El asesinato de Helena Jubany: Dos décadas de misterio e intriga

La bilotecaria asesinada, en el centro de la imagen, en compañía de unos amigos

Quizás sea uno de esos casos que más misterio e intriga han acaparado en lo que va de siglo. Muchos sospechosos, un suicidio, nuevos datos, pero el caso continúa sin resolverse, aunque prescribirá en el año 2025. Todo comenzó en una otoñal jornada previa al inminente invierno y con las fiestas navideñas prácticamente encima, concretamente el día 2 de diciembre de 2001 cuando era hallado en un patio de luces de la calle Calvet d´Estrella de Sabadell el cuerpo sin vida y semidesnudo de la joven bibliotecaria y periodista, Helena Jubany, de tan solo 27 años. En un principio se barajó la hipótesis de un suicidio. Sin embargo, las investigaciones policiales, a las que seguiría una rigurosa autopsia, demostrarían que se encontraban ante un crimen.

El trabajo policial demostraría que alguién arrojó su cuerpo desde la terraza de su vivienda, situada en un quinto piso. Esta tesis vendría avalada por el hecho de que en el supuesto caso de que si fuese un suicidio, Helena Jubany ni siquiera habría tomado impulso, a la vez que hubiese puesto las manos en el momento de estrellarse contra el suelo, en un acto reflejo característico de los suicidas. La autopsia corroboraría la sospecha policial, pues en el cuerpo de la joven se hallarían restos de un potente somnífero, hasta 35 veces más de una dosis normal, lo que confirmaría que la bibliotecaría fue arrojada al vacío cuando se encontraba bajo los efectos de las benzodiacepinas, el fuerte anestésico que alguién le habría administrado antes de su muerte.

Misteriosos anónimos

Tres meses antes de su asesinato, Helena Jubany se encontró un misterioso anónimo en la puerta de su casa y una horchata con pastas: “Helena, sorpresa. Pasábamos por aquí, y hemos dicho: a ver la Helena qué se explica. ¿¿¿Somos??? Te llamaremos. A comérselo todo”. A Helena le extrañó aquel hecho porque no había salido de su casa en todo el día, según le diría a su hermana. Quien fuese la conocía muy bien porque la horchata era una de sus bebidas preferidas.

Tan solo tres semanas más tarde aparecería un nuevo anónimo. En esta ocasión se adjuntaba una carta y un zumo de melocotón. La misiva contenía dos califgrafías distintas en la que se podía leer el siguiente texto: “Helena, antes de todo, esperamos que te tomes esto con el mismo sentido del humor que nosotros, a la tercera te destaparemos el misterio. Es bastante seguro que te reirás bastante. Nos gustaría mucho volver a coincidir en la UES [Unión Excursionista de Sabadell]. ¡Ya lo hablaremos!”, le decían, al tiempo que le solicitaban que no les hiciese “un feo”, y se tomase el zumo. La joven obedeció, pero empezó a encontrarse mal. Unos amigos tuvieron que recogerla en la biblioteca y llevarla a casa. Desconfiada, Helena Jubany mandó analizar los restos del néctar a un laboratorio, en los que se entrarían restos de benzdiacepinas, el mismo somnífero que el forense hallaría en su cadáver cuando le fue practicada la autopsia..

A raíz de las investigaciones policiales, sería detenida Montse Careta, de 31 años, quien era miembro de la Unió Excursionista de Sabadell, de la que también formaba parte la periodista asesinada. En las pruebas periciales practicadas, demostrarían que parte de uno de los anónimos recibidos por Helena Jubany había sido escrito por esta última de su puño y letra. No obstante, el final de esta última también sería trágico, pues se suicidaría el día 8 de mayo de 2002 en la prisión de Wad-Rass de Barcelona, en la que había ingresado por su supuesta participación en el crimen. Previamente había dejado una nota manuscrita en la que proclamaba su inocencia en relación al asesinato de Helena Jubany. En ese mismo intervalo de tiempo sería detenida otra persona por su presunta implicación en el hecho delictivo Ana E.R., si bien es cierto que quedaría en libertad sin cargos.

Revelaciones en Tv-3

Uno de los policías encargados de investigar el caso, David Medialdea manifestaría al programa de TV-3 Crims que el autor material de la muerte de Helena Jubany habría sido Santiago Laiglesia, quien en el momento de producirse el asesinato era la pareja de la fallecida Montse Careta. Esta afirmación sería refutada por el propio afectado, así como por su abogado, quien interpondría una querella contra el agente de la Policía, quien a su vez sostuvo en el mencionado programa que en el crimen habrían intervenido otras personas. No obstante, Laiglesia nunca fue detenido en relación con este hecho.

En 2005, el juez encargado del caso archivaría la investigación por el asesinato de Helena Jubany, al considerar que no había pruebas suficientes contra el resto de investigados. La reapertura se llevaría de nuevo a cabo en el año 2021, en la que se buscaría aclarar el supuesto papel que Laiglesia podría haber desempeñado en el hecho. Un nuevo juez citaría a testigos que aseguraron que el joven que vivía con Montse Careta; habría sido visto adquiriendo psicofármacos en alguna farmacia de la zona, así como también a diferentes farmacéuticos. que supuestamente le habrían vendido las sustancias halladas en el cuerpo de la joven periodista asesinada. Igualmente, también testificaría una persona que presuntamente habría desmontado sus coartadas.

El único investigado en libertad

El pasado 21 de abril de 2022 el juez dejaba en libertad provisional a la única persona investigada en relación con el asesinato de Helena Jubany, Xavier Jiménez, aunque le retiraba el pasaporte y le prohibía salir de territorio nacional. La Policía sostiene, y a sí lo habrían demostrado las periciales caligráficas que es el autor, de su puño y letra, de los anónimos que habría recibido Helena Jubany en los meses previos a su muerte. De ellos se deduciría que era una persona próxima al entorno de la joven asesinada, ya que era conocedor de sus gustos y preferencias. De la misma manera, este último también habría coincidido con ella en la Unió Excursionista de Sabadell, además de supuestamente haber intentado mantener una relación Jubany, circunstancia esta que habría reconocido en su comparecencia ante el juez.

En la vista celebrada Xavier Jiménez habría negado ser el autor de los anónimos que lo involucran en el asesinato de Helena Jubany, si bien es cierto que también se negaría a responder a las preguntas efectuadas por parte de la acusación particular y también a las del fiscal encargado del caso. En el auto que dejaba en libertad a Jiménez con medidas cautelares, el juez detallaría los indicios, señalando la existencia de una “conexión formal, material y espacial” entre Jiménez y los anónimos, y entre éstos y las “circunstancias de la muerte” de Jubany. El magistrado recordaría también que el zumo de melocotón que acompañaba al segundo anónimo “estaba adulterado con benzodiacepinas”, lo que “sumió a Jubany” en un “estado de somnolencia”. La misma sustancia, pero en mayores cantidades, se encontraría en el cadáver al serle practicada la autopsia, que la habría dejado en estado de coma antes de morir.

Por su parte, la familia de Helena Jubany prosigue con su lucha de la mano del abogado Betet Salellas, esperando y deseando que el mediático caso sea resuelto en los próximos tiempos, ya que se está prolongando demasiado, más de veinte años, y las incógnitas que todavía quedan por resolver son muchas y puede dar un giro en el momento menos esperado.

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Un misterioso crimen en Toledo que apenas fue investigado para proteger «a algún poderoso»

El Torreón de San Martín, donde fue hallado el cadáver de Gema Rodríguez Sánchez

Una historia infantil propia ya de otros tiempos en los que todavía era frecuente ver a críos jugando en calle y en busca de aquella míticas aventuras de exploradores que aún se reproducían en las revistas juveniles y tebeos daría pie al hallazgo de un cadáver que pertenecía a una joven de dieciocho años, Gema Rodríguez Sánchez, quien había desaparecido hacía un mes Sucedía el 21 de octubre de 1983 cuando un par de críos se había refugiado en el interior del Torreón del Catillo de San Martín, huyendo de otra pandilla con la que estaban enfrentados y con la que era corriente que se corriesen a gorrazos.

Los dos muchachos que se internaron en aquel misterioso lugar, frecuentado entonces por toxicómanos y drogodependientes, descendieron por unas escaleras de caracol y cuando bajaban notaron un hedor insoportable. Picados por la curiosidad, la misma tarde se reunieron con otros tres amigos para regresar al todavía misterioso lugar para saber lo que se ocultaba tras aquel nauseabundo olor. Para ello se proveyeron de unos cirios que les habían dejado en una iglesia próxima. Según cuenta Álex Hebrail, autor del libro «Misterio en el Torreón» lo que menos podían imaginarse es que allí se fuesen a encontrar con un cuerpo humano en avanzado estado descomposición. Sospechaban que allí tal vez hallarían los restos de algún animal.

La sorpresa de los críos fue mayúscula cuando repentinamente se encontraron con el cadáver de una mujer joven que había desaparecido hacía poco más de un mes y de la que no se habían vuelto a tener noticias. Aunque narrarían su historia con todo lujo de detalles a sus familias, en un principio no fue creída, siendo tomada como una invención de cuatro chavales. Sería la abuela de uno de ellos quien se encargaría de poner en conocimiento de la Policía aquella aventura que le había contado su nieto.

Irregularidades

Al punto exacto donde se encontró el cadáver descenderían un par de bomberos, que serían los encargados de rescatar el cuerpo, así como un inspector de la Policía, quien -según palabras de Älex Hebrail- «daba la sensación de que ya sabía lo que iba». A partir de aquí comienza una investigación un tanto viciada y deficiente, a lo que había que sumar las escasas ganas de indagar en el asunto que mostraban las autoridades. El agente de la Policía apenas estuvo media hora en el lugar de autos y en ese periodo desaparecerían distintas pertenencias que llevaba la joven consigo, entre ellas algunas joyas y hasta las bragas que se encontraban fuera. Los pantalones de la muchacha habían sido arrojados a la ribera del Tajo. Según la autopsia, Gema Rodríguez Sánchez habría fallecido a consecuencia de un fuerte golpe que habría recibido en la cabeza, probablemente propinado con una piedra o un objeto muy contundente.

Según la tesis que mantiene el investigador, la joven habría sido enterrada cuando todavía se encontraba en estado de semiinconsciencia, debido a la posición en que se encontró su cuerpo, que presentaba un brazo fuera del lugar en el que fue sepultada, quizás en un intento desesperado de salir del lugar o pedir ayuda.

En el día en que se produjo la desaparición, la joven habría sido vista en compañía de un muchacho de unos veinte años, quien apenas estuvo unas horas en la Comisaría de Policía. Posteriomente, saldría tal y como había entrado. Su nombre no apareció jamás en el sumario ni mucho menos en la prensa. Tampoco se investigaron a otras personas que pudiesen haber intervenido en el crimen y se procuraba acallar cualquier información que hiciese referencia al suceso.

Intento de violación

El investigador del caso Álex Hebrail sostiene que el móvil del asesinato de Gema Rodríguez Sánchez fue sexual, un intento frustrado de violación. Asimismo, considera que la chica posiblemente fuese asesinada en otro lugar y el cuerpo fue trasladado hasta un recóndito punto de la ciudad de Toledo que, antes de procederse a su restauración, en el año 1994, era un lugar inhóspito que tan solo frecuentaban jóvenes enganchados a la heroína y a otras sustancias estupefacientes.

Según su misma teoría, el supuesto autor del crimen «sería alguna persona de la alta sociedad toledana de la época». Podría ser hijo de un militar o alguien bastante poderoso y muy bien relacionado, motivo este por lo que se echó tierra por encima lo antes posible con el exclusivo afán de tapar el asesinato de la joven de 18 años. Solamente el propio Álex Hebrail se atrevió a remover de nuevo el caso cuando han transcurrido ya cerca de cuarenta años del crimen, debido a las secuelas que le dejó el hallazgo en la plenitud de su infancia. De hecho, contaba también que su abuelo le prohibió que saliese su nombre en la prensa y los restantes medios de comunicación de la época, aunque fueron muy pocos los que publicaron alguna noticia relativa al trágico suceso.

Transcurrido el tiempo, Álex Hebrail contó con la colaboración de distintas personas para la elaboración de su libro, siendo fundamental el testimonio que le aportaron los dos bomberos que rescataron el cuerpo de la muchacha. Sostiene también que el crimen no fue obra de una sola persona, siendo varias las que trasladaron el cadáver hasta el inhóspito lugar en el que fue encontrado. Son muchas las interrogantes que deja este macabro suceso y se puede observar una vez más como la Justicia no es para todos igual, al tiempo que las investigaciones, en ocasiones, están plagadas de desidia y dejadez. Y este fue uno de esos casos.

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Degollado en Ibiza el antiguo líder de la secta «Edelweiss» por un joven de 18 años

Eduardo González Arenas. EL PAIS

Tras un largo periplo carcelario que finalmente se redujo bastante a consecuencia de su ejemplar comportamiento, Eduardo González Arenas terminaría recalando en las Islas Baleares, después que solicitase de Instituciones Penitenciarias ser trasladado al archipiélago mediterráneo y obtener la libertad condicional en el año 1997. Atrás dejaba una larga y patética historia en la que había sido el líder de una secta durante 14 años, «Edelweiss», disfrazada de un inofensivo grupo de montañeros, pero que en realidad escondía un grupo de prácticas pederastas, que saltaría a la triste fama en otoño del año 1984 cuando era desarticulado por la Policía, saliendo a la luz lo que verdaderamente escondía aquella misteriosa organización en la que muchachos entre once y catorce años de edad servían de carnaza a las apetencias sexuales de su líder, conocido familiarmente como «Eddie», quien, en 1991, sería sentenciado a cumplir una pena de 168 años de cárcel, aunque tan solo seis años más tarde ya estaría en la calle.

Si su vida estuvo plagada de una tétrica historia de abusos a menores, su muerte tampoco sería una desaparición feliz. Estaba alejado de la capital de España, en la que había pasado la mayor parte de su vida, tal vez huyendo de aquel funesto pasado que le parecía marcar eternamente a aquel hombre de aspecto de galán que imponía la misma disciplina militar de la Legión, en la que había servido, a los jóvenes que estaban a sus órdenes y que les prometía una vida paradisíaca en los supuestos planetas Delhais y Nazar. Su triste final llegaría en la tarde del 1 de septiembre de 1998 cuando se encontraba en una heladería de la localidad ibicenca de Santa Eulalia de Rius. Allí, un muchacho de 18 años, J. M. G., que había tenido problemas con las drogas y que habia abandonado su casa, le propinó una cuchillada de 17.5 centímentros que le rebanaría literalmente la yugular y la laringe, además de una parte de masa muscular, quedando en el sitio en medio de un gran charco de sangre.

Su muerte alteraría la vida de esta plácida localidad balear, a pesar de que las historias de abusos de menores fuesen cosas de hacía ya bastantes años. Eddie tenía ya 50 años cuando se produjo su óbito. Aunque algunas fuentes señalaban por aquel entonces que había vuelto a las andadas, pues tres jóvenes adolescentes le habían denuciado al salir de prisión por presuntamente haberles intentado convencer para mantener relaciones sexuales. Sin embargo, la jueza desestimaría esta demanda al entender que no existían pruebas suficientes para encausarlo de nuevo. En aquel momento residía en la calle San Josep en compañía de su madre en el edificio Shark y era frecuente verlo conduciendo un ostentoso vehículo de lujo, al tiempo que intentaba probar suerte en los negocios del ocio balear, ya que conocía el sector después de que hubiese sido director de tres discotecas en la zona en la década de los ochenta, una vez desarticulado el destructor grupo que dirigía con mano de hierro.

17 años de cárcel

Apenas diez meses después del asesinato de González Arenas se celebraría el juicio en contra de J. M. G., el desarraigado muchacho que le había dado muerte en septiembre del año anterior. En su descargo manifestaría que su víctima le habría propuesto mantener relaciones sexuales y que llevaba algún tiempo planificando su muerte. Sorprendería tanto al Jurado Popular, como a los propios magistrados su frialdad, ya que en ningún momento expresó arrepentimiento alguno del crimen que había cometido: Más bien todo lo contrario.

El Jurado Popular emitiría un veredicto de culpabilidad, aunque apelaba al Tribunal Superior de Justicia de Baleares de las «supuestas deficiencias psíquicas» que presentaba el joven, a pesar de que los forenses y psiquiatras que lo trataron manifestaron que aquellos problemas no alteraban su correcta percepción de la realidad. Finalmente, J. M. G. sería condenado a la pena de 17 años de reclusión a lo que había que añadir la responsabilidad civil, cifrada en 20 millones de pesetas, con la que debería indemnizar a la madre de Eduardo González Arenas.

Concluía así una triste y desgraciada historia, la de un hombre de buena apariencia que sugería a los jóvenes que estaban literalmente a sus órdenes que «matasen a sus padres» y que trazaba una realidad paralela de mundos y submundos inexistentes en los que tan solo tenían cabida las relaciones entre personas del mismo sexo, siendo este el verdadero cometido del macabro inframundo que creara el propio González Arenas en el ya lejano año 1970 cuando inició sus actividades la funesta secta «Edelweis». Nunca se sabrá si, en casos como este, tal vez sea apropiado aplicar aquella máxima que tantas veces hemos escuchado a nuestros ancestros en la que reza que «quien mal anda, mal acaba».

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Dos personas asesinadas en el crimen más famoso de la historia de Segovia (La casa del crimen)

Palacete de Ayala Berganza, delante de la Iglesia de San Millán, donde tuvo lugar el crimen

Hay sucesos que marcan a perpetuidad a los lugares o los escenarios donde ocurren. Uno de esos trágicos episodios ocurriría en Segovia el día 31 de mayo de 1892 cuando, entre las dos y las tres de la tarde aproximadamente eran brutalmente asesinadas dos personas en el palacete de Ayala-Berganza, situado en el barrio de San Millán en plena calle calle Carretas. Es esta una edificación noble, de la que era dueño en aquel entonces Alejandro Bahín Masón, apodado «el francés», un viudo de 73 años, cuyo sobrenomebre hacía referencia a su ascendencia gala, y la criada que lo atendía, Isabel García Benito, de 67 años, y que trabajaba en aquella casa desde hacía 54, perecían asesinados durante el asalto que se produjo en aquella jornada de primavera de hace ya 130 años. El cuerpo del dueño sería encontrado en unas escaleras interiores en posición de cúbito supino, mientras que el de la asistente se encontraba en otra dependencia, con evidentes signos de haber sufrido un ataque de desmedida violencia.

A nadie se le escapaba en la ciudad del Acueducto que el crimen obedecía a un móvil económico, pues Alejandro Bahín, que, según se decía, contaba con pocas amistades, tenía la falsa fama de ser un hombre muy rico en cuyo domicilio se guardaban importantes tesoros. Eso al menos proclamaban muchas voces del pueblo, a veces un tanto exageradas, que fueron creídas al pie de la letra por los asesinos, quienes se llevaron un botín de diez mil reales, así como algunas joyas y oro que intentarían vender en vano en Madrid. El dinero lo repartirían entre los tres criminales a partes iguales. Dada la magnitud del crimen, en Segovia se vivieron jornadas de gran consternación. Los escasos medios de comunicación de la época trabajaron codo con codo con los agentes de la Guardia Civil para tratar de resolver el triple crimen, siendo un personaje de excepción en su resolución el inspector de vigilancia, Tomás Martínez.

Detenciones

Aunque pasaban los días y no eran encontrados los responsables de aquel execrable doble crimen que había atemorizado a la histórica capital castellana, en el mes de julio de 1892 se practicarían las detenciones de los autores del doble asesinato. A primera hora de la mañana de un día de aquel caluroso mes estival la Guardia Civil le daba caza al auténtico alma mater de aquel trío de delincuentes, Aquilino Velázquez, que sería detenido en el número siete de la calle del Alcázar, un hombre de 34 años, casado y con dos hijos, que no tenía oficio conocido, oriundo de la localidad segoviana de Moraleja de Coca, domiciliado en una calle próxima al lugar de autos desde hacía tan solo ocho meses. En días sucesivos, tras las delaciones hechas por el teórico líder de la banda, serían detenidos sus dos compiches, Emeterio Salinas, un joven de 31 años, casado y cuya profesión, medidor de granos, se encuentra hoy en día exinta. El tercero en discordia del grupo era un dependiente de la fábrica de cerámica, Enrique Callejo, apodado «El Lobo», quien ya contaba con una cierta edad en el momento de producirse los hechos, 47 años, quien además estaba casado y era padre de de dos hijos.

Al conocerse las detenciones de los autores del doble crimen, una calma tensa, no exenta de cierta sorpresa, se apoderaría de muchos segovianos. Les había causado cierta sorpresa la detención de Callejo, aunque no tanto sus otros dos compinches, especialmente el jefe del trío, quien estaba considerado un crápula que se dejó llevar por los comentarios un tanto infundados que reinaban en la ciudad acerca de las supuestas riquezas que atesoraba quien había sido concejal del Ayuntamiento segoviano, Alejandro Bahín Masón, aquel hombre un tanto raro, aunque buena persona, del que se decía que guardaba grandes tesoros en su residencia. Otros hechos sangrientos desarrollados en la misma época también estuvieron originados en comentarios similares de muy dudosa procedencia, a lo que se sumaba la ignorancia y la miseria, muy presentes en una sociedad que, en muchos casos, tan solo aspiraba a sobrevivir.

Tres sentencias de muerte

Era aquel un tiempo en el que los magistrados encargados de juzgar los delitos de sangre no solían andarse con medias tintas ni muchos menos con bromas. Apenas siete meses después de haberse procedido a la detención de los tres autores de la muerte de aquellas dos personas, en febrero de 1893, arrancaba el juicio que se celebraría en su contra en la Audiencia Provincial de Segovia, presidida por el ilustre jurista, Alejandro Rodríguez del Valle. Como fiscal encargado de solicitar la máxima pena que contemplaba el código penal español de la época actuaba el gallego, Augusto Álvarez de la Braña, hermano del conocido arqueólogo Ramón Álvarez de la Braña, ambos nacidos en la localidad de Noia, en la costa occidental de Galicia.

Á pesar de que aquellos tres rateros de medio pelo, reconvertidos de la noche a la mañana en temibles asesinos, eran defendidos por prestigiosos letrados, quienes aludieron a la condición humilde de sus patrocinados, además de hacer hincapié en sus penosas condiciones de vida, Álvarez de la Braña tuvo claro desde el primer momento que aquel trío merecía ser ejecutado en el siempre temido y adusto garrote vil. Así lo consideraría también el juzgado encargado de emitir el veredicto de culpabilidad que recaería sobre aquellos tres energúmenos. La decisión caería como una auténtica bomba en Segovia, movilizándose las fuerzas vivas de la ciudad, entre ellas su obispo, José Proceso Herrero y Pozuelo, quien además era en ese momento senador en representación del Arzobispado de Sevilla. La petición de clemencia contaría incluso con el aval de la Infanta Isabel. Sin embargo, la gracia del el indulto en esta ocasión no recaería sobre los tres sentenciados a muerte, cuya potestad recaía en aquel momento en la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, quien años antes ya había concedido otras gracias similares a última hora.

En un gélido día del mes de enero, concretamente el día 9, cuando una espesa capa de nieve cubría la ciudad de Segovia, la comitiva con los tres condenados se dirigía por las calles de su casco histórico hasta el tétrico lugar en el que se había levantado el tablado para su última función, emplazado en un despoblado triángulo de la época formado por la Plaza de Toros, Casa de Mixtos y Valdevilla. Previamente, hubieron de retirar la nieve un grupo de operarios municipales para que aquel macabro acto se desarrollase con la normalidad que exigían los cánones de la época. Al mismo tiempo, millares de personas que algunas fuentes cifraban en torno a cinco mil procedentes de toda la provincia y localidades limítrofes, se trasladaron hasta la ciudad del Acueducto para presenciar tan macabro espectáculo, fijado para las ocho de la mañana. Entre los asistentes se encontraban también niños, que siempre eran invitados a asistir a estos controvertidos eventos. Para mantener el orden y evitar desmanes de última hora, se trastaladaron tres compañías del regimiento del Rey, una sección de la Guardia Civil de Caballería, que serían reforzados por otro grupo de agentes. Los encargados de dar muerte a aquellos tres infelices serían dos verdugos que habían llegado procedentes de las Audiencias de Albacete y Cáceres, quienes harían su trabajo con gran maestría y verdadera eficacia. Con esta lamentable función, presenciada por una gran muchedumbre, se daba por concluida la última ejecución pública que tendría lugar en Segovia.

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Triple crimen sin castigo en Alicante tras un tiroteo entre dos clanes de etnia gitana

El suceso tuvo lugar en el barrio de la Virgen del Carmen en la capital alicantina

Las rivalidades entre los clanes de etnia gitana casi siempre son irreconciliables. Mucho peor es cuando hay ajustes de cuentas de por medio. Y ni que decir tiene si se juntan cuestiones de droga o supuestos conflictos que deben ser saldados de acuerdo con su propia ley, que en muchas ocasiones terminan en un reguero de sangre. Así acontecería el 26 de abril de 2002 cuando un enfrentamiento entre los clanes de los Pachangas y los Capitos se saldaría con tres víctimas mortales en un tiroteo ocurrido en Alicante a las dos y media de la tarde de la fecha mencionada, como consecuencia de un enfrentamiento a tiro limpio que se desencadenaría a raíz de una deuda de 1.800 euros que tenía contraído un clan con el otro.

A esa hora de la tarde, cuando muchos alicantinos estaban degustando la sobremesa, los miembros del clan de los Capitos se dirigieron a los bajos de un inmueble del área marginal, enclavada en el Nou Alacant, con la intención de cobrar la supuesta deuda que con ellos mantenían los miembros del clan adversario, los Pachanga. Ni corto ni perezoso, utilizaron todos los medios que estaban a su alcance, entre ellos algunas armas cortas con las que acometieron a sus adversarios en un viejo y decrépito inmueble situado entre la calle Benilloba con Travesía del Canal. Lo que no contaban los agresores era con el hecho de que su contrincantes se defenderían repeliendo la agresión, también por las bravas, empleando el mismo método que su atacantes, las balas.

Durante algunos segundos, algunos vecinos asistieron atónitos a lo que parecía más el Antiguo Oeste americano que la civilizada capital alicantina. Entre unos y otros se produciría un constante intercambio de disparos que traería consecuencias nefastas. En el mismo escenario de la balacera, dos miembros del clan de los Capitos perderían la vida, en tanto que un tercero resultaría gravemente herido, falleciendo cuando era trasladado al Hospital General de Alicante, muy próximo al trágico lugar de autos. Otro de los involucrados en el tiroteo, pertenenciente al clan de los Pachanga, a quien en un principio se le atribuyeron las tres muertes, ingresaría con heridas muy graves en el aludido centro sanitario, aunque finalmente podría salvar su vida.

Hasta un total de una docena de casquillos de bala recogería la Policía del lugar de autos, además de incautarse de dos pistolas de nueve milímetros parabellum, que pertenecían a los participantes en el tiroteo, a pesar de que fuentes policiales consideraban que en el intercambio de disparos habrían intervenido más armas, que en aquel momento estaban escondidas. Los clanes enfrentados en el tiroteo eran viejos conocidos de la Policía, que ya los había detenidos en numerosas ocasiones como consecuencia de haber traficado con distintos estupefacientes, entre ellos cocaína y hachís. En el momento en que se desarrollaron los trágicosa acontecimientos los Capito tenían pendientes cuentes con la Justicia, pues estaban pendientes de un proceso en el que se los acusaba de tráfico de drogas y también de armas.

Detenciones y posterior juicio

A mediados de mayo de 2002 serían detenidos en Salamanca dos de los presuntos autores de los disparos que costaron la vida a los miembros del clan rival. Los dos hombres, con edades que rondaban los cuarenta años, habían huido hasta la ciudad castellana después del triple crimen. Para sopresa de la Policía, en cuestión de pocas horas ambos detenidos serían puestos en libertad, al entender el juez ante el que prestaron declaración que no había elementos suficientes para encausarles.

Más de cinco años tardaría el patriarca del clan de Los Pachanga en enfrentarse a la Justicia. El fiscal lo acusaba de dos delitos de asesinato por los que solicitaba 37 años y cuatro meses de cárcel en un proceso en que se destaría una gran expectación y para el que la Policía había tomado excepcionales medidas de seguridad, por temor a que se suscistasen enconados enfrentamientos entre ambos clanes. El acusado negaría en todo momento su participación en los hechos que le atribuían. No obstante, este hombre sería absuelto de los cargos que le imputaban al no quedar plenamente acreditada su intervención en los trágicos acontecimientos que se habían desarrollado el 26 de abril de 2002.

El fallo del Tribunal argumentaba que el no haber sido encontrada el arma que determinaría su participación, así como la ausencia de restos de pólvora en las manos del supuesto homicida, que había sido atentido por los servicios santiaros por herida de bala, dejaba claro que «no existía una evidencia clara que el procesado percutiera un arma». Añadía el auto judicial que «surgían serias dudas sobre los concretos actos llevados a cabo por el imputado», amparándose en el principio judicial de in dubio pro rero, en caso de duda a favor del acusado.

Concluía la sentencia apuntando que se «consideraba probado que miembros de los Capito se habían personado en la vivenda del clan de los Pachanga para saldar una deuda», siendo así como inició el tiroteo entre «persona o personas no suficientemente determinadas cercanas al acusado y probablemente este último», siendo allí cuando resultó herido y otras tres personas fallecieron. Además ninguna de las armas encontradas por la Policía pertenecían al único encausado, ya que probablemente pertenecerían a los miembros del clan agresor.

Con ello y con total impunidad se cerraba así un capítulo más, que no sería el último, entre dos clanes que mantenían una guerra abierta, que tendría sucesivos episodios basados en el control del tráfico de drogas en la capital alicantina. Tal vez la Ley gitana impere otra vez.

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Dos adolescentes de catorce años asesinan a un matrimonio de ancianos en Bilbao

Los hechos ocurrieron en el barrio de Ortxakoaga. Foto WIKIPEDIA

Fruto del desarraigo social y de los efectos de la última crisis económica. Así podría defInirse a los dos chavales de tan solo catorce años que en la mañana del 18 de enero de 2018 asesinaron a un matrimonio de ancianos en el bario bilbaíno de Ortxakoaga, una zona de trabajadores en su mayoría emigrantes que llegaron a la capital vizcaína en busca de un futuro mejor, pero que con el devenir de los años se convertiría en un área insegura en la que la marginalidad y el consumo de estupefacientes por parte de las nuevas generaciones dejarían impresa muy a fondo su huella. Sería el caldo de cultivo perfecto para la aparición de núcleos de exclusión social y de jóvenes inadaptados que verían en el consumo de drogas una falsa salida a las dificultades que les planteaba el hecho de haber nacido en un lugar que parecía condenarles de por vida.

Como cada día, la hija de Rafael y Lucía, la pareja asesinada, estaba muy pendíente de sus padres, dado que eran un matrimonio muy mayor. Ambos contaban ya con 87 años. Sin embargo, aquella fría mañana del mes de enero, por más que los llamaba al teléfono, estos no respondían. En un principio sospechó que a alguno de los dos octogenarios le habría ocurrido algún problema de salud. El yerno de las víctimas se dirigió al número 16 de la calle Zizeruena, el lugar en el que residían. Al abrir la puerta se encontró con un inesperado y dantesco panorama, pues sus suegros yacían en el suelo de distintas estancias de la vivienda que ocupaban con evidentes signos de violencia. Impresionado por el impacto que le ocasionó tamaña escena solicitó la ayuda de una vecina residente en uno de los pisos contiguos al que se había producido el brutal crimen. Inmendiatamente llamó a la Policía Local y esta última dio traslado a la Ertzaintza, la encargada de intervenir cuando hay delitos de sangre.

Al efectuar la primera inspección ocular detectaron que la vivienda se encontraba revuelta. Los asaltantes habían sacado algunos cajones de su sitio y habían sustraído algunos efectos que guardaban los ancianos, originarios de la localidad zamorana de Pajares de Lampreana y que llevaban más de medio siglo residiendo en el barrio. Antaño, hasta que se jubilaron habían regentado una tienda de pinturas, por lo que eran muy conocidos en Ortxakoaga. A los agentes no les resultó difícil deducir que el móvil del crimen había sido el robo. Los autores tampoco eran gente muy experimentada y habían actuado de una manera un tanto impulsiva, pues dejaron un gran número de huellas que enseguida les delatarían.

Detenciones

El día 21 de enero de 2018 eran detenidos tres adolescentes en relación con el crimen que produjo una gran consternación en la ciudad de Bilbao, al tiempo que se disparaba el pánico y el temor en el barrio de Ortxakoaga en el que la seguridad ciudadana lleva ya mucho tiempo siendo un bien muy codiciado pero que no se acaba de alcanzar. La sorpresa en la ciudananía sería mayúscula debido a la crueldad con la que habían actuado los chavales, uno de los cuales se encontraba ya internado en un centro de inserción de menores, tutelado por Diputación Foral de Vizcaya.

Según constatarían los análisis forenses, la agresividad de los asesinos fue tal que de la autopsia se dedujo que habían actuado con ensañamiento contra sus víctimas. Rafael, el hombre asesinado, había recibido multitud de golpes en la cabeza, que lo dejaron prácticamente exangüe. Por su parte, Lucía, su esposa, presentaba varias puñaladas en el corazón que demostraban a las claras que los autores del doble homicido se habrían asegurado de dar muerte a sus víctimas, lo que demostraba la extrema crueldad con la que se habían empleado contra sus dos víctimas, dos pobres octogenarios que ya presentaban algunos achaques de salud propios de su avanzada edad.

Seis años de internamiento

Al tratarse de menores de edad, el juicio se celebraría a puerta cerrada en octubre de 2018 en la Audiencia Provincial. En su descargo, los dos jóvenes que habían cometido el crimen alegaron que en el momento de arremeter contra sus víctimas se encontraban bajo los efectos de algún psicotrópico. Un tercero, que resultaría absuelto, negaría y así se corrobarría que no había participado en el doble crimen que le había costado la vida a los dos ancianos.

Finalmente, los jueces condenarían a los dos adolescentes de catorce años a seis añós de internamiento en el centro de menores de Zumárraga en el que ya se hallaban internados desde el día en que fueron detenidos. Además, deberian indemnizar con 69.000 euros en concepto de responsabilidad civil a los descendientes de la pareja asesinada. Esta cantidad deberían afrontarla de forma solidaria la Diputación Provincial de Vizcaya, en concepto de responsable civil subsidiario al hallarse internado en un centro tutelado por este organismo uno de los jóvenes asesinos y los padres del otro muchacho.

Ambos chavales, a pesar de su juventud rayana con la niñez, ya acumulaban a sus espaldas un gran historial delictivo en el que figuraban robos, hurtos y asaltos, figurando en las fichas policiales de la Ertzaintza y la Policía Local de Bilbao. Uno de ellos, cuando ya había cumplido más de la mitad de la condena, en octubre de 2021, estando ya en régimen de semilibertad no regresaría al centro en el que se encontraba internado. A consecuencia de ello, las autoridades ordenaron su inmediata captura. A pesar de ello, el joven pudo esconderse de la acción de la justicia y la Policia durante casi cinco meses hasta que fue detenido de nuevo. En abril de 2022 la Policía autónoma vasca pudo capturarlo de nuevo y reingresarlo en el centro del que se había fugado.

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El asesinato de «Lady Halcón» y su marido, un trágico suceso que conmocionó a Zaragoza

A las víctimas de este trágico suceso les unía su pasión por las ondas de los radioaficionados

Los protagonistas de esta trágica historia se habían conocido a través de las ondas, que era el mundo en el que se movían. Ella, una apuesta mujer que contaba ya con 38 años en 1996 que respondía al nombre de Pilar Puértolas, aunque era conocida en los indicativos de las emisiones bajo el seudónimo de «Lady Halcón». Él, un hombre que todavía se encontraba en la plenitud de su juventud, José Antonio Berdejo Santos, de tan solo 27 años, conocido en el mismo mundillo como «Riglos». Este último, un tanto inmaduro, se apasionó hasta la extenuación por la mujer que terminaría convirtiendo en el centro de sus pensamientos, sintiendo hacia ella un amor platónico que jamás se vería correspondido, entre otras cosas porque ella se encontraba casada con Antonio Campín y eran padres de dos hijos. Además, Pilar no deseaba dar el vuelco a su vida que pretendía aquel muchacho once años más joven que ella.

La amistad entablada a través de las ondas traspasaría el plano de lo puramente magnético para pasar a lo personal, aunque Pilar Puértolas le había dejado muy claro al joven que eran únicamente amigos. José Antonio Berdejo le haría regalos a ella y al resto de los miembros de su familia, algo que no gustaba a su marido, pues le parecía un tanto extraña la actitud del radioaficionado maño que se comunicaba con su mujer.

Su obsesión con su amada llegaba hasta tal extremo que conocía incluso sus horarios, así como su lugar de trabajo, un matadero de aves de la capital maña. Sabía que el matrimonio Campín-Puértolas se levantaba todos los días muy temprano para acudir a trabajar. Antonio Campín era fontanero y en su casa, además de su esposa e hijos, también convivía con ellos la madre de Pilar Puértolas.

Cosidos a puñaladas

El exhaustivo conocimiento de las costumbres del matrimonio llevaría a José Antonio Berdejo a esperar a la pareja en la madrugada del 10 de enero de 1996, provisto de un cuchillo para acometer su macabra hazaña. Antonio Campín había bajado a la calle para poner su vehículo en marcha, con el ánimo de que se fuese calentando el motor, pues se encontraban ante un gélido día de invierno. Tras dejar el coche en marcha, se encontraría casi de bruces con su verdugo, el personaje que él mismo detestaba, ignorando el fatal y cruel destino que le aguardaba. Eran las cinco y media de la madrugada. No se esperaba que aquel energúmeno que había acudido al barrio de El Cigarral, sin mediar palabra, le cosiese literalmente a puñaladas, propinándole hasta un total de 30 cuchilladas que terminarían con su vida. Alertada por los gritos de terror y pánico que profería su marido, Pilar Puértolas salió a la calle y, al igual que había hecho con su cónyuge, José Antonio Berdejo la laminaría a puñaladas, perpetrando un doble crimen que, además de consternar a Zaragoza, abriría muchos informativos y portadas de distintos medios de comunicación.

José Antonio Berdejo se daría cuenta desde el primer momento que el iba a ser el principal sospechoso del terrible crimen. Aún así, tuvo fuerzas suficientes para huir de la capital maña con destino a otro punto de la geografía aragonesa, tal vez con ánimo de hacer tiempo o no se sabe muy bien qué. La Policía ya le tenía en el punto de mira y distribuyó algunas informaciones en las que se daba cuenta de su aspecto y su forma física con el fin de alertar a quien pudiese facilitar alguna pista sobre el asesino de un matrimonio que estaba considerado ejemplar por la práctica totalidad de sus vecinos.

El criminal no llegaría muy lejos. Portaba una cantidad considerable de dinero consigo, cien mil pesetas. Durante aquellos días que estuvo vagando pernoctó en diferentes hostales, el último de ellos en la localidad fronteriza de Canfranc, en plena comarca de la Jacetania, en la provincia de Huesca. El 21 de enero de 1996 decidía entregarse a las autoridades en la comandancia de la Guardia Civil del municipio aludido. En todo momento asumiría la autoría del doble crimen del matrimonio zaragozano, a pesar de que se negaría a prestar declaración ante el juez, tal vez por consejo de su abogado. De la misma forma, haciendo gala de su paranoia expresó su intención de suicidarse, por lo que durante algún tiempo estuvo ingresado en el hospital Miguel Servet de la capital maña. Los psiquiatras que lo atendieron descartaron que José Antonio Berdejo, que ya se había cortado las venas aunque detuvo la hemorragia gracias a un torniquete que el mismo hizo, sufriese alguna patología de carácter mental. Solamente se constantó su carácter obsesivo en los que expresaba sin miramientos el profundo amor que sentía por Pilar Puértolas.

Suicidio

El estado de schok en que se encontraba José Antonio Berdejo, permanente obsesionado con su amada, le llevaría a protagonizar algunos intentos de suicidio. El forense que se encargaba del caso advirtió retiteradamente a las autoridades en que el muchacho podría consumar el hecho de quitarse la vida, ya que así lo había hecho saber tanto a los funcionarios como otras personas que lo rodeaban. La fecha elegida fue el 20 de febrero de 1996. Ese día aparecería ahorcado en su celda de la prisión de Torrero, en Zaragoza. Ni el compañero que compartía la estancia penitenciaria ni el funcionario encargado de atenderle se percataron de lo ocurrido ni tampoco de las intenciones del muchacho, que ponía así fin a una tragedia que él mismo había iniciado hacía poco más de un año al idealizar una imposible relación con una persona que, a todas luces, era imposible que ocupase espacio alguno en su vida, a pesar de su perenne obsesión que le llevó a cauce muy extremos.

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El asesinato de Soledad Donoso, un dramático caso sin resolver en Córdoba

Soledad Donoso, la joven asesinada en Córdoba en ocutbre de 1992

1992 fue en España un año de muchos fuegos artificiales que darían como resultado una resaca que llevaría al país a una crisis en ejercicios subsiguientes. En medio de aquel desbordante clima de euforia infundada habría algunas familias españolas que sufrieron la terrible debacle de perder a alguno de sus miembros de forma violenta. Y para más inri, estas desdichadas familias también padecerían en sus carnes la ausencia de justicia, que es sin lugar a dudas la peor de las condenas posibles. Uno de los casos que sigue sin resolver, pero que no ha prescrito gracias al tesón de los suyos, fue el asesinato que costó la vida a la joven de 18 años Soledad Donoso, en Córdoba, en septiembre de aquel año, 1992, que fue de todo menos mágico para esta desgraciada gente que jamás pudo ver satisfecha su ansia de que el autor, o autores, del crimen diesen con sus huesos en la cárcel, el lugar que lógicamente les correspondería, aunque como se ha apuntado, el caso fue reabierto unos meses antes de que prescribiera. Albergan así una tenue esperanza de que el individuo que arrebató la vida de esta joven andaluza termine en un presidio,

El 28 de septiembre de 1992 Soledad Donosó salió de su casa como hacía habitualmente para dirigirse a su trabajo, en una pizzería de la Avenida de Barcelona de la capital cordobesa. La joven hizo el itinerario que separaba su domicilio del establecimiento en el que trabajaba a pie, aunque generalmente solía hacerlo en moto, pero esa tarde se la había pedido su hermana.. Los últimos que la vieron con vida suponen que se dirigió hacia la Plaza del Vizconde, donde termina perdiéndosele el rastro a Soledad. A partir de ese instante, todo son un cúmulo de suposiciones y conjeturas que han rodeado siempre tan dramático suceso.

En un primer momento sus familiares albergan la esperanza de que la joven aparezca con vida, pero esas esperanzas se esfuman definitivamente el 12 de octubre de 1992 cuando aparece su cadáver en la zona del Arenal en la ribera del río Guadalquivir. En aquel otoño había llovido de manera muy insistente en la Ciudad de las tres culturas, lo que provocaría que el cuerpo sin vida de Soledad Donoso apareciese muy desfigurado, a lo que se uniría la actividad de las alimañas, abundantes por la zona. La investigación policial, muy cuestionada por los familiares de la joven asesinada, además de la judicial se encargarían de poner tierra de por medio y cerrar el caso lo antes posible, aunque sus allegados jamás se dieron por vencidos y se mostraban totalmente convencidos que la muchacha había perecido como consecuencia de un crimen.

Un golpe en la cabeza

La familia de Soledad Donoso recordaba a su hija en la fecha de su muerte a través de las páginas del Diario Córdoba. Cuando estaba a punto de prescribir el caso, contactó con su familia el investigador y criminólogo canario Félix Ríos, quien representaba a una asociación que busca dar salida a decenas de familias afectadas por crímenes que no han sido resueltos por policías o jueces. Es entonces, en mayo de 2012 cuando, tras haber repasado todo el sumario, consiguen que la Sección Tercera de la Audienca Provincial de Córdoba admite la petición de la familia para que se reabra el caso, cuando faltaban menos de siete meses para que prescribiese definitivamente.

A partir de ese instante, el juzgado ha realizado diferentes diligencias encaminadas a proseguir con la investigación. La más importante de todas sería la exhumación del cuerpo de Soledad Donoso, cuyos restos fueron nuevamente examinados en un estudio antropológico y toxicológico. Estos análisis no harían otra cosa que corroborar lo sostenido por los allegados de la fallecida. Esta no habría muerto a causa de consecuencias naturales, tal y como se sostuvo en un principio. Las nuevas indagaciones llegaron a la conclusión de que Soledad moriría a consecuencia de los fuertes golpes que habría recibido en el rostro y en un brazo, en un episodido que ha sido calificado como de «violencia extrema». Lo que no se había descubierto en el añó 1992, se descubriría casi 20 años después, cuando el caso estaba a punto de ser cerrado de forma definitiva.

En todo este tiempo, desde la reapertura del caso, en el que ha habido un investigado, fueron muchas las personas que se han acercado a los familiares de la joven asesinada para proporcionarl algunas pistas sobre lo que pudo acontecer un ya lejano 28 de septiembre de 1992. Algunos testigos han hablado de la supuesta implicación de un vehículo, Volkswagen golf. perteneciente a la generación de coches salidos al mercado en el año 1991, al que presuntamente se habría subido Soledad Donoso al poco tiempo de salir de su casa. Del automóvil habría descendido una joven pareja, un chico y una chica, que mantuvieron una fuerte discusión en la zona del Arenal, el mismo lugar dónde apenas dos semanas más tarde aparecería el cuerpo sin vida de la joven cordobesa. El muchacho, provisto de una litrona, la habría golpeado y después habría abandonado el lugar de autos a toda velocidad en el mismo vehículo. La familia pretende saber a quien pertenecía el coche para ir atando cabos, aunque el joven aludido coincide sobre el que iban dirigidas sus sospechas, que respondía a las iniciales de R.C.G., el único imputado por este suceso.

Irregularidades.

Como en cualquier episodio de suspense, la familia ha detectado bastantes irregularidades a lo largo del proceso, que han contribuido a enturbiarlo, a pesar de que desde que se ha reabierto se han producido avances más que notables. Entre los fallos detectados se encuentra la pérdida de un reloj, perteneciente a la joven asesinada, que se guardaba en el cajón de uno de los agentes judiciales. Otro aparte lo constituirían los restos biológicos, algunos cabellos, encontrados en la escena del crimen, remitidos a la Policía Científica de Sevilla. La jueza encargada del caso había ordenado que no se destruyeran, pero desde el laboratorio de criminalística se ha respondido vagamente argumentando que ya habían transcurrido 20 años desde la muerte de Soledad Donoso y «como han mudado sus dependencias no se sabe dónde están», lo que no deja de resultar inaudito. De ellos, con los avances tecnológicos experimentados a lo largo de las últimas décadas podría extraerse ADN, que podría resultar fundamental para la resolución del suceso.

Pero lo que más poderosamente llama la atención, es el hecho de que en el año 2013 se efectuó una llamada desde una cabina al teléfono que la familia había habilitado para quien pudiese ofrecer algunos datos acerca del asesinato de Soledad Donoso. El anónimo llamante habría informado que dos agentes policiales podrían estar protegiendo al único sospechoso, encargándose de destruir las pruebas que lo implicaban. El mismo confidente daba cuenta de quienes eran las dos personas que supuestamente estarían encubriendo al imputado, lo que no es ninguna prueba baladí ni mucho menos, aunque las responsabiliades de los policías, si las hubiere, estarían ya extinguidas, por prescripción.

Lo que no ha prescrito es el dolor de la familia de la víctima, pero tampoco han cejado en su empeño de resolver un desgraciado episodio de la crónica negra española que llevaba camino de ser archivado entre las decrépitas dependencias de una Audiencia Provincial. No obstante, como reza el viejo adagio popular, nunca es tarde si la dicha es buena. Y ojalá que el responsable de tan cobarde y atroz crimen acabe ante la justicia para saldar sus cuentas pendientes, aunque daten de aquel ya lejano 1992, que prometía mucho, pero que nos dejó igual, cuando no peor, que los años anteriores.

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Triple crimen en Alcalá de Henares a causa de una supuesta máquina de falsificar billetes

Las víctimas aparecieron en las inmediaciones del monte Gurugú

Las causas para matar son tantas que jamás deján de sorprender. A veces no dejan de ser simples quimeras, tal y como sucedió en este caso cuando el 16 de agosto del año 1995 eran encontrados los cuerpos de tres personas muertas a balazos en el interior de un coche calcinado situado en las inmediaciones del monte Gurugú, en la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Las víctimas de este triple crimen eran dos empresarios valencianos que habían sucumbido ante la ruina económica, Ignacio Rives Rocher, de 47 años; José Luis Izquierdo, de 27 y Leopold Toukan, un estafador camerunés de 25 años.

El móvil del crimen fue a consecuencia de un intento de una estafa, conocida como el timo de la guitarra. El mismo consistía en la venta de una supuesta máquina de falsificar billetes, que no dejaba de ser más que un truco, una vulgar mentira con la que pretendían estafar a quienes se convertirían en sus dos verdugos, el ciudadano búlgaro Vassil Nikolov Bacanov, de 35 años y Antonio Andrés López Cerezo, español, de 40. Ambos asesinos trabajaban como porteros de discoteca. Lo peor de todo fue que se creyeron el funcionamiento de la misteriosa máquina, que no dejaba de ser un vulgar barreño con unas planchas. Para hacerse con la máquina decidieron liquidar por las bravas a los vendedores del misterioso artefacto, a quienes acribillaron con 16 balazos al pie del Monte Gurugú y abandonaron sus cuerpos en el interior de un vehículo al que previamente prendieron fuego el día 15 de agosto de 1995.

Para llevar a cabo el crimen, previamente habían robado un automóvil, un Volkswagen Golf de color blanco en el madrileño barrio de Chamartín. En su interior le darían muerte a quienes pretendían estafarlos con la intención de robarlos. Sus cuerpos, que serían descubiertos la misma noche del triple crimen, se encontraban literalmente irreconocibles a consecuencia de la gran chamusquina ocasionada por el fuego que los fue consumiendo. Para su reconocimiento, fue preciso efectuar la prueba del ADN a los restos óseos hallados en el interior del vehículo calcinado.

Redada policial

En los días posteriores al triple crimen, la Policía llevaría a cabo una gran redada policial en Alcalá de Henares en el mes de octubre de 1995 cuando fueron detenidos los dos autores materiales del triple asesinato. En el transcurso de la misma se hallaría un vehículo abandonado, un Renault-19, que era propiedad de una de las víctimas. En un principio se llegó a sospechar que las tres muertes estuviesen relacionadas con un ajuste de cuentas por cuestiones de estupefacientes, aunque tal posibilidad sería desechada a posteriori. Tras llegar a la pista del ciudadano camerunés encontrado muerto en el barranco en el que apareció el Volkswagen Golf con los tres cadáveres a bordo, se supo que el africano, con residencia habitual en Valencia, era un consumado estafador que ya había realizado diversos fraudes en la capital del Turia, por los que ya habia sido condenado. Entre las tres personas asesinadas y sus dos verdugos mediaría una tercera persona en cuyo chalet vivía López Cerezo.

A raíz de la misma también se encontró el arma con la que se cometió el triple crimen, una pistola star, que había sido sustraída a un policía del distrito Centro en la capital de España en 1994. Su propietario, un policía, había denunciado la sustración, por lo que se desechó su implicación en este triple asesinato. Igualmente fueron encontrados en la vivienda que ocupaba López Cerezo tres escopetas, una de ellas de cañones recortados así como un SEAT TOLEDO, con matrícula falsa. Mientras en la residencia del ciudano búlgaro se hallarían los útiles con los que presuntamente los habían intentado timar quienes eran sus víctimas, así como trece proyectiles de 9 milímetros parabellum y 31 llaves de coche sin dentar.

176 años de cárcel

La Sección Cuarta de la Audiencia Provincial de Madrid condenaría a los dos autores del triple crimen de Alcalá de Henares, Vassil Nicolov Bacanov y Antonio Andrés López Cerezo a la pena de 176 años de prisión en el juicio celebrado en el mes de noviembre de 1997. En la sentencia se dejaba clara la frialdad y la alevosía con la que habían actuado los autores del triple crimen de Alcalá de Henares.

En lo que se refiere al móvil del crimen, el auto consideraba que se podría haber debido al ánimo de venganza de los dos autores del mismo por haber sido estafados, o bien por el deseo de apropiarse de los instrumentos con que supuestamente sus víctimas falsificaban dinero.

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El cuádruple crimen de Benimussa en Ibiza, uno de los mayores misterios de las últimas décadas

Richard Smitz junto a una de sus hijas, el cabeza de familia que fue asesinado junto a los restantes miembros de su clan

Como todos los veranos, el de 1989 se presentaba movido en las Islas Baleares debido a la gran cantidad de turistas que se acercaban al archipiélago balear, siendo los alemanes quienes acudían en masa hasta aquel paridisíaco lugar. Lo que nadie se podía imaginar en aquel mismo año, que ya había testigo de un crimen múltiple en tierras peninsulares, se produjese un macabro y aterrador suceso del que jamás se pudo saber quien era su autor o autores, ni siquiera el móvil que se escondía detrás de aquella brutal masacre.

En la madrugada del 23 al 24 de agosto de 1989 era asesinado en Benimussa, en el área rural ibicenca el matrimonio formando por Richard Smitz, de 51 años y su esposa Beate Josefine Werner, de 43, así como sus dos hijas pequeñas de seis y cuatro años respectivamente. El método utilizaro para terminar con sus vidas fue de los más crueles, el estrangulamiento, que supuestamente obedecía a algún tipo de ritual mafioso en lo que constitutía, según las investigaciones policiales, un ajuste de cuentas motivado por el tráfico de drogas.

Los cadáveres de las cuatro víctimas serían encontrados días más tarde enterrados bajo una capa de hormigón, en un desnivel de una obra en construcción que se estaba llevando a cabo a escasos metros del chalet que ocupaba la familia asesinada. Un enjambre de moscas, unido al fuerte hedor que desprendían los cuerpos fue motivo suficiente para que los investigadores examinasesn el lugar, descubriendo que allí se había cometido un espeluznante crimen, en el que las víctimas habían sido torturadas y estranguladas con cables e hilos de alambres. El suceso provocaría una fuerte conmoción y sorpresa en la isla, pues no era habitual que por ella campasen capos de las mafias dedicados al tráfico de estupefacientes.

Narcotráfico

Tras el descubrimiento del truculento cuádruple crimen de Beninmussa, se supo que Richard Smitz trabajaba para una organización de distribuidores de cocaína en Europa, a las órdenes de Jorge Luis Ochoa, uno de los máximos responsables del «Cartel de Medellín». A mediados de julio de aquel año, 1989, la Policía alemana interceptó un cargamento de más de 600 kilos de cocaína en Munich, que pertenecían al grupo para el que trabajaba el alemán asesinado en Ibiza. La red de narcos sospechó que tal vez Richard Smitz había informado del hecho a las autoridades policiales de Alemania, por lo que decidió dar un «escarmiento» a la familia, que además sirviese de ejemplo para otros miembros que estaban a su servicio. Esta fue la principal hipótesis que barajó la Policía española.

Algunos días más tarde, la Interpol localizaba e identificaba en Marruecos a dos ciudadanos marroquíes que aparecían como principales sospechosos del asesinato de la familia Schmitz. Los dos sospechosos, que trabajaban en la construcción de un edificio ilegal promovido por las víctimas tuvieron una coartada para justificar su repentina ausencia de Ibiza, con lo que cobraba más fuerza la hipótesis de que el cuádruple asesinato obedeciese a un ajuste de cuentas. A ello se unía la sospecha, en la reconstrucción del crimen, que las dos pequeñas del matrimonio fuesen estranguladas lentamente en presencia de sus progenitores para que estos ofreciesn alguna información sobre lo acontecido en Munich. La coartada ofrecido por ambos magrebíes, de 25 y 26 años respectivamente, era el grave estado de salud de la madre de uno de ellos.

En el meollo de la cuestión también podrían hallarse los supuestos negocios inmobiliarios ilegales en los que se encontraba inmerso el cabeza de familia, los cuales estaban siendo investigados por un juez de la isla, así como la conexión que mantendría con compatriotas suyos que habían adquirido apartamentos en Ibiza.

En 1989 el cártel de Medellín hizo estallar millares de bombas como nueva forma de justicia del narcoterrorismo. Volaron coches, autobuses, periódicos, sedes de partidos y hasta un avión. En ese tiempo, Schmitz, a quien la DEA señalaba como uno de los responsables de blanqueo de capitales del cártel en Europa, se hacía con dos mansiones en Ibiza, y comenzaba al lado de una de ellas las obras de un edificio de cuatro plantas, que el Ayuntamiento de San José pretendía derribar justo antes de que acabara por convertirse en su tumba.

Richard Smitz tampoco contaba con el aprecio de sus convecinos, debido a los malos modales que utilizaba con su esposa e hijas a las que nunca se dirigía con buenas palabras. Asimismo, proseguía manteniendo una fluida y cordial relación con su ex-esposa, quien conservaba su apellido, resultando esto último muy sospechoso, ya que se la relacionaba directamente con sus actividades ilícitas.

Con el cuádruple crimen de 1989, la isla de Ibiza perdería su inocencia. A partir de ese momento se encontró en el punto de mira de muchos investigadores y algunos llegaron a la conclusión de que era un paraíso oculto para muchos narcotraficantes, que blanqueaban su dinero adquiriendo y construyendo grandes urbanizaciones que, aunque proporcionaban prosperidad a la isla, detrás de ellas se encontraba la oscura mano del narcotráfico que todo lo tiñe de negro y que a veces provoca sucesos tan desagradables y desgraciados como el que aquí se ha narrado.

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