Dos muertos en la trayectoria de «El Lute», el célebre delincuente español del tardofranquismo

Famosa foto de «El Lute» custodiado por dos guardias civiles

Probablemente ningún otro delincuente en la historia de España haya recibido tanta atención de los medios de comunicación como Eleuterio Sánchez, que pasaría a ser conocido como «El Lute». Su imagen terminaría convirtiéndose en el icono de toda una época y también de una España que ya no existe. El propio personaje se encargaría de mitificarla e, incluso, hasta de dulcificarla ofreciendo una perspectiva completamente distinta a la real, llegando al extremo de presentarse como una víctima del régimen político que imperó en España entre 1936 y 1975. Sin embargo, la realidad es tozuda y los hechos están ahí. El famoso delincuente, del que muchas personas llegaron a creer que podía ser un actor con el que distraer a la opinión pública, fue ni más menos que un malhechor que rehízo su vida después de llevar una existencia que estuvo marcada por el delito y el crimen. Su leyenda llegaría en plena Transición democrática española cuando él mismo, apoyado por algunos políticos de su tiempo, se encargaría de transmitir una imagen completamente distorsionada de la auténtica realidad en la que había vivido, que no era otra que el mundo de la delincuencia.

«El Lute» vino al mundo en una familia de mercheros, una clase marginal dedicada a la recogida de quincalla, en abril del año 1942, en el barrio de Pizarrales, en Salamanca. Su padre se encontraba en prisión por delitos contra la propiedad cuando nació. Su trayectoria en el mundo de la delincuencia se inicia en la década de los sesenta, cuando contaba poco más de veinte años de edad. Un suceso, que marcará profundamente su carrera delictiva, será el asalto a una joyería en la madrileña calle de Bravo Murillo el día 5 de mayo de 1965 a las dos y media de la tarde. En compañía de otros dos colegas, Raimundo Medrano y Juan José Aguado Benítez, robaron una moto, marca Montesa Impala. Al llegar al lugar de los hechos y al ver que el establecimiento estaba vigilado por un guarda, que se encontraba totalmente desarmado, arrojaron unas piedras contra el escaparate, practicando un método similar a lo que hoy en día conocemos como alunizaje. En ese momento consiguen provocar la reacción del guarda, aún así consiguen un botín de joyas y dinero que se aproxima a las 300.000 pesetas, todo un dineral para la época. En su huida, a bordo de la motocicleta que habían sustraído, disparan contra Tomás Ortiz Segres, de 66 años de edad, el guarda encargado de custodiar la joyería, quien muere a consecuencia de los disparos. Como consecuencia de esta acción, habrá una víctima colateral y completamente inocente, que es la niña Raquel Campiña, quien será alcanzada por una bala perdida provocándole también la muerte.

Eleuterio Sánchez siempre negó ser él quien disparó contra el hombre que falleció en este asalto, aunque uno de sus colegas sostuvo lo contrario. Nunca se esclareció quien había sido el autor de los tiros que terminaron con la vida del guarda de la joyería, quien ni siquiera portaba armas. Esta acción marcará un antes y un después en la vida de «El Lute», ofreciéndose de ella distintas versiones, en algunos casos hasta contradictorias.

Pena de muerte

Los tres asaltantes de la joyería madrileña serían detenidos y sentenciados a muerte en el transcurso de un juicio sumarísimo que se celebró en su contra apenas un mes después de que se hubiese producido el trágico suceso. Sin embargo, tanto «El Lute» como sus camaradas de correrías contarían con el beneplácito del indulto, ya que el Consejo de Ministros les concedería esta gracia después de que la hubiesen solicitado sus abogados defensores. Eleuterio Sánchez se declararía culpable en el proceso que se siguió en su contra, una táctica sin la cual muy probablemente hubiese terminado con sus huesos en el garrote vil. Es a partir de este instante cuando se inicia la leyenda del célebre «quinqui», apelativo con el que eran conocidos los delincuentes de la época. No van a escatimar páginas los distintos diarios y revistas del país con este personaje, que llegará a igualar en popularidad a futbolistas y cantantes de aquel tiempo.

Su primera «proeza» la protagonizará el día 5 de junio de 1966 cuando se fuga, esposado, saltando del tren correo Santander-Madrid, utilizando como escudo humano a un pequeño de doce años, a quien arrojó contra los dos agentes de la Guardia Civil que se encargaban de custodiarle. Su fuga será portada en todos los periódicos que hacen correr ríos de tinta ante un individuo a quien estaban convirtiendo en el enemigo público numero uno, mientras él utilizaría sus andanzas para fabricarse la falsa leyenda de perseguido político. La fuga tuvo lugar a la altura del municipio salmantino de Piñas de Campos. Los guardias que se encargaban de su custodia dispararon contra él en reiteradas ocasiones. En un principio llegó a transmitirse la confusa noticia de que «El Lute» había muerto en esta acción.

La Guardia Civil detendrá a Eleuterio Sánchez el día 14 del mismo mes en una dehesa de la Forfoleda, en la provincia de Salamanca, un territorio que conocía bastante bien. Algunas informaciones periodísticas señalaban que había cruzado el Canal de Castilla a nado, así como también que se había alimentado de verduras durante el tiempo que estuvo fugado, ofreciendo una lección de supervivencia. Su captura se convertiría de nuevo en un espectáculo siendo muchos los agricultores y campesinos de la zona que acudieron a verlo al cuartel de la Guardia Civil de la localidad en la que había sido apresado. Posteriormente, sería trasladado a la prisión provincial de Madrid, a la que era conducido en el momento de su huida después de haber estado internado en el penal de El Dueso.

Segunda fuga

Si fue espectacular la primera fuga, no lo será menos la segunda. Sucedió el primero de año de 1971. Aquel día, mientras muchos españoles se encontraban en familia o con amigos disfrutando de la Nochevieja para dar la bienvenida a una nueva década, Eleuterio Sánchez quien había nacido para ser libre se negaba a vivir el resto de su vida entre rejas. La pena accesoria que le había sido impuesta ascendía a 30 años de cárcel era demasiado tiempo y el era muy joven. Deseaba proseguir con su escalada delincuencial a toda costa, independientemente del sacrificio que hubiese que hacer para ello. Esa madrugada mientras España entera estrenaba en medio del estruendo de jolgorio, petardos y una incontenida alegría un nuevo año, en el Penal de Santa María, en Cádiz, un pequeño grupo de cinco presos intentaba reventar las cadenas que le privaban de su ansiada libertad. El método empleado para burlar los muros de la prisión fue el de hacer un butrón para el que se habían aprovisionado de elementos, tales como una barra de hierro, un cincel y algunas sábanas.

El objetivo de huir se vio frustrado por la rotura de unos cristales que provocaron un gran estruendo que alertaron al guardia que se encontraba en una garita leyendo el periódico. Inmediatamente se montó un dispositivo para impedir la huida. Cuatro de los cinco presos desisten de su intento al sentirse descubierto, pero «El Lute», ansioso de recobrar su libertad, alcanza el gran objetivo, a pesar de los disparos que efectúan los agentes de la Guardia Civil. Si legendaria había sido su primera fuga, mucho más lo será esta segunda, pues la prisión en la que había sido internado estaba considerada de máxima seguridad. Comienzan de nuevo a verterse ríos de tinta en torno al célebre delincuente que aparece más en la prensa y televisión de la época que el mismo Jefe del Estado. Los medios de la época lo bautizan como «El fugista«, en alusión a su capacidad para evadirse de las cárceles y de las fuerzas de seguridad del Estado. Sin lugar a dudas se convierte en un verdadero ídolo para otros de su casta, que ven en él a un auténtico líder, a lo que se añade un carisma que el sabría aprovechar muy bien en años posteriores para acrecentar su leyenda cuando ya se encontraba reinsertado socialmente y la delincuencia formaba parte de su historia personal.

A diferencia de lo que había ocurrido en la primera ocasión, en la que su fuga resultó efímera, en esta segunda ocasión llegará a burlar varias veces el cerco policial. Su fotografía se había distribuido por todos los rincones de España, siendo muchas las falsas alarmas que se dan en torno a su presencia en distintos puntos de la geografía española. La prensa de los setenta se ocupa constantemente de sus andanzas en las páginas de sucesos, incluso de su propia vida personal, al igual que si fuese una socialité de su tiempo.

Sus últimas correrías terminarán en los primeros días de mayo de 1973 cuando es detenido en Sevilla. La importancia del personaje lo revela el hecho de que sus declaraciones en comisaría se trasladarán a la prensa. «Ya me encontraba cansado» publican los distintos diarios y revistas de aquel tiempo, que incluso dan cuenta de su matrimonio con «La Frasquita». El único canal de televisión de aquella época también dedicará amplios espacios y reportajes al ya afamado delincuente, cuya imagen trasciende incluso las fronteras españolas.

En 1978 se encontrará por última vez ante la Justicia, siendo su abogado defensor el político vasco Juan María Bandrés. La fiscalía solicitaba tanto para él como sus hermanos la escalofriante cifra de 3.300 años de cárcel por diversos delitos, aunque será finalmente indultado por el Consejo de Ministros en el año 1981, quedando libre de todo cargo.

La leyenda

No cabe ninguna duda que «El Lute» supo explotar como pocos el personaje que se había creado en torno a su figura a lo largo del último tercio del franquismo, a partir del año 1965. No solo publicaría libros y sería objeto de películas, muchos reportajes e incluso de una canción a cargo del célebre grupo «Boney M», sino que trató de presentarse ante la sociedad española como un perseguido político por el anterior régimen, cuando lo que realmente había sido era un vulgar delincuente en cuyo currículum figuran hasta dos muertos por mucho que le pese a Eleuterio Sánchez Rodríguez. Este individuo debió más su fama al propio sistema político, del que se dijo que se había aprovechado de su figura para distraer a la opinión pública, que a sus capacidades personales. En la cárcel había coincido con el profesor Enrique Tierno Galván, quien le ayudó dándole algunas instrucciones sobre jurisprudencia, amén de enseñarle a leer y a escribir, pero tampoco fue la prisión precisamente su escuela, pues en su estancia entre sus muros solo buscaba la huida para regresar a sus andanzas.

Probablemente con la madurez que dan los años, el personaje rehízo su vida, pero aprovechándose de su anterior carrera delictiva, muy fructífera en la primera mitad de la década de los sesenta. Se convertiría también en un afamado conferenciante, dando lecciones sobre comportamiento a delincuentes convictos, al tiempo que pretendía blanquear su trayectoria y exculpándose de las dos muertes que dejó en su camino, cuando no echándole la culpa a los otros dos colegas en un suceso que jamás estuvo claro.

De sus andanzas y su popularidad también se haría eco el séptimo arte. En 1987 el director de cine Vicente Aranda lo llevaría a la gran pantalla en la película «Camina o revienta», que le proporcionaría pingües beneficios a Eleuterio Sánchez, quien aprovechaba en todo instante la eclosión de su personaje forjado en décadas anteriores. Sin embargo, el contrapunto vendría dado por algunas informaciones y reportajes, debidamente contrastados, que desmitificaban al personaje, entre ellas la revista «Interviu», quien haciendo un juego de palabras en alusión al filme que de alguna manera lo ensalzaba titulaba uno de sus reportajes «El Lute: miente o revienta». En el mismo se desmitificaban muchos aspectos de su vida, entre otros se negaba que el célebre delincuente hubiese concluido sus estudios de derecho, así como también daba cuenta de los muchos delitos que había cometido, así como de las patrañas que había inventado para convertirse en un personaje de leyenda.

Alejado ya de cualquier foco mediático, en el año 2006 Eleuterio Sánchez tuvo un último encuentro con la Justicia. En esta ocasión había sido acusado por malos tratos por su ex-pareja, circunstancia que el mismo se encargaría de negar. Dos años más tarde sería absuelto de esta acusación, aunque en primera instancia un juez le había decretado una orden de alejamiento de la mujer con la que había convivido.

Pasados los años y haciendo una reflexión seria y concisa, el personaje que se creó en torno al último delincuente célebre forjado durante el último decenio de la dictadura franquista, cada cual es libre de sacar sus propias conclusiones, pero lo cierto es que este individuo convertido en un personaje de leyenda tiene el mérito de haberse reinsertado cuando había nacido para ser carne de cañón. No obstante, tampoco es una personalidad que ofrezca atractivo alguno, salvo esa misma capacidad, además de las muchas polémicas que le han perseguido a lo largo de su vida, que no han sido pocas. Lo que no cabe ninguna duda es que fue fruto de la amplia carrera delictiva y de una excesiva atención por parte de los medios de comunicación en el último lustro del anterior régimen político, ya que gracias a él estaba asegurada la página de sucesos del día en un tiempo en el que no se podía dar cuenta de asuntos que verdaderamente interesaban a la ciudadanía, entre ellos su propia seguridad o el coste de la vida. Que mejor que echar mano de un señor que era un consumado experto en fugarse de las cárceles, sin olvidar que en su trayectoria quedaron dos vidas humanas, entre ellas la de una niña de siete años.

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Cinco asesinatos perpetrados por «Tomasín», el peligroso criminal de los años ochenta en Cantabria

«Tomasín», en el transcurso de una de sus múltiples detenciones. EL DIARIO MONTAÑÉS.

Los 55 años de su existencia estuvieron marcados por el delito y el crimen. A ellos se añadía su irreductible carácter, capaz de perpetrar las peores barbaridades jamás imaginadas. Sin empatía por nadie ni remordimientos Tomás Ruiz Fernández, «Tomasín», los psicólogos y psiquiatras que lo atendieron en los distintos centros penitenciarios por los que pasó como lo definieron de forma contundente y rotunda como «una personalidad psicopática de carácter irreversible». Prácticamente lo dice todo. Su andadura en el mundo de la delincuencia se inició de forma precoz, con apenas veinte años, cuando asaltó un banco a mano armada, además de protagonizar otros atracos de menor enjundia. Al ser detenido por primera vez fue sentenciado a 16 años de cárcel.

A diferencia de otros del inframundo en el que se hallaba inmerso, quienes le trataron decían que ofrecía una imagen completamente distinta a sus colegas. Bien vestido, elegante e, incluso de buen aspecto, además de haberse criado en un barrio de clase media de la capital cántabra, a lo que se añadía el hecho de no consumir ninguna droga, «Tomasín» parecía una buena persona con quien se podría trabar amistad y ofrecerle una sana confianza. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. No dudaba en apretar el gatillo de su pistola cuando las cosas no iban por el sendero que él consideraba el más adecuado para sus intereses. Tampoco olvidaba. Así lo demuestra el hecho de que algunos familiares de sus víctimas o personas que accidentalmente se encontraron en su trayecto recibieron cartas suyas en las que les recordaba que seguía ahí, que cuando saliera de entre los muros de prisión ajustaría cuentas, aunque finalmente terminasen ajustándoselas a él, lo que conllevaría la tranquilidad y el sosiego de quienes habían recibido sus amenazadoras misivas.

A comienzos del año 1986 «Tomasín» decidió no regresar de un permiso penitenciario de una semana de duración al penal en el que cumplía condena, El Dueso, siendo a partir de este instante cuando inicia una sanguinaria trayectoria que se saldará con cinco asesinatos que sumirían a la Comunidad cántabra en un estado de zozobra, inquietud y consternación. Un peligroso delincuente anidaba a orillas del Cantábrico y el miedo se hacía patente en una sociedad que no estaba precisamente acostumbrada a ese tipo de sucesos.

Los asesinatos

En compañía de quien se convertiría en su tristemente célebre compinche de andanzas. Francisco Hidalgo García, alias «Butati», Tomas Ruiz cometería sus dos primeros asesinatos. Sus víctimas serán Sixto Franco Escalante, de 30 años de edad y Violeta Puente González, de 27. La mujer se dedicaba a la prostitución, en tanto que él era un amigo de ella. El móvil del crimen hay que buscarlo en la insatisfacción que había expresado «Tomasín» en relación a los servicios que le había prestado la meretriz y que él consideraba justo que le devolviese la cantidad de dinero que le había cobrado. Con el pretexto de ir a comprar heroína, la droga que tantos estragos estaba causando, los trasladaron a un descampado en el barrio santanderino de el Cueto, el lugar elegido para darles muerto. Allí terminarían con sus vidas a sangre fría cosiéndolos literalmente a balazos. Sus cuerpos serían encontrados en la mañana del domingo, 2 de febrero de 1986 por un viandante que se sorprendió al contemplar tan macabro hallazgo.

La ruta sangrienta de Ruiz Fernández proseguiría en sucesivos días lo que exacerbaría aún más el clima de inquietud que se vivía en Santander y sus alrededores, aunque las dos primeras víctimas estuviesen estrechamente relacionadas con el mundo de las drogas y la delincuencia. Dos días más tarde de haberse descubierto los dos primeros asesinatos, dos trabajadores que se dirigían desde la comarca de Cudón a Mogro, a 18 kilómetros de la capital cántabra, observaron una furgoneta en llamas cerca del cementerio, lo que despertaría su lógica alarma. Una vez que se extinguió el fuego, se comprobó que en su interior se encontraban los cuerpos de dos hombres, uno de los cuáles presentaba un disparo en la cabeza, en tanto que el otro fuertes golpes en la misma zona del cuerpo, lo que no dejaba lugar a dudas que se trataba de un nuevo doble crimen. Una vez identificados los cadáveres se comprobó que pertenecían a Pedro Grande Jiménez, de 32 años y Miguel Romero Moreno, de 27. Al igual que las dos anteriores víctimas, también estaban estrechamente vinculados al mundo de la delincuencia y el tráfico de estupefacientes. Se pensaba que detrás de ellos se escondían ajustes de cuentas, muy habituales en ese mundillo.

La última víctima que dejaría en su sanguinario deambular no se parecía en nada a las anteriores. Se trataba del dueño del bar «Pic-Nic», sito en la calle Cervantes de Santander. Todo comenzó de una forma absurda en la tarde-noche del 29 de marzo de 1986, ya que «Tomasín» interpretó un gesto de la camarera que le atendía como una señal que ponía en duda su solvencia cuando había pedido una botella de champán, en un alarde exhibicionista, que era muy habitual en él. Entonces, solicitó la presencia del dueño, Guillermo Castillo Gómez, de 71 años, quien ignoraba el trágico destino que le aguardaba cuando conminó a abandonar del bar a aquel incómodo cliente, quien sin pensárselo dos veces descargó su pistola «Star» en el pecho del infortunado hostelero, quien fallecería prácticamente en el acto.

Con el miedo apoderándose de la ciudad de Santander, Tomasín vagaría aún 48 horas por diferentes puntos de la geografía cántabra, hasta que fue detenido el primero de abril de 1986 en Laredo. Allí habría protagonizado un incidente en una bolera que pudo haber terminado en una gran tragedia. Recriminado por el encargado del local por su forma de lanzar los bolos, como venía siendo habitual en él, sacó de nuevo su pistola con en el infortunio de que en esta ocasión se le encasquilló. En ese momento algunos clientes se abalanzaron sobre él y lo retuvieron hasta que llegó la Guardia Civil, quien ponía fin a una sanguinaria temporada en la capital cántabra y sus alrededores. Es en ese momento cuando efectivamente se comprueba que están ante el enemigo número uno, un individuo carente de cualquier escrúpulo y con mucha facilidad para apretar el gatillo cuando el considera que las circunstancias lo requieren. Y no era nada difícil que eso sucediese.

Condena y asesinato

Casi tres años después de su detención, la Audiencia Provincial de Santander condenaría a «Tomasín» a un total de 88 años de prisión, en tanto que a su colega «Butati», a 62. Al primero le atribuía tres asesinatos y dos homicidios, en tanto que al segundo lo condenaba en calidad de coautor y encubridor de los delitos del primero. No se podía imaginar el tristemente célebre delincuente cántabro que esa condena se convertiría en definitiva. En su periodo en la cárcel se dedicó a practicar deporte y a dejar de lado sus relaciones sociales, careciendo de cualquier amistad con el resto de internos. Solamente le quedaba el apoyo de su madre, quien le conminó a que regresase a prisión tras un permiso penitenciario, en contra de la voluntad de su propio hijo,

En la mañana del 19 de octubre de 2009, cumplió con el mandato materno y «Tomasín» volvió al penal de El Dueso a finiquitar su condena de la que le retaba por cumplir, poco más de un año. Alguien conocía los horarios del peligroso psicópata, así como sus costumbres. Probablemente, ese individuo no reparó en pasar desapercibido ni tampoco en las consecuencias, pues en las inmediaciones de la prisión se alza un cuartel de la Guardia Civil. A bordo de una Renault Trafic blanca, Ruiz Fernández estaba esperando para ingresar en la prisión cuando su verdugo se aproximo a él con una pistola y descargó varios tiros contra todos sus ocupantes, entre ellos el peligroso psicópata que tantas veces había hecho lo mismo con las víctimas que había dejado en el camino.

Concluían así las andanzas de Tomas Ruiz Fernández que contaba con poco más de medio siglo cuando dejó de existir, pasando más de la mitad de su existencia entre los muros de distintas cárceles españolas. Los familiares de sus víctimas no dejaron de expresar su alegría y hasta su tranquilidad por su asesinato, en lo que todo indicaba que se trataba de un nuevo ajuste de cuentas. Con una muy discreta cruz de madera en la que solo están grabadas sus iniciales, T.R.F. yace para siempre el cuerpo del hombre que sembró el terror entre los cántabros entre el invierno y la primavera del 1986.

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Asesina a siete personas en una noche en Bilbao («El carnicero de Bilbao»)

Ría de Bilbao

A mediados del siglo Bilbao estaba en pleno periodo de expansión hacia lo que en el futuro se convertiría en una de la urbes más grandes y lustrosas del continente. En ella vivía una pujante burguesía industrial y comercial, cuyo trabajo sería fundamental en el desarrollo de la villa vasca. Precisamente a esa burguesía pertenecen todos los protagonistas de esta cruda historia, que hemos conocido gracias al buen hacer del periodista y locutor bilbaíno Álvaro Anula, quien da cuenta del suceso a través de su blog alvaroanula.com. El suceso, demasiado truculento por cierto, se inicia con un muchacho malcriado perteneciente a una adinerada familia de la industriosa villa que se asienta a orillas del Cantábrico mientras cabalga a lomos de su ría, que también contará con cierto protagonismo en esta historia.

Eleuterio Ubarte de Granda era en el año 1847 el hijo único de un matrimonio a quien, según palabras del propio Álvaro Anulla, solamente se preocupaba de sus negocios y en sus ansias de amasar una mayor fortuna de la que ya contaban. El muchacho fue educado con los peores valores sociales que podrían inculcarse a cualquier vástago, sin escatimar los malos malos modos. Con 18 años el chaval se enamoró perdidamente de una joven quien además le correspondía. Sin embargo, su padre Juan Ubarte de Rubeno mostró al hijo su disgusto por esa relación, pues el había concertado un matrimonio con otra muchacha de una adinerada familia de la villa bilbaína, conocida como doña Bernarda. A pesar de la disconformidad paterna, el joven accedería a regañadientes a los deseos paternos, lo cual no fue óbice para que se siguiese viendo a escondidas con la muchacha de la que estaba perdidamente enamorado.

Al cabo de siete años de matrimonio, Eleuterio Ubarte era ya padre de tres hijos, pero seguía manteniendo una relación amorosa con la muchacha a la que pretendía desde antaño. Esta última se encontraba muy molesta con las habladurías y chismorreos que sobre ellos se habían extendido a lo largo de la capital vizcaína sobre ella y el romance que se traía con quien era su amante. Fue entonces cuando decidió poner a prueba de fuego el amor que le tenía. Para ello no se le ocurrió mejor cosa que instigarle a que le diese muerte a su mujer y sus hijos para luego fugarse a bordo de un barco a Francia.

La matanza

El 18 de marzo de 1847 fue la fecha en la que su amante le instigó a que provocase la mayor matanza en masa que se recuerda en la villa vasca a lo largo de su historia. Tal como le había sugerido a Eleuterio Ubarte, así él lo hizo. Con una navaja de gran filo que poseía se dirigió a su domicilio y en la alcoba en la que se encontraban sus tres hijos decidió quitarles la vida rebanándoles a todos ellos el cuello. Después haría lo mismo con su esposa, doña Bernarda, provocando una de las mayores bellaquerías de la historia de España. Más tarde acudiría a junto su amada para darle cuenta de la barbaridad que acababa de cometer. Sin embargo, y para colmo de males, esta habría cambiado de opinión. Ya no pretendía fugarse al país vecino, tal y como le había propuesto, sino que le dijo que tal como le había hecho a su esposa e hijos, podría hacer en el futuro otro tanto con ella.

La mujer, que había jugado con fuego, provocaría un estado de furor iracundo en su amante, quien sin pensárselo dos veces ni mucho menos medir sus consecuencias, terminaría también cola vida de la joven, con quien se ensañaría de forma brutal y dantesca, cortándole los pechos y dejando su cuerpo en medio de un gran charco de sangre hecho una verdadera piltrafa, además de convertirse en la quinta víctima de lo que habría sido la noche más sangrienta de Bilbao en muchos años. Para él, lo que había hecho la amante no era más que una traición y hubo de pagar muy cara su afrenta. Pero, los sucesos sangrientos no concluirían con la eliminación de cinco personas.

De la mente de Eleuterio Ubarte tampoco salían sus progenitores, aquella pareja que le había malcriado y que poco o nada se había preocupado de su educación más elemental. El mismo joven pensaba y sostenía que ellos eran los principales responsables de sus desgracias y que no debían escapar a su sangriento furor. Con la misma navaja con la que había dado muerte a las dos mujeres y los tres niños también la emplearía para terminar con la vida de sus padres. En plena madrugada, al igual que había hecho con sus hijos, cuando se encontraban plácidamente durmiendo como la mayoría de los bilbaínos, les daría muerte cosiéndolos literalmente puñaladas por considerar que ellos eran los responsables de sus desgracias.

Tras haber dado muerte ya a siete personas, en un estado de exasperación total, con la misma sangre de sus propios progenitores, Eleuterio escribiría una nota en la que narraba todo lo que había hecho en aquella noche de ira y furor en la que la había dejado siete cadáveres en un macabro deambular. Apuntaba que ya estaba libre de Dios y la Virgen María, que era sabedor que le aguardaba el infierno y que tal vez aquella misma noche fuese a por él el propio demonio.

Suicidio

Sin pensárselo dos veces, al igual que había hecho con sus siete víctimas, el hombre que pasaría a la historia como «El carnicero de Bilbao» colgó de su cuello una pesada roca y con ella se arrojó a las aguas de la Ría de Bilbao, que se convertiría en testigo mundo del tiempo en que se cometió una de las mayores tropelías de su historia, en tanto el cuerpo de Eleuterio Ubarte de Granda se perdía eternamente en las mansas aguas del Cantábrico.

Al día siguiente fueron muchos los bilbaínos que mostraron su sorpresa al ver los negocios de Juan de Ubarte y Antonia de Granda cerrados a cal y canto. La sorpresa, el disgusto y la consternación serían mayúsculos cuando se comenzó a saber lo que había ocurrido en aquella noche en la que uno de sus vecinos la había convertido en una auténtica orgía sangrienta. Igualmente, comenzó a tomarse conciencia de lo que podría ocurrir cuando una persona es obligada a contraer matrimonio en contra de sus verdaderos deseos. En este caso lo acontecido parece que supera cualquier límite humano.

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Un paciente asesina a un médico y a dos enfermeras en la clínica «Los Nardos» de Madrid

Publicación de la época dando cuenta del suceso

Sucedió en el primer de semestre de 1977, cuando en España renacía la ilusión de la democracia. Eran ya los últimos días del invierno, concretamente el 14 de marzo de aquel mismo año, cuando el país se convulsionó por un trágico episodio que puso los pelos de punta a muchos españoles, después de estar conviviendo con el terrorismo etarra, al tiempo que todavía estaba muy reciente la matanza de cinco personas en un despacho de abogados laboralistas en la madrileña calle de Atocha. El dantesco triple crimen, cuyo autor fue un individuo de quien se decía que no había quedado muy satisfecho con los resultados de la operación que le había practicado el doctor José Luis Vázquez Añón, descorazonaría de nuevo a muchos madrileños que seguían sobrecogidos por los actos violentos que practicaban distintos grupos políticos de diferentes ideologías con un marcado sesgo radical.

Mariano Jiménez García era un agricultor de 46 años de edad que había sufrido durante su infancia y juventud la burla de sus vecinos, al igual que otros miembros de su familia, por las desproporcionadas dimensiones de su nariz, siendo apodados «Los narizones» en la localidad toledana de Fuensalida, de la que era originario. A pesar de ser ya un cuarentón, además adinerado, seguía soltero, por lo que en 1975 se sometió a una cirugía plástica con la finalidad de mejorar estéticamente el frontal de su rostro. Sin embargo, algo parecía decirle, cada vez que se miraba en el espejo, que su semblante no había mejorado todo lo que él hubiese deseado y de que nada había cambiado antes de que el médico gallego le practicase una intervención quirúrgica. Con toda seguridad, los resultados no eran responsabilidad del galeno sino de sus propias dificultades para aceptarse tal y como era, lo cual no debería de suponer ninguna vergüenza ni mucho menos ningún complejo.

En la tarde de aquel 14 de marzo de 1977 Mariano Jiménez, armado hasta los dientes, se presentó en la madrileña clínica de «Los Nardos», cuyo solar ocupa en la actualidad en Consejo de Seguridad Nuclear en las inmediaciones de la Ciudad Universitaria. Al llegar al centro sanitario cumplimentó la ficha de acceso y comprobaron que, en efecto, había sido operado hacía poco más de año y medio por el doctor al que terminaría dando muerte. Antes de entrar a su consulta, le comunicaron que debería esperar un breve espacio de tiempo, ya que el cirujano se encontraba atendiendo a unos medios informativos a quienes declaró su intención de abandonar aquel trabajo entre cuyos clientes se encontraban algunas de las personalidades más famosas de entonces. Esa respuesta dejó muchas incógnitas en el alero, pues podría indicar que había sido amenazado, extremo este que jamás ha sido confirmado en las más de cuatro décadas que han pasado desde el escabroso suceso.

Dos cargadores

En torno a las seis y diez minutos de la tarde llegó el turno de Mariano Jiménez, quien, armado con una pistola, disparó sin pensárselo dos veces contra el médico que lo había intervenido quirúrgicamente, el doctor José Luis Vázquez Añón, quien contaba entonces con 45 años, estaba casado y era padre de familia. Las balas, cuyos casquillos se correspondían con los de una pistola nueve milímetros Parabellum, terminaron prácticamente en el acto con la vida del galeno, que quedó tendido sobre un gran charco de sangre en el mismo lugar en el que pasaba consulta. Desde el resto del edificio se escuchó un afligido grito de «Que nos matan», proferido por una de las enfermeras que ayudaban al médico en su quehacer diario. En la misma acción resultarían heridas de gravedad las dos sanitarias que diariamente trataban con el especialista en Maxilofacial, Pilar Cantos, de 34 años de edad y Pilar Simón, de 44. Esta última, ante la imprevista situación que se estaba viviendo, trató de refugiarse en los lavabos, pero el asesino continuó disparando contra ella por la puerta, llegando a vaciar dos cargadores, según los datos recogidos por la Policía. Al parecer efectuó un total de 24 disparos contra sus víctimas.

Gravemente herida, Pilar Cantos fallecería horas después, cuando estaba siendo operada en el mismo centro sanitario, mientras que su compañera, que había recibido cuatro balazos fallecería dos semanas después, el 27 de marzo de 1977, como consecuencia de las heridas sufridas en un macabro ritual practicado por un hombre que no solo había perdido el norte sino tal vez hasta su propia cabeza. En el escaso periodo de tiempo que la enfermera permaneció con vida se sobresaltaba con cualquier persona que entrase a su habitación, llegando a pensarse que tal vez se recuperase, objetivo este que, por desgracia, no llegó a cumplirse.

Una vez perpetrada la horrible matanza, Mariano Jiménez abandonaría el lugar, no sin antes amenazar con su arma a médicos y enfermeros que le observaban con pánico ante su posible reacción. Para la huido emplearía el mismo vehículo en el que se había trasladado desde su Fuensalida natal hasta Madrid, un SEAT-1430, de color rojo. Avisadas las distintas fuerzas de Seguridad de lo ocurrido en la conocida clínica madrileña, comenzaron las labores de rastreo para detener a un peligroso individuo a quien muchos en su día se atrevieron a calificar de «loco».

Accidente de tráfico.

Precipitado y a gran velocidad, el asesino se dirigió hacia la carretera Nacional sexta N-VI Madrid-A Coruña, en la que a la altura del kilómetro 11,800 sufriría un gravísimo accidente de tráfico, al estampar el vehículo que conducía contra una valla metálica. En ese momento fue cuando los equipos de socorro y la propia Guardia Civil descubrieron que Mariano Jiménez portaba otro arma, en este caso un cuchillo de monte de grandes dimensiones, el cual había adosado a su muslo derecho, valiéndose para ello de un esparadrapo.

En estado muy grave, el criminal fue trasladado hasta la madrileña Clínica de la Concepción en la que sería intervenido de urgencia, aunque fallecería apenas unas horas después como consecuencia de los múltiples traumatismos que había sufrido en el siniestro. Concluía así la existencia de un energúmeno que nunca fue capaz de superar los complejos que le atormentaban desde su más tierna infancia a raíz de una prominente nariz que le amargaba de manera contumaz su vida. Lo peor de todo es que a raíz de ello, arruinaría la vida de tres honradas personas que se limitaban a cumplir de una manera escrupulosa con su trabajo como todo hijo de vecino.

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Un doble crimen sin esclarecer en Lantueno (Cantabria)

El coche calcinado en el que aparecieron las dos víctimas asesinadas

Fue un caso singular, de difícil descripción que ha pasado a engrosar la larga lista de casos sin resolver que se han ido acumulando a lo largo de los años en los archivos de los juzgados españoles, con el agravante de que ha prescrito en completa y absoluta impunidad, sin que el autor o autores de este doble crimen pagasen jamás por el doble asesinato que conmocionaría a Cantabria en el verano de 2001, el primero del nuevo siglo. El día 23 de agosto de aquel año un conductor como muchos otros que viajaba a bordo de su utilitario se detuvo para auxiliar lo que parecía un trágico accidente de tráfico cuando vio un vehículo de los considerados de alta gama, un Mercedes Benz, que era pasto de las llamas. Sin embargo se toparía con un hombre en el exterior del coche, en tanto que otro se hallaba en su interior mientras el automóvil continuaba su proceso de combustión a consecuencia del fuego. Esto sucedía en la carretera N-611 Palencia-Santander a la altura de la localidad de Lantueno, perteneciente al municipio de Santiurde de Reinosa, un pequeño concejo al sur de la Comunidad de Cantabria que contaba en aquel entonces con poco más de 300 habitantes. El incendio del turismo había tenido lugar en un área descanso en las inmediaciones del sitio en el que el Ministerio de Fomento disponía de unos depósitos de sal. El fuego se había encargado de quemar y destruir prácticamente por completo aquel vehículo, al que dejaría prácticamente irreconocible.

Detrás de aquel raro y extraño suceso se encontraba un doble crimen, tal y como se encargaría de revelar la autopsia hecha a los cuerpos de las dos víctimas mortales, quienes probablemente habrían sido asesinados a bocajarro de sendos disparos en la nuca, pues en la cabeza presentaban orificios de entrada de proyectiles de pequeño calibre. Las víctimas respondían a las iniciales de J.A.B.F., de 31 años de edad y D.L.M., de 38 años. El primero de ellos era vecino de la capital cántabra, Santander, en tanto que el segundo lo era del municipio, también cántabro de Bezana.

Posible ajuste de cuentas

Después de confirmar el peor de los presagios, que aquellos dos hombres habían sido asesinados, la Guardia Civil se puso a trabajar en el suceso iniciando una serie de pesquisas que apenas darían frutos. Como suele ser habitual en estos casos a quienes se investigó en un primer momento fueron los conocidos y el entorno en que se movían las víctimas, así como al propietario del vehículo a bordo del que viajaban. Este resultó ser un vecino de Santander que les había prestado el coche el día anterior al que fueron encontrados en medio de sus propias llamas, descartándose en todo momento que tuviese algo que ver con el doble crimen, salvo la propiedad del automóvil calcinado.

Al parecer, los dos jóvenes hallados muertos en Lantueno merodeaban en el mundo de las drogas, por lo que todas las investigaciones se dirigieron al círculo en el que se movían y en el que era proveedores de estupefacientes a consumidores de la zona. El principal objetivo de las indagaciones policiales fueron dos jóvenes, que podrían ser clientes de las dos personas muertas y que la noche anterior al día en que apareció el automóvil calcinado podrían haber estado con las dos víctimas. Incluso fueron sometidos a pruebas de balísticas, dándose la circunstancia que en la camiseta de uno de ellos aparecieron minúsculos restos de proyectiles, aunque no se podía certificar que coincidiesen con los que se habían encontrado en los cuerpos de los dos asesinados.

La principal conclusión a la que llegaron los investigadores de este espeluznante y oscuro suceso fue que se trataba de un ajuste de cuentas derivado de la compraventa de estupefacientes, a pesar de que jamás se pudo certificar con total y absoluta claridad que se encontraba detrás del mismo. El fiscal encargado del caso consideraría las pruebas aportadas por la Guardia Civil de «insuficientes», dándole el carpetazo provisional que con el paso de los años terminaría por convertirse en definitivo, siendo uno de los muchos a lo largo de la historia que ha quedado sin resolver.

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Mata a puñaladas a dos mujeres y hiere gravemente a otra  en un despacho sindical en Barcelona

El doble crimen ocurrió en el Edificio de Fomento de la capital catalana

La Agrupación Sindical de Trabajadores a Domicilio, que agrupaba a un sector del gremio textil en Cataluña, ya había colocado en su cartel de «cerrado por vacaciones». en tanto que por las concurridas calles de la Ciudad Condal deambulaban millares de guiris procedentes en su mayoría de Centroeuropa para gozar del sol y el calor que tanto se resiste en sus respectivos países en pleno mes de julio de 1984. Nadie podía imaginar que en aquellos días en los que acechaba un agobiante bochorno se iba a producir un trágico episodio en pleno centro de Barcelona, concretamente en el número 32 de la Vía Layetana, en la finca en la que se alza el emblemático edificio de Fomento del Trabajo, en las dependencias mismas de la organización sindical antes aludida.

Desde hacía ya tres lustros prestaba allí sus servicios V. G. A., un hombre no muy alto y robusto de complexión fuerte que contaba entonces con 44 años de edad. Este individuo trabajaba como administrativo en las dependencias de la central sindical. Sin embargo, desde hacía algún tiempo su salud mental se había ido resquebrajando y su estado de ánimo no era el mejor. Tanto es así que la dirigente del organismo en el que trabajaba María Consol Maqueda, esposa del diputado de Convergencia i Unió en el Congreso, Josep María Trías de Bés, estaba tratando de buscarle una salida digna a aquel pobre hombre, al comprender que se encontraban ante un hombre que cada vez perdía más los estribos y no era dueño de si mismo. Este último, que andaba muy nervioso, interpretaba la realidad de otra manera y protagonizaba algunos enfrentamientos con la mujer, abogada de profesión, a quien habría amenazado, así como a su compañera María del Carmen Mayordomo Fernández. El móvil de las amenazas podría estar motivado con desavenencias en cuanto al pago de honorarios por parte de la central sindical.

Según la versión que el facilitó en el transcurso del juicio que se celebro en su contra en los primeros días del otoño de 1986, el autor del doble crimen mantenía un litigio con la central sindical desde el año 1983, ya que, supuestamente no se le facilitaban las hojas del salario, así como tampoco se le incrementaba el mismo, además de solicitar reiteradamente que corrigiesen un error a su filiación de la Seguridad Social. Todos estos problemas, unidos a algunos desequilibrios mentales que sufría, contribuyeron a crear un clima entre el homicida y el resto de los miembros de la central sindical, desencadenando en él una «reacción anómala», tal y como es descrita en la sentencia por la propia Audiencia Provincial de Barcelona.

Las dos muertes

Alrededor del mediodía del día de autos, 27 de julio de 1984, G. A. habría concertado una entrevista con las dos abogadas en el despacho de la central sindical. Previamente habría adquirido una navaja de grandes dimensiones con la que acudió en el bolsillo de su chaqueta hasta el que se convertiría en fatídico despacho. Una vez dentro, cuando ya se había iniciado la reunión entre el administrativo y las mujeres. se desencadenaría la tragedia. El autor de ambos homicidios sacaría del bolsillo su arma asesina para emprender un ritual sangriento en el que no escatimaría esfuerzos y expulsaría de su interior sus peores instintos de una manera completamente irracional. Su primer objetivo fue María Consol Maqueda, de 38 años, la letrada del sindicato, a quien le infirió un total de nueve puñaladas, más que suficientes para terminar con su vida. A pesar de la gravedad casi irreversible de sus heridas, la mujer aún tendría unas escasísimas fuerzas finales para salir al pasillo y solicitar ayuda, acabando por desplomarse en presencia de un trabajador de un gimnasio que se encontraba prácticamente aledaño al despacho sindical.

No menos contundente se mostraría con la empleada María del Carmen Mayordomo Fernández, a quien agredió hasta cuatro veces con la misma arma, que fueron suficientes para terminar con su vida. Mejor suerte correría Nuria Fito Font, de 49 años, quien recibió otras cuatro puñaladas dos en el pecho, otra en el abdomen y una cuarta por la espalda. No obstante, aunque tuvo que se trasladada de urgencia a un centro sanitario por la gravedad de sus heridas, pudo sobrevivir a la incontenida ira de su agresor, un hombre soltero que había nacido hacía 38 años en la localidad vallisoletana de Simancas y que en los últimos tiempos había sufrido graves problemas de salud, entre ellos la extirpación de un riñón, a lo que se sumaba que el otro que le quedaba le funcionaba de manera deficiente y le producía unas piedras que eran un auténtico calvario para él, según declararía una hermana suya al diario EL PAIS, en fechas posteriores al doble crimen.

Tras haber perpetrado las dos muertes, el autor de las mismas huyó del lugar a pie con destino a su domicilio sin que nadie lo detuviera, aunque en el transcurso de aquella huida se lo debió pensar mejor y decidió entregarse en una de las Comisarías de Policía de Barcelona en torno a las dos de la tarde de aquel soleado día estival. Aparentemente tranquilo le dijo a los agentes que había dado muerte a unas mujeres, sin saber exactamente a cuantas, al tiempo que les entregaba el arma homicida. Un coche Z de la Policía se encargaría de trasladarlo hasta el edificio de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, donde sería ingresado de forma provisional a la espera de pasar a disposición judicial. En el momento en que le leyeron su derechos, le respondió a quien cumplía este formalismo con una frase que lo dice prácticamente todo. «No creo que tenga derechos». En este momento les dijo también que no sabía lo que había ocurrido ni porque había cometido aquella salvajada.

27 años de cárcel

En los días finales del mes de octubre de 1986 se celebraría el juicio contra el hombre acusado de dar muerte a dos mujeres y de intentarlo con una tercera. Los abogados de la acusación solicitaron que el encausado fuese condenado por dos asesinatos en grado de tentativa, en tanto que el letrado de la defensa instaba a que los hechos fuesen tipificados como homicidio, tal y como finalmente acabaría considerando los hechos sangrientos la Audiencia Provincial de Barcelona, desechando las agravantes de premeditación y alevosía, aunque tampoco tendría en cuenta la petición de su defensa, quien solicitaba que se tuviese en consideración la psicopatía epileptoide que le aquejaba, tal y como habían dictaminado los forenses que se encargaron de examinarlo.

A pesar de que el fiscal solicitaba 44 años de prisión para el acusado, pues el ministerio público interpretaba que era autor de dos asesinatos y un tercero en grado de tentativa, V. G. A., sería finalmente sentenciado a la pena de 27 años de prisión por dos homicidios y otro en grado de tentativa. No se tuvieron en cuenta algunas patologías que le había afectado al procesado en su juventud, entre ella una escrufulosis, consecuencia de la tuberculosis que había sufrido en la adolescencia, pues según los peritos esa dolencia no le había dejado dolencia alguna, tal y como se encargaría de acreditar el examen al que fue sometido mediante un escáner, siendo la primera vez que se empleaba este aparato en el transcurso de un peritaje psiquiátrico.

El monto total de la responsabilidad civil que debía afrontar ascendía a algo más de ocho millones de pesetas. De ellos, un total de siete serían para los herederos de las dos víctimas mortales, en tanto que la mujer a la que hirió de gravedad, Nuria Fito percibiría un millón y medio de pesetas.

La sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona sería ratificada por el Tribunal Supremo en junio de 1988, desestimando los recursos interpuestos, tanto por la defensa como por las acusaciones particulares. Desde la primera se instaba al alto tribunal a que se tuviese en consideración los rasgos depresivos e hipocondríacos que afectaban a su patrocinado, aplicándole una eximente incompleta así como el supuesto arrepentimiento espontáneo, en tanto que desde la acusación se instaba a que se considerasen los hechos como constitutivos de dos asesinatos y otro en grado de tentativa, pero ninguno de los recursos terminaría por prosperar.

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Doble crimen a bordo del buque «Ciudad de Palma» durante la travesía entre Tenerife y Cádiz

Buque «Ciudad de Palma» en el que tuvo lugar el doble crimen, WIKIPEDIA

Más que el relato de un suceso trágico, los hechos acontecidos el día 13 de marzo de 1992 a bordo del ferry «Ciudad de Palma», que cubría la ruta entre Tenerife y Cádiz, podría ser perfectamente el argumento de cualquier película de suspense e incluso una lograda narración de Agata Christie. Todo se inicia de madrugada cuando el sereno del buque de la compañía «Transmediterránea» se ve obligado a reprender a un misterioso hombre de unos cincuenta años aproximadamente que deambula por cubierta con una manta sacada de su camarote. Con malos modos, aquel enigmático pasajero le responde que las 24.000 pesetas que ha pagado por el pasaje le daban derecho a manta. Jamás se supo de él y se llegó a suponer que se hubiese tirado desde la popa, a unos ocho metros de altura, y posteriormente fuese arrollado por las hélices de la embarcación.

A primera hora de la mañana del día de autos, siendo todavía muy temprano, el capitán del buque, Andrés Costoya, convoca a los 241 pasajeros y 78 tripulantes que viajaban a bordo del «Ciudad de Palma» para darles cuenta de que se ha producido un sangriento y misterioso suceso, ya que han sido asesinados a puñaladas dos marineros. En un principio, ante aquella misteriosa llamada, fueron muchos los que sospecharon lo peor, que les iba a comunicar que el buque se iba a pique. Sin embargo, era para descubrir al supuesto asesino de dos personas que habían sido cosidas a cuchilladas en plena madrugada. Asimismo, les da cuenta que el barco enfilará con dirección a Cádiz.

Gritos

En torno a las siete y cuarto de la mañana los pasajeros y el resto de la tripulación escucharon atónitos y desconcertados los gritos de auxilio de un experimentado hombre de mar que estaba malherido en cubierta. Se traba del cocinero, Daniel Balboa Bravo, de 45 años, natural de la localidad gallega de Vilagarcía de Arousa, habría llamado la atención del estrambótico sujeto que, al parecer, habría estado molestando a algunos de los pasajeros. A sus gritos de auxilio acudió el segundo oficial, quien pudo avistar al hombre de extraño aspecto, de pelo negro y rizado que se esfumó en la oscuridad. A la desesperada, tomó una silla de madera con el ánimo de detenerlo, pero nada pudo hacer y jamás se sabría nada de aquel misterioso y macabro sujeto.

Tras cometerse el segundo crimen, se generó una alarma generalizada en el barco y la tripulación, presa del lógico nerviosismo, se armó con palos y otros objetos contundentes ante el temor que el asesino actuase de nuevo. El estado de alerta general en el buque hizo que en la bodega se descubriese un segundo cadáver, que, al igual que el anterior, también había sido literalmente cosido a cuchilladas. Se trataba del cuerpo de Mateo Mena, de 54 años, natural de Algeciras, lo que no haría otra cosa que incrementar el desconcierto y el nerviosismo a bordo de aquel buque, que estaba siendo sin pretenderlo el escenario de una película de terror y suspense. El capitán, que había dado orden de que el buque se dirigiese a Casablanca, ordenó entonces que prosiguiese la ruta al destino previsto, Cádiz.

Los cinco guardias civiles que viajaban a bordo para custodiar los objetos de valor iniciaron allí mismo las pesquisas, a las que contribuiría el capitán ordenando a los pasajeros que se levantasen para darles cuenta de los acontecido al tiempo que iniciaban la investigación. Las miradas se dirigieron desde el primer instante hacia el misterioso hombre, al que se suponía bajo los efectos del alcohol, a quien habrían visto en cubierta hablando de Dios, además de realizar unos extraños rituales. Nadie se supuso, en un primer momento, que fuese agresivo, solamente se sospechaba que estaba borracho, pero nada más. No obstante, para ahorrarse sustos, sus compañeros de camarote decidieron cerrar el compartimento cuando vieron su actitud. Tal vez para ahorrarse problemas.

Un antiguo legionario

Las sospechas no hicieron otra cosa que ir in crescendo cuando aquel mismo energúmeno no acudió a la llamada del capitán cuando daba cuenta a los pasajeros de lo ocurrido. Aún así, el pánico y el nerviosismo se había apoderado de todos los que viajaban en aquel barco. Las investigaciones de la Policía apuntaban a que aquel individuo, identificado bajo el nombre de José López, podría haberse tirado por la popa del barco en alta mar, a unas 250 millas de Cádiz, después de haber cometido el segundo asesinato. Al parecer se trataba de un antiguo soldado que había servido en la Legión y que en aquel momento se dedicaba a la mendicidad. Se le había visto por algunas calles de Tenerife solicitando la gratitud de los turistas, de quienes se quejaba asíduamente porque al parecer no eran muy generosos con él. Esa falta de generosidad le habría empujado a tomar de nuevo el barco rumbo a la península y concretamente a su tierra, Granada, en este caso.

Cuando el barco atracó en el puerto de Cádiz se vivirían escenas de histeria, dolor y nerviosismo. Al buque se subió la juez que se encargaría del caso, así como un equipo de forenses y miembros de la Policía Científica, que lo único que hallaron fueron las manchas de sangre que había en la cubierta del ferry, así como también en su bodega, no haciendo sospechar de ningún otro pasajero más que del antes aludido, aunque se llegaría a sospechar de un segundo que podría haber viajado de polizón, extremo este que jamás llegaría a verificarse.

Ya en tierra, a las ocho y media de la tarde de aquel trágico viernes, 13 de marzo de 1992, se produciría otro desagradable suceso, que fue el momento en que se encaró con los agentes de la Guardia Civil el hijo adoptivo de Mateo Mena, Diego Gallego, un joven que resultaría herido de bala en una pierna después de que perdiese los nervios ante aquella dramática situación en la que su progenitor había perdido la vida. Como se podrá observar, fue este un desgraciado episodio en el que no faltó de nada, al igual que si fuese una perfecta adaptación para la gran pantalla.

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«Caso Almería»: Más de cuatro décadas de incógnitas de un lamentable crimen de Estado

Los tres jóvenes brutalmente torturados y asesinados

Hay veces en la que la suerte parece estar echada de antemano o quizás te cruces con un gato negro en el camino. Eso pudo haberles ocurrido a tres jóvenes con edades comprendidas entre los veinte y los treinta años que no dejaban de ser más que anónimos y honrados trabajadores que fueron confundidos con peligrosos terroristas de ETA en una época en la que la temible banda criminal asesinaba a diestro y siniestro de forma indiscriminada y sin contemplaciones. El prólogo de su fatal episodio comenzó a escribirse a media mañana del día 6 de mayo de 1981 cuando un comando de la organización terrorista vasca atentaba contra el general Joaquín de Valenzuela, a la sazón jefe del Cuarto Militar de la Casa del Rey, en el que fallecería su ayudante el teniente coronel Guillermo Seco Tovar, además de resultar herido de gravedad el alto mando militar contra el que iba dirigido el artefacto explosivo que los terroristas introdujeron en el interior de su vehículo. Aquel era un año auténticamente conflictivo, ya que a los muchos atentados que había consumado la banda, se sumaba el descontento existente en algunos cuarteles españoles, que tendría su máxima expresión en la intentona golpista del 23 de febrero de 1981.

Al día siguiente, 7 de mayo de 1981, tres jóvenes Jesús Montero García, Luis Cobo Mier y Juan Mañas Morales se dirigían a bordo de su propio vehículo desde Santander, ciudad en la que residían hasta la localidad almeriense de Pechina donde tenían previsto asistir a la primera comunión del hermano pequeño de Mañas Morales. Sin embargo, el automóvil en el que viajaban sufrió una avería por lo que decidieron alquilar un Ford Fiesta en la localidad Puertollano, en la provincia de Ciudad Real. Su premura por conseguir un coche despertó las falsas sospechas de algún ciudadano que inmediatamente relacionó a los tres muchachos con un comando terrorista que supuestamente había actuado en Madrid, aunque ninguno de los tres tenía la más remota relación con la banda criminal ETA.

A raíz del falso chivatazo se montaría un dispositivo para capturar a los falsos terroristas. El sábado, 9 de mayo, los tres jóvenes se dirigieron a Roquetas de Mar, ya en Almería, con el propósito de visitar a un hermano de Juan Mañas, siendo aquí donde se iniciaría el calvario que les conduciría a la muerte. Sin ni siquiera ser previamente identificados, ni muchos menos leerles sus derechos, fueron detenidos a punta de pistola por orden del responsable de la Guardia Civil almeriense, Carlos Castillo Quero, un teniente coronel muy impulsivo y ávido por ganarse el favor personal de sus superiores, quien además intervendría directamente en el trágico episodio que costaría la vida a tres jóvenes que tan solo deseaban disfrutar del fin de semana con su familia.

Vehículo calcinado

Al día siguiente, en el punto kilométrico 8.550 en un terraplén del pequeño municipio almeriense de El Gergal aparecería un vehículo calcinado con los cuerpos de tres jóvenes en un estado prácticamente irreconocible en su interior. En un primer momento se difundió la noticia que se trataba de los terroristas de ETA que habían atentando aquella misma semana contra el general Valenzuela. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La familia de uno de los muchachos, que estaba intranquila por su desaparición, inmediatamente pensó que a su pariente podría haberle sucedido algo y llegó a sospechar, no sin fundamentos, que se trataba de los jóvenes cuyo vehículo había sido hallado pasto de las llamas.

Para tratar de tapar lo que era un clamoroso error de la Guardia Civil almeriense, desde esta instancia se emitió una versión oficial que, una vez efectuadas las oportunas comprobaciones, nada tenía que ver con lo que realmente había acontecido.Según la misma, los tres jóvenes se habrían revuelto contra el conductor del Ford Fiesta, el agente Manuel Fernández Torres, quien posteriormente resultaría condenado, viéndose obligados los dos agentes a salir del interior del vehículo. Posteriormente, se habría detenido la caravana que los acompañaba y se habría producido un tiroteo en el que participaría el mismo teniente coronel Castillo Quero. No obstante, el resultado de las autopsias contradiría a la versión emitida desde el Instituto Armado, pues según las mismas las tres víctimas habrían fallecido con anterioridad y habrían sido introducidos despedazados el el mismo vehículo que ellos habían utilizado para cruzar prácticamente gran parte del territorio español de una punta a otra.

Tres años más tarde, una carta anónima dirigida a la familia de Juan Mañas Morales, presumiblemente de un agente de la Guardia Civil que fue testigo del desgraciado episodio relataba de forma pormenorizada como se habrían producido los hechos. La misma, a la que tuvo acceso el diario EL MUNDO fue parcialmente reproducida en su suplemento «Crónica». En la misiva el agente en cuestión apuntaba a la existencia de torturas, ya que señalaba que en un primer momento los jóvenes fueron objeto de una gran paliza por parte de sus captores, llegando a perder uno de ellos el conocimiento, instante que supuestamente sería aprovechado por otros para dispararle varios tiros a consecuencia de los cuales fallecería Mañas Morales. El mismo Castillo Quero ordenaría que sus cuerpos fueran introducidos en el interior de su propio coche, el Ford Fiesta alquilado en Puertollano, el cual sería trasladado hasta el punto kilométrico en el que aparecieron los cuerpos. Allí, se habrían gastado dos cargadores con los que se habrían disparado hasta sesenta balas. La acción concluiría prendiendo fuego al vehículo con gasolina y abandonándolo en el lugar en el que aparecería aquel lejano domingo de primavera de 1981. Lógicamente, esta misiva, al ser anónima tal vez por miedo a posibles represalias, nunca fue tenida en cuenta por parte de las autoridades judiciales.

Ante el craso y fatal error comenzarían las investigaciones dirigidas a esclarecer el trágico episodio que marcó uno de los peores capítulos de la Transición española. El abogado de las víctimas solicitó que los hechos fueran investigados como tres asesinatos y no simples homicidios, pues entendía que había habido una deliberada actitud de provocar la muerte de los jóvenes cuyo único motivo de su celeridad en Puertollano obedecía a que deseaban asistir a una primera comunión.

51 años de cárcel

Algo más de un año después, con el Mundial de fútbol acaparando toda la actualidad informativa de la época, se celebraría el juicio contra los involucrados en el triple crimen de Estado que tuvo como escenario la provincia almeriense. Carlos Castillo Quero, obedeciendo a su rudo carácter, se mostraría inflexible no admitiendo prácticamente nunca que había cometido un grave error que había costado la vida a tres inocentes. Su abogado consiguió que el hecho no fuese calificado como asesinato sino como homicidio, con la atenuante de cumplimiento del deber. El teniente coronel de la Guardia Civil sería condenado a tres penas de ocho prisión por homicidio, que sumaban un total de 24 años de cárcel, de los que apenas llegaría a cumplir diez, ya que obtendría la libertad condicional en 1992. Tan solo dos años más tarde fallecería a consecuencia de un infarto de miocardio, sin haber reconocido el grave error que llevaría la desolación a tres familias de humildes y honrados trabajadores.

Por su parte, el teniente ayudante Manuel Gómez Torres sería sentenciado a 15 años de cárcel, en tanto que el conductor de la Guardia Civil Manuel Fernández Llanos recibiría una pena de 12 años de prisión. Ninguno de los dos llegaría a pasar más de seis años entre los muros de cárcel, obteniendo la libertad condicional a finales de los años ochenta por su buena conducta. La sentencia condenatoria llevaba aparejado, eso sí, la pérdida de empleo y destino el el Instituto Armado, aunque en el año 1999 saldría a la luz una noticia en la que se daba cuenta de que los tres encausados por el tristemente conocido como «Caso Almería» habrían recibido dinero de los fondos reservados, lo que no dejaba de ser una afrenta para las familias de los tres inocentes asesinados en mayo de 1981.

Debido a las circunstancias en las que se produjeron los acontecimientos, cada una de las familias de las víctimas recibirían cuatro millones de pesetas en concepto de indemnización, declarando al Estado como responsable civil subsidiario. Sin embargo, a lo largo de las últimas cuatro décadas, sus respectivas familias han sobrellevado el dolor en silencio sin que ninguna administración tuviese la decencia y el decoro de pedir perdón por un suceso que no tendría que haber ocurrido jamás, a pesar del excesivo celo en el cumplimiento de sus funciones del teniente coronel Castillo Quero, a quien atribuyen la avidez de pretender éxitos por la vía rápida, aún a costa de la vida de los demás. Solamente su ayudante, Gómez Torres tuvo el decoro de pronunciar unas palabras en las que decía que sentía muchísimo lo acontecido en aquella trágica primavera de la prometedora década de los ochenta. Y desde aquí pensamos que mucho más lo habrán sentido las familia que perdieron a sus seres queridos de una forma cruel, repugnante y si se quiere hasta absurda.

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Cuatro asesinatos provocados por «La Curandera asesina» de Mallorca

Representación de una curandera

La España de finales de 1939 y comienzos de la década de los cuarenta del pasado siglo era un país que había sido diezmado por la Guerra Civil en el que cada uno se las arreglaba como podía con tal de susbsistir. Lo importante era ir tirando. Algunos, como el caso que se verá a continuación, lo hacían a cualquier precio, sin importarles mucho las consecuencias que de su deplorable actitud pudiesen derivarse. En aquel sórdido ambiente de miseria e inmundicia desenvolvía sus supuestas artes adivinatorias Magdalena Castells Pons en Palma de Mallorca. A ella acudían mujeres en busca de algunas soluciones a sus problemas, pues esta señora también se decía que practicaba abortos clandestinos y a saber cuales eran esas prácticas. Lo que sí ha quedado constatado ese que fue una de las asesinas en serie del siglo XX español y se ha tenido constancia de al menos cuatro crímenes, aunque pudieron haber sido más.

En aquella deprimente sociedad en la que sangraba a borbotones la profunda herida de la recién concluida guerra que había enfrentado a España a lo largo de casi un millar de días, Magdalena consideró que era el momento idóneo para ampliar el negocio que le estaba deparando unos beneficios que le permitían sortear el crónico vendaval de necesidades que había dejado tras de sí el conflicto bélico. Para la continuidad de su actividad contó con la ayuda de Antonia Font, quien desde su sastrería hacía de intermediaria en la captación de nuevas clientas que buscaban algún «remedio» a sus problemas, casi todos ellos relacionados con desavenencias familiares.

Magdalena Castells conocía a la perfección las propiedades tóxicas de un producto, conocido como Ratil, compuesto a base de harina, radio y arsénico que, en aquel entonces, se podía adquirir en cualquier droguería o establecimiento similar de la época. Era este el mortal veneno que ella vendía para que sus clientas lograsen sus macabros y crueles objetivos, hasta dejar un total de cuatro víctimas mortales en el camino, en poco más de diez meses.

Despecho

Si alguna características unía a las mujeres que cometieron los cuatro crímenes era el despecho y el ansia de deshacerse cuanto antes de las respectivas personas que, de una u otra forma, estorbaban en su camino. En las Navidades de 1939, las primeras en paz tras cuatro años de conflicto armado, Juana María Veny sería la primera mujer en emplear el mortal brebaje vendido por la «curandera asesina». Lo haría para deshacerse de su marido y así reiniciar una nueva vida junto a su amante. El médico encargado de expedir el certificado de defunción acreditaría que el hombre había fallecido como consecuencia de un colapso.

La macabra fama de Magdalena Castells no tardaría en dar sus tétricos frutos y vendrían nuevas clientas en busca de ese ansiado brutal consuelo entre quienes buscaban sus horrendos auxilios. Ya, en el año 1940, recurriría a sus servicios Margarita Martorell, quien, al igual que la anterior también pretendía deshacerse de su cónyuge, Miguel Massot, para así poder dedicarse libremente al oficio de la prostitución. Esta le suministraría el preparado en el café y la comida, en tanto que el médico que lo atendió se encargaría de certificar que había fallecido como consecuencia de una hemorragia interna. La vida de la víctima le costó a su asesina 350 pesetas, un corte de traje y un reloj, una sustanciosa cantidad para una época en la que se malvivía con enormes dificultades.

Pero no fueron solo hombres las víctimas de los tóxicos preparados de Castells. Hubo un curioso caso en la que la víctima fue una anciana de 76 años, Juana Mesquida, quien fallecería después de que su nuera, María Nicolau, le facilitase un ungüento similar al que habían empleado las otras dos asesinas. El motivo del móvil en este caso obedecía a que su suegra pensaba contraer matrimonio con un joven de 25 años, quien aparentaba «poseer pocas luces», tratando de evitar así que se le escapase la suculenta herencia de la que disponía su madre política, quien pretendía desheredarla.

Otra mujer que quiso liberarse del hombre con quien se había casado fue Antonia Suau Garán, a quien su avaricia le llevó a contraer matrimonio con un tío suyo, Pedro Garau, un hombre que había regresado recientemente por aquel entonces de la emigración americana. Su sobrina creyó que «había hecho las Américas» y que era una persona pudiente, aunque comprobaría que solamente se trataba de un tipo normal, que ni era millonario ni nada que se le pareciese, por lo que pretendió poner tierra de por medio envenándolo mientras comía. Es a partir de este caso cuando se inician las investigaciones en torno a las misteriosas muertes que estaban sucediendo en la capital mallorquina y enseguida se percatan los investigadores de que las pistas les conducen a una mujer que se estaba haciendo de oro con las desgracias de terceros y esa no era otro que la tristemente célebre, Magdalena Castells Pons.

Pena de muerte

En el año 1941 se celebraría el juicio contra la «curandera asesina de Mallorca» en medio de una gran expectación, aunque la prensa de la época apenas podría facilitar información alguna como consecuencia de la férrea censuraba que imperaba en el momento, tratándose además de un asunto que levantaba el morbo y cuestionaba la actuación de las autoridades en materia de salud pública.

Magdalena Castells sería condenada, en primera instancia, a la pena de muerte, en tanto que las restantes mujeres que habían intervenido en su macabra cadena de muertes, serian sentenciadas a 30 años de prisión. Por su parte, Antonio Font debería cumplir 14 años de cárcel, en calidad de colaboradora con la mujer que se dedicaba a suministrar los efectivos y mortales tóxicos.

El recurso al Tribunal Supremo daría sus frutos y este evitaría que la «curandera asesina» terminase sus días en el cadalso ante el temible garrote vil. La mujer sería finalmente indultada, siendo sustituida la pena capital por la de 30 años de cárcel por cada uno de los asesinatos. A partir de ese instante se le pierde definitivamente la pista a una mujer que llevó a la capital de las Baleares, en un tiempo que escocían profundamente las heridas de la Guerra Civil y que era todavía asunto de constante tratamiento informativo en las primeras planas de los periódicos y revistas de la época.

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Un interno asesina a una pareja de ancianos en un centro geriátrico de Manresa

Ancianos desarrollando actividades en un centro geriátrico

En cualquier lugar y en las circunstancias menos esperadas puede producirse un suceso sangriento. La madrugada del 15 de noviembre de 2005 fue la fecha en la que se produjo uno de esos sucesos a los que es difícil encontrarle una explicación, si es que un hecho de semejantes características puede tenerla. El escenario no es desde luego nada habitual, pues se supone que es un centro destinado a la convivencia entre personas de una cierta edad, alguna de la cuales tiene ya, por razón de sus muchos años, sus facultades cognitivas e intelectivas bastante mermadas. Sería precisamente en una unidad destinada al cuidado de este tipo de personas donde un conflictivo interno de 69 años le daría muerte a una pareja de personas mayores, Miguel G.S., de 79 años y su esposa, Carmen S.G., de 81, naturales ambos de la localidad sevillana de Écija.

Al parecer, el supuesto homicida había protagonizado altercados con otros internos del centro en distintas ocasiones y era frecuente que iniciase discusiones triviales con sus compañeros. Fue precisamente un enfrentamiento verbal con la pareja en la que terminaría por convertirse en su víctima la causa de un suceso que conmovería a la residencia Sant Andreu de Manresa, así como a todo su personal, tanto por lo inesperado del hecho como por la irracional actitud que emprendió aquel hombre que supuestamente tenía visiblemente alteradas sus facultades mentales, tal y como se acreditaría en el transcurso de la vista que se siguió en su contra en el año 2009.

Estrangulados

Una enfermera de las dos que estaban de guardia de madrugada sería quien descubrió el doble crimen cuando se dirigió a la habitación que ocupaba la pareja asesinada a las seis de la mañana del día de autos. El hombre se encontraba tendido sobre la cama con una cinta abdominal, la cual fue empleada para darle muerte. En tanto que su esposa, que ya padecía una enfermedad neurodegenerativa había sido estrangulada con la almohada de su cama, siendo evidentes los signos de violencia que presentaban ambos cadáveres.

En el mismo momento en que la asistente se había dirigido a la habitación de los dos ancianos, pudo observar al homicida salir de la habitación en que se había perpetrado el doble crimen. En ese momento se dirigió a la enfermera preguntándole con cierto cinismo que le ocurría a aquellos dos, apostillando que le parecía que estaban muertos. La mujer no salía de su estupefacción y puso en conocimiento del director del centro el suceso, quien, a su vez, lo denunció ante los Mossos d´Esquadra, quienes detendrían prácticamente de inmediato al conflictivo interno, que había llegado a aquel centro procedente de otro emplazado en Cerdanyola hacía poco más de un año.

En la planta en la que se produjo el doble crimen, la de psicogeriatría, había ingresadas un total de 28 personas cuando tuvo lugar este sangriento suceso. Según los responsables del centro algunas de ellas sufrían patología de carácter neurodegenerativo en estado muy avanzado, siendo habitual que algunos de ellos presentasen conductas agresivas, aunque sin llegar a tamañas consecuencias.

40 años de internamiento

Algo más de tres años y medio después de acontecido el doble crimen, se celebraría la vista contra el interno que había dado muerte a la pareja de ancianos sevillanos. Ni siquiera se llegó a celebrar juicio, puesto que tanto la acusación, representada por los hijos de los fallecidos, como la defensa pactaron una pena que consistía en el internamiento durante 40 años en un psiquiátrico al anciano que había dado muerte a la pareja que en ese momento se hallaba ingresada en la unidad de psicogeríatría. Se consideraba que el procesado sufría graves alteraciones psíquicas derivadas de la enfermedad mental que sufría desde hacía algún tiempo, además de haber admitido los hechos por los que se encontraba encausado.

Los hijos del matrimonio asesinado serían indemnizados de forma civil subsidiaria con 150.000 euros por parte de la residencia Sant Andreu, así como por parte de la asegurado a quien había contratado las pólizas del seguro. Se entendía que eran responsables en parte de lo ocurrido, debido a que el condenado, natural de la localidad albaceteña de Yuste era un individuo conflictivo que ya había protagonizado enfrentamientos con otras personas ingresadas en la residencia en otras ocasiones.

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