O Piloto: ejecución o asesinato

José Castro Veiga, «O Piloto»

Fue el último guerrillero en ser abatido, ya en la década de los sesenta. Su lucha en aquel entonces ya carecía de cualquier sentido, pues la mayor parte de sus compañeros la habían abandonado, cuando no muerto en distintas circunstancias. Algunos en tiroteos con la guardia civil, en tanto que otros a consecuencia de las penalidades que habían sufrido en montes y montañas gallegas. Si no tenía sentido su lucha, quizás lo tuviese menos la forma en que le dieron muerte. En aquel entonces, Xosé Castro Veiga, aunque decían que era muy rápido utilizando las armas, ya no hacía daño a nadie. Se había convertido en un hombre algo desnortado que no sabía a donde ir ni a donde acudir. Sin embargo, el anterior régimen, caracterizado por su implacabilidad en la lucha contra los viejos guerrilleros, no supo ni quiso perdonarle. A partir de ahí, comienza su leyenda y su mito.

En el año 1965, aunque el terrible recuerdo de la Guerra Civil estaba todavía muy presente en la sociedad de la época, la lucha contra el régimen de Franco había tomado unos cauces completamente distintos a los que se había llevado en los primeros tiempos de la dictadura. El maquis gallego, que había luchabado contra un cruel e inhumano sistema político, ya no tenía sentido alguno desde 1950, año en el que fueron abatidos y detenidos algunos de los últimos y más conocidos guerrilleros. En esos tiempos los distintos grupos de oposición, principalmente los sindicatos, se habían ido infiltrando en el régimen con el propósito de aprovechar las circunstancias o bien para descomponerlo o intentar destruirlo.

Los montes y montañas gallegos eran ya solo un nostálgico recuerdo para viejos guerrilleros que se habían enfrentado en ellos de una forma un tanto suicida a los agentes de la guardia civil. Aquella lucha carecía de cualquier sentido si es que algún día había tenido alguno. A mediados de la década de los sesenta ya solo quedaba Xosé Castro Veiga en la lucha armada clandestina. A lo largo de su dilatada lucha guerrillera se había caracterizado por ser muy escurridizo, burlando a la guardia civil en las situaciones más inverosímiles.

Atraco

En la mañana del 10 de marzo de 1965, fecha en que fue abatido O Piloto, había cometido un último atraco en una pudiente casa de O Saviñao, apoderándose de 15.000 pesetas. Castro Veiga siempre les decía a quienes asaltaba que era un «impuesto que le cobraba el legítimo Gobierno de la República». Al parecer había sido denunciado por los propietarios de la vivienda que había sido asaltada, dando cuenta a la guardia civil de la presencia del célebre forajido gallego. La familia a la que había atracado era una casa pudiente de la época, siendo el hijo más joven del propietario, Darío Vázquez Fernández, fallecido en la localidad pontevedresa de Porriño en 2004, quien daría la alerta a la guardia civil, además de seguir el rastro del célebre guerrillero.

Su perseguidor siguió perfectamente durante esa jornada el itinerario de O Piloto desde A Bugalla hasta la parroquia chantadina de Pesqueiras, al otro lado del Miño. Cuando Castro Veiga cruzó la carretera, su perseguidor aprovechó para entrar en las instalaciones de la central eléctrica buscando un teléfono para dar aviso a la Guardia Civil. Inmediatamente se acercaron dos patrullas procedentes de Escairón y Chantada a la caza del último maquis.

Un solo tiro

Un consumado y experto tirador descerrajó de un solo disparo la cabeza de O Piloto, mientras se hallaba sentado a la vera del río comiendo plácidamente. A Xosé Castro Veiga no le dio tiempo ni a pensar que su vida de forajido había terminado para siempre. Su cadáver constituyó una presa de valor incalculable tanto para el régimen como para las fuerzas del orden que no dudaron en exponerlo públicamente para cuantos quisiesen contemplar por última vez al hombre que había mantenido en vilo durante casi un cuarto de siglo a la guardia civil de los municipios del sur de Lugo.

La familia que denunció la presencia de Castro Veiga abandonaría su vivienda, trasladándose a otro lugar de la parroquia de A Bugalla, en el mismo municipio de O Saviñao. De la misma forma, su delator también abandonaría la casa familiar, estableciéndose en el municipio pontevedrés de Porriño, en el que fallecería 39 años más tarde. Se dice que alguien aconsejó a la familia denunciante abandonar su habitual vivienda por temor a que sufriesen alguna represalia.

La noticia de su muerte fue inmediatamente divulgada por toda la comarca en la que todavía gozaba de un cierto carisma popular el famoso luchador. Además, el régimen, en sus comunicados y notas de prensa, denigraba la imagen de una víctima a la que no dudaba en calificar de bandolero y delincuente, aunque la filosofía de la existencia Xosé Castro Veiga era completamente ajena a los cánones por los que se regía un sistema que ya se quedaba demasiado anquilosado en un nefasto y oscuro pasado, pese a que se consideraba la reserva espiritual de Europa.

Con la muerte de «O Piloto» concluía de forma oficial la lucha contra el maquis gallego. No cabía duda que la dictadura se había cobrado un cotizado trofeo pero que, al fin y al cabo, no suponía ya ningún peligro para nadie. Recordaba la historia de aquellos famosos soldados japoneses que se rindieron y entregaron varios lustros después de concluida la Segunda Guerra Mundial ante soldados americanos, aunque algunos de ellos ni siquiera estaban completamente convencidos de que el conflicto había concluido hacía ya más de diez años.

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Seis muertos en el accidente del ferrobús Vigo-Santiago

Convoyes de un ferrobús en una estación de tren de Galicia

El verano de 1975 estaba siendo un tanto atípico en la triste España de la década de los setenta. Se sucedían rumores acerca del estado de salud del dictador, a quién irónica y sarcásticamente se le llamaba ya «el recluta rebelde» porque se negaba a entrar en caja. Para quienes desconozcan a que se refería la famosa caja de la retranca, recordarles que los mozos jóvenes que tenían que incoporarse a cumplir sus obligaciones militares habían de dirigirse, previamente, a las desaparecidas Cajas de Reclutas para conocer el destino que les había tocado en suerte para cumplir el siempre indeseado servicio militar.

Independientemente de todo ello, lo cierto es que aquel año, en el que cambiaría radicalmente el destino de España, el país era un estado anodino que se había acostumbrado a un régimen anquilosado a unas remotas circunstancias de un pasado que a los más jóvenes les quedaban ya muy lejanas, por non decir que les eran totalmente ajenas. Todo el mundo daba ya por hecho que el anterior sistema estaba abocado a un inmediato final puramente biológico que no tardaría en llegar. Aún así, daría temibles zarpazos en sus últimos estertores fusilando a seis jóvenes opositores, entre ellos un muchacho gallego Humberto Baena quien, sencillamente, era un inocente a quien jamás pudieron comprobar que hubiese perpetrado algún delito de terrorismo. Sin embargo, al dictador no le tembló el pulso en firmar el «enterado» en el momento de sancionar su pena capital, a pesar de que padecía una avanzada enfermedad de Parkinson.

En ese ambiente seguía imperando una férrea censura en todo lo concerniente a cualquier aspecto que pudiese dañar la imagen de un sistema decaído y decadente. En Galicia se vivió una inefable prueba de esto último el 13 de agosto de 1975, para colmo 49 cumpleaños del dictador Castro, de ascendencia gallega. En la tarde de ese día, como era habitual, un ferrobús, que cubría el trayecto entre la ciudad de Vigo y Santiago de Compostela, sufriría un fatal accidente en el que morirían trágicamente seis personas, despertando la atención de buena parte de muchos gallegos quienes, en la parte oriental de su territorio, se dedicaban a recoger el trigo y preparar las habituales mallas, un ritual que terminaría desapareciendo poco más de una década más tarde.

Vagones empotrados

El siniestro se produjo a tan solo tres kilómetros de Vilagarcía de Arousa, en el trecho viario que une su estación con la del vecino municipio de Catoira. Al parecer, la causa principal del accidente se debió a que el convoy, formado por cuatro vagones, el que marchaba en tercer lugar acometió por detrás al segundo y este se empotraría contra un muro de hormigón. La peor parte se la llevaron las personas que viajaban en la segunda unidad del transporte articulado, ya que fueron las que más directamente sufrieron las consecuencias del fatal impacto.

En la zona del suceso se vivieron momentos de gran angustia, confusión y un pavor generalizado se apoderó de las muchas personas que viajaban en el convoy, un total de 200 según una nota de prensa que facilitaría RENFE a los medios informativos de la época, muy escueta, por otra parte. A diferencia de lo que sucede hoy en día, los medios de auxilio a viajeros, eran muy deficientes por no decir que prácticamente inexistentes. El primero en acudir en su ayuda fue un hombre que escuchó el estruendo del golpe contra el talud de hormigón. Aprovechando que disponía ya de un vehículo todoterreno, muy escasos en aquel entonces, cruzó unos terrenos agrícolas con el mismo para contemplar la dantesca escena. De igual modo, fue también muy destacable la ayuda prestada por vecinos de casas próximas al lugar del accidente.

Un total de 42 personas tendrían que ser atendidas en los centros sanitarios de Vilagarcía de Arousa, Pontevedra, Santiago de Compostela y Vigo. El pronóstico de algunos de los heridos era de muy grave. Incluso, en un momento dado, los distintos centros sanitarios solicitaron, a través de emisoras de radio principalmente, la presencia de donantes de sangre a fin de poder paliar las carencias de plasma que sufrían.

Los trabajos de excarcelación de las personas fallecidas se prolongarían durante varias horas al quedar atrapadas en un impresionante amasijo de hierros. El primer cadáver rescatado sería el de un empleado de RENFE, natural de Vigo, que se había llevado una de las peores partes. A medianoche sería también rescatado el cuerpo de un niño que no superaba los diez años.

Un total de seis personas fueron víctimas de un fatal accidente que el régimen de la época, además de impedir que los distintos medios publicasen fotografías e información, atribuyó increíblemente a las lluvias caídas aquel verano. Como si en Galicia no lloviese en época estival y máxime en aquellos tiempos en los que todavía no se hablaba de cambio climático.

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Crimen en un cuartel de la Armada en Ferrol

Marinos jurando bandera

A finales de la década de los setenta, el Ejército todavía continuaba siendo un poderoso estamento social, gozando de ciertos privilegios de antaño obtenidos durante el régimen dictatorial de Franco. Todavía era un elemento a tener en cuenta en la gobernabilidad del país y era frecuente que militares de la más alta graduación formasen parte de distintos ejecutivos estatales. Por si fuera poco, la clase política era mirada de reojo desde los cuarteles, quedando todavía muchos miembros de las fuerzas armadas dispuestos a intervenir si lo consideraban necesario en asuntos estrictamente políticos.

En Galicia donde siempre más se ha notado la presencia militar ha sido en la ciudad de Ferrol, localidad en la que la Marina siempre ha contado con un importante número de efectivos. Buena prueba de su significación en el área ártabra lo sería el equipo de fútbol, el Rácing de Ferrol, que durante muchos años sería uno de los más punteros de Galicia, militando durante casi dos décadas de forma ininterrumpida en la segunda categoría, gracias a los refuerzos de futbolistas que iban destinados a la ciudad departamental a cumplir el servicio militar obligatorio.

Con la supresión de la «mili» se terminaría con largas décadas subyugados al poder de los uniformes y los cuarteles, olvidándonos para siempre de la importancia que desempeñaban aquellos hombres de rostros tensos y adustos que parecían carecer de cualquier estima por quienes los rodeaban. Todo ello incidiría negativamente en una ciudad que dejaba de pertenecer al albur militar después de más de un siglo en el que se hicieron patentes las botas altas de firme pisada y los engalanados uniformes que vestían aquellos hombres de mirada lejana y severa.

En las instalaciones del Ejército y de la Armada ocurrían muchas cosas, aunque siempre reinaba un mutismo y hermetismo prácticamente absoluto en torno a lo que pudiese acontecer en su interior. Muchas veces esa introversión y reserva era aducida en base a unos supuestos secretos oficiales a los que jamás pudo acceder la población civil, manteniéndose el estamento militar como un submundo aparte del resto en el que reinaba su propia ley. Esta circunspección lo abarcaba todo o prácticamente todo. Tal fue el caso de un dramático suceso ocurrido el domingo, 23 de septiembre de 1979.

En esa fecha un joven cabo, Antonio Cabanillas Cabrera, que estaba cumpliendo el servicio militar obligatorio, disparó dos veces con su fusil cetme sobre el capitán de Infantería Carlos Seijas Fernández, en el momento en que se encontraba cenando en el comedor del acuartalemiento en compañía del también oficial, el teniente Manuel Álvarez Fernández, quien tendría más suerte que su compañero de armas al escasquillársele el pertrecho al asesino. El suceso ocurrió en torno a las once menos cuarto de la noche.

El oficial asesinado había llegado recientemente al destacamento de Ferrol, hacía escasamente diez días que se había incorporado a su nuevo destino procedente de la base naval de Cartagena, siendo esta la primera vez que hacía guardia. El fallecido era oriundo de la parroquia de Sillobre, en la que sería enterrado un par de días después, en el municipio de Fene, muy próximo a Ferrol.

Consejo de Guerra Sumarísimo

Una de las peculiaridades que tenía el Ejército y el mundo militar en particular era que se regía prácticamente de una forma autónoma, disponiendo incluso de su propia jurisdicción encargada de dictar sentencias sobre los delitos cometidos en acto de servicio, siendo este uno de los últimos caso acontecidos en Galicia. A diferencia de la justicia ordinaria, la militar funcionaba con muchísimo más rapidez. De hecho, el cabo que había dado muerte a su compañero sería juzgado apenas unos días más tarde en un consejo de guerra sumarísimo, una expresión que parece retrotraernos a otros tiempos y que suena ya un tanto arcaica debido a que era mucho más común emplearla para tiempos en los que España o cualquier otro país se hallaba en conflicto.

En el transcurso del proceso, el soldado, que había sido detenido y recluido en la prisión militar de Caranza, reconoció los hechos que le imputaban, siendo condenado a una pena de 30 años de cárcel. Además, se le expulsaba de forma definitiva de las fuerzas armadas, a lo que se añadía que debía satisfacer una indemnización de tres millones de pesetas(18.000 euros) a la esposa e hijo del capitán Seijas Fernández. El proceso había contado con la novedad de ser el primero de sus características en la historia en la que el acusado no debía de temer a ser sentenciado a muerte, pues la pena capital había sido abolida con la promulgación de la Constitución de 1978.

Otra de las peculiaridades de este caso fue el extraordinario hermetismo con que fue llevado por parte de las autoridades militares, un excepcional mutismo próximo al secretismo, característica, por otra parte, muy propia del Ejército que se desenvolvía muchas veces como un auténtico reino de taifas. Además, sería también uno de los últimos casos que se desarrollaría por la jurisdicción militar, ya que, años más tarde con la reforma judicial, todos los acontecimientos que tuviesen lugar dentro del propio Ejército serían potestad de la justicia ordinaria.

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Siete muertos y cinco desaparecidos en el incendio del psiquiátrico compostelano

Hospital psiquiátrico de Conxo

Hablar de un centro psiquiátrico supone sumergirse en una especie de inframundo en el que están condenados a vivir todos los desheredados de la sociedad, muchos de los cuales han sufrido hasta el desprecio de sus familias, que han renegado de ellos recluyéndolos entre cuatro paredes en las que habitan seres a quienes se les ha negado prácticamente todo en esta vida. Incluso la esperanza. A la estigmatización que sufren muchos enfermos mentales se les sumaba hace algo más de 40 años un eterno rosario de carencias que hacía que muchos de ellos fuesen definitivamente olvidados en los conocidos como manicomios. Ni siquiera quienes habían sido un día sus seres queridos se acordaban de algunos de ellos en el momento en que dejaban de existir, siendo abandonados y relegados a la proscripción más absoluta en un tétrico y patético cementerio que solía estar en los aledaños de los hospitales psiquiátricos sin siquiera una pequeña lápida identificativa recordando quien yacía en un descuidado nicho que jamás ha recibido el cariño ni el adorno de flor alguna. Tal vez como si a esos pobres enfermos les persiguiese la estigmatización a la que se habían visto sometidos en vida incluso después de muertos, negándoles así un digno y merecido reposo en una paz que jamás alcanzaron mientras convivieron con el común de los mortales.

«Canto máis pobre menos roupa», reza un viejo dicho gallego (cuanto mas pobre menos ropa). Así les debió de acontecer a un buen grupo de internos en el hospital psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela, aquella mañana del 7 de julio de 1976, que para colmo era Año Santo Compostelano lejos todavía del comercial Xacobeo, cuando repentinamente, muy de madrugada todavía, se vieron sorprendidos por una descomunal marea de fuego que acabaría con la vida de una cifra indeterminada de personas. Aunque se ha hablado siempre de siete muertos, nunca se ha podido determinar con exactitud que les había ocurrido a los otros cinco internos que nunca aparecieron. No se sabe si perecieron con las llamas, si aprovecharon la ocasión para huir de aquellas penosas instalaciones que les condenaban de por vida. Sea de una manera u otra, lo cierto es que fue una tragedia en toda regla que se cebó, no con un grupo de personas desfavorecidas, sino directamente con seres humanos a los que la sociedad se encargó de excluirles y negarles todo derecho a la esperanza.

A las seis menos cuarto de la mañana de aquel ya lejano día de San Fermín en el primer año de la Transición democrática, con Adolfo Suárez recientemente incorporado a la presidencia del Gobierno, en una de las habitaciones del psiquiátrico de Conxo se inició un devastador fuego que, además de llevarse por delante muchas vidas humanas, dañaría de forma significativa sus instalaciones. Los empleados enseguida escucharon impresionantes gritos de auxilio de personas que clamaban por un socorro que parecía darles la espalda, como si de una auténtica tragicomedia se tratase.

Rejas en las ventanas

Las deficientes instalaciones de Conxo, con las rejas que recubrían las ventanas de las habitaciones, fueron propicias para que muchos de aquellos pobres hombres y mujeres pereciesen abrasados en una ratonera de fuego sin poder escapar a una muerte segura. A todo ello se añadía la antigüedad de las dependencias en las que estaban ingresados, ya que pertenecían a un viejo monasterio en el que se había habilitado una de sus alas en 1885 como centro de salud mental. El fuego se propagó de forma inmediata por todo el edificio debido a la combustibilidad de los materiales que se encontró a su paso, fundamentalmente madera y también barnices que propiciaron que el inmueble se convirtiese en una presa fácil para las llamas.

A las deficientes instalaciones y a sus múltiples obstáculos se sumaron en esta ocasión un cierto desorden en la gestión de la tragedia. Los bomberos compostelanos no contaban con los equipos adecuados para sofocar incendios, siendo requerida una unidad procedente de A Coruña, ciudad distante 75 kilómetros de la capital gallega. Sin embargo, no era este el único obstáculo al que habían de hacer frente los bomberos, ya que también se advertía -en aquel entonces- que la red de suministros de agua carecía de suficiente fuerza de bombeo, con lo que la extinción se hizo mucho más complicada para unos profesionales acostumbrados a enfrentarse con todo tipo de contingencias imprevistas en su labor cotidiana.

La responsabilidad del incendio se le atribuyó a un interno que -según se dice- había manifestado en reiteradas ocasiones su intención de quitarse la vida, incendiando el centro en el que se hallaba recluido, aunque este último aspecto nunca se ha podido contrastar de forma concluyente. Sin embargo, todo indica que el fuego se inició en un colchón al contactar la brasa de un cigarrillo con su espuma, propagándose inmediatamente el fuego por todo el edificio. El enfermo que había proferido las amenazas pereció en aquel desgraciado incendio.

Confusión

Durante muchas horas reinó la más absoluta confusión en torno a lo que había pasado en Conxo, sacándose incluso a relucir ciertas diferencias personales entre las distintas administraciones de entonces. Hay que señalar que todavía no existía la autonómica. El principal motivo de alarma fue el paradero de algunos internos, desconociéndose todavía hoy en día si perecieron en aquella dramática jornada o si aprovecharon el desorden provocado por las llamas para huir, aunque jamás se supiese que camino habían tomado. De hecho, algunos de ellos aprovecharían para escaparse a casas de sus familias, regresando de nuevo al centro psiquiátrico, tras ser encontrados por la Guardia Civil. Otros se quedaron vagando por las viejas rúas compostelanas sin rumbo fijo hasta que fueron encontrados por los agentes del orden.

En un primer momento los enfermos fueron hospedados en la Iglesia de Conxo, que sirvió en primera instancia como un improvisado centro de acogida. Tras la tragedia, la dirección del centro psiquiátrico concedió un total de diez altas definitivas y otras 45 temporales a distintos internos. Además, el incendio supuso una descongestión del hospital, ya que su cifra de residentes pasaría de 984 a 140. A las altas había que sumar que algunos fueron trasladados a centros de similares características ubicados en la localidad ourensana de Toén y también en Vigo. De la misma forma, las autoridades se percataron de que el hospital de Conxo estaba masificado, al igual que la práctica totalidad de las residencias psiquiátricas gallegas de su tiempo.

De los seis fallecidos, cuyos cadáveres fueron recuperados de forma inmediata, tan solo dos de ellos fueron reclamados por sus respectivas familias, siendo trasladados a sus lugares de origen. Sin embargo, cuatro de ellos descansan el sueño eterno en la necrópolis anexa al hospital de Conxo, sin que nadie se hubiese dignado en reclamar sus restos, siendo así condenados a una sempiterna marginación y estigmatización que ni siquiera la muerte pudo borrar de su dramática y cruel existencia.

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Asesina a su ex-compañera sentimental y se suicida en Frades (A Coruña)

Ayuntamiento de Frades

Los pequeños municipios gallegos, divididos en centenares de parroquias y estas a su vez subdivididas en miles de lugares, son noticia precisamente porque nunca o casi nunca ocurre nada. Entre sus habituales vecinos, una gran mayoría de los cuales son ya personas de una cierta edad, reina una tranquilidad y calma que nos atreveríamos a calificar de pasmosa. Son sitios idóneos para escapar al estrés y a la agitación que supone el nuevo ritmo de vida marcado a veces por unas crueles y sofocantes agendas que no dejan el más mínimo rescoldo para detenerse y descansar plácidamente a la sombra de unos castaños en tanto se entabla conversación con cualquier vecino que se aproxime. A estas últimas circunstancias si están acostumbrados los habitantes de Frades, una pequeña localidad distante poco más de 30 kilómetros de Santiago de Compostela, que parece cabalgar eternamente sobre el río Tambre, quien se dejar caer mansamente sobre su precioso y verde entorno regando enormes praderías y sirviendo, a su vez, de disfrute para los aficionados al deporte de la pesca.

Este municipio, que apenas tiene 2.600 personas censadas, es el clásico lugar para huir del ajetreo diario sin que nada o nadie moleste a quien pretenda relajarse escuchando únicamente el canto de los pájaros o los leves y agradables ruidos de las aguas del caudaloso Tambre que descienden mansas y tranquilas a lo largo de todo el inigualable enclave que siempre ha representado la comarca de Ordes. Sin embargo, esa eterna calma de la gozaba su vecindario se vio repentinamente alterada en los días previos al inicio oficial de la primavera en el año 2.000, cuando Frades aún no había bajado de la barrera de los tres mil habitantes, aunque su descenso demográfico no había hecho más que comenzar hasta convertirse en progresivo en los últimos tiempos.

Lo que prometía ser una plácida mañana de fin de semana se convertiría pronto en un inefable drama que consternaría pronto a sus tranquilos vecinos aquel 18 de marzo del último año del segundo milenio. Nadie se hubiese imaginado que uno de sus residentes, un hombre ya octogenario José Corral Rey tomase en sus manos la tradicional escopeta de caza, muy habitual en muchas viviendas del rural gallego, para con ella regar de sangre la tierra que con su límpidas y celestiales aguas baña el mítico y pacífico río Tambre.

A primeras horas de la mañana de aquel sábado este hombre, de 81 años, se dirigió con el arma a la casa en la que vivían Flora Bello y María Teresa García, además de los dos hijos de esta, que contaban en aquel entonces con 19 y 14 años de edad respectivamente. Una vez allí, a poco más de medio kilómetro de su domicilio, perpetró una tragedia que aún sigue presente en la memoria de los vecinos de Santalla de Moar. Quizás un tanto despechado por la presunta relación que había mantenido con una de las mujeres, José Corral no dudó en disparar contra las dos mujeres, quedando estas tendidas sobre un charco de sangre. Heridas de gravedad fueron evacuadas hasta el Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela, donde una de ellas, Teresa García, de 38 años de edad, ingresó ya cadáver. Su madre, que contaba en aquel entonces con 67 años, sería intervenida quirúrgicamente a causa de las heridas de perdigones que presentaba.

Suicidio

Tras cometer el execrable crimen, José Corral se encaminó a su casa con el claro objetivo de quitarse la vida después de haber sembrado de pánico y terror la siempre apacible parroquia de Santalla de Moar. Para ello utilizó el mismo arma con el que había atacado a las dos mujeres. Antes de entrar en su vivienda, aprovechando el repecho de una cuneta que había en el camino por el que había que dirigirse a su domicilio, se encañonó con la escopeta disparándose en el pecho, quedando muerto de forma prácticamente instantánea.

Ningún vecino hubiese esperado un desenlace fatal en la relación que había mantenido el asesino con sus víctimas. Al parecer, este último había estado conviviendo en casa de las mujeres sobre las que disparó hasta hacía poco más de dos años y medio. Se le atribuía una supuesta relación con la más joven de las mujeres, María Teresa García, si bien es cierto que este hecho era atribuido a la rumorología oficiosa que siempre reina entre los vecinos de localidades pequeñas, ya que esta última estaba casada y era madre de dos hijos.

Nadie en todo este término municipal daba crédito a la reacción que tuvo José Corral García aquel día previo a la última primavera del anterior milenio. Estaba considerado como un hombre de carácter más bien reservado y pusilánime. Algunos decían incluso que era algo miedoso y que jamás había presentado problema alguno de convivencia con sus vecinos, por lo que el trágico suceso que protagonizó pilló completamente desprevenida a una tranquila población que se vio sobresaltada en aquel sábado que se adivinaba como una plácida jornada de transición a una primavera que para nada resultaría romántica a los vecinos de la apacible localidad de Frades en la que hasta el tranquilo y ensoñador Tambre sintió en sus aguas el horrible sobresalto que siempre ocasiona una inesperada e indeseada tragedia que los convirtió por unos días en foco de atención mediática, también de forma que nadie hubiese deseado ni mucho menos imaginado.

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Dos muertos en un tiroteo entre la Guardia Civil y el maquis

Vimianzo, el lugar donde ocurrió el tiroteo

La guerrilla o el maquis, como a ellos les gustaba denominarse, pervivió durante algún tiempo, refugiándose sus miembros en las áreas de montaña o zonas escarpadas donde se hiciese más complicado localizarlos a las autoridades. Su existencia era difícil, por no decir que se podría calificar de calamitosa. Todos ellos habían sido perdedores de la Guerra Civil y tenían, poco menos que imposible, regresar a un mundo y una sociedad que -no solo les había dado la espalda- sino que directamente renegaba de ellos. Aún así, de cuando en vez, protagonizaban alguna acción armada o refriega con los agentes del orden. Pero, desgraciadamente, para ellos, casi siempre se llevaban la peor tarde.

La misión de los guerrilleros, entre los que se encontraban el mítico Foucellas, «O Piloto», Gayoso y muchos otros, era prácticamente un objetivo suicida, ya que poco o nada podían hacer contra un duro estado dictatorial que había dado carta blanca a las fuerzas armadas en su constante persecución. La lucha contra los guerrilleros, a los que desde los organismos oficiales no dudaban en calificar de bandoleros, fue un objetivo prioritario para lo cual se habían engrasado todos los engranajes del estado, siendo la censura de prensa uno de los principales pilares en los que se sustentó esa denodada lucha. Rara vez aparecían en la prensa los resultados de las acciones armadas. Cuando salían siempre se daba cumplida cuenta de las bajas que se había causado a ese enemigo, retratado como un bandido enemigo de la sociedad.

El terreno gallego era propicio para la lucha de guerrillas. Era un mundo básicamente rural, a lo que se unían sus no menos ventajosas condiciones orográficas, en las que se dibujaban abundantes terrenos escarpados y montañosos, muchos de los cuales en aquel entonces contaban con pequeños núcleos de población que contribuían a darles refugio a unos hombres que ya no tenían nada que perder y prácticamente nada que ganar.

En ese contexto en el que se encuentra una sociedad pobre y muy tamizada al terruño en el que vive, tendrá lugar uno de los muchos enfrentamientos entre las fuerzas del orden y un maquis que cada vez se encuentra más desesperado ante la tibia e inesperada respuesta internacional al régimen del General Franco. El escenario de una pequeña batalla será el término municipal de Vimianzo, una localidad próxima a la costa noroccidental gallega, popularmente conocida como Costa da Morte, aunque se halla geográficamente situado en la Terra de Soneira. El suceso aconteció al atardecer del 8 de noviembre de 1946, conocido mundialmente como el Año de la Paz, como anteriormente lo había sido 1919, por ser el primero en el que el planeta estaba libre de un gran conflicto armado que lo había asolado y desolado.

En un bar

Una partida muy exigua de guerrilleros, compuesta por solamente tres hombres, se dirigieron al cuartel de la guardia civil con intención de asaltar el puesto para así hacerse con las armas y municiones que cada vez escaseaban más. Sin embargo, hubieron de desistir de su propósito al encontrar la puerta de las instalaciones de la Benemérita cerradas a cal y canto. Pese a ello, idearon un nuevo plan al percatarse que un agente se encontraba jugando una partida con unos paisanos en un bar situado en los aledaños de la guarnición. Uno de los que se encontraba echando la partida con el miembro de la guardia civil era un guarda forestal, a quien planearon secuestrarlo para así, efectuar un intercambio de este hombre por armas. El encargado del rehén fue el conocido guerrillero Manuel Pazos Mesías, quien pretendió sacarlo del establecimiento a punta de pistola e indicando a quienes se encontraban en su interior que no hiciesen ningún movimiento. En la puerta le aguardaba su compañero Emilio Pérez Vilariño, evitando ser visto por el resto de las personas que se encontraban en el local.

La operación resultó fatal, ya que ninguno de los presentes esperaba una reacción tan iracunda del agente de la guardia civil que se hallaba en el interior. Este último, que se llamaba Manuel Rodríguez Paz, de forma súbita desenfundó su arma reglamentaria y disparó contra el secuestrador que caería tendido en el suelo en medio de un gran charco de sangre, yaciendo en el suelo mortalmente herido. De resultas de este disparo, los compañeros del guerrillero respondieron a los efectuados por el agente del instituto armado, quien resultaría herido de gravedad, falleciendo posteriormente en el Hospital Militar de Santiago de Compostela.

Los dos guerrilleros que consiguieron huir de esta embarazosa y terrible situación lanzarían explosivos contra las instalaciones de la guardia civil de Vimianzo ocasionado desperfectos de diversa consideración en las dependencias del cuartel, pero sin causar daños personales a quienes se encontraban en su interior. Ambos componentes del maquis lograrían huir al monte de nuevo, donde aún se refugiarían durante algún tiempo hasta que fueron detenidos o muertos. Su compañero fallecido sería trasladado al depósito municipal, donde el médico titular le practicó la autopsia. En la chaqueta que portaba en el momento de su muerte se halló la inscripción Agrupación de Guerrilleros de Galicia. Además se le incautó alguna documentación que ayudaría a detener a algunos compañeros suyos, además de algunos vecinos que presuntamente mantenían cierto contacto con los grupos antifranquistas.

Detenciones

Esta acción de los miembros de la guerrilla gallega no les resultó baldía a muchos de los paisanos que, supuestamente, mantenían algún contacto con el maquis. A raíz de la misma se efectuarían diversas detenciones en todo el área de la Costa da Morte de muchos vecinos que colaboraban con el maquis. Algunos de ellos serían sometidos a un consejo de guerra, siendo condenados a varios años de prisión, a lo que se añadía el estigma que recaía para la familia de cualquier preso, y mucho más si en su expediente figuraban cuestiones o asuntos políticos, los cuales eran directamente relacionados con el orden público.

La represión sobre los grupos guerrilleros llegó al extremo que vecinos que estaban señalados por las fuerzas del orden como colaboradores de las agrupaciones de guerrilleros se vieron en la obligación de marcharse de Galicia con destino a tierras americanas. Entre la documentación que se requisó del cadáver de Pazos Mesías, natural del municipio de A Baña, se encontraba un cuaderno en el que había diversas anotaciones que hacían referencia a algunos habitantes de la comarca en la que fue abatido, lo cual serviría para su delación.

En años posteriores, la implacable justicia franquista incoaría hasta un total de 67 causas contra diversos vecinos de la comarca, a resultas de la colaboración que mantenían con las organizaciones guerrilleras. A esto se añade, que en el periodo 1946-1950, se intensificó de forma masiva la persecución contra unos pobres hombres que estaban casi desahuciados del mundo. De hecho, Emilio Pérez Vilariño, el guerrillero que saldría vivo del envite en que falleció Pazos Mesías, moriría en un enfrentamiento armado con agentes de la Guardia Civil en 1951 en el municipio de Curtis.

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El asesinato del cura de Trabada

Panorámica del pueblo donde ocurrió el crimen

La intersección asturgalaica forma un territorio inigualable que, en sus onduladas formas, se van intercalando ambos territorios, Asturias y Galicia y viceversa, con hermosísimos parajes y frondosidades que hacen del mismo un lugar único y extraordinariamente apreciado por quienes desean gozar de algunos días o incluso algún tiempo de paz y tranquilidad. De hecho, para poder demostrar hasta donde llega ese mestizaje asturiano y gallego se da la circunstancia de que algunas aldeas y parroquias de las muchas que forman este entrañable territorio se subdividen entre dos comunidades distintas, la gallega y la asturiana, lo que da luego no pocos quebraderos de cabeza a sus vecinos con distintos aspectos administrativos que van desde el meramente administrativo hasta el fiscal, tan distinto y distante entre Galicia y Asturias.

Es a este territorio al que nos dirigimos para ocuparnos de un suceso acontecido en el año 1935, la época previa a la Guerra Civil que ensangrentaría España por los cuatro costados. En Asturias quedaba todavía muy reciente el recuerdo del pasado revolucionario que había regado de sangre la región hacía muy poco tiempo. Aquel año, 1935, estaba siendo muy convulso en toda España. A los distintos conflictos de carácter laboral, que cada vez estaban siendo más numerosos, se sumaba ahora uno de tipo político, el popularmente conocido como «escándalo Straperlo» un caso de corrupción que haría saltar por los aires al Gobierno de Madrid, presidido en aquel entonces por el republicano conservador Alejandro Lerroux.

Quizás el período de la Segunda República fue de los más problemáticos en la historia de España para ser cura. A los desmanes que protagonizaban algunos grupos radicales, entre los que se encontraban fundamentalmente los anarquistas, se sumaba una doctrina de profundas raíces anticlericales que cada vez encontraba un mayor número de seguidores en todo el estado, debido, quizás, a que mucha gente veía en ella la liberación de un yugo al que habían estado sujetos demasiados años, desde tiempos inmemoriales en los que la Iglesia Católica había mantenido un férreo dominio sobre una población a la que le había negado el pan y la sal, disponiendo de innumerables privilegios que iban desde el terreno económico al administrativo, pasando por el social. Pero, con la IIª República, dejó de ser así.

Pese a que el clero no gozaba ya de la influencia de antaño, los sacerdotes y religiosos eran considerados personas que tenían una cierta jerarquía social, a la que entonces se añadía también otra de carácter económico. Se suponía que en las casas rectorales que habitaban los clérigos había una cierta capacidad adquisitiva de la que estaban exentos el común de los mortales. De hecho, y como ya hemos visto en algún capítulo anterior, eran una buena presa para quienes pretendían rapiñar algo.

Disparos

Así sucedió a finales del mes de febrero de 1935, o esa es la versión que se ofrece desde algunos medios de la época. Aprovechando la cierta distancia que suele haber entre las casas rectorales y el resto de la población, tres individuos se presentaron en la vivienda que ocupaba el sacerdote José López Blanco, quien convivía junto con un hermano suyo y el resto de la familia de este, un gélido día de invierno ya bien entrada la noche. El cura era el párroco titular de la parroquia de Trabada, en el concejo asturiano de Grandas de Salime, muy próximo al lucense de A Fonsagrada, siendo la mencionada aldea uno de los muchos y clásicos puntos de intersección existentes entre Galicia y Asturias.

Los tres individuos que asaltaron al párroco, originario de Galicia y cuya feligresía dependía de la diócesis de Mondoñedo, hicieron uso de armas de fuego, intercalándose disparos entre asaltantes y moradores de la casa rectoral. Como consecuencia de ese intercambio constante de munición resultaría muerto el sacerdote, en tanto que su hermano sería herido de gravedad. Al parecer, los ladrones hicieron uso de las armas, dos pistolas, al percatarse que el cura disponía también de una escopeta de caza de la que haría uso hiriendo a uno de los energúmenos, Alejandro Redondo Anido, que días más tarde, sería detenido por la Guardia Civil en la parroquia de Támoga, en el municipio lucense de Cospeito. A consecuencia de las heridas por arma de fuego, el hermano del sacerdote sería trasladado al Hospital de Lugo.

En su detención, a Redondo Anido le incautaron una pistola, además de encontrarse herido de consideración como consecuencia del intercambio de disparos con el religioso. La munición le había alcanzado en la ingle de la pierna izquierda así como en la rótula. Este individuo, de 33 años de edad y oriundo del municipio lucense de Outeiro de Rei, ya había estado en la cárcel en reiteradas ocasiones. Al ser detenido delataría a los que le habían acompañado en el asalto a la rectoral de Trabada. Se trataba de David Iche Berja, vecino de la localidad asturiana de Turón, y José Sodeiro.

Divergencias

Como consecuencia del asesinato del sacerdote encargado de la parroquia de Trabada, Alejandro Redondo Anido sería condenado a reclusión perpetua, al igual que sus acompañantes. Sin embargo, existen ciertas discrepancias a la hora de enjuiciar al individuo antes mencionado, ya que hay quien circunscribe sus actuaciones al ámbito meramente político llegándole a considerar como un represaliado. Si bien es cierto, que Redondo Anido, que había trabajado como minero en Asturias, disponía de un amplio historial delictivo en el momento en que fue detenido por la muerte del religioso.

Respecto a sus compañeros, las fuentes son todavía mucho más difusas que en su caso, ya que apenas existen datos sobre ellos. Se sabe que tal vez David Iche había participado en el movimiento minero asturiano de la época, pero que muy probablemente contactara con su colega gallego para dedicarse a asaltar algunas propiedades ajenas. También se supone que fue a través suya como se hicieron con las armas de fuego, muchas de las cuales habían quedado en poder de los obreros tras la Revolución de Asturias.

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14 muertos en el primer gran accidente de tráfico en Lugo

Autobús siniestrado en el accidente. Archivo de ANTÓN GRANDE.

El año 1931 marcó un antes y un después en la sociedad española. Fue aquel un año muy movido en toda la geografía hispana al que no fue ajeno a Galicia, aunque -todo hay que decirlo- acabaría siendo todo más una mera ilusión forjada un ya lejano 14 de abril de 1931 que muy pronto se tornaría en múltiples desengaños y desencantos que llevarían a una trágica guerra civil tan solo cinco años más tarde.

La ciudad de Lugo hace casi nueve décadas continuaba siendo una de las más rurales de toda España. La mayor parte de la población de la capital continuaba concentrándose en su casco histórico, superando apenas los 30.000 habitantes. La principal base de su economía era una ancestral agricultura de autoconsumo que apenas daba para satisfacer las necesidades más básicas de una población que luchaba por una subsistencia que cada vez se hacía más complicada, debido a los efectos que se habían generado como consecuencia de la crisis de 1929. La emigración a tierras americanas comenzaba a frenarse, principalmente la que se dirigía al Caribe, pero por cuestiones estructurales del principal país receptor de mano de obra gallega. A los efectos colaterales de la gran crisis económica se sumaban ahora otras dificultades en su economía interna, derivados de los grandes desastres provocados por los ciclones y temporales que en aquellos años habían afectado a esta área del planeta.

Los medios de transporte estaban ínfimamente desarrollados tanto en la provincia de Lugo como en el resto de Galicia. No es descabellado decir que la capital lucense «había perdido el tren», o mejor dicho tal vez no llegó nunca. Pese a todo, por las maltrechas carreteras y calles de la principal urbe del nordeste gallego hacía ya años que circulaban los primeros vehículos, especialmente los dedicados al transporte colectivo de personas, dedicados de forma mayoritaria a trasladar viajeros a distintos eventos tales como ferias, mercados o romerías. En este contexto se producirá un trágico siniestro el 30 de agosto de 1931 que quedará para siempre grabado en la historia colectiva de la ciudad de las murallas.

En aquella fecha un autobús de la mítica marca Hispano Suiza, propiedad de la familia Ferreiro se despeñó en la entonces conocida como Costa do Baño, actualmente Curva da Viña. El conductor que iba al volante del vehículo era Manuel López Arias y a bordo del ómnibus iban unas sesenta personas que se dirigían a la romería que se celebraba en la parroquia lucense de Santa María do Burgo.

Exceso de velocidad

Una de las hipótesis que siempre se han barajado como posible causa del siniestro fue el exceso de velocidad a la que el vehículo, atestado de viajeros, tomó la curva precipitándose posteriormente, desde una altura de doce metros, al patio del balneario. A todo ello se sumaban las nulas condiciones de seguridad en las que eran transportados muchos viajeros, impensables hoy en día. Hay que incidir en este aspecto ya que una gran parte de los mismos viajaban en unos asientos adaptados en la parte superior del automóvil, conocida como pescante. En ella viajaban muchas personas debido a que era mucho más económica. Un total de 14 personas fallecerían como consecuencia del siniestro y otras 40 resultarían heridas de diversa consideración. Tanto los fallecidos como los heridos quedarían esparcidos por un radio de cinco metros.

Una vez más hay que destacar la entrega de los vecinos de la zona en las tareas de auxilio a las víctimas de este fatal percance. Además de los vecinos del barrio de A Ponte, el lugar donde se produjo el accidente, se sumaron a ellos los bañistas que cada año acudían a su puntual cita en el balneario lugués. También se trasladarían al lugar del suceso distintas personalidades de la época, entre ellas el entonces alcalde lucense, José Cobreros de la Barrera, que había sido elegido en la elecciones municipales de mayo, tras una nueva convocatoria que había invalidado a las del 14 de abril. Por su parte, serían movilizados todos los medios sanitarios que se disponían en la época para atender a los heridos. Como curiosidad, cabe destacar que el autocar siniestrado apenas presentaba desperfectos como consecuencia del trágico siniestro.

Luto

La ciudad de Lugo viviría unas intensas jornadas de luto en las fechas posteriores al suceso que tanto la había conmocionado. Los principales edificios de la ciudad presentaban todos ellos crespones negros en señal de duelo. Se suspenderían todo tipo de actividades lúdicas y festivas programadas para aquellos días, entre ellos un concierto de la Banda de Música en la Plaza de la República, hoy denominada Praza Maior.

Pero, el duelo no solo se haría notar en las instituciones oficiales. También se suspenderían verbenas y otros actos previstos para aquellas jornadas estivales, entre ellas la popular «Fiesta de los Chóferes». El día del sepelio de las víctimas cerrarían prácticamente todos los comercios de la vieja urbe romana de Galicia. Hasta cafés, bares y restaurantes cerraron sus puertas en señal de duelo por la mayor tragedia que había vivido la ciudad en muchos años.

El entierro de las víctimas sería uno de los más numerosos y concurridos que se recuerdan en la capital lucense, dándose cita miles de personas que seguirían la comitiva, con los estandartes de las distintas cofradías, hasta el cementerio, que se emplazaban en el mismo lugar donde hoy se levantan unas grandes instalaciones hoteleras. En el transcurso de la ceremonia religiosa una avioneta sobrevolaría la Plaza de Santo Domingo arrojando flores sobre los féretros.

A pesar de la enorme tragedia que sacudió a la ciudad de Lugo, no se tomarían medidas para mejorar las medidas de seguridad en el transporte de viajeros. Los autocares seguirían trasladando personas en el denominado pescante como si nada hubiese sucedido. Si cualquiera de los hechos que se han narrado aquí, desde la mera seguridad de los viajeros hasta la impresionante y fastuosa parafernalia montada con motivo de la ceremonia religiosa oficiada por el alma de los fallecidos, nos resultan poco menos que inauditos, ni que decir tiene que si, por cualquier circunstancia no prevista, se produce hoy en día un accidente similar, ya se estarían tomando las pertinentes medidas y estarían, con razón, los partidos políticos de turno exigiendo las responsabilidades que correspondiese. En aquel entonces todo se saldó con unos oficios religiosos en honor a los que perdieron la vida y hasta la próxima. En algo hemos mejorado.

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Tragedia en la extinción de incendios forestales en 1988

Avión extinguiendo un incendio forestal

No es ninguna novedad que los incendios forestales son una auténtica lacra en Galicia cuando se acerca el período estival. El fuego devasta grandes superficies arboladas, así como montes, terrenos escarpados y de cultivo. También muchas personas han perdido sus viviendas como consecuencia de la atrocidad del fuego. Pero la cosa no se queda ahí. Lo peor de todo es que ya son decenas de personas las que han perecido a consecuencia de las llamas. Algunas han muertos abrasadas de una forma terrible y dramática, ya bien sea porque los alcanzó el fuego o como consecuencia de su lucha desinteresada en las labores de extinción.

La gente que trabaja en los servicios contra incendios arriesga su vida por culpa de unos desalmados que ponen fuego a los montes atendiendo a difusos intereses. Son muy raras las veces que la gran floresta gallega arde de forma accidental. Es más, si ocurre un incendio de estas características es inmediatamente sofocado por los vecinos, ya que es muy raro, por no decir que imposible, que tenga más de un foco. La mayoría de los incendios que destruyen el bosque gallego son deliberadamente intencionados con el único propósito de hacer daño o atender a esos difusos e incomprensibles intereses que van en contra de todo y de todos.

Como consecuencia de ir a sofocar un arrasador incendio, fallecerían cuatro militares en un pinar próximo al aeropuerto compostelano de Labacolla el 9 de septiembre de 1988 al estrellarse el avión en que viajaban para tratar de extinguir un incendio en el municipio ourensán de Laza. Los fallecidos eran el capitán Pedro Álvarez de Sotomayor Seoane, de 36 años, casado y padre de dos hijos, que tenía más de dos mil horas de vuelo; Jesús Cembranos Díaz, de 30 años, con idéntico rango en el escalafón militar que su compañero; el teniente Carlos Remírez-Esparza Figuerola-Ferretti y el sargento Juan Carlos Muyo Romero.

Motor averiado

El avión del servicio contra incendios había despegado en torno a las tres y diez de la tarde de aquella aciaga jornada de hace ya algo más de treinta años. Instantes después su piloto, un profesional muy experimentado, solicitó a la torre de control del aeródromo santiagués una pista para poder efectuar una aterrizaje de emergencia, ya que se había parado el motor derecho de la aeronave. Sin embargo, enseguida se perdería el contacto con la torre de control compostelana. El avión caería en vertical, muy cerca de donde había despegado, sobre un bosque de pinos para incendiarse a continuación, quedando envuelto en llamas y pereciendo carbonizados y abrasados sus ocupantes.

Al precipitarse el avión sobre un área que apenas distaba algo más de 500 metros de los servicios aéreos antincendios de Galicia, ardería también el combustible que se almacenaba en unos depósitos lo que provocaría una catástrofe de mayores dimensiones, teniendo que intervenir los bomberos de la capital gallega, así como también los servicios de extinción de incendios de Santiago de Compostela.

El avión que tripulaban era un Canadair CL 215, de contrastada solvencia en todo tipo de catástrofes y especialmente preparado para ello, de fabricación canadiense. Además, mantenía extraordinariamente la verticalidad en vuelo aún cuando se desprendía de las importantes cantidades de agua que almacenaba en sus tanques para extinguir el fuego, además de poder recargar sus depósitos sin necesidad de posarse.

Los fallecidos eran todos acreditados profesionales de los servicios de extinción de incendios, estando todos ellos muy preparados para realizar las misiones más complicadas, entre ellas el vuelo sobre zonas montañosas con frecuentes y fuertes turbulencias provocadas por el calor que ocasionan las nubes de humo. La formación de estos profesionales es muy difícil y son muy pocos los que superan la pruebas.

Una vez más, como en muchas otras ocasiones, las terribles consecuencias de los incendios forestales las pagan quienes luchan contra ellos. Todo ello es fruto de la nauseabunda actitud de unos malnacidos que, además de provocar la pérdida de vidas humanas, buscan la destrucción, ya no solo del medioambiente, sino también de los pulmones del planeta y con ello no persiguen otra cosa que la propia extinción del ser humano. Pero les importa poco.

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El asesinato del periodista Arcadio Vilela Gárate

Sepultura del periodista Arcadio Vilela Gárate en el cementerio de San Amaro (A Coruña)

En 1946 una impresionante ola de pacifismo recorría el planeta tras dejar atrás casi seis duros años de guerra en la que habían perdido la vida decenas de millones de seres humanos. España no era ajena a esa ola de simpatía que generaba el fin de un conflicto que dejaba océanos impresionantes de destrucción y calamidades que se traducían en los desplazamientos de poblaciones castigadas por el fin de la contienda y, en el caso alemán, por dejar la escalofriante cifra de 400 millones de metros cúbicos de escombros.

La derrota de los países del Eje era vista como una buena oportunidad por la oposición española para resquebrajar los cimientos de una dictadura que ya se prolongaba más de siete años. Sin embargo, esas esperanzas de cambio iban diluyéndose a medida que transcurría el tiempo y el régimen del general Franco intentaba hacer algunos guiños a las potencias vencedoras, especialmente a Gran Bretaña y Estados Unidos con la finalidad de perpetuarse como así fue.

En Galicia las cosas no distaban mucho del resto de España. Por sus escarpados montes daba sus últimos coletazos una guerrilla que cada vez se sentía más desamparada y desanimada en la que ya habían sido detenidos o muertos algunos de sus cabecillas. Había un cierto sector social y se puede decir que también geográfico que mantenía una cierta simpatía con aquellos hombres que -de una forma un tanto suicida- se enfrentaban a un régimen totalitario que no dudaba en actuar con mano de hierro cada vez que tenía ocasión de hacerlo con quien intentase mínimamente menoscabar sus cimientos.

En ese ambiente rudo tendría lugar una acción armada contra el centro emisor de Radio Nacional de España en A Coruña el 19 de mayo de 1946 dirigida por miembros del Partido Comunista de España, al frente de los cuales se encontraba el joven líder Manuel Bello Parga. En este atentado resultaría muerto un popular periodista coruñés, Arcadio Vilela Gárate, quien contaba ya con 63 años de edad. En el asalto se produciría un intercambio de disparos con la guardia civil a consecuencia de la cual perdería la vida el conocido profesional del periodismo. Asimismo, caería herido Bello Parga, quien sería detenido por la Benemérita y poco más de un mes más tarde ejecutado a garrote vil en la antigua prisión provincial de A Coruña.

Duelo

Cuentan algunas crónicas de la época que el entierro de Vilela Gárate fue uno de los tres más concurridos en la historia contemporánea de la ciudad herculina. Además, la acción armada supuso un fracaso por cuanto había caído una víctima que poco o ningún relieve político tenía ya por entonces. El fallecido dejaba viuda y cuatro hijos, uno de los cuales había participado en la Guerra Civil española mandando un tabor de regulares, alcanzando el grado de alférez provisional. Además del consabido duelo, Arcadio Vilela, que en el momento de su muerte era redactor del diario «El Ideal Gallego» gozaba de un cierto aprecio popular que hizo que desde prácticamente todos los estamentos se condenase la acción armada que le costó la vida.

Arcadio Vilela Gárate había desarrollado una extraordinaria actividad social a lo largo de su vida, llegando a ser secretario de la Sociedad Oceanográfica del Golfo de Gascuña en el año 1911. Algunos de sus detractores le acusaban de falangista, aunque el periodista se afilio a Falange Española a finales de 1938, cuando el partido del régimen controlaba todo el aparato de poder del nuevo sistema político, muy especialmente el relacionado con los medios de comunicación. Otros, sin embargo, apuntan que había pertenecido a una sociedad conocida como Caballeros de La Coruña, próxima a la organización falangista que se había caracterizado por haber llevado a cabo algunos paseos y asesinatos de antiguos miembros de partidos y organizaciones republicanas.

En su juventud, Arcadio Vilela había sido un destacado deportista practicando un gran número de deportes entre los que se encuentran hockey, ajedrez, natación, equitación o remo, además de haber sido presidente de la Federación Gallega de Fútbol.

«Manolito» Bello

Su verdugo sería duramente torturado en la prisión coruñesa al ser detenido. Se trataba de un joven de tan solo 20 años nacido en el año 1926 en el municipio coruñés de Vilasantar, perteneciente a la comarca de Betanzos. Desde muy joven había pertenecido a distintas facciones del Partido Comunista de España, siendo detenido ya en 1945 por distribuir propaganda ilegal. Sería puesto en libertad poco después, que sería cuando se uniría al Exército Guerrilleiro de Galicia como responsable del destacamento Líster IV Agrupación.

Manolito Bello, como era conocido el joven dirigente comunista, había participado previamente en otro atentado que le había costado la vida en Cambre al falangista Manuel Doval Lemat. Su ejecución lo acabaría convirtiendo en una especie de héroe para los nuevos dirigentes comunistas, llevando hoy en día su nombre un colectivo de la Xuventude Comunista de Galicia.

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