El crimen de Mediana de Voltoya (Ávila), una enigmática historia de celos que se intentó ocultar bajo un falso suicidio

El cadáver de la víctima apareció entre las estaciones de Mingorria y Velayos

Sucedió en aquel mágico 1965, en el mismo en que The Beatles actuarían por primera y única vez en una España que se debatía entre el desarrollismo, el éxodo rural y un progreso que parecía estar estancado. El día primero de noviembre, día de todos los Santos en la por muy entonces religiosa España, se conocería lo que algunos calificarían como el suceso del año, o mejor aún, el crimen del año. Tanto por lo enigmático del caso como por las circunstancias en que se produjo.

Entre las cajas de los rieles de las estaciones abulenses de Mingorria y Velayos aparecería el cadáver de un joven, desfigurado en parte, por lo que en apariencia parecía un suicidio, aunque como dice el clásico dicho, la policía no es tonta, y los forenses mucho menos, acostumbrados a bregar con todo tipo de retorcidas situaciones en las circunstancias más inverosímiles. Serían precisamente estos últimos quienes apreciaron en la víctima de aquel suceso, Juan Antonio Adanero del Nogal, un joven de 29 años, algunas lesiones que no eran compatibles con quien intenta quitarse la vida sino más bien de quien muere por la intervención de terceros, o sea un homicidio o asesinato, según la calificación judicial que se le conceda.

La Brigada de la Investigación Criminal de Madrid y la Guardia Civil se pusieron de inmediato manos a la obra para intentar esclarecer aquel trágico episodio que conmocionaría a una provincia, Ávila, una de las que estaba experimentando con mayor intensidad el éxodo rural hacia las principales áreas urbanas de la España de la época, y en la que, como en muchas otras de entonces, casi nunca sucedía nada. Esta vez se convertiría, sin pretenderlo, en uno de los principales focos mediáticos del país.

Atando cabos

Desde un principio los investigadores centraron su atención en un joven, familiar de la muchacha que mantenía un noviazgo formal con Juan Antonio, llegando a detenerlo en un primer momento, aunque siendo puesto en libertad a las pocas horas. En su breve interín de excarcelación, el detenido Enrique Jurado Heredero, de similar edad a la víctima, incluso concedería una entrevista al diario «Pueblo» en el que negaba cualquier implicación en la muerte del joven aparecido entre las vías férreas, aunque en su segunda detención explicaría con pelos y señales lo que había acontecido el día de autos.

En la jornada del 31 de octubre de 1965, fecha en que se produjo el crimen, había llegado a Mediana de Voltoya en su tractor procedente de Escalonilla, Juan Antonio Adanero, con la intención de verse con su novia, Gloria Galán Jiménez, de 25 años, con quien tenía la intención de contraer matrimonio en meses próximos. Estuvo esperando por su prometida e incluso departiendo con uno de sus hermanos, pues la apuesta joven se había trasladado a la capital abulense con la intención de visitar a su madre que estaba ingresada.

En cuanto regresó Gloria, esta quiso ir a buscar una rebeca que había dejado en el establo de su padre, un lugar un tanto complejo del que Enrique Jurado disponía de unas llaves para poder acceder por una puerta exterior. Aprovechando esta circunstancia, se coló en aquel espacio, esperando oculto con una horca, con cuyo mango propinaría un golpe, mortal de necesidad en la cabeza de Juan Antonio, quien a consecuencia del mismo quedaría inconsciente, aunque con vida. Su novia, al verlo y sin explicarse lo que había ocurrido quedó en estado de shock, sin poder articular palabra alguna. Mientras tanto, su agresor ocultó el cuerpo de la víctima bajo una mampara.

Instantes después se dirigió a una taberna del pueblo donde estuvo departiendo con algunos amigos y conocidos, quienes llegaron a preguntarle por el novio de su familiar, manifestando que no lo había visto. Se mostró preocupado por el estado en que se encontraba su prima, que le hacía suponer que quizás hubiese sufrido alguna agresión, aunque sin especificar más. Aquella noche se iría a dormir a casa del suegro de un amigo suyo, Doroteo Méndez, con quien compartiría camastro entre las once y las dos de la madrugada, ya que su anfitrión solo disponía de otra cama en la que dormiría un familiar suyo que se había hospedado en su casa ese mismo día.

Traslado del cuerpo

Con la ayuda de su amigo Doroteo, antes de cenar, trasladaría el cuerpo de Juan Antonio hacia otro lugar, a lo que accedió aunque no de buen grado. En el establo subieron a la víctima a lomos de una burra y lo dejaron en el mismo abrevadero en el que unas horas antes se había lavado la sangre que le impregnaba tanto las manos como las ropas el verdugo del muchacho, de manera que el agua le cubriese la cabeza. En este lugar se cercioró de la muerte del joven, propinándole un tajo a la altura de la yugular.

Posteriormente, se iría a cenar a casa del suegro de Doroteo y se interesarían por el estado de Gloria. Igualmente, montaría una expedición con el ánimo de saber que le habría ocurrido a Juan Antonio, cuyo paradero se había convertido en una gran incógnita, aunque nadie mejor que él conocía su destino. Incluso, sugirió la posibilidad de dirigirse hasta Escalonilla para saber si había regresado a su domicilio.

De madrugada, alrededor de las dos volvió a requerir la ayuda de Doroteo, a quien amenazó con malos modos llegando a decirle que «al igual que se lo he hecho a uno se lo hago a cien», para llevar el cadáver hasta las cajas de las vías del tren, tratando de simular un hipotético suicidio. Alrededor de las dos de la madrugada, cuando su compañero de cuarto se había dormido se dirigieron en el coche de Enrique Jurado hasta el lugar donde había depositado el cuerpo de Juan Antonio. Les ayudaría en la tarea del nuevo traslado una tercera persona, Ángel Batalla Méndez, a quien recogerían en el cruce de la carretera de Ávila.

En este nuevo acarreo del cadáver, a Doroteo, que fue el encargado de cogerlo por los pies, con el evidente nerviosismo se le cayeron las botas que llevaba puestas las víctima, que aparecerían a una cierta distancia de donde se encontraría el cuerpo. Lo depositaron recostado sobre uno de los raíles con la intención de que el primer tren que pasase lo destrozase y así poder simular un suicidio. Sin embargo, aunque desfiguraría en parte el cuerpo de Juan Antonio, no lo despedazaría tanto como para eliminar las evidentes huellas de un homicidio.

Regresarían de nuevo a Medina de Voltoya, a donde llegaron alrededor de las ocho de la mañana. Allí se interesaron de nuevo por la suerte que pudiera haber corrido Juan Antonio, así como por el estado psíquico en el que se encontraba Gloria. Aquella mañana de difuntos, en torno a las diez, se comunicaba la noticia del hallazgo del cuerpo sin vida de Juan Antonio Adanero del Nogal, cuyo cadáver estaba tirado sobre las vías del tren. En un principio se divulgaría la noticia de un posible suicidio después de que hubiese intentado estrangular a su novia, Gloria Galán Jiménez, pero las investigaciones realizadas a posteriori demostrarían que se encontraban ante un asesinato.

30 años de cárcel

El suceso, muy mediático en su época y que coparía las primeras páginas de los diarios nacionales, tendría su colofón en el juicio que tres años más tarde se celebraría contra el autor del asesinato y su principal cómplice, así como su colaborador. El abogado de la acusación solicitaría la pena de muerte para Enrique Jurado, quien en el transcurso de la vista en su contra manifestaría que dio muerte a Juan Antonio a consecuencia de los celos que sentía por su noviazgo con Gloria, quien, según su testimonio, le habría correspondido.

Finalmente, el principal encausado Enrique Jurado Heredero sería condenado a la pena de 30 años de reclusión mayor, acusado de un delito de asesinato, así como otros cinco años más de reclusión menor por los daños psíquicos y morales ocasionados a Gloria. Por su parte, su colaborador Doroteo Méndez sería condenado a 26 años y un día de prisión mayor, acusado de colaborador de necesario. Ambas penas serían ratificadas por el Tribunal Supremo, si bien es cierto que en el segundo caso se vería beneficiado de un indulto parcial por parte del Consejo de Ministros en el año 1973, rebajando su condena a quince años de prisión menor.

Por su parte, Ángel Batalla sería absuelto en su integridad. Además, ambos condenados deberían hacer frente a una responsabilidad civil que ascendía a 300.000 pesetas de la época a los familiares de Juan Antonio Adanero del Nogal, en tanto que también debían indemnizar con 75.000 pesetas a Gloria Galán Jiménez, concepto este que se satisfaría en relación con los daños morales ocasionados a la joven.

Se cerraba así un triste y misterioso capítulo que había comenzado con lo que parecía ser un aparente suicidio precedido por una agresión física a una mujer, pero que después evolucionó a lo que realmente era. Un asesinato en toda regla, que su autor principal quiso disfrazar de un hecho duramente reprobado en aquel tiempo, pero que terminaría volviéndose en su contra.

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Albacete: un carabinero se suicida tras asesinar a tres personas en Casas Ibáñez

El autor del triple crimen pertenecía al desaparecido cuerpo de Carabineros

Nadie sabía lo que iba a ocurrir en aquel 1929, que sería recordado por su aplastante crisis económica que arrasaría los cimientos de la sociedad de posguerra tras el primer conflicto mundial. España, a pesar de su atraso, tampoco se libraría de sus dramáticas consecuencias. Seguía siendo un país eminentemente rural en el que sucedían muchos más episodios violentos que en nuestros días, aunque haya quien, aferrado a la tradición, sostenga lo contrario, a pesar de que los datos y las estadísticas reflejen otra realidad bien distinta.

Uno de esos capítulos de lo que en su día se denominó «España negra» se escribiría en el municipio albaceteño de Casas Ibáñez el primero de septiembre de 1929. La localidad, situada al nordeste de la provincia de Albacete, pertenece a la mancomunidad de La Manchuela y en la época en el que se produjo el triple crimen, que todavía hoy es recordado como una rémora de la historia entre los más viejos del lugar, era una zona eminentemente rural en la que predominaban y lo siguen haciendo unos espectaculares parajes naturales.

En esa fecha, mientras la localidad se predisponía a celebrar el último día de las ferias y fiestas en honor a San Agustín, un miembro del desaparecido cuerpo de Carabineros se encargaría de poner un triste colofón a un evento festivo que sería recordado por estar bañado en sangre. El agente Antonio Jiménez Martínez, de 43 años de edad y natural de la localidad murciana de Mulas y que llevaba ocho años en el puesto de la localidad daría muerte a tres personas como consecuencia de los celos y las supuestas infidelidades de su esposa.

Cuchilladas

Su primera víctima sería su propia esposa, a quien daría muerte después del almuerzo. Supuestamente le habría ordenado acostarse después de comer. Mientras la mujer se estaba desvistiendo, su marido se ensañaría con ella acuchillándola en repetidas ocasiones hasta causarle la muerte. Posteriormente se aprovisionaría de metralla suficiente para proseguir con su sanguinaria ruta. Llevaba consigo una pistola y dos cargadores.

Su siguiente víctima sería el cabo Pantaleón García Zomeño, encargado del puesto de Casas Ibáñez, que era quien supuestamente cortejaba a su esposa, lo que habría despertado los incontenibles celos de quien se iba a convertir en un triple criminal. Al parecer, lo sorprendió en su propia casa cuando se estaba desvistiendo y sin pensárselo dos veces los descerrajó de varios disparos que terminaron con su vida prácticamente en el acto.

Tras dar muerte a su superior, se dirigió a un patio donde se encontraban dos mujeres, que trataban de huir del lugar en el que habían escuchado los disparos por el temor que les habían infundido. Entre ellas se encontraba Enriqueta Gallego, que era la esposa del también agente del cuerpo Gregorio Medina. Al igual que había hecho con el cabo, descargaría el arma que portaba contra la mujer, que se convertiría en la tercera víctima mortal. Al parecer, esta última haría de alcahueta entre la esposa de Antonio Jiménez y la esposa de este último.

Huida y suicidio

Tras haber perpetrado el triple crimen y avisada la Guardia Civil de lo acontecido, Antonio Jiménez huyó del lugar con el arma mortal. En su huida efectuaría varios disparos contra un agricultor al que se encontró en el camino, aunque sin llegar a alcanzarle. Como si de un tétrico presagio se tratase, el triple asesino se refugió en los aledaños del cementerio de la localidad en la que sería cercado por agentes de la Benemérita. Antes de que estos le diesen alcance, él mismo sería el encargado de cerrar esta dramática historia descerrajándose los sesos con un disparo de la pistola que portaba.

Llama la atención la elevada cifra de huérfanos que dejaban tanto el asesino como sus víctimas y de la que se hace eco la prensa de la época, pues eran un total de 17 los vástagos que perdieron a sus respectivos progenitores en este sangriento suceso. El agresor y su esposa dejaban tres hijos por criar, en tanto que Enriqueta Gallego dejaba huérfanas a ocho criaturas y el cabo García Zomeño tenía seis hijos que no alcanzaban todavía la adolescencia. Una cifra que hoy en día se nos antoja muy elevada y es que en aquel entonces eran muy habituales este tipo de proles, que además no disfrutaban de la protección social que hay hoy en día. En algo, al menos, hemos mejorado.

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Guipúzcoa: asesina a hachazos a tres personas en un caserío de Ataún

Un viejo caserío fue el escenario del triple crimen

Corrían los locos años veinte. Años de paz e inflación, principalmente para Alemania. España estaba a verlas venir a espaldas de una Europa que lentamente se recuperaba de la primera gran conflagración bélica mundial. Seguía siendo un país pobre y atrasado, con una inmensa población que se refugiaba en pequeñas localidades a la espera de que llegase su momento para emigrar. Sería precisamente en un pequeño pueblo, situado en un valle a los pies de una preciosa montaña que lo reviste de un atractivo especial cuando muchos vascos se verían tristemente sobresaltados por un trágico episodio que ya cuenta con más de un siglo de historia.

En el caserío de Andrelizeta, en el municipio vasco de Ataún, vivía una mujer viuda junto a tres de sus hijos, la esposa de uno de estos y dos nietas todavía muy niñas. En aquel apacible ambiente nada hacía presagiar que se fuese a producir un tétrico suceso, a no ser porque uno de los convivientes, José Ramón Arratibel, sufría desde hacía algún tiempo problemas de salud mental que ya habían salido a relucir hacía algún tiempo, aunque ninguno de los moradores del caserío sospechase hasta que punto podrían llegar sus arrebatos.

En la mañana del día 4 de diciembre de 1924, la pareja que residía en el lugar fue a realizar al campo tareas agrícolas como de costumbre, quedando en la cocina de la vivienda, José Ramón, su madre Felipa Arratíbel, de 58 años y su otra hija Josefa Antonia, además de las dos niñas pequeñas del matrimonio que convivía en el mismo domicilio.

Discusión

Alrededor de las once de la mañana, según relataría el autor del triple crimen a los agentes que lo detuvieron, se inició una discusión entre José Ramón y su madre a causa de que el primero pretendía ir a buscar leña al monte en un borriquito que tenía alojado en el establo y su progenitora se oponía. Como suele suceder en estos casos, en un acceso de ira y furia totalmente descontrolados, el homicida empuñó un hacha que con gran potencia descargó sobre la cabeza de su madre, a quien prácticamente decapitaría en el acto.

Sin dar tiempo a defenderse a su hermana, José Ramón le atacaría de forma brutal, al igual que había hecho con su madre, con la misma arma homicida y de similar manera, propinándole un golpe en toda la testa que la dejaría prácticamente exangüe en el acto. Una vez se hubo cobrado sus dos primeras víctimas, se dirigió a la habitación en la que se encontraba su sobrinita de cinco años, María Arratíbel, quien se encontraba jugando con una muñeca. La pequeña lo saludó como de costumbre, pero su inocencia le hacía ignorar que su tío no estaba precisamente para bromas. Al igual que había hecho con su madre y hermana, le atacó de forma brutal a la niña, a quien también prácticamente decapitó y partió su cabeza en dos mitades.

Su otra sobrina, que había ido a hacer un recado familiar, se libró prácticamente por los pelos del furibundo ataque de su tío. La pequeña se escondió en un pesebre del establo del caserío y logró resistir la acometida del ya convertido en un triple criminal. Posteriormente, se dirigiría a la casa de otro familiar para pedir ayuda. Todos los que se dirigieron hasta aquel lugar quedaron estupefactos ante el macabro panorama de contemplar tres cadáveres horrorosamente mutilados, decapitados y en medio de grandes charcos de sangre.

Huida

Conocedor como pocos de los montes y las montañas que rodean la pequeña localidad, perdido y prácticamente sin saber a dónde dirigirse, aunque se especuló con que tuviese la intención de cruzar la frontera, José Ramón Arratíbel vagaría a lo largo de varios días por aquellos empinados lares, ocultándose en el bosque en medio de grandes matorrales. No sería hasta la mañana del día 9 de diciembre, cinco días después del triple asesinato, cuando las fuerzas del orden, en este caso los Migueletes y el Somatén, ambos formados por grupos de voluntarios que ayudaban en tareas policiales, detendrían al homicida, cuyo estado físico es definido por la prensa de la época como de «lastimoso».

Según informaciones periodísticas de aquel tiempo, José Ramón presentaba síntomas de evidente deterioro físico y psíquico, hasta el punto de no sostenerse en pie. Para trasladarlo hasta el cuartel más próximo sería preciso montarlo a lomos de un asno, pues había pasado varios días sin comer, escondido en jarales y zarzales en un terreno que conocía muy bien, pero en el que no había prácticamente alimentos y mucho menos en un tiempo en el que ya estaba próximo el invierno.

Debido a las gravísimas alteraciones psíquicas que presentaba, José Ramón Arratíbel ingresaría en el manicomio de Santa Agueda, emplazado en la localidad guipuzcoana de Mondragón, en el que permanecería internado durante muchos años. Aún así, protagonizaría una nueva huida en los primeros días de abril del año 1929, de la que se hace eco la prensa de la época. Es de suponer que, debido a la importante patología que sufría y que afectaba a sus principales capacidades intelectivas y volitivas, su vida se extinguiese definitivamente en un centro destinado a enfermos mentales muy graves, como era su caso.

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Asturias: una paciente descuartiza a su médico en el concejo de Noreña

Noreña fue escenario de un espeluznante suceso en el año 1947

Siendo todavía muy joven, la asturiana Ana María Trabanco Suárez, originaria del área rural de Gijón, concretamente de la parroquia de Cenero, visitaría la consulta del doctor Eduardo Rasa, un prestigioso galeno que durante tiempos de posguerra ejercía su profesión en el concejo de Noreña, a tan solo 20 kilómetros de la capital astur, Oviedo. Sentía unos terribles dolores de cabeza y algunos problemas psicológicos a los que no encontraba solución. El médico, no solo trataría de curarla, sino que también se saltaría a la torera su código deontológico.

Ni harto ni perezoso, la joven y apuesta muchacha, que frisaba los 20 años de edad, entraría a su servicio como criada doméstica. Sin embargo, lo que había comenzado como una relación médico-paciente se convertiría en un idilio de dos amantes. Ante la moralista sociedad de la época en la que el mínimo desliz podía ser objeto del peor escarnio, el doctor y la que en teoría era su criada mantenían unas rígidas apariencias, aunque el médico se había quedado prendado de la irresistible belleza de la joven que un buen día había llegado hasta su consulta.

Pero como en cualquier relación, también en este caso comenzaron a surgir algunos problemas. Un frío día del mes de febrero de 1947, exactamente el 21, según confesaría Ana María a las autoridades, su señor se puso violento con ella, que era quien dominaba a la perfección la situación en aquella casa. Sabía lo que se guardaba en cada uno de los cajones y estantes. En uno de ellos había un revólver, que sería el arma empleada para terminar con la vida de Eduardo Rasa, quien se vería sorprendido por su envés. Un disparo por la espalda lo fulminaría definitivamente, siendo su autora la apuesta joven que años antes lo había engatusado con su cautivadora belleza.

Descuartizamiento

Ana María, después de cometer el crimen, quiso deshacerse del cuerpo del delito. Y nunca mejor dicho. Para ello, decidió desmembrar y descuartizar el cadáver del doctor Rasa. Empleando un serrucho de los de la época, bastante rudimentario, iría despedazando el cuerpo de su víctima. Llevaría a cabo diversas mutilaciones hasta el punto de desgarrar las dos piernas, los brazos y la caja torácica de la abdominal. Asimismo, tampoco se olvidó de separar la cabeza del tronco del doctor, que dejaría en la puerta de entrada. Posteriormente iría abandonado las distintas extremidades en diferentes puntos del pueblo.

Pero, como casi siempre ocurre, la descuartizadora dejó demasiados flecos sueltos en este caso. Inmediatamente sería detenida por la guardia civil de Noreña, que se mostrarían sorprendidos a más no poder de aquel espeluznante y dantesco crimen. Su relato también resultaría conmovedor, pues era la única testigo de lo que había acontecido aquel ya lejano 21 de febrero de 1947, en el que los vecinos de la localidad se verían sorprendidos por un episodio que jamás hubiesen imaginado, ni siquiera en su peores pesadillas.

Recluida en la Prisión Provincial de Oviedo, la mujer hubo de ser trasladada días más tarde al antiguo hospital psiquiátrico de La Cadellada, donde sus especialistas hubieron de hacer frente de nuevo a los episodios psicosomáticos de especial gravedad que presentaba la muchacha, incapaz de actuar con un mínimo de coherencia y sufriendo de nuevo las consecuencias de la patología por la que había acudido a la consulta del doctor Rasa.

Con muchos atenuantes, y hasta se podría decir que eximentes, Ana María Suárez hubo de enfrentarse al juicio por la muerte de Eduardo Rasa en los primeros días de marzo de 1950, con casi tres años de retraso, muy inusual en una época en la que la mayor parte de los delitos penales solían sustanciarse antes de medio año. Sería condenada a 15 años de prisión menor y al pago de 25.000 pesetas a los herederos de su víctima, aunque lo normal es que hubiese sido enviada a un centro en el que prosiguiese su recuperación.

Recuperación y rehabilitación

A favor de Ana María Suárez Trabanco es necesario indicar que conseguiría recuperarse y superar su enfermedad como pocas personas en sus mismas condiciones, muchas de las cuáles se ven condenadas al peor de los ostracismos. No fue su caso, afortunadamente. Con el paso de los años terminaría convirtiéndose en una respetable personalidad del Principado de Asturias, hasta el punto de convertirse en marchante de arte de la pintora Rosario Areces, una de las grandes artistas plásticas españolas de los últimos tiempos y la principal exponente de la vanguardia asturiana.

La autora del crimen que consternaría a Noreña en 1947 fallecería en el Hospital de Cabueñes el día 8 de marzo de 2018 a la edad de 93 años, haciéndose eco de su deceso los principales medios de comunicación asturianos. No cabe ninguna duda que, a pesar del hecho luctuoso que protagonizó, su recuperación y rehabilitación humana fue ejemplar. Sus restos mortales descansan en el cementerio de la parroquia ovetense de Loriana, en el mismo en el que también reposan los de su amiga la pintora Rosario Areces, fallecida en noviembre de 2022.

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«El Arropiero»: el mayor criminal de la historia de España que jamás fue juzgado

«El Arropiero» durante el transcurso de un documental emitido por TVE

Él mismo llegó a atribuirse un total de 48 crímenes, pero tan solo lograron comprobarse ocho, que no son pocos, en lo que constituye probablemente el mayor asesino en serie de la historia de España. Jamás fue juzgado y pasó la mitad de su vida en el psiquátrico de Carabanchel, donde los psiquiatras que lo atendieron diagnosticarían que se encontraban ante un peligrosísimo psicópata, incapaz de sentir empatía, remordimientos ni mucho menos sentimientos de culpa. Su vida fue una constante odisea marcada por el crimen que terminaría en los primeros días de febrero de 1998.

De infancia muy difícil, Manuel Delgado Villegas vino al mundo en plena posguerra española el día 25 de enero de 1943, en Sevilla. Sus primeros tiempos estuvieron marcados por la orfandad por parte materna y el abandono de su padre tanto a él como a su hermana, para iniciar una nueva vida junto a otra mujer en un nuevo matrimonio. Estuvo al cuidado de su abuela materna, aunque en su educación intervinieron otros familiares, no faltando los abusos ni los malos tratos, lo que terminaría por agriar su carácter.

Aunque fue a la escuela, jamás logró aprender a leer y a escribir, probablemente debido a una discapacidad intelectual de la que jamás fue tratado. Con tan solo 18 años decidió alistarse en la Legión. Allí aprendería uno de sus más célebres golpes, conocido como el «Golpe del Legionario», que consistía en propinar un guantazo con la mano abierta en el cuello del adversario. De su etapa militar llega a afirmarse que fue consumidor de marihuana, que supuestamente le provocarían ataques epilépticos, por lo que sería declarado no apto para funciones en el Ejército.

Carrera criminal

Nunca estuvieron claros todos los crímenes que supuestamente perpetró «El Arropiero», aunque hasta el año 1964 en la que pasa una época vagando por la vida sin una existencia muy clara solamente se le podía acusar de proxeneta y chapero. Su primer crimen lo habría cometido en los primeros días del año 1964 cuando supuestamente le dio muerte a un turista que se encontraba en la playa del Llorac, en Barcelona. El motivo de este primer asesinato, según sus propias palabras, fue que se le cruzaron los cables y la emprendió a golpes con Adolfo Folch Montaner, su primera víctima.

Otro de los crímenes comprobados fue el asesinato de Venancio Hernández Carrasco, cuyo cuerpo aparecería en las aguas del río Tajuña, en Madrid, el día 20 de junio de 1968. Previamente, habría dado muerte a la turista y estudiante francesa de 21 años, Margarte Helene Boudrie, a la que atacó mientras se encontraba durmiendo después de haber consumido LSD. Además, de violarla, terminaría estrangulándola, en lo que se convertiría en un ritual en los horrorosos crímenes perpetrados por Delgado Villegas. Este hecho sucedía en Ibiza el día 20 de julio de 1968.

Uno de los crímenes más abyectos lo perpetraría del día 23 de noviembre de 1969, en la localidad barcelonesa de Mataró, en la persona de Anastasia Borrella Moreno, una mujer de 68 años, a la que no solo violaría para después estrangularla, sino que también cometería asquerosas prácticas necrófilas, lo que define la depravada mente de este psicópata carente de cualquier escrúpulo. El día 5 de abril 1968 había dado muerte a un empresario catalán, quien no le pagó lo convenido por mantener relaciones sexuales.

Detención accidental

Como hombre sin oficio ni beneficio que era, solía vagar por toda España y, dependiendo como se encontrasen sus neuronas, también dependía la suerte de sus víctimas. En el año 1970 el inspector de policía Salvador Ortega no terminó por creerse la muerte por asfixia que había diagnosticado un médico que había examinado el cadáver del joven Francisco Martín, ya que el galeno que la practicado no era forense sino un médico de guardia. Algunas pistas terminarían conduciéndole al famoso «Arropiero», un hombre que gastaba un bigote similar al de Mario Moreno «Cantinflas», por quien sentía auténtica veneración.

Previamente, antes de su detención, el 18 de enero de 1971 daría muerte a su propia novia Antonia Rodríguez Relinque, a la que también habría violado y asesinado. Es aquí cuando pone punto final a su amplia carrera delincuencial, de la que en aquel entonces se mostraba orgulloso hasta el punto de presumir de hasta 44 asesinatos. Así lo manifestaría cuando escuchó en un programa de radio, en el momento de ser detenido, que un mexicano había perpetrado una elevada cifra de muertes violentas, replicando que el había cometido muchas más. Así se lo manifestaría a la psicóloga encargada de tratarlo.

A raíz de su detención, en una España que vivía los últimos tiempos en el poder del General Franco, sería trasladado al Centro Psiquiátrico Penitenciario de Carabanchel, en la capital de España. En el mismo sería diagnosticado como un peligroso psicópata, que supuestamente sería portador del cromosoma XXY, que incluso le provocaría anorgasmia, incapacidad para llegar al orgasmo a pesar de su promiscuidad en las relaciones sexuales.También sería catalogado como bisexual, condición esta última que nada tendría que ver con sus impulsos criminales.

La vida de Manuel Delgado Villegas, apodado «El Arropiero» porque su padre hacía un dulce de higos con arrope, discurriría a lo largo de 27 años entre los muros del Psiquiátrico Penitenciaro de Carabanchel, sin llegar a ser nunca juzgado por sus crímenes, la mayoría de los cuales jamás fueron probados. Su única afición, el consumo desmesurado de tabaco, terminaría por pasarle factura cuando todavía era bastante joven, dejando de existir el día 2 de febrero de 1998 a causa de un enfisema pulmonar.

Parece ser que por parte de tarde ya no se jactaba de sus bárbaras e incalificables acciones. Solo deseaba curarse de sus patologías y así obtener la libertad cuanto antes, una ansiada liberación que solo llegó con su óbito, tras quedar marcado por la estela que había dejado tras de sí su triste carrera criminal, probablemente la más prolífica de cualquier sujeto de similar catadura a la suya, que no era precisamente ejemplar sino más bien todo lo contrario.

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Granada: asesinados un comerciante y dos de sus cobradores en un asalto

El violento asalto tuvo lugar en el número 33 de la calle San Isidro de Granada

Sucedió en los convulsos tiempos de la IIª República española, en el no menos convulso año de 1934, el día 5 de marzo. Lo peor que puede ocurrir, al igual que pasó en este caso, es que los delincuentes en cuestión no fuesen profesionales sino meros trabajadores de distintos oficios, que asaltaron una tienda dedicada a la venta a plazos, sin previa preparación y sin un plan trazado con antelación. Iban a lo que saliese y el hecho se saldaría con la trágica muerte de tres personas.

Pasaba ya de las nueve y media de la noche de aquel día cuando el establecimiento regentado por Francisco Quesada Arias, de 44 años, se vio repentinamente sorprendido por la irrupción de un grupo de cinco asaltantes con el rostro tapado por bufandas y pañuelos, quienes al grito de «¡Arriba las manos!» obligaron a los presentes en el interior de la tienda a que pusiesen sus brazos en alto, orden que cumplieron todos excepto el propietario, quien hizo ademán de coger del interior del cajón algún objeto similar a un arma. En ese momento se estaba haciendo recuento de la recaudación de la jornada, que se cifraba entre 3.000 y 5.000 pesetas de la época, una gran cantidad sin duda.

Fue en ese preciso instante cuando los delincuentes, tal vez presa del miedo y la precipitación, provocarían la tragedia. Sin pensárselo mucho iniciarían un tiroteo que saldaría con la muerte en el acto de Francisco Quesada Arias, que dejaba viuda y una hija de tan solo dos meses de edad. Prosiguieron con el uso indiscriminado de sus armas, fruto de lo cuál, alcanzarían con sus balas a dos de los cobradores Manuel Carvajal y Lorenzo Ocaña, que sufrirían heridas de extrema gravedad, con orificios de entrada por la espalda y salida por el pecho. Como consecuencia de las mismas, el primero de ellos fallecería a los quince minutos de ser asistido en una casa de socorro, en tanto que su compañero perdería la vida a medianoche de aquel mismo día, también a consecuencia de las graves lesiones.

Mientras los vecinos próximos al lugar trataban de auxiliar a los heridos, los asaltantes abandonaban de forma precipitada el lugar de autos, arrollando a otro de los cobradores José Garrido, aunque sin consecuencias para su integridad física. Igualmente, también lesionarían a una mujer que pasaba por el lugar con una niña en brazos. Su huida, quizás provocada por el pánico, fue tan desordenada que no lograron botín alguno, pero dejaban tras de sí un reguero de sangre y muerte que consternaría enormemente a la ciudad de la Alhambra, en un tiempo en el que ya superaba los 100.000 habitantes pero que una buena parte de sus habitantes se conocían entre sí, sobre todo cuando eran personas significadas de la urbe.

Detención

Se barajaron varias hipótesis antes de la detención de los cinco participantes en el asalto. Se llegó a sospechar de anarquistas, aunque posteriormente se demostraría que solo uno de ellos tenía relación con el sindicato CNT. Su detención fue prácticamente inmediata y lo que más sorprendió a la Policía es que ninguno de ellos tuviese un solo antecedente penal. Eran todos trabajadores de diversos oficios. Al día siguiente serían capturados Antonio Escalona López, de 23 años de edad; Juan Fernández Córdoba, de 24; Manuel Moya Escobar, de la misma edad que el anterior;José Rivas López y Rafael González Carvajal, menor de edad.

En las dependencias de la antigua Guarda de Asalto de la capital granadina todos ellos reconocerían su participación en los hechos, si bien es cierto que discrepaban en el grado de participación de los asesinatos, cuya autoría recaía sobre Manuel Moya, quien había sido militante anarquista.

El juicio contra los cinco asaltantes del comercio de Manuel Quesada Arias se desarrollaría apenas cincuenta días después de haberse perpetrado el triple crimen, levantando la lógica expectación en toda la ciudad, pues jamás se recordaba un hecho similar. Por vez primera en muchos años los acusados tenían garantías de que no pagarían con su nuca en el garrote vil, pues la pena capital había sido suprimida hacía ya dos años del ordenamiento jurídico español.

A tenor de la gravedad de los hechos acontecidos, se puede decir que las penas impuestas fueron muy leves, pues cuatro de ellos Antonio Escalona López, Juan Fernández Córdoba, Manuel Moya Escobar y José Rivas López fueron sentenciados a 20 años de prisión mayor, en tanto que Rafael González Carvajal se vería beneficiado en cumplir seis años menos que sus compañeros por su condición de menor de edad en el momento de producirse los hechos. Eso sí, se le imponía una multa de mil pesetas, al igual que el resto de sus compinches por tenencia ilícita de armas.

La responsabilidad civil ascendía a la nada despreciable cantidad de 45.000 pesetas de la época, todo un dineral, 15.000 por cada una de las tres muertes ocasionadas a los herederos de sus víctimas. Como solía pasar en estos casos, debido a la inmediatez de la Guerra Civil española, a estos delincuentes de medio pelo que ocasionaron una gran tragedia en Granada, que todavía algunos recuerdan, se les pierde definitivamente la pista. Quizás alguno de ellos tuvo la desgracia de perecer durante el conflicto como muchos españoles de su tiempo.

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León: ejecutado en el garrote vil por asesinar a su esposa y a dos de sus hijos

El triple crimen tuvo lugar en la pedanía de Benamarías

Era aquel uno de los años más duros de la Posguerra. Por no decir el que más. Corría un crudo 1946 para la inmensa mayoría de los españoles que se debían enfrentar a una doble posguerra, tanto la española como la mundial, a lo que se sumaba el boicot internacional que por entonces sufría el régimen de Franco, duramente sancionado por la recién amanecida Organización de Naciones Unidas por su colaboración con los países del Eje. No se vivía ni un presente halagüeño ni mucho menos un futuro esperanzador.

La España de la época seguía siendo un país inmensamente rural, en la que se convivía en pequeñas poblaciones donde se conocían prácticamente todos sus vecinos. Fue precisamente en una de esas minúsculas localidades en la que se produjo un terrible suceso, que años más tarde algunos englobarían dentro de lo que se denominó, quizás de forma un tanto desafortunada como España profunda, en tiempos todavía previos al éxodo rural.

A todo ello se añadía que el lugar que se vería empañado de sangre era uno de esos sitios en los que el realismo social literario se encargaría de situar en el mapa años más tarde de la mano de Juan Benet, que elige como escenario de su obra en la célebre novela «Volverás a Región».

Emplazado en el partido judicial de Astorga y perteneciente al pequeño municipio de Magaz de Cepeda, la pedanía de Benamarías, que apenas cuenta en la actualidad con algo más de medio centenar de habitantes, sería testigo de un horroroso y brutal crimen de la España de posguerra. Apenas hay noticias en torno a este grave suceso, limitándose la prensa de la época a reseñarlo en una breve noticia, debido a la fuerte censura imperante y a lo que no aparecía en los medios no existía. Tal cuál era.

De madrugada

Los hechos ocurrirán en plena madrugada del día 5 de julio del año 1946. En aquella fatídica y trágica fecha, un hombre, Tomás García Ramos, de 61 años, que se hallaba profundamente enemistado con su esposa, María García Alonso y alguno de sus seis hijos, decidió imponer su propia ley de la manera más cruel. Sin pensárselo dos veces, acudió al domicilio que había compartido con quien había sido su compañera y atacó a traición a esta mientras dormía. Le asestó varias puñaladas que terminarían con su vida prácticamente en el acto.

Sin embargo, la tragedia no había hecho más que comenzar. Seguidamente y enfurecido, no se sabe muy bien a cuenta de qué, se dirigió a una habitación en la que dormían algunos de sus hijos. Allí apuñaló a Aurelio, que ya superaba la adolescencia, hiriéndole de gravedad, quien moriría poco tiempo después a consecuencia de las graves lesiones. La cosa no terminaría ahí. A los gritos de auxilio del herido acudió otro de sus vástagos, Emiliano, un crío de 12 años, que fallecería prácticamente en el acto a causa de dos puñaladas que le propinaría su propio padre.

Una vez hubo cometido el triple crimen, el agresor huyó, tal vez perdido por la tragedia que acababa de ocasionar, campo a traviesa en un viaje que no parecía conducirle a ninguna parte. El hombre sería detenido pocas horas después de haber perpetrado el triple crimen que conmocionaría como nunca lo había hecho a aquel entorno rural que no estaba acostumbrado precisamente a vivir escenas violentas, a pesar de la cercanía de la guerra.

Pena de muerte y ejecución

Esperaría en la antigua Prisión Provincial de León Tomás Ramos para conocer su suerte definitiva, que no pudo ser más terrible. Aunque en la época hubo casos con un mayor número de víctimas, nadie se apiadó del criminal de Benamarías. La Audiencia Provincial de León lo condenó a 25 años de prisión por haber dado muerte a su hijo Aurelio, a los que se sumaron los 30 que le recaían por el asesinato de su esposa. Pero, es de imaginar que pesase demasiado la circunstancia de haber asesinado a un menor, tal era el caso de su vástago Emiliano, por cuyo crimen fue condenado a la última pena.

Solamente le quedaba recurrir a la gracia del Supremo y la Jefatura del Estado, pero ninguna de los dos altas magistraturas escucharon las súplicas de un hombre que tal vez no se encontrase en sus cabales. El primero ratificaría la condena dictada por la Audiencia leonesa, en tanto que desde el Consejo de Ministros ni siquiera llegó a escucharse su súplica, por lo que iba a convertirse en la última víctima de un trágico episodio acontecido en esa España que casi nunca era objeto de la prensa de la época.

A primeras horas de la mañana del día 29 de mayo de 1949 un verdugo acercado ex-profeso hasta la cárcel de León pondría fin a la vida de Tomas Ramos García, cuando contaba con 64 años de edad. Le asistía también el triste honor de ser el último ejecutado mediante este sistema en la provincia de León. Al día siguiente aparecería una breve nota en algunos diarios, no en todos, dando cuenta de su anunciado deceso. Se añadía que esta víctima más del garrote vil habría recibido con gran fervor los últimos sacramentos. Al igual que si fuese un gran consuelo con el que se justificaba otra muerte más, aunque fuese revestida de la legalidad que imperaba en una época en la que se pretendía dar un horroroso ejemplo todavía con más crueldad.

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La misteriosa desaparición de dos mujeres en Palma de Mallorca

Panorámica de Cala Major donde se produjeron ambas desapariciónes

Como si se las tragara la tierra. Jamás ha vuelto a tener nadie noticias suyas. Ni un solo rastro de lo que les pudo haber ocurrido. Solamente unas manchas de sangre en un establecimiento de souvenirs contiguo al bar que regentaba una de ellas, la primera en desaparecer, Ángeles Arroyo, de 54 años, fue el único indicio que hallaron los investigadores, insuficiente para acusar al único investigado de la muerte de la desaparecida al no haber cadáver. Esto sucedía en el año 1998, casi dos años después de que la hostelera desapareciese de forma misteriosa el día 6 de noviembre de 1996.

El sospechoso de la desaparición era un hombre que entonces superaba los 50 años y respondía al nombre de Antonio S.O. Se sabe que fue una de las últimas personas con las que contactó Ángeles, llegando incluso a reconocer que había discutido horas previas a su desaparición. Sin embargo, la Brigada de Policía Judicial demoró algún tiempo sus indagaciones y en investigar a una de las últimas personas que la había visto. El único indicio que había en su contra lo achacaría a un corte accidental en una mano, prestándose él a socorrerla.

La Policía Judicial sostuvo desde un primer momento en que esta desaparición no había sido voluntaria y centró sus pesquisas en el cincuentón propietario de un bazar destinado a la venta de regalos para turistas. Once años después, en 2007, se sondeó a través de un georradar una finca de 10.000 metros cuadrados, que era de su propiedad, y que acababa de vender. Sin embargo, una vez más, las investigaciones no dieron sus frutos y no se encontró ningún indicio sólido que pudiese relacionar a Antonio con su misteriosa y extraña desaparición.

Margalida Bestard

Aquel mismo año 2007, concretamente en el mes octubre, desaparecía de una manera también muy enigmática una viuda de 71 años de edad, Margalida Bestard, una mujer dedicada a la venta inmobiliaria. Ella le había vendido un apartamento valorado en 150.000 euros a Antonio S.O. En un principio no tuvo ningún problema y el individuo en cuestión abonó lo convenido a su propietaria.

Los problemas surgirían diez meses después cuando a Margalida le seguían llegando tanto los recibos de los servicios municipales como la contribución urbana, que no dudó en enviar al nuevo propietario de la vivienda. A pesar de ello, esta práctica se convirtió en habitual, por lo que le recriminó que no hubiese cambiado la titularidad del domicilio. Era el día 10 de octubre de 2007, fecha en la que se le pierde definitivamente la pista a la mujer balear. Antonio reconocería ante los agentes que se la había encontrado en el ascensor y jamás volvería a verla desde entonces.

En el verano de 2018 el sospechoso de la desaparición de la septuagenaria sería detenido por la Guardia Civil, encargada de la investigación del caso. Se sondeó una finca en las inmediaciones de la Algaida en busca de algún resto indiciario con el que poder incriminar al individuo en cuestión. Durante estos trabajos, mostraría una serenidad y frialdad a prueba de bomba, al igual que si el caso no fuese con él. De esa misma indiferencia haría gala en los interrogatorios a los que fue sometido, no llegando a derrumbarse jamás.

Tras los infructuosos resultados de las investigaciones, fue puesto en libertad con la obligación de comparecer de forma quincenal en el Juzgado, como presunto sospechoso de la desaparición de Margalida Bestard. Durante dos años se sucedieron algunos episodios que pusieron en jaque a Antonio, pues recibiría una paliza que supuestamente atribuyó a uno de los hijos de esta última desaparecida, que sería incluso sancionado a consecuencia de las misma.

Muerte de Antonio S.O.

El hombre sobre el que recaían todas las sospechas de las dos desapariciones fallecería el día 5 de diciembre de 2020. Con su deceso, probablemente se llevaba a la tumba los secretos del destino de Ángeles Arroyo y Margalida Bestard, cuyo paradero continúa siendo una incógnita más de veinte años después de que fuesen vístas por última vez. De Antonio S.O. se dice que era un hombre solitario y que carecía de relaciones sociales sólidas, pues no se le conocían amigos.

De lo que nadie libra a ese sujeto de carácter reservado, enigmático y si se quiere hasta misterioso, es de ser el único sospechoso de la desaparición de dos mujeres cuyos cuerpos no han aparecido jamás y que quizás puedan descansar en algún oculto paraje o en el fondo de algún pozo. A saber.

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Sevilla: Asesina a su esposa y a dos de sus hijos de corta edad

El trágico episodio aconteció en la sevillana calle de La Macarena en 1918

Ocurrió hace ya más de un siglo. En otro tiempo y también, porque no decirlo, en otro mundo. Guerra Mundial mediante, con el añadido que aquel mismo año en que concluía aquel devastador conflicto se iniciaría también una epidemia de gripe que marcaría durante mucho tiempo a una población que ya soportaba muchas privaciones.

El suceso tuvo lugar en una tradicional calle sevillana, la de la Macarena, en una humilde vivienda de un trabajador que frisaba los cuarenta años, Domingo Cortés Herrero, padre de una prole compuesta por cinco vástagos. El cabeza de familia trabajaba en la fundición Cobián y allí, según declararía ante la Guardia Civil, era objeto de constantes burlas por las supuestas infidelidades de su esposa, aunque estas no pasaban de ser meras figuraciones de una mente burdamente carcomida por los celos.

En la mañana del 6 de febrero de 1918 Domingo se levantó malhumorado e inició una discusión con su esposa, Sebastiana Oliva, considerada por su vecinos como una mujer honrada y muy trabajadora. Ante el enfado injustificado de su marido, la mujer se marchó a su habitación. Él persistía en sus argumentos, refunfuñando algunas actitudes a su mujer, entre ellas que no vigilase más a su hija mayor, de 18 años, Pepita, quien se hallaba ya embarazada. El hombre persiguió a su cónyuge hasta la estancia en la que se había refugiado y le asestó varias puñaladas con una navaja cabritera, suficientes para terminar con su vida. Su cadaver sería descubierto por las autoridades en medio de un gran charco de sangre.

Dos niños pequeños

Que Domingo Cortés no tenía su día y probablemente sufriese alguna patología mental bastante grave, tal y como se encargaría de corroborarlo días después del doctor Leiva Marzo –catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla- lo avalaría el hecho de que sin pensárselo dos veces daría muerte de una manera cruel y horrorosa a sus dos hijos más pequeños. Domingo y Paquito, de tres y cinco años de edad respectivamente.

Al primero de ellos lo rajaría de arriba abajo, al igual que si lo hubiese abierto en canal, asestándole varios navajazos que abarcaban desde el hombro hasta los muslos, ofreciendo un truculento en aspecto que provocaría el espanto de quienes hubieron de levantar los cadáveres. El más pequeño presentaba una gran herida en la cabeza, realizada con la misma arma con la que había dado muerte a su hermano y su madre. El resto de los hijos se salvaron de su acometida porque huyeron de la casa en medio del horror y el pánico por la irracional actitud de su progenitor.

Ante el escándalo suscitado a raíz de la tragedia, un inquilino del mismo edificio salió a la escalera enfrentándose a un desequilibrado Domingo Cortés. Para zafarse de este último, el vecino hubo de propinarle un empujón. Ya, en la calle, el autor del triple crimen se encaró sin motivo alguno con dos transeúntes, mientras mascullaba algunas expresiones incoherentes que parecían delirios.

Posteriormente, se dirigió a la calle Malpartida, donde vivían su madre y una de sus hermanas. Su objetivo, al parecer, era también dar muerte a estas dos últimas, así como a su hija Pepita. Por suerte para ellas, las fuerzas del orden consiguieron reducirlo y llevarlo a prisión antes de que hubiese que lamentar más víctimas.

Familia desestructurada

Según las informaciones recabadas en la prensa de la época, todo hace indicar que este es un claro ejemplo de una familia desestructurada, cuyos problemas se remontaban casi al momento mismo en que la pareja decidió iniciar la convivencia, hacía ya 18 años en aquel entonces, a pesar de que no habían contraído oficialmente matrimonio hasta dos años antes de producirse la gran tragedia.

Los periódicos indican también que, a pesar de haber oficializado su situación en una sociedad y en un tiempo que eran prácticamente obligatorios -so pena de sufrir el menoscabo del resto de la sociedad- las desavenencias entre ambos cónyuges en vez de ser reconducidas y encauzadas de la mejor forma posible, parece ser que se incrementaron, a lo que se añadía la circunstancia de una hija prematuramente embarazada y el gran descrédito que esto representaba en un mundo de rígida ortodoxia en cuanto a las formas.

No hay constancia de que se celebrase juicio alguno contra el triple asesino. La prensa se limita a constatar su lamentable estado psíquico, siendo calificado como un «perturbado», en palabras del forense que se encargó de hacerle una evaluación, en un tiempo en el que los problemas de salud mental estaban extremadamente estigmatizados. Ante el informe del doctor Leiva Marzo, es probable que Domingo Cortés fuese ingresado en un manicomio en el que se le perdió definitivamente la pista, ya que es lo que se solía hacer en casos como el suyo.

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Un enfermo da muerte a tres pacientes en el antiguo Hospital Provincial de Valladolid

Los hechos ocurrieron en el antiguo Hospital Provincial de Valladolid, hoy en día sede de la Diputación Provincial

Cuando se acude a un hospital generalmente se hace para reponer la salud, no para que terminen rematando a quien sufre algún quebranto de su estado físico. No es menos cierto que a menudo quienes trabajan en centros sanitarios se ven expuestos a la ira de algunos internos, además de estar lógicamente sometidos a una gran presión por la responsabilidad que entraña su trabajo. Lo que nadie se imagina es que pueda terminar de la peor forma posible y en circunstancias tan críticas. Así sucedería en la madrugada del 16 de febrero de 1949, cuando un individuo, de 38 años, Tomás Carravilla Galle, de nacionalidad argentina y domiciliado en el municipio vallisoletano de Valoria la Buena arremetió contra tres pacientes, a quienes segó la vida de una manera cruel.

Eran las tres de la madrugada de aquel día de invierno cuando Tomás Carravilla, que al parecer sufría graves problemas psiquiátricos, la emprendió a puñaladas con todo el que se cruzó en su trayectoria. Portaba consigo una navaja y aprovechando que los restantes pacientes se encontraban descansando, iniciaría una orgía sangrienta en la que el primer paciente a quien intentó apuñalar consiguió esquivarlo lanzándose de la cama a tiempo.

Al mismo tiempo que se prodigaba en su violenta actitud, profería algunas expresiones incoherentes, probablemente a consecuencia de delirios y hacía una nueva acometida con un paciente ya anciano, Domingo Moreno Merino, de 79 años, a quien propinaba una puñalada en el pecho y terminaba con su vida prácticamente en el acto. Quizás debido a las dificultades de movilidad propias de su edad le impidieron hacer frente a un sujeto que se encontraba fuera de sí.

Dos muertos más

Aprovechando la tranquilidad de la madrugada y al hecho de que la práctica totalidad de los pacientes se encontraban descansando, Tomás Carravilla seguiría arremetiendo a diestro y siniestro con quien encontraba de forma totalmente indiscriminada. Su siguiente víctima sería Francisco Sanz Moreno, de 59 años,quien también sería presa de su injustificada ira. Al igual que había hecho con el primero, también le asestaría una certera puñalada en el pecho que le segó la vida prácticamente al instante.

Sin embargo, y como no hay dos sin tres, el criminal prosiguió con su sangriento recorrido. Su tercera víctima sería Ramón Domínguez San Luis, un hombre joven de tan solo 30 años, a quien propinó otra certera y fatídica puñalada en la cavidad torácica que sería suficiente para terminar con su vida. Sorprende el hecho de que el personal de guardia no se percatase de lo que estaba ocurriendo con más antelación.

Fue precisamente un enfermero que se encontraba haciendo el turno de la noche el que se dio cuenta de la gravedad de los hechos. Este hombre Juan Rodríguez Mancha intentó desarmar y reducir a Tomás Carravilla sin éxito. A consecuencia de su intento resultaría herido de consideración, al igual que dos de sus compañeros Benicio González Vallejo y Rafael Renedo Rodríguez, quienes, a pesar de su juventud, 25 y 24 años respectivamente, no fueron capaces de detener al criminal.

Intervención policial

Para detener al triple asesino fue precisa la intervención de efectivos de la Policía Armada, quienes tras mantener un duro enfrentamiento con aquel energúmeno, pudieron capturarlo y desarmarlo. Debido al descontrol psíquico que presentaba, sería enviado al manicomio provincial de Valladolid, en el que permanecería ingresado.

Es precisamente en ese sanatorio psiquiátrico en el que se le pierde la pista de forma definitiva a este individuo que un ya lejano día de tiempos de posguerra, perturbó la tradicional paz y armonía que presidían un centro sanitario en el que, aunque haya quien piense lo contrario, están pensados para curar a las personas y no precisamente para sacarles la vida de una manera tan indigna y cruenta.

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