Cuatro religiosas españolas asesinadas y descuartizadas en el Congo

Primera página del diario EL PROGRESO de Lugo dando cuenta de la trágica noticia

La íntegra dedicación a los más desfavorecidos puede causar resultados funestos en algunas ocasiones, sin lograr siquiera la gratificación moral por un trabajo desinteresado al que se consagran en cuerpo y alma, sin importar siquiera el terrible peligro que se pueda correr. Se cuentan por decenas los casos en los que los religiosos se llevaron la peor parte por motivos a los que eran totalmente ajenos y que desconocían, pues su único cometido era el de ayudar a los más deprimidos, no solo de la sociedad, sino en este caso del propio planeta. Lo cual ya dice mucho de quien renuncia a las comodidades que le hubiera podido ofrecer una existencia tranquila y aburguesada en un próspero país occidental.

En los años sesenta la actual República del Congo sufría uno de los muchos conflictos que han abatido a este país a lo largo de su corta historia. En aquel entonces, en 1964, se habían levantado un grupo de inspiración maoísta conocido como los simbas, que darían lugar a la Revolución Simba, que pretendían mostrar su descontento por los supuestos abusos que el Gobierno central congoleño había infringido a una parte del país. La revuelta se caracterizaría por su extrema brutalidad y crudeza, cuyos testimonios son recogidos por distintos diarios españoles de la época. No había posturas intermedias. O se estaba con lo simbas o contra ellos. Acusaban prácticamente a todos sus adversarios de estar al lado del presidente Tsombe y de los americanos, independientemente de la ocupación que desarrollasen en aquel país del corazón de África.

A los religiosos que se dedicaban estrictamente humanitarias se les acusaba de «hacer política» con su sola presencia en el estado africano que recientemente -por aquel entonces- había alcanzado la independencia. Se habían convertido en un objetivo militar, al igual que los dirigentes del país, a pesar de que su labor tan solo fuese de carácter humanitario y condicionada únicamente por su fe religiosa y el hecho de entender una determinada doctrina en pro de los más desfavorecidos. Los simbas obtuvieron cierto un éxito inicial en su ofensiva, llegando a controlar el área más oriental del país. Inmediatamente tomaron la ciudad de Stanleyville, actual Kasangi, que era en la que se encontraba un nutrido grupo de religiosos españoles cumpliendo diversas misiones, principalmente en hospitales y centros asistenciales, con la única finalidad de colaborar en la mínima mejora de la vida de aquel país, devastado por plagas de miseria, pobreza y hambrunas.

Encarceladas

Aunque las religiosas españolas sabían que estaban vigiladas por los insurgentes, no cejarían en su empeño de seguir con su tarea humanitaria. Sin embargo, cuando hicieron su aparición los simbas en la ciudad de Stanleyville comenzaron una serie de matanzas indiscriminadas contra quienes ellos mismos declaraban sus enemigos. A mediados de noviembre de 1964 las Hermanas Dominicas del Santo Rosario fueron detenidas y trasladadas hasta un barracón, que hacía las veces de prisión junto con otros religiosos, entre ellos también hombres entre los cuáles se encontraba el Padre Schuster, un religioso luxemburgués que sobreviviría a la horrible matanza que tendría lugar días después. En el lugar en el que se encontraban todos hacinados, tanto hombres como mujeres sufrirían los abusos y las vejaciones de sus captores, quienes no dudaron en ningún momento de acusarlos de ser partidarios del entonces primer ministro de la República Democrática del Congo, Moisé Tsombe, así como de los americanos que apoyaban a este último, a pesar de que las misioneras allí desplazadas incluso desconocían a que motivos podía obedecer aquella revuelta en pleno centro del continente africano.

Posteriormente serían trasladadas a una iglesia de la localidad congoleña de Kamina, donde fueron ametralladas por los insurgentes. Según el estremecedor relato del Padre Schuster cuando una de las monjas Justa Álvarez, de 50 años, originaria de Navarra que era la Superiora de la Congregación en estado semiagónica y prácticamente moribunda debido al impacto de la metralla, se sacó su anillo y también el de su compañera Irene Pilar Eslava, de 30 años, quien yacía muerta a su lado, y que era oriunda de la localidad navarra de Zuazu, para entregárselo al mencionado religioso y que se lo llevase a sus respectivas familias de recuerdo. En ese momento se percató de la situación uno de los ejecutores simba, quien le advirtió que «así podrás cortar mejor», siendo en ese preciso instante cuando aquel despiadado hombre le rebanó literalmente la cabeza a la religiosa, ya que él era encargado de dar el definitivo toque de gracia a los ejecutados. El hecho estremece por la frialdad y la forma sanguinaria de actuar del propio soldado, quien al parecer era un joven rebelde que apenas superaba los veinte años de edad.

Con estas dos religiosas y en el mismo escenario también encontrarían la muerte Ángela del Prado Zurita, natural de León, cuyo nombre religioso era el de Buen Consejo, quien además era la más joven del grupo, pues solo contaba con 27 años en el momento de ser asesinada. La otra víctima mortal de este trágico episodio, en el que se estima que pudieron haber sido asesinados más de cuarenta religiosos, era la también navarra Rosalía Gorostiaga Echevarría, quien procedía del municipio de Arruazu y que tan solo contaba con 37 años cuando fue ejecutada. Los cuerpos de las cuatro serían horriblemente descuartizados y enterrados en las inmediaciones de donde habían sido ejecutadas

Sobre la suerte que corrieron las cuatro religiosas se ha escrito mucho e incluso se especuló que causas les empujaron a permanecer en aquella localidad en la que se desató un vendaval de fuego y sangre, al que absolutamente nadie era ajeno. Muchos eran los que se preguntaban como no habían salido antes en vista de que los rebeldes simbas se encontraban ya a las puertas de la capital. Se habló de la obediencia ciega a su fe religiosa y el hecho de que pudieran haberse convertido en mártires. Pero, al parecer, nada de eso es cierto. Parece ser que las misioneras arriesgaron sus vidas porque precisamente pensaron que no corrían ningún peligro y se aferraron en permanecer en el hospital al lado de los enfermos, negándose a abandonarlos. Creyeron que serían respetadas, aunque realmente les sucediese exactamente todo lo contrario. De hecho, todas ellas conocían a la perfección la misión que iban a realizar, pues habían estudiado Medicina Tropical y Enfermería, además de poseer conocimientos de cirugía y también de farmacología, que pretendían disponer al servicio de los más necesitados en un país que se encontraba entre los más deprimidos del planeta.

Miguel de la Quadra-Salcedo

Esta triste y estremecedora historia no estaría completa sino se recalca la función desempeñada por el célebre y tristemente desaparecido reportero Miguel de la Quadra-Salcedo, quien, recién llegado de una de sus misiones al Amazonas por aquel entonces, se ofreció como voluntario para trasladarse hasta el lugar de los hechos in situ, aún a riesgo de tener pleno conocimiento como se las gastaban los temibles simbas, que consideraban a todos los occidentales como enemigos declarados. Sin embargo, la misión del célebre reportero no se limitó exclusivamente a tareas informativas sino que hizo acopio de su ya clásico valor para colocar, a modo de homenaje, una cruz en cada una de las sepulturas de las religiosas asesinadas. Además, recogió también sus pertenencias y un sagrario en el que se encontraban las formas. Después de cubrirlo con una tela, lo colocó entre sus rodillas y lo subió al avión que lo trasladaba a España. El sagrario se lo entregaría después a las Hermanas del Santo Rosario en Navarra, quienes lo custodian en la capilla de su propiedad.

Como en cualquier historia, por macabra y triste que sea como es este trágico caso, tiene un punto de ternura y emoción, que en este caso la puso quien sin lugar a dudas ha sido el más grande reportero español de todos los tiempos. Por algo era, porque además de un gran profesional, era por encima de todo una persona entrañable y ejemplar.

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Asesina a su hija y a su yerno y hiere a otras cuatro personas en un pueblo de Toledo

Agentes de la Guardia Civil en el lugar de los hechos. REVISTA BISAGRA

En algunas localidades que son muy tranquilas a veces suceden hechos insospechados e inesperados para su vecindario que les llevan a copar las primeras páginas de diarios y revistas del país. Uno de esos acontecimientos ocurriría en la pequeña localidad toledana de Val de Santo Domingo, un municipio que apenas cuenta con un millar de habitantes, cuyo vecindario se vería trágicamente sorprendido al anochecer del viernes, 18 de mayo de 1990, cuando uno de sus residentes se atrincheró en el chalet que era propiedad de su hija y la emprendería a tiro limpio con todo el que osase cruzarse en su camino. Para reducir la actitud de aquel hombre hubo de trasladarse hasta el lugar de autos la Unidad de Intervención de la Guardia Civil, quien a duras penas consiguió rendir a Carmelo Sáenz Hernández, un sargento jubilado del Ejército de Tierra que había servido en la División Azul en sus años mozos. Durante siete horas, desde las nueve de la noche hasta las cuatro de la madrugada, los residentes del pequeño municipio castellano contuvieron la respiración hasta que por fin aquel hombre, malherido en un intento de suicidio, depuso su agresiva actitud, totalmente inesperada y absolutamente inusual en él a decir de quienes le trataban. Por el camino había dejado dos muertos y otras cuatro personas heridas.

En aquel anochecer de un día de primavera ya muy próximo al verano, Jesús López López y su esposa Rosario Sáenz Arpón, charlaban animadamente con otro matrimonio vecino suyo sobre asuntos triviales cuando repentinamente escucharon un gran jaleo que procedía del chalet que habían construido los primeros hacía muy poco tiempo. Inmediatamente se dirigieron hacia su vivienda siendo recibidos a tiros de carabina por Carmelo Sáenz, quien con tan solo dos certeros disparos acabó con la vida de su hija y el compañero sentimental de esta, quedando sus cadáveres tendidos sobre un gran charco de sangre al ser alcanzados de lleno en la región abdominal. La mujer contaba con 45 años de edad, en tanto que el hombre era cinco años mayor que ella. La esposa del antiguo militar Josefa Arpón Ochoa lograría milagrosamente escapar de la sinrazón de su marido, a pesar de que recibió un disparo que le ocasionó heridas en la espalda.

Mientras tanto, el pueblo, convertido en el indeseado escenario de una película de acción pero con toda su realidad y crudeza, asistía atónito a la ira de un hombre que tal vez no se encontrase en su sano juicio. Tras dar muerte a su hija Rosario y al hombre que convivía con ella, Jesús López, protagonizaría un dramático episodio que se prolongaría durante siete horas, hasta las cuatro de la madrugada del sábado, 19 de mayo de 1990. Inflexible en su postura, se negó en todo momento a dialogar con los agentes de la Guardia Civil quienes se habían acercado desde las localidades de Madridejos, Puebla de Montalbán, Torrijos y Toledo para intentar reducir al antiguo divisionario, quien mientras tanto se jactaba de su sensacional puntería.

Dos guardias y un sacerdote heridos

El primero que se acercó a Carmelo Sáenz para tratar de convecerlo para que depusiese su actitud fue el cura párroco del pueblo Antonio Campos García, quien, lejos de conseguir su propósito, resultaría herido levemente en un brazo convirtiéndose así en una víctima del suceso. Tampoco los miembros de la Benemérita fueron capaces de conseguir que aquel hombre recapacitase. Intercambiarían con él una serie de disparos que iban dirigidos a las extremidades inferiores del atrincherado, quien haciendo una vez más prueba de su buena puntería provocaría dos bajas entre las fuerzas del orden. A raíz del intercambio de disparos resultarían heridos, aunque no de gravedad, Joaquín Hernández Pérez y José David Pérez Bodas, ambos miembros de la Guardia Civil.

Fue entonces, una vez comprobada la irreductibilidad del viejo militar, cuando entraría en escena la Unidad de Intervención de la Guardia Civil, un cuerpo que sería el equivalente de los GEOs en la Benemérita, que se desplazaría desde Madrid hasta la pequeña localidad toledana. A pesar de todo, la resistencia que mostraba aquel septuagenario parecía auténticamente numantina y no sería hasta bien entrada la madrugada cuando por fin consiguieron que se rindiese. Eso sí, malherido. Al parecer había dicho que le quedaba una última bala que sería para él. Con la carabina se dispararía en la boca, aunque no fallecería en el acto. Su óbito se produjo algún tiempo después cuando se encontraba ingresado en el Hospital Provincial de Toledo, al que fue trasladado en estado muy grave.

Problemas económicos

La raíz de aquel grave suceso hay que buscarla en las dificultades económicas que atravesaban la pareja compuesta por Rosario Sáenz y Jesús López López, quienes -según indicaron algunos allegados a la familia- retiraban constantemente dinero de la cuenta en la que figuraba como titular Carmelo Sáenz. El día de autos supuestamente se habrían hecho con un talón por valor de 60.000 pesetas (360 euros al cambio actual). Esa dinámica la habían iniciado algún tiempo antes, pues habían llegado a la zona procedentes del cercano municipio de Escalona. Habían levantado un chalet, en el que se produjo la tragedia, en el que residían, pero que todavía no estaba terminado de construir en su totalidad. Al parecer, la pareja adeudaba grandes cantidades de dinero a distintos operarios que habían prestado sus servicios en su pequeña mansión. En vista de que las dificultades económicas crecían decidieron atraerse a los padres de Rosario hasta Val de Santo Domingo. Hasta aquel momento el matrimonio mayor había residido entre Puebla de Montalbán y la capital de España.

Algunos vecinos declararon a diversos medios de comunicación de la época que el autor de las dos muertes había manifestado en reiteradas ocasiones su malestar con el proceder de su hija y su compañero sentimental, ambos respectivamente separados de sus primeras parejas y padres de una hija la mujer y dos el hombre con sus anteriores cónyuges. Carmelo Sáenz habría comentado a algún vecino que su hija y su yerno le habrían sisado la nada despreciable cantidad de cinco millones de pesetas de la época (30.000 euros al cambio actual), si bien es cierto que estaba considerado como una persona agradable y gentil que jamás había tenido problema alguno con sus vecinos, al tiempo que le consideraban incapaz de hacer daño a nadie.

Las dificultades financieras de Jesús López López obedecían a su afán por introducirse en algunos negocios que nunca terminaron de funcionar. Así, últimamente regentaba un puesto en la plaza de abastos de la localidad, además de poseer una panificadora, que era la base sus ingresos y con la que repartía pan por la comarca. Supuestamente también era aficionado al juego, aunque con bastante suerte, pues había ganado diez millones de pesetas en el sorteo de la Lotería de Navidad el año en que el «Gordo» cayó en la ciudad toledana de Talavera. Asimismo, también había sido agraciado recientemente por aquel entonces con el primer premio en un sorteo de la ONCE. Sin embargo, la mala suerte en sus negocios terminaría por quebrar su fortuna, que aciagamente se vería interrumpida de forma abrupta en una tarde de primavera, situando en el mapa a un precioso pueblo de la provincia de Toledo y por un asunto totalmente distinto a los premios que deparan los juegos de azar.

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Dos cadáveres que nunca aparecieron en el misterioso doble crimen del bar «Snoopy» de Barcelona

El único involucrado en el doble crimen, José Gilart Navarra

En diciembre del año 1993 se produjeron dos misteriosas desapariciones en la Ciudad Condal que pusieron en el punto de mira a un ex-policía, José Gilart Navarra, quien había sido expulsado del cuerpo a raíz de los numerosos expedientes que había ido acumulando, consecuencia de las irregularidades que había cometido en su trayectoria en el instituto armado. Era un hombre de armas tomar, con carácter y capaz de hacer cualquier cosa. A ello se sumaba el hecho que de que era cinturón negro de Taekwondo a lo que se añadía su forma de ser, fría y calculadora. Además de regentar el bar «Snoopy» en la capital catalana, se dedicaba a otros turbios asuntos entre los que no faltaban nin el tráfico de drogas ni tampoco la compra venta de diversos artículos robados. Una verdadera prenda que terminaría muy mal sus últimos días.

La primera persona que desapareció de forma misteriosa fue Clemente Viñas Montblanch, el propietario del local en el que se encontraba situado el bar que el antiguo policía regentaba. Al parecer, su desaparición se produjo después de que le reclamase por enésima vez las elevadas cantidades de dinero que le adeudaba en concepto de renta. Por las mismas fechas desaparecería también un funcionario de la Seguridad Social, Francisco Sáenz Martínez, quien trabajaba en la unidad ejecutiva del Paralelo de Barcelona. Este último era el encargado de reclamarle las importantes sumas de dinero que le adeudaba al organismo en que prestaba sus servicios, pues también era un consumado moroso.

En enero de 1994, apenas un mes después de las dos misteriosas desapariciones, los investigadores del caso ponen en su punto de mira a Gilart Navarra, pues son conocedores de su carácter y también de sus presuntas artimañas, debido al historial que ha dejado en su paso por el Cuerpo Nacional de Policía. La Guardia Civil se dirigió, en primer lugar, al sótano del bar que regentaba, acompañados de perros adiestrados. Allí encontrarían algunos rastros de sangre, pruebas que le incriminaban en las dos desapariciones nunca aclaradas. A raíz de ello, el ex-agente sería detenido y pasaría un fin de semana en el calabozo.

Grabación

En su breve estancia en el calabozo un agente de la Guardia Civil le llegó a grabar cuando reconoció que había asesinado y descuartizado a los dos desaparecidos. Posteriormente, habría arrojado sus restos a la basura. Sin embargo, a la hora de la verdad se desdijo de su declaración y la misma no fue estimada ya que no contaba con autorización policial ni tampoco estaba presente su abogado defensor. Desde entonces, Gilart Navarra, hombre rudo y de carácter fuerte, no volvería a bajar la guardia y no haría nuevas declaraciones en ese sentido.

El Grupo de Homicidios de la Policía Nacional hallaría también en el mismo sótano en el que supuestamente se produjeron ambos asesinatos un documento falso de compraventa, así como facturas falsificadas con las que presuntamente el único detenido por las dos desapariciones pretendía aparentar que había adquirido el local en propiedad el bar que regentaba, así como que había satisfecho también sus deudas con la Tesorería.

El ex-policía sería juzgado en la Audiencia Provincial de Barcelona en el mes de julio del año 1995. En una más que polémica sentencia, el único encausado por los dos presuntos crímenes del bar «Snoopy» saldría absuelto de todo cargo. El fiscal solicitaba para el acusado una condena de 71 años de cárcel. Aunque se le imputaban otros delitos, también conseguiría el beneplácito de los tribunales. La resolución judicial, en la que a lo largo de más de 1.300 líneas no hay un solo punto y seguido o aparte, estaba plagada de innumerables tecnicismos y obedecía a un lenguaje críptico y farragoso difícilmente inteligible para el común de los mortales. Así, se pueden leer, entre otras expresiones «anulaciones humanas» para referirse a ambas muertes; «materia canalicular» o «fundamentación metajurídica». Los familiares de las víctimas quedaron estupefactos a raíz de la sentencia, por lo que recurrirían a instancias superiores.

En el verano del año 1999 el Tribunal Supremo ordenó la repetición del juicio, anulando la sentencia que había dictado la Audiencia Provincial de Barcelona cuatro años antes. La alta magistratura basaba su decisión en el hecho en que no había observado ninguna irregularidad en la recogida de los restos de sangre en el sótano en el que presuntamente se habían producido ambos asesinatos. El juez que presidió la sala que absolvió a José Gilart Navarra, Santiago Raposo sería inhabilitado durante diez años en 2002 por un delito de prevaricación en relación con quien fuera presidente de la sociedad Casinos de Cataluña, Jaume Sentís.

Muerte de José Gilart Navarra

Debido a los turbios negocios en los que se encontraba involucrado, el único acusado por el doble crimen de invierno de 1993 moriría en el año 2000 cuando contaba 42 años de edad, sin que diese tiempo a repetirse el juicio que tenía pendiente. La causa de su deceso fueron las graves heridas que le provocó un sicario hispanocolombiano, quien le disparó a quemarropa en el nuevo bar que regentaba en la Granja Andina, entrándole el tiro por la nuca, seccionándole la médula espinal y saliéndole por un ojo. A consecuencia de este hecho, Gilart Navarra quedaría postrado en una silla de ruedas y en estado prácticamente vegetativo, sin siquiera poder hablar.

El autor del disparo que terminaría ocasionándole la muerte al ex policía era un sicario, con doble nacionalidad española y colombiana. Sobre las circunstancias que le indujeron a esta acción se barajaron muchas hipótesis. Desde un posible ajuste de cuentas por narcotráfico a un posible encargo. Dino Marcelo Miller, que así se llamaba su verdugo, jamás confesó el verdadero motivo por el que había disparado contra José Gilart Navarra y sería condenado a un total de 60 años de cárcel, pues estaba acusado de haber perpetrado otros dos crímenes.

Con la muerte del único encausado por el doble crimen del bar «Snoopy» se cerraba cualquier posibilidad de esclarecer los asesinatos de Clemente Viñas Montblanch y Francisco Sáenz Martínez. De la misma forma, sus cuerpos no serían recuperados por sus respectivas familias y no podrían darles la ansiada sepultura digna que siempre se desea. El caso pasaría a engrosar la lista de acontecimientos trágicos no resueltos que pueblan las comisarías y juzgados de toda España.

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Cuatro asesinatos a las espaldas de Bueno Latorre: el delincuente más esquivo y menos conocido en España

Foto en la ficha policial de Rafael Bueno Latorre

Desde que protagonizara su última huida de la cárcel, en este caso de Alcalá-Meco, el día de viernes santo de 1984 no se han vuelto a tener noticias suyas en España, aunque la prensa extranjera sí hablase de él en reiteradas ocasiones hasta relacionarlo con la Mafia marsellesa o con grupos dedicados al tráfico de cocaína de Colombia. Ahora contaría con 66 años de edad, pero cuando hizo crecer su historial delictivo, siendo detenido hasta en 17 ocasiones, todavía no había cumplido los treinta. Su biografía emula a la mejor producción que pueda salir de los estudios de Hollywood, tanto por su realismo como por las increíbles peripecias de las había sido protagonista desde su más temprana edad.

Al igual que muchos de su quinta, Rafael Bueno Latorre fue consecuencia de la España del Éxodo rural y el desarrollismo, aquel país anclado en el pasado que trataba de abrirse paso entre tinieblas a merced del resto de Europa. Su familia, al igual que muchas de entonces, había emigrado desde la localidad sevillana de Utrera hasta tierras catalanas, radicándose en un área marginal de Santa Coloma de Gramanet, en Barcelona. Buscaban una prosperidad que parecía no llegar nunca a muchas provincias españolas, que sucumbían al olvido de unas circunstancias indolentes en un país que tan solo parecía ser, e incluso presumir, la reserva espiritual de Europa, aunque en el Viejo Continente se le aplicaba la máxima despectiva de que «África comienza en los Pirineos».

Precisamente esas barriadas marginales que surgieron al amparo de las grandes ciudades fueron el caldo de cultivo perfecto para centenares de jóvenes que, desarraigados y sin un futuro claro, cayeran en las redes de la delincuencia y, algo más tarde -a la muerte del dictador-, en el oscuro mundo de las drogas. Esa fue la escuela a la que asistió Rafael Bueno Latorre y otro que como él serían los «pioneros» de lo que se comenzaría a conocer, a finales de la década de los setenta del pasado siglo, como inseguridad ciudadana, un término hasta entonces ajeno en el vocabulario que empleaban los españoles.

El amplio historial delictivo de este individuo se remonta ya a los últimos años del franquismo. Había comenzado con pequeños hurtos, entre ellos tirones y robos de bolsos, cuando todavía era un adolescente. Su siguiente paso sería un robo a punta de navaja, protagonizado en septiembre de 1973 y del que da cuenta el diario catalán LA VANGUARDIA en su edición del día 22 del mismo mes. Junto con otros compinches se haría con un botín de 38.000 pesetas (algo menos de 240 euros) que le sustrajeron a un empleado de FECSA, quien lo reconocería en una rueda de reconocimiento practicada por la Policía, siendo ingresado por vez primera en la Cárcel Modelo de Barcelona. Desde entonces, se convertiría en habitual en las páginas de sucesos de los principales diarios y revistas del país, a pesar de que nunca se aireó tanto su historial como el de otros delincuentes contemporáneos suyos, entre ellos «El Vaquilla» o el mítico «Lute».

Experto en fugas

Dice el periodista experto en sucesos Juan Rada que este individuo no había nacido para vivir entre rejas y se convertiría en uno de los grandes maestros en fugas de todas las prisiones en las que había estado. La primera la protagonizaría en el año 1978 cuando se escapó de la cárcel de Carabanchel en la que estaba internado por diversos delitos, entre ellos varios robos a bancos a mano armada. En esta ocasión sería detenido a los pocos meses. Sin embargo, uno de los hechos más espectaculares de este energúmeno ocurriría el día 12 de octubre de 1983. Ingresado en la prisión de Burgos, contando supuestamente con contactos fuera de los muros de la cárcel, Rafael Bueno se autolesionaría con unas tijeras con las que se cortó en el estómago. A consecuencia de las heridas fue trasladado al Hospital Provincial, siendo custodiado por dos policías, además de estar sujeto por unos grilletes a la cama en la que estaba postrado. Sus compinches llegarían disfrazados con pelucas, gafas de sol y batas de sanitarios hasta la habitación que ocupaba el delincuentes. Al ir armados dieron muerte a los dos agentes que se encargaban de custodiar a Bueno Latorre. Como consecuencia de esta acción fallecerían Jesús Postigo Pérez y Raúl Santamaría Alonso. Al primero le dispararon más de veinte balazos, en tanto que al segundo lo remataron en el suelo. Convalenciente y con gotero, el célebre delincuente huiría del hospital en una acción trágica y espectacular a la vez que conmovería a la España de la época.

Casi siempre que protagonizaba alguna huida se desplazaba a Barcelona, que era su territorio predilecto, tal vez porque era el que mejor conocía. Apenas un mes más tarde de recobrar la clandestina libertad que había buscado, se reenganchó en su viejas actividades delictivas, convirtiéndose en uno de los forajidos más peligrosos del país, tanto por su actividad como por los círculos en los que se movía. Era el líder indiscutible de una banda que lideraba los bajos fondos de la Ciudad Condal. Tras haber dejado ya dos muertos a sus espaldas, su sanguinario currículum se incrementaría con el asesinato de dos delincuentes, a quienes acusaban de ser confidentes de la Policía en el otoño 1983, cuando cayó la última banda que lideró en España.

Al frente de un grupo de seis hombres, se disfrazaron de policías y se dirigieron a un bar de Badalona que era frecuentado por Manuel Andrés Sánchez Manzano, «Andresín», a quien someterían a un duro interrogatorio y consiguieron que «cantará». Posteriormente fue traslado hasta un paraje conocido como «La Pedrera», en el término municipal de Orrius. Allí le obligaron a cavar una zanja y lo situaron en la misma en tanto Bueno Latorre, con la pistola «Astra 38» que le había sustraído a uno de los policías asesinados en Burgos, lo descerrajaba de varios disparos.

El secuestro de Eduardo Aldama de la Red, «El Guau» revestía algo de más complejidad, pues conocía al lugarteniente del cabecilla de la peligrosa banda, Antonio Villena. Al igual que habían hecho con el anterior, lo secuestraron en un bar de la misma localidad, Badalona. Simulando un coche patrulla de la Policía con varios transmisores, lo introdujeron en un vehículo que pertenecía al líder de la peligrosa trama criminal. Posteriormente lo trasladaron hasta un bosque de Sant Fost de Captsentelles, donde, con el mismo arma, el «número dos» de Bueno Latorre se encargaría de darle muerte, una vez que hubo cavado también su propia tumba. Los dos enterramientos ilegales serían descubiertos por la Policía a finales de noviembre de 1983 cuando fueron detenidos tanto el famoso fugitivo como el resto de miembros que formaban parte de su aparato delincuencial.

La última fuga

Su última escapada fue sin lugar a dudas la más espectacular, superando a cualquier obra de ficción. Uno de los aspectos que siempre se ha resaltado de Bueno Latorre fue su capacidad para elegir la fecha idónea para llevar a cabo la escapada de cualquier centro penitenciario en el que estuviese ingresado. En esta ocasión eligió la festividad de Viernes Santo, cuando más de media España se encontraba de vacaciones o bien pendiente de las innumerables procesiones que celebraban por todo el país. El día elegido era el 20 de abril de 1984. El peligroso delincuente se encontraba ingresado en la reluciente prisión de Alcalá-Meco, considerada poco menos que un fortín inexpugnable y que, en su día, había costado la friolera de 1.5000 millones de pesetas (nueve millones de euros al cambio actual).

Para acometer la que iba a ser su última huida contó con el apoyo de otros dos internos, Antonio Álvarez Gallego y Antonio Retuerto González. También eligieron oportunamente la hora en la que iban llevarla a cabo, en torno a las nueve de la noche, aprovechando que en ese momento el resto de los internos se encontraban viendo la televisión. Para ello, arrancaron la taza del retrete de su celda y descendieron por el estrecho agujero circular hasta una galería de servicio por la que discurren tuberías, desagües y suministros eléctricos. Tras serrar una rejilla alcanzaron el sótano donde estaban los interruptores de la luz y del paso del agua. Mientras tanto, otros presos que colaboraban con ellos, provocaron una inundación al romper un grifo de una celda. Los funcionarios se dirigieron al lugar para tratar de paliar el daño provocado, pero fueron encañonados por los tres presos, provistos de unos artilugios que simulaban ser pistolas y un punzón. Los mismos habían sido fabricados por Retuerto, quien era pastelero de profesión, quien con trozos de jabón y trozo de acero inoxidable, los que había recubierto de tinta negra, lo que les hacía pasar como auténticas armas. Ya en el sótano, obligaron a los empleados a desnudarse, dos funcionarios y un fontanero. Con sus ropas conseguirían pasar desapercibidos.

Perfectamente disfrazados se dirigieron a las cocinas, sabedores de que allí había una puerta por la que entraban los abastecimientos de víveres de la prisión.. Posteriormente se dirigieron hasta el puesto de guardia, donde -sin dificultad- redujeron al único vigilante que había en ese momento y se perdieron en la oscuridad de la noche campo a través. Desde las garitas de vigilancia los habrían visto salir, pero por su aspecto, debidamente vestidos, no levantaron las sospechas. Cuando sonaron las alarmas de aquella magnánima prisión era ya demasiado tarde y Rafael Bueno Latorre había recobrado una vez más la libertad. En esta ocasión, a diferencia de las otras, no se dirigió a Barcelona como era habitual en él. Cruzaría la frontera francesa, aunque es posible que protagonizase algún hecho delictivo en el litoral catalán.

Desde entonces se encuentra en busca y captura, pero no hay un solo rastro que haya permitido la localización del escurridizo. Al parecer, habría sido avistado por la Costa Azul francesa, aunque no hay nada cierto. Las autoridades españolas han barajado la posibilidad de que esté muerto, aunque esta última hipótesis suele ser la fórmula más sencilla que se emplea para dar carpetazo a cualquier asunto que trae de cabeza a quienes deberían encargarse de su custodia. Se llegó a especular con que fuese el cabecilla de una banda dedicada al tráfico de hachís desde Marruecos a Europa, pero no ha dejado de ser una mera especulación. También se ha procedido a la reconstrucción de su aspecto actual, con 66 años, pero sin que haya dado resultado alguno. Es quizás esta una de las peores piedras en el zapato que más han afectado a las distintas autoridades españolas, tanto judiciales, como políticas y policiales, al encontrarse con un peligroso y esquivo delincuente del que no se sabe nada desde hace ya casi cuatro décadas. Y eso no es moco de pavo.

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Se suicida después de matar a hachazos a su esposa y a tres de sus hijos en Zorita (Cáceres)

El suceso ocurrió en la localidad cacereña de Zorita

Definitivamente la vida no le había sonreído a Dionisio González Cerezo, un hombre de 59 años que había estado emigrado durante muchos años en el pleno centro industrial del País Vasco, concretamente en Barakaldo. Tras muchos de arduo trabajo, en el año 1987 decidió regresar a su localidad natal, Zorita, un municipio extremeño situado en sureste de Cáceres que cuenta con algo menos de 1.500 habitantes. Allí trabajaba como tendero atendiendo a una amplia clientela en su mercado de abastos, quien tenía una imagen excepcional de él, tanto por su don de gentes como por su afabilidad. Aunque nadie le notó nada extraño, los problemas personales, las dificultades se encontraban ahí y era difícil mirar para otro lado.

La mujer de Dionisio, Amelia Serrano, de 57 años de edad, se encontraba con mitad del cuerpo paralizado como consecuencia de una trombosis y era el encargado de atenderla. A todo ello se sumaba que el hijo mayor del matrimonio había pasado recientemente por la cárcel. Por si fuese poco, los dos hijos más jóvenes del matrimonio se encontraban enganchados a la heroína. Para rematar la situación, hacía muy poco tiempo, la familia había sufrido la pérdida de un nieto, un niño recién nacido que era hijo de su hija Amelia. No faltaban tragedias en aquel clan familiar trabajador y honrado, que tal vez hubiesen socavado hasta cierto punto la personalidad de su cabeza de familia, quien perpetró una matanza en masa, asesinando a cuatro de los miembros de su prole.

El día 21 de noviembre de 1990 Dionisio no abrió su negocio en la plaza de abastos como era habitual en él. Quizás se sintiese ya desbordado y decidió emprender una matanza con el ánimo de liberarse de forma definitiva de los muchos males que lo acechaban.A pesar de que disponía de escopeta de caza, muy habitual en muchas casas de entornos rurales de España, decidió tomar un hacha y eliminar a los miembros de su familia de manera taxativa y rápida. El crimen tendría lugar entre las ocho y las nueve de la mañana en el número tres de la calle Cedazuelos. El homicida repartiría hasta un total de 22 hachazos entre su esposa e hijos. Su hija María Rosa, de 31 años, recibiría una decena, en tanto que Amelia, su mujer, media docena. Sus dos hijos restantes Manuel, de 29 años, sufrió la arremetida de su padre en cuatro ocasiones, en tanto que Marcial, un año más joven que el anterior, solo había recibido dos, suficientes para terminar con su vida. Este último todavía se encontraba vivo cuando familiares y vecinos se dirigieron al interior del lugar de autos. Sería trasladado en helicóptero hasta un centro sanitario, pero fallecería poco después.

Llamada telefónica

En su orgía de furor y sangre Dionisio tuvo aún tiempo y fuerzas suficientes para llamar a su hijo mayor, que se encontraba en Cáceres. Le dijo que se dirigiese inmediatamente a Zorita pues le había dado muerte a su madre y sus tres hermanos y ahora se iba a quitar la vida el mismo. El vástago que se había librado de la muerte, llamó a una tía suya que vivía muy cerca del lugar en el que se produjo la tragedia. Esta, acompañada de otros familiares y vecinos, se dirigieron hasta la vivienda de la familia. Llamaron reiteradamente a la puerta de la casa, pero solo oyeron algunos ruidos y finalmente un disparo. El autor de la matanza había incrustado la escopeta en la cabeza y después había apretado el gatillo, terminando así con su vida y dejando tras de sí una horrorosa orgía de sangre que colocaba en el mapa a un pequeño municipio español que atesora un gran encanto, aunque en esta ocasión fuese noticia por un desgraciado suceso que consternaría a toda Extremadura.

Al igual que sucede casi siempre que se produce un hecho de estas características, los primeros que no dan crédito a lo ocurrido son los propios familiares y conocidos del principal protagonista de los acontecimientos. Relataban por entonces a la prensa de la época algunas personas próximas a Dionisio que lo habían visto relativamente bien «dentro de lo suyo», aludiendo así a las dificultades por las que atravesaba debido a la difícil situación familiar en la que se encontraba. No obstante, nadie le creía capaz de cometer una barbaridad de semejante calibre, aunque se supone que nadie conocía el agobio humano que le producía tal cúmulo de adversidades y hasta que punto se encontraba afligido por la angustia en la que se encontraba sumido.

El día 22 de noviembre de 1990 se celebraría el sepelio de las cinco víctimas mortales de la tragedia ocurrida en Zorita, siendo varios los centenares de personas que se congregaron en su camposanto para darle el último adiós a los fallecidos y reconfortar al resto de la familia, siendo una de las más grandes manifestaciones de duelo que tuvieron lugar en la pequeña localidad extremeña.

El forense José María Montero, director del Instituto de Medicina Legal de Extremadura calificaría, en declaraciones efectuadas al diario pacense Hoy que en este caso se encontraban ante lo que los manuales de psiquiatría definen como un «suicidio ampliado«, típico de personalidades depresivas, que reflexiona como va a quedar la familia después de su muerte, por lo que deciden terminar antes con la vida del resto de los miembros para posteriormente acabar con la suya. Sea como fuere, lo cierto es que este el clásico acontecimiento que produce auténtico pavor y que nunca quisiésemos ver reflejado en las páginas de ningún periódico y tampoco en la cabecera de ningún programa de radio o televisión.

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El asesinato de «El Rambal»: un misterioso crimen que conmocionó a Gijón

Alberto Alonso Blanco, «El Rambal»

Alberto Alonso Blanco, «El Rambal», que contaba 47 años cuando fue asesinado, era todo un personaje en el Gijón de las décadas de los sesenta y setenta, quien nunca ocultó su condición sexual en un tiempo en el que incluso estaba considerada como una actividad delictiva y en la que la represión de quienes se osaban hacer gala de la misma era ardua y tenaz, al tiempo que la sociedad condenaba de forma drástica unas conductas que se consideraban como una perversión, aunque, como la ciencia se ha encargado de demostrar, no dejaba de ser una condición innata al igual que cualquier otra. Sin embargo, este hombre, que tenía muchos amigos, lo tomaba con sana ironía, principalmente con sus vecinas, quienes le apreciaban y sentían una indisimulada estima por un hombre que aparentemente no tenía enemigos.

Aunque ya había dejado de existir el dictador, apenas cinco meses antes, pervivían todavía unos rígidos estereotipos en una sociedad que se preparaba para cambiar. Aunque hacía tiempo que eran frecuentes los espectáculos de transformismo, estos estaban muy mal vistos y nadie se atrevía a reconocer de viva voz que habían asistido a eventos de estas características, de las que «El Rambal» era un verdadero artista. Su estricta discreción y el celo con el que se comportaba en su vida personal hacía que jamás revelase con quien compartía cama. Alguna vez había dicho que si él hablase se moverían los cimientos de la sociedad asturiana y concretamente de la gijonesa. Sin embargo, esos secretos se los llevó a la tumba.

En la noche del día de autos, según las personas que hablaron con él, no notaron nada raro en su comportamiento. Pasó aquella noche, la última de la semana santa de 1976, de bar en bar charlando con amigos y conocidos al igual que siempre. Lo único extraño que se recuerda fue una breve discusión, al parecer algo encendida, con un joven de mediana edad, que nunca sería identificado, cuando se encontraba cenando. Sin embargo, en principio no se le concedió mayor importancia a aquel rifirrafe que tal vez obedeciese a aspectos triviales, a pesar de que posteriormente se convertiría en un quebradero de cabeza para la Policía, aunque nunca podría ponerle rostro.

De madrugada

Cuenta el periodista gijonés Manuel de Cimadevilla que la madrugada en la que se produciría el crimen que le costaría la vida, la del 19 de abril de 1976, «El Rambal» había tomado una de sus últimas copas a primeras horas de la madrugada en el «Habana» para, posteriormente, dirigirse a su casa, una humilde vivienda emplazada en el número cuatro de la calle de las Monjas. Al parecer, iba acompañado de un misterioso joven, que podría ser hijo de algún personaje importante de la sociedad asturiana de la época, -concretamente de Avilés-, quien le acompañó hasta su casa. No se sabe ya si en el interior se produjo alguna discusión o lo que realmente aconteció. Lo que sí pudieron corroborar los forenses es que su asesino le asestó una puñalada que le seccionó la laringe, mortal de necesidad. El arma con el que se le dio muerte parece ser que era un estilete, muy comunes entre los delincuentes de aquella época. Su cuerpo presentaba heridas en distintas partes del cuerpo, entre ellas una mano, lo que demostraría que Alberto Alonso trató de defenderse de su agresor, quien huiría del lugar, no sin antes provocar un incendio con ánimo de borrar las posibles huellas del escenario del crimen.

Posteriormente, el misterioso muchacho se dirigiría hasta una cabina telefónica situada en las inmediaciones de la churrería del muro quien llamó por teléfono a su casa. Alguien, que era de Avilés, le escuchó decir «Papá he cometido una barbaridad. Manda un coche a buscarme a la churrería el muro de Gijón». Algo más de una hora después llegó un automóvil con conductor y el enigmático joven se subió a su asiento trasero. En ese momento se perdió definitivamente su pista en la oscura noche asturiana. Nadie fue capaz de ponerle cara ni se sabe quien podría haber sido, aunque parecía estar claro que era del municipio del occidente astur al que antes se aludía. Y no era cualquier persona, dicho sea esto con todas las reservas.

Un incendio

El cuerpo sin vida de Alberto Alonso Blanco sería descubierto debido a que una vecina de las viviendas contiguas observó que desde el número cuatro salía humo y alertó a los bomberos y la Policía. Ambos cuerpos de emergencia se encontraron con el dantesco panorama de que el único morador de aquella vivienda había sido asesinado, de ahí que el autor de su muerte hubiese provocado el fuego, con el exclusivo ánimo de borrar hipotéticas huellas que sirviesen para incriminarle. El asesino había echo una pira para tratar de que el cadáver de «El Rambal» se calcinase lo antes posible, pero antes de que esto sucediese llegaron antes los bomberos. Solamente había dado tiempo a que se le chamuscasen los pies. El cuerpo fue encontrado en posición decúbito supino y presentaba un aspecto aterrador, según lo describiría la Policía.

A los dos días se celebró su entierro al que asistieron más de un millar de personas, que querían dar así testimonio de aprecio por una persona que era muy popular en la ciudad asturiana y que también era muy querida. La iglesia de San Pedro, donde se celebró el funeral por su alma, se quedó pequeña para acoger a tantos fieles, convirtiéndose en una de las mayores manifestaciones de duelo que se recordaban en Gijón.

Tras su asesinato se iniciaron las pesquisas policiales, interrumpidas en distintas ocasiones por las autoridades, que se centraban en identificar al joven que había acompañado a «El Rambal» en la que sería la última noche de su vida. Sin embargo, se dice que había alguien que por detrás pretendía correr un tupido velo y echar tierra sobre un crimen que terminaría durmiendo el sueño de los justos, aunque en este caso, al igual que en otros muchos, también se puede decir que de los injustos. Dejaba, además, tras de sí un gran número de incógnitas y enigmas que ni siquiera el paso del tiempo se encargaría de resolver.

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Asesina a tres personas en Vallecas y después se suicida quemándose a lo bonzo en Monterrubio (Zamora)

El triple homicida se suicido en la localidad zamorana de Monterrubio

Una hermana de Pilar Rodríguez Lorenzo, de 55 años, vecina de la calle Antonio Folgueras en el populoso barrio madrileño de Vallecas se olía lo peor en aquellos primeros días del mes de octubre del año 1979. Había efectuado innumerables llamadas telefónica a sus familiares y nadie contestaba al teléfono en el 2D del segundo piso de la finca número dos de la concurrida vía de la capital de España. Le extrañaba mucho el mutismo que reinaba en aquella vivienda. Por ello, se decidió a acudir personalmente ella hasta el lugar. Sin embargo, sus insistentes llamadas a la puerta de la casa tampoco ofrecían resultado alguno, por lo que tuvo claro que a su familia le había ocurrido algo, como se suele decir en estos casos. A todo ello se sumaba el hecho de que la habían llamado desde Monterrubio, en la provincia de Zamora, para comunicarle que un pariente suyo, Antonio Rodríguez Lorenzo, de 48 años de edad, había puesto fin a su vida de una forma dramática y un tanto bárbara, ya que prendió fuego a su cuerpo y se quemó a lo bonzo.

La hermana de Pilar Rodríguez no relacionaba, hasta aquel momento, el suicidio de su familiar con el dantesco panorama que se encontraría la Policía cuando accedió a la vivienda en la que se había cometido el triple crimen. Fue ella también la encargada de dar la voz de alarma, avisando a las distintas fuerzas de seguridad y servicios de emergencia para averiguar que había sucedido realmente en aquel domicilio del barrio de Vallecas. Un bombero se encargaría de acceder al piso a través de una ventana interior situada en un patio de luces. Sin embargo, no fue él quien descubrió la tétrica escena que consternaría al gran barrio obrero por excelencia de España. Serían los agentes de la Policía quienes, en medio de un gran charco de sangre encontraron los cadáveres de dos de los inquilinos de aquel piso, Pilar Rodríguez Lorenzo, de 55 años y su marido Miguel Barrios Curedo, de 68, un hombre invidente y que vendía cupones de la ONCE, que yacían exánimes sobre el suelo, con evidentes señales de violencia.

Pero el drama sería aún mucho mayor cuando en otra estancia de la casa, concretamente en un dormitorio, se encontró sobre un colchón el cuerpo sin vida de la hija del matrimonio asesinado, María del Pilar, una joven de 22 años, quien al igual que sus progenitores, había sido asesinado con el mismo arma homicida. Ahora tocaba recomponer las piezas de aquel rompecabezas e indagar los motivos que se hallaban detrás de aquel triple crimen que sobrecogería a la capital de España en un otoño que se presumía muy caldeado por la conflictividad laboral que afectaba al país en aquel entonces.

Un hacha, la clave

La Policía encontraría un hacha en el cuarto de baño de la vivienda, con la que presumiblemente se habían cometido los tres asesinatos. El arma se encontraba completamente ensangrentada y los forenses se encargarían de certificar las sospechas policiales. La siguiente pista se encontraba muy lejos de Madrid, pero de la que no cabía ninguna duda que se encontraba intimamente relacionado con el truculento suceso acontecido en el barrio de Vallecas. La hermana de Pilar Rodríguez había tenido conocimiento ya del suicidio de un familiar suyo en la localidad zamorana de la que era originaria toda la familia. Sabía también que aquel mismo hombre se había hospedado durante algo más de una semana en el piso de las tres personas asesinadas, ya que estaba esperando a ser intervenido quirúrgicamente de una embolia cerebral que había sufrido recientemente.

A partir de todos estos datos, la Policía comenzaría a atar cabos y a deducir lo que realmente había pasado para que se originase aquella tragedia en aquella vivienda. Según la hipótesis policial, el desencadenante del triple crimen habría sido que Antonio Rodríguez, en los escasos días que llevaba hospedado en aquella casa, habría trabado una relación sentimental con la hija de los dueños, la cual no era aceptada de buen grado por parte de estos, quienes rechazaban de plano que María del Pilar Barrios Rodríguez iniciase un romance con un hombre que era 26 años mayor que ella. A lo que se sumaba, que además de ser su familiar, se encontraba casado y era padre de una prole compuesta por cinco vástagos. Todo ello no casaba con los rígidos estereotipos de la época ni mucho menos con los estrictos cánones de una sociedad que todavía no gozaba de una ley de divorcio, que aún se aprobaría dos años más tarde.

La tesis policial sostenía que a raíz de esa supuesta relación se pudo haber iniciado una ardua discusión entre los progenitores de la joven y el maduro cuarentón que la pretendía. Posteriormente, este último valiéndose de su superioridad, principalmente física, habría empuñado el hacha con la que primero dio muerte a la pareja que habitaba la casa y posteriormente a su hija, a quien sorprendió en cama cuando se encontraba acostada. Sus cuerpos sin vida no serían hallados hasta la madrugada del domingo, 7 de octubre de 1979, a pesar de que el trágico episodio se desarrolló probablemente en la noche del día cinco.

Huida y suicidio

A pesar de haber perpetrado una horrible matanza, Antonio Rodríguez Lorenzo, tuvo el valor suficiente para huir de Madrid y no comentar con absolutamente nadie la terrible tragedia que había ocasionado. En principio se dirigió en autocar hasta la localidad vallisoletana de Medina del Campo. En este último lugar tomaría un taxi que lo trasladaría hasta el pueblo zamorano de Encarmazón. Su periplo terminaría al encontrarse con un vecino suyo quien lo llevaría hasta Monterrubio, su villa natal. En ella pasaría la última noche de su existencia, pero sin dar cuenta a nadie de lo que había hecho en la capital de España.

Al día siguiente, el triple asesino madrugó bastante, levantándose a primera hora de la mañana. Su esposa le preguntó si le preparaba el desayuno, a lo que él rehusó «dada la actividad que iba a hacer» -en palabras textuales del propio criminal. Se dirigió a un pajar de su propiedad en el que roció su cuerpo con dos litros de gasolina para luego ponerse fuego a lo bonzo, dejando su cuerpo literalmente irreconocible, al quedar casi completamente calcinado por el fuego.

La noticia del suceso que sorprendió a los vecinos de Monterrubio inmediatamente llegaría a Madrid, siendo la Policía quien estableció el nexo entre la tragedia de Vallecas y el suicidio ocurrido a más de 300 kilómetros de distancia. Del autor de la matanza se decía que era un hombre agradable y cordial que trabajaba en el campo, aunque se encontraba muy obsesionado con los problemas de salud que le afectaban desde hacía algún tiempo. Nadie se imaginaba que detrás de aquel hombre que ponía fuego a su cuerpo se encontraba un triple asesino que pretendía a una joven que tranquilamente podría ser su hija.

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El asesinato del general portugués Humberto Delgado y su secretaria en Badajoz, un oscuro y misterioso suceso que quedó impune

El general Humberto Delgado dirigiéndose a la población en un mitín en Portugal

El general Humberto Delgado había sido amigo íntimo de Oliveira Salazar, el viejo dictador portugués que dirigía con mano de hierro el país vecino. Sin embargo, su amistad se vendría abajo a raíz de su postulación en el año 1958 para la presidencia de la República. Era aquella la primera vez en muchos años que la oposición se presentaba a una convocatoria electoral y de hecho, gracias a un descarado fraude triunfaría el candidato oficialista, Américo Tomás. A pesar de su no victoria, Delgado terminaría por convertirse en un referente para toda la disidencia y oposición lusa, que veían en él a una figura capaz de aglutinar y desarrollar un nuevo proyecto que terminase con la anquilosada y corrupta dictadura portuguesa que se prolongada desde la década de los años veinte del pasado siglo. Ante este panorama, Delgado optó por abandonar su país y trasladarse a Brasil, donde proseguiría con su actividad política.

Conocedores del carisma del militar, la dictadura salazarista no cejó en su empeño de perseguirle. De hecho, su temida policía política, la PIDE seguiría hasta la antigua colonia portuguesa al hombre que sería conocido como «el general sin miedo». Consciente de que le seguían los pasos, puso el caso en conocimiento de las autoridades del país carioca e inmediatamente descubrieron que en la supuesta inofensiva oficina que había instalado la policía política no había un solo papel, pero sí armas de gran precisión, entre ellas un rifle, con el que pretendían darle muerte.

Ante la actitud que habían tomado los acontecimientos, Humberto Delgado decidió actuar provocando la llamada Revolta de Beja,en colaboración con otros militares portugueses que se encontraban en activo, pues él había sido degradado e incluso expulsado del Ejército. Su intentona no hizo otra cosa que acrecentar la animadversión que hacia él sentían las principales autoridades lusas, que ahora pasarían a la acción empleando métodos expeditivos para deshacerse de él. Se pondría en marcha la «Operación Otoño», destinada a liquidarlo, independientemente de los métodos que se empleasen para ello, recurriendo incluso a métodos mafiosos.

Un extraño viaje

El año 1965 fue el ejercicio escogido para dar muerte a quien era la principal referencia de la oposición portuguesa en aquel tiempo. Para ello se servirían incluso de la organización de extrema derecha francesa OAS, al frente de la cual estaba Jean Jaques Susini. Le habrían propuesto un viaje a la capital italiana, aunque el rechazó esta opción, por lo que decidió volar desde Argel a París, donde debería entrevistarse con un personaje de escasa reputación y fácilmente manipulable, Ernesto de Carvalho, quien en teoría era un opositor al régimen imperante en Portugal, aunque demostraría ser un individuo con nulos escrúpulos y escasa talla moral. Este le hizo saber que había militares portugueses que deseaban entrevistarse con él, con Delgado, en la frontera luso-española, en la provincia de Badajoz. A pesar de que personas próximas al general le quisieron hacer ver el riesgo que corría si se dirigía al lugar previamente convenido, Humberto Delgado hizo una vez más gala de su valor y arrojo para afrontar la situación. Esas mismas personas le manifestaron su desconfianza a que aquello se tratase de una emboscada y a la previsibilidad de que detrás de la misma se hallase la siempre temerosa policía política portuguesa, la PIDE.

A pesar de todo, el general decidió hacer caso omiso de sus consejeros y asistiría a la cita. Para ello, se hospedaría en el Hotel Simancas de la capital pacense. Uno de sus primeros puntos de encuentro era la catedral de la ciudad, aunque se encontró con que allí no había absolutamente nadie. Tampoco encontraría a otros confidentes en la estación de ferrocarril, otro de los puntos convenidos en su periplo por territorio extremeño. De regreso al hotel en el que estaba hospedado, recibió la sorpresiva visita de cuatro personas, una de las cuáles, el inspector Antonio Rosa Casaco, una de las cuales le comunicó que el supuesto opositor Ernesto de Carvalho había sido detenido. De sus visitantes, tres eran miembros de la OAS y otro de la PIDE. Le comunicaron, a su vez, que otra persona se encargaría de trasladarlo no a Olivenza, como en un principio había creído sino hasta un paraje conocido como Los Almerines, por entender que era un lugar mucho más discreto para mantener una reunión de aquel calibre.

Al día siguiente, 13 de febrero de 1965. fecha prevista para la ejecución del macabro plan, un subinspector de la PIDE, Ernesto Lopes le comentó el supuesto arresto de Carvalho, al tiempo que se hacía pasar por un falso teniente del Ejército. El lugar elegido era idóneo para una reunión secreta, pero también para una trampa mortal. Humberto Delgado mostró su extrañeza por contemplar solamente a una persona en otro vehículo en el lugar elegido, a lo que el conductor que lo había traslado hasta aquel paraje le dijo que el resto se encontraban ocultos entre los árboles. Inmediatamente «El General sin miedo» se percató de que realmente aquello era una emboscada, por lo que haciendo gala de su arrojo y valor se abalanzó sobre uno de sus asaltantes, entablándose una pelea entre ambos hasta que Casimiro Monteiro, un peligroso individuo al que se le atribuían varios crímenes en las colonias portuguesas, le propinó un culatazo en la zona occipital, siendo derribado en el suelo. Este mismo sujeto le efectuaría otros tres disparos en el pecho y se encargaría de darle el toque de gracia con el mismo arma, aún humeante de los tres primeros disparos.

Una vez muerto el militar luso, su cuerpo fue envuelto en una manta y lo escondieron en un automóvil dejando un gran reguero de sangre en el suelo. Lopes regresaría al hotel en busca de la secretaria de Delgado, con la falsa excusa de que el general requería sus servicios. Una vez en el mismo paraje en el que habían dado muerte a su primera víctima, aquellos desalmados policías políticos torturarían hasta la extenuación a Arajaryr Moreira de Campos, que así se llamaba la mujer, quien moriría a manos del terrible Monteiro, quien no dudó en estrangularla para terminar con su vida.

Los asaltantes depositarían los cuerpos de sus víctimas en una especie de arroyo seco, echándoles por encima ácido sulfúrico y también cal, con la finalidad de volverlos irreconocibles, al tiempo que creían que jamás serían descubiertos. Sin embargo, dejarían demasiadas pistas que serían concluyentes a la hora de resolver el caso.

Hallazgo de los cuerpos

El dueño del hotel en el que se alojaban los dos súbditos de nacionalidad portuguesa denunciaría su misteriosa desaparición ante la Policía, pues, aunque ninguno de los dos había efectuado pago alguno, tampoco habían retirado sus pertenencias, lo que le resultaba muy extraño. Cuando ya había transcurrido algo más de mes y medio del doble asesinato, dos niños que buscaban nidos en la localidad extremeña de Villanueva del Fresno hallaron dos cuerpos en aquel paraje en el que les habían dado muerte. Comenzaba para la Policía la ardua tarea de saber lo que había ocurrido, pues se carecía de cualquier pista acerca de la identidad de las dos personas que habían sido asesinadas, pues estaban en avanzado estado de descomposición y estaban prácticamente irreconocibles.

Un anillo hallado en uno de los dedos del general, con las iniciales H.D. grabadas, sería lo que les condujo a la pista a los investigadores. Aquellos dos cadáveres no pertenecían a supuestos emigrantes que estaban huyendo de su país, como se sospechó en un principio, sino que uno de ellos pertenecía a una destacada personalidad portuguesa. Desde el Ministerio de Información y Turismo, dirigido entonces por Manuel Fraga Iribarne, se pretendió acallar un asunto que llegaría incluso a crear un pequeño incidente entre España y Portugal.

Otro elemento clave en la resolución del suceso fue el hallazgo de una quiniela portuguesa, la Totobola, en la zona aledaña a la aparición de los cuerpos. Inmediatamente se supuso que detrás de aquel crimen se encontraba la todopoderosa PIDE. El juez español encargado del caso quiso trasladarse al país vecino para interrogar a los supuestos autores del crimen, pero las autoridades lusas se lo impidieron, además de declararlo persona non grata.

Posteriormente, en Portugal se hizo un simulacro de juicio que no dejaba de ser una vulgar pantomima con la que encubrir sus vergüenzas. Fueron detenidos todos los que habían intervenido en el secuestro y asesinato de Humberto Delgado. Negaron en todo momento que tuviesen intención de asesinarlo y que solo pretendían secuestrarlo con la finalidad de darle un susto. Además, atribuyeron su muerte a Casimiro Monteiro, quien se había fugado a territorio africano, desconociéndose su paradero. Ninguno de los agentes que habían participado en el secuestro y asesinato de «El General sin miedo» sufriría la acción de la justicia, en tanto que su teórico asesino moriría, ya viejo, en Sudáfrica.

El principal responsable del comando que dio muerte a Delgado, el inspector Antonio Rosa Casaco sería detenido en Madrid en abril del año 1998. Aunque sus delitos no habían prescrito tal como lo establecía la Constitución portuguesa de 1976, el antiguo miembro de la PIDE fallecería en la localidad lusa de Cascais a la edad de 91 años, después de una turbia vida en la que no faltaron los desfalcos, ni el contrabando ni, como hemos visto, el crimen. Toda una joya que ideó un doble asesinato por el que jamás nadie tuvo que rendir cuentas ante la justicia a pesar de que hoy en día Humberto Delgado sea ya un reconocido héroe nacional en su país.

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Impunidad para el asesinato de dos jóvenes prostitutas en el madrileño barrio de Entrevías

Barrio de Entrevías en Madrid

La década de los años ochenta del pasado siglo, además de la famosa «Movida madrileña», también sería trágicamente recordada por los estragos que el consumo de heroína causaba entre los más jóvenes, llegando a fallecer en 1985 medio centenar de personas a consecuencia de las drogas en la capital de España. En este suceso que ahora se rememora se unieron prácticamente todos los ingredientes morbosos que requerían una situación de estas características, al igual que del guión de una película de Eloy de la Iglesia se tratase. Non faltaba la droga, ni por supuesto los bajos fondos y la marginalidad a la que sucumben sus tristes protagonistas, que perecen en plena juventud en un doble crimen relacionado con el tráfico de estupefacientes.

En la jornada del 25 de abril de 1985 una mujer caminaba por las vías del ferrocarril que separaba los barrios madrileños de Entrevías y Vallecas, viéndose repentinamente sorprendida por la presencia de dos cuerpos tirados en sus inmediaciones. Uno de ellos correspondía a María Francisca Pajares Maroto, de 22 años de edad, conocida como «La Paca», en tanto que el otro pertenecía a Angeles Pérez Alcaide, «Nines», un año menor que su compañera. Ambas ejercían la prostitución para costearse la terrible adicción a la que se encontraban enganchadas y que tantas tragedias estaba ocasionando en la España de la época, amén de sumir a las grandes ciudades en olas permanentes de inseguridad ciudadana.

Nada recordaba en María Francisca, sumida en un gran deterioro físico, a la joven que había aspirado a conseguir el título de belleza «Miss Madrid» hacía tan solo unos años. Su cuerpo, terriblemente desgastado a consecuencia de las drogas, declinaba la situación infame en la que se había acostumbrado a vivir. A pesar de que su familia había intentado por todos los medios que se bajase del caballo, a la joven le faltó el tesón suficiente para hacerlo. Había pasado por un centro de rehabilitación de toxicómanos en Valencia, «El Patriarca», pero solamente aguantó unas semanas, tras las cuales regresó a Madrid a ejercer la prostitución en la zona de Capitán Haya. A los estragos de la heroína, había que sumarle la sarta de golpes que sufrió el día en que fue asesinada. Según la autopsia presentaba tres impactos en el cráneo propinados por algún objeto de gran contundencia, tal vez un palo o un bate de béisbol, suficientes para terminar con su infortunada existencia. A su lado alguien había colocado una jeringuilla hipodérmica, como pretendiendo dar a entender que «esto ha sido la causa de su muerte».

Otro tanto le había ocurrido a Nines, quien habría muerto en las mismas circunstancias que su compañera y muy probablemente a manos del mismo agresor o agresores y su cadáver fue hallado a metro y medio del de «La Paca». Su rostro estaba horriblemente desfigurado y su cuerpo también experimentaba los mismos efectos de los estupefacientes que la otra mujer asesinada. Su constante deterioro era más que evidente y su suerte parecía estar sellada desde el instante mismo en que se pinchó por vez primera con una de esas macabras jeringuillas que tanto abundaron en aquella década por parques y jardines de toda España.

Una testigo sorpresa

Aunque la Policía tuvo desde el primer instante a una familia de etnia gitana en el punto de mira, ya que era de sobra conocido que se dedicaba al menudeo de la droga, nunca podrían atarse cabos los suficientemente sólidos para mantener su incriminación. Casi un año después del hallazgo de los cuerpos de las dos jóvenes asesinadas, sería detenida en el barrio de Entrevías Enriqueta Arincón Silva, alias «La Mona», de 18 años de edad, acusada de haber vendido una papelina de heroína a un joven de la zona. Según todos los indicios, esta joven, también fuertemente enganchada a las drogas y que vivía en un poblado chabolista en compañía de su madre y un sobrino, declararía ante la Policía que las dos muchachas asesinadas habrían acudido a su casa a comprar heroína. Como no la tenía, les indicó la casa de la familia de etnia gitana en torno a la cual se centraban las sospechas de los investigadores, que llegarían a detener a cinco de sus miembros, de los cuales tres serían puestos en libertad a los pocos días.

Cuando parecía que había indicios que apuntaban a una pronta resolución del caso, en mayo de 1986 fallecía la única testigo que podía aportar pruebas en el hospital Gregorio Marañón de la capital de España como consecuencia de su adicción a las drogas, ya que estaba considerada una «toxicómana intensa», un concepto clínico utilizado para medir el grado de deterioro al que se encontraba sometido su organismo, cada vez más debilitado, aunque otras fuentes apuntaban a que «alguien había decidido cerrarle la boca para siempre» aludiendo con ello a la hipotética posibilidad de que la muchacha, que no sabía leer ni escribir y tuvo que firmar su declaración ante la Policía con el dedo pulgar, podría haber sido víctima de una sobredosis en la que hubiesen intervenido terceras personas.

Con el deceso de la única persona que podía aportar algo de luz en torno a un suceso misterioso y oscuro, el caso entraría en un punto muerto, a pesar de que la Policía no dejó de tener en el punto de mira a la familia de etnia gitana de la desconfiaba. Es más, según sus indagaciones, la muerte de ambas jóvenes no se produjo en el lugar en el que habían sido encontrados sus respectivos cadáveres, sino que con toda probabilidad tuvo lugar en otro sitio y alguien, nunca se ha podido determinar quien, trasladó sus cuerpos hasta el paraje en el que fueron encontrados.

Este desgraciado episodio, al igual que muchos otros, sería archivado al carecer de indicios suficientes, a pesar de que a finales de febrero de 1991 la familia de «La Paca» intentó, sin éxito, que se reabriese el caso para tratar de localizar a quien o quienes dieron muerte a una joven cuya vida se esfumó en el cenagoso mundo de la prostitución, los bajos fondos y las drogas.

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Una niña asesinada en Punta Umbría (Huelva) por el recepcionista del hotel que regentaban sus padres

Buzos rastreando la ría en busca de la pequeña asesinada

Como todos los casos en los que la víctima es un menor, sobra decir que es escabroso y hasta escalofriante, superando cualquier apelación descalificante que se le pueda atribuir. A todo ello se sumaría la incertidumbre en que a lo largo de diez días se sumó la localidad onubense de Punta Umbría, dónde todo el mundo se convirtió en sospechoso de un suceso que conmocionaría, no solo a la provincia de Huelva, sino también a España entera. Durante aquellas largas jornadas las calles de la esplendorosa localidad andaluza, muy concurrida en épocas estivales, se vieron invadidas de periodistas que se preguntaban sobre cual sería el incierto futuro de María del Carmen Carretero Gómez, una niña de nueve años, que se convertiría en la trágica protagonista de un suceso que con tan solo recordarlo parece producir escalofríos. Y no es para menos.

La pequeña María del Carmen despareció al atardecer del día 25 de octubre de 1985. Al ano aparecer a la hora de la cena, su madre solicitó del recepcionista del Hotel Emilio, establecimiento hostelero que regentaba junto a su marido, que fuese en busca de la niña, desconociendo que aquel mismo hombre era el autor de su involuntaria desaparición. Aquella misma tarde, la criatura había estado jugando con un primo suyo de trece años, con quien era habitual que departiese en sus ratos de ocio cuando no tenía que ir a la escuela o realizar otras actividades. Fue la casa y el entorno de su familiar el primero que se registró, pero sin obtener resultado alguno ni tampoco ninguna pista que condujese al paradero de la pequeña.

El padre de la niña, José Carretero, que se encontraba de viaje, regresaría de inmediato para incorporarse al operativo de búsqueda de su hijo. Debido a la ausencia de indicios, fue entonces cuando un grupo de buzos de la Guardia Civil decidió rastrear la ría, sin que tampoco se obtuviesen frutos de esta ardua indagación. Es más, los propios equipos especializados desecharían la posibilidad de que la pequeña cayese en el mar, ya que, por regla general, este suele devolver los cuerpos cuando han transcurrido 72 horas desde su caída accidental a las aguas.

Un olor nauseabundo

Cuando ya habían transcurrido diez días de la desaparición de la pequeña, una de las empleadas de la cafetería del hotel que regentaban los padres se dirigió a una de las casas que tenía la familia y que servía también de residencia veraniega debido a la afluencia masiva de turistas. Aquel mismo lugar ya había sido rastreado en otras ocasiones, pero sin ningún éxito. La empleada, que respondía al nombre de Reyes, detectó un terrible hedor que ella supuso que procedía de la habitación 44. Temerosa de lo que pudiese encontrarse, reclamó la presencia de otra compañera, Ángeles, quienes al abrir la puerta de aquel cuarto observaron un enjambre de mosca en una de las camas. El miedo pudo una vez más con ellas y decidieron llamar a su compañero Manuel Garfia para saber lo que realmente sucedía allí, aunque ya se temieron lo peor.

A ellos tres se sumaría un primo de la pequeña, Manuel Delgado Gómez. Entre los cuatro retirarían el colchón de la cama, bajo el cual aparecería el cuerpo de María del Carmen Carretero Gómez. Fue reconocida por las ropas que llevaba, pues su rostro estaba desfigurado a consecuencia de la descomposición que comenzaba a avanzar. Inmediatamente dieron aviso a la familia del macabro hallazgo. El padre de la pequeña, que se encontraba literalmente desesperado, regresaría inmediatamente desde Huelva, a donde había acudido a visitar a un vidente para que le ofreciese alguna pista acerca del paradero de su hija. Desgraciadamente, aquella incógnita se resolvió ese mismo día de la peor forma posible.

Junto a su cuerpo fue hallado un hilo de nailón, así como ocho cabellos, siete de hombre y uno de mujer. Una forense practicaría una primera autopsia en la que dictaminaría que la pequeña había fallecido estrangulada y que había sido violada. Por su parte, el mediático doctor Luis Frontela se encargaría de llevar a efecto una segunda necropsia en la que negaría que la pequeña hubiese sido violada, ya que según su investigación la rotura del himen se debió a la expulsión de gases. Tampoco coincidió en la causa de la muerte de la menor, que él atribuyó a la asfixia a la que fue sometida.

El estupor y la consternación se apoderarían de la preciosa localidad onubense, cuyos vecinos jamás recordaban un hecho similar. A lo largo de todos aquellos días se sucederían las condenas rotundas a tan macabro suceso que enturbiaba la tradicional armonía que se vivía en la zona, únicamente interrumpida, aunque afortunadamente no de forma trágica, en los meses estivales cuando miles de turistas procedentes de toda Europa se dan cita en sus magníficas y estupendas playas, así como en sus innumerables parajes que se encuentran junto al mar.

Como suele suceder en estos casos, las investigaciones de la Guardia Civil se dirigieron, en un primer momento, al entorno más próximo a la pequeña asesinada. Tanto sus familiares como sus amigos se convirtieron en una indeseada diana. Nadie se podría imaginar que el asesino estuviese tan cerca, aunque tardarían más de un mes en proceder a su detención, después de que la Guardia Civil hubiese estrechado el cerco sobre el mismo.

Detención

Tras someterlo a seis horas de arduo y trabajo interrogatorio, el día 5 de diciembre de 1985 era detenido Juan Carlos Clavijo Jiménez, de 28 años, separado y padre de una niña de cuatro años, el conserje del Hotel Emilio, propiedad de los padres de la pequeña asesinada, la primera persona a la que le había encomendado la madre de María del Carmen que acudiese en su búsqueda. Se llegó a decir que entre ambos reinaba un mal ambiente y que el autor de la muerte de la pequeña le llegaría a soltar «te vas a acordar de mí».

Posteriormente, en presencia de la jueza, Juan Carlos Clavijo negaría que fuese el autor de la muerte de la pequeña, aunque las evidencias halladas junto al cadáver demostrarían todo lo contrario. Según los informes forenses, tanto los pelos encontrados, como una fibra de una camisa que llevaba ese día el asesino que fue hallada en el cuerpo de su víctima, pertenecían al conserje del hotel, quien se encargaría de ordenar a su abogado que pusiese una querella contra los agentes de la Guardia Civil que, según él, le habían coaccionado y torturado para que confesase su asesinato. Sin embargo, había demasiadas evidencias en su contra.

Juicio

En medio de una gran expectación, en la segunda quincena de noviembre de 1986 se celebraría el juicio contra Juan Carlos Clavijo Jiménez por el asesinato de María del Carmen Carretero Gómez. Al igual que había hecho ante la jueza que le tomó declaración se decantó por proclamar una vez más su inocencia, atribuyendo a los métodos cerriles empleados por los agentes de la Benemérita la circunstancia de haberse declarado culpable. En el juicio también testificaría su ex-mujer, una joven de 22 años, quien manifestaría que su ex-marido la maltrataba y que no se había atrevido a denunciarlo por el miedo que despertaba en ella.

La sentencia provocaría una gran decepción en la sociedad de la época, pues el asesino solamente sería condenado a 17 años de prisión, 16 por el delito de asesinato y otro más por abusos deshonestos. Además, debería hacerse cargo de las costas del proceso e indemnizar con diez millones de pesetas a la familia de la niña asesinada, aunque se declaró insolvente. De la misma forma, tampoco se le permitía acudir a Punta Umbría mientras no hubiese resarcido en su integridad a la familia de la niña.

Disconformes con la condena que se le había impuesto, los padres de María del Carmen recurrieron al Tribunal Supremo, quien elevaría en cuatro años la pena impuesta por la Audiencia Provincial de Huelva. Al fin, algo era algo, aunque se nos antoja que no fue una sanción muy elevada para semejante barbaridad. Hoy en día, tal vez no se hubiese librado de la Prisión Permanente Revisable. Y sinceramente, creemos que se lo merecía.

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