Un joven de 24 años asesina a sus abuelos y a un tío paralítico en Jaca (Huesca)

Noticia del proceso judicial en el DIARIO DEL ALTO ARAGÓN

Como muchísimos sucesos de estas características, nadie se lo podía esperar ni mucho menos imaginar. No era una persona aparentemente conflictiva, más bien era apocado y un tanto tímido que mantenía un vínculo afectivo muy fuerte con su propia madre, si bien es cierto que se debe dejar claro que esta nada tuvo que ver en el triple crimen que conmocionaría a la localidad oscense de Jaca ocurrido el 13 de diciembre de 1990. Aunque los jueces encargados del caso, así como los peritos que lo evaluaron, descartaron que el joven sufriese alguna patología de tipo mental, sí admitirían como atenuante que el autor de tamaña aberración humana, F. J.A.G., que contaba entonces 24 años de edad, sufría un trastorno adaptativo con alteración de la conducta, si bien es cierto que esta dificultad no alteraba sus facultades intelectivas y volitivas.

El posible desencadenante del trágico suceso se encontraba en una reclamación de dos millones y medio de pesetas por parte de Hacienda a la madre del criminal. María del Carmen Galindo. acerca de un negocio de hostelería que su padre, Francisco Alegre, por entonces concejal del Partido Popular en la capital de la Jacetania, había traspasado a sus abuelos maternos. El joven se enteraría horas antes de cometer el triple crimen de la existencia de esa sanción a su progenitora, llegando a discurrir que sí acababa con la vida de su familia paterna se terminarían los problemas que acuciaban a su familia, cuyos cónyuges se encontraban supuestamente tramitando su separación matrimonial.

En la tarde noche del día de autos, el miércoles 12 de diciembre, F. J. A. G. estuvo de copas por diversos bares de la ciudad de Jaca, ingiriendo excesivas cantidades de alcohol. Al parecer, el muchacho pudo haber tomado ese día hasta un total de doce gin tonics, a lo que se sumarían un par de cervezas y hasta dos botellas de vino a la cena, más alguna que otra copa en una discoteca de la localidad. Suficiente para armarse de valor y provocar una horrible tragedia, de esas de las que se van transmitiendo de padres a hijos a lo largo de muchas generaciones.

De madrugada

El triple crimen tuvo lugar en plena madrugada cuando sus abuelos maternos y su tío se hallaban ya descansando. Al parecer sería su abuelo, Nazario Alegre, de 68 años, quien abrió la puerta al joven, quien provisto de un cuchillo-machete de los empleados en el monte terminaría con su vida, sin darle prácticamente opción a defenderse. Posteriormente, haría lo mismo con su abuela, Ascensión Gil, de 72 años, así como con un tío suyo que se encontraba postrado en una silla de ruedas debido a que sufría una parálisis congénita, José Luis Alegre Gil, quiente tenía 38 años cuando fue asesinado por su sobrino. Por su parte, F.J.A.G., una vez hubo cometido la brutal matanza se trasladó a casa de su madre, para luego desplazarse hasta Huesca en compañía de un amigo.

La madre del triple homicida sería quien descubrió los cadáveres de las tres víctimas en plena madrugada, llamando alrededor de las seis de la mañana a la Comisaría de Policía de Jaca para informar de lo acontecido. Inmediatamente se procedería a la detención de su hijo, quien no opuso ninguna resistencia ante los agentes, además de confesar la autoría del triple crimen, un trágico suceso que conmocionaría a la bella ciudad pirenaica cuando se preparaba para recibir unas Navidades que estuvieron teñidas de luto.

Nadie en aquel entorno podía dar crédito a lo sucedido. Nadie se podía imaginar que aquel joven, introvertido y apocado, pudiese cometer tamaña masacre. Se suscitaron los lógicos comentarios en torno al suceso, llegando incluso a hablarse de posibles problemas de drogas, aunque los que tomaban fuerza eran los supuestos contratiempos familiares para los que no se encontraba lo suficientemente maduro emocionalmente, tal y como quedaría patente en el transcurso del juicio.

57 años de cárcel

El juicio por el triple crimen de Jaca se celebraría en julio del año 1992. La defensa de F.J.A.G. aludiría a los problemas mentales que presentaba el joven, cuya conducta fue calificada de «psicótica» por parte de los peritos que se encargaron de evaluarlo. No obstante, estos consideraron que no sufría ninguna alteración de sus facultades intelectivas y volitivas, aunque sí reconocieron que la relación que había mantenido a lo largo de su existencia con su progenitora había moldeado su personalidad, provocando que con ella hubiese una «relación simbiótica» que le llevaba a rechazar al entorno paterno, generándose un ambiente de odio hacia el mismo. En el juicio llegaría a copiar parte del discurso materno, al tiempo que imitaba casi de forma idéntica su manera de firmar. En el estrecho vínculo que le unía a su madre se hallaba la raíz del problema adaptativo que padecía, a lo que se añadía el fuerte estrés padecido a lo largo de aquel año derivado de los problemas familiares que le resultaban de difiícil comprensión.

Llamó también poderosamente la atención de quienes lo juzgaron que no fuese capaz de reconocer el daño realizado, observándose una ausencia de culpa en F. J. A. G., quien manifestaría en el transcurso de la vista oral que solo recordaba la primera puñalada que propinó a su abuelo, a pesar de que cosería con un total de 75 cuchilladas a los tres miembros de su clan familiar. Manifestaría que a partir de ahía «todo se desarrolló como una película en la que yo era el espectador y no el protagonista».

El tribunal no creyó que pudiese aplicarle una eximente por trastorno mental transitorio ni siquiera incompleto, ya que su actitud obedeció a un plan previamente elaborado y configurado, cuyo objetivo era terminar con la vida de los tres miembros de su familia. F. J.A.G. sería condenado a un total de 57 años de prisión, así como a satisfacer una responsabilidad civil de 30 millones de pesetas (180.000 euros) al único pariente que había quedado vivo, que era su padre, quien no estuvo presente en el juicio que se siguió contra su hijo.

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Asesina a sangre fría a una pareja de novios en Zamora

«El Quintas», en el momento de ser detenido en el año 1997

Hay personas que sostienen que «la suerte existe», O lo que comúnmente llamos azar. Sin embargo, hay veces que esa suerte es inversa, jugándonos una muy mala pasada la Diosa Fortuna. Una de las peores circunstancias que puede ocurrir en la vida es cruzarse con individuos que portan en sus genes el ADN del mal, que son auténticos profesionales de la delincuencia y que no dudan en emplear los medios que tengan a su alcance para terminar con una persona que involuntariamente se cruce en su camino. No cabe duda que cuando alguien tenía la desgracia de cruzarse con Manuel Martínez Quintas,alias «El Quintas» podía ocurrirle cualquier cosa que no fuese buena.

Con numerosos antecedentes penales y judiciales por su trayectoria en la que no faltaban las agresiones sexuales y los ataques a la propiedad privada, el día 13 de enero de 1983 perpetraría un doble crimen que consternaría profundamente a la ciudad de Zamora. En la tarde de esa jornada, un «viernes 13» -como si de un mal agüero se tratase- una joven pareja de estudiantes de Magisterio formada por Aurora Barbero Luelmo, de 19 años y José Manuel Tamames Domínguez, de 18. acudieron a disfrutar de la jornada a la isla del río Duero, denominada Las Playas, con el afán de contemplar la aparición de patos en la zona, dada su gran afición a la ornitología.

Lo que no podían imaginarse ambos muchachos, de excelente reputación y de una acreditada solvencia personal, es que en su camino de iba a cruzar un energúmeno que acumulaba ya un largo historial delictivo a sus espaldas, aunque todavía no había dado su gran paso al mundo del crimen. Provisto de una escopeta, Manuel Martínez Quintás amenazó a la jovencísima pareja y se apoderó de algunas de sus pertenecias, entre ellas una cadena de plata, que portaba la joven, y una exigua cantidad de dinero, algo más de mil pesetas que llevaba consigo José Manuel.

Arrojada al río

Una vez hubo consumado el atraco, «El Quintás» procedió a la inmovilización de ambos jóvenes, a los que maniató con una cuerda. Pero en ese momento, Aurora Barbero comenzó a gritar, lo que -según testificaría en el juicio- puso nervioso al delincuente, quien no dudó en lanzarla con todas sus fuerzas al cauce del río Duero con el propósito de que la joven se ahogase. Para ello, no escatimaría esfuerzos, e incluso la empujó con un palo cuando trataba de asirse a las riberas del efluvio, alcanzando su macabro y oscuro propósito.

En este caso, volvería a demostrar que era un auténtico profesional de la delincuencia, pues no dejaría testigos de su obscena y cruel fechoría. Una vez hubo lanzado a las frías y rebosantes aguas que llevaba el Duero en aquel invierno, aprovecharía la bufanda con la que José Manuel Tamames se protegía del frío para estrangularlo, aprovechándose de su manifiesta indefensión y que se encontraba maniatado. Posteriormente, cavaría una pequeña zanja, de apenas quince centímetros de profundidad, en la que sepultaría el cuerpo sin vida del joven estudiante de magisterio. Finalmente, huiría del lugar de los hechos a a pie.

Al día siguiente del macabro doble crimen, unos piragüístas encontrarían en las aguas del Duero el cadáver de Aurora Barbero Luelmo. Más tarde, tras hacer las perceptivas investigaciones, la Policía encontraría el cuerpo enterrado del novio de la joven asesinada. No había dudas que se encontraban ante uno de los peores crímenes de la historia de Zamora y los agentes trabajarían sin descanso a lo largo de más de cincuenta horas de manera ininterrumpida. Inmediatamente pondrían en su punto de mira a Manuel Martínez Quintas, cuyo historial delictivo lo delataba. Sería detenido el 18 de enero de 1983, demostrando una frialdad fuera de lo común, pues le estampó, de buenas a primeras, al letrado de oficio que lo defendía «Abogado vas a defender a un asesino». actitud que nos da una buena cuenta ante que clase de sujeto nos encontramos.

Además de la gran consternación que sacudió a la ciudad de Zamora en el primer mes de 1983, tampoco faltarían las muestras de solidaridad y apoyo a las familias de ambos jóvenes, pues sus compañeros de estudios se manifestarían silenciosa y pacíficamente por las calles de la capìtal de la provincia en repulsa por tan obsceno y cruel crimen.

76 años de cárcel

Martínez Quintas sería juzgado en el año 1984 en la Audiencia Provincial de Zamora. En su descargo, o tal vez con descaro, argumentaría que los gritos proferidos por la joven precipitaron su injustificable patraña, negando en todo momento que pretendiese asesinar a los dos muchachos zamoranos. Los expertos que estudiaron su personalidad manifestarían que se encontraban ante un psicópata, que era plenamente consciente de sus actos.

«El Quintas» sería condenado a una pena de 76 años de cárcel, así como a satisfacer con 30 millones de pesetas a los padres de sus dos víctimas, aunque, como suele suceder casi siempre con estos energúmenos, se declararía insolvente. Cumpliría gran parte de su pena en la cárcel de Bonxe, en Lugo. No obstante, y aquí de nuevo nos encontramos con algunas imperfecciones del antiguo sistema penal, por asesinar vilmente a los dos jóvenes de Zamora,tan solo cumpliría trece años de prisión, siendo puesto en libertad a finales de 1996. De él se destacaba su «excelente comportamiento» mientras estuvo entre rejas, algo que por otra parte suele ser muy habitual.

Violación

Manuel Martínez Quintas no tardaría en recaer en sus antiguas andanzas, comportándose como el ser despreciable y mezquino que es. En octubre de 1997 violaría a una mujer en Valladolid, siendo de nuevo detenido por las fuerzas del orden y regresando de nuevo a la cárcel, en la que discurrió más de la mitad de su existencia. En el año 1999 sería condenado a 26 años de prisión por la Audiencia Provincial de Valladolid. En esta ocasión, debido a sus tenebrosos antecedentes, cumpliría 20 años íntegros, saliendo en libertad en el año 2017.

A raíz de su último delito, la mujer a la que violó se vio en la obligación de solicitar la incapacidad permanente en su trabajo debido a un trastorno de estrés postraumático crónico, que le impedía desarrollar su actividad laboral en condiciones.

«El Quintas» tenía prohibido residir en las provincias de Valladolid y Zamora durante los cinco años siguientes a su salida de la cárcel, por lo que estuvo viviendo en diferentes localidades españoles. En un principio se le situaba en la ciudad de Lugo y también en A Coruña, lo que despertaría la alarma entre sus conciudadanos, temerosos de sufrir cualquier percance a manos del tristemente célebre delincuente y asesino confeso. Debido a la presión ciudadana, tuvo que marcharse de la ciudad herculina y últimamente se le situaba en Portugal. Es normal que salten las alarmas ante la presencia de semejantes energúmenos. Nunca se sabe lo que puede pasar, aunque él llegaría a manifestar que ya contaba con casi 70 años y no tenía intención de hacer daño a nadie.Lo peor para él, dado su amplísimo historial delictivo, es que nadie se lo cree.

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Cuatro crímenes de un asesino en serie que aterraron a Vitoria a finales de la década de los noventa

Portada del programa de la EITB que le dedicó al asesino en serie Koldo Larrañaga

Muchos vitorianos se encontraban aterrados a finales de los años noventa al producirse cuatro inexplicales crímenes en los que el asesino se había comportado de una manera especialmente sádica y brutal. Eran muchos los que se preguntaban quien o quienes podrían estar detrás de aquellos salvajes asesinatos que conmocionaban y conturbaban la paz social en la capital alavesa. Lo que nadie se podía imaginar es que detrás de aquella barbarie, probablemente pensada y calculada, se encontraba un hombre de rostro amable y gentil, que podía ser un magnífico padre de familia y un excelente compañero de trabajo. Por lo menos así lo definirían quienes lo conocían. Se trataba de Koldo Larrañaga, un individuo de 38 años de edad por aquel entonces, que había sido un empresario de hostelería, a quien las deudas le habían dejado una situación económica crítica y a quien, como a casi todos los psicópatas, le faltaba constancia y entrega, pero, al igual que los de su condición, tenía ese encanto y engatusamiento personal a los que son tan proclives quienes cometen crímenes en masa y que solamente se descubre su verdadero rostro cuando son descubiertos y caen en las garras de la justicia. De hecho, el sujeto en cuestión se ganaría el sobrenombre de «El asesino amable».

Koldo Larrañaga se dedicó a diversas ocupaciones en sus años mozos. Tenía vocación para la docencia, pero nunca llegaría a terminar los estudios de magisterio en los que se había matriculado en plena juventud. Aún así, en los años noventa ejercería como profesor particular en distintas academías de Vitoria, a pesar de que su araganería era superior a su vocación y hubo de abandonar esta profesión. Más tarde, se iniciaría en los negocios hosteleros, que se saldarían nuevamente con resultados ruinosos debido a su escasa dedicación. Esa situación de quiebra personal se reflejaría en su vida personal, llegando a separarse de la mujer con la que había formado una familia y tenía un hijo. Lleno de deudas y con escaso futuro, comenzaría una carrera delictiva que pone la carne de gallina con tan solo hacer un breve repaso a su cruel y brutal historial, similar al de cualquier asesino que alcanza la triste celebridad y que casi siempre asociamos con otros lares, ya que nos parece prácicamente imposible que eso pueda suceder en nuestro alrededor

Ensañamiento y crueldad extrema

Su primera víctima sería la profesora de inglés Esther Areitio, de 55 años, viuda, a la que conocía porque vivieron muy cerca y coincidían en el Bar Androide, le robó joyas y unas 170.000 pesetas, que otra persona sacó con sus tarjetas de crédito. Pero en este caso sería muy minucioso en la escena del crimen. Aquel 8 de mayo de 1998 asesinó presuntamente a Esther Areitio en su domicilio y después la descuartizó en seis trozos, cabeza, tronco y extremidades, y limpió el piso. Los guantes de latex impedirían que dejase huellas. Sobre el depósito de agua del baño apareció un cuchillo de monte, similar a los dos que había comprado, según los comerciantes que se lo vendieron. En un primer momento la Ertzainza trató de seguirle la pista, pero todo indicaba que era bastante complicado ya que el criminal se había cerciorado de que no quedase un rastro fiable.

Apenas un mes después de haber perpetrado el primer asesinato. el 9 de junio de 1998 perpetraría su segundo crimen. En esta ocasión, en la persona de Acacio Pereira, un empresario de cordelería que tenía 72 años, quien en aquel momento se encontraba afectado de un cáncer de hígado. Al igual que había ocurrido con la docente, la saña se convertiría en su inexorable seña de identidad. Le asestaría varias cuchilladas, además de amarrale a una silla. Con el segundo asesinato, la conmoción y el terror se hcieron patentes en la capital vitoriana, a lo que se sumaba que la investigación se encontraba estancada por carecer de pistas fiables que condujesen a la detención del homicida.

Asentado ya en Madrid y alejado de su País Vasco natal, en agosto de 1998 viajaría de nuevo a Vitoria para entrevistarse con un empresario de máquinas tragaperras, Agustin Ruiz, a quien debía grandes sumas de dinero, cifradas en varios millones de pesetas. En el transcurso de la tensa entrevista, relataría durante el proceso que se siguió en su contra que ambos habían discutido de forma acalorada. Al parecer, atacaría a su nueva víctima con un destornillador, el primer objeto que encontró a mano. Este era un crimen no previsto, según sus propias palabras y que, a diferencia de los dos anteriores, sí dejaría algunas huellas, a pesar de lo cual no sería detenido hasta nueve meses más tarde, después de perpetrar un cuarto homicidio.

Koldo Larrañaga pondría el colofón a su orgía sangrienta el día 24 de mayo de 1999, un año después de haber cometido el primer crimen. La persona que se cruzó trágicamente en su camino fue una joven abogada vitoriana de tan solo 28 años de edad, Begoña Rubio, quien aparecería muerta en el despacho que regentaba desde hacía menos de un año en la calle Siervas de Jesús, de la capital vitoriana. Una vez más, la crueldad se hacía patenta, ya que el asesino le había asestado varias cuchilladas, una de las cuales le perforaría la garganta. Al igual que había acontecido en las otras tres ocasiones previas, el criminal no dudó en ningún momento en ensañarse cruelmente con su joven víctima, siendo este el séptimo crimen que se cometía en la capital alavesa en menos de año y medio, lo que hacía saltar todas las alarmas ante la posibilidad, como así quedaría demostrado, de que por la ciudad campase a sus anchas un asesino en serie. En este último caso serían los padres de la abogada asesinada quienes darían la voz de alarma ante la Ertzainza debido a la insual tardanza de la muchacha, siendo descubierto su cuerpo sin vida ya de madrugada.

Posteriormente, tras las investigaciones policiales pertinentes, se demostraría que detrás de todos sus crímenes había un móvil económico, pues a todas las víctimas les había sustraído alguna cantidad de dinero, que iban desde las 4.500 que se apoderó del bolso de la abogada, pasando por las más de 160.000 pesetas que le robó al empresario Agustín Ruiz, así como otras cantidades inferiores a esta última a dos de sus otras víctimas

Detención y condena

Como todos los psicóptas, sus crímenes obedecían a un plan trazado de manera muy meticulosa, pero también había cometido algunos errores que le llevarían a dar con los huesos en la cárcel. Después de haber sembrado el terror en Vitoria sin mostrar compasión alguno hacia sus víctimas, Koldo Larrañaga sería detenido en Madrid el 29 de mayo de 1999 tras una operación conjunta llevada a cabo por la Ertzainza y la Policía Nacional. En la capital de España se procedería a su detención en la calle Fuente de Lima, en la que residía su novia, quien también sería detenida, aunque puesta en libertad tras prestar declaración. Los vecinos de los dos detenidos no salían de su asombro al ser informados quien era realmente aquel sujeto educado y encantador con el coincidían con frecuencia en la escalera de su portal. Y es que como todos los de su grey, ninguno es quien aparenta parecer. En el transcurso de su captura, le serían intervenidos distintos objetos personales, algunos de los cuales, entre ellos un manojo de llaves, que pertenecían a dos de sus víctimas.

También causaría sorpresa en Vitoria que a Koldo Larrañaga le atribuyesen dos de los crímenes que habían ocurrido en la ciudad en aquel último año. Sus allegados y personas que lo trataban no dudaban en definirlo como un hombre de trato exquisito y refinado, que había fracasado en algunos de los negocios que había emprendido, pero que nadie se podía imaginar que detrás de un manso cordero se escondiese un peligroso depredador y que en realidad era alguien muy distinto a la persona risueña y afable con la que a menudo coincidían.

En noviembre del año 2000 se iniciaría el primer juicio contra Koldo Larrañaga. La Audiencia Provincial de Vitoria lo sentenciaría a un total de 20 años de cárcel, quince como autor de la muerte de Agustín Ruiz y otros cinco por robar en su domicilio. Igualmente debería indemnizar a los hijos de la víctima con doce millones de pesetas a cada uno, a pesar de que este individuo era a todas luces insolvente.

Un año más tarde, en el mismo mes del año 2001, fue condenado a 30 años de prisión por el asesinato de la abogada vitoriana Begoña Rubio, además de tener que resarcir económicamente en concepto de responsabilidad civil con 30 millones de pesetas a los padres de la joven letrada. Veinticinco de los treinta años que le imponían era como consecuencia del delito de asesinato, en tanto que los restantes fue por haber allanado su despacho, así como por haberle robado, lo mismo que había hecho con su anterior víctima.

Dos de los cuatro crímenes que le atribuían, concretamente el de la maestra Esther Areitio y el del cordelero Acacio Pereira quedarían impunes, ya que el criminal jamás llegaría a reconocerlos, por lo que fue imposible condenarlo por estos hechos, debido a la inexistencia de pruebas concluyentes para poder incriminarlo, dadas las precauciones que supuestamente se había tomado.

Excarcelación y muerte

A finales de julio del año 2017 Koldo Larrañaga se vería beneficiado de la ley penitenciaria que contemplaba su excarcelación por razones humanitarias, esas mismas de las que él había carecido con sus propias víctimas, con las que se ensañó de una forma terrible y escabrosa, impropia de cualquier ser humano que se precie como tal. El argumento esgrimido para su excarcelación era la detección de una enfermedad cardíaca incurable, dolencia que con el paso de los años, concretamente el día 27 de enero de 2021 terminaría con su vida a la edad de 60 años, debido a que precisaba un trasplante de corazón que no llegaría a producirse nunca

Con su fallecimiento, en casa de su madre -la persona que había sentido algo de conmiseración por un desprecibale y ruin retoño- se ponía fin a los trágicos episodios, pero no a sus consecuencias de dolor y rabia, que sacudieron la capital alavesa a lo largo de un año. Moría también el último asesino en serie que pululó por la ciudad de Vitoria y, dicho sea de paso, ojalá no vuelva a sufrir más capítulos sangrientos protagonizados por energúmenos carentes de los más mínimos escrúpulos humanos.

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El crimen de las quinielas

Antiguo boleto de quinielas

Era la década de los cincuenta todavía una época de penurias y privaciones para muchos españoles que no terminaban de salir de una Posguerra que parecía eternizarse. Para sobrevivir cualquier cosa o ardid valía, pues de eso se trataba. Había quien probaba suerte en los escasos juegos de azar que existían, entre los que sobresalían las quinielas, la mejor forma de hacerse millonario de la noche a la mañana. Uno de esos hombres al que le encantaban estas apuestas era un joven murciano, que se llamaba Julio López Guixot, quien además aseguraba entre sus amigos y conocidos que conocía la fórmula perfecta para ganar importantes premios. Lo más seguro, a tenor de lo que se ha podido deducir, es que aquel hombres, un verdadero embaucador, fuese ya una víctima de la ludopatía, en un tiempo en el que apenas se estudiaban los fenómenos psicológicos que afectan al ser humano.

Julio López, que era hijo de madre soltera, era un hombre que ansiaba el triunfo y el éxito fácil en la vida, llegando a rodearse de una pequeña legión de admiradores, entre los que se encontraba José Segarra, un joven empleado de banca que trabajaba en Elche, localidad en la que se había instalado el protagonista de esta historia después de haber cumplido el servicio militar en África. Previamente, había sido expulsado del Ejército del Aire por haber difundido un escrito en el que supuestamente incitaba a los compañeros a la rebelión. por lo que ya había sido condenado a diez años de prisión. De forma errónea, se le notificaría que había sido expulsado del Ejército, pero algún tiempo después, en torno al año 1951, se vio obligado a cumplir sus obligaciones patrias.

Cuando ya se había licenciado definitivamente, aunque repudiaba en gran medida su propia existencia, se negaba a ser una víctima de la sociedad en la que vivía. Fue entonces cuando comenzó a divulgar el método destinado a obtener importantes premios gracias al juego del 1X2. En un principio resultaría agraciado en diferentes ocasiones, junto a los miembros de la peña que había puesto en marcha, alcanzando premios que superaban las veinte mil pesetas que, si bien no eran una fortuna ni nada que se le pareciese, eran sustanciosas cantidades para la época que permitían ir tirando, aunque no para mucho más. Sin embargo, el sistema ideado por López Guixot, mostraría sus debilidades y pronto comenzaría a fallar, por lo que la mayoría de quienes le habían acompañado en esta experiencia pronto le abandonarían, incluido un supuesto socio capitalista que se hartó de perder dinero en aquella ruinosa empresa. En aquel momento, Julio López comenzaría a enfangarse de deudas, que también salpicaban a su novia,Asunción Segarra, hermana de su mejor amigo. Es entonces, cuando para financiar su fallido experimento comienza a idear la posibilidad de recurrir a actividades delictivas, entre las que no descartaban siquiera la comisión de un crimen.

Un habilitado de banca

Julio López ejercía una gran influencia sobre su amigo, José Segarra, en el año 1954 le propuso a este la posibilidad de atracar a alguno de los cobradores de la sucursal bancaria en la que trabajaba, a lo que terminaría accediendo. La víctima elegida era Vicente Valero Maciá, quien era cobrador del Banco Central en Elche. La relación entre Segarra y Valero se remontaba a la más tierna infancia, por lo que el objetivo parecía aparentmente fácil. Aquí se encontraron con otro problema añadido y es que a ambos les faltaba el valor suficiente para atracar a aquel hombre, por lo que decidieron subir un escalón en su decidida actitud. Este no era otro que acabar con su vida, utilizando como pretexto la presencia de una mujer, conocedor José Segarra de que a su viejo amigo le perdían las mujeres.

Para ello, decidieron alquilar una vivienda vacacional en Vistahermosa de la Cruz, en Alicante, donde supuestamente se alojarían dos amigas de José Segarra. Previamente, Julio y este último habían escrito una carta dirigida al mismo Segarra, atribuida a la mujer que quedaría con él. El día elegido para llevar a cabo su macabro plan era el 30 de julio de 1954. El empleado de banca era conocedor de primera mano de que a Vicente Valero Maciá le enviaban a recoger dinero a Alicante. Se inventó una excusa para salir y dirigirse hacia la capital alicantina, donde se haría el encontradizo con la víctima. Segarra se hizo el encontradizo con el habilitado y le mostró aquella misteriosa misiva que presuntamente le había dirigido una amiga, quien le rogaba que fuese acompañado de otro hombre para así tener un acompañante para su compañera de vacaciones estivales.

El lugar donde veraneaba la inexistete amiga de Segarra era una casa, que había alquilado López Guixot, dejando una fianza de 500 pesetas a su dueña. Hasta el inmueble se dirigieron tanto el empleado como el habilitado de banca a bordo de un taxi, en cuyo interior se hallaba López Guixot.

Con un yunque

Nada más acceder al interior de la vivienda vacacional, Julio descargaría toda su fuerza sobre Vicente Valero, propinándole un fuerte golpe en la cabeza con un pequeño yunque de zapatero. A pesar del fuerte trastazo recibido por el habilitado de banca, este conseguiría reaccionar, aunque se encontraba ya en estado semimoribundo, generando una sensación de pánico tanto en el agresor como en el de su compinche, José Segarra, quien saldría inmediatamente del lugar con dirección a la consulta médica en el mismo taxi que lo había llevado hasta el lugar de autos. Mientras tanto, en la casa quedaba un asustado Julio López y la víctima, cuya larga agonía perseguiría hasta el fin de sus días al afamado criminal de las quinielas.

Una vez noqueado, comenzaron a registrar al malherido Vicente Valero, aunque se encontrarían con la decepción de hallar solamente 40.000 pesetas, que llevaba en su cartera. Los asesinos no cayeron en ningún momento en la cuenta que la mayor parte del dinero, 250.000 pesetas se encontraban entre las ropas de la víctima.

Julio tenía el encargo de comprar una manta para hacer desaparecer el cadáver, aunque en aquel momento era presa del pánico y el nerviosismo. De hecho, se le rompería la llave hasta en dos ocasiones. En la primera tuvo que solicitar una nueva a la propietaria, pero ya en la segunda no tuvo el valor suficiente para hacerlo. Al regresar hasta el lugar de autos, observó como el cuerpo de Vicente Valero estaba movido del sitio en el que lo había dejado en estado semimoribundo. Esta circunstancia no hizo otra cosa que incrementar la sensación de pánico y terror que sufría López Guixot, siendo en esta ocasión cuando se le rompió la llave de la casa por segunda vez. Posteriormente, le comentaría a su cómplice que se había desecho del cuerpo del habilitado, aunque lo cierto es que lo dejó abandonado en la vivienda de veraneo.

Descubrimiento del crimen

Tardaría hasta cuatro meses en descubrirse el crimen. Fue la propietaria de la casa alquilada en Vistahermosa quien descubrió que allí se había perpetrado un terrible asesinato, ya que cuando intentó entra de nuevo en ella se apercibió de un gran hedor que procedía de su interior. Como consecuencia del mismo, decidió avisar la Guardia Civil, cuyos efectivos encontrarían el cuerpo sin vida de Vicente Valero Maciá. Pero no solamente eso, sino también algunas huellas digitales que les llevarían directamente a dar con el autor del delito.

Durante aquellos cuatro meses en los que consiguió zafarse de la acción de la justicia, López Guixot conseguiría vivir relativamente bien y proseguir con sus aficiones lúdica. Asimismo, contrarería matrimonio con Asunción, la hermana de Segarra. Pero todo tiene un fin. Y en este caso sería también trágico. El conocido quinielista sería detenido en compañía de quien ya era su esposa cuando se dirigía a cobrar la cantidad de 27.000 pesetas que había logrado con una apuesta deportiva en la Delegación Provincial del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas de la capital murciana.

Al ser detenido, manifestaría sentirse aliviado, pues la comisión del crimen no le dejaba dormir. En la Comisaría de Policía de la capital murciana contaría con todo lujo de detalles como había ocurrido el asesinato del habilitado del Banco Central. Todo ello daría pie a la detención de quien se había convertido recientemente en su cuñado, José Segarra Pastor, quien, al igual que Julio López Guixot, ingresaría en prisión.

Pena de muerte

En mayo de 1957, en medio de una gran expectación, se celebraría la vista oral por el crimen que sería conocido como «el crimen de las quinielas» y del que una buena parte de la prensa de la época informaba en sus páginas de deportes y no en las de sucesos, como era habitual. A pesar de los esfuerzos de los abogados defensores de los dos asesinos, ambos serían condenados a sendas penas de muerte, al entender el tribunal que habían concurrido las agravantes de alevosía, engaño y ardid o disfraz. Solamente les quedaban dos últimos cartuchos. El primero eral del Tribunal Supremo, quien ratificaría la sentencia impuesta por la Audiencia Provincial de Alicante.

Como era habitual en estos casos, siempre se recurría a la gracia del indulto del Jefe del Estado y el Consejo de Ministros. A finales de junio de 1958 José Segarra Pastor se libraba de morir en el garrote vil, siendo sustituida la pena capital por la accesoria de treinta años de reclusión mayor, de los que cumpliría solamente doce, ya que sería indultado en el año 1970. Por su parte, su cuñado, Julio López Guixot, a quien los antecedentes le pesaban demasiado, sería ejecutado el día 22 de julio del mismo año en el penal de Alicante. Su verdugo sería el incombustible,Antonio López Sierra, quien ponía fin a la vida de un hombre al que la suerte, tanto en el juego como en el resto de su existencia, le resultó muy esquiva.

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Tortura y asesina a un niño de seis años en Santiuste de Pedraza (Segovia)

Iglesia de Santiute de Pedraza, el pueblo donde ocurrió el execrable y brutal crimen

Hay individuos que superan con mucho el sadismo extremo en su comportamiento, sin importarle pisotear a alguien que es manifiestamente más débil, o precisamente esa misma debilidad sea la causa de su obscena y despiadada actitud, impropia siquiera de animales, pues estos últimos nos dan en muchas ocasiones verdaderas lecciones de vida. En el mes de marzo del año 1901, ocurriría uno de esos trágicos episodios que quedan grabados a sangre y fuego, y nunca mejor dicho en este caso, en la memoria colectiva de los pueblos, dada la saña con la que se empleo el energúmeno en cuestión, Julián Martín, «Pitoto» , un labrador de veinticinco años de edad que, en compañía de su esposa, Lucía Revenga, se quedó al cuidado del pequeño Rufino Revenga, de tan solo seis años en el municipio segoviano de Santiuste de Pedraza, quien era cuñado suyo, mientras su suegro realizaba la trashumancia en octubre del año 1900 a tierras extremeñas.

El pequeño Rufino Revenga era un huérfano.de madre, de origen humilde, que vivía con su padre, que estaba al frente de una gran manada de ganado ovino y caprino, por lo que debía ausentarse largas temporadas de su pueblo en busca de pastoreo. A raíz de esta circunstancia, el niño se fue a residir con su hermana y su cuñado, un hombre de formas adustas y reacciones impulsivas, que carecía del más mínimo escrúpulo a la hora de aplicar castigos -no ya severísimos- sino que directamente inhumanos a un indefenso niño de tan solo seis años de edad y que comenzaba a conocer la maldad de la vida en primera persona.

Para el cuidado del pequeño, su padre no escatimó en esfuerzos para que pudiese ser alimentado en condiciones, además de hacer un exquisito pago en especies a su yerno, Julián Martín. Le proporcionó varias fanegas de trigo y centeno, un cerdo, así como un poco de dinero para que la manutención de la criatura. Dada la época en que tiene lugar este acontecimiento -hace ya más de 120 años-, no cabe ninguna duda, que era una generosa recompensa para que cumpliese a fondo su cometido. Mientras el pastor se marchaba tranquilo porque pensaba que el niño se quedaba en buenas manos, aunque la tozuda realidad terminaría por demostrar exactamente todo lo contrario.

Malos tratos

Los malos tratos comenzaron a los pocos días de la partida del pastor, que superaban esta calificación, pudiendo considerarse como torturas, que llevaba a cabo en el campo, lejos de la mirada de su esposa. En cierta ocasión, al niño le cayó la rienda y Julián no dudó en emprenderla a golpes y latigazos con el pequeño a los que acompañaba de innumerables y soeces insultos que mermaban la escasa capacidad de Rufino. Pero la cosa no quedaba ahí. A pesar de la generosidad de su suegro, el pequeño sufría grandes privaciones por el carácter bravucón de su cuñado, que ni siquiera le daba de comer y se veía obligado a ejercer la mendicidad de puerta en puerta en busca de un sustento que le negaba su tutor. Es difícil creer que la esposa del labrador y hermana del niño desconociese todas estas barbaridades a las que lo sometía su esposo, un verdadero crápula en toda regla.

En la casa en la que residían, no dudaba en quemarle el cuerpo con unas tenazas candentes pasadas por el fuego, provocándoles úlceras en los pies, llagas en las piernas y otro tipo de salvajes lesiones que quedarían acreditadas tras realizarle la segunda autopsia. Pero, llegó un momento dado en que Rufino no fue capaz de soportar tanto martirio, que bien podría ser un antecedente de la salvaje actitud de los nazis en la IIª Guerra Mundial. Eso aconteció en torno al 19 de marzo de 1901 cuando el pequeño llegaría al fin de sus días después de que su cuerpo sucumbiese a las monstruosidades a las que lo sometía su cuñado.

En una primera instancia, los médicos certificaron que Rufino Revenga había fallecido a consecuencia de una perotinitis traumática aguda. No obstante, a pesar de que se consideró un óbito motivado por causas naturales, alguien -nunca se supo quien podría haber sido- delató al despiadado asesino y se inició una investigación por parte de la Guardia Civil que terminaría con la detención de Julián Martín, algún tiempo después de perpetrado tan bárbaro y sádico crimen.

Pena de muerte

La prensa de la época no se anduvo por las ramas y no dudó en calificar al asesino como «La Bestia humana», sobrenombre con el que sería conocido en la posteridad. En las diligencias practicadas por las autoridades se demostraría que el niño se había convertido en un guiñapo de carne y que su cuerpecito estaba completamente inundado de heridas y lesiones que para nada eran casuales, provocadas por los pinchazos y los golpes de los que constamente era objeto por parte de Julián Martín.

Cuando se inició el proceso en contra del asesino, en los primeros días de marzo de 1902, su abogado, un prestigioso letrado segoviano de la época, arremetería duramente a la prensa, a quien acusaba de intentar sentenciar previamente a su defendido. En el transcurso de la vista, negaría de forma reiterada que Julián Martín sometiese a vejaciones constantes y malos tratos a Rufino Revenga, atribuyendo las lesiones y heridas a los juegos de los pequeños, además de alguna supuesta patología que pudiese padecer.

Su alegato se vendría abajo al igual que un castillo de naipes. Por el estrado pasaron muchos testigos que avalaban los malos tratos a los que sometía al niño. Desde los propios vecinos, que lo podían ver a casi todas horas, hasta los mismos informes forenses, que certificaban que el lamentable estado que presentaba Rufino Revenga obedecía a los padecimientos a los que era sometido a consecuencia de las canalladas que le hacía su cuñado. Hasta su propia esposa, Lucía Revenga, -quien como contraste y hasta como si fuese un sarcasmo- se presentó con un niño de escasos meses en brazos, testificó en contra de Julián Martín, con una rotundidad pasmaría a los presentes y que no dejaba lugar a dudas. «Mi marido es el causante de la muerte de mi hermano», -aseveró con total firmeza.

Como no podía ser de otra forma, el jurado no tuvo tampoco ninguna duda a la hora de condenar a Julián Martín, quien sería sentenciado a morir en el garrote vil. A pesar de su más que deplorable y vergonzosa actitud, la sociedad segoviana tuvo el honor de compadecerse de su paisano y solicitar el indulto al Rey Alfonso XIII. Pero en esta ocasión nadie se compadecería de un energúmeno que se comportó como el peor de los canallas, siendo ejecutado el 17 de enero de 1903. Antes de su último suspiro aún tuvo el suficiente valor de decirle al verdugo: «Dame una buena muerte».

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Dos personas asesinadas en el famoso crimen del Expreso de Andalucía

Momento en que son descubiertos los cadáveres en el Expreso de Andalucia en la estación de Córdoba. ABC.

Fue uno de los sucesos más famosos de su época y que mayor expectación levantaría debido a como se produjeron los hechos y la posterior repercusión que tendría, afectando a las más altas esferas de la nación de su tiempo. El asalto al coche-correo del tren expreso de Andalucía se convertiría en un trágico episodio que alcanzaría la categoría de mito y leyenda a la vez, del que se escribirían infinidad de páginas, una novela y, sería objeto de los cantares de ciego que se encargarían de difundirlo por las extensas areas rurales de la España de aquel tiempo.

El principal cerebro de la operación sería Honorio Sánchez Molina, un turbio hombre de negocios que había sido candidato a concejal en Madrid formando parte de las listas del partido de Antonio Maura. A su macabra idea se sumarán otros cuatro individuos, que son José Donday, conocido como «Pildorita» por su afición a tomar todo tipo de pastillas; José Sánchez Navarrete, empleado del cuerpo de Correos, perfecto conocedor del entramado y otros dos sujetos, cuya vida se desenvuelve en los márgenes de la delincuencia y que responden a los nombres de Antonio Teruel y Francisco de Dios Piqueras.

La operación se llevaría a cabo en la madrugada del 11 de abril de 1924. Los asaltantes se suben al Expreso de Andalucía por una ventana en la estación de Aranjuez. Esta operación es posible ya que Navarrete conoce a Santos Lozano, un empleado cumplidor, de 45 años, y de quien se supuso que podría estar involucrado en el entramado, aunque las pruebas demostrarían que esa hipótesis era falsa. Los ejecutores del plan emprenderían su macabro cometido después de que el convoy dejase atrás la pedanía de Castillejo, antes de que enfilase rumbo a Alcázar de San Juan.

Golpes con una tenaza

En el momento en que se deciden a dar el golpe, Navarrete llama en voz alta Santos Lozano preguntado por Ángel Ors, el otro de los encargados del coche correo del convoy ferroviario. A esa hora se encuentra plácidamente durmiendo esperando su turno. Lozano trabajaba de espaldas al retrete cuando sería brutalmente atacado con unas tenazas de marchamar por parte de Antonio Teruel, quien era un peligroso dellncuente. Aunque tal como se encargaría de revelar la autopsia, el funcionario ya habría resultado herido mortalmente en el primer ataque, efectúa una segunda envestida para cerciorarse de que ha terminado con la vida de su primera víctima.

Ante el gran jaleo que se ha montado en el vagón, se despierta Ángel Ors, un hombre fórnido y atlético, de 30 años de edad, que se encara con Teruel, quien le ha propinado un golpe similar a su primera víctima en el frontal del cerebro. pero que a diferencia del primero es a todas luces insuficiente para poder segar su vida, debido al grosor de sus huesos, tal como demostraría la autopsia, muy superiores al promedio del resto de las personas. Al no conseguir noquearle, Ors se repone y se inicia una pelea en la que el empleado de Correos consigue agarrar del cuello a su oponente, quien se ha convertido en un títere y precisa de la ayuda de sus otros dos compinches que van en el tren para conseguir doblegarlo. De lo contrario, la suerte de Teruel hubiese sido otra. Una vez que entre Piqueras, Navarrete y Teruel han inmovilizado a aquel corpulento y fortachón hombre, el tercero de la terna saca su pistola y le dispara un primer tiro en el pecho. Ya en el suelo, y en medio de un monumental charco sangre, Teruel remata a su segunda víctima de un segundo disparo que le alcanza el labio inferior.

Con el coche-fúnebre transformado en carroza fúnebre los tres delincuentes se dedican a revolver y examinar todos los valores que transporta el Expreso de Andalucía, cuya suma podría alcanzar el millón de pesetas, una gran fortuna para la época. Sin embargo, la precipitación les jugaría una muy mala pasada y dejarían algunhas alhajas y cheques de un valor muy superior al que ellos se llevan, a lo que se suma que la oscuridad se convierte en uno de sus principales enemigos.

Huida y reparto del botín

Nadie ha reparado en lo ocurrido en el coche-correo y el brutal crimen no se descubrirá hasta que el tren llegue a Córdoba. Ni siquiera se ha dirigido a sus dependencias la pareja de guardias civiles que habitualmente viajaba en convoy. Quien dará un magnífico relato del suceso será el periodista y dramaturgo español Francisco Serrano Anguita, quien había contraído matrimonio muy recientemente y viajaba en el tren en compañía de la mujer que se había convertido en su esposa en viaje de novios.

Previamente al descubrimiento de los trágicos acontecimientos, los asaltantes y asesinos descienden del convoy después del paso a nivel de Quero, muy cerca de las bodegas del Marqués de Mudela, por el lado opuesto a los andenes para evitar así poder ser vistos. En aquel lugar, les espera José Donay, «Pildorita», quien ha alquilado un taxi para que los traslade a Madrid. Allí repartirán el botín en la casa de Antonio Teruel, situada en la calle Toledo. Corresponden a cada uno un total de tres mil pesetas, un capital muy inferior al que iba en el tren. Será «Pildorita» quien se encargue de hacerle llevar la parte que le corresponde a Honorio Sánchez Molina.

El suceso conmociona profundamente a la España de la época, un país atrasado y rural, pero que ha sufrido un terrible episodio en el que la Policía no escatima medios y moviliza a todos sus confidentes y efectivos con el ánimo de resolver el suceso lo antes posible. La primera pista certera la proporciona un sereno que vigila la calle Toledo, en pleno Madrid de los Austrias, el caso histórico con más solera. Les informa que en el número 105 está viendo movimientos extraños. Efectivamente, en el tercer piso del inmueble reside Antonio Teruel, el principal asesino, en compañía de su esposa, Carmen Atienza. La casa será sometida a una discreta vigilancia, que terminarán por atosigar a sus residentes.

Detenciones y sentencias a muerte

La primera persona en ser detenida es la esposa de Antonio Teruel, Carmen Atienza. El se ha librado en primera instancia debido a que su mujer ha confesado a la Policía que no se encontraba en casa. Sin embargo, la portera del edificio informa a la Policía de la existencia de ruidos en el piso de la mujer que ha sido detenida. El día 21 de abril de 1924 los agentes acceden al interior de la vivienda, derribando la puerta. Examinan todas las estancias y encuentran sobre la cama del matrimonio el cadáver de Antonio Teruel, quien tras sentirse acorralado y no poder soportar la detención de su cónyuge, había decidido suicidarse pegándose un tiro en la sien. Aquí encontrarán algunos documentos expedidos por casas de empeños que relacionan al resto de los participantes en el asalto, entre ellos a Francisco de Dios Piqueras.

A consecuencia del hallazgo de aquellos papeles, se derrumba el castillo de naipes de la trama que ha provocado uno de los crímenes que pasaría a la historia más negra de España. Posteriormente, es detenido en Calatrava Honorio Sánchez Molina, quien «cae» cuando se encontraba en su domicilio paterno. Por su parte, Francisco de Dios Piqueras será detenido cuando trata de huir a Portugal. La captura de José Sánchez Navarrete tiene lugar la casa de sus padres, en tanto que José Donay «Pildorita» se entrega en la embajada española en París, a donde había huido después de la salvaje tropelía.

La efectividad policial fue la máxima que se podía esperar. También lo será la de la Justicia, cuyas sentencias esperaba el país entero que fuesen ejemplares, a pesar de que algunos de los implicados son hijos de familias adineradas y pudientes. Sin embargo, las resoluciones judiciales, dictadas a través de un Consejo de Guerra serán implacables,condenando a tres de los implicados a la máxima pena, que en aquel entonces era la capital el día 7 de mayo de 1924. Solamente se salva del patíbulo José Donay, quien es sentenciado a cumplir 20 años de cárcel.

Apenas 48 horas después de haber conocido su suerte, se prepara un cadalso en la cárcel Modelo de Madrid, situada en lo que durante muchos años más tarde sería el desaparecido Ministerio del Aire. El primero en morir será Honorio Sánchez Molina, quien se dirige a su último asiento lloroso y con muy poco ánimo. Le sigue su compañero Piqueras, quien muestra una resignación absoluta. Su contraste lo pone José Sánchez Navarrete, que ha de ser llevado en volandas por los Hermanos de la Caridad. Alrededor de las seis y media de la mañana ya se ha colocado la bandera negra sobre la antigua cárcel, indicando que los principales implicados en los asesinatos del Expreso de Andalucía han corrido la misma suerte que las víctimas que habían dejado en el coche-correo y que ellos mismos se habían encargado de convertir en carroza-fúnebre para oprobio de un país entenro que no solo clamaba justicia sino también venganza.

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Asesinan a un joven de una paliza en Barcelona (El crimen de la Villa Olímpica)

Villa Olímpica de Barcelona

Lo que parecía ser un mero hallazgo por casualidad, resultó ser una cruel trampa en la que caerían un grupo de jóvenes en la Villa Olímpica barcelonesa el primero de abril del año 2000, cuando fueron víctimas de una paliza tumultuaria que terminaría costando la vida a Javier Robledo Peña, un muchacho de 22 años. A las siete de la mañana de aquel día la víctima se dirigía al aparcamiento de la discoteca Black Fire cuando uno de los amigos que la acompañaban Miguel Carnero encontró una cazadora junto a las ruedas de un automóvil, que se supone que era propiedad de uno de sus agresores, aunque algunas fuentes indicaban que la prenda había sido sustraída del guardarropa del centro de diversión.

En ese momento, aquel grupo, que no dejaba de ser una banda de delincuentes y muchos estaban relacionados con organizaciones radicales -entre ellas los Boixos Nois- se abalanzarían a golpes y patadas sobre los jóvenes que habían encontrado la cazadora al grito de «iNos están robando!», que previamente había proferido uno de los agresores que respondía al nombre de Juan María Fernández. Para evitarse problemas Carnero les arrojaría la cazadora, al tiempo que intentaba que las dos personas que le acompañaban se introdujesen en su coche, pero aquellos energúmenos se encontraban ávidos de pelea. Aquel grupo de delincuentes que ya contaban con diversos antecedentes, liderados por Valentín Moreno, -un menor que durante años se dedicaría a la delincuencia- no dudaron un solo instante en propinar golpes y patadas a Robledo, que no había conseguido introducirse en el vehículo, tal y como le había sugerido su compañero. Seis individuos golpearían al muchacho hasta dejarle exánime, incluso cuando yacía ya moribundo prosiguieron pateando en el chaval, quien fallecería prácticamente en el acto.

La autopsia revelaría entre 17 y 20 golpes de tal brutalidad que unas marcas se solaparon con otras. Una de las últimas patadas le alcanzó los testículos y otro golpe le causó el estallido del duodeno. Los forenses explicaron que ninguna de las lesiones se produjo por un acto de defensa. ‘En ese mismo contexto y dinámica de ataque mortal’, añadía la sentencia, Juan Carlos Berlanga también sería rodeado por sus agresores, que le golpearían en la cabeza, al tiempo que lo pateaban, pero, con mucha más suerte que su amigo, pudo huir del lugar. Acto seguido, otros tres de los agresores le robaron el reloj y el anillo a Carnero, que se salvó porque uno de los agresores alertó a sus compañeros de andanzas que llegaba alguien. Apenas dos semanas después, la Policía detendría a un total de seis personas, relacionadas con la brutal paliza que le había costado la vida a Javier Robledo Peña.

Ciento sesenta años de cárcel

El juicio por el conocido como «Crimen de la Villa Olímpica» se celebraría un par de años después, levantando la lógica expectación que despertaba este suceso. Los condenados recibirían sentencias muy severas, siendo condenados todos ellos a la pena de 160 años de prisión, salvo Valentín Moreno, quien al ser menor cumpliría ocho años de internamiento en un centro de menores.

El tribunal impondría sendas penas de 18 años de cárcel por un delito consumado de asesinato a Juan María Fernández y otros once por asesinato en grado de tentativa a Juan María Fernández Gascón, Javier Montalvo, Rafael Antonio Reyes y David Montaño, A los tres primeros se les condenaba a su vez por un delito de robo con violencia a otros tres años más. Por los mismos delitos de asesinato se condenaba a Jesús García Nieves a quince y 17 años respectivamente. En calidad de cómplice era condenado a penas que sumaban un total de once años Jonathan de la Rosa. Tres de los nueve acusados resultarían absueltos al entender el tribunal que no existían pruebas suficientes para incriminarlos, a pesar de que el fiscal solicitaba la misma pena que para los otros condenados.

En sus conclusiones finales el tribunal explicaba que la agresión fue muy rápida y que no se podía determinar su duración, aunque afirmaba: que ‘Sólo cabía concluir rotundamente que no había habido ninguna pelea ni actitud agresiva por parte de las vícitmas, sino exclusivamente una brutal agresión de aquellos seis individuos’. Los agresores actuaron con ‘una superioridad numérica aplastante’, no sólo por el número, sino también por el ‘poderío físico incuestionable de Valentín Moreno‘, un joven que dominaba las artes marciales y que se entrenaba en un centro deportivo de alto rendimiento.

Asesinato de Valentín Moreno

Quien había sido el alma mater del crimen que consternó a la Ciudad Condal cuando expiraba el siglo XX, Valentín Moreno, moriría asesinado el 19 de noviembre de 2021, en la calle Tarragona, en el municipio barcelonés de Sant Adriá de Besós, cuando recibió un tiro en la nuca por algún miembro de alguno de los clanes rivales que intentaban dominar el negocio del narcotráfico, principalmente cannabis, en la zona Franca de Barcelona, dentro de lo que se suponía como una reorganización de las bandas de delincuencia organizada en Barcelona.

Valentín Moreno, que contaba 39 años, cuando fue asesinado había sido prácticamente toda su vida un destacado miembro de distintas bandas que operaban en la capital catalana, entre ellos, los conocidos como «Casuals» y los «Boixos Nois». ambos muy estrechamente vinculados y en los que el principal cerebro del «Crimen de la Villa Olímpica» había iniciado su carrera delictiva, para después ascender a las más altas esferas del crimen organizado, llegando a ser uno de los delincuentes más temidos de España. De hecho, se decía que había generado un buen capital en base a las grandes extorsiones a las que sometía a sus víctimas. Además, se decía que era un individuo muy colérico y despiadado, que bastaba que alguien le mirase fijamente a los ojos para que iniciase una pelea. A ello se sumaba el hecho de ser un consumado experto en arters marciales, sufriendo en sus propias carnes la violencia los funcionarios de prisiones que lo trataron en sus muchos ingresos.

Respecto al crimen que le costó la vida, se dice que fue un acto a traición por alguien que conocía sus costumbres y que lle pilló totalmente desprevenido. Sus compañeros de andanzas, los «Casuals» prometieron venganza por este crimen en uno de los barrios más conflictivos de la geografía española en los que es muy común la tenencia ilegal de armas e incluso explosivos en un entorno donde la peor de las marginalidades campa a sus anchas y en el que cualquier acto delictivo es posible..

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Impunidad para el asesinato a sangre fría de dos ancianos en Puebla de Cazalla (Sevilla)

Panorámica de Puebla Cazalla, el pueblo donde sucedió el doble crimen en septiembre de 1987

Como es muy habitual en las largas tardes de verano en muchos pueblos de Andalucía, tres hermanos apuraban las últimas horas del día tras la cena sentados en la puerta de su vivienda antes de acostarse. Todos ellos superaban los setenta años. El primero en marcharse fue Juan, quien no residía en la casa con sus restantes hermanos sino en otra que se encontraba alejada de la situada en la calle Mesones, en la localidad sevillana de Puebla de Cazalla en la que aquella misma noche se iba a producir un horrible crimen que consternaría a toda Andalucía. Los otros dos hermanos, Maria del Dulce Nombre, de 70 años y Antonio Reina Muñoz, conocido como «El Portañuela», de 77 se retiran a sus respectivas habitaciones. El último en llegar al domicilio es José, de 73 años, quien entra en el mismo alrededor de la medianoche. A esa hora, con los miembros de su familia ya acostados, declararía ante la Policía que no había visto nada que le hicieses sospechar que había ocurrido una tragedia, pues no observa ningún movimiento sospechoso en aquella espaciosa y grandiosa casa.

Sería el mismo José, al día siguiente, 12 de septiembre del año 1987, quien descubriría los cuerpos sin vida de sus dos hermanos, brutalmente asesinados. El cuerpo de la mujer, María del Dulce Nombre estaba casi degollada, con la cabeza prácticamente separada del tronco, además de encontrarse literalmente cosida a puñaladas. El agresor se había enseñado literalmente con ella, circunstancia esta que hacía suponer a los investigadores que el crimen obedecía a otros móviles y no al robo como se llegaría a rumorear por el pueblo. La mujer solía dormir con la puerta y la ventana cerrada, a pesar del fuerte calor que soporta la localidad sevillana en los meses estivales.

En otra habitación contigua a la de Dulce Nombre, José hallaría también el cuerpo sin vida de su otro hermano, Antonio, quien sufría ceguera y había sido vendedor de la ONCE. Este último debió de haber escuchado los gritos de su hermano y le dio tiempo a levantarse. Aunque trataría de defenderse de su agresor, su grave defecto visual, unido a que ya contaba con cierta edad, a pesar de que era robusto y fuerte, le harían sucumbir ante las mortales cuchilladas que le terminó propinando el criminal que le arrebataría la vida.

La hora a la que tuvieron los crímenes sigue siendo una gran incógnita, pues del único de los hermanos que sobrevivió a la salvaje matanza de la calle Mesones, José, acostumbra a tomar una pastilla para dormir, lo que supuestamente le impidió escuchar los gritos de auxilio de sus hermanos. Igualmente, el cierre de las ventanas que había hecho la hermana impidió que se escucharan en el exterior sus gritos de auxilio. Esta medida obedecía a que unos años antes habían sido víctimas de un robo, en el que les habían sustraído doce mil pesetas.

Casa desordenada

Los investigadores encontaron la casa desordenada, pero el autor o autores del crimen no se llevaron absolutamente ningún objeto de valor, pues la única mujer de aquella casa poseía algunas joyas de oro. También estaba revuelta su habitación. Tampoco se llevaron una exigua cantidad de dinero que guardaba en un armario, por lo que se descartó el móvil del robo. Se llegó a suponer que el autor del crimen pudo haber entrado por la azotea o bien por la parte de la fachada da la casa que da a la calle Cilla. Sea como fuere, todo hacía prever que quien cometió el doble crimen era un perfecto conocedor de aquella casa, pues era un habitáculo muy grande y espacioso, además de ir directamente a por sus objetivos, sin titubear en un preciso instante.

La única huella hallada fueron dos uñas del autor del crimen, que se les había clavado en el cuello a María del Dulce Nombre. Días después apareció un joven sin un par de uñas, quien sería interregado por la policía. Este hombre no se dejaría crecer más las uñas, a riesgo de que pudiese ser detenido en una época en la que todavía no se trabajaba con las muestras de ADN, que en este caso hubiesen arrojado algo de luz en un turbio asunto que con el paso de los años entraría en punto muerto,

Por aquellas fechas, en la primera quince del mes de septiembre, Puebla de Cazalla se encontraba en fiestas y aquellos tres ancianos habían sido invitados a una comida de la tercera edad que se celebraba en el Hogar del Pensionista. El hecho de que se encontrasen en plenas fiestas provocó la llegada de feriantes, algunos de ellos etnia gitana, quienes serían interrogados en relación con el suceso, si bien es cierto que no serían detenidos en ningún momento, no dejando de ser una mera formalidad su declaración ante la la Guardía Civil.

En días posteriores al brutal crimen, se viviría una sensación de psicosis en la localidad: El vecindario, principalmente el más próximo al lugar de autos, cerrararía puertas y ventanas. Con estas últimas era muy habitual que durmiesen con ellas abiertas debido al fuerte calor reinante en toda la zona oriental de la provincia de Sevilla. A todo ello se sumarían las amenazas de las que fueron objeto distintos vecinos de Puebla de Cazalla mediante llamadas telefónicas, en las que se les decía que les esperaba un destino similar al de los dos pobres ancianos.

Afortunadamente aquellas llamadas amenazas nunca llegarían a consumarse, como tampoco sería descubierto jamás el autor o autores del brutal crimen que consternó profundamente a una pacífica y tranquila localidad. El procedimiento se archivaría en el juzgado y pasaría a engrosar la triste lista de casos sin resolver que un ejercicio tras otro se van sumando en comisarías y dependencias judiciales de España.

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Una mujer empareda a su marido en Granada en un crimen que se atribuyó su hija de trece años

Noticia de la sentencia en el diario IDEAL de Granada.

Fue un suceso que conmovió a la sociedad granadina de los años ochenta, principalmente por la forma en que se produjo. Tras el mismo se descubrió una tormentosa relación, en la que la pareja se soportaba, pero no se quería, siendo definida por la responsable del crimen como un «verdadero infierno». En un momento dado, aquel matrimonio saltaría por los aires cuando la mujer decidió terminar con la convivencia del modo más rápido y también más radical. Al atardecer del día 15 de septiembre de 1987, D.H.H., una mujer de 33 años, lo calculó todo para poner fin a la vida de su marido. Incluso, preparó el escenario para evitar que fuese descubierto el crimen, aunque casi siempre hay algún aspecto que falla y este no podría ser menos.

A pesar de que en un principio se atribuyó el crimen su hija de trece años, de igual nombre que su progenitora, la sentencia detallaba que fue la madre quien realmente disparó la escopeta con la que dio muerte a su esposo, Rafael Rodríguez Fajardo, de 36 años de edad. Previamente, habría suministrado algún somnífero a su cónyuge para evitar que pudiese defenderse. Luego, le ordenaría a uno de sus hijos pequeños, de solo once años, que cargase el arma para dar muerte a su padre. Al mismo tiempo, con el ánimo de que los vecinos de la barriada de La Cartuja escuchasen las detonaciones de los disparos, ordenó a sus otros dos hijos que hiciesen estallar algunos petardos en la calle, para generar así una confusión.

Las cosas en un principio salieron programadas tal y como había previsto la parricida, quien aprovechó que su marido se encontraba tumbado sobre un tresillo para dispararle mortalmente en la cabeza. No obstante, quiso cerciorarse de su muerte. Para lo cual, le propinaría un golpe con una piqueta en la cabeza, que le haría bramar una gran cantidad de sangre. Posteriormente, con la ayuda de su hija mayor, trasladaría el cuerpo exánime de Rafael a otra habitación de la casa, escena esta que sería presenciada por sus dos hijos pequeños, al tiempo que pudieron contemplar un gran rastro de sangre en el suelo de la vivienda que ocupaban. Los críos serían trasladados a la casa de su abuela materna, mientras madre e hija vagaban por el barrio sin rumbo fijo, con la única preocupación de encontrar un albañil que les ayudase a deshacerse del cuerpo de Rafael Rodríguez Fajardo.

Emparedamiento

No fue fácil la tarea, por lo que decidieron recurrir al novio de su hija, quien supuestamente también era el amante de la madre, Miguel Ángel Barroso, quien colaboró en la tarea del tapiado del cadáver de Rafael, tarea por la que cobraría la cantidad de dos mil pesetas. En aquel instante, llegó a casa su hijo Javier, quien se encargaría de dar cuenta al hijo mayor del matrimonio, Rafael, de la muerte de su padre, cuyo cuerpo había sido emparedado. Fue entonces, cuando D.H.H.. le contó la verdad a su primogénito espetándole que «ya me he deshecho del fresco antes de que él se deshiciese de mí».

Asombrado y anodado por tan macabra revelación, el joven decidió poner en conocimiento de la familia el suceso, quienes se dirigieron hacia la vivienda del matrimonio, introduciéndose en la casa por una ventana. Aquel breve espacio de tiempo fue suficiente para retirar el cadáver de su improvisada sepultura e introducirlo en unas mantas al tiempo que lo escondían debajo de una cama, donde sería hallado por los miembros de la familia.

Alertada la Policía del horrible crimen, se dirigió hacia el lugar de autos para intentar arrojar algo de luz en torno a un turbio y oscuro suceso, que conmovería profundamente a la ciudad de Granada. En un principio se declararía autora del crimen la hija de trece años, quien aseguraría ante los efectivos policiales que había sido ella la autora del disparo que acabó con la vida de su progenitor. En su relato sostendría que en el momento de producirse el suceso, su padre estaba amenazando con una navaja a su madre y que ella le apuntó con la escopeta para que cesase en su actitud, desconociendo que el arma se encontraba cargada. Sin embargo, posteriormente incurriría en algunas contradicciones que desmontaría por completo la supuesta coartada con la que se intentaba justificar el crimen.

28 años de cárcel

Un tenso juicio contra D.H.H. se desarrollaría en la Audiencia Provincial de Granada en los últimos días de junio y primeros de julio del año 1989, casi dos años después de un crimen que pasará a la historia de la ciudad nazarí. La principal encausada sería sentenciada a la pena de 28 años de prisión, así como a la indemnización con diez millones de pesetas a los hijos de la pareja. Entendía el tribunal que en el crimen había concurrido la agravante de premeditación, en tanto que descartaba que hubiese alevosía al no poder comprobarse que mediase una discusión entre los dos cónyuges.

La condena también abarcaba al novio de la hija, M.Á.B., quien era sentenciado a un año de cárcel, con la eximente de minoría de edad en el momento en el que ocurrieron los hechos, si bien debía de hacer frente a las costas solidariamente con la principal acusada. En este caso la pena venía motivada por haber actuado como encubridor de un crimen que consternó a la bella ciudad de Granada y que pasará a los anales de su eterna historia.

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