El asesinato de «Lady Halcón» y su marido, un trágico suceso que conmocionó a Zaragoza

A las víctimas de este trágico suceso les unía su pasión por las ondas de los radioaficionados

Los protagonistas de esta trágica historia se habían conocido a través de las ondas, que era el mundo en el que se movían. Ella, una apuesta mujer que contaba ya con 38 años en 1996 que respondía al nombre de Pilar Puértolas, aunque era conocida en los indicativos de las emisiones bajo el seudónimo de «Lady Halcón». Él, un hombre que todavía se encontraba en la plenitud de su juventud, José Antonio Berdejo Santos, de tan solo 27 años, conocido en el mismo mundillo como «Riglos». Este último, un tanto inmaduro, se apasionó hasta la extenuación por la mujer que terminaría convirtiendo en el centro de sus pensamientos, sintiendo hacia ella un amor platónico que jamás se vería correspondido, entre otras cosas porque ella se encontraba casada con Antonio Campín y eran padres de dos hijos. Además, Pilar no deseaba dar el vuelco a su vida que pretendía aquel muchacho once años más joven que ella.

La amistad entablada a través de las ondas traspasaría el plano de lo puramente magnético para pasar a lo personal, aunque Pilar Puértolas le había dejado muy claro al joven que eran únicamente amigos. José Antonio Berdejo le haría regalos a ella y al resto de los miembros de su familia, algo que no gustaba a su marido, pues le parecía un tanto extraña la actitud del radioaficionado maño que se comunicaba con su mujer.

Su obsesión con su amada llegaba hasta tal extremo que conocía incluso sus horarios, así como su lugar de trabajo, un matadero de aves de la capital maña. Sabía que el matrimonio Campín-Puértolas se levantaba todos los días muy temprano para acudir a trabajar. Antonio Campín era fontanero y en su casa, además de su esposa e hijos, también convivía con ellos la madre de Pilar Puértolas.

Cosidos a puñaladas

El exhaustivo conocimiento de las costumbres del matrimonio llevaría a José Antonio Berdejo a esperar a la pareja en la madrugada del 10 de enero de 1996, provisto de un cuchillo para acometer su macabra hazaña. Antonio Campín había bajado a la calle para poner su vehículo en marcha, con el ánimo de que se fuese calentando el motor, pues se encontraban ante un gélido día de invierno. Tras dejar el coche en marcha, se encontraría casi de bruces con su verdugo, el personaje que él mismo detestaba, ignorando el fatal y cruel destino que le aguardaba. Eran las cinco y media de la madrugada. No se esperaba que aquel energúmeno que había acudido al barrio de El Cigarral, sin mediar palabra, le cosiese literalmente a puñaladas, propinándole hasta un total de 30 cuchilladas que terminarían con su vida. Alertada por los gritos de terror y pánico que profería su marido, Pilar Puértolas salió a la calle y, al igual que había hecho con su cónyuge, José Antonio Berdejo la laminaría a puñaladas, perpetrando un doble crimen que, además de consternar a Zaragoza, abriría muchos informativos y portadas de distintos medios de comunicación.

José Antonio Berdejo se daría cuenta desde el primer momento que el iba a ser el principal sospechoso del terrible crimen. Aún así, tuvo fuerzas suficientes para huir de la capital maña con destino a otro punto de la geografía aragonesa, tal vez con ánimo de hacer tiempo o no se sabe muy bien qué. La Policía ya le tenía en el punto de mira y distribuyó algunas informaciones en las que se daba cuenta de su aspecto y su forma física con el fin de alertar a quien pudiese facilitar alguna pista sobre el asesino de un matrimonio que estaba considerado ejemplar por la práctica totalidad de sus vecinos.

El criminal no llegaría muy lejos. Portaba una cantidad considerable de dinero consigo, cien mil pesetas. Durante aquellos días que estuvo vagando pernoctó en diferentes hostales, el último de ellos en la localidad fronteriza de Canfranc, en plena comarca de la Jacetania, en la provincia de Huesca. El 21 de enero de 1996 decidía entregarse a las autoridades en la comandancia de la Guardia Civil del municipio aludido. En todo momento asumiría la autoría del doble crimen del matrimonio zaragozano, a pesar de que se negaría a prestar declaración ante el juez, tal vez por consejo de su abogado. De la misma forma, haciendo gala de su paranoia expresó su intención de suicidarse, por lo que durante algún tiempo estuvo ingresado en el hospital Miguel Servet de la capital maña. Los psiquiatras que lo atendieron descartaron que José Antonio Berdejo, que ya se había cortado las venas aunque detuvo la hemorragia gracias a un torniquete que el mismo hizo, sufriese alguna patología de carácter mental. Solamente se constantó su carácter obsesivo en los que expresaba sin miramientos el profundo amor que sentía por Pilar Puértolas.

Suicidio

El estado de schok en que se encontraba José Antonio Berdejo, permanente obsesionado con su amada, le llevaría a protagonizar algunos intentos de suicidio. El forense que se encargaba del caso advirtió retiteradamente a las autoridades en que el muchacho podría consumar el hecho de quitarse la vida, ya que así lo había hecho saber tanto a los funcionarios como otras personas que lo rodeaban. La fecha elegida fue el 20 de febrero de 1996. Ese día aparecería ahorcado en su celda de la prisión de Torrero, en Zaragoza. Ni el compañero que compartía la estancia penitenciaria ni el funcionario encargado de atenderle se percataron de lo ocurrido ni tampoco de las intenciones del muchacho, que ponía así fin a una tragedia que él mismo había iniciado hacía poco más de un año al idealizar una imposible relación con una persona que, a todas luces, era imposible que ocupase espacio alguno en su vida, a pesar de su perenne obsesión que le llevó a cauce muy extremos.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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