Ejecutados tres inocentes por el crimen de las estanqueras de Sevilla

Los acusados al llegar a la Audiencia Provincial de Sevilla

Hoy en día ya nadie pone en duda la inocencia de aquellos tres rateros de poca monta que tuvieron la desgraciada suerte de ser acusados y condenados por un crimen que no habían cometido. El suceso conmovería a la España de la época, un país subdesarrollado que arrastraba las penalidades de una prolonga Posguerra y el bloqueo internacional al que estaba sometido el régimen de Franco. Poco importaba entonces la ecuanimidad de la justicia. Lo verdaderamente importante era dar ejemplo entre los ciudadanos a cualquier precio. Costase lo que costase. Así entonces es como se entiende que aquellos tres individuos, cuya jerga se limitaba al conocimiento de vulgares expresiones empleadas en los bajos fondos en que se movían, pagasen un alto precio por un trágico acontecimiento que elevaría aún más las altas temperaturas que padecían los sevillanos en pleno mes de julio de 1952.


La historia arranca el día 11 de julio de aquel año en el que la aparición de los cadáveres de dos mujeres en el estanco que regentaba una de ellas, con evidentes señales de violencia y ensañamiento por parte del autor del crimen, demostraba a las claras que quien había perpetrado aquella matanza era alguien que guardaba en su interior mucho odio contra las dos mujeres, pues no había desaparecido ni siquiera la recaudación ni faltaba ningún objeto de valor del estanco, aspectos ambos muy raros para que el doble asesinato fuese cometido por unos vulgares rateros. Las víctimas eran dos hermanas que ya superaban la cincuentena, Matilde y Encarnación Silva Montero, quienes yacían en el suelo del establecimiento que regentaba una de ellas en un impresionante charco de sangre como consecuencia del brutal acuchillamiento del que habían sido objeto.


El gobernador civil de Sevilla, Alfonso Ortí Meléndez ordenó inmediatamente a las fuerzas del orden que iniciasen las pertinentes gestiones para proceder a la detención de los autores de aquel crimen que había desviado la atención de las tradicionales fiestas de San Fermín, en Pamplona, para fijarla en la capital hispalense. Se dice que el responsable de orden público llegó a afirmar que por culpa de ese suceso él no perdía su puesto. El delegado gubernamental en Sevilla era un militar que había participado en la Campaña del Rif, a las órdenes del mismísimo general Franco en una época cuya máxima divisa era la de «Ascenso o muerte».

Detenciones


Escasamente dos semanas más tarde, cuando el calor seguía arreciendo en la capital andaluza, eran detenidos tres individuos que no dejaban de ser tres rateros de poca monte, tras un soplo, no muy convincente a la pasma (la policía en el lenguaje delincuencial) de un colega suyo, conocido por el sobrenombre de «El Ojitos». En muy poco tiempo las fuerzas del orden detenían a Juan Vázquez Pérez y Antonio Pérez Gómez cuando se dirigían en tren a Madrid con la finalidad de alistarse en la Legión. El tercer detenido sería Francisco Castro Bueno, alias «El Tarta», al incendiar la policía el pajar en el que se ocultaba.


Los detenidos negaron de forma reiterada y taxativa en todo momento que ellos hubiesen perpetrado el doble crimen, a pesar del duro interrogatorio al que fueron sometidos. Dadas las circunstancias y al conocerse quienes eran los encausados, entre la opinión pública comienza a tomar fuerza la hipótesis de que los tres detenidos son inocentes. También desde distintos sectores, entre ellos el municipal y el religioso, con el Cardenal Segura al frente, también opinan lo mismo.


A pesar de que apenas existen indicios contra aquellos tres pobres diablos, debido a las fuertes presiones que ejercen en su contra terminan por confesar y a las a las técnicas supuestamente poco ortodoxas que se empleaban entonces para conocer la verdad por parte de las autoridades terminan confesando de una manera muy subrepticia. Sorprende que en la declaración empleasen unos términos profesionales, más propios de quienes se la tomaron, ya que ellos no conocían más allá que el vulgar argot de los quinquis y los bajos fondos. Sin embargo, se da como válida y son acusados de un atroz crimen que jamás habían cometido, a pesar de que habían incurrido en contradicciones y en que tampoco se hallaría nunca el arma homicida. Todo lo más, una insignificante gota de sangre en el jersey de uno de los acusados, en un tiempo en el que todavía se encontraba muy lejos el estudio del ADN. Al parecer, ese minúsculo indicio hizo que coincidiera con la sangre del agresor, aspecto este último que tampoco es muy raro.


Juicio y condena


Si había resultado un despropósito total y absoluto la toma de declaración de los detenidos, no lo será menos el juicio que se celebra en contra de estos tres pobres hombres, que se celebra en la ciudad hispalense durante tres jornadas, del 20 al 22 de octubre de 1954. Una vez más, los acusados incurren en múltiples contradicciones y apenas saben ofrecer detalles de un doble crimen en el que no han participado. El fiscal sostiene en todo momento que aquellos tres rateros son culpables de dos delitos de asesinato, ofreciendo una vaga y vulgar explicación en torno a como habría ocurrido el doble crimen. De hecho, la sentencia apenas ocupará ocho folios, cuando hoy en día es normal que ocupen, incluso, hasta más de un centenar, dependiendo del caso. Según la versión del ministerio fiscal, Antonio Pérez Gómez y «El Tarta» habrían apuñalado a Matilde Silva hasta en trece ocasiones tras pedirle dinero, mientras Juan Vázquez se encargaba de cerrar la puerta del establecimiento. Al escuchar los gritos de dolor y auxilio su hermana Encarnación habría acudido a socorrerla, siendo en este momento cuando la cosieron a ella a puñaladas. Su cadáver presentaría hasta un total de 16 cuchilladas. Sin embargo, el abogado defensor de los tres acusados le preguntó al fiscal porqué no se habían llevado el dinero que había en el establecimiento, pues se encontraron 600 pesetas en un estante, en tanto que en otro lugar otras 7.000. Una vez más, su respuesta fue muy vaga e imprecisa, limitándose a responder que algo se habían llevado y que si la recaudación quedó intacta fue debido a la precipitación de los autores de la matanza en el momento de la huida. Aún así, solicitaría dos penas de muerte para cada uno de los acusados.


Tan solo unos días más tarde se dictaba la sentencia de la Audiencia Provincial de Sevilla por la que los tres acusados eran condenados a muerte. Su abogado defensor, el prestigioso letrado Manuel Rojo Cabrera recurre al Tribunal Supremo y se mueve mucho por Sevilla y Madrid con el objetivo de evitar lo que a todas luces es una sentencia injusta por la que van a dar con sus huesos en el garrote vil tres inocentes, cuyo único delito es el de moverse por los ambientes más deprimentes y marginales de la capital hispalense. Sin embargo, sus súplicas no son atendidas, a pesar de que cuenta con el apoyo del todopoderoso Cardenal Segura y el alcalde de Sevilla, Jerónimo Domínguez y Pérez de Vargas, quienes también solicitan el indulto de aquellos tres vulgares rateros. En julio de 1955 el alto tribunal deniega el indulto y solamente le queda el último cartucho de la gracia del Jefe del Estado, quien por aquel entonces había hecho concesiones en este sentido a presos políticos, quizás para congraciarse con el nuevo amigo americano. No obstante, en esta ocasión se muestra incompasible e inclemente. Por ello, Juan Vázquez Pérez, Antonio Pérez Gómez y Francisco Castro Bueno, «El Tarta» serán condenados a la pena capital. Su sentencia sería cumplida en la cárcel sevillana de La Ranilla el 4 de octubre de 1956, actuando como verdugo el mítico Bernardo Sánchez Bascuñana, ante quienes vuelven a proclamar su inocencia como lo habían hecho en el transcurso del juicio. Aquí juega un papel clave el religioso Fray Hermenegildo de Antequera, quien se encargaría de dar los últimos auxilios a los reos de muerte y pasaría con ellos el tiempo que estuvieron en capilla.


La verdad, 20 años más tarde


Como si de un filme de suspense se tratara, el caso tendría el epílogo veinte años después, en el que se confirmaría que ninguno de aquellos tres pobres desgraciados tenían nada que ver con el crimen por el que habían pagado de manera injusta. Un buen día del año 1974 el religioso antes aludido recibió en su confesonario a un hombre de implacable aspecto y de muy buen porte. Le preguntaría si lo que allí tenía pensado contarle era secreto de confesión a lo que el franciscano respondió de manera afirmativa. Aquel penitente se confesó autor del crimen que en 1952 había costado la vida a dos hermanas y que había conmocionado profundamente a la sociedad española de la época. Para corroborar su autoría, ofrecería algunos detalles acerca del crimen de los que jamás se había hablado o se habían ignorado de manera deliberada para poder sentenciar a aquellos tres inocentes. Como sostenían muchos criminalistas, no se explicaba el ensañamiento en el caso del robo y es que este no había sido el móvil del crimen que le había costado la vida a las dos mujeres. Aquel hombre, cuya identidad no se reveló jamás, le manifestó a Fray Hermenegildo de Antequera que estaba muy arrepentido, pero de las muertes de los tres inocentes que habían pasado por el cadalso de una manera totalmente injusta, a lo que añadió que no sentía así la muerte de las estanqueras, pues, a su juicio, habían pagado por las denuncias que habían llevado a cabo al final de la Guerra Civil en su localidad de origen, el municipio sevillano de Estepa, saldándose con distintas ejecuciones de personas relacionados con grupos y partidos y republicanos.


Quedaba así clara la evidencia de que el crimen, como se había sospechado, no había obedecido a la argumentación que había cimentado el fiscal, convirtiéndose quizás en uno de los más clamorosos errores judiciales de la historia de España, pues no había ya posibilidad de resarcirlo ni mucho menos de enmendarlo. No obstante, el religioso, a pesar de que colgaría los hábitos unos años más tarde después de la confesión, jamás revelaría quien había sido el autor del crimen de las estanqueras de Sevilla, que alcanzaría la categoría de leyenda y del que todavía se continúa hablando. En él todavía perdura la gran incógnita de quien ha sido su verdadero autor, pues Fray Hermenegildo de Antequera se llevó consigo el secreto a la tumba. Quizás alguien en la localidad sevillana Estepa se encuentren esas claves que no se han revelado jamás.

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Prisión permanente revisable por degollar a sus hijas con una radial

Concentración ante la Diputación de Pontevedra en solidaridad con la madre de las niñas asesinadas en Moraña

El verano del año 2015 estaba discurriendo de una forma muy apacible en Galicia, con innumerables fiestas y romerías a lo largo y ancho de toda su geografía. Mientras, los casi 1.300 kilómetros de costa del territorio gallego se inundaban de intrépidos turistas que, además de un clima benigno, venían a disfrutar de un paisaje incomparable, al que se sumaba una celestial paz y tranquilidad que reina tanto en las rías gallegas como en su interior. Sin embargo, esa tradicional armonía se vería repentinamente resquebrajada el último día del mes de julio de aquel año cuando saltaba la noticia de un escalofriante y perturbador suceso que conmocionaba no solo a los gallegos sino al resto de España. En esa fecha un hombre de 40 años, David Oubel, daba muerte a sus hijas pequeñas, de nueve y cuatro años respectivamente, al degollarlas con una sierra radial con el único afán de de vengarse de su ex-pareja, Rocío Vieites. Oubel había iniciado una relación con un hombre tras separarse de manera muy abrupta de quien fuera su mujer durante casi quince años.

El relato de los hechos se inicia un par de días de antes cuando el criminal adquirió una radial en un comercio de la localidad de Moraña, una villa de algo más de 4.000 habitantes situada en la comarca del Umia, situada a 35 kilómetros al norte de la ciudad de Pontevedra. Cuando compró este aparato incluso bromeó de manera un tanto macabra con el comerciante que se la vendió acerca de un posible uso para degollar a una persona, la intención que llevaba el sádico y cruel criminal. Previamente, se supone que habría enviado una carta certificada a la madre de las pequeñas anunciándole sus tétricas intenciones. Esta última habría dado aviso a la Guardia Civil en el momento de recibir la misiva y aunque los agentes se personaron de inmediato en la vivienda del infanticida no lo hicieron con la suficiente rapidez para impedir la ejecución del truculento episodio que, de solo contarlo, parece que pone los pelos de punta.

El día de autos se vio a David Oubel en compañía de sus hijas y su pareja sentimental en una fiesta, haciéndose ver en una sesión vermú de las muchas que se celebraban en Galicia durante aquellos días. Posteriormente, se trasladó a su domicilio y puso la música a todo volumen, quizás con la intención de despistar al vecindario, aunque algunos vecinos comentaron a los diversos medios de comunicación que se desplazaron hasta Moraña que era muy habitual que se comportase de esta manera. Posteriormente, todo indica que drogaría a las pequeñas con algún potente somnífero para acometer su macabra patraña. Él mismo también habría ingerido algún psicotópico, pues cuando fue detenido se encontraba ligeramente adormilado y fuera de sí. Al parecer, la muerte de las niñas, Amaia y Candela, se habría producido cuando estaban completamente anuladas a consecuencia de la ingesta de los psicofármacos, a pesar de que la autopsia revelaría que una de ellas, Amaia, la mayor, habría intentado defenderse de su agresor. Además, les habría colocado cinta aislante en la boca con la finalidad de que no gritasen. Por si esto no fuera suficiente, las remataría con un cuchillo que portaba a tal efecto.

Los agentes de la Guardia Civil que se trasladaron hasta el lugar de O Casal, en la parroquia morañesa de San Martiño de Laxe, se encontraron con una situación dantesca, que superaba con creces a las escenas de cualquier película de terror. De hecho, procuraron evitar en todo momento que los familiares maternos más directos de las pequeñas contemplasen el pavoroso escenario en el que se había convertido la vivienda de David Oubel. Este último se habría introducido en el cuarto de baño y se habría autolesionado, aunque de escasa consideración, una vez hubo perpetrado el atroz doble infanticidio. El día primero de agosto de aquel año, apenas 24 horas después de haber cometido el aberrante crimen, el parricida prestó declaración ante el juzgado de Caldas de Reis, cuya titular ordenó el ingreso en prisión comunicada y sin fianza para David Oubel. En sus aledaños se concentraron centenares de personas procedentes de Moraña, que no dejaron de increpar un solo instante al asesino de las pequeñas. Incluso, en un momento dado los congregados rompieron el control de seguridad policial que se había dispuesto para rodear al criminal, quien perdió una de las zapatillas que calzaba en el momento de máxima tensión.

Violento y narcisista

Aunque las opiniones en torno al terrible parricida son diversas y encontradas, algunas apuntan a que se trataba de un individuo violento, de carácter arisco, al que los psicólogos y psiquiatras encargados de evaluaron definieron como un narcisista con una elevada autoestima. Sirva como ejemplo que el mismo día que ingresó en prisión después de haber asesinado a las pequeñas, David Oubel ni siquiera precisó de somníferos para conciliar el sueño, un aspecto que dejaría anonadados a los funcionarios de la prisión provincial de A Lama, en Pontevedra. Con anterioridad, hacía algo más de un año por aquel entonces, había sido denunciado por una médica del SERGAS a quien habría zarandeado en un ambulatoria porque se negó a firmarle una baja. No obstante, no sería condenado por este hecho dado que la facultativa no se presentó al juicio de faltas que se iba celebrar en contra de Oubel.

Desde el primer instante, se barajó ya la posibilidad de que el acusado del espantoso y aberrante crimen de Moraña fuese el primer sentenciado en España a prisión permanente revisable, una pena que le aseguraría un mínimo de 22 años en la cárcel y que, a partir de entonces, sería una junta encargada de evaluarlo quien tendría la última palabra para ver si podría acceder al tercer grado.

La emoción del fiscal

Aunque muchos se esperaban ya la sentencia, uno de los aspectos más impactantes del proceso se produjo cuando se celebraba el juicio por el vil y cobarde asesinato de las pequeñas Amaia y Candela. El fiscal encargado, Alejandro Pazos, un hombre veterano en estas lides, se enfrentaba, en teoría, a uno de los juicios más fáciles de su trayectoria profesional, pues el encausado reconocería los hechos ante los miembros del Jurado y su propio abogado, quien también coincidiría en solicitar la pena de prisión permanente revisable para su defendido, debido a que este último había renunciado prácticamente a cualquier estrategia de defensa. Sin embargo y sin proponérselo, víctima de la circunstancias en las que se había desarrollado el cruel crimen, Alejandro Pazos no podría contener las lágrimas de emoción y dolor, al tiempo que le resultaba poco menos que imposible para hacia el rostro del acusado, quien expresaría un vago arrepentimiento en la sala de audiencias, en el que no creyó jamás el hombre lloró sin rubor alguno por tan macabro y doloroso acontecimiento, que a la postre terminaría por convertirse en el más delicado de su vida. Probablemente el que más le impactó emocionalmente y el que le dejaría una de las huellas más profundas. Cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad comprende a la perfección el impacto emocional sufrido por el magistrado. No es para menos.

Una vez más, y esto no fue sorpresa para nadie, el asesino volvió a manifestar una actitud fría, limitándose a manifestar que había situaciones límites en la vida de las personas en las que se tomaban decisiones de las que desconocía los motivos, pero de las que se arrepentía profundamente. Si embargo, no aclaró en ningún instante que se refería al brutal asesinato de sus propias hijas. Los informes forenses respecto de su personalidad ponían de manifiesto que David Oubel no sufría ninguna anomalía, trastorno de personalidad ni amnesia grave que le impidiese una perfecta percepción de la realidad. Únicamente se apreciaron en él algunas conductas desadaptativas.

Con sentencia firme desde el primer instante, al llegar ambas partes a un acuerdo, David Oubel sería el primer condenado en España a prisión permanente revisable por dos delitos de asesinato con alevosía, agravados por tratarse de dos menores de 16 años a lo que se sumaba el también agravante de parentesco. A ello se añadía la prohibición de acercarse al domicilio o lugar trabajo de su ex mujer durante un período de 30 años, que será de nuevo cuando se revise la sentencia. En concepto de responsabilidad civil debería indemnizar a la madre de las pequeñas. con 300.000 euros.

La sentencia se dio a conocer el día 6 de julio de 2017. Desde entonces cuatro gallegos han sido condenados a la máxima condena que contempla el ordenamiento jurídico. Tres de ellos lo fueron por haber asesinado a niños, la última una mujer en el año 2022, mientras que otro, José Ignacio Abuín Gey, alias «El chicle», lo fue por haber cometido un espantoso crimen en el año 2016, que consternaría a toda España, el asesinato de la joven Diana Quer. El siguiente en la lista bien podría ser José Luis Abet, quien el 16 de septiembre de 2019 asesinó a tres mujeres a sangre fría, entre ellas su ex-esposa. La fiscalía ya ha hecho pública su petición y, tal vez, no sea para menos.

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Igor, «El ruso», un peligroso criminal puesto a buen recaudo

Norbert Feher, alias Igor, «el ruso»

Es conocido como Igor, «el ruso», aunque su verdadero nombre es el de Norber Feher, un peligrosísimo criminal y delincuente que sembró el terror, el pánico y la desolación en la comarca de Andorra-Sierra de Arcos en la que actuaría con una desmedida violencia, dejando en su trágico deambular el saldo de tres personas asesinadas y dos heridas. Este hombre es un antiguo militar serbio, nacido en la ciudad de Subotica en el año 1981, al norte de Serbia, que había formado parte del Ejército de su país, especializándose en la guerra de guerrillas, además de ser un perfecto conocedor de las tácticas de supervivencia, que le resultaron muy útiles para escurrirse de los agentes de la Guardia Civil, así como para perpetrar robos en diversos domicilios.

El anochecer del 14 de diciembre de 2017 se convertiría en trágico para quienes residían en la pequeña localidad de El Saso, el lugar que había elegido Norbert Feher para abastecerse de algo de comida. Al terrible criminal no le temblaba el pulso a la hora de empuñar el arma y no dudaba en disparar a matar llegado el caso, como así terminaría sucediendo. En la Masía de los Iranzo, como cada jornada, el padre de José Luis Iranzo había terminado ya sus faenas y se dispuso a llamar a su hijo para que le fuese a buscar como hacía todos los días, pero ese día el teléfono de su vástago se encontraba fuera de cobertura, por lo que no le fue posible comunicarse con él. Pretendía advertirle de que la luz de la casa estaba encendida y que se escondiera al igual que había hecho él, pues en su domicilio había entrado el peligroso militar serbio que había dejado dos heridos en fechas precedentes. Al darse cuenta de esta circunstancia, el patriarca de los Iranzo llamó a los agentes de la Guardia Civil para que se personasen en el lugar. En un primer momento, había escuchado dos disparos. Se supuso que el criminal, que no dudaba ya que era Igor, «El ruso» se había ensañado con el perro que guardaba la finca, sin embargo aquellos tiros habían terminado con la vida de su hijo, José Luis Iranzo, de 39 años de edad. Además, escuchó el coche de su hijo, que en ese momento estaba siendo conducido por el agresivo y atroz asesino. Hay quien dice que Norbert Feher no vio al progenitor de su primera víctima porque era noche cerrada, de lo contrario todo parece indicar que hubiera corrido la misma suerte que su vástago.

Dos guardias civiles asesinados

Igor, «El ruso», conducía a toda velocidad el mitsubishi pickaup de su primera víctima cuando se cruzó con los agentes de la Guardia Civil Víctor Romero y Víctor Jesús Caballero. Aquí pudieron haber ocurrido dos cosas. O bien el serbio disparó desde el vehículo sustraído contra los dos miembros de la Benemérita, o puede ser que estos dos últimos le diesen el alto y el terrible asesinó no dudó en empuñar de nuevo su arma para acribillarlos a tiros. Desde su escondite, el padre de Iranzo, ajeno a lo que realmente había ocurrido, escuchó de nuevo el silbido de las balas que terminaron con la vida de dos hombres de 30 y 38 años respectivamente. Al percatarse de aquellas detonaciones, llamó de nuevo a la Comandancia del la Guardia Civil de Andorra solicitando más efectivos, pues había oído de nuevo los balazos que en esta ocasión habían terminado con la vida de dos agentes. Norbert Feher robaría las armas reglamentarias de los fallecidos y proseguiría su huida con dirección a Andorra.

El padre de José Luis Iranzo desconocía lo que realmente había pasado cuando salió de su escondite y contempló como entraba una patrulla de la Guardia Civil, quien no le permitió acceder al lugar de autos. Un agente se limitó a informarle que un peligrosísimo delincuente había asesinado a dos compañeros suyos, además de una tercera persona, que resultó ser su hijo, dándose inmediatamente cuenta de lo que había sucedido, y que el perro no era la víctima de aquel delincuente sino su propio vástago.

A partir de ese momento se inicia un dispositivo con el objetivo de localizar a Norbert Feher, aunque hay ya muchas críticas contra la Subdelegación del Gobierno de Teruel por no haberlo hecho antes, cuando habían resultado heridas dos personas en las proximidades del lugar donde había perpetrado la horrible matanza.

Herido y borracho

Doce horas más tarde de haber perpetrado el triple crimen, Igor «El ruso» tendría un accidente con el vehículo que había sustraido a José Luis Iranzo, a 70 kilómetros del lugar donde había asesinado a tres personas, ya en la demarcación provincial de Castellón. El vehículo que conducía había sufrido un accidente entre las localidades de Cantavieja y Mirabel en la carretera A-226. Presentaba algunas heridas de carácter leve y se encontraba armado hasta los dientes. Llevaba dos pistolas, una preparada para ser accionada en cualquier momento, además de un machete. Los agentes que procedieron a su detención manifestaron que se encontraba muy tranquilo, además de preguntarle si había bebido a lo que respondió afirmativamente. Su test de alcoholemia arrojaría una cantidad de 0,47 mililitros de alcohol por aire espirado, casi el doble de lo permitido, una infracción por la que cualquier ciudadanon se vería obligado a satisfacer una multa de 500 euros, además de ser sancionado con la pérdida de cuatro puntos.

Los agentes que procedieron a su detención actuaron con suma cautela, dados los antecedentes del peligroso delincuentes. No obstante, no le dieron opción de ningún tipo, ya que además de inmovilizarlo, le pusieron los grilletes y le leyeron sus derechos. Además, le realizaron una serie de preguntas que Norbert Feher se negó a contestar.

Prisión permanente revisable

El perfil psicológico de Igor, «El ruso», que también había cometido un crimen en Italia donde está reclamado para el cumplimiento de la cadena perpetua, responde al de un individuo frío y calculador, que tal vez sufra depresión bipolar y también mesianismo. La fiscal lo acusaría de actuar con extrema crueldad en los tres crímenes que perpetró, mientras que su defensa reconoció el asesinato del ganadero, en tanto que aludió a la legítima defensa en el enfrentamiento que le había costado la vida a los dos guardias civiles.

En el juicio volvería a hacer gala de su carácter arrogante, mostrándose altivo y desafiante. De hecho, amenazaría a los funcionarios con matarlos cuando obtuviese la libertad definitiva. Además de la prisión permanente revisable a la que fue condenado, motivo por el cual deberá permanecer un mínimo de 30 años en la cárcel, también sería sentenciado a otras penas que sumaban diez años de prisión por el intento de asesinato de otras dos personas que había realizado diez días antes. Las indemnizaciones a sus víctimas fueron fijadas en más de tres millones de euros, aunque ha quedado patente la insolvencia de este peligroso sujeto.

Feher recibiría la noticia de su condena en la prisión de Zuera, en Zaragoza, a donde había sido trasladado desde Palencia. En esta última había herido a dos funcionarios el día anterior a su traslado a Teruel. Previamente había estado ingresado en la coruñesa de Teixeiro. Debido a su extrema peligrosidad, se encontraba en régimen de aislamiento y a pesar de que tenía derecho a una hora diaria de patio, jamás salía de su celda.

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El triple crimen de Trespalacios («El buen ladrón»)

Juan José Trespalacios, en una fotografía de la época

Eran aquellos tiempos una época terriblemente dura para quienes les tocó vivirlas. Plena Posguerra española, en la que cualquier treta servía para sobrevivir. Se generaron mitos y leyendas acerca de algunos personajes, cuyas prácticas parecían asemejarse a la picaresca medieval. Eran, mayoritariamente, rateros de medio pelo que tan solo aspiraban a sobrevivir, aunque a alguno se le fuese la mano. Ese fue el caso de Juan José Trespalacios, un individuo vasco que desde niño llevó una dura existencia cargada de grandes penalidades y privaciones que le harían pasar por diversos oficios. Entre ellos, el de estraperlista, muy común en aquellos furibundos y ariscos años cuarenta del pasado siglo. Su historial delictivo no pararía de crecer, realizando desde estafas hasta pequeños robos. Sería precisamente la desaparación de una vaca en el año 1950 en la pequeña aldea de Añes, en el municipio alavés de Ayala, la que le llevaría a la perdición, pues su ego personal, unido a su afán de venganza, le harían tomar la justicia por su mano contra quien le había denunciado. Su delator fue un campesino de la localidad, Marcelino Menoyo, a quien iría buscar personalmente a su domicilio para ajustarle las cuentas. Su intención, según declararía en el juicio que se siguió en su contra, no era la de matar a nadie sino de darle un buen susto, una paliza.

El día 4 de marzo de 1951, después de la salida de misa, se dirigió a casa de Marcelino Menoyo, en un domingo en el que una gran nevada cubría la pequeña localidad alavesa. Lo vio entrar en el pajar de su vivienda y tomó un palo para golpearlo de manera contundente. Cuando estaba ejecutando su venganza, ante los gritos proferidos por su víctima, salieron en su auxilio sus otros dos hermanos, Lázaro y Fe Clotilde, mientras proseguía con la terrible venganza. En aquel momento, y quizás al sentirse descubierto perdió el norte, y golpearía con la misma arma a los otros dos miembros de la familia Menoyo, ensañándose con los tres hasta el extremo de consumar una terrible matanza de las que hacen época. Posteriormente, el criminal comenzaría una huida por el monte, mientras los vecinos de Añes lo perseguían con los ánimos muy exaltados y con el ansia de hacerle pagar por el gravísimo crimen que acababa de perpetrar. Sin embargo, a pesar de que había salido de otras emboscadas, en esta ocasión no le ayudó su fuerza física, siendo detenido por varios habitantes de la localidad provistos de sus respectivas escopetas de caza. Exhausto y sin fuerzas, Trespalacios no opuso resistencia y fue detenido por aquellos furibundos hombres que lo introdujeron en una cabaña, atándolo con unas viejas cuerdas al tiempo que estudiaban la manera de matarlo. Los ánimos estaban muy encrespados y solamente la intervención del párroco de Añes evitó que fuese linchado en aquel mismo lugar, aunque no pudo impedir que fuese agredido o golpeado por el vecindario, que clamaba justicia inmediata por el triple crimen que se había cometido en el pueblo.

Avisados los agentes de la Guardia Civil, se dirigieron hasta la aldea donde se había perpetrado el triple crimen. Tampoco ellos demostraron generosidad alguna para con el detenido, a quien humillarían y hasta amenazarían adviertiéndole con la pena que le iba a caer encima. Se dice que Trespalacios pasó más de cuatro días sin comer, al tiempo que había declarado dos veces ante el juez, reconociendo el terrible crimen que se le imputaba.

La leyenda de «El buen ladrón»

A partir de esta detención, que sería la última de las muchas que había sufrido, Juan José Trespalacios da un giro radical a su vida. Tres días después de haber cometido el crimen, acepta confesarse con un sacerdote, cuya actitud impresionaría profundamente al autor del triple crimen, pues el religioso le da su ropa pues el detenido tiene frío. Reconoce la barbaridad que había cometido y se muestra arrepentido de lo que ha hecho. Cuando ingresa en la cárcel de Vitoria, el día 12 de marzo, lo primero que hace es solicitar la visita del capellán, a quien vuelve a manifestar su dolor y arrepentimiento por el triple crimen perpetrado apenas una semana antes.

Ocho meses después de su detención, es procesado en la Audiencia Provincial de Vitoria. El ministerio fiscal le solicita hasta tres penas de muerte. Finalmente solo será condenado a una, más que suficiente para terminar con la vida de cualquier hombre. Sin embargo, en ese periodo que va desde su detención hasta su juicio, se reconoce en él a otro hombre distinto al que había sido hasta aquel entonces. Acuciado ante la posibilidad de ser sentenciado a muerte, convierte su celda en una especie de santuario. Desde libros piadosos, pasando por un rosario para concluir con un cilicio ensangrentado forman parte de la vida de Juan José Trespalacios, quien llega a manifestar en un epistolario mantenido con un religioso que «Después de abjurar todos mis errores y recibiendo del señor luces suficientes para retomar como el hijo pródigo a mi fe perdida no me queda más que ofrecerle mi vida en holocausto por mis pecados y como reparación de mi mala vida pasada».

A pesar de su sincero arrepentimiento y de convertirse en una especie de santo popular al que algunos le profesan una no menos sincera devoción, en aquellos tiempos la férrea dictadura mantiene su rígido control sobre todo aquel que se ha salido de los cánones establecidos. Su delito es demasiado grave como para poder recibir un indulto que están esperando quienes le acompañan la madrugada del 13 de junio de 1951 en la prisión provincial de Vitoria, entre ellos un sacerdote. Previamente se había despedido de su madre y su hermana a quienes les había dicho que «mañana estaré en el cielo».

La ejecución, como casi todas, se convierte en un gran drama, pero mucho más en este caso, dadas las circunstancias que habían rodeado a lo largo de los últimos meses al reo. En ningún momento pierde la compostura y los testigos de su muerte no disimulan las lágrimas de dolor y emoción, entre ellos los agentes de la Guardia Civil. Por su parte, el verdugo Florencio Fuentes Estébanez se negará a oficiar el último acto de Trespalacios, por lo que es sustituido por su camarada Antonio López Sierra, alias «El Corujo». Al primero de los ejecutores de sentencias le costará su puesto en la administración de Justicia e iniciará una deriva que le llevará al suicidio en el año 1970, víctima de los resentimientos que le habían causado las ejecuciones que había practicado en su larga trayectoria profesional. El condenado ni siquiera permite que se le venden los ojos, como era una práctica habitual y obsequia a todos los presentes con una plácida mirada y la mejor de sus sonrisas, dando a entender que se marcha de este mundo sin rencor y sin odio. Ni siquiera hacia sus ejecutores.

Las crónicas de la época que relatan la ejecución ofrecen la visión de un criminal que termina convirtiéndose en la víctima, al igual que todos quienes terminaban en el cadalso. Una vez concluido la horrorosa ceremonia, su cuerpo fue trasladado al cementerio vitoriano de Santa Isabel para ser sepultado en el panteón familiar. A partir de ahí se inicia una leyenda que llega hasta nuestros días y serán muchas las personas que a partir de ahora se encomienden al «Santo Trespalacios», reconvertido ahora en «El Buen Ladrón».

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Las cinco muertes provocadas por la envenenadora de Pollença

Catalina Domingo, la envenenadora de Pollença

Son muchos los estudiosos del mundo de la criminología que sostienen que las mujeres tienen más clase a la hora de matar que los hombres. No quiere decir que sean mejores ni peores, pero sí diferentes. Dentro de la crónica negra española ha habido algunas célebres envenenadoras que se han destacado a lo largo de su historia, haciendo un macabro trabajo, pero eficaz. Incluso, consiguieron eludir durante algún período de tiempo la acción de la Justicia hasta que alguien se dio cuenta de que había algo que no casaba en medio de tantas muertes que parecían ser ocasionales.

Una de esas mujeres, a la que la prensa calificó como «viuda negra» fue la mallorquina Catalina Domingo, una mujer joven en la década de los sesenta, que no se lo pensaba un par de veces a la hora de liquidar a quien ella consideraba un estorbo en su existencia. Decían de ella que era una mujer atractiva y de aspecto afable, que no levantaría la más mínima sospecha en ningún sentido. Catalina cultivó ese carácter y fue ganándose a las personas de su círculo más próximo con el único objetivo de pasar desapercibida. Durante algún tiempo su táctica funcionó, aunque finalmente terminaría resquebrajándose, aplicando el viejo axioma que nos recuerda que «la policía no es tonta».

Esta mujer era hija única de una viuda mallorquina, nacida en el año 1922. Con 23 años se casaría con un vecino suyo, Pedro Coll, con quien tendría dos hijos. Un niño y una niña. Ambos fallecerían siendo aún muy pequeños. Al parecer presentaban cuadros de cólicos, diarreas y descomposición. Cuando los pequeños murieron, Catalina fingió estar muy apenada, pero nadie sospechó que detrás de la muerte de las dos criaturas se encontrase una madre despiadada y perversa. Los críos fallecerían a la edad de cinco años y diecisiete meses respectivamente. El mayor, Rafael, moriría en 1962, en tanto que su hermana, María Luisa, dos años más tarde,

Ya, en la década de los años sesenta, concretamente en 1967, cuando la envenenadora había alcanzado cierta madurez y se le suponía también un cierto equilibrio personal, su marido Pedro Coll comenzó a presentar los mismos síntomas que apenas tres años antes habían experimentado sus pequeños. Dolor de estómago, cólicos y diarreas, de los que se desconocía su origen. El médico, al igual que antaño había sucedido con sus pequeños, se mostraba incapaz de realizar un diagnóstico que le permitiese acertar con la dolencia que le afectaba. El marido de Catalina Domingo terminaría por fallecer el 18 de enero de 1968, apenas unos meses después de sufrir aquella serie de síntomas cuya etiología resultaba desconocida para los galenos de la época. Un médico certificaría que el esposo de la envenenadora falleció a consecuencia de un infarto de miocardio. Quienes la acompañaron en el duelo de su marido aseguraron que la mujer se encontró en todo momento muy desolada por la muerte de su cónyuge. Nadie sospechó que detrás del deceso de aquel hombre se encontrase la sombra de su terrorífica esposa. Sin embargo, hay que hacer notar que para entonces ya había retirado todo el dinero de la cuenta que poseían en el banco y unos días más tarde vendió el coche y la moto. Tampoco se le escapó la opción de ejercitar el derecho de herencia que le correspondía por parte de su marido, a lo que sus cuñados accedieron sin poner ningún reparo, apiadándose de su aparente dura situación personal.

Dos muertes más

Viuda, sola y aparentemente triste, Catalina Domingo se marchó a vivir con sus tíos, un matrimonio ya sexagenario que había poseído un pequeño negocio en la isla de Mallorca y que había ido forjando una pequeña fortuna de cara a su jubilación. Desconocían que introducir a aquella mujer en su casa, por quienes sentían auténtica devoción -quizás por haberse criado huérfana de padre- iba a ser su sentencia de muerte. Tal era el afecto que le profesaban que la envenenadora acabaría convirtiéndose en su única heredera, tras la influencia ejercida sobre su marido por su tía, Juana María Domingo.

Al igual que había acontecido con su marido, su tío político Luis Palmer, que llevaba años padeciendo alguna dolencia estomacal, comenzó a presentar un síntomas similares al desaparecido Pedro Coll, si bien es cierto que en este caso estaban algo más justificados al ser una persona de cierta edad para los cánones de la época y la patología previa que presentaba. El día 5 de mayo de 1968 fallecía su tío Luis Palmer a la edad de 65 años. Cuatro meses más tarde fallecería su tía Juana, quien además era su madrina. El vecindario mostró su estupefacción y sorpresa por las constantes muertes que acosaban a una familia, ya que en apenas nueve meses habían muerto tres de sus miembros, a pesar de que aparentemente mostraban cierta fortaleza física y nada hacía presagiar que sus decesos se produjesen en tan poco tiempo. El primero en desconfiar fue un médico, quien se negó a firmar el certificado de defunción de su última víctima alegando que había que investigar la causa de aquellos extraños decesos. Posteriormente, una denuncia anónima en un juzgado de Mallorca vendría a confirmar las peores sospechas.

Segundas nupcias

Tras el fallecimiento de su tía, Catalina no dudó en rehacer su vida con un taxista viudo, Juan Vitalet, quien se encontraba feliz de haber rehecho su vida ya que así su hija pequeña no se encontraría sola en sus prolongadas jornadas laborales. Desconocía la envenenadora que ya le estaban siguiendo la pista, pues resultaban muy extrañas aquellas tres últimas muertes en un período tan breve de tiempo. Además, se casaría justo nueve meses después de haber enviudado de su primer marido, el periodo legal estipulado en la legislación de entonces entre un matrimonio y otro.

Un juez de Palma de Mallorca ordenaría exhumar los cuerpos de sus tíos fallecidos recientemente para aclarar las causas de sus decesos, haciendo así caso de la denuncia presentada previamente. En los cuerpos de los fallecidos se encontró abundante cantidad de arsénico, un componente químico que goza de la propiedad de conservar con bastante facilidad los cuerpos de los fallecidos. Inmediatamente se procedió a la detención de Catalina Domingo, quien ingresaría en el módulo de mujeres de la prisión de Palma de Mallorca.

Las pruebas reunidas por el fiscal contra la supuesta asesina de sus hijos, marido y tíos son abrumadoras, llegando a solicitar hasta más de cien años en total por todos los delitos acumulados. Se le acusaba de haber dado muerte a sus dos hijos, su marido y sus tíos. Ella negará siempre en el transcurso del juicio que se siguió en su contra que fuese la autora de los crímenes que se le imputaban. Solamente reconocía haber dado muerte a su primer marido, Pedro Coll. Sin embargo, negaba que hubiese matado a sus hijos y mucho menos a sus tíos, consciente de que podía ser desposeída de la herencia que le habían legado. Su actitud también resultará sorprendente, pues se mostraría en todo momento colaboradora con la justicia, muy confiada en la capacidad de su abogado, Luis Matas, un prestigioso letrado balear que se encargó de defenderla.

En un principio la Audiencia de Palma de Mallorca la condenó a la pena de 45 años de prisión mayor, aunque un recurso posterior dejaría la sentencia en tan solo 30 años, de los que apenas cumpliría ocho y medio. Solamente se le había conseguido probar el asesinato de su tía Juana, su principal benefactora. Los magistrados alegaron que los indicios allegados no eran suficientes para responsabilizarla autora de las otras cuatro muertes.

Cuando ya se habían apagado los ecos de su siniestra actitud, un diario mallorquín, Última Hora, daba cuenta del misterioso deceso de Catalina Domingo el día 28 noviembre de 1986 cuando ya contaba 64 años. Añadía que su muerte se había producido en extrañas circunstancias que estaban siendo investigadas, entre las que no se descartaba un posible envenenamiento¿? Sin embargo, su muerte jamás fue aclarada.

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Una niña descuartizada en Ourense

Sobrado do Bispo, la aldea de la que era originaria la niña asesinada

Aquel año 1914 prometía emociones fuertes. Y vaya si las tuvo. Aunque fuesen casi todas ellas muy negativas. En Europa se respiraban ya vientos de guerra, pero los gallegos seguían más atentos a las muchas cartas procedentes allende los mares que de lo que sucedía en en viejo continente. Desde hacía varias décadas se había instalado la percepción de que La Habana o Buenos Aires estaban a la vuelta de la esquina, mientras que -ya no Europa- sino que Madrid, Barcelona o Bilbao se encontraban mucho más lejos que aquellas dos capitales americanas.

A la lumbre de las ancestrales lareiras, los tradicionales fogones gallegos, y a la luz de un candil se contaban viejas historias de sacauntos o sacamantecas, entre ellos el célebre «Hombre lobo de Allariz» o la deformada historia del desollador de A Legua Dereita, que había tenido lugar por aquellos mismos años. Y como no, las andanzas del célebre Mamed Casanova, conocido por el sobrenombre de «Toribio», quien estaba sentenciado a prisión perpetua en alguna perdida cárcel de España. En esas circunstancias, a comienzos de mayo de aquel histórico año 1914 la prensa gallega y la de prácticamente toda España se hacía eco del macabro hallazgo del cuerpo descuartizado de una pequeña de cuatro años, Ramona Crestelo Novoa, en el monte de Bacariza, perteneciente al municipio orensano de Barbadás, situado a menos de diez kilómetros de la capital de la provincia. El cuerpo había sido localizado por una mujer cuando iba a proveerse de leña con la que hacer fuego. A tenor del espeluznante hallazgo, dio inmediatamente cuenta a las fuerzas del orden, quienes se pusieron manos a la obra en la búsqueda de lo que -todo parecía indicar- era un horripilante y horrible crimen. Por las circunstancias en que fueron hallados los restos de la pequeña, a quien le habían seccionado el brazo derecho -dando la sensación que se lo habían arrancado de cuajo- y el pie izquierdo, amputado a la altura de la articulación, que el salvaje asesinato había obedecido a algún ritual de los que se hablaba mucho en aquel entonces con la finalidad de paliar los efectos de alguna incurable enfermedad, que tanto abundaban en aquella época. Entre estas cabe mencionar la tuberculosis, cuyas falsas terapias se habían llevado la vida de un pequeño en la localidad almeriense de Gádor, y por aquellos mismos años se haría también célebre la figura del vampiro de Avilés, Ramón Cuervo, acusado de asesinar a otro menor para absorber su sangre con la que paliar los efectos de su avanzada tisis.

El cadáver de Ramona Crestelo se hallaba situado a escasos dos metros de un sendero de escaso tránsito en el monte de A Bacariza. El cuerpo lo habían colocado boca a bajo y se encontraba completamente desnudo. Presentaba, además de las amputaciones antes mencionadas, manchas plomizas en el brazo izquierdo y la parte del tronco correspondiente al mismo lado. Sorprendió a quienes hallaron el cuerpo sin vida de la pequeña que en lugar de autos no hubiese apenas manchas de sangre, por lo que se supuso que el crimen se había cometido en otro lugar distinto al encontrado. El gran misterio al que habrían de hacer frente los investigadores del suceso era el destino que habían tomado las extremidades amputadas de la pequeña. Se peinó una amplísima franja de monte y en ella solamente se encontraron algunos restos de algodón y tejidos pertenecientes al traje que vestía la pequeña el día del secuestro.

Practicada la autopsia, los forenses dictaminaron que el brazo que le faltaba a la niña había sido seccionado con un instrumento cortante que atravesaría los tejidos blandos originando una gran hemorragia, ya que la lesión afectaba directamente a las arterias axilar y subclavia derecha. Lo mismo sucedía con el pie izquierdo, en cuyo tobillo existía también la amputación de los tejidos blandos y de la arteria pedia, lo que provocaría un gran hemorragia. La extremidad superior habría sido arrancada después de grandes avulsiones dadas con gran fuerza en diferentes sentidos, consiguiendo así la separación del brazo por la articulación. El rostro de la pequeña presentaba algunos rasguños, indicando que había sido arrastrado por alguna zona de matas o zarzas, conocidas en Galicia como silvas, y que suelen abundar mucho en épocas primaverales. La necropsia practicada a Ramona Crestela apuntaba a la posibilidad de que el miembro superior pudiese haber sido arrancado cuando aún se encontraba con vida, por lo que se señalaba que la criatura había podido sufrir poco menos que un terrible martirio, dadas las circunstancias en la que la habían dado muerte sus captores.

Detenciones

El suceso no solo consternaría a Galicia, sino a la sociedad española de entonces, provocando de nuevo ríos de tinta en los distintos diarios de la época, que se mostraban más preocupados de dar cuenta de hechos similares que de la furiosa actualidad internacional que encaminaba al mundo hacia su primera gran conflagración. En Barbadás y en Ourense se había desatado una gran ola de furor e indignación. Desde los escasos medios de comunicación y otros ámbitos se arremetía contra curanderos y las falsas terapias que no hacían otra cosa que provocar tragedias y se encontraban ante un despiadado suceso que se calificaba en la prensa escrita como de «cruelísimo». Se exigía justicia, así como encontrar lo antes posible los restos amputados de la pequeña. La alarma empezó a cundir y en los periódicos se daba cuenta de otros intentos de secuestro de niñas, algunos de ellos ciertos, pero otros no dejaban de ser fabulaciones o bulos provocados por el gran temor y el pánico que habían desatado a consecuencia de tan execrable crimen.

En aquel entonces comenzó a tomar cuerpo la posibilidad de que el crimen que le costó la vida a Ramona Crestelo hubiese sido obra de unos ciudadanos portugueses, a quienes se acusaba, sin pruebas, de vender ungüentos y grasas humanas con diferentes fines en las ferias y mercados de la comarca. En un principio fueron detenidos un hombre de nacionalidad portuguesa, José Montero, de 33 años, al que la prensa le atribuye la profesión de pordiosero, natural de la provincia lusa de Vila Real; su amante María Rivas Incógnito, una mujer viuda de 42 años, oriunda del municipio gallego de Ponteareas y la hija de esta última, una joven de 18 años nacida en el concejo pontevedrés de A Cañiza y que respondía al nombre de Rosa Suárez Rivas. Al ser trasladados a las dependencias de la Guardia Civil de Ourense, fruto del furor y la indignación que existía en la localidad, estuvieron a punto de ser linchados por una furiosa turba que exigía justicia a cualquier precio. Tras permanecer algunos días en los calabozos y ser sometidos a duros interrogatorios, que muchas veces rozaban las crueles prácticas de tortura más abyectas, se llegó a la conclusión de que aquel trío no dejaban de ser unos inocentes feriantes, que no guardaban relación con el trágico suceso ni tampoco practicaban ningún tipo de rito satánico ni mucho menos comerciaban con grasa humana, aspecto este que se achacó muchas veces sin pruebas a determinado tipo de personas que iban vendiendo sus pócimas por ferias y mercados de Galicia.

Pasaba el tiempo y no se practicaban nuevas detenciones, por lo que la indignación popular iba in crescendo. Seguía publicándose en la prensa presuntos intentos raptos de pequeños que se sucedían cada dos por tres por toda la geografía gallega, aunque casi ninguno tenían visos de ser cierto. En julio de aquel mismo, Guerra Mundial ya de por medio, era detenido en la localidad pontevedresa de Cambados un individuo que se llamaba Manuel Moure González, originario del municipio orensano de Parada de Sil, cuyas señas correspondían a las facilitadas en diferentes puestos de la Guardia Civil. Sin embargo, una vez más, hechas las pertinentes pesquisas, este hombre resultó ser inocente y nada tenía que ver con el espantoso crimen.

A pesar de la gran indignación popular, y de los señalamientos que se hacían desde diferentes sectores de la sociedad de la época, los esfuerzos por hallar al culpable de este macabro crimen no dieron jamás el fruto deseado. Ni siquiera se supieron los móviles. Las conjeturas apuntaban a que alguien muy poderoso se encontraba detrás de este horrible crimen. Ese alguien presuntamente se habría servido de la sangre o de la grasa de la pequeña para hacer frente a alguna dolencia de la época, ignorando que aquellas prácticas jamás dieron resultado alguno. A veces funcionaba durante algunas horas el denominado «efecto placebo», no en vano al tomar sangre se incrementaban de forma notoria las reservas de hierro del cuerpo, pero esos falsos beneficios desaparecían también a las pocas horas. Y nada había que hacer ya cuando la enfermedad, principalmente la tuberculosis, había sido diagnosticada. Tarde o temprano la sentencia de muerte era firme y tan solo era cuestión de tiempo, a pesar de que, desgraciadamente, se seguirían produciendo algunos casos de vampirismo que tan solo servirían para incrementar el dolor, generar terroríficas leyendas que han llegado hasta nuestros días y llenar las páginas de sucesos de la prensa de la época, que prestaba más atención a estos crueles acontecimientos que al gran drama que estaba asolando Europa, en el que la sangre corría a borbotones.

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Más de tres lustros de misterio en torno al triple crimen de Burgos

La familia asesinada el día de la primera comunión de Rodrigo Barrio

Fue sin lugar a dudas uno de los crímenes más escalofriantes y mediáticos por todas las circunstancias que lo rodearon. Aunque recientemente se ha reabierto la investigación con nuevos elementos de juicio, entre ellos el vehículo de Salvador Barrio, el hombre que apareció asesinado junto a su esposa, Julia y su hijo Álvaro, el misterio persiste y son muchas las incógnitas que rodean tan dramático caso.

A la mañana siguiente de aquel 7 junio de 2004 los vecinos de la capital burgalesa se despertaron con la trágica noticia del asesinato de tres de los cuatro miembros de una familia de clase acomodada. El criminal descargó toda la adrenalina y el odio que llevaba dentro contra sus víctimas a las que asestaría un total de 99 puñaladas. Víctimas de las garras del brutal asesino, caían Salvador Barrio, un agricultor de 53 años, que había forjado un considerable patrimonio a base de muchísimo trabajo y esfuerzo en el municipio de La Parte de Bureba. Con él también era asesinada en su misma alcoba su esposa Julia, algo más joven que él. La otra víctima es el más pequeño del clan familiar, Álvaro, un niño de doce años que también ha sucumbido ante el desalmado psicópata. Solamente se salvaría el hijo mayor del matrimonio, Rodrigo, un adolescente de 16 años, quien por entonces se encontraba internado en el complejo Ciudad de la Educación de San Gabriel, regentado por los hermanos de esta misma congregación.

Las primeras pesquisas se dirigieron hacia el entorno más próximo de Salvador Barrio, ya que se suponía que el autor o autores del crimen son conocidos del agricultor asesinado, ya que habrían franqueado la puerta con absoluta normalidad sin dejar rastro alguno. La única pista existente es la huella de una zapatilla deportiva marca Dunlop. Su propietario podría calzar los números 42-43 aproximadamente, pero que con toda seguridad se la ha quitado al salir del piso que ha convertido en un macabro panteón. Los estudios forenses dictaminaron que la primera víctima es Salvador, quien supuestamente trató de defenderse de su agresor, llegando a recibir un total de medio centenar de puñaladas. Su esposa, apenas habría opuesto resistencia, pues recibe 17 puñaladas. Alertado del horror que se estaba viviendo en su casa, Álvaro echa el pestillo, pero el agresor echaría la puerta a bajo y se introduciría en el dormitorio del pequeño a quien, tras una breve lucha, le propina 42 cuchilladas que terminan con su vida. Los investigadores se suponen que el crimen habría acontecido entre las cinco y las seis de la madrugada. Aunque se trata de un bloque de viviendas en el que residen viven otras familias, nadie escuchó ni vio nada. Ni siquiera un grito, a pesar de la masacre que se había perpetrado en aquella vivienda.

El hijo mayor, investigado

A partir de ahí son muchas las incógnitas y el misterio que rodea a esta brutal matanza. Se abren muchas conjeturas y suposiciones que se hacen los investigadores, aunque ninguna de ellas da los frutos deseados. El caso daría un giro inesperado a mediados de junio del año 2007 cuando es detenido Rodrigo Barrio Dos Ramos en el domicilio de su tío Benito Dos Ramos, en la parroquia de Queirugás, en el municipio orensano de Verín. Los indicios de la Policía le sitúan como el principal responsable de la muerte de su familia, entre ellos la pisada de las zapatillas deportivas, que al parecer vestía con asiduidad, aunque algunos miembros de la familia sostienen que el chaval calzaba algunos números superiores al de los encontrados en la casa en la que se produjo el brutal crimen. Otra de las pruebas era una joya que su madre siempre llevaba al cuello y que fue hallada con posterioridad en poder del muchacho, desconociéndose si la portaba el día de autos. De la misma forma, se encontrarían también algunas colillas de la marca de tabaco que habitualmente fumaba, Royal Crown, a pesar de que el joven contradirá repetidamente a la investigación policial. Las cajetillas halladas con posterioridad serían de Luckie Stricke. En este caso, la acusación particular responsabilizó al propio chaval de colocarlas en el cuarto de baño de la casa, pues al parecer, podrían ser muy posteriores a las halladas el día del crimen. Según la investigación policial, Rodrigo incurrió en repetidas contradicciones, pero jamás llegaría a confesar el crimen. El joven sería ingresado provisionalmente en un centro para menores de Burgos, pero sería puesto en libertad al desestimar la consistencia de las pruebas aportadas por parte de los magistrados que se encargan del caso.

Los supuestos móviles que habrían movido a Rodrigo Barrio a asesinar a su familia irían desde el sentirse desvalorizado por su familia en favor de su hermano pequeño, comúnmente conocido como el «síndrome del príncipe destronado» hasta el destino que le habría deparado para él su progenitor, quien habría comprado una cosechadora valorada en 120.000 euros, con el objetivo de que en un futuro próximo su vástago trabajase en la extensa hacienda familiar. Igualmente, se atisbó la posibilidad de hacerse con el patrimonio familiar, tres viviendas y 180 hectáreas de terreno, valoradas en aproximadamente un millón de euros.

El muchacho inculparía a uno de los religiosos del internado en el que estaba internado, aunque esta posibilidad sería desechada casi de inmediato, al igual que a otro amigo del colegio, que también caería por su propio peso.

El otro sospechoso de este triple crimen sería un vecino, conocido como Angelito, que ahora se encuentra cumpliendo una pena de prisión por haber arrollado de manera intencionada a una anciana vecina suya. Al parecer, este último habría mantenido importantes desavenencias con el agricultor asesinado motivadas en la época en la que Salvador Barrio fue alcalde del pequeño municipio burgalés. Algunas fuentes apuntaron a que el día en que recibieron sepelio las tres víctimas, este hombre habría acelerado el embrague de su tractor con el ánimo de incordiar a quienes asistían al entierro. Igualmente se le responsabilizaba de las pintadas aparecidas en las sepulturas de las víctimas. Aunque, para la policía había una pieza que no encajaba y se preguntaba como podría haber accedido al domicilio de la familia Barrio, cuando todo hacía suponer que el criminal era una persona que conocía a la perfección todos los detalles del entorno familiar, además de no haber forzado la puerta en el momento de entrar en la vivienda.

División familiar

La familia materna de Rodrigo Barrio, todos ellos residentes en distintos puntos de la provincia de Ourense, sufriría una fuerte escisión como consecuencia de este crimen, dividiéndose entre quienes creen a pies juntillas que su sobrino era el autor del crimen y quienes sostienen exactamente lo contrario. Entre los primeros se encuentran su tío Benito y otra de sus tías, que han mostrado su convecimiento de forma reiterada en que el joven fue el autor de la muerte de sus padres, tanto por el comportamiento que ha mantenido durante todo este tiempo como en los indicios hallados por la Policía.

Benito Dos Ramos fundamenta su teoría en el hecho de que el joven se habría mostrado un tanto esquivo en relación al caso cada vez que se lo planteaban. El muchacho sostuvo siempre que se encontraba en el internado, pero también se sabe que, aunque no tenía permiso de conducir por ser menor de edad en el momento en el que se cometió el triple crimen, sabía manejar el vehículo de su padre y conducía de forma habitual por trayectos cortos. Otro hecho que llamó poderosamente la atención tanto de sus tutores como de los investigadores fueron los famosos dibujos que pintaba Rodrigo, de contenido macabro, alusivos a diferentes formas de matar o asesinar a las personas. En ellos se podía contemplar a hombres colgados y degollados en distintas posturas.

Por otra parte, otro sector familiar se niega rotundamente a reconocer la culpabilidad del chaval, creyendo firmemente hasta ahora las decisiones que ha tomado la Justicia. Basan su razonamiento en que no hay prueba alguna para incriminar a Rodrigo y desechan que la pisada encontrada en el piso pertenezca al muchacho.

Aquí, al igual que sucede en muchas otras ocasiones, también están enfrentadas las posiciones que mantienen la Policía y las autoridades judiciales encargadas del caso. Para los primeros hay indicios más que evidentes de quien fue el autor del horrible crimen de Burgos, mientras que los segundos se encargan de mantener el misterio hasta que se hallen unas pruebas más sólidas. Ahora, y tras casi veinte años, se está analizando el vehículo del matrimonio asesinado en busca de más pruebas. Y lo que también sucede casi siempre en estos casos, que a medida que transcurre el tiempo se hace más difícil resolver un horrible suceso que sigue horrorizando a los españoles más de tres lustros después de que se hubiese perpetrado.

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Arroja a sus cuatro hijos al mar en Asturias

La Peñona fue el lugar elegido para arrojar a los cuatro niños al mar

El año 1991 marcaba en España un cambio de ciclo y se vislumbraba, aunque todavía de lejos, el fin de la hegemonía socialista en el país. Sería cuando Alfonso Guerra dejaría el ejecutivo, iniciándose su divorcio de Felipe González, cuya amistad se remontaba a la década de los sesenta. El terrorismo seguía golpeando fuerte, mientras el país ponía los ojos en el año siguiente, 1992, el de la Exposición Universal de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona. Daba la sensación de que aquellos eventos lo iban a solucionar todo, aunque después comprobásemos que íbamos a quedar igual que estábamos, cuando no peor.

En ese prometedor clima, la crónica negra española viviría uno de sus episodios más espantosos y tenebrosos de los tiempos recientes, que tendría como escenario uno de los más bellos parajes de la costa asturiana, el mirador conocido como la Peñona, en la comarca de Avilés. Al anochecer del martes, 26 de noviembre, una mujer de etnia gitana, María Jesús Jiménez, que contaba en aquel entonces tan solo 29 años, tomó a sus cuatro hijos y se dirigió hacia lo que se iba a convertir en tétrico lugar desde la chabola en la que vivía. Llevaba a la más pequeña de sus vástagos, una niña de cinco años, en brazos. Una vez situada en el punto elegido, se supone que arrojaría los hijos unos tras otro al mar, en una terrible noche de perros en la que soplaba el viento de poniente y la marejada era continua. Decimos se supone porque lo cierto es que sus versiones contradictorias se sucedieron a lo largo de aquellos confusos tiempos y se mantendrían posteriormente en años venideros, cuando ya se encontraba cumpliendo la sentencia a la que sería condenada.

Para añadir más morbo o incertidumbre al asunto, como se quiera, la madre de los pequeños denunciaría su desaparición en el cuartel de la Guardia Civil de Salinas, una pequeña población cercana al núcleo de Avilés. Inmediatamente, la Benemérita daría traslado del hecho a los equipos de emergencia para que se pusiesen manos a la obra y socorrer a los pequeños, aunque, dadas las condiciones del mar ese día, la tarea iba a ser harto complicada y poco se podría hacer en una zona en la que predominan los rocosos acantilados de gran altura, además de ser la costa muy recortada.

El cuerpo de una niña

Al día siguiente de producirse la tragedia, el mar devolvería el cuerpo de la pequeña Azucena, de cinco años de edad. Mientras, su madre continuaba en un estado de absoluta confusión, sosteniendo que los niños habían caído al mar cuando se encontraba jugando con ellos. Sin embargo, su actitud no haría otra cosa que aumentar la desconfianza de los agentes que la interrogaban, quienes no creían en absoluto la versión que les estaba ofreciendo quien era ya una presunta filicida. Por de pronto, sería ingresada en un centro psiquiátrico a la espera de pasar a disposición judicial. Posteriormente solo se recuperarían los restos del cuerpo de uno de los pequeños, en tanto que de los otros dos jamás se volvieron a tener a noticias.

El suceso, que coparía las primeras páginas de los diarios de la época así como algunos programas de las incipientes televisiones privadas, consternaría profundamente al país, que aguardaba impaciente el año mesiánico que se prometía para 1992.

En su declaración ante el juez manifestaría no recordar nada de cuanto aconteció aquel día. El juez gallego Julio Alberto García Lagares siempre sostendría que aquella mujer no se encontraba en su cabal juicio, a pesar de que le contradecían los informes forenses y psiquiátricos. Mientras, su abogado defensor, Guillermo Fernández manifestaría al diario asturiano LA NUEVA ESPAÑA que su patrocinada sufría un trastorno borderline de la personalidad, que se caracteriza por un pensamiento dicotómico e impulsivo. A ello se sumaba que los psiquiatras que la examinaron detectaron un bajo coeficiente intelectual.

Por si los problemas que aparentemente padecía no fueran pocos, se sumaba el hecho de que su matrimonio con un payo, J.L.V., ya había hechos aguas. Su convivencia, al parecer, se había caracterizado por sufrir constantes malos tratos y una situación de estrés constante, que, tal vez hubieran podido influir a la hora de cometer semejante barbaridad. En esta época también tomaría cuerpo la hipótesis de que María Jesús Jiménez se habría intentado suicidar, una vez hubo arrojado sus hijos al mar, tirándose a las vías del tren, aunque este extremo jamás pudo ser certificado.

Tampoco faltarían las teorías de la conspiración y alternativas. Entre estas se llegó a suscitar la probabilidad de que los pequeños fueran víctimas de algún traficante de órganos. Incluso, años después, la propia María Jesús cambiaría de versión, culpando a su propio marido de la muerte de los pequeños, de quien llegó a decir que había corrido detrás de ellos hasta La Peñona tirándoles piedras. Sin embargo, su tesis no se sostuvo ni por activa ni por pasiva.

Condena

Un año más tarde, cuando ya se habían comprobado los efectos de la fiebre del año 1992, María Jesús Jiménez sería juzgada, siendo condenada a 24 años de prisión, acusada de cuatro delitos de parricidio. En este caso obtendría cierta clemencia del presidente de la Audiencia de Oviedo, quien siempre sostuvo que aquella mujer no se encontraba en plenitud de facultades, a pesar de que los informes médicos contradecían su postura. De hecho, la condenada vería sensiblemente reducida su pena, quedando establecida en 18 años, tras prosperar parcialmente un recurso presentado por su letrado ante el Tribunal Supremo.

Durante el tiempo que permaneció entre los muros de la prisión era frecuente que se comunicase con el juez García Lagares, a quien siempre enviaba alguna tarjeta dibujada con motivo de las fiestas navideñas o por el santo. Posteriormente, el magistrado perdería el contacto con la reclusa hasta que fue nombrado presidente del Tribunal Superior de Justicia de Asturias y fue a visitar la prisión en la que se encontraba cumpliendo condena. Los funcionarios le manifestarían al letrado que aquella mujer no se encontraba psíquicamente bien. Pensaban que se encontraba ida y que su comportamiento no era racional, lo mismo que siempre había sostenido él.

En el año 2001, María Jesús Jiménez obtendría la libertad condicional, pero pretendía seguir entre los muros de la prisión a salir a la calle. Se dice que temía la venganza de sus familiares o su ex marido. Una organización no gubernamental, unido al interés de unas monjas le beneficiarían de un programa de reinserción para ex-reclusos, siendo las religiosas quienes le darían acogida. Asimismo, ese mismo año, se iniciarían los trámites para su incapacitación absoluta, ya que su coeficiente intelectual la llevaba a estar incluida en el grupo de los «débiles mentales». Desde entonces se encuentra recluida en un piso tutelado en el que destaca por su aptitud hacia las manualidades. De vez en cuando, María Jesús cambia de domicilio para evitar que pueda ser controlada por quienes antaño la trataron con el objetivo de evitar una posible venganza por quienes se la tienen jurada.

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Asesina a siete vecinos en Cantabria

Portada de EL CASO dando cuenta del trágico suceso

Aquel año 1980 España viviendo en una gran tensión por distintos motivos que, de una forma u otra, convulsionaban al país. El más grave, sin duda alguna, era la escalada terrorista de ETA, que estaba dejando un gran reguero de víctimas en el País Vasco. A ello se sumaba la crisis económica derivada del cambio político de los años setenta que no hacía otra cosa que incrementar la fuerte conflictivad social. El Gobierno de Adolfo Suárez estaba a punto de derrumbarse a consecuencia de los graves problemas que afectaban al país y que en ese momento carecían de una solución efectiva. Tampoco era menos el descontento que se vivía en los cuarteles, cuando aún el Ejército gozaba de un gran poder, y que alcanzarían su punto culminante con la intentona golpista del 23 de febrero de 1981.

En medio de ese ambiente de incertidumbre social se registrarían algunos hechos que provocarían el estupor generalizado de los españoles, que no estaban acostumbrados a los crímenes múltiples y había que remontarse veinte años atrás, o incluso más, para encontrar un hecho semejante. Así sucedería el 27 de noviembre de 1980 cuando un vecino de la pequeña localidad cántabra de Liermo, perteneciente al municipio de Ribamontán al Monte, Ángel Campo, le daba muerte a siete vecinos suyos por una franja de tierra de apenas doscientos metros cuadrados, cuyo valor se estimaba en apenas quince mil pesetas de la época, la mitad del salario mínimo mensual de entonces. El autor de las siete muertes culpaba a su vecindario de haberle expropiado ese terreno que, según él, legítimamente le pertenecía y en el que se había levantado un parque infantil.

Al anochecer de aquel día de otoño, Angel Liermo Solana, de 64 años de edad, provisto de una escopeta de caza se tomaría, de forma sangrienta y totalmente inexplicable, la justicia por su mano. Su primera víctima sería su convecino Juan Manuel Beci Cruz, de 40 años, a quien acometió, tras una discusión, en la cuadra de su vivienda.

En su orgía sangrienta tenía planeado dirigirse a la casa de los hermanos Revuelta para acabar con la vida de quienes allí vivían. Sin embargo, el azar provocaría que se encontrase en plena calle con Inocencio Palacio, un joven de 38 años que presidía la Junta Vecinal del pueblo, el ente al que responsabilizaba de la expropiación de su terrenos. Sin pensárselo dos veces, Ángel empuño de nuevo su carabina dejando seco de un disparo al pobre infortunado. Al llegar a la vivienda en la que residían quienes sus siguientes víctimas, Amalio y Manuel Revuelta, de 56 y 58 años respectivamente, les acometería disparándoles a través de la ventana.

La siguiente de esta trágica lista sería María Concepción Cruz, una sexagenaria, madre de su primera víctima, quien tuvo la mala suerte de salir a la calle al escuchar los gritos de su hija Elisa Beci, quien resultaría herida de consideración por Ángel Campo, que le efectuó un disparo a la altura del cuello. Peor suerte correría su progenitora que se convertiría en la quinta víctima mortal de un desalmado criminal. El terror que estaba sembrando el brutal psicópata se reflejaría en los hijos de Elisa Beci, cuatro de los cuales -presas del terror desatado- se esconderían en el cuarto de baño. Mientras, una pequeña se arrojaba desde una ventana, situada en el primer piso de la vivienda, hacia un pajar que se encontraba aledaño a la misma.

Sus dos últimas víctimas serían Encarnación Cruz Cedrún y Vicente López Díaz, de 68 años, quienes serían encontrados muertos efectuados por el mismo arma que portaba Ángel Campo Solana en sus respectivos domicilios.

Huida

Una vez hubo consumado su atroz patraña, Ángel Campo Cruz, huiría campo a traviesa por los montes de la comarca, siendo buscado por agentes de la Guardia Civil con el afán de capturarlo y entregarlo a la acción de la justicia. Mientras, en Liermo, los escasos vecinos que quedaban tras la masacre habían cerrado sus puertas a cal y canto por el miedo que despertaba su presencia, pues había temor a que regresase para proseguir con su sádico comportamiento. No obstante, a medida que pasaban los días, los agentes de la Benemérita tenían menos esperanzas de encontrarlo con vida, pues la supervivencia en los montes no era una cuestión fácil para el múltiple asesino, a lo que se sumaba que no disponía de permiso conducir, por lo que se suponía que no podría haber ido a muy lejos.

Tan solo unos días después de haber perpetrado la masacre, el cuerpo sin vida de Ángel Campo sería hallado en un nicho del cementerio de la localidad de Langre, a poco más de cinco kilómetros a través de los montes de donde había perpetrado la masacre. Un matrimonio que había ido a depositar unas flores a la sepultura de un hijo suyo, fallecido unos años antes, reparó que en el suelo había una boina que, en un principio, no le dio mayor importancia. No obstante, luego contemplaron que de uno de los depósitos asomaba algo similar a un cuerpo, que sería reconocido por uno de los cónyuges, a pesar de que hacía más de una década que no veía a Ángel Campo. Su cuerpo presentaba un disparo en la mandíbula, que le ocasionaría la muerte prácticamente en el acto y la cabeza estaba recostada sobre la gabardina que llevaba puesta. Se suponía que el psicópata había saltado la verja del cementerio para poder introducirse en el mismo. El criminal se había criado en el pueblo en el que fue encontrado su cadáver, que visitaba con cierta frecuencia, aunque había nacido en Carrizoso y se había casado en Liermo, de donde era natural su esposa. Posteriormente, el cuerpo de Ángel Campo sería trasladado hasta el Hospital Marqués de Valdecilla de Santander, donde le sería practicada la autopsia.

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Asesina a cuatro personas por un ajuste de cuentas en Pontevedra

Vilaboa, la localidad donde se cometieron los crímenes

En los años noventa la droga causó muchos estragos en Galicia, principalmente en As Rías Baixas, donde eran muy frecuentes los ajustes de cuentas, tanto entre clanes dedicados a la distribución masiva de estupefacientes como entre los propios consumidores que, en más de una ocasión, emplearon la violencia para deshacerse de sus rivales, por el motivo que fuese.

Una de esas ocasiones fue en la jornada del 27 de enero de 1997 cuando toda Galicia se sobresaltaría al conocer un hecho muy sangriento y luctuoso que había tenido en el hostal Las Rías, emplazado en la localidad pontevedresa de Vilaboa. Alrededor de las cde ese día se presentó en el apartamento 21 del centro hotelero José Manuel Rodríguez Lamas, alias «El Pulpo» armado con una pistola del calibre 7,65. Su objetivo era eliminar las posibles víctimas presenciales de otro suceso sangriento cometido por el mismo autor en el día anterior, aunque nunca lo confesaría hasta ocho años más tarde, cuando estaba ingresado en la cárcel.

Como si de un auténtico profesional se tratase y demostrando una extraordinaria pericia tanto en el manejo como en el uso de las armas, José Manuel Rodríguez se desharía de tres personas de una «forma limpia», como se conoce en el argot policial, disparando a cada una de sus víctimas un único disparo en la cabeza. El horripilante crimen sería descubierto horas más tarde por un amigo de los asesinados, encontrando también estado casi moribundo a una cuarta persona, Alberto Piñeiro Rodríguez, un joven de 27 años adicto a las drogas, vecino de la parroquia de Meira, en el término municipal de Moaña. Sorprendentemente este último sobreviría a la matanza.

Tres toxicómanos

Las víctimas del criminal eran tres jóvenes toxicómanos, entre ellos una pareja que se dedicaba al trapicheo en pequeña escala. Los fallecidos eran Jesus Joaquín Brea Blanco, de 33 años de edad, natural de Cuntis y su novia Mercedes Castaño de la Fuente, de 28, natural de la localidad pontevedresa de Marín. La tercera víctima mortal era Eugenio Rioboo Viruel, de 31 años de edad, nacido en Cádiz, pero con vecindad en la el municipio pontevedrés de Moaña.

El error en el disparo sobre Alberto Piñeiro pudo haberse debido a que «El Pulpo» quizás hubiese escuchado algún ruido que le desconcertó y le puso nervioso, huyendo escaleras abajo en dirección a la calle.A Rodríguez Lamas se le acusaba también de un cuarto asesinato, el de Roberto Iglesias Domínguez, de 34 años de edad, al que negó haberlo matado durante más de ocho años. El historial delictivo del triple autor del crimen de Vilaboa no había parado de crecer en todos aquellos años, además llevando a cabo acciones muy violentas, entre ellas algún asalto a entidades financieras, así como liderar una peligrosa banda de delincuentes en el área de las Rías Baixas gallegas.

Aunque en un principio se detuvo a dos personas, se demostró que estas dos nada tenían que ver con la matanza que consternaría a Galicia. El autor del crimen era un peligroso delincuente, conocido de la policía, por haberse visto involucrado en otros actos delictivos muy violentos, entre ellos algún asalto a un banco, así como el hecho de liderar una peligrosa banda que actuaba por todo el área de Vigo y las Rías Baixas.

Detención

Su detención hizo presenciar a los vecinos del barrio vigués de Cabral una escena más propia del Oeste americano o de los muchos filmes que vienen de los EE.UU. en los que se desata una inusitada violencia. La misma se produjo en la jornada del 4 de febrero de 1997, escasamente una semana más tarde de haber perpetrado la carnicería de Vilaboa. «El Pulpo» se encontraba en un bar cuando alrededor de las once de la noche se personó en el mismo una pareja de miembros de la policía.

Al percatarse de su presencia, salió al exterior empuñando sendas pistolas, una en cada mano, con las que abrió fuego contra los agentes, tras parapetarse sobre su coche. Una de las balas estuvo a punto de alcanzar a un transeúnte, mientras que otro proyectil se colaría en el interior de un domicilio por una ventana. Además, uno de los agentes resultaría herido de consideración en una pierna.

Su rudeza la demostraría al enfrentarse con la policía a mano armada, además de increparles diciéndoles que prefería que lo matasen antes de ir detenido. Sin embargo, en esta ocasión la destreza policial y el hecho de verse acorralado sin escapatoria posible provocarían que «El Pulpo» se entregase a los agentes armados.

Por este triple crimen, José Manuel Rodríguez Lamas sería condenado a 125 años de cárcel. Además, le imputaban un cuarto asesinato que siempre se había negado a reconocerlo, el que le había costado la vida a Iglesias Domínguez, cometido en la jornada anterior al triple crimen de Vilaboa.

El asesinato de Roberto Iglesias

El día anterior a la muerte de tres personas en el hostal de Vilaboa había desaparecido un joven de 34 años de edad, Roberto Iglesias Domínguez, quien también tenía numerosos antecedentes policiales y estaba estrechamente vinculado al mundo del trapicheo en pequeña escala de la droga. Pese a los duros interrogatorios a los que fue sometido, «El Pulpo» jamás reconoció ser el autor de su muerte, negando taxativamente conocer su paradero.

Después de ocho años de su desaparición, cuando se encontraba cumpliendo condena por la masacre de Vilaboa, Rodríguez Lamas decidió contar a la policía la verdad sobre la suerte que había corrido la cuarta víctima de este horrendo suceso. En su relato confesaría a los agentes que el había sido quien había acabado con la vida del joven desaparecido en la tarde anterior al triple crimen. El escenario fue el mismo, el hostal, Las Rías.

Al parecer, a las tres de la tarde del 26 de enero, «El Pulpo» se dirigió al centro hostelero en que se desencadenaría la matanza donde mantuvo una agria discusión con el joven que llevaba ocho años desaparecido. Allí, en el hostal mismo, le efectuó un primer disparo que erraría al interponerse entre ellos Carlos Ramos Prada, un joven que sería condenado por encubrimiento, y que fallecería posteriormente en prisión.

El segundo disparo fue mortal de necesidad acabando con la vida de Roberto Iglesias, cuyo rastro sangriento había sido encontrado por la policía en el hostal en el que se juntaban los jóvenes toxicómanos. De la misma forma, estuvo a punto de matar, también de un disparo a Marcial Magdalena, quien -al parecer- se libró de una muerte segura al ocultarse en un armario que había en el interior de la habitación del hostal.

En un pozo abandonado en Ponteareas

Tras el primer crimen, se desataría una guerra de nervios entre todos los presentes en el apartamento para deshacerse del cadáver de Roberto Iglesias. «El Pulpo» obligaría a darle dos puñaladas al cuerpo del joven asesinado a dos de los jóvenes que en ese momento se hallaban con el en aquel tétrico apartamento.

En su confesión ante los agentes de la policía declararía que, una vez hubo cometido el primer crimen, decidió embalar su cadáver e introducirlo en el maletero de su vehículo. Posteriormente arrojaría su cuerpo a un pozo abandonado en una parroquia perteneciente al término municipal de Ponteareas. Una vez cotejados los datos de ADN con los de la sangre hallada en el apartamento de Vilaboa se pudo certificar que efectivamente los restos óseos hallados pertenecían al joven desaparecido.

Curiosamente este crimen, el que más tiempo tardó en ser esclarecido, fue el primero de la sangrienta matanza ocurrida en Vilaboa. Y no solo eso. Este asesinato sería también el desencadenante de la posterior matanza, perpetrada al día siguiente, ya que su finalidad era eliminar cualquier testigo en relación al crimen cometido anterior.

En el año 2011 José Manuel Rodríguez Lamas se beneficiaria de la denominada «Doctrina Parot», al estimar parcialmente el recurso presentado por su letrado. Así, los algo más de tres años a los que había sido condenado por las heridas que le había ocasionado a un agente de la policía el día de su detención. Los mismos se sumaban a los más de 125 años de cárcel a los que había sido condenado por el cuadrúple crimen de Vilaboa con lo que su estancia entre rejas sería de un máximo de 25 años, aunque todavía tenía una pena de dos años pendiente de cumplir, en relación con otro delito por el que no había ingresado en prisión por carecer de antecedentes penales en aquel momento.

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