Tres asesinatos perpetrados por dos inmigrantes desatan graves disturbios en El Ejido (Almería)

Disturbios en El Ejido a comienzos del año 2000

A finales del siglo pasado y comienzos del actual grandes oleadas de inmigrantes llegaban a España procedentes de diversos países de Africa y Sudamérica, principalmente, atraídos por la ilusión de mejorar un nivel de vida que se les negaba en su tierra de origen. Una de las localidades que más inmigración recibió fue la ciudad almeriense de El Ejido, en la que había una pujante agricultura que necesitaba mucha mano de obra, por lo que muchos magrebíes se dirigieron a este espléndido municipio andaluz. La gente inmigrante suele ser mayoritariamente honrada y muy trabajadora, pero en ocasiones, como en todo en esta vida, también se cuela algún elemento que no es digno de desplazarse a ningún sitio.

Uno de esos pobres energúmenos era Cherki Hadij, un joven marroquí a quien un agricultor ejidense, José Ruiz Funes recriminó, cuando viajaba en una furgoneta en compañía de su familia, una acción tan reprobable como que maltratase a un perro al que apedreó sin compasión a primera hora de la mañana del 22 de enero del año 2000. Entonces, en ese preciso instante, el magrebí dirigió toda su ira contra el agricultor, a quien aplastaría la cabeza con una piedra, rematándolo en presencia de sus dos hijos -menores de edad- y su esposa en el paraje conocido como Llanos de Celada. Posteriormente, también heriría gravemente en el cuello a Tomás Bonilla, de 53 años, quien fallecería nada más ser trasladado a un centro sanitario. Este último era el patrono del asalariado marroquí que le había dado muerte y, al igual que el anterior, era propietario de unos invernaderos en la zona en el que trabajaban muchos inmigrantes procedentes del norte de África.

Los gritos de la esposa de la primera víctima no impidieron que Cherki Hadij asesinara de forma inmpune a ambos agricultores. El autor del doble crimen sería detenido inmediatamente y puesto a disposición judicial, mientras los vecinos de El Ejido trataban de apaciguar los ánimos por un suceso que consternaría a toda la provincia almeriense y por extensión al resto de Andalucía.

Tercer asesinato

Cuando todavía el dolor y la consternación corroían las entrañas de muchos vecinos ejidenses, apenas dos semanas después de haberse perpetrado el doble crimen de Llanos de Celada, en la pedanía de Santa María del Águila era asesinada la joven de 26 años Encarnación López Valverde al recibir una puñalada a la altura del hígado, que la dejó instantáneamente exangüe en el mercado de la localidad. El autor de este crimen fue también un inmigrante marroquí, Lesbir Fahim, de tan solo 20 años de edad. Al parecer este individuo había intentado sustraerle el bolso a su víctima, quien opuso resistencia. En vista de que no alcanzó su objetivo, recurrió a una navaja que portaba en ese momento y que traería graves consecuencias.

A consecuencia de estos tres asesinatos, cometidos en apenas dos semanas, la población de El Ejido se enervó hasta límites extremos, dolidos y preocupados por su seguridad, generándose una ola desconfianza hacia la gran población inmigrante que habitaba en la localidad. Aquellos tres crímenes provocarían en semanas subsiguientes una serie de disturbios que muchos se atrevieron a calificar de racistas, aunque hay que tener en cuenta que la indignación que se había apoderado de los egidenses estaba motivada por tres reprobables asesinatos, que por fortuna no quedarían impunes.

Graves disturbios

Si los vecinos de El Ejido habían logrado contener la respiración tras las dos primeras muertes, no sucedería lo mismo cuando se produjo el tercer crimen. Además de manifestaciones y concentraciones pacíficas, algunos ejidenses, a los que se unieron personas procedentes de poblaciones vecinas y también del resto de España, no dudaron en apalear y destrozar algunos negocios, entre ellos locutorios, que eran propieda de los inmigrantes. Provistos de bates de béisbol, así como de palos y otros objetos contundentes, al tiempo que proferían proclamas contra la población extranjera, se dirigieron hacia el barrio de Las Norias de Daza, donde residía el autor del último asesinato, donde quemarían cinco coches e incluso amenazarían a algunas personas que no solo no tenían nada que ver con los sucesos sangrientos, sino que directamente los rechazaban. Aún así, a pesar de una pacífica manifestación de inmigrantes en repulsa por el asesinato de la joven en un mercado de la localidad, unas 300 personas -en su mayoría jóvenes- no dudaron en agredir verbalmente a aquellos manifestantes. La tensión era tal, que mucha gente de aquella barriada no se atrevía a salir a la calle por miedo a ser víctima de una turba que había perdido el norte y se dejaba llevar por sus calientes emociones.

El enrarecido clima provocado por aquellos tres crímenes les llevaría incluso a los manifestantes a incomunicar el pueblo por carretera, cortando varias vías de acceso, así como el asalto a la sede de la Federación de Mujeres Progresistas. Al menos, un total de 22 personas resultarían heridas como consecuencia del caldeado ambiente que se vivía en El Ejido. Algunos inmigrantes hubieron de refugiarse en la Comisaría de Policía de la localidad, mientras que el Ministerio del Interior envió 500 agentes de refuerzo para tratar de calmar los excitados ánimos de la población. Desde este mismo departamento ministerial se llamaba a la calma de la ciudadanía, al tiempo que se les anunciaba que los crímenes no quedarían impunes y sus autores serían castigados conforme a lo contemplaba la legislación vigente.

Dos condenas

El juicio contra Cherki Hadij se celebró en julio del año 2002. En el transcurso del mismo, el imigrante marroquí negó reiteradamente los hechos, alegando que no se recordaba de nada, llegando incluso a manifestar que cuando se produjo el doble crimen en el que asesinó a los dos agricultores se encontraba durmiendo. La sentencia destacó la frialdad con la que había actuado el autor del doble crimen, al tiempo que lo consideraba como una «persona violenta». Por estos hechos, sería condenado a una pena de 35 años de cárcel y a satisfacer una indemnización de 210.000 euros a las familias de José Ruiz Funes y Tomas Bonilla, los propietarios asesinados.

El juicio por el asesinato de Encarnación López Valverde tuvo lugar en octubre del año 2003. El acusado Lesbir Fahim manifestaría que escuchaba voces que le «mandaban matar», comprobándose que este joven sufría graves alteraciones psiquiátricas, entre ellas una esquizofrenia paranoide, lo cual daría lugar a una eximente incompleta. Aún así, sería condenado a once años y diez meses de prisión por un delito de asesinato, a pesar de la inconformidad que mostraría su abogado defensor ante los diferentes medios de comunicación.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Asesina a tres personas en una venganza familiar en Degaña (Asturias)

El bello paraje de Degaña fue escenario de un horrible crimen en mayo de 2011

Las desavenencias familiares unidas a las frustraciones y al gran rastro de dolor que dejan tras de sí algunas rupturas matrimoniales son el campo de cultivo abonado para que se produzca una gran tragedia allí donde menos se espera. Así sucedería en la madrugada del 23 de mayo de 2011 cuando José Manuel Álvarez, un minero leonés de 42 años, apodado «El Renegado» provisto de un cuchillo de monte de grandes dimensiones se decidía a acabar con la vida de todos cuantos antiguos allegados se encontrasen a su paso. Casi sin dudarlo, asesinaría a tres personas, todas ellas emparentadas con su ex-mujer, Silvia Brugos, de quien se había separado, pero sin llegar a aceptar nunca de buen grado aquel divorcio que había resultado muy traumático y que depararía una de las peores tragedias que ha vivido Asturias a lo largo de los últimos tiempos.

El principal objetivo del despiadado asesino era el hombre que ahora compartía vida con su antigua compañera, Para acceder a la vivienda familiar de Silvia Brugos no dudó en emplear una maza con la que derribaría la puerta. Inmediatamente subiría al piso superior de la casa en una de cuyas habitaciones se encontraba quien fuera su esposa en compañía de Jorge Marqués Vado, de 36 años de edad y con quien compartía una relación sentimental después de romper con José Manuel Fernández. Cuando ya se hallaban en la cama, y con la luz apagada, cosería a cullidadas a la nueva pareja de su ex-mujer, quien prácticamente no tuvo ocasión de defenderse. En el mismo escenario que había perpetrado su primer asesinato, también acometería a Silvia Brugos, propinándole una cuchillada que le provocaría un neumotórax, aunque saldría viva de la furia asesina que se había apoderado de aquel hombre que parecía haber perdido el norte.

Alertada el resto de la familia por los gritos que profería la pareja agredida, se levantaron para auxiliarlos. Entonces, José Manuel Fernández abandonó la vivienda en la que había dado muerte a una persona, aunque su asesina iracundía seguía imparable y regresó de nuevo a la casa unos minutos después de haber perpetrado el primer asesinato. Su vuelta no fue en valde. En su retorno daría muerte a quien había sido su suegro, Miguel Angel Brugos Rodríguez, de 61 años de edad y a su ex-cuñado, Roberto Brugos Rodríguez, un joven de 33 años, a quienes acometió con el mismo cuchillo que lo había hecho contra su primera víctima. Estos dos asesinatos los cometió en presencia de sus dos hijos, de seis y once años de edad respectivamente, quienes conminaron en vano a su padre a que cesase con su actitud. De sus terribles garras, tampoco se salvaría su suegra, Isabel Rodríguez García, aunque tuvo más suerte que su esposo e hijo, pues aunque resultó herida de cierta consideración, sería dada de alta a los pocos días de haber ingresado en el Hospital de Cangas del Narcea.

Ante el terror que se había desatado en aquel bello paraje asturiano, Silvia Brugos llamó a la Guardia Civil para dar cuenta de los incidentes ocurridos en aquella madrugada del mes de mayo de 2011. Una patrulla de la Benemérita se puso en marcha hacia el lugar de los hechos, en tanto que el autor de la terrible matanza huía con dirección a la localidad leonesa de Toreno. En el momento en que se producía su huída el vehículo que conducía estuvo a punto de colisionar con el de los agentes de la Guardia Civil cuando trataron de interceptarlo, cosa que no fue posible debido a que en ese José Manuel Álvarez huyó del lugar de autos a toda velocidad. Sería detenido dos horas más tarde en la localidad berciana de Matarrosa del Sil por efectivos de la Guardia Civil adscritos a la comandancia de Toreno.

El suceso causaría una gran consternación y dolor en toda la comarca, ubicada en el suroeste del Principado de Asturias y muy próxima a la contorna minera del Bierzo, de donde era originario el autor del triple crimen. A todo ello se sumaba el hecho de que la familia era muy conocida y gozaban de un gran aprecio entre su vecindario. De hecho Silvia Brugos había concurrido a las elecciones municipales de 2011 en las listas del PSOE, obteniendo el acta de concejal. Además del dolor, entre el vecindario se respiraba rabia y una gran conmoción se palpaba en el ambiente de aquel pacífico y agradable entorno asturiano. Solamente se escuchaban voces de condena contra el horrible acto criminal, al tiempo que eran muchos quienes instaban a las autoridades a que «dejasen al criminal en sus manos».

89 años de cárcel

Desde el primer momento de su ingreso en prisión, las autoridades judiciales tomaron una serie de medidas tendentes a proteger al antiguo círculo familiar del triple asesino. La primera decisión fue la de retirarle la patria potestad de sus dos hijos, con quienes se le prohibió cualquier tipo de comunicación. Asimimso, también dictaron una orden encaminada a proteger a su antigua esposa y su ex-suegra.

En el transcurso del juicio que se siguió en su contra se revivieron las escenas de dolor que se habían registrado en aquellos días de mayo de 2011. José Manuel Álvarez Fernández, de mirada arisca e imperturbable al igual que si fuese el auténtico malo de cualquier film de terror, llegó custodiado por los agentes de la Guardia Civil con el fin de evitar que fuese agredido por el vecindario presente en los aledaños de la Audiencia Provincial de Oviedo. Aún así, hubo de soportar los peores y más terribles insultos y agresiones verbales que se puedan imaginar, ante un gentío que clamaba justicia por el horroroso suceso que había teñido de sangre el suroeste asturiano.

Su defensa se basó en negar los hechos, además de aseverar que «no los recordaba». En la versión que ofreció ante el jurado y los magistrados manifestó que no tenía intención de matar a nadie y que tan solo pretendía hacerse cargo de sus hijos, huyendo con ellos. Para justificar su brutal actitud no dudó en asegurar que tan solo se había defendido, pues al llegar al domicilio de su ex-esposa había sido atacado por los familiares de esta. Sobra decir que se podía haber ahorrado este alegato, pues no fue creído por nadie. Como tampoco creyeron su hipotético arrepentimiento, que supuestamente iba encaminado a obtener mejoras en su condena.

José Manuel Fernández Álvarez, además de los tres asesinatos, también se le acusaba de un delito de allanamiento de morada y de otros dos homicidios en grado de tentativa. En primera instancia, sería condenado a un total de 89 años de prisión por la concantenación de los delitos cometidos aquella noche, así como al pago de una indemnización, estimada en 1,2 millones de euros, para su éx-esposa, su ex-suegra y sus dos hijos. En los delitos concurrían tanto la alevosía como la agravantes de parentesco. Tampoco podrá acudir a Degaña ni a Ponferrada en los diez años siguientes a su salida de prisión. También fue desestimada la posibilidad de que el autor del triple crimen sufriese alguna patología mental que pudiese haber influido en su orgía sangrienta en la madrugada del 23 de mayo de 2011.

No obstante, la sentencia a la que fue condenado el ex-minero se vería sensiblemente rebajada después de que apelase al Tribunal Supremo. La máxima magistratura del Estado le reduciría en diez años la pena que actualmente se encuentra cumpliendo, dejándola en 79 años. Su cumplimiento efectivo se sitúa en torno a los 30 años de cárcel. El Alto Tribunal desestimó algunas de las alegaciones presentadas por José Manuel Álvarez Fernández, entre ellas que actuase movido por una posible enajenación mental, así como su negativa a que existiese un plan preconcebido para dar muerte a sus víctimas, a quienes incluso llegó a pinchar las ruedas de los coches antes de perpetrar la masacre para evitar que así pudiesen huir. Como se podrá observar, nos encontramos ante toda una «joya» de la crónica negra en España a lo largo de los últimos años.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Tres personas acribilladas a tiros en un piso de Leganés (Madrid)

El piso en el que sucedieron los hechos estaba en la calle San Lorenzo de Leganés

Por aquellos días del último tercio de marzo de 1985 el mundo estaba muy expectante sobre quien podría suceder en la Secretaría General del Partido Comunista de la Unión Soviética al desaparecido Konstantin Chernenko, recientemente fallecido. No se esperaba un cambio drástico como el que terminaría produciéndose con la llegada de Mijal Gorbachov a la máxima autoridad de la antigua URSS. Sin embargo, en España preocupaban otras cosas, entre ellas las causas en las que se produjo un trágico accidente aéreo en el monte Aoiz, en las cercanías de Bilbao, en el que fallecieron 150 personas. También ocurrían otros hechos trágico que no pasaban desapercibidos, entre otras cosas por el gran misterio que encerraban.

Uno de los acontecimientos más sangrientos y sorprendentes de aquel año se descubrió en la localidad madrileña de Leganés el día 24 de marzo, al ser hallados los cuerpos de tres personas literalmente acribilladas a tiros en una vivienda de la calle San Lorenzo. El trágico suceso sería descubierto merced a que los padres de una de las víctimas, el joven Emilio Sáez González dieran la voz de alarma por la ausencia injustificada de su hijo, cuyo último rastro lo situaba en compañía de José Antonio Burgalo, un veinteñaro de la misma generación que el anterior. Al parecer, ambos muchachos habían sido visto en presencia de Casto García Goñi, un individuo de 41 años de edad, que se había separado de su esposa y que era frecuente que buscase la compañia de hombres jóvenes, según relatarían sus vecinos a los diferentes medios de comunicación de la época.

En vista de la prolongada desaparición de los dos chavales y al hecho de que el venículo todoterreno, propiedad del hombre con quienes se le había visto alternar por diferentes bares de Leganés, la Policía procedió, después de solicitar autorización judicial, a derribar la puerta del piso que era propiedad de Casto García. No obstante, debido a que la puerta de acceso a la vivienda era blindada, debieron recurrir a los bomberos, quienes accedieron a la misma a través de una ventana, observando un macabro y dantesco panorama, pues encontraron los cadáveres del propietario de la casa y sus dos acompañantes cosidos a tiros. Parecía que la Policía se encontraba ante un rompecabezas difícilmente descifrable, pues resultaba bastante extraño que en medio de tantos balazos no hubiese una cuarta persona involucrada. Y, tal como se desarrollaron los hechos, por extraño que parezca, no la hubo. También resultaba bastantes sorprendente que los vecinos no se enterasen de nada. Alguno escuchó ruidos en la madrugada del sábado, 22 de marzo de 1985, que fue cuando presumiblemente se desencadenó la tragedia, pero lo que menos pensó fue que se tratasen de disparos de armas de fuego.

Dos asesinatos y un suicidio

Según la hipótesis elaborada por la Policía, los desgraciados acontecimientos, cuyo móvil siempre fue un gran misterio, tendrían lugar cuando Casto García Goñi, un hombre aficionado a las armas y que poseía una abundante colección, disparó con un rifle, un Winchester del calibre 44, sobre sus dos invitados, dejando prácticamente exangüe en el acto a José Antonio Burgalo. Posteriormente, habría efectuado un disparo en el costado de Emilio Sáez, dejándole malherido. Este último, a pesar de la gravedad de sus heridas, habría arrebatado el arma a Casto y le habría disparado en los testículos hasta en dos ocasiones. Después habría intentado alcanzar la puerta de la salida del piso, a tenor del rastro de sangre que había dejado en su corto recorrido, pero sin conseguirlo debido a la falta de fuerzas. Para concluir, se tumbaría en una cama en la que sería hallado su cuerpo sin vida.

El punto final de esta rocambolesca y macabra historia vendría culminado por el suicidio de Casto García Goñi, quien se habría descerrajado la cabeza efectuando un disparo con el mismo rifle que había disparado sobre los dos jóvenes. A consecuencia del mismo, se levantaría la tapa de los sesos. Esta posibilidad se desechó en un principio debido a la gran cantidad de metralla que presentaban los tres cuerpos, llegando a sospechar que podría haber mediado la intervención de una cuarta persona, teoría que sería refutada, dado que en la vivienda no se hallaron otros restos que no fuesen los de aquellos tres hombres. A todo ello se sumaba el hecho de que la puerta era blindada y tenía las llaves en su interior.

Los cuerpos de las tres fallecidos serían trasladados posteriormente al Instituto Anatómico Forense de Madrid donde se les practicarían las pertinentes autopsias. Sobre Casto García se sabía que estaba separado de su esposa y que era padre de dos hijas. Además, sus vecinos estaban anodadados del alto nivel de vida que llevaba, pues era un empleado de la eléctrica Iberduero, al tiempo que desde su separación era frecuente verlo en compañía de muchachos que rondaban los veinte años, similares a los que aparecieron muertos en su vivienda. Respecto a José Antonio Burgalo y Emilio Sáenz eran amigos desde la infancia, época en la que la familia del segundo se trasladó a esta localidad madrileña procedente de La Rioja, en la que regentaban una pequeña tienda de ultramarinos en la que el joven ayudaba con frecuencia después de haber cumplido el servicio militar. Ambos muchachos estaban fichados por la Policía, ya que tenían algunos antecedentes por algunos hechos que no habían sido tramitados por los juzgados.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Impunidad para el asesinato de una joven universitaria en Madrid

El suceso se produjo en la calle Humanitarias en el barrio de Carabanchel

A mediados de los ochenta la inseguridad ciudadana golpeaba con fuerza a Madrid, principalmente en sus barrios periféricos donde muchos de sus vecinos no se atrevían a caminar solos durante la noche por determinadas zonas. Grupos de toxicómanos y otro tipo de individuos que se dedican a la mendicidad se han hecho dueños de viejos solares abandonados o edificios cuyo estado de deterioro es más que evidente que utilizan para pincharse con heroína o guaracerse en los días más crudos. Sería precisamente en uno de esos lugares en el que a primera hora hora de la mañana del sábado, 9 de marzo de 1985 cuando un joven que salió a pasear a su perro y encontraría el cuerpo sin vida de la joven María Teresa Pérez Valmorisco, de tan solo 24 años de edad, que presentaba evidentes señales de violencia, pues su cabeza se encontraba completamente destrozada y el rostro totalmente desfigurado.

La joven estudiante de Ciencias Empresariales había salido como todos los días de la Facultad y había tomado el metro en la madrileña Plaza de España en compañía de otra amiga que descendería en la estación de Aluche. Ella lo haría en Vista Alegre dirigiéndose a pie por la calle Pinzón hasta su domicilio, ubicado en la calle Castrogeriz. Sin embargo, para desgracia suya y de sus padres y hermanos, no regresaría jamás a su casa. Alguien se interpuso faltamente en su trayecto en el cruce de la vía antes aludida con la Humanitarias y segaría su vida. La investigación policial y los análisis forenses demostrarían que hubo lucha entre la joven asesinada y su verdugo, si bien es cierto que en aquella época todavía no se trabajaba con el ADN y no fue posible determinar quien había sido el asesino, aunque la Policía centraba sus sospechas sobre un individuo del que no se consiguieron reunir indicios suficientes para incriminarlo.

La escena del crimen puede describirse de la siguiente manera. María Teresa Pérez probablemente fuese abordada por su agresor en el cruce y la arrastró en el pequeño trecho que lo separaba hasta un solar abandonado, frecuentado por toxicómanos y mendigos. Allí, supuestamente intentaría bajarle las ropas, pero se encontró con la tenaz resistencia de la muchacha, una mujer de cierta envergadura física, a la que derribó y posteriormente, presa de la enorme furia el asesino le atacó con una piedra de grandes dimensiones, golpeándola reiteradamente en la cabeza hasta dejarla exangüe. El cuerpo de la joven quedó sobre el suelo sucio y andrajoso del solar en el que se había encendido una fogata previamente. Durante toda aquella noche, su familia esperaba angustiada su regreso y atribuían su ausencia a algún imprevisto, pues era una persona que no acostumbraba a demorarse, salvo que les diese previamente aviso en casa. Pero, para desgracia suya no volvería jamás,

El crimen consternaría profundamente a la capital de España que veía como un trágico episodio teñía de nuevo sus calles, principalmente las del barrio de Carabanchel, una barriada compuesta por emigrantes procedentes de otros puntos de la geografía española y trabajadores de todas las clases, pero que sufría como pocos la terrible ola de inseguridad ciudadana que azotaba a Madrid.

Intento de violación

En un principio se barajó como móvil del crimen el robo. A la muchacha le habían desaparecido el monedero en el que portaba el documento nacional de identidad y quinientas pesetas. No obstante, la investigación daría un vuelco tras conocerse los resultados de la autopsia. Los mismos demuestran que la joven había fallecido a consecuencia de una fractura de cráneo, probablemente producida por la violencia con que el agresor descargó toda su fuerza sobre la cabeza de María Teresa Pérez Valmorisco.

La Brigada Central de Homicidios de la Policía comienza a indagar sobre todos los supuestos agresores sexuales que tienen fichados, mientras que en el barrio de Carabanchel se desata una ola de pánico entre las mujeres, pues se teme la presencia de un maníaco sexual por la zona. Hacía escasos días por aquel entonces que otra mujer había sufrido una agresión sexual en la calle General Ricardos. Entre los sospechosos se encontraba un individuo que, según la propia Policía, «tenía todas las papeletas» e incluso llega a ser detenido, aunque será puesto en libertad en breve espacio de tiempo debido a que no se reúnen las suficientes pruebas para ponerlo a disposición judicial.

Por su parte, María Teresa Pérez Valmorisco les había dicho en innumerables ocasiones a sus amigas y conocidas que ella si la asaltaban no opondría resistencia ante unos atracadores a los que les daría todo cuanto llevaba, pero que «prefería morir antes que la violasen». Y así debió suceder en aquel anochecer de los idus de marzo de 1985 cuando un desalmado terminó con su vida, sus proyectos e ilusiones forjados a base de tesón y esfuerzo que se vieron bruscamente truncados cuando se encontraba en una de las mejores y dichosas etapas de su existencia, en plena juventud. Lo peor de todo es que este crimen, como muchos otros, pasaría a la historia de los casos archivados en la más absoluta impunidad.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Abatido en Cáceres un peligroso delincuente que había asesinado a dos personas

Instantes después de ser abatido Rafael Robles, el peligroso pistolero

El historial de Rafael Robles, el peligroso pistolero que trajo en jaque a la Policía y la Guardia Civil entre la región extremeña y la provincia de Toledo en los primeros meses del año 2014 no era precisamente el de una persona ejemplar. De tiro fácil y decidido sembró el terror y el pánico de quienes tuvieron la desgracia de cruzarse en su camino, disparando a sangre fría sobre sus víctimas sin pensárselo dos veces. Malencarado, no muy alto y algo rechoncho, su mirada desafiante parecía describirlo perfectamente. Su cruel biografía se vería definitivamente interrumpida el 7 de febrero de 2014 cuando fue abatido por agentes de la Benemérita junto a un muro de piedra del barrio de El Espartal, un núcleo rural situado a tres kilómetros de la ciudad cacereña de Plasencia. Fue necesaria una prolongada persecución para dar captura a este peligroso energúmeno, cuya muerte se atribuyó, en un principio, a un infarto de miocardio. Un forense certificaría después que presentaba un balazo que le había interesado los pulmones, tal como se encargaría de certificacar la autopsia, después de haber mantenido un tiroteo con sus captores.. Con 57 años dejaba tras de sí una larga carrera en el mundo de la delincuencia.en la que también se encontraba involucrada el resto de su familia, pues casi todos habían estado alguna vez entre los muros de la cárcel.

Un agente de la Policía, que no se encontraba de servicio, fue el encargado de avisar a sus compañeros de la presencia de Rafael Robles en las inmediaciones de la ciudad de Plasencia conduciendo un vehículo que había robado. Al ser localizado, abandonó el automóvil y huyó a pie hasta refugiarse en el viejo caserón, en una zona de muy difícil acceso.Fue allí donde se produjo el tiroteo que le costaría la vida al delincuente, quien se encontraba armado hasta los dientes, como suele decirse en estos casos. Cuando los guardias civiles procedieron a su detención, esposándolo, no se percataron de que presentaba un disparo en un hombro, pues no había orificio de salida. Inmediatamente se desplomó, cayendo bruscamente al suelo. Pensando en un problema cardíaco, trataron de reanimarlo, pero sin éxito. No se descubriría que presentaba la heridad mortal hasta el momento de efectuarle la autopsia.

La historia de esta negra odisea comienza el día 21 de enero de 2014 cuando Robles arprovechó un permiso penitenciario, pues se encontraba interno en la cárcel de Badajoz, pues se encontraba cumpliendo una condena de once años de prisión por un intento de homicidio, en un suceso acaecido ya en el año 2001. A lo largo de los diecisiete días que dura su fuga protagonizaría dos episoidos sangrientos, además de un intento de secuestro de un hombre y su bebé en enl que estos dos últimos se salvaron de sus aterradoras garras casi de milagro. Este primer suceso aconteció cuando intentó robar el vehículo de quien pudo ser su primera víctima, quien, en un descuido del delincuente, aprovechó para salir en el mismo a toda velocidad. En ese momento, su secuestrador disparó varias veces contra el coche, pero sin conseguir su objetivo.

Un joven asesinado en Cazalegas (Toledo)

Sus peripecias criminales comenzaron con un largo recorrido que le llevaría desde Badajoz hasta la localidad toledana de Cazalegas donde asesinaría a sangre fría el 30 de enero de 2014 a un joven de 28 años, Víctor González Flores, a quien arrebataría la vida haciendo gala de su extrema crueldad.. El muchacho, muy apreciado y querido por el vecindario del pueblo en el que residía, había sacado a pasear sus galgos cuando el destino quisó que se cruzase con este despiadado asesino quien le robaría su vehículo, depués de haberle disparado a corta distancia en el rostro y el abdomen, quedando seco en el acto en una finca conocida como «Marís». Los hechos ocurrieron a plena luz del día en torno a las once de la mañana, siendo los empleados de una hacienda contigua quienes encontraron el cuerpo exangüe del joven.

Al percatarse que el móvil del crimen había sido el robo, inmediatamente se montaría un dispositivo por toda la zona con el objetivo de captura al peligroso individuo que ya se había cobrado su primera víctima mortal. El automóvil que había sustraído en tierras toledas le serviría para desplazarse hasta Plasencia, un Kia Sorento, que la Guardia Civil encontraría calcinado. No se sabe porque motivos, Rafael Robles se desplazaría posteriormente hasta Badajoz, a donde supuestamente se habría dirigido para efectuar un ajuste de cuentas, aunque este extremo nunca pudo ser confirmado.

En la capital pacense continuaría con su sanguinaria ruta, motivada por el robo de de vehículos. Ahora su víctima sería un hombre de 57 años, Manuel Tejeda Carmona, a quien disparó a quemarropa en la cabeza en la mañana del 6 de febrero de 2014, que sería encontrado malherido por un bombero que se encontraba practicando deporte. Trasladado inmediatamente a un centro sanitario, nada se pudo hacer por salvar su vida, pues sufría pérdidad de la masa encefálica. A partir de ahí, Robles retornaría hasta Plasencia, quizás con el objetivo de intentar vengar a un familiar que se encontraba en la cárcel. Sin embargo, en esta ocasión las fuerzas del orden le darían caza, una captura que se convertiría en definitiva y que llevaría el sosiego a muchas familias que habían sido objeto de sus trágicos desmanes, iniciados hacía tan solo 17 días.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Asesinada una niña de cuatro años en Granada por un tío suyo

El padre de la pequeña, en una foto antigua, acometería muchos años después al autor de la muerte de su hija

Cuando hay menores de por medio parece que un escalofrío recorre nuestro cuerpo al pensar en que cabeza humana puede caber que haya individuos con tan escasa estatura moral como para dar muerte a niños que se encuentran en los años de su más tierna infancia, incapaces de comprender cualquier asunto del mundo que están descubriendo y desconocedores de que abunda la maldad desde que el hombre hizo su aparición en este planeta. Un suceso en el que una criatura poco menos que recién nacida llevaría a las primeras páginas de los diarios tanto andaluces como del resto de España a la localidad granadina de Huétor Santillán, separada por apenas quince kilómetros de la capital de la provincia, en el mes de mayo de 1985.

La alarma en este término municipal surgiría cuando los padres de la pequeña Anabel Fernández Sánchez denunciaron la desaparición de su hija, una critatura de tan solo cuatro años y media, que desaparecería en la tarde noche del 25 de mayo de 1985. Es entonces cuando tanto los familiares de la pequeña como los restantes vecinos montan un operativo para iniciar su búsqueda. Se da la circunstancia de que en el mismo se encuentra E. S.M.., el joven de 22 años, tío de la pequeña y que le ha dado muerte. No obstante en ese momento nadie piensa en que sea el autor material de la muerte de Anabel, en tanto los padres, principalmente la madre de la criatura, todavía mantienen la esperanza de encontrarla con vida. Sospechan que tal vez hubiese sido víctima de un secuestro, a pesar de que no son gente de alto poder adquisitivo, pues se ganan la vida con una carnicería familiar.

A la vista de que los rastreos efectuados por los habitantes de Huétor Santillán no dan los resultados esperados, la propia Policía decide traer dos perros especializados en búsqueda y olfateo. Los animales dirigen sus instintos hacia el huerto del «Tío Jacinto», donde olfatean de forma insistentemente en un espacio muy reducido, tan solo distante seis u ocho metros de una tapa que bloquea la poza. A las ocho de la mañana del martes, 28 de mayo, se levanta la cobertura del acuífero y aparece flotando el cuerpo sin vida de Anabel Fernández Sánchez. Su descubrimiento provoca la ira y el enfado de su padre, quien sospecha que ha asesinada por alguno de sus dos tíos, Atananasio y E.S. M. En un estao de una gran excitación intenta abalazarase sobre el primero de ellos, recordando que el día anterior los perros adiestrados hicieron constantes recorridos hacia la casa en la que residían, lo que hizo pensar en que tal vez uno de los dos conocía el paradero de la pequeña.

Detención del asesino

Después de que en todo el pueblo se viviesen escenas de dolor, emoción y ante todo una gran crispación por tan vil y sádico asesinato. Unas pruebas efectuadas por especialistas en dactiloscopia determinarán casi con total exactitud que E. S.M. ha sido el autor material del crimen. Para ello se ha extrajo tierra del lugar en el que había aparecido el cadáver de la pequeña, a lo que se añade que también se han cotejado las pisadas del calzado con unas botas que el asesino poseía en su casa y que coinciden con las que se han hallado en los aledaños de la poza. Igualmente, la tierra que ha quedado incrustada en el calzado resulta determinante para encausarlo. Mientras tanto, la tensión y el dolor crecen en Huétor Santillán,

En un principio, a pesar de las evidencias que lo incriminan E.S.M.se declara inocente, aunque finalmente terminaría confesando su horroroso crimen. Según su versión, en la tarde de aquel sábado vio en la calle a la pequeña Anabel, a quien su madre le había dado un duro para comprar alguna chuchería, aunque jamás pensó que sería la última vez que veía con vida a su propia hija. El pederasta y criminal declararía que llevó a la pequeña hasta los corrales de una casa deshabitada, prometiendo comparle «gusanitos». Allí la trasladó hasta la finca del «Tío Jacinto» donde intentó abusar de la pequeña. Según su propia versión de los hechos intentó violarla y la cría ejerció resistencia. Entonces, le tapó la boca con una mano y la sujetó del pelo con la otra a fin de intentar reducirla. En el pequeño forcejeo que mantuvo con la criatura, está cayó al suelo golpeándose la cabeza y quedando inconsciente. Atemorizado por la situación, pensando que la niña había muerto, la arrojó al interior del pozo, aún con vida, después de levantar su tapa, cuyo peso rondaba los veinticinco kilos. La autopsia dictaminaría que Anabel murió ahogada al encontrase agua y restos de barro procedente del acuífero al que la había arrojado su asesino.

Aquella misma noche, y demostrando una vez más su carácater psicopático y su sangre fría, el autor del crimen tuvo aún el valor suficiente para irse de juerga, yéndose a bailar a una discoteca, después de haber cenado tranquilamente y haber visto la televisión. Al día siguiente, aún iría a regar sus melones como si nada hubiese acontecido. Para rematar la faena, y esto es muy habitual en este tipo de energúmenos con el afán de distraer la atención, se sumaría al dispositivo de rastreo que buscaba infructuosamente el destino de Anabel Fernández Sánchez.

Juicio tenso y suspuesto intento de venganza

Como no era para menos, el juicio se celebraría en Audiencia Provincial de Granada en medio de una gran tensión. Personas que habían participado en la búsqueda intentaron agredir a Enrique Sánchez, quien hubo de ser introducido en un vehículo celular de la Policía con un gran esfuerzo por parte de los agentes de este cuerpo. El padre de Anabel Fernández no se encontraba presente en la sala, temerosa su familia de que intentase tomarse la justicia por su mano. Quien sí estuvo fue el progenitor de Eva María Carmona, Jesús Carmona, una niña que había sido violada y asesinada el 20 de julio de 1985. En el transcurso de la vista reconocería los hechos que se le imputaban, además de confesar que había intentado violarla hasta en dos ocasiones. Acharcaría la muerte de la pequeña a un fatal accidente y que creyéndola ya muerta la arrojó al pozo en el que fue encontrada.

La fiscalía sostuvo desde un principio la petición de un total de 40 años de cárcel para el acusado, a quien imputaba los delitos de asesinato, violación e inhumación ilegal. El abogado encargado de la defensa de E.S.M. rebajaba la petición inicial a catorece daños de prisión, por entender que su patrocinado sufría una psicopatía y negaba la posibilidad de hubiera intencionalidad en la conducta de su defendido. Finalmente se impondrían las tesis del fiscal y el encausado sería sentenciado a la pena de 40 años de prisión, aunque ya hace algún tiempo que se halla en libertad.

El 12 de abril de 2018 se produjo un suceso en la calle Pedro Antonio de Alarcón de la capital granadina que tendría como protagonistas al padre de la pequeña asesinada y al criminal. Las versiones ofrecidas por ambos difieren sustanciamente, ya que, según Juan José Fernández, que al parecer se dirigía a un centro médico en compañía de su hijo, se defendió de un individuo que resultó ser E. S.M., quien tenía ya 54 años y que supuestamente intentó asaltarlo, provocándole una herida de arma blanca con un cuchillo que portaba. Sin embargo, este último manifestaría que el agresor le atacó por sorpresa y que le reconoció desde el primer instante. El ya septuagenario padre de Anabel sería detenido por un supuesto delito de lesiones, ya que le provocó cortes en diferentes partes del cuerpo, entre ellas el tabique nasal, al asesino de su hija. No obstante sería puesto en libertada a los pocos días.

Nunca se puede justificar la violencia, independientemente de quien la practique, pero a veces, cuando menos, se comprenden algunas actitudes contra un despiadado y cruel asesino que en la primavera de 1985 llevó el dolor y la crispación a un precioso pueblo de la bella provincia de Granada y marcó para siempre la pacífica convivencia de una familia que veía como perdía de una forma terrible y obscena a una hija -una criatura que se encontraba en su más tierna infancia, el tesoro más preciado que tenían en esta vida.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Una pareja de jóvenes hermanos asesinados en Palencia por un vecino

Los hechos ocurrieron en la palentina Plaza de Cervantes

Las negligencias de la Administración, como se verá a continuación, pueden tener un resultado fatal e irremediable para los ciudadanos, quienes son los más perjudicados por su deficiente funcionamiento. Si los resortes administrativos hubiesen funcionado con toda seguridad no hubiese habido que lamentar un trágico episodio ocurrido en Palencia el 21 de enero del año 2000. Desde hacía bastante tiempo, un vecino del número 7 de la Plaza de Cervantes, Jesús López Gutiérrez, de 56 años de edad, venía protagonizando constantes altercados con el resto de la comunidad vecinal, hasta el extremo que se llevaba prácticamente mal con todos lo residentes del inmueble en el que habitaba. Calificado de huraño y extraño por quienes le conocían, los escándalos que montaba eran frecuentes, al igual que las amenazas que profería contra el resto de los moradores. Antes de perpetrar el doble crimen había sido denunciado por amenazas de muerte contra quienes serían sus víctimas y se había ordenado su ingreso en un centro psiquiátrico penitenciario por el periodo de dos años, condena que no llegó a cumplir por diversos fallos de custodia en la Administración de justicia. Es más,con fecha del 28 de diciembre de 1998 había solicitado el permiso de armas de fuego, que le sería concedido por la propia Guardia Civil el 13 de enero del año siguiente. Todo un incomprensible cúmulo de despropósitos que terminaría pagando muy caro la ciudadanía, con uno de los crímenes más horrorosos que se recuerdan en Palencia en los últimos tiempos.

Aquella fría tarde de enero del último año del siglo XX, Jesús López Gutiérrez, el temible y temeroso vecino de la Plaza de Cervantes tomó la escopeta de su propiedad y al observar que uno de sus vecinos, Lorenzo de Vega Pardo bajaba por las escaleras empuñó el arma y disparó sobre el joven, de 31 años, quien, malherido, terminaría falleciendo en el Hospital Río Carrión de la capital palentina. Posteriormente se dirigiría al domicilio de su primera víctima, en el tercer piso del inmueble -el asesino residía en el segundo-, y descerrajaría de un disparo la cerradura de la puerta, allando la morada para dar muerte de un disparo en el costado a la joven hermana de su primera víctima, Reyes, quien fallecería prácticamente en el acto, en total indefensión y con la sangre fría del criminal, quien sembraría el pánico entre el vecindario de esta céntrica plaza palentina.

Después de unos instantes de confusión y zozobra en el que corrieron todo tipo de comentarios, uno de los cuales hacía referencia a que el asesino había dado muerte a dos de sus hijos, la Policía se personó de inmediato en el lugar de los hechos para proceder a su detención. Jesús López, según testimonios presenciales, se encontraba plácidamente con su carabina repetidora esperando a los agentes, ante quienes no opuso resistencia de ningún tipo, siendo ingresado en el módulo de enfermería de la prisión provincial, aunque más tarde sería trasladado al centro psiquiátrico penitenciario de Alicantes en el que fue ingresado por un periodo de 38 años, según consta en la sentencia.

Estado, responsable civil subsidiario

Debido a los muchos errores que se habían cometido por parte de las diversas administraciones en relación a la conducta que presentaba el autor del doble crimen, Jesús López. los distintos entes judiciales considerarían probado que la responsabilidad civil del asesinato de los dos hermanos debía recaer sobre el propio Estado, aunque para ello tuviesen que andar todos los escalafones reglamentarios que requiere la propia Administración de Justicia en estos casos, los cuales por desgracia no funcionan con la celeridad que desean quienes recurren a ellos.

En primeira instancia se pronunciaría la propia Audiencia Provincial de Palencia, quien emitió un veredicto favorable en este sentido para la familia de las víctimas, aunque sería recurrido por la Abogacía del Estado ante la Audiencia Nacional, quien ratificaría la sentencia del organismo provincial en el año 2004. Pero no sería hasta diciembre del año 2008 cuando el Tribunal Supremo daría firmeza definitiva al mandato judicial emitido por las dos intancias anteriores. Consideraba este último que la concesión de la licencia de armas se había hecho sin antenerse a los informes que indicaban que el Jesús López Gutiérrez sufría una patología mental grave, concretamente un trastorno delirante crónico. De la misma forma, este sujeto había sido condenado al ingreso en un centro psiquiátrico por un periodo de dos años, que no llegaría a producirse, ya que constaban diligencias judiciales de que había amenazado de muerte con anterioridad a familiares de sus dos víctimas, además de ser condenado por un delito de lesiones.

Como se podrá observar detenidamente, se produjeron una serie de despropósitos, cuyo resultado jamás lo resarcirá ninguna sentencia. Si el autor del doble crimen hubiese ingresado en el centro adecuado cuando fue sentenciado, este desgraciado suceso jamás llegaría a producirse. Lo que ya resulta poco menos que incomprensible es que a este sujeto le concediesen un permiso de armas, habida cuenta de los problemas que mantenía con los vecinos, amén del grave trastorno psíquico que sufría. Cabe preguntarse porqué no se le hizo un test psicotécnico en condiciones para valorar si se encontraba en condiciones de poseer armas de fuego, para lo que no está capacitado todo el mundo. Desgraciadamente no sería el último caso y mucho nos tememos, y ojalá nos equivoquemos, que no será el último.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

.

Una mujer envenena a sus tres hijos en Las Palmas de Gran Canaria

Los hechos sucedieron en el distrito gran canario de Tafira

Se atribuye al célebre periodista de sucesos Eugenio Suárez la frase de que «las mujeres matan mejor». No sabemos lo que tiene de verdad tal aseveración, aunque lo que no es menos cierto es que algunas féminas recurren a métodos menos cruentos que los hombres para deshacerse de personas que, por una u otra razón, son un obstáculo en su existencia. En algunas ocasiones han perpetrado auténticas barbaridades y aberraciones que difícilmente pueden ser olvidadas, aunque las estadísticas reflejan a las claras que los hombres suelen matar mucho más.

Uno de los episodios más abyectos de la historia reciente de España sucedería en el distrito insular de Tafira, en Las Palmas de Gran Canaria, el día 30 de septiembre de 1984 cuando una mujer de tan solo 28 años, P.H.M. daba muerte a sus tres hijos de muy corta edad, pues ninguno superaba los cinco años. A primeras horas de aquel domingo, esta mujer le comunicó a su marido que se encontraba muy mal y le rogó que la llevase a un centro hospitalario, a lo que este accedió. Previamente, había llamado a una de sus cuñadas, hermana de su esposo, para que se hiciese cargo de las criaturas. Para ello dejarían la puerta abierta del piso en el que residían. P.H. presentaba evidentes síntomas de intoxicación por medicamentos, pues la noche anterior había ingerido grandes dosis de analgésicos, entre ellos Nolotil, así como una caja entera de tranquilizantes y otros comprimidos que utilizaba para tratarse de una fuerte depresión que la aquejaba.

Lo que no se imaginaba su cuñada es que se iba a encontrar con un trágico y dantesco panorama en la vivienda en que residía su hermano, pues encontraría muertos a los tres pequeños, F. de cuatro años, J. R., de dos y el benjamín de la familia, L. E., de tan solo 18 meses, quienes yacían exangües en su dormitorio. Inmediatamente se dio aviso a la Policía y se presentó también un médico, quien se encargaría de certificar que los decesos de los niños se habrían producido aproximidamente unas ocho horas antes.

Carta a su marido

P.H., que había sido ingresada en la Clínica de Nuestra Señora del Pino, prosiguió internada en este mismo centro sanitario, aunque con la custodia de dos policías en calidad de detenida. Allí se le había practicado un lavado de estómago y no fue posible en un primer momento que efectuase una declaración coherente, pues se encontraba en un estado de apatía y catatonismo, muy propio de personas que padecen alguna dolencia de carácter mental. Aunque se estaba medicando a raíz de una depresión que sufría, nadie en su entorno podía sospechar que llegase a sufrir un episodio de estas característas. Previamente, había dejado una nota a su marido en la que le informaba de su intención de quitarse la vida, una vez hubo acabado con la de los hijos que tenían en común.

La muerte de los pequeños habría sucedido alrededor de la medianoche, una vez que se había acostado su marido. Para ello, utilizaría los psicofármacos que ella misma tomaba, ingiriéndolos en grandes dosis en los biberones de sus vástagos, aunque dos de ellos presentaban síntomas de haber sido estrangulados, según se dedujo de la autopsia que se realizaría posteriormente.

Al ser dada de alta, P. H. sería ingresada en el módulo de enfermería del Centro Penitenciario de la capital grancanaria, mientras no se iniciaba el juicido oral en su contra, que tendría lugar a finales de octubre de 1985 en la Audiencia Provincial de Las Palmas de Gran Canarias.

Absuelta

El juicio despertó la lógica expectación que de un hecho de similares características se esperaba. En sus conclusiones provisionales, el fiscal solicitaba 20 años de prisión por cada uno de los tres crímenes que había perpetrado, un total de 60 años. Su abogado defensor, amparándose en el estado de salud mental que presentaba su defendida, que había sido diagnosticada de esquizofrenia paranoide, solicitaba la absolución y su internamiento en un centro psiquiátrico.

Finalmente, triufarían los postulados de la defensa de P.H.M., quien resultaría absuelta, al entender la alta magistratura insular que aquella pobre mujer estaba afectada de una grave patología de carácter psíquico que le impedía comprender la maldad de sus actos. En el transcurso del juicio, volvió a mostrar sus apatía y las dificultades psíquicas que padecía. Solamente se limitaría a reconocer que había sido la autora de los crímenes, además de manifestar que sufría constantes depresiones desde hacía tiempo.

Con la absolución de la principal encaudada en uno de los crímenes más escalofriantes de los que habían acontecido en el Archipiélago canario en los últimos tiempos, se ponía fin a un triste y trágico episodio en el que los niños, una vez más y por desgracia no sería la última, se convertían en víctimas de una de las peores aberraciones humanas.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Impunidad total para el cruel asesinato de un niño de cuatro años en Sevilla

Paquito Reyes, el niño asesinado en Sevilla en el año 1984

En los días finales de octubre de 1984 aún estaba presente en muchos de los aficionados al toreo, y Sevilla es una gran ciudad taurina allí donde las haya, la reciente muerte en el coso de Pozoblanco de Francisco Rivera «Paquirri», tras la aparatosa cogida que sufrió por parte de un toro, «Avispado», que pasaría a engrosar la trágica historia de este arte, al igual que en su día lo hiciera «Islero» hacía ya casi cuarenta años tras haber corneado fatalmente a Manolete. Sin reponerse todavía de este dramático trance, la ciudad de la Giralda iba a asistir a otro truculento trance que quedaría marcado en la memoria colectiva de la capital andaluza. El día 28 de octubre de aquel año, en el que se conmemoraba el segundo aniversario de la victoria socialista en las urnas, sería hallado ya de de noche el cuerpo sin vida de un pequeño de cuatro años, Paquito Reyes, en una antigua caseta de «Sevillana de Electricidad». El trágico suceso conmovería de sobremanera a la noble ciudad hispalense, que asistía atónita a un macabro y cruel crimen que, por desgracia, jamás llegaría a resolverse, quedando en la impunidad más absoluta, al tiempo que los sevillanos y el resto de los españoles trataban de contener la respiración.

El relato de los hechos comienza en la tarde de aquel domingo cuando el pequeño se encontraba jugando con un grupo de amigos en los aledaños de la parroquia del barrio de Torreblanca, un arrabal situado al este de la gran urbe en el que el desempleo y la delincuencia comenzaban a hacer mella entre sus humildes residentes. Inesperadamente, contra todo pronóstico, el pequeño no regresó a su casa a cenar como era de esperar. Su ausencia desataría la lógica preocupación de sus progenitores, padres a su vez de una extensa prole que se componía de seis vástagos. Inmediatamente se dio aviso a la Policía, que juntamente con los vecinos de aquella barriada comenzaron a rastrear toda la zona en busca de Paquito Reyes.

Siendo ya noche cerrada aparecería el cadáver del niño en una vieja garita de la antigua empresa que abastecía de suministro eléctrico a la ciudad de la Giralda, hoy en día bajo el cuasi monopolio de ENDESA. Antes de aparecer el cuerpo sin vida del pequeño, algunos vecinos ya habían examinado aquella zona, sin hallar nada en el lugar. Su todavía diminuto cuerpecito presentaba evidentes señales de violencia, además de ofrecer algunos signos de que la criatura hubiese sido víctima de algún tipo de abuso sexual, aunque jamás nadie podría certificar que Paquito Reyes fuera violado por su agresor debido al mutismo, rayano con el secretismo que siempre ha rodeado este caso.

Antes de procederse al levantamiento del cadáver del niño, cuando se hizo la perceptiva inspección ocular, se comprobaría que el tejido en el que había sido introducido se hallaba muy extendido por todo el barrio de Torreblanca, lo que llevaría a los investigadores a una primera conclusión de que el autor del crimen podría ser alguien que conocía a Paquito, o cuando menos que residía en aquella humilde barriada. El lugar del crimen, aquella vieja caseta, sería derruida días después de ser precintada por la Policía, sin tener el oportuno permiso que debería haberle dispensado la autoridad judicial. Este acontecimiento es uno de los hechos que no ha encontrado respuesta. ¿Quién o quienes ordenaron el derribo de aquella garita, esencial para la resolución del caso, con tanta premura a sabiendas de que allí había aparecido el cuerpo del niño asesinado? Esta es una pregunta que sigue flotando en el ambiente casi cuatro décadas después del brutal crimen.

Detención de tres sacerdotes

En principio sería detenido un vagabundo homosexual que pululaba por la zona, lo que desataría una inustificada ola de homofobia en el barrio. No obstante, este hombre pudo acreditar su inocencia con una veraz coartada que sería corroborada por varios testigos. La gran sorpresa se produciría algo más de tres semanas después de la comisión del crimen cuando agentes de la Policía Nacional adscritos a la Comisaría de Sevilla procedían a la detención de tres sacerdotes que ejercían su ministerio en la parroquia de Torreblanca. Era el día 21 de noviembre de 1984. Los policías llevaban una orden judicial y dispensaron un trato cordial y amable a los religiosos. Igualmente se llevarían consigo el coche, un Renault «4L», en cuyo interior aparecería un saco fabricado con el mismo material con el que lo estaba el que contenía el cuerpo del pequeño asesinado. A todo ello, habría que sumar las constantes llamadas, algunas realizadas de forma un tanto impulsiva, que se hicieron desde el teléfono de la parroquia en la noche de autos al Gobierno Civil de Sevilla en las que se demandaba un helicóptero para ayudar en la búsqueda del niño, que no terminaba de cuadrar con otras incongruencias que se alojaban en un lugar donde supuestamente se ayudaba mucho más de lo que se pedía.

Con la detención de los tres sacerdotes el morbo y el escándalo estaba servido. Fue un tiempo de agrias especulaciones, bulos y comentarios infundados que no hacían otra cosa que acentuar el trágico drama que se estaba viviendo en la ciudad hispalense. Los detenidos eran los padres jesuítas Juan Francisco Naranjo, Luis Aparicio y Cristian Briales Schaw, este último gozaba de una excelente reputación y un cierto carismo en la capital andaluza. Mientras los dos primeros serían puestos en libertad a las pocas horas, el padre Briales permanecería en el calabozo durante tres días, debido a las incongruencias y contradicciones que hallaron en su declaración quienes le sometieron al interrogatorio. Sus incoherencias, según se encargaría de señalar criminólogo y detective Juan Carlos Arias en el diario sevillano EL CORREO DE ANDALUCÍA, con el latiguillo final de «solo Dios sabe». Apunta también este mismo profesional en un magnífico artículo que publicó en 2019 en torno a este suceso que durante el tiempo que estuvo recluido solicitaba que le dejasen leer la Biblia, además de echarle, una y otra vez, la culpa al demonio sobre el misterioso y atroz crimen que socavó lo cimientos de la capital andaluza el otoño de 1984.

Lo que sí quedo contrastado y certificado es que el yute que sirivió de primer sudario al pequeño había sido importado desde las Islas Canarias, en las que Briales había ejercido su ministerio antes de trasladarse a Sevilla. En opinión del investigador anteriormente aludido, la presión para que se pusiese en libertad a este religioso era insoportable y cuando se cumplió el plazo estipulado legalmente, el juez de guardia decretaría el fin de su estancia entre las rejas de la Comisaría de Sevilla.

Archivo y prescripción

Cinco años más tarde, en 1989 se decretaría el archivo de la causa al no hallarse autor conocido. Señalaba el estudioso de este trágico episodio, el detective Juan Carlos Arias, que en 1984, correría una leyenda en la que se daba por hecho que había una orden de ingreso en prisión del padre Briales, aunque tal mandamiento no figura en el sumario. En su intento de resolución desempeñaría una función fundamental el entonces Jefe del Cuerpo Superior de Policía de Sevilla, el comisario José Manuel Blanco Benítez, un hombre de ideas conservadoras y católico practicante, quien se vería muy fustigado por diversos medios y para quien -según sus palabras textuales- «el caso policialmente está resuelto, ahora solo falta que se haga de forma judicial». Como suele decirse en estos casos, a buen entendedor pocas palabras hacen falta. De hecho, el mencionado funcionario se querellaría contra dos medios escritos de la capital andaluza por los furibundos ataques que había recibido de los mismos, calificando de «patinazo policial» la detención de los tres religiosos. Además, habría de enfrentarse a toda la presión de una ciudad en la que no faltarían amenazas y coacciones, algunas de las cuales serían grabadas en las paredes que fueron testigos mudos de pintadas entre las que se podía leer literalmente «es imposible que tres jesuítas hagan eso», achacándose al clima anticlerical y a un cierto revanchismo la detención de los sacerdotes. Incluso, el recientemente nombrado Arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, recibiría en el palacio episcopal a los curas que habían sido detenidos días antes, en señal de apoyo y respeto hacia su, labor, a pesar de que una oscura neblina podría haber manchado su ministerio.

Sea como fuere, lo cierto es que el caso prescribiría al cumplirse el periodo de 20 años que marca nuestro código penal para delitos tan graves como este. Cristian Briales Schaw fallecería en el año 1999, tan solo unos meses antes que quien era Jefe Superior de Policía de Sevilla en 1984, el comisario Blanco Benitez, aquel mismo hombre que le había puesto en el punto de mira, a pesar de las fuertes presiones que recibió desde distintos estamentos en un tiempo en el que la Iglesia Católica era intocable, tratando de ofrecer un inmaculado aspecto que se vería turbiamente empañado con el comienzo del tercer miilenio en el que tantos religioso fueron denunciados por prácticas pederastas y de abusos a menores, hasta el extremo de que el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, un hombre protegido por un pontífice que fue elevado a los altares, el Papa Juan Pablo II, era una de las mayores bestias de la depravación sexual, pese a que era fotografiado con frecuencia arrodillándose ante el Sumo Pontífice. Lo peor de este asunto, es que como muchos otros, ha caído relegado al más triste de los olvidos y el autor de la muerte de un pequeño de un barrio humilde de Sevilla, para desgracia de la sociedad, se salió una vez más con la suya, a pesar de los nobles esfuerzos y el gran trabajo realizado por quien fuera su Jefe Superior de Policía, José Manuel Blanco Benítez, el mismo hombre que departió algunas horas con el religioso canario en el calabozo de la Comisaría, quien después del aquel sonado escándalo regresaría a su tierra, y bajo cuyo seno duerme ya el sueño de los justos, o en este caso, de los presuntamente injustos.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

El asesinato de Juan Vila Carbonell (El crimen de la «Dulce Neus»)

Neus Soldevilla, la inductora del crimen que le costó la vida a su marido Juan Vila Carbonell

En aquel año 1981 sucedieron muchas cosas en España que dejarían una profunda huella. Resoplaban los ecos del frustrado intento golpe de estado del 23 de febrero, se seguía de cerca la evolución del caso del asesinato de los Marqueses de Urquijo, ocurrido en 1980 y el aceite de colza generaba la alarma al constatarse varios centenares de muertos como consecuencia de un tipo de neumonía, calificada en un primer momento de «atípica», pero que no dejaba de ser un envenamiento masivo que afectaba a las familias más humildes de los barrios obreros de grandes ciudades. A ello se sumaría el intento de asalto al Banco Central de Barcelona el 23 de mayo en una operación que jamás estuvo clara y que se saldaría con la muerte de uno de los asaltantes.

En la crónica negra se escribiría una de las páginas más turbulentas y hasta se podría decir que espectaculares con el asesinato el día 28 de junio del empresario Juan Vila Carbonell cuando se encontraba de veraneo con su familia en la localidad oscense de Esplús, su segunda residencia. En un principio el crimen estuvo revestido de un gran misterio, pues serían sus mismos verdugos quienes denunciaron su muerte ante la Guardia Civil, en un intento de tapar un sangriento suceso que coparía muchos titulares y páginas de los periódicos de la época.

La esposa del empresario asesinado,Neus Soldevilla, quien sería conocida como «La Dulce Neus» por su forma de hablar pausada, entrecortada y sencilla, prestaría declaración ante el Cuartel de la Guardia Civil de la localidad inventándose un fantasioso relato en el que aseguraba haber sido víctima de dos encapuchados que habían llamado al timbre de su residencia cuando la puerta estaba abierta. Este último detalle haría levantar las sospechas de los investigadores, pues unos delincuentes similares no llaman al timbre si ven una puerta abierta. Existían muchas incongruencias en su relato, falto de coherencia, que convertirían a aquella mujer en sospechosa del asesinato de su marido.

¿Un antentado terrorista?

En los días posteriores al crimen, la Policía llega a especular con la posibilidad de que Vila Carbonell fuese víctima de un atentado terrorista por parte de los GRAPO. La víctima de este asesinato era militante de Fuerza Nueva, pero no era un dirigente destacado ni nada que se le pareciese. Se sabía que era un hombre rudo, tosco y con un carácter despótico y tiránico que había trabajado muy duramente desde su niñez en el sector de la construcción. Llegaría a acumular un patrimonio superior a los 300 millones de pesetas, pese a ser de origen muy humilde. Estaba obsesionado con que sus hijos, a quienes obligaba a trabajar con él, le emulasen. Sin embargo, todos los miembros de su familia, empezando por su propia esposa, sentían un indisimulado odio y recelo hacia su persona, tanto por su forma de ser como por su tacañería, pues solo le facilitaba diez mil pesetas semanales a su esposa para gastos domésticos.

La Policía encargada del caso no las tenía todas consigo y había puesto su punto de mira en la esposa del empresario al conocer que aquella familia no tenía nada de idílica, a pesar de las falsas apariencias que mostraban de cara a la galería. Habían tenido información que dentro del clan familiar de los Carbonell-Soldevilla había agrias disputas por el carácter del patriarca, quien había amenazado de muerte a su mujer cuando esta le había planteado la posibilidad de divorciarse, así como al resto de los miembros de la familia. El ambiente era absolutamente irrespirable y terminaría por convertirse en el detonante de uno de los crímenes más mediáticos de la historia reciente de España.

A Neus Soldevilla no le dolieron prendas en hablar sobre la supuesta placidez de su matrimonio con Juan Vila Carbonell, intentando desviar la atención de caso. Sin embargo, solo eran habladurías y eran varios los hombres que habían manifestado haber mantenido relaciones íntimas con aquella mujer, si bien preferían mantener su anonimato debido a que se encontraban casados y no deseaban romper sus respectivos matrimonios. Se sabría también que había creado una sociedad financiera con unas pérdidas de 17 millones de pesetas, una elevadísima cantidad para aquel tiempo.

La criada, la clave

Una de las claves para la resolución del crimen estuvo en la criada doméstica que tenían en casa, Inés Carazo, que era conocedora del entramado al igual que sus principales protagonistas. Esta mujer habría estado chantajeando a Neus Soldevilla debido a que esta le adeudaba cantidades importantes de dinero. En una entidad bancaria habría manifestado que«cobraré, seguro que cobraré y lo que les va a pesar a todos». El 9 de octubre de 1981, tres meses después de haberse perpetrado el crimen. la empleada doméstica confesaba ante la Policía los pormenores del asesinato y poco después lo hacían los hijos varones. Es a partir de ese instante cuando se sabe que el homicidio había obedecido a un plan preconcebido y que llevaba ya algún tiempo gestántose en el seno de aquella familia que de ejemplar no tenía absolutamente nada.

En un principio habían barajado la posibilidad del envenamiento diluyendo fósforo de cerillas en el café, aunque no estaban seguros de que esto funcionase.Neus Soldevilla se acordó entonces de una pistola que su marido tenía guardado en uno de los armarios, que sería el arma con el que se cometería el crimen. Previamente, a su ejecución material, el día 21 de junio de 1981, su hijo Juan empuñó el arma, pero le faltó el arrojo suficiente para acometer lo que era en toda regla un parricidio.

Finalmente, se decidió que fuese Marisol, una adolescente de 14 años, quien empuñase el arma para terminar con la vida de Juan Vila Carbonell. Así lo hizo en una de las primeras tardes de verano, en un plan ideado por su progenitora, que sería la principal encausada como inductora. En el día de autos, Juan Vila Carbonell se encontraba plácidamene durmiendo la siesta, después de haber mantenido relaciones sexuales con su esposa. A la joven, que había estado realizando prácticas de tiro previamente, no le tembló el pulso a la hora de apretar el gatillo que descerrajaría la cabeza de su padre, convirtiéndose en la víctima de uno de los sucesos de los que más páginas se han escrito en España.

En su declaración definitiva en la que confesaron el crimen, saldrían a relucir los malos tratos que el empresario dispensaba a la familia, obsesionado únicamente con incrementar su poder económico y financiero amén de seguir engordando su patrimonio. Los distintos especialistas que examinaron a los hijos de Vila Carbonell dejaron claro que la familia padecía algunas anomalías psíquicas derivadas probablemente del ambiente de tensión y opresión que se vivía en su seno, más propio de cualquier serie de ficción americana que de un asentado clan familiar español.

Condena y fuga de Neus Soldevilla

A principios de junio de 1982 se conocía la sentencia que condenaba a la esposa del empresario a la pena de 28 de años de cárcel por un parricidio en el que concurrían los agravantes de parentesco, premeditación y alevosía. Su hija Nieves debería pasar doce años entre rejas, mientras que los dos hijos gemelos de la pareja, Juan y Luis, eran sentenciados a diez años de cárcel. La autora material del crimen, Marisol, sería ingresada en un centro de menores, en tanto que la criada, Inés Carazo, absuelta de complicidad, sería sancionada con 100.000 pesetas de multa por omisión del deber de denuncia.

Pero el trágico suceso ocurrido en Esplús, al igual que si de una serie de suspense se tratase tendría un epílogo, que terminaría de catapultar a la triste fama a su principal protagonista, Neus Soldevilla se fugaría de España a principios de octubre de 1986, aprovechando un permiso carcelario del que disfrutaba. Con una identidad falsa, reconvertida ahora en Montserrat Ferrer y los cabellos rubios teñidos de negro recalaría en un primer momento en Portugal, país en el que concedería entrevistas a diversos medios. Su destino final sería Ecuador, donde sería dentenida por traficar con esmeraldas falsas. Tres años después de su fuga, sería extraditada a España, donde cumpliría el resto de la pena que le había sido impuesta. Obtendría la libertad definitiva en el año 1997 y reharía su vida junto al empersario catalán Luis Busquets, fallecido de cáncer en el año 2003.

Fiel a su estilo, la célebre parricida no dejaría de seguir copando páginas de distintos medios de comunicación. En los últimos años ha escrito algunos títulos entre los que destaca su propia biografía, así como la aparición en algún acto con otro no menos célebre delincuente del tardofranquismo, Eleuterio Sánchez, alias «El Lute». Asimismo, el crimen que protagonizó fue llevado a la gran pantalla, lo que le reportaría pingües beneficios. Y es que la vida de esta mujer ha sido auténticamente de película.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias