El «hombre lobo» gallego era mujer

Reconstrucción gráfica del rostro de Manuel Blanco Romasanta

No cabe duda de que ya se ha escrito mucho acerca de este hombre. Tal vez demasiado. Han sido también muchas las leyendas que en torno a su figura se han generado al calor del fuego de las tradicionales lareiras gallegas en los larguísimos atardeceres de otros inviernos que resultaban mucho más crudos que los actuales en Galicia. Sin embargo, esas mismas leyendas que hablaban de Sacauntos, Sacamantecas o incluso de Chupasangres también han deformado y mucho la genuina realidad de este sujeto, considerado el primer asesino en serie de la historia de España del que se tiene constancia. No en vano, Manuel Blanco Romasanta, sería acusado de 17 desapariciones de personas, probablemente todas asesinadas en sus depredadoras garras, si bien es cierto que tan solo se consiguieron probar nueve crímenes de los que se le acusaba, que no es poco.

Con el paso de los años se han ido conociendo más detalles sobre su azarosa vida, aunque nadie ha declarado ser descendiente suyo, o cuando menos guardar una relación de parentesco con el individuo que daría pie al nacimiento de las leyendas de los hombres lobo. Se sabe que nació en el año 1809 en el lugar de O Regueiro en el municipio ourensán de Esgos. En su partida de nacimiento, según los abogados que han investigado en los pormenores de su existencia, los hermanos Félix y Castor Castro, consta haber nacido como mujer, bautizándolo con el nombre de Manuela. A los ocho años, cuando inició un cierto desarrollo físico, se le cambió el nombre a Manuel, con todo lo que suponía en una época histórica, tal como era el año 1817, en la que estaban presentes viejos prejuicios ancestrales en la sociedad gallega, tales como las maldiciones y otras supercherías tan arraigadas en una tierra de meigas y trasnos.

Respecto de su confusión sexual, el responsable de la Unidad de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia, Fernando Serrulla, declaraba que Romasanta presentaba un caso claro de intersexualidad, de pseudohermafrodistmo extremo, que lo convertía en una lobismuller. Según la teoría sostenida por este médico e investigador, el presunto «hombre lobo» sería una mujer. El problema congénito que afectaba a Romasanta lo padecen uno de cada 10 o 15.000 nacidos. Ahí, en esa patología congénita podría estar el origen de su conducta criminal, ya que debido a la cantidad de andrógenos que segregaba le producía fuertes episodios de agresividad, que también habrían incidido en su proceso de virilización, desarrollando barba, cierta complexión masculina y hasta desarrollar un micropene. Su estatura era más bien baja, incluso para la época, ya que no alcanzaba los 140 centímetros.

Acerca de su vida más personal, se sabe que Romasanta se casó y enviudaría al año siguiente de su matrimonio, sin dejar descendencia alguna. A ello se añade la existencia de otros cuatro hermanos que si tuvieron hijos, por lo también se conoce que tendrían descendientes colaterales en distinto grado en distintos lugares de Galicia, principalmente en Allariz y la ciudad de Ourense.

Buhonero

A raíz del fallecimiento de su esposa, la vida de Manuel Blanco Romasanta experimentaría un cambio radical ya que abandonaría su tradicional oficio de sastre para dedicarse a la profesión de buhonero. Iba vendiendo distintos productos por las muchas ferias y mercados que había en la extensa Galicia rural de la época. Entre estos últimos vendía un famoso ungüento, del que se llegaría a aseverar que estaba elaborado con grasa y sebo que extraía de las víctimas a las que asesinaba con sus propias manos. También comerciaba con las ropas de las personas que había matado previamente, lo que serviría como una prueba fehaciente en contra suya en el juicio que se desarrollaría en el año 1852. Se desplazaba en una yegua por los pueblos y ciudades a los que iba, lo que también daba cierta idea de su poder económico, pues un animal de estas características era muy codiciado en la época y no estaba al alcance de todos los bolsillos.

Otro dato importante en la vida de este conocido licántropo es que sabía leer y escribir, aspecto este que no era muy habitual en su tiempo, en el que alrededor del 80 por ciento o incluso más de la población era analfabeta. Al reiniciar una nueva vida, que serviría de base para muchas películas y documentales modernos, comenzaría la actividad sádica y cruel de Romasanta, aunque durante muchos años eludió y esquivó finamente la acción de la justicia

Manuel Blanco Romasanta se ofrecía a muchas personas, principalmente mujeres acompañadas de sus hijos, como guía para atravesar los extensos y espesos bosques de la tierra gallega en aquel entonces con destino a otras localidades españolas en busca de una vida mucho mejor. Muchas de ellas eran madres solteras que intentaban huir de la marginación a la que habían sido relegadas en compañía de sus hijos para trabajar como amas de crías en lugares como Santander, León o Madrid. Sin embargo, casi todos ellos terminarían pereciendo en el trayecto antes de llegar al prometido destino.

Se sabe que dos de sus primeras víctimas fueron una madre y un niño de corta edad, quienes iban destinados a trabajar a casa de una pudiente familia en Santander, sin embargo, acabarían muertos en algún monte gallego. Para tranquilizar a la familia, Romasanta dirigía a la familia cartas que el mismo falsificaba, a nombre de los remitentes, en las que les informaba de que tanto la madre como el hijo se encontraban en perfecto estado. Pero, quizás no fuesen los primeros que eran víctimas de su insaciable apetito criminal.

Detención

Después de pasar bastantes años burlando la acción de la justicia y a pesar de que ya constaban algunas denuncias por desaparición, el «hombre lobo» gallego sería detenido en el año 1852 como consecuencia de una denuncia presentada en el municipio de Escalona del Alberche, en la provincia de Toledo, a raíz de la desaparición de una joven a la que él se encargaba de llevar hasta Madrid. Se tiene también constancia de su capacidad para engatusar a las mujeres, muchas de las cuáles fueron víctimas de sus engaños. Al parecer, según algunas investigaciones recientes, tenía el aspecto de una persona encantadora, con cierto atractivo personal, que le hacía ganarse con frecuencia el aprecio y amistad de quienes llegaron a tratarlo, siendo este uno de los aspectos de su personalidad que más se encargaba de cuidar.

Tras ser detenido, y al constatarse más de una docena de desapariciones en el área rural de Allariz, en Ourense, su pueblo natal, comenzó contra Romasanta un proceso en el que la entonces reina de España Isabel II no le dolerían prendas en escatimar esfuerzos económicos en un importante proceso que centraría, no solo la atención de la prensa española de la época, sino también internacional, siendo un juicio bastante seguido en Francia. El proceso se alargaría casi un año.

En el transcurso de la causa que se seguía en su contra, los abogados encargados de defender al «hombre lobo» gallego, aseguraron docenas de veces que su defendido padecía alguna enfermedad mental, que le ocasionaba esos brotes de agresividad extrema, que serían corroborados por el propio acusado. Este último llegaría a asegurar que en las noches que había luna llena se convertía en un lobo y ahí se iniciaban los episodios violentos en los que sentía como si se reconvirtiese en un fiero animal que acababa dando muerte a la mayoría de sus víctimas, teniendo una especial inclinación por asesinar mujeres. Sin embargo, para su desgracia contaría con el testimonio contrario de los peritos que se encargaron de examinarlo, quienes aseguraban que se encontraba en plenitud de facultades mentales, en un tiempo en el que las enfermedades de carácter psicosomático tenían una extraordinaria mala prensa, además de carecer de muy escasa o nula consideración en el mundo jurídico.

Licantropía

Lo más seguro de todo, según la opinión de diversos especialistas en psiquiatría, es que el famoso «hombre lobo» gallego sufriese episodios de licantropía, los cuáles se caracterizan por trastornos alucinatorios con ideas delirantes, en el que el afectado tiene la perfecta impresión de transformarse en un animal, siendo el lobo el más común de todos ellos. De la misma forma, va asociado a otros cuadros de carácter patológico, tales como esquizofrenia paranoide aguda y también trastornos afectivos diversos que le hacen percibir la realidad de una manera completamente deformada.

En sus estados de ánimo excitados en los que sufría sus ataques de agresividad extrema, se da por seguro que Blanco Romasanta sufriría estados de despersonalización, un cuadro morboso en el que el afectado se vería a si mismo como si estuviese en un sueño, es decir como una tercera persona. Para el psicoanálisis «el delirio del lobo es una suerte de conflicto no resoluto o trauma que lleva a la expresión de extremos instintos id primitivos que les lleva a evitar los sentimientos de culpa». Según el manual History of Psychiatry, desde la Edad Media hasta nuestros días hay pocos casos extremos constatados, los más populares son precisamente los hombres lobo, cuya cifra desde el Medioevo hasta nuestros días eleva a tan solo trece.

En la época en la que fue juzgado y condenado Manuel Blanco Romasanta los estudios sobre salud mental eran muy escasos y la psiquiatría estaba escasamente avanzada por no decir que no existía. El licántropo gallego sería condenado a morir en el garrote vil en el año 1853. Pero, para suerte suya, le sería conmutada la pena capital por la de cadena perpetua, tras la intervención de un famoso hipnólogo francés de la época, quien solicitó su indulto a la reina Isabel II, aduciendo que se trataba de un enfermo y que él, además de estudiarlo, podría ayudarle a superar su enfermedad, pues tenía fama de haber curado otros casos similares.

Muerte

Todo son conjeturas acerca del destino final de Manuel Blanco Romasanta. Son pocas las fuentes que coinciden donde se produjo su óbito. Hasta 2009 se sospechaba que el tristemente conocido licántropo gallego había fallecido en la cárcel de su pueblo, en Allariz, en la provincia de Ourense. En ese mismo año, un documental emitido por la Televisión autonómica gallega situaba su muerte en el Castillo de San Antón, situado en la ciudad de A Coruña.

La teoría más acertada acerca de la suerte que pudo correr Romasanta es la aportada por los estudiosos de su vida, los abogados y hermanos Félix y Castor Castro Vicente, quienes apuntan a que falleció en el penal de Ceuta en el año 1863 donde cumplía la sentencia que le había sido impuesta once años antes. La causa de la muerte, si bien no está del todo acreditada, pudo deberse a un cáncer de estómago. De todos modos, también se desconoce donde puede estar enterrado. En el hipotético caso de que algún día fuesen hallados algunos restos que presuntamente correspondiesen a Romasanta, sería preciso realizar las pertinentes pruebas de ADN con los distintos descendientes colaterales que todavía estén vivos para cotejarlos con los del famoso licántropo y así certificar con evidencias científicas que efectivamente se corresponden con los de su identidad.

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Niños muertos por lobos en Galicia

Lobos en un monte de Galicia

El verano de 1974 estaba siendo bastante agitado en el panorama informativo a nivel mundial, especialmente con el caso Watergate, que salpicaba directamente al presidente norteamericano Richard Nixon, quien acabaría dimitiendo por culpa del famoso escándalo antes de que el Congreso de los EE.UU. lo destituyese el 9 de agosto de aquel año. Pero no era esta la noticia que más preocupaba a los gallegos ni a los españoles de la época. Tampoco parecían preocuparle mucho las noticias acerca de la salud del general Franco, quien se estaba recuperando de una flebitis, a la que la prensa restaba importancia, en la residencia sanitaria madrileña que llevaba su nombre. Aparecía el anecdótico detalle que una de las monjas enfermeras que lo trataba era hija de un antiguo comunista, si bien las informaciones no se extendían mucho más.

De lo que realmente estaba preocupada la Galicia de aquel entonces, hace ya 45 años, eran de los supuestos ataques de los lobos a personas que se habían cobrado dos vidas en aquel verano, en el que los incendios hacían ya estragos, en la provincia de Ourense. Renacía así la vieja leyenda, o no tan vieja ni tan leyenda, de la maldad de este con los humanos, a quienes devoraba sin compasión alguna. En un reportaje publicado por el diario ABC y firmado por el periodista Tico Medina, este decía que «los ataques de los lobos en Galicia no son como el Watergate. Son mucho peor». A lo largo de todo aquel verano se sucedían las noticias e informaciones que daban cuenta de los actos sangrientos cometidos por tan «malvado animal».

Al viejo lobo, un animal muy común en cordilleras y serranías, solo le quedaba un valedor. Ese no era otro que el tristemente desaparecido Félix Rodríguez de la Fuente, quien, incluso, llegaba a dudar de que aquellos ataques que relataba la prensa y de los que se daba cuenta en el único programa regional que emitía entonces TVE, «Panorama de Galicia». El popular naturalista sospechaba de que aquellas embestidas pudiesen haber sido obra de perros asilvestrados o tal vez fuesen cometidos por perros adiestrados por la PIDE, la extinta policía del régimen dictatorial que había gobernado en Portugal hasta aquel año, a los que habrían dejado en libertad.

Dos niños

Sea como fuere, lo cierto es que en julio de aquel año perecían dos niños de muy corta edad en el municipio ourensán de San Cibrao das Viñas. El ataque había tenido lugar el día 5 del citado mes. Un animal, que se sospechaba que era una loba que sería abatida días más tarde, había acabado con la vida del niño de once meses José Tomás, después de haber atacado a su madre, Luisa Pérez. Pero, las desgracias para esta familia no cesarían en esa fecha, ya que tan solo cuatro días más tarde, también atribuido a los lobos, moriría un niño de tres años de edad, hermano del primero e hijo también de Luisa.

«Los lobos de Ourense son unos lobos distintos. -Manifestaba un enérgico Rodríguez de la Fuente- Una especie que hay que erradicar. Lo ocurrido estos días es una excepción». Al ser abatida la loba, un bicho de unos 40 kilos de peso, la mujer que recientemente había resultado herida y que había perdido a sus dos hijos declaraba no estar segura de que si había sido el mismo animal que le había atacado a ella, manifestación esta que no deja de ser curiosa y paradójica.

En días sucesivos comenzaría una batida indiscriminada del enemigo humano por las sierras y cordilleras de Ourense, con el objetivo de acabar con aquella mortal alimaña que había regado de dolor a un pueblo de la provincia. En apenas unos días serían abatidos un total de 27 cánidos, tal cual fuesen aquel mítico hombre lobo de Allariz, quien en el ya lejano siglo XIX había devorado a muchas de sus víctimas en los montes gallegos en los tiempos que hacía de buhonero.

Psicosis

Un estado de psicosis se apoderaría de aquella Galicia que veía como iba languidenciendo lentamente el Jefe del Estado, considerado a la fuerza el hombre más ilustre que había dado su tierra. No solo eran los medios de comunicación, entre ellos su incipiente programa de televisión de cobertura territorial, quienes se hacían eco de aquellos desgraciado infortunios. Ahora eran muchas las madres de las amplias zonas rurales gallegas las que se desplazaban a las inmediaciones de los centros escolares en busca de sus hijos, provistas de alguna herramienta por si aparecía aquel desaforado animal buscando una presa fácil.

Aunque se ha dicho y repetido en reiteradas ocasiones que no existe constancia de los ataques de lobos a humanos, y mucho menos en el siglo XX, lo cierto es que con motivo de ese estado de psicosis que habían generado aquellas mortales embestidas en Ourense, se sucedían las publicaciones que recordaban algunos de los hechos más aterradores provocados por aquellos animales. Hasta incluso una publicación científica como el Cuaderno de Estudios Gallegos relataba en uno de sus números los supuestos ataques de esos animales a los seres humanos desde la Posguerra hasta la década de los setenta.

Ataques históricos

En la mencionada publicación se daba cuenta de un macabro hallazgo en febrero de 1951. Se decía que en a Rúa de Valdeorras, también en Ourense, se habían encontrado los restos de un hombre que presuntamente había sido devorado por una manada de lobos. Al año siguiente, en el municipio de Allariz, sito en la misma provincia, se decía que un niño había fallecido en un centro sanitario de la capital ourensá como consecuencia del ataque de un lobo que lo había arrastrado a lo largo de 50 metros, tras engancharlo con sus garras a la altura de la cabeza.

Otro hecho que había causado una profunda impresión había tenido en la localidad coruñesa de Teixeiro, perteneciente al municipio de Curtis. Según el diario El Ideal Gallego, citado por el Cuaderno de Estudios Gallegos, en enero del año 1954 dos lobos habían sorprendido a un muchacho que estaba esperando por un compañero cuando ambos habían ido a cortejar a sus respectivas novias. Los dos se habían citado en un punto en concreto. Al regresar uno de ellos se encontró con la desagradable sorpresa de que halló a su compañero muerto, con el cuerpo y el rostro desfigurados, que le hacían suponer que había luchado a brazo partido con el animal que le había atacado.

Por las mismas fechas, en el municipio coruñés de Vimianzo, se informaba de que un lobo se había abalanzado sobre un niño de seis años, al que habría dado muerte tras arrastrarlo a lo largo de 800 metros. Mejor suerte correría otra criatura del mismo municipio, Manuel Suárez Suárez, a quien un cánido le habría ocasionado importantes heridas en la garganta y el cuero cabelludo. Este último sobrevivió a su ataque y sería llevada su historia a la literatura de la pluma del escritor Manuel Rivas.

Otro hecho del que se tiene constancia, ocurrió también en la aldea ourensá de Fonfría. Según los datos aportados, una loba habría escapado con una niña recién nacida en la boca y el animal terminaría abandonando su presa merced a la persecución de la que fue objeto por parte de los vecinos. Igualmente, en 1948 un muchacho había sido atacado por un lobo, en tanto que al año siguiente les ocurriría lo mismo a una anciana y a su nieta, si bien es cierto que la actitud de la mujer, a quien le ocasionó heridas, consiguió ahuyentar al animal.

La relación lobo-hombre jamás ha sido buena a lo largo de la historia de Galicia. Son muchas las personas, pertenecientes a grupos ecologistas, que se encargan de desmentir estos supuestos ataques. Según ellos, no hay evidencias científicas que se produjesen envestidas a humanos a lo largo del siglo XX. En 1985 se llevó una intensa batida de estos cánidos en el emblemático lugar de Serra de Meira, donde nace el Miño, cobrándose la vida de un centenar de presas.

A lo largo de los últimos 40 años no se ha certificado ningún ataque de los lobos a humanos, aunque si son muy numerosas al ganado, principalmente el mostrenco, que pasa largas noches a la intemperie. Dicen algunos expertos que el incremento de los mismos obedece a que cuando matan a un primer animal, y los restos son retirados obligatoriamente del monte o la montaña, los lobos se ven obligados de nuevo a atacar a otras reses para así satisfacer una necesidad tan básica como comer.

Independientemente de cual sea la hipótesis más acertada, lo cierto es que a lo largo de los últimos años los hombres y mujeres que viven en las áreas rurales gallegas se han visto cercados por unas alimañas que cada vez atacan con más virulencia, acercándose a núcleos cada vez más poblados, un área antaño poco frecuentada por estos cánidos. Incluso, hay quien no desecha la posibilidad de que no se trate de lobos en el sentido estricto de la palabra sino que se atreven a aventurar que sean descendencia directa de perros abandonados que carecen de temor al contacto humano. Sin embargo, las consecuencias de sus actuaciones nada tienen que ver con los tradicionales cans de palleiro, que obedecían ciegamente a su amo cuando este lo llevaba a pastar las vacas y meneaba la cola mientras esperaba el atardecer para regresar mansamente a casa.

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Un muerto en el incendio del Monasterio de Samos

Estado en que quedó el monasterio después de ser pasto de las llamas

El monasterio de Samos sería pasto de las llamas el 24 de septiembre de 1951 a consecuencia de un voraz incendio que arrasaría sus instalaciones, principalmente el área destinada a habitaciones de los monjes y novicios que se hospedaban en el centro religioso. La peor parte de todas se la llevaría un adolescente de tan solo 14 años que moriría calcinado por mor de las llamas que instantáneamente prendieron en sus ropas. Se llamaba Daniel Fernández y era natural del municipio ourensán de Xinzo de Limia.

El fuego se originó en la licorería de la abadía en torno a las once y media de la mañana de aquel ya lejano 24 de septiembre de 1951 cuando se encontraban en la misma el religioso Benito González, quien contaba en ese momento con 68 años y tres novicios, entre ellos Bernardo García y Daniel Fernández y un tercero que contaba con tan solo doce años. En aquella bodega se almacenaban 30.000 litros de alcohol y otros componentes inflamables destinados a elaborar el licor Pax, que se hacía en su destilería desde comienzos de la década anterior.

Los novicios y el sacerdote habían bajado hasta el lugar donde se encontraban los productos destinados a la elaboración del licor. Al parecer, intentaron limpiar uno de los grifos por los que discurría el líquido y carecían de iluminación suficiente para desatascarlo por lo que se les ocurrió encender una cerilla que, en contacto con el alcohol, provocaría una potente explosión que destruiría el forjado de las dos plantas superiores y la cubierta, además de originar un incendio que se extendería al resto del edificio, ocasionando su destrucción en menos de dos horas. El fuego se vio favorecido por las corrientes de aire que soplaban ese día.

Héroe de 12 años

Un niño de 12 años se convertiría en el principal héroe de aquella dantesca jornada que supuso una grave pérdida para el patrimonio artístico e histórico gallego que, si bien no alcanzó la iglesia, si ocasionó importantes desperfectos en algunas tallas religiosas de gran valor, así como también algunos importantes libros que se guardaban en su biblioteca. El chaval fue el que salvó de perecer en las llamas al padre Benito González, quien fallecería 24 años más tarde a la edad de 92 años. Intentó salvar a su compañero Daniel, pero no pudo lograrlo y tanto él como su compañero Bernardo García fueron testigos de como lo consumían las llamas ante su quebrada impotencia.

En aquel entonces había muy escasos medios para hacer frente al fuego, a lo que se unía una total carencia de infraestructuras. Los bomberos habían de desplazarse desde la capital lucense hasta el municipio de Samos, que se encuentran a una distancia el uno del otro de 91 kilómetros. Las unidades encargadas de sofocar el fuego llegaron al lugar del siniestro alrededor de la una y media de la tarde, cuando el incendio ya había arrasado con la práctica totalidad del edificio destinado a hospedería. Los vecinos de Samos desempeñaron una función fundamental en las tareas de extinción del fuego, si bien es cierto que con los medios que disponían no podían hacer grandes cosas.

A las ocho de la tarde del día 24 se pudo comprobar que el inmueble había quedado totalmente destruido por las llamas. Entre los escombros que quedaban se podían contemplar vigas de madera carbonizadas, así como también se podía observar una dantesca imagen de lo que había sido la sala capitular de la Real Abadía. El fuego se reavivaría un par de días más tarde, el 26 de septiembre, cuando se inició un nuevo foco en alguna de las vigas que se habían desprendido, pero la presencia de los equipos contraincendios evitó que se propagase de nuevo. En esta jornada quedaría ya totalmente extinguido el fuego, tras 48 horas de tensión vividas como consecuencia de un arrasador siniestro que todavía perdura en la memoria de muchos de los vecinos de Samos, principalmente aquellos que ya tienen una cierta edad.

Traslado

La primera decisión que se tomó en aquel entonces fue el traslado de las noventa personas que habitualmente residían en el monasterio de Samos, entre monjes y novicios que allí se hospedaban, siendo destinados hasta Lugo, Monforte de Lemos, Santiago de Compostela y otras localidades gallegas. En el lugar de los hechos solamente permanecerían trece monjes que se albergarían mientras tanto en viviendas cedidas por los vecinos así como en alguna hospedería privada.

Al día siguiente de producirse el siniestro se trasladó al lugar de los hechos el entonces presidente de la Diputación de Lugo, Alfredo Vila. Mientras, el anterior Jefe del Estado les trasladó a los monjes sus condolencias por lo ocurrido. Por esas fechas, se barajó la posibilidad de que los supervivientes se trasladasen a otro centro religioso en Santiago de Compostela, que contó con la radical oposición del Arzobispado así como del prior del monasterio Mauro Gómez, quien se manifestó favorable a la recuperación de las infraestructuras con las que contaba la Abadía.

En tan solo nueve años, en 1960, se había restaurado lo que quedaba del viejo cenobio y se habían levantado nuevas estancias para los monjes, gracias a las aportaciones de muchas personas particulares y al importante apoyo económico prestado por las autoridades de entonces a la Iglesia, a quien no sabían negarle cualquier favor que le pidiese. Samos ya había recuperado su antiguo monasterio destruido por el fuego en 1960, aunque muchas villas importantes de la Galicia de la época no contasen con centros escolares ni sanitarios que reuniesen unas mínimas condiciones.

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Los partidos de fútbol más violentos de la historia

Ha sucedido muchas veces en el fútbol, tal vez demasiadas, en que los jugadores y, porqué no decirlo, una parte de los aficionados se olvidan de las más elementales normas cívicas para pasar al ataque en el sentido literal de la palabra. Entonces se pierde el auténtico sentido del deporte. A partir de ahí se inicia la barbarie, el salvajismo y todas esas cosas que pervierten lo más elemental de la convivencia. Además, ello puede conducir a que sus muchos seguidores, principalmente los más jóvenes, traten de imitar ese mal ejemplo que en diversas ocasiones nos trasmiten quienes deberían de mostrar un comportamiento impecable en aras de una pacífica y leal convivencia. Sin embargo, no siempre es así. Ha ocurrido ya muchas veces que los estadios se convierten en escenarios de crueles batallas que redundan negativamente en la sociedad, llegando incluso a provocar conflictos diplomáticos entre países. Aquí nos hemos propuesto recopilar algunos de los casos más significativos de cuando el fútbol deja de ser un deporte para convertirse en la más pura representación de la infamia con el único objetivo de recordar para que no vuelva a suceder.

El 31 de mayo de 1934 España e Italia se enfrentaron en el partido de cuartos de final de la Copa del Mundo de fútbol que se disputó ese año en el país trasalpino. El cuadro español era técnicamente hablando muy superior al italiano y esa superioridad se estaba traduciendo en el terreno de juego. La Squadra Azurra, ante la impotencia que demostraba y las exigencias y fuerte presión a la que se encontraba sometida, decidió llevar el juego por otros cauces menos ortodoxos que el genuinamente deportivo. España se había adelantado en el marcador por medio de un tanto de Luis Regueiro. Los italianos querían ganar a toda costa. Se demostró, posteriormente, que había órdenes expresas del mandatario italiano Benito Mussolini. Empataron antes de llegar al descanso gracias a una falta que le hizo el jugador Ferrara al portero español Ricardo Zamora, sin que el árbitro sancionase la acción del futbolista local. De nada sirvieron las protestas de los jugadores españoles, que asistían de forma impotente a las perennes arbitrariedades del colegiado belga Louis Baert.

En la segunda mitad no solo no mejoraron las cosas, sino que los trasalpinos se emplearon con una mayor rudeza y violencia ante la pasividad arbitral. El partido perdió todo atractivo deportivo para convertirse en un auténtica batalla campal, que sería recordado como «La Batalla de Florencia». Merced a la violencia provocada por los italianos que sería correspondida por los españoles, hasta un total de once jugadores terminaron indispuestos hasta el extremo de que ninguno de ellos podría disputar el partido de desempate que debía disputarse al día siguiente en el mismo escenario.

La peor parte se la llevaría el equipo español, quien perdió a siete de sus mejores efectivos, entre ellos al guardamenta Ricardo Zamora, que terminó con dos costillas rotas. Por su parte al defensa del Real Madrid, Ciriaco Errasti le rompieron un tobillo, en tanto que los jugadores del Athletic Club Ramón de la Fuente y Guillermo Gorostiza se enfrentaron a lesiones musculares debido al juego duro exhibido por los azurri, que fue consentido sin ningún tipo de miramientos por el colegiado belga. A ellos, se unirían también Isidro Lángara, Iraragorri y Fede, que no estaban en condiciones de disputar un nuevo partido tan solo 24 horas más tarde. Por parte italiana, cuatro de sus hombres también se lesionarían. No podrían disputar el desempate Pizziolo, Castellani, Schavio y Ferrara.

En el encuentro de desempate, continuó la misma tónica del día anterior. Ahora los locales contaban con el apoyo descarado del árbitro suizo René Marcet, quien, además de permitirles todo tipo de triquiñuelas con la anulación de dos goles legales incluida, superaría la dejación de servicios de su colega belga. Otra vez varios jugadores terminarían lesionados, si bien era cierto que ya no disputarían más partidos porque quedaron eliminados. Cabe recordar que el árbitro Marcet, sería suspendido a perpetuidad por sus federación nacional y también por la FIFA.

La Batalla de Berna

Si ha habido algún partido que hubiese pasado a la historia mundial de la infamia ese fue el que protagonizaron el 27 de junio de 1954 las selecciones de Hungría y Brasil. Más que de un partido de fútbol, cabría hablar de una sucesión de cruentas peleas callejeras, más propias de algún suburbio de mala muerte de cualquier gran ciudad del mundo, que de un partido que se disputase en la neutral y pacífica Suiza. Hasta aquel momento, los cariocas habían realizado un buen torneo, con sendas victorias en sus dos partidos en la fase previa, pero en cuartos de final se enfrentaron a la temible selección húngara que contaba con el mejor equipo de su historia. En sus filas militaban jugadores de la talla de Ferenc Puskas, Zoltan Czibor y Kocsis, quienes años más tarde recalarían en el fútbol español. Los brasileños plantearon un partido bronco y brusco desde los primeros instantes lo que degeneraría en una airada respuesta húngara dentro del terreno de juego que posteriormente se trasladaría también a los vestuarios.

En un lance del encuentro, Puskas, que no era titular en ese partido, lanzó una botella rota a la cara del jugador canarinho Pinheiro, que le provocaría una brecha de varios centímetros. A partir de ahí, ya nadie fue responsable de la denigrante actitud de unos y otros. Golpes, patadas, empujones…De todo menos fútbol. El árbitro británico Arthur Ellis se vería obligado a expulsar a tres futbolistas que se enzarzaron en una chabacana y barriobajera pelea. El mismo colegiado manifestaría que se sintió impotente ante aquel escándalo e intentó llevar la calma para que el partido pudiese discurrir por los cauces más adecuados, además de lamentar la infamia de la que había sido testigo y nada menos que en un Mundial de fútbol.

El denigrante espectáculo no concluiría con el pitido final del árbitro, sino que proseguiría después que este diese por concluido el tiempo reglamentario. Los jugadores brasileños, que se consideraban perjudicados por la actitud arbitral, se lanzaron en tromba contra este a golpes, lo que provocó la intervención de las fuerzas del orden suizas, quienes también se verían involucradas, muy a su pesar, en una nueva pelea. Por si todo esto no fuese suficiente, los canarinhos llevarían su ira fuera del recinto deportivo hasta los vestuarios, donde seguirían desatando su cruel agresividad. Esta llegó al extremo de que el seleccionador brasileño Zezé Moreira propinó un cabezazo a su colega húngaro Gustav Sebes, provocándole una brecha en la frente. El resultado final tal vez fuese lo de menos, aunque no es malo recordar que Brasil quedó eliminada tras perder por cuatro goles a dos.

La Batalla de Santiago

Otro de los más lamentables episodios acaecidos en el mundo del fútbol tuvo lugar en otro Mundial. En la séptima edición, celebrada en Chile, el país anfitrión y los italianos protagonizaron un partido digno de olvidar, que pasaría a la posteridad bajo el sobrenombre de «La batalla de Santiago». En la primera fase, el día 2 de junio a las tres de la tarde se enfrentaron los locales contra los trasalpinos. El ambiente había sido calentado de sobremanera por la prensa italiana, quien no dudó en descalificar desde la páginas de sus diarios al país y la sociedad del país sudamericano de una forma que entendemos vergonzosa. Comentarios insultantes e injuriosos, en los que se les calificaba como estado prehistórico y caníbal, que nada tenían que ver con la auténtica realidad del país andino, que en ese momento gozaba de un aceptable nivel de vida, además de ser una de las democracias consolidadas de América Latina.

El partido pronto se fue por los cauces extradeportivos y se asemejaron más bien nuevamente a las clásicas peleas barriobajeras que a un evento meramente deportivo. El juego duro, bronco y rocoso planteado por Italia provocaría que uno de sus defensores, Giorgio Ferrini, fuese expulsado cuando habían transcurrido tan solo siete minutos de juego. El incidente pasaría a mayores cuando el futbolista trasalpino se negó a abandonar el terreno de juego, por lo que el colegiado británico Keneth Aston se vio obligado a requerir a las fuerzas del orden para que Ferrini abandonase el terreno de juego.

Tras su expulsión, continuaría el juego violento fomentado por los azurri, que no eran capaces de desbordar el buen juego que estaban practicando los chilenos. Consecuencia de ello, en otro de los lances el defensor italiano Mario David golpeó con fuerza al atacante local Leonel Sánchez, hijo del campeón chileno de boxeo Juan Sánchez. El jugador de Chile se levantó del suelo con renovado brío y se enzarzó en una pelea con el de la selección italiana, sin que el árbitro se molestase en expulsar a ninguno de los dos contendientes. El equipo local acabaría ganando ese partido en el que Italia aún perdería a un segundo jugador como consecuencia de otra expulsión.

Por su parte, la prensa italiana continuaría alimentando los rencores contra Chile y su Mundial con durísimos ataques, esta vez centrados en el árbitro ingles Keneth Aston, a quien acusarían de favorecer descaradamente al conjunto anfitrión. Además, proseguirían su campaña de descrédito con todo lo que tuviese que ver con el país andino. A veces, los medios de comunicación se olvidan de su verdadera función y se convierten en vulgares fanáticos al servicio de unos colores o unas causas que en nada favorecen al genuino desarrollo del mundo del deporte.

La vergüenza de la Plata

Hay quien considera a este partido como el más violento de la historia, aunque pensamos que no existe un ranking de deportividad. Sencillamente, no debe ocurrir un solo incidente que denigre al deporte. El 22 de octubre de 1969 se enfrentaban en «La Bombonera» el Estudiantes de la Plata, campeón de la Copa de Libertadores, contra el AC Milán, ganador ese año de la Copa de Europa, en la décima edición de la Copa Intercontinental. Los trasalpinos llevaban una ventaja de tres goles a cero conseguida en el partido de ida, convirtiéndose en el gran favorito para hacerse con el torneo en liza. Para los argentinos se antojaba poco menos que imposible remontar el tanteo encajado en San Siro. Sin embargo, no escatimaron fuerzas y métodos para hacerse con un triunfo que se les había negado en el terreno de juego. Además, el torneo gozaba de mucha mayor importancia y prestigio para los equipos sudamericanos que para los europeos.

Pronto comenzaron las malas artes por parte del equipo local que no dudó en recurrir a los métodos más escabrosos para descentrar al rival. Los Bilardo, Manera, Aguirre Suárez y compañía la emprenderían a golpes y patadas con sus adversarios, además de provocar constantes interrupciones en el partido, ante la manifiesta pasividad del colegiado chileno Domingo Massaro. A los golpes y agresiones se unían también insultos y estrategias antideportivas. Entre estas cabe señalar que los jugadores de Estudiantes ofrecían beber de sus botellas a los argentinos, aunque los recipientes que les ofrecían no contenían agua sino vómitos que previamente habían introducido en las botellas.

Uno de los jugadores más perjudicados en este encuentro fue el francés de origen italoargentino Néstor Combin, de quien se pudieron apreciar fotos en la prensa en la que se reflejaba su camiseta blanca embadurnada de sangre que más bien recordaban a un herido de guerra que a un futbolista. El árbitro Massaro incluso permitió que concluyese el partido el portero local Alberto José Poletti, pese a propinar una brutal agresión a la estrella del fútbol italiano Gianni Rivera.

Ante las denuncias de los trasalpinos ante el Ministerio del Interior argentino, el partido estuvo a punto de ocasionar un incidente diplomático entre Argentina e Italia. Para evitar que esto se produjese Aguirre Suárez, Manera y Poletti serían condenados a 30 días de cárcel por infringir la legislación argentina de espectáculos públicos. Además, Nestor Combin también sería retenido por las autoridades del país austral por no haberse presentado a cumplir el servicio militar, aunque el siempre había mantenido que lo había cumplido en Francia, país del que eran originarios sus progenitores.

Como consecuencia del dantesco espectáculo provocado por el Estudiantes de la Plata, la Copa Intercontinental sufriría una crisis que le llevaría a ser suspendida en alguna de sus ediciones, ya que muchos equipos europeos se negaban a ir a Sudamérica debido a la desmesurada violencia que empleaban muchos de sus cuadros. En otras ocasiones el torneo se vería devaluado por la ausencia del campeón europeo, que era substituido por el subcampeón, tal fue el caso de la edición de 1975, en el que la renuncia del Bayern München provocó la presencia del Atlético de Madrid, quien se alzaría con el título en disputa.

La Batalla de Glasgow

El 10 de abril de 1974 se enfrentaron en el estadio Hampdem Park de Glasgow el equipo local, el Celtic, contra el Atlético de Madrid en el partido de ida de las semifinales de la Copa de Europa. El combinado español, que contaba con varios argentinos que arrastraban consigo una leyenda negra, se mentalizó para la encerrona y el ambiente que le esperaba en la capital escocesa. El público escocés era muy bullicioso y animaba hasta el último minuto a su equipo, además de no dejar de proporcionarle ni un solo instante el apoyo necesario, a lo que se unían las dimensiones del rectángulo de juego. Sin embargo, ese ambiente no hizo más que crecer al conjunto español, quien no se amilanó un solo instante ante su rival, teóricamente mucho más superior y más experimentado en competiciones europeas.

Baste decir que el Atlético de Madrid cometió nada más y nada menos que 51 faltas en los noventa minutos de juego. De hecho, uno de sus jugadores, el argentino Rubén Ayala, vio la primera tarjeta a los siete minutos de juego. Por si fuera poco tanto Panadero Díaz como Melo y Ovejero hicieron honor a su merecida fama de ser defensas implacables que no permitían que pasase el balón, pero mucho menos el jugador. Los rojiblancos buscaban un resultado positivo para el partido de vuelta que se disputaría en Madrid dos semanas más tarde. Para ello no escatimaron esfuerzos ni tampoco métodos para conseguirlo. De hecho, una de sus prioridades se basaba en parar al delantero escoces Jimmy Jonhstone, muy escurridizo, pero a quien pronto Panadero Díaz le enseñaría su hacha de guerra en el sentido literal de la palabra.

El juego violento del Atlético de Madrid, muy protestado por el público que abarrotaba Hampdem Park, era difícilmente contrarrestado por el Celtic, a quien el árbitro turco Dogan Babacan no cesaba de pitarle faltas a su favor. A raíz de ellas llegarían las expulsiones. Primero se marcharía Rubén Ayala, quien hizo una entrada por detrás a un jugador británico. Le seguirían Panadero Díaz por la sucesión de entradas bruscas a sus rivales y finalmente Quique, un defensa que no llegó a estar 20 minutos en el terreno de juego, pues había entrado en sustitución de José Eulogio Gárate.

Al final del partido continuó el enfrentamiento que se había iniciado en el rectángulo de juego. Una impresionante tangana enfrentó a jugadores del equipo español con el escocés, interviniendo la policía que se vio obligada a introducir a porrazos a los atléticos en el vestuario. El argentino Armando Heredia declararía que se marchó satisfecho, pues había conseguido propinar una patada a un policía. Los jugadores españoles serían increpados hasta en el aeropuerto, dónde los funcionarios de aduanas no dudarían en escupir sobre sus pasaportes.

Ni que decir tiene que, pese al escándalo internacional, la prensa española se volcó de forma unánime con su equipo, acusando al árbitro turco de favorecer los intereses de los escoceses. El colegiado sería recusado por el conjunto español a perpetuidad, pese a no tener nada que ver con el desarrollo del juego. En el encuentro de vuelta, en el estadio Vicente Calderón de Madrid, ganó el conjunto local, imponiéndose por dos goles a cero a los británicos, quienes estaban más preocupados de su integridad física que del resultado. Sirva como ejemplo que su estrella Jimmy Jonhstone pasó desapercibido, aunque el defensa atlético Capón manifestaría que se había escondido durante el encuentro detrás de un banderín del córner. No era para menos.

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El crimen de Viladonga

Castro de Viladonga, la parroquia en la que ocurrió el crimen

De todos es conocida la parroquia de Viladonga por su precioso castro, uno de los que mejor se conserva de Galicia, además de llevarse en él distintas excavaciones arqueológicas para poner en valor la impresionante riqueza megalítica que atesora. A ello se une los siempre impresionantes y verdes parajes que lo circundan en la comarca de Terra Chá, haciendo de él uno de los monumentos más singulares de Galicia. El nombre de esta parroquia de Castro de Rei va ineludiblemente asociado a la herencia celta más pura que se conserva en la tierra gallega.

Sin embargo, en cualquier rincón de los muchos que posee Galicia puede ocurrir lo menos esperado y, por supuesto, deseado. Así sucedió hace ya más de 66 años, concretamente a principios del año 1953, en una apacible y agradable parroquia gallega que tenía unas costumbres -como todas- muy rutinarias. Solamente se escuchaba por los caminos y corredoiras el dulce cantar del viejo carro del país bien engrasado, en tanto el hombre que tiraba de las dos vacas a las que iba sujeto, daba de vez en cuando un aguilladazo a los animales para que tomasen la mejor trayectoria posible.

Aquella Galicia era completamente distinta a la que hoy conocemos. Todavía resonaban los amplios ecos de la Guerra Civil que dejaba de tras de si unas impresionantes huellas de lo que había representado aquella tragedia. Apenas circulaban coches por sus maltrechas y empedradas carreteras, en tanto que la aparición del tractor en el mundo rural era poco menos que una utopía irrealizable.

En ese ambiente tradicional, en el que resonaban todavía muy fuerte los ecos de la emigración americana, se produce un fatal desenlace entre dos vecinos de Viladonga, enfrentados por cuestiones patrimoniales y de lindes de tierras, lo que nos lleva a la conclusión de que serían las causas más habituales de los crímenes en la Galicia de entonces, aunque no la única. Todos sabemos que se han derramado ríos de tinta, con ánimo denigratorio, acerca de esa supuesta filosofía de la propiedad que enfrentaba a muchos paisanos del rural gallego, que nunca ha dejado de ser una leyenda negra que ha tenido muchos y muy variados portavoces en todos los tiempos.

En Viladonga, desde hacía algún tiempo, dos de sus vecinos vivían muy enfrentados por las típicas discusiones de marcos, de distribución de agua de riego en los prados y otros aspectos similares. Sin embargo, nadie imaginó jamás que aquellos hombres llegarían a extremos insospechados que teñirían de sangre uno de los más bellos parajes de la provincia de Lugo.

Pelea

A comienzos de 1953 Manuel Serafín Sordo Otero y David Novo Vordeiro sostuvieron una enconada discusión sobre unos lindes de tierras, que la prensa de la época definía como «cuestiones patrimoniales». En un momento dado, David Novo parece ser que propinó dos bofetadas a su vecino, quien se enfureció mucho, pero debido a su menor envergadura no fue capaz de repeler la agresión sin emplear un arma u objeto contundente con el que propinarle un golpe.

Tras la agresión sufrida Manuel Serafín Sordo se encaminó a su vivienda para proveerse de una afilada hoz con la que salvar su honor, mancillado por una agresión. En un descuido o tal vez de forma traicionera, propinó un severo golpe en la cabeza con la parte cortante de la herramienta que le hundió parte de la región parietal a su adversario, quien cayó fulminado en el suelo con sus ropas visiblemente ensangrentadas. Pese a todo, en un primer momento, el herido logró sobrevivir a las lesiones, pero fallecería un par de días más tarde en un centro sanitario de la capital lucense.

El suceso produjo una gran conmoción en todo el municipio de Castro de Rei, especialmente en Viladonga, ya que sus habitantes no daban crédito a que ambos vecinos pudiesen terminar de forma tan dramática. Sus desavenencias por cuestiones puramente patrimoniales habían comenzado a producirse hacía ya algún tiempo, si bien es cierto que se habían intensificado a lo largo de los últimos meses previos a la tragedia.

El suceso fue juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en octubre de 1953. Se tuvieron en cuenta algunas evidencias, tales como el enfrentamiento previo o la agresión de la víctima mortal a Manuel Serafín Sordo que evitaron que el hecho fuese calificado de asesinato, puesto que el juez encargado de dirimir el caso no había apreciado intención por parte del agresor de ocasionarle la muerte de forma premeditada a su víctima.

Manuel Serafín Sordo sería acusado de un delito de homicidio, por lo que sería condenado a 12 años de prisión menor, así como al pago de 35.000 pesetas a los herederos de David Novo Vordeiro.

Este crimen no fue, ni mucho menos, el último de los que ha habido en Galicia por cuestiones denominadas patrimoniales. Se producirían algunos más hasta finales de la década de los años ochenta. A pesar de todo, hay que decir que es un tipo de criminalidad que, por fortuna, se ha ido extinguiendo. En casos como el que nos ocupa estaban, además del supuesto valor de las propiedades, una tópica y falsa concepción del honor, a lo que había que añadir la herencia celta del amor a la tierra, tal como comentó en su día el médico que fuera alcalde de Ferrol, Jaime Quintanilla Ulla. Y es que herencia celta en Viladonga ha quedado mucha, y no es un sarcasmo ni un chiste malintencionado.

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La muerte de «Rocambole»

Ponte da Barca, en Pontevedra, donde cayó el célebre delincuente gallego de los cincuenta

En los primeros años cincuenta la dictadura franquista se había afianzado ya en España prácticamente de forma definitiva. Atrás quedaban los años en los que algunos atisbaban una leve esperanza de que el sistema nacido de la Guerra Civil se viniese a bajo. La consolidación del régimen se notaba a todos los efectos, aunque muy especialmente en el orden público, donde se mantenía una férrea y firme mano dura. Aún así, y a pesar de que siempre se haya dicho y sostenido lo contrario, las tasas de criminalidad eran mucho más elevadas que en nuestros días.

El sistema dictatorial, al igual que muchos otros que coexistían en el planeta en aquel entonces, sabía sacar réditos de su supuesta política de orden público en la que no se movía nadie. Además, aprovechaba cualquier circunstancia para dar buena cuenta de ello y publicitarlo ante la opinión pública, tanto española como mundial. Así, a su amparo, surgirían ciertos mitos y personajes que servían para dar cuenta al imaginario popular de la presunta severidad del régimen. Así, en la década de los cincuenta se ejecutó a garrote vil a tres inocentes en Sevilla. A finales de los cuarenta correrían la misma suerte «O Foucellas» y algunos dirigentes del maquis gallego a los que se acusaba de ser maleantes. Mientras, en el tramo final de la dictadura surgió el mito de Eleuterio Sánchez, «El Lute». Todos ellos fueron empleados por el Régimen para distraer a la opinión pública de su tiempo, alimentando la falsa idea de que en España quien la hacía la pagaba, aunque la supuesta opinión de justicia que intentaba trasmitir la oficialidad de entonces distase mucho de la realidad.

En la Galicia de los años cuarenta y primeros cincuenta surgió un personaje ideal para que el Régimen pudiese ofrecer una vez más esa imagen de extrema seriedad con la que pretendía revestirse. Se trataba de Santiago García Varela, conocido por los motes de «O Rocambole» y «O Fotógrafo». Sin embargo, no era más que un pobre hombre que se dedicaba a hacer algún que otro robo y a sostener enfrentamientos con la policía de los que, dada su habilidad, casi siempre salía victorioso. Pero, como todos los de su tiempo y a quienes se dedicaban a hacer fechorías similares a la suya, terminaría muy mal, teniendo en cuenta que las fuerzas de orden de entonces tenían carta blanca con quien a ellos les viniese en gana. Para ello contaban con un fortísimo respaldo oficial.

Tiroteo

O Rocambole, que era natural de la provincia de Lugo, había perpetrado algunos robos en algunos comercios de la capital lucense por las noches, además de ser un prófugo de la justicia, pues estaba reclamado por diversos juzgados de instrucción en el momento en que fue abatido por la policía. Se sabía que podía estar armado, pues algunos testimonios indicaban que había amenazado con un arma de fuego a sus víctimas. Sus correrías tocarían su fin a principios de abril de 1952 en un tiroteo con la policía armada muy cerca de la pontevedresa Ponte da Barca.

Después de huir de Lugo, las fuerzas del orden le siguieron la pista a Santiago García Varela. Sospechaban, y estaban en lo cierto, que tal vez se hubiese desplazado a Pontevedra a comienzos de 1952. La policía de inmediato se enteró de su paradero. Su objetivo, en un principio, era la detención de este «maleante», tal como le tildaba la prensa de la época.

Un inspector de policía, del que se sabe que se apellidaba Pérez Martínez, intentó detenerlo en las inmediaciones de A Ponte da Barca, pero al sentirse acorralado sintió sobre su cabeza el aliento del miedo, propio de cualquier persona. Fue entonces cuando hizo uso de su vieja pistola, comprada en el mercado negro, disparando dos veces contra el agente de policía, pero sin llegar ni siquiera a herirlo. Este último avisó a sus compañeros de la Comisaría de Pontevedra para que enviasen más refuerzos. Rocambole, haciendo una vez más gala de su capacidad escurridiza, huyó a pie por las calles de Pontevedra, llegando a la Rúa de Xan Guillermo.

Otra vez más, el popular y conocido delincuente había huido de un cerco policial. Pero, desgraciadamente para él, sería la última. Regresó, a donde había venido, desconociendo que le estaban preparando una emboscada y que no tenía escapatoria. Con un gran número de policías armadas preparándole un impresionante cerco, Santiago García estaba perdido. Disparó alguna vez más sobre sus perseguidores, pero tal vez no le quedase munición, ya que se acurrucó cerca del conocido puente que une los municipios de Poio y Pontevedra.

Casi sin opción, O Rocambole sucumbió ante los disparos que efectuaron varios policías que habían ido a darle captura. No opuso resistencia, ya que no tenía medios con los que resistir. Sin embargo, las fuerzas del orden «le dieron su merecido», según consta en las informaciones periodísticas de entonces. Habían cazado a la presa perfecta y en los días siguientes a su caza definitiva había que propagarlo a los cuatro vientos. Ya podían dormir los gallegos de entonces, puesto que había un delincuente menos en su tierra, aunque no fuese el único.

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Asesina a su marido en la bodega de su casa

Ribeira Sacra, la comarca en la que sucedió este crimen

A comienzos de la década de los sesenta, Galicia, y consiguientemente el resto de España comenzaba a sacudirse de una más que prolongada Posguerra que había dejado unas profundas secuelas a su población. Si bien es cierto que las carencias personales seguían siendo una constante en el devenir cotidiano de muchas familias.

Los gallegos de entonces ya hacía casi una década que habían dejado de emigrar a tierras americanas. Solo unos pocos se desplazaban a Venezuela, atraídos por la importante riqueza petrolera del país sudamericano que demandaba una importante mano de obra. Ahora se iniciaba un prolongado período de emigración a distintos países europeos, ya recuperados de los efectos de la Posguerra mundial.

Más de tres cuartas partes de los gallegos de entonces residían en amplios núcleos rurales, algunos de los cuales gozaban de un período de esplendor demográfico alcanzando las cotas de censados más altas de su historia. Sin embargo, esa expansión demográfica no era sinónimo de prosperidad, sino más bien de todo lo contrario. La ganadería y la pesca, principales sectores en los que trabajaban la mayor parte de la población de entonces, seguían explotándose con técnicas tradicionales, con las que solamente se podía aspirar a una indigna supervivencia.

En ese ambiente y en esos lugares, mal llamados la Galicia profunda en sentido despectivo, es a donde nos dirigimos para hablar de un extraño suceso que conmocionó fuertemente a los vecinos de Chantada, en plena Ribeira Sacra, en el suroeste de Lugo. Allí un ya lejano 27 de julio de 1960 apareció muerto en una bodega de su propiedad un hombre de mediana edad, Antonio Sampayo Moreira, aparentemente aplastado por una cuba que se precipitó sobre él cuando se encontraba trabajando.

Hachazos

La esposa del fallecido le manifestó su preocupación a una hermana del fallecido al anochecer por su tardanza en regresar a casa. Esta última se dirigió a la bodega, situada a cierta distancia del domicilio familiar, para saber en que faenas andaría metido Antonio Sampayo. Cuál sería su sorpresa cuando se encontró a su hermano tirado en medio de un gran charco de sangre con la cabeza destrozada, aparentemente aplastada por una cuba de grandes dimensiones que se había precipitado sobre la víctima. De inmediato, se puso el caso en conocimiento de la Guardia Civil de Chantada para que se procediese a investigar las causas de la muerte, así como proceder al levantamiento del cadáver del hombre que, aparentemente, había fallecido como consecuencia de un accidente laboral.

Al comenzar las indagaciones, los investigadores pronto descubrieron que en aquel asunto había piezas que no encajaban con la hipótesis de un presumible accidente. El forense encargado de hacerle la autopsia al cuerpo de Antonio enseguida se percató que alguna de aquellas profundas heridas habían sido inferidas con un hacha y que no guardaban relación alguna con una hipotética eventualidad relacionada con su trabajo en la bodega. La Guardia Civil interrogó a varias personas, entre ellas a la hermana de la víctima y a su esposa, Isaura Varela Matobelle, sobre quien se centraron todas las sospechas.

En un principio, la mujer del fallecido sostuvo la versión del accidente, pero al verse acorralada por los investigadores comenzó a ofrecer la auténtica versión de los hechos, conocido en el lenguaje popular como «cantar». Según su testimonio cuando su marido se dirigió a la bodega, a media tarde, ella se adelantó por algunos atajos a su llegada al lugar del crimen. Una vez que había llegado al lagar se encaramó sobre una cuba, desde la que le sacudió dos hachazos tanto en el occipital como en el parietal, cayendo Antonio Sampayo al suelo, pero consiguiendo recuperarse. En vista de esto último tomó un artilugio similar a una azada con unos punzones de hierro muy significados y se lo clavó en el pecho. Pese a la gravedad de las heridas, el fallecido consiguió levantarse y extraer de su cuerpo aquel artefacto que le había introducido su asesina, pero desplomándose definitivamente en el suelo, merced a las muchas heridas mortales de necesidad que tenía en todo su cuerpo. Posteriormente, su esposa Isaura Varela provocaría la caída de una de las cubas más grandes que había en la bodega, desplomándola sobre la cabeza de su marido. Es más, procuró que el enorme barril le aplastase lo más posible la testa a fin de tratar de despistar a los investigadores.

Holgazán y derrochador

La mujer fue inmediatamente detenida por efectivos de la Guardia Civil que la trasladaron a las dependencias del Cuartel de Chantada. Allí declararía también que el móvil del crimen obedecía a la actitud de su marido, de quien dijo que era un hombre «holgazán y derrochador» que se pasaba gran parte de su tiempo en los bares y tabernas del pueblo, además de una supuesta infidelidad, tildándole de mal marido.

En febrero de 1961 se celebró el juicio contra Isaura Varela Matobelle en la Audiencia Provincial de Lugo. Sería condenada a 18 años de prisión y a una indemnización de 100.000 pesetas a los hermanos de la víctima.

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Dos taxistas asesinados en Pontevedra en 1990

Parada de taxis

No cabe duda, y a las estadísticas nos remitimos, que la profesión de taxista es una de las más estresantes de todas, además de la de ser una que conlleva aparejado un mayor número de riesgos. En Nueva York, junto con la de policía, estaba considerada como una de las profesiones más peligrosas. Los profesionales del taxi tienen que codearse con todo tipo de clientela, independientemente que les guste o no a quien transportan a bordo de su automóvil. A ello se une que los conductores profesionales se ven obligados a trabajar con dinero en efectivo, aunque muchas veces sean cantidades más bien escasas. Por si fuese poco, se encuentran sometidos a una constante indefensión, que se manifiesta en la soledad del volante cuando han de hacerle frente a quienes traten de asaltarlo o simplemente pretendan hacerle algún daño.

El peligro constante al que se ven sometidos los taxistas alcanzó su cénit en Galicia en las Navidades del año 1990. En la última semana de aquel año murieron asesinados dos taxistas pontevedreses en apenas cuatro días. El primer crimen tuvo lugar el 27 de diciembre cuando la ciudad del Lérez, caracterizada por ser una urbe muy tranquila, se vio sobresaltada al enterarse de que un profesional del volante había muerto como consecuencia de sendos disparos en el corazón en la parroquia de Salcedo. Sus asesinos le llevaron a un área descampada para robarle la recaudación y, posteriormente, darle muerte. Se trataba de José Barcia Franco, un taxista de 54 años, que además era padre de una numerosa prole de siete hijos. Su vehículo apareció revuelto en lo que parecía una denodada búsqueda de un escaso botín. Al parecer, el conductor intentó hacer frente a sus atracadores para evitar que le robasen la recaudación.

Este crimen movilizó a todos los profesionales del taxi de Pontevedra, además de a toda la sociedad pontevedresa que no estaba acostumbrada, ni por asomo, a sucesos de este tipo. Los 92 taxistas que entonces ejercían en A Boa Vila llevaron a cabo un paro general en señal de protesta por este acontecimiento de inseguridad ciudadana. Además, todos ellos lucían crespones negros en sus vehículos en señal de luto por el compañero vilmente asesinado. Se entrevistaron con distintas autoridades de la época, entre ellas el alcalde de la ciudad, José Rivas Fontán, así como con el entonces secretario general del Gobierno en Pontevedra, Manuel Exquieta. Un profundo clima de temor e inseguridad se apoderó de la ciudad, pero principalmente de uno de los principales sectores dedicados al transporte de viajeros, acostumbrado a robos y asaltos, pero que hasta ese momento no había sufrido muertes violentas como la que acababa de acontecer.

Segundo taxista asesinado

Cuando todavía se vivían momentos de dolor, rabia y ansiedad por el asesinato de José Barcia y ni siquiera había dado tiempo a superar el crimen, otro taxista de la ciudad del Lérez era brutalmente asesinado en una pista que lleva a la pequeña localidad de Birrete, que se encuentra a escasamente 300 metros de donde tiene su sede la Brigada Ligera Aerotransportable (BRILAT). Allí caía tirado en una acera en un gran charco de sangre el último día del año 1990 Celestino Carballo González, un taxista de 55 años de edad, a consecuencia de las puñaladas que le había propinado su agresor Joaquín Pereira Mou, un joven de 18 años vecino de Marín. Al parecer, la muerte le sobrevino cuando el muchacho le pretendió arrebatar la escasa recaudación que portaba, apenas 600 pesetas (3,60 euros actuales), ya que además era a primeras horas de la mañana. Tras asestarle la mortal puñalada el joven huyó del lugar aunque sería visto por otras personas que en ese momento transitaban por el lugar. Algunas crónicas añaden que en el momento de apuñalar a su víctima parece ser que le dijo «cabrón, encima no tienes cambio, hijo puta». El taxista fallecido dejaba esposa y dos hijas, una de las cuáles se encontraba todavía estudiando. Además, para tratar de desviar la atención de los viandantes, les preguntó por una cabina telefónica. El joven sería detenido por la policía el 8 de enero de 1991, confesándose autor del crimen que le había costado la vida al taxista. Hasta ese momento, no constaba que tuviese antecedentes penales.

Además de la consabida consternación y el dolor que todavía embargaba a la ciudad del Lérez desde el primer crimen, ahora se sumía en una desolación y caos, a los que se unía una especie de zozobra e impotencia por dos hechos acaecidos en tan poco tiempo que resultaban poco menos que inexplicables. Nadie sabía a que atenerse en los primeros días del año que comenzaba. A la sensación de dolor y consternación, parecía que toda Pontevedra se sumergía en una impotencia generalizada a causa de dos execrables crímenes que carecían de cualquier precedente y mucho menos de explicación.

Este segundo asesinato provocó una movilización masiva de todo el gremio de taxistas de toda Galicia, a los que se sumaban de una manera muy especial los de Pontevedra. Los profesionales del sector solicitaban, ante todo, mayores medidas de seguridad a las autoridades, demanda que era completamente compresible a tenor de los hechos acaecidos en los últimos días del año 1990.

Insolvente

Los autores de ambos crímenes serían detenidos y condenados. En el caso del joven de Marín, Joaquín Pereira Mou, sería condenado a 27 años de prisión, si bien es cierto que saldría de la cárcel mucho antes debido a la aplicación de medidas de gracia, derivadas de su buen comportamiento. Además, también fue condenado al pago de diez millones de pesetas(60.000 euros actuales) a la esposa e hijos de la víctima. Sin embargo, estos tan solo percibirían la mísera cantidad de medio millón de pesetas(3.000 euros actuales) por parte del Estado, ya que el joven fue declarado insolvente.

Con motivo de cumplirse el vigésimoquinto aniversario de aquellos espantosos asesinatos que sacudieron a la siempre pacífica Boa Vila, una de las hijas de Celestino Carballo, Julia, declaraba a DIARIO DE PONTEVEDRA que sufría algunas secuelas psicológicas derivadas del asesinato de su padre y su compañero. Recordaba el momento de tensión en el transcurso del juicio en el que el joven trataba de excusarse alegando que había caído sobre el cuchillo, lo que provocó la muerte del taxista. Se quejaba también del escaso castigo que había recibido Joaquín Pereira quien, además, según su testimonio, había estado trabajando sin estar dado de alta en la Seguridad Social por lo que la familia no pudo actuar en su contra.

Julia Carballo manifestaba también el horror que le producía la contemplación de un taxi. Desde la muerte de su padre no volvió a subirse a otro vehículo. La familia vendió la parada de su progenitor para tratar de pasar página de tan horrible suceso que les ha marcado constantemente la vida desde aquellas sangrientas Navidades de 1990. Además, volvía a incidir en la carencia de medidas de seguridad en las que seguían instalados estos vehículos de transporte de viajeros, ya que muchos de ellos ni siquiera tienen instaladas mamparas que separen al conductor de los clientes que transporte en su parte posterior.

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El crimen del Hotel Miño en Vigo

En el año 1930 la ciudad de Vigo ya había iniciado su escalada que la llevaría a convertirse en la primera urbe de Galicia tan solo tres décadas más tarde. Desde 1900 había triplicado su población, contando con más de 66.000 habitantes en la tercera década del siglo XX. Su puerto era ya la principal escala europea hacia América. Además del tráfico de pasajeros, la actividad portuaria era incesante debido a la fortísima industrialización que estaba experimentando la ciudad. Una buena prueba de ello era que cada año abrían sus puertas nuevas empresas que se radicaban en la ciudad, cuyas instalaciones portuarias se estaban convirtiendo en un vértice de progreso para las Rías Baixas y el resto de Galicia. En 1929 un emigrante que verdaderamente había hecho las Américas, Manuel Álvarez, se reconvertía en uno de los principales empresarios gallegos del siglo pasando al inaugurar el grupo de empresas que llevaría su nombre. Por estas mismas fechas, Bernardo Alfageme daba vida a su actividad conservera inaugurando una firma dedicada a este entramado empresarial.

La gran actividad industrial que experimentaba la principal ciudad gallega iba paralela al desarrollo de los servicios que, aunque de forma incipiente, comenzaban su auge en Vigo. Para trasladarse a tierras americanas, antes de embarcarse, eran muchos los emigrantes que se veían obligados a hacer parada y fonda en la ciudad olívica. A ello se unía el incesante incremento de su progresivo desarrollo industrial y portuario, que provocaba la constante apertura de nuevos negocios de hostelería. El turismo era todavía escaso, aunque eran muchos los forasteros que se interesaban por conocer aquella «nueva» urbe, que hacía tan sólo 30 años no dejaba de ser un pueblo grande.

En medio de ese impresionante avance en todos los campos económicos y sociales surgen los primeros y grandes hoteles, muchos de los cuáles imitan en sus formas al estilo colonial importado de tierras caribeñas por los millares de emigrantes gallegos que han arrivado hasta esos lares. Es precisamente en un hotel, hoy desaparecido, donde se desarrolla la dramática historia que ahora contamos. Era un prestigioso negocio hostalero de la ciudad olívica en el que sus dueños contaban con el aprecio de la sociedad de la época, además de gozar de una magnífica reputación, que jamás hubiese hecho presagiar un final tan terrible.

Celos

Benigno Palmeira, de 45 años, y Camila Rey, de 50, regentaban el «Hotel Miño» en la ciudad olívica. Por sus habitaciones, además de muchos emigrantes que hacían escala antes de embarcarse o regresar a sus lugares de origen, pasaban también importantes personalidades de la vida gallega de entonces. Ninguno de sus huéspedes hubiese imaginado que entre los dueños de aquel hotel hubiese tan malas relaciones, con constantes disputas y desavenencias que llevaron la ya de por si insoportable convivencia hasta límites extremos y difícilmente sospechables. A primeras horas de la mañana del 10 de noviembre de 1930 las mujeres que trabajaban en el servicio de habitaciones se encontraron una macabra y truculenta escena. Al abrir una de los cuartos se sorprendieron manifiestamente al contemplar los cadáveres de sus dueños en medio de grandes charcos de sangre, con evidentes signos de violencia. De inmediato, pusieron en conocimiento de las autoridades el hecho que conmocionaría grandemente a la ciudad de Vigo. Hasta el lugar del horrible crimen se trasladaron los efectivos del juzgado, además de los médicos forenses, entre los que se encontraba el célebre doctor Manuel Riobóo. A todos ellos les sorprendió aquella dramática y cruel escena, que para nada era agradable.

Inmediatamente se puso en marcha un equipo de investigación de la guardia civil para determinar las causas de la muerte de Benigno y Camila. Muy pronto se descartó la intervención de terceras personas en el suceso, ya que no había ningún indicio que lo demostrase. Es ahí donde se empieza a barajar la hipótesis de lo que entonces se llamaba «crimen pasional». Las primeras piezas de aquel enrevesado rompecabezas les lleva a pensar en lo que cree mucha gente, que los celos de la esposa estaban detrás de aquel dramático y tétrico desenlace. Pero, ¿cómo ocurrieron los hechos?.

Disparos

Benigno Palmeira disponía en su establecimiento de sendas armas de fuego que desempeñaron una función fundamental en aquel desolador panorama. La investigación apuntaba a que el hombre fue sorprendido en su habitación por su esposa con una escopeta Browing en las manos, lo que probablemente le ocasionó un desmesurado temor ante la posible actitud de su marido. Al parecer, Camila se abalanzó sobre él, con el ánimo de arrebatarle el arma, enzarzándose ambos en una pelea, en la que la mujer lograría su propósito. Sin embargo, Benigno guardaba otra pistola, una Star 8 con la que efectuó dos disparos sobre su esposa, pero sin atinar con su objetivo, como se demostraría más tarde, ya que en las paredes de la habitación se encontraron incrustadas dos balas. Posteriormente, su mujer, aprovisionada con la escopeta, efectuaría otros dos disparos que alcanzaron en la cabeza a su cónyuge, cuando trataba de huir, destrozándole materialmente la testa.

Siempre, según la investigación, Camila Rey se asustó de sobremanera al ver el ensagrentado y desfigurado cadáver de quien había sido su marido. A raíz de la macabra escena, decidió también terminar con su vida. Al parecer, lo intentó con un disparo de escopeta, pero no lo logró. Después empleó la misma pistola Star 8 de su marido, con la que se descerrajaría la cabeza de un disparo que le entró a la altura de un párpado, alojándosele en la cavidad craneana.

Carta

A pesar de que el suceso pilló completamente desprevenida a la sociedad de la época, así como a las autoridades, algunos indicios apuntan directamente a que venía gestándose desde hacía algún tiempo. Esta circunstancia viene avalada por el hallazgo de una carta que, días antes, había escrito Benigno Palmeira al juez que se hiciese cargo del macabro caso. En la misiva, el hostelero manifestaba la intención de acabar con la vida de su esposa y, posteriormente, suicidarse, aunque finalmente aconteciese lo contrario.

La transcripción literal de la carta, en la que el difunto marido vuelve a recalcar los celos de su esposa, es la siguiente: «Muero satisfecho porque me llevó por delante a la autora de mi desgracia. Por ella me hice malo y muy mal marido. Dejo mi casa como ejemplo a las mujeres celosas que tiranizan a sus maridos».

Más explícito del mal ambiente que se respiraba en la vida de aquella pareja no se puede ser. Sin embargo, y como mandaban los cánones de la época, guardaban las formas de cara a la galería.

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El asesinato del ex futbolista Quinocho

Quinocho, cuando vestía los colores del Celta de Vigo

No hay duda que hay personas que se acaban convirtiendo en una institución en cualquiera de las actividades que desempeñen. Tal era el caso de Joaquín Fernández Santomé, popularmente conocido como Quinocho, un gran jugador del Real Club Celta de Vigo, equipo al que dedicó prácticamente por entero su vida. Hasta la perdió defendiendo los intereses del equipo que lo había visto crecer como deportista y como persona. Además, como los grandes héroes, el antiguo jugador vigués, reconvertido en gerente del club de sus amores, murió con las botas puestas en su despacho en el estadio de Balaídos, el mismo en el que había triunfado dos décadas antes siendo componente de la mítica plantilla del «Celta de Marlboro». El conjunto vigués recibió este apodo en los primeros años sesenta debido a las actividades de contrabando de tabaco que presuntamente llevaba a cabo su entonces presidente, Celso Lorenzo Villa, un antiguo aviador del bando republicano, a quien acompañaba en las labores directivas Vicente Otero «Terito», el patriarca del gran clan de contrabandistas gallegos, encargado de trasladar el fecundo negocio del contrabando desde la frontera portuguesa a las Rías Baixas galegas. En aquel entonces, los aficionados se sabían de carrerilla la alineación del combinado celeste: Pistón, Quinocho, Lasheras, Igoa, Marín, Albino, Pintos….

Quinocho, que todavía hoy goza del gran reconocimiento de toda la parroquia «Celtiña», había comenzado a jugar al fútbol en el equipo de su barrio, el Casablanca, que mira mansa y dulcemente desde lo alto de la colina en la que está enclavado a la siempre inigualable y majestuosa Ría de Vigo, mientras en su horizonte se pierde una embarcación que se dirige a la península del Morrazo. Muy pronto, con tan solo 17 años, el entonces entrenador celeste, Yayo, se fijó en él, haciéndole debutar con el primer equipo a tan temprana edad. Cuando llegó el momento de cumplir sus obligaciones patrias con el Ejército se vio obligado a trasladarse a Ferrol, militando en el club de la ciudad departamental, equipo que siempre gozaba de refuerzos muy jóvenes, aprovechando que allí eran destinados muchos futbolistas para cumplir el servicio militar en la Armada. Regresaría a su celestial Vigo a la siguiente temporada, formando parte del Celta durante diez temporadas. Terminaría su carrera en el CD Castellón, jugando dos campañas en la segunda categoría. Suya es la frase «llegué a Castellón llorando y me marché de allí llorando». No era difícil que fuese así, pues era muy fácil encariñarse con una persona tan entrañable como Quinocho.

Quienes despreciaron la humanidad y el don de gentes que desprendía la presencia de Joaquín Fernández Santomé fueron sus asesinos que le asestaron una cuchillada mortal el 20 de septiembre de 1988. En ese momento, en torno a las seis y media de la tarde, Quinocho se encontraba hablando por teléfono con la entonces gerente del Deportivo de A Coruña, Berta Vales, quien manifestaría que su homólogo del Celta le había dicho que tenía que colgar, pues estaban llamando a la puerta.

Antiguo juvenil del Celta

En el momento en que Quinocho fue asesinado lo acompañaban en las dependencias del club dos de las secretarias que se vieron sorprendidas por dos jóvenes de diferente estatura que llevaban el rostro cubierto con sendos pasamontañas, además de portar una pistola y un cuchillo. Los jóvenes buscaban dinero. Se hicieron con una caja, pero querían más por lo que se dirigieron a la oficina dónde se encontraba el gerente, quien para impedir el atraco les lanzó un cenicero a los delincuentes. Sin embargo, esto no hizo sino empeorar las cosas, ya que los muchachos eran rateros inexpertos, y uno de ellos se abalanzó sobre Quinocho propinándole una puñalada en el espacio intercostal de unos cinco centímetros de profundidad que le interesaría el corazón. El que fuera gran jugador celeste tuvo tiempo a decirle a una de sus secretarias que le ayudase, pues le habían dado una puñalada. Lo que menos pensó es que esta fuese mortal. Los autores del atraco eran Antonio Marcote y José Bernárdez. En el exterior de las oficinas les aguardaba Luis Gallego, un joven vigués que había militado en las categorías inferiores del Celta tan solo tres años antes. Quinocho sería trasladado de urgencia a la clínica POVISA, de la ciudad olívica, pero nada se podría hacer ya para salvarle su vida, falleciendo en el trayecto. Los atracadores y asesinos de Quinocho se hicieron con un botín que ascendía a 200.000 pesetas (1.200 euros actuales).

El terrible suceso no solo conmovió a Vigo y a Galicia, sino que también a la sociedad española de entonces. Muy especialmente al mundo del fútbol. Además, las noticias dramáticas no paraban de sucederse en Balaídos. Tan solo tres meses antes, su jugador José Manuel Alvelo había visto truncada su carrera deportiva al sufrir una paraplejia como consecuencia de un desgraciado accidente de tráfico.

Quinocho, que en el momento de perder su vida contaba con solo 55 años de edad, dejaba mujer y una hija adolescente de 15 años. En el Celta lo había sido todo. Además de jugador, había desempeñado su secretaría técnica en los primeros años setenta. Ya, en 1974, el entonces presidente del club Antonio Vázquez le ofreció la gerencia, cargo que ostentaba en el momento de su muerte.

Luto

La muerte de Quinocho fue un golpe muy duro para el fútbol español en general y para el gallego en particular. Se produjeron manifestaciones de duelo en todos los estadios españoles, guardándose en todos ellos un minuto de silencio en memoria del héroe de Balaídos brutalmente asesinado. Asimismo, se suspendería el partido que en la jornada siguiente debía disputar el Celta de Vigo con la Real Sociedad de San Sebastián. Su féretro fue velado en el mismo campo que había sido testigo de su galantería con el balón. En sus instalaciones se darían cita miles de aficionados que rendían así un más que merecido homenaje a una de las más grandes instituciones del celtismo a lo largo de toda su historia.

El día que recibió sepultura, Joaquín Fernández Santomé, fue distinguido con la medalla al mérito deportivo a título póstumo concedida por la Xunta de Galicia. En su sepelio se congregaron millares de personas y todo tipo de autoridades para rendirle el último tributo a quien lo había dado todo por el club al que se consagró en cuerpo y alma. Hasta su vida.

Una semana después de la muerte de Quinocho eran detenidos cuatro jóvenes en Vigo a los que presuntamente se les relacionaba con su asesinato. Se detuvo al cerebro de la operación Luis Gallego, un joven 23 años, nacido en la antigua República Federal Alemana (RFA) y que había militado en las categorías inferiores del Real Club Celta. Los otros dos detenidos eran José Bernárdez y Antonio Marcote, autores materiales de la muerte del gerente céltico. Se detuvo a una cuarta persona, un joven de 29 años, si bien este último no tenía nada que ver con el crimen. Esta persona fue detenida ya que, al parecer, había curado las heridas que le había provocado el cenicero lanzado por Quinocho, en su defensa, a uno de los atracadores. La policía se incautó en el domicilio de los detenidos de una pistola del calibre 38, así como de un cuchillo de monte con el que presuntamente se había asestado la puñalada mortal que le costó la vida al gerente del Real Club Celta.

En la comisaría de policía de Vigo los detenidos reconocerían los hechos que se les imputaban. El autor material de la cuchillada había sido José Bernárdez, un joven de 29 años. En mayo de 1989 este último, junto a Antonio Marcote, sería condenado a 34 años de cárcel, en tanto que Luis Gallego, el que les esperaba en las inmediaciones de Balaídos, recibiría una condena de 17 años de prisión.

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