Suicidio y terror ante el tribunal de oposiciones a notarías

Tribunal de oposiciones a registradores de la propiedad

Fue un extraño y desgraciado suceso que ocurrió en Madrid el 15 de enero de 1985. Su triste protagonista era un joven gallego de 29 años, Fernando de Castro Fernández, quien, empuñando una pistola, disparó contra el presidente del Tribunal de Oposiciones a Notarios Antonio Ipiens Llorca, que demostrando su agilidad de reflejos conseguiría esquivar los disparos del opositor que había suspendido el examen, además de lanzarle el primer objeto que encontró a su alcance, en este caso un cenicero. Una de las balas rebotaría en el borde de una mesa sin que alcanzase a ninguno de los presentes.

No tuvieron tanta suerte sus compañeros del tribunal evaluador, Luis Ignacio Arrechereda Aranzadi, Catedrático de Derecho Civil, de 38 años y Julio Burdiel Hernández, de 52 años, que resultarían heridos de gravedad al impactar en su pecho sendos proyectiles procedentes del arma que empuñaba el opositor Fernando de Castro, quien, acto seguido, se suicidaría con la misma pistola, una ASTRA 380 de 9 cms, corto, modelo antiguo.

En el momento en el que el joven efectuó los disparos, el tribunal estaba examinando a otro candidato en el primer ejercicio de las oposiciones a notarías. Fernando de Castro, respondía a la figura del clásico «opositor quemado», quien había gritado, al tiempo que disparaba contra los miembros del tribunal, «ustedes me han arruinado la vida», mientras se subía a la tarima donde se encontraban los encargados de dirimir aquellas oposiciones. Los disparos los efectuó a muy corta distancia, a tan solo dos metros de su teórico objetivo, errando por fortuna en el blanco. Eran las cinco y media de la tarde de un gélido día de enero en la capital de España que daría paso a una inclemente ola de frío polar. Por fortuna, los examinadores heridos conseguirían sobrevivir a las heridas de bala que les provocó Fernando de Castro, hijo del magistrado del Tribunal Supremo, Jaime de Castro Garcia.

Tercer intento

Jaime de Castro Fernández era la tercera vez que intentaba hacerse con una de las muy pocas plazas de notarios que cada año se convocan en España y a las que suelen concurrir varios miles candidatos. Lo había intentado por vez primera, en el año 1982, en Burgos, sin alcanzar el éxito deseado. Tampoco lo conseguiría en 1983. Fracasaría una vez más en noviembre de 1984. En la fecha en que se produjo el fatal suceso el opositor había conocido los resultados del examen al que había concurrido nuevamente sin éxito. En las tres convocatorias a las que se había presentado había suspendido siempre en el primer ejercicio, el examen oral, que está considerado el más duro y en el que el tribunal calificador ejerce una importante criba entre quienes desean alcanzar una plaza de notario.

Al lugar de los hechos se desplazarían investigadores especializados de la Policía Nacional, que encontrarían cuatro casquillos de bala, en tanto que un médico forense se encargaría de certificar la trágica muerte de un joven que fue incapaz de ver que en esta vida se pueden hacer muchas más cosas y no estar pendiente de una ruda y contumaz oposición en la que tal vez, además de su propia vida, había dejado muchos años de lucha y esfuerzo que no le habían dado el fruto requerido. Sin embargo, quien opta a ser notario y no lo alcanza, puede ejercer con éxito, entre otras, la función de abogado civilista, dados los conocimientos que le proporciona la circunstancia de haber estudiado los temas que forman parte del extenso programa de las oposiciones al cuerpo de notarios.

Aquella fue una tarde dramática y cruel en el Colegio de Notarios de Madrid. La gente comenzó a correr de manera denodada por los pasillos, debido a la confusión que reinaba en el recinto. En un principio hubo informaciones y noticias confusas en torno a un hecho que sorprendía a propios y a extraños. Además de especularse con la posibilidad de que hubiese sido un atentado, dado que en aquellos años era muy febril la actividad de la banda terrorista ETA, también llegó a rumorearse que el suicida se había examinado en la misma jornada, pero este hecho no era cierto. Otra de las informaciones falsas que corrió en aquellos primeros instantes fueron las relativas al estado de los heridos. En un primer momento llegó a especularse con el fallecimiento de alguno de ellos, aunque por fortuna no dejaron de ser noticias carentes de fundamento y sin contrastar.

Solitario y brillante

De Fernando de Castro, además de saberse que era hijo de un prestigioso magistrado gallego nacido en la localidad de Ordes en el año 1917, se sabía también que era el más joven de los cinco hermanos que tenía Jaime de Castro, uno de los cuales había superado hacía ya años las oposiciones al cuerpo en el que pretendía ingresar Fernando. Trascendería también que era un hombre solitario, a quien no se le conocían muchos amigos, pero que jamás había protagonizado altercado alguno, ademas de ser una persona afable y tranquila, por lo que su irracional actitud sorprendió de sobremanera a quienes le conocían y trataban.

El suicida había sido un destacado alumno en la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela, alcanzando notas muy brillantes en su expediente académico. Fernando de Castro había convertido el objetivo de ser notario en una perenne obsesión que le quitaba, además de muchas horas de diversión para un muchacho de su edad, el sueño y era quizás su única y enfermiza inquietud. Aunque no debería haber atentado contra la vida de terceras personas. Y ni que decir tiene que tampoco debería haberse quitado la suya. Es entonces cuando la vida en si misma carece de cualquier sentido y valor porque da paso a la destrucción y la muerte, que se encarga de fulminarlo todo en apenas un segundo.

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Once personas carbonizadas en un accidente ferroviario

Foto del siniestro publicada en el diario EL CORREO GALLEGO de Santiago

La Galicia de los años cincuenta trataba de recuperarse de las muchas heridas que había dejado la Guerra Civil. Sin embargo, nada era como antes, aunque el país seguía siendo muy pobre y atrasado. En aquella década comenzó a descubrirse que se había acabado el sueño americano surgido hace ya algo más de medio siglo, al amparo de aquellos indianos que regresaban a su tierra vistiendo sus mejores trajes y luciendo unas llamativas joyas. Pero nada era igual a como ellos lo habían retratado. Ya no partían barcos fletados por las grandes compañías trasatlánticas rumbo al nuevo mundo. Ahora una gran parte de la juventud gallega intentaba abrirse paso en la Europa que resurgía de la Posguerra Mundial.

En Galicia tal vez sus habitantes gozasen de un nivel de vida similar o peor a etapas anteriores a la Guerra Civil española, con indicadores socioeconómicos catastróficos. Proseguía una ancestral economía rural de autoconsumo que apenas paliaba las necesidades básicas de muchos de sus residentes que vivían mayoritariamente en extensas áreas rurales que, a diferencia de lo que acontece hoy en día, gozaban de una excelente salud demográfica que no tardaría en deteriorarse como consecuencia de la falta de expectativas a las que los abocaba un sistema económico y social anquilosado y anclado en etapas pretéritas.

En aquella tierra en la que faltaba de todo o prácticamente de todo, un 21 de mayo de 1952, hace ya algo más de 67 años, se vio dramáticamente sorprendida por un brutal accidente ferroviario en el que perderían la vida once personas, el más trágico de la historia hasta que hace unos años ocurrió el de Angrois. De nuevo la fatalidad volvió a cebarse con una tierra pobre y desamparada cuando pasaban algo más de cinco minutos de las dos y media de la tarde de aquel día de primavera.

Vagones sueltos

Se dieron muchas casualidades, tal vez demasiadas, para que se produjese un trágico siniestro que tendría como escenario el lugar de Pazos, una parroquia perteneciente al municipio de Padrón, en la comarca del Sar. En aquella tarde, cuando muchos gallegos estaban comiendo o durmiendo plácidamente una siesta, la tierra de Rosalía de Castro se sobresaltó repentinamente cuando se produjo una colisión entre 12 vagones que se habían soltado de un tren mercancías que había hecho escala en la estación de A Escravitude y se deslizaron por una pendiente, que actuó como rampa de lanzamiento, para ir a chocar muy violentamente contra el tren expreso que había efectuado previamente una parada en Padrón.

Decíamos antes que se dieron excesivas casualidades para que se produjese una catástrofe humana de estas dimensiones tan terribles. El hecho fue que entre los vagones desprendidos había dos unidades que transportaban combustible, unos 45.000 litros de gasolina que, tras impactar contra el convoy de pasajeros, provocarían sendas explosiones y posteriormente un grave incendio en el que perecerían carbonizadas un total de doce de personas, prácticamente todos los pasajeros que iban en primera clase.

Antes de producirse el fatal siniestro, una vecina de Pazos trató de avisar al fogonero del expreso de lo que acababa de contemplar -dándole señales con los brazos- que eran una docena de vagones sueltos campando a sus anchas. El maquinista se vio obligado a frenar de forma brusca, lo que provocaría que dos de las unidades del expreso, concretamente el correo y el furgón, se encaramasen sobre el primer vagón, quedando atrapados sus viajeros en una mortal ratonera, a la que se añadía el fuego abrasador que terminaría con la vida de quienes se vieron envueltos entre las llamas que enseguida se extendieron sobre aquel monumental amasijo de hierros.

Vecinos

A pesar de ser una tierra pobre y humilde, y quizás muchas cosas más, lo que nunca se podrá decir de los gallegos es que no son un pueblo solidario y hospitalario. Fueron los vecinos de las parroquias donde tuvo lugar la catástrofe quienes primero acudieron de forma desinteresada a socorrer aquellos pobres hombres y mujeres que luchaban por su vida en medio de una impresionante humareda que se podía divisar a varios kilómetros de distancia. La misma imagen de solidaridad y entrega se repetiría algo más de seis décadas más tarde en el no menos trágico accidente de Angrois, acontecido en las mismas tierras y la misma comarca.

En aquel entonces no se disponía de unos servicios de emergencias como los que existen en la actualidad. Es por ello que la actitud de los vecinos y del resto de los viajeros que no habían sufrido las consecuencias directas de aquel grave percance alcanza una mayor dimensión. Para evitar que las llamas se propagasen al resto del convoy, desengacharon los vagones que no habían sufrido daños del resto del tren. Las labores de recuperación de los cuerpos de los fallecidos, que estaban carbonizados y mutilados, se extenderían hasta altas horas de la madrugada. A las nueve de la noche de aquel 21 de mayo de 1952 solamente habían sido recuperado siete cadáveres.

El mejor ejemplo que describe la magnitud de aquel terrible accidente lo constituyó un ciudadano gallego residente en Argentina, Pedro Vázquez, quien manifestaría a la prensa de la época que había sido el peor día de su vida. No era para menos. El hombre recordaba que había participado en la Segunda Guerra Mundial hacía menos de diez años y que había caído prisionero de los japoneses en Filipinas. Ni siquiera entonces sintió tanto pánico. Además, los nipones no eran precisamente hermanitas de la caridad con sus enemigos.

Como de costumbre, al lugar de los hechos se desplazaron las principales autoridades gallegas de la época. Sin embargo, en seguida se decretaría el habitual toque de queda a la prensa de entonces que, aunque informó cumplidamente a lo largo de dos días del trágico siniestro, enseguida vería como le impedían seguir informando sobre un accidente que, al igual que había sucedido tan solo ocho años antes con el de Torre de Bierzo, pronto quedaría relegado al olvido de las hemerotecas.

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El crimen del procurador

Lugo, a principios del siglo XX

A comienzos del siglo XX Lugo era una de tantas capitales de provincia en la que su vida transcurría de forma anodina y rutinaria, sin que nada o nadie alterase el devenir de una ciudad que apenas tenía 30.000 habitantes, la mayor parte de los cuales residían dentro del recinto amurallado. Un conocido y prestigioso periodista lucense la definía como una «aldea grande», en alusión al tradicional nexo que ha mantenido a lo largo de su historia con los grandes núcleos rurales que la circundan. Los lucenses nunca han estado al margen de ese carácter bonachón y campechano que caracteriza a las gentes de las parroquias y aldeas gallegas, teniendo prácticamente todos sus raíces en su extenso y precioso rural.

En los primeros tiempos de la anterior centuria se vivía en un ambiente familiar, que no distaba mucho de la manera de vivir en el mundo rústico, siendo frecuente contemplar por el entorno amurallado carros del país de los que tiraban dos vacas o bueyes. La tradicional tranquilidad solo se veía levemente alterada en el mes de octubre, cuando llegaban sus no menos tradicionales fiestas en honor a San Froilán, a las que ya se acercaban miles de personas procedentes de todos los rincones de la provincia.

Sin embargo, esa celestial paz de la que se gozaba en una ciudad «que nunca pasaba nada» se vio abruptamente interrumpida a mediados del año 1904. El 21 de junio de aquel año era encontrado el cuerpo sin vida de un indiano que había hecho fortuna allende los mares en unos sótanos de la Plaza del Castillo. Su cuerpo estaba visiblemente desfigurado, presentando muy claras señales de violencia en el rostro y la cabeza, lugar donde había recibido dos golpes mortales de necesidad. La víctima se llamaba Antonio Ledo Espiñeira y era oriundo del término municipal de Guitiriz, en aquel entonces denominado Trasparga.

Desparición

Antonio Ledo había regresado a Galicia tras hacer fortuna en tierras americanas. Había invertido sus gananciales en distintos productos financieros de la época que le permitían vivir de forma desahogada, además de hacer préstamos a interés hipotecario a personas que requerían sus servicios económicos. Ahí, en su profesión, radicaría la causa que le acabaría costando la vida.

Nadie sabía que camino había tomado Ledo Espiñeira desde el 6 de junio de 1904. Era ya un hombre maduro, de 54 años, que sufría una ligera cojera a causa de un accidente que había sufrido en su infancia. Residía en hostales y pensiones de la capital lucense, siendo su último domicilio en la casa de la hermanas Acevedo, quienes regentaban un local de estas características. Fueron precisamente ellas quienes alertaron a las fuerzas del orden público de la desaparición del indiano, ya que nada se sabía de él desde hacía ya algunos días.

La gota que colmó el vaso la dio la esposa del procurador Abelardo Taboada, Ramona Acevedo, quien alerta a dos amigos de su marido, entre ellos el abogado José Benito Pardo, del hedor que procede de los sótanos de su casa. Previamente, había mandado a su criada, Casilda, a que bajase a aquel lugar para ver que era lo que podía causar aquel pestilente olor, aunque ella ya sospechaba que su marido pudiese tener algo que ver con la desaparición del prestamista, asunto del que ya se han hecho eco los distintos medios de comunicación.

Abelardo Taboada

Abelardo Taboada es un curioso personaje de la historia de la ciudad de Lugo en los últimos años del siglo XIX y principios del XX. Había nacido en A Coruña en el año 1864. Comenzaría a trabajar como escribiente con un procurador coruñés, prestando sus servicios en distintas instituciones. Llegaría a la vieja urbe romana de la mano de su gobernador civil, Ramón Folla, en 1889, quien lo había llevado con él para que ejerciese su profesión a su servicio, aunque a partir de 1891 empezará a trabajar como escribiente con el procurador Ramón Roca Seoane, quien tiene su despacho en el número 17 de la Plaza del Castillo. Además, ejerce funciones similares en el Ayuntamiento de Lugo.

Al fallecer Ramón Roca, Abelardo Taboada, un hombre alto y de muy buen aspecto, incluso algo chulesco, decide casarse con su viuda, Ramona Acevedo, una mujer que es 17 años mayor que él. Son muchas las personas de la alta sociedad lucense de entonces las que advierten a esta mujer de los muchos «defectos» que tiene el hombre que va a convertirse en su marido. Además de mujeriego, es aficionado al alcohol, al juego y a otros placeres de la vida que demandaban un alto poder adquisitivo. A pesar de ello o tal vez debido a ello, se convertirá en toda una personalidad de la época. Llegará a ser teniente alcalde de la ciudad tras salir elegido concejal en una candidatura presentada por el partido de Segismundo Moret. Además, llegará a ser un destacado dirigente del Círculo de las Artes, entidad en la que cometerá un importante desfalco.

Su elevado tren de vida le lleva a estar constantemente endeudado, viéndose en la obligación de hipotecar algunas de las propiedades de la persona con quien se había casado. Gracias a los contactos de los que disfruta en razón de los distintos cargos que ostenta, acabará conociendo a un emigrante que ha hecho fortuna y será a él a quien recurra para hacer frente a sus muchas y elevadas deudas.

Un buen día decide solicitarle un préstamo a Antonio Ledo. La cantidad que le requiere asciende a 8.000 pesetas de la época, aunque finalmente, por distintas razones, solo le podrá prestar 500 menos de lo acordado. En la fecha del crimen, el 6 de junio, el prestamista se entera de que la casa que Abelardo Taboada le ofrece como garantía está previamente hipotecada por parte del abogado José Benito Pardo, aunque este hecho resultará ser un rumor falso.

En la tarde del día de autos Ledo se dirige al número 17 de la Plaza del Castillo donde le aguarda para firmar el préstamo el procurador Taboada. Lleva con él las 7.500 pesetas. Cuando llega al despacho el emigrante indiano le dice que le ha intentado estafar, pues, según la información de la que él dispone, su vivienda ya está hipotecada. Es entonces cuando se inicia la discusión entre el procurador y el prestamista que sube de tono. En el transcurso de la misma este último le recrimina al anterior la vida disoluta y de dispendio que lleva en la ciudad de las Murallas, yendo un día con una mujer luego con otra, además del juego. El escribiente le contesta de malos modos reprochándole que viva a costa del sudor de los demás, cobrando intereses que rozan la usura.

Con un mazo

En un momento dado la discusión se sale de los cauces normales y el procurador esgrime un martillo, estilo mazo, con el que le sacude en la cabeza a Antonio Ledo, quien cae al suelo redondo sin poder reaccionar, a lo que se suman sus dificultades de movilidad. Le propinará un segundo golpe, lo que provocará que se le inunde el rostro de sangre. Con unas arpilleras le envuelve la cara para evitar que esta se derrame al suelo, aunque no conseguirá que las manchas del líquido elemento se incrusten en el piso de madera.

Aquel mismo día, a las siete de la tarde, Abelardo Taboada tiene sesión en el Ayuntamiento de Lugo. Intervendrá en distintos puntos del orden del día, pues es teniente de alcalde, en tanto que preside la corporación local Antonio Belón y actúa como secretario Carlos Pardo Pallín. Su teatralidad alcanza límites asombrosos. En un momento dado solicita del mandatario local poder abandonar el pleno municipal, pues debe ir hasta su casa. Va a examinar el cadáver de su víctima y no observa novedad alguna.

Al anochecer regresa a su casa como si tal cosa. Trata de disimular su estado de excitación, como si no hubiese ocurrido nada. Le sugiere a su esposa que se vayan ella y la criada al día siguiente a la parroquia de Gomeán a visitar una tía de la primera que no se encuentra muy bien de salud. Sin embargo, hay un detalle que le delata, ya que Ramona Acevedo se siente sorprendida cuando su marido le ofrece dinero para los gastos del viaje, aspecto este que no era nada usual en una persona que apenas le proporcionaba un céntimo para el sustento y gobierno de la casa, siendo muy reparado en este sentido.

Una vez más, Abelardo Taboada regresa al lugar del crimen para registrar los bolsillos de su víctima, apoderándose de la cantidad que se había comprometido a dejarle, 7.500 pesetas, además de algunas monedas de oro que lleva en el chaleco, así como un de un reloj de oro que porta el indiano. Posteriormente, cerrará todas las ventanas de la casa para que no se pueda ver lo que hay en su interior. Arrastrará también el cadáver al sótano de la misma, depositándolo en una de las celdas en las que está dividido, pues, antiguamente, sus dependencias habían albergado las instalaciones de la antigua cárcel lucense.

Huida

Al enterarse de que las hermanas Acevedo han decidido poner en conocimiento de las autoridades la ausencia de su huésped, Abelardo Taboada, emprenderá una precipitada huida que no parece llevarle a ningún sitio. Es visto por distintas personas que testificarán en su contra en el transcurso del juicio cuando toma un tren que le llevará a la ciudad de A Coruña. En el trayecto se encuentra con mucha gente que le conoce, entre ellas un distinguido comerciante lucense afincado en la capital herculina.

Al llegar a su primer destino, Taboada decide hacerse con los servicios de un mozalbete que se encargará de hacerle ciertos recados. Uno de ellos consiste en la adquisición de un billete de tercera clase a bordo del vapor de bandera neerlandesa Saint Thomas, que había arrivado al puerto coruñés en la tarde de aquel caluroso 7 de junio a nombre de Francisco Fariña Vecino, identidad que adopta con ánimo de despistar a las autoridades. Además, hay un detalle que no pasará desapercibido y es el abrigo en el que va envuelto para no ser reconocido, muy ostentoso por encontrarse ya en época estival. Pese a todo, es reconocido por el periodista Bernardo Faginas, un conocido suyo, pero también le reconoce el inspector de Vigilancia y Seguridad Antonio Ferrer, de quien no se percata de su presencia en las instalaciones portuarias.

A las nueve de la noche el barco holandés leva anclas con destino a La Habana, donde pretende escabullirse de su brutal crimen. En el transcurso de la travesía, Francisco Fariña (Abelardo Taboada) apenas mantiene relación con ninguno de los otros pasajeros. Incluso tiene que ser advertido en diversas ocasiones por miembros de la tripulación para que se ponga la obligatoria vacuna de la viruela para viajar a tierras americanas.

Mientras tanto, en la ciudad de Lugo se han encendido ya todas las alarmas. Las propietarias de la pensión en la que reside habitualmente el prestamista Ledo Espiñeira han puesto en conocimiento de las autoridades la desaparición de su huésped. De igual forma, salta también a los medios de comunicación, algunos de los cuales ya especulan que su ausencia es paralela a la del procurador Taboada, quien se estima que mantiene con el una deuda de 2.000 pesetas, una elevadísima cantidad de dinero para la época.

Extradicción

Al aparecer el cadáver del indiano en los sótanos de la vivienda de su propiedad con claros signos de violencia, ya nadie duda que la autoría de su asesinato es obra de Abelardo Taboada, lo que causa una oleada de furor, indignación y consternación en la sociedad lucense de la época, acostumbrada a que su vida discurriese por los cauces de la más normal y corriente monotonía, que ahora se veía bruscamente interrumpida. Ese clima de crispación salta también a las páginas de los principales diarios de entonces en los que se leen furibundas declaraciones de distintas autoridades, entre ellas las que dirigen los órganos rectores del Círculo de las Artes, quienes pretenden borrar cualquier huella que hubiese dejado en la institución tan funesto y cruel personaje.

Como consecuencia del macabro hallazgo en la casa número 17 de la Plaza del Castillo, son detenidas la esposa de Abelardo, Ramona Acevedo y su criada Casilda, así como un matrimonio amigo del procurador que son los maestros de Castro de Rei. Sin embargo, serán puestos en libertad tras prestar declaración y comprobarse que nada tienen que el brutal crimen que ha sacudido a la ciudad de Lugo. Además, el inmueble se convierte en un escenario maldito, pues todos sus moradores lo abandonan con destino a otros puntos. Casilda se despide de Ramona Acevedo, quien también se marcha a vivir a una casa que posee en la rúa do Miño. La gente, dominada por unas profundas creencias religiosas de la época, se santigua cada vez que pasa por delante de aquella «maldita casa» en la que ha aparecido el cadáver de un hombre con la cabeza destrozada y comida, en parte, por las ratas.

Mientras, las autoridades inician los trámites oportunos para que se conceda la extradición del prófugo de la Justicia española, aunque previamente ha de ser detenido, hecho que se produce el 28 de junio de 1904. Un policía se acerca a él y le dice: «¿Don Francisco Fariña o don Abelardo Taboada, supongo?», quien tras atarle las manos a la espalda lo condujo hasta el penal militar de San Cayetano, dónde se le incautan las pertenencias que le había sustraído a Antonio Ledo, entre ellas 7.411 pesetas, el reloj de oro, y las monedas.

Ya, en prisión, conocedor de todas las triquiñuelas que podían evitar su extradición a España, iniciará una huelga de hambre el 2 de julio, fecha en la que se conoce en Lugo que ya ha sido detenido por las autoridades de la isla caribeña. Incluso se pone en contacto con el poderoso Centro Gallego. Su presidente le ofrecerá el mejor abogado de Cuba, y si se evita la extradición, le dará un pasaje para que pueda marchar a algún estado sudamericano. Abelardo Taboada piensa que no existe tratado de extradición entre España y su antigua colonia. Sin embargo, el entonces presidente cubano Carlos Estrada firmará el documento que concede su extradición a España con fecha del 29 de agosto. En el mismo se especifica que al detenido solo se podrá juzgar por los delitos de robo y asesinato.

Regreso

El día de 2 de octubre de 1904 llega el procurador asesino al puerto de la ciudad herculina a bordo del vapor Alfonso XIII, mostrando ser una caricatura de lo que había sido antaño. Nada en su aspecto recordaba ya al apuesto hombre que había sido hacía tan solo unos meses. Además, trae puestas unas aparatosas argollas y calza unas sandalias. En la capital herculina es entregado a agentes de la Benemérita que lo trasladarán a Lugo.

El 5 de octubre el juez Félix Jarabo inicia los interrogatorios contra el acusado, quien da pruebas una vez más de su debilidad personal y humana. Prorrumpe varias veces en llantos y mantiene un mutismo extremo, hasta el punto que ni siquiera responde como se llama. En la cárcel en la que está ingresado ha de ser aislado de los demás presos con la intención de que estos no le hagan ningún daño.

El juicio se iniciará el 17 de enero de 1905 que se prolonga a lo largo de tres días. Son llamadas a declarar distintas personalidades, entre ellas el alcalde de Lugo, Antonio Belón y el secretario municipal Carlos Pardo Pallín. Asimismo, testificarán distintas autoridades del Círculo de las Artes de la capital lucense, así como su esposa, quien declararía que su marido había dejado de facilitarle dinero desde hacía meses para el sostenimiento de la casa. Los testigos periciales, entre ellos el forense que practicó la autopsia al cadáver de Antonio Ledo, confirman que las manchas encontradas en el suelo del piso en el que se cometió el crimen son de sangre humana, así como las que también se encuentran en el martillo con el que se perpetró la atrocidad.

Condena

Algo tiene la justicia que amansa a quien es procesado por fiero que sea el león que se enfrenta a ella. En el transcurso de la vista oral mantiene una actitud pusilánime, en tanto que el fiscal pronuncia un muy duro alegato en contra del acusado. Con un florido y barroco estilo de oratoria, que no guarda relación alguna con el que se utiliza en nuestros días, el magistrado se ratifica en lo manifestado en sus conclusiones provisionales, solicitando para el acusado Abelardo Taboada Roca la pena de muerte. En su durísimo alegato recuerda al hombre que el había conocido cuando llegó a Lugo y a la época en la que gozaba del amplio reconocimiento social de todos los lucenses.

En la tarde del 19 de enero el jurado encargado de dictar sobre su culpabilidad o inocencia se retira a deliberar. En la mañana del día siguiente se hace pública la sentencia en la que se condena a Abelardo Taboada Roca a la pena de prisión perpetua. Al conocer la pena que se le impone el procurador vuelve a llorar tal cual fuese una magdalena. Su abogado defensor Juan Bautista Varela Balboa, que es un joven y prestigioso criminalista, recurrirá ante el Tribunal Supremo, quien se ratificará en la sentencia impuesta por la Audiencia Provincial de Lugo, con fecha de 25 de junio de 1905.

Algo más de un mes más tarde, el 22 de agosto, Abelardo Taboada abandonará la prisión de Lugo para ser trasladado a la de Ceuta, en la que estaría internado unos quince años para ser trasladado posteriormente a la de San Miguel de los Reyes, en Valencia. Durante su estancia en la cárcel, en 1915, fallecerá su esposa Ramona Acevedo en un piso de la calle Obispo Aguirre de la ciudad de las Murallas.

El procurador recobraría la libertad tras haber permanecido en prisión más de veinte años. A partir de ese momento, se irá a vivir a su ciudad natal llevando una vida pobre y carente de cualquier sustento, similar a la de un mendigo, que contrastaba con el ambiente de lujos, dispendio y alta alcurnia en el que se había desenvuelto en sus años mozos en la capital lucense. Aparecerá muerto el 24 de enero de 1930 en la mampostería de una obra de la coruñesa calle de las Herrerías, un lugar al que iba a guarecerse para pasar la noche el famoso procurador, que un buen día de comienzos del siglo XX provocó un gran sobresalto en la siempre pacífica y acogedora ciudad de Lugo.

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37 muertos en Barajas en un vuelo procedente de Santiago

En el año 1957 volar constituía toda una aventura tanto para los tripulantes como para los pasajeros. Es cierto que ya era el método de transporte más seguro, pero se producían accidentes con una frecuencia infinitamente mayor que ahora. Baste recordar que dos equipos de fútbol, Torino y Manchester United, perderían a la práctica totalidad de su plantel de jugadores ocurridos en las conocidas como Tragedias de Superga y de Munich que tuvieron lugar en los años 1949 y 1958 respectivamente. En aquel entonces Galicia contaba con dos aeropuertos, el de Labacolla, en Santiago de Compostela y el de Peinador, en Vigo. El mero hecho de volar era visto por la sociedad gallega de la época, inmensamente rural, como un acontecimiento singular y extraordinario que estaba al alcance de muy pocos. Estaba considerado como un evento social similar a lo que hoy podría ser un crucero, al que la práctica totalidad de los gallegos de entonces eran ajenos.

Tanto los tripulantes como los pasajeros, un total de 37 personas, perecieron prácticamente en el acto cuando el aparato en el que viajaban se estrelló a la altura del km. 15 de la carretera de Aragón en las inmediaciones de la finca de La Muñoza. La aeronave cayó muy cerca de unas viviendas de trabajadores de la mencionada finca. Tan solo eran cuatro metros lo que separaban a los restos del avión de las casas. De hecho, una niña que jugaba en las inmediaciones tuvo que ser evacuada a una casa de socorro a consecuencia del schok emocional que sufrió al ver caer la aeronave. Otro tanto le sucedió a un hombre que se encontraba en la zona aledaña a la tragedia.

En ese año tuvo lugar el primer siniestro de un vuelo comercial procedente de Galicia en las inmediaciones del aeropuerto madrileño de Barajas. Un vuelo procedente del principal aeródromo gallego se estrelló el día 9 de mayo de 1957 en las inmediaciones de la base aérea madrileña, al precipitarse desde una altura de cien metros a las ocho menos de cinco de la tarde, cuando se disponía a realizar las maniobras de aterrizaje.

Selección española

A la hora en que se produjo el lamentable siniestro, estaba completamente atestado de público el aeropuerto madrileño al ser el momento en que más tráfico aéreo se registraba. Muchos de los presentes enseguida se percataron de la enorme catástrofe que acababa de suceder al contemplar a lo lejos las llamas en las que estaba envuelto el avión, un bimotor «Bristol» de la compañía AVIACO. En un primer momento se pensó que la aeronave siniestrada era en la que viajaba la selección española de fútbol, que había disputado un partido de clasificación para el Mundial que se celebraría en Suecia al año siguiente. El conjunto hispano regresaba de Glasgow, donde se había enfrentado a Escocia, perdiendo por cuatro goles a dos.

Inmediatamente acudieron los servicios de emergencias para socorrer a los pasajeros siniestrados. Sin embargo, ya nada pudieron hacer por las víctimas, pues habían perecido la totalidad de quienes viajaban en el avión. Durante horas, prolongándose hasta la madrugada, estuvieron los bomberos inspeccionando el amasijo de hierros a que había quedado reducido el aparato en el rescate e identificación de los cadáveres, la mayoría de los cuales serían evacuados de madrugada. Una parte de la cola del avión se había incrustado en el suelo como consecuencia del impacto del aparato, que quedaría sobre una loma.

Viaje de novios

La práctica totalidad de los pasajeros que viajaban en el avión eran gallegos o personalidades gallegas que residían en Madrid. Entre estos se encontraba el magistrado compostelano Rafael Rivero de Aguilar, que era fiscal del Tribunal Supremo, quien perdería la vida en compañía de su hermano y su esposa, Teresa Díaz de Rábago. Otras tristes pérdidas fueron la de dos parejas que habían contraído matrimonio el día anterior. Por un lado, se encontraba la pareja formada por Carlos López y Pilar Calviño, a las que se añadía la constituida por José Maneiro Iranzo, de 30 años, y Genoveva Iglesias Santalla, de 29. Ambas parejas iniciaban un viaje de novios que no resultó precisamente venturoso, ya que sería su último trayecto.

En el accidente aéreo perderían la vida también un ciudadano estadounidense, con raíces gallegas, José Silva Balán, quien tenía previsto regresar a su país de origen después de que hubiese visitado en Galicia a su abuela. De la misma forma, también falleció un ciudadano sueco, un destacado directivo de una empresa de astilleros del país nórdico, que había estado de viaje de negocios por tierras gallegas, concretamente en Ferrol visitando las instalaciones de Astano y Bazán.

En el avión se encontró también un maletín con medio millón de pesetas (3.000 euros actuales) que pertenecía al empresario de Carballo José Fuente, quien había perecido en el mismo vuelo junto a un hijo suyo. La importante suma de dinero en efectivo, muy elevada para la época, era transportada con la intención de adquirir un camión en Madrid.

Entre las anécdotas que se cuentan en torno a este siniestro se encuentra la de que un empresario coruñés, de apellido Tudela, no pudo viajar en el avión accidentado porque cuando llegó al aeropuerto compostelano ya no quedaban plazas disponibles.

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Los últimos verdugos

Los últimos verdugos en una de sus habituales reuniones

Su imagen y su prestancia va íntimamente unida a la España de otro tiempo. A esa España comúnmente llamada profunda, negra o de castañuela y pandereta. Quizás nadie mejor que ellos reflejan los tiempos en los que la práctica totalidad de los españoles se sacrificaban para sobrevivir un día tras otro, donde cada jornada superada bien podía considerarse una victoria. Su profesión no era envidiable, aunque ellos se mostraban satisfechos con su trabajo, una máxima necesaria para ser eficaz donde el resultado final quizás fuese lo de menos o lo de más.

Su oficio consistía en sacarle la vida a sus congéneres. Convivían con lo más raudo y escabroso de su tiempo. Alguien comentó con acierto que nada tenían que envidiar ninguno de estos hombres a quienes ellos ajusticiaban. Algunos de ellos habían sido incluso colegas suyos de correrías en un país en que era frecuente contemplar a los trileros donde había grandes concentraciones de público o también a aquellos otros que, valiéndose de la inocencia y la avaricia de terceros, les «limpiaban» una buena cantidad de dinero. Aunque todo el mundo los conocía como verdugos su nombre oficial fue el de ejecutor de sentencias. Cada uno de ellos actuaba en una circunscripción penal concreta que se les asignaba cuando tomaban posesión de su cargo.

En los últimos años del anterior régimen español fueron objeto de múltiples reportajes y entrevistas, entre ellos un magnífico documental del cineasta Basilio Martín Patino, quien con una excepcional maestría retrataba a la perfección la vida de estos hombres. A ellos, a los verdugos, que se reunían con frecuencia para tratar asuntos relativos a su oficio, les unía no solo el vínculo profesional sino una afición a ciertos placeres terrenos que, en parte, podrían explicar el porqué estos hombres llegaban incluso a sentir orgullo de un trabajo que a muchos les resultaba poco menos que asqueroso. Víctima de resentimientos pasados, un antiguo ejecutor de sentencias, Florencio Fuentes Estébanez acabaría quitándose la vida en el año 1970. Había abandonado su profesión e incluso había sido expedientado en el transcurso de la última ejecución que realizaría en el año 1953, cuando en Vitoria tuvo que ejecutar a Juan José Trespalacios. Quizás fruto de un pasado que no era capaz de superar, Florencio Fuentes se distanciaría de un mundo que le había dado la espalda, viéndose incluso en la necesidad de mendigar.

Los «tres magníficos»

Ellos, por ser los últimos y también por vivir en un mundo al que ya no eran ajenos algunos de los modernos medios de comunicación, entre ellos la televisión y la cinematografía, encarnaron mejor que nadie la genuina imagen del ejecutor de sentencias, como le gustaba que le llamasen a Bernardo Sánchez Bascuñana, un antiguo guardia civil sevillano que en 1949 colgaría el tricornio para cambiarlo por el manubrio que accionaba cada vez que ejecutaba a un preso en el garrote vil. Le gustaba denominarse a si mismo como «el decano» por ser el de más edad, además de ser también el más veterano en la ejecución de reos condenados a muerte. Hombre de profundas convicciones religiosas, no sentía el más mínimo escrúpulo ni resentimiento cada vez que un condenado caía sobre el cadalso tras ser ejecutado. Incluso llegaba a decir que envidiaba al condenado. Le encantaba la poesía y así era frecuente que recitase ante sus compañeros algunos sonetos de grandes autores atribuyéndose para si una falsa autoría. Otro compañero inseparable de su oficio era el alcohol que acabaría ganándole la batalla en el año 1972.

Además de don Bernardo, como le gustaba que le llamasen, se encontraban también en este trío Antonio López Sierra y Vicente López Copete. El primero de ellos ofrecía un aspecto de hombre rudo, como si hubiese estado curtido en mil batallas, siendo también quien mejor encarna el prototipo del español marginado por decenas de razones y que acaba enrolado en una profesión de la que él no distaba mucho de sus potenciales clientes. Al igual que Sánchez Bascuñana, era un bebedor empedernido que había ido voluntario a la División Azul para huir del hambre. Se casó en la adolescencia, con tan solo 17 años, por haber dejado embarazada a quien sería su esposa. Además de participar en la campaña de Rusia, trabajó de albañil y cometió algunos pequeños delitos que le harían dar con sus huesos en la cárcel.

López Sierra fue el encargado de dar muerte a José María Ruiz-Jarabo, reo que se hizo célebre por asesinar a dos prestamistas y a dos mujeres en el Madrid de los años cincuenta. La ejecución, de por si, no dejaba de ser un puro contraste de la época. El famoso Jarabo, un dandy de una aristocrática y acaudalada familia española, en tanto que su verdugo no dejaba de ser un pobre hombre procedente del árido rural extremeño, quien se había tenido que agarrar a una lúgubre profesión para sobrevivir. Sin embargo, lo peor no es el contraste, que en este caso no deja de ser secundario, sino el hecho en si de la ejecución. Casi media hora tardó en acabar con el fornido y atlético cuerpo de Jarabo. Cuentan las crónicas que se encontraba borracho, algo que era muy habitual en él, máxime si tenía que llevar a la práctica su trabajo.

Una mujer

Otra anécdota que roza lo macabro y lo curioso a la vez es cuando en el año 1957 se vio obligado a acabar con la vida de una mujer, Pilar Pradas Santamaría, de 31 años de edad, conocida como «la envenenadora de Valencia». La joven había dado muerte a las esposas de los señores de las familias para las que trabajaba con el objetivo, según parece, de casarse con alguno de ellos, finalidad que nunca alcanzaría. Ella representaba a la perfección la clásica mujer española de Posguerra. Era analfabeta y carecía de cualquier cualificación profesional. A López Sierra, cuando supo que su próxima víctima sería una mujer, le entró la vena compasiva. Mantuvo con ella una breve conversación en la que la condenada le preguntó si tenía hijas. La ejecución se demoró un par de horas a la espera de un indulto que nunca llegaría.

A la muerte de Franco, en plena Transición democrática, los viejos aparatos fabricados por herreros son relegados para siempre al baúl de los recuerdos. Es entonces cuando Antonio López reinicia una nueva vida en la que ayudará a su esposa en la portería en la que trabaja, emplazada en una finca del madrileño barrio de Malasaña. Allí, el viejo verdugo tratará de distanciarse de su antiguo oficio, intentando pasar desapercibido entre el vecindario, evitando hablar en todo momento de la profesión que ha ejercido durante casi 30 años. Moriría en 1986 y, al igual que don Bernardo, el alcohol jugó un papel decisivo para quebrar definitivamente su salud.

El más joven de los ejecutores de sentencias era Vicente López Copete, contaba un año menos que López Sierra, de quien también era paisano. Parece ser que eran amigos de correrías antes de entrar en el «Cuerpo de Verdugos», aunque su carácter dista bastante del de su colega. Quizás encaje mejor con el de don Bernardo, por su carácter abierto, afable y con un punto divertido. Hablaba con mucha naturalidad de su profesión y para nada mostró nunca resentimiento o arrepentimiento alguno acerca de las decenas de ejecuciones que llevó a cabo. Narraba las anécdotas con cierto gracejo y también era aficionado al alcohol y las mujeres. Esta última afición la llevaría a situaciones extremas, ya que sería condenado por estupro, lo que le valdría ser expulsado de la profesión.

A Copete, que era titular de la Audiencia de Barcelona, le correspondía la ejecución de Puig Antich y el ciudadano alemán Heinz Chez. Sin embargo, por esas fechas, en marzo de 1974, se estaba tramitando su expediente de expulsión por lo que hubo de ocupar su puesto José Monero Renomo, el verdugo que había ocupado la vacante dejada por el fallecimiento de Sánchez Bascuñana. Carente de cualquier experiencia, hasta desconocía como funcionaba la tétrica máquina de matar. Incluso se cuenta que no utilizó el palo vertical que se empleaba para provocar la dislocación de las vértebras del reo y finalmente acabó realizando una brutal carnicería en la que el condenado tardaría más de media hora en morir. Hay quien dice que fue literalmente degollado, aunque este extremo no se ha podido probar nunca. Lo que si se sabe es que el director de la cárcel advirtió a todos los presentes de que mantuviesen aquel hecho en el más escrupuloso de los silencios. Su ejecutor fallecería en 1986 en Sevilla.

A raíz de su expulsión como funcionario de Justicia, Vicente López Copete se iría distanciando paulatinamente de su viejo amigo Antonio López Sierra. Esa distancia no sería solo personal sino también física. Al viejo verdugo, padre de seis hijos, se le empieza a perder la pista en 1974, aunque se sabe que fue el último en fallecer. Su óbito se produjo en la localidad alicantina de Elche en el año 1996. Con su desaparición, se perdía también una parte de esa España tomada en viejas fotos en blanco y negro y reproducidas a toda plana en huecograbado en las primeras páginas de las publicaciones de otro tiempo, bajo una impresionante mancheta colorada.

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Berruezo y Antonio, futbolistas muertos en apenas medio año

Pedro Berruezo jugando con el Sevilla

La temporada 1972-73 será recordada siempre con gran amargura por la afición del mítico conjunto del «Hai que Roelo», aquel equipo que deslumbrara a los aficionados españoles tan solo unos años atrás dando extraordinarias muestras de brío y hombría. Sin embargo, su final no solo sería amargo sino que se le puede calificar de dramático y trágico. Al descenso a los infiernos que representó la Tercera División se sumaron la muerte de dos futbolistas, uno que militaba en las filas granates, Antonio López Martínez y la de Pedro Berruezo Martín, futbolista del Sevilla CF, quien moriría en el estadio de Pasarón el 7 de enero de 1973, cuando todavía flotaba en el ambiente de la ciudad del Lérez el óbito reciente del gran defensa de la etapa gloriosa etapa de su equipo.

Aquella tarde del primer domingo de enero de 1973, el año de la crisis del petróleo, se disputaba en Pasarón el partido correspondiente a la decimoctava jornada de liga correspondiente a la Segunda División española. El estadio de A Boa Vila se encontraba embarrado, algo muy habitual por tratarse de los meses invernales. Ambos equipos eran dos rudos contendientes que pugnaban por reconquistar un glorioso pasado que habían perdido recientemente. Pese a todo, nada hacía presagiar que lo que prometía ser una clásica y divertida tarde de fútbol, de las que ya no ne quedan, terminase en tragedia.

Al descanso de los primeros 45 minutos el cuadro local vencía por un solitario gol al hispalense, conseguido en el minuto 26 por Vavá. La reanudación prometía ser un choque de trenes como lo había sido el primer tiempo, en la que ambos conjuntos saldrían como toros al terreno de juego en busca de una victoria que incrementase sus opciones de jugar la próxima campaña en la máxima categoría. Sin embargo, ese furor se paralizó de forma repentina cuando apenas se llevaban jugando cinco minutos del segundo tiempo.

Desplomado

Los jugadores de uno y otro equipo se vieron muy sorprendidos al ver que en el minuto 50 de partido se desplomaba Pedro Berruezo, levantando un brazo como si se encontrase mal. El lance se produjo en el instante en el que futbolista hispalense intentaba desmarcarse para recibir un pase, tras un saque de banda que iba a efectuar su compañero Blanco. De inmediato se encendieron todas las alarmas en Pasarón. El médico del cuadro local, el doctor Díaz Lema, saltó la grada para auxiliar al jugador sevillista. Los camilleros de la Cruz Roja lo trasladarían hasta el vestuario, donde el galeno gallego intentó reanimarlo, sin éxito. Para ello le suministró una inyección de coramina, pero el deportista no reaccionó.

Pedro Berruezo sería posteriormente trasladado a la clínica Mayoral de la ciudad del Lérez. Sin embargo, todos los intentos que se hicieron para intentar que recobrase su salud fueron en vano, ya que ingresó cadáver en el centro sanitario. Los jugadores de ambos equipos se enterarían de la muerte de su compañero a la conclusión del encuentro, que terminaría con victoria local por dos goles a cero, aunque el resultado fuese lo de menos. En aquel entonces no era obligatoria por ley la realización de autopsias a las personas que fallecen de forma repentina o sin que aparentemente estén enfermas, por lo que el cuerpo de Berruezo sería trasladado a la capital hispalense en la que le aguardaban 25.000 personas para tributarle la última despedida.

Nunca se supo la causa concreta de la muerte del magnífico futbolista andaluz, que contaba con solo 27 años en el momento de morir, aunque, a diferencia de lo que se sostuvo en un principio, se cree que esta pudo haberle sobrevenido a causa de un infarto cerebral. Pedro Berruezo había sufrido tres desvanecimientos con anterioridad. Uno que había causado cierta sensación entre los aficionados en Alicante, frente al Hércules, que era el más reciente. Otro de ellos había tenido en la Nova Creu Alta frente al Sabadell, además de haberse desvanecido en el estadio de Lasesarre jugando contra el Barakaldo.

Su muerte causó una profunda consternación en el mundo del fútbol español de la época. Era, además, el primer futbolista que fallecía en el rectángulo de juego. El segundo sería, curiosamente, otro jugador del Sevilla, Antonio Puerta, quien moriría el 28 de agosto de 2007 en un partido de liga que disputaba su equipo contra el Getafe. Si bien es cierto que este último abandonó el terreno de juego tras encontrarse mal y sufrir hasta cinco desvanecimientos en los vestuarios.

Viuda embarazada

Pedro Barruezo Martín, que había nacido en Melilla el 25 de mayo de 1945, dejaba a su esposa embarazada de su segundo hijo, pues el matrimonio contaba además con una niña de muy corta edad. En la tarde previa al partido, el futbolista había enviado a su esposa una postal desde la ciudad del Lérez. Antes de jugar en el Sevilla CF, había defendido los colores del CD Málaga, quien lo había traspasado al cuadro de la ciudad hispalense por 4.200.000 pesetas(25.200 euros actuales).

Con el transcurso de los años, su viuda Gloria Bernal, se había visto obligada a demandar al club para que se le concediese una ayuda económica mensual, que ascendía a 15.600 pesetas(91,88 euros) en tanto sus hijos no alcanzasen la mayoría de edad.

El hijo póstumo de Berruezo, Pedro Berruezo Bernal jugaría en el mismo escenario en el que había fallecido su padre el 1 de junio de 2008, en un partido correspondiente a la promoción de ascenso a Segunda División, militando este la AD Ceuta. El jugador sería homenajeado tanto por los componentes de la junta directiva del Pontevedra como por la afición, quien le tributaría sentidos y unánimes aplausos. No era para menos.

Antonio López Martínez

Cuando estaba a punto de concluir la temporada 1971-72, el Pontevedra CF se vería trágicamente sorprendido por vez primera. El 15 de mayo de 1972 su futbolista Antonio López Martínez, de 28 años de edad, fallecería como consecuencia de las heridas sufridas en un accidente de tráfico a la altura de Rande, muy próximo a donde se alza el actual puente sobre la ría de Vigo. Antonio López acompañaba a su compañero, el guardameta granate Antonio Illumbe, que era quien conducía el vehículo marca Austin Morris, tras haber pasado la madrugada en Vigo. La noche anterior habían vencido al Oviedo por dos goles a cero, en partido correspondiente a la trigesimoséptima jornada del Campeonato Nacional de Liga de Segunda División.

El accidente que le costó la vida al jugador granate se produjo a las seis de la madrugada tras derrapar el coche que conducía su compañero Illumbe en una curva y una contracurva en la que supuestamente el conductor las había tomado con exceso de velocidad, no respetando la señal que aconsejaba no circular a una velocidad superior a los 40kms/h.

Algo más de un año más tarde, el portero del Pontevedra sería condenado a pagar una indemnización de 750.000 pesetas(4.500 euros actuales) a los herederos del fallecido por un delito de imprudencia simple con resultado de homicidio. Antonio dejaba viuda y dos niños de muy corta edad, el mayor de tres años y el pequeño de apenas doce meses. Asimismo, se le obligaba a satisfacer algo más de 173.000 pesetas(1.039 euros actuales) en concepto de gastos médico farmacéuticos. De la misma forma, sería condenado a tres meses de arresto mayor y a la privación del carnet de conducir durante un año.

Antonio López Martínez, que era natural de la villa pontevedresa de Marín, había sido uno de los clásicos integrantes del mítico once del «Hai que Roelo» junto a Cholo, Batalla, Irulegui o Martín Esperanza, entre otros. Había iniciado su carrera deportiva en el Algeciras, para luego venir al equipo de su tierra. Posteriormente sería traspasado al Sevilla, quien se lo cedería al Elche. Finalmente recalaría de nuevo en el equipo que le había visto crecer como futbolista, el Pontevedra CF.

Se da la curiosa circunstancia de que ambos futbolistas fallecidos en tan breve lapso de tiempo, ya que poco más de siete meses separan una muerte de la otra, habían sido compañeros en la plantilla del Sevilla CF, equipo en el que había militado Antonio en la temporada 1970-71. Si bien es cierto que el jugador gallego nunca llegó a debutar con el cuadro hispalense en competición oficial, ya que ese año sería cedido al Elche. Casualidades tiene la vida.

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85 muertos en el accidente aéreo de A Coruña

Imagen del avión siniestrado. LA VOZ DE GALICIA

Acercarse a la Galicia de hace algo más de 45 años es viajar a un tiempo en el que todavía convivía el viejo arado romano y el tradicional carro del país, que tanto cantaba su eixo por los caminos y corredoiras con nuevos e innovadores inventos, tales como la lavadora o la televisión que le hacían vislumbrar un futuro más prometedor a las nuevas generaciones de gallegos que el que habían tenido sus ancestros. Sin embargo, había unas infraestructuras viarias todavía muy pobres y deficientes que también convivían con tres modernos aeropuertos que proyectaban una imagen vanguardista del país gallego, aunque no dejaba de ser un escaparate que reflejaba un rancio y manido desarrollismo que para nada traslucía la auténtica vida de cientos de miles de paisanos del interior que aspiraban a «ir tirando» tras un par de vacas marelas que no le auguraban ningún porvenir prometedor. Solo le servían para ese sustento diario, además de cotizar para lo que comúnmente se llamaba «a agraria» o «el censo», con la finalidad de alcanzar una mísera pensión el día de mañana que les daría para sobrevivir con bastantes privaciones.

De América llegaban todavía algunas rezagadas cartas de aquellos que no habían podido regresar de La Habana, Buenos Aires o Montevideo. Ahora se prodigaban las procedentes de Munich, Lausana, Londres, Burdeos, Amsterdam o Bruselas, cuyos autores se dejaban ver en los meses estivales a bordo de unos magníficos coches de aspecto deportivo y colores chillones, al tiempo que vestían unos desfondados pantalones de campana y unas coloridas camisas de flores, a los que se añadían unas enormes y llamativas gafas de sol que cubrían prácticamente su rostro, que despertaban la clamorosa y furtiva atención de muchos de sus convecinos, principalmente los que ya tenían una cierta edad, espectacularmente impresionados de observar a aquellos mocetones que representaban la ancestral reencarnación del antiguo emigrante indiano, aunque ahora cambiase radicalmente su apariencia y compostura.

En ese dicotómico ambiente del ser o no ser, del aparentar, de cambiar, en el que todavía se alternaban los grupos de gaiteiros en las fiestas con las modernas orquestas, en las que destacaban ya sus potentes equipos de sonido y la hueca y cáustica voz de su animador se desarrolla la Galicia de la primera mitad de los años setenta, que no solo luchaba por sobrevivir sino también por escapar del finisecular atraso al que había sido relegada desde tiempos inmemoriales. Eran todavía pocos o muy pocos los gallegos que viajaban en avión, aunque ya había tres aeropuertos. El transporte más habitual del habitante medio de la Galicia de la época solía ser el autobús, al que por influencia de la emigración americana se le seguía llamando haiga. Los vehículos utilitarios eran más bien escasos y solo las familias de un cierto poder adquisitivo se lo podían permitir.

A pesar de la escasa popularidad entre los gallegos de entonces de los medios aéreos, Galicia se vería sorprendida a media mañana de aquel ya lejano lunes 13 de agosto de de 1973 por una espectacular tragedia aérea que le costaría la vida nada y nada menos que a 85 personas, siendo el accidente de transporte más trágico en la historia de Galicia. Quienes se llevarían el peor trago serían los vecinos de la parroquia de Montrove, en el municipio de Oleiros, que verían como una aeronave se desplomaba a lado de sus casas dejando tras de sí un rastro de destrucción difícilmente descriptible y que todavía permanece en la memoria de muchos de ellos.

Niebla

El factor atmosférico fue fundamental a la hora de producirse este siniestro. El avión del vuelo 118, perteneciente a la compañía AVIACO, había despegado del aeropuerto Madrid-Barajas a las nueve y cuarto de la mañana. Su piloto, Rafael López Pascual, era un experimentado aviador de tan solo 34 años de edad con 8.600 horas de vuelo. En el momento de hacer su primera aproximación al aeródromo coruñés de Alvedro, alrededor de las diez y cuarto de la mañana, fue informado desde la torre de control que había muy escasa visibilidad a consecuencia de la densa capa de niebla que ese día cubría todo el área litoral gallega.

El piloto persistiría en su actitud en torno a 50 minutos más tarde, siendo informado de nuevo desde el centro de control de las dificultades que conllevaba el aterrizaje en las instalaciones aeroportuarias coruñesas. Se barajaba la posibilidad de conducir la aeronave hasta Santiago de Compostela, cuyo aeropuerto se encuentra a tan solo 45 kilómetros del coruñés, además de contar con una excelente visibilidad por encontrarse el día despejado. Sin embargo, tal opción fue desechada por el comandante de vuelo debido a los trastornos de carácter económico y logístico que representaba para la compañía en la que trabajaba, quien entregaba a sus pilotos una acreditación de su valía si lograban aterrizar en condiciones adversas. Esta práctica sería desechada y prohibida a raíz de este trágico accidente. Además, el piloto contaba con la suficiente cantidad de combustible para reintentarlo de nuevo.

Pese a carecer de las condiciones climáticas favorables, el aviador, a quien posteriormente se responsabilizaría del siniestro, persistió en su actitud de intentar aterrizar. Al intentar tomar tierra, a las 11 horas y 42 minutos de la mañana, la aeronave descendió demasiado y rozó con unos eucaliptos próximos al pazo de Montrove, lo que provocaría su choque frontal contra la vieja edificación y la posterior explosión e incendio del avión.

Al igual que sucedería 40 años más tarde con la tragedia ferroviaria de Angrois, los vecinos, asustados y espantados por las tres explosiones que se escucharon tras el accidente, fueron quienes primero se personaron en el lugar de los hechos con el desinteresado afán de ayudar a las posibles víctimas del siniestro. Sin embargo, su generosa actitud de poco o nada serviría, ya que, entre entre el dantesco espectáculo formado por hierros y la chamusquina provocada por el incendio, solamente sobreviría un hombre, quien todavía estaba sujetado por el cinturón que sería cortado por algún vecino con un hacha, que fallecería pocas horas después en la Residencia Sanitaria Juan Canalejo de la capital herculina.

Olor nauseabundo

Contaba el vecindario muchos años después al rotativo La Voz de Galicia que cuando acudieron a auxiliar a las posibles víctimas percibieron un olor nauseabundo procedente del fuselaje del avión que había sido reducido a una calcinada chatarra. En ella se podían observar decenas de cuerpos inertes que habían quedado completamente calcinados, fruto del accidente que había sufrido la aeronave.

Se movilizaron los escasos servicios de emergencias con los que contaba la Galicia de la época, pero de nada sirvieron, ya que en aquel siniestro habían perecido un total de 85 personas, 79 viajeros y seis tripulantes. Entre las anécdotas que todavía recordaban los vecinos de Montrove se encuentra la tétrica imagen de haber contemplado a una azafata, a cuyo cuerpo se agarraban dos niños pequeños con el fin de encontrar un refugio que los liberase de un trágico destino como tuvo el vuelo 118.

Es cierto que a raíz de este accidente que conmovió a la España de aquel entonces se cambiaron algunas normativas de la navegación aérea, tales como la de ofrecer primas y acreditaciones a pilotos que aterrizasen en condiciones adversas para evitar trastornos a las compañías. Sin embargo, para los que perecieron en Montrove llegaron demasiado tarde. Y es que en España las medidas destinadas a evitar riesgos innecesarios siempre se toman cuando ocurre alguna tragedia. Montrove no fue la primera, pero tal vez Angrois tampoco sea la última. Vaya por delante que quien esto escribe estaría muy orgulloso de equivocarse.

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El Matón de O Courel

Sierra de O Courel en Lugo

Han pasado ya 80 años desde que concluyera aquel sanguinario conflicto que desangró a España y son muchos los que todavía tienen ciertos reparos e, incluso, miedo cuando se habla de historias pretéritas en O Courel. Parece como si todavía algunos sintiesen el aura o el aliento de un tiempo lejano en el que las hermosas montañas lucenses sirvieron de refugio y huida para algunos de los perdedores de la contienda civil, aprovechando lo escarpado de su terreno.

Al principio de la guerra la violencia se cebó con los más débiles, aprovechando el clima de impunidad que provocaba la generalización del caos y el hecho de poder acusar a cualquiera de la circunstancia más nimia para dispararle un par de tiros. Hubo en todo el territorio gallego hombres que se enfundaron en una vulgar casaca azul y fueron provistos de armas de fuego con las cuales perpetraban arbitrariedades a diestro y siniestro, sin importarles lo más mínimo regar de dolor, sangre y desolación a sus pueblos, creando un clima de terror y odio que aún parece estar presente en la mente de aquellos hombres y mujeres más maduros. Les cuesta hablar. No es extraño, porque el ambiente siniestro y tenebroso creado por aquellos criminales les persigue como si se tratase de una funesta nube gris que todavía se sigue vislumbrando en nuestros días.

Uno de esos hombres que se caracterizó por el tiro fácil y el empleo indiscriminado de la violencia fue Emilio Aira, un conocido falangista que sembró de sangre y terror un precioso terreno verde y escarpado hace ya más de 80 años. Al despiadado falangista le servía cualquier pretexto para deshacerse de un enemigo con el que mantenía diferencias que nada tenían que ver con cuestiones políticas. La excusa más frecuente que empleaba para matar era el falso testimonio, acusando a algunos vecinos de robar herramientas que se estaban empleando para hacer la carretera comarcal LU-651 que va de O Courel a Quiroga. Una de esas víctimas inocentes fue Amador García, para quien emplearon esa falsa acusación. Le pegaron un par de tiros y ahí se acabó la historia, quedando impune su crimen. A consecuencia del disgusto fallecería también su novia.

Uno de los acontecimientos más escabrosos en esta retahíla criminal de un hombre carente de escrúpulos fue el asesinato de un conocido músico de verbena, Manuel Cela, a quien le proporcionaron una brutal paliza en la aldea de Teixeira. Cuando aún estaba vivo lo enterraron en una cueva de gran profundidad. El padre de la víctima, alertado del suceso, fue a socorrer a su hijo, pero ya nada pudieron hacer por salvarle la vida al pobre hombre que fue extraído de la hondura con unas cuerdas. Sin embargo, no sería esta la última de las fechorías aunque si una de las que más impresión causó, incluso entre sus partidarios.

Aira era conocedor de que al frente de un grupo de forajidos, que escaban de una muerte segura, se encontraba una mujer, cuyo nombre se desconoce. Solamente se sabe que la mataron de forma traicionera y se apoderaron de sus pertenencias. Entre ellas se encontraban algunas cartas de su novio, que era de la aldea de Visuña. Conocedores de esta circunstancia, Emilio Aira y sus secuaces, lo quitaron de su casa a empujones y lo llevaron hasta el puente de Ferreirós de Abaixo, donde le dieron muerte. Asimismo, se encargaría de dar muerte también a un cartero de la zona porque supuestamente transportaba algunas piezas de ropa hechas por la madre de un republicano.

Otro hecho de singular violencia -perpetrado por este psicópata- fue el asesinato de un hombre asturiano, quien presuntamente era un herido de guerra republicano, pues le faltaba una pierna. Coincidió «O Matón» y los suyos con él en una taberna y le dieron muerte, abandonado su cadáver en o Alto de Rebolos, en el que estaría abandonado durante más de una semana. Le acompañaba un perro, que demostraría una fidelidad a prueba de bomba, pues no se separaría de su amo durante el tiempo que estuvo abandonado su cuerpo hasta que le dieron sepultura definitiva.

Son muchas las muertes violentas que se cuentan en la zona de o Courel en aquel sangriento verano de 1936. Una de ellas atribuida a los falangistas, si bien es cierto que no se puede corroborar que estuviese presente Emilio Aira. En este caso se sabe que fue vilmente asesinado un vecino de la parroquia de Visuña, a quien dispararon desde un pozo. Posteriormente, la Guardia Civil se encargaría de llevar su cuerpo en un burro hasta el cementerio de la parroquia de la que era originario.

Muerte de O Matón

Hay quien se cree firmemente la máxima de que a quien hierro mata a hierro muere. De todos es sabido que es una forma de implorar a esa justicia divina que muchas veces no se cumple. Sin embargo, hay otras en la que se lleva al pie de la letra. Los desmanes protagonizados por Emilio Aira, especialmente tras el asesinato de un músico y un cartero, provocaría las denuncias y protestas de las familias de las víctimas. A las autoridades nacionales no se les escapaba que su modo arbitrario de impartir justicia les creaba una mala imagen. Por ello, o Matón sería llamado a filas, para así poder satisfacer su sed de sangre.

Por lo que se cuenta, o lo que se conoce, se dice que Emilio Aira fue destinado a una compañía en la que había un sargento de O Courel, que era conocedor de las barbaridades que había perpetrado. Un buen día este militar le puso su pistola a la altura de la oreja y le dijo al tristemente célebre sádico «a min meu pai ensinoume a curtala herba ben rente». Esa misma fue la explicación que dio a muchos de los vecinos donde aquel criminal se había hecho célebre, extendiendo el terror y la violencia indiscriminada entre las gentes con quienes, se podría decir, que compartía un mismo techo.

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Impunidad para un crimen cometido en Ferrol

Serantes, Ferrol, donde ocurrió este crimen

A primeras horas de la mañana de aquel 5 de junio de 1992 un sobrino suyo, que se llamaba Ramón, encontró el cadáver de Amelia Orjales Beceiro tendido sobre un gran charco de sangre. Se suponía que su asesino se había ensañado con ella hasta donde le era menester en busca de un objetivo que, se supone, no consiguió. Una impresión brutal y temerosa para cualquier ser humano lo que sufrió el familiar de la mujer asesinada. De inmediato, puso en conocimiento de las autoridades pertinentes el hecho para tratar de aclarar lo que había acontecido para que su tía apareciese brutalmente asesinada.

Es a partir de ahora cuando empiezan los dimes y diretes, el ajusta y compón de un suceso que conmocionó a una pequeña población rural, como es Serantes, perteneciente al término municipal de Ferrol, en el que todo el mundo se conoce y existe una familiaridad máxima entre el vecindario. Ramón llamó de inmediato al 092 y los primeros en personarse fueron los agentes de la Policía Local de la ciudad departamental y es, a partir de ese momento, cuando se inician los desbarajustes en una investigación que no debería requerir una gran complicación.

Hay aspectos muy turbios en este asunto, que recuerdan al famoso Crimen de Los Galindos en la provincia de Sevilla, relacionados con la investigación. La familiaridad de la que se hablaba antes pudo llegar a que los vecinos invadiesen el domicilio de la víctima, previamente a la llegada de los guardias municipales o no se sabe muy bien si entraron en la casa cuando estos se personaron en el lugar de autos.

Robo

Todas las hipótesis apuntaban a que el móvil del crimen que le costó la vida a Amelia Orjales fue el robo, además de ser, supuestamente, una persona conocedora de su casa y sus costumbres. Se sospecha que el presunto autor de su muerte era conocedor de que la víctima tenía una acusada sordera y que supuestamente entró en su casa por la parte posterior de la vivienda, con el ánimo de robarle 300.000 pesetas (1.800 euros al cambio actual), que la mujer guardaba en una manta eléctrica. Sin embargo, sospechaban también los investigadores que el ladrón pudo verse sorprendido por la víctima y, ahí al reconocerlo, fue cuando perpetró su brutal crimen, asestándole un total de 20 puñaladas.

En su huida, al parecer, dejó abundantes huellas. Una de ellas estaba situada en el alféizar del la ventana por la se suponía que había huido. Pero, una vez más, al estar contaminado de otras pegadas, principalmente de los vecinos, ya que el escenario del crimen no fue protegido convenientemente, todo ello daría al traste con la investigación. En un primer momento se pensaba que el caso se resolvería en cuestión de días. Todo más tardar, semanas.

Seguramente se cree que el asesino era sabedor que esta mujer de 67 años de edad, que era soltera, vivía sola, así como tampoco se desechaba la posibilidad de que conociese los hábitos de su vecindario. La única pista que encontraron los investigadores de la Brigada de Homicidios cuando se hicieron cargo del caso fue que la televisión estaba encendida y la víctima tendida en el suelo frente a ella. Pero, poco o nada aportaría esta pista al esclarecimiento del suceso.

Se sabe que el criminal no logró su objetivo, pues el dinero en efectivo aparecería sobre una manta eléctrica en la que Amelia Orjales solía esconderlo. Cuando se hizo cargo del caso la jueza Pía Iglesias ordenó que se limpiase y desbrozasen los ribazos que rodeaban la casa, por si el autor del crimen hubiese arrojado a los mismos el arma homicida. Una vez más, la investigación no dio los resultados esperados, pues tampoco se encontró ninguna nueva prueba que arrojase un hilo de luz a un suceso que ya había nacido viciado de antemano.

Los forenses dictaminaron en su informe que la víctima habría muerto en torno a las nueve de la noche del día 4 de junio, unas 12 horas antes de ser encontrado su cadáver. Se interrogó a los vecinos preguntándoles si a esas horas habían visto a alguien merodeando alrededor de sus viviendas o de la víctima. Una vez más, los resultados fueron negativos.

Han transcurrido ya más de 20 años sin que se incoasen nuevas diligencias, por lo que el crimen ha prescrito, quedando en la más absoluta impunidad. Tal como está redactada la legislación, no se podría emprender ninguna acción contra el supuesto asesino aunque se declarase autor del mismo, aunque, todo hay que decirlo, eso es muy complicado que suceda.

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Dos toxicómanos asesinan a tres personas en una vivienda de la calle Sáinz de Baranda, en Madrid

Algunos jóvenes españoles de la década de los ochenta fueron víctimas de la heroína, esa substancia adictiva que con tanta facilidad y a elevadas sumas de dinero les proporcionaban unos traficantes que carecían de cualquier escrúpulo. Una pareja de drogadictos son los grandes protagonistas de la siguiente historia que tiene como escenario un acomodado barrio de la capital de España, en la segunda mitad de la década de los años ochenta del siglo pasado.

Cuando la mañana de aquel martes, 28 de enero de 1988, día de Santo Tomás de Aquino para más señas, fueron encontrados los cadáveres de tres personas sexagenarias en el número 50 de la madrileña calle Sáinz de Baranda a muchos madrileños, principalmente los que ya superaban los 50 años en aquel entonces, se le vino a la imaginación la figura de un célebre psicópata que había perpetrado otro crimen múltiple hacía ya 30 años. Para quienes conozcan mínimamente la historia de Madrid sabrán que nos estamos refiriendo a Jose María Jarabo Pérez-Morris. El acontecimiento tiene unos tintes que lo asemejan, aunque sus circunstancias son extraordinariamente diferentes.

La preocupación se había apoderado de los porteros de la finca en la que residían el matrimonio de nacionalidad estadounidense formado por William Galdner y la española nacionalizada norteamericana, Amelia López del Moral, con quienes convive su criada, Benita Carretero Martínez, española natural de la localidad de Socuéllamos, en la provincia de Ciudad Real. Al percatarse María, la portera, de que la luz está casi siempre encendida, desde el pasado domingo, decide poner los hechos en conocimiento de Mateo, un colega suyo que es hermano de la criada del matrimonio Galdner.

Desmayo

Mateo Carretero, el hermano de Benita, posee un juego de llaves que emplea habitualmente para acudir de cuando en vez hasta el piso del matrimonio, cuando este viaja al país de origen del hombre, a realizar alguna ronda de vigilancia, ya que los viajes a EE.UU. son muy habituales por parte de la pareja. Ante las señales de que ha podido ocurrirles algo, tanto María, la portera del número 50, como Mateo, llaman reiteradamente al timbre de la puerta de la familia, pero nadie contesta. Tampoco se oye ruido alguno, por lo que se encienden todas las alarmas.

Deciden abrir la puerta con las llaves que posee Mateo y se encuentran con el macabro y truculento hallazgo del cuerpo ensangrentado de Benita Carretero. La portera no da crédito a lo que ven sus ojos. Se encuentra fuera de si como anonadada. No encuentra explicación a todo cuanto ve. Solamente se divisa sangre por todas partes. Posteriormente, es encontrado el cadáver de la señora de la casa, Amelia del Moral, lo que empieza a provocarle grandes sofocos y está a punto de desmayarse. Por lo que ella, ya no decide examinar más. Finalmente es encontrado el cuerpo, también completamente ensangrentado del ciudadano norteamericano, un conocido ingeniero. En los lavabos se encuentran también dos cuchillos que han sido cuidadosamente lavados, con los que supuestamente se perpetraron las tres muertes.

A la Brigada de Homicidios de la capital de España le espera un más que arduo trabajo para resolver una matanza que atemoriza a los madrileños, después del noviembre sangriento que ha vivido la calle Orense. Solamente cuentan con un dato de cierto interés. La última vez que se ha visto a William Galdner ha sido en la mañana del domingo, 26 de enero, cuando bajó a comprar la prensa a un quiosco que se hallaba muy cerca de su domicilio. En un principio se descarta el móvil del robo, pese a que la casa se encuentra completamente revuelta. Además, se cuenta con el dato de que la posición acomodada del matrimonio les hace ser muy desconfiados y no abren la puerta a desconocidos.

Sobrina de Benita

Tras efectuar las oportunas pesquisas e indagaciones, apenas una semana después de encontrar los tres cadáveres de los sexagenarios asesinados, son detenidos Francisco Sánchez Medina, de 28 años, un individuo que cuenta con numerosos antecedentes policiales y su novia, María de los Ángeles Carretero López-Soro, de 25, una sobrina de la criada, Benita Carretero. Ambos son pareja sentimental, a quienes une también su habitual consumo de estupefacientes.

La detención se llevó a cabo después de hacer varios descartes, entre ellos a otra sobrina de la criada que nada tenía que ver con el asunto. Gracias a la familiaridad y amistad de la que gozaba con Benita, fue ello suficiente para que les franquease la puerta del domicilio del matrimonio Galdner. Al parecer, la pareja acudió junto a su familiar para que les facilitase dinero con el que adquirir heroína.

Al percatarse de sus pretensiones, la criada de la casa reiteró en sucesivas ocasiones su negativa a darles dinero para la adquisición de estupefacientes. Aquí es donde comienza la tragedia. Se pasa a una acalorada y brutal discusión, en la que se suceden los primeros golpes y empujones, además de mostrarles la joven pareja un cuchillo de monte. Al oír los gritos, se personan en el lugar el matrimonio propietario de la vivienda, quienes intentan expulsar de la misma a aquellos intrusos. Es entonces, cuando la pareja de drogodependientes inicia su orgía sanguinaria, una lucha que es visible merced a como encontrarían posteriormente los investigadores los distintos muebles de la casa, entre ellos algunos armarios, que están movidos o desencajados de su sitio.

En el transcurso del grave incidente, William Galdner intenta alcanzar el teléfono para llamar a la policía, pero lo hace en vano, ya que los intrusos le propinan cuchilladas, ya no solo con su propia arma, sino de otras de las que se han apoderado en la cocina. El cadáver de este último presentará una terrible herida de arma blanca en el pecho, que muy probablemente le hubiese ocasionado la muerte. Su asesinato es contemplado por su mujer y la criada, quienes son apuñaladas con un machete y el cuchillo de 15 centímetros que habían encontrado en la cocina. También es asesinada su esposa, que ha intervenido en defensa de la criada, en un horrible espectáculo sanguinario, provocado, tal vez, por el síndrome de abstinencia que les ocasionaba el consumo de drogas. Por si fuera poco, se cercioran de la muerte de sus víctimas rematándolos con varias cuchilladas cuando ya están tendidos en el suelo en estado moribundo.

Una vez que han dado muerte a todos los moradores de la vivienda, inician un recorrido por las estancias de la casa, revolviendo en todos los cajones en busca de objetos de valor. Se estima que el valor de los sustraído alcanzaba los cinco millones de pesetas (30.000 euros al cambio actuales), aunque habían podido dejar otro tanto esparcido por todos los rincones de la vivienda. Salen al exterior, dándole la vuelta a sus ropas con la finalidad de que no se les vean las manchas de sangre que les ha dejado la matanza.

Detención

La detención de los asesinos tiene lugar en la calle Humanes de Madrid, sita en el Puente de Vallecas, una zona muy afectada por los problemas derivados del tráfico de estupefacientes. La policía los detiene en la tarde del martes, 4 de febrero de 1988. En el domicilio en que conviven les hallan también algunas joyas que han substraído de la casa de los Galdner. Otras alhajas han sido ya vendidas a un negocio de compraventa. La venta de las mismas pone en guardia a los Brigada de Homicidios de Madrid, quien muy pronto se pondrá en la pista adecuada.

Hasta la fecha de su detención, la pareja hace una vida completamente normal por la ciudad de Madrid. María de los Ángeles, incluso, acompaña a su padre, hermano de Benita, en el funeral por esta y en el Instituto Anatómico Forense, lugar al que había sido trasladado su cadáver. Además, muestra en todo momento un gran abatimiento y dolor por la muerte de su tía, aunque la policía ya la tenía en su punto de mira.

El juicio contra los autores de un crimen que aterra a la ciudad de Madrid se celebraría en junio de 1989. Francisco Sánchez Medina, conocido como «el Orejas» sería condenado a 44 años de cárcel, mientras que María de los Ángeles Carretero López-Soro sería condenado a 51 años de prisión, por no estimarse en ella la eximente de trastorno mental transitorio.

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