Asesina a su esposa y a su suegra en Cervo (Lugo)

El autor confeso del doble crimen de Cervo durante la reconstrucción de los hechos

A todos nos sorprenden los hechos luctuosos cuando se producen. Pero hay en circunstancias que todavía sorprenden mucho más. En apariencia José Ángel Cuadrado Fernández, un empresario de la construcción de 52 años con muchas deudas y muy agobiado económicamente, mantenía una cordial y extraordinaria relación con quien era su esposa, María José Suárez López, una profesora de 44 años de edad, a quienes sus amigos y conocidos la definían como una persona entrañable, llegando al extremo de considerarla adorable. Se les veía como una pareja unida, que iban juntos a todos los sitios y nada hacía sospechar que en su interior se estuviese cociendo una gran tragedia que terminaría de una forma dramática y sangrienta provocando la lógica consternación en la pequeña localidad lucense de Cervo, un municipio costero conocido por su famosa cerámica, Sargadelos, que le ha proporcionado una proyección casi universal.

Nunca se sabe que pasó por la cabeza de José Ángel Cuadrado en aquella fría mañana de un lunes del mes de invierno, concretamente el día 13 de enero de 2014 para dar muerte a su cónyuge y a su suegra María Adela López Ramos, de 77 años, en un doble crimen que sorprendería tanto a propios como a extraños. Todo indica que el doble asesino llevaba tiempo maquinando perpetrar tamaña barbaridad con el fin de huir de su propia realidad en la que le asfixiaban los graves problemas económicos que arrastraba la empresa de construcción que dirigía, que había estaba muy tocada a consecuencia del pinchazo de la burbuja inmobiliaria y que recordaba extraordinarios tiempos del auge del boom del sector al que pertenecía.

Lo cierto es que aquella mañana, al igual que si de una película terror se tratase en la que eligen la fecha por su significación supersticiosa, el constructor decidió cortar por lo sano de una forma cruel y macabra, sin importarle las consecuencias. Su sencillo plan consistía en dar muerte tanto a su mujer como a su suegra con una estaca de 130 centímetros de largo y, posteriormente, quitarse la vida, aunque declararía a la Guardia Civil que «le había faltado valor suficiente». A las ocho de la mañana ya se había levantado, aunque todavía se encontraba en pijama, y en el piso que compartía con su esposa había escondido el palo con el que le daría muerte.

En primer lugar se dirigió a la vivienda en la que residía su suegra, que era contigua a la que ocupaba él con su mujer y formaban parte de la estructura del mismo edificio ubicado en la parroquia de Río Cobo de San Cibrao. Una vez dentro de la casa de María Adela López le sacudió a esta varios golpes en la cabeza, cuyas irreversibles lesiones terminarían por provocarle la muerte prácticamente en el acto. Sin más historia. La autopsia se encargaría de demostrar que tanto la madre como la hija tenían literalmente destrozadas sus cabezas.

Posteriormente, con cierto sigilo y con el fin de evitar cualquier sospecha de su mujer, volvió a su domicilio. María José Suárez se estaba arreglando para dirigirse a su trabajo, como era habitual en ella. Cuando la sorprendió su marido se encontraba saliendo del baño. Sin darle ninguna opción, José Ángel Cuadrado repitió prácticamente la misma operación que había hecho con la madre de su esposa. La estaca que había escondido en la cocina le sirvió para darle muerte, machacándole también la cabeza. En este caso, se cercioró de la muerte rematándola con un cuchillo, a fin de «evitarle un sufrimiento mayor», según testificaría ante los agentes de la Guardia Civil.

Huida

Es a partir de entonces cuando emprende una desaforada huida sin destino. Tal vez sintiéndose perdido, reconvertido ya en un hombre a quien no le importa nada y lo ha perdido todo. Se dirige a distintas localidades próximas e incluso retorna a su propia casa para cerciorarse de que su esposa se encuentra realmente muerta. Es un hombre que quizás haya perdido el norte y también el alma. En la zona ningún vecino es conocedor del doble crimen y el inmueble que habita está reconvertido en un improvisado panteón. Se dirige hasta Lourenzá, donde en un garaje de su propiedad se produce su primer supuesto intento de suicidio al intentar colgarse de la puerta de un garaje.

Pasa la primera noche en un conocido hotel de la localidad de Burela, municipio costero de Lugo, que es colindante con el de Cervo. Aquí, presuntamente tendría su segundo intento de suicidio, pues al parecer habría intentado lanzarse al vacío desde la habitación que ocupaba, emplazada en el tercer piso del establecimiento hostelero. Sin embargo, el pánico se habría apoderado de nuevo de él y no se atrevió a dar tan terrible paso.

Habiendo transcurrido ya más de 24 horas del doble crimen y en vista que no existían noticias del mismo se dirigió en esta ocasión hasta la zona limítrofe entre Galicia y Asturias, en la que se emplazan varios concejos de la ribera del Eo, entre ellos Castropol y Ribadeo. En torno a la una y cuarto de la tarde solicitó de información el número de teléfono de la Guardia Civil de Burela, confesándoles a través de la llamada la autoría de los dos asesinatos. Siempre, y según sus declaraciones, se habría dirigido hasta este lugar para quitarse la vida. En esta ocasión su intención era arrojarse a la ría desde el Puente de Santos, en su parte asturiana situada en Castropol. Una vez más el miedo se habría interpuesto en su camino y no reuniría el valor y arrojo suficiente para lanzarse al vacío.

Detención

Cuando la noticia ya había corrido como la pólvora y sabedor de que ya se había iniciado su búsqueda, agentes de la Guardia Civil lo detuvieron en torno a las seis y media de la tarde en Castropol. Sin oponer ningún tipo de resistencia confesaría ser el autor de la muerte de su esposa y su suegra. Les manifestó también sus supuestos intentos de quitarse la vida. Aunque, al parecer se encontraba en estado de shock sorprendería la frialdad con la que relató lo ocurrido. Nadie daba crédito a que un hombre de sus características pudiese perpetrar un par de asesinatos tan macabros. Un psiquiatra manifestaría que algunas personas de apariencia ejemplar lo son a base de mucha contención, que finalmente termina generando un gran estrés.

Como ya queda dicho, el móvil del doble crimen se encontraba en su difícil situación financiera. Hasta entonces, José Ángel Cuadrado era propietario de una empresa de construcción «Villarino Obras S.L.», que atravesaba una situación económica muy complicada, pues adeudaba 140.000 euros a la Seguridad Social. A todo ello se añadía la circunstancia de que en breve se ejecutaría la sentencia de embargo de todas sus propiedades y bienes, entre ellos el salario que cada mes cobraba su propia esposa en su tarea docente.

Al ser detenido, no dudó en manifestar que «quería mucho a su esposa y suegra», pero que no soportaba verlas sufrir. Llegó a comparar el afecto hacia la madre de su mujer con el que otrora había tenido hacia su propia progenitora. Declararía también que María José Suárez estaba casi siempre llorando a causa de sus problemas económicos y se encontraba muy hundido tanto física como anímicamente. Se supo a posteriori que su cónyuge tenía suscrito un seguro de vida, aunque las fuentes consultadas indicaban que él no podría ser el beneficiario por haber provocado el riesgo que le ocasionó la muere.

34 años de cárcel

Al reconocer los hechos, el autor del doble crimen de Río Cobo de San Cibrao decidió llegar a un acuerdo con la fiscalía, no se sabe si con la pretensión de obtener ciertos beneficios en su condena. En el pacto que suscribieron ambas partes se llegó a la conformidad que José Ángel Cuadrado Fernández aceptaba una pena de 34 años de prisión, 17 por cada uno de los dos asesinatos. La responsabilidad civil a la que debía de hacer frente ascendía a 250.000 euros, con los que debía indemnizar al hermano de María José Suárez, el único heredero en este caso.También se le imponía una dura condena de destierro, no pudiendo dirigirse al lugar del doble crimen en los 54 años siguientes.

Con ello, se daba por un concluido un trágico episodio de la crónica negra de la Costa de Lugo, ese hermoso y precioso paraje que casi siempre es noticia por acontecimientos mucho más entrañables, tales como sus extraordinarias playas y sus no menos extraordinarios parajes que cautivan casi siempre a sus visitantes, a pesar de que a comienzos de 2014 se produjo un siniestro acontecimiento que quizás impregne la memoria de varias generaciones y que no podrá ser olvidado jamás. Ojalá que su recuerdo sirva de lección para que no vuelva a repetirse.

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Un antiguo mayordomo asesina a sus señores en Barcelona («El asesino de Pedralbes»)

Noticia de la detención de José Luis Cerveto en el diario LA VANGUARDIA de Barcelona

José Luis Cerveto era un hombre que había sufrido una difícil infancia, quedándose muy pronto huérfano de padre. Con tan solo tres años. Pasó aquellos primeros años de su vida en un complicado reformatorio en plena Posguerra, donde gran parte de los internos podían ser candidatos a convertirse en carne de cañón. Cerveto cumpliría el servicio militar en el cuerpo de paracaidista, realizando hasta un total de 74 saltos, según su propia confesión. No sé sabe si su paso por el ejército dejó una negativa huella en un individuo que terminaría por convertirse en un depravado sexual, siendo detenido en diversas ocasiones por abusos a menores.

Instalado en Barcelona tuvo diversos oficios, entre ellos el de camionero. No obstante, no estaba hecho para la carretera. Sus nervios y la concentración que debía mantener al volante le obligaron a consumir distintas sustancias, entre ellas simpatina (centramina) para poder gozar de una mejor atención, por lo que decidió dejar el oficio. Con el paso de los años parecía que la suerte por fin le había sonreído. Fue contratado por un matrimonio de la alta sociedad catalana para que trabajase como chófer a su servicio, la familia Roig-Recolóns, con quienes todo iba viento en popa en un principio. Hasta lo nombraron su mayordomo particular. Pero como casi siempre le había sucedido en su azarosa vida, las cosas comenzaron a torcerse cuando su amo Juan Roig se percató de que había contratado a un pervertido sexual, pues ya para entonces era conocida su afición por los más pequeños, circunstancia esta que terminaría motivando su despido.

Probablemente corroído por el rencor y el resentimiento, José Luis Cerveto idearía una venganza, que no haría más que acrecentar la negra leyenda que otrora se había tejido sobre los mayordomos como personas implicadas en los más horribles crímenes. Además, el conocía mejor que nadie la casa en la que había trabajado. Tanto es así que ni siquiera el perro que poseían los dueños le ladrarían la noche de autos, lo que jugaría decisivamente a su favor.

Un cuchillo de grandes dimensiones

Para dar un mayor realismo a su acción, Cerveto, que contaba con solo 34 años cuando perpetró el crimen, compró un cuchillo muy afilado de grandes dimensiones para dar muerte a quienes habían sido sus señores hasta hacía muy poco tiempo. Eligió para la ocasión un traje negro y se puso unos zapatos de inferior horma a la que él utilizaba, muy posiblemente con el ánimo de despistar a la Policía. Entró en la vivienda sin mayores problemas. En un principio intentó provocar una explosión de gas butano, abriendo la espita del gas, pero, al parecer, recordó que esa noche se encontraba durmiendo allí la hija de la cocinera, con lo que decidió pasar a la acción.

Era la madrugada del día 4 de mayo de 1974 cuando aquel hombre, de aspecto siniestro y sigiloso, se dirigió hacia la alcoba en la que estaban durmiendo los dueños de la mansión al igual que el resto de la Ciudad Condal. Con paso firme y decidido se dirigió a perpetrar uno de los crímenes que más huella han dejado entre los catalanes a lo largo del siglo XX. Sin que les diera tiempo a defenderse y sin enterarse de absolutamente nada cuanto sucedía a su alrededor, Cerveto empuño su arma y cosió literalmente a cuchilladas al matrimonio formado por Juan Roig, de 50 años y María Rosa Recolóns, de 43. Posteriormente, conocedor de todos los entresijos de aquel domicilio, se dirigió hacia la caja fuerte.

No tardó mucho en hacerse con un sustancioso botín para la época, pues ascendía nada más y nada menos que a quince millones de pesetas. Con tan solo dos millones se podía adquirir cualquier vehículo de alta gama. Además de dinero, el asesino se había apoderado también de joyas. Por fin creía que le había salido algo bien en esta vida, esa que le había quemado tanto a lo largo de su existencia. Posteriormente, se traslado a la Estación de Francia, donde guardó en la consigna automática el botín que había robado aquella misma madrugada. Más tarde tomó su propio coche con dirección a Tarragona. El ticket que le expidieron resultaría clave a la hora de aclarar el doble crimen que consternaría profundamente a Barcelona.

Entrega y dos penas de muerte

Aunque el doble crimen parecía que había sido de película, al asesino le jugó una muy mala pasada su conciencia. Presa de los remordimientos que socavaban su conciencia se entregaría tan solo 30 horas después de haber dado muerte al insigne matrimonio barcelonés en la comisaría de Via Layetana. Allí desmenuzaría paso a paso sus andanzas la madrugada en que Barcelona se tiñó de sangre por los resentimientos de un hombre que jamás había encontrado un solo ápice de paz interior. Mientras tanto, en la Ciudad Condal nadie salía de su incredulidad, al tiempo que daba paso a una extraordinaria conmoción.

José Luis Cerveto sería juzgado en medio de una gran expectación en octubre de 1977. Fue sentenciado a dos penas de muerte, aunque la pena capital se hallaba ya en trance de extinción en España. Le fue aplicado el indulto concedido por el Rey Juan Carlos a todos los penados el 25 de noviembre de 1975 con motivo de su ascenso al trono. En su lugar, sería condenado a dos penas de reclusión mayor que sumaban un total de 60 años de cárcel, de los cuales solamente cumpliría trece debido a las redenciones carcelarias que estaban en vigor. Su paso por las penitenciarías españolas estarían llenos de incidentes. Así en cierta ocasión se bebió un litro de lejía, por lo que estuvo punto de perder el estómago y si nos apuran también su vida. Sin embargo, en esta ocasión la suerte se alió con él.

En la cárcel obtuvo el título de graduado escolar e incluso sería protagonista de una película «El asesino de Pedralbes», un documental que aborda de forma pormenorizada el crimen que había perpetrado Cerveto en 1974, bajo la dirección de Gonzalo Herralde. Destaca en el film la religiosidad del criminal, pues al entregarse a la Policía había solicitado la asistencia de un sacerdote para confesar su crimen y expresar su arrepentimiento. El documental sería ampliamente galardonado gracias al buen hacer de su director.

Al cumplir la condena, tan solo trece años, trató de rehacer su vida montando un puesto de artesanía en el desaparecido mercadillo de la madrileña plaza de Santa Ana. Pero, una vez más, volvió a las andadas. En esta ocasión su instinto de pederasta le llevó a abusar de nuevo de dos niñas. Juzgado una vez más, manifestó que había sufrido una «pulsión incontenible», llegando a solicitar que le quitasen la vida, de lo contrario había mostrado su pleno convencimiento de que volvería a matar. No obstante, esta última amenaza, que se sepa, por ahora no la ha cumplido, cuando ya es un octogenario que en su día dejó la peor huella posible en la Ciudad Condal.

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El asesinato de un niño en Gádor (Almería) que dio lugar a la leyenda de «El hombre del saco»

Los acusados de asesinar a un niño en Gádor (Almería) ABC

No cabe ninguna duda que aquella España era muy diferente a la actual. Un país mayoritariamente rural y pobre, además de sumamente atrasado todavía anclado a ancestrales leyendas y tópicos que tuvieron no poca culpa de algunos trágicos sucesos que se sucedieron a lo largo y ancho de toda la geografía española. Las enfermedades infecciosas de todo tipo estaban a la orden del día, siendo la tuberculosis la que más estragos hacía, ya que cada año se cobraba una media de 40.000 vidas. No existía antídoto para ella. Su diagnóstico era casi una segura sentencia de muerte que, en cuestión de muy poco tiempo, terminaría con la vida del infectado. A causa de esta dolencia surgieron algunos falsos sanadores y curanderos que recurrían a métodos de nula eficacia en un tiempo en el que los viejos remedios tradicionales gozaban de una total aceptación en prácticamente todos los estratos sociales, dado el escasísimo desarrollo de la medicina científica, que además era rechazada al ser un concepto innovador que chocaba contra las prácticas ancestrales.

Una de esas situaciones en la que la desesperación asolaba a una familia de la localidad almeriense de Gádor en junio del año 1910 cuando el cabeza de una numerosa prole Francisco Ortego, «El Moruno«, de 55 años, se sentía aquejado de una tos persistente en la que esputaba sangre. No cabía duda alguna que estaba ya aquejado de tuberculosis. Buscó el remedio en una curandera, Agustina Rodríguez, quien le aconsejó como remedio que bebiese la sangre caliente de un niño. Aquí entraría en juego una tercera persona para conseguir a la víctima, Francisco Leona, un septuagenario que se dedicaba a distintos oficios y que había visto dominada gran parte de su existencia por innumerables delitos que ya le habían acarreado distintas penas de cárcel.

Secuestro de un niño

El sujeto en cuestión, Leona, en colaboración con el hijo de la curandera, Julio Hernández, un hombre de pocas entendederas a quien apodaban «El Tonto», se comprometieron a secuestrar un pequeño de siete años, recayendo la fatal lotería en el niño Bernardo González Parra, «Bernardito», quien fue introducido en un saco por su principal captor, el septuagenario de dudosa reputación. A raíz de este hecho nacería la leyenda de «El hombre del saco», ya que el crío fue introducido en un saco.

Una vez secuestrado el pequeño se procedería en casa del enfermo al macabro ritual. El mismo consistía en un corte que le efectuaron al pequeño en una axila de la que brotaba sangre, que era bebida, mezclada con azúcar, por Francisco Ortego, mientras el pequeño gritaba por el dolor que le había producido la herida, en tanto era sujetado por otras personas, algunas de las cuáles terminarían manifestando su pudor por lo acontecido en aquella humilde vivienda.

Finalizada la primera parte del ritual, Leona se encargaría de hacer el resto. Debía de dar muerte al niño, además de extraerle algunas vísceras y grasa para hacer un ungüento que se aplicaría como compresa sobre el pecho de «El Moruno». El cuerpo del pequeño sería abandonado en un árido paraje conocido como Las Pocicas. Previamente, su captor le había dado muerte aplastándole el cráneo con una roca no reparando, sin embargo, de que el cadáver del pequeño había quedado semienterrado, circunstancia que terminaría descubriendo Julio «El Tonto» cuando perseguía a unos pollos de perdiz.

Tres mil reales

Aquel hombre carente de cualquier escrúpulo, Francisco Leona, cobraría la nada despreciable cantidad de 3.000 reales de la época. No obstante, a pesar de ser un buen emolumento a repartir con «El Tonto» le pudo la avaricia e intentó estafar a este último, dejándole sin un céntimo de recompensa. El hijo de la curandera lo chantajeó amenazando con contarle lo sucedido a la Guardia Civil y sin cortarse ni un pelo terminaría dando cuenta a la Benemérita de lo ocurrido, que encontraría los restos del pequeño dónde les había indicado Julio Hernández.

Cuando se descubren los hechos, debido a su historial y a su existencia marcada por el delito, en Gádor saltan todas las alarmas y se incrimina a Leona, que es detenido junto al resto de los participantes en el macabro ritual en los meses posteriores a la comisión del crimen. Como era habitual en él, se muestra altanero y desafiante con los agentes, aunque su actitud de poco le va a servir. De inmediato son detenidos los restantes miembros de la tétrica cuadrilla que ha llevado a cabo uno de los crímenes de los que más se ha hablado en la historia de España y que serviría para asustar a los pequeños con la amenaza de que «se los iba a llevar el hombre del saco» cuando hacían alguna travesura o no se querían ir a dormir.

En noviembre de 1911 se celebra el juicio contra todos los participantes en el asesinato del pequeño Bernardito. La justicia se muestra implacable y sentencia a muerte cuatro personas. Son Francisco Leona, Francisco Ortego, Agustina Rodríguez, la curandera, y Julio Hernández «El Tonto». Uno de los hijos de Agustina, José Hernández será condenado a 17 años de prisión. La durísima sentencia es recurrida ante el Tribunal Supremo, que solamente se muestra compasivo con «El Tonto», quien se libra de morir en el garrote vil debido a que era un muchacho que presentaba serias deficiencias psíquicas, a lo que se sumaba el hecho de que había sido quien había denunciado el crimen.

También conseguirá eludir el garrote vil el terrible Leona, quien fallece en la cárcel en extrañas circunstancias antes de que se cumpla la sentencia, programada para junio del año 1913. Finalmente, solamente serán dos quienes comparezcan ante el patíbulo, que serán el hombre que se encontraba enfermo, Francisco Ortego y Agustina Rodríguez. Con su ejecución se ponía fin a un largo y dilatado proceso que dio pie a una tétrica y dramática leyenda a la que algunos padres, quizás los más tradicionales, todavía siguen recurriendo en nuestros días, pero que desgraciadamente tiene un macabro origen.

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El doble crimen de Almonte: una larga década de incertidumbre en la impunidad

Concentración vecinal exigiendo justicia por el doble crimen de Almonte

Ha transcurrido ya una década desde que una persona diese muerte a un padre y su hija en la localidad onubense de Almonte. La pequeña María Domínguez Olmedo, de tan solo ocho años de edad, apareció literalmente cosida a puñaladas, hasta 104 contabilizaron los forenses, al anochecer del día 27 de abril de 2013, al igual que su padre Miguel Angel Domínguez, de 39 años, quien recibió 47 cuchilladas mortales en la misma jornada y a la misma hora. Diez años después, el asesino de ambos está suelto y a la investigación le queda ya muy pocos cabos de los que tirar para que pueda resolverse un caso que se ha convertido en una de las mayores incógnitas del panorama criminal español de los últimos tiempos.

La espeluznante historia de este suceso comenzó cuando Miguel Ángel Domínguez había quedado con su hija en casa el día de autos, por quien sentía auténtica devoción, tras el acuerdo alcanzado con quien había sido su esposa Marianela Olmedo, de quien se había separado muy recientemente por aquel entonces. Había escasamente un mes que había cesado la convivencia entre ambos. A la hora de producirse el doble crimen, el padre de la pequeña salía de la ducha, al tiempo que estaba viendo un partido de fútbol y le había prometido a esta que en cuanto terminase la llevaría a cenar a una pizzería, promesa esta que se vería dramáticamente incumplida por el inesperado devenir de los acontecimientos.

En torno a las diez menos cuarto de la noche del 27 de abril de 2013 un hombre se adentró en la vivienda que en ese momento ocupaban padre e hija. En principio algunos vecinos escucharon una discusión y una expresión «ya me tienes harto», que habría pronunciado Miguel Ángel Domínguez, lo que llevó a los investigadores a la conclusión de que el autor del horrible doble crimen era un conocido de la familia, a lo que se suma el hecho de que se hubiese empleado con una saña extrema con sus víctimas Ambos, agresor y víctima tenían un claro acento almonteño. La niña presenció el asesinato de su padre y fue entonces cuando se dirigió a la cocina en busca de un cuchillo con el que defenderlos. Sin embargo, el asesino, carente de cualquier escrúpulo, se ensañaría posteriormente con la pequeña, a quien dejaría tapada con una manta. Los cadáveres no serían descubiertos hasta dos días después.

La hipótesis del robo quedó completamente descartada, ya que se encontraron 290 euros en una pequeña hucha. Todo indica que el autor de los dos asesinatos actuó movido por un odio flagrante contra sus víctimas y que sus motivaciones estaban claramente definidas. Así lo daba a entender el último informe de la UCO, quien apuntaba a que el autor del crimen era un conocido, al que calificaba de «resentido» con las dos víctimas mortales que había dejado en su camino.

Detención

Tras practicar las primeras pesquisas, la Policía detuvo Francisco Javier Medina, amante de Marianela Olmedo, quien al igual que esta última y su ex marido eran empleados del supermercado que Mercadona posee en la localidad onubense. Había unas pruebas que parecían ser concluyentes en su contra, que era el ADN de quien se convertiría en el principal sospechoso desde el primer instante. Estas se encontraban en una manta. Sin embargo, esta prueba no sería lo suficientemente consistente para el jurado que se encargó de emitir el veredicto final. Terminarían de dar por buenas las explicaciones ofrecidas por el letrado de la Defensa, quien adujo que esos restos biológicos pudieron ser llevados por la madre de la niña hasta la vivienda en fechas recientes, ya que supuestamente habría mantenido relaciones sexuales con el único encausado.

Durante el tiempo que estuvo recluido, Medina recibió el apoyo de muchos almonteños, debido a que gozaba de muchas amistades así como también se encontraba muy integrado en su localidad natal. De hecho, era costalero de la Virgen del Rocío, siendo muy habitual que participase en todo tipo de actividades sociales que se desarrollaban en esta villa onubense.

Algo más de tres años y medio después de su detención, en octubre de 2017 se celebra el esperado juicio contra Francisco Javier Medina. El jurado terminaría declarándole no culpable por ocho votos contra uno, recobrando la libertad después de tres años y medio en la cárcel y después de que el fiscal encargado del caso se opusiese en reiteradas ocasiones a ponerlo de nuevo en la calle en tanto no se celebraba el juicio. Esta resolución sería recurrida por el propio fiscal y la familia de las víctimas ante el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y posteriormente ante el Tribunal Supremo por entender que se había producido «defectos» en el fallo emitido por el jurado.

Al igual que habían hecho tanto el Supremo como el TSJA, el Tribunal Constitucional denegó la petición de amparo solicitada por las familias de las víctimas, quienes sopesaban la posibilidad de trasladar el caso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, siendo ya esta la última baza que les queda.

Después de ser declarado inocente de las acusación que pesaban contra él, a pesar de la vaguedad de la coartada que había esgrimido y las sospechas que le incriminaban por el hallazgo de restos biológicos suyos, Francisco Javier Medina sería vitoreado y aclamado por un millar de personas que le esperaban el día en que se hizo pública la sentencia que lo exculpaba de cualquier cargo.

No obstante, después del largo trayecto recorrido, ambas instituciones judiciales terminarían rechazando los recursos y otorgando validez plena al veredicto emitido en primera instancia. Tras esta absolución, el único encartado por el doble crimen de Almonte ha quedado libre de cualquier veredicto de culpabilidad, no pudiendo juzgársele ya más por este suceso.

Nueva línea de investigación

Tras la última resolución judicial que termina finalmente con la única vía de investigación abierta, agentes de la UCO manifestaron a la familia de las víctimas que ellos no investigarían más puesto que consideraban el caso resuelto. Solamente quedaba un último hilo del que tirar, que eran los restos biológicos hallados en la manta. Esta última circunstancia ha despertado el malestar del abogado de la defensa que lo ha calificado de «tamaña barbaridad». Además, barajan la posibilidad de solicitar una indemnización por parte del Estado para con su defendido por el tiempo que pasó detenido y resultar finalmente absuelto.

La otra gran víctima de este caso ha sido la es ex-esposa de Miguel Ángel Domínguez y madre de la pequeña asesinada. A lo largo de los últimos años su vida se ha convertido en una auténtica tortura, viéndose obligada a abandonar la localidad de Almonte con destino a otro lugar. Asimismo, ha recibido un gran número de mensajes amenazantes, al tiempo que la han acusado de encubrir al verdadero asesino de su ex-marido y padre de la niña asesinada.

Sea como fuere, todo indica que el doble crimen de Almonte va camino de convertirse en un caso más sin resolverse. Ojalá no sea así, pero el tiempo, en estos casos, juega siempre en contra de la investigación.

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Se suicida tras asesinar a un anciano y a su hija en Tenerife

El doble crimen se perpetró en la barriada de Somosierra, en Tenerife

En los todavía duros primeros años sesenta España proseguía su no menos duro peregrinar hacia un nuevo horizonte en el siempre complicado trayecto que presentaba aquella época. Comenzaban a dejarse atrás los áridos años de la Posguerra, pero continuaban supurando las heridas abiertas durante tres años de guerra. Se decía que era un sistema en el que imperaba el respeto, pero sucedían algunos asuntos desagradables. Muchos más que en nuestros días, pero que apenas ocupaban espacio en los periódicos en un tiempo en el que la televisión se encontraba en su prehistoria, en tanto que la prensa escrita llegaba a una minoría que podía permitirse el lujo de destinar una cantidad diaria a la adquisición de un diario.

Uno de esos hechos desagradables ocurrió en una barriada obrera tinerfeña, Somosierra, surgida durante los terribles años posteriores a la Guerra Civil el día 18 de marzo de 1962 en el seno de una familia y unas personas cuya conducta había sido intachable, entre las cuales no era concebible que se produjera un hecho sangriento como el que tendría lugar en aquellos días finales del invierno de hace ya más de seis décadas. Nunca se sabrán con certeza los motivos que llevaron al guarda del Club de Golf José Luciano Palma Benítez, de 40 años, a perpetrar semejante barbaridad al anochecer de aquella jornada que ha quedado marcada en negro para el territorio insular, aunque se supone que detrás del doble crimen existían motivos económicos.

Feliciana Camacho Matías era una mujer soltera de 42 años que vivía con su padre Feliciano Camacho Cala, de 76, quien era un antiguo guardia civil en la reserva. Mantenían una estrecha relación con quien se terminaría convirtiendo en su verdugo, ya que les había prestado 20.000 pesetas de la época para financiar los gastos de una herencia que habían recibido recientemente. El día de autos el guarda del Club de Golf se dirigió a la vivienda que ocupaban el anciano y su hija, quien era maestra nacional y había ejercido como oficial en el Ayuntamiento de El Sauzal. Cuando recibió su visita, Feliciana se encontraba impartiendo clases a una niña de doce años, quien terminaría convirtiéndose en indeseado testigo de un suceso que consternaría a todo el archipiélago canario.

Machete cubano

Tras hacer acto de aparición en el domicilio del barrio de Somosierra, inició una acalorada discusión con Feliciana Camacho, sin saber esta que José Luciano Palma iba provisto de un machete cubano, de cincuenta centímetros de largo. El padre de la mujer, que se hallaba en otra estancia de la casa, escuchó los gritos lastimeros y angustiosos que su hija profería ante la agresión que estaba siendo objeto por parte de un hombre que tal vez hubiese perdido la razón y también el alma. El guarda de golf inició un sanguinario ritual a machetazos con Feliciana, no cejando en su empeño hasta degollarla.

No sabía el pobre Feliciano Camacho que acudir en auxilio de su hija era poco menos que firmar su propia acta de defunción. Una vez que hubo dado muerte a la moradora de la vivienda, José Luciano Palma haría otro tanto con el anciano, quien debido a su avanzada edad para aquel entonces no pudo resistir el envite del que fue objeto por parte de aquel individuo, quien le propinaría varios hachazos en distintas partes del cuerpo, que terminarían provocándole la muerte.

Algunos vecinos de las víctimas acudieron al lugar de autos alertados por los gritos que habían proferido las víctimas, aunque sin acercarse al autor del doble crimen, quien les anunció, en un primer momento, que tenía pensado entregarse en la Comisaría de Policía de Tenerife. Sin embargo, su verdadero propósito era otro. Tras consumar los dos asesinatos, tuvo la misma reacción que muchos otros asesinos. Esa no fue otra que la de poner fin también a su propia existencia. Antes tomó un taxi en el que se trasladó hacia la Laguna y Guamasa. En esta última localidad se suicidaría arrojándose de cabeza a un estanque ubicado en la finca de «El Duranzo». Ponía así colofón a un dramático episodio que ha quedado grabado en la memoria colectiva de la isla de Tenerife.

¿Móvil económico?

Este doble crimen ha quedado plagado de incógnitas que no se han logrado resolver en las últimas seis décadas. La principal obedece al móvil que pudo haber detrás del mismo. La principal hipótesis que se baraja es la de una posible causa económica. El anciano había recibido una importante herencia, valorada en varios millones de pesetas, de los hermanos Modesto Pérez Alemán y Feliciana Pérez Alemán, a cuyos gravámenes e impuestos debía de hacer frente.

Al parecer, José Luciano Palma le habría ofrecido su ayuda, ya que le había prestado 20.000 pesetas, una importante cantidad de dinero en aquel entonces. No se sabe el interés que podría cobrar por el préstamo, pero sí se sabe que Feliciano Camacho había conseguido financiar el importe de las transacciones que debía de efectuar en unas condiciones que le resultaban mucho más favorables que las ofrecidas por el guarda del Club de Golf. Tal vez esta última circunstancia habría irritado y enfadado de sobremanera a su prestamista, quien, supuestamente, sintiéndose burlado o menospreciado, terminaría por provocar uno de los sucesos más sangrientos en las Islas Afortunadas en la década de los años sesenta del pasado siglo y del que todavía se sigue hablando en nuestros días.

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Asesina a cinco personas en un bar de Vitoria («El crimen del bar Carabanchel»)

Entierro de las víctimas del crimen del «Bar Carabanchel» en Vitoria

Si hay sucesos inexplicables, este es, sin lugar a dudas, uno de ellos. A pesar de que han transcurrido ya casi siete décadas del mismo todavía son muchas las incógnitas que se ciernen sobre una matanza que aterró a Vitoria en el primer año en que oficialmente se dio por concluido el periodo de Posguerra, a pesar de que sus secuelas eran todavía muy evidentes en una sociedad que seguía fuertemente marcada por los efectos de la Guerra Civil y que estaba férreamente dominada por el miedo y una anquilosada dictadura que vivía completamente de espaldas al pueblo que decía representar.

Durante los casi setenta años que han transcurrido desde que los vitorianos se viesen conmovidos por una horrible tragedia se han especulado mucho acerca de las causas que movieron a un antiguo militante de grupos republicanos y que había estado exiliado hasta el año 1947 llamado Arturo Santamaría y que contaba 37 años en 1955 a la hora de descerrajar a tiros a cinco jóvenes que pertenecían a lo más granado de la sociedad vitoriana de la época, aunque hay muchas coincidencias a la hora de señalar que no se trató de un crimen político. Si bien es cierto que el estudioso de este caso Julio Corral que el día de autos se recibieron algunas llamadas alertando en algunos cuarteles de la capital alavesa de que «algo iba a pasar», sin poder encontrar respuesta a qué se referían con esa tétrica expresión.

El día que quedaría marcado en negro en el calendario de los vitoriano sería el 12 de febrero de 1955, en lo que prometía ser un plácido sábado de fin de semana en el que la fiesta y la algarabía poblaba los rincones de la ciudad de la Virgen Blanca y sus numerosos jóvenes se daban cita en sus cafés y bares para disfrutar del fin de semana. En uno de esos locales de ocio, hoy ya desaparecido, el bar «Carabanchel» acudían regularmente una cuadrilla de amigos para conversar, tomar un refrigerio y jugar a las cartas. Todos ellos eran chavales refinados y de buenas familias que, según uno de los supervivientes, carecían de una inclinación política clara y respetaban mutuamente las tendencias de cada cual, siendo este aspecto muy secundario. El establecimiento hostelero estaba situado en antigua calle Carlos VII, hoy en día Florida.

«¿Me invitáis a un coñac?

Entre los clientes del bar se encontraba un hombre aún joven, aunque algo más maduro que los anteriores que les preguntó a algunos de los presentes si le invitaban a un coñac a lo que respondieron negativamente, pues no le conocían. Posteriormente, tras dejar sobre la barra el paraguas que portaba consigo, se puso a departir durante algo más de media hora con diferentes personas, quienes incluso le invitaron a que tomase unos vinos, a lo que aquel hombre aceptó de muy buen grado al tiempo que intervenía en la conversación. Aparentemente no levantaba ninguna sospecha y era un individuo normal, si bien es cierto que Julio Corral ha indicado que se encontraba enfermo y sufría algunos desequilibrios mentales, si bien esta circunstancia apenas era conocida entre quienes le trataban salvo los más íntimos.

En un momento dado aquel hombre Arturo Santamaría decidió levantarse e ir hacia el lavabo del bar, aspecto este que tampoco levantó sospecha alguna, salvo que aquel misterioso cliente demoraba mucho la salida del cuarto de aseo. Al salir de esta estancia, entró al lavabo uno de los testigos, circunstancia esta que según él le salvaría la vida. Cuando regresaba junto al resto de compañeros escuchó decir a uno de ellos la curiosa expresión «Llama a un cura». La voz lastimera era proferida por su amigo Francisco Santamaría Garagalza, un joven de 31 años, que era procurador de los tribunales. Se encontraba ya en los estertores de la muerte después de que el quíntuple criminal hubiese abierto fuego contra aquel grupo de muchachos que disfrutaban de la noche del fin de semana.

A consecuencia de los disparos indiscriminados realizados por Arturo Santamaría, quien comenzó a disparar contra los presentes sin mediar palabra después de sacar el arma que portaba consigo, fallecerían en el acto cuatro jóvenes. Además del ya mencionado caería también en el mismo lugar un hermano suyo, Pablo Santamaría Garagalza, un año más joven que él y que era funcionario del Ayuntamiento de Vitoria. Las otras dos víctimas mortales fueron José Martínez Muñoz, de 31 años, que en ese momento era el juez suplente municipal de la capital alavesa y José María Lejarreta, a la sazón hijo del otrora alcalde vitoriano que llevaba su mismo nombre. En el indiscriminado tiroteo efectuado por el antiguo republicano caería herido de extrema gravedad Julio Beiztegui, de edad similar a sus compañeros, quien fallecería catorce días después como consecuencia de un balazo que se le había alojado en la clavícula y se encontraba próximo al corazón.

Arturo Santamaría, abatido

Como no podía ser de otra forma, el tiroteo en el que habían fallecido cuatro jóvenes y otro se encontraba en estado semimoribundo en aquel momento produjo la lógica consternación y el estupor de toda una ciudad que estaba más pendiente de ir sorteando las dificultades de un tiempo en el que la Guerra Civil era todavía un recuerdo que se encontraba en la mente de todos los ciudadanos que en cuestiones que podía considerar secundarios. Como sucede casi siempre en estos casos, se generarían mitos, leyendas e informaciones paralelas en relación a lo que sucedió aquel aciago 12 de febrero de 1955. No obstante, el estudioso del caso Francisco Corral, sostiene que el suceso había sido planificado, premeditado y calculado al milímetro, pues en el momento en que Arturo Santamaría huye del bar salía un tren para Francia. De hecho, el asesino se dirigiría hacia la Estación del Norte de la capital alavesa en la que sería abatido en la madrugada del domingo, 13 de febrero de 1955, por un tirador de élite de la Guardia Civil.

Además hay que añadir que al poco tiempo de haberse producido el tiroteo, cuando aún no se sabía la persona que había disparado, se presentó la guardia civil en el cuarto de socorro con una foto de Arturo Santamaría, que según Corral continua siendo uno de los puntos poco claros del caso y que le ha llevado a la investigación para tratar de poner luz al caso con el libro ‘El crimen del Carabanchel‘. Para este estudioso, el caso se ha pretendido cerrar en falso y durante muchos años fue un tema tabú en Vitoria, pretendiendo aclarar con su publicación algunos de los controvertidos puntos que en su opinión han sido muy dolorosos para las partes involucradas en este caso. De hecho, mantiene que en realidad fueron seis los fallecidos a consecuencia del tiroteo, pues la Guardia Civil se encargó de linchar al asesino.

Sea como fuere, lo cierto es que este suceso constituye el peor crimen de la historia de Vitoria por lo que al número de víctimas se refiere, un total de cinco. Seis si se añade el autor del tiroteo. Hipótesis, teorías alternativas y similares hay y ha habido siempre en todo tipo de sucesos sangrientos, pero lo verdaderamente cierto de todo es que fue un trágico episodio en el que fueron vilmente asesinados seis jóvenes en lo que prometía ser una verdadera noche de fiesta de un fin de semana de los cincuenta, cuando España trataba de levantarse muy tibiamente de los efectos de una guerra que la había dejado completamente diezmada.

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Asesina a cuatro personas en dos crímenes perpetrados con 18 años de diferencia

El triple crimen tuvo lugar en la localidad mallorquina de Algaida en el año 1957

Una vez más, nos encontramos con sujetos que jamás aprenden de su oscura experiencia en el pasado. Uno de esos energúmenos fue Gabriel Axartell Cifre, quien no tenía reparos ni el menor remordimiento posible a la hora de acabar con la vida de quien fatalmente se encontraba en su camino. El móvil de sus crímenes siempre fue el dinero y no titubeó en emplear una escopeta a la hora de terminar con la vida de quienes se convertían en su dramático objetivo.

Las navidades del año 1957 estarían teñidas de sangre en las Baleares, con un horroroso triple crimen de los que no se olvidan jamás, dejando una huella indeleble entre los vecinos de Algaida, un municipio situado en el centro sur de la isla de Mallorca, que en aquel entonces contaba con poco más de 4.000 habitantes. Por aquel entonces un ganadero de la zona Mateu Verd Verd, de 72 años de edad, había cobrado una sustanciosa cantidad de dinero para la época por la venta de unos pavos, que eran el plato estrella de la época en que se encontraban. La cifra ascendía a casi 10.000 pesetas que, si bien no eran una fortuna, permitían vivir desahogadamente durante algún tiempo. No obstante, aquel dinero se iba a convertir en la causa de su inesperado deceso cuando un individuo, de quien decían que sufría algún tipo de patología mental, se cruzaría trágicamente en su camino en el día anterior a la nochebuena de aquel año.

El ganadero convivía en su mismo domicilio con su hermana Margarita, quien sufría una parálisis que le afectaba a gran parte de su cuerpo y su cuñada Joana Oliver. Aquel 23 de diciembre de 1957 recibieron la inesperada y truculenta visita de un hombre joven, que entonces contaba con tan solo 21 años de edad, Gabriel Axartell Cifre, de quien se decía que era analfabeto, muy bruto y cuya capacidad intelectiva estaba muy puesta en tela de juicio por quienes le conocían. El muchacho irrumpió bruscamente la vivienda y disparó a quemarropa con una escopeta de caza en contra de Mateu Verd, quien falleció prácticamente en el acto. Posteriormente le arrebató el dinero que llevaba encima. Pensando en que tal vez las otras dos personas que residían en aquella misma vivienda de la finca de Can Campanet no dudó en aplicarles el mismo método que había hecho con quien llevaba las riendas de la casa. De hecho, la Guardia Civil localizaría en tres estancias distintas los cuerpos de las tres víctimas, lo que daba a entender claramente que el asesino había recorrido el inmueble en la búsqueda de posibles e incómodos testigos para cuando las autoridades decidiesen actuar.

Detención

Los agentes de la Guardia Civil pusieron en el punto de mira a aquel muchacho joven desde el primer instante, quien sería detenido al día siguiente de haber perpetrado el triple crimen que aterraría a las Islas Baleares en las fiestas navideñas de 1957. A pesar de su supuesta debilidad mental, de la que se haría eco la sentencia, sorteó inicialmente los duros interrogatorios a los que fue sometido. En sus declaraciones aducía a «simples casualidades» a las contundentes pruebas que lo incriminaban como posible autor de aquella masacre ocurrida en la casa de un honrado ganadero. En su poder habían hallado 9.000 pesetas, de las que no pudo ofrecer ninguna explicación acerca de su procedencia. Los investigadores estaban plenamente convencidos, como así era, de que aquel dinero había sido el móvil del crimen y que le había sustraído a una de sus víctimas.

Casi una semana después de haber perpetrado el horrible crimen, Gabriel Axartell se derrumbaba y terminaba por confesar su autoría. Sería ingresado en un psiquiátrico por orden judicial del que protagonizaría una sonada huida en el año 1961. Con un grillete en una mano y la otra vendada tomaría un taxi con el que desplazaría hasta una localidad próxima. Ya, en el punto de destino, le confesaría la verdad al taxista, a quien dijo además que no le podía pagar más de 200 pesetas, pues acababa de salir de un manicomio. Apenas unos días más tarde sería apresado por la Guardia Civil, que lo devolvería al lugar del que se había fugado.

En noviembre del año 1962 se celebró el juicio en su contra. Aunque rondó la posibilidad de que fuese condenado a muerte, los magistrados desecharon esta posibilidad debido a la supuesta enfermedad mental que le aquejaba, avalada por psiquiatras que lo habían atendido. Además de tener que hacer frente a una importante responsabilidad civil, el triple criminal de Algaida sería condenado a 60 años de cárcel, veinte por cada una de las víctimas que había dejado en su trágico peregrinar. Sin embargo, apenas cumpliría poco más de catorce años, siendo puesto en libertad a comienzos de la década de los setenta. Se vuelve a observar en este caso el mito de la supuesta ejemplaridad de las penas durante el franquismo, salvo claro está si el reo era sentenciado a muerte.

Cuarto asesinato

Los años de prisión y su maltrecha vida no contribuyeron a que enderezase el rumbo de su existencia, volviendo a las andadas en enero del año 1975. El triple criminal de Algaida se había instalado en la localidad mallorquina de Llucmajor, muy próximo a la localidad en la que había perpetrado la tragedia del año 1957. Allí trabajaba como vigilante de una finca. No se sabe como ni cómo no, Axartell entablaría amistad con Antonio Fuster, un hombre de 58 años de edad, que se dedicaba a la venta ambulante de lotería y que era un gran aficionado a la numismática. Su verdugo le tendió una trampa diciéndole que tenía unas monedas muy antiguas que podrían ser de su interés y que estaba dispuesto a deshacerse de las mismas por la cantidad de 30.000 pesetas.

El criminal y su victima concertarían una cita en un paraje completamente desierto a dos kilómetros de Llucmajor: Los familiares de este último le habían advertido del riesgo que representaba, pues no conocía prácticamente de nada al supuesto vendedor de monedas. Sin embargo, Antonio Fuster acudió con total tranquilidad confiado en la nobleza de aquel individuo. Le seguía de cerca un yerno suyo, a quien había hecho levantar suspicacias la cita en un lugar completamente inhóspito y en el que podía ocurrir cualquier cosa. La fecha elegida era el 25 de enero de 1975, sábado, para más señas. El supuesto vendedor de monedas lo único que llevaba consigo era una escopeta de cañones recortados, que previamente había sustraído. Sin pensárselo dos veces, Gabriel Axartell empuñó el arma y disparó hasta dos veces sobre su víctima, a quien requisó la cantidad de 33.100 pesetas. Su yerno fue testigo, a cierta distancia, del asesinato de su suegro, sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Solamente pudo informar a la Guardia Civil de lo acontecido.

En octubre de 1976 se celebraría el juicio por el último crimen cometido por el psicópata mallorquín. Sería sentenciado en un principio a pena de muerte, que, finalmente, sería condonada al apreciar el tribunal «una debilidad mental con psicopatía», recibiendo como pena accesoria 20 años de reclusión mayor, además de tener que indemnizar a los herederos de su última víctima con la cantidad de 700.000 pesetas, aunque, como casi siempre sucede en estos casos, es de suponer que el criminal fuese insolvente.

Tras el último crimen, se le pierde definitivamente al peligroso psicópata Gabriel Axartell Cifre, el hombre que tiñó de luto la isla de Mallorca con dos horrendos crímenes cometidos con apenas 18 años de diferencia. Que se sepa no ha vuelto a delinquir. Es más, de vivir en la actualidad este hombre se aproximaría ya a los 90 años, aunque visto su trágico historial no sería de extrañar que volviese a las andadas por que era el clásico individuo que jamás aprendió de sus muchos errores que costaron nada más y nada menos que la vida de cuatro inocentes.

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Se suicida después de dar muerte a tres personas en un bar de Orihuela (Alicante)

El triple crimen tuvo lugar en la barriada oriolana de El Escorratel

Paco «El patillas», como era conocido entre sus convecinos, tenía fama de ser un donjuán, pendenciero y no ocultaba para nada su prepotencia haciendo alarde de una pistola Astra, la misma que emplearía en el triple crimen que perpetraría en la primavera del año 1986. A raíz de ese exhibicionismo, la Guardia Civil terminó por retirarle la licencia para armas de fuego, con lo cual cuando cometió la matanza la había realizado bajo el supuesto delito de tenencia ilícita de armas. En aquel momento, Francisco López Blas contaba con 57 años de edad y era padre de cuatro hijos. Hacía diez que había interrumpido su matrimonio y buscaba nuevas sensaciones junto a mujeres mucho más jóvenes que él, pero le traicionaba su excesivo orgullo, achacándose a los celos la tragedia que se desencadenaría en el Bar Zapata de Orihuela a últimas horas de la mañana de aquel 15 de marzo de 1986.

Era muy frecuente ver a «El Patillas» en el establecimiento hostelero en el que protagonizaría la terrible tragedia, pues se rumoreaba que mantenía relaciones con alguna de sus camareras, aunque otras fuentes apuntaban a cuestiones económicas como el desencadenante de un triple homicidio que sobrecogería a la localidad alicantina en la misma primavera en la que el principal foco de atención de los españoles estaba siendo el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN. Habían transcurrido poco más de 48 años del plebiscito cuando los alicantinos y los oriolanos en particular se vieron sorprendidos por un hecho que acapararía portadas de la prensa de la época, así como también decenas de informativos de radio y televisión.

Francisco López Blas trabajaba como guarda jurado en la urbanización Montepinar, aunque muchos de los propietarios de inmuebles habían prescindido de sus servicios debido a su fuerte carácter. Aún así, seguía con este mismo empleo y llevaba consigo el arma de fuego para la que no estaba capacitado después de la retirada del permiso por parte de la Benemérita. Sin embargo, parecía no importarle. Así lo haría el día de autos cuando entró en el Bar Zapata y pidió a las camareras que le pusieran un vino, la bebida que casi siempre pedía. Le atendió Beatriz Moreno Martínez, de 28 años de edad, con quien se decía que quien se iba a convertir en su verdugo mantenía una relación sentimental, aunque otras fuentes apuntaban a que la mujer tenía una hija de tan solo tres años, fruto de la relación que mantenía con el propietario del establecimiento en el que trabajaba

Discusión

Según manifestaría posteriormente la única superviviente de aquella horrible matanza, Rosi Escámez Gutiérrez, de 17 años y oriunda de Ciudad Real, entre ambos, Beatriz y Paco se suscitaría una fuerte discusión en relación a las relaciones que la primera mantenía con el propietario del bar en el que trabajaba en presencia de una docena de clientes que en aquel momento se encontraban en el interior del bar. Sin pensárselo dos veces, haciendo de nuevo gala de la prepotencia y arrogancia que le caracterizaba, «El Patillas» empuñó el arma que portaba y disparó dos veces contra su víctima, dejándola exangüe prácticamente en el acto, dando así comienzo al rosario de muertes que protagonizaría.

Un joven de 21 años de edad, Francisco Mateo Pacheco, interfirió en lo que era más que una sencilla discusión, lo que le equivaldría a una sentencia de muerte, pues aquel energúmeno, completamente fuera de control, tampoco dudó en disparar en contra suya. Un solo disparo que le atravesó el corazón fue suficiente para terminar con la vida de un muchacho que se ganaba la vida como leñador. Las balas asesinas del criminal alcanzaron también a Martina Martínez López, de 23 años, quien malherida trató de refugiarse en una habitación en la que se encontraba durmiendo su hija de tan solo tres meses de edad. Sin embargo, su verdugo la perseguiría hasta la alcoba y allí la remataría con un arma blanca, completando así su horrible ritual de terror y sangre.

La cifra de víctimas pudo ser aún mayor. De hecho, la otra persona que fue alcanzada por las balas, Rosi Escamez, quien presentaba tres heridas por arma de fuego en una pierna, consiguió escapara del agresor refugiándose bajo una mesa. También corrió mejor suerte otro hombre que se encontraba en el local, Jesús Sola, quien tuvo la inmensa fortuna de que a Paco se le encasquillase la pistola en el momento en el que le estaba apuntando con el mismo arma con la que ya había dejado tres muertos, una gran tragedia en toda regla.

El autor del triple crimen huiría del lugar de los hechos a bordo de su vehículo, un SEAT-133 de color amarillo, no sin antes pronunciar a uno de los clientes una lapidaria frase que resultó ser profética: «No me volverá a ver jamás». Durante 24 largas horas se mantendría el misterio de lo que le podría haber ocurrido al hombre que había teñido de luto a Orihuela y más concretamente a El Escorratel, una barriada en la periferia compuesta básicamente por trabajadores y personas de origen humilde, pero por encima de toda pacífica y tranquila que jamás pudo llegar a imaginar que un suceso de semejantes características los haría saltar a las primeras planas de los principales diarios españoles.

Suicidio

Presa del remordimiento o tal vez del hecho de sentirse acorralado, además de señalado e incluso denigrado el resto de su vida, Paco «El Patillas» se dirigió hacia un almacén agrícola de Orihuela, situado a unos tres kilómetros del Bar Zapata, con la decisión ya tomada de terminar con su propia existencia. Antes de poner fin sin a vida, cerró todas las puertas y ventanas del local para introducirse después en el interior de su automóvil, donde, de un solo disparo se descerrajó la cabeza. Allí mismo, sería encontrado en la mañana del día siguiente al que había perpetrado el triple crimen por efectivos de la Policía, quienes lo hallaron tendido sobre el asiento del conductor. En una de sus manos aún se encontraba el mismo arma que había servido para dar muerte a tres personas el día anterior y que también le serviría para terminar con su vida. En el cargador aún tenía otras siete balas más.

Con el hallazgo del cadáver del triple asesino de El Escorratel se ponía fin a uno de los episodios más oscuros y trágicos que se han vivido en Orihuela en los últimos tiempos, la capital de la Vega Baja del Segura, conocida universalmente por su maravilloso patrimonio artístico-histórico así como por la exquisitez de los productos de su huerta, a pesar de que un hombre, tal vez desnortado, la situase en el mapa de la crónica negra española un ya lejano día de primavera.

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Asesina a dos personas porque le manchaban de aceite la casa y después se suicida en Sanlúcar La Mayor (Sevilla)

El trágico acontecimiento sucedió en la calle Huertas de San Lúcar La Mayor

Fernando Perea Salado, un militar retirado de 77 años de edad llevaba muchos años enfrentado a sus vecinos, conocidos como Los Kikis, un clan familiar que se dedicaba al transporte de mercancías peligrosas por toda la geografía española y que disponían de varios vehículos pesados que casi siempre aparcaban en la calle Huertas. Al parecer, allí se había colocado unas placas de tráfico que prohibían expresamente el estacionamiento de vehículos pesados en la zona. Sin embargo, en algunas localidades es muy común que no se cumplan estas medidas, muchas veces permitidas debido a la buena fe del vecindario.

El antiguo capitán del Ejército, que había regresado hacía exactamente una década a su villa natal, se quejaba constantemente que a consecuencia del estacionamiento de los camiones su blanqueada fachada estaba constantemente ensuciada de aceite, lo que le provocaba grandes trastornos, además de continuos enfados con sus vecinos, quienes presuntamente hacían caso omiso de sus quejas. Las denuncias del militar jubilado ante el Ayuntamiento de Sanlúcar La Mayor también eran frecuentes, presentando hasta un total de cuatro contra quienes consideraba que estaban realizando una actividad que no estaba permitida en un casco urbano, pues en sus vehículos transportaban ácido sulfúrico. Ambas partes habían mantenido distintos pleitos en todo este tiempo que había ganado Fernando Perea. A pesar de esas victorias, la actividad industrial en un solar al aire libre se mantenía al igual que si nada hubiese sucedido.

Con el paso del tiempo, la situación se volvió insoportable para el antiguo capitán, quien ya era incapaz de seguir tolerando unas circunstancias que el mismo consideraba casi como una burla. Un día tras otro se quejaba de lo que ocurría, pero la empresa de transportes persistía en su actitud. Nadie esperaba que aquel hombre, que iba camino de la ancianidad, se tomase las cosas a la tremenda y llevase la sangre al río, provocando una tragedia que conmovería profundamente a la comarca del Aljarafe y de la que se sigue hablando hoy en día. No es para menos.

Arma reglamentaria

Como todo militar, Fernando Perea conservaba aún su antigua arma reglamentaria, de la cual no había hecho uso prácticamente nunca en su dilatada trayectoria profesional. Se decía que era un hombre pacífico y de buenas maneras, al igual que quienes se convertirían en sus víctimas, a quienes únicamente se achacaba el hecho de que mantuviesen los camiones en un recinto urbano. Aquella pistola del Ejército, que no debió de emplearse nunca, se terminaría convirtiendo en la más letal que jamás se hubiesen imaginado en la ciudad andaluza.

Un buen día de otoño, caminando ya hacia el invierno, el militar jubilado la empuñó con un fin que sería fatal y trágico que terminaría por consternar profundamente a toda la localidad y las escenas de dolor se repetían en todas sus esquinas, al tiempo que eran muchos los vecinos que se preguntaban porque habría tenido que ocurrir una cosa así. El día de autos, 20 de noviembre de 1993, Fernando Perea se indignó de sobremanera al contemplar una mancha de aceite industrial sobre la fachada de su pulcro chalé, que él supuso que alguien se la había arrojado aquella misma noche. Sin pensárselo dos veces tomó aquella misma pistola que era su compañera desde hacía varias décadas y la cargó con cinco balas, que finalmente terminarían siendo disparadas todas, aunque no todas con certero objetivo.

Alrededor de las once y media de la mañana de lo que se iba a convertir en una fatídica jornada, el militar retirado disparó al cuello de un joven de 30 años, Trinidad López Descalzo, conocido el apelativo de El niño Kiki, a quien la bala le penetra por un hombro, en tanto que un cuñado suyo retira del lugar a un niño pequeño de tan solo seis años, que presencia como un hombre, presa tal vez de una descontrolada ira, termina con la vida de su padre. En ayuda del muchacho malherido acude su progenitor, Francisco López Moreno, conocido como El Kiki, quien tampoco se salvará de la puntería de Perea Salado, quien le apunta directamente al cráneo. La bala le entra por el occipital y queda tendido en plena calle en medio de un gran charco de sangre. La tragedia, no se sabrá nunca si anunciada o no, ya estaba servida, en tanto que el dolor inundará en cuestión de segundos a la localidad principal de la comarca del Aljarafe.

Fernando Perea efectuará dos disparos más que, por suerte, errará en su objetivo. Solamente le quedó una última bala, que empleó para volarse la tapa de los sesos y agrandar aún más una tragedia que sacudió terriblemente a este municipio andaluz en el otoño de 1993. Aquel mismo día. tanto el autor de los mortales disparos, como su víctimas, terminarían coincidiendo a la misma hora en un mismo lugar, el Instituto Anatómico Forense de la capital hispalense. Triste destino por una simple mancha de aceite.

Nadie pone en duda que la mancha de una de fachada, por muchos trastornos que ocasionase, no valía ni mucho menos la vida de tres personas, al tiempo que un bello pueblo andaluz se veía tristemente abatido por una tragedia que pudo haberse evitado. Sin embargo, a veces los hombres olvidan que solo tienen una vida y que hay muchas formas de resolver cualquier problema, por muchos intríngulis que presenten, sin recurrir a la siempre odiosa violencia, que solamente genera infundados y absurdos odios.

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