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Un paciente asesina a un médico y a dos enfermeras en la clínica «Los Nardos» de Madrid – Historia de la Crónica Negra

Un paciente asesina a un médico y a dos enfermeras en la clínica «Los Nardos» de Madrid

Publicación de la época dando cuenta del suceso

Sucedió en el primer de semestre de 1977, cuando en España renacía la ilusión de la democracia. Eran ya los últimos días del invierno, concretamente el 14 de marzo de aquel mismo año, cuando el país se convulsionó por un trágico episodio que puso los pelos de punta a muchos españoles, después de estar conviviendo con el terrorismo etarra, al tiempo que todavía estaba muy reciente la matanza de cinco personas en un despacho de abogados laboralistas en la madrileña calle de Atocha. El dantesco triple crimen, cuyo autor fue un individuo de quien se decía que no había quedado muy satisfecho con los resultados de la operación que le había practicado el doctor José Luis Vázquez Añón, descorazonaría de nuevo a muchos madrileños que seguían sobrecogidos por los actos violentos que practicaban distintos grupos políticos de diferentes ideologías con un marcado sesgo radical.

Mariano Jiménez García era un agricultor de 46 años de edad que había sufrido durante su infancia y juventud la burla de sus vecinos, al igual que otros miembros de su familia, por las desproporcionadas dimensiones de su nariz, siendo apodados «Los narizones» en la localidad toledana de Fuensalida, de la que era originario. A pesar de ser ya un cuarentón, además adinerado, seguía soltero, por lo que en 1975 se sometió a una cirugía plástica con la finalidad de mejorar estéticamente el frontal de su rostro. Sin embargo, algo parecía decirle, cada vez que se miraba en el espejo, que su semblante no había mejorado todo lo que él hubiese deseado y de que nada había cambiado antes de que el médico gallego le practicase una intervención quirúrgica. Con toda seguridad, los resultados no eran responsabilidad del galeno sino de sus propias dificultades para aceptarse tal y como era, lo cual no debería de suponer ninguna vergüenza ni mucho menos ningún complejo.

En la tarde de aquel 14 de marzo de 1977 Mariano Jiménez, armado hasta los dientes, se presentó en la madrileña clínica de «Los Nardos», cuyo solar ocupa en la actualidad en Consejo de Seguridad Nuclear en las inmediaciones de la Ciudad Universitaria. Al llegar al centro sanitario cumplimentó la ficha de acceso y comprobaron que, en efecto, había sido operado hacía poco más de año y medio por el doctor al que terminaría dando muerte. Antes de entrar a su consulta, le comunicaron que debería esperar un breve espacio de tiempo, ya que el cirujano se encontraba atendiendo a unos medios informativos a quienes declaró su intención de abandonar aquel trabajo entre cuyos clientes se encontraban algunas de las personalidades más famosas de entonces. Esa respuesta dejó muchas incógnitas en el alero, pues podría indicar que había sido amenazado, extremo este que jamás ha sido confirmado en las más de cuatro décadas que han pasado desde el escabroso suceso.

Dos cargadores

En torno a las seis y diez minutos de la tarde llegó el turno de Mariano Jiménez, quien, armado con una pistola, disparó sin pensárselo dos veces contra el médico que lo había intervenido quirúrgicamente, el doctor José Luis Vázquez Añón, quien contaba entonces con 45 años, estaba casado y era padre de familia. Las balas, cuyos casquillos se correspondían con los de una pistola nueve milímetros Parabellum, terminaron prácticamente en el acto con la vida del galeno, que quedó tendido sobre un gran charco de sangre en el mismo lugar en el que pasaba consulta. Desde el resto del edificio se escuchó un afligido grito de «Que nos matan», proferido por una de las enfermeras que ayudaban al médico en su quehacer diario. En la misma acción resultarían heridas de gravedad las dos sanitarias que diariamente trataban con el especialista en Maxilofacial, Pilar Cantos, de 34 años de edad y Pilar Simón, de 44. Esta última, ante la imprevista situación que se estaba viviendo, trató de refugiarse en los lavabos, pero el asesino continuó disparando contra ella por la puerta, llegando a vaciar dos cargadores, según los datos recogidos por la Policía. Al parecer efectuó un total de 24 disparos contra sus víctimas.

Gravemente herida, Pilar Cantos fallecería horas después, cuando estaba siendo operada en el mismo centro sanitario, mientras que su compañera, que había recibido cuatro balazos fallecería dos semanas después, el 27 de marzo de 1977, como consecuencia de las heridas sufridas en un macabro ritual practicado por un hombre que no solo había perdido el norte sino tal vez hasta su propia cabeza. En el escaso periodo de tiempo que la enfermera permaneció con vida se sobresaltaba con cualquier persona que entrase a su habitación, llegando a pensarse que tal vez se recuperase, objetivo este que, por desgracia, no llegó a cumplirse.

Una vez perpetrada la horrible matanza, Mariano Jiménez abandonaría el lugar, no sin antes amenazar con su arma a médicos y enfermeros que le observaban con pánico ante su posible reacción. Para la huido emplearía el mismo vehículo en el que se había trasladado desde su Fuensalida natal hasta Madrid, un SEAT-1430, de color rojo. Avisadas las distintas fuerzas de Seguridad de lo ocurrido en la conocida clínica madrileña, comenzaron las labores de rastreo para detener a un peligroso individuo a quien muchos en su día se atrevieron a calificar de «loco».

Accidente de tráfico.

Precipitado y a gran velocidad, el asesino se dirigió hacia la carretera Nacional sexta N-VI Madrid-A Coruña, en la que a la altura del kilómetro 11,800 sufriría un gravísimo accidente de tráfico, al estampar el vehículo que conducía contra una valla metálica. En ese momento fue cuando los equipos de socorro y la propia Guardia Civil descubrieron que Mariano Jiménez portaba otro arma, en este caso un cuchillo de monte de grandes dimensiones, el cual había adosado a su muslo derecho, valiéndose para ello de un esparadrapo.

En estado muy grave, el criminal fue trasladado hasta la madrileña Clínica de la Concepción en la que sería intervenido de urgencia, aunque fallecería apenas unas horas después como consecuencia de los múltiples traumatismos que había sufrido en el siniestro. Concluía así la existencia de un energúmeno que nunca fue capaz de superar los complejos que le atormentaban desde su más tierna infancia a raíz de una prominente nariz que le amargaba de manera contumaz su vida. Lo peor de todo es que a raíz de ello, arruinaría la vida de tres honradas personas que se limitaban a cumplir de una manera escrupulosa con su trabajo como todo hijo de vecino.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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