Un adolescente de quince años roba y asesina a un taxista en Barcelona

Taxis de Barcelona en la década de los sesenta del pasado siglo

Fue un suceso extraño, trágico e impactante. La extrañeza viene justificada por la forma en la que se produjo en aquella España de la década de los sesenta del pasado siglo, un país muy rezagado con relación al resto de los europeos y en el que supuestamente «no se movía nadie». Trágico por que se llevó la vida de una persona de tan solo cuarenta y siete años de una manera vil y hasta canalla e impactante porque lo cometió un adolescente de quince años, que, al parecer, buscaba aventura. No obstante, esa peripecia conllevaría aparejada consigo un suceso que conmovería profundamente a la Barcelona de los sesenta, una ciudad que en aquellos tiempos estaba entrando en una fulgurante etapa de progreso merced a la masiva llegada de emigrantes de otras latitudes de España en busca de la prosperidad que se les negaba en sus tierras de origen.

El desgraciado acontecimiento tendría su origen en la localidad ilerdense de Anglesola, un pequeño municipio de los Pirineos que contaba entonces con unos 1.500 habitantes y que se encuentra enclavado en la comarca de Urgel. Desde allí partiría un muchacho de quince años, que respondía a las iniciales de F.A.S. con destino a la Ciudad Condal con el ánimo de labrarse un futuro, aunque hay que reconocer su precocidad. Sin embargo, esa hipotética emancipación que pretendía llevar a cabo de su familia conllevaría algunos actos delictivos, lo que no parecía importarle mucho. Se había estado instruyendo durante algún tiempo en la comisión de los mismos con lecturas de libros y revistas en los que se daban cuenta de sucesos de distinta índole acaecidos en otros países de nuestro entorno. De hecho, no escatimaría esfuerzos para llevar adelante su funesta actividad, ya que consigo se llevaría una escopeta de caza a la que había recortado los cañones.

La primera y supuestamente única víctima de sus patrañas sería un taxista, Isidro Olivé Pascual, un profesional del volante que llevaba más de dos décadas trabajando en el sector del taxi. En la mañana del 14 de enero de 1963 el adolescente requirió sus servicios en la barcelonesa plaza de Antonio López y le solicitó que lo trasladase hasta la localidad de Esplugés de Llobregat, obedeciendo a un plan preconcebido que había visto en una publicación francesa. Cuando llegaron a su destino, en torno a las doce de la mañana, el joven, que iba bien vestido con gabardina gris clara y unos zapatos decentes, empuñó el arma que llevaba bajo la prenda y a la altura del primer número de la calle Luis Mulet le exigió que le entregase el dinero de la recaudación. El taxista, entre perplejo y sorprendido, ofreció cierta resistencia ante quien se iba a convertir en su verdugo. De hecho, el cuerpo de Isidro Olivé presentaría múltiples contusiones como consecuencia de la lucha y la pelea mantenida con su agresor, tal y como se encargaría de demostrar la autopsia.

Dos disparos

En vista de la resistencia ofrecida por su víctima, un hombre fuerte y corpulento, el muchacho, ni corto ni perezoso, decidió zanjar el asunto por la vía más rápida, que no era otra que la de emplear el arma que llevaba escondida bajo la gabardina. Dos disparos a quemarropa terminarían con la vida de aquel taxista de 47 años, quien dejaba viuda y dos hijos; un joven de veinte años y una niña de tan solo diez. Por su parte, F.A.S. se daría a la fuga, huyendo a pie del lugar de autos. Sin embargo, y eso quizás no lo había leído en los libros, no contaba con que había dejado demasiadas huellas en el momento de cometer aquel atroz asesinato. La más importante de todas fue la de una testigo presencial, quien se asomó a una de las ventanas de su domicilio al escuchar las dos detonaciones, que la alarmarían de que algo grave había ocurrido. La muchacha en cuestión, que sería amenazada por el precoz criminal, declararía que el autor de la muerte del taxista iba bien vestido y que en la gabardina que portaba a los hombros podían apreciársele manchas de sangre, cuestión clave para determinar quien había asesinado a Isidro Olivé Pascual.

Vecinos del lugar y compañeros del taxista, que había quedado malherido en un primer momento, avisaron de inmediato a las asistencias médicas y al 091 para dar cuenta a la Policía de lo que había acontecido en el lugar de autos. Isidro Olivé todavía llegaría con vida al Hospital Clínico de Barcelona, aunque fallecería al poco tiempo de serle practicada una primera intervención quirúrgica de urgencia. Las heridas revestían una gravedad extrema, pues la metralla se le había alojado en el tórax y le afectaba a diversos órganos vitales, por lo que los médicos no pudieron hacer prácticamente nada para salvarle la vida.

Lo que quizás tampoco contaba el adolescente era que también el arma empleada en el crimen iba a ser fundamental a la hora de descubrirlo. Los expertos en balística en seguida se dieron cuenta que la munición empleada era de grueso calibre, de la que se utiliza en caza mayor y que era bastante rudimentaria, tal y como se acreditaría más tarde. De hechos, había realizado varios perdigonazos contra el vehículo de la víctima. Aún así, tardaría hasta 48 horas en ser detenido. Tampoco el botín obtenido por el joven delincuente era una suma de dinero extraordinario, ni siquiera para la época, pues la recaudación del taxista en esa jornada apenas alcanzaba las 150 pesetas, menos de un euro al cambio actual. Teniendo en cuenta la inflación a lo largo de los últimos sesenta años podrían cifrarse en unos sesenta euros actuales, lo cual no deja de ser una cifra, sino irrisoria, lo cierto es que ni siquiera nos alcanzaría para unos gastos que se pudiesen considerar mínimamente decentes. Él muchacho había llegado a Barcelona con 300 pesetas, que enseguida gastó en alojamiento y comida.

La autopsia realizada al cadáver de Isidro Olivé Pascual determinaría que uno de los impactos le había alcanzado a la altura del hombro con trayectoria de arriba abajo, afectando al eje del cuerpo, la cual era mortal de necesidad. De la misma forma, las heridas que presentaba en la región occipital y la mano izquierda, determinaron que se había producido una lucha cuerpo a cuerpo entre agresor y víctima, ofreciendo esta última una gran resistencia que tan solo sería vencida cuando el asesino le efectuó un primer disparo, contra el que se hallaría completamente indefenso.

Joven desaparecido

Las alarmas saltaron cuando ´-desde el pueblo del que era originario el joven delincuente- su familia denunciaría su desaparición, que había tenido lugar un día antes de perpetrar el asesinato, el domingo, 13 de enero de 1963. A todo ello se sumaba que algunos vecinos del barrio de la estación de ferrocarril de Barcelona comentarían que habían visto un joven por la zona que trataba de encontrar un empleo por la zona y que, al parecer, se estaría hospedando en alguna pensión de la Ciudad Condal. En el lugar en el que se hospedaba fue hallada la rudimentaria arma con que había cometido el crimen y que posteriormente pasaría a engrosar las dependencias del Museo Criminológico. El muchacho que se había fugado de su casa pertenecía a una reputada familia de la comarca pirenaica, lo que hacía descartar que el crimen fuese cometido por algún joven que tuviese antecedentes penales.

En la tarde del 16 de enero de 1963 sería detenido el muchacho que respondía a las iniciales de F.A.S. La Policía no tuvo muchos problemas a la hora de interrogar al jovencísimo asesino, pues confesaría el crimen de inmediato, así como el móvil del mismo, que no había sido otro que el robo. De la misma forma, el chaval no dudó en explicar su modus operandi, así como donde lo había aprendido, una publicación francesa en la que se daba cuenta de todo tipo de delitos. Además, les comentaría que su objetivo era independizarse de su familia y emprender alguna aventura en la capital catalana, aún a riesgo de que para ello se viese obligado a llegar a cauces extremos y hasta siniestros.

El rapaz declararía también que le asfixiaba vivir en Anglesola, donde residía toda su familia, sus padres con sus cinco hermanos mayores que él y una hermana más pequeña. Todos ellos trabajaban en talleres de la localidad, a excepción de la hermana pequeña y otra de veinte años que había ingresado en un convento de carmelitas descalzas. En el pueblo del que era oriundo una gran parte de la población vivía de la agricultura, en tanto que otros iban a trabajar al industrial municipio de Tárrega. F.A.S. estaba aprendiendo en aquel entonces la profesión de camarero. También allí, en el pequeño municipio pirenaico, se viviría con gran expectación el trágico suceso, sorprendiendo a propios y extraños, pues le consideraban incapaz de realizar semejante barbaridad. A pesar del frío invierno que estaban sufriendo, los vecinos se reunirían en la plaza del pueblo hasta altas horas de la madrugada soportando las gélidas temperaturas a la espera de nuevas noticias, al tiempo que expresaban su extrañeza y abatimiento por un episodio que involutariamente los situaba en el mapa.

Una publicación de la época, ya desaparecida, daba cuenta de su estancia en el calabozo de la Comisaría de Barcelona. Al parecer, al chaval se le escuchó llorar solo una vez, implorando a voz en grito que lo sacasen del habitáculo en el que se hallaba recluido. A alguno de los policías que se encargaron de su custodia les sorprendió de sobremanera su débil constitución física, así como el hecho de contemplar unas reducidas muñecas todavía de niño portando una esposas. Esta misma publicación informaba, a su vez, que el padre del joven ya le había incautado una pistola en las Navidades de 1962, apenas un mes antes de cometer el asesinato del taxista.

Inimputable

El Código Penal vigente determinaba que al ser menor de diéciseis años, edad que el precoz criminal cumpliría en marzo de 1963, el joven no era responsable de sus actos, «aún cuando se declare autor del hecho, no es responsable de acuerdo con el artículo octavo». El joven, cuya identidad jamás sería revelada ni tampoco su fotografía, ingresaría en un centro de corrección, los popularmente conocidos como reformatorios en el que cumpliría la sanción establecida de acorde con la ley.

Desgraciadamente este no sería el único episodio protagonizado por un menor. Se producirían otros a lo largo y ancho de la geografía española que impresionaran profundamente a la sociedad, más por la precocidad de sus autores que por otras circunstancias. No obstante en esta época los españoles todavía no se habían familiarizado con terminología tal como desarraigo, familias desestructuradas y otras expresiones similares que están tan en boga, aunque en el subconsciente de los jóvenes delincuentes sigan subyaciendo causas similares.

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Tres jóvenes asesinadas en Burgos en los primeros años de la década de los ochenta

Las tres jóvenes asesinadas en la capital burgalesa entre 1981 y 1983. DIARIO DE BURGOS

Hubo un tiempo en el que dirigirse al burgalés parque del Castillo suponía un grave riesgo. Allí se daban cita todo tipo de personajes que eran de todo menos ejemplares. El consumo de droga en la época de la heroína estaba a la orden del día y muy pocos eran los osados que se atrevían a pulular por la zona por el temor que despertaba entre los vecinos de la ciudad castellana. Incluso la sangre llegaría al río, en el sentido literal de la expresión, pues en muy poco tiempo fueron brutalmente asesinadas tres jóvenes que no superaba ninguna de ellas los treinta años de edad. Uno de los asesinatos, en teoría jamás sería resuelto, en tanto que los otros dos serían atribuidos a un mismo individuo, J.D.E., un joven de 23 años alto y fórnido, casado y de carácter aparentemente calmado e introvertido. Quizás esos sean los peores, tal como reza algún dicho popular.

La capital burgalesa se vería repentinamente sobresaltada a comienzos del año 1981 al parecer el cuerpo sin vida de una joven en las inmediaciones de la calle Corazas, que une el barrio de La Fuente con el casco histórico burgalés. Era el día 14 de enero cuando fue hallado el cadáver de Gloria Brizuela Ortega, de 25 años de edad y madre de un niño de pocos meses. Presentaba evidentes señales de violencia, en las que el supuesto autor del crimen se había ensañado con ella hasta extremos inauditos debido al gran número de traumatismo que fueron localizados en su cuerpo. En un principio los investigadores sospecharon que se trataba de un crimen cuyo móvil obedecía a motivos sexuales, pero la necropsia realizada al cuerpo de la joven asesinada descartó que hubiese sido violada. Su agresor tampoco se había apoderado de sus pertenencias, por lo que no había móvil del crimen, en teoría, lo que provocaría que se hiciesen muchas preguntas que quedarían sin resolver, pues aunque la Policía sospechó que este asesinato había sido obra de J. D. E., este jamás llegaría a confesar este macabro crimen.

Cuando la Ciudad del Cid no se había repuesto todavía del horrible crimen con el que habían comenzado el primer año de la década de los ochenta, poco más de medio año después de la comisión del primer asesinato se registraba un segundo homicidio que hacía recordar al primero. Una señora que paseaba su perro por las inmediaciones del parque observó en una de las vaguadas del parque forestal un cuerpo semicubierto con ramas, hojas y piedras. Se trataba de una joven francesa, Michele Plante, de 27 años, profesora de español en un instituto de Bruselas, quien tenía pensado regresar a su país al día siguiente y que solía pasar los veranos en la urbe castellana para mejorar su dominio de la lengua española. Al igual que había ocurrido con Gloria, su rostro estaba horriblemente desfigurado, además de estar el torso desnudo y visiblemente ensangrentado. Una vez más, los investigadores sospecharon en el móvil sexual como posible detonante del crimen, pero una vez más la autopsia se encargaría de demostrar lo contrario. La joven no había sido violada, ni tampoco robada. Se encontraban en un dilema similar a lo ocurrido a principios de aquel sangriento año en la capital burgalesa. Dos crímenes sin móviles aparentes. Era todo un enigma de difícil resolución.

El tercer crimen

Todo parecía indicar que los dos crímenes acaecidos en el año 1981 iban camino de ser relegados al más absoluto de los olvidos cuando de nuevo la sangre haría acto de presencia en Burgos. el peligroso criminal que había atemorizado la ciudad volvería a actuar nuevamente en la primavera de 1983, por la zona del parque del Castillo, que se había convertido en un paraje indómito y maldito para muchos de sus ciudadanos. el 24 de marzo de 1983 aparecía asesinada la joven de 19 años, Teresa del Carmen Cuesta Monzón. En esta ocasión el autor del crimen, J.D.E. llegó a la vivienda que compartía con su esposa en estado de ebriedad en plena madrugada, con sus ropas manchadas en sangre, confesándole a su esposa que había sido él quien le había dado muerte a la muchacha.

La noticia, por boca de su propio marido, alteraría profundamente a su esposa, pues al parecer era amiga íntima de la joven asesinada, por lo que decidió presentar una denuncia en la comisaría de Policía de la capital burgalesa. A diferencia de lo que era de esperar, Escribano no huyó de la ciudad y anduvo deambulando por distintas zonas de la misma, siendo detenido en un bar, sin oponer resistencia, pero tampoco sin expresar emoción alguna cuando los agentes le leyeron sus derechos, así como del delito que se le acusaba. En un principio negó que fuese el autor del crimen, pero después confesaría el crimen y encaminaría a la Policía al lugar de autos, donde se hallaba el cuerpo exangüe de Teresa.

El panorama presenciado en la finca de Quintadueñas, donde se había cometido el crimen, marcaría profundamente a quienes acudieron al lugar, pues se encontraron con un escenario tétrico y dantesco. Recordaba de alguna manera a los crímenes acontecidos en el año 1981. Su cuerpo estaba completamente desnudo y la cabeza había sido aplastada, posiblemente con una enorme piedra que se halló al lado del cadáver, pues estaba totalmente embadurnada de sangre.

Ante las preguntas que le formularon los agentes sobre el móvil del crimen, Escribano manifestaría que obedeció a la negativa de la joven a mantener relaciones sexuales con él. Al parecer, el asesino había estado toda la noche de juerga en compañía de unos amigos de Teresa y cuando regresaban en el vehículo a sus respectivos domicilios le hizo la proposición a su víctima, siendo entonces cuando se desató una discusión entre ambos y posteriormente el aberrante crimen que conmocionaría de nuevo a la capital burgalesa.

Confiesa el asesinato de Michelle Plante

Los investigadores de la Policía estaban convencidos que, visto el modus operandi del criminal se hallaban ante la resolución de los otros dos crímenes acontecidos hacía ya dos años. En un plazo de 72 horas, J.D.E. confesaría haber dado muerte a la profesora francesa en 1981. Al parecer, la había conocido en un mesón en el que Michelle trabajaba para ganarse algún dinero mientras tomaba unos vinos y que el móvil había sido muy similar al de Teresa. Sin embargo, aunque estaban convencidos que la autoría del primer crimen también había sido suya, no consiguieron en ningún instante que lo asumiese como tal. A partir de entonces, los burgaleses respirarían algo más tranquilos, aunque al Parque del Castillo siempre le perseguiría la fama de ser un lugar tenebroso y peligroso, que en la actualidad se encuentra debidamente adecentado y cuidado.

J.D.E., que se hallaba recluido en la prisión provincial de Burgos, sería sometido en la residencia sanitaria de esa capital a un estudio encefalográfico del sueño, para averiguar si había cometido los crímenes inconscientemente. Los estudios estaban encaminados a ratificar o rectificar la hipótesis de que Jesús Domingo había cometido los crímenes de los que se declaró culpable, en un estado de epilepsia temporal, con lo que su responsabilidad sería prácticamente nula. La hipótesis fue barajada por José María Movilla, jefe de neurofisiología de la residencia sanitaria y perito médico en las diligencias que se seguían en este caso. Este doctor inició las investigaciones a raíz de los testimonios presentados por los conocidos de J.D.E., que no podían dar crédito a que él hubiera cometido este asesinato; ante su personalidad no agresiva, y, sobre todo, por una frase del acusado que le llamó la atención al explorarle: «Cuando se hizo el silencio me dí cuenta de lo que había sucedido».

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Asesina a una pareja de novios en Ciudad Real y después se suicida

Parque de la Atalaya en Ciudad Real, donde sucedió en trágico acontecimiento

Ciudad Real, noble y hermosa urbe española donde las haya, se sobresaltaría aquel día de primavera del año 1987. Era el día 21 de abril y nada hacía presagiar que se fuese a escribir una de sus más negras páginas de su historia más reciente. La historia comienza con un padre alarmado por la ausencia de su hija, María del Mar Perales Serrano, una joven de 20 años, quien denuncia ante la Policía local ciudadrealeña la desaparición de su hija, pues le resulta muy extraño que un día normal de la semana no llegase a casa cuando ya se adentraba en la madrugada.

Los agentes se ponen manos a la obra y se dirigen en búsqueda de la joven, quien en ese momento mantiene una relación formal con un muchacho tan solo un año mayor que ella, Alfredo Lozano Galbán. El lugar al que se dirigieron las fuerzas del orden fue al Parque de la Atalaya, pues es un paraje bastante reservado y al que acudían con frecuencia parejas de novios en busca de intimidad. El panorama con el que se encontrarían sería dantesco y desolador. Avistaron dos vehículos, que estaban distantes entre sí poco más de veinte metros. Eran un Citroën Visa y un SEAT 850. El primero de ellos pertenecía a la joven pareja, en tanto que el segundo era propiedad de un policía nacional que llevaba siete años destinado en Ciudad Real, Isidro Mejías, de 32 años, casado y padre de dos hijos.

En el interior de ambos vehículos encontrarían a sus ocupantes muertos por disparos de arma corta. En el Citroën Visa fue hallado en el asiento del conductor el cadáver de Alfredo Lozano, que presentaba sendos disparos en un ojo y en el cuello. Mientras que su novia, María del Mar Perales, estaba literalmente acribillada a tiros, pues su cuerpo presentaba cuatro impactos de bala. Dos en las manos y otros dos más a la altura del pecho. Sin embargo, el cuerpo sin vida de quien fuera agente de la Policía Nacional, que también estaba sobre el asiento del conductor, había recibido un único tiro en la sien. La deducción a la que llegaron era que se encontraban ante un doble crimen y posterior suicidio del autor de los dos asesinatos.

El crimen habría sido cometido con el arma reglamentaria del Policía, quien se habría aprovisionado de munición suficiente aquella misma mañana en la Comisaría de Ciudad Real. En su vehículo se hallaría una caja con varios proyectiles y el cargador de la pistola, con la que también pondría fin a su vida, ya no quedaba ninguna bala más. Además de la lógica conmoción y consternación que reinaría en el ambiente de la capital manchega, también causaría una extraordinaria sorpresa, pues nadie consideraba a Isidro Mejías capaz de llevar a cabo un acto de las características como el que tuvo lugar el 21 de abril de 1987.

En el parque de la Atalaya se descubriría una pequeña placa en memoria de las víctimas de este trágico episodio, que quebraría la habitual tranquilidad que se vivía en Ciudad Real y el lugar, un precioso paraje, quedaría para siempre marcado y hasta estigmatizado por el desgraciado episodio que se vivió en la lluviosa primavera de hace ya más de treinta años.

¿Porqué lo hizo?

Esa era la pregunta que se hicieron muchos habitantes de Ciudad Real durante largo tiempo. ¿Qué motivos empujaron a Isidro Mejías a terminar con la vida de dos personas a quienes ni siquiera conocía? Los padres de ambos jóvenes tampoco conocían al funcionario de Policía. En un principio se habló de un posible crimen pasional, pero enseguida se descartó que el autor del crimen mantuviese relación alguna con la joven asesinada, como se encargarían de divulgar algunos medios de comunicación. Es más, allegados a Isidro manifestarían que era un hombre muy enamorado de su mujer, con la que se le veía a menudo en todos los actos en que tomaba parte.

Otra hipótesis que tomaría fuerza era la de la presunta depresión que estaría atravesando el agente de Policía y de la que no se habría recuperado. Todo indicaba que Isidro Mejías había planificado minuciosamente su suicidio y que se encontraba ante un grado elevado de frustración personal que procuraba disimular ante sus amigos y conocidos. Según algunos estudios de este suceso, el policía decidió acabar con su vida aquel día de primavera en el lugar que previamente había elegido y, tal vez víctima de su estado personal de desasosiego comenzaría a disparar a diestro y siniestro contra todo lo que se encontró por delante. Aún así, había algún dato que llamaba la atención de los investigadores, pues el coche en el que se encontraban los dos jóvenes asesinados se encontraba con las puertas cerradas con el seguro, lo que les llevó a suponer que se habrían percatado del peligro que corrían, pero su agresor decidió dispararles por el cristal delantero del vehículo a fin de terminar con sus vidas.

Como cualquier trágico suceso de esta índole, son muchos los interrogantes que se siguen planteando más de treinta años después del asesinato de una joven pareja, muy querida por sus vecinos de Ciudad Real, y que un día de primavera de 1987 vio abruptamente truncada su existencia por la irrupción en sus vidas de una mente que supuestamente se encontraba en estado de enajenación y delirio, mientras ellos tuvieron la enorme desgracia de hallarse en el lugar equivocado. Por desgracia no han sido las únicas víctimas de circunstancias similares que se han reproducido a lo largo y ancho de toda la geografía española.

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Asesinado un joven que había matado a su novia doce años antes en Salamanca ¿Una venganza?

Salamanca

Hay quien dice que la venganza se sirve en plato frío, mientras que otros dicen que no se puede olvidar jamás. Y mucho menos la muerte violenta de una hija, aunque quienes conocían Eloy Gómez, un guardia civil jubilado de 61 años, lo consideraban incapaz de rumiar durante más de diez años una venganza contra el autor de la muerte de su hija Mercedes Gómez Calvo, una adolescente de quince años asesinada el 31 de marzo de 1973 por quien entonces era su novio, Miguel Ángel Marcos Prieto, de 19 años.

Sea como fuere, lo cierto es que el propio Miguel Ángel Marcos, casi trece años después de haber dado muerte a la muchacha, volvería a protagonizar la página de sucesos de los distintos diarios nacionales tras aparecer su cuerpo con nueve impactos de bala el 7 de febrero de 1986, apenas cinco meses más tarde después de haber obtenido la libertad condicional y tras haber protagonizado algunas aventuras impropias de una persona que fuese capaz de controlar sus estribos. El cadáver de Miguel Ángel aparecería en las proximidades del Hospital Clínico de Salamanca.

La violenta muerte del joven impactaría en la capital charra y a muchos de sus ciudadanos se les venía ahora a la mente el trágico suceso que había protagonizado Miguel Ángel Marcos trece años antes. Apenas dos horas después del hallazgo de su cuerpo sin vida, era detenido Eloy Gómez, el padre de Mercedes Gómez Calvo, la quinceañera a la que había dado muerte quien ahora aparecía brutalmente asesinado en el turbulento año de 1973. En su poder se halló una pistola Star, del calibre nueve, para la que poseía la oportuna licencia, pues había sido durante muchos años agente de la Benemérita y ahora se dedicaba al mundo empresarial, siendo muy conocido en la capital salmantina. La munición hallada en el cargador del arma de Eloy era idéntica a los casquillos hallados en las inmediaciones del cadáver de Miguel Ángel Marcos. Sin embargo, el crimen quedaría impune y jamás se pudo demostrar quien se había encargado de asesinarlo. Su abogada, Soledad Manso, declararía al digital SALAMANCA 24 HORAS que el crimen pudo obedecer a raíz de algunos problemas que había tenido el joven en prisión, descartando que fuese el padre de su víctima quien se hubiese tomado la venganza.

Asesinato de Mercedes Gómez

En marzo de 1973 España ya estaba en los últimos estertores del franquismo y todo parecía «atado y bien atado». Salamanca era una ciudad apacible en la que cada año se daban cita millares de universitarios para cursar estudios en su ya casi ocho veces centenaria Universidad, una de las más prestigiosas y acreditadas del país. Sin embargo, un suceso luctuoso interrumpió el devenir de aquella noble urbe a finales del mes marzo. El suceso se produjo cuando una pareja se disponía aparentemente a gozar de una tarde de sábado en el campo, sin que nada les sobresaltase. El joven portaba una bolsa de plástico en su mano izquierda, mientras que con la derecha ayudaba a sortear a su acompañante algunas piedras del camino. Un labrador los estuvo observando a cierta distancia, aunque sin dar mayor importancia al hecho.

Después de haber recorrido aproximadamente unos tres kilómetros, los dos jóvenes se introdujeron en un chozo de piedras calizas. Al cabo de una hora el mismo labrador que los había observado escuchó un par de descargas de una escopeta. Miguel Ángel, nervioso, oteó a su alrededor, mientras entre quienes se hallan en las proximidades ha cundido ya la alarma. La Guardia Civil del puesto de Los Pizarrales ya está en sobre aviso de que algo ha podido suceder en el tranquilo campo salmantino. Junto al mismo trabajador del campo, otros dos hombres se dirigen hacia el chozo donde observan un objeto que parece recordarles a una muñeca de grandes dimensiones. Se acercan y comprueban que se trata del cuerpo ya exangüe de Mercedes Gómez, una joven de quince años que estudia cuarto de bachillerato. Su cadáver presenta dos impactos de metralla, uno en un brazo y otro en el corazón, suficientes para arrebatarle su corta existencia.

Miguel Ángel Marcos es detenido en las inmediaciones del cementerio de Salamanca, muy cerca de donde treces años más tarde sería hallado su cadáver con nueve impactos de bala. Con él lleva las ropas de la joven a la que ha dado muerte y que se encuentran completamente ensagrentadas. Allí mismo lleva diez cartuchos, un puñal y la carabina del calibre 16 con la que ha asesinado a la muchacha.

Mercedes Gómez gozaba de una gran reputación entre sus amigos y conocidos, además de ser una persona que interviene en distintas actividades en la capital salmantina. De hecho, era miembro de la junta directiva de la Casa de la Juventud de Salamanca y había propuesto que se llevase a cabo una conferencia sobre delincuencia juvenil en el centro tan solo veinticuatro horas antes de ser asesinada. A su sepelio asisten millares de escolares salmantinos y su cuerpo es introducido en un ataúd blanco y es enterrado en el cementerio de la capital charra.

Pena de Muerte

Once meses después del crimen se celebra en la Audiencia Provincial de Salamanca el juicio contra Miguel Ángel Marcos Prieto. En el transcurso de la vista oral da pruebas de sus desequilibrios mentales, pues en un momento dado grita que amaba a la joven a la que le había dado muerte. En primera instancia es condenado a 28 años de prisión mayor, insuficiente en la opinión de la parte acusadora, quien recurre al Tribunal Supremo. Este organismo atiende sus peticiones y el joven es sentenciado a la pena capital el día 10 de diciembre de 1974. No obstante, unos meses más tarde, atendiendo las súplicas de su defensa, en mayo de 1975, el Consejo de Ministros concede al muchacho la gracia del indulto, siendo sustituida la máxima pena por la accesoria que le había impuesto el organismo de justicia provincial de Salamanca.

La vida de Miguel Ángel Marcos Prieto en la prisión no será aparentemente turbulenta, pues se granjea la amistad de los funcionarios con el objetivo de alcanzar algunos beneficios penitenciarios. Así, en 1979 consigue su primer permiso y se dirige a su ciudad natal. Un hombre de sus mismas características físicas es avistado en el cementerio donde reposa el cuerpo de Mercedes Gómez Calvo. La sepultura de esta última aparecerá embadurnada de pintura roja, pero nunca se pudo demostrar que hubiese sido él.

Trasladado al penal de Santa Cruz de Tenerife, se le concede un nuevo permiso penitenciario con la condición expresa de que no pueda salir de las islas. Aún así, consigue un documento nacional de identidad falso y regresa a Salamanca. Un joven con su mismo aspecto es visto merodeando por el cementerio. Allí supuestamente le habría puesto una navaja al cuello a una muchacha. Posteriormente roba una carabina en una armería de la capital charra, que le cuesta una pena de cuatro años más de cárcel por el delito de robo. Su odisea terminar de nuevo de muy mala manera.

El 23 de febrero de 1979, los psiquiatras que le habían atendido en la prisión dictaminan que padece «sufrimiento cerebral difuso. Carácter enigmático,silencioso y sombrío. No se relaciona con nadie. Experimenta impulsos que no es capaz de controlar debido a causa patológica. Personalidad paranoica y esquizoide. No es responsable de la conciencia del delito». En septiembre de 1985 obtiene la libertad condicional. Con el apoyo de su familia, se dedica a la cría de pájaros y se dedica a preparar unas oposiciones para el ingreso en la Seguridad Social. Sin embargo, sus ansias de reinsertarse se ven abruptamente cortadas en febrero del año siguiente en un crimen que jamás ha conseguido esclarecerse. Sus restos mortales descansarían en el mismo camposanto que lo hacían los de Mercedes Gómez, a menos de quinientos pasos de distancia.

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Un joven asesina y descuartiza a la esposa del empresario relacionado con el caso del aceite de colza

Angel Emilio Mayayo, el joven condenado por el asesinato y posterior descuartizamiento de María Teresa Mestre

Fue un impactante suceso que conmocionaría a la España de la década de los ochenta en el que se darían cita muchos ingredientes propios de una película de suspense, aunque con tintes muy macabros. Se especuló mucho en torno a este crimen, que incluso llegó a ser relacionado con las actividades empresariales de Enric Salomó, el empresario catalán condenado por la masiva intoxicación con aceite de colza que costaría la vida a varias decenas de personas. Surgieron teorías de la conspiración, nunca demostradas y solamente un condenado, un joven introvertido y solitario, cuyo nombre abriría los informativos de las principales cadenas de televisión y radio de aquella España que parecía estar tomando un nuevo rumbo, al tiempo que se consolidaba como un estado democrático.

A lo largo de quince días la familia Salomó-Mestre vivió con la incertidumbre de cuál podría ser el paradero de María Teresa Mestre, una mujer de 44 años, que había sufrido algunos problemas de salud que le habían hecho incluso requerir los siempre controvertidos servicios de curanderos en busca de algún remedio de carácter natural, quienes incluso llegarían a estar, aunque de una forma un tanto vaga, en el punto de mira de la Policía para tratar de resolver un asunto que se planteaba como un gran rompecabezas. En aquel mes de enero de 1984, cuando tuvo lugar el crimen, el clan familiar, intrigado por la suerte que podría haber tenido la segunda cabeza de familia, recibiría una carta escrita a máquina en la que le solicitaban 25 millones de pesetas en concepto de rescate. La misiva sería fundamental a la hora de resolver el caso.

Quince días después de la desaparición de María Teresa Mestre, el 24 de enero de 1984 trabajadores del servicio municipal de limpieza de Cambrils (Tarragona) encontraron en torno a las dos de la madrugada tres bolsas en las que había repartidos restos humanos. Después de dar cuenta a las autoridades del macabro hallazgo, los forenses dictaminaron que aquellos restos pertenecían a la mujer que había desaparecido el 9 de enero de 1984, concluyendo que se encontraban ante un crimen, cuyas causas se desconocían, a pesar de que se iniciaría un largo reguero de especulaciones al tratarse de la esposa de un empresario que en aquellos momentos se encontraban en prisión por su relación directa con el aceite de colza desnaturalizado que había costado la vida a varios centenares de personas en España, en tanto que otras sufrirían graves secuelas de por vida.

No sabía escribir a máquina

La carta que había dirigido el autor del crimen a la familia de María Teresa resultaría clave para solucionar el caso. El inspector encargado del mismo dedujo de sus investigaciones que quien había enviado la misiva no sabía escribir a máquina. Tras leerla y releerla insistentemente llegó a a la conclusión que quien realmente había dado muerte a la esposa del empresario de la colza era alguien próximo a la familia. Consideraba que se trataba de una persona joven, que muy probablemente fuese de confianza de la familia, principalmente de sus hijos, que se encontraban todos en torno a la veintena.

Unos días más tarde se dirigió a casa de un joven de veintidós años, Ángel Emilio Mayayo, quien no se encontraba en ese momento en el domicilio familiar. Le explicó a su madre que estaba investigando el asesinato de María Teresa Mestre y que precisaba una máquina de escribir para anotar algunos nombres. La mujer le facilitó la que habitualmente empleaba su hijo, así como unos folios que eran prácticamente idénticos al que se había utilizado para dirigir la carta a la familia exigiendo un rescate por la mujer. La investigación avanzaba y se iban atando cabos.

Antes de abandonar el domicilio del criminal, este llegó a casa, siendo entonces cuando el inspector amablemente lo invitó a tomar un café en el Hotel Gaudí, muy próximo a la vivienda de Mayayo. Antes de entrar en materia, estuvieron hablando de diversos aspectos, entre ellos de fútbol y otros asuntos banales. En un momento dado, el policía le habló del crimen que le había costado la vida a la esposa de Enric Salomó, siendo entonces cuando el muchacho se derrumbó y terminaría confesando que había sido él quien había dado muerte a María Teresa Mestre.

Detención

La detención de Ángel Emilio Mayayo se produjo el 26 de marzo de 1984. En comisaría, después de haberse derrumbado ante la habilidad del inspector, contaría con todo lujo de detalles como se produjo el crimen. El mismo tuvo lugar en un apartamento de los Salomó-Mestre, prácticamente contiguo a otro que tenía la familia de su verdugo, después de que la mujer lo encontrase en las escaleras, cuando regresaba de hacer unas compras. Tras una breve conversación, en la que todo parece indicar que hubo una gran tensión, el asesino propinó un golpe a su víctima con una llave tubular de neumáticos, lo primero que se encontró, en la cabeza después de haberle asestado una bofetada que la derribó sobre el suelo de la vivienda.

Posteriormente, arreglaría el domicilio, recogiendo cuidadosamente las pertenencias de su víctima e introduciéndolas en una maleta de doble fondo. Más tarde trasladaría el cuerpo hasta su apartamento. Luego de dar una vuelta por la playa, y llegando a pensar incluso en entregarse a la Policía, regresaría hasta el local donde había abandonado a su víctima, cuyo cuerpo yacía sobre la bañera. Sin embargo, antes de confesar, prefirió deshacerse de aquel incómodo bulto, troceándolo en cuatro parte para introducirlas luego en cuatro bolsas que arrojaría a un vertedero, no contando en ningún momento que fuesen a ser descubiertas de manera ocasional por terceros.

En julio de 1985 Angel Emilio Mayayo sería condenado a 21 años de cárcel, acusado de un delito de asesinato con alevosía. Asimismo, debería indemnizar con once millones de pesetas a la familia de María Teresa Mestre. Con su condena se cerraba uno de los crímenes más intrigantes de la década de los años ochenta en España, aunque no la carrera delincuencial de un muchacho que incluso perpetraría un robo a mano armada en agosto del año 1991, cuya condena sería muy superior a la de su primera fechoría.

Otros 26 años de cárcel

En julio del año 1992 Angel Emilio Mayayo sería condenado a 26 años de cárcel por haber asaltado una sucursal de La Caixa en Lérida el día 29 de agosto de 1991, cuando gozaba de un permiso penitenciario por la buena conducta que había manifestado a lo largo de los siete años que llevaba de cautiverio por el asesinato de María Teresa Mestre. Además, debería hacer frente a la suma de medio millón de pesetas en concepto de multa por los delitos de robo, toma de rehenes y lesiones. A todo ello se sumaba el hecho de la agravante de reincidencia, no observando, como en el primer caso la atenuante de enajenación mental incompleta.

En este segundo proceso, el asesino de la esposa de Enric Salomó hizo gala de una frialdad que sorprendería a quienes se encontraban en la sala, negando en todo momento los hechos de los que se le acusaba y que había perpetrado en compañía de otros dos reclusos. La condena de prisión sería incluso bastante superior a la que le había sido impuesta ocho años antes por un escabroso crimen en el que todavía algunos se empeñan en ver algunas sombras.

En este caso el Tribunal de Lérida consideraría que Mayayo padecía una «psicopatía mixta con rasgos obsesivo-compulsivos, paranoides y esquizoides, que no afectaban a su facultad de razonar ni a la conciencia y voluntad de los actos que realiza, cuya ilicitud comprende, así como sus consecuencias de toda índole, a las que es indiferente».

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Descuartiza a su compañero sentimental en Valencia (El crimen del cine Oriente)

María López Ducos, la descuartizadora de Ruzafa

La España de 1950 era un país que sufría todavía los duros rigores de la Posguerra, en la que sobrevivir representaba un veradero reto para gran parte de sus ciudadanos. Se malvivía de lo que podía y a pesar de la severidad del sistema pasaban cosas. Vaya si pasaban, aunque nadie osase decir lo contrario. En el barrio valenciano de Ruzafa se realizó un macabro hallazgo en los primeros días del caluroso mes de julio de aquel año, pues sería encontrado un cesto de paja que contenía unas extremidades humanas, que ya se hallaban en un avanzado estado de descomposición. Se suponía que quien allí lo había dejado no tuvo en cuenta la cantidad de personas que por allí transitaban, pues se encontraba en las inmedaciones de la vía del tren. El hecho inmediatamente se divulga por toda la capital del Turia y la Comisaría de Policía del populoso barrio levantino se pone a trabajar en aquel desmadejado asunto que causa un extraordinario pavor y estupor.

Tres días después del primer hallazgo, se realiza un segundo en un solar ubicado entre las calles Denia y Sueca. Allí aparece una caja de grandes dimensiones que contiene dos sacos atados con dos cuerdas en los cuales van depositados la mitad de un tronco humano en cada uno de ellos, seccionado por la cintura. Quien encontró la caja fue el vigilante nocturno del barrio, quien inmediatamente puso los hechos en conocimiento de la Policía. Su terror y pavor fueron extremos, aunque los agentes encargados del caso comienzan a atar cabos. A todo ello se añadía la circunstancia de que el vigilante nocturno habría contado a las autoridades que el hallazgo de la misteriosa caja se produjo inmediatamente después de haber mantenido una conversación con la esposa del conserje del cine «Oriente», María López Ducos, de quien se separó tras una llamada vecinal y al volver encontró el tétrico paquete

Es entonces cuando la Policía comienza a estrechar el cerco entre las calles Denia y Sueca, pues están convencidos que el crimen se ha producido por sus inmediaciones. Una de las primeras personas que levanta sus sospechas es la mujer que convive con el conserje del cine, María López Ducos, una mujer de 34 años de edad. A ella le solicitan la posibilidad de hablar con su marido, pero ella les dice que ha tenido que trasladarse a Barcelona, puesto que en el día anterior ha recibido un telegrama urgente para que se presente en la ciudad condal. Sin embargo, el vigilante nocturno está convencido de que lo aducido por la mujer es una vulgar falacia y no se cree lo del telegrama ni la supuesta urgencia con que ha sido requerido Salvador Rovira, de 45 años, quien está separado de su esposa, con la que tiene un hijo y le pasa una pensión de apenas treinta pesetas mensuales.

Olor náuseabundo en el cine Oriente.

En una de las sesiones del cine Oriente los espectadores se quejan al dueño del local de la pestilencia del local, a lo que este responde que obedece a las ratas muertas que han aparecido aquellos días como consecuencia de la desrartización que ha llevado a cabo. Sin embargo, el náuseabundo y desagradable olor persiste en días subsiguientes. La Policía ya está enterada de lo que ocurre en el lugar de proyecciones e inicia un primer interrogatorio a María López Ducos, quien con una magistral sangre fría supera sin ningún incoveniente, por lo que es puesta en libertad, aunque con el cerco ya muy estrechado por los agentes que ya la han colocado en su punto de mira.

En días sucesivos, con el ánimo de hacer desaparecer el mal olor que se respira en el cinematógrafo, María, que comparte un apartamento que les ha cedido el propietario del cine Oriente con Salvador Rovira, quemará algunas hierbas aromáticas, entre ellas espliego. No sabe que la Policía le está siguiendo muy de cerca sus pasos y la circunstancia de pretender aromatizar el local no hace más que aumentar las sospechas de los investigadores, quienes descubrirán también que en realidad no es la esposa del conserje, sino su amante y que ambos habían tenido previamente otras familias con descendencia.

A raíz del intento de la mujer de desviar la atención de los agentes, no hace más que incrementar la desconfianza hacia ella, a pesar de que ha salido airosa en un primer interrogatorio. Días después, con la fetidez todavía en sus pituitarias, se procede a un segundo registro del domicilio en el que reside María López Ducos, bastante más exhaustivo que el primero y sus resultados terminarán por confirmar lo que venían sospechando. En la casa se encuentran unos papeles similares a los que han aparecido envueltos los restos humanos en días precedentes en un solar contiguo al inmueble en el que se encuentra el cinematógrafro y los aledaños de las vías férreas.

No obstante, la sorpresa de los investigadores será mayúscula al encontrar la cabeza del hombre en una caja. Pero no será la única prueba de la evidencia que incrimina a la mujer, ya que además se encuentra también una barra de hierro con manchas de sangre y algunos pelos que todo indica pertenecen al conserje del cine Oriente. Es entonces cuando María se derrumba y confiesa a la Policía la autoría del crimen. Según su versión, el día 27 de junio de 1950 se produjo una discusión entre ambos, a consecuencia de la cual Salvador Rovira se cayó de espaldas y falleció prácticamente en el acto. Nunca se pudo comprobar si lo que decía la mujer era o no cierto, pues demostró siempre una gran frialdad y perseverancia en su postura, incluso durante el juicio que se celebraría un año más tarde.

Lo que sí se sabe, es que no era una pareja modélica ni mucho menos ejemplar, ni tampoco bien avenida. Al parecer, Salvador era bebedor y mujeriego y había protagonizado diversos altercados que constaban en los registros policiales. Se sabía que entre ambos las disputas y las peleas eran constantes, así como los gritos y los enfrentamientos, tal y como se encargarían de constatar los vecinos.

Seis años de cárcel

En el verano del año 1951 se celebró el juicido contra María López Ducos, cuya conducta es calificada de regular por el Tribunal, a la que acusa también de adulterio, en una época en la que esta práctica estaba tipificada como delito en el Código Penal. El hecho de no haber testigos presenciales del suceso, le salvan de una pena más dura y es condenada únicamente a seis años y un día de cárcel por el delito de homicidio, así como a una indemnización de 100.000 pesetas para los herederos de Salvador Rovira Pérez.

La pena de prisión se verá sensiblemete incrementada en cinco meses más, pues el tribunal consideró que la homicida había cometido el delito de inhumación ilegal. No obstante, muy pronto volverá a estar en la calle, ya que los antiguos beneficios penitenciarios, entre ellos su buena conducta, hace que cumpla poco más de tres años de prisión de los seis a los que había sido condenada.

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Ejecutado en el garrote vil por violar y asesinar a una joven en Palencia

Coplas de ciego de la época en torno al crimen. El rincón de la Tradición. Blogspot.

Fue uno de los crímenes que refleja a las claras la denominada España negra o profunda, en el que se entremezclan el dolor de una familia por la pérdida de una hija de manera injusta de una parte, en tanto que por la otra nos encontramos ante un pobre hombre, del que se había burlado vilmente la vida, que tan solo espera el azar de lo que le depare el destino, sin tener ya esperanzas ni ilusiones y, a quien parece que todo le da igual, salvo cuando llega el momento de rendir su vida ante el siempre macabro y tétrico garrote vil, aquel inhumano artefacto que segaba vidas de personas al igual que de animales se tratase.

Los hechos acontecen en la tarde noche, en torno a las nueve y media de la noche del sábado, 17 de mayo de 1958 cuando un individuo de mala vida y no menos mala conducta, Santiago Viñuelas Mañero, aunque tal vez forzado por las tristes circunstancias en que se ha desarrollado su existencia, detiene la bicicleta sobre la que viajaba en el paraje de La Burguiba, a la altura del kilómetro 107 de la que carretera que une la capital de la provincia palentina con Aguilar de Campoo, al percatarse de la presencia de una joven de 17 años, Laudelina Medrano Merino, quien trabajaba en una fábrica de galletas y había cobrado el jornal, cuyo importe ascendía a algo más de 182 pesetas de la época. Viñuelas descendería de la bicicleta, y una vez hubo entablado una conversación con su víctima la derriba, tirándola al suelo, en tanto ella le advierte que denunciará los hechos ante el Cuartel de la Guardia Civil.

La advertencia de la joven se convierte quizás en su sentencia de muerte. Su agresor, no solo la violará, sino que también le propinará dos cortes profundos en el cuello con una navaja, que le provocan la muerte prácticamente en el acto. Viñuelas Mañero arroja el cuerpo sin vida de la joven a la cuneta y lo tapa con el abrigo que ella portaba a fin de que no sea descubierto de forma inmediata. Su cadáver será hallado a la mañana del día siguiente, domingo. El autor del crimen se apoderaría de las escasas pertenencias que tenía la joven, entre ellas una cadena y crucifijo, así como de un delantal que le servirá de toalla. Posteriormente, se dirige hasta Aguilar de Campoo, donde alterna en dos establecimientos y su aspecto desaliñado en el que se le observan manchas de barro y sangre llaman la atención del resto de los clientes y quizás también le delate en las pesquisas que realizará la Guardia Civil en días posteriores.

Huida

Quizás sintiéndose perdido y porque ha dejado demasiadas pistas, aquel pobre energúmeno, que había quedado huérfano de padre a la temprana edad de siete años y que apenas había ido a la escuela, emprende una huida sin destino preciso. Tomaría un tren que le llevaría hasta Alar del Rey. Desde allí se dirigiría a Palencia. Su objetivo era alcanzar la frontera francesa y pasar al vecino país. De hecho, era un hombre consumado en estas lides, pues había prestado sus servicios en la División Azul en la campaña de Rusia. Sin embargo, su peripecia termina en la localidad navarra de Tudela, dónde es detenido por la Guardia Civil el día 26 de mayo de 1958, nueve días después de haber cometido un horrible crimen que copa las portadas de los principales diarios del país y que consterna muy especialmente a Palencia, que asiste horrorizada a una tragedia que se ceba sobre una humilde familia de trabajadores.

Los antecedentes que pesan sobre la triste biografía de Viñuelas Mañero no le ayudaran especialmente en el momento en que sean juzgado los hechos, a pesar de que otros energúmenos de su misma calaña y condición han conseguido librarse de la peor de las sentencias. En primera instancia, merced al razonado informe del Ministerio fiscal, aquel pobre hombre consigue librarse de la pena capital, siendo condenado a un total de 40 años de cárcel, acusado de los delitos de homicidio y violación, al tiempo que debía de indemnizar con 100.000 pesetas a los herederos de Laudelina Medrano Merino. Consideraba la fiscalía que el criminal no había tenido el objetivo claro de dar muerte a su víctima, además de recordar su desgraciado pasado y carecer de un control psiquiátrico. A su favor señalaba también que aquel hombre había servido de forma voluntaria al Ejército Nacional, participando en diferentes frentes de batalla y se había presentado voluntario en la División Azul, en la campaña de Rusia contra el comunismo.

No obstante, la familia de la víctima no se muestra conforme con la sentencia, al entender que es muy benévola con el acusado y busca resarcir la muerte de la joven de tan solo 17 años, por lo que recurren en casación ante el Tribunal Supremo, quien en la vista celebrada el 19 de junio de 1959 rectificará el dictamen de la Audiencia Provincial palentina y condenará a muerte a Santiago Viñuelas Mañero. Al parecer, al alto tribunal no se enviaron los informes realizados por el fiscal encargado del caso en primera instancia y desde el mismo se sostiene que el acusado, además de encontrarse en perfectas condiciones psíquicas es un individuo «socialmente peligroso», que ya había sido condenado por hurto por las audiencias de Zaragoza y Badajoz, además de estar reclamado por un juzgado de Mérida. La misma sentencia califica el crimen como asesinato y no como simple homicidio, lo que resulta clave para condenar a un pobre hombre que ni siquiera había conseguido trabajar como peón en las obras de un pantano en la zona en la que terminaría cometiendo el horroroso crimen.

Ejecución de Santiago Viñuelas Mañero

Al igual que como si el destino quisiera recordarle lo que se le aventuraba, aquel 19 de noviembre de 1959, fecha señalada para la ejecución de Santiago Viñuelas Mañero un fuerte temporal, con grandes rachas de viento, sacudía la capital de Palencia, mientras el viejo divisionario aguardaba la ejecución de la sentencia en compañía del religioso Germán García Ferreras, conocido como el «Padre Balbino», quien trata de reconfortar al reo, aquel pobre hombre que había visto como su vida se consumía en la más absoluta de la miserias y no le había dado la mínima oportunidad para reconducir una existencia marcada por una orfandad temprana y el abandono a su propia suerte. En las horas previas a su ejecución, tanto el sacerdote que acompaña al reo como este último consumen grandes cantidades de café y varias cajetillas de cigarrillos de distintas marcas para matar el cruel paso de las últimas horas de quien está a punto de despedirse de esta vida.

Cuando se acercan sus últimos momentos, Viñuelas Mañero solicita del religioso que deje constancia escrita de su arrepentimiento por el crimen «no es solo de palabra sino también de corazón», lo que enternece de sobremanera al «Padre Balbino», aquel hombre bueno que quedará profundamente impresionado por aquellos instantes en los que una inmensa tristeza invade todos los rincones de la Prisión Provincial de Palencia en los que está a punto de realizarse la última ejecución de su historia. De hecho, el sacerdote acabará convirtiéndose en un gran activista contra la pena capital.

Después de asistir a una última función religiosa, en la que ya se reza por el alma de una futura víctima, Santiago Viñuelas Mañero es conducido a uno de los patios de la prisión en la que se ha instalado el patíbulo y se coloca el tétrico armatroste que le pondrá fin a una existencia, que ha estado marcada por los contratiempos de los bajos fondos, la pobreza y la delincuencia en la que se ha movido a lo largo de sus 41 años de vida, que se había iniciado en la localidad extremeña de Bienvenida de los Barros.

Pero al igual que de si una tragicomedia se tratase, los detalles curiosos se suceden hasta el último instante. Tal es así, que el reo conocía personalmente al verdugo que le iba a dar muerte, el también extremeño, Antonio López Sierra «El Corujo». Es de suponer que sus trayectorias se hubiesen cruzado en algún momento de sus vidas. De hecho, Viñuelas estrechará la mano del sayón y muy poco tiempo después cruza el Rubicón definitivo de su existencia, al que tarde o temprano terminarán sucumbiendo todos los hombres.

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Misterioso asesinato de una pareja de novios en Galdakano

Levantamiento del cuerpo de los jóvenes asesinados en Galdakano

Era el domingo de Pascua del año 1990, 15 de abril, y muchos españoles se disponían a hacer sus maletas y regresar de los días de descanso de aquella Semana Santa. Quizás hubo quien se enteró cuando iba en coche a través de la radio que una patrulla de la Ertzainza había encontrado misteriosa y brutalmente asesinados a una pareja de jóvenes, cuyos cuerpos aparecieron semienterrados en una ladera del monte Pedrolo junto al Alto del Gallo en la bilbaína Sierra de Ganguren. Se trataba de Joseba Zilliaurren Pérez, de 25 años y su novia Idoia Ortuondo Atuxta, de 23. La Policía Autonómica vasca ni el juzgado encargado del caso daban crédito a lo que contemplaban, tanto por el horror y el ensañamiento que habían sufrido las dos víctimas mortales así como por el hecho en sí mismo, que jamás se supo a que móviles podría haber obedecido semejante barbaridad.

El joven estaba prácticamente decapitado, después de que sus agresores le hubiesen inferido hasta nueve puñaladas, la mayoría de las mismas a la altura de la garganta, que casi provocaron la separación de la cabeza y el tronco del cadáver del muchacho. El de Idoia estaba a escasos metros de quien fuera su novio, semioculto en medio de unos enormes helechos y, al igual que su pareja, había sufrido el ensañamiento brutal de sus agresores, quienes le propinaron hasta un total de seis puñaladas. Sorprendía también la circunstancia de que ambos jóvenes apareciesen con las manos atadas a la espalda y la boca tapada con esparadrapo.

La autopsia se encargaría de revelar que, al parecer, no habría habido lucha entre los jóvenes asesinados y sus verdugos. Igualmente se descartó el móvil de la posible agresión sexual, pues ambos aparecieron vestidos con las ropas con las que habían salido de casa en la tarde del viernes santo, 13 de abril de 1990. Todo resultaba cuando menos extraño, pues era lo que se consideraba una pareja normal. Joseba Zilliaurren era trabajador de una empresa gasística en Bermeo y no se le conocían enemigos, en tanto que Idoia Ortuondo era estudiante de informática y, al igual que su pareja tampoco se le conocían personas que estuviesen enfrentadas con ella.

Lugar de venta de drogas

La zona en la que se encontraron los cuerpos de los jóvenes horriblemente asesinados era un área en la que supuestamente se traficaba con estupefacientes a pequeña escala, aunque ninguno de ellos había tenido jamás relación alguna con el mundo de la droga, por lo que se descartó la hipótesis de que el crimen hubiese obedecido a estas causas. Hacía algún tiempo que algunas parejas que frecuentaban la zona habían denunciado los asaltos de los que habían sido objeto presumiblemente por parte de toxicómanos, así como las agresiones que sufrían por parte de grupos relacionados con el narcotráfico, aunque se creyó siempre que no dejaban de ser episodios relacionados con la seguridad ciudadana, muy frecuentes a lo largo de las décadas de los años ochenta y noventa.

Otra de las hipótesis barajadas por los investigadores fue la posibilidad de que los muchachos hubiesen sido asesinados por algún grupo sectario, posibilidad esta que muy pronto decaería e inmediatamente sería desechada por parte de los investigadores al carecer de la consistencia requerida. De la misma forma, llegaría a sospecharse que tal vez Joseba Zilliaurren hubiese presenciado la comisión de algún delito en su trabajo y fuese víctima la pareja de un ajuste de cuentas para eliminar cualquier testigo, aunque este extremo también sería desechado por los investigadores.

Unos meses después del crimen, en octubre de 1990 la Ertzainza procedería a la detención de cinco individuos, a quienes en un principio relacionaba con el doble crimen de Galdakano, todos ellos con antecedentes penales y relacionados con el narcotráfico. Sin embargo, serían puestos en libertad de inmediato al carecer de indicios suficientes para incriminarlos. No serían estas las únicas detenciones que practicaría la Policía Autónoma vasca, ya que tan solo un mes después eran detenidos otros dos individuos con un amplio historial delictivo, muy vinculados a la venta de droga y a los asaltos a mano armada. Pero, al igual que en el anterior caso, la falta de sólidos indicios provocaría su inmediata puesta en libertad.

Transcurridas ya más de tres décadas del horrible doble crimen del Monte Pedrolo, no han faltado conjeturas y algunas hipótesis que no se han sostenido. Mientras tanto, el caso ya ha prescrito en la más absoluta impunidad y una vez más el autor o autores de estos horrendos asesinatos se salieron con la suya, como ocurre demasiadas veces por desgracia.

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