Una mujer empareda a su marido en Granada en un crimen que se atribuyó su hija de trece años

Noticia aparecida en el diario IDEAL de Granada

Fue un suceso que conmovió a la sociedad granadina de los años ochenta, principalmente por la forma en que se produjo. Tras el mismo se descubrió una tormentosa relación, en la que la pareja se soportaba, pero no se quería, siendo definida por la responsable del crimen como un «verdadero infierno». En un momento dado, aquel matrimonio saltaría por los aires cuando la mujer decidió terminar con la convivencia del modo más rápido y también más radical. Al atardecer del día 15 de septiembre de 1987, Dolores Herrerra Hernández, una mujer de 33 años, lo calculó todo para poner fin a la vida de su marido. Incluso, preparó el escenario para evitar que fuese descubierto el crimen, aunque casi siempre hay algún aspecto que falla y este no podría ser menos.

A pesar de que en un principio se atribuyó el crimen su hija de trece años, de igual nombre que su progenitora, la sentencia detallaba que fue la madre quien realmente disparó la escopeta con la que dio muerte a su esposo, Rafael Rodríguez Fajardo, de 36 años de edad. Previamente, habría suministrado algún somnífero a su cónyuge para evitar que pudiese defenderse. Luego, le ordenaría a uno de sus hijos pequeños, Javier, de once años, que cargase el arma para dar muerte a su padre. Al mismo tiempo, con el ánimo de que los vecinos de la barriada de La Cartuja escuchasen las detonaciones de los disparos, ordenó a sus otros dos hijos que hiciesen estallar algunos petardos en la calle, para generar así una confusión.

Las cosas en un principio salieron programadas tal y como había previsto la parricida, quien aprovechó que su marido se encontraba tumbado sobre un tresillo para dispararle mortalmente en la cabeza. No obstante, quiso cerciorarse de su muerte. Para lo cual, le propinaría un golpe con una piqueta en la cabeza, que le haría bramar una gran cantidad de sangre. Posteriormente, con la ayuda de su hija mayor, trasladaría el cuerpo exánime de Rafael a otra habitación de la casa, escena esta que sería presenciada por sus dos hijos pequeños, al tiempo que pudieron contemplar un gran rastro de sangre en el suelo de la vivienda que ocupaban. Los críos serían trasladados a la casa de su abuela materna, mientras madre e hija vagaban por el barrio sin rumbo fijo, con la única preocupación de encontrar un albañil que les ayudase a deshacerse del cuerpo de Rafael Rodríguez Fajardo.

Emparedamiento

No fue fácil la tarea, por lo que decidieron recurrir al novio de su hija, quien supuestamente también era el amante de la madre, Miguel Ángel Barroso, quien colaboró en la tarea del tapiado del cadáver de Rafael, tarea por la que cobraría la cantidad de dos mil pesetas. En aquel instante, llegó a casa su hijo Javier, quien se encargaría de dar cuenta al hijo mayor del matrimonio, Rafael, de la muerte de su padre, cuyo cuerpo había sido emparedado. Fue entonces, cuando Dolores Herrerra le contó la verdad a su primogénito espetándole que «ya me he deshecho del fresco antes de que él se deshiciese de mí».

Asombrado y anodado por tan macabra revelación, el joven decidió poner en conocimiento de la familia el suceso, quienes se dirigieron hacia la vivienda del matrimonio, introduciéndose en la casa por una ventana. Aquel breve espacio de tiempo fue suficiente para retirar el cadáver de su improvisada sepultura e introducirlo en unas mantas al tiempo que lo escondían debajo de una cama, donde sería hallado por los miembros de la familia.

Alertada la Policía del horrible crimen, se dirigió hacia el lugar de autos para intentar arrojar algo de luz en torno a un turbio y oscuro suceso, que conmovería profundamente a la ciudad de Granada. En un principio se declararía autora del crimen la hija de trece años, quien aseguraría ante los efectivos policiales que había sido ella la autora del disparo que acabó con la vida de su progenitor. En su relato sostendría que en el momento de producirse el suceso, su padre estaba amenazando con una navaja a su madre y que ella le apuntó con la escopeta para que cesase en su actitud, desconociendo que el arma se encontraba cargada. Sin embargo, posteriormente incurriría en algunas contradicciones que desmontaría por completo la supuesta coartada con la que se intentaba justificar el crimen.

28 años de cárcel

Un tenso juicio contra María Dolores Herrera Hernández se desarrollaría en la Audiencia Provincial de Granada en los últimos días de junio y primeros de julio del año 1989, casi dos años después de un crimen que pasará a la historia de la ciudad nazarí. La principal encausada sería sentenciada a la pena de 28 años de prisión, así como a la indemnización con diez millones de pesetas a los hijos de la pareja. Entendía el tribunal que en el crimen había concurrido la agravante de premeditación, en tanto que descartaba que hubiese alevosía al no poder comprobarse que mediase una discusión entre los dos cónyuges.

La condena también abarcaba al novio de la hija, Miguel Ángel Barroso, quien era sentenciado a un año de cárcel, con la eximente de minoría de edad en el momento en el que ocurrieron los hechos, si bien debía de hacer frente a las costas solidariamente con la principal acusada. En este caso la pena venía motivada por haber actuado como encubridor de un crimen que consternó a la bella ciudad de Granada y que pasará a los anales de su eterna historia.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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