Un estudiante de Medicina descuartiza a un amigo en Cádiz (El descuartizador de Cádiz)

José Juan Martín Montañés, «El descuartizador de Cádiz», en el momento de ser detenido

Fue un suceso muy extraño. Tal vez demasiado. Que conmovió a España entera a comienzos del año 1989, en un tiempo en el que se prodigaron distintos acontecimientos sangrientos que mantuvieron en vilo a todo el país, entre ellos la matanza provocada por un agricultor en el municipio lucense de Chantada. Pero, antes de ese trágico episodio, hubo otro que tal vez ni el mismísimo Alfred Hitchcock hubiese podido imaginar en sus mejores filmes de ficción. Se mezcló el suspense con el espiritualismo y todo ello daría lugar a uno de los crímenes más espeluznantes ocurridos en la década de los ochenta.

José Juan Martín Montañés, el asesino, y Javier Suárez Samaniego, la víctima, era dos muchachos de la misma edad, 22 años, que lo habían convertido todo o prácticamente todo en su breve existencia. Se habían conocido en el instituto del Fuerte de la Cortadura y desde entonces se convirtieron en lo que comúnmente se denominan íntimos amigos. Sus familias mantenían estrechos vínculos de amistad y su relación jamás había sufrido ningún problema, pues hasta compartían intereses comunes que les llevaron a los dos chavales a interesarse por grupos antitrinitarios, entre ellos los Testigo de Jehová, en el caso de José Juan, y a una lectura apasionada de la Biblia por parte de Javier, que incluso le llevaría a abandonar la carrera de Derecho para iniciar posteriormente los estudios de Ciencias Económicas.

De Montañés se decía que no era una persona que carecía de habilidades para sus relaciones sociales, aunque era una persona de una inteligencia excepciona, lo que comúnmente se conoce como un superdotado. Cursaba estudios de Medicina a la par que Derecho e Historia. De carácter introvertido, no era considerado un muchacho empático, pese a no tener problemas con nadie. En aquel entonces, se había independizado y vivía en un apartamento en el paseo marítimo de Cádiz, en una obra cuyo diseño había realizado el padre de quien iba a convertirse en su dramática víctima.

Una invitación

En la tarde del 21 de enero de 1989, José Juan se presentó de incógnito en la casa de su amigo Javier, quien iba a salir a dar una vuelta en bicicleta. Sin embargo, su amigo le rogó que se acercase hasta su casa para montar una mesa de ping-pong, deporte al que ambos eran muy aficionados. Ya en el piso del primero, su anfitrión lo invitó a tomar una copa, al tiempo que elevaba el volumen del receptor de música. Cuando Javier se encontraba desprevenido, su verdugo empuñó una pata de hierro de una mesa descargando toda su fuerza contra su cabeza, dejándolo prácticamente inconsciente.

A pesar de que la víctima había perdido el conocimiento, no había muerto, por lo que José Juan procedió a propinarle varias puñaladas, un total de doce, entre la cuarta y la quinta costilla intercostal, tal como el mismo se encargaría de relatar a la Policía cuando fue interrogado, dando así cuenta de sus conocimientos anatómicos. Manifestó que su intención era que el interfecto no sufriera y provocarle un paro cardíaco. Sin embargo, continuaba vivo, por lo que hubo de propinarle más cuchilladas hasta que el joven dejó de existir.

Concluida la primera parte de su trabajo, vendría otra fundamental, que era deshacerse del cuerpo y eliminar las pruebas para no dejar pistas. Así que procedió a descuartizar el cuerpo de quien había sido su mejor amigo. Para no ver la expresión de su rostro, taparía su cabeza con una bolsa de la basura. José Juan despedazaría el cadáver de Javier y lo introduciría en cinco bolsas, salvo las manos, que guardó en un envase con formol para su conservación.

De madrugada y simulando que estaba practicando deporte, Montañés trató de deshacerse del cadáver de Suárez Samaniego, haciendo distintos viajes desde el Puerto Martímo hasta la Punta de San Felipe, donde arrojó los despojos del joven descuartizado, que posteriormente serían localizados por equipos de buzos de la Guardia Civil a una profundidad de seis metros.

Extorsión

Tras haber dado muerte a su amigo, el descuartizador de Cádiz comenzaría un proceso de extorsión a la familia del joven asesinado. Le enviaría diversas cartas mecanografiadas en las que les solicitaba 12 millones de pesetas (72.000 euros), que deberían ir entregando en pagos semanales de medio millón (3.000 euros) en una cuenta habilitada a tal efecto en la Caja de Ahorros de Cádiz. De no hacerse efectivos los pagos, el secuestrador, que empleaba el plural en sus comunicaciones con la familia para tratar de despistar, amenazaba con cortarle los dedos de la mano a su víctima y que iría enviando periódicamente a sus allegados.

La desaparición de su hijo fue denunciada por la familia de Javier Suárez Samaniego, quien también puso en conocimiento de las autoridades las misivas que recibía. Fue entonces cuando la Policía elaboró una lista de posibles sospechosos, entre los que no se encontraba curiosamente José Juan Martín Montañés.

En aquella época estaban lejos los avances tecnológicos de los que se disponen en la actualidad, por lo que la propia Polícía se encargaría de montar un dispositivo de 17 agentes, que se colocarían en otros tantos cajeros de las sucursales bancarias de la capital gaditana, aspecto este que con toda seguridad obvió el autor del crimen, quien solo logró una extracción de 35.000 pesetas (algo más de 200 euros). Sería precisamente cuando efectuaba una operación bancaria cuando sería detenido, constituyendo toda una sorpresa y conmoción para los habitantes de la «Tacita de Plata», que no daban crédito a lo acontecido.

«Yo le he matado»

Al ser detenido, con una gran frialdad confesaría el crimen, ofreciendo muchos detalles a los agentes de la Policía que lo habían detenido. Posteriormente se trasladaron hasta el apartamento en el que vivía el descuartizador, encontrando rastros de sangre así como las manos de su víctima conservadas en un recipiente que contenía formol.

Su evidente carencia de emociones la pondría de manifiesto en en el tiempo en que se encontraba recluido previo al juicio, pues no expresó signo alguno de arrepentimiento. Su mayor preocupación consistía en el período de prisión al que sería condenado cuando se celebrase la vista oral en su contra.

En junio de 1991, en medio de una gran expectación en la capital gaditana, su Audiencia Provincial acogió las distintas sesiones del juicio en contra de José Juan Martín Montañés, quien sería condenado a un total de 36 años de cárcel. 28 por un delito de asesinato con alevosía y premeditación; otros cuatro por falsedad documental y los otros restantes por delito de amenazas continuadas. Se le aprlicaría la atenuante de enajenación mental transitoria.

«El descuartizador de Cádiz«, como sería conocido en la posteridad, cumpliría poco más de quince años y medio de cárcel en el penal de localidad madrileña de Aranjuez, alcanzando la libertad condicional con fecha de 21 de junio de 2004. A su salida de prisión algunas fuentes los situaban en la capital andaluza, Sevilla, en tanto que otras en la localidad gaditana de Chiclana de la Frontera. Sea como quiera, cierto es que no sería agradable tenerle como vecino, a menos que haya experimentado un cambio radical en su forma de ser.

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Detenido en 2023 el presunto autor de un crimen perpetrado en 2013 en Cabanas (A Coruña)

Momento en que el presunto autor de la muerte de Elisa Abruñedo pasa a disposición judicial. foto: CRTVG.

No se podía imaginar nadie en el pequeño núcleo de Lavandeira, perteneciente al municipio coruñés de Cabanas, muy próximo a Ferrol, que una de sus convecinas, Elisa Abruñedo, de 46 años, fuese a morir vilmente asesinada en la tarde del día 1 de septiembre de 2013 cuando realizaba un paseo muy habitual en las inmediaciones de su vivienda, concretamente a 200 metros de la misma. La última persona que la vio con vida, un veterinario que ejerce en la comarca, se percató de que no llevaba puesto un chaleco reflectante, dado que la zona es muy transitada por todo tipo de automóviles. Este mismo profesional sería quien encontraría su cadáver unas horas después.

El cuerpo de la mujer aparecería en un área boscosa, muy frecuentada por cazadores, con varias cuchilladas que supuestamente habrían sido inferidas con un cuchillo de monte, de los que habitualmente emplean los aficionados a la caza para desollar animales. El otro dato remoto que existía era la presencia de un vehículo color verde, con una matrícula de serie antigua terminada en las letras BG. Además, el criminal habría dejado huellas de su ADN en la víctima, pero eran unos datos a todas luces insuficientes para determinar quien estaba detrás de aquel crimen que conmovió a Galicia a finales del verano de 2013.

Durante diez largos años se cotejaron datos y se vigilaron a centenares de personas sin ofrecer, en un principio, resultado alguno. Con los avances científicos de los últimos tiempos a través del único indicio del que disponían los investigadores se reveló que el perfil genético del autor del crimen se correspondía con el de una persona pelirroja, que representan tan solo el 1,5 por ciento de la población, con lo que el círculo se fue estrechando cada vez más. A todo ello, se sumaban los indicios del vehículo color verde, las cuchilladas recibidas por la víctima y el conocimiento de la zona, un área escarpada por la que habría movido el cuerpo. Todo hacía indicar que habría sido un cazador corpulento que conocía bien el terreno en el que se perpetró el crimen.

Archivo eclesiástico

Los investigadores realizaron a lo largo de todo este tiempo un trabajo de auténtica ingeniería genética, tratando de recomponer un rompecabezas para el que contaban con muy pocas piezas. Se hicieron llamadas a los vecinos para que se sometiesen a pruebas voluntarias de ADN con el propósito de poder encontrar un perfil genético parecido al del hipotético asesino. En una de esas rondas se encontró un patrón que guardaba ciertas similitudes con el que estaba en manos de la Policía científica, que se trasladó ex profeso hasta el lugar de autos para tratar de desentrañar un caso que se antojaba muy complicado.

Una vez que se hubo obtenido una muestra genética, los investigadores se dirigieron hacia el Archivo eclesiástico de la Diócesis de Mondoñedo, que guarda más de 10.000 volúmenes que contienen las distintas partidas de nacimiento de toda la provincia eclesiástica, que comprende el norte de Lugo y el nordeste de A Coruña. A través del registro de la Iglesia Católica y con una prueba genética, los estudiosos del caso recompusieron el árbol genealógico que les llevaría a descubrir al criminal, no sin antes desechar algunas vías de investigación, entre ellas a los repartidores y comerciales de la comarca que respondiesen a las características antes descritas.

Del mismo modo, también sería descartado un cazador de la zona con el pelo pelirrojo, pues este hombre accedió voluntariamente a la prueba de ADN que le fue sugerida por las autoridades. Los indicios obtenidos hasta aquel entonces indicaban en una misma dirección, a un hombre pelirrojo de complexión fuerte conocedor de la zona que conducía un automóvil de color verde, un Citroën AX para más señas, que se habría convertido en una especie de reliquia, ya que hace bastantes años que dejó de fabricarse.

Detención

Cuando la mayor parte de la población había perdido las esperanzas de hallar al culpable, aunque no la familia de la mujer asesinada -principalmente sus dos hijos-, en la mañana del 17 de octubre de 2023 varias dotaciones de la Policía se dirigieron a la empresa auxiliar de Navantia, emplazada en la localidad coruñesa de Narón, para proceder a la detención de Roger Serafín Rodríguez Vázquez, un hombre de 49 años de edad, que respondía prácticamente de forma idéntica al perfil que había trazado la Policía Científica.

La sorpresa de su captura fue mayúscula, tanto entre sus compañeros de trabajo como en la mayoría de sus conocidos. Nadie hubiera imaginado que detrás de la apariencia de un hombre fornido, corpulento y risueño, de aparentemente buen carácter, que carecía de antecedentes penales, a quien le gustaba la caza y la buena gastronomía, pudiese hallarse un perverso criminal que no solo -presuntamente- habría asesinado a Elisa Abruñedo, sino que también la había violado, en un crimen que llevó al desconcierto a una zona en la que ya nadie se atrevía a salir a pasear solo después de lo que le sucedió a su convecina.

El detenido en todo momento se mostró colaborador con las autoridades cuando se procedió al registro de su vivienda, emplazada en la calle Vigo del municipio de Narón, muy próximo a Ferrol. En la inspección de su domicilio, la Guardia Civil hizo acopió de varias armas de fuego para las que supuestamente disponía de la oportuna licencia, dada su condición de cazador. Asimismo, se llevaron consigo distintas armas blancas, algunas similares a las que presuntamente se habrían empleado en el asesinato de la mujer de Cabanas.

Confesión

Tras un arduo interrogatorio, Roger Serafín Rodríguez Vázquez terminó por derrumbarse ante los agentes de la Guardia Civil y terminaría por confesar el crimen que le costó la vida a Elisa Abruñedo. En una declaración muy breve se limitó a constatar que en la tarde de aquel domingo, primero de septiembre de 2013, «vio a la mujer, la cogió y la mató», aunque no supo responder cuales habrían sido los motivos que le llevaron a perpetrar un crimen tan horroroso. Manifestó también que deseaba terminar cuanto antes con todo aquel procedimiento.

Por si fuera poco, declaró «sentirse muy arrepentido» de haberle dado muerte, aunque esta confesión tiene un muy difícil encaje y justificación. Nadie que se sienta arrepentido dificilmente puede hacer una vida normal como la que hizo el presunto asesino a lo largo de diez años en los que participó en distintas partidas de caza, así como en campeonatos de esta especialidad que se celebraron en la zona en la que él había dado muerte a una persona. Sorprende también su sangre fría mostrando fotos en sus redes sociales de todos estos eventos, así como las denuncias de la presencia de alimañas en el área rural de la que era originario, aunque más que al lobo sus vecinos debían temer a otro temible y brutal depredador.

El autor confeso del crimen mantuvo la versión de los hechos ante la jueza que se encarga de investigar el caso, quien tras un largo interrogatorio decretó su ingreso en prisión comunicada y sin fianza en la tarde del día 19 de octubre de 2023, a la espera del juicio y recabar más pruebas incriminatorias. Al mismo tiempo, se han levantado algunas sospechas sobre su posible implicación en el asesinato de otra mujer en Ourense, Socorro Pérez, quien apareció muerta en 2015, después de haber sufrido una agresión sexual, con evidentes señales de violencia en las inmediaciones del río Miño a su paso por la ciudad de las Burgas. A todo ello se añade que se encontraba en un área boscosa frecuentada por cazadores y sus características físicas eran similares a las de Elisa Abruñedo.

La resolución de este crimen no cabe duda que es todo un aviso a navegantes que todavía crean que pueden salirse con la suya. Los avances tecnológicos y científicos de los últimos tiempos son claves en el esclarecimiento de muchos hechos que no deben quedar impunes, como parecía el destino de este trágico episodio. La Policía jamás ha sido tonta y ahora cuenta con unas herramientas de las que no disponía antaño, con lo que quienes cometan un hecho sangriento cada vez tienen mucho más difícil salir airosos cuando pretendan sembrar el terror.

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Abatido tras asesinar a tres vecinos y a un guardia civil en Herreros de Rueda (León)

Noticia del desgraciado suceso en el DIARIO DE LEÓN.

La procesión del Corpus Christi de 1996 se convirtió en la peor de las posibles pesadillas para los escasos habitantes de la pequeña localidad leonesa de Herreros de Rueda, que asistieron impotentes al ritual de un loco el día 9 de junio, que sin mediar palabra la emprendió a tiros con su vecinos, asesinando a tres de ellos -además de un agente de la Guardia Civil- y dejando tras de sí un terrible poso de dolor que situó al pequeño pueblo, que hoy cuenta con tan solo 15 habitantes, en el mapa de la crónica negra española. La localidad, situada a poco más de 40 kilómetros al este de León, fue una de las muchas que se fue despoblando en las décadas de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo como consecuencia del incesante Éxodo Rural hacia las ciudades que experimentaron muchos municipios españoles del interior.

De Jesús Andrés Iglesias, de 41 años de edad, abundaban los comentarios acerca de los desequilibrios mentales que supuestamente sufría. Había mantenido discusiones con la práctica totalidad de sus convecinos. De carácter hosco y huraño, lo que nadie se podía imaginar era que aquel día fuese a emprenderla a tiros contra todo el vecindario, aprovechando la tradicional procesión del Corpus Christi, que cada año recorría sus calles y que era seguida por muchos otros que se acercaban a su pueblo de origen en esta festividad.

Uno de los residentes en el pueblo lo divisó en el balcón del inmueble de su propiedad. Sospechó que aquel hombre iba a hacer alguna trastada o tal vez increparlos, pero tal vez no pasase de ahí. Una vecina manifestó cuando ya se había producido la tragedia que el cuádruple asesino le había expresado su desacuerdo en que colocasen la hornacina del Santísimo frente a su vivienda, aunque no le dio mayor importancia, pensando que tal vez obedecería a una de sus muchas rarezas.

Por la espalda

Juan Andrés Iglesias se encontraba en el balcón de su vivienda cuando comenzó a disparar de forma indiscriminada contra sus vecinos, a quienes abatió por la espalda cuando se encontraban totalmente desprevenidos lo que provocaría una desbandada que alertaría a los agentes de la Guardia Civil. Su primera víctima fue una joven de tan solo 22 años de edad Eva González Díaz, hija del alcalde de la localidad, quien murió a consecuencia de un certero disparo que su verdugo le efectuó a la cabeza. La muchacha fallecería en los brazos de su madre, que nada pudo hacer por reanimarla.

Sus otras dos víctimas, que también iban en la procesión, perderían la vida de similar forma. Fueron Victoriano Martínez Bustos y Herminio Martínez Carpintero, de 74 y 73 años respectivamente. Este último fallecería en los brazos de su propio hijo. Fue entonces cuando el vecindario abandonó la procesión y huyeron del lugar ante el inesperado e imprevisible peligro que había provocado un hombre que sufría graves desequilibrios, pero que disponía de armas además de su pertinente licencia, lo cual no dejaba de ser paradójico y contradictorio. Eran muchos lo habitantes de Herreros de Rueda como se había podido permitir semejante dislate que terminarían pagando de una forma demasiado cara y trágica.

Alertada la Guardia Civil de lo ocurrido, se desplazaron hasta el lugar un agente y un sargento para intentar reducir al asesino, quien, bien pertrechado terminaría con la vida del número de la Benemérita Rafael Díez Presa, de 26 años. Su compañero, el suboficial Pablo Álvarez Villacorta resultaría herido de gravedad, aunque salvaría su vida. Ante este panorama, hubieron de desplazarse hasta el lugar una patrulla del vecino municipio de Gradefes, quienes fueron recibidos a tiros por el agresor, aunque sin mayores consecuencias.

Abatido

Ante la imposibilidad de efectuar cualquier negociación con aquel hombre, que se encontraba desnortado y fuera de sí y que se había convertido en un indiscriminado francotirador capaz de cometer las peores atrocidades, los agentes tuvieron que recurrir al sistema más taxativo, pero el que menos les gusta. Uno de los miembros de la Benemérita abatió con su arma reglamentaria a aquel sujeto que había regado de sangre y fuego una pequeña población que casi nunca aparecía en los informativos de radio y televisión, pero que él se había encargado de hacerlo de la peor manera posible, que era tiñéndola de sangre.

Los agentes hubieron de emplear una escalera para acceder a la vivienda de Jesús Andrés Iglesias, dónde lo encontraron ya exangüe a consecuencia de los disparos que se habían visto obligados a efectuar para reducirlo. Mientras tanto, los vecinos se arremolinaban en las inmediaciones de su vivienda con el único afán de lincharlos y liberarse así de un sujeto que había llevado un luto innecesario a una de las localidades que hoy es miembro de lo que comúnmente se ha dado en denominar la España vaciada.

Después de la gran tragedia ocurrida en Herreros de Rueda los vecinos de este pueblo argumentaban a los medios de comunicación de la época que lo acontecido «se veía venir», al tiempo que se echaban las manos a la cabeza por el hecho de que aquel individuo, que debería estar ingresado en un centro de salud mental, no solo dispusiese de armas, sino también del oportuno permiso para su empleo. Todo un despropósito que provocó una enorme tragedia que sigue presente en la memoria de los 15 habitantes que aún residen en esta localidad situada al este de la provincia de León.

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Ajusticiada en el garrote vil por envenenar a dos mujeres en Huelva

María Domínguez Martínez fue una de las últimas mujeres en ser ajusticiada en el garrote vil en España

Su historia recuerda mucho a la de la envenenadora de Valencia, aunque difiere en algunos puntos, además de ser mucho más desconocida. Hasta el punto que poco se sabe acerca de los delitos que cometió. Tal vez porque fueron en los años de la más férrea censura y cuando la tremenda posguerra seguía causando grandes estragos en una población pobre y deprimida, que vivía de lo que podía. En ese crudo ambiente desarrolla su corta vida María Domínguez Martínez, una joven que como muchas de su edad en aquel entonces se desplazó desde su localidad natal hasta la ciudad en busca de un futuro mucho más prometedor que el que le tenía deparado el pequeño pueblo en el que había venido al mundo.

La biografía de esta envenenadora tiene sus raíces en Paterna del Campo, al este de la provincia de Huelva, a poco más de 60 kilómetros de su capital. Nació en el año 1926 en el seno de una familia humilde, que se dedicaba a labores agropecuarias en un tiempo en el que el campo a duras penas daba para subsistir. Al mismo tiempo la posguerra recrudecerá la existencia de millones de españoles que sortean el día a día como pueden. El destino de María Domínguez parece estar escrito de antemano. Con apenas quince años comienza a trabajar en el servicio doméstico de un teniente coronel del Ejército en la capital onubense para escapar a la segura miseria que la amenaza tanto a ella como al resto de su familia.

En casa del militar, la joven ha de encargarse, además de las tareas domésticas, del cuidado de la esposa del oficial, pues se encuentra muy delicada de salud. Se gana la confianza de la mujer y del resto de la familia, especialmente de aquel hombre de alta graduación del Ejército y que es toda una personalidad muy respetada, en un tiempo en el que los militares gozaban prácticamente de patente de corso. Tanta es la familiaridad entre ella y el teniente coronel que este, un hombre ya cincuentón, la seduce y entabla una relación que a nadie se le escapa, principalmente a la nuera del alto mando, quien es consciente de la relación que mantiene su suegro con la joven criada.

Leche azucarada

La joven, quizás algo harta del esfuerzo de cuidar a su señora o tal vez porque pretendía dar un giro a la situación con el ánimo de ocupar su lugar en la jerarquía familiar, comienza a proporcionar leche muy azucarada a la enferma mezclado con un insecticida que contiene arsénico, un letal veneno que pronto surtirá el efecto que la joven desea, siendo aquí donde se encuentra la primera similitud con los episodios que años más tarde protagonizará Pilar Prades Santamaría algo más de diez años después en Valencia. La esposa del teniente coronel fallecerá en el año 1945. A nadie coge por sorpresa este deceso, pues es de todos conocido que la esposa del militar sufre problemas de salud desde hace tiempo.

La nuera de la fallecida realiza unos comentarios el día del sepelio de su suegra que son malinterpretados por María Domínguez, quien pretende allanar el camino que le queda por recorrer para hacerse dueña de la situación familiar, o eso cree ella. Se desconoce el sentido exacto de sus expresiones, pero se van a convertir en su sentencia de muerte, pues la criada es una auténtica psicópata en toda regla.

En el mismo año que había fallecido la matriarca del clan familiar del militar onubense, también correrá la misma suerte su hija política, exactamente con el mismo método que había empleado para liquidar a la mujer de mayor edad. Lo que no ha calculado la joven es la extrañeza que puede ocasionar en la población dos muertes, una esperada pero otra totalmente sorprendente, en algunos medios. La esposa del hijo mayor del teniente coronel se encuentra embarazada cuando se produce su óbito, lo que constituirá una agravante a la hora de encarar el juicio, pues no sería procesada por dos crímenes sino que lo será por tres.

Tras el fallecimiento de una segunda mujer en tan corto espacio de tiempo, en la capital onubense se desatan todo tipo de especulaciones y comentarios que llegan a los oídos de la Policía, que decide investigar el caso. El juez encargado del caso da la orden de exhumar los cuerpos de las dos mujeres fallecidas. Los análisis toxicológicos no pueden ser más concluyentes. En ambos casos se encuentran cantidades importantes de arsénico, por lo que no hay duda de que han sido envenenadas. Las sospechas recaen sobre la joven criada, que apenas cuenta con 20 años de edad y que será detenida casi de inmediato.

Condena

Eran tiempos muy duros para salvarse de la pena de muerte, pero en este caso concurren varias circunstancias que juegan claramente en contra de María Domínguez Martínez. Sus dos víctimas son familiares directas de un alto mando del Ejército de la época, a lo que se suma que una de ellas se encontraba en avanzado estado de gestación. Hubo algunos casos en aquel tiempo que eludieron subir a cadalso, pero fueron los menos.

En el transcurso del juicio, que se celebra en el año 1947, la mujer, aunque reconoce que ha empleado arsénico, alega que se debió a una confusión, pues ella es prácticamente analfabeta y desconoce el significado de las etiquetas de los frascos. Sin embargo, esta excusa no convence al tribunal, que la sentenciará a morir en garrote vil. Al tratarse de una sentencia de muerte, automáticamente lleva aparejada consigo el consiguiente recurso al Tribunal Supremo, instancia esta que se limitará a ratificar la resolución emitida por la Audiencia Provincial de Huelva.

La última oportunidad para librarse del temible y terrible artefacto que es el garrote vil, es el Consejo de Ministros, quien no ve motivos suficientes para indultar a la joven criada que era amante de un militar que la sedujo quizás vilmente y que ahora verá como su pescuezo será devorado por un tétrico instrumento que había instituido Fernando VII, en sustitución de la horca por ser un método «más humano» de ejecución, aunque esta circunstancia ha quedado siempre en entredicho. Se decía que con la horca se rompían mucho las cuerdas y por lo tanto el reo se libraba así de la muerte.

Ejecución

La ejecución de María Domínguez Martínez, el 23 de mayo de 1949 tampoco estará exenta de algunas macabras curiosidades. La joven, en el momento de ser llevada al patíbulo, gritaba y lloraba, acusando al militar de las dos muertes por haberla seducido. Sin embargo, el instante más amargo que lleva aparejado consigo una cierta dosis de humor negro vendrá dado en el momento en que se encuentre con el verdugo que ha de encargarse de poner fin a la vida de la muchacha. Se trata de Bernardo Sánchez Bascuñana, de cuya primera esposa es prima carnal la condenada.

Algunas crónicas apuntan a que fue confundido con un testigo por parte de uno de los forenses y le instó a que abandonase el lugar por miedo a que se marease, pues se encontraba visiblemente alterado y un poco confundido en aquella ceremonia, que era la primera que oficiaba como «ejecutor de sentencias» de la Audiencia Territorial de Sevilla. De hecho, le dieron sus buenas dosis de alcohol, al que don Bernardo era un gran aficionado, para que le acompañase el valor suficiente para proceder a la rotura del cuello de su prima política, una anécdota que aquel esperpéntico personaje solía contar no exenta de cierta sorna.

Sanchez Bascuñana solicitaría también que se le colocase una capucha sobre la cabeza a quien se iba a convertir en su víctima, pues no quería amargar sus últimos instantes de su vida viendo como realizaba un trabajo para el que había que tener mucho valor, pero muy poca dignidad, o tal vez una necesidad extrema, aquella misma que agobiaba a muchos españoles en una interminable posguerra.

De este caso, llama significativamente la atención la escasez de fuentes que hay. Apenas salió reflejado en la prensa de la época y no se tienen muchos datos acerca de las víctimas. Tal vez porque había afectado directamente al estamento militar, al tiempo que se pretendía evitar que saliesen a la luz aspectos como el adulterio, que involucraba a un mando del Ejército y velar por la denominada «moralidad pública», que convertía en tabú muchas actitudes que hoy en día están completamente normalizadas, en tanto que en aquel tiempo, aunque ocurrían, estaban duramente perseguidas y eran motivo de escándalo y escarnio público.

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Se suicida tras asesinar a un vecino y a uno de sus hermanos en Castroverde (Lugo)

La parroquia lucense de Bolaño fue escenario de un doble crimen en el año 1949. Foto: WIKIPEDIA

Si la Posguerra estaba siendo cruda en España, ni que decir tiene como se encontraba la Galicia rural de la década de los cuarenta del pasado siglo. Era un territorio pobre y decrépito en el que el conflicto bélico había dejado profundas heridas humanas que tardarían varias décadas en cicatrizar, máxime teniendo en cuenta que predominaban los micronúcleos de población, algunos de los cuales no superaban la decena de habitantes.

Aunque no había habido apenas lucha en el periodo en el que en el resto de España se batían a tiros y cañonazos, se habían producido algunos episodios sangrientos que dejarían una huella indeleble en algunas partes del territorio gallego, siendo uno de los lugares más afectados por estos hechos la localidad de Castroverde, un municipio eminentemente rural situado en el centro de la provincia de Lugo, a poco más de 20 kilómetros de su capital. Allí, se había producido una auténtica masacre en los denominados «Sucesos de Montecubeiro», lugar en el que fueron pasadas por armas varias decenas de personas por su pertenencia a organizaciones republicanas de izquierda.

Aquel trágico episodio, que aún sigue pesando como una losa en la localidad, estaba muy reciente en los tiempos de Posguerra, pese a que nadie quería hablar de él. Por eso, un suceso acaecido tan solo diez años después de finalizada la contienda, un doble crimen seguido de un suicidio, volvió a sobresaltar a los vecinos de este concejo del interior gallego que en aquel entonces contaba con casi 10.000 habitantes frente a los poco más de 2.500 con los que cuenta en la actualidad.

Un hombre extraño

Así solían definir los escasos vecinos que todavía recuerdan José Seijas Bascuas, de 32 años de edad, antiguo combatiente del bando nacional en la Guerra Civil. Con no muchos amigos, pero aparentemente tranquilo y pacífico, nadie o casi nadie podía imaginarse que este sujeto diese rienda suelta a sus peores instintos en la tarde del 23 de septiembre de 1949, cuando dio muerte a uno de sus hermanos y un vecino suyo sin aparentemente haber mantenido ningún enfrentamiento con ellos, por lo que la sorpresa y la conmoción sería mayúscula en la pequeña aldea de Bolaños, que apenas contaba ya con 200 almas en aquel entonces, aunque suponían prácticamente el doble con las que cuenta en la actualidad.

José Seijas tenía fama de ser trabajador, que aunque ya superaba la treintena todavía seguía soltero en un tiempo en el que las uniones matrimoniales se consumaban mucho antes que en nuestros días. Aparte de ser algo extraño, tal como lo han definido quienes todavía guardan alguna remota referencia suya, los días previos al doble crimen se le vio demasiado inquieto, como si se encontrase nervioso por alguna desconocida razón que se encargaría de llevar a la tumba. Su carácter se había alterado y por cualquier nimiedad se alteraba irritándose de sobremanera. Aún así, nadie esperaba que perpetrase uno de los peores sucesos que se recuerdan en aquella pequeña aldea.

Aficionado a la caza, nadie sabía que disponía de otras armas. Entre ellas, una pistola de grueso calibre. La que emplearía en del doble crimen y en su propio suicidio. A primera hora de la tarde vio a un convecino suyo en el portal de su casa. Se trataba de José Fernández Fernández, a quien le unía una cierta amistad, a pesar de que en los últimos tiempos el hombre en que se iba a convertir en su verdugo se habían desatado antiguas rencillas por cuestiones triviales, entre ellos, los tan traídos y llevados asuntos de lindes, por los que tanta sangre ha corrido tanto en Galicia como en el resto de España.

A sangre fría

Sin pronunciar ni siquiera una mínima amenaza y sin que su convecino pudiese esperarlo, José Seijas sacó un enorme pistolón de uno de sus bolsillo y efectuó dos disparos a quemarropa contra José Fernández Fernández, de 42 años de edad, agricultor como él, dejándole exánime prácticamente en el acto. Los tiros le habían perforado los pulmones y el corazón, quedando tendido sobre un gran charco de sangre en el portal de su convecino. Este hombre dejaba viuda y dos niños de cuatro y seis años respectivamente.

Uno de los hermanos del criminal al escuchar los disparos, salió al portal, desconociendo que estaba firmando su propia sentencia de muerte. Al igual que había hecho con su primera víctima, efectuó dos disparos a bocajarro sobre su propio hermano Ricardo Seijas Bascuas, un año mayor que José. Ni siquera tuvo tiempo de recriminar la brutalidad que había cometido cuando el caía abatido por las balas que le perforaron el pecho prácticamente de manera instantánea.

Nunca se sabrá si presa de los remordimientos o tal vez a consecuencia de un espontáneo ataque de ira muy violenta, el doble criminal se fue para su habitación. Allí se voló la tapa de los sesos con el mismo arma con la que había protagonizado una de las peores tragedias en este municipio lucense desde tiempos de la Guerra Civil que, en aquel entonces -tan solo diez años después-, todavía estaba muy reciente.

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Impunidad para el asesinato de dos adolescentes de etnia gitana en Elda (Alicante)

Primera página de un semanario local dando cuenta del trágico suceso

El día 27 de agosto de 1986 dos muchachos de etnia gitana desaparecieron de forma misteriosa sin, aparentemente, dejar rastro alguno acerca de su hipotético paradero en la localidad alicantina de Elda. Se trataba de José Amador Torres y Andrés Amador Torres, de 16 y 14 años de edad respectivamente. Ambos eran primos carnales por partida doble, pues sus progenitores eran hermanos entre sí. La última pista que se tuvo de aquellos dos adolescentes procedía de una gasolinera situada a la salida de la capital de la comarca de Medio Binalopó, en la que estuvieron repostando la motocicleta en la que viajaban.

Hubo un detalle en esta misteriosa desaparición que causó sorpresa y hasta cierto desconcierto a los investigadores, pues no lo entendían y nunca han logrado descifrarlo. Este no era otro que los dos jóvenes hubiesen llenado de combustible el depósito de su vehículo y lo dejasen abandonado en las instalaciones de la gasolinera. Este es el último dato que se tuvo acerca de aquellos dos chavales, que carecían de cualquier antecedente al tiempo que se desconocía que anduviesen en asuntos turbios.

A partir del instante mismo en que se denuncia su desaparición se pone en marcha un dispositivo para dar con su hipotético paradero. Se siguen todos los protocolos que se deben llevar a cabo en sucesos similares. Amplios carteles con las caras de los dos jóvenes en los que se ofrecen datos que describen sus rasgos físicos son distribuidos por toda España, aunque de forma especial en la Comunidad Valenciana, pero como suele ser habitual la mayor parte de las veces, los resultados no son satisfactorios temiéndose que les haya ocurrido lo que nadie hubiese deseado.

Llamada anónima

Algo más de tres semanas después de la desaparición de los chavales, el 19 de septiembre de 1986 se recibe una llamada anónima en el Cuartel de la Guardia Civil de Elda. Al otro lado del teléfono, los agentes escuchan la voz de un hombre adulto que ofrece algunos datos relevantes sobre el paradero de los dos adolescentes, a quienes sitúa en el Monte Bateig, en un terreno arcilloso en el que antaño se levantaron las instalaciones de una empresa dedicada a la explotación del material básico que abunda sobre el escarpado terreno.

Hacia el lugar se dirigen dotaciones de la Guardia Civil y los Bomberos de la localidad, temiéndose la peor de las noticias, tal y como terminaría aconteciendo. En una cueva excavada sobre el escarpado y árido monte, situada a menos de 100 metros de la carretera nacional N-330, Alicante-Francia son encontrados los cadáveres de los dos jóvenes desaparecidos en avanzado estado de descomposición. De hecho, los bomberos se ven en la obligación de usar mascarillas para proceder a su recuperación.

Pero no solo descubren sus cuerpos. Al mismo tiempo se percatan de que ambos muchachos han sido víctimas de un doble crimen. Sus cuerpos están acribillados a balazos. Uno de ellos presenta tres disparos en la nuca, con orificios de entrada y salida, en tanto que el otro ha recibido el mismo número de tiros, aunque en este caso en la barbilla y el rostro. Daba la impresión de que los dos jóvenes hubiesen sido ejecutados con un arma corta, sin opción ninguna a defenderse. Según la autopsia, su muerte se produjo a las pocas horas de su misteriosa desaparación. Es a partir de este momento cuando comienza un rosario de preguntas para las que nadie tiene respuesta.

¿Qué les sucedió?

Es la pregunta del millón, para la que jamás han encontrado respuesta los investigadores del caso. Todo cuanto se ha dicho y escrito solo ha obedecido a hipótesis y presunciones que, aunque fundamentadas, jamás han podido ser verificadas. Se supuso en un principio que ambos primos pudieron haber sido víctimas de un ajuste de cuentas por motivos que nunca se han podido clarificar. De la misma manera, también tomó fuerza la hipótesis de que los dos chavales hubiesen sido testigos de algún hecho delictivo y fuesen asesinados para eliminar posibles testigos. No se sabe.

Otro hecho relevante es el abandono de la motocicleta en la gasolinera. Nadie ha encontrado jamás explicación a este extraño hecho. Una de las preguntas que se han hecho es si habían quedado con alguien en concreto para llevar a cabo alguna operación de trapicheo de droga a pequeña escala y tal vez les instó a que no se acercasen en su vehículo. También quedaría en el aire la incógnita del lugar exacto del asesinato. Si fueron asesinados donde se encontraron sus cuerpos sin vida o fueron trasladados hasta aquel descampado paraje una vez muertos.Todo pudo ser. Lo cierto es que hasta aquel momento los dos jóvenes carecían de cualquier antecedente y no se sabía que fuesen conflictivos.

Lo peor de todo es que transcurrido el tiempo y pasados los años -cerca de 40 en este caso- lo cierto es que hace ya bastante tiempo que quienes se dedicaron a investigarlo arrojaron la toalla y el suceso ha prescrito en completa impunidad. Y es que no fue un caso mediático, o tal vez todavía no habían llegado los canales privados de televisión, más dados a buscar carnaza que los dos o tres existentes en aquel momento.

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Un doble crimen descubierto casi nueve años después en Celrá (Girona)

La población de Celrá fue escenario de un doble crimen en el año 1946. Foto WIKIPEDIA.

Nunca es tarde si la dicha o es buena. O cabría mejor tal vez, en este caso, aplicar el dicho que el criminal nunca está a salvo y siempre hay algún indicio o circunstancia que termine por delatarlo. Eso parece ser que sucedió en la localidad gerundense de Celrá, en plena Posguerra española en los duros años del oscuro pan de centeno y el estraperlo. Cualquier motivo era válido para la subsistencia, aunque algunos llevaron sus causas a cauces extremos perpetrando algunos horribles crímenes que han marcado a lo largo de décadas a las localidades en las que acontecieron.

Un episodio sangriento de especial relieve ocurrió en el interior de la provincia de Girona, en la comarca de la que es cabecera la capital de su provincia, el día 24 de noviembre de 1946. En esa fecha aparecieron brutalmente asesinados en una casa de campo de Celrá una mujer que superaba la mediana edad, María Pons Hereu y su hijo, Narciso Peri Pons, que se acercaba a la treintena. Sus cuerpos, con la cabeza completamente destrozada y casi irreconocibles, fueron descubiertos a la mañana siguiente de haberse perpetrado el doble asesinato. Ambos se encontraban en la cocina de la casa en medio de un gran charco de sangre, suponiendo los investigadores que su muerte se había producido a medianoche del día anterior.

Tras el espanto inicial, la Policía centró sus pesquisas en el yerno de la mujer asesinada, Miguel Vila Carreras, ansioso de apoderarse del patrimonio que tenía la familia. No obstante, al existir un hijo varón -que fue asesinado en el transcurso del doble crimen- todo el capital pasaría para este, a menos que desapareciera. El hijo político de la víctima fue detenido junto con otros parientes, pero los investigadores no hallaron pruebas concluyentes para incriminarlos, por lo que fueron puestos en libertad.

Un rumor delator

Cuando ya habían transcurrido casi nueve años del doble crimen y todo parecía indicar que iba a quedar impune, la Policía de Girona se hizo eco de un rumor que recorría las calles de la localidad de Celrá, que entonces apenas contaba con poco más de 2.000 habitantes, en el que se apuntaba a un individuo que respondía al nombre de Luis Canadés Freixas, de 33 años, como supuesto autor del doble crimen que unos años había causado un gran estupor en la comarca del Gironés.

Una vez que se hubo procedido a la detención del encausado, en mayo de 1955, se le sometió a un interrogatorio con su supuesto acusador. En un principio negó todos los hechos que se le atribuían, aunque, finalmente, derrotado por las investigaciones, Luis Canades terminaría por confesar y relatar todos los pormenores del doble crimen, así como cuáles habían sido los móviles del mismo. Al parecer, la persona que les acusó no lo puso antes en conocimiento de la Guardia Civil porque dio por hecho que terminarían descubriendo a los autores del doble crimen.

En su versión de los hechos, confesó ante la Policía que el inductor del doble asesinato había sido Vila Carreras, quien les ofreció una recompensa económica a él y a Joaquín Vila Vila, un jornalero de 52 años de edad, para perpetrar el doble crimen en el otoño de hacía ya casi nueve años. El día de autos se encaminaron a la casa en la que residían ambas víctimas de noche. Como él era conocido de las mismas, no tendrían problema en que les franqueasen la muerta. Una vez en el lugar de autos, Miguel Vila quedaría en el exterior vigilando para avisar de la posible presencia de terceras personas.

El plan fue elaborado tal y como lo habían diseñado sus autores. Una vez que Narciso Peri Pons les abrió la puerta, Joaquín Vila Vila se abalanzó sobre él, propinándole golpes en el cráneo con una pequeña hoz de la que se había provisto para cometer el crimen. Entre uno y otro se produjo una lucha cuerpo a cuerpo, pues en las manos de la víctima se halló un mechón de cabello de su agresor, que le arrancó cuando trataba de defenderse. Por su parte, Canades se ocupó de la mujer a la que mató a martillazos en la cabeza, sin ofrecer una gran resistencia dada la diferencia de envergadura física entre ambos.

Después de haber dado muerte a los dos moradores de aquella casa, los autores del doble crimen revolvieron de bajo a arriba la vivienda. Se apoderarían de algunos objetos de valor, así como de 4.000 pesetas, que era una cantidad más que considerable para aquella infausta época, en la que cada uno vivía de lo que podía.

Penas de muerte e indultos

Algo más de un año después de haberse producido las tres detenciones, a principios de junio de 1956 se celebró el juicio contra los encausados en la Audiencia Provincial de Girona. Debido al estupor causado así como por su incidencia en los escasos medios de comunicación de la época, causaría una gran expectación en toda expectación en toda Cataluña y buena parte de España. Planeaba, una vez más, el espectro de la pena capital sobre los tres acusados, cuya aplicación era muy laxa en aquel entonces.

El día 15 de junio de 1956 se dictaba sentencia contra Miguel Vila Carreras, Luis Canadés Freixas y Joaquín Vila Vila. Los tres serían condenados a dos penas de muerte cada uno, así como a indemnizar con 100.000 pesetas a los herederos de las víctimas en concepto de responsabilidad civil por los dos asesinatos, tal y como los tipificaba el auto en el que se reflejaban las penas a la que eran condenados. A partir de ahí se iniciaría un rosario de recursos y suplicas que llegarían hasta el Consejo de ministros.

El 24 de enero de 1957 se pronunciaba el Tribunal Supremo, quien exoneraba de la pena capital a Miguel Vila Carreras, pero ratificaba las condenas de los dos autores materiales del doble crimen. En última instancia, en su reunión del 28 de junio de 1957 el Consejo de Ministros mediante decreto publicado en el Boletín Oficial del Estado del 15 de julio de 1957 acordaba indultar también a Luis Canadés y Joaquín Vila, debiendo en ambos casos cumplir la pena accesoria de 30 años de prisión, la misma condena que le había impuesto el alto tribunal al inductor del doble crimen de Celrá.

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Cuatro personas de nacionalidad colombiana asesinadas a tiros en el Puente de Vallecas (Madrid)

El cuádruple crimen ocurrió en la calle Historias de la Radio

A mediados de septiembre de 2001 muchos españoles se encontraban impactados todavía por los sucesos ocurridos en el World Trade Center de New York, después de que dos aviones secuestrados por el grupo terrorista Al Qaeda colisionasen de forma intencionada contra las míticas Torres Gemelas, provocando millares de muertos. Era sin lugar a dudas la gran noticia que había alboreado el nuevo siglo, cuyos efectos se han dejado sentir hasta nuestros días.

En España las noticias eran otras. Una de las principales era la masiva llegada de inmigrantes de otras nacionalidades hasta nuestro territorio, siendo los hispanoamericanos una de las minorías que mejor se adaptaban a las costumbres peninsulares. Con ellos llegaron también nuevos hábitos y prácticas. La mayoría de ellos muy buenos. Otros, no tanto. Entre estos últimos, en más de una ocasión hubimos de habituarnos a escuchar en los informativos distintos episodios de ajustes de cuentas de peligrosas bandas dedicadas a la comercialización de estupefacientes, dejando tras de sí un reguero de muertos.

A primeras horas de la tarde del 17 de septiembre de 2001 los vecinos de uno de los inmuebles de ladrillo visto de la calle Historias de la Radio -curioso nombre, por cierto- se sobresaltaron al escuchar un tiroteo en su mismo edificio, al tiempo que veían un coche blanco en el que viajaban dos o tres personas que abandonaba el lugar a una gran velocidad. Era, con toda seguridad, en el que viajaban los autores de uno de los crímenes más espeluznantes cometidos por las siempre peligrosas y nada escrupulosas bandas colombianas que se dedican al narcotráfico.

Llegada de la Policía

Después de que los vecinos hubiesen alertado al 112 se desplazó hasta el lugar de los hechos una patrulla de la Policía Nacional del Puente de Vallecas que se encontró con la puerta de la vivienda en la que se habían escuchado los disparos abierta. En su interior yacían los cuerpos sin vida de dos mujeres, una de ellas de mediana edad en tanto que otra más joven. Otras dos personas, entre ellas otra mujer y un varón de unos 35 años se debatían entre la vida y la muerte después de que hubiesen sido acribillados a balazos. Los agentes procedieron a llamar al 061, presentándose inmediatamente una dotación en el lugar. La mujer fallecería cuando era trasladada hasta el hospital Gregorio Marañón a consecuencia de la gravedad de sus heridas.

El hombre fallecería al día siguiente también por la misma causa que sus otros tres compatriotas. Presentaba dos heridas de bala en el rostro, otra en el pulmón y una cuarta en un brazo. No fue posible salvarle la vida. La Policía no facilitaría la identidad de ninguno de los fallecidos, aunque siempre barajó la hipótesis de que el crimen había sido como consecuencia de un ajuste de cuentas por cuestiones relacionadas con el tráfico de estupefacientes.

En el interior de la vivienda los investigadores encontraron un polvo blanco, posiblemente cocaína, así como una báscula de precisión para calcular las dosis. Del único varón asesinado en este cuádruple crimen se supo que había llegado a España hacía muy escasos días, después de que se hiciese con el pasaporte en el mes de agosto de aquel año, 2001. De él se especuló con la posibilidad de que fuese uno de los miembros de la banda que dio muerte a las tres mujeres o bien un individuo que se encontraba ocasionalmente en el lugar de autos que fue liquidado para evitar posibles testigos.

Bandas colombianas

La Policía sostuvo desde el primer momento que el cuádruple crimen había sido perpetrado por una de las temerosas y peligrosas bandas colombianas que operan en el mundo del narcotráfico, así como por su modus operandi. Asimismo, dedujo también que los asesinatos habían sido ejecutados por dos sicarios contratados a tal efecto y que se habrían fugado del país prácticamente de inmediato, trasladándose hasta la capital colombiana, Bogotá.

Los disparos que terminaron con la vida de las cuatro personas en la calle Historias de la Radio habrían sido efectuados a muy corta distancia, asegurándose en todo momento de su objetivo, siendo obra de profesionales que supuestamente habrían llevado a cabo acciones muy similares a la ocurrida en el Puente de Vallecas. A pesar de los esfuerzos realizados por los investigadores del Cuerpo Nacional de Policía este crimen, tan poco habitual en la España de comienzos del siglo XXI quedaría impune y, dadas las circunstancias con muy pocas posibilidades de resolverse.

Desgraciadamente no sería el único episodio relacionado con el narcotráfico que sucedió en nuestro país en lo que va de tercer milenio. Le seguirían otros capítulos. Todos ellos muy crueles y sanguinarios en las que estaban presentes las temerosas mafias colombianas, que no solo no tienen escrúpulos, sino que actúan de una forma muy radical y terrible, sin importarles a quienes se puedan llevar por delante. Y es que el mundo del narcotráfico tiene una jerga y unos códigos muy difícilmente comprensibles para el resto de los mortales, quienes saben que las drogas matan. Y de muchas maneras.

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Se suicida tras asesinar a tres personas y malherir a otras dos en Villamayor de Treviño (Burgos)

El suceso reflejado en las páginas del diario madrileño PUEBLO

Elicio Rojo Serna era un controvertido personaje sobre quien se han vertido opiniones muy dispares. Desde quienes aseguran que era un tipo cordial, a los que dicen todo lo contrario. Son mayoría estos últimos, que le retratan como un personaje vulgar, tosco, tozudo y autoritario. Nadie imaginaba lo que iba a perpetrar tan enigmático individuo una soleada tarde del mes de septiembre del año 1957, cuando le contó a su amigo Francisco Amo, conocido como «El Hazañas» su macabro plan de dar muerte a todos quienes consideraba sus enemigos. Su carácter desconfiado y suspicaz habían hecho de él una persona un tanto huraña que estaba convencido de la existencia de una conspiración en su contra. Tanto fue el cántaro a la fuente que un buen día aquel hombre estalló contra sus presuntos enemigos.

Cazador y aficionado al buen vino, después de una jornada de montería estuvo tomando unos chatos en la bodega de su amigo Francisco Amo. Quizás los necesitase para acometer una tragedia que todavía produce estupor entre los poco más de 60 habitantes que residen en la localidad de Villamayor de Treviño, quienes se resisten a hablar de la trágica jornada del 7 de septiembre de 1957, al igual que si fuese una oscura y tenebrosa sombra que todavía les emite un ardiente y lóbrego resplandor del que todavía no han logrado escaparse a pesar de que han transcurrido ya cerca de siete décadas.

Aquella misma tarde, a pesar del rechazo que le inspiró a «El Hazañas» el sangriento suceso que le había profetizado su amigo, este último, con paso firme y decidido, quiso hacer realidad una sangrienta venganza contra sus teóricos enemigos, que quizás solamente existiesen en su mente. Antes de llevar a cabo su macabro plan, dos vecinos de la localidad Eutiquio Alonso y José Pérez trataron de impedir la desgracia que se cernía sobre la pequeña localidad del noroeste de la provincia de Burgos, aunque él les amenazó con su arma, además de advertirles que «esto no va con vosotros».

Sin mediar palabra

Su primera víctima fue un herrero de 52 años, Gregorio Villaescusa, padre de seis hijos, quien en ese momento se encontraba trabajando en una finca de su propiedad. De forma totalmente inesperada y sin que le diese tiempo a reaccionar ante la presencia de su indeseado forastero, Elicio le descerrajó de dos tiros por la espalda, falleciendo prácticamente en el acto. El primer muerto aparentemente no tenía problemas con su verdugo, quien le disparó sin mediar palabra, convirtiéndose en la primera víctima de su sangrienta orgía.

A Gregorio le seguiría Pepe Martin Bedoya, un agricultor de 54 años que trabajaba en su finca cuando fue acometido por el criminal. A pesar de que le dejó malherido, este hombre conseguiría sobrevivir a las garras asesinas de Elicio, quien estaba convencido de haberle dado muerte, pero corrió mejor suerte que las otras tres personas. Ebrio de furor y ya empapado de sangre trató de acabar con la vida de Anselmo Bustamente, de 68 años, a quien también acometió por la espalda cuando estaba trabajando en su era. Sin embargo, los dos tiros que le infirió no fueron los suficientemente certeros para terminar con su vida, por suerte para él.

Quien no tuvo tanta suerte como los dos anteriores fue el veterinario de la localidad, Domingo Chomón, un joven de 34 años de edad, sobre quien disparó a quemarropa destrozándole literalmente el rostro, convirtiéndose así en la segunda víctima mortal de un desalmado. La misma suerte del responsable de la sanidad animal recaería sobre Prosidio Revilla, de 55 años, quien fue descerrajado de dos certeros tiros que terminaron con su existencia. A partir de este último asesinato, Elicio Rojo, consciente de la gran salvajada que había perpetrado huyó del pueblo con dirección a Peña Amaya.

Respecto a los móviles que se escondían detrás del triple asesinato hay varias versiones. Algunas apuntan a la indignación del asesino porque no le concedían licencia para cazar a lo largo de todo el año, en tanto que otros dicen que se había enfadado sobremanera al saber que el alcalde del pueblo, en este caso el veterinario, no habría cursado la solicitud del asesino para su posible ingreso en el cuerpo de la Guardia Civil. Otras van más allá e incluso apuntan a que Elicio estuviese tanteando la posibilidad de unirse a las guerrillas antifranquistas que en aquel entonces pululaban por los montes y montañas de parte de la geografía española.

Suicidio

Tras la orgía sangrienta que se había saldado con tres muertos y dos heridos graves, una ola de pánico y psicosis sacudió la comarca de Odra- Pisuerga, en el centro oeste de la provincia de Burgos, cuya tradicional tranquilidad se había visto alterada a finales de un caluroso verano. Como era lógico, comenzaron a divulgarse bulos en torno al paradero del triple criminal, siendo muchas las voces que juraban haberlo visto en tal o cual lugar, aunque no dejaban de ser chismes carentes de fundamente o tal vez fruto de una alteración del estado de ánimo de una parte del vecindario como consecuencia de la tragedia que se había vivido.

A más de 30 kilómetros de Villamayor de Treviño en el macizo de Peña Amaya, alrededor del 12 de octubre de 1957 el perro de un pastor que se hallaba con su rebaño por la alta montaña, al oeste de la provincia de Burgos, husmeó en una zona escarpada en lo que aparentaba ser un extraño bulto. El dueño del animal enseguida se percató de que era el cadáver del hombre más buscado en las últimas semanas en la provincia burgalesa. En avanzado estado de descomposición, se supuso que habría muerto haría aproximadamente quince días a consecuencia de un disparo efectuado con su propia arma.

También en torno a la muerte de «Elicio, el Rojo», como sería conocido en la posteridad, ha habido muchas especulaciones. Algunas indican en que terminó con su vida al verse cercado por la Guardia Civil, siendo esta la sostenida de forma oficial, en tanto que hay otras que dicen que decidió suicidarse al encontrarse solo en plena montaña sin tener un sustento que llevarse a la boca. Sea como fuere, lo cierto es que Elicio Rojo Serna escribió una de las páginas más negras de la historia de la provincia de Burgos, que jamás se olvidará «aunque pasen más de 200 años», como se encargó de relatar un vecino la prensa burgalesa.

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Se suicida tras asesinar a un joven matrimonio y a una hija en Ciudad Real

En 1947 la calle Reyes de Ciudad Real fue escenario de un triple asesinato

Aquella primavera de 1947 fue pródiga en acontecimientos sangrientos en la España de posguerra, aquel pobre país al que le escocían arduamente las muchas heridas que había dejado una no menos sanguinaria y aterradora guerra civil, cuyo rastro se alargaba demasiado en una tierra que se encontraba completamente aislada de Europa. En un mismo día del mes abril, el 7 para más señas, se produjeron dos espantosos crímenes que dejaron la misma cifra de víctimas que reflejaba la fecha, un total de siete, que en vez de número mágico se convirtió en macabro.

Los escenarios fueron un pueblo de Segovia, concretamente Martín Muñoz de la Dehesa, -ya referenciado en esta misma publicación- y Ciudad Real. La capital manchega se vería sorprendida a la una de la madrugada de aquel fatídico 7 de abril de 1947 por un espeluznante suceso que marcaría durante algún tiempo su devenir cotidiano. En aquellos tiempos tan duros y complicados posteriores a la posguerra la ciudad de La Mancha distaba de ser la gran urbe que es en la actualidad y contaba con poco más de 30.000 habitantes, que se conocían prácticamente todos al igual que si de un pueblo se tratase.

Aquel «lunes negro» de Pascua una familia, como muchas otras de España, compuesta por José Luis García Romero, de 40 años; su esposa Casilda Pérez Romero, de 36 y sus hijos María del Prado, de nueve años y Francisco, de siete, regresaban de sus días de asueto tras el prolongado puente iniciado con motivo del jueves santo. Lo que menos podía imaginar la joven pareja y sus dos hijos era que al acceder a su vivienda se iban a encontrar una muy desagradable y truculenta sorpresa, que se tornaría en trágica y macabra.

Disparos

Nunca se sabrá lo que pasó por la imaginación de quien iba a convertirse en el dramático verdugo de aquella familia, ni el auténtico porqué de su terrible acción. Lo cierto es que cuando se había atravesado ya el umbral de un nuevo día, un joven de 30 años, que era cuñado de quienes se iban a convertir en sus víctimas, Federico Galán Molina, guardia civil de profesión, empuñaría su arma reglamentaria contra aquel indefenso clan familiar, liándose a tiros con todos ellos.

Sin esperar siquiera su presencia y pillándolos completamente desprevenidos, el agente de la Benemérita, sin pensárselo dos veces, abrió fuego contra la familia a la altura del número 16 de la calle Reyes. El primero en caer fue José Luis García Romero, quien trabajaba como chófer del parque móvil ciudadrrealeño, quien nada pudo hacer ante la desenfrenada acción de su ejecutor. Prácticamente a la par que él, caía también su esposa, una mujer algo más joven que su marido, que se dedicaba a las tareas del hogar.

Para colmo de males, el furor criminal de Federico Galán no terminaría con el asesinato de la pareja. Sus hijos también fueron objetivo indiscriminado de sus balas. La hija del matrimonio, María del Prado García Pérez, resultaría gravemente herida de un disparo en la cabeza. Trasladada a un centro sanitario de la capital manchega, la pequeña terminaría falleciendo a los pocos días, lo que terminaría por generar una gran consternación, no exenta de la lógica indignación, en Ciudad Real, una pacífica urbe en la que rara vez sucedían episodios como el acaecido en fechas posteriores a la semana santa de 1947.

Más suerte tuvo el pequeño, Francisco, dos años más joven que su hermana, quien resultó herido en una mano. A pesar de que requirió hospitalización, pudo vivir para relatar aquel dramático episodio que le costó la vida al resto de los miembros de su familia, por el furor indiscriminado de un individuo que tal vez hubiese perdido su corazón y también el alma.

La principal hipótesis que se barajaba en torno al trágico acontecimiento que inundó de sangre la pacífica comarca de La Mancha eran algunas supuestas rencillas y desavenencias familiares entre el verdugo y sus víctimas. Independientemente de las causas que se encontrasen detrás del triple crimen, lo cierto es que llevaría la desazón y el horror a una tierra que ya había sufrido su parte en el transcurso de la Guerra Civil, concluida hacía menos de diez años por aquel entonces.

Suicidio

Como sucede en muchas ocasiones con los criminales después de haber perpetrado un acto horrible, Federico Galán Molina, tampoco se pensó dos veces su inmediato futuro a corto plazo, consciente de que en aquel tiempo podía sucumbir ante el garrote vil. Inmediatamente después de haber perpetrado la matanza, huyó del lugar con dirección a las vías del ferrocarril, eligiendo un modo de morir bastante aparatoso y dramático.

En el lugar de La Poblachuela, en el kilómetro 177 del tramo de vía férrea, situado a dos kilómetros de la capital manchega y en el que se situaba una antigua aguja ferroviaria, el joven agente de la guardia civil se arrojó al paso del tren correo procedente de Badajoz. La prensa de la época describe que su cuerpo quedó literalmente destrozado, resultando irreconocible. Dejaba también tras de sí a una familia y una ciudad destrozadas por un terrible episodio que no dejó indiferente a nadie en la bella comarca manchega en plena posguerra.

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