Un niño de doce años mata de una puñalada a una joven de 24 en Badalona

Parque de las Palmeras, en Badalona, donde se produjo el mortal apuñalamiento

Badalona fue una de las ciudades españolas que experimento un mayor crecimiento demográfico a partir de la década de los sesenta, que se vería multiplicado en décadas posteriores, tanto por las grandes posibilidades económicas que ofrecía, entre ellas la de encontrarse en pleno cinturón industrial de Barcelona, como por su proximidad a la Ciudad Condal. Unido a ese notorio auge, vería también como surgían algunos núcleos marginales en los tiempos en los que la prosperidad económica no acompañaba a esta ciudad catalana. Estos últimos, formados por jóvenes de familias desarraigadas -las grandes víctimas de todas las crisis-, provocarían algunas olas de inseguridad ciudadana que le llevarían a copar portadas de los principales diarios nacionales por algunos sucesos que conmoverían, no solo a Cataluña, sino al resto de España, tanto por su crueldad como por la juventud de delincuentes.

La gran ciudad catalana, con más de 200.000 habitantes ya desde la década de los ochenta, fue uno de los caldos de cultivo perfecto para la proliferación de pandillas de jóvenes delincuentes, la segunda generación de emigrantes procedentes de otros puntos de la geografía española, que hastiados por la situación familiar se unían para atemorizar a distintos gremios badaloneses. Así, una noche navideña, concretamente del 26 de diciembre de 1983, un grupo de chavales de estas características, algunos de los cuales ni siquiera había entrado en la adolescencia, abordó a tres jóvenes que rondaban los 24-25 años con la clásica cantinela de solicitarles un duro, hasta el extremo de ponerse pesados. Las chicas, que se encontraban en el Parque de Las Palmeras y que se dirigían a recogerse a sus respectivos domicilios, trataron de quitárselos de encima, haciendo caso a sus peticiones, que eran las clásicas con las que perseguían a sus objetivos. No obstante, una de las tres muchachas, Nuria Cardona Codina, de 24 años, sin saber porque circunstancia, se retrasó ligeramente sobre el recorrido de sus compañeras. Este hecho sería aprovechado por los miembros de aquella pandilla, compuesta por unos siete u ocho chavales con edades comprendidas entre los diez y los trece años, para disponerse a acosarla con más ahínco. La joven trataría, sin éxito, de zafarse de aquel pertinaz acoso, ya que los jovencitos la amenazaron de manera reiterada con arrebatarle el bolso, a lo que la víctima opuso resistencia. Fue entonces en aquel momento cuando uno de los prematuros acosadores, J.R.C., de doce años de edad, sacó la navaja que portaba y le infirió una única puñalada a Nuria Cardona, que le alcanzaría el corazón después de haberle interesado el externón. Sus compañeras permanecían ajenas a lo que ocurría hasta que vieron a Nuria Cardona en el suelo, después de haber sufrido un mareo del que ya no despertaría jamás, formándose a continuación un impresionante charco de sangre. Una de las acompañantes de la víctima también se vería afectada por la macabra actuación de aquellos muchachos, pues aprovecharon la confusión del momento para propinarle una cuchillada en una pierna, debiendo ser atendida en un centro sanitario, aunque por fortuna sin mayores consecuencias.

Huída

Después de haber perpetrado el macabro crimen, los niños huyeron del lugar, perdiéndose por las distintas calles badalonesas, aunque una amiga de la joven fallecida sería capaz de reconocer el rostro de uno de los agresores gracias a una fotografía que le mostró la Policía. Mientras tanto, un conductor que se percató del suceso, ayudaría a las jóvenes a trasladar a su compañera, gravemente herida, hasta la Clínica del Carmen en la que ingresaría ya cadáver, sin poder hacer nada por salvar su vida.

El suceso causaría una gran conmoción en toda España, debido a la juventud de los atacantes, si bien es cierto que se tenía constancia de la existencia de estos pequeños grupúsculos que se habían reconvertido en peligrosas pandillas que actuaban de una forma que no parecía ni mucho menos casual. La propia policía de Badalona tenía constancia de la existencia de esta misma banda, a la que no dudaba en calificar «de muy peligrosa» y que centraba sus objetivos en pequeños hurtos y asaltos a tiendas, así como a viandantes, tal era el caso de Nuria Cardona Codina y sus compañeras.

A los pocos días, gracias a que una de las acompañantes de la víctima se había fijado en los rostros de aquellos muchachos, que mismo daban la sensación de ser bastante menores de lo que en un principio parecían debido a que eran muy bajos, procedería a la detención de todos ellos, que deberían comparecer ante la comisaría de Policía de Badalona acompañados de sus respectivos padres. Hecho este trámite, se encargaría de su custodia un Tribunal tutelar de Menores. La Policía indicaría que el joven autor del asesinato probablemente «se habría fumado un porro».

Más tarde, debido al gran impacto que causó este crimen, se supo que estas bandas proliferaban en los barrios marginales de Llefiá y Sant Roc, en los que la venta de estupefacientes y el desarraigo social habían hecho mella. Los muchachos pertenecían a familias desestructuradas y conflictivas en los que el desempleo había hecho mella, abandonando prematuramente la escolarización y que abandonaban durante varios días sus casas, a las que regresaban de forma esporádica. Su verdadera escuela se encontraba ahora en la calle y en ella hacían sus vidas, alternando el consumo de estupefacientes con el asalto a personas y a bienes particulares. Aunque, a raíz de este hecho se tomarían algunas medidas tendentes a erradicar este tipo de sucesos, desgraciadamente son todavía muchos los jóvenes que siguen sucumbiendo a la marginación y terminan siendo el caldo de cultivo ideal para los traficantes de estupefacientes, que hacen el agosto a su costa.

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Asesinados dos jóvenes hermanos por «El loco de Usera» en Madrid

Colonia de los Almendrales donde ocurró el trágico suceso

En el año 1981 los efectos de una gran crisis económica se estaban dejando sentir en España, a lo que se sumaba la proliferación del consumo de drogas que hacían mella en los barrios más humildes de las grandes ciudades españoles, que eran los peor parados como consecuencia de aquel grave momento que atravesaba el país. Era esta la época en las que las películas de Eloy de la Iglesia «El Pico», «El Pico 2» y «Navajeros» abarrotaban las salas de cine españolas tratando de primera mano el consumo de estupefacientes, principalmente la heroína, el narcótico que más vidas de jóvenes arruinaría de forma prematura en las zonas humildes de las grandes ciudades españolas.

Es en este contexto y en uno de estos escenarios ocurrirá un desgraciado suceso en la primavera de 1981. En aquel año, previo al mundial de fútbol que se celebraría en España, pululaba por la Colonia de los Almendrales, en el barrio de Usera de la capital de España un individuo de 26 años, Juan Andrés Mohedano Lasheras, quien, junto con su familia, llevarán la discordia y el horror al mencionado barrio madrileño. Durante más de un año, aquel muchacho, a quien apodaban «El loco de Usera», mantendría amenazado a todo el vecindario, que no fue capaz de recuperar la tranquilidad hasta que fue detenido. Durante todo ese tiempo, provisto de un hacha de leñador, se dedicaría a destrozar vehículos, puertas de domicilios y todo lo que encontraba a su paso, sin que nada ni nadie lo detuviese, a menos que se se arriesgase a convertirse en su víctima. Juan Andrés Mohedano contaba con un amplio historial delictivo, además de no encontrarse en su cabal juicio, pues había estado ingresado en el Hospital Psiquiátrico de Carabanchel en numerosas ocasiones.

El punto culminante de su carrera delictiva tendría lugar en la jornada del día 19 de mayo de 1981 cuando se dirigió alrededor de las dos y media de la tarde a un grupo de jóvenes que se encontraban charlando animadamente entre ellos en una pequeña plaza existente frente a la calle Visitación. En ese momento irrumpió portando una pistola cargada un individuo conocido como «El loco de Usera», quien amenazó a aquel grupo de amigos, centrándose su objetivo en dos de ellos que eran hermanos. Se aproximó por la espalda, sin que su víctima lo advirtiera y le dijo, en tono amenazante, «¿ Y ahora qué pasa? Sin pensárselo dos veces descerrajaría de un disparo a uno de los hermanos y posteriormente al otro, a quien tendría la sangre fría de rematarlo en el suelo de un disparo en la sien. Las víctimas eran Jorge y Guillermo Díaz Guerrero, de 26 y 25 años respectivamente. Posteriormente, Juan Andrés Mohedano huiría a pie por la calle Visitación, perdiéndose por las innumerables vías y correderas existentes en el barrio de Usera. El suceso, como es lógico, causaría gran conmoción en la zona y en toda la capital, pero muy especialmente en aquel distrito madrileño que ahora se sentía atemorizado por un energúmeno que les hacía literalmente la vida imposible.

Amenazas a la Policía

No contento con su macabra hazaña, en días posteriores al crimen, «El Loco de Usera» no dudó en llamar a la comisaría de Policía de aquel distrito madrileño para advertirles que aún disponía de dos cargadores con catorce proyectiles y que pensaba emplearlos contra el vecindario de la zona, lo que no hizo más que incrementar el desasosiego de sus residentes, quienes incluso temían a la familia de aquel temible asesino, pues les hacían la vida imposible. Era tal el miedo que despertaban que, incluso, la junta vecinal procedería a una recogida de firmas para tratar de expulsar a aquella familia del barrio. La madre del criminal, María Victoria Lasheras, llegaría a aprovecharse de la tensión y el pánico provocado por su vástago, solicitando favores a sus vecinos de forma muy autoritaria, además de amenazar a dos periodistas de un diario madrileño, a quienes nos dudó en llamar «cotorras», al tiempo que les decía: « Vosotros váis a ser los próximos en la lista».

En las jornadas subsiguientes al doble crimen ocurrido en el barrio de Usera se caracterizaron por la gran tensión que se palpaba en el ambiente y con el temor de que aquel energúmeno actuase de nuevo, ya que nadie se había imaginado que llegase a perpetrar un acto con tan fatales consecuencias. La Policía rodearía el edificio en el que residía la familia de Mohedano Lasheras, por si se le ocurría dirigirse a su domicilio. Se suponía que tal vez estuviese refugiado en la vivienda de algún amigo que, al igual que él, fuese un delincuente habitual y que le estuviese prestando protección.

Captura de «El Loco de Usera»

En la madrugada del día 25 de mayo Juan Andrés Mohedano tendía pensado pernoctar en un hostal del Paseo de Santa María de la Cabeza. Al llegar le solicitó al recepcionista que le devolviese inmediatamente su documentación, pues debía levantarse al día siguiente muy temprano. Quizás, temió sentirse reconocido. A partir de aquí se sabe que la Policía irrumpiría en aquel lugar alrededor de las doce y media de la noche. Se supone que fue reconocido por alguien anónimo y que había visto su fotografía en los muchos carteles que se repartieron por la capital de España.

Para proceder a su captura, se realizaría un gran despliegue en el que intervendría una docena de policías nacionales con metralleta en mano. Además, movilizarían varios coches patrulla que en todo momento evitaron hacer uso de sus alarmas para impedir la reacción del asesino de dos jóvenes tan solo dos días antes. Previamente, habían advertido al recepcionista de la peligrosidad de aquel individuo que se hospedaba en aquel establecimiento.

Los encargados de sus detención serían dos inspectores, una vez que la Policía tomó literalmente aquel centro hostelero. Sin darle tiempo a que reaccionase, derribaron bruscamente la puerta de la habitación que ocupaba «El Loco de Usera», quien ofrecería una dura resistencia a la entrada de los agentes, uno de los cuales sufriría la ruptura de uno de los dedos de su mano derecha en el transcurso del forcejeo mantenido con el criminal, quien inmediatamente fue conducido a la comisaría del barrio madrileño de Mediodía. En el momento de ser detenido le fueron incautadas 15.000 pesetas, tres anillos de oro y la pistola Star 7.5 con la que había perpetrado el doble crimen días antes. Con su detención, respiraban por fin tranquilos los vecinos del humilde distrito de Usera, aunque sería uno de los que más sufriría en Madrid las consecuencias de la inseguridad ciudadana motivada por el consumo de estupefacientes, principalmente heroína que seguiría destrozando la vida de una gran parte de sus jóvenes, víctimas del desarraigo familiar, la crisis económica y el creciente desempleo que alcanzaría su cénit en 1984.

Juan Andrés Mohedano, debido a los graves desesquilibrios mentales que padecía, probablemente motivados por su adicción a las drogas, sería ingresado de nuevo en el Hospital Psiquiátrico de Carabanchel, cumpliendo su condena en varios centros penitenciarios de España destinados exclusivamente a este tipo de reclusos. La familia de las víctimas vería resarcida su indemnización por parte del Estado, al entender que el doble crimen había obedecido al deficiente funcionamiento en la vigilancia de un individuo considerado altamente peligroso, aquel mismo que convirtió en un verdadero infierno el barrio madrileño de Usera, en el que muchos de sus jóvenes emulaban a los ingratos héroes de las películas de Eloy de la Iglesia.

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Asesina a tres personas en Navarra sin móvil aparente y después se suicida

Los hechos sucedieron en un paraje de la Sierra de Urbasa

En un principio este suceso podría tener algunos ribetes de intencionalidad político, tanto por quienes fueron sus víctimas como por la personalidad del asesino, Jesús Teodoro Aramendia Bengoetxea, un antiguo camionero de 37 años, que se había acogido a medidas de reinserción social del Ministerio del Interior, tras haber sido colaborador de ETA. Su vinculación con el grupo terrorista databa del año 1983 cuando trasladó ocultos en su camión a Madrid a los secuestradores del empresarioDiego Prado y Colón de Carvajal, aunque según su versión, había realizado aquel encargo por miedo a sufrir represalias por parte de la organización terrorista.

En la tarde del día 4 de septiembre de 1988 en torno a las tres y media, Teodoro Aramendia tomó su vehículo, un Citroën Dyane 6 y se dirigió a una finca situada en el término municipal de Alsasúa en la que dos familias se preparaban para disfrutar de un día de fiesta. A la entrada le esperaba el guarda de la finca, Patxi Rey Torres, un joven de 30 años, con quien mantuvo unas palabras antes de acceder al interior después de que este último retirase la cadena que impedía el acceso de vehículos. Posteriormente, y sin mediar palabra, disparó varias veces contra el guarda, a quien dejó malherido y terminaría falleciendo poco tiempo después en el Hospital Comarcal de Estella, apreciándosele un total de seis disparos realizados con una escopeta de postas, cuatro en el hombro, una en el espacio intercostal y otra en la cabeza que le produjo la pérdida de masa encefálica.

Nadie en la finca se percató de lo acontecido. Es más, Teodoro Aramendia pasaría por delante de la casa que se encontraba en el interior del recinto y divisó al resto de las pesonas que participaban en lo que prometía ser una pacífica reunión familiar. Al dar la vuelta, se aproximó de nuevo al edificio, descendió de su coche y se lio a tiros con dos de hombres que se encontraban preparando besugos asados para comer. Al igual que había hecho con el guarda, dispararía sin mediar palabra contra Celestino San Martín, de 51 años, que era el alcalde independiente de la localidad navarra de Zidaure y Porfirio Ros, de 46 años, que le acompañaba en la comida. Ambos fallecerían en el acto.

El resto de la familia huyó del lugar en un momento de zozobra, refugiándose las mujeres y los niños en las habitaciones y en otras estancias de la casa ante el temor de que pudiesen correr la misma suerte. Es más, pudieron contemplar como aquel hombre que había dado muerte ya a tres personas se disponía a cargar de nuevo su arma homicida, que era propiedad de uno de sus hermanos, quizás para continuar con su orgía de sangre, aunque se desplazaría a la borda (una granja de pastoreo ubicada en la misma Sierra de Urbieta), donde pondría fin a su vida de un disparo en la cabeza.

«Me iban a matar»

Jesús Teodoro Aramendia no ocultó sus temores a los suyos a las posibles represalias por parte del grupo terrorista del que había sido colaborador. Aunque nadie se explicaba a que obedecía aquel terrible crimen múltiple, lo cierto es que el ex-recluso estaba obsesionado con la reacción de ETA hacia su persona. Algunos especialistas en la materia calificaron su pánico a lo que se conocería como «Síndrome de Yoyes», en referencia a la antigua dirigente etarra María Dolores González Catarain, quien había sido asesinada por la propia banda terrorista el 10 de septiembre de 1986 cuando se encontraba paseando con su hijo de tres años por las calles de San Sebastián.

La prueba más fehaciente del temor que atenazaba al antiguo colaborador de ETA fue una breve nota que dejó dirigida a su hermano Antonio en la que le decía literalmente «Para que os voy a decir nada. Nos veremos en el otro mundo. Hice esto porque me iban a matar». Se sabe que Jesús Teodoro Aramendia conocía a dos de sus víctimas, aunque no tenía una relación profunda con ninguna de ellas. Asimismo, tanto sus familiares como los de las víctimas descartaron también cualquier desavenencia entre verdugo y víctimas. Tampoco se supo jamás el motivo que le había llevado a perpetrar aquel triple crimen, del que se descartó cualquier intencionalidad política, a pesar de que una de las personas fallecidas ocupase la alcaldía de la pequeña localidad de Ziadure, un núcleo de poco más de 200 habitantes enclavado en la Sierra de Urbasa. De hecho, el juez encargado del caso archivaría a los pocos días las diligencias al entender que el criminal había actuado en un suspuesto estado de enajenación mental.

Un hermano del triple criminal manifestaría a distintos medios de comunicación que, Teodoro Aramendia no sufría, en apariencia, ningún tipo de enfermedad mental, aunque desde que había salido de prisión había limitado sus contactos, haciendo una vida social pobre en la que únicamente se limitaba a visitar a sus padres. Lo que sí había podido comprobar es que «se había vuelto más taciturno» con una tendencia general al aislamiento que le había llevado a reconvertirse en pastor en la Sierra de Urbieta, contando para ello con una borda, situada a escasamente dos kilómetros del lugar donde había cometido los tres asesinatos.

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Un asesinato resuelto ocho años después (El crimen de Caspe)

Página de EL HERALDO DE ARAGÓN dando cuenta del suceso

Hay un viejo dicho que, a pesar ser una historia macabra y dolorosa, se le podría aplicar a este caso acontecido hace ya más de cuarenta años, aunque no sería resuelto hasta el año 1986, que es la clásica máxima española de que «nunca es tarde si la dicha es buena». Eso debieron pensar sus investigadores que no cejaron su empeño hasta conseguir esclarecerlo después de que una mujer, Manuela Sánchez Expósito, madre de una extensa prole de diez hijos, llamase a un programa de radio, de curioso y rocambolesco nombre «El teléfono del más allá», a cuyo frente se encontraba una famosa vidente, quien sería la encargada de darle la mala nueva a aquella pobre mujer, exasperada por el destino de su hija, a quien no veía desde hacía ya un montón de años. Y lo que era peor, en ese período de tiempo no había vuelto a tener noticias de su infortunada vástago, Antonia Torres Sánchez, una joven de tan solo diecienueve años cuando ocurrió este suceso. La vidente no se ahorró palabras y fue directamente al grano, corrigiéndole incluso que su hija no había desaparecido hacía nueve años, como ella decía, sino ocho. Además, le daba cuenta que había muerto asesinada, lo que es de suponer que puso la piel de gallina a a aquella pobre oyente de radio, quien también le suplicó que le aportase más detalles. Como no podía hacerlo, le remitió a un detective privado, Jorge Colomar, quien además tranquilizó a Manuela Sánchez comentándole que no le cobraría honorario de ningún tipo por su trabajo, que daría sus frutos y resultaría del todo eficaz.

La madre de la muchacha desaparecida aportaría algunas fotos y algunos datos que resultaron determinantes para la resolución del caso. Así, le indicó que su hija se encontraba saliendo con un joven de edad similar a la suya en el momento de su desaparición que se llamaba Fernando Olmos. El detective también estudió otros datos de Antonia Torres, tales como que debería haber renovado su documento nacional de identidad en 1980. Sin embargo, esa gestión no llegó a realizarse jamás. A principios de agosto de 1986 se dirigió a la casa familiar del antiguo novio de la joven. Allí encontró a la madre del muchacho, quien le habló mal de la mujer desaparecida, de quien no sabía nada desde hacía ya muchos años y tampoco quería saber nada de ella. No obstante, a las diez de la noche de aquel mismo día se entrevistaría con su hijo, Fernando, quien ofreció una versión distinta a la de su madre, lo que daba a entender que no habían hablado entre ellos sobre el investigador que les había hecho la visita. En su testimonio encontraría algunas contradicciones, así como en el destino que había llevado la mujer sobre la que preguntaba. Su antiguo prometido, que ahora estaba casado y era padre de un hijo, le dijo que «cierta noche del mes de marzo de 1978 la dejó en su vehículo y desapareció con 200.000 pesetas que tenía él en la cartera. Desde entonces no la he vuelto a ver ni a saber nada de ella».

Jorge Colomar también había hablado con unas amigas de la víctima, quienes le manifestaron que Antonia Torres se encontraba embarazada cuando se produjo su desaparición, circunstancia esta que le permitió atar ciertos cabos. Algún tiempo después remitiría un informe a la Policía de Barcelona, quien a su vez se lo remitiría a la Jefatura Provincial de Zaragoza, y a partir del cual se iniciaría una ardua investigación que terminaría dando sus frutos.

Un aborto

La Policía comenzó a interrogar a Fernando Olmos, del que sospechaban que estaba involucrado en la desaparicion de Antonia Torres Sánchez. En un primer instante les confesó que quien entonces era su novia se encontraba embarazada y habían recurrido a una mujer que practicaba abortos clandestinos en las inmediaciones de la zaragozana Plaza de San Francisco (la interrupción voluntaria del embarazo no era todavía legal en España) y que supuestamente habría sufrido una hemorragia a consecuencia de la cual falleció y quemó el cadáver y lo enterró en una cabaña a la que acudían cazadores y pescadores de la zona. Lo que desconocía el todavía presunto autor de la desaparición de Antonia Torres es que la Policía iba a investigar una por una cada una de sus declaraciones y pudieron certificar que Fernando mentía en el sentido de que no había ninguna mujer que se dedicase a la práctica de abortos ilegales a lo largo de la extensa comarca por la que él se movía habitualmente. Lo que sí existía era la cabaña a la que aludía en su declaración, aunque había cambiado de propietario, debido al período de tiempo transcurrido. El nuevo propietario les dijo que había encontrado unos huesos, pero que pensó que eran de animales y los tiró en un barranco, convertido ahora en basurero.

La Policía, provisto del material necesario y con Fernando Olmos ya detenido desde el día 1 de diciembre de 1986, encontrarían en el paraje conocido como Sierra de Baldurrios, a 24 kilómetros del núcleo de Caspe, diversas partes de un cuerpo humano, entre ellas un trozo de húmero con cabeza, varios trozos de cráneo y varias vértebras. Asimismo hallarían algunas pertenencias que eran propiedad de Antonia Torres, entre ellas una toquilla y un estuche de cosméticos, ya deteriorado por el paso de los años. El hallazgo de los trozos de tela serían fundamentales, pues serían reconocidos por las amigas de la infortunada.

El análisis forense fue la pieza clave y definitiva que terminaría por arrinconar a Fernando Olmos. Según el mismo, los restos humanos hallados en aquel paraje pertenecían a una mujer que en el momento de su muerte podría contar con unos 20 años (Antonia tenía 19). Además, se pudo certificar que en uno de sus parietales había recibido un balazo efectuado con una escopeta a una distancia de cuatro o cinco metros, que terminaría con su vida de manera fulminante. Con tantas pruebas en su contra, terminaría por confesar el crimen ocurrido el día 7 de marzo de 1978. El acusado dijo a la Policía que conocía a la joven desde tres años antes, cuando ella había llegado a Zaragoza procedente de la localidad cordobesa de Baena y que tras un tiempo de relaciones ella se quedó embarazada, siendo ambos muy jóvenes, a lo que se sumaba el hecho de que la madre de Olmos detestaba a la chica, por lo que decidió eliminarla al negarse a abortar, debido a las constantes disputas que mantenían a consecuencia de aquel embarazo no deseado, Para ello, un mes antes del crimen había adquirido una carabina en una armería de Zaragoza, de la que se deshizo pocos días depués revendiéndola a una tercera persona, extremo este que sí pudo comprobar la Policia.

20 años de cárcel

El día 3 de abril de 1989 se iniciaba en la sala de lo penal de la Audiencia Territorial de Zaragoza el juicio contra Fernando Olmos por un crimen que se había cometido once años antes. Como era de prever, el proceso despertó una gran expectación en la capital aragonesa y en el transcurso del mismo, que duró tres jornadas, destacó la frialdad del encausado, quien manifestó su «arrepentimiento» por aquel crimen que había perpetrado en los idus de marzo de 1978. Apuntaría también que en aquellos largos once años no había podido dormir tranquilo y que a partir de aquel instante sí podría hacerlo.

El fiscal lo acusó de una asesinato con alevosía por lo que solicitó una condena de 20 años de prisión y la indemnización con cuatro millones de pesetas a los familiares de Antonia Torres. La acusación particular elevaba a doce millones la cantidad con la que debería recibir la familia de la víctima en concepto de responsabilidad civil. Su defensa hizo hincapié en la psicosis maníaco depresiva que sufría el acusado, lo cual alteraba ligeramente sus capacidades mentales, aunque no las disminuía.

Finalmente, Fernando Olmos sería sentenciado a 20 años de cárcel y al pago de cuatro millones de pesetas a los herederos de Antonia Torres Sánchez, cuya familia vio satisfecho su deseo de que se hiciese justicia por un crimen que había ocurrido hacía ya más de una década y en cuya resolución participó una vidente. ¿Puede ser creíble que los mediums sean capaces de resolver lo que a la Policía y las fuerzas de seguridad les resulta tan complicado? El lector siempre tendría la última palabra.

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Asesina a su amante y a sus dos hijos y después arroja los cuerpos al mar en Santander

Los cuerpos fueron arrojados en el paraje de San Román de la Llanilla

No cabe ninguna duda que fue uno de los hechos más impactantes de aquel verano de 1972 en el que España se atiborraba de turistas por los cuatro puntos cardinales. Era una época estival, aunque el sol no lucía para todo el mundo por igual. El suceso ocurrió un 19 de julio, un día después de las conmemoraciones festivas del aniversario del levantamiento militar de 1936, aunque tardaría unos días en saberse. La culpa de todo fue que el autor del execrable crimen no tuvo en cuenta con que las mareas terminarían por descubrir su obscena fechoría en la localidad cántabra de San Román de la Llanilla, distante apenas cinco kilómetros de la entonces capital de provincia, Santander, hoy cabecera principal de la comunidad autónoma de Cantabria.

El impacto emocional, unido al susto inicial, debió de ser escalofriante para un vecino del lugar al descubrir el 24 de julio de 1972 los cuerpos de una mujer adulta y dos niños muy pequeños fuertemente sujetados con cuerdas, a las que se le habían añadido hábilmente algunas piedras con el objetivo de que no flotasen. Sin embargo, el descenso de las mareas provocaría que los cadáveres quedasen al descubierto e inmediatamente se descubrío que pertenecían a Augusta Custodia Ferreira, una ciudadana lusa de 30 años, que era viuda y madre de los dos niños hallados junto a ella, Luis de siete años y Raquel, de catorce meses.. Informados los miembros de la Guardia Civil de aquel macabro hallazgo, iniciaron las oportuna indagaciones con la finalidade de descubrir al criminal. Casi todas las pistas apuntaban en una misma dirección y a un mismo individuo, Domingo González Pérez, un hombre de 43 años, cuya conducta había sido bastante conflictiva y que convivía con su víctima y los dos hijos desde hacía poco más de un mes.

Cuando prestó declaración ante la Benemérita negaría todos los cargos que le imputaban, a pesar de que había bastantes pruebas que le incriminaban directamente. Entre ellas, la huida en un taxi cuando agentes de la Guardia Civil procedieron al registro domiciliario de la casa que habitaba, negando que este hecho tuviese algo que ver con el triple crimen que conmocionaria profundamente a la provincia cántabra en el verano de 1972.

Una discusión

Después de ser acorralado por la contundentes pruebas que había en su contra, el individuo en cuestión terminaría confesando el crimen y ofreciendo detalles sobre el mismo. Al parecer, el mismo habría venido motivado a consecuencia de una fuerte discusión que mantuvo con la mujer, suscistada por que esta le habría pegado a uno de los pequeños, a quien él, supuestamente, le profesaba un gran cariño, a pesar de que su actitud demuestre más bien todo lo contrario. Augusta Custodia habría intentado agredir a Domingo González con un hacha y este se habría defendido tomando un palo que se encontraba sobre una silla. Llegado el momento habría descargado su furia sobre la mujer, propinándole un golpe en la cabeza que le ocasionaría una conmoción. Posteriormente, asustado al ver el resultado, la estrangularía con un cordel que tenía a su disposición.

La muerte de los pequeños estaría motivado en su afán de no dejar testigos que le pudiesen incriminar. Para ello,empleó el mismo palo que había usado para dejar incosciente a su madre. Después de haber cometido aquella horrible matanza, idearía un plan para deshacerse de los cuerpos, tanto de la que era su amante, como las dos criaturas de esta. Nada mejor que arrojarlos al mar fuertemente asidos con cuerdas en una manta, a la que añadiría piedras para que los cuerpos no flotasen, aunque, como se ha comentado anteriormente, no contó con el descenso de la marea en los días posteriores, pues el día de autos estaba bastante alta.

En su macabra fechoría se encontraría con el problema de que la mujer pesaba demasiado, unos sesenta kilos, para ser transportada en brazos. Para su traslado, empleó una silla de bebé que era de la hija pequeña de Augusta Custodia. Al igual que había hecho con los niños, Domingo González también amarró con una cuerda algunas piedras al cadáver. El día del hallazgo de los cuerpos, se podía ver sobre la arena de la playa la pequeña silla utilizada en el crimen y que ofrecía una imagen y un reflejo dantesco y patético del horrible crimen.

45 años de cárcel

En abril de 1973 se celebraría la vista oral contra el autor de aquel triple crimen que dejaría una impresionante huella en el territorio cántabro y del que se sigue hablando de manera indeleble. A pesar de que eran otros tiempos, y que había un mayor control que en nuestros días, no faltaron las escenas de dolor y pesar, así como las recriminaciones para Domingo González Pérez, para quien muchos ciudadanos cántabros solicitaban que fuese ajusticiado, circunstancia que no hubiese resultado extraña ya que otros energúmenos con menores delitos que él pasaron por el cadalso durante la Dictadura franquista.

Finalmente, se tuvieron en cuenta algunas eximentes, tales como la supuesta afición a la bebida por parte del encausado, así como una supuesta enajenación mental en la consideraciones provisionales por parte de la fiscalía. Domingo González Pérez sería finalmente condenado a una pena de 30 años de prisión menor por el asesinato de los dos pequeños y 15 de reclusión mayor por el asesinato de quien había sido su compañera sentimental.

No obstante, el criminal se vería beneficiado por distintas medidas de gracia, entre ellos el indulto masivo que concedió Juan Carlos I con motivo de su ascenso al trono. En su caso la pena se vería sensiblemente rebajada. A mediados de los años ochenta del siglo pasado, el criminal que tiño de luto la siempre hermosa costa cántabra en el verano de 1972 ya se encontraba en libertad provisional. Muy poca condena para tan tamaña barbaridad.

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El misterioso asesinato del presidente del Club Deportivo Málaga

Equipo de CD Málaga en la época en la que era presidente Antonio Rodríguez López

Corría el verano del año 1971 y la Costa del Sol se encontraba atestada de turistas extranjeros, como solía ser habitual en los meses de julio y agosto. Media España se encontraba ya de vacaciones y la otra media haciendo las habituales labores agrícolas estivales en lo que todavía era un país eminentemente rural, aunque bastante menos que diez años antes. Al espléndido sur peninsular había llegado hacía ya once años un hombre trabajador y rudo, que había estado trabajando como emigrante en distintos países europeos y también en los Altos Hornos de Vizcaya. A pesar de que tan solo contaba con 36 años, Antonio Rodríguez López, un gallego de Ourense, era ya un fornido empresario que había alcanzado la presidencia del Club Deportivo Málaga, equipo que, de su mano, había conseguido retornar a la Primera División del fútbol español y se había convertido en la gran revelación de la temporada 1970-71. En aquel mítico once despuntaban jugadores de la categoría del guardamenta Deusto, el mítico futbolista local Migueli, su estrella Sebastián Viberti, Vilanova, Conejo o su defensa José Luis Monreal. Aquella fue la base de una magnífica escuadra que se mantendría a lo largo de más de un lustro en la División de Honor del fútbol español.

Se decía que al presidente del equipo malaguista le encantaba hacer alarde de una indisimulada ostentación y de los muchos logros personales que había alcanzado en el mucho tiempo que había dedicado a trabajar duramente para labrarse su magnífica posición social. Así debía ser, pues el día 30 de julio de 1971, fecha en que fue asesinado, viajaba a bordo de un Ferrari azul quee estaba a nombre de su esposa cuando, en teoría, fue abordado por dos elementos que le estaban aguardando mientras portaban sendos estiletes. Antonio Rodríguez López llevaba siempre consigo al cinto una pistola, pues temía por su integridad física, aunque algunos atribuyen el hecho de que fuese armado a distintas irregularidades en sus negocios en los que se había granjeado un buen número de enemigos. Al parecer, según el periodista deportivo Alfredo Relaño, el presidente del equipo malagueño descendió de su vehículo para recriminarles a aquellos dos individuos el hecho de que estuviesen vigilándolo desde un árbol que se encontraba en la calle y desde el que podrían divisar tanto su jardín como su magnífico chalet, conocido como «Villa Mercedes», en una exclusiva urbanización del municipio turístico de Torremolinos. Sin embargo, uno de sus agresores, un joven de veintisiete años, Mariano Cerezo Cerezo, natural de Murcia, empuñó su arma, asestándole hasta cuatro cuchilladas que resultarían mortales para el dirigente deportivo. Este todavía tiempo de efectuar un par de disparos que también alcanzarían gravemente a su agresor, quien fallecería aquella misma noche en el hospital. Según la autopsia dos de las puñaladas le habrían alcanzado el corazón, otra el costado y una última en la garganta. El otro delincuente que acompañaba al fallecido, considerado como de «poca monta» por la prensa de la época, se esfumó y jamás se supo que había sido de él, pues no sería detenido.

A partir de aquel brutal crimen, que consternaría a la ciudad de Málaga y a toda la Costa del Sol, comenzaría un rosario de elecubraciones que llegan hasta nuestros días, más de cincuenta años después, sobre quien o quienes se encontraban detrás de aquel asesinato. Se señalaba directamente al entorno que frecuentaba Rodríguez López y aseguran que al autor al que atribuyen las puñaladas que le costaron la vida al presidente del club malacitano fue un sicario, acompañado por la otra víctima mortal. Según esta versión, pretendían deshacerse del conocido empresario y simularon un enfrentamiento con un delincuente, desapareciendo ambos para evitar dejar pruebas. Del tercer hombre, no se tuvo constancia hasta días después del crimen, en el que aparece en distintas informaciones periodísticas. Según las mismas, y a raíz del testimonio de una de las empleadas de hogar que trabajaban en el domicilio del directivo malaguista, se escuchó como un individuo decía a otro: «corre que viene la Policía«.

El entierro de Antonio Rodríguez López tendría lugar al día siguiente de su asesinato, constituyendo una de las manifestaciones de duelo más grandes que jamás se recuerdan en la capital de la Costa del Sol.

Amenazas

En los archivos de la Policía de Málaga constan algunas denuncias presentadas por el abogado que representaba al presidente del equipo del fútbol, aunque no se sabía exactamente de quien podrían proceder y algunas sospechas apuntaban a algún ajuste de cuentas. Un dato relevante en este suceso es que Antonio Rodríguez debía reunir hasta cinco millones de pesetas, una gran cantidad para la época y que al parecer debía entregar a una tercera persona a las nueve de la noche del mismo día en que se cometió el crimen. Algunos directores de sucursales bancarias de la capital malacitana llegaron a comentar que el presidente del equipo de fútbol se había pasado por sus oficinas con el objetivo de recabar la mayor cantidad de efectivo posible.

Otras fuentes periodísticas posteriores al día en que tuvo lugar el sangriento crimen, apuntaban a que el presidente del CD Málaga estaría siendo objeto de una extorsión por parte de alguna persona que pretendía conseguir dinero, aunque no se especifica que clase de persona. Aunque resulta extraño que un par de vulgares delincuentes, al menos que falleció como consecuencia del asesinato de Rodríguez López, fuesen capaces de chantajear a todo un empresario que había sido propietario de un hotel en la Costa del Sol, el cual había vendido de forma reciente por a quel entonces a una sociedad alemana, aunque lo regentaba él mismo en calidad de arrendatario.

A diferencia de lo que acontece en nuestros días, el seguimiento periodístico por el asesinato de Rodríguez López tendría un corto recorrido informativo, dejando prácticamente de ofrecer noticias a los pocos días de haberse perpetrado el crimen. Las informaciones que aparecían en los medios por cuentagotas se limitaban a hablar de la existencia de un «tercer hombre», además de indicar que había existido lucha entre víctima y agresor. Sin embargo, lo cierto es que España vivía todavía bajo el yugo del general Franco y desde el Ministerio de Información y Turismo se pretendía ofrecer una buena imagen a los muchos visitantes que se acercaban a las costas españolas y no es menos cierto que un crimen, sobre todo si era de carácter mafioso -como parece ser el caso- no era la mejor carta de presentación a quienes venían a exhibir sus partes impúdicas a una sociedad todavía muy conservadora y que venían a disfrutar del sol y el calor, que era y sigue siendo uno de los principales productos que tan bien vende la Costa del Sol.

Más de medio siglo más tarde, son muchos quienes piensan que el crimen que costó la vida a Antonio Rodríguez López estaría motivado por su asombrosa ascensión económica, labrada en muy pocos años, probablemente hallándose inmerso en turbios negocios y también rodeado de una cuadrilla de dudosos amigos, que sabían a que sombra arrimarse en opacas empresas que se hacían al socaire del paraíso fiscal y económico que representaba ya el Peñón de Gibraltar. Sea como fuere, en este caso, al igual que en otros similares nunca se sabrá lo que realmente motivó la eliminación de un presidente de un equipo de fútbol, que se había ganado el respeto de su afición y de toda su afición. ¿Un crimen perfecto o un crimen mafioso? O tal vez ambas cosas cosas al mismo tiempo. Esas son las grandes preguntas que ha dejado un asesinato que hizo saltar todas las alarmas en una de las capitales del verano español en plena temporada de estío.

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Ejecutado en el garrote vil por violar y asesinar a una niña en Ribarroya (Soria)

Ribarroya, el pueblo en el que tuvo lugar el horrible crimen

Al hablar de los tiempos de la Posguerra española casi siempre se repite lo mismo. Años de hambre, necesidad e infamia, bajo una cruenta dictadura que lo pretendía controlar todo o casi todo, aunque no siempre estuviese a su alcance. En aquel entonces, uno de los más oscuros episodios de la crónica negra española se registraría en la pequeña localidad de Ribarroya, una pequeña pedanía perteneciente al término municipal de Aldealafuente, en la provincia de Soria, en lo que es hoy en día la España vaciada, que en aquel entonces contaba todavía con más de dos centenares de vecinos, cifra que en nuestros días se ha quedado reducida a apenas dos decenas de habitantes.

Tanto el escenario, como el criminal y las circunstancias en que se produjo nos retrotraen a una España rural y atrasada, en la que oficialmente se daban por finiquitadas en aquel mismo año las cartillas de racionamiento, pero no a las carencias que sufría una población sin esperanza y sin ilusión en un territorio que ofrecía muy escasas posibilidades y alternativas. La historia comienza con la llegada de un joven vagabundo de 19 años al pueblo, Carlos Soto Guitérrez, que era el clásico producto que salía de los orfanatos y hospicios de aquella maltrecha España de la década de los cuarenta y los cincuenta. El chaval se había fugado del centro en el que se había criado, tras haber permanecido en el mismo de los seis años, cuando había perdido a su madre. Su progenitor parece ser que había perecido en el transcurso de la Guerra Civil española.

Carlos Soto llegó solicitando auxilio y limosna al vecindario. Una buena mujer, madre de una extensa prole -como solía ser habitual en la época- se apiadó de él y le dio una caridad. En el día de autos, el 22 de marzo de 1953 estuvo merodeando por el pueblo y comenzó a acosar insistentemente a una niña de trece años, Purificación Tejero Jimeno, hija de la mujer que lo había socorrido. La criatura se dedicaba al cuidado de un rebaño de ovejas de la familia cuando fue abordada por aquel muchacho, que era un claro candidato a la marginación, sino es que ya era un producto de la misma.

Con una piedra

Al parecer, según algunos relatos, la niña se resistió a los deseos de Carlos Soto Guitíerrez, quien no duda en emplear lo que tiene a su alcance para conseguirlo. Sin embargo, Purificación Tejero se resistirá, siendo idealizada por la prensa de la época como el modelo de mujer a seguir, destacándose que había «defendido su pureza y castidad», además de haber asistido a misa y comulgado la misma mañana, previa a su muerte. En vista de la resistencia de la pequeña, su verdugó optó por darle un golpe con una gran piedra. Posteriormente, emplearía otra de gran tamaño para machacarle definitivamente la cabeza. Se dice también, y no es para menos, que la muerte que llevó la criatura fue horrible. No contento con su cruel patraña, el energúmeno en cuestión se llevaría consigo el cadáver, escondiéndolo entre sus pertenencias en las inmediaciones del río Tajo. Una vez muerte, profanaría el cuerpo de la niña, que sería encontrado días más tarde. Todas las miradas se dirigían a aquel vagabundo que había llegado al pueblo en aquel infortunado día de primavera.

Debido al clima religioso imperante, enseguida se comenzó a idealizar de una manera un tanto fantástica la actitud de Purificación Tejero Jimeno por parte de las autoridades de la época, siendo las religiosas quienes más inicidiran en las virtudes morales de tan joven víctima. Su figura, incluso, llegará a trascender hasta nuestros días con el recuerdo perenne en una de las estaciones del viacrucis que hay en la pequeña localidad, a cuyo pie se situó una de las piedras empleadas por el criminal que le quitó la vida. La otra piedra sería llevada hasta su iglesia parroquial, conservándose como si fuera una sagrada reliquia.

Una vez cometido el atroz crimen, que daría lugar a una gran leyenda no exenta de los clásicos cantares de ciego, Carlos Soto Gutiérrez iniciaría una nueva peregrinación sin rumbo, al sentirse perdido sin saber que camino tomar ni a dónde ir. Su deambular duraría apenas una semana pues el día 28 de marzo sería detenido por la Guardia Civil en Navaleno. En aquellos seis largos días de tensión había recorrido algo más de sesenta de kilómetros. Unas botas que llevaba en el macuto que portaba sirvieron para delatarle, pues se las había regalado un vecino de Ribarroya.

Condenado a muerte

Pocas o casi ninguna posibilidad tenía ya Carlos Soto de salir airoso de su brutal crimen. Apenas siete meses después de haberlo perpetrado se iniciaba el proceso en su contra en la Audiencia Provincial de Soria. El veredicto fue contundente y prácticamente inapelable. Condenado a muerte. Solamente le quedaba recurrir al Tribunal Supremo, quien ratificaría tan cruel sentencia. Tampoco el Consejo de Ministros ni el Jefe del Estado tuvieron conmiseración alguna de quien no dejaba de ser un pobre hombre, fruto de las circunstancias de su tiempo y de una época en la que la comprensión no era una característica muy común entre una sociedada que tan solo clamaba venganza por la muerte de la joven pastorcilla, tal y como se encargaba de reflejar la prensa de la época.

Una vez más entraría en acción la figura del célebre verdugo, «El Corujo», Antonio López Sierra, quien recordaría para un documental de Martín Patino el suceso ocurrido en tierras castellanas. Al parecer, cuando tuvo lugar la ejecución, prevista para el 5 de febrero de 1955, el reo, con el lógico disgusto ante su inminente muerte, le dijo sino iba a tener compasión por él, a lo que el ejecutor de sentencias respondió de forma contundente y no exenta de socarronería: «La misma que tuviste tu con la muchacha». Y así se marchó para el otro mundo, comentaba en el célebre episodio cinematográfico.

Lo cierto es que nadie pone en duda la atrocidad del salvaje crimen cometido por Carlos Soto Gutiérrez, tampoco es menos cierto que aquel chaval era uno de tantos que se criaba en los antiguos hospicios, presididos por una férrea y brutal mano dura, que no hacía otra cosa que recordarles lo desgraciados que eran y que solo les aguardaría una vida llena de tragedias y penurias, como terminaría sucediendo en multitud de casos. Jamás se encargaría nadie de inculcarles un sano sentimiento del deber y el posterior aprovechamiento, que tal vez hubiesen evitado lamentables episodios como este o similares. Ni que decir tiene el fomento de una no menos sana autoestima, que tal vez hubiese evitado que este joven y muchos otros como él se convirtiesen en auténtica carne de cañón para la delincuencia, acabando sus días de la peor forma posible.

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La envenenadora de Valencia: La última mujer ejecutada en el garrote vil en España

Portada de EL CASO dando cuenta de la detención de Pilar Prades, la envenenadora de Valencia

La España de los cincuenta era un país en blanco y negro por muchas cosas, pero tendiendo más a lo oscuro que a lo claro, principalmente por los escasos atractivos que ofrecía a una sociedad que se levantaba tímidamente de los efectos de una dura posguerra. Si la vida estaba mal para los hombres, mucho peor estaba para las mujeres, quienes solamente tenían una salida, que era la de contraer matrimonio y ser madres de una extensa prole. La única oportunidad de empleo para muchas de ellas, mayoritariamente analfabetas y con escasísima formación, era la de colocarse de sirvientas en viviendas de familias pudientes para escapar de un mundo rural con prácticamente nulas posibilidades de prosperar y muy estigmatizado por falsos estereotipos y decadentes prejuicios.

Entre ese medio millón largo de muchachas que buscaban el porvenir en la ciudad, según datos del Consejo Superior de Mujeres de Acción Católica, se encontraba una joven castellonense, Pilar Prades Santamaría, que había nacido el municipio de Bejis a finales de la década de los años veinte del siglo pasado. Su vida en aquel pequeño núcleo, que apenas contaba con poco mas de un millar de habitantes en aquel entonces, había estado dominada por múltiples privaciones y una muy dura y cruel existencia desde niña, en cuya infancia hubo ya de trabajar muy duramente transportando sacos de estiércol y cubos de agua para ganarse un nimio sustento.

Dados los estrictos cánones que imperaban en la época, Pilar Prades, al igual que aquellas 500.000 mujeres que como ella trabajaban de «chachas», solamente aspiraba a casarse. No obstante, no era una mujer agraciada físicamente y había recibido muchas calabazas de los jóvenes de su tiempo, quienes ni siquiera la sacaban a bailar las canciones que interpetraba una orquesta en la sala valenciana «El Farol», en la que se reunía con otras mujeres de su misma condición. Sentía como si la vida le diese la espalda en cualquier proyecto que emprendía y que irremisiblemente podría quedar condenada para «vestir santos», como rezaba el viejo adagio popular en una rígida y moralista sociedad que apenas ofrecía otras posibilidades a las mujeres de la época.

Un envenenamiento mortal

Al llegar a Valencia, Pilar Prades entró a trabajar en casa de un conocido charcutero valenciano, Enrique Vilanova, quien regentaba un negocio junto con su esposa Adela Pascual. El matrimonio no tenía hijos y al poco tiempo de ser contratada para llevar el servicio doméstico de aquella casa, la señora se comenzó a sentir mal. Sufría vómitos y mareos. Los médicos no acertaban con el diagnóstico de la enfermedad que podría aquejar a aquella pobre mujer. Mientras, la criada le suministraba caldos y tisanas aderezados con un veneno que contenía arsénico, que entonces se usaba para matar hormigas y otros insectos, cuyo nombre comercial era el de Diluvión. La dolencia de la ama iba empeorando un día tras otro, aunque Adela Pascual no dudaba ni un solo instante en agradecer el desinteresado trabajo de su empleada doméstica, quien hasta le llevaba las hostias para que pudiese comulgar, además de hacer constantes rogativas para que se respusiese su señora, o eso le decía. Lo que menos podía sospechar es que detrás de aquella mujer, que hasta le cantaba canciones de Celia Gámez y Conchita Piquer, se escondiese un verdadero lobo que se revestía hábilmente de manso corderillo.

A mediados de mayo de 1955, Pilar Prades escuchó decir a Enrique Vilanova, su señor, -en conversación con un médico- que sería necesario ingresar a Adela en un centro sanitario con el fin de encontrar una solución definitiva a los problemas de salud que arrastraba su esposa. Fue entonces cuando la criada decidió incrementar las dosis del letal insecticida en las tisanas y caldos que a diario le proporcionaba a su señora ama. A consecuencia de ello, Adela Pascual fallecería el día 28 de mayo de 1955, convirtiéndose en la única víctima mortal en el camino de la envenenadora, pese a que después proseguiría con su cruel trayectoria, aunque sin los resultados que buscaba.

El punto culminante de su trayectoria con la familia Vilanova-Pascual lo constituyó el día del entierro de la señora de la casa, a quien ella perseguía sustituir, pero sin ningún atisbo de alcanzar su propósito. Le dijo al dueño de la chacineria que ella se encargaría del negocio y atender a los clientes, que no había necesidad de cerrarlo mientras él le daba sepultura a su esposa. Al regresar de la despedida definitiva de Adela Pascual, su marido se encontró a Pilar Prades luciendo uno de los delatales almidonados que ella había vestido en vida, lo que disgustaría de sobremanera a Enrique Vilanova, quien, sin dudarlo un solo instante, decidió despedir a aquella mujer por la grave falta de respeto que había cometido. No era para menos.

Durante un pequeño lapso de tiempo estuvo en la vivienda de la familia Alpere-Greus. Al igual que había hecho con el primer matrimonio, intentó envenenar a la dueña de la casa, a quien le comenzaron a salir por el cuerpo algunas manchas. Los médicos que la atendieron le diagnosticaron que sufría alguna alergia. Sin saber muy bien como, lo cierto es que Pilar Prades decidió abandonar a aquella familia antes de que fuese demasiado tarde o porque vio las cosas muy mal paradas.

Dos intentos frustrados más

Tras pasar un breve período de tiempo sin trabajo, en el año 1957 una amiga que había hecho en la sala «El Farol» le propuso que se fuese a trabajar con ella a la casa de un médico militar, Manuel Berenguer Terraza, quien estaba casado con Carmen Cid y eran padres de una numerosa prole. Muy pronto, al igual que había hecho en los otros domicilios en los que había prestado su servicio, las mujeres de aquella casa comenzaron a sentirse mal. La primera fue su amiga, la cocinera Aurelia Sanz, con quien mantenía una agria disputa a causa de un joven del que se había enamorado perdidamente. Inmediatamente hubo de ser ingresada en un centro sanitario a causa de una rara dolencia que le afectaba a las extremidades y que le había provocado una parálisis generalizada.

Mientras estaba ingresada su compañera, la señora de la casa, Carmen Cid, comenzó a sufrir unos síntomas muy similares, desconociéndose a que podía obedecer aquella extraña enfermedad. El doctor Berenguer decidió ingresar a su esposa, quien había experimentado una notable mejoría a los pocos días de haber ingresado en el hospital, circunstancia esta que levantó sus lógicas sospechas. Lo primero que hizo fue despedir a la nueva criada, alegando que el trabajo de aquella casa lo podía hacer tranquilamente la cocinera y no se precisaban más empleadas domésticas.

Posteriormente, junto con un colega de profesión, realizarían a su esposa la prueba del propatiol, con el objetivo de detectar algún tóxico sin necesidad de efectuar otros análisis. Los resultados no pudieron ser más concluyentes ni contundentes. En el cuerpo de Carmen Cid detectaron la presencia de arsénico. Fue entonces cuando Manuel Berenguer presentó una denuncia en comisaría contra quien había estado trabajando en su casa, además de investigar en que otros lugares habían estado prestando sus servicios. Se daba la circunstancia de que apenas un par de años antes había fallecido una mujer en uno de los domicilios en los que había estado trabajando Pilar Prades, sin que nunca estuviesen claras las causas de su muerte. Lo que también ignoraba esta criada era que el veneno que ella usaba contribuía a la conservación de los cadáveres, por lo que fue muy fácil deducir la causa por la que había muerto Adela Pascual.

Detención y setencia de muerte

Ante las evidencias que se encontraron y que involucraban Pilar Prades, la Policía de la capital valenciana procedió a su detención en la pensión en la que se hospedaba. Entre sus pertenencias se hallaría su veneno homicida, comercializado bajo el nombre de Diluvión, un potente tóxico compuesto de arsénico y melaza, sustancia esta última que le confería un sabor dulzón, de ahí que sus víctimas notasen el sabor dulce en los distintos caldos y tisanas que les suministraba con el objetivo de eliminarlas y así ocupar su puesto.

Durante el «hábil interrogatorio» al que fue sometida, Pilar Prades negaría, en un principio, los cargos de los que la acusaban, un asesinato y dos en grado de tentativa. Su abogado le aconsejaría de forma reiterada que reconociese los hechos, para así obtener una condena que oscilase entre los doce y los veinte años de prisión, pero decidió seguir una estrategia totalmente equivocada, aunque terminaría por reconocer que uitlizó el arsénico para eliminar a la carnicera. Tampoco le fue muy favorable la declaración de quien había sido último señor, el doctor Berenguer, quien manifestaría que vio un extraño gesto en Pilar Prades, cuando dejó muy clara su intención de no rehacer su vida en el supuesto de que su esposa falleciese a causa de la enfermedad que la aquejaba.

En el juicio que se siguió en su contra en el año 1959 volvería a proclamar su inocencia, tal y como había sostenido de manera reiterada ante la Policía. Sin embargo, eran demasiadas las pruebas que se habían reunido en su contra y su estrategia equivocada. Adujo en su defensa que se había quedado sin azúcar y probó de los distintos productos que estaban a su alcance y utilizó uno que le ofrecía un sabor dulzón y lo empleó para dárselo a su señora, con el objetivo de que esta no se enterase de que se había olvidado de comprar azúcar. Sin embargo, los jueces no se creyeron esta versión. Pilar Prades sería condenada a una pena de muerte y otras dos de cuarenta años de cárcel, que difícilmente podría cumplir si se ejecutaba la primera.

Sus últimos días en prisión fueron dolorosos, penosos y patéticos, pues no llegaba el ansiado indulto que su abogado había solicitado del Tribunal Supremo. Aquella psicópata en toda regla, clamaba ahora por su existencia y se lamentaba que fuese a morir con tan solo 31 años, en una vida plagada de sufrimientos y estrecheces que ahora veía como la condenaba a la peor de las sentencias. Sus llantos y suplicas no serían escuchados por nadie y se convertiría en una víctima de un cruel sistema en todos sus órdenes.

El 19 de mayo de 1959 fue la fecha marcada para su triste cita con el dramático garrote vil. La ejecución correría a cargo del verdugo, Antonio López Sierra, «El Corujo» quien expresó su disgusto por tener que dar muerte a una mujer y su ajusticimiento se demoró varias horas en la espera de un indulto que jamás llegaría, levantando la compasión de quienes asistieron a tan deleznable y dramático espectáculo. De hecho, al verdugo le darían de beber en abundancia para que se armase de valor y así proceder a la ejecución de aquella mujer, la última fémina que se ajustició en España. Con ello, muy joven, tal y como ella proclamaba, se despidió de un mundo cruel que, definitivamente, le había dado la espalda y se había burlado de su exisencia de una forma muy miserable.

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Prescribe con total impunidad el asesinato de una joven de Zamora

Susana Acebés Carballés, la joven asesinada en Zamora en septiembre del año 2000

La tradicional tranquilidad que desde siempre se había respirado en Zamora se vió bruscamente alterada el 16 de septiembre del año 2000. Aquel día aparecía en su piso del barrio de San José Obrero el cuerpo sin vida de Susana Acebés Carballés, en la calle de la Salud. La consternación y la consiguiente zozobra se apoderarían de una capital de provincia que cuenta con poco más de 60.000 habitantes, que casi se podría asegurar que se conocen todos o, cuando menos la mayoría. El caso, en apariencia, podría ser sencillo de resolver, sin embargo, algunas maniobras que nunca fueron del agrado de la familia de la víctima contribuyeron de manera decisiva a que el crimen prescribiese en la más absoluta impunidad, lo que no debe suceder nunca, aunque suele ocurrir con más frecuencia de lo que todos deseasemos.

La última persona en ver con vida a Susana fue su hermana Estrella, con quien estuvo hablando el día anterior a ser hallado su cadáver. El encuentro entre ambas tuvo lugar a las cinco de la tarde del día 15 de septiembre del año 2000. A la jornada siguiente, en vista de que Susana no respondía a las llamadas que le estaba efectuando, Estrella se dirigió a su vivienda, donde encontraría el cuerpo exangüe de su hermana en medio de un gran charco de sangre, lo que sin lugar a dudas constituía un brutal crimen del que todavía se sigue hablando en Zamora y del que se han hecho eco a lo largo de los últimos tiempos diferentes medios de comunicación.

La autopsia revelaría que la muerte de Susana Acebés Carballés, de 26 años y madre de un hijo de corta edad en aquel entonces, se produjo después de que su agresor le propinase hasta cuatro fortísimos golpes en la cabeza con algún objeto punzante, arma que jamás fue encontrada. También se sabe que el asesino para cerciorarse de hacer bien su trabajo, la estranguló con una camiseta. En el escenario del crimen se encontraron también muchas colillas de distintas marcas de tabaco y algunos botellines de cerveza, lo que no dejaba lugar a dudas que el autor del asesinato era un conocido de la víctima, con quien se encontraría en la cama en el momento en que se produjo el crimen. No obstante, parte del material de desechó probablemente fue extraído del cubo de la basura, entre ellos los botellines, para de algún modo tratar de entorpecer la investigación, pues los restos de ADN hallados y que fueron idententificados correspondían además de a la propia víctima, a su hermana, un amigo de ambas y un tercer individuo que siemper ha estado en el punto de mira de la investigación, pero cuyas coartadas le han servido para salir indemnes de esta situación

250 interrogados

La Policía, en un principio, realizó una minuciosa investigación, llegando a interrogar hasta 250 personas que pudiesen tener relación con la víctima del brutal crimen, utilizando para ello la agenda del móvil de Susana Acevés, así como otros documentos en los que constase los datos de terceras personas. Asimismo llegarían a estar pinchados los teléfonos de un numeroso grupo de personas, entre ellos el de su ex-marido, Jesús, quien estaría detenido en los calabozos policiales durante 24 horas. Al parecer, sus separación de la víctima del crimen había sido traumática y la joven lo había denunciado por abandono del hogar, además de las amenazas de muerte que le había proferido. Sin embargo, la Policía desechó desde un primer instante la posibilidad de que su antiguo cónyuge fuese el autor del asesinato de Susana, pues enseguida comenzaron a encontrar en su testimonio algunas piezas que no encajaban ni tampoco respondían al perfil del supuesto asesino.

La otra figura clave en este entramado sería una persona con la que Susana había mantenido una relación sentimental, con la que supuestamente habría roto hacía poco más de dos semanas antes cometerse el crimen. De hecho, algunos restos biológicos hallados en la vivienda de la víctima coincidían con su ADN, aunque para ello esgrimió la coartada de que dos días antes del asesinato habría mantenido relaciones sexuales con Susana y habría estado en su piso departiendo con ella. Además, su declaración pondría en el disparadero a terceras personas. Este individuo tenía cuatro hijos de dos anteriores relaciones, cuya separación distó mucho de ser modélica, llegando a amenazar con una escopeta y un cuchillo a la última de sus parejas. A pesar de las coartadas presentadas, que fueron aceptadas por la Policía y los jueces que llevaban el caso, una vecina del barrio de San José Obrero aseguró haber visto la furgoneta de este hombre en la tarde previa a encontrarse el cadáver de Susana Acevés.

En vista de que las investigaciones no daban resultado, el caso entraría en punto muerto. Se volvería a reabrir en el año 2006, después de las presiones y el denodado esfuerzo realizado por la familia de la víctima, aunque sin ofrecer resultados satisfactorios. Solamente se daban palos de ciego que no conducían a ninguna parte. La familia de Susana Aceves siempre ha mostrado su convencimiento de que su última pareja sentimental fue el autor material del crimen. De hecho, según unas declaraciones efectuadas por Estrella Aceves a Telecinco, esta mostraría su indignación por unas supuestas grabaciones realizadas por la Policía a ese sujeto, en el que le revelaría a su madre algunos detalles que ni siquiera ella conocía.

Impunidad total

Sea como fuere, nos encontramos otra vez ante un caso en el que el autor del crimen se ha ido de rositas y el caso prescribió definitivamente el 16 de septiembre de 2020, al cumplirse los veinte años que la Ley de Enjuiciamiento Criminal estipula para los casos de homicidios y asesinatos, aunque en países de nuestro entorno los crímenes no prescriben nunca. Tal vez debería ser el espejo en que debieramos mirarnos e ir reformando una legislación que se nos antoja un tanto anticuada con estos plazos.

La familia de Susana Acebes, que ha luchado de manera incansable para que se hiciese justicia a lo largo de dos décadas que probablemente se les hayan hecho eternas, ha cargado sus tintas contra la Policia, por lo que consideran como una «investigación fallida y deficiente». Es lógica y comprensible su indignación, ya que cuando esto ocurre no cabe ninguna duda que nos encontramos ante un falló que termina pagando toda una sociedad, que no está libre de que ese criminal vuelva a actuar. Y es que como ha dicho Estrella Acevés Carballés, cargada con toda la razón del mundo «Un asesino anda suelto en Zamora». Y eso, lamentablemente, es muy grave.

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Asesina y descuartiza a sus padres para después suicidarse en Alcanar (Tarragona)

La Guardia Civil frente a la lujosa mansión en que ocurrió el trágico episodio

A principios de marzo del año 2007 los trabajadores de una conocida empresa de compresores de la localidad de Alcanar, municipio costero catalán muy próximo a la demarcación de Castellón, mostraron su preocupación por la incomparecencia de su patrón, un ciudadano de origen alemán de 57 años, que se había instalado en el sur catalán a comienzos de los años setenta del pasado siglo y que residía en una lujosa urbanización del pueblo junto con su esposa, once años menor que él, y uno de sus hijos, un muchacho de 19 años. Durante casi una semana la empresa se mantuvo cerrada, desconociéndose las causas que motivaban aquel injustificado cierre. Los empleados trasladaron esa misma inquietud al hijo de los propietarios, pues les resultaba muy extraño que su jefe no acudiese a la factoría que regentaba como solía ser habitual. La respuesta que obtuvieron del vástago fue que sus padres se habían ido a Alemania y que pronto regresarían. Sin embargo, tal contestación no les resultó satisfactoria ni mucho menos, por lo que procedieron a poner los hechos en conocimiento de la Guardia Civil a fin de que indagase sobre lo que realmente les había acontecido al conocido empresario y su esposa.

Al llegar los agentes de la Benemérita se encontrarían con una imagen que superaba lo dantesco, pues en el interior de la lujosa mansión que ocupaba el matrimonio y su vástago había sangre y restos humanos por todas partes. No hacía falta que nadie les confirmase que allí se había producido un macabro y cruel crimen. En el interín que tardaron en llegar al domicilio, el muchacho, que respondía al nombre de Alenxander, había aprovechado la ocasión para poner fin a su vida de un disparo de escopeta.

Al reconstruir mínimamente los hechos, se percataron que además del brutal crimen, su agresor había descuartizado y despedazado los cuerpos, en lo que parecía una verdadera orgía de sangre que más bien podría recordar a algún ritual de tipo satánico como otros que habían acontecido en Tenerife, Almasa o Córdoba en distintas épocas en las tres décadas precedentes. No obstante, aquí no había indicio alguno de que aquella familia, de posición acomodada, perteneciese a alguna secta satánica ni formase parte de ninguna organización milenaria, que tanto habían proliferado en los lugares donde se asentaron personas procedentes de otros países del norte de Europa, principalmente. Al albur de los hechos, se llegó a la inmediata conclusión de que el autor de aquel brutal crimen era su hijo, quien se había quitado la vida hacía apenas unas horas. La Guardia Civil buscaría asimismo a la otra hija del matrimonio por el temor a que corriese la misma suerte que sus progenitores, pero no fue el caso.

Malas relaciones y peleas

El móvil del crimen, que muy probablemente se hubiese producido en torno al 23 del febrero de 2007 estaría relacionado con la tensa relación que mantenían padres e hijo acerca de la situación en la que se encontraba este último. El chaval se había negado en todo momento a trabajar o a estudiar, que era lo que requería su padre de él. Sin embargo, siempre se había salido por peteneras y no se inclinó por ninguna de las dos opciones.

La semana anterior a la comisión del macabro crimen, cuyos restos fueron hallados en el jardín de la vivienda residencial que ocupaba la familia germana, el vecindario de la zona escuchó una gran escandalera en la que el padre estaba reprochando al hijo sus andanzas habituales, saliendo de nuevo a colación la actitud pasiva que estaba tomando ante la vida. Quienes trataban al empresario y su familia señalaron también que las peleas entre padre e hijo eran frecuentes. El prestigioso periodista y criminólogo .-el desaparecido Francisco Pérez Abellán- consideraba que la actitud del hijo vendría motivada de un «niño rico», que lo ha tenido todo o prácticamente todo en su vida y que se desentiende de las ocupaciones primordiales de su vida. A ello se sumaba el hecho de haberse convertido en un «pqueño tirano» que buscaba por encima de todo un modo de vida fácil y que pretendiese imponer su criterio. Es así como se explica su brutal actitud, que muchos se atrevieron a calificar de «arrebato agresivo», y que en un momento dado tomase la escopeta con la que dio muerte a sus padres, para posteriormente descuartizarlos.

De la misma manera, también resulta grotesco que el joven viviese durante seis días con los cadáveres de sus progenitores, hasta que los empleados de la empresa que poseía decidieron tomar cartas en el asunto y aclarar lo que realmente le había sucedido a la pareja de aquellos empresarios alemanes afincados en el sur de Cataluña. Asimismo, no resultaría menos sorprendente que días posteriores a la comisión del crimen, el muchacho campase a sus anchas y no expresase alteración ninguna como si nada hubiese pasado, alternando como había hecho siempre con sus amigos y conocidos. Esto corroboraría la tesis de que se estaba ante un psicópata, como muchos otros, que tan solo se descubre su verdadero rostro cuando cometen el crimen. Y este, todo es justo manifesarlo, fue muy macabro. Tal vez demasiado.

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