15 muertos en accidentes en Terra Chá en el año 1990

Accidente de tráfico

La última década del siglo XX se presentaba como «lo nunca visto». Parecía que se iniciaba el camino hacia un nuevo siglo y un nuevo milenio en lo que todo iba a cambiar de manera formidable y excepcional, en la que los avances tecnológicos iban a desempeñar una función fundamental en un futuro próximo. Nada sería imposible en los siguientes diez años y sucesivos en los que parecía adivinarse un futuro muy prometedor y cargado de venturas. La realidad sería completamente distinta, ya que tras los fuegos de artificio que adornaron el año 1992 llegaría la subsiguiente resaca con una monumental crisis económica que, una vez más, haría temblar los cimientos que se habían construido alrededor de un castillo de naipes.

En aquel entonces, las autovías eran más bien escasas en Galicia y por sus principales núcleos de población seguían atravesando las míticas carreteras nacionales, que absorbían una gran cantidad de tráfico. A veces demasiado. Era muy frecuente que en verano se produjesen infinidad de atascos en puntos conflictivos cuyo destino solían ser las muchas playas y áreas estivales que hay en Galicia. Una de las zona más perjudicadas siempre era la costa lucense, que veía como para llegar a ella había que atravesar angostas y empinadas carreteras a lo que solía añadirse una elevada cifra de vehículos agrícolas, cada vez más numerosos, pese a que todavía no habían desaparecido los de tracción animal, aunque comenzaba a resultar ya pintoresco contemplar al tradicional carro del país cuyo eje seguía entonando aquella dulce y melódica sintonía que se ha convertido en todo un himno de tiempos pasados, hacia los que se mira con cierta nostalgia no exenta de una cándida sonrisa.

En ese mundo en el que lo moderno iba superando con creces a lo antiguo, en el año 1990 se producirían una serie de siniestros que escribieron una página negra en la comarca chairega, tanto por el número de víctimas como por la continuidad que tuvieron. En tan solo seis meses, un total de 15 personas perecerían tanto en las carreteras como en algún que otro accidente laboral, dejando tras de si una impresionante huella de dolor.

En la antigua Volta de Ramil, en el municipio de Begonte, tuvo lugar un desgraciado suceso el 29 de abril de 1990 al producirse una colisión frontal en la que perecerían seis personas como consecuencia de la misma a primeras horas de la mañana de aquella fatídica jornada. El choque entre vehículos se produjo en el momento en el que un automóvil todoterreno, a bordo del cual viajaban dos personas, enfiló con demasiada velocidad la pronunciada curva con dirección a Ferrol. En sentido contrario venía otro coche, de la marca alemana Mercedes Benz y conducido por un taxista de Viveiro. Este último, en el que viajaban cuatro personas, no pudo evitar la colisión con el todoterreno, quien ya estaba fuera de control de su conductor, impactando ambos en la parte más pronunciada de la curva. A consecuencia de este fatal siniestro perecerían todas las personas que en él se vieron involucrados.

Accidente múltiple en Goiriz

Apenas unos meses más tarde, concretamente el 12 de agosto, la parroquia vilalbesa de Goiriz sería escenario de otro impactante siniestro en el que se verían involucrados tres vehículos, en un clásico domingo estival, en el que los vecinos ni siquiera podían cruzar la calzada de un lado a otro debido a la infernal cantidad de tráfico que circulaba por la vieja carretera Nacional N-634. En aquella jornada un Renault-21, conducido por José Valea Pereira, de 55 años, natural de Lugo y que moriría en el acto, impactaría de forma frontolateral contra otros dos coches, uno de los cuales iba en dirección contraria, mientras que el otro llevaba la misma trayectoria que el causante del accidente.

El mencionado vehículo envistió de manera frontal contra un Fiat-1 en el que viajaba una familia que sería la más perjudicada del siniestro, pues perecerían sus cinco ocupantes, entre ellos dos niños de siete y nueve años, además de dos adolescentes. De la misma forma también perdería la vida la conductora de este utilitario Raquel Fernández Limerez, una gallega de 36 años de edad residente en Barcelona. En el siniestro en el que también se vio involucrado un tercer vehículo, un Opel Kadett, cuyos ocupantes resultarían heridos de gravedad, aunque, por fortuna consiguieron salvar sus vidas.

Sin embargo, la nómina de accidentes mortales de aquel aciago año de 1990 no terminaría con la catástrofe de Goiriz. Tendría su seguimiento en aquel trágico mes de agosto en las carreteras de la comarca de Terra Chá. Unos día más tarde fallecería en otro terrible siniestro un joven que iba en motocicleta en la madrugada de uno de los clásicos días de marcha, muy cerca de la instalaciones hoteleras que se levantan en la Avenida de Terra Chá.

Cuando los vecinos de esta concurrida avenida vilalbesa todavía no se habían recuperado del accidente mortal, apenas un mes más tarde, concretamente el 20 de agosto de 1990, un coche atropellaba a una anciana de 76 años frente mismo al conocido hotel que se encuentra instalado en la misma avenida. Al parecer, la mujer cruzó la carretera, muy concurrida de vehículos y sin ninguna medida de seguridad, sin percatarse de la presencia de un automóvil, cuyo impacto le hizo perecer en el acto.

Accidente laboral

Como quien no quiere la cosa, los accidentes de tránsito tuvieron su continuidad en un siniestro laboral a escasos días de haberse producido el último. Este tuvo lugar en la parroquia vilalbesa de San Mamede de Oleiros. Un joven de unos 25 años fallecería al desplomarse parte de la tierra sobre su cuerpo cuando se encontraba haciendo un pozo para abastecerse de agua. La víctima de este siniestro, que era hijo único, había contraído matrimonio hacía muy poco tiempo y dejaba huérfano un niño de apenas unos meses de vida.

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32 personas carbonizadas en el accidente de Cans

Viajar a la Galicia de la década de los cincuenta es como viajar a otro país completamente distinto que, poco o nada, guarda relación con el actual territorio gallego. Era una región muy deprimida, con escasas comunicaciones, donde la única salida que les esperaba a los más jóvenes era una eterna e injusta emigración. Estaban cambiando sustancialmente los lugares de destino de los gallegos, pero no el sino con el que habían nacido. Además, era un territorio inmensamente rural muy poco evolucionado, con ancestrales técnicas de cultivo carentes de cualquier mecanización moderna.

Los índices de desarrollo humano seguían siendo bajísimos, similares a tiempos anteriores a la Guerra Civil. A todo ello se unía una contumaz dictadura que impedía una mínima evolución humana y profesional que repercutía muy directamente en una sociedad que apenas progresaba. Para subsistir había que trabajar mucho y muy duro alcanzando muy bajos rendimientos. Solo aquellos que se servían de la picaresca, entre ellas el contrabando, conseguían burlar un destino que parecía darles la espalda a aquellos paisanos de la esquina verde peninsular que se conformaban con poco, o por decirlo claramente, muy poco.

El tradicional lugar de negocios, que hoy está muy devaluado, solían ser las ferias y mercados a donde se desplazaban ingentes cantidades de personas a efectuar transacciones con sus productos, mayoritariamente agrícolas y ganaderos, siendo los eventos comerciales por excelencia de una época bastante infame en la que solo vivían dignamente unos pocos. A uno de esos eventos se dirigía un autocar que, habiendo salido de la localidad de Ponteareas, se dirigía hacia Porriño en la mañana de un sábado, 26 de febrero de 1955, pereciendo un total de 31 personas por carbonización al incendiarse el autobús en que viajaban.

Choque

Nunca se aclararon realmente las circunstancias de aquel trágico suceso o, tal vez, no interesó aclararlas, aunque según informaciones recogidas de la prensa de la época el autocar, al llegar a una fatídica curva, impactó contra una piedra de enormes dimensiones en la zona aledaña a la escuela de la parroquia de Cans, en O Porriño, volcando sobre la única puerta de la que entonces disponía el autocar, que todavía carecía de salida de emergencia. Inmediatamente se produjo una especie de explosión que provocaría el incendio del vehículo pereciendo abrasados una gran parte de sus ocupantes. Al producirse el siniestro en las inmediaciones de un centro escolar, los niños fueron testigos presenciales de como el fuego acaba con la vida de las personas que iban a bordo del autobús.

Al igual que en todas las tragedias, y mucho más en aquella época, la actitud de los vecinos fue fundamental para socorrer a las víctimas, destacando en este caso el maestro de Cans, Carlos Díaz Álvarez, quien fue el primero en personarse en el lugar del accidente. El docente rompería el parabrisas del autocar y así permitió la salida del conductor, Antonio González Caballero, quien sería detenido e incomunicado. Además de esta persona, salvaron la vida otras 16 más, aunque ocho resultarían gravemente heridas. Una mujer gravemente herida, a la que se añadían múltiples quemaduras, fallecería días más tarde en un centro sanitario.

Los cadáveres de los fallecidos fueron expuestos en una finca próxima al lugar de los hechos para que sus familiares pasasen a identificarlos para posteriormente darles sepultura. En este sentido destaca el hecho que de la parroquia de Budiño, perteneciente al municipio pontevedrés de Porriño, fallecieron un total de doce personas en este siniestro. El resto de personas que habían perdido la vida eran de Redondela, Ponteareas y Pontevedra.

Las indemnizaciones por cada fallecido en este siniestro serían muy exiguas, incluso para la época, pues solamente alcanzaban las 60.000 pesetas(360 euros). En este sentido cabe destacar que también recibieron una cantidad de 250 pesetas (1,5 euros), las personas que ayudaron en la excarcelación de heridos y fallecidos. Como homenaje póstumo a quienes perdieron la vida en este trágico accidente se levantaría años más tarde una pequeña lápida en recuerdo y honor de quienes perdieron la vida en un siniestro que marcaría para siempre a la parroquia de Cans, mucho más que su ya tradicional festival de cine. No es para menos.

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Suicidio pactado de una pareja de jóvenes en A Coruña

Polígono de La Grela-Bens, donde se suicidó la joven pareja

No hay ninguna duda que existen algunas noticias que impactan mucho más que otras, bien sea por su interés humano o cualquier otra circunstancia en la que se desenvuelva. El periodista ya no se sorprende por nada, aunque en otras ocasiones se sorprende por todo. Uno de los hechos que más centró y llamó la atención de la España de la década de los ochenta fue un suicidio de una pareja de jóvenes que tuvo como escenario un polígono industrial de A Coruña, concretamente el de La Grela-Bens, en una de cuyas naves aparecía en un saco de dormir el cuerpo de dos jóvenes veinteañeros, después que se hubiesen quitado la vida en la madrugada del 13 de junio de 1987.

Aquel suceso impactó de sobremanera tanto en la ciudad herculina como en el resto de España, principalmente a medida que se fueron conociendo detalles sobre el mismo. Nada hacía presagiar en aquella joven pareja formada por José Ramón Vázquez Fernández, de 20 años, y María Isabel Méndez Castiñeira, de 21, que terminasen su existencia de una forma tan triste y dantesca, que impresionaría a propios y extraños, especialmente a quienes los conocían, ya que eran sabedores de la magnífica relación que mantenían incluso con sus respectivas familias.

Nada ni nadie se oponía a la relación entre José Ramón y María Isabel. Incluso las familias de ambos muchachos veían con muy buenos ojos la relación sentimental que mantenían. Sus amigos, que fueron los primeros sorprendidos, decían de ellos que era una pareja que se amaba mutuamente. De hecho, sostenían que no les llegaba a nada el tiempo para estar juntos. Quizás, y debido a esa pasión tan ardua que mantenían, les llevase a consumar una brutal tragedia que pilló a todo el mundo por sorpresa. Se habían conocido hacía poco más de año y medio. José Ramón era estudiante de informática y alcanzaba unas notas más que aceptables.

Ahorcados

En la madrugada del 13 de junio de 1987 ambos jóvenes se dirigieron a una nave que poseía el padre de José Ramón Vázquez en el Polígono industrial coruñés. Llevaban con ellos algunas pertenencias, aunque la más destacable de todas era el saco de dormir que casi les serviría como mortaja a los jóvenes. Con unas cuerdas de esparto que afirmaron sobre los asientos de un viejo autobús que estaba estacionado en la nave y lanzaron los otros dos cabos de las cuerdas al techo desde una ventanilla. Ambos muchachos se introdujeron sobre el saco de dormir, lo ataron a sus cinturas y después anudaron al cuello ambos cabos que les acabarían provocando la muerte por estrangulamiento.

Al coincidir en fin de semana, la actividad mantenida por el polígono industrial descendía de forma considerable, por lo que los trabajadores de la nave en ningún momento se percataron del saco de dormir en el que se encontraban los cuerpos de ambos jóvenes, quedando ocultos entre el estrecho de la pared y el viejo autobús. El macabro hallazgo sería efectuado por un familiar del joven, quien además encontró una nota de despedida sobre el coche de José Ramón en la que se podía leer el siguiente texto: «Enterrarnos juntos. Nos amamos».

Ambos jóvenes recibirían sepultura en el mismo panteón, propiedad de la familia de María Isabel Méndez Castiñeira, una vez que el forense y el juzgado practicaron las oportunas diligencias, en la parroquia de San Juan de Ouces, en el municipio coruñés de Sada, a escasamente 12 kilómetros de la capital herculina. Y es que como dijo una hermana de una de las víctimas este hecho no tiene explicación posible y tal vez pensasen que el profundo amor que sentían el uno por el otro no tenía cabida en este mundo.

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Una niña asesinada en Lugo

Avenida de A Coruña, donde fue secuestrada y asesinada la niña Marie Claire Paredes

A comienzos de la década de los ochenta, la ciudad de Lugo comenzaba a dejar atrás el pasado que siempre la había considerado como un entorno rural ligeramente más grande que los muchos y preciosos parajes rústicos que la rodean. Empezaba a ser una ciudad de verdad, que nada tenía que envidiar a muchas otras ciudades españolas iniciando una progresiva escalada de expansión, tanto social como demográfica, que la llegarían a convertir en una de las principales urbes del noroeste peninsular. En un momento dado estuvo considerada como la ciudad española que más crecía proporcionalmente de forma interanual. Al término de cada año de la década de los ochenta la capital lucense contaba con mil habitantes más que el año anterior, aunque, aún así, a todos sus residentes se les hacían grandes todavía las gradas del Estadio Santiago Bernabeu.

En la vieja urbe romana de Galicia se asentaban muchos de los emigrantes de pueblos y aldeas próximos que regresaban a su tierra después de una fecunda estancia en países europeos, además de muchos otros que comenzaban a abandonar el rural en busca de una prosperidad que no terminaba de llegar a sus lares de origen. Es en ese clima y en esas circunstancias a donde ahora nos dirigimos para narrar un trágico y terrible suceso que conmocionaría de sobremanera a una ciudad que estaba acostumbrada a vivir en la cotidianeidad y rutina más absolutas, únicamente interrumpidas -como siempre ha sido tradicional- en pleno mes de octubre por sus fiestas patronales en honor a San Froilán.

Esa dulce rutina sería bruscamente quebrada en el mes de agosto de 1980 cuando el día 8 del mencionado mes desaparecía una niña de nueve años que vivía con su familia en una calle próxima a la Avenida de A Coruña, donde sus padres regentaban un bar. Durante más de una semana todos los lucenses, tanto de la capital como de la provincia, estuvieron con el corazón en vilo en tanto no se tenían noticias de la pequeña Marie Claire Paredes Rivas, que aparecería brutalmente asesinada una semana más tarde de su desaparición en una casa abandonada muy próxima a la vivienda en la que residía junto con los suyos.

Familias conocidas

El día 15 de aquel caluroso mes de agosto de hace ya casi 40 años aparecería el cuerpo de la pequeña, horriblemente asesinada en una vivienda que pertenecía a la familia de su verdugo, José Fraiz Parga, un joven de 17 años que contaba ya con algunos antecedentes penales y que había estado internado en un centro de menores. Las familias del criminal y la su víctima se conocían de haber coincidido en la emigración en un país europeo en el que se habían afincado antes de regresar a la capital lucense.

La confianza que le inspiraba su agresor hizo que la pequeña atendiese sus requerimientos cuando se encontraba en compañía de otras amigas suyas en una sala de juegos de máquinas recreativas. Además, José Fraiz era cliente habitual del bar que regentaban los padres de la pequeña, situado en una calle paralela a la Avenida de A Coruña, por lo que no le costó ningún esfuerzo en convencerla para que lo acompañase. El motivo que había esgrimido su asesino era que le iba a enseñar unos conejos que eran propiedad de su abuela.

La suerte de Marie Claire Paredes no pudo ser más trágica y esquiva, ya que Fraiz Parga se aprovecharía de la confianza de la pequeña para darle muerte de una manera muy horrenda, dándole repetidos hachazos que terminarían con su vida, siendo hallado su cuerpo el 15 de agosto de 1980 en aquella vieja vivienda abandonada. Previamente, su raptor había intentado abusar de ella, a lo que la pequeña se resistió, gritando de forma reiterada. Posteriormente, intentaría matarla con una piedra y, en vista de que no lograba su macabro objetivo, le propinaría varios hachazos que terminarían con la vida de la niña. El joven asesino sería detenido de inmediato por la policía lucense sin manifestar ninguna emoción en el momento de ser arrestado. Se decía que uno de los agentes que lo había detenido le había preguntado si sabía lo que había hecho, a lo que el respondió muy secamente «si, la he matado».

Un tremendo sentimiento de impotencia y consternación se apoderó de una población que todavía no superaba los 70.000 habitantes, pero que rechazaba de forma muy enérgica cualquier atisbo violento que pudiese perturbar la habitual paz y tranquilidad de la que se gozaba en la siempre bella urbe romana. En la misma jornada en la que se produjo el hallazgo del cuerpo sin vida de la niña, alrededor de un centenar de personas se concentraron ante la vivienda de los padres de la pequeña solicitando la pena de muerte para su asesino, si bien es cierto que esta medida había desaparecido del ordenamiento jurídico español con la entrada en vigor de la Constitución de 1978.

Condena

El juicio por el asesinato que le había costado la vida a Marie Claire Paredes se desarrolló en Lugo a finales del mes de enero del año 1981 despertando una extraordinaria expectación entre los vecinos de la capital lucense, poco dados a que su ciudad copase las primeras páginas de los principales medios de comunicación de la época.

José Fraiz Rivas sería condenado a 25 años de prisión por el crimen que le costó la vida a la pequeña Marie Claire. Fue condenado por distintos delitos en grado de tentativa, entre ellos los de robo y violación, aunque se consideraba a estos como de forma reiterada, ya que había sido condenado por la sustracción de un bolso. La principal pena que habría de cumplir sería de 23 años de prisión por el asesinato de la pequeña. Todas ellas contaban con el atenuante accesorio de ser menor de edad en el momento en que habían ocurrido los hechos, pues el acusado todavía no había cumplido los 18 años.

Por otra parte, Fraiz Rivas debía indemnizar a la familia de su víctima con un millón de pesetas(6.000 euros), además de satisfacer las costas judiciales del proceso en el que había sido condenado.

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Mata a una vecina en Riotorto (Lugo)

La localidad lucense de Riotorto fue escenario de un crimen en el año 1999

Riotorto es una preciosa localidad lucense que parece esconderse tras un impresionante paraje que se emplaza en el confín de las comarcas de A Mariña y Terra Chá, siendo un lugar ideal para realizar una escapada de fin de semana. Con el colorido del valle de fondo, se respira una celestial paz y tranquilidad que harán las delicias de cualquier viajero que pretenda escapar a los constantes ajetreos generados por estrés de la vida cotidiana. Al igual que muchos otros municipios gallegos de interior, se encuentra en alerta roja demográfica, perdiendo progresivamente población desde la década de los setenta hasta situarse en los niveles demográficos más bajos de su historia reciente. En los últimos 30 años ha perdido el 50 por ciento de sus habitantes. Además, quienes quedan en el inigualable paraje lucense son gente muy mayor. De sus escasos 1.400 censados, menos de 50 no supera ya los quince años, tónica muy habitual, por otra parte en la actual Galicia.

En medio de ese sosegado ambiente rural, únicamente interrumpido por el ruido de fondo de algún tractor o maquinaria agrícola, se produciría el 25 de julio 1999 un suceso que alteraría para siempre la tranquilidad vecinal y el plácido aroma de los pinos y robles, a quienes comienzan a ganar terreno las ínclitas plantaciones de grandes eucaliptales, al producirse un horrendo crimen que socavaría la eterna calma que se respira al fondo de los valles.

Era domingo, para colmo de los colmos la principal jornada del último Año Santo Compostelano del siglo XX, cuando ya se había comenzado a comercializar como Xacobeo en todos los rincones del universo a donde se llevaba la voz de la Xunta presidida por el todopoderoso Manuel Fraga Iribarne. En esa jornada un vecino de Riotorto, José Manuel Vila Freire, conocido como «O Frade» daba muerte a su convecina Herminia González, una mujer de 78 años con la que se había encontrado en uno de los muchos caminos rurales que se cruzaban entre ambos lugares en los que vivían ambos protagonistas.

Malas relaciones

Al parecer, «O Frade» asestó varios golpes con algún objeto contundente a su víctima, algunos de los cuáles le producirían importantes hematomas que le afectarían a órganos vitales, sucumbiendo ante la media docena de golpes que le había propinado su contumaz agresor. Posteriormente, su verdugo trasladaría su cuerpo hasta un pajar, conocidos en Galicia como palleiras, un galpón generalmente adosado a la residencia de muchas viviendas rurales. Allí lo taparía con una alpaca de paja hasta que fue localizado por agentes de la Guardia Civil.

La mortal agresión a su víctima estuvo motivada, al parecer, por las malas relaciones que desde tiempos inmemoriales mantenían tanto la víctima como el criminal que le quitó la vida. A eso se sumaba un fortísimo trastorno delirante que sufría José Manuel Vila, quien, una vez hubo perpetrado el brutal acto, se dirigió en su propia furgoneta hasta la prisión provincial de Bonxe, dónde se entregaría a las autoridades. Estas, al percatarse del estado en que se encontraba, lo remitieron a la Unidad de Psiquiatría del antiguo Hospital Xeral de Lugo.

A consecuencia de la muerte de su madre, una hija de la víctima entraría en una grave depresión psíquica que le impediría acudir al juicio en el que se deliberaba la suerte del asesino de su madre. Mientras, este último daría pruebas evidentes de su deteriorado estado mental al contar un rosario enhebrado de desavenencias con prácticamente todo su vecindario, además de estar sumamente obsesionado con el daño que sus vecinos le pudiesen hacer a causa de un posible envenenamiento de los alimentos y hasta el agua que consumía.

Historia surrealista

En el transcurso del juicio, José María Vila Freire narró una historia surrealista de su vida y también del hecho criminal que había protagonizado, lo que levantaría las carcajadas de los que se encontraban en la sala de vista de la Audiencia Provincial de Lugo. En aquella mañana de abril del año 2001, el encausado justificó su agresión mortal a Herminia González aduciendo que esta última lo había asido por los testículos, debiendo defenderse para que lo soltase lo que provocaría la muerte de su víctima.

Sin embargo, si era surrealista la versión de los hechos, debido al delirio paranoide que sufría, mucho más lo era la historia de su vida. En su melodramático relato acusaba a prácticamente todos los vecinos del lugar en el que residía de pretender envenenarlo, tal cual fuese una teoría conspirativa de las más enrevesadas. Así, contó que había cambiado de manantial para abastecerse de agua, pues temía que los vecinos lo hubiesen envenenado. De la misma forma, relató que hasta había cambiado de panadero, pues notaba el sabor del pan algo raro y que también ahí le habrían introducido veneno. Lo mismo dijo de su ex-esposa, de quien añadió que se había visto obligado a separarse porque terceras personas se habrían introducido en su vida conyugal. A prácticamente nadie se le escapaba -como sostenía el fiscal- que detrás de la actitud de «O Frade» se escondía una gravísima enfermedad de tipo psiquiátrico.

Un jurado popular se encargó de dictaminar la suerte del asesino de Riotorto, quien sería condenado a nueve años de cárcel, que debería cumplir en un centro de salud mental, dado el grave deterioro psíquico que sufría. El mismo fue considerado como una causa eximente para que evitase cumplir la condena en una centro de reclusión convencional.

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Tres jóvenes gallegos torturados y asesinados por ETA

Los tres jóvenes gallegos que asesinó y torturó la banda criminal ETA

La banda terrorista ETA cometió muchos «errores» en su dilatada existencia, aunque el principal fuese el de haber iniciado una escalada de sangre y terror que no dejó indiferente a nadie en España. Se puede decir que su propia trayectoria fue su gran y principal error que sería muy funestamente pagado por casi un millar de personas inocentes que fallecieron a consecuencia de su indiscriminado terror. Sin embargo, hay un hecho criminal que llama poderosamente la atención en la historia del grupo criminal. Este no fue otro que la tortura y asesinato de tres jóvenes gallegos en la localidad francesa de San Juan de Luz el 24 de marzo de 1973, un tiempo en el que la banda comenzaba a estar en su pleno apogeo, además de contar con la simpatía de algunos grupos de la oposición a la dictadura franquista, que veían a ETA como un falso elemento liberador, aunque no tuviese nada que ver con los verdaderos ideales democráticos.

Los jóvenes gallegos habían acudido al país vecino a ver la película «El último tango en París», ya que este film era imposible visionarlo en España debido a las restricciones que en materias de libertades públicas hacía la siempre terrible dictadura del general Franco. Nunca se pudieron imaginar que serían confundidos con policías españoles que se encontraban en la lucha antiterrorista y que, supuestamente, los habían ido a espiar. Sin embargo, la realidad distaba mucho de lo que pensaba la banda criminal. Los tres mozos gallegos a quienes ETA acabaría asesinando y torturando eran José Humberto Fouz, de 29 años de edad; Fernando Quiroga, de 25 y Jorge Juan García, de 23. El más veterano de ellos era un poco quien llevaba la batuta de un trío de emigrantes que trabajaban honradamente en el País Vasco, ya que había residido en varios países europeos.

Los mozos habían salido en la jornada del día 23 con destino al país vecino a bordo de un vehículo, marca Austin, propiedad de José Humberto Fouz, cuya ausencia en su puesto de trabajo el lunes, día 25 de marzo, sería la señal que haría saltar todas las alarmas en sus familiares, ya que, al parecer, se hospedaban en la casa de una hermana del referido joven. Un cuñado de este, Cesáreo Ramírez, se trasladó en busca de Jose Humberto y sus dos acompañantes, rastreando la zona para comprobar si les había sucedido algo. A pesar de todo, sus indagaciones fueron vanas. Incluso llegó a sospechar que los desaparecidos se pudieran haber despeñado en algún punto de la carretera. Al cabo de tres semanas de haber realizado una infructuosa búsqueda, decidió poner el hecho en conocimiento de la policía, aunque nunca más se volviese a tener noticias suyas.

Incidente

Según un artículo publicado por el periodista Alfonso Rojo en el diario El Mundo, en su edición del 17 de junio de 2001 en el suplemento Crónica, los tres jóvenes desaparecidos habrían tenido la mala suerte de coincidir con un grupo de miembros de la banda terrorista en la discoteca Lycorne. Allí, sus verdugos habrían estado bebiendo demasiado, protagonizando posteriormente un desafortunado incidente con los jóvenes gallegos. En el transcurso del mismo, según el relato que hace el novelista Adolfo García Ortega, los terroristas habrían herido de gravedad a José Humberto Fouz de un botellazo en la cabeza, quien moriría instantes después, aunque nunca se encontró su cadáver ni tampoco los de sus acompañantes.

Posteriormente, los jóvenes, que serían secuestrados y maniatados por sus captores quienes se encontraban armados, serían trasladados a una granja, que supuestamente pertenecía a Telesforo Monzón, dirigente histórico abertzale, en el propio vehículo de las víctimas. Una vez que estaban en poder de los criminales, estos les habrían torturado durante un tiempo. Algunas fuentes, en las que se cita a Mikel Lejarza, el topo que estuvo infiltrado en el grupo terrorista, los asesinos les habrían aplicado una tortura extrema, llegando a sacarles los ojos con destornilladores. Su objetivo era que los tres muchachos, supuestos policías para los etarras, «cantasen» sobre las actividades antiterroristas que estaban desempeñando, así como también la Policía española de la época. Al convencerse de que aquellos hombres no tenían relación ninguna con los cuerpos policiales habrían decidido asesinarlos, al entender que una acción tan vil y canalla podría ofrecer una muy mala imagen de la banda terrorista.

El terrorista que se habría encargado del comando que les dio muerte era Tomás Pérez Revilla, alias «Hueso», quien moriría años más tarde en un atentado perpetrado por los GAL, según la información facilitada por Alfonso Rojo. Además, según un reportaje emitido en la cadena de televisión Antena 3, realizado por El Mundo TV, en abril de 2001, los restos mortales de las tres víctimas podrían estar sepultados en una finca de la localidad francesa de San Juan de Luz, propiedad de la familia del otrora dirigente radical vasco Telesforo Monzón (1904-1981), quien fue dirigente del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en tiempos de la IIª República española y posteriormente, con el advenimiento de la democracia, de la coalición abertzale Herri Batasuna, brazo político de la banda terrorista ETA. A raíz de la revelación de la productora audiovisual del rotativo de Unidad Editorial, la Audiencia Nacional habría intentado reabrir el caso, aunque sin muchas esperanzas para las familias de las víctimas, ya que al haber transcurrido más de 20 años estaría ya prescrito.

En contra de lo que ha sido habitual a lo largo de su infausta y terrible historia, ETA nunca asumiría la autoría del asesinato de los jóvenes gallegos. Representaba un duro lastre para ellos el hecho de haber dado muerte a tres inocentes trabajadores que tan solo habían ido a divertirse al otro lado de la frontera.

Interpelación parlamentaria

El caso de la desaparición y muerte de los jóvenes gallegos alcanzaría un gran eco mediático en la segunda mitad de la década de los años noventa, gracias a la interpelación parlamentaria de Coral Rodríguez Fouz, senadora vasca por el PSE-PSOE y sobrina y ahijada de José Humberto Fouz, quien formuló una pregunta en el Senado al entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja. Gracias a la perseverancia de esta política, se conseguiría que los tres jóvenes asesinados por ETA fuesen reconocidos como víctimas del terrorismo.

Coral Rodríguez no cejaría en su empeño para conocer el paradero de los restos de los jóvenes muertos por ETA. Siendo ya miembro del Parlamento Vasco, en el año 2005, pronunció un emotivo discurso en el pleno de la institución antes aludida en el que solicitaba al Gobierno Vasco que proporcionase los medios suficientes para esclarecer el paradero de los restos mortales de los tres jóvenes asesinados en 1973.

Pese a los desvelos de la parlamentaria vasca de origen gallego, su lucha ha resultado hasta ahora infructuosa. Además, a lo largo de los últimos 46 años han sucedido distintos acontecimientos que, de una u otra forma, han contribuido a tapar un hecho terrorífico que nunca se ha conseguido esclarecer. Rumbo a cumplirse medio siglo de unos asesinatos macabros y execrables, las familias de las tres víctimas siguen clamando una justicia que jamás han conseguido, además de los muchos palos a las ruedas que les han puesto a lo largo de estas ya cuatro largas décadas de intensa y cruel espera.

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Crimen en el barrio chino de Vigo

De todos es sabido que los tradicionales barrios dedicados a la prostitución siempre han sido zonas muy conflictivas. En ellas se junta el hambre con las ganas de comer. Hay quien dice que a sus locales acuden desde quienes no tienen nada que perder hasta quienes buscan una oportunidad que no encuentran o carecen de habilidades suficientes para encontrarlos con una mujer a las que comúnmente se les ha llamado de la “buena vida”, aunque esta expresión diste mucho de la verdadera realidad en la que viven esas pobres desheredadas de un mundo que, no solo les ha dado la espalda, sino que las ha tirado de bruces sobre el peñasco más duro.

Ropas ajustadas y ceñidas a unos cuerpos dorados tal vez más por la intemperie que por el bronceado al sol se suelen ver en algunos de sus desvencijados locales, mientras un cliente sorbe relajadamente el último cubata de la noche. En el exterior podrá contemplar todavía a los rezagados noctámbulos que regatean a un camello el precio de una raya de cocaína, aunque lo que le proporcione no sean más que unos polvos de talco con una porción mínima del narcótico procedente de Sudamérica.

Son algunas de las incontables escenas que solían darse en los viejos puticlubes, hoy denominados más finamente whiskerías o locales de alterne. La primera de las denominaciones referidas queda casi reservada en exclusiva para los míticos bares de carretera a los que solían acudir cansados y fornidos camioneros en busca del placer que les negaba un largo y pesado trayecto.

En esos locales en los que se daban cita todo hijo de madre, según cuentan quienes tenían la costumbre de visitarlos, se produjo un altercado hace algo más de 40 años, concretamente el 5 de septiembre de 1978. En el mismo, sito en la viguesa calle de la Herrería, que hoy ha perdido su antigua funcionalidad histórica, se inició una brusca y tensa discusión entre dos clientes, al parecer por motivos triviales que nada hacía sospechar a quienes les acompañaban que aquella madrugada terminase en tragedia.

Puñaladas

La víctima que intervenía en la discusión abandonó el local sin rumbo conocido, además de dejar la discusión. Se trataba de Benito Fernández Novoa, un albañil de 25 años, nacido en la ciudad de Vigo. Sin embargo, su verdugo, Antonio Silva Novoa, de 43 años, oriundo del municipio ourensán de O Carballiño, no quiso dar por zanjada la discusión baladí que había protagonizado con el joven vigués y prosiguió el altercado. Les acompañaba en ese momento otro joven de la ciudad olívica, José Domínguez Fernández, quien contaba en aquel entonces con 36 años.

En el exterior del local en el que había protagonizado el duro incidente con su víctima, Antonio Silva prosiguió el acoso a Benito, con quien intercambiaría unas duras palabras. No contento con ello, echó mano de una navaja de grandes dimensiones que portaba consigo, asestándole un total de cuatro puñaladas a Fernández Novoa, quien caería derribado en el suelo en un impresionante charco de sangre. Las cuchilladas que acabarían con la vida del joven albañil vigués le habían sido inferidas en la región precordial, cuello y nariz, ocasionándole la muerte de forma prácticamente instantánea.

Su agresor Antonio Silva Novoa sería detenido horas después por agentes de la policía de Vigo, pasando posteriormente a disposición judicial e ingresando en prisión incondicional. El agresor sería condenado a una pena de 18 años de cárcel, al ser acusado de un homicidio alevoso. Asimismo, también tendría que indemnizar a los familiares de la víctima con algo más de un millón de pesetas.

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Varios muertos en el peor temporal del siglo XX

Mar de fondo en la Costa de Lugo

Al ver el titular más de uno pensará que se refiere al famoso ciclón «Hortensia», que barrió literalmente Galicia en la jornada del 4 de octubre de 1984. Es cierto que aquellos tremendos vientos huracanados sembraron el temor y el pánico entre los gallegos. Ahora bien, en aquel entonces se avisó a la población a fin de evitar que el caos y la tragedia se apoderasen de las cerca de tres millones de almas que poblaban el noroeste peninsular. Sin embargo, hay otra fecha marcada en rojo en los calendarios de los fenómenos naturales que se aproximaron a Galicia a lo largo del último siglo del segundo milenio que ha quedado relegada al olvido, no sabemos si intencionadamente, pero que nunca o prácticamente nunca aparece reflejada en los distintos medios de comunicación.

La fecha a la que nos referimos es la del sábado, 5 de febrero de 1972. En la tarde de aquella fatídica y terrible jornada varias personas perecieron a consecuencia de un temporal mucho más dañino y mortífero que el famoso «Hortensia» pero mucho menos mediático, o al menos ha pasado al baúl de los recuerdos en donde duerme su sueño eterno. Tal vez fuera porque se trataba de otros tiempos en los que no había los avances que ya se registraban en la década de los ochenta, lo cierto es que aquel temporal pilló desprevenidos a la práctica totalidad de la población gallega de la época, que asistieron impasibles a la destrucción de algunas de sus más importantes fuentes de riqueza que quedaron al albur de uno de los fenómenos meteorológicos más terribles que han ocurrido en el siglo XX en Galicia.

El territorio más afectado por los efectos de aquel tremendo temporal fue la provincia de Lugo que tuvo que soportar vientos huracanados que alcanzaron una velocidad de 170 kilómetros por hora en su interior, según el registro efectuado en el centro instalado en la localidad de Castro de Rei, en el interior de la provincia, en plena comarca de Terra Chá.

Veinte heridos muy graves

Por lo que se comentaba con anterioridad, tal vez porque se vivía de otro modo a la sazón de ser otra sociedad muy diferente a la de tan solo una docena de años más tarde, además de vivir todavía en una decadente dictadura, apenas se facilitaron datos reales sobre lo que realmente había acontecido. A todo ello se unían unas deficientes infraestructuras en todos los campos que contribuyeron muy decisivamente a acallar lo sucedido. Se sumaba también la carencia de medios de comunicación que informasen puntualmente de unos devastadores acontecimientos que apenas han dejado su huella 47 años más tarde.

Se sabe, por informaciones periodísticas de diarios editados en Madrid, que solamente en Lugo capital hubo un total de veinte personas heridas de gravedad. Si bien es cierto que no hay constancia de la evolución de las mismas, ya que la noticia no tendría una rigurosa continuidad periodística como tienen hoy en día, a lo que hay que añadir la férrea censura que practicaba la dictadura con hechos que pudiesen ir en contra de sus intereses o deteriorasen su imagen. En la misma capital lucense fallecería un hombre en la misma tarde del temporal cuando se disponía a arreglar algunos desperfectos que le había ocasionado el viento en el tejado de su vivienda.

La cifra de muertos nunca se ha podido precisar con exactitud, pues en aquellos tiempos era muy complicado saber cuantos accidentes se registraron provocados por el temible ciclón. Examinando distintos medios de comunicación impresos de aquel tiempo se puede hacer un cálculo aproximado de que unas diez o más personas podrían haber perdido la vida a consecuencia de un temporal que ha quedado en el olvido.

Aunque todavía no eran muy frecuentes las comunicaciones telefónicas, las provincias de Lugo y Ourense quedarían incomunicadas durante varios días, al ser dañadas las instalaciones en ambas provincias. De la misma forma, el suministro eléctrico también sufriría una de las peores crisis de su historia, ya que durante un largo fin de semana no hubo luz eléctrica en la capital lucense ni tampoco en la gran mayoría de los municipios, siendo especialmente afectados los del norte y el litoral, donde las embarcaciones hubieron de permanecer amarradas varios días por temor a un nuevo temporal similar al de la tarde de aquel sábado del mes de febrero.

«El Progreso» no se publica

Una idea de la magnitud de aquellos hechos fue que el diario lucense «El Progreso» faltaría a la cita diaria con sus lectores, por vez primera en los 64 años de historia con que contaba en aquel entonces, en la jornada del domingo, 6 de febrero de 1972. La falta de energía eléctrica fue la principal responsable de que el único diario que se editaba en Lugo no estuviese en la jornada dominical en los quioscos.

Durante toda la noche y la madrugada que siguieron a la tarde de aquel terrible temporal varias dotaciones de bomberos de la capital lucense recorrieron toda la ciudad derribando algunos elementos que habían sido movidos por el viento a fin de evitar desprendimientos que terminasen en tragedia. Según los medios informativos anteriormente aludidos, prácticamente todos los inmuebles de la ciudad de Lugo sufrieron, de una manera u otra, los efectos de un devastador temporal que convirtió al área nordeste de Galicia en un auténtico y verdadero infierno.

En otro de los lugares donde se palparon las consecuencias de aquel espantoso ciclón fue en el parque lugués de Rosalía de Castro, lugar en el que el viento derribó varios árboles, algunos de los cuales contaban ya con más de medio siglo de historia. De la misma forma, a lo largo y ancho de toda la geografía lucense era frecuente contemplar chimeneas y árboles derruidos por el viento, además de centenares de postes de luz lo que explica la falta de abastecimiento eléctrico en las jornadas posteriores.

El principal sector de la economía del interior de Lugo, el agropecuario, sufriría muy directamente las consecuencias del arrasador ciclón. Las distintas fuentes informativas a las que se ha accedido cuentan que centenares de granjas, principalmente de pollos, fueron pasto de los vientos, pereciendo una gran parte de los animales al quedar aplastados en las instalaciones en las que se guarecían. Igualmente también la ganadería padecería unas duras consecuencias, ya que los agricultores de Terra Chá y Ribeira Sacra se calcula que perdieron más de la mitad de sus existencias de heno y paja, teniendo en cuenta que todavía faltaban casi tres meses para la llegada de la primavera y así poder dejar pastar libremente en campos y prados.

Pero, aunque no en toda la provincia, al viento se sumó la nieve en las zonas de montaña. De hecho, un grupo de universitarios compostelanos se vería atrapado en una descomunal nevada a las dos horas de salir del albergue de Piedrafita. Al parecer, aunque parezca un poco exagerado, en algunos tramos la nieve llegó a alcanzar varios metros de espesor. Mientras, en el noroeste de la provincia de Lugo media docena de vehículos quedaron atrapados en la Serra da Gañidoira, teniendo que abandonarlos sus propietarios hasta que pasase el temporal de nieve, al que se sumaba el viento.

Nunca hubo una estimación oficial de los daños ocasionados por aquel inhóspito huracán que arrasó la provincia de Lugo en la tarde de un ya lejano sábado del año 1972, en plenos estertores del franquismo. Se sabe que las pérdidas en los distintos sectores podrían superar tranquilamente los cien millones de pesetas de la época. Una estimación hecha por la Hermandad de Agricultores y Ganaderos cifraba las pérdidas en este sector en unos diez millones de pesetas de aquel tiempo.

Distintos entes y organismos, ninguno de ellos oficial, solicitaría la declaración de «zona catastrófica». Sin embargo, su petición caería olvidada en el baúl de los recuerdos del régimen franquista, al igual que cayeron otros tantos reclamos de una provincia pobre y deprimida que nunca contó con mucho aprecio de los distintos gobiernos centrales. Eran otros tiempos. Pero en esto tampoco se ha cambiado.

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El degollador de Cangas de Tineo

Laureano Sal Collar, el temible degollador de Cangas de Tineo

En el primer tercio del siglo XX el área de intersección asturgalaica que se encuentra a una y otra orilla de la ría del Eo era una zona muy deprimida, con elevadas tasas de analfabetismo en la que no faltaban las epidemias, el hambre y las calamidades. La única salida para la gente más joven era la emigración a tierras americanas a las que se desplazaría una parte importante de su mano de obra, escasamente cualificada que abandonaba una tierra que les negaba los elementos más básicos para la subsistencia. En la zona centro astur comenzaba a alcanzar cierta prosperidad su pujante industria minera, que tenía su réplica en la zona nordeste gallega con el inicio de la explotaciones de limonita en el actual municipio de A Pontenova, antiguamente denominado Vilamea y Viloudrid respectivamente.

Pese a ser un territorio deprimido y olvidado de los centros de poder, el contorno de la ría del Eo gozaba de una excelente salud demográfica en contraposición con lo que sucede actualmente que, a diferencia de entonces, es un área próspera, con altos índices de desarrollo humano y con unas rentas que nada tienen que envidiar a las de cualquier parte del estado español. A ello se suma la extraordinaria belleza que atesora todo el territorio asturgalaico, una de las más espectaculares e impresionantes de toda la Península Ibérica.

Retrocediendo en el tiempo a los primeros años del primer tercio del siglo XX, a los problemas a los que tenía que enfrentarse la sociedad de entonces, se sumaba la crisis derivada del primer gran conflicto armado mundial y las terribles consecuencias de una epidemia de gripe, conocida como «gripe española» por ser en España en el único país donde se informaba sobre la misma, ya que en los países que se encontraban en conflicto había una dura y férrea censura de prensa. Aunque el mundo rural, como era el caso del gallego y del astur, no estaba muy informado de lo que acontecía a nivel mundial si estaba sufriendo directamente sus nefastas consecuencias, con elevados índices de mortalidad entre la población que contaba entre 18 y 35 años, la más afectada por la terrible pandemia.

Es en ese mundo rural asturgalaico, en el área de intersección de ambos territorios al que nos dirigimos para encontrarnos con un energúmeno que es la auténtica reencarnación del mal. Un individuo que carecía de cualquier escrúpulo y resentimiento a la hora de perpetrar sus terribles crímenes, lo que no dejaba de ser sorprendente para la prensa de la época que lo retrataba como un sádico sin sentimientos. Se trataba de Laureano Sal Collar, conocido como Navarro, nacido en la parroquia de Xedré, perteneciente al municipio astur de Cangas del Narcea, en aquel entonces, entre los años 1914 y 1918, todavía era denominada como Cangas de Tineo. El cambio de nombre se efectuaría en el año 1924.

Cuatro crímenes

En poco más de tres años, Laureano Sal Collar perpetraría un total de cuatro crímenes, todos ellos de la forma más horrorosa posible, ya que en todos los casos se ensañaría brutalmente con todas sus víctimas, por un procedimiento salvaje y cruel como era el degollamiento de las mismas. Cometió sus dos primeros asesinatos en el año 1914 en la parroquia de Veiga de Regos matando al matrimonio formado por Eduardo Fernández Castelar y Antonia Fernández, que eran los propietarios de la taberna. El móvil del crimen era siempre el robo. Además, como ya se ha indicado, carecía de cualquier escrúpulo y remordimiento.

Tras estos dos primeros asesinatos, Laureano Sal sería detenido, aunque incomprensiblemente sería puesto en libertad poco tiempo después. En ese tiempo en que volvió a campar a sus anchas, volvería a matar de forma alevosa y cruel, sin mostrar en ningún momento el más mínimo arrepentimiento. Sus víctimas serían ahora las propietarias del estanco de la parroquia de San Pedro. Allí volvería a dar muerte, de forma cruel y tortuosa, a la octogenaria Juana Aumente y a su nieta Carmen Rodríguez en la noche del 14 de febrero de 1917.

A raíz del segundo y espeluznate crimen, el degollador de Cangas de Tineo, como sería conocido, fue detenido de nuevo, descubriendo en el transcurso del juicio los medios de comunicación de la época su nula catadura moral, su sadismo y psicopatía que no dejaba lugar a dudas. En ningún momento dio la más mínima prueba de arrepentimiento ni tampoco remordimiento alguno por haber cometido semejantes barbaridades. Sería condenado a pena de muerte, aunque su abogado defensor la recurriría aduciendo que su defendido sufría alguna patología mental que le hacía actuar de una forma tan sádica y cruel. Sin embargo, el Tribunal Supremo desestimaría la petición de clemencia, aunque, en última instancia, el entonces rey de España Alfonso XIII accedería a las peticiones del letrado encargado de su defensa y le sería conmutada la pena de muerte por la de reclusión perpetua.

Se sabe que Laureano Sal Collar padecía algún tipo de trastorno de personalidad que le hacía actuar de una forma brutal y estremecedora con sus víctimas, en la época calificado como retraso mental. A pesar de ello, este hombre, de 33 años de edad cuando fue indultado en 1919, se había casado y se ganaba la vida como jornalero. Asimismo, obtendría nuevos beneficios penitenciarios en 1931, con la proclamación de la IIª República Española, lo que le llevaría a obtener la libertad definitiva. A partir de ese momento se pierde cualquier pista del célebre criminal que enlodó de sangre el siempre pacífico y tranquilo territorio asturgalaico hace ya más de cien años.

Sobre su futuro, hay una incógnita a la que no han hallado respuesta quienes han investigado su lúgubre existencia y esa no es otra que: ¿Volvería a matar el degollador de Cangas de Tineo o Narcea, como se denomina actualmente?

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16 muertos al precipitarse un camión con trabajadores al Sil

Guardias civiles en una ribera del río Sil

Dicen que el verano suele ser una época propicia para las tragedias. No se trata de ser aguafiestas ni tampoco ningún cenizo, pero es cierto que en la etapa estival suelen producirse algunos siniestros que dejan una profunda huella que terminan por amargar las vacaciones a quienes tienen la suerte de poder disfrutar de un periodo de descanso. Un suceso de gran magnitud calaría muy profundamente en la Galicia de los sesenta, donde se esperaba con impaciencia la llegada de muchos emigrantes a países europeos para disfrutar de sus merecidas vacaciones. A bordo de nuevos vehículos, de llamativos colores, al tiempo que lucían unas fantasiosas y enormes gafas de sol, portando estrambóticos pantalones a cuadros de campana, aquellos muchachos nacidos mayoritariamente en los tiempos inmediatos, anteriores o posteriores a la Guerra Civil, se encargaban de poner una nota de color al verano gallego de la época, en el que la mayoría de sus habitantes del extenso rural intensificaban sus constantes tareas agrícolas y ganaderas.

En medio de un clima monótono, que apenas era interrumpido por nada ni por nadie, cuando se agotaba la mañana del viernes, 18 de agosto de 1967, un tremebundo suceso conmocionaría terriblemente a una Galicia en la que todavía se vivía de forma perenne el eterno recuerdo de la Guerra Civil. Si bien es cierto, que el país gallego ya había dejado de ser el paraíso de la desaparecida guerrilla antifranquista, tras la liquidación hacía poco más de dos años en aquel entonces del último forajido, Xosé Castro Veiga, conocido como «O Piloto», abatido por agentes de la Guardia Civil.

En aquella época eran ya muchas las familias gallegas que habían abandonado los trabajos agrícolas y muchos hombres preferían ganarse un salario en cualquier empresa a vivir de forma sempiterna detrás de un clásico carro del país, mientras su eje servía de una eterna sinfonía que ya ha desaparecido, como habían hecho sus padres. Aún así, había una gran mayoría que prefería combinar las labores en el mundo agrario con un trabajo en cualquier empresa, ya que eso les permitía aparentemente mejorar su nivel de vida.

Sin embargo, una de las medidas que seguía fallando, por no decir que brillaba totalmente por su ausencia, era la seguridad laboral y cualquier lugar podía ser propicio para un fatal accidente, tal y como les sucedió a 16 trabajadores de los cerca de 40 que viajaban en un camión, perteneciente a la empresa Francisco Cachafeiro, que trabajaban en las muchas obras que en aquella época se estaban haciendo a lomos del río Sil, con la finalidad de aprovechar los muchos saltos de agua que presentaba para convertirlos en energía eléctrica, obsesión perenne y un tanto enfermiza del régimen de Franco. Hay que recordar que el viejo dictador se había ganado el mote de «Paco, el rana» por su obcecación en inaugurar pantanos, siendo este uno de los pocos chistes que era permitido en torno a su decadente y obtusa figura.

2o metros

Los trabajadores habían concluido a esa hora, en torno a la una de la tarde, su turno de trabajo matinal cuando se encaminaban a almorzar a bordo del camión accidentado. No llevaban sujeción alguna, yendo en su mayoría en la parte posterior del vehículo, destinada a remolque, cuando el coche se precipitó por un rocoso desnivel de 20 metros, parando en un área del río Sil que tenía una cierta y pronunciada profundidad en la localidad lucense de San Clodio, perteneciente al municipio de Ribas de Sil. Además, como en casi todas las tragedias, siempre hay algunos factores que contribuyen a magnificarla. En este caso, quienes iban sobre el camión se encontraron con la mala suerte de que fueron a caer precisamente en una de las zonas en las que el siempre caudaloso río Sil tenía una mayor profundidad y nivel de agua, zonas a las que en Galicia los pescadores suelen denominar bogos, en las que suele haber una sobreabundancia de pesca. En zonas inmediatamente próximas a las que se produjo el siniestro, el nivel del agua no superaba en esas fechas del año el medio metro de profundidad al encontrase en periodo estival.

Como sucedió muy a menudo durante la etapa franquista, nadie se quería responsabilizar de la tragedia ni tampoco buscar unas causas objetivas, encomendándolo todo a los designios de la Divina Providencia. La causa más probable del siniestro pudo haber sido la ausencia de visibilidad que, en el momento de producirse, se registró. Según algunas informaciones de la época, el conductor del camión se encontraría con una inmensa polvareda levantada por un utilitario con el que se había cruzado a la altura de la curva en la que tuvo lugar el trágico suceso. Aunque es mencionado por diversas fuentes, se alude muy poco, sin embargo, a que el camión transitaba por un angosto y estrecho camino rural, muy frecuentes en la Galicia de la época, a los que comúnmente se les denominaba corredoiras, además de carecer de un firme en condiciones.

La mayoría de las víctimas perecieron ahogados al quedar atrapados en el interior del camión sin que se pudiese hacer nada por salvar sus vidas. Es más, algunos que no sabían nadar se agarraron fuertemente a sus compañeros provocando, a su vez, la muerte de quienes se sabían desenvolver entre las aguas. Otros trabajadores que iban en el camión se lanzaron desde el remolque para caer sobre una zona rocosa, agarrándose a las enormes piedras para evitar caer al río. Sin embargo, otros fallecieron como consecuencia del impacto de su cuerpo, principalmente la cabeza, contra las piedras. Llama la atención que algunos de los que se salvaron se marcharon del lugar por su propio pie con la intención de que no se preocupasen sus familias.

Héroes

Como en toda tragedia siempre hay algunas personas que destacan por su altruismo y heroísmo. En este caso uno de los principales héroes fue el conductor del camión, quien salvaría la vida de las personas que en ese momento le acompañaban en la cabina en la que viajaban. De igual manera, otra persona que se distinguió por su arrojo y valentía fue un joven, hermano de la sirvienta del médico forense de la localidad de Quiroga, muy próxima al lugar de los hechos. Al parecer, este muchacho se lanzó varias veces a las aguas del Sil para socorrer a las víctimas del siniestro, salvando varias vidas.

Los trabajos para sacar a los fallecidos del río se prolongarían a lo largo de toda aquella fatídica jornada de aquel trágico mes de agosto, siendo de nuevo muy destacable la gran labor desempeñada por los vecinos del lugar en el que se produjo este trágico acontecimiento. Muchos de ellos colaborarían con los efectivos de la Guardia Civil, único cuerpo que en la época desempeñaba tareas de socorro, en la extracción de algunos cuerpos de los fallecidos de las aguas del río Sil.

En vista de que pudiesen quedar más víctimas atrapadas, al no haber aparecido todos los que viajaban a bordo del camión puesto que algunos de ellos habían abandonado el lugar del accidente, se desplazaron hasta San Clodio miembros pertenecientes al equipo de hombres-rana del Ejército. Por fortuna, no encontrarían más cadáveres en las aguas de aquel cauce fluvial. En el mismo solo quedaba un camión que había sido adquirido recientemente por la empresa constructora por lo que se desechó en todo momento cualquier fallo de tipo mecánico.

El suceso conmovería fuertemente a la rural Galicia de la época, a pesar de que solamente en algunas casas disponían de aparatos de radio en tanto que la televisión era cosa de privilegiados. Los periódicos se solían leer en cualquier desvencijado bar o taberna mientras el rancio olor de frutas y verduras allí almacenados servía de fondo a las pituitarias, en tanto sobre una chapa metálica colocada en su descolorida fachada se podía leer el anuncio de una conocida marca de vinos o gaseosas, aunque también era muy común un rótulo de no menos conocidas firmas comerciales dedicadas a la distribución de abonos o fertilizantes.

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