Sevilla: Asesina a su esposa y a dos de sus hijos de corta edad

El trágico episodio aconteció en la sevillana calle de La Macarena en 1918

Ocurrió hace ya más de un siglo. En otro tiempo y también, porque no decirlo, en otro mundo. Guerra Mundial mediante, con el añadido que aquel mismo año en que concluía aquel devastador conflicto se iniciaría también una epidemia de gripe que marcaría durante mucho tiempo a una población que ya soportaba muchas privaciones.

El suceso tuvo lugar en una tradicional calle sevillana, la de la Macarena, en una humilde vivienda de un trabajador que frisaba los cuarenta años, Domingo Cortés Herrero, padre de una prole compuesta por cinco vástagos. El cabeza de familia trabajaba en la fundición Cobián y allí, según declararía ante la Guardia Civil, era objeto de constantes burlas por las supuestas infidelidades de su esposa, aunque estas no pasaban de ser meras figuraciones de una mente burdamente carcomida por los celos.

En la mañana del 6 de febrero de 1918 Domingo se levantó malhumorado e inició una discusión con su esposa, Sebastiana Oliva, considerada por su vecinos como una mujer honrada y muy trabajadora. Ante el enfado injustificado de su marido, la mujer se marchó a su habitación. Él persistía en sus argumentos, refunfuñando algunas actitudes a su mujer, entre ellas que no vigilase más a su hija mayor, de 18 años, Pepita, quien se hallaba ya embarazada. El hombre persiguió a su cónyuge hasta la estancia en la que se había refugiado y le asestó varias puñaladas con una navaja cabritera, suficientes para terminar con su vida. Su cadaver sería descubierto por las autoridades en medio de un gran charco de sangre.

Dos niños pequeños

Que Domingo Cortés no tenía su día y probablemente sufriese alguna patología mental bastante grave, tal y como se encargaría de corroborarlo días después del doctor Leiva Marzo –catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla- lo avalaría el hecho de que sin pensárselo dos veces daría muerte de una manera cruel y horrorosa a sus dos hijos más pequeños. Domingo y Paquito, de tres y cinco años de edad respectivamente.

Al primero de ellos lo rajaría de arriba abajo, al igual que si lo hubiese abierto en canal, asestándole varios navajazos que abarcaban desde el hombro hasta los muslos, ofreciendo un truculento en aspecto que provocaría el espanto de quienes hubieron de levantar los cadáveres. El más pequeño presentaba una gran herida en la cabeza, realizada con la misma arma con la que había dado muerte a su hermano y su madre. El resto de los hijos se salvaron de su acometida porque huyeron de la casa en medio del horror y el pánico por la irracional actitud de su progenitor.

Ante el escándalo suscitado a raíz de la tragedia, un inquilino del mismo edificio salió a la escalera enfrentándose a un desequilibrado Domingo Cortés. Para zafarse de este último, el vecino hubo de propinarle un empujón. Ya, en la calle, el autor del triple crimen se encaró sin motivo alguno con dos transeúntes, mientras mascullaba algunas expresiones incoherentes que parecían delirios.

Posteriormente, se dirigió a la calle Malpartida, donde vivían su madre y una de sus hermanas. Su objetivo, al parecer, era también dar muerte a estas dos últimas, así como a su hija Pepita. Por suerte para ellas, las fuerzas del orden consiguieron reducirlo y llevarlo a prisión antes de que hubiese que lamentar más víctimas.

Familia desestructurada

Según las informaciones recabadas en la prensa de la época, todo hace indicar que este es un claro ejemplo de una familia desestructurada, cuyos problemas se remontaban casi al momento mismo en que la pareja decidió iniciar la convivencia, hacía ya 18 años en aquel entonces, a pesar de que no habían contraído oficialmente matrimonio hasta dos años antes de producirse la gran tragedia.

Los periódicos indican también que, a pesar de haber oficializado su situación en una sociedad y en un tiempo que eran prácticamente obligatorios -so pena de sufrir el menoscabo del resto de la sociedad- las desavenencias entre ambos cónyuges en vez de ser reconducidas y encauzadas de la mejor forma posible, parece ser que se incrementaron, a lo que se añadía la circunstancia de una hija prematuramente embarazada y el gran descrédito que esto representaba en un mundo de rígida ortodoxia en cuanto a las formas.

No hay constancia de que se celebrase juicio alguno contra el triple asesino. La prensa se limita a constatar su lamentable estado psíquico, siendo calificado como un «perturbado», en palabras del forense que se encargó de hacerle una evaluación, en un tiempo en el que los problemas de salud mental estaban extremadamente estigmatizados. Ante el informe del doctor Leiva Marzo, es probable que Domingo Cortés fuese ingresado en un manicomio en el que se le perdió definitivamente la pista, ya que es lo que se solía hacer en casos como el suyo.

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Un enfermo da muerte a tres pacientes en el antiguo Hospital Provincial de Valladolid

Los hechos ocurrieron en el antiguo Hospital Provincial de Valladolid, hoy en día sede de la Diputación Provincial

Cuando se acude a un hospital generalmente se hace para reponer la salud, no para que terminen rematando a quien sufre algún quebranto de su estado físico. No es menos cierto que a menudo quienes trabajan en centros sanitarios se ven expuestos a la ira de algunos internos, además de estar lógicamente sometidos a una gran presión por la responsabilidad que entraña su trabajo. Lo que nadie se imagina es que pueda terminar de la peor forma posible y en circunstancias tan críticas. Así sucedería en la madrugada del 16 de febrero de 1949, cuando un individuo, de 38 años, Tomás Carravilla Galle, de nacionalidad argentina y domiciliado en el municipio vallisoletano de Valoria la Buena arremetió contra tres pacientes, a quienes segó la vida de una manera cruel.

Eran las tres de la madrugada de aquel día de invierno cuando Tomás Carravilla, que al parecer sufría graves problemas psiquiátricos, la emprendió a puñaladas con todo el que se cruzó en su trayectoria. Portaba consigo una navaja y aprovechando que los restantes pacientes se encontraban descansando, iniciaría una orgía sangrienta en la que el primer paciente a quien intentó apuñalar consiguió esquivarlo lanzándose de la cama a tiempo.

Al mismo tiempo que se prodigaba en su violenta actitud, profería algunas expresiones incoherentes, probablemente a consecuencia de delirios y hacía una nueva acometida con un paciente ya anciano, Domingo Moreno Merino, de 79 años, a quien propinaba una puñalada en el pecho y terminaba con su vida prácticamente en el acto. Quizás debido a las dificultades de movilidad propias de su edad le impidieron hacer frente a un sujeto que se encontraba fuera de sí.

Dos muertos más

Aprovechando la tranquilidad de la madrugada y al hecho de que la práctica totalidad de los pacientes se encontraban descansando, Tomás Carravilla seguiría arremetiendo a diestro y siniestro con quien encontraba de forma totalmente indiscriminada. Su siguiente víctima sería Francisco Sanz Moreno, de 59 años,quien también sería presa de su injustificada ira. Al igual que había hecho con el primero, también le asestaría una certera puñalada en el pecho que le segó la vida prácticamente al instante.

Sin embargo, y como no hay dos sin tres, el criminal prosiguió con su sangriento recorrido. Su tercera víctima sería Ramón Domínguez San Luis, un hombre joven de tan solo 30 años, a quien propinó otra certera y fatídica puñalada en la cavidad torácica que sería suficiente para terminar con su vida. Sorprende el hecho de que el personal de guardia no se percatase de lo que estaba ocurriendo con más antelación.

Fue precisamente un enfermero que se encontraba haciendo el turno de la noche el que se dio cuenta de la gravedad de los hechos. Este hombre Juan Rodríguez Mancha intentó desarmar y reducir a Tomás Carravilla sin éxito. A consecuencia de su intento resultaría herido de consideración, al igual que dos de sus compañeros Benicio González Vallejo y Rafael Renedo Rodríguez, quienes, a pesar de su juventud, 25 y 24 años respectivamente, no fueron capaces de detener al criminal.

Intervención policial

Para detener al triple asesino fue precisa la intervención de efectivos de la Policía Armada, quienes tras mantener un duro enfrentamiento con aquel energúmeno, pudieron capturarlo y desarmarlo. Debido al descontrol psíquico que presentaba, sería enviado al manicomio provincial de Valladolid, en el que permanecería ingresado.

Es precisamente en ese sanatorio psiquiátrico en el que se le pierde la pista de forma definitiva a este individuo que un ya lejano día de tiempos de posguerra, perturbó la tradicional paz y armonía que presidían un centro sanitario en el que, aunque haya quien piense lo contrario, están pensados para curar a las personas y no precisamente para sacarles la vida de una manera tan indigna y cruenta.

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Abatido por la Guardia Civil tras asesinar a cinco personas en Bergondo (A Coruña)

Última página del diario EL IDEAL GALLEGO dando cuenta del trágico suceso

Ocurrió en plena Posguerra española. En los tiempos del aceite de ricino y el oscuro pan de centeno. En una época en que cada día presentaba una nueva aventura para la supervivencia para unos ciudadanos que se las veían y deseaban para poder subsistir. No pasaba nada. O eso decía la doctrina oficial del Régimen, que procuraba eludir en la medida de los posibles que hechos similares a este no apareciesen en la prensa. De hecho, sería relegado a páginas interiores e, incluso, a la última página.

En la ya lejana mañana del 16 de diciembre de 1942 el lugar de Cortes, en el municipio coruñés de Bergondo sería escenario de uno de los crímenes más horrendos de todos los tiempos. Por lo menos en cuanto a la cifra de víctimas se refiere. Cinco personas, entre ellas tres mujeres y dos niños morirían en el sangriento ritual iniciado por un joven de 31 años de edad, Manuel Méndez Sánchez, quien tenía antecedentes de una grave enfermedad mental que le aquejaba y no dejaba de producirle, de cuando en vez, algún temeroso brote como el que tendría lugar en aquella jornada en la que se asomaba un nuevo y crudo invierno.

Sin saber a causa de qué, Manuel empuñó un cuchillo de grandes dimensiones y se dirigió a la cocina de la casa en la que se hallaba su suegra, Dolores Aguiar Cubeiro, de 70 años. Sin mediar palabra, la acuchilló varias veces hasta dejarla exangüe sobre el suelo en medio de un gran charco de sangre. El hijo del criminal y nieto de la víctima, Manuel Méndez Fraga, un niño de ocho años, acudió ante los gritos de socorro de su abuela. Sin embargo, su presencia en el lugar le convertiría en víctima de su propio padre, quien en su sangriento ritual no parecía reconocer prácticamente a nadie.

Persecución de su esposa

Su cuarta víctima sería su propia esposa, Esperanza Aguiar Fraga, de la misma edad que el asesino. Para ello, no dudó en subir hasta una de las habitaciones del domicilio en el que residían y herirla mortalmente en diversas partes del cuerpo. Herida y todo tuvo aún el suficiente valor para saltar por una ventana para solicitar auxilio en la casa de unos vecinos. Su marido y verdugo la perseguiría saltando por la misma ventana.

Al llegar a la casa lindera con la suya Esperanza se desplomó a consecuencia de las puñaladas que le había inferido su cónyuge. Hasta allí llegó también este detrás de la que consideraba su presa. Al verla tirada en el suelo y sangrando abundantamente se dirigió hasta el piso superior en una de cuyas habitaciones se encontraban descansando Josefa Carabel Fraga, de 64 años de edad, en compañía de su nieta, María del Carmen Naveira Jaspe, una niña de tan solo siete años.

Al igual que había hecho con sus anteriores víctimas, sin pensárselo dos veces, la emprendió a cuchilladas con ambas mujeres, que nada pudieron hacer ante el furor que atenazaba a Manuel, dispuesto a provocar el mayor número de víctimas posibles, desconociéndose la verdadera causa de su forma de actuar, que más bien parecía que respondía a alguna patología mental de carácter muy grave. De lo contrario no se explica que fuese dejando tantas víctimas por el camino.

La suerte o el azar hizo que no se incrementase la cifra de personas asesinadas merced a que no pudo darle muerte a una de sus vecinas, Purificación Jaspe López, de 33 años, hija de la mujer asesinada y madre de la pequeña también asesinada. Resultó herida de gravedad con el mismo arma con la que había dado muerte a las otras cinco personas. Trasladada a un centro sanitario, sería de nuevo derivada a su domicilio una vez que fue atendida de las graves heridas. El estado de shock en que se encontraba le impediría durante varios días prestar testimonio ante las autoridades. También logró escapar del cerco del homicida un hijo suyo, que se refugió en la casa de unos vecinos.

Intervención de la Guardia Civil

Ante los graves hechos acontecidos y el consiguiente temor que se había apoderado de todo el vecindario, inmediatamente se dio cuenta de lo ocurrido al puesto de la Guardia Civil de Guísamo, así como al Juzgado. Dadas las graves circunstancias que se estaban viviendo en Bergondo, el juez firmó una orden por escrito en la que autorizaba a hacer uso de sus armas reglamentarias a los agentes de la Benemérita en caso de que se viesen obligados o por fuerza mayor.

Cuando intentaban detenerlo, después de haberse atrincherado en su caso, Manuel Méndez hizo frente a los agentes con el mismo arma homicida con la que había acometido a sus otras cinco víctimas. De hecho, llegaría a sujetar por el correaje que antaño portaban los miembros del instituto armado al número de la Guardia Civil que iba a capturarlo. Este, presa del pánico y al comprobar que no le quedaba otra solución, consiguió desasirse y posteriormente le efectuó un disparo a quemarropa, que terminaría con la vida del quíntuple homicida.

El suceso crearía el lógico clima de alarma y consternación en lo que antaño era un núcleo rural próximo a la Ría de Betanzos, reconvertido en los últimos años en una de la zonas más prósperas y atractivas del área metropolitana de A Coruña. El fantasma del criminal perseguiría a su vecindario durante muchos años, aunque más de 80 años no deja de ser más que una triste reminiscencia de la historia de la crónica negra.

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Estrangula a sus dos hijas en Manacor

Manacor fue escenario de un horrible crimen en 1919

Eran otros tiempos y era otro mundo, pero en la sociedad anidaban individuos que atesoraban sus peores instintos. En esto último no se ha cambiado mucho. Prácticamente nada. Rafael Juan Mascaró Fossé, era un sujeto de 49 años de edad, viudo desde que su esposa falleciese a consecuencia de una caída, que no gozaba precisamente del aprecio y el afecto de sus convecinos.

Algunos aludían a su carácter tosco y arrogante que le había llevado incluso a mantener rencillas con alguno de ellos, en tanto que otros lo achacaban a que durante un tiempo había trabajado de sepulturero y se había ganado una cierta repulsión.

Lo que nadie se podía imaginar es que pese a sus formas poco ortodoxas en la noche del 9 de junio de 1919 decidiese terminar de la forma más cruel y atroz con la vida de sus dos hijas, Jerónima y Margarita, de 10 y 13 años de edad respectivamente, colgándolas en las dependencias de su vivienda y en una higuera de una finca anexa.

Gritos de auxilio

Para alertar a sus vecinos de su tamaña salvajada, se dirigió desde su casa, una vivienda aislada del núcleo de población de San Juan, profiriendo gritos de auxilio y desesperación, dando cuenta de se había encontrado a su hija mayor colgada junto a una escalera, mientras que desconocía el paradero de la otra. Sin embargo, casi nadie le creyó.

Inmediatamente se trasladaron el juez y otras autoridades hasta el lugar de autos. Todas las miradas se dirigían hacia Mascaró, quien había sido absuelto hacía algún tiempo de haber violado a su hija mayor. Además, todos conocían sus desencuentros con el resto del vecindario y no les extrañaba que él estuviese detrás de aquellos macabros crímenes.

La hija mayor, Jerónima, fue hallada colgada de una cuerda junto a una escalera interna del domicilio, lo que provocaría la inmediata detención de su progenitor, en tanto se buscaba el paradero de la pequeña. Margarita sería hallada en una higuera de una finca anexa al inmueble de su padre, colgada de una higuera.

Tras su detención, aunque no dijo expresamente que le robaran, sí manifestó que le habían desaparecido 75 pesetas que guardaba en un zapato. En el transcurso del juicio manifestaría que el día de autos había cenado con sus hijas y posteriormente les habría dicho que se fuesen a dormir. Él, por su parte, salió a dar una vuelta, coincidiendo con algunos conocidos en los cafés y bares de San Juan de Manacor.

Dos cadenas perpetuas

En el transcurso del juicio, celebrado en distintas sesiones en la segunda quincena del mes de mayo de 1920, sería desmontada su absurda versión tanto por los peritos encargados de examinar el caso, entre ellos los forenses, como por distintos testigos, que dieron fe tanto de su forma de ser como de lo que había hecho en aquella triste jornada.

Los forenses manifestarían que las niñas no presentaban heridas y que una de ellas pudo haber llorado en el momento en que era estrangulada. La segunda de ellas probablemente habría intentado escapar del fatal destino que le aguardaba al ver lo que su padre le había hecho a su hermana.

El jurado encargado de emitir el veredicto lo declaró culpable por unanimidad. La sentencia tampoco dejó lugar a dudas, siendo condenado a dos penas de cadena perpetua, además de indemnizar con 25.000 pesetas de la época a los familiares de las pequeñas, en este caso sus tíos maternos. En el fondo le acompañó la suerte en un tiempo en que estaba vigente la pena de muerte.

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La enigmática muerte violenta de los cuatro miembros de una familia en Tenerife, un oscuro misterio sin resolver

Los hechos ocurrieron en el edificio «Olympo»

No cabe duda que 1981 fue un año muy movido en toda España, con diversos acontecimientos que sobresaltaron a su ciudadanía, no faltando entre estos últimos los hechos violentos que sacudieron a la población de distintos puntos del país. Tenerife siempre ha estado considerada como una tierra apacible en la que sus principales novedades proceden casi siempre de los muchos atractivos que reúne esta excepcional isla, uno de los más bellos parajes del planeta. Sin embargo, a finales de junio de aquel turbulento 1981 el territorio insular se vio cariacontecido por un truculento episodio que hizo saltar todas las alarmas al encontrase los cuerpos sin vida de cuatro miembros de una misma familia que estaban literalmente cosidos a tiros en su domicilio, sito en el edificio «Olympo», en aquel entonces una de las más modernas edificaciones de la nueva arquitectura que imperaba en la isla.

La voz de alarma la dio un familiar de las víctimas, quien se extrañó que no respondiesen a sus constantes llamadas a lo largo del último lunes del mes de junio de 1981. Preocupado por aquel sepulcral e insólito silencio, decidió avisar a la Policía para que indagase acerca de lo que podría haber ocurrido con sus familiares. Las fuerzas del orden acudieron inmediatamente hacia aquel moderno complejo de pisos y apartamentos que daba una singular espectacularidad al entorno donde había sido levantado.

Para poder acceder al domicilio de la familia hubieron de derribar la puerta y se encontraron con un dantesco panorama que resultaba, cuando menos, aterrador y macabro. Los cuatro miembros de la familia que residía en aquella casa estaban literalmente acribillados a tiros y yacían sobre enormes charcos de sangre. En su conjunto, los fallecidos recibieron un total de once disparos. A pesar del terrible drama, los vecinos no escucharon ningún ruido que les hiciese sospechar de la tragedia, lo que no deja de resultar extraño.

Las víctimas eran el matrimonio compuesto por Oroncio Dorta, de 82 años y su esposa Araceli Franchi, de 74, además de sus hijos Oroncio y Sergio, de 49 y 54 años, respectivamente. Estos últimos sufrían una discapacidad psíquica que les provocaban cierta dependencia de sus progenitores. A tenor de las indagaciones hechas por los cuerpos policiales, se llegó a la conclusión que las muertes se habían producido el domingo, 27 de junio.

Tiro Olímpico.

Dadas las peculiaridades en sí que presentaba la familia, la Policía no desechó en principio ninguna posibilidad, si bien descartó a primeras de cambio que se tratase de un suicidio colectivo. La hipótesis que se barajó desde el primer instante, aunque no de forma concluyente fue que uno de los hijos, Oroncio, el menor de los dos, hubiese dado muerte a los tres miembros del clan familiar para después suicidarse. Este último disponía de licencia de armas, al ser miembro de un club de tiro olímpico.

La intervención de una quinta persona siempre estuvo en el alero, no llegando a descartarse nunca, a pesar de que nunca se pudo comprobar esa supuesta participación y se sostuvo siempre la línea de que el autor de las muertes había sido el pequeño de la familia, dado que el arma con el que se perpetraron las muertes era de su propiedad.

Con el paso del tiempo, el trágico suceso que sobresaltó a las Islas Afortunadas hace ya más de cuatro décadas fue olvidándose, quedando relegado al baúl de los recuerdos, sin abrir líneas de investigación, dándose por buena la hipótesis de que uno de los hijos había dado muerte a los tres miembros de la familia para después suicidarse.

Más de veinte años después del crimen, se instaló en el espectacular edificio una emisora de televisión local. Al parecer, los trabajadores del turno de madrugada afirmaron en diversas ocasiones haberse sentido asustados por supuestos gritos y lamentos que procederían del lugar donde se produjeron las cuatro muertes violentas. Es decir, unas hipotéticas psicofonías, lo que ya trasciende al campo del misterio, ese mismo que sigue rodeando el truculento capítulo acontecido en Tenerife en junio de 1981.

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Grazalema (Cádiz): Se suicida después de dar muerte a tres de sus hijos de muy corta edad

Panorámica de Grazalema

Los niños suelen ser en muchas ocasiones víctimas, no se sabe si colaterales o accidentales, de muchos sucesos luctuosos que ellos en su más tierna infancia son incapaces de comprender. Son siempre acontecimientos grotescos y brutales que nos consternan y perturban hasta extremos difícilmente imaginables, exacerbando nuestros sentimientos, al tiempo que nos preguntamos qué pudo haber pasado para que eso haya podido suceder, al igual que se excita un general fantasma de culpabilidad por no haber evitado hechos tan terribles y dolorosos.

En pleno verano de 1982, concretamente a mediados del mes de julio, tras la resaca del Mundial 82, que nos dejó infinitos sinsabores a los buenos aficionados al fútbol por la participación de la selección española, en plena Serranía de Ronda, sistema montañoso con sabor a bandolerismo andaluz del último cuarto del siglo XIX, y en un pequeño pueblo como es Grazalema, que contaba con poco más de 2.000 habitantes, sus vecinos verían arruinado aquel estío a consecuencia de una tragedia que jamás pudieron imaginar que iba a ocurrir en aquel precioso pueblo, un regalo a la vista de cualquier forastero que se precie.

Todo comenzó cuando el vecindario salió a socorrer a los residentes de uno de los inmuebles de cuyo interior salía una densa capa de humo negro, lo que les hizo temer por la vida de sus habitantes, mayoritariamente niños de muy corta edad. Sus llamadas a la puerta no obtuvieron respuesta alguna, por lo que decidieron echarla abajo con el propósito de prestar socorro a sus moradores, aunque nada más entrar el panorama con el que se encontraron sería desolador y probablemente no lo hubiesen olvidado jamás.

Estrangulado

Al acceder al interior del domicilio desde el que salía el espeso humo se encontraron con que su dueño, Jerónimo Fajardo Domínguez, de 42 años, se había estrangulado tras colgarse en las dependencias de su vivienda con una soga de la que pendía su cuerpo sin vida. Previamente, el suicida había dado muerte a sus tres hijos menores, con edades comprendidas entre uno y cuatro años. Ana de cuatro años, Antonio de tres y Ángeles de solamente un añito habían pasado a engrosar la macabra lista de menores que cada años son víctimas de una violencia que su edad temprana y desconocimiento del mundo que les rodea jamás llegarán a comprender.

El humo que salía de la casa donde se produjo el trágico suceso había sido provocado por el autor de la muerte de sus hijos, quien una vez que les dio muerte decidió prenderles fuego con unos trapos que fueron encontrados por los vecinos cuando intentaron socorrerles, ignorando la fatalidad que se había producido en aquel domicilio. Los otros tres hijos del suicida y también filicida salvaron la vida al no encontrarse en aquel momento en su casa, al igual que tampoco estaba la esposa de quien provocó el dramático episodio, una mujer de 35 años de edad.

Las causas del terrible episodio podrían venir derivadas de la difícil situación económica que atravesaba la familia, pues el cabeza de la misma, Jerónimo Fajardo era un trabajador eventual del antiguo ICONA. A ello se añade el supuesto disgusto que habría sufrido a consecuencia de que su esposa se había marchado de casa ese mismo día a raíz de una discusión entre ambos. Sea como fuere, lo cierto es que su reacción no encuentra ninguna explicación convincente.

Los vecinos arroparían al resto de la familia en el transcurso de un multitudinario entierro en el que una vez más los ataúdes blancos hicieron acto de presencia en medio de la consternación que abatía a una preciosa localidad, cuya panorámica invita más a viejos seriales del mítico bandolerismo andaluz que a truculentos, pero reales episodios, de la crónica negra española.

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Cuatro asesinatos a las espaldas de «El loco de la Mancha»

Página del diario «Pueblo» del día 5 de mayo de 1967

La historia de Julián de Haro Salcedo está plagada de grandes interrogantes, así como de los prejuicios de la España que le tocó vivir. Residió gran parte de su vida en el manicomio de Ciudad Real, ya que los desequilibrios psíquicos y humanos de este individuo comenzaron muy pronto. Tanto que con poco más de 17 años cometió su primer homicidio. Su víctima sería un niño de once años, Anastasio Sobrero Crespo. Mantuvo una ácida disputa con esta criatura a consecuencia de la posesión de unos pájaros que habían sacado de un nido. Aprovechando que el pequeño descendió a un pozo no de mucha profundidad, Julián, sin pensárselo dos veces, le dio muerte en aquel mismo lugar después de arrojarle un montón de piedras en la cabeza. El suceso se remonta a la plena Posguerra Civil española, concretamente al día 2 de junio de 1943.

A consecuencia de la primera muerte que provocó en la época del hambre, las cartillas de racionamiento y las necesidades más acuciantes, Julián de Haro ingresó en el hospital psiquiátrico de la capital manchega. Se decía entonces que desde que había caído a un pequeño pozo y los traumatismos sufridos provocaron una alteración grave de su personalidad, que le llevaría a perpetrar algunos actos horrendos que quedarían gravados para la siempre en la memoria de quienes tienen ya una cierta edad en la comarca manchega de Campo de Calatrava, al suroeste de la provincia ciudarrealeña y a poco más de 10 kilómetros de su capital.

Sin embargo, la atrocidad con la que se había empleado Julián de Haro no había hecho más que empezar, pues será a partir de su puesta en libertad, en plena década de los años sesenta, cuando sus barbaridades alcanzarán una triste celebridad que le llevará a ocupar las páginas de sucesos de los principales diarios españoles de la época. Además se generaría la lógica alarma en la comarca en la que actuó despiadadamente en aquel año 1967, cuando terminaría de nuevo recluido en el centro de salud mental del que nunca debió de salir, a decir de la prensa de la época.

Un cadáver en una laguna

En los primeros días del mes de mayo de 1967 el joven Enrique Huertas Logroño iba con su ganado y se detuvo a la altura de la Laguna de Yeguas, acercándose a la orilla del arroyo que apenas tenía 30 centímetros de caudal. Se sorprendió muchísimo al ver lo que semejaba ser el cuerpo de un hombre, que él creyó que se había ahogado. Inmediatamente se lo comunicó a su padre, quien comprobó que su vástago no mentía. De inmediato, se trasladaron en un ciclomotor hasta la capital del término municipal, Alcázar de San Juan para dar conocimiento a las autoridades del macabro hallazgo, quienes se desplazarían hasta el lugar para realizar las gestiones oportunas.

El cadáver encontrado correspondía al de un varón de 1,65m. de estatura, delgado, poco más de 50 kilos, mediana edad, que se hallaba completamente desnudo, circunstancia esta que se repetiría en otro de los sucesos acaecidos por la misma zona en fechas muy próximas. Solamente había una peculiaridad que lo distinguía. Un tatuaje en el brazo izquierdo, con las letras gravadas MT, lo que hizo sospechar a los investigadores que se tratase de sus iniciales.

El forense encargado de practicarle la autopsia se percató que el cadáver presentaba unas marcas a la altura de la cabeza que delataban a las claras la muerte violenta del individuo en cuestión. El hombre, cuyo cuerpo no reclamó nadie, había muerto estrangulado. Dadas las circunstancias de como fue encontrado el cuerpo, se consideraba que el crimen obedecía a algún extraño móvil, que muy probablemente hubiese sido perpetrado por algún maníaco, según relataba la prensa de aquel tiempo.

Aunque no se aclaró su identidad se dijo que había sido visto en la estación ferroviaria de la localidad toledana de Quero en la que había tomado un tren con destino a El Romeral, extremo este jamás confirmado. Lo que sí estaba claro es que por las tierras del Quijote andaba un peligroso energúmeno que había sembrado el pánico entre los manchegos, gentes de bien donde las haya y que jamás habían presenciado escabrosos sucesos como los ocurridos aquel año 1967.

Un muerto en un pozo

Algo más de un mes antes del suceso de la Laguna de Yeguas, en la localidad de Carrión de Calatrava un niño encontró en un pozo el cadáver de un hombre de 47 años de edad. Se trataba de Gregorio Gallego Molina, quien se había acercado hasta aquella población con el ánimo de encontrarse con su viejo compañero de internamiento psiquiátrico, Julián de Haro Salcedo, quien residía allí. Desapareció a los pocos días de haber llegado, pero no le dieron mayor importancia, ya que los vecinos supusieron que se había marchado.

El cuerpo de esta primera víctima apareció el día 11 de abril de 1967. Los forenses encargados de practicarle la autopsia determinaron que Gregorio Gallego habría fallecido unos diez días antes. Al igual que en el caso anterior, su cuerpo apareció totalmente desnudo y presentaba claros signos de estrangulamiento. Este hombre había estado ingresado durante muchos años en el hospital psiquiátrico manchego y se desconocía que tuviese ningún impulso violento, como sí sucedía con el colega que le dio muerte.

A raíz del hallazgo del cadáver y a consecuencia de los comentarios que comenzaron a extenderse por Carrión de Calatrava, Julián de Haro decidió poner tierra de por medio y abandonar la localidad, pues, de alguna manera se sentía señalado. Además, se le responsabilizaba del incendio en un chozo, así como de otras fechorías que habían atemorizado a los vecinos de la localidad, siendo entonces cuando perpetró el segundo crimen, aunque se le relacionaba con otras dos muertes.

Detención

Tras el crimen de la Laguna de Yeguas, el pavor se extendió por toda la comarca del Campo de Calatrava ante la posibilidad de que se encontrasen ante un asesino en serie. Sin embargo, el buen hacer de las fuerzas de seguridad terminaría por dar sus frutos y el peligrosísimo Julián de Haro Salcedo, nacido un 8 de julio de 1925 sería detenido en la localidad madrileña de Getafe el día 9 de mayo de 1967, dando por concluidas sus macabras andanzas en las que había dejado al menos dos muertos y la supuesta responsabilidad de otros dos asesinatos más.

Debido a que su estado de salud mental no era el mejor, a pesar de que había trabajado como temporero y jornalero tanto en la vendimia como en la agricultura, en el año 1968 las autoridades decidieron recluirlo de nuevo en un centro psiquiátrico con el objetivo de evitar que reincidiese en su macabra conducta. Ahí se le pierde la pista a un sujeto que atemorizó a toda una tranquila y pacífica comarca en unos tiempos que comienzan a resultar ya un poco lejanos.

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Asesina a tres personas en Socovos (Albacete) tras salir del manicomio en el que se hallaba ingresado

Socovos fue escenario de un triple crimen en 1959

A finales de la década de los años cincuenta del siglo XX, España trataba de dejar atrás una prolongada posguerra que había lastrado al país hasta límites difícilmente sospechables. En aquel entonces era una nación eminentemente rural todavía y que comenzaba el éxodo masivo a las ciudades, era un país tranquilo en el que de vez en cuando sucedían algunos inesperados episodios de violencia que agitaban la convivencia ciudadana y alteraban su día a día. A pesar de ser brotes muy esporádicos, sumergían a los habitantes de aquella época en una intranquilidad que no casaba con aquel territorio todavía rústico y ajeno a tendencias que comenzaban a pulular por la Europa desarrollada.

Uno de esos acontecimientos sucedería en la localidad albaceteña de Socovos, al sur de la provincia de Albacete casi en el límite con la de Murcia, en la vieja Encomienda de la Sierra del Segura y en la misma comarca que lleva su nombre. En aquel entonces todavía no formaba parte de la que hoy conocemos como «España vaciada», ya que contaba con casi 4.000 habitantes, que se han ido reduciendo hasta situarse en algo menos de los 2.000 actuales.

El día 9 de marzo de 1959 Socovos pasaría a formar parte de la historia negra de España cuando un individuo, al parecer con las facultades gravemente perturbadas, dio muerte a tres personas, entre ellas un niño en la pedanía de El Cañar. Este sujeto se llamaba Antonio Requena Lozano y contaba entonces con 38 años de edad. Que para matar vale cualquier instrumento que se tenga a mano lo demuestra el hecho de que el criminal empleó una aguja de las que se usaban para el esparto y conocidas como «armarás».

Con el instrumento arriba mencionado Antonio Requena agredió al niño de nueve años Antonio García Miranda, quien prácticamente falleció en el acto. Su siguiente víctima sería un anciano, al parecer familiar del pequeño, Miguel García Martínez, quien ya contaba con 80 años cuando fue asesinado por el hombre que supuestamente tendría sus facultades mentales gravemente alteradas y que se había visto en libertad tras permanecer algún tiempo ingresado en un centro de salud mental.

Tercera víctima

Su tercera víctima fue otro joven, en este caso un adolescente de 16 años de edad, José Antonio Fernández Camt, de quien advirtieron de su desaparición el mismo día de autos. Su cadáver aparecería unas horas más tarde con lesiones provocadas con una larga aguja y además con la cabeza completamente destrozada hasta el extremo de que se encontraba machada, para lo cual había empleado una piedra de grandes dimensiones. Su cuerpo sin vida sería hallado por efectivos de la Guardia Civil del puesto de Letur.

En la misma aldea en la que se habían producido las muertes de las tres personas asesinadas fue detenido el criminal que alteró el devenir cotidiano de una pacífica comarca, aunque este triple crimen tal vez hubiera podido evitarse en el hipotético caso de que Antonio Requena permaneciese ingresado en el centro psiquiátrico del que había salido hacía apenas 24 horas, suficientes para empañar de sangre a Socovos y situarle en el mapa de la crónica española de la época, que muchas veces no hacía otra cosa que recurrir a viejos tópicos para explicar sucesos como este.

Por si no fueran pocas las desgracias, todavía quedaba un último capítulo de este suceso. Cuando los agentes de la Guardia Civil conducían al asesino hasta el cuartel de Elche de la Sierra, el vehículo en el que viajaban sufrió un aparatoso accidente al precipitarse por un barranco, a consecuencia del cual provocaría un incendio en el que el coche quedó completamente calcinado. Tanto el conductor como el asesino salieron ilesos, en tanto que los dos agentes que le acompañaban sufrieron heridas de diversa consideración.

A pesar del siniestro, los miembros del Instituto Armado condujeron a Requena Lozano hasta el puesto de la Benemérita en el que prestaría declaración antes de pasar a disposición judicial. Debido a sus graves problemas mentales, el triple asesino cumpliría la condena un centro psiquiátrico en el que estaría ingresado prácticamente de por vida. Si no hubiese salido del que ya estaba ingresado con toda seguridad no habría que haber lamentado tan desgraciado episodio del que todavía se habla en nuestros días en el pacífico municipio de Socovos.

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Ejecutada en el garrote vil por envenenar a tres mujeres (La «otra envenenadora» de Valencia)

Noticia del diario «JORNADA» de Valencia proporcionando información sobre el juicio que se siguió contra Teresa Gómez Rubio

Sucedió en los siempre oscuros años de la Posguerra. En uno de los más crueles, tal y como sucedió con 1940. Llevarse un trozo de pan a la boca en la España de aquella época representaba toda una aventura para cualquiera. Fue un episodio tétrico y dramático que terminaría por llevarse la vida de cuatro personas, si se le añade el de la autora de los tres envenenamientos. Teresa Gómez Rubio, una mujer que frisaba ya la treintena, era una de las empleadas del servicio doméstico que trabajaban en casa del matrimonio Romaní. Su principal temor estribaba en que fuese despedida, ya que su historial no favorecía su presencia en aquel domicilio, en un tiempo en el que tanto contaban valores como la moral. La mujer en cuestión era madre soltera de una niña de nueve años, que sufría algún trastorno psiquiátrico, a lo que se sumaba que el padre de la criatura, su entonces novio, se encontraba cumpliendo una pena privativa de libertad por haber combatido en el bando republicano.

La primera víctima de esta psicópata de libro sería su compañera Teresa Domenech Hurtado, una joven de 21 años que prestaba sus servicios en el mismo domicilio que su asesina. Para ello el día 23 de marzo de 1940 le ofreció, después de comer, una segunda taza de café a su compañera, que ella misma se encargaría de preparar. Sin embargo, la bebida, además de la consabida achicoria que se le añadía en la época, le agregaría otro componente para nada habitual, al parecer un potente insecticida que contendría arsénico. La joven se sintió indispuesta cuando salió a la calle y regresó a la vivienda en que prestaba sus servicios.

La joven criada fue trasladada a su domicilio, dónde se repondría del envenenamiento, aunque con la salud gravemente quebrantada. Su grave error consistió en regresar al domicilio de los Romaní para sustituir a su hermana, pues casi un año después, el día 22 de marzo de 1941, la misma mujer que había intentado darle muerte repetiría la misma operación, en esta ocasión con más éxito, ya que la muchacha terminaría falleciendo tan solo nueve días más tarde de haber sufrido la intoxicación.

La primera muerte, con un modus operandi similar a la primera, tendría lugar unos meses más tarde. En esta ocasión la víctima sería una antigua empleada de aquella familia, Isabel Lamarte Barrachina, quien había acudido a la casa de los Romaní invitada con motivo de la onomástica del patriarca del clan familiar el primero de octubre de 1940. Al igual que había hecho con su otra compañera, ella se encargó de prepararle un café al que añadió arseniato de sodio, un potente tóxico que le provocó una gastroenteritis aguda, que terminaría provocándole la muerte tan solo seis días después de haberlo ingerido.

El otro crimen

En vista que había obtenido unos resultado satisfactorios sin que nadie hubiese sospechado de las dos primeras intoxicaciones, Teresa Gómez Rubio proseguiría con su actividad criminal. La fecha elegida fue el día 8 de diciembre de 1940, cuando por motivo de la onomástica de la dueña de la casa la visitó su amiga Pilar Chacón, una mujer de mediana edad que era pariente de los patronos de la asesina. Al igual que había hecho con las dos anteriores, preparó el café con el letal tóxico que no le produjo la muerte en un primer momento. Al percatarse que esta última se reponía del envenenamiento, Teresa le preparó una nueva taza de la misma bebida, quizás con mayor potencia, que sería más que suficiente para ocasionarle la muerte tan solo doce días después de la primera intoxicación.

Su actividad intoxicadora no parecía conocer límites. Ni tampoco las suspicacias que le ocasionaba la presencia de nuevas empleadas del hogar, pues temía enormemente al hecho de ser despedida. Por aquel entonces, en la misma época, los señores de Romaní decidieron contratar a una hermana de una de las afectadas, Consuelo Domenech Hurtado, suscitándose de nuevo los temores de Teresa Gómez Rubio. Al igual que había hecho con las tres anteriores, comenzó a preparar cafés convenientemente regados con el potente tóxico que ya se había cobrado dos vidas Sin embargo, la constitución física de esta última le evitó la muerte, aunque sufriría graves quebrantos de salud el resto de su vida, afectándole gravemente a sus extremidades inferiores.

El carácter desconfiado hasta extremos obsesivos y enfermizos de la asesina le llevó a suponer que entre las personas que pretendían expulsarla del servicio doméstico se encontraba también la costurera de la casa, Asunción Izquierdo, quien, al igual que había sucedido con las otras tres víctimas también probó la letal invitación de Teresa Gómez Rubio. Afortunadamente, se retiró a su domicilio familiar hasta que se repuso de la intoxicación evitándole así la muerte. Es curioso que con tantas y tan masivas intoxicaciones nadie se hubiese supuesto que detrás de aquellos hechos había una mano negra que no había sido investigada.

Un robo, la clave para descubrir a la asesina

En vista del éxito que había alcanzado envenenando a quienes creía que eran sus supuestas enemigas, la asesina continuó con su actividad delictiva, pero en esta ocasión no fue una nueva intoxicación sino un robo. El día 21 de marzo de 1941, Teresa Gómez se apoderó de mil pesetas del despacho de su señor. Unos días más tarde se apropiaría de 6.400 pesetas, una elevada cantidad para la época, así como de una joya de brillantes de la señora valorada en 1.800 pesetas. Este hecho sería denunciado por Ángel Romaní ante la Policía, lo que significaría el principio del fin de la siniestra actividad de la primera envenenadora de Valencia.

Desde un primer momento, la investigación se centró en la criada de la casa. Una vez que efectuaron el oportuno registró, los agentes de la Policía encontraron un bote con arsénico de sosa en el que se escondía el botín robado. Después de hechas las oportunas pesquisas, llegaron a la conclusión que aquel recipiente tenía la respuesta a tantas muertes repentinas que no obedecían a ninguna lógica. Los forenses dictaminarían que en los cuerpos de las víctimas se halló arsénico, que además es un compuesto que contribuye decisivamente a la conservación de los cadáveres, aspecto que con toda seguridad ignoraba Teresa Gómez Rubio.

El juicio contra la autora de las tres muertes se demoraría más de once años, tiempo en el que estuvo ingresada en prisión por diversas causas, no siendo hasta el mes de mayo de 1952 cuando se abrió la causa contra aquella psicópata que tuvo en vilo a la capital del Turia en aquellos duros tiempos de Posguerra, a pesar de que su historia no es tan conocida ni tan famosa como la de Pilar Prades Santamaría, quien sería ejecutada en 1959 por un suceso muy similar a este.

Tres penas de muerte

El fiscal no dudó en solicitar la máxima pena que contemplaba el ordenamiento jurídico español de la época para la envenenadora, mientras que el abogado de la defensa mantuvo que se encontraban ante una mujer que tenía perturbadas sus facultades mentales. Ella, por su parte, admitió haber robado en el domicilio en el que prestaba sus servicios, pero negó en todo momento su relación con las muertes que se le imputaban.

A finales de mayo de 1952 se conocía la sentencia a la que era condenada Teresa Gómez Rubio, quien en un primer momento obtuvo la conmiseración de la Audiencia Provincial de Valencia, pues le condenó a un total de 142 años de prisión, después de que fuese acusada de tres delitos de asesinato, otros dos en grado de tentativa y otro más de robo. Asimismo, debía indemnizar con 164.750 pesetas de la época a sus víctimas así como a la familia a la que había hurtado el dinero. Sin embargo, quedaba todavía el recurso ante el Tribunal Supremo, cuyas sentencias no solían ser benévolas, máxime habiendo tres muertes de por medio.

El alto tribunal no tuvo en cuenta ninguna de las atenuantes que alegaba la defensa y a finales del año 1953 condenaba a la primera envenenadora de Valencia a la pena capital. Tampoco el Consejo de Ministros del General Franco se dignó en concederle la gracia del indulto. Teresa Gómez Rubio dejaría de existir al amanecer del día 16 de febrero de 1954 a manos del célebre verdugo extremeño Antonio López Sierra, conocido como «El Corujo», que cinco años más tarde se encargaría también de privar de la vida a la envenenadora que alcanzaría la celebridad después de muerta, Pilar Prades Santamaría, tanto por sus circunstancias personales como por las que rodearon al momento en el que se le privó de la vida.

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Una noche de terror en la localidad sevillana de Olivares protagonizada por «El Barrabás»

Francisco Venega García, «El Barrabás», en una foto de la época

En el verano del año 1924 España todavía seguía conmocionada por el trágico suceso ocurrido con el Expreso de Andalucía, en el que habían sido asesinados dos hombres que trabajaban en el vagón correo en abril de aquel mismo año. Se sospechaba, como terminaría sucediendo, que se buscaba un castigo ejemplar para los autores del crimen y posterior robo de los dos empleados ferroviarios en un tiempo en que la primera dictadura que sufrió el país en el siglo XX buscaba resarcirse de la constante ola de violencia que azotaba a toda la nación desde hacía algún tiempo. Sin embargo, las medidas, que se creían ejemplarizantes, no conseguirían el objetivo logrado, pues los sucesos sangrientos se seguirían sucediendo, independendientemente de cuáles fuesen sus causas. Muchas veces, políticas; otras, simple cuestión de orgullo o malos entendidos.

En la localidad sevillana de Olivares, 16 kilómetros al oeste de la capital andaluza, se produciría en la jornada del día 21 de julio de 1924 uno de esos acontecimientos que marcan a los pueblos y ciudades españolas a lo largo de su historia. El desencadenado furor de un individuo, conocido como «El Barrabás», y que respondía al nombre de Francisco Venega García dejaría tras de sí un rastro de sangre y violencia que aterrorizaría durante muchos años a su vecindario, no acostumbrados a sucesos que alterasen gravemente su tranquilo devenir cotidiano.

«El Barrabás» era un sujeto conflictivo, amigo en exceso del vino y otros placeres de la vida, que contaba entonces con 46 años de edad. Se había casado con una mujer tres años más joven que él, María Antonia Layosa, con quien tenía un hijo en común. La vida entre ambos no discurría por los cauces que se consideran normales para una pareja, pues eran un matrimonio malavenido. Su esposa, harta de sus constantes borracheros, sus excesos y probablemente de sus malos tratos, decidió cortar por lo sano e irse a vivir a casa de su amiga Carmen Pallares Bernal «la Bocatuerta», quien residía en la misma casa junto a su marido, José Peña y su madre Carmen Pallares Román, conocida como «la Retales».

Por su parte, Francisco Venega decidió marcharse en compañía de su hijo a vivir y trabajar al cortijo de Santiponce, distante algo más de diez kilómetros de su Olivares natal. No obstante, esa distancia no hizo otra cosa que incrementar los rencores y el odio de «el Barrabás» contra su familia, o al menos eso es lo que se deduce de los hechos, pues un buen día de verano, el 19 de julio de 1924 se dejó caer por las tabernas del pueblo, como era habitual en él, bebiendo hasta el último trago. Quizás para tener el valor suficiente con el que acometer a la mujer de la que se encontraba separado.

Tomando el fresco

En aquella calurosa noche de verano, la familia de «la Bocatuerta» se encontraba prácticamente al completo tomando el fresco en un patio, situado en el número 54 de la calle Abades, cuando fueron sorprendidos por «el Barrabás», quien había penetrado de incógnito por una ventana. Provisto de un cuchillo de grandes dimensiones, Venega acometería en primer lugar a «la Retales», a quien acuchilló de forma reiterada en el vientre, lo suficiente para terminar con su vida en el acto.

Sus otros dos objetivos fueron su esposa, María Antonia Layosa y el yerno de la fallecida, José Peña, a quienes heriría de gravedad. Las crónicas de la época no dan cuenta de la suerte que corrieron ambos, limitándose a señalar que fueron acometidos por el desmedido furor del criminal, dispuesto a cualquier cosa. Había un segundo varón en el mismo lugar de autos, quien decidió huir del lugar al observar la neta superioridad de Barrabás, pues iba debidamente armado con el objetivo de proseguir su macabra hazaña.

Otro de los objetivos de Barrabás era «la Bocatuerta», a quien quiso acometer aquel mismo día, una vez que hubo apuñalado a su esposa y al marido de la anterior. La rápida actuación de un vecino impidió que hubiese una nueva víctima, pues su presencia provocó la huida del criminal, quien posteriormente se entregó en el puesto de la Guardia Civil de la localidad. Días después del crimen, manifestaría su arrepentimiento a algunos periodistas que tuvieron ocasión de entrevistarle.

Los motivos del porqué de aquella brutal actitud han quedado siempre en el alero, pues nunca han sido esclarecidos. Se supone que la marcha de su mujer a casa de su amiga podía estar detrás de su inexplicable actitud, pues tal vez sentía celos de Carmen Pallares Bernal, de quien se decía que explotaba hasta la extenuación a la mujer de Barrabás, que había entrado a trabajar como criada en la casa de la anterior. También apuntan algunos medios que la esposa del criminal «observaba una conducta moral sospechosa», una expresión que cada cual puede interpretar como mejor le convenga.

Respecto a la suerte de Francisco Venega García tampoco hay datos que corroboren lo que sucedió con él en años venideros, aunque lo más probable es que fuese condenado a bastantes años de prisión, aunque también es posible que se viese beneficiado del indulto masivo que se produjo con la llegada de la IIª República española en abril de 1931.

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