campoo

Las jóvenes desaparecidas en Aguilar de Campoo

Como si se las tragara la tierra. Esa es la principal conclusión a la que se llega cuando se cumplen ya tres décadas de la desaparición de dos niñas en la localidad palentina de Aguilar de Campoo. Respondían a los nombres de Manuela Torres Bougeffa y Virginia Guerrero Espejo y contaban catorce y trece años de edad respectivamente. La única pista fiable fue que las muchachas se subieron a un vehículo, marca SEAT 127, de color blanco el día 23 de abril de 1992, la fecha de su desaparición. En un principio su caso no fue tan mediático como otras desapariciones que tuvieron lugar por la misma época, tal como podría ser el «caso Alcásser». tomando fuerza en tiempos posteriores cuando el trágico hecho de la localidad levantina había sido ya resuelto.

Las familias de las pequeñas vivieron a lo largo de estos treinta durísimos años un eterno que calvario que todavía continúa dominado por la incertidumbre, ya que todas las pistas que conducían a lo que parecía ser su resolución daban al traste definitivamente por unas circunstancias u otras. La Guardia Civil llegaría a inspeccionar más de 7.000 coches en seis provincias, todos similares al que supuestamente se habían subido las dos jóvenes. Incluso, el propietario del automóvil al que presuntamente se habían subido fue identificado por agentes de la Benemérita y su teléfono sería pinchado durante largo tiempo. Sin embargo, esta acción no daría ningún resultado. La misma se llevaría a cabo a raíz de la denuncia presentada por una mujer quien había sido víctima de un supuesto secuestro en compañía de una amiga, con la diferencia de que consiguieron obligar al conductor que diera un volantazo, saliéndose de la carretera y aprovechando la circunstancia para poder huir.

A lo largo de los últimos treinta años no han cesado de llegar llamadas a los familiares de las pequeñas dando cuenta de que habían sido vista en tal sitio o tal otro, aunque no dejaban de ser falsas alarmas que carecían de un mínimo de veracidad, además de carecer de cualquier rigor. A consecuencia de ello, el sumario instruido por la desaparición de Manuela y Virginia nunca ha dejado de crecer, principalmente cuando cualquier programa de televisión se hacía eco de algún reportaje acerca de su supuesto destino. No obstante, muchas veces, cuando se incrementaba el número de llamadas telefónicas, no hacían otra cosa que incrementar el dolor de las familias, que han soportado la situación con una resignación a prueba de bomba, no exenta de esa incertidumbre de la que jamás han podido escapar.

Dos cráneos

Cuando se cumplían dos años de su desparición en 1994 unos paseantes encontraron dos cráneos en la zona del pantano de la Requejada, en Cervera de Pisuerga, pero una vez más las pistas resultarían en vano, pues las pruebas forenses a las que fueron sometidos descartarían que tuvieran algo que ver con las jóvenes desaparecidas en Aguilar de Campoo. puesto que ambas partes del cuerpo humano pertenecían a dos mujeres adultas.

Otro indicio, carente de toda fiabiliad, fue la declaración de una mujer que supuestamente había visto subir a un autobús a Manuela y Virginia con un grupo de personas de estética okupa. La persona que hizo estas declaraciones se basó en el retrato robot de las jóvenes divulgado por las fuerzas de seguridad en el año 1997, cuando se ofreció una imagen detallada de la evolución que habrían experimentado las dos desaparecidas en aquellos primeros cinco años desde su desaparición.

Al año siguiente, el entonces secretario de Estado para la Seguridad, Ricardo Martí Fluxá, manifestaría en el Congreso de los Diputados que «el caso seguía abierto», expresando su confianza en que los avances tecnológicos que se estaban experimentando contribuyesen a resolver aquel suceso, principalmente con los distintos retratos robots que permitían contemplar la evolución que en aquellos seis años había expermintado la fisonomía de las dos jóvenes, quien ya se encontraban en proceso de convertirse en mujeres adultas.

Desesperanza

A partir del año 2006 la desesperanza se apdoderó de las familias de las jóvenes, cuando ya supuestamente rondarían la treintena. A partir de ese momento desecharon ya la posibilidad de la reapertura del caso, pues consideraban que las posibilidades de encontra algún indicio fiable eran muy escasas. Eso sí, con razón, solicitiban de los medios de comunicación que respetasen el dolor de los familiares de las muchachas desaparecidas, pues a lo largo de aquellos catorce años habían sufrido un terrible dolor que se vio acrecentado por la incertidumbre de desconocer el paradero.

Casi tres décadas después se reabriría de nuevo el caso, a raíz de la denuncia hecha en un programa de televisión, como se ha señalado anteriormente. Sin embargo, una vez más, la falta de pruebas contundentes y fiables no hizo otra cosa que revivir un dolor innecesario a sus familias, rotas por el dolor de una espera que parece poco menos que eterna.

Sea como fuere, lo cierto es que ambas mujeres, en el hipotético caso de que continuasen con vida, tendrían ya 44 y 43 años, respectivamente. Aunque es muy difícil, por no decir imposible, que se pueda averiguar ya su paradero, que la Interpol llegó a situar en Francia, aunque no pasaba de ser una mera conjetura como muchas otras. Lo cierto es que las dos niñas de Aguilar de Campoo desaparecieron en una primavera de 1992 cuando fueron vistas por la última vez en la discoteca «Cocos» de Reinosa, en Cantabria, a 30 kilómetros de Aguilar de Campoo. Nadie sabe como pudieron llegar hasta allí, aunque se supone que tal vez se desplazasen haciendo auto-stop, una práctica muy habitual en un tiempo en el que todavía había que esperar entre 24 y 48 horas para denunciar la desaparición de una persona. Actualmente, ese anticuado protocolo ha pasado a la historia. No así Virginia y Manuela, que continúan en el recuerdo permanente de sus allegados y amigos, sin saber cual pudo ser su paradero en aquella tarde noche en que mintieron a sus respectivas familias diciendo que iban al cumpleaños de una amiga y probablemente subiesen con el primero que se encontrasen, una práctica que demostraría ser muy peligrosa en casos posteriores.

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Violada y asesinada una niña en Campo de Criptana (Ciudad Real)

Paraje donde fue encontrado el cuerpo de la niña asesinada

A las once de la mañana del día 18 de marzo de 2001 un joven denunciaba la desaparición de su hermana menor, Inmaculada Arteaga López, de 14 años de edad, en las dependecias de la Policía Local de Campo de Criptana, en la provincia de Ciudad Real. La joven era una persona ejemplar y modélica, hija de un profesor del colegio de Educación Primaria de la localidad, que siempre había demostrado un exquisito comportamiento con su familia, por lo que se desechó desde un principio una marcha voluntaria.

Tan solo hora y media después, un vecino daba la voz de alarma al dar cuenta de que había encontrado un cadáver en el quijotesco paraje de la Sierra de los Molinos, en las inmediaciones de la ermita de San Pedro. Aunque no se había procedido a su identificación oficial, todo hacía presgiar que el cuerpo hallada pertenecía a la joven cuya desparición se había denunciado aquel mismo día. Quienes acudieron al lugar de autos relatarían que contemplaron una escena dantesca, pues la cabeza de la joven estaba completamente destrozada con la boca hacia arriba. A su lado se encontraron unas piedras ensangrentadas con las que supuestamente se había cometido aquel atroz crimen. La autopsia confirmaría también que Inmaculada Arteaga había sido también violada por su agresor.

Una gran ola de indignación recorrería la siempre tranquila localidad de Campo de Criptana, pues nadie se explicaba como podía haber alguien tan malnacido para asesinar a una ejemplar adolescente que aquella misma tarde había estado en el cumpleaños de una amiga, siendo a partir de ese instante cuando se le pierde la pista. Las calles del municipio, de 14.000 habitantes, serían escenario de una gran manifestación en apoyo de la familia de la víctima y en contra de la barbarie que ahora se había cebado cruelmente con aquel precioso territorio manchego.

La delación del ADN

Durante un largo periodo de tiempo se creyó que este brutal crimen pasaría a la historia como un caso sin resolver, pues pasaban los días, los meses y hasta los años y no había ninguna pista que condujese hasta el terrible criminal. No obstante, algunos restos biológicos hallados en el cuerpo de Inmaculada Artega serían de gran utilidad para los investigadores de este trágico suceso que había consternado profundamente a todo el territorio de La Mancha.

Debido a unas características científicas un tanto especiales, los investigadores llegaron a la conclusión de que el autor del crimen era un familiar directo de uno de los amigos de Inmaculada Artega. Los restos de ADN indicaban que las muestras recogidas eran suficientemente claras como para descartar a ciertas personas, pues las mismas se transmiten por vía paterna. Hasta un total de 350 personas serían convocadas en Campo de Criptana para un análisis de ADN, cuyo coste ascendía a 300 euros, aunque nadie debería abonar nada por el mismo. Los convocados eran todos varones cuyo apellido era M.Q., a raíz de lo cual se armaría un gran revuelo en la localidad, pues había muchos presuntos culpables del asesinato de Inmaculada Arteaga.

La detención del asesino causaría una gran conmoción y sorpresa en Campo de Criptana. Nadie se esperaba que un joven albañil de 24 años, S.M.Q. fuese el responsable de aquel horrible crimen. El 17 de marzo de 2006, cinco años después de haberse perpetrado aquel horripilante y macabro asesinato, dos policías vestidos de paisano se encaminaron hacia un bar de la localidad que frecuentaba muy a menudo y que seguramente estaría en el mismo al ser viernes. Ambos agentes se sentaron junto a él, mientras apuraba los últimos tragos de una copa.que estaba tomando. Lo invitaron a que los acompañase, una vez se hubieron identificado. El detendido les preguntó a los agentes que hacía con su moto, a lo que le respondieron que la dejase que no la iba a necesitar. Era un ciclomotor Vespino, de color blanco, el mismo al que había invitado a subir a Inmculada cinco años atrás, antes de cometer el crimen.

Confesión

Ante las evidentes pruebas que lo incriminaban y sintiéndose completamente acorralado, Santiago Muñoz- Quirós se derrumbaría y terminaría confesando el crimen que le había costado a la joven Inmaculada Artega, justo cinco años antes. Según la confesión que hizo a la Policía, el día de autos habría invitado a subir a su víctima a su ciclomotor y posteriormente la trasladaría hasta un descampado. Al parecer, allí le habría propuesto mantener relaciones sexuales, a lo que la joven se negó de forma taxativa, siendo en ese momento cuando aprovechó para violarla y posteriormente asesinarla de una forma que supera al peor terror cinematográfico jamás asesinado.

La detención de Santiago Muñoz-Quirós causaría una gran sorpresa en Campo de Criptana, pues prácticamente nadie lo ponía en la diana de este horroroso crimen que causaría gran estupefacción en la localidad. Se sabía que era un joven muy similar a los del resto de su generación, que trabajaba en una empresa que poseía el novio de su hermana. Entre sus aficiones se encontraba el fútbol-sala, jugando en un equipo del pueblo en el que compartía alineación con un agente de la Guardia Civil, quien nunca llegó a sospechar de aquel muchacho, que aparentemente mostraba siempre muy buenas formas, además de ser honrado y muy trabajador.

Ante la evidencia de las pruebas, S.M.Q. optaría por llegar a un acuerdo con la fiscalía, además de expresar su arrepentimiento por aquel descorazonador suceso. A raíz del pacto al que llegó su abogado con el ministerio fiscal, aceptó una pena de 14 años de cárcel por el asesinato y violación de Inmaculada Arteaga López, además de afrontar una cuantiosa responsabilidad civil con la que resarcir a la familia de su víctima.

Un hecho como este, y dados los avances técnicos y científicos de la sociedad en la que vivimos, debe servir para recordar a quienes sientan en el cogote el aliento de la Justicia que en cualquier momento pueden ser detenidos y que cualquier hecho delictivo, por mucho tiempo que pase, siempre puede ser descubierto. Este es sin duda un buen ejemplo que debería hacer reflexionar a quienes sientan tentación de realizar actos tan execrables e indignos que tan solo sirven para descorazonar a la sociedad en la que viven.

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Asesinadas dos jóvenes de forma brutal en Cuenca (El doble crimen de Sergio Morante)

Las dos jóvenes asesinadas en una fotografía de FACEBOOK

No cabe ninguna duda que fue el triste y trágico culebrón del verano de 2015. Todo comenzaba el día 5 de agosto con la desaparición de jóvenes en Cuencia. Se trataba de Marina Okarynska y su amiga Laura del Hoyo. Se les había perdido la pista cuando la primera de elllas se dirigió a la casa de quien era su pareja, un muchacho de buen aspecto y aparentemente formal, que respondía al nombre de Sergio Morante, pero que ya había pasado por la cárcel, condenado por agresión sexual. Dadas las circunstancias de la desaparición de las muchachas, sus respectivas familia fueron presa de la desconfianza y sospecharon que algo grave podría haberles sucedido, aunque mantenían las esperanzas de que fuesen encontradas con vida. De hecho repartirían pasquinas por distintos puntos de la geografía española con la ilusión de que alguien pudiese dar alguna pista sobre su hipotético paradero.

Desgraciadamente los peores pronósticos se confirmarían a los seis días de la desaparición de ambas muchachas. El día 11 de agosto de 2015 un ciudadano daba cuenta de la aparición de dos cadáveres en las inmediaciones del río Huécar, en el municipio de Palomera, distante diez kilómetros de la capital conquense. Tanto las familias como la propia autopsia confirmaría que los cuerpos hallados pertenecían a Laura y Marina. Previamente al hallazgo de sus cadáveres, la familia de Sergio Morante había denunciado la desaparición de este último, quien había huido a Rumania, gracias la colaboración prestada por otro joven de origen rumano, Itsvan Horvarth.

Mientras Sergio Morante emprendía la huida, hasta llegar a la localidad rumana de Lugoj, por lo que sería preciso solicitar su extradición, la autopsia revelaba que las dos amigas habían sido brutalmente asesinadas, extranguladas con una cuerda. Sus cuerpos presentaban algo de corrosión a consecuencia de que habían sido embadurnados con cal por parte de su asesino, con el ánimo de dificultar las investigaciones. Su sepelio, que tendría lugar al día siguiente, sería una gran manifestación de duelo a la que acudirían varios miles de ciudadanos conquenses que querían expresar así su repulsa por tan execrable y cruel crimen.

Extradición de Morante

El peregrinaje del entonces presunto autor de aquel doble asesinato que tiñó de luto las vacaciones de los españoles en el añó 2015 terminaría pronto, siendo inmediatamente detenido por la policía del país de los Cárpatos a los pocos días de llegar. Como era de esperar, negó los cargos de los que se le acusaba, aunque el Estado español ya había emitido una orden internacional de extradición. A Rumanía llegó a bordo de un viejo SEAT Ibiza, cruzando por la frontera de Girona. En su declaración ante la corte de Justicia de Timisoara pidió no ser extraditado a territorio hispano por considerar que su vida correría peligro. Sin embargo, su petición quedaría en agua de borrajas debido a la existencia recíproca de un tratado bilateral entre ambos países.

Aunque siempre le había gustado presumir de su cuerpo atlético y de deportista, su llegada a los juzgados de Cuenca, no fue precisamente por la puerta grande. Allí le esperaba un buen número de ciudadanos que le increparon constantemente, llamándole asesino y otras lindezas, tal como él mismo le había expresado a un policía que lo custodió en el avión de regreso a España. Terminaba así su breve odisea en torno a un suceso que mantuvo viva la expectación de muchos españoles en aquel triste verano de 2015 en el que todavía resonaban los ecos de la fuerte crisis económica que sacudía al país.

48 años de cárcel

A pesar de que ya había entrado en vigor la Ley de prisión permanente revisable, el fiscal encargado del caso no consideró este hecho acreedor de la máxima condena que condena el ordenamiento jurídico español. Soliticó desde el principio y así lo mantendría durante todo el proceso una pena de 48 años de cárcel para Sergio Morante, a lo que se debían añadir otras accesorias así como debería enfrentarse a una responsabilidad civil superior al medio milón de euros en concepto de indemnización a las familias de ambas jóvenes. Además, quedaría de manifiesto su cruel actitud, al revelar diversas pruebas que el asesinato de la que había sido su pareja, Marina Okarynska, había obedecido a un plan premeditado. La muerte de su compañera, Laura del Hoyo obedeció exclusivamente al ánimo de eliminar cualquier testigo al perpetrar el primer crimen. Como si de un verdadero profesional se tratase.

El Jurado popular encargado de dirimir el caso consideraría por unanimidad culpable de dos delitos de asesinato a Sergio Morante en el transcurso de la vista oral que se celebró en el otoño de 2017. En la sentencia, hecha pública el 7 de noviembre del mismo año se condenó al asesino de Marina Okarynska y Laura del Hoyo a la pena de 48 años de cárcel y a hacer frente a una responsabilidad civil de 620.000 euros en concepto de indemnización a las familias de ambas jóvenes asesinadas. Por haber dado muerte a su ex-pareja se le imponía la pena máxima, 25 años de prisión, al ser considerado un delito de violencia de género, mientras que se rebajadaba en dos años la condena que debía cumplir por asesinar a Laura del Hoyo. Igualmente se le imponían otras penas accesorias, entre ellas la de destierro durante diez años, en los que no podría residir en Cuenca, contados a partir de su excarcelación definitiva. También deberá cumplir una orden de alejamiento de 500 metros de las familias de las víctimas durante el mismo periodo de tiempo.

Algunas personas que lo conocían como una personas agradable y encantadora. Quizás esas personas desconozcan, tal vez sin mal fe, que los psicópatas suelen tener un carácter engatusador y llegan a hacer las delicias de quienes les tratan. No obstante, no engañaba a nadie, pues su misma familia repudió su actitud y manifestó sus deseos de que fuese duramente castigado. Y es que al igual que los de su misma condición, tienen el defecto de no aprender de la experiencia. Tras una agresión sexual llegó un doble crimen que conmocionó a España entera. Es de esperar que en su larga estancia entre los muros de la cárcel en la que está internado aprenda que todo el mundo tiene derecho a la vida. Sería una buena lección.

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Asesinados tres funcionarios municipales en Zaragoza cuando reparaban unas farolas

Entierro de las víctimas del triple crimen de Zaragoza

A comienzos de la década de los años veinte del pasado siglo Zaragoza estaba siendo sacudida por una fuerte conflictividad social, que se traducía en constantes altercados públicos y una ola de violencia que amenaza con socavar los cimientos de la sociedad de la época. Una gran parte de los gremios de la capital maña hacían constantes huelgas, alentadas por grupos violentos en los que destacaban unos no menos agresivos piquetes que recurrían a las coacciones y a la fuerza si lo consideraban necesario.

Quien más notaba las consecuencias de aquel enrarecido clima era su Ayuntamiento, pues gran parte de sus operarios se encontraban de brazos caídos y había que recurrir a quien se ofreciese voluntariamente para hacer determinados trabajos que requerían de algún tipo de mantenimiento. Eso sucediió con su alumbrado público en el verano de 1920. Una gran parte de las farolas presentaban un deficiente mantenimiento, mientras que otras estaban destrozadas a raíz de las pedradas que habían sufrido por parte de algunos huelguistas y gamberros. Su entonces alcalde, el prestigioso médico Ricardo Horno, recurrió a diversos estamentos, entre ellos los propios bomberos, para proceder a la reparación de la iluminación pues la gente tenía miedo de transitar por las calles zaragozanas de noche. A la vista de las negativas, buscó voluntarios y se ofrecieron tres funcionarios, el arquitecto, José de Yarza, el escribano Joaquín Octavio de Toledo y el ingeniero César Boente, quien en aquel momento se encontraba disfruntado de sus vacaciones en la localidad guipúzcoana de Zarauz, pero que al conocer los efectos de las huelgas suspendió su periodo de descanso y regresó a la capital maña.

Se decía que para que tres funcionarios de cuello blanco tuviesen que efectuar este tipo de tareas las cosas debían de andar muy mal, pero a aquellos hombres les pudo más su vocación de servicio público que las posibles miradas hacia su honrado trabajo. En torno a las doce menos diez de la mañana del día 23 de agosto de 1920 llegaron al paseo de la Independencia para proceder a la reparación de una farola. Joaquín Octavio tendió sobre una farola la escalera que portaban para que su compañero César Boente pudiese subir a repararla. La mañana estaba transcurriendo conforme a lo previsto y ya habían reparado gran parte del alumbrado público. Estaban acompañados de unos guardias municipales que les hacían de escolta ante una eventual agresión de los huelguistas, aunque se encontraban situados a cierta distancia de quienes hacían las veces de operarios.

«Un hombre raro»

Cuando estaban acometiendo el último arreglo de la mañana, para luego disponerse a comer, un hombre -no muy alto de estatura- vestido con un pantalón blanco y una camisa azul miraba fijamente para los tres funcionarios, aunque aparentemente no se esperaba que aquel individuo les hiciese daño alguno. Sin embargo, de forma traicionera desenfundó una pistola star de 1919 de nueve milímetros con la que efectuó varios disparos a corta distancia, hiriendo mortalmente a dos de los funcionarios, en tanto que otro exangüe en el mismo lugar de autos. Los viandantes y los guardias que les acompañaban trataron de socorrerlos llevándolos inmediatamente a una farmacia próxima. Sin embargo, nada se pudo hacer por la vida de José de Yarza, un hombre de 45 años que dejaba viuda y cuatro hijos; Joaquín Octavio de Toledo, de 27 años, y que además de esposa dejaba dos niñas de corta edad, una nacida hacía escasos días.También perecería en el mismo lugar el ingeniero César Boente, un joven veinteañero gallego afincado en Zaragoza, que se había casado recientemente y que pertenecía a una familia gallega de noble estirpe, pues era hijo del abogado y periodista José Boente Sequeiros, quien había sido presidente de la Diputación provincial de Pontevedra entre 1901 y 1903.

La autopsia practicada a las tres víctimas dictaminaría que fallecieron prácticamente en el acto, pues los disparos efectuados por aquel energúmeno les habían alcanzado de lleno en el corazón. El sujeto en cuestión era Inocencio Domingo de la Fuente, un conocido sindicalista y anarquista que había llegado en mayo de 1920 a Zaragoza. No obstante, utilizaba una identidad falsa y se ocultaba bajo el nombre de Isidro Delgado.

Tanto las fuerzas del orden como los ciudadanos se lanzaron detrás del autor del triple crimen.en una persecución en la que el comandante de artillería, Hernando de la Cal intentaría derribarlo con su bastón, pero su intento resultó en vano. El asesino le efectuó un disparo sin consecuencias para la integridad física del militar. Inocencio Domingo, cansado y sin fuerzas trató de esconderse en el edificio de coloniales Francisco Bielsa. Allí se refugiaría en la portería del inmueble, lugar este en el que arrojaría su arma por el desagüe del fregadero, siendo aquí donde fue reducido y conducido a prisión.

El triple crimen provocaría una ola de indignación, no solo en Zaragoza sino en el resto de España. Ese mismo día, a las tres de la tarde, en torno a un millar de ciudadanos se manifestaron de forma espontánea por las calles de la capital maña solicitando que el general Arribas se hiciese cargo de la situación, pues resultaba prácticamente insostenible, ya que las huelgas y la inseguridad asolaban por completo a la ciudad. A consecuencia del atentado, el Ayuntamiento suspendió a 112 guardias de empleo y sueldo, por negarse a hacer las tareas que habían realizado voluntariamente los tres funcionarios que habían sido brutalmente asesinados.

El sepelio de las tres víctimas mortales tendría lugar al día siguiente en medio de una gran manifestación de duelo en la capital maña. Se calcula que unas 8.000 personas acompañaron a la comitiva fúnebre, a pesar de las amenazas que se habían lanzado desde distintos sectores que agitaban cada vez más la capital maña. Incluso, consiguieron que los enterradores municipales no hicieran su trabajo debido a las represalias que puediesen producirse, así como el miedo que les inspiraban los últimos acontecimientos. Los tres funcionarios recibieron sepultura gracias al esfuerzo de médicos y prácticantes, quienes hiceron voluntariamente este trabajo.

Condenado a 90 años de cárcel

Inocencio Domingo de la Fuente sería condenado a tres cadenas perpetuas, aunque el Tribunal Supremo le rebajaría su pena dejándola en 90 años de cárcel, 30 por cada uno de los tres asesinatos. El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Zaragoza en diciembre de 1921.En aquel entonces regía la Ley del Jurado de 1888, vigente hasta 1923. Los llamados a cumplir con esta obligación ciudadana refutaron su presencia y quien podía trataba de eludirla, debido al miedo que inspiraban las amenazas de diversos grupos sindicalistas y anarquistas, así como la ola de violencia que sacudía la ciudad aragonesa, pues a finales de 1920 había sido asesinado el periodista de HERALDO DE ARAGÓN, Adolfo Gutiérrez.

Del autor del triple crimen se supo después que había protagonizado otro altercado con arma de fuego en la localidad asturiana de Laviana y que era un gran activista en el seno de las manifestaciones y huelgas obreras. En el juicio negó conocer a ninguna de sus tres víctimas. También se especuló con la posibilidad de que contase con algún cómplice, pues un joven de 24 años, Benedicto Alonso le había llevado comida cuando estaba en prisión. Este último sería detendido y terminaría sucidándose en su celda, A él le dedicaría uno de sus poemas el poeta Antonio Machado, «el quinto detenido y las fuerzas vivas».

Inocencio Domingo de la Fuente se vería beneficiado por la proclamación de la IIª República, pues obtendría el indulto y apenas estuvo poco más de una década en prisión, aunque regresaría de nuevo a consecuencia de otros altercados y enfrentamiento que protagonizaría. El 18 de julio de 1936 sería liberado para combatir con el Ejército Popular Republicano. Al terminar la contienda se refugió en suelo francés, donde terminaría sus días en el año 1966, cerca de medio siglo después de haber escrito una de las páginas más oscuras y terribles de la historia de Aragón y de España.

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El doble crimen de Don Benito: Un sangriento suceso que cambió la historia

Cartel de la época alusivo al trágico episodio acaecido en la localidad pacense de Don Benito

Hay sucesos que de alguna manera cambian la historia de los pueblos o, cuando menos, influyen en ella de manera decisiva. Uno de esos trágicos acontecimientos ocurriría en la localidad extremeña de Don Benito el día 19 de junio de 1902, que pasaría a la historia más por la actitud de los ciudadanos de la villa en la que se cometió que por la extrema crueldad de la que hiceron gala aquellos dos truhanes de medio pelo a la hora de dar muerte a dos honradas mujeres que vivían solas y, que como las gentes de su tiempo, recurrían a los medios que estaban a su alcance para poder hacer frente a las muchas vicisitudes que sufrían.

En la mañana de aquel penúltimo día de primavera la lechera que habitualmente abastecía de leche a aquellas dos mujeres llamó reiteradamente a Catalina Barragán. En vista de que no respondía, decidió entrar en el domicilio, situado en la calle Padre Cortés, actualmente calle de la Virgen. Al adentrarse en el interior de la casa se encontrará con un brutal panorama. La ama de la casa, una mujer de 60 años yacía muerta en el suelo. Inmediatamente pone el caso en conocimiento de la Guardia Civil, cuyos miembros se dirigen lo más rápido que pueden hasta el domicilio, pues todo indica que se encuentran ante un sanguinario crimen, tal como se demostrará más tarde. Sin embargo, aquella mujer que repartía la leche entre el vecindario no lo había visto todo, pues en una de las habitaciones del piso superior del edificio hallan el cadáver de su hija, Inés María Calderón Barragán, una apuesta muchacha de tan solo dieciocho años que tiene muchos pretendientes en la localidad debido a su gran hermosura.

En aquel domicilio se hospedaba un médico oftalmólogo que ejercía su profesión en el vecino municipio de Villanueva de la Serena, que responde al nombre de Carlos Suárez. Son muchos quienes dirigen las miradas hacia el joven galeno, quien incluso será detenido y sometido a las torturas del tercer grado, entonces permitidas. Otras fuentes apuntan a otro joven de la localidad, Saturio Guzmán, de quien se dice que miraba de forma lasciva a la bella María Inés.

Indignación popular

En la localidad pacense la indignación vecinal va en aumento a medida que transcurren los días, pues se sospecha que puede haber gato encerrado en las investigaciones de la Guardia Civil. Desde el Gobierno Civil de Badajoz se teme que se produzca un levantamiento popular. Son muchos los vecinos de Don Benito, que incriminan a un cacique local, muy bien relacionado con las altas esferas del poder,Carlos García de Paredes, un individuo joven, que posee grandes extensiones de terreno y al que le gusta la juerga, la parranda y la buena vida. Se decía de él que había violado a una joven deficiente y que incluso le había agredido a su madre con una navaja.

El día 3 de julio de 1902 ya había cinco detenidos. Todos claman por su inocencia. En la prisión se encuentran el médico Carlos Suárez, que había una falsa prueba que lo delataba; Carlos García de Paredes, su criado Juan Rando, acusado este último de haber lavado algunas prendas ensagrentadas de su señor, Saturio Guzmán y Pedro Cidoncha, quien era sereno en Don Benito y que la noche de autos había jugado una función fundamental en el asesinato de aquellas dos mujeres.

Mientras tanto, continúan las alagaradas y las protestas en la localidad que acusan directamente al cacique García de Paredes de ser el autor material del crimen. Al parecer, este energúmeno, vividor a más no poder, había intentado, sin ningún atisbo de éxito, ganarse los favores de la joven asesinada hasta el extremo de llegar a provocarle pesadillas y así se lo había hecho saber a su madre, quien se lo contaría a sus vecinas. Si aquel hombre se hallaba en la cárcel había sido por la presión del vecindario donbetitense, entre quienes se había granjeado innumerables enemigos, tanto por su fanfarronería como por su carácter arisco, pendenciero y petulante.

Un testigo incómodo e inesperado

Casi mes y medio después de haberse cometido el brutal y sanguinario crimen que ha costado la vida a las dos mujeres, aparecerá un inesperado testigo, un joven veinteañero llamado Tomás Benito Alonso Camacho, quien asegurará ante la Guardia Civil que lo había visto todo y puede relatar ante el juez lo que ha ocurrido la madrugada en la que habían sido asesinadas aquellas dos mujeres. Tampoco se sabrá nunca porque había esperado tanto en ofrecer su versión de los hecho. Si por temor a García de Paredes o la recompensa de 500 pesetas, que se ofrecía a quien facilitase algún dato sobre el crimen que había conmocionado a la villa pacense y que había enardecido los ánimos de sus vecinos. Él maniestará ante el juez que si se había demorado tanto en su declaración obedecía a que su madre se encontraba delicada de salud y no quería darle un disgusto. Por cierto, este hombre moriría a puñaladas, víctima de otro crimen, en tierras argentinas, a donde emigraría años después.

En la declaración ante el juez, el joven labrador manifestará que había sido testigo de los hechos desde la calle de Valdivia, cuando se dirigía hacia su domicilio aquella aciaga noche de junio. En la versión que ofrece del suceso dice que los asesinos de las mujeres son dos, uno de los cuales no se encontraba en el disparadero. En torno a la una de la madrugada del 19 de junio, Tomas Benito Alonso aseguró haber visto al sereno Pedro Cidoncha, quien se encontró con otros dos hombres, con quienes después de convenir algo se dirigieron a la calle Padre Cortés, frente a la casa de la viuda Catalina Barragán. Aunque los saludó cuando pasó junto a ellos, estos ni siquiera le correspondieron al saludo. Debido a que había una luna clara, el labrador pudo ver perfectamente a los tres hombres, a quienes reconocería posteriormente en el transcurso de una rueda de reconocimiento.

Según su relato, el sereno se dirigió a aquella hora a la vivienda que ocupaban las dos mujeres para solicitarle a la viuda el maletín del médico que se hospedaba en su vivienda, pues el recado era muy urgente. Posteriormente, Cidoncha solicitaría un vaso de auga a Catalina Barragán. Mientras esta se dirige a la cocina por el encargo que le hace el sereno, este les hace una señal con el farol a sus compinches, Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón, un cincuentón que otrora había pretendido a la viuda que terminaría asesinando. Es entonces, cuando ambos crápulas penetran en el interior del edificio en el que habitan las dos mujeres, a quienes asesinan de una manera cruel y despidiada, cosiéndolas literalmente a navajazos.

El testimonio de Benito Alonso Camacho es fundamental en la resolución del caso. Gracias a él,se pone en libertad a los otros tres acusados. Aunque Martín de Castejón negará su implicación en el trágico suceso, en su casa se encuentra una prueba de carga, que son unos pantalones manchados de sangre, que no ha cedido a pesar de haber sido lavado en diversas ocasiones.

Juicio y ejecución

Ambos individuos, Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón, además del serendo Pedro Cidoncha son sometidos a un proceso judicial que se dilata bastante en el tiempo con la aportación de pruebas por parte de las diversas partes y que se celebra durante la segunda semana de noviembre de 1903. Durante este tiempo que ha estado ingresado en la cárcel, se sabe que el cacique local donbenitense ha cambiado radicalmente su carácter y que, según se puso de relieve, habría mostrado su sincero arrepentimiento por aquel brutal crimen que sigue estando muy presente en la sociedad extremeña. No hará así su colega de correrías, Martín de Castejón, otro adinerado crápula que mantendrá su carácter tosco y arrogante, propio de quien se cree que está por encima del bien y el mal, tal como lo demostrará en el transcurso del juicio, en el que negará todos los cargos que se le imputan y tachará de mentiroso al labrador Tomás Benito Alonso Camacho.

La decisión del tribunal de la Audiencia Provincial de Badajoz es dura y contundente con los acusados del doble crimen. El 18 de noviembre de 1903 se hace público que los dos encausados son condenados a muerte. El sereno Pedro Cidoncha es condenado a 20 años de prisión, siendo trasladado al penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia, en el que fallecería en el año 1923, el mismo en que se finiquitaba su condena. A pesar de la severidad de la Justicia, que no se ha andado por las ramas, son muchos los vecinos de Don Benito que no creen que aquello acabe sucediendo, pues son conocedores de los amigos y de la influencia que gozan ambos condenados en las distintas esferas de poder.

Despues de varios recursos y contrarrecursos, ninguna instancia judicial muestra clemencia para con los dos sentenciados a muerte, que serán ejecutados al amanecer del día 5 de abril de 1905. Según quienes presenciaron la ejecución,García de Paredes será incapaz de controlar sus esfínteres en el momento de subirse al cadalso. Tiene suerte porque su ejecución se desarrolla de prisa y el verdugo consigue darle muerte en un breve lapso de tiempo. No sucederá lo mismo con Martín de Castejón, quien sufre un pronunciado bocio, que dificulta el trabajo del ejecutor de la sentencia. Debido a ello, su muerte se prolonga más de lo previsto, en medio de insultos y constantes escupitajos, convirtiéndose así en víctima de la Justicia, a pesar de haber sido un cobade asesino.

No obstante, la cosa no termina con las ejecuciones de ambos reos. Sus cadáveres serán expuestos en público debido a las exigencias que hace el pueblo de Don Benito, para demostrar que realmente los dos sentenciados a muerte habían sido verdaderamente ejecutados.La práctica totalidad de sus vecinos asisten a una morbosa exposición, inimaginable en nuestros días, en la que pueden contemplar los cuerpos sin vida de García de Paredes y Martín de Castejón, los dos protagonistas de un brutal y sanguinario crimen que de alguna manera cambió la historia de Extremadura.

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Un barbero descuartiza a un cliente en Córdoba

Calle San Pablo, de Córdoba, donde ocurrió el espantoso suceso

Hablar de la época de Posguerra es retrotraernos a un inframundo que nos costaría mucho comprender hoy en día, a pesar de las privaciones que podamos sufrir. Era un tiempo difícil para todo el mundo, casi sin importar su condición social. A sus rigores se añadía una férrea dictadura que lo encumbraba todo o casi todo. La expresión de que «aquí no se mueve nadie» parecía impregnar a todas las capas de la sociedad, pero aún así sucedían hechos que dejarían una impronta para el eterno recuerdo de los lugares en donde se produjeron.

Uno de esos graves sucesos que dejarán su impronta a lo largo de muchas generaciones, cuando no perpetuamente, sucedería en Córdoba, el día 28 de enero de 1943. A las nueve de la noche de esa misma fecha se personaba en la Comisaría de Policía, Trinidad Gámez, una señora de la alta sociedad cordobesa de la época para denunciar la desaparición de su marido, Enrique Gallego Gómez, que era cobrador del Banco Español de Crédito, el desaparecido BANESTO. Inmediatamnte la Policía se pondría manos a la obra para averiguar el paradero de aquel hombre para lo cual se propuso recomponer su agenda durante aquel día. La última persona que lo había visto con vida, a excepción de su verdugo, había sido el propietario de «Toldos Estévez«, quien terminaría por ser una persona clave en la resolución de este macabro crimen. A este último, que respondía al nombre de Rafael, le comunicó su intención de asearse en la barbería emplazada frente a su establecimiento aprovechando el interín de tiempo que le quedaba antes de ir a su casa a almorzar.

Lo que se supone que ocurrió a continuación fue que entre el barbero, Francisco Reyes Sorroche, y su cliente Enrique Gallego surgió una discusión por algún motivo banal, aunque al cobrador le desaparecieron las 20.000 pesetas que había cobrado ese día, que algunos estudiosos del caso lo sitúan como el principal móvil del crimen. Al parecer, el barbero le habría rebanado el pescuezo a su víctima con la misma navaja que empleaba para afeitarlo, aprovechando además que se encontraban los dos solos en la barbería. Con el dinero que le habría sustraido a su cliente se compraría un serrucho y un bidón en una tienda de la calle San Pablo. Con la sierra descuartizaría el cuerpo del cobrador, según declararía cuando fue detenido. Además, cada día iba deshaciéndose de distintas partes del cuerpo, que envolvía en papeles de periódicos para arrojarlas al río Guadalquivir, a la altura del Molino de Martos.

Intenso olor a perfume

La Policía, en un principio, no sospechaba del barbero, debido a que le consideraban incapaz de hacerle daño alguno al cliente. No obstante, cuando estaban haciendo las pequisas un sobrino del barbero les manifestaría su extrañeza ante la actitud de su tío durante aquellos últimos días. Al parecer, Francisco Reyes no permitía el acceso a la trastienda de su local a ninguna de sus personas de confianza, cuando antes lo tenía todo franqueado. A pesar de todo, el barbero hacía su vida completamente normal, yendo a tomar su aperitivo al Bar Novella, como hacía de costumbre, además de mantener sus habituales conversaciones con el vecindario de aquella comercial calle cordobesa.

Lo manifestado por el joven, provocaría la desconfianza de la Policía. Los agentes regresaron en días sucesivos hasta la barbería y se decidieron a examinar todas sus estancias. La macabra y truculenta sorpresa que se llevaron vendría dada al encontrar la cabeza de Enrique Gallego con los ojos abiertos en la trastienda de su establecimiento. Ahora comenzaban a atar cabos y se percataron de que el uso abusivo del perfume lo estaba efectuando con el propósito de evitar el hedor que podrían provocar la descomposición de las partes del cuerpo de su víctima.

Francisco Reyes Serroche se confesaría como el autor del crimen desde el primer momento, además de aportar todos los detalles del mismo. Inmediatamente ingresaría en prisión y sería procesado en Consejo de Guerra conforme a la Justicia Militar, imperante en aquel momento para todos los delitos de sangre, debido a que en España imperaba la Ley marcial desde la conclusión de la Guerra Civil y todos estos delitos se juzgarían con arreglo a la misma hasta el año 1950.

Fusilado

La Justicia, además de no demorarse en su resolución, apenas estudiaría el caso, pues estudiosos posteriores del suceso sostienen que supuestamente barbero no se encontraba en su cabal juicio y muy probablemente sufriese algún tipo de patología mental. La vista oral se celebró mediante el procedimiento abreviado con el objetivo de darle agilidad al suceso. Aunque se celebró en la Audiencia Provincial, el tribunal estaría presidido por el coronel del Ejército, Aguilar Galindo mientras que la defensa de Reyes Sorroche correría a cargo del alférez Pedro Jurado Guerrero, de una distinguida familia de Córdoba. Fueron llamados a declarar como testigos Rafael Estévez, propietario de la tienda que se ubicaba en frente al lugar de autos, el dueño del «Bar Novella» y el comerciante que le vendió el serrucho y el bidón.

El veredicto no dejó lugar a dudas y el barbero sería sentenciado a muerte. A diferencia de los delitos comunes, en los que los condenados morían en el garrote vil, Francisco Reyes sería ejecutado por un pelotón de fusilamiento compuesto por cinco guardias civiles el día 6 de febrero de 1943, poco después de una semana de haber dado muerte a Enrique Gallego Gómez, muy cerca del cementerio de San Rafael. Una pena que se imponía para dar ejemplo al resto de la ciudadanía y que sería conocido en la posteridad en Córdoba como «El crimen del Barbero».

Como anéctota final, cabe señalar que Francisco Reyes Serroche sería «rehabilitado» mediante un acuerdo de la Corporación municipal de la capital cordobesa, debido a que figura en diversos registros como «fusilado«, siendo incluido su nombre en la lista que se colocó en el año 2011 en los Muros de la Memoria del cementerio de San Rafael, si bien es cierto que el barbero cordobés no lo fue por sus ideas políticas sino por un horroroso crimen del que todavía se sigue hablando como si estuviese de actualidad en la siempre preciosa Ciudad de las tres culturas.

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Asesina a sus tres hermanos para heredar su patrimonio en Guadalajara

Anguita, el pueblo donde ocurrieron los tres crímenes. Foto: WIKIPEDIA

En los durísimos tiempos de Posguerra valía cualquier ardid para salir adelante, con el afán de ir sorteando la difícil existencia que deparaba aquella brava época. Algunos quisieron ir mucho más allá, o tal vez el sentimiento de la avaricia les jugó una muy mala pasada y llevaron a esta última hacia cauces muy extremos. Tal sería el caso de una tragedia, denominada por algunos drama rural, que ocurríría en la década de los años cuarenta del pasado siglo en el municipio alcarreño de Anguita, situado en la Sierra Norte de Guadalajara, en lo que actualmente se denomina España Vaciada, cuando Florentino Lluva Macho, un hombre que ya había alcanzado los 45 años de edad, decidió liquidar de forma sibilina a sus tres hermanos con el afán de herederar su patrimonio. En un principio las cosas marcharon aparentemente bien para el criminal, que disfrazaba los crímenes de aparentes accidentes fortuitos, aunque a partir del tercer asesinato la historia daría un giro muy brusco y se iniciaría una investigación para esclarecer los hechos, pues tantas muertes accidentales en apenas año y medio no parecían para nada casuales.

La historia arranca el día 8 de diciembre de 1945 cuando -en unas circunstancias que jamás estuvieron claras- aparecería muerta su hermana Antonia junto a un muro de su casa. La primera versión de los hechos apuntaba a que la mujer probablemente se hubiese precipitado al exterior de manera fortuita, aunque los investigadores deducirían con posterioridad que el mismo Florentino Lluva se encargó de arrojar el cadáver desde el balcón, disfrazando el suceso de un aparente y fatídico accidente. No obstante, nadie se encargaría de investigar los hechos y se dio por buena la caída accidental de la primera víctima.

Tardaría algo más de un año en volver a actuar el asesino fratricida. En esta ocasión le tocaría el turno a su hermano Inocente, quien aparecería muerto el 29 de diciembre de 1946 entre las ruinas de una cuadra posterior de la vivienda en la que residían. En este caso su verdugo había recubierto el cadáver con piedras, simulando que se habían desprendido de un muro que cayó sobre el infortunado. Al igual que había ocurrido en la primera tragedia, nadie investigaría las causas de aquella muerte y se dio por buena -una vez más- la teoría del accidente fortuito. Con dos siniestros mortales en poco más de un año se tenía la extraña sensación de que una terrible maldición perseguía a aquella familia del rural alcarreño.

La tercera muerte

Para completar la tarea y ver cumplido el sueño de adueñarse de todo el patrimonio familiar, a Florentino Lluva Macho todavía le quedaba trabajo por hacer. La última en caer sería su hermana Emiliana, la única de la familia junto a él que todavía continuaba con vida. Sin embargo, el criminal se dio demasiada prisa y esperó el menor tiempo posible, lo que jugaría fatalmente en su contra, pues es a partir de ese momento cuando el juez de Sigüenza, partido judicial al que está adscrito el término municipal de Anguita, iniciaría una investigación. La última de sus víctimas aparecería en el mismo lugar y en circunstancias muy similares a como había aparecido la primera, Antonia. Presentaba además, diversos hematomas y la base del cráneo destrozada, lo que despertaba ya algunas sospechas. Es entonces cuando se decide investigar aquellas muertes que para la judicatura no solo no están claras, sino que desecha taxativamente que obedezcan al fruto del azar o la mala suerte.

A los escasos días del haberse producido la última tragedia, Florentino Lluva Macho es detenido. Ante la Guardia Civil se declarará autor material de la muerte de la última de su hermanas, aduciendo que pretendía heredar su patrimonio, aunque negaría que tuviese algo que ver con las otras dos muertes, sosteniendo que ambas han sido fortuitas. La misma versión sostendrá en el transcurso del juicio, que se celebraría en Guadalajara en el mes de junio de 1950.

Sentenciado a muerte

En el mes de junio del año 1950, los alcarreños, además del Mundial de fútbol que por aquellas fechas se desarrollaba en Brasil, estuvieron pendientes de la resolución de un juicio que se celebraba en la Audiencia Provincial de Guadalajara en contra de Florentino Lluva Macho, quien estaba acusado de haber dado a sus tres hermanos con el propósito de heredar toda la hacienda familiar. Desde el primer instante, ya en sus conclusiones provisionales, el fiscal encargado del caso solicitó tres penas de muerte para el acusado, petición que mantendría hasta el final del juicio por considerar que constituían tres delitos de asesinato. Por su parte, Florentino Lluva, sostuvo que él solamente había dado muerte a una de sus hermanas, mientras que los dos decesos restantes habían obedecido a accidentes fortuitos. Su abogado defensor, el letrado alcarreño Manuel Rivas Guadilla, que había sido presidente de la Diputación Provincial en 1941 y que muchos años más tarde habría de defender al capitán de caballería Juan Miláns del Bosch del delito de injurias al Jefe del Estado, avalaría la posición de su defendido, aduciendo que que en las dos primeras muertes no había sido probada la participación de su defendido, en tanto que la última rebajaba la calificación de homicidio a asesinato, y reducía la condena a la pena de 14 años de prisión.

En el mes de julio de 1950 se conocía el veredicto del tribunal, que condenaba a la pena de muerte a Florentino Lluva Macho por tres asesinatos, con el agravante de parentesco. A menos que el Tribunal Supremo no ratificase la sentencia o el Consejo de Ministros le concediesen la gracia del indulto, todo indicaba, como así terminaría sucediendo, que el fratricida alcarreño terminaría sus días con su cuello aplastado por el garrote vil.

Su abogado recurrió en primera instancia al Alto Tribunal, quien no hizo otra cosa que ratificar la resolución dictada por la Audiencia Provincial de Guadalajara. En vista de que este recurso no había prosperado, quemó un último cartucho recurriendo al Consejo de Ministros, quien el 18 de mayo de 1952 desestimaría la petición de clemencia formulada por el abogado Manuel Rivas para con su defendido Florentino Lluva Macho.

Florentino Lluva Macho moriría en la madrugada del día 18 de junio de 1952 en la prisión Provincial de Guadalajara, a manos del verdugo de la Audiencia Provincial de Madrid, Antonio López Sierra, «alias el Corujo», que en aquel momento aún era uno de los jóvenes sayones que ejecutaba a quienes sentenciaban a la pena capital. Con la muerte de Lluva Macho se extinguía un clan familiar alcarreño, que protagonizó una de las más tristes y macabras historias de la crónica negra contemporánea en España, propias de una de las mejores series de suspense.

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Impunidad para el secuestro, violación y asesinato de una niña de cuatro años en Valencia

Publicación de la época dando cuenta del trágico suceso

La España de 1977 comenzaba a ser verdaderamente diferente a como lo había sido durante los ocho lustros anteriores, y ahora no obedecía a ningún eslogan ni a falso estereotipos patrocinados desde ningún ministerio con el afán de atraer turistas. Se había inaugurado un sistema político que consagraba la libertad de los individuos y se habían celebrado las primeras elecciones libres en más de cuarenta años. Eso era lo que diferenciaba a la nueva España de la anterior y era la gran novedad en el panorama europeo de la época en la que una ejemplar Transición a la democracia sería el fiel reflejo de una nueva sociedad que aspiraba a vivir en paz y libertad. Aún así, en medio de ese clima, se produjeron algunos hechos que rememoraban a la vieja España negra en la que se producían hechos difícilmente explicables.

Uno de esos acontecimientos socavaría la tradicional tranquilidad del país en pleno mes de septiembre de 1977, cuando todavía rechinaban los ecos de las primeras vacaciones en libertad y muchos soñaban con aquellas rubias europeas en bikini que habían inundado la costa mediterranea en los calurosos meses de julio y agosto. La noticia en cuestión fue el secuestro de una pequeña de cuatro años en Valencia el día 5 de septiembre, Verónica Carlier Corell, que era hija adoptiva del cónsul de Bélgica, Pier Jean Carlier. La pequeña fue raptada del jardín situado en la zona residencial del Campo del Olivar, en el municipio valenciano de Godella, distante apenas diez kilómetros de la capital del Turia. Los hechos fueron un tanto confusos y de difícil explicación, pues alrededor de las siete y media de la tarde la niña se hallaba jugando en el jardín. En un interín en el que su madre entró en el interior de la vivienda en la que residían se produjo su misteriosa desaparición. A ello se sumaba el hecho de que los dos perros de la familia, de raza doberman, no habían ladrado en un solo instante, lo que añadía todavía más misterio al asunto. Inmediatamente se puso en conocimiento de las autoridades su enigmática desaparición, que no se sabía a que motivos podría haber obedecido, pues nadie se puso en contacto con la familia en ningún instante.

Durante algún tiempo se barajó la posibilidad de que la criatura fuese secuestrada por algún grupo armado de la época, o bien los GRAPO o el FRAP, quienes todavía no habían tomado su decisión de disolverse. Sin embargo, voces autoridades de las dos bandas terroristas negaron cualquier implicación en el secuestro de la pequeña Verónica Carlier. Otra de las hipótesis que tomaría fuerza sería el hipotético rapto de la criatura por parte de algún interno que se hubiese escapado del Hospital Psiquiátrico de Bétera o del Reformatorio de Godella, aunque con el paso del tiempo ambas tesis irían perdiendo fuerza.

Batida

Ante la magntitud que había tomado el suceso, que había sido difundido por todos los medios de comunicación de la época, se realizó una espectacular batida en la zona, desplegándose más de 200 agentes de la Guardia Civil para tratar de localizar con vida a la pequeña, quienes contaban con el apoyo de perros rastreadores y también de un helicóptero. Peinarían un área de diez kilómetros a la redonda, pero no hallaron ningún indicio que pudiese ofrecer alguna pista fiable en torno al paradero de Veronica Carlier. En aquellos infaustos días la familia continuaba esperando alguna llamada que pudiese invitar a la esperanza, sospechando que tal vez los raptores de su hija buscasen alguna recompensa económica a cambio de su libertad

Tras tres agotadores días de esfuerzos en busca de la niña, el día 8 de septiembre de 1977, la historia llegaba a su desenlace final en las peores circunstancias posibles. Un perro de la familia comenzó a ladrar de forma continuada y de forma un tanto espantosa al tiempo que permanecía inmóvil al lado de una enorme piedra a tan solo ochenta metros de la casa en una zona de monte, lo que hizo sospechar a los investigadores de que el animal probablemente hubiese husmeado algo, tal como así sería. Debajo de aquella gran piedra, aquel perro doberman, que no había ladrado cuando desapareció, localizaría el cuerpo de la pequeña Verónica Carlier sin vida. Llamaba la atención que en la zona aledaña se encontrase una herramienta de un albañil, propiedad del único detenido, así como lo bien trabadas que se encontraban las piedras bajo las que yacía el cuerpo de la niña, lo que daría pie a la detención de un individuo conocido como «El Ermitaño», soltero, de 53 años, albañil de profesión, con antecedentes por abuso de menores, que además conocía a la niña.

Enterrada viva

La autopsia a la pequeña Veronica Carlier revelaría datos verdaderamente espeluznantes de las circunstancias en las que se produjo su muerte, pues su asesino la habría enterrado cuando aún se encontraba con vida. Además, pondría de manifiesto que había sido violada por su raptor, lo que añadía más horror al que sufrió la pequeña cuando fue secuestrada, que inmediatamente sería la portada de los diarios y revistas españoles de la época, en un tiempo en el que la naciente política en libertad solía acaparar las primeras páginas.

Todos los indicios apuntaban a aquel extraño hombre, a quien apodaban «El Ermitaño«, tanto por su historial delictivo como por las únicas pruebas aportadas, que gozaban de un cierto valor incriminatorio, ya que la improvisada tumba en que fue encontrado el cuerpo de Verónica Carlier era sin lugar a dudas, una de las mayores señales de que había sido construida por alguien que tenía conocimientos de albañilería, además de conocer el domicilio familiar y a la pequeña, pues los perros no se habían sobresaltado el día en que ocurrió su trágico secuestro.

Los cabos parecían estar atados y bien atados. Sin embargo, no lo estimó así el juez encargado del caso, quien rechazó las pruebas que incriminaban al único acusado por la desaparición y posterior muerte de la pequeña Verónica Carlier, ante la estupefación general del país, quien daba ya casi por resuelto el caso, al tiempo que expresaba su indignación por tan repugnante crimen. Hubo una tercera persona que fue interrogada por la Policía, el jardinero de la propiedad familiar de los Carlier. No obstante, se desecharía la participación en el asesinato de la criatura de este último, dado que no se encontraron pruebas que lo incriminasen.

Aunque todos los indicios hallados apuntaban en una misma dirección, a lo que se sumaba la saña y el sadismo con el que se había empleado el cruel criminal, más de cuarenta años después todavía sigue despertando muchas incógnitas el crimen que costó la vida a Veronica Carlier Corell. Su asesino, para desgracia de la sociedad y los investigadores del caso, logró salirse con la suya, pues el caso desgraciadamente ha prescrito hace ya muchos años y ha podido campar a sus anchas tranquilamente, mientras que la hija del cónsul belga hace ya también más de cuatro décadas que reposa en la paz de un camposanto valenciano.

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