Las cinco muertes provocadas por la envenenadora de Pollença

Catalina Domingo, la envenenadora de Pollença

Son muchos los estudiosos del mundo de la criminología que sostienen que las mujeres tienen más clase a la hora de matar que los hombres. No quiere decir que sean mejores ni peores, pero sí diferentes. Dentro de la crónica negra española ha habido algunas célebres envenenadoras que se han destacado a lo largo de su historia, haciendo un macabro trabajo, pero eficaz. Incluso, consiguieron eludir durante algún período de tiempo la acción de la Justicia hasta que alguien se dio cuenta de que había algo que no casaba en medio de tantas muertes que parecían ser ocasionales.

Una de esas mujeres, a la que la prensa calificó como «viuda negra» fue la mallorquina Catalina Domingo, una mujer joven en la década de los sesenta, que no se lo pensaba un par de veces a la hora de liquidar a quien ella consideraba un estorbo en su existencia. Decían de ella que era una mujer atractiva y de aspecto afable, que no levantaría la más mínima sospecha en ningún sentido. Catalina cultivó ese carácter y fue ganándose a las personas de su círculo más próximo con el único objetivo de pasar desapercibida. Durante algún tiempo su táctica funcionó, aunque finalmente terminaría resquebrajándose, aplicando el viejo axioma que nos recuerda que «la policía no es tonta».

Esta mujer era hija única de una viuda mallorquina, nacida en el año 1922. Con 23 años se casaría con un vecino suyo, Pedro Coll, con quien tendría dos hijos. Un niño y una niña. Ambos fallecerían siendo aún muy pequeños. Al parecer presentaban cuadros de cólicos, diarreas y descomposición. Cuando los pequeños murieron, Catalina fingió estar muy apenada, pero nadie sospechó que detrás de la muerte de las dos criaturas se encontrase una madre despiadada y perversa. Los críos fallecerían a la edad de cinco años y diecisiete meses respectivamente. El mayor, Rafael, moriría en 1962, en tanto que su hermana, María Luisa, dos años más tarde,

Ya, en la década de los años sesenta, concretamente en 1967, cuando la envenenadora había alcanzado cierta madurez y se le suponía también un cierto equilibrio personal, su marido Pedro Coll comenzó a presentar los mismos síntomas que apenas tres años antes habían experimentado sus pequeños. Dolor de estómago, cólicos y diarreas, de los que se desconocía su origen. El médico, al igual que antaño había sucedido con sus pequeños, se mostraba incapaz de realizar un diagnóstico que le permitiese acertar con la dolencia que le afectaba. El marido de Catalina Domingo terminaría por fallecer el 18 de enero de 1968, apenas unos meses después de sufrir aquella serie de síntomas cuya etiología resultaba desconocida para los galenos de la época. Un médico certificaría que el esposo de la envenenadora falleció a consecuencia de un infarto de miocardio. Quienes la acompañaron en el duelo de su marido aseguraron que la mujer se encontró en todo momento muy desolada por la muerte de su cónyuge. Nadie sospechó que detrás del deceso de aquel hombre se encontrase la sombra de su terrorífica esposa. Sin embargo, hay que hacer notar que para entonces ya había retirado todo el dinero de la cuenta que poseían en el banco y unos días más tarde vendió el coche y la moto. Tampoco se le escapó la opción de ejercitar el derecho de herencia que le correspondía por parte de su marido, a lo que sus cuñados accedieron sin poner ningún reparo, apiadándose de su aparente dura situación personal.

Dos muertes más

Viuda, sola y aparentemente triste, Catalina Domingo se marchó a vivir con sus tíos, un matrimonio ya sexagenario que había poseído un pequeño negocio en la isla de Mallorca y que había ido forjando una pequeña fortuna de cara a su jubilación. Desconocían que introducir a aquella mujer en su casa, por quienes sentían auténtica devoción -quizás por haberse criado huérfana de padre- iba a ser su sentencia de muerte. Tal era el afecto que le profesaban que la envenenadora acabaría convirtiéndose en su única heredera, tras la influencia ejercida sobre su marido por su tía, Juana María Domingo.

Al igual que había acontecido con su marido, su tío político Luis Palmer, que llevaba años padeciendo alguna dolencia estomacal, comenzó a presentar un síntomas similares al desaparecido Pedro Coll, si bien es cierto que en este caso estaban algo más justificados al ser una persona de cierta edad para los cánones de la época y la patología previa que presentaba. El día 5 de mayo de 1968 fallecía su tío Luis Palmer a la edad de 65 años. Cuatro meses más tarde fallecería su tía Juana, quien además era su madrina. El vecindario mostró su estupefacción y sorpresa por las constantes muertes que acosaban a una familia, ya que en apenas nueve meses habían muerto tres de sus miembros, a pesar de que aparentemente mostraban cierta fortaleza física y nada hacía presagiar que sus decesos se produjesen en tan poco tiempo. El primero en desconfiar fue un médico, quien se negó a firmar el certificado de defunción de su última víctima alegando que había que investigar la causa de aquellos extraños decesos. Posteriormente, una denuncia anónima en un juzgado de Mallorca vendría a confirmar las peores sospechas.

Segundas nupcias

Tras el fallecimiento de su tía, Catalina no dudó en rehacer su vida con un taxista viudo, Juan Vitalet, quien se encontraba feliz de haber rehecho su vida ya que así su hija pequeña no se encontraría sola en sus prolongadas jornadas laborales. Desconocía la envenenadora que ya le estaban siguiendo la pista, pues resultaban muy extrañas aquellas tres últimas muertes en un período tan breve de tiempo. Además, se casaría justo nueve meses después de haber enviudado de su primer marido, el periodo legal estipulado en la legislación de entonces entre un matrimonio y otro.

Un juez de Palma de Mallorca ordenaría exhumar los cuerpos de sus tíos fallecidos recientemente para aclarar las causas de sus decesos, haciendo así caso de la denuncia presentada previamente. En los cuerpos de los fallecidos se encontró abundante cantidad de arsénico, un componente químico que goza de la propiedad de conservar con bastante facilidad los cuerpos de los fallecidos. Inmediatamente se procedió a la detención de Catalina Domingo, quien ingresaría en el módulo de mujeres de la prisión de Palma de Mallorca.

Las pruebas reunidas por el fiscal contra la supuesta asesina de sus hijos, marido y tíos son abrumadoras, llegando a solicitar hasta más de cien años en total por todos los delitos acumulados. Se le acusaba de haber dado muerte a sus dos hijos, su marido y sus tíos. Ella negará siempre en el transcurso del juicio que se siguió en su contra que fuese la autora de los crímenes que se le imputaban. Solamente reconocía haber dado muerte a su primer marido, Pedro Coll. Sin embargo, negaba que hubiese matado a sus hijos y mucho menos a sus tíos, consciente de que podía ser desposeída de la herencia que le habían legado. Su actitud también resultará sorprendente, pues se mostraría en todo momento colaboradora con la justicia, muy confiada en la capacidad de su abogado, Luis Matas, un prestigioso letrado balear que se encargó de defenderla.

En un principio la Audiencia de Palma de Mallorca la condenó a la pena de 45 años de prisión mayor, aunque un recurso posterior dejaría la sentencia en tan solo 30 años, de los que apenas cumpliría ocho y medio. Solamente se le había conseguido probar el asesinato de su tía Juana, su principal benefactora. Los magistrados alegaron que los indicios allegados no eran suficientes para responsabilizarla autora de las otras cuatro muertes.

Cuando ya se habían apagado los ecos de su siniestra actitud, un diario mallorquín, Última Hora, daba cuenta del misterioso deceso de Catalina Domingo el día 28 noviembre de 1986 cuando ya contaba 64 años. Añadía que su muerte se había producido en extrañas circunstancias que estaban siendo investigadas, entre las que no se descartaba un posible envenenamiento¿? Sin embargo, su muerte jamás fue aclarada.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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