Impunidad para el brutal asesinato de una joven pareja de médicos en Álava

Vivienda en la que aparecieron los cuerpos de los dos jóvenes médicos asesinados

En el año 1976 España estaba iniciando una profunda transformación con la que dejar atrás cuarenta años de dictadura. Era el tiempo en el que se recobraban las libertades y un aire nuevo de cambio corría por todo el país. Decían los más viejos que la gente joven quería vivir de la mejor manera posible, sin disciplina, que por ello necesitaba un poco de mano dura. Sin embargo, aquello no dejaba de ser un manido tópico y olvidaban que la libertad es tal vez, junto con la propia vida, el bien más preciado del hombre. Se achacaban algunos sucesos a los nuevos vientos que soplaban por toda la Península, aunque también ignoraban, quizás porque vivieron en etapas de opacidad oficial, que siempre había habido acontecimientos sangrientos, muchos más que en la Transición democrática, y por supuesto que en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Un hecho espeluznante, de esos que se achacaban precisamente a los aires de libertad, ocurrió en la pequeña aldea de Nograro, perteneciente al municipio Valdegovia, en la provincia de Álava el día 11 de diciembre de 1976 cuando al anochecer de esa jornada eran encontrados los cuerpos sin vida de María de los Ángeles Etayo Gauna, de 24 años de edad y su marido Juan Estruch Sánchez, de 28. Sus cadáveres presentaban heridas horribles y algunas mutilaciones, ofreciendo un panorama dantesco, no apto para personas con un mínimo de sensibilidad humana.

Ambas víctimas hacía poco más de mes y medio que habían contraído matrimonio y algunas fuentes apuntaban a que la joven pudiese encontrarse embarazada. Asimismo, ambos habían concluido recientemente sus estudios de Medicina, que habían cursado en la Universidad de Zaragoza. La mujer era originaria de la localidad vasca de Erentxun en tanto que él era de Soria.

Un antiguo novio

Aquel día, por la mañana, María de los Ángeles y Juan, el jovencísimo matrimonio se habían desplazado desde Vitoria hasta la aldea de Noragro, en Valdegovia, distantes entre sí algo más de 45 kilómetros. Allí, ella se había citado con un antiguo novio, José Luis Castresana Martínez, un joven de 28 años con raíces vascas pero cuya familia se había desplazado hasta Colombia en la década de los sesenta. Este último había mantenido una relación con la joven médica durante algo más de dos años y habían concluido su relación de una manera muy abrupta y su ex-novia se había casado al poco tiempo de conocer a quien ya era su marido.

Nunca se sabrá el modo empleado por José Luis, mecánico de profesión, para convencer a María de los Ángeles para que acudiese a la letal cita que le había preparado. Ni tampoco como consiguió que la acompañase quien se había convertido en su marido de manera reciente. Lo cierto es que aquella joven pareja no regresaría a comer el día de autos, tal y como le había prometido a su familia, entre quienes comenzó a cundir la alarma a medida que pasaban las horas. Les resultaba muy extraño que ambos jóvenes no hubiesen regresado ni siquiera durante la tarde.

En vista de que no volvían se comenzaron a temer lo peor y decidieron ellos acudir en su búsqueda. Llamaron al pedáneo de Nograro para que los acompañase hasta la vivienda al anochecer de aquel 11 de diciembre de 1976. Este les preguntó si deseaban adquirir la vivienda y ellos le manifestaron su preocupación por la ausencia de sus familiares. Al llegar al portal de la vivienda se encontraron con una gran cantidad de sangre que no era normal, lo que les hizo temer lo peor. Una persona se aproximó a un ventanuco de las cuadras y allí contempló, con horror, los cuerpos sin vida, literalmente destrozados, de María de los Ángeles y Juan.

Los cadáveres del joven matrimonio presentaban un aspecto horrible y truculento, que sobrecogería a quienes descubrieron sus cuerpos, en torno a las diez de la noche del día de autos. El autor del crimen había empleado un arma blanca, ya fuese un cuchillo o un machete para dar muerte a la pareja. Asimismo, se encargaría de realizar mutilaciones y múltiples heridas en sus cuerpos, ensañándose con sus cuerpos de una forma desmedida. Todo apuntaba a que el asesino era un conocido de ambos, o al menos de uno de los dos y que había actuado de forma vengativa y despechada.

Asesino huido

Quienes conocían a María de los Ángeles Etayo sabían que había mantenido una larga relación con uno de los hijos de los propietarios de la vivienda en la que aparecieron, que se llamaba José Luis Castresana Martínez. Se comentaba también que la familia de la joven no estaba de acuerdo con aquella relación, si bien le reprocharon que rompiese de una manera tan repentina y abrupta aquel noviazgo.

El móvil del doble crimen no cabía duda que obedecía a lo que entonces se denominaba «cuestiones pasionales», que hoy en día se englobaría en el apartado de la violencia machista. Es decir, que el antiguo novio de la médica actuó movido por el resentimiento provocado por el abandono de quien había sido su novia. De ahí, la saña empleada contra ambas víctimas. En cuanto a la hora exacta del crimen, algunas fuentes apuntaban a que había sido en el momento en que ambos llegaron a bordo de un vehículo Citroën Dyane 6, que fue encontrado en las inmediaciones de la vivienda en la que aparecieron los cuerpos. Otros, por contra, sostienen que pudo haber ocurrido alrededor de la una de la tarde.

Sea como fuere, lo cierto es que a José Luis Martínez Castresana le dio tiempo suficiente para poder abandonar el país, muy probablemente con destino a tierras sudamericanas, concretamente a Colombia, donde se había criado y había vivido gran parte de su vida. De hecho, contaba con pasaporte y dinero suficiente para poder dejar España cuando lo desease y algunas fuentes lo situaban en Bogotá a los dos días de perpetrado el doble crimen. Su vehículo aparecería en las inmediaciones del aeropuerto madrileño de Barajas, lo que vendría a corroborar la tesis de la huida al extranjero.

En los más de 40 años que han pasado desde el doble crimen que aterró a Álava en plena Transición democrática no se han vuelto a tener noticias del supuesto autor del asesinato del joven matrimonio muerto en 1976. Se apuntaba a la posibilidad de que se hallase residiendo en Brasil, puesto que desde este país las extradiciones requieren un mayor grado de complejidad, en tanto que hasta se ha llegado a sospechar que se hubiese suicidado, aunque todo ello no dejan de ser meras conjeturas a las que les falta consistencia. Lo que sí se sabe es que este doble crimen ha prescrito con total impunidad y su autor podría entrar en nuestro país sin temer la acción de la justicia.

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Asesina cruelmente a tres personas en un pueblo de Granada (El triple crimen de El Bejarín)

La localidad granadina de El Bejarín fue escenario de un brutal crimen en la primera mitad de los años cincuenta del siglo XX

Al igual que muchos pueblos y villas españolas, El Bejarín, una pedanía adscrita al municipio de Purullena, en la comarca de Guadix, en el centro de la provincia de Granada, era un lugar tranquilo y apacible en el que el cotidiano trabajo en el campo absorbía la práctica totalidad del tiempo de su vecindario. Sin embargo, al igual que casi siempre ocurre en estos casos, la tranquilidad que se respiraba en el apacible pueblo andaluz se vería bruscamente interrumpida el día 25 de enero de 1952 cuando un vecino suyo Antonio Hernández Jiménez alias «Cipriano» perpetraba una de las peores barbaridades de la crónica negra española que llevaría ineludiblemente unido a El Bejarín con uno de los episodios sangrientos de la posguerra más truculentos y jamás contado.

Antonio Hernández era un agricultor de 43 años que codiciaba una finca de unos vecinos suyos, un matrimonio ya mayor que no tenía descendencia. Al parecer había intentado en diferentes ocasiones que sus propietarios le cediesen de forma gratuita aquel terreno, pero sin conseguir su objetivo. Casado y padre de una prole de cinco hijos, sin que se observase ninguna mancha en su comportamiento, un buen día de invierno decidió, de muy malas maneras, que aquella finca recaería en sus manos, independientemente de los medios que hubiese que emplear para ello. Sin importarle los métodos ni mucho menos las formas.

Su acción, que costaría la vida a tres personas, la había planificado de una forma meticulosa, aunque el desarrollo dejaría muchos flecos que servirían para encausarle a los pocos días de perpetrado el triple asesinato. Le había dicho a una hermana de la criada que atendía al matrimonio mayor, que estos no eran gente de fiar, por lo que debería abandonar aquel trabajo, un comentario que serviría de prueba en el juicio que se siguió en su contra.

Un estoque

El «Cipriano» se había provisto de un estoque con el fin de dar muerte a los tres moradores de la vivienda en la que provocaría la tragedia. A últimas horas de la tarde del día de autos, aporreó la puerta de la casa. Le abrió la dueña Aurelia Lozano Torres, de 73 años, a quien le solicitó una pastilla para el dolor de cabeza que supuestamente le afectaba. Cuando esta se dirigía a la cocina en busca del medicamento, Antonio Hernández aprovechó el descuido de la mujer para abalanzarse sobre ella y atravesarla con su mortífera arma por la espalda en repetidas ocasiones, convirtiéndose así en su primera víctima.

A los gritos de su ama, y ante el lógico alboroto que se había formado, acudió la criada María Claret Martínez, una joven de 23 años, quien nada pudo hacer para socorrer a la dueña de la casa. Su presencia ante el asesino tan solo serviría para convertirse en la segunda víctima de la tragedia. Al igual que había hecho con Aurelia, a la muchacha la asesinó con el mismo estoque que portaba en el interior de un bastón.

El tercer y último asesinato sería el del dueño de la casa, Francisco Ponte Sedano, un anciano de 84 años que se encontraba ya durmiendo y que se encontraba en estado de decrepitud prácticamente absoluto. Aunque se incorporó de su lecho, nada pudo hacer ante el criminal, quien, desbocado en la sangrienta orgía, le dio muerte en aquel mismo lugar en el que estaba ya descansado.

Una vez perpetrados los tres asesinatos, el «Cipriano» comenzó a revolver en todas las estancias de aquel hogar en busca de las escrituras que ansiaba. Al encontrarlas falsificó algunos datos, entre ellos la firma de los dos ancianos. Con todo ello pretendía revestir de una falsa formalidad la supuesta compra de la firma, cuyo importe supuestamente ascendía a 60.000 pesetas de la época, que era todo un dineral.

Quema de los cuerpos

Concluida la matanza, intentó borrar las posibles pruebas incriminatorias. Para ello no escatimó en medios. Apiló toda la cantidad de madera posible en las inmediaciones de la cocina hasta que no le quedó absolutamente nada, rompiendo muebles y estanterías con las que hizo una pira. De la misma forma, troceó los cuerpos para que se consumiesen mejor en el fuego. Allí estuvo hasta bien entrada la madrugada fumando de manera compulsiva, lo que daría pie a una leyenda.

El albor del nuevo día fue el momento que aprovechó para escapar del lugar de autos. Cerraría la puerta con la misma llave de la vivienda, no reparando en que fue avistado por una vecina que le vio como arrojaba de nuevo la llave al interior del inmueble por una ventana que había dejado abierta a propósito.

A la mañana siguiente a la comisión del triple crimen, Antonio Hernández Jiménez se dirigió a un procurador a Guadix con las supuestas escrituras de la compra de la finca. Manifestó al abogado que había quedado con Aurelia Lozano Torres a fin de proceder a la formalización de la venta de la propiedad, siendo aquí cuando se «enteró» del triple crimen ocurrido en El Bejarín, que había provocado un gran espanto en la localidad.

Al parecer, fingió estar muy afligido y disgustado, pues le comunicó tanto al procurador como al notario que le había entregado al matrimonio asesinado la nada despreciable cantidad de 60.000 pesetas por una finca y que la muerte de los ancianos le iba a suponer su ruina, pues no se había formalizado públicamente, con lo cual sus herederos muy probablemente no diesen el visto bueno a la operación. Ambos, procurador y notario, trataron de tranquilizaron y le manifestaron que no tendría mayores problemas.

Detención, condena y ejecución

Antonio Hernández Jiménez distaba mucho de ser un profesional del crimen. Había muchas pruebas que le delataban y fue la persona a quien pusieron en el punto de mira los investigadores desde el primer momento. Evidentemente, las escrituras ya estaban en entredicho. Pero no era solo eso. Una vecina había visto como arrojaba las llaves al interior de la vivienda, una vez hubo dado muerte a sus moradores.

Tras ser detenido por la Guardia Civil, negó haber sido él quien había dado muerte a los dos ancianos y su criada. Después narraría dos esperpénticas versiones que no dejaban de ser unas vulgares excusas. En una de ellas, decía que había sido secuestrado por unos gitanos que fueron quienes le dieron muerte a las tres personas y lo habían obligado a él a presenciar el dantesco espectáculo. Si surrealista era esta versión, no lo era menos en la que manifestaría que se había visto obligado a asesinarlos él mismo en defensa propia, alegando que los tres moradores de la casa habían intentado asesinarlo. Finalmente, optó por decir que no se acordaba de nada.

El día 5 de diciembre de 1953 se iniciaba el juicio contra el «Cipriano», que levantaría una inusitada expectación -aunque lógica, por otra parte- en toda la comarca de Guadix. Hasta un total de once testigos fueron llamados a declarar. Igualmente fue necesaria la presencia de peritos grafológicos y psiquiátricos, llegando estos últimos a la conclusión que Antonio Hernández no sufría ninguna patología mental que alterase su percepción de la realidad, siendo consciente plenamente de sus actos en todo momento. Igualmente, quedaría demostrada la falsedad de las firmas en los documentos que pretendía que sirviesen de coartada para la falsa compra de una propiedad.

Una semana más tarde, el día 12 del mismo mes, la Audiencia Provincial de Granada hacía pública la sentencia. Su resultado no podía ser más contundente y duro. El único encausado por el triple crimen de El Bejarín era condenado a tres penas de muerte, una por cada asesinato, así como al pago en concepto de responsabilidad civil de 30.000 pesetas a los descendientes de la criada asesinada y 25.000 a los familiares del matrimonio de ancianos asesinado. Toda condena a la pena capital llevaba aparejado consigo el recurso al Tribunal Supremo, quien, en este caso, se mostraría inflexible, limitándose a confirmar la resolución emitida por la Audiencia granadina, haciendo público su fallo el 16 de diciembre de 1954.

Le quedaba únicamente la gracia del indulto por parte de la Jefatura del Estado, quien también se mostraría inflexible y Antonio Hernández Jiménez terminaría con sus huesos en el cadalso. La fecha de su ejecución fue el día 8 de julio de 1955 a las siete de la mañana. El encargado de ponerle fin a su existencia sería el célebre verdugo sevillano Bernardo Sánchez Bascuñana, quien falló en la primera vuelta del garrote vil. Para enmendar su error, el sayón no dudó en propinarle un golpe en la cabeza a el «Cipriano», quien así pasaba a mejor vida. Por esta circunstancia, le sería instruido un expediente por «brutalidad». No era para menos.

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Asesina a sus padres y a su abuelo en el barrio madrileño de Aravaca

Aravaca fue escenario de un triple crimen a finales del año 1994

Inocente Ruiz Cordero, que contaba 36 años en 1994, fue uno de los muchos jóvenes víctima de la heroína en aquellos años en los que la movida madrileña dejaba su huella entre las mocedades de la capital de España. Jamás fue capaz de abandonar su tóxico hábito y había abandonado en más de una ocasión los programas de abandono del consumo de drogas, que poco a poco estaban minando su existencia. Su vida tampoco discurría por cauces que se pudiesen considerar ejemplares. Desempleado, separado de su esposa tras haberse casado con menos de veinte años y padre de dos hijas era el perfecto caldo de cultivo para la marginalidad extrema a la que se vería abocado el resto de sus días.

Hacía algo más de un lustro que Inocente Ruiz había regresado al hogar paterno, tras la separación de su mujer. Sin embargo, aquel regreso se hizo en las peores condiciones. Tal vez porque no le quedaba a donde ir. Con sus progenitores las relaciones no eran las mejores, pues pretendía que estos le facilitasen dinero para comprarse una dosis con la que inyectarse. Por todo ello eran frecuentes los enfrentamientos y las discusiones. Los vecinos lo escuchaban vociferar muchas veces, al tiempo que mostraba un carácter violento en el que no faltaban los golpes y las patadas.

Lo que nadie podía imaginar es que aquel hombre de buen aspecto, alto y corpulento es que en la jornada del día 19 de diciembre de 1994 perpetrase un triple crimen que ha quedado para siempre impreso en los anales de la crónica negra española. Alrededor de las siete y media de la tarde, Inocente Ruiz se dirigió al ambulatorio de Aravaca visiblemente disgustado y compungido, profiriendo unos gritos lastimeros en los que decía que le habían dado muerte a su padre, que su domicilio se encontraba inundado de sangre por todas partes.

Hallazgo de los cuerpos

Inmediatamente, tras la alerta dada por el triple asesino, se desplazaron hasta el lugar agentes de la Guardia Civil que abrieron la puerta del domicilio en el que se había producido la tragedia con la llave que les había facilitado el mismo autor de la masacre. Pronto descubrieron tres cadáveres horriblemente desfigurados, con heridas y cuchilladas en todas la partes del cuerpo. Su agresor se había portado con saña, lo que no dejaba lugar a dudas que era un conocido suyo, pues tampoco se hallaron pruebas de que la puerta del domicilio familiar hubiese sido forzada. No cabía ninguna duda que se encontraban ante un triple crimen.

Los cuerpos de las víctimas se encontraban él del cabeza de familia Jesús Ruiz, de 85 años, con la cabeza literalmente destrozada por los golpes. Su esposa Castora Cordero, de 63 años, había caído sobre el lecho conyugal en su propio dormitorio, presentando, al igual que su marido, múltiples heridas en el cuello, el abdomen y la espalda. En tanto que el mayor de la familia, Romualdo Cordero, de 90 años, había recibido tres cuchilladas, suficientes para terminar con su vida a tan avanzada edad.

Había sangre esparcida por prácticamente todas las estancias del domicilio. El autor de los tres asesinatos se había cuidado lo suficiente para no ser implicado, pues se había cambiado de ropa, ya que la suya se encontraba empapada de sangre, y se había adecentado. Solamente olvidó de cambiar unos calcetines grises. La hora en la que se produjeron los asesinatos se situó en torno a la una de la tarde. La única mujer asesinada había sido visto en torno a las doce del mediodía por un vecino. Los hechos se desarrollaron después de una ardorosa y violenta discusión iniciada por el vástago que necesitaba dinero para comprarse una dosis de heroína, según testimonios de la Policía.

La familia Ruiz Cordero había sido uno de las muchas que en la década de los cincuenta del pasado siglo se trasladó desde su Extremadura natal, concretamente desde Casas de Don Pedro, en el área norte de Badajoz, conocido como «Siberia extremeña» en plena época del Éxodo rural, cuando millares de familias españolas abandonaban el duro e infructuoso trabajo en el campo con destino a las grandes ciudades con el objetivo de labrarse un futuro mejor del pasado que dejaban atrás.

Mientras se encontraban en el lugar de los hechos, Inocente Ruiz daría evidentes pruebas de aflicción, al igual que si estuviese muy afectado por lo ocurrido. No obstante, casi desde el primer momento fue puesto en el punto de mira de la investigación, después de que los vecinos manifestasen que su carácter era demasiado violento, además de contar con algunos antecedentes policiales por consumo de estupefacientes. Su hermano, Jesús Ruiz, que fue informado de inmediato de la muerte de sus tres familiares se mostró preocupado por el alojamiento de de Inocente aquella noche. Sin embargo, no le hizo falta, ya que sería detenido poco antes de medianoche acusado de tres delitos de asesinato, aunque él se negaba a reconocerlo.

60 años de cárcel

En febrero de 1996 se celebró en la Audiencia Provincial de Madrid el juicio contra Inocente Ruiz Cordero, que fue sentenciado a un total de 60 años de cárcel. Al dictarse la pena por el triple crimen de Aravaca se tuvo en consideración, como atenuante, el trastorno disocial de la personalidad que afectaba al encausado, siendo acusado de tres delitos de parricidio. La patología mental que afectaba al triple asesino estaba directamente relacionada con el consumo habitual de drogas, por lo que se le aplicó el principio de enajenación mental.

A pesar de las muchas evidencias que había en su contra, Ruiz Cordero negó en todo momento estar involucrado en el triple asesinato que había costado la vida a sus padres y su abuelo. Su estancia entre rejas sería relativamente breve, pues en torno al año 2017 ya se encontraba en libertad condicional.

A diferencia de lo que ocurre con otros criminales, haber pasado más de dos décadas en la cárcel no parecieron enderezar el rumbo de un hombre que fue víctima de la heroína. En mayo de 2017 volvería a ser detenido de nuevo después de acuchillar a un indigente a las puertas del albergue de San Isidro, sito en el madrileño paseo del Rey cuando Inocente Ruiz, una oveja descarriada del Éxodo Rural contaba ya con 59 años de edad. Y es que algunos no aprenden nunca.

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Asesina a tres vecinos y después se suicida en Pereruela de Sayago (Zamora)

Pereruela de Sayago fue escenario de un triple crimen en el año 1998

Vicente Carnero Herrero, un jubilado de 66 años de edad, no se llevaba bien prácticamente con ninguno de sus vecinos. Vivía en su propio mundo y quien más y quien menos tenía defectos para aquel hombre a quien muchos consideraban un «amargado». Ni siquiera tenía trato con ninguno de sus cuatro hijos ni mucho menos con su mujer, de quien se había separado hacía ya unos treinta años. En junio del año 1998 llevaba ya algún tiempo viviendo en una residencia de ancianos en el municipio zamorano de Benavente y nadie había dado quejas acerca de su comportamiento.

Nadie esperaba ya que regresase a Pereruela de Sayago, una pequeña localidad al oeste de la provincia de Zamora con poco más de 500 habitantes que se conocían prácticamente todos. Sin embargo, Vicente Carnero decidió regresar con la escusa de una operación de próstata que tenía programada para el día de autos. Quizás había planeado que esa jornada se convirtiese en el día más negro de la historia del pequeño pueblo castellano-leonés y así lo demostraría el desarrollo de los hechos que se iniciaron de una forma trágica con el albor del 23 de junio de 1998.

Aquella jornada, que para colmo de los colmos era la señalada en el calendario como la de las hogueras de San Juan, quien iba a dejar una huella indeleble en la historia de la crónica negra precipitaría los acontecimientos a primera hora de la mañana, incendiando la pequeña casa en la que residía, sita en el número 3 de la Travesía del Pito de la pequeña localidad zamorana. Mientras muchos de sus convecinos se dirigían al lugar a sofocar el incendio, él había puesto rumbo a la panadería, donde vivían dos de sus teóricos enemigos. Armado con una escopeta de caza, a la que previamente le había aserrado los cartuchos, disparó sobre Vicente Gómez Moralejo, de 59 años, el panadero. Las postas le dieron de lleno en la región inguinal, atravesándole la femoral, lo que provocó que se desangrase, mezclándose su sangre con la masa preparada para el pan que cada día distribuía entre el vecindario.

El hermano del panadero, Daniel Gómez, evitó una mayor tragedia en este lugar, al conseguir desarmarlo. Al parecer, el asesino tenía pensado matarlo también a él, pero su rápida actuación le salvó de una muerte segura. No obstante, su sanguinaria ruta tan solo había dado el primer paso.

Asesinato de dos ancianas

Tras dar muerte al panadero por ser hermano del alcalde, hacia quien sentía un odio profundo, se dirigió posteriormente al número 5 de la Travesía del Pito. Allí, prácticamente al lado de su casa, residían dos ancianas, Maruja y Olivia Brioso Gómez, de 72 y 70 años respectivamente. Desde hacía tiempo, mantenía un enconado enfrentamiento con ambas a consecuencia de unos geranios rojos que, supuestamente, le producían alergia a quien se iba a convertir en su verdugo.

A pesar de encontrarse ya desarmado, tomó lo primero que se le vino a las manos, en este caso una azada, con la que golpearía fuertemente en la cabeza y con gran saña a las dos mujeres, que no ofrecieron prácticamente ninguna resistencia. Olivia murió prácticamente al primer golpe. Su hermana resistió un poco más, pero resultó malherida con pérdida de masa encefálica a consecuencia de los traumatismos que le produjeron los reiterados golpes que le había propinado Vicente Herrero con lo que se convirtió en una herramienta asesina.

Probablemente perdido y sabedor del destino que tal vez le aguardase entre sus vecinos, aquel individuo raro, de mal carácter, huraño y enfurruñado, decidió poner fin a su vida arrojándose a un pozo de agua. Tras de sí dejaba una gran tragedia que situaba a Pereruela de Sayago en el mapa, aunque fuese por un horripilante suceso que al día siguiente sería primera página de muchos diarios españoles. Su resentimiento contra el mundo fue tal que, incluso, un día antes de cometer los tres asesinatos, había retirado tres millones de pesetas de una de sus cuentas en el banco que terminarían por consumirse en el fuego que había puesto a su casa. Ni siquiera quería que nadie se aprovechase de su pequeña fortuna.

Al entierro de las tres víctimas asesinadas acudió prácticamente todo el pueblo, en tanto que a Vicente Herrero hubo una oposición frontal de sus paisanos a que recibiese sepultura en el mismo cementerio en el que descansaban el panadero y las dos ancianas muertas por el criminal. Sería enterrado en otro camposanto en el que solamente estuvo acompañado por tres empleados de la funeraria que se encargó de su cadáver y uno de sus hermanos, que accedió a la petición vecinal. La soledad del asesino le acompañó incluso más allá de su último suspiro.

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Ejecutado en el garrote vil por asesinar a tres mujeres en Alcolea (Córdoba)

El autor del triple crimen, a la izquierda de las imágenes en una publicación de la época

Era aquella España un país pobre y también hambriento en el que todo el mundo se las arreglaba como podía. Para bien o para mal. Se vivía de lo que podía y los caciques seguían imponiendo su ley a una población mayoritariamente rural que veía en la emigración su principal salida a la miseria. Era un estado mayoritariamente religioso, con un profundo y arraigado poder eclesiástico en el que se decía -falsamente- que imperaba el orden y la disciplina, aunque había en ocasiones en las que ocurrían sucesos desagradables, algunos que marcarían época, tanto por las circunstancias en las que se producían como por la cantidad de víctimas que quedaban en el camino.

Uno de esos hechos que trascenderían su tiempo hasta llegar a nuestros días fue el triple crimen de Alcolea, que ocurrió un ya lejano 17 de junio de 1912 en el Cortijo de Chancillarejo, en la provincia de Córdoba. Un luctuoso suceso que no dejaría indiferente a nadie y que incluso llegaría a tener una gran repercusión mediática, debido a que un grupo importante de ilustres cordobeses clamaría inútilmente para que al autor de los asesinatos le fuese conmutada la pena capital a la que finalmente sería sentenciado.

José Ortiz Puerto era un joven de 29 años de edad, natural de la localidad cordobesa de Iznájar a quien le apodaban «El Brasileño» debido a que se había trasladado al país sudamericano siendo muy joven y había regresado cuando contaba tan solo 21 años. De él se decía que era muy celoso y estaba profundamente enamorado de Antonia Laredo, de 18 años, una apuesta joven a quien no dejaba prácticamente ni respirar. Se decía también que la madre de esta se oponía a la relación que ambos mantenían. Lo cierto es que la muchacha, tal vez harta de los celos enfermizos de su pretendiente, comenzó una relación con un apuesto jornalero, lo que provocaría la exasperación del muchacho, quien decía que si aquella moza no era para él no era para ningún otro. Y, tristemente, así lo hizo.

Escondido

«El Brasileño» conocía todos los pormenores de quien había sido su prometida. Un buen día se trasladó hasta el cortijo en el que habitualmente residía en compañía de su madre. Se infiltró en el mismo sin que nadie se percatara de la situación y se escondió debajo de la cama que Antonia solía compartir con su madre, provisto de una daga para acometer su macabra y fatal fechoría.

Cuando ya se habían acostado, en la media noche de aquel 17 de junio de 1912, Ortiz Puerto iniciaría una de las peores orgías sangrientas de la historia de Andalucía. Sin pensar ni medir las consecuencias, acometería con el arma blanca que portaba a las tres mujeres que en ese momento dormían en aquella estancia. Asesinó a Antonia Laredo, cosiéndola literalmente a puñaladas, al igual que haría con su madre María Ortiz, quien compartía el mismo lecho que su hija, y una nuera de esta última, Juana Lopera. Solamente se salvarían de sus garras asesinas una niña de once meses que dormía al lado de Antonia.

Con la ropa completamente empapada en sangre, el criminal tuvo tiempo para cambiarse de pantalones, blusa, calcetines y camisa, ya que se sirvió de otros que había en un arca y que pertenecían a Antonio Laredo, marido de una de las víctimas. Igualmente, aprovecharía para asearse y limpiarse las manos antes de iniciar la huida. Se da la circunstancia de que el hombre al que se hace referencia estaba durmiendo en una era próxima al cortijo, pero no se percató absolutamente de nada cuanto acontecía en el cortijo hasta el día siguiente, en el que contemplaría el tétrico panorama y avisaría a la Guardía Civil. «El Brasileño» se llevaría consigo también un revolver que pertenecía a Antonio.

Tras el brutal crimen iniciaría una prolongada huida que le llevaría a recorrer cerca de 400 kilómetros, en una época en la que no era fácil encontrar un medio de locomoción. No sería detenido hasta el día 30 de junio de 1912, que fue cuando unos agentes de la Guardia Civil le echaron el guante en la localidad extremeña de Piedras Albas, en Cáceres.

Pena de muerte

El juicio, que se celebró en la Audiencia Provincial de Córdoba en el año 1913, levantaría una gran expectación en la Ciudad de las Tres Culturas. Se solicitaron tres penas de muerte para el acusado, quien finalmente sería sentenciado a la máxima pena que contemplaba en aquel entonces el ordenamiento jurídico español. No obstante, las fuerzas vivas cordobesas se levantaron solicitando el indulto de un pobre hombre, que pertenecía a una clase marginal.

Se presentó recurso ante el Tribunal Supremo, quien no hizo otra cosa que ratificar la sentencia dictada por la Audiencia cordobesa. Esto motivó que distintas personalidades de la época, entre ellos Niceto Alcalá-Zamora, Antonio Barroso y Martín Rosales solicitasen clemencia al Consejo de Ministros y al Rey Alfonso XIII, pues consideraban excesivo un castigo que en aquel tiempo estaba considerado como ejemplar, aunque la mayoría de los ajusticiados pertenecían a clases bajas.

Sus esfuerzos no dieron los resultados deseados y sus súplicas no fueron escuchadas. Aquel hombre que había emigrado a Brasil para huir de la misería, José Ortiz Puerto, terminaría sus días con el cuello aplastado por el garrote vil el día 30 de abril de 1914 en el patio del Alcázar de los Reyes Cristianos, donde se levantaba la antigua prisión provincial de Córdoba. Ponía fin así a su existencia y a dos eternos años de espera por un indulto que jamás llegaría.

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Se suicida después de asesinar a su esposa y a sus tres hijos en Cassá de la Selva (Girona)

Cassá de la Selva fue escenario de un terrible crimen en el año 1975

En apariencia el matrimonio formado por Moisés Gubau Pons, de 37 años y Pilar Bayo, de 35 era perfectamente normal. Incluso aparentaba ser una familia modélica, que, además de la pareja, estaba compuesto por sus tres hijos, un niño y dos niñas con edades comprendidas entre los tres y los siete años. El cabeza de familia era un hombre honrado y trabajador, a quien no se le conocían vicios y tampoco presentaba desequilibrios mentales. Al menos que se supiese. Por todo ello, el terrible drama que presenciaron los vecinos de la localidad gerundense de Cassá de la Selva en los primeros días del mes de mayo del año 1975 les resultase poco menos que increíble, pero por encima de todo aterrador por las brutales escenas que hubieron de contemplar en una vivienda unifamiliar situada a las afueras de la localidad, en la carretera que se dirige desde Cassá de la Selva a Caldas de Malavella.

Si nadie le ha encontrado explicación a este suceso en los más de cuarenta años que han transcurrido desde el mismo, menos se podía esperar que en aquella festiva jornada familiar se fuese a desarrollar un truculento episodio más propio de filmes de terror regado con la más macabra fantasía. Aquel día, primero de mayo de 1975, el primogénito de los vástagos de los Gubau-Pons, Narciso, de siete años, había tomado su primera comunión y se preparaba un ambiente festivo en el domicilio familiar, al que estaba previsto que asistiesen sus parientes más cercanos así como amigos de los pequeños.

Los invitados asistieron a la fiesta tras la ceremonia religiosa, en la que comieron y bebieron en un ambiente de franca camaradería, en la que no faltaron los regalos y los mejores deseos para el comulgante. Todo se desarrollaba según lo previsto. Estaban en una celebración festiva en la que no había lugar a posibles efectos negativos y lo que menos se podían esperar es que en aquella misma casa en la que a aquellas horas todo era diversión y jolgorio fuese a ser escenario de una de las peores tragedias que se recuerdan en la contorna próxima a la Costa Brava.

Ausencia del trabajo

A ninguno de los compañeros de Moisés Gibau extrañó que este no acudiese a su trabajo, en una industria chacinera de la zona, el viernes, día 2 de mayo de 1975. Al fin y al cabo estaba justificada su ausencia tras un día de fiesta familiar y se le suponía que estaría agotado y muy cansado del día anterior. Solamente uno de sus cuñados, que era compañero en la empresa en que trabajaba, mostró cierta extrañeza por la ausencia de su familiar. Al concluir su jornada laboral, decidió dirigirse a la casa en la que el día anterior se había celebrado una fiesta de primera comunión.

El hermano político del cabeza de familia de los Gubau-Pons se mostró un tanto sorprendido al llegar hasta el lugar. No escuchaba ningún ruido y la luz estaba encendida. Llamó a la puerta, pero nadie acudía a abrirle. Fue entonces, al percatarse del sepulcral silencio cuando se alarmó y pensó que algo grave le podía haber ocurrido a la familia. Conocedor de los entresijos del domicilio familiar, se dirigió hacia la ventana de la habitación que ocupaban las pequeñas de la casa y allí decidió romper un cristal.

Resulta muy difícil imaginar el impacto emocional y humano que debió sufrir este hombre al contemplar a sus dos sobrinas pequeñas bañadas en sangre en la misma posición en la que estaban al igual que cuando se habían ido a dormir. Ante aquel tétrico panorama, el cuñado de Moisés Gubau decidió no seguir en sus indagaciones y avisó inmediatamente a la Guardia Civil y la Policía Local de Cassá de la Selva, quienes provistos de los elementos necesarios y previo permiso judicial, se adentraron en el domicilio en el que hallaron los cuerpos sin vida del resto de los miembros del clan familiar. No les cabía duda ninguna que se encontraban ante un crimen múltiple.

«Nos veremos en el cielo»

En la alcoba matrimonial encontraron los cuerpos de los dos miembros de la pareja, encontrando sangre por todos los rincones, principalmente en las inmediaciones del camastro conyugal. A las paredes habían saltado los restos de las masas encefálicas de ambos cónyuges, que presentaban sus cabezas completamente destrozadas, después de que Moisés Gubau hubiese disparado primero contra ella con una escopeta del calibre 12. Otro tanto haría con el pequeño que aquel mismo día había tomado la primera comunión, quien también presentaba un aspecto irreconocible.

Las pequeñas Amelia, de cinco años y Marta, de tres, eran las que estaban más reconocibles, aunque estaban desfigurados. Lógicamente, el último en fallecer fue el cabeza de familia, que se había tenido que servir de uno de sus pies para disparar el arma con el que había dado muerte a toda su familia. Posteriormente, una vez que el juez decretó el levantamiento de los cadáveres, estos fueron trasladados al depósito municipal para ser sometidos a la perceptiva autopsia.

Hubo un detalle que llamó profundamente la atención de los investigadores de este caso. No fue otro que la nota escrita por el cuádruple homicida en uno de los recordatorios de primera de comunión de su hijo Narciso. En ella pedía perdón a sus hijos y escribía una curiosa expresión «nos veremos en el cielo», sin otra explicación. Y es que difícilmente se puede encontrar un razonamiento que justifiqué aquella masacre.

Esas mismas palabras, ausencia de argumentos, fue las que pronunció el entonces joven párroco de la localidad en el quíntuple entierro que hubo de oficiar el 3 de mayo de 1975, en el que un pueblo sobrecogido y sobresaltado arropó de forma unánime al resto de familiares de los Gubau-Bayo en una de las más grandes manifestaciones de duelo que jamás se recuerdan en aquel municipio en el que el corcho es su principal industria y que repentinamente saltó a las tristes páginas de sucesos de los diarios españoles, restando tal vez algo de protagonismo a las festividad del primero de mayo, cuando todavía no tenían permitido celebrarlo los sindicatos libres.

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Febrero sangriento en la madrileña calle Orense en el año 1988

La madrileña calle de Orense fue escenario de tres asesinatos en febrero del año 1988

El año 1988 quizás hubiese pasado a la historia como uno de los más sangrientos en la capital de España. En breves espacios de tiempo se sucedían hechos criminales que aterrorizaron a una población que no estaba acostumbrada a sucesos tan terribles como los acaecidos en aquel tiempo. En septiembre de aquel año el periodista especializado en sucesos, Jesús Duva, publicaba en el diario EL PAÍS un artículo a modo de balance de lo que había acontecido en la primera ciudad española. En poco menos de nueve meses se habían producido 40 crímenes, de los que la Policía solo había podido resolver poco más de la mitad. Detrás de aquellas estremecedoras y frías cifras se encontraba un viejo convidado de piedra que estaba arruinando la vida de muchas familias españolas y no era otro que la heroína, cuya comercialización se había vuelto en un auténtico quebradero de cabeza para las autoridades. Y no era para menos.

Uno de los lugares donde se prodigaron los crímenes fue en una de las zonas más exclusivas de la capital, concretamente la calle Orense, en la que en poco menos de una semana se vio aterrada por tres asesinatos en cuyo fondo se hallaba el consumo de estupefacientes. Conocida como la Manhattan de Madrid estuvo a punto de convertirse en el Bronx. La comisión de los hechos delictivos llegaría al Parlamento regional madrileño, llegando a proclamar la oposición que la situación se había vuelto insostenible. Lo peor de todo es que la ola de inseguridad ciudadana no se abatía solo con la célebre calle madrileña sino que abarcaba por completo al territorio metropolitano sucediéndose, además de estos luctuosos acontecimientos, otros de menor calibre entre los que se encontraban robos a personas y asaltos a la propiedad, así como a entidades bancarias, convirtiéndose el trabajo en estas últimas en una profesión de riesgo.

Asesinato de un comisario de Policía

Como si un sarcasmo del destino en el peor sentido de la palabra se quisiese convertir su existencia, ese fue el sino del comisario Gregorio García González, un hombre de 57 años, casado y padre de tres hijos, caía víctima de las balas de su propia arma, que le había sido arrebatada por dos sirleros, con quienes se había enzarzado en una pelea después de que estos últimos intentasen asaltarlo. Al parecer, el policía, muy celoso en su trabajo, regresaba en torno a las dos de la madrugada a su domicilio andando después de prestar su trabajo en la comisaría emplazada en el viejo Caserón de la Puerta del Sol, cuando se encontró con los energúmenos que le arrebatarían la vida en la confluencia de las calles Orense y Huesca.

En el momento en el que el comisario fue atacando se encontraba en el interior de una cabina telefónica. Al parecer estaba llamando al 091 cuando fue atacado por los dos agresores. Después de enzarzarse en una pelea con ambos, que supuestamente eran drogadictos, Gregorio García, que era cinturón marrón de karate, perdió su arma reglamentaria que fue a parar a mano de uno de los dos delincuentes a quien no le dolieron prendas en disparar sobre el veterano oficial de la Policía. A pesar de que fue encontrado con vida por un grupo de policías que acudieron al lugar y fue trasladado al Hospital de la Cruz Roja, en el que fallecería en torno a las tres menos cinco de la madrugada del día 10 de febrero de 1988.

Los autores del crimen se apoderaron de su arma reglamentaria y huyeron de inmediato a toda velocidad del lugar. A pesar de que fueron avistados por algunos vigilantes nocturnos de la zona, que aportaron datos con intención de que fuesen capturados, este asesinato quedaría impune. Días más tarde fueron detenidos cuatro jóvenes que inmediatamente serían puestos en libertad por falta de pruebas para incriminarlos.

Ya, en el año 2001, una hija del comisario asesinado expresaría su disgusto, no solo por la muerte de su padre -que entra dentro de lo lógico y normal-, sino por la forma en que se había desarrollado la investigación, así como la actitud que había mantenido la justicia con los familiares del funcionario asesinado a través de una carta al director que envió al diario EL PAIS, en su edición del 13 de febrero del citado año, cuando se conmemoraba ya el decimotercer aniversario del asesinato de su padre. En su misiva añadía que no se había mostrado interés alguno en capturar a los asesinos de su padre, de quien decía que sabía demasiadas cosas, además de expresar muchas dudas acerca del funcionamiento del sistema judicial en España.

Asesinato de un adolescente

Tan solo cuatro días después de haber sido asesinado Gregorio García González, fallecía un joven de tan solo 16 años, Antonio Cifuentes Alfaro en la zona de AZCA, un lugar en el que se congregaban millares de muchachos los fines de semana al encontrarse situado en el epicentro de la movida madrileña, ya que aquí había multitud de negocios de ocio nocturno. De este suceso, que se produjo en la plaza Picasso, se ofrecieron distintas versiones. Una de ellas abundaba en la posibilidad de que el muchacho fuese asesinado cuando se negó a dar un cigarrillo a otro chaval de una pandilla distinta.

La tesis que sostenía la familia decía que el móvil de la muerte de su hijo había sido el robo por parte de un grupo de navajeros que se dedicaban al tráfico y consumo de estupefacientes. Una última hipótesis hablaba acerca de un posible enfrentamiento entre pandillas rivales que tal vez procediesen de otras zonas del sur de Madrid, que muy probablemente se hubiesen enzarzado en una pelea a causa de una discusión trivial. Sea como fuere, lo cierto es que se cobró una vida humana que se encontraba en su plenitud.

Asesinato de un joven senegalés

La última víctima mortal en aquel febrero para olvidar de la historia negra de Madrid fue un joven senegalés que respondía al nombre de Nganpe Dioup, quien contaba con unos 25 años de edad, que falleció a consecuencia de una puñalada a las diez de la noche del 16 de febrero de 1988. En este caso es en el que más claramente se pudo comprobar la relación de las drogas con el delito sangriento. Al parecer, el súbdito africano había reclamado una deuda de mil pesetas a la novia de su verdugo, E. M., de 17 años.

La versión ofrecida por el novio de la joven, A. M. A., de 25 años, quien era un viejo conocido de la Policía ya que en su historial constaban algunos delitos por asalto a la propiedad, su víctima habría agredido a su prometida, ante lo que él reaccionó airadamente sacando una navaja que portaba en el bolsillo del pantalón. No obstante, un testigo presencial de los hechos manifestaría que el asesino habría corrido detrás de su víctima, quien trató de defenderse arrojándole piedras, no parando hasta ver conseguido su objetivo. Una vez detenido, declararía ante la Policía que desconocía que Nganpe Dioup hubiese fallecido a consecuencia de su agresión.

La pareja huyó del lugar a toda prisa a bordo de un vehículo, siendo detenidos días más tarde. Aunque sobre ella no pesaban cargos, sería puesta a disposición judicial en calidad de encubridora. Este suceso fue el único de los tres hechos sangrientos ocurridos en la exclusiva calle Orense que resultó esclarecido por la Policía, debiendo dar su autor cuenta del mismo ante la Justicia.

Estos tres crímenes pusieron la piel de gallina a muchos madrileños, que asistían impotentes a la proliferación y comercialización masiva de heroína y otros estupefacientes en sus calles y plazas, en un tiempo en que esa droga se cebaba con muchas familias españolas que veían como sus vástagos sucumbían ante un feroz enemigo que muy pronto se empezaría a emparentar con una terrible enfermedad que en sus inicios también segó muchas vidas, el SIDA.

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Dos adolescentes asesinan a una amiga en San Fernando (Cádiz) (El crimen de «Las brujas de San Fernando»)

Las dos adolescentes, en el momento de pasar a disposición judicial

Fue un crimen que hizo contener la respiración a muchos españoles. Todavía no existían las redes sociales, pero había algunos jóvenes que trazaban su existencia por ciertos senderos que distaban mucho de la ejemplaridad. Sorprendió a los estudiosos e investigadores del caso la frialdad con que se comportaron las dos adolescentes asesinas a la hora de relatar los hechos. «Querían experimentar», «sentirse bien» «saber el que se siente cuando se mata a una persona». Ese era el macabro objetivo de un asesinato que conmovió a España entera cuando estaba a punto del expirar el siglo XX.

Raquel Carlet e Iria Suárez eran dos adolescentes que contaban 16 y 17 años cuando pergeñaron un crimen que pasará a los anales de la historia de la crónica negra. Nada de cuanto aconteció aquel día, 26 de mayo del año 2000 obedeció al azar ni a la casualidad. Todo estaba perfectamente preparado, incluso la víctima elegida, Klara García, una adolescente como ellas de 16 años, a quien consideraban una «persona débil» y «fácilmente impresionable». No les gustaba, principalmente a Iria, el recto rumbo que había tomado la otrora amiga suya, quien tenía novio formal desde hacía poco tiempo y no había descuidado lo más mínimo sus estudios, a diferencia de ellas cuyos excéntricos gustos llevarían el dolor a toda una localidad, San Fernando, conocida por sus instalaciones militares portuarias, que sucumbiría horrorizada a los designios que ambas jóvenes trazaron sobre una persona que estaba comenzando su existencia.

Antes de cometer el horrible crimen, ya habían efectuado un primer intento con otra persona en los aseos de una superficie comercial de la ciudad. Sin embargo, quien se iba a convertir en víctima tuvo la suerte de encontrarse con un guardia de seguridad que evitó la tragedia. No obstante, aquellas dos jóvenes aficionadas al esoterismo y al terror no se dieron por vencidas y aquel 26 de mayo convocaron a su amiga, Klara García en un descampado, conocido como «El Barrero», para llevar a cabo su truculenta experiencia. En torno a las diez de la noche se dieron cita en el lugar, desconociendo la víctima el porqué la habían llevado hasta aquel lugar.

Después de una breve charla, se tumbaron en el suelo. Sorpresivamente, según declaraciones de Iria Suárez, su cómplice Raquel Carlet Torrejón comenzaría a asestar puñaladas sobre Klara, quien en un momento dado les llegó a decir, según algunos militares que se encontraban en la garita y que escucharon algo de «jaleo»,»¿Para qué me habéis traído aquí, para matarme?» Exactamente era para eso. Hasta un total de 18 puñaladas recibió la joven víctima, cuyo cuello había quedado prácticamente seccionado por la furia asesina de las dos precoces criminales.

Se cambiaron la ropa

Después de perpetrar el horrible crimen, darían prueba una vez más de su sangre fría. Se dirigieron a sus respectivos domicilios a cambiarse la ropa para quedar con sus amigos en una nueva noche de marcha, al igual que si nada hubiese sucedido. A algunos de sus colegas les extrañó que nos les acompañase la víctima mortal, aunque no le concedieron mayor importancia. Además, ambas homicidas habían planificado todo hasta el más mínimo detalle. Prueba de ello es que Iria Suárez, que había resultado levemente herida en una mano cuando apuñalaban a Klara, se inventó la escusa de que se había cortado con un cristal. Para darle más veracidad a su hipotética coartada, llevaría a efecto un corte con un vidrio en la mano.

Al día siguiente, al ver que su hija no había regresado, los padres de Klara García presentaron una denuncia por la desaparición de su hija en la comisaría de Policía. Sin embargo, en torno a las diez de la mañana del 27 de mayo, un ciudadano anónimo que paseaba por la zona dio cuenta del hallazgo de un cadáver en medio de un gran charco de sangre en la zona de «El Barrero». No hubo duda ninguna desde el principio que se trataba de la joven desaparecida. Ahora faltaba encontrar al culpable o culpables de su asesinato.

La Policía comenzó a indagar en el círculo más próximo a la joven asesinada. Inmediatamente comenzó el cerco sobre Raquel e Iria, quienes habían inventado un relato con ciertos visos de credibilidad, pero que pronto se vino a bajo, ya que la policía provocaría que ambas muchachas cayesen en alguna contradicción y terminarían confesando su culpabilidad. Desde un principio la mayor de ellas, Raquel, de 17 años, se atribuyó la autoría material del crimen, aunque la intelectual recaería sobre Iria, considerada una joven con un alto coeficiente intelectual, con capacidad de manipulación y ejercer de algún modo cierta influencia sobre su compañera, algo más recatada y con no tantas luces, a pesar de poseer la fuerza suficiente para matar a un ser humano.

Ser famosas, experimentar

Después de que hubiesen confesado el horrendo crimen, ambas jóvenes, de quienes se dijo que habían estado cantando en los calabozos, manifestaron que su intención era la de convertirse en famosas, además de experimentar que se siente cuando se mata a un ser humano. Su declaración no pasaría desapercibida para los agentes, que de nuevo mostraron su asombro por la frialdad que demostraban aquellas dos adolescentes, quienes no daban ninguna prueba de arrepentimiento por el escabroso y obsceno crimen que habían cometido.

La Policía indagó en sus círculos más cercanos y también en sus pertenencias. Las jóvenes habían experimentado un cambio radical en los últimos tiempos. Se habían decantado por una estética de carácter gótico, en la que predominaba el color negro, además de adentrarse en el oscuro mundo de los fenómenos paranormales y esotéricos, así como en un exacerbado gusto por el terror y la literatura de este último género. Con el crimen tal vez buscasen imitar a los grotescos personajes que aparecían reflejados en sus libros favoritos.

Otro aspecto que llamó la atención de quienes indagaron en este suceso, fue el hecho de que ambas muchachas demostrasen una gran admiración por José Rabadán, «El asesino de la catana», el joven que había dado muerte a toda su familia hacía escaso tiempo por aquel entonces. Se encontraron algunos recortes de prensa en su poder en los que se mostraba la personalidad del precoz criminal. Los padres de ambas negaron conocer las aficiones de sus hijas. Igualmente ha quedado descartado que mantuviesen alguna relación epistolar con el criminal murciano.

Ocho años de internamiento

En el juicio que se celebró en contra de ambas menores en noviembre del año 2001 Raquel Carlet Torrejón e Iria García serían condenadas a ocho años de internamiento en un centro de menores. Tampoco se quedarían al margen de la acción de la justicia los progenitores de ambas, que verían duramente hipotecadas sus respectivas vidas al tener que hacer frente a una responsabilidad civil que se elevaba a 240.000 euros, con los que deberían indemnizar a la familia de Klara Garcia. Algún medio de comunicación informó que esta elevada suma de dinero que se vieron obligados a pagar les ocasionaría la ruina económica a los familiares de las dos adolescentes asesinas.

A partir de ahí la vida de ambas amigas discurrirá por senderos muy distintos, a decir de los investigadores. Años más tarde, en 2017, siendo ya una adulta que se acercaba a la cuarentena, Iria García González saltaría de nuevo a los medios de comunicación, tras ser encontrada ejerciendo la profesión de maestra infantil en Oxford, circunstancia esta última que saltaría a los tabloides sensacionalistas británicos, quienes acusaron de escaso rigor al centro que la había contratado. Al parecer, la joven había mentido y estuvo detenida, siendo ahí cuando se le pierde definitivamente la pista. Esta muchacha había aprovechado su estancia en el correccional en el que fue internada para estudiar la carrera de psicología.

Distinta suerte correría su cómplice, Raquel Carlet Torrejón, a quien algunas informaciones periodísticas situaban en la capital de España después de haber hecho algún ciclo de formación profesional. A diferencia de la anterior, su vida discurrió en una mayor discreción y apenas se ha vuelto a saber más nada acerca de su existencia. Al parecer, ambas mujeres no se han vuelto a ver desde el famoso suceso que consternó a España entera hace ya más de dos décadas, en los albores del siglo XXI con un crimen propio del más rancio medievo.

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Una asesina en serie mata a tres ancianas en Barcelona

Remedios Sánchez, la asesina en serie de Barcelona

En los primeros días del verano del año 2006 Barcelona vivió con pavor a la actuación de una asesina en serie, cuyas víctimas eran ancianas. Un objetivo probablemente calculado, dada la escasa indefensión y resistencia que presentaba este grupo de edad, dominado por los achaques que le son propios. No eran para nada casualidad que en apenas quince días apareciesen asesinadas tres mujeres de avanzada edad en la Ciudad Condal, además de una forma muy similar. El estrangulamiento era el método que empleaba la cruel asesina, una mujer gallega de mediana edad que era adicta al juego. Su forma de proceder provocaría una gran psicosis en la capital catalana, principalmente entre las mujeres mayores de 70 años que vivían solas, cuya cifra se elevaba a más de 70.000 en aquel entonces.

La primera víctima de Remedios Sánchez fue Josefa Cervantes, conocida entre sus personas más próximas como Pepita. Su modus operandi consistía en ganarse la confianza de sus victimas, mostrando una gran afabilidad y también amabilidad, al extremo de invitarla a su casa, tal fue el caso de esta mujer de 83 años. Ya dentro de su domicilio, una vez dueña de la situación, iniciaba su macabra actuación. Tal es el caso de Pepita, a quien después de proporcionarle una paliza la estranguló colocándole un tapete en el cuello al tiempo que le tapaba las vías respiratorias. Después de haberla asesinado, se apropió de las pertenencias de más valor que tenía en casa. Este primer crimen ocurrió el día 15 de junio de 2006.

En un principio se sospechó que el asesinato de la anciana tal vez hubiese sido obra de algún delincuente de poca monta que conociese los pormenores de la mujer, pero nada hacía sospechar que se encontrasen ante una asesina en serie. Durante este tiempo se sucedieron las denuncias en comisaria por parte de ancianas que habían sido atacadas por una mujer de mediana edad, con marcado acento gallego. No obstante, no se les concedió la importancia que verdaderamente requerían.

El segundo crimen

Cuando todavía no se habían apagado los ecos del primer crimen, el día 28 de junio de 2006 aparecía muerta una segunda anciana en Barcelona, en circunstancias muy similares a la primera. Se trataba de Adelaida Geransanzi, de 96 años. Remedios Sánchez, después de ganarse su confianza y amistad, no dudó en golpearla hasta la muerte, además de estrangularla para cerciorarse de que no dejaba un incómodo testigo. Al igual que había hecho con su primera víctima, también se apropió de las pertenencias que guardaba en su vivienda, entre ellas de algunas joyas así como de 1.200 euros, que posteriormente se gastaría en bingos y locales de juego de la Ciudad Condal.

El segundo asesinato de ancianas alteró la convivencia en la capital catalana, pero nadie sospechaba todavía que se encontraban ante una asesina en serie. Al menos no se tomaron las suficientes precauciones ni se puso el suficiente celo en su captura, lo que daría lugar a que Remedios Sánchez volviese a matar, creyéndose tal vez impune a la acción de la justicia.

Su última víctima mortal fue María Sahún, una mujer de 76 años que vivía sola. Su forma de actuar era casi siempre idéntica. Ganarse la confianza de las víctimas y, una vez dentro de su casa, comenzar con su macabra actuación. A esta última la estrangularía con una toalla el día 1 de julio de 2006. Al igual que había hecho con sus anteriores víctimas, también se apoderaría de todo cuanto tenía en casa, haciéndose con un botín de 500 euros en dinero en efectivo, así como algunas alhajas. Posteriormente, se daría un festín gastándose el dinero en algún bingo y también en las tragaperras.

Los Mossos d´Escuadra, además de encontrarse con tres crímenes que parecían obedecer a una planificación, tuvieron que hacer frente también a cerca de una decena de denuncias de otras tantas mujeres. Todas ellas manifestaban que habían sido atacadas por una mujer que rondaba los cincuenta años, con marcado acento gallego. A todo ello se sumaba el hecho de que uno de los perfiles respondía a ese prototipo descrito por las víctimas, a lo que se añadía que una persona de esas características era frecuente verla gastando dinero en abundancia en locales de juego próximos al domicilio de todas sus víctimas. Pero no era solo eso. De la misma manera, las cámaras de videovigilancia de algún negocio habían captado a la presunta asesina. De lo que sí estaban seguros era que se encontraban ante una asesina en serie que con toda probabilidad fuese adicta al juego.

El día 5 de julio de 2006 era detenida Remedios Sánchez, quien se mostró desafiante ante las fuerzas de seguridad, mostrando una desmedida confianza en sí misma, con la que tal vez pretendía dar a entender que ella era inocente, aunque existían demasiadas pruebas en su contra. Hasta un total de siete mujeres mayores de setenta años declararon haber sido víctimas de los ataques de la asesina en serie. Una de ellas se libró de un destino fatal, debido a que su marido se presentó en el lugar en que estaba siendo atacada, lo que provocó la huida de aquella mujer.

Detrás de la biografía de aquella asesina en serie se escondía un perfil personal que había estado dominado por algunas penalidades. Remedios Sánchez era una mujer que había nacido en el año 1957 en San Cristovo de Dormeá, una aldea situada en el municipio coruñés de Boimorto, el mismo del que es oriunda la cantante Luz Casal. Miembro de una numerosa prole de once hijos, se había visto obligada a emigrar en busca de un sustento que le negaba la tierra que la había visto nacer. Madre de dos hijos, se había separado de su marido a consecuencia de su afición al juego, siendo una jugadora compulsiva tanto de máquinas tragaperras como de casino, encontrándose esta causa muy estrechamente vinculada a su actividad criminal. Todo cuanto conseguía como botín en sus asaltos lo dilapidaba posteriormente en locales de juego, aunque nada justifica sus horribles crímenes.

144 años de cárcel

Con un número de pruebas apabullantes en su contra, en julio de 2008, dos años después de ser capturada, se celebró el juicio en su contra. La mujer quiso desviar la atención de la justicia responsabilizando de los crímenes a una antigua inquilina suya, cuestión que refutó el fiscal aduciendo que no había ni una sola prueba contra esa persona. Por su parte, los psiquiatras que se encargaron de evaluarla manifestaron que Remedios Sánchez no sufría ningún trastorno ni patología de ningún tipo que le impidiese reconocer la gravedad de sus delitos.

Según la versión de los hechos, los jueces consideraron que Remedios Sánchez «asumió conscientemente que podía causar la muerte de las tres ancianas, con los agresivos ataques que desarrolló», y que «conocía el peligro concreto que creó con su conducta para la vida de las víctimas, a pesar de lo cual ejecutó la acción, aceptando la producción del resultado».

 La Reme fue condenada basándose en las abundantes pruebas presentadas contra ella, tanto con el reconocimiento de testigos como por los objetos y joyas robadas halladas en su poder. El tribunal la condenaría por delitos de asesinato o tentativa de asesinato al apreciar que la acusada «buscó deliberadamente a sus víctimas y planeó sus agresiones con el fin de eliminar cualquier defensa y asegurar la ejecución de su propósito», lo que configura la circunstancia agravante de la alevosía.

La pena total a la que fue condenada ascendía a 144 años de prisión, cinco meses y 29 días. De la misma forma, debía hacer frente a indemnizaciones millonarias a todas sus víctimas en concepto de responsabilidad civil, que iban desde los 19.000 a los 120.000 euros, cantidades que con toda probabilidad no ha satisfecho debido a su insolvencia, así como a la actividad delictiva a la que se dedicaba, que era el robo con violencia.

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Mata a hachazos a sus padres y a dos de sus hermanos en Illana (Guadalajara)

Antigua cárcel de Guadalajara, en la que estuvo ingresado Ángel Saceda Teruel

Oficialmente, en 1955, España ya no vivía en la Posguerra, pues el año anterior se habían suprimido las cartillas de racionamiento, a pesar de que el desabastecimiento era generalizado en prácticamente todo el país, pues se seguían sufriendo unas enormes carencias de todo tipo productos y servicios. Seguía siendo un país muy triste y muy pobre en el que los efectos de la guerra civil seguían muy presentes en su devenir cotidiano y las heridas todavía supuraban sangre y pus de un tiempo que no había dejado indiferente a nadie.

En la extensa España rural el atraso era generalizado y rara vez se salía de su habitual monotonía salvo cuando sucedía algún episodio que descorazonaba a sus moradores y, sin pretenderlo, se colocaba a esa localidad en la que había ocurrido algo grave en el mapa. Era entonces cuando acudían algunos informadores en busca del morbo y no ahorraban los peores calificativos a la hora de definir la situación que se vivían en ese pueblo o villa que había sufrido un infortunio. Así sucedería en la localidad alcarreña de Illana el 17 de noviembre de 1955, un precioso pueblo situado al sur de la provincia de Guadalajara, límitrofe con la demarcación con Cuenca, a 90 kilómetros tanto de esta última como de la capital de la Alcarria.

Este pequeño núcleo de población vivía, al igual que la práctica totalidad de los de entonces, de lo que daba el campo y la inmensa mayoría de sus habitantes vivía malamente de lo que daba o se sacaba de una deficiente y mal planificada agricultura, cuyos problemas eran achacados antaño por el régimen a la «pertinaz sequía», expresión que se convertiría en una de las clásicas de la época y que estaba en boca de todos.

Una de esas familias que vivían de la agricultura era Antonio Saceda Alonso, un jornalero agrícola que contaba en aquel entonces 50 años de edad. Residía junto a su esposa Alberta Teruel Alonso, dos años más joven que él, en una humilde vivienda en las inmediaciones de la carretera que daba acceso a Illana. Eran padres de cuatro hijos, aunque una niña de quince años era habitual que pernoctase en la casa de su abuela, siendo este factor lo que le salvó la vida el día en que su hermano, desconociéndose el motivo exacto, la emprendió a hachazos con toda la familia, provocando una tragedia que erizaba los pelos a cualquiera.

Ropas ensagrentadas

Después de cenar Ángel Saceda Teruel, un joven de 24 años de edad y que el mayor de los hijos del matrimonio formado por Antonio y Alberta, en torno a las diez y medía de aquel 17 de noviembre de 1955 se dirigió a casa de su novia. Allí estuvo departiendo con ella y sus familiares, además de fumarse algunos cigarrillos y jugar a las cartas. Llegad el momento, el muchacho partió a su casa para irse a dormir para estar en forma para trabajar al día siguiente. Nada ni nadie hacía sospechar que aquel enigmático joven se fuese a convertir en un despiadado criminal en cuestión de poco tiempo.

Apenas transcurridos veinte minutos de haber abandonado la vivienda de su novia, Ángel retorno a su casa gritando y llorando con las ropas completamente empapadas en sangre. Les dijo, aparentando encontrarse en un completo estado de desolación, que se había encontrado a sus padres y sus hermanos asesinados, presentando heridas en todo su cuerpo, además de encontrar algunos cadáveres mutilados. La noticia, lógicamente, alarmó a la familia de su prometida, que no dudó un solo instante en avisar al resto del vecindario, así como a familiares y conocidos de la infortunada familia.

Al llegar al domicilio en el que se había perpetrado el cuádruple crimen, el panorama era dantesco y aterrador. Había sangre en prácticamente todas sus humilde estancias y algunos cuerpos de los fallecidos estaban mutilados presentando grandes heridas que habían sido ocasionadas con algún objeto muy afilado que probablemente les hubiesen producido la muerte prácticamente en el acto. No había caído en la cuenta el criminal que los agentes al practicar la primera inspección ocular no encontraron el domicilio de autos revuelto y descartaban de plano que hubiesen sufrido un asalto. Parecían convencidos de que el asesino o asesinos tal vez no anduviesen muy lejos. O mejor dicho, estaba demasiado cerca.

Prácticamente de inmediato la Guardia Civil efectuó las primeras detenciones, siendo Ángel Saceda uno de los primeros detenidos, al igual que algunos vecinos de la localidad quienes quedarían en libertada a las pocas horas de su detención debido a que no existían pruebas de cargo contundentes que los incriminasen. Por su parte, el hijo del matrimonio asesinado sería trasladado hasta Pastrana, cabeza del partido judicial al que pertenecía Illana.

Confesión

En el trayecto entre Illana y Pastrana, que distan aproximadamente unos 35 kilómetros, el cuádruple criminal confesaría los hechos, supuestamente empujado por su novia. Además, les explicó a los agentes que lo custodiaban que para perpetrar los cuatro asesinatos había empleado un hacha, que sería localizada posteriormente. Aprovechó la circunstancia de que tanto sus progenitores como sus hermanos se hallaban durmiendo, a pesar de que estos últimos no eran el objeto principal de su macabra acción. Contó que odiaba profundamente a sus padres por el trato que le dispensaban en relación con sus hermanos, que tenían ocho y diez años respectivamente. Además, manifestó que estos últimos habían sido dos víctimas colaterales, pues decidió liquidarlos para evitar dos testigos incómodos.

Durante algún tiempo, Ángel estuvo jugando al gato y al ratón, alternando diferentes versiones y manifestando que si había confesado los asesinatos había sido a causa de la presión que habían ejercido tanto su novia como las autoridades. No obstante, nadie le creyó y el curso judicial en su contra prosiguió como si tal cosa.

En sus primeras conclusiones provisionales, el ministerio fiscal se mostró inflexible y es de imaginar que un agudo pánico sacudiese el vello del pescuezo del asesino, pues no se anduvo por las ramas y solicitó hasta un total de cuatro penas de muerte, una por cada uno de los asesinatos cometidos. Además, los informes forenses a los que fue sometido en aquel entonces no eran muy halagüeños para él, pues le consideraban una persona normal con una pequeña tara que no era especificada en los mismos. Supuestamente se podría referir a su carácter un tanto infantiloide o a su capacidad para discernir entre el bien y el mal.

120 años de prisión

En febrero de 1958 se celebró el juicio contra el único encausado por el cuádruple crimen de Illana. Aunque estaba presente la posibilidad de ser sentenciado a muerte, finalmente le sería impuesta una condena de 120 años de cárcel, 30 por cada uno de los crímenes, que eran definidos como dos parricidios y dos asesinatos. Además, se señalaba que el condenado no podía acogerse a ningún sistema de redención de penas por trabajo, vigentes en la época. Por aquel entonces, otros delincuentes con crímenes de menor calibre habían sido directamente enviados al cadalso.

Además de las penas de prisión, se le imponían otros seis años de destierro, no pudiendo residir en Illana durante el periodo indicado contado a partir de su excarcelación definitiva. La responsabilidad civil se elevaba a 260.000 pesetas, cifra esta con la que debía indemnizar a su única hermana que se había librado de su cruenta orgía sangrienta.

Sin embargo, y aquí vuelve a reflejarse una vez más la laxitud de las penas de cárcel en el franquismo, Ángel Saceda Teruel obtendría la libertad condicional apenas once años después de haber perpetrado una tragedia que dejó una impronta que llega hasta nuestros días. Una orden del 14 de enero de 1966, publicada en el BOE del 18 de febrero del mismo año, dejaba sin efecto la dura condena que había recibido por un suceso que con solo pensarlo hiela la sangre. Y, como se ha dicho aquí otras veces, en el franquismo había una propaganda oficial en materia de orden público que para nada se correspondía con lo que se llevaba a la práctica. Solo era más dura en el supuesto de que enviasen al reo al patíbulo. Y eso sucedía algunas veces, aunque no muchas, con el falso afán de pretender dar una ruda imagen de una justicia que dejaba mucho que desear y en la que muchas de sus lagunas parecían, más bien, enormes lagos y a este ejemplo nos remitimos.

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