Una niña descuartizada en Ourense

Sobrado do Bispo, la aldea de la que era originaria la niña asesinada

Aquel año 1914 prometía emociones fuertes. Y vaya si las tuvo. Aunque fuesen casi todas ellas muy negativas. En Europa se respiraban ya vientos de guerra, pero los gallegos seguían más atentos a las muchas cartas procedentes allende los mares que de lo que sucedía en en viejo continente. Desde hacía varias décadas se había instalado la percepción de que La Habana o Buenos Aires estaban a la vuelta de la esquina, mientras que -ya no Europa- sino que Madrid, Barcelona o Bilbao se encontraban mucho más lejos que aquellas dos capitales americanas.

A la lumbre de las ancestrales lareiras, los tradicionales fogones gallegos, y a la luz de un candil se contaban viejas historias de sacauntos o sacamantecas, entre ellos el célebre «Hombre lobo de Allariz» o la deformada historia del desollador de A Legua Dereita, que había tenido lugar por aquellos mismos años. Y como no, las andanzas del célebre Mamed Casanova, conocido por el sobrenombre de «Toribio», quien estaba sentenciado a prisión perpetua en alguna perdida cárcel de España. En esas circunstancias, a comienzos de mayo de aquel histórico año 1914 la prensa gallega y la de prácticamente toda España se hacía eco del macabro hallazgo del cuerpo descuartizado de una pequeña de cuatro años, Ramona Crestelo Novoa, en el monte de Bacariza, perteneciente al municipio orensano de Barbadás, situado a menos de diez kilómetros de la capital de la provincia. El cuerpo había sido localizado por una mujer cuando iba a proveerse de leña con la que hacer fuego. A tenor del espeluznante hallazgo, dio inmediatamente cuenta a las fuerzas del orden, quienes se pusieron manos a la obra en la búsqueda de lo que -todo parecía indicar- era un horripilante y horrible crimen. Por las circunstancias en que fueron hallados los restos de la pequeña, a quien le habían seccionado el brazo derecho -dando la sensación que se lo habían arrancado de cuajo- y el pie izquierdo, amputado a la altura de la articulación, que el salvaje asesinato había obedecido a algún ritual de los que se hablaba mucho en aquel entonces con la finalidad de paliar los efectos de alguna incurable enfermedad, que tanto abundaban en aquella época. Entre estas cabe mencionar la tuberculosis, cuyas falsas terapias se habían llevado la vida de un pequeño en la localidad almeriense de Gádor, y por aquellos mismos años se haría también célebre la figura del vampiro de Avilés, Ramón Cuervo, acusado de asesinar a otro menor para absorber su sangre con la que paliar los efectos de su avanzada tisis.

El cadáver de Ramona Crestelo se hallaba situado a escasos dos metros de un sendero de escaso tránsito en el monte de A Bacariza. El cuerpo lo habían colocado boca a bajo y se encontraba completamente desnudo. Presentaba, además de las amputaciones antes mencionadas, manchas plomizas en el brazo izquierdo y la parte del tronco correspondiente al mismo lado. Sorprendió a quienes hallaron el cuerpo sin vida de la pequeña que en lugar de autos no hubiese apenas manchas de sangre, por lo que se supuso que el crimen se había cometido en otro lugar distinto al encontrado. El gran misterio al que habrían de hacer frente los investigadores del suceso era el destino que habían tomado las extremidades amputadas de la pequeña. Se peinó una amplísima franja de monte y en ella solamente se encontraron algunos restos de algodón y tejidos pertenecientes al traje que vestía la pequeña el día del secuestro.

Practicada la autopsia, los forenses dictaminaron que el brazo que le faltaba a la niña había sido seccionado con un instrumento cortante que atravesaría los tejidos blandos originando una gran hemorragia, ya que la lesión afectaba directamente a las arterias axilar y subclavia derecha. Lo mismo sucedía con el pie izquierdo, en cuyo tobillo existía también la amputación de los tejidos blandos y de la arteria pedia, lo que provocaría un gran hemorragia. La extremidad superior habría sido arrancada después de grandes avulsiones dadas con gran fuerza en diferentes sentidos, consiguiendo así la separación del brazo por la articulación. El rostro de la pequeña presentaba algunos rasguños, indicando que había sido arrastrado por alguna zona de matas o zarzas, conocidas en Galicia como silvas, y que suelen abundar mucho en épocas primaverales. La necropsia practicada a Ramona Crestela apuntaba a la posibilidad de que el miembro superior pudiese haber sido arrancado cuando aún se encontraba con vida, por lo que se señalaba que la criatura había podido sufrir poco menos que un terrible martirio, dadas las circunstancias en la que la habían dado muerte sus captores.

Detenciones

El suceso no solo consternaría a Galicia, sino a la sociedad española de entonces, provocando de nuevo ríos de tinta en los distintos diarios de la época, que se mostraban más preocupados de dar cuenta de hechos similares que de la furiosa actualidad internacional que encaminaba al mundo hacia su primera gran conflagración. En Barbadás y en Ourense se había desatado una gran ola de furor e indignación. Desde los escasos medios de comunicación y otros ámbitos se arremetía contra curanderos y las falsas terapias que no hacían otra cosa que provocar tragedias y se encontraban ante un despiadado suceso que se calificaba en la prensa escrita como de «cruelísimo». Se exigía justicia, así como encontrar lo antes posible los restos amputados de la pequeña. La alarma empezó a cundir y en los periódicos se daba cuenta de otros intentos de secuestro de niñas, algunos de ellos ciertos, pero otros no dejaban de ser fabulaciones o bulos provocados por el gran temor y el pánico que habían desatado a consecuencia de tan execrable crimen.

En aquel entonces comenzó a tomar cuerpo la posibilidad de que el crimen que le costó la vida a Ramona Crestelo hubiese sido obra de unos ciudadanos portugueses, a quienes se acusaba, sin pruebas, de vender ungüentos y grasas humanas con diferentes fines en las ferias y mercados de la comarca. En un principio fueron detenidos un hombre de nacionalidad portuguesa, José Montero, de 33 años, al que la prensa le atribuye la profesión de pordiosero, natural de la provincia lusa de Vila Real; su amante María Rivas Incógnito, una mujer viuda de 42 años, oriunda del municipio gallego de Ponteareas y la hija de esta última, una joven de 18 años nacida en el concejo pontevedrés de A Cañiza y que respondía al nombre de Rosa Suárez Rivas. Al ser trasladados a las dependencias de la Guardia Civil de Ourense, fruto del furor y la indignación que existía en la localidad, estuvieron a punto de ser linchados por una furiosa turba que exigía justicia a cualquier precio. Tras permanecer algunos días en los calabozos y ser sometidos a duros interrogatorios, que muchas veces rozaban las crueles prácticas de tortura más abyectas, se llegó a la conclusión de que aquel trío no dejaban de ser unos inocentes feriantes, que no guardaban relación con el trágico suceso ni tampoco practicaban ningún tipo de rito satánico ni mucho menos comerciaban con grasa humana, aspecto este que se achacó muchas veces sin pruebas a determinado tipo de personas que iban vendiendo sus pócimas por ferias y mercados de Galicia.

Pasaba el tiempo y no se practicaban nuevas detenciones, por lo que la indignación popular iba in crescendo. Seguía publicándose en la prensa presuntos intentos raptos de pequeños que se sucedían cada dos por tres por toda la geografía gallega, aunque casi ninguno tenían visos de ser cierto. En julio de aquel mismo, Guerra Mundial ya de por medio, era detenido en la localidad pontevedresa de Cambados un individuo que se llamaba Manuel Moure González, originario del municipio orensano de Parada de Sil, cuyas señas correspondían a las facilitadas en diferentes puestos de la Guardia Civil. Sin embargo, una vez más, hechas las pertinentes pesquisas, este hombre resultó ser inocente y nada tenía que ver con el espantoso crimen.

A pesar de la gran indignación popular, y de los señalamientos que se hacían desde diferentes sectores de la sociedad de la época, los esfuerzos por hallar al culpable de este macabro crimen no dieron jamás el fruto deseado. Ni siquiera se supieron los móviles. Las conjeturas apuntaban a que alguien muy poderoso se encontraba detrás de este horrible crimen. Ese alguien presuntamente se habría servido de la sangre o de la grasa de la pequeña para hacer frente a alguna dolencia de la época, ignorando que aquellas prácticas jamás dieron resultado alguno. A veces funcionaba durante algunas horas el denominado «efecto placebo», no en vano al tomar sangre se incrementaban de forma notoria las reservas de hierro del cuerpo, pero esos falsos beneficios desaparecían también a las pocas horas. Y nada había que hacer ya cuando la enfermedad, principalmente la tuberculosis, había sido diagnosticada. Tarde o temprano la sentencia de muerte era firme y tan solo era cuestión de tiempo, a pesar de que, desgraciadamente, se seguirían produciendo algunos casos de vampirismo que tan solo servirían para incrementar el dolor, generar terroríficas leyendas que han llegado hasta nuestros días y llenar las páginas de sucesos de la prensa de la época, que prestaba más atención a estos crueles acontecimientos que al gran drama que estaba asolando Europa, en el que la sangre corría a borbotones.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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