Asesina a tres familiares en Calcena (Zaragoza) porque le «habían echado el mal de ojo»

Calcena fue escenario de un triple crimen en agosto del año 1913

Es sin duda un suceso de lo que comúnmente se ha denominado España profunda, término que somos muy reacios a emplear, pero que en este caso pretende dar una imagen de lo acaecido en otro tiempo ya un tanto remoto porque se remonta al año 1913. Ocurrió en una pequeña localidad de la provincia de Zaragoza, concretamente en la localidad de Calcena, enclavada en el paraje del Parque natural del Moncayo, en una época en la que estos territorios estaban literalmente olvidados de la mano de Dios y los hombres se encomendaban a viejas supercherías y creencias que provocaron bastantes tragedias en la España de la época motivados por la ignorancia.

Un agricultor todavía muy joven, Felipe Pasamar Gregorio se había enfrentado a diversas adversidades en su vida. La última fue la muerte de una criatura recién nacida. Este hecho le hizo sospechar que detrás de sus desgracias había algún hechizo maligno. Para confirmarlo se dirigió a la consulta de una famosa adivina conocida como la «Sibila de Alpartir», distante más de 60 kilómetros de donde residía en compañía con su familia. La conocida pitonisa no hizo otro cosa que confirmar sus macabras presunciones, señalando con nombres y apellidos a quienes supuestamene le habrían «echado el mal de ojo». Estos no eran otros que su padre, su madrastra y una hermanastra suya, con quienes mantenía unas pésimas relaciones.

Al atardecer del día 9 de agosto de 1913 Felipe Pasamar, instigado por su esposa, Felisa Villa, decidió que debía terminar con todos los males que le aquejaban por la vía más rápida y desgraciadamente la más trágica. Para ello se proveyó de una pistola y un hacha con la que daría muerte a sus tres víctimas.

En una era

Como suele suceder en estos casos, aunque las distintas fuentes consultadas difieren acerca de cómo se produjo el triple crimen, lo cierto es que Felipe no se lo pensó dos veces. Su padre, Vicente Pasamar Pérez, venía de hacer las labores propias de esa época del año, la siega. Según cuenta el diario ABC entre progenitor e hijo hubo una acalorada discusión, previa al primer envite con él, a quien le asestó una certera puñalada que terminaría con su vida prácticamente en el acto.

Junto a la primera víctima mortal, se hallaba su segunda esposa, Francisca Arroyo Lasheras, hacia quien Felipe sentía una profunda animadversión. Tanta, que ni siquiera le dio tiempo a defenderse de su verdugo, pues con la pistola le efectuó un disparo en el pecho que la dejó exangüe. No contento con tamaña matanza, decidió también dar muerte a la hija de esta Juana Lapuente, por quien tampoco sentía una gran simpatía, con el mismo arma que había empleado para asesinar a su progenitora.

Unos agricultores que se encontraban en las inmediaciones de donde se produjo el sangriento suceso intentaron intervenir para evitar aquella tragedia, pero el furor del criminal les impidió hacer nada. Los amenazaría reiteradamente con el arma de fuego que llevaba, además de advertirles que se trataba de una cuestión personal y familiar.

Felipe Pasamar sería detenido a las pocas horas del triple crimen que había consternado a la pequeña localidad de Calcena, que contaba entonces con poco más de 800 habitantes frente a los menos del centenar con los que cuenta en la actualidad. Los vecinos pretendían lincharlos al enterarse de los crímenes y hubo de intervenir la Guardia Civil para protegerlo de una turba que se encontraba soliviantada y exaltada por aquellas tres muertes. Aún así, pudo ser trasladado hasta la localidad de Borja, cabecera del partido judicial de la comarca y en la que se encontraba la cárcel.

Además de Felipe Pasamar, también se procedería a la detención de su esposa, Felisa Villa, en calidad de inductora del triple asesinato. Asimismo, también hubo de testificar la adivina que había puesto nombre y apellidos a los presuntos autores del conjuro, que supuestamente habrían llevado la mala suerte a la casa de aquel hombre que terminaría con sus vidas.

Juicio y ejecución

En los primeros días de junio de 1914, mientras en Europa se afilaban las armas para una Gran Guerra, en la Audiencia Provincial de Zaragoza se celebra un juicio que levantaría una gran expectación en todo Aragón. En el transcurso del mismo Felipe Pasamar explicó detalladamente las supuestas causas que le habrían llevado a perpetrar una barbaridad que había aterrorizado a la provincia maña. Aseguró creer en viejas supercherías y brujerías, además de manifestar su firme creencia en que sus tres víctimas estaban detrás de las desgracias que le habían acontecido.

Su mentalidad no fue tenida en cuenta por el Tribunal ni tampoco por el Ministerio Fiscal, que no dudó en sentenciarlo a la pena de muerte, además de otras dos penas accesorias que no llegaría a cumplir que eran de 17 años de prisión por dos homicidios. Acusado de un parricidio y dos homicidios, se iniciaba ahora el habitual recorrido con el objetivo de obtener la gracia del indulto, en un tiempo en el que se comenzaba a cuestionar la eficacia de la pena capital, pues a pesar de encontrarse en vigor, seguían ocurriendo sucesos que nadie deseaba que pasasen.

Distintas personalidades de Aragón de aquella época suplicaron por la vida de aquel hombre, que tal vez no estuviese en sus cabales a lo que se añadía una arcaica y pobre mentalidad dominada por vetustas creencias que le llevaron a perpetrar un suceso que todavía se recuerda en nuestros días. Se llegaron a manifestar 8.000 personas en Zaragoza solicitando el indulto para Felipe Pasamar, pero desgraciadamente nunca se vería beneficiado por esa gracia.

Asistido en sus últimas horas, en las que todavía se creía que podía ser indultado, por los Hermanos de la Sangre de Cristo y por el entonces arzobispo de Zaragoza, Juan Soldevilla, quien sería asesinado por elementos anarquistas el 4 de junio de 1923, aquel pobre individuo se subió al cadalso a primeras horas de la mañana del día 21 de agosto de 1915 y el verdugo hizo su trabajo una vez más aplastando el bulbo raquídeo de Felipe Pasamar Gregorio, a quien definitivamente la suerte no le había sonreído en la vida y esto último no es una superstición ni mucho menos.

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Ejecutado en el garrote vil por asesinar a un sacerdote y a una criada en Quintá de Lor (Lugo)

El reo fue ejecutado en el Penal de Santa Agueda, en Burgos

A comienzos del siglo XX corrían muchos comentarios acerca de la supuesta riqueza que atesoraban muchos sacerdotes, quienes recibían importantes dádivas y diezmos de muchos de sus fieles, muchos de los cuáles hacían algo de fortuna en la emigración americana. El extenso territorio rural gallego era uno de los sitios ideales para los religiosos, pues la distribución de la tierra en pequeñas parcelas llevaba aparejado consigo una multiplicación de las donaciones de los feligreses, quienes aunque no tuviesen que comer lo entregaban voluntariamente al clero para que así al menos se ganase la salvación eterna, ya que este mundo no dejaba de ser más que un valle de lágrimas, tal y como rezan algunas oraciones y salmos que se aprendían en la más tierna infancia.

Los sacerdotes fueron muchas veces el bien más codiciado por los amigos de lo ajeno, dándose la circunstancia que más de un asalto a casas rectorales se saldó con una sangrienta tragedia. Así sucedió al anochecer del día 30 de enero de 1902 en la aldea lucense de Quintá de Lor, en el municipio de Quiroga, al sur de la provincia de Lugo, cuando todavía este pequeño concejo gozaba de una espléndida salud demográfica, la misma que no le acompaña en la actualidad, pues, de sus poco más de 3.000 habitantes, el 40 por ciento ya supera los 65 años y la mayoría de sus escasos jóvenes son reacios a quedarse en su tierra, buscando sus respectivos horizontes en otros lares.

Aquel ya lejano día de invierno en el que no hacía más que alborear el nuevo siglo, un individuo, de muy malos antecedentes y peor reputación, Demetrio Fernández, hijo natural de una mujer del cercano municipio de A Pobra do Brollón y que había luchado en la entonces reciente Guerra de Cuba, sabedor de que el párroco José Casanova, de 48 años, gozaba de una aceptable posición económica -tras haberlo escuchado en las obras de la carretera de Lor, en la que había trabajado-, decidió protagonizar una lamentable hazaña que marcaría profundamente a lo largo de varias generaciones a la pequeña aldea de Quintá de Lor.

A tiros

Con la falsa excusa de una carta apócrifa de su familia, decidió emprender el asalto a la casa rectoral en la que vivía el padre Casanova, en compañía de dos criadas, una de ellas una niña de tan solo doce años, en un tiempo en el que los más pequeños eran carne de cañón para cualquier trabajo. Lo recibió a la entrada el religioso, quien tras mantener una breve conversación con su improvisado visitante, este último le instó, bajo amenazas, a que le diese todo el dinero que guardaba en su casa, a lo que el párroco se negó rotudamente. Sin pensárselo dos veces, Demetrio Fernández, que portaba un arma corta Smith que había traído de su estancia en Cuba, disparó contra el sacerdote una sola vez, suficiente para terminar con su vida.

Al escuchar el jaleo y los disparos que se habían producido en el zaguán de acceso a la rectoral, acudieron hasta el mismo la criada Elvira Vergara, de 34 años de edad y la niña Hermitas Hibra Sánchez, de doce, quien trabajaba al servicio del cura. Ambas fueron recibidas con disparos, alcanzando a cada una de ellas sendos tiros, aunque ninguno de ellos revestía la gravedad suficiente como para ocasionarles la muerte. Las dos mujeres se hicieron las muertas para tratar de sobrevivir a aquel sangriento suceso.

Creyendo que las dos criadas estaban muertas, llamó a su cómplice José Lelo, y juntos revolvieron las habitaciones de la casa en la busca de los supuestos caudales que guardaba el religioso. No obstante, Demetrio Fernández, quiso cerciorarse de la muerte de las dos heridas. Para ello, le propinó tres cuchilladas a la mayor de las mujeres a la altura del pecho, que resultaron ser mortales, acabando así con la vida de Elvira Vergara. Lo mismo haría con la pequeña, a quien propinó dos puñaladas, pero como la había introducido en el interior de un saco, este fue determinante para que las heridas, aunque graves, no fuesen lo suficientemente profundas como para ocasionarle la muerte.

Mientras los dos asaltantes, uno de ellos reconvertido en un terrible asesino, se dedicaban a desvalijar cuanto podían en las habitaciones más alejadas de la salida de la casa, la niña tuvo la suficiente sangre fría para aprovechar esa oportunidad y zafarse del criminal y su cómplice alojándose en la vivienda de un vecino, a quien relataría lo sucedido, dando inmediatamente cuenta de este sangriento episodio a la Guardia Civil. No sabían ambos energúmenos que habían dejado con vida a un incómodo testigo, que iba a resultar clave en la resolución de este sanguinario suceso. Tomaron la salida aparentemente más fácil, la huida, aunque de muy poco les serviría.

Detención

Después de pasar algo más de un mes vagando por los pueblos del sur de la provincia de Lugo, la Guardia Civil capturó al temible Demetrio Fernández, convertido en el enemigo público número uno, y a su cómplice, José Lelo. El primero de ellos sería exhibido en la prisión de Monforte de Lemos al igual que si se tratase de una exhibición de circo. La criatura de doce años no haría más que confirmar que se trataba del mismo sujeto que en una noche fría de invierno, y muy crudo por aquellos lares, había dado muerte al sacerdote y a la criada.

Sometidos a un careo por parte de los agentes de la Guardia Civil, ambos delincuentes se echaban la culpa mutuamente de lo acontecido. Sin embargo, las pruebas más concluyentes incriminaban directamente a Demetrio Fernández, a quien, a pesar de su juventud -no alcanzaba los 30 años-, era conocido por haber cometido diferentes robos en aquella contorna, además de amenazar de muerte a un compañero de las obras en las que trabajaba como consecuencia de una deuda de dos pesetas.

Condena y ejecución

Algo más de un año después de haber perpetrado el doble crimen de Quintá de Lor, se celebraba en la Audiencia Provincial de Lugo el juicio contra los dos encausados de haber dado muerte al párroco y su criada. De nuevo protagonizaran enfrentamientos y contradicciones, negando una y otra vez que fuesen los autores del doble asesinato, a lo que se sumaba un tercero en grado de tentativa. Asimismo, se procesaba también al hermano de Demetrio Fernández, por haber escrito la carta debido a que su familiar no sabía escribir. Para él se solicitaban 14 años de prisión.

Finalmente, el 21 de abril de 1903 se dictaba sentencia en la que se condenaba a la pena de muerte a Demetrio Fernández, en tanto que su cómplice, José Lelo, para quien también se solicitaba la peor de las condenas, era sentenciado a 30 años de prisión. Ahora le quedaba únicamente la apelación al Tribunal Supremo, quien no hizo otra cosa que ratificar la sentencia emitida por el tribunal gallego, que lo había impuesto la pena de muerte después de acusarlo de tres delitos de asesinato y otro de robo. No ayudaba tampoco mucho al encausado los argumentos esgrimidos por la instancia judicial lucense, que hacía hincapié en su oscuro pasado.

Tampoco se apiadó de aquel pobre hombre el Consejo de Ministros, quien en noviembre de aquel mismo año le negó la gracia del indulto, viéndose abocado a morir en el garrote vil. Tampoco llegó esa merced por parte del joven rey Alfonso XIII. Incluso, la propia prensa de la época se atrevía a atibar que la suerte del doble asesino de Quiroga, que no era otra que la de que en breve subiría al cadalso.

En otra fría mañana de invierno, y mucho más en el crudo Burgos donde había sido recluido Demetrio Fernández, en el Penal de Santa Agueda, concretamente en las primeras horas de la mañana del 16 de enero de 1904, el verdugo don Gregorio Mayoral Sandino apretaba con fuerza el tétrico manubrio del garrote vil provocando la muerte del reo que dos años antes había asesinado vilmente a un sacerdote y a una joven mujer. La prensa de la época comentaba que este espeluznante último espectáculo había sido presenciado por algunos oficiales del Ejército y funcionarios judiciales. Añadía también que el criminal no había dado en ningún momento muestras de arrepentimiento, portándose de una forma despectiva como lo había hecho a lo largo de su efímera y ruín existencia.

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Asesina a hachazos a su esposa y a su suegra en Uleila del Campo (Almería)

Portada del diario EL CASO dando cuenta del trágico suceso

La relación del matrimonio formado por Cristóbal López García, de 47 años, e Isabel Pérez Fuentes, de 42 había llegado al límite de lo insoportable. Tanto era así que, en aquella época, a finales del franquismo, en la que todavía predominaba una España atávica y costumbrista, ambos habían tomado la determinación de dar por concluida su relación con una separación judicial, que no gustaba nada al marido de una de las víctimas. A su carácter tosco y huraño, se unía su extraordinaria tacañería y no estaba dispuesto a ceder ni un ápice en una hipotética resolución judicial que estableciese como se debían repartir los bienes gananciales de aquella pareja mal avenida.

Precisamente, el reparto del patrimonio familiar una vez consumada la separación iba a ser el desencadenante de una gran tragedia que situaría en el mapa a la localidad almeriense de Uleila del Campo, un pequeño municipio de apenas mil habitantes situado en pleno centro de la provincia de Almería en la comarca de Los Filabres-Tabernas en un terreno escarpado y montañoso. La jornada de autos, 6 de febrero de 1975, Isabel Pérez había acudido hasta la capital almeriense a informarse de sus derechos en el futuro reparto de los bienes gananciales en el despacho de un abogado, lo que no gustó nada a quien todavía era su marido, aquel hombre mal encarado, de mirada penetrante y de pocos amigos.

Al regresar de Almería, ambos cónyuges mantuvieron un tremendo desencuentro, que se sumaba a los muchos que ya habían sostenido con anterioridad. Su historia era una sucesión de malos tratos que se remontaban a los primeros años de la relación marital, que databa de 1956. Incluso, la mujer se había visto en la obligación de presentar una denuncia en su contra, cuyo juicio de faltas, que nunca llegaría a celebrarse, estaba previsto para el 19 de febrero de 1975.

Con la pata de una mesa

Cristóbal López, apodado «El Tableta», un hombre fornido acostumbrado a las tareas agrarias y que junto con su esposa había estado trabajando en la emigración en Francia y Andorra respectivamente, decidió tomarse la justicia por su mano y tomar la peor salida posible. Todo ello sucedía en el número 9 de la calle Umbría de Uleila del Campo. Sin pensárselo dos veces, aquel individuo rompió la pata de una mesa de fórmica con la que propinaría numerosos golpes a quien todavía era su esposa. La remataría de dos hachazos, que fueron suficientes para terminar con su vida.

Sin embargo, aquel terrible episodio aún no había escrito su segunda parte. La siguiente víctima mortal sería su suegra Manuela Fuentes Fernández, una anciana de 79 años de edad, que contempló atónita e impotente la muerte de su hija. Esta última sería un fácil objetivo, pues la mujer se encontraba prácticamente imposibilitada de sus extremidades inferiores y apenas podía ya caminar. Al igual que había hecho con quien era su esposa, Cristóbal utilizó el mismo e improvisado arma para terminar con su vida, rematándola de un último hachazo que le dejó la cabeza seccionada en dos partes, hasta el extremo que a punto estuvo de ser decapitada.

Posteriormente, el doble asesino huiría del lugar de los hechos hasta encaramarse al segundo piso de un pajar. Los desesperados y desagarradores gritos de una vecina que contempló de primera mano el aterrador y sanguinario panorama hizo que los vecinos acudiesen inmediatamente al Cuartel de la Guardia Civil a denunciar los hechos. La inmediata presencia de los agentes y al sentirse cercado serían decisivos en la última determinación que tomaría el criminal. Con su propio cinturón, al que sujetaría de una de las vigas del pajar, Cristóbal López García decidía finalmente poner fin a su propia existencia, de la peor forma posible, al igual que supuestamente habría hecho su padre en la localidad de Sorbas, distante poco más de 14 kilómetros de Uleila del Campo, de la que ambos eran originarios.

Quienes tuvieron más suerte y presuntamente se salvaron de la iracundia de «El Tableta» fueron sus dos hijos, quienes se encontraban en aquellos momentos realizando tareas en el campo. Igualmente, su cuñada, Manuela Pérez Fuentes, una mujer invidente de 35 años, también salvó su vida porque en ese momento se había dirigido a la tahona a comprar pan. Las relaciones con su cuñado eran muy malas a consecuencia de los malos tratos que dispensaba al resto de la familia, así como por su carácter agrio y rudo, que parecían reflejar un malestar crónico.

Presencia de «El Caso»

Uno de los hechos colaterales que jamás se olvidará en esta pequeña localidad, que prácticamente nunca aparecía en los medios de comunicación, fue la presencia de la famosa periodista de sucesos Margarita Landi, provista de su inconfundible pipa que no dejaba de otorgarle un aire siniestro. La célebre reportera mantuvo encuentros con la práctica totalidad de los vecinos de Uleila del Campo, quienes le hicieron la transcripción del carácter del doble asesino, así como las relaciones que mantenía con su familia.

Atrás quedaba el tiempo en el que esta misma localidad había sido escenario del film «Patton» (1970), dirigido por Franklin James Schaffner, en la que se narraban las peripecias del histórico militar estadounidense en la conquista de Sicilia por parte de los aliados en los tiempos cruciales de la IIª Guerra Mundial. Nada que ver con una pacífica población más entregada a la agricultura y otros quehaceres que a sangrientos conflictos, aunque parezca lo contrario.

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Asesinados un matrimonio de joyeros y su hijo en Castelldefels (Barcelona)

Ciudadanos de Castelldefels se manifiestan contra el triple crimen

Las joyerías y sus profesionales siempre han sido uno de los objetivos predilectos de muchos atracadores, siendo no pocos los que han perdido la vida en el transcurso de asaltos a sus negocios. Uno de esos trágicos acontecimientos ocurriría en la mañana del 29 de noviembre de 2005 en la localidad barcelonesa de Castelldefels, en el barrio de Vista Alegre donde serían vilmente asesinados un matrimonio de joyeros y su hijo de 24 años de edad. Además de una forma terrible y truculenta, pues sus verdugos la emprendieron a machetazos con sus tres víctimas.

Pasaban apenas cinco minutos de las once de aquella otoñal mañana que se iba a convertir en trágica. A esa hora, más o menos, la dueña del establecimiento Rosa María Gómez Alonso, de 51 años de edad, abrió la persiana metálica de la Joyería Royo, situada en el número 46 de la calle Antonio Machado, al percatarse que en el exterior había dos hombres con aspecto de operarios que intentaban acceder a su interior. Confiada en que serían dos honrados trabajadores, ya dentro del local, los dos energúmenos exhibieron un machete de grandes dimensiones, así como una pistola de fogueo, al tiempo que instaban a la mujer a que les proporcionase todas las joyas que tenía.

Perturbada por la angustiosa situación que vivía, la joyera prorrumpió en gritos de auxilio, que inmediatamente alertaron a su marido José Luis Royo García, de 53 años de edad y su hijo Carlos Royo Gómez, de tan solo 24 años. Sus desesperados lamentos se iban a convertir en trágicos, pues los dos atracadores que habían accedido a la joyería, Juan Antonio Sánchez Hernández, de 20 años y su tío Fernando Sánchez Medina, de 37, no tendrían compasión alguna con sus víctimas, protagonizando uno de los sucesos más sangrientos de los últimos tiempos en Cataluña.

A machetazos

Los dos delincuentes eran viejos conocidos de la Policía, pues el más joven de ellos ya tenía antecedentes por robo, en tanto que su tío había sido ya procesado por otro asesinato. Había salido de prisión debido a un error médico, ya que los sanitarios que le atendieron en prisión certificaron erróneamente que padecía una enfermedad incurable, un fallo que provocaría una lamentable tragedia. Sin pensárselo dos veces, y posiblemente bajo el efecto de los estupefacientes, emprendieron un sangriento ritual en el que no perdonaron lo más mínimo a ninguna de sus tres víctimas.

Su ensañamiento con la familia de joyeros fue tal que ni siquiera les permitieron la más mínima defensa, tal y como se encargaría de demostrar la fiscal en el transcurso de la causa. Al dueño, José Luis Royo, le propinaron varios machetazos, uno de ellos en el cuello y varios más a la altura del abdomen, provocándole pérdida de masa intestinal, en tanto que a su hijo le dieron muerte con cortes a la altura del corazón. La mujer, gravemente herida con lesiones en órganos vitales, intentó alcanzar la puerta de la calle, en la que se desplomó cuando ya se encontraba en estado moribundo.

Los dos asesinos huirían del lugar corriendo sin llevarse ningún botín. Un mosso d´Esquadra que iba de paisano y presenció parte de la escena llamó inmediatamente a la Policía Local, que se puso en marcha para dar captura a ambos criminales, quienes fueron detenidos tan solo unas horas después de haber perpetrado el triple asesinato. En el transcurso de su detención se encararon con los agentes esgrimiendo la pistola de fogueo, pero sus amenazas no intimidaron a los agentes en el momento de capturarlos.

Al día siguiente del triple crimen, más de 6.000 personas, la mayoría vecinos de Castelldefels, se echaron a la calle en una manifestación de duelo en repulsa por la muerte del matrimonio de joyeros y su hijo. Muchos comercios cerraron esa jornada en señal de protesta por la inseguridad que padecían. Al final de la concentración se leyó un comunicado en el que exigían su justo derecho a poder vivir tranquilamente y en paz, principalmente el gremio de comerciantes, el más afectado por los constantes asaltos que sufrían sus establecimientos.

110 años de cárcel

En sus primeras conclusiones, la fiscal ya consideraba a Fernando Sánchez Medina, como autor material de las tres muertes acontecidas en la joyería, a pesar de que en el transcurso de la vista oral negaría haber asesinado a nadie. Dijo que no se acordaba. Se dedicó a lamentar su existencia, llena de penurias. La fiscalía considerada que este individuo era conocedor del establecimiento, pues hacía unos meses había instalado en el mismo un equipo de aire acondicionado y en el momento de perpetrar los tres asesinatos se encontraba de baja en la empresa en la que trabajaba.

No menos duro fue el alegato esgrimido contra su sobrino, Juan Antonio Sánchez Hernández, a quien acusó de haber impedido que los dueños del negocio asaltado pidiesen auxilio y colaboró estrechamente con su tío a la hora de matar a las tres víctimas. Además, se daba el caso que era un experto en Artes Marciales. La fiscal pidió al tribunal que se encargaba de emitir el veredicto que «no mostrasen compasión alguna» con aquellos dos sujetos «pues no la merecen».

La Audiencia Provincial de Barcelona condenaría en julio del año 2009 a un total de 64 años de prisión a Fernando Sánchez Medina y a 46 a su sobrino, Juan Antonio Sánchez Hernández. Asimismo, se les imponía una responsabilidad civil que ascendía a 770.000 euros. De esa cantidad, 450.000 eran en concepto de daño moral, 200.000 a los padres de Rosa María Gomez y 120.000 a las tres hermanas de su marido. Como era de esperar, ambos delincuentes eran insolventes.

Con la ley en la mano, es probable que el autor material de los tres asesinatos no cumpla una pena superior a los 40 años de prisión, en tanto que en el caso de su cómplice y colaborador apenas serían 25 años de cárcel. Muy poca pena para semejante barbaridad. Juzguen ustedes mismos.

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El asesinato de «El Guaza» y dos de sus compinches: un sangriento suceso que aterró a Móstoles (Madrid)

Una banda juvenil en un fotograma de la película «Navajeros»

Los primeros años de la Transición constituyeron una de las épocas más complicadas para los habitantes de las grandes ciudades, pues habían de habituarse a convivir con un fenómenos que se denominaba ya «inseguridad ciudadana», motivado principalmente por el tráfico de estupefacientes que ya campaba a sus anchas por aquella nueva España surgida tras el fallecimiento del general Franco. Ya nada era como antes. En cualquier esquina o zona poco transitada podían aparecer aquellos famosos pandilleros que colocaban una navaja al cuello del primero al que pillasen exigiéndole que entregase cuantos objetos de valor llevase.

Normalmente aquellos grupúsculos juveniles solían tener un líder, a quien el resto obedecía. Solía ser un individuo muy joven, pero carismático, bien dotado para ejercer el mando. Actuaban en pandillas o grupos, surgiendo los enfrentamientos entre ellos, que se saldarían casi siempre de forma violenta. Lo peor de todo es que en más de una ocasión la sangre sí llegó al río y dejarían algunas huellas imborrables, tanto por el número de víctimas como por la personalidad de los participantes en aquellas sangrientas reyertas.

Una de esas «legendarias figuras» de la delincuencia juvenil española de la época fue Santiago Sánchez Guaza, alias «El Guaza» quien, con tan solo 17 años, había sido detenido en más de una decena de ocasiones a consecuencia de los múltiples robos y hurtos que llevó a cabo en su corta existencia. Las drogas andaban ya de por medio. Tanto Madrid como muchos de sus pueblos, que eran ya auténticas ciudades por su elevado número de habitantes, se vieron sacudidos por decenas de episodios protagonizados por estas bandas juveniles entre las que los ajustes de cuentas eran muy habituales, casi siempre derivados de problemas surgidos como consecuencia del tráfico de estupefacientes.

Acribillados en Móstoles

Una de las localidades que más sufrió las consecuencias de los pandilleros fue Móstoles, una extensa área urbana que contaba ya con cerca de 200.000 habitantes. En más de una ocasión sus habitantes se vieron en la obligación de refugiarse en sus viviendas como consecuencia de los desmanes provocados por aquellos grupos, entre los que predominaba la denominada «Ley del silencio». Es decir, no se delataban entre ellos aunque sucediesen cosas muy graves.

Uno de esos trágicos capítulos se escribiría en la tarde-noche del día 29 de mayo de 1980 cuando algunos vecinos de la ciudad mostoleña vieron como corría un joven de 24 años, tambaleándose como consecuencia de las heridas sufridas en una emboscada que le había practicado una banda rival. Se trataba de Óscar Luis Sánchez Ramos, quien tras recorrer apenas un centenar de metros terminaba por caer encima de unos vehículos que se encontraban aparcados en una de las calles de Móstoles. Había dejado tras de sí un impresionante reguero de sangre, dándose por seguro que había sido víctima de un episodio sangriento.

Aunque la escena era terrible, los vecinos todavía no habían descubierto la verdadera magnitud del suceso. En un vehículo, SEAT-127, de color blanco, estacionado en las inmediaciones de una iglesia situada en la plaza de Ernesto Peces, contemplarían el resto del espectáculo, para nada agradable y extraordinariamente conmovedor. En el interior del coche aparcado, que había sido alquilado por sus ocupantes y del que había salido la primera víctima mortal, se encontraban los cuerpos sin vida de Santiago Sánchez Guaza, «El Guaza», de 17 años de edad, postrado sobre el asiento del conductor, y Domingo Muro Gálvez, de 18, quien tenía la mirada pérdida clavada en el techo del automóvil.

La Policía se presentó de inmediato en el lugar de los hechos. De como se encontraban los cadáveres dedujo que el tiroteo había sido realizado por un grupo no inferior a seis personas. En un primer momento, Sánchez Ramos, al escuchar las detonaciones de los primeros disparos abandonó el vehículo, aunque fue alcanzado en el costado por una bala que le ocasionó la muerte. «El Guaza» tenía el rostro completamente desfigurado por el impacto de la metralla, al igual que el otro muchacho que ocupaba el asiento trasero del utilitario.

Otros dos acompañantes, entre ellos José Muro Gálvez, alias «El Pipo», de 17 años, y Joaquín García Escudero, de 19, «El Tornero», quien carecía de antecedentes policiales, resultaron con heridas leves, siendo atendidos en un centro sanitario madrileño, siendo dados de alta prácticamente el mismo día en que fueron atendidos de sus respectivas lesiones. En el interior del vehículos de las víctimas la Policía encontraría importantes dosis de hachís así como una navaja de grandes dimensiones.

En el lugar de los hechos, la Policía encontraría casquillos de bala de los calibres 32 y otro semiblindado del 38, siendo estas las únicas pruebas que consiguió recabar. Sin embargo, los códigos no escritos de aquellas peligrosas bandas de delincuentes eran muy rigurosos y no conseguirían la colaboración de ningún ciudadano, a pesar de que la zona donde se había producido el tiroteo era céntrica, aunque solitaria, pues estaba delimitada por dos garajes y una iglesia.

Se sabe que algo más de una hora antes de producirse la matanza, los jóvenes fallecidos y sus acompañantes habían estado en un bar jugando a los dardos en la calle Sitio de Zaragoza. Al parecer, según el dueño del local, abandonaron el mismo en torno a las siete de la tarde, una hora y media antes de ser asesinados. Todos ellos, con excepción hecha de García Escudero, acumulaban ya muchos delitos de pequeña enjundia a sus espaldas.

Detención de «Los Lateros«

Algo más de un año y medio después del triple crimen fue detenido como cabecilla de una banda muy peligrosa José Sánchez Piquero, que contaba con 26 años de edad. Según su testimonio, el triple asesinato habría sido a consecuencia de una pelea que habían mantenido ambas bandas de delincuentes, la de este último conocida como la de los «lateros». Aunque recibiría una dura condena, en su triste currículum no ha dejado de acumular episodios delictivos, algunos de los cuales protagonizados recientemente en compañía de sus dos hermanos.

Además de Sánchez Piquero, serían detenidos en Barcelona Pablo Piquero y Juan José Carreras, quienes habían huido a Cataluña después de la masacre de Móstoles. En cuestión de horas, medio centenar de personas pertenecientes al mismo clan, se habían desplazado y desperdigado por diferentes puntos de la geografía nacional. Cuando la Policía fue a buscarles, se encontró con el panorama de que las cuatro ramas habían desaparecido de Móstoles. Algunos de ellos se cambiaron el nombre, hasta el punto de que uno de sus miembros se bautizaría de nuevo en Bilbao.

Años después, cuando recobró la libertad, se instaló en Zaragoza en compañía de sus dos hermanos. Allí sería el triste protagonista de varios episodios violentos, entre ellos, el atraco a nueve bancos, así como el asesinato de un joven a raíz de un insulto al cruzar una calle. Su última condena data del año 2020, aunque invalidada por la Audiencia Provincial de Cuenca, al invalidar algunas pruebas que les incriminaban, evitándoles así una condena que se acercaba a los 100 años de prisión.

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Incendio de la discoteca Alcalá-20: 81 muertos en una tragedia que marcó a toda España y que pudo haberse evitado

Instantes después de la tragedia. RAÚL CANCIO. EL PAÍS.

Eran los años en los que la llamada «Movida madrileña» se encontraba en pleno auge y apogeo. Los nuevos grupos de música pop proliferaban por doquier, no exentos de un merecido éxito y de la receptividad de una juventud que formaba parte del babyboom del franquismo. Una generación⁶ que había dejado atrás las luchas y los movimientos políticos para cambiarlos por los culturales y los estéticos, la primera en la historia del país que había amanecido en libertad en sus tiempos mozos y que tan solo buscaba vivir de la mejor forma posible. Y la música y la marcha eran complementos imprescindibles.

Por aquel entonces, un antiguo cabaret y sala de fiestas madrileña, el famoso «Lido» se había reconvertido en una afamada discoteca, «Alcalá 20», quien se iba a convertir en la triste protagonista de una de las peores tragedias ocurridas en la historia de España en los últimos 40 años. Todo comenzó cuando el conocido templo de la diversión madrileño estaba a punto de cerrar sus puertas en la madrugada del sábado, 17 de diciembre de 1983.

Alrededor de las cinco menos cuarto de la mañana un joven advirtió a un camarero de la presencia de un pequeño foco de fuego, solicitándole un sifón para sofocarlo. El empleado de la discoteca le facilitó un extintor. Sin embargo, en cuestión de pocos segundos una inmensa llamarada de fuego se pudo observar sobre el escenario de la segunda planta, provocando el pánico de los presentes. Se calcula que más de 900 personas abarrotaban el local, quienes presa del pavor del momento emprendieron la huida, un escapada que en muchos casos resultaría dramática y terrorífica.

Puertas cerradas

Si algo puso de manifiesto el trágico incendio que asoló y devastó «Alcalá 20» fue la total ausencia de medidas de seguridad que permitiesen una evacuación rápida y segura de los asistentes a eventos que allí se celebraban. Numerosos jóvenes se dirigieron hacia salidas de emergencia que estaban literalmente cerradas por candados, haciéndose icónica una imagen publicada por el diario madrileño EL PAÍS, en su edición del domingo, 18 de diciembre de 1983, en la que se podía contemplar el cierre hermético de una salida convertida en una trampa mortal a causa de un candado que impidió que unos 30 jóvenes pudiesen salir de aquella macabra ratonera, quedando allí sepultados en una dramática avalancha humana.

Los trabajadores de la discoteca corrieron mejor suerte y pudieron salir por una puerta que sí se encontraba abierta, pero que solo ellos conocían. Mientras, durante más de una hora el caos, la zozobra y el desconcierto se apoderó de una muchedumbre que luchaba por sus vidas. El psiquiatra forense José Cabrera Forneiro indicó, en el trigésimoquinto aniversario del trágico suceso en Radio Nacional de España, que muchos de los fallecidos habían muerto a consecuencia de la inhalación de vapores de cianocrilatos, una serie de plásticos y polímeros que al entrar en combustión liberan cianuro, lo que provocaría la muerte instantánea de muchos de los allí fallecidos, de la misma forma que si hubiesen muerto en una cámara de gas.

El incendio se prolongó durante una hora o incluso más. En el transcurso del mismo se puso de manifiesto la descoordinación existente en los escasos protocolos que había en aquel entonces en materia de seguridad y espectáculos. A todo ello se sumaba que tampoco había equipos de emergencia similares a los que existen en la actualidad, con preparación y adecuación a circunstancias de un calibre que parecía desbordar a todo el mundo. La labor de los bomberos del Ayuntamiento evitó un mayor número de muertos, gracias a que fueron capaces de abrir claraboyas y huecos a través de los que salieron quienes estaban atrapados en aquel tétrico lugar.

El héroe de la madrugada

Pocas veces sale a relucir el nombre del fotógrafo Francisco José García Olidén, el auténtico héroe de aquella triste noche de la «Movida madrileña». Gracias a su arrojo y valiente actitud, tres personas salvaron su vida en el incendio. Por desgracia, él perdería la suya cuando intentaba salvar a una cuarta persona. Sobra decir que cualquier reconocimiento que se haga a la figura de este hombre siempre se quedará corto. Su recuerdo permanecerá imborrable aquella jornada en el que el caos y la muerte tiñeron de luto la noche madrileña, cuya fiesta terminó tornándose en una, por desgracia, inolvidable tragedia.

En el Instituto Anatómico Forense, sito en la Ciudad Universitaria madrileña, se vivirían trágicos momentos de dolor cuando se procedía a la identificación de los cuerpos, 31 de los cuales se encontraban prácticamente irreconocibles a consecuencia de las llamas. Familiares y amigos de las víctimas se concentraron en sus inmediaciones para recabar información acerca de la suerte que podrían haber corrido algunos de sus seres queridos, de quienes no habían tenido noticia en aquella triste noche. Es más, dos de los cuerpos serían encontrados en las calcinadas instalaciones de la discoteca ðías más tarde, pues se habían precipitado por el hueco de un montacargas en su dramática huida.

Se ha dicho muchas veces que «Alcalá 20» marcó un antes y un después en la historia de lo espectáculos en España, obligando a que se cumpliese una normativa que en aquella época se ceñía únicamente a recomendaciones y consejos, que a partir de entonces se iban a convertir en obligaciones. Se obligaba a que los materiales que se empleasen en los decorados de estos centros de diversión no estuviesen elaborados con materiales fácilmente inflamables y evitasen la propagación del fuego.

Sin embargo, a pesar de la nueva legislación, desde entonces ha habido dos trágicos sucesos en otras tantas localidades españolas. Uno aconteció en la discoteca «Flying»de Zaragoza en similares circunstancias a lo ocurrido en la sala madrileña el día 14 de enero de 1990 pereciendo 43 personas al inhalar humo procedente del fuego que se había declarado, en tanto que otro tuvo lugar el primero de octubre de 2023 en la discoteca «Fonda Milagros» de Murcia, en la que fallecerían 13 personas.

Aquel año 1983, principalmente sus últimos 35 días, fueron terribles en la capital de España, que veía como en tres sucesos, dos de ellos accidentes de aviación, perdían la vida cerca de 400 personas en tan solo 20 días. Un año para olvidar, que se encargaría de decir el entonces alcalde de la Villa y Corte, Enrique Tierno Galván, aunque quedará siempre trágicamente gravado en la memoria colectiva de muchos madrileños, principalmente aquellos que sufrieron en sus propias carnes el dolor de la tragedia.

Condenas

Más de diez años después de lo acontecido en «Alcalá 20», en abril de 1994, se celebraba el juicio por el incendio ocurrido en la discoteca madrileña. El resultado defraudaría grandemente a las víctimas, aunque su abogado Antonio García Pablos, entendía que la sentencia se ajustaba a derecho, ya que serían condenados a tan solo dos años de prisión a cada uno de los cuatro propietarios del local incendiado.

La sentencia establecía que apenas nada se ajustaba a la legalidad cuando Alcalá 20, que antes de la tragedia era la discoteca de moda de Madrid, se abrió al público. Ni las luces de emergencia, ni las vías de evacuación, ni los exiguos sistemas de seguridad (extintores, manguera antiincendios)… Prácticamente estaba todo mal. Era el duro contenido de un auto que poco o nada podría paliar el dolor de unas familias que se vieron profundamente sacudidas por un episodio que nunca debería haber sucedido. Entre los condenados también se encontraba el electricista, pero se exoneraba de cualquier responsable al concejal responsable de Seguridad del Ayuntamiento de Madrid, Emilio García Horcajo.

Algo más de un año después, en julio de 1995, el Tribunal Supremo confirmaba la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Madrid, confirmando además la responsabilidad civil del Estado de forma subsidiaria, debiendo satisfacer un total de 20 millones de pesetas (120.000 euros) a los familiares de las víctimas del siniestro. En total, el concepto de indemnizaciones se elevaba a unos 2.000 millones de pesetas (12 millones de euros). Muy poco dinero para tamaña tragedia que no debería volver a repetirse, pero que, como hemos observado, ha tenido hasta dos réplicas y una de ellas en tiempo muy reciente.

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Se suicida tras asesinar a sus padres y a un amigo en Enguera (Valencia)

Enguera fue escenario de un triple crimen en el año 1997

Un trágico y desgarrador suceso en el que se vuelven a juntar todos los ingredientes de un drama familiar, no se sabe si anunciado o no, pero con desolador balance que dejaría hasta un total de cuatro víctimas en el camino. Desde hacía algún tiempo Jaime Palop Bas mantenía desavenencias con su familia a consecuencia del reparto de la herencia que habían efectuado sus padres. Se sentía discriminado en favor de su hermana y él se encontraba obsesionado por el futuro de su hijo.

También se sabe que el triple criminal se encontraba bastante alterado, al tiempo que padecía alguna patología mental desde hacía tiempo que le provocaban algunas reacciones de ira, aunque nadie pensó jamás que la sangre llegaría al río. Corría el mes de octubre de 1997 cuando sucedió lo que nadie podía imaginar. Aquel hombre de 46 años de edad que, a pesar de estar diagnosticado de una enfermedad psiquiátrica, se le había habilitado para la posesión de armas llevaría sus furibundos sentimientos de odio por el cauce más extremo, provocando una de esas tragedias que jamás se olvidan por muchos años que transcurran.

Quienes conocían a Jaime decían de él que era un hombre trabajador y cumplidor, a quien le gustaba incrementar su patrimonio con nuevas adquisiciones de superficie de terrenos. Mantenía buena relación con Julián Vila Perales, de 51 años de edad, a quien pretendía comprarle unas tierras dedicadas al cultivo de naranjos, de hecho el triple criminal era capataz de una empresa dedicada a la explotación de cítricos. No obstante, las conversaciones no llegaron a buen puerto, habiendo mantenido ambos una agria disputa en la plaza principal de Enguera, localidad de unos 5.000 habitantes situada al suroeste de la provincia de Valencia. A Julián y a Juan era frecuente verlos de copas en la villa levantina en la que residían.

El día 8 de octubre la familia de Jaime Palop se preocupó ante la ausencia de este, habida cuenta de los problemas de salud mental que sufría, pues había desaparecido sin dejar rastro alguno, aunque se supusieron que estaría en el campo dedicado a sus tareas agrícolas. Sin embargo, se sostiene que ese día inició su ritual de sangre dando muerte a su amigo Julián Vila en las inmediaciones de la caseta en que este guardaba sus aperos de labranza en la partida de Sayton, a unos cuatro kilómetros de la localidad de Enguera. Su cadáver presentaba disparos de escopeta de postas que se correspondían con el arma que habitualmente manejaba Jaime Palop.

Asesinato de sus padres

En la mañana del día 9 de octubre de 1997 los padres de quien se iba a convertir en su verdugo acudieron al campo en el que solía trabajar, preocupados por su estado, seguramente desconociendo que su hijo le había dado muerte a un amigo. Ambos cónyuges se dirigieron a primeras horas de la mañana al lugar en el que se iba a convertir en un nuevo escenario de autos a bordo de un taxi que habían alquilado. Su conductor no podía imaginar que iba a ser testigo de una sangrienta escena, pues fueron recibidos a tiros de postas por su propio vástago, quien les dio muerte prácticamente en el acto.

Jaime Palop Gómez, de 76 años y su esposa Rosa Bas Sarrión, de 69, recibieron sendos disparos en la cabeza y el abdomen, el hombre y en el pecho y el tórax, la mujer, suficiente y certera metralla para terminar con su vida de una forma despiadada. Sin embargo, la cifra de víctimas pudo verse incrementada con la muerte del taxista que había transportado al matrimonio. Este último también sufrió la ira del agresor quien le destrozó una mano. Su pericia al volante, ya que puso la marcha atrás del coche, -unido a que se agachó a tiempo en el interior del automóvil-, evitaron una cuarta e innecesaria víctima en aquel macabro escenario en el que había convertido el campo de naranjos de su propiedad.

Los pocos agricultores que se encontraban trabajando las tierras próximas al lugar en el que sucedieron estas dos últimas muertes acudieron hasta el mismo al escuchar las detonaciones de los disparos. A pesar de su inmediata presencia en aquel dramático espacio, lo único que pudieron contemplar fueron los cuerpos sin vida, horrorosamente desfigurados, de un matrimonio que había asesinado por su propio hijo.

El triple asesino decidió terminar con su vida descerrajándose el pecho con la misma arma que había empleado para dar muerte a otras tres personas y herir de consideración a una cuarta. Atrás quedaba un largo rosario de desavenencias y enfrentamientos protagonizados por su extrema susceptibilidad. Hacía poco tiempo que había obligado a abandonar de una vivienda de su propiedad a sus padres y su hermana a consecuencia de retrasos en el pago del alquiler, por lo que se habían visto obligados a abandonarla después de que Jaime los abandonase a punta de escopeta, instalándose en otra que era motivo de disputa en la herencia familiar.

Al parecer, el triple asesino y suicida sufría alguna paranoia desde hacía tiempo y en aquel entonces los vecinos confesaron haberlos visto «demasiado alterado», al tiempo que se contaba que había dicho que «tenía la escopeta y los cartuchos preparados», en referencia a su propia familia, a la que supuestamente habría amenazado de muerte. No obstante, a pesar de sus problemas de salud se le había concedido la licencia para la posesión de armas. Un lamentable error que se saldó de una forma muy trágica y desgraciada. Con su propia familia. Uno de esos episodios sangrientos que nos eriza la piel con solo contarlo.

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Asesina a tres personas en Burguillos del Cerro (Badajoz)

Burguillos del Cerro fue escenario de un triple crimen en 1908

Una vez más un suceso que marca el devenir de una población y una tranquila comunidad que se vio tristemente sorprendida por un trágico y sangriento suceso en los albores del siglo XX. Tuvo lugar en la localidad extremeña de Burguillos del Cerro, al sur de la provincia de Badajoz el día 24 de mayo de 1908, cuando un individuo joven Francisco Zapata del Rivero le daba muerte a su esposa Teodora Palacios Porrino y dos de sus tíos, movido por las desavenencias familiares que había surgido entre la familia de su mujer y el sujeto en cuestión.

Francisco Zapata había contraído matrimonio con Teodora Palacios hacía relativamente poco tiempo. Esta última procedía de una clase acomodada para la época, pues aunque no eran terratenientes disponían de grandes parcelas de superficie agrícola que les permitían vivir sin apuros, en un tiempo en que la escasez era la nota predominante en la mayoría de una sociedad que tan solo aspiraba a sobrevivir.

Al poco tiempo de casarse, la pareja se fue a vivir a una casa en la que residían también los tíos de Teodora, que habían sido quienes la habían criado y se habían encargado de su educación. Sin embargo, con el paso del tiempo la convivencia comenzaría a deteriorarse, por lo que Francisco y su esposa deciden abandonar la vivienda familiar y se trasladan a otro domicilio, también propiedad de los Porrino. Pero, a diferencia de lo que pudiera parecer, la convivencia entre el matrimonio, que ya tiene dos hijos, se deteriora aún más. Esto provoca que la mujer abandone la casa que comparte con su marido y regrese junto a su familia.

A cuchilladas

El día de autos, Francisco Zapata se dirige a casa de un familiar que vive muy cerca de la casa a la que ha regresado su esposa. A través del zaguán contempla como su mujer se encuentra tranquilamente tomando el fresco. El lleva consigo consigo un cuchillo de doble hoja. Alrededor de las diez de la noche se dirige a la vivienda de los Porrino y le asesta un par de puñaladas a Teodora Palacios, quien resulta gravemente herida, quien, aunque no fallecerá en el acto, morirá seis días más tarde a consecuencia de las lesiones que le había inferido su esposo.

El vecindario se espanta ante el horror que se está viviendo en aquella casa. En la apacible noche de primavera ven salir de la vivienda expulsando sangre a borbotones a Rosario Porrino, una anciana de 68 años, quien se desploma tras haber recibido tres cuchilladas mortales. La otra hermana Antolina huye del lugar profiriendo gritos de auxilio hasta que llega a la casa del entonces alcalde de la localidad Antero Velasco, quien evita que se incremente el número de víctimas de la sangrienta tragedia que ya asola al pueblo.

Ante el espanto que se ha apoderado de las calles de Burguillos, inmediatamente se pone en conocimiento de la Guardia Civil lo acontecido. Al examinar la vivienda en la que se ha producido la matanza se encuentran con una tercera víctima de quien hasta aquel momento no se tenían noticias. Se trata de Anastasio Porrino, de 66 años, el otro morador de la vivienda, quien ha recibido otras tres puñaladas que lo han dejado exangüe. El criminal es detenido y trasladado hasta el pósito del Cuartel de la Benemérita, en medio de una gran indignación popular que pretende lincharlo. De hecho, será trasladado a Fregenal de la Sierra en plena madrugada para evitar la incontenida ira de sus vecinos, que no terminan de dar crédito a lo sucedido.

Condena pequeña

Uno de los aspectos que más sorprende en este suceso, será la laxitud de la condena que se le impondrá a Francisco Zapata del Rivero, para quien en un principio el fiscal solicita tres penas de muerte, en un tiempo en el que la pena capital se aplicaba con bastante ligereza. En el transcurso del juicio dice que los causantes de la tragedia habían sido los tíos de su esposa, quienes, según el manifiesta, no le permitían ver a su hijo más pequeño. Al mismo tiempo señala que había sufrido unas provocaciones por parte de sus familiares que terminaron por desencadenar aquellas tres muertes.

Su versión de los hechos se verá desmontada por la tía de su esposa que ha sobrevivido a la matanza, Antolina Porrino, quien sostiene que el triple asesino había llegado a la casa esgrimiendo el cuchillo con el que perpetró la matanza, destemplado y fuera de sí, sin que ni ella ni sus hermanos y su sobrina pudiesen hacer nada por defenderse.

El Jurado Popular encargado de dirimir el caso lo considera culpable, pero finalmente la Audiencia Provincial de Badajoz termina condenándolo a dos penas de prisión de 14 años y ocho meses por la muerte de cada uno de los tíos de su esposa, considerándolos como homicidio, mientras que por la muerte de Teodora Palacios Porrino deberá pasar un año más entre los muros de la cárcel, al considerar este último caso como lesiones graves. Poco menos que increíble. La responsabilidad civil se salda con poco más de 3.000 pesetas, si bien es cierto que era todo un dineral para la época.

Como se puede observar en este trágico episodio, la Justicia aplica una doble vara de medir que incluso la podemos ver en nuestros días. La pena fue verdaderamente muy suave para un individuo que socavó la paz de una localidad, cuyos vecinos lo hubiesen linchado de no haber mediado la intervención de los agentes de la Guardia Civil. Otros, en su misma situación y con menos muertos, lo pagaron mucho más caro.

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El secuestro y muerte de Eufemiano Fuentes, un misterioso episodio de la Transición en Canarias

El empresario canario Eufemiano Fuentes Díaz

En aquel entonces, mediados del año 1976, España vivía una etapa convulsa de su historia. A la vista se encontraba un profundo cambio político que comenzaría a tomar cuerpo con el nombramiento de Adolfo Suárez como nuevo presidente de Gobierno en sustitución de Carlos Arias Navarro. El futuro era incierto. El pasado una rémora que pervivía en las mentes de los más nostálgicos. El país se hallaba fuertemente abatido por el terrorismo y el temor a que fuerzas involucionistas pretendiesen hacer valer el poder que antaño habían atesorado. Cualquier cosa podía suceder.

En Canarias no solo sería noticia el sol y el calor del que disfrutan todo el año las islas Afortunadas, sino que en la madrugada del día 2 de junio de 1976 el archipiélago se sobresaltaba al levantarse con la noticia del secuestro del conocido empresario Eufemiano Fuentes Díaz, de 65 años de edad. El secuestrado no era un ciudadano menor sino toda una personalidad en la isla de Gran Canaria. Conocido como «El Rey del Tabaco«, debido a que era propietario de una de las más grandes empresas tabaqueras, que había heredado de su padre Eufemiano Fuentes Cabrera, seguía siendo uno de los antiguos caciques que dominaba el territorio insular a su antojo.

Su secuestro, que mantendría en vilo al país durante cinco largos meses, se atribuía a distintos grupos. Se sospechó, en un principio de los independentistas canarios del MPAIAC, con su histórico líder al frente, el abogado Antonio Cubillo. Otra de las líneas de la investigación se centró en la posible conexión de la Mafia estadounidense que intentaba quitarse de en medio a uno de sus principales competidores en el mercado tabaquero mundial. Sin embargo, ambas hipótesis serían desechadas con el devenir de los acontecimientos e incluso tomaría fuerza una teoría alternativa en la que se afirmaba que había sido el propio empresario quien había organizado su propio secuestro.

Eufemiano Fuentes, además del mundo empresarial propiamente dicho, había sido en su años de juventud uno de los principales activos de Falange Española participando en las Brigadas del Amanecer, a quienes se les atribuían un buen número de asesinatos cuando se produjo el estallido de la Guerra Civil. Asimismo, también había dejado su impronta en el mundo del deporte, siendo uno de los fundadores de la U.D. Las Palmas, club del que llegaría a ser su presidente.

«El Rubio»

En todo aquel batiburrillo de conjeturas aparecería un curioso personaje, Angel Cabrera Batista, de 30 años de edad, conocido como «El Rubio», a quien algunas fuentes atribuían su paternidad el propio Eufemiano Fuentes, fruto de sus relaciones con las criadas que trabajaban en su servicio. Según la versión oficial, este individuo habría accedido al interior del domicilio del empresario tabaquero en la madrugada del 2 de junio de 1976. Encapuchado, habría llevado a punta de pistola a «El Rey del Tabaco», quien en pijama, zapatillas y bata de casa habría abandonado su mansión «Las Meleguinas» conduciendo su propio vehículo, un Cadillac, ante la mirada de su secuestrador que le apuntaba con su propia arma. Su destino sería un indefinido lugar de la isla de Gran Canaria.

Es a partir de ese momento cuando comienza el misterio en torno al posible paradero del notable empresario canario. Sería su única hija Teresita del Niño Jesús Fuentes Naranjo, quien denunciaría el rapto de su padre ante el puesto de la Guardia Civil de Arucas. El secuestrador le llamaría reiteradamente por teléfono con el fin de lograr el rescate que pedía por su rehén, solicitando la entrega de 900.000 dólares (600.000 euros al cambio actual) por la libertad de Eufemiano Fuentes. «El Rubio» le dijo en una conversación a la hija del secuestrado que leyese con atención una carta que le había dejado en una estancia de su domicilio.

La familia estaba dispuesta en todo momento a pagar la cantidad exigida por el raptor. De hecho, en una ocasión resultaría herido un subinspector de la Polícía a consecuencia del tiroteo que se originó entre Angel Cabrera y los agentes que habían acudido a custodiar a la familia. En otra ocasión se saldaría con la muerte del inspector Manuel Rey Mariño. Otra de las víctimas mortales de este rocambolesco episodio sería el estudiante Bartolomé García Lorenzo, de 21 años, quien fallecería a consecuencia de los disparos de la Policía tras ser confundido con el hombre que había secuestrado a Eufemiano Fuentes.

Aparición del cuerpo de Eufemiano Fuentes

Cuando se habían cumplido ya cinco meses del secuestro de Eufemiano Fuentes, se informaba del hallazgo de su cuerpo en un pozo muy próximo al domicilio. Al parecer, habría sido identificado al ser reconocida la bata verde que llevaba puesta, así como el pijama y las zapatillas. Sin embargo, su cadáver apareció sin la cabeza y las extremidades inferiores. En aquel entonces estaba lejos todavía el trabajo con las pruebas de adn, por lo que fue decisiva para su identificación la confirmación de sus familiares.

Mientras esto sucedía, su secuestrador, Ángel Cabrera Batista, se había trasladado hasta Argel para reunirse con el líder de los independentistas canarios, Antonio Cubillo, quien jamás llegó a fiarse de él. De hecho, muy pronto lo despediría al percatarse que se encontraba ante un delincuente común que era muy amigo de lo ajeno.

Durante muchos años, «El Rubio», que concedería entrevistas a algún medio español -entre ellos la revista Interviu- estuvo huido de la justicia y alimentando la teoría alternativa. En ella se de que «El Rey del Tabaco» no había muerto a manos del delincuente canario y que, ante el temor a posibles represalias derivadas de su actuación en el transcurso de los primeros días de la Guerra Civil española, Eufemiano Fuentes habría emprendido la huida hacia Sudamérica, viviendo en algún país del cono sur americano, siendo él mismo quien planificó un simulacro de secuestro, al mismo tiempo que abundaba en que los restos hallados en aquel pozo no pertenecían tampoco al empresario tabaquero.

Entrega, condena y muerte de «El Rubio»

Transcurrida ya más de una década de la muerte de Eufemiano Fuentes Díaz, el 13 de agosto de 1989 se entregaba en la Comisaría de Policía de Gran Canaria su secuestrador, Ángel Batista alias «El Rubio», quien se había convertido en una especie de celebridad de la delincuencia al estilo de «El Lute». En su declaración ante el juez, negaría haber dado muerte al empresario grancanario, abundando de nuevo en la teoría de la conspiración, muy extendida por todo el achipiélago canario.

Algo más de un año de su entrega a las autoridades, en la Audiencia Provincial de Las Palmas se celebraba el juicio en contra de Ángel Cabrera Batista en octubre de 1990. Se consideró prescrita la acusación de detención ilegal, por lo que recibiría, en un principio una condena no muy elevada, siendo condenado a 12 años de prisión, acusado de un delito de homicidio. Sin embargo, el Tribunal Supremo corregiría el fallo del tribunal canario y elevaría a 34 años de prisión, la pena que habría de cumplir.

Olvidado de todo el mundo, incluso de su propia familia, a principios de febrero de 2005, cuando ya contaba 58 años de edad, «El Rubio» abandonaría los muros de la cárcel debido a la grave enfermedad que le aquejaba. Durante aquellos tres largos lustros, no recibió ni una sola visita y vio gravemente quebrantada su salud como consecuencia de los cuatro infartos que sufrió. Pocos días después de haber recobrado la libertad, la vida de Ángel Cabrera, un vulgar delincuente reconvertido en mito, se extinguía definitivamente y con él muchos secretos en torno a lo que de verdad le sucedió a Eufemiano Fuentes Díaz.

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La muerte del holandés de Santoalla (Ourense): el crimen que inspiró la película «As bestas»

Santoalla, la aldea en la que ocurrió el crimen

En el año 1997 una pareja de holandeses formada por Margo Pool y Martin Verfondern, ambos de mediana edad pero con mucha vida por delante, decidían dar un giro radical a su existencia. Para ello eligieron una apacible pero remota aldea gallega, Santoalla do Monte, emplazada en la comarca de Valdeorras, en el municipio de Petín, al norte de la provincia de Ourense. Con aquel desplazamiento pretendían escapar del constante ajetreo diario del centro de Europa y vivir en pleno contacto con la naturaleza en un lugar que únicamente estaba habitado por otra familia, conocida como «Os do Gafas».

En un principio su llegada a aquel remoto lugar fue bien acogido por sus únicos residentes, quienes incluso les pusieron en contacto con el vendedor de la vivienda que ocuparían. No obstante, la familia que tradicionalmente había residido en Santoalla desde tiempos inmemoriales a lo largo de distintas generaciones se mostraba remisa a compartir los beneficios que generaba la rica explotación maderera que existe en la contorna, lo que derivaría en los primeros enfrentamientos que se resolverían en los juzgados.

La Justicia dio la razón al matrimonio holandés a finales del año 2009 en su derecho a la participación en los dividendos que generaba la venta de madera del monte comunal, ya que al haber vivido durante más de una década en la aldea les correspondía ese beneficio. La resolución judicial no fue del agrado de los tradicionales residentes, pues veían disminuidos sus beneficios en un 50 por ciento. Si la relación se había ido deteriorando a lo largo de aquellos 13 años, ahora se descompondría definitivamente.

Desaparición de Martin Verfondern

El día 19 de enero de 2010 desaparecía misteriosamente el ciudadano holandés Martin Verfondern, así como su vehículo, un aparatoso todoterreno de la localidad de Santoalla. Su ausencia sería denunciada por un israelí que trabajaba como voluntario en la pequeña explotación agropecuaria que disponía la pareja. Aquello ocurría mientras su esposa se había trasladado a Alemania para cuidar de un familiar de su marido que no gozaba de muy buena salud en aquel momento. Aunque se especuló con la posibilidad de que la marcha fuese voluntaria, su mujer siempre negó esa posibilidad. De hecho, no existían movimientos en sus cuentas bancarias.

Durante cuatro año nadie supo nada del posible paradero de Martin, hasta que un buen día, el 14 de junio de 2014 un helicóptero del servicio contraincendios de la Guardia Civil sufrió una avería y se vio obligado a descender en un escondido y remoto paraje. Allí, sorprendentemente encontraron un viejo vehículo que resultó ser el del holandés que había desaparecido hacía allí casi cuatro años y medio. Asimismo, se encontraría también un cráneo humano. Posteriormente serían hallados más restos con la ayuda de perros especializados en rastreo. Tanto el todoterreno como el cadáver de Martin habían sido quemado en dos fuegos diferentes por la persona que los había trasladado hasta aquel lugar.

No parecía haber lugar a dudas que, hechas las oportunas comprobaciones, aquellos restos óseos pertenecían a Martin Verfondern. Ahora tocaba investigar que había le había sucedido. Sus despojos también delataron que la suya había sido una muerte violenta, pues presentaba un disparo que le había terminado con su vida. El siguiente paso era saber quien o quienes habían sido los autores de su muerte. Las sospechas de los investigadores se centraban en la otra familia que compartía aldea con la pareja holandesa, habida cuenta de lo deterioradas que se encontraban las relaciones.

Detención de dos hermanos

Cuando estaba a punto de cumplirse el quinto año del crimen, a finales del mes de noviembre de 2014, eran detenidos los hermanos Julio y Juan Carlos Rodríguez, de 51 y 47 años de edad respectivamente. El segundo de ellos sufría una discapacidad del 58 por ciento y su capacidad intelectiva era similar a la de un niño, aunque los peritos que lo examinaron en el transcurso de la causa que se siguió en su contra determinaron su capacidad para discernir entre lo que estaba bien y mal.

Juan Carlos Rodríguez se declararía autor del mediático crimen, exonerando en todo momento la participación de su hermano. Entre las explicaciones que ofreció manifestaría que «viña correndo coma un tolo (loco) e case me atropella», por lo que le disparó con la escopeta de caza. Posteriormente se aclararía que el autor del crimen le disparó a una cierta distancia cuando su víctima se encontraba con la ventanilla del vehículo bajada. Su hermano, Julio, -acusado en principio de complicidad- sería el encargado de trasladar el coche con el cadáver en su interior hasta un inhóspito paraje situado a 18,5 kilómetros de la aldea en la que residían.

El fiscal solicitaba, en un principio unas penas de 18 y 17 años de cárcel para ambos hermanos, a quienes acusaba de un delito de asesinato, en grado de cooperador el mayor de ellos. La vista por el crimen se celebraría en la Audiencia Provincial de Ourense en junio de 2018, cuatro años después de esclarecerse los hechos.

10 años de cárcel

El jurado popular encargado de dirimir el caso declaró culpable a Juan Carlos Rodríguez, que fue condenado a 10 años de cárcel, así como decretaría también una orden de alejamiento durante once años y medio de Margo Pool, la viuda de Martin Verfondern, quien durante algún tiempo se convirtió en la única residente del pequeño núcleo de Santoalla. Ahora vuelve a tener como vecino al hombre que dio muerte a su marido, pues ya goza del tercer grado penitenciario y está a punto de cumplirse una década de su ingreso en prisión.

En el transcurso de la vista oral, la esposa de la víctima declaró que aquel pequeño núcleo se había convertido en una especie de «salvaje oeste», en la que una familia hacía y deshacía a su antojo todo cuanto quería. Quizás ignorase la holandesa la idiosincrasia y el carácter de los gallegos de interior, esa hermosa tierra que quienes no la conocen la desprecian con el obsceno apelativo de «Galicia profunda». Lo primero sí, pero lo segundo habría saber a lo que se refieren.

De los dos hermanos encausados, solamente Julio hizo uso de la palabra para describir la relación y algunas situaciones que se daban en este curioso lugar, mientras que su familiar se negó a hablar, a lo que se sumaba su evidente retraso mental. En su declaración llegaría a manifestar que la víctima había acudido a Santoalla en busca de dinero al percatarse de la existencia de molinos de agua en diferentes puntos. Asimismo, se centraría en las difíciles relaciones que mantenían ambas familias que fue in crescendo con el paso de los años, hasta llegar a un punto sin retorno.

La Película «As Bestas»

En el año 2022 el cineasta Martín Sorogoyen filmaba una película basada en este suceso que trataba de recrear un escenario similar, aunque su film no se rodaría en Galicia, sino en la comarca del Bierzo, concretamente en la localidad de Barjas, en lo que se denomina la Galicia irredenta. Es más, aborda la historia del enfrentamiento de dos familias, la que vive en la aldea y la que se acerca hasta la localidad, que en la película son de nacionalidad francesa. Ni en un solo fotograma aparece ninguno de los escenarios en los que ocurrió el crimen, ni siquiera los municipios limítrofes ni tampoco la comarca valdeorresa. Solo hay un leve guiño al territorio gallego con la Rapa das Bestas de Sabucedo, en la provincia de Pontevedra.

El film, como no podía ser de otra forma, es bastante comercial pero goza de poca credibilidad en cuanto al supuesto carácter cerrado de los gallegos de interior, lo que viene a corroborar que no se ha estudiado ni un ápice ni la sociología ni mucho menos la psicología de quienes viven en esas áreas gallegas, hoy en día en claro riesgo de desaparición debido a la bajísima natalidad y a la elevada edad media de sus moradores, en su mayoría todos ellos personas que superan los 70 años. Solamente cabe destacar la magistral interpretación del actor gallego Luis Zahera.

Hay que tener en cuenta los cambios registrados tanto cultural como históricamente, circunstancia esta de la que adolece la película, recayendo en viejos tópicos y atavismos que para nada reflejan la actualidad del mundo rural en Galicia, tan distante del que aparece en el film, que parece haberse quedado anclado en la Galicia de los cincuenta. Por fortuna, el mundo rural gallego es muy diferente ante al de entonces, aunque quede algún que otro vestigio, al igual que pudo suceder en Santoalla, pero lo acontecido en esta última localidad no guarda ningún parecido con el territorio diverso en que se ha convertido la tierra gallega en pleno siglo XXI.

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