El naviero asesinado era presidente de la Compañía Ponte-Naya
A nadie se le escapa que la droga ha causado muchos estragos en nuestra sociedad. Es algo más que obvio. En la década de los años ochenta fueron muchos los jóvenes atrapados por la heroína, que hizo un daño más que espantoso, además de ser una fuente inagotable del contagio de enfermedades, entre ellas el SIDA, que también dejaría su apestosa pisada en muchos de aquellos mozos que fueron sus víctimas. El narcotráfico movía una ingente cantidad de dinero que procedía casi todo de la delincuencia. A aquellos que caían en las redes de la droga no les quedaba otro remedio que sumergirse en el inframundo de los bajos fondos y la delincuencia para poder costearse un hábito que de otra forma les hubiese resultado imposible hacerle frente.
Al estar muy estrechamente relacionado con el mundo del delito, el mundo de las drogas sería también la causa de un gran número de crímenes y robos en todo el país. Además, los actos delictivos cometidos por aquellos muchachos cuando se encontraban con el «mono» podían ser verdaderamente crueles y execrables hasta el extremo. De hecho, en Madrid se viviría la famosa matanza de la calle Sáinz de Baranda, en la que dos jóvenes, en pleno estado de ansiedad, acabarían con la vida de un matrimonio estadounidense y su criada de una forma verdaderamente truculenta y que consternaría a la capital de España en los últimos de un gélido mes de enero del año 1988.
Una de las víctimas de ese estado de desesperación de unos drogodependientes lo sería, de forma colateral y hasta se puede decir que un tanto casual, el conocido naviero gallego Joaquín Menéndez Ponte, de 59 años, quien sería asesinado de dos certeras puñaladas en la madrileña calle de Balbina Valverde, en la colonia de El Viso, considerada como la zona más rica de España, en la jornada del primero de junio de 1988.
En defensa de su cuñado
El conocido empresario gallego, que se encontraba en Madrid de forma ocasional, había salido en defensa de su cuñado Álvaro Cruzat en torno a la una y veinte de la madrugada, al ser abordado por dos jóvenes que pretendían robarle el coche, además de apoderarse de diversos objetos de valor, entre ellos algunas joyas, que portaba la esposa de su hermano político, Virginia Zubiría. En la refriega, después de haber logrado su objetivo, los ladrones no dudaron en emplear un arma blanca con la que darían muerte al presidente de la conocida naviera gallega Ponte Naya. El coche lo sustrajeron con la esposa de Álvaro en su interior, aunque la arrojarían del mismo un centenar de metros más adelante. La mujer solo sufriría algunas contusiones leves. Los dos cuñados habían ido a cenar juntos esa noche y regresaban al domicilio de Álvaro Cruzat.
Una vecina se sintió alarmada por los gritos que profería la mujer que había sido víctima del asalto, así como por el impacto que les había ocasionado el charco de sangre en el que había quedado el naviero gallego. Inmediatamente, puso el caso en conocimiento de la policía, así como de los servicios asistenciales con el fin de socorrer al empresario herido de gravedad. Fue trasladado al centro hospitalario madrileño Gregorio Marañón en el que ingresaría ya cadáver.
Según declaraciones de los testigos, el suceso se produjo de una forma muy rápida, sin que les diese tiempo a reaccionar, ya que dos hombres jóvenes se abalanzaron sobre ellos sin que pudiesen hacer nada. Joaquín Menéndez ya se encontraba a la altura del portal para dirigirse a la casa de su hija, en la que se encontraba hospedado durante su estancia en Madrid.
Su cuerpo sería trasladado hasta el Insituto Anatómico Forense de la capital de España donde se le practicaría la autopsia. Posteriormente, recibiría sepultura en la ciudad herculina en los primeros días del mes de junio de 1988. Su fallecimiento provocaría la lógica consternación en la Galicia de la época, al ser muy conocido el empresario en diferentes ámbitos gallegos, de forma especial en el marítimo y el naviero.
Joaquín Menéndez Ponte, que estaba casado y tenía cuatro hijos, era el padre de la conocida escritora gallega en lengua castellana María Menéndez-Ponte Cruzat. Además era cuñado del duque de Feria. Economista de profesión, había sido consejero del Banco del Noroeste, entidad que había pertenecido al grupo RUMASA; presidente de la Compañía Marítima Ponte Naya, consejero de la Naviera Astur-Galaica, S.A.; presidente de Promociones Pecuarias, S.A. y consejero de Air Spain.
Las fiestas navideñas son una época del año que, a decir de los expertos, son muy propensas para la depresión. Es un tiempo en el que todo el mundo se recuerda especialmente de aquellos que otrora compartían esa celebración en familia y que ya no se encuentran entre nosotros. De todos es sabido que se multiplican esos ya clásicos mensajes de paz y amor por doquier, a los que se suman muchos otros expresando sus mejores deseos algunas conocidas empresas y marcas comerciales que, en los tiempos actuales, divulgan de una forma mucho más lúdica a través de los dispositivos electrónicos que ya son tan comunes en nuestros días.
También en los días finales del año y en los primeros del nuevo que se avecina, los distintos medios de comunicación, en sus diferentes soportes, nos recuerdan una y otra vez los acontecimientos que han sucedido a lo largo del período que concluye. Ante todo, recuerdan los instantes más dramáticos y crueles que han ocurrido a lo largo de esos 365 últimos días. Cuanto más sangrientos, mucho mejor. Si a todo ello se les añaden los no menos clásicos niños del África Subsahariana que fallecen a causa de las enfermedades y la desnutrición, entonces el reportaje en cuestión alcanza un mayor nivel de morbo, tal vez invitando al lector, oyente o telespectador a que valore su actual situación y no caiga en eses megaconsumismo al que invita la Navidad. Pero, esas cosas, los niños desnutridos, además de ser tan tradicionales como el mismo turrón y el champán, pasan muy lejos. Por si fuera poco, quien consume esas imágenes poco o nada puede hacer, aparte de no ser esa su cultura.
El verdadero trauma en época navideña surge cuando la tragedia se produce en nuestro entorno y nuestras narices. Entonces nos damos cuenta de que cerca está de nosotros el drama. Repentinamente nos viene la consciencia de que no somos ajenos a ello y cualquier persona podría ser el protagonista principal de cualquier dramático suceso que ocurra tanto en fechas navideñas como en cualquier otra del año. Aunque, parece que nos duele mucho más en ese tiempo en el que todo el mundo se deshace en expresiones de felicidad, paz, amor y buenos deseos para con sus semejantes, aguardando que el año nuevo nos depare la ventura que nos negó el que está a punto de despedirse.
Precisamente en la Navidad del año 1990 la tragedia se cebó con un autobús que cubría la línea Madrid-Vigo, falleciendo 12 personas y resultando heridas de gravedad un total de 26. El siniestro, como si de una broma macabra del destino se tratase, se produjo el 28 de diciembre de aquel año, festividad de los inocentes. Pero, por desgracia, no se trataba de una broma de mal gusto ni tampoco de una inocentada, tan frecuentes en una jornada como esa. Era una triste realidad para doce personas que habían perdido la vida cuando se disponían a desplazarse desde Madrid hasta Vigo para disfrutar del fin de año, que, por la fatalidad del destino, no podrían gozar jamás al perder su vida en el asfalto.
Exceso de velocidad
El autocar, en el que viajaban 37 personas, había salido de la vieja Estación Sur de autobuses de la capital de España a las nueve de la mañana de aquella aciaga jornada de invierno. Al parecer, el autobús, que tan solo tenía seis meses de antigüedad y que todavía lucía la matrícula de prueba, llevaba escaso tiempo transitando por las zonas de salida de la capital de España y se disponía a incorporarse a la M-30 cuando tomó una curva de incorporación a 80 kilómetros por hora a la altura de Puerta de Hierro, a lo que se sumaba que la sinuosidad carecía de peralte y estaba mal señalizada. El conductor del vehículo, que era un conocedor del trayecto, quiso evitar el accidente y frenó dejando impresa la huella de las ruedas en un tramo de unos cien metros, pero sin conseguirlo. Finalmente, el autobús impactaría contra un enorme poste de hormigón situado sobre un talud de tierra que sostenía unos carteles indicativos de otras localidades de Madrid. A consecuencia del tremendo impacto, el autocar terminaría volcando. Los viajeros que más directamente sufrieron las consecuencias del choque fueron los que iban situados en las primeras filas del autocar, reservada antaño a no fumadores. Algunas personas que iban a bordo saldrían despedidos a raíz del fortísimo golpe recibido por el vehículo, además de arrancar alguna filas de asientos.
Inmediatamente tras el terrible siniestro se desplazaron dotaciones de distintos equipos de auxilio al lugar donde se había producido tan trágico accidente, entre ellos los bomberos, grupos de la Policía Nacional y también sanitarios. Para excarcelar a quienes habían quedado atrapados en aquel amasijo mortal de hierros, los bomberos de Madrid se vieron obligados a cortar la techumbre del autocar, rescatando, en un primer momento, a ocho cadáveres que serían posteriormente depositados sobre el asfalto de la calzada a la espera que la autoridad judicial diese la oportuna orden de trasladarlos al Instituto Anatómico Forense de la capital de España.
Ocho viajeros, cuyos cuerpos fueron los primeros en ser rescatados, fallecieron prácticamente en el acto, en tanto que otros cuatro morirían cuando eran trasladados a los centros sanitarios o bien al poco tiempo de ingresar en los mismos. Los hospitales madrileños de Puerta de Hierra y Clínico Universitario San Carlos fueron los dos principales sanatorios que recibieron a la mayoría de las víctimas. En este último fallecería una mujer que también había perdido a otra hermana en el mismo siniestro.
Autocar de refuerzo
El autocar siniestrado, que había sido adquirido recientemente, pertenecía a la empresa Monforte y estaba haciendo su servicio de refuerzo que le había subarrendado la concesionaria del habitual servicio Madrid-Vigo, ETNACAR, debido a la gran cantidad de viajeros que demandaban sus prestaciones. A todo ello se sumaba que el conductor era un experto conocedor del tramo en el que se produjo el siniestro, pues ya había efectuado en otras ocasiones el mismo recorrido.
El suceso, como no podía ser de otra forma, provocó una gran consternación y abatimiento en la ciudad de Vigo, así como en el resto de Galicia, desde donde se enviarían muchas muestras de cariño y afecto a familiares y amigos de todas aquellas personas que habían perdido la vida en tan dramático suceso que, definitivamente, empañaría aquellas primeras fiestas del último decenio del segundo milenio a todos los gallegos. No era para menos.
A comienzos del nuevo milenio Galicia había dejado de ser el territorio atávico que falsamente habían dibujado algunas crónicas de medios foráneos. Nada recordaba al viejo territorio del que antaño huían sus hijos encaminados hacia supuestos paraísos en los que supuestamente les aguardaba una vida feliz y próspera, aunque finalmente una gran parte de ellos solamente lograban sobrevivir. Y muchas veces, ni eso. Tal y como les había ocurrido a una buena parte de los que se dejaron su piel y también su vida en los derrotados países del nuevo mundo.
En el país gallego de comienzos del siglo XXI se vivía francamente bien. O al menos eso pensaban muchos de sus habitantes, con Manuel Fraga Iribarne al frente, convertido en un casi eterno patrón paternal para muchos gallegos de la época. Sin embargo, en aquella tierra pasaban cosas. Algunas buenas y otras malas. Uno de esos años en el que se sucedieron distintos acontecimientos de triste rememoranza para muchos gallegos fue el año 2002, el del famoso y desgraciado «Prestige», aquel petrolero de bandera de conveniencia que soltó su carga al embarracar frente a las costas gallegas ocasionando una terrible catástrofe de dimensiones desconocidas, siendo los principales damnificados los muchos hombres y mujeres que vivían exclusivamente del mar.
Precisamente, en la misma época en la que el famoso buque provocó la triste marea negra que traería una consecuencias fatales para los gallegos se producirían dos atentados o explosiones que jamás se supo quien había sido su autor real, pese a que se detuvo a tres personas una semana después de las explosiones que dieron como resultado la muerte de un matrimonio y heridas a otras dos personas en el extrarradio de la ciudad de Vigo. Las explosiones tuvieron lugar a primeras horas de la mañana del día 5 de noviembre de 2002.
Matrimonio asesinado
En el barrio vigués de Cabral el matrimonio formado por Vicente Lemos Haya, de 51 años y su esposa, Rosa Gil se vio sorprendido al encontrar una bolsa negra en la verja de entrada de su chalet en torno a las nueve y cuarto de la mañana. El envoltorio también sorprendió a una vecina que pasaba por el lugar, aunque sin darle mayor importancia. La pareja, que se dirigía a la casa de los padres de la mujer, decidió examinar lo que había en la colgadura que, al descolgarla, provocaría una potente deflagración que terminaría con la vida de ambos. El era uno de los jefes de producción de la factoría de Pescanova en la ciudad de Vigo, en tanto que ella era ama de casa.
Al escuchar la potente detonación, los vecinos de viviendas contiguas salieron a la calle alarmados, pensando que se trataría de una explosión de gas. Desgraciadamente, era mucho más que el simple estallido de una bombona, ya que se encontraron de súbito con los dos cadáveres de la pareja formada por Vicente y Rosa en el suelo. Su automóvil, un SEAT 600, todavía se encontraba encendido.
Los vecinos de las víctimas se sintieron muy desconcertados por esta gran tragedia que nadie sabía a que podía deberse, pues se trataba de una pareja prácticamente anónima, que tenía un único hijo de 21 años, que estaba cursando sus estudios universitarios en la ciudad de Santiago de Compostela.
Padre e hijo heridos
En el mismo barrio donde se registró la anterior explosión, algo más de una hora antes, a las ocho de la mañana se produjo otra detonación que provocaría heridas de cierta consideración a Luis Ferreira Pérez, de 43 años de edad, apoderado de una sucursal bancaria en la ciudad de Vigo y a su hijo Óscar, de doce. La detonación le provocaría un traumatismo en el abdomen con estallido intestinal y una herida en la córnea del ojo izquierdo. A su padre las heridas le afectarían a las piernas, fracturándole la tibia izquierda. Ambos serían ingresados en el hospital Meixoeiro de la ciudad olivíca.
Como consecuencia del resultado de la explosión, la esposa y madre de los heridos sufrió un ataque de nervios, del que tendría que se atendida en el mismo centro sanitario en que fueron ingresados su marido e hijo.
Las familias que sufrieron ambos atentados residían en la periferia de la ciudad olívica, sin tener ninguna relación aparente entre ellos, pese a que las bombas explotaron en la misma jornada y estaban compuestas de un material similar. Las mismas estaban compuestas de pólvora prensada, hechas de una forma muy rudimentarias, pero preparadas para hacer el mayor daño posible. En el interior de cada una de las dos bolsas, envuelto en papeles de periódico, había un tubo de unos 30 centímetros de longitud relleno con trozos de hormigón y piezas de hierro para que actuasen como metralla con la finalidad de hacer el mayor daño posible. Los tubos se accionaban con un sistema de detonación, listo para el primer movimiento. Se supone que ambos explosivos fueron colocados en la noche anterior a hacer su detonación.
Impunidad
Apenas dos semanas más tardes fueron detenidos tres jóvenes como presuntos autores de las explosiones que habían provocado la muerte de un matrimonio y heridas graves a otras dos personas, entre ellas un niño. Sin embargo, dos de ellos serían puestos en libertad tras prestar declaración ante la jueza titular del juzgado de instrucción número dos de Redondela Carmen Novoa Santos.
Solamente uno de los detenidos F.R,G., permanecería en prisión durante algún tiempo, concretamente entre el 13 de noviembre de 2002 y el 21 de noviembre de 2003. Sería puesto en libertad tras abonar una fianza de 3.000 euros. Esta misma persona solicitaría de la Justicia una indemnización de 58.100 euros por el tiempo en que estuvo en prisión en concepto de daños morales y perjuicios ocasionados por el tiempo que permaneció privado de libertad. Sin embargo, su reclamación no fue atendida por los tribunales, al estimar que no se trataba de un sobreseimiento libre.
Pese a que han transcurrido casi 17 años desde que se cometieron estos horrendos atentados, jamás se ha vuelto a detener a ninguna persona que se sospechase alguna relación con este suceso que costó la vida a dos personas. La policía siempre sostuvo que ambas explosiones habían sido obra de la misma persona, pese a que ambas familias no guardaban ninguna relación aparente entre si. De la misma forma, siempre se ha descartado la hipótesis de que se tratase de un atentado terrorista por la escasa relevancia social que gozaban las víctimas.
Labores de los servicios de auxilio en el trágico siniestro
El año 1999 prometía y, todo hay que decirlo, fue espectacular por la visita masiva a la tumba del Apóstol de peregrinos provenientes de todas partes del planeta. El entonces presidente de la Xunta, Manuel Fraga Iribarne, se había propuesto potenciar y realzar la imagen de Galicia en el exterior a costa de los sucesivos años santos que se celebraban en Compostela, con la denominación comercial de Xacobeos. Parecía una apuesta segura, aunque eran muchos los que se quejaban, especialmente los hosteleros, que aquellos turistas que llegaban al finisterrae occidental eran de mochila y alpargata, es decir que no eran, lo que se dice, consumidores natos. Aunque si dejaban algún valor añadido, no era tanto como cabía imaginar, además de producir en la siempre bella y eterna ciudad de Compostela el fenómeno del turismo masivo que, además de carecer de cualquier beneficio, provoca el efecto contrario, que es perjudicar gravemente a un entorno histórico como lo es el compostelano, amén de las molestias que les provocan a quienes hacen su vida cotidiana en Santiago.
Por todos los rincones de aquel 1999 era muy frecuente ver a hombres y mujeres de todas las edades, aunque predominaban los más jóvenes, con mochila en ristre y provistos de cualquier elemento que pudiesen emplear como bastón con destino a las tierras en las que supuestamente se encontraba el cuerpo del Apóstol, pese a que el discípulo de Cristo Jacob jamás pisó en su vida las tierras gallegas. Y es de suponer que ni siquiera supiera que existieran. Se decía que en su lugar se veneraba al irreverente Prisciliano, condenado por herejía. Pero es de suponer que ninguno de los dos se encuentre en el altar mayor catedralicio de la ciudad a la que da nombre Santiago. Muy difícil se lo ponen identificarlo ahora, 1.200 años después, aunque es seguro que los restos que allí se veneran no son los del Apóstol a quien está dedicado tan magnánimo templo catedralicio.
Las peregrinaciones a tierras compostelanas fueron mucho más que las clásicas ilusiones de ganar el jubileo al que aspiraban los millones de peregrinos que durante el Medioevo se dirigían a Galicia por caminos perdidos teniendo como única guía las estrellas, cristianizando así una ancestral tradición celta que se resistió siempre a desaparecer. Ahora, pocos son los caminantes que llegan a Santiago con la ilusión de redimir sus pecados y su alma, además de solicitar su intercesión en asuntos terrenales. La mayoría lo hace por un turismo malentendido que beneficia a muy pocos o por pasar unos días de diversión. O sencillamente por hacer deporte y desconectar del mundo, aunque siempre provistos de la correspondiente tableta con sus contactos en Facebook y las restantes redes sociales.
Quienes si viajaban a la tierra del Apóstol con esas intenciones eran los más de 4.000 peregrinos que cada año santo compostelano se apuntaban en la diócesis de Astorga, o al menos esa era la versión que sostenía su entonces obispo, el gallego Camilo Lorenzo, quien en mayo de 1999 encabezaba la gran legación berciana que en aquel entonces se trasladaba a Galicia para venerar al galileo. Para ello, no habían escatimado esfuerzos, tales como fletar más de medio centenar de autocares, amén de distintos vehículos particulares. Uno de los autobuses había salido de la localidad berciana de Fabero, en la Galicia irredenta, a primeras de la mañana de aquel 23 de mayo 1999, se podría decir que había partido ya de madrugada, cuando todavía no apuntaban los primeros claros de luz de aquel soleado día de primavera.
Vuelco
Alrededor de las nueve y cuarto de la mañana, tras más de tres horas de trayecto, el autocar, en el que viajaban 52 peregrinos, tuvo la mala suerte de enfilar una curva de una forma un tanto anómala provocando un vuelco, al que casi nadie encontraba las razones de porqué se produjo. El vehículo había dejado atrás la autovía para incorporarse a la carretera nacional N-634 a la altura del municipio de Guitiriz cuando, por razones que se desconocen, comenzó a dar bandazos, en tanto los viajeros que iban en su interior proferían angustiosos gritos, para terminar volcando en una sinuosidad que, aparentemente, no parecía ser para nada peligrosa. A todo ello se añadía el excelente estado en el que se encontraba el vehículo, además de no ser excesivamente viejo, ya que contaba con tan solo nueve años en aquel entonces y había superado todas las revisiones a las que había sido sometidos. Por si esto fuera poco, cabe añadir que el día en que se produjo el siniestro era una jornada soleada sin ningún banco de niebla que pudiese dificultar la conducción. Y no solo eso. Quienes iban a bordo del autocar siniestrado manifestaron que la velocidad a la que enfiló la fatídica curva era más bien prudente.
Sea como fuere, lo cierto es que como consecuencia de aquel trágico accidente que enlutaría el último año santo compostelano del siglo XX fallecerían un total de cuatro personas, en tanto que otras 40 resultarían heridas de diversa consideración. Muchos de los heridos, algunos de ellos de gravedad, tendrían que ser trasladados al viejo Hospital Xeral de Lugo y a la Residencia Sanitaria Juan Canalejo de A Coruña. Los menos graves serían atendidos en centros de salud de Guitiriz y Betanzos respectivamente.
La situación vivida en el interior del autobús fue calificada de «dantesca» por un médico que viajaba a bordo del mismo y que fue el encargado de dirigir las primeras atenciones de socorro a los viajeros heridos. Para ser excarceladas las víctimas del amasijo de hierros al que quedó reducido el autocar, fue preciso esperar a que llegasen equipos especializados que tardarían hasta dos horas en poder extraer de allí los cuerpos de las víctimas mortales. Además, en un primer momento se produjeron escenas de pánico y desazón, a lo que se sumaría más tarde cierta confusión a la hora de identificar a los fallecidos. Tres de las personas que habían perdido la vida eran jubilados que ya superaban los 60 años, en tanto que la cuarta era una mujer de tan solo 42 años.
El trágico accidente de tráfico en el que perecieron cuatro personas pertenecientes a diferentes localidades de la comarca berciana fue la nota más triste de aquel Año Santo Compostelano, el último del segundo milenio en el que se habían puesto muchas esperanzas, aunque para unos pobres peregrinos peregrinos procedentes de la frondosa comarca del Bierzo fuese, desgraciadamente, su último destino.
En el año 1974 todavía eran muchos los gallegos que probaban fortuna lejos de su tierra, ya que esta seguía siendo un territorio esquivo a la suerte y al emprendimiento de algunas iniciativas que les permitiesen prosperar. Se esperaba con espasmódica y tensa calma el fin de un régimen que parecía inminente, aunque se demoraría casi dos años, los mismos que le quedaban del vida al viejo dictador. El sistema político estaba ya muy corrompido y su descomposición parecía ser inminente, principalmente desde que fuera liquidado en un atentado terrorista que se atribuyó a ETA el almirante Luis Carrero Blanco, que había sido asesinado cuando estaba a punto de concluir el año 1973.
Galicia continuaba siendo esa tierra atávica y ancestral que todavía seguía siendo retratada como un territorio peculiar y desconocido, en el que aún se escuchaban, aunque cada vez menos, los eternos cuentos de meigas, trasnos y tangaraños. De la misma forma, muchos gallegos de la época, principalmente en la provincia de Lugo, seguían trabajando de una manera tradicional en la que no daban por desaparecido a los viejos arado romano y el carro del país que, a lo largo de caminos y corredoiras, seguían entonando su no menos ancestral sintonía en la que su eje, escasamente engrasado, seguía siendo el gran protagonista.
Pero pese a que seguía siendo un territorio inmóvil y a veces podría decirse que aletargado, por su negativa a renovarse, era una tierra en la que sucedían cosas. Algunas eran buenas, y otras no tanto. Tampoco era el inquilino de El Pardo el único protagonista de aquella eterna Galicia, que tan solo un lustro antes había gozado de la gesta del Pontevedra CF en la máxima categoría del fútbol estatal al ya clásico grito de Hai que roelo!
Aquella primavera del año 1974 estaba siendo convulsa. Los motivos de esa convulsión los podemos encontrar en la ejecución de Salvador Puig Antich, quien había padecido una verdadera degolladura a consecuencia de la impericia del verdugo que le tocó en desgracia. Pero en Galicia se produciría un hecho singular que alteraría la tranquila convivencia de sus habitantes. En Vigo aparecía asesinado en la tarde-noche del 20 de abril de 1974 en el despacho de su oficina el empresario conservero, Antonio Alfageme del Busto, de 57 años de edad, y que, además de dirigir su puntera sociedad, era presidente de la Unión de Fabricantes de Conservas de Galicia, siendo toda una autoridad en su tierra en aquella época.
Un familiar de la víctima, Fernando García del Valle, ingeniero naval de profesión y yerno de Antonio Alfageme, daría la voz de alarma en torno a su desaparición, ya que su suegro se estaba demorando en regresar a su domicilio para cenar. Esta misma persona de su círculo más íntimo lo encontraría tendido en el suelo de la oficina en medio de un gran charco de sangre. Su asesino se había ensañado con su víctima, pues presentaba un gran número de cortes y puñadas hechas con algún objeto punzante que bien pudiera ser una navaja o un arma semejante.
Confusión
La muerte de Antonio Alfageme del Busto provocó la lógica consternación en su ciudad, Vigo, donde, además de ser un personaje muy popular y conocido, gozaba del aprecio de gran parte de sus paisanos. Cuando los investigadores hicieron sus primeras pesquisas se centraron en diversas pistas, algunas de las cuales podían apuntar a algunos empresarios de su mismo sector o por algún ajuste de cuentas. Sin embargo, había un hecho que parecía dar algo de luz en el asunto, el ensañamiento que había provocado en su víctima revelaba que se escondía alguna otra cuestión de tipo personal en la que estuviese involucrado el conocido empresario gallego.
Durante varias jornadas se sucedieron los interrogatorios a distintas personas de la ciudad, entre ellos al también empresario Francisco Rodríguez Rodríguez, propietario de la empresa de la distribución del butano de la ciudad de Vigo. Aunque resultó detenido en un primer momento, posteriormente sería puesto en libertad, al no encajar algunas de las piezas del impresionante rompecabezas ante el que se hallaban los investigadores policiales.
La principal clave del crimen que conmocionó a la sociedad gallega de entonces, la daría un cuaderno privado de notas de la víctima en el que se anotaban muchos teléfonos, entre ellos hasta los de siete señoritas, aunque para desvelar a quien correspondían debieron hacer encajes de bolillos, pues sus nombres estaban escritos en clave. Finalmente, la nómina de las investigadas se redujo a cuatro.
Entre esas investigadas se encontraba la esposa del propietario de la empresa dedicada a la distribución del butano en la ciudad olívica, María Cristina Pérez de Diego, una bella y distinguida dama de la alta sociedad de la ciudad del sur de Galicia de 42 años de edad, quien había sido condenada por adulterio. Esta fue la pista principal que siguió la policía, que le llevaría hasta su viejo conocido Francisco Rodríguez, quien sería detenido casi tres semanas después de haberse cometido el crimen. Para ser más exactos, su detención se produjo el 10 de mayo de 1974. La contemplación de una silueta con una chaqueta de color rojo en las inmediaciones de la oficina de Alfageme el día de autos fue clave también en su detención, pues esa prenda era la que habitualmente empleaba el industrial conservero en su despacho. El empresario del butano de la ciudad olívica confesaría ante los agentes de la comisaría viguesa el asesinato. Se comentaba entre personas de su círculo más próximo el hecho de que, pese a haber cometido un crimen y a estar en la lista de los sospechosos, hacía una vida completamente normal como si nada hubiese ocurrido y el asunto no fuese con él.
Estilete abrecartas
Tras confesarse autor del crimen, Francisco Rodríguez relataría ante las autoridades que detrás del sangriento suceso se hallaba una cuestión de carácter sentimental, pues su esposa se había convertido en la amante de Alfageme. Además, confesaría también que recibía cartas anónimas, escritas a máquina, en las que se le indicaba que su mujer se traía un lío de faldas con el conocido conservero. Estas mismas misivas resultaron también una clave para resolver el asunto, pues la letra de las mismas se correspondía con las de una máquina de escribir que Antonio Alfageme poseía en su propio despacho.
Previamente, Francisco Rodríguez había encargado a un detective privado el seguimiento de su esposa. Así era conocedor de prácticamente todos los detalles sobre su vida. Entre estos figuraba una cita en una pensión de Vigo, situada en la calle Alfonso XIII el 20 de abril de 1974. De la misma vio salir al presidente de los conserveros gallegos, mientras que tan solo unos momentos después saldría su esposa. Posteriormente, Francisco se dirigiría al garaje de su casa de donde tomó un desmontable, que guardó en el bolsillo del pantalón. Este era un aparato para sacar y poner las arandelas de los vehículos.
Provisto de lo que supuestamente precisaba, se dirigió a la calle Felipe Sánchez, donde se emplazaba el despacho de su víctima, a quien la abordó en el momento en que esta la abandonaba. En un principio le propinó un empujón así como una patada en el bajo vientre, lo que provocaría que Alfageme cayese de rodillas al suelo, donde continuaría golpeándole de forma insistente con el desmontable, provocándole una primera conmoción.
Tras la primera agresión, Francisco Rodríguez se dirigió a los lavabos con la intención de asearse, pero vio como la víctima trataba de alcanzar la puerta arrastrándose por el suelo, por lo que proseguiría agrendiéndole con mucha mas saña. Ahora utilizaría un estilete de abrir cartas o posiblemente una navaja, con la que le propinaría hasta un total de 13 puñaladas en el cuello que acabarían con la vida de Antonio Alfageme. Tras cometer el crimen, el propietario de la empresa de combustibles se dirigió al muelle de Vigo, donde arrojaría al mar el arma utilizada en la comisión del asesinato. Esa misma noche, cuando regresó a su domicilio, después de cenar se iría al cine con su esposa.
Condena
E 10 de junio de 1975 se celebraría el juicio por el crimen que costó la vida a Antonio Alfageme en la Audiencia Provincial de Pontevedra, presidiendo el tribunal el magistrado Mariano Rajoy Sobredo. En un principio se pedían 15 años de cárcel para Francisco Rodríguez, así como una indemnización de un millón de pesetas para los herederos de la víctima. Los encargados de juzgar este controvertido y rocambolesco caso tuvieron en cuenta distintas atenuantes que se derivaban de los informes elaborados por los peritos y psiquiatras que se encargaron de juzgar ese suceso. Así, según los forenses, el acusado presentaba una «personalidad inmadura», a lo que se añadía un «bajísimo nivel de angustia», además de calificarlo como un «psiconeurótico de carácter patológico» lo que significaba un «defecto en la formación de la personalidad», siendo inconsciente de sus actos en el momento de cometer la agresión mortal sobre Alfageme. A ello se añadía la negativa de la víctima a hablar con el agresor en el momento previo a cometer el crimen, lo que desencadenó su furibunda reacción, sufriendo en ese momento un trastorno mental de carácter transitorio.
Francisco Rodríguez Rodríguez sería condenado en sentencia firme a la pena de ocho años de prisión mayor, así como al pago de una indemnización cifrada en 900.000 pesetas a los herederos del empresario conservero vigués. Se tuvieron en cuenta las atenuantes presentadas por su abogado defensor, indicando que el agresor había actuado de «forma obcecada» en el momento de asesinar a Antonio Alfageme. A todo ello se añadía los antecedentes que presentaba su esposa, quien, como ya se ha indicado, había sido condenada por adulterio.
En aquel tiempo, hace ya 45 años, se pretendió relacionar este crimen con el famoso «caso Reace», un escándalo motivado por la desaparición de más de cuatro millones de kilos de aceite en el año 1972 de su factoría, ubicada en el municipio de Redondela, muy próximo a Vigo. El aceite desaparecido pertenecía a la Comisaría General de Abastecimientos y estaba valorado en casi 170 millones de pesetas (más de un millón de euros actuales). En torno a este escándalo se producirían distintas muertes en muy poco tiempo, relacionándose el deceso de Alfageme con otros similares acontecidos en aquella época. De la empresa Reace, propietaria de la factoría de la que había desaparecido el aceite, formaba parte de su consejo de administración Nicolás Franco Bahamonde, hermano del entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, aspecto este que aumentaba el interés público por tan dramático asunto.
La España de hace 40 años estrenaba consistorios democráticos, tras pasar más de 40 años sin procederse a la renovación de unas viejas instituciones descuidadas y caducas a las que por fin llegaba un más que necesario soplo de aire fresco. También en Galicia había nuevos alcaldes y concejales elegidos a través de las urnas, aunque seguía planeando todavía la sombra de aquellos viejos caciques que ahora se disfrazaban de demócratas de última hora para poder seguir detentando un poder que pretendían patrimonializar. Sin embargo, la irrupción de los vientos de libertad estaba siendo más que imparable y parecía aventurarse un prometedor tiempo de ilusión y esperanza en el que los gallegos iban a finiquitar la sempiterna imagen de andar detrás de un arado romano o tras una yunta de bueyes o vacas. Aún así, quien podía seguía buscando fortuna allende los límites que marcaban las cordilleras gallegas, ya que en el noroeste peninsular seguía siendo muy complicado prosperar.
Cuando se había cumplido justo una semana de la elección de las corporaciones democráticas, el 10 de abril de 1979, martes de Semana Santa para más señas en una época en la que las sotanas iniciaban su vertiginosa decadencia, los gallegos y también el resto de los españoles se sobresaltaron a media tarde con una desgraciada y trágica noticia. Unos muchachos y sus maestros, todos ellos pertenecientes al colegio Vista Alegre de Vigo, perecían en las aguas del río Órbigo a consecuencia de un trágico accidente de tráfico que sufría el autobús en el que viajaban de regreso a la ciudad olívica. Habían aprovechado el paréntesis vacacional para efectuar una excursión a Madrid. Sin embargo, y por desgracia, jamás regresarían junto a los suyos debido a una de las muchas fatalidades que ocurren en las carreteras.
Demasiadas adversidades
Cuando en cualquier siniestro se producen muchas víctimas, ya sea de carretera, ferrocarril o aéreo, suelen juntarse un cúmulo de circunstancias que contribuyen de forma decisiva a magnificar la tragedia. Este desgraciado suceso no fue ajeno a esa suma de infortunios. Cuarenta años dan para hablar largo y tendido sobre que pasó o dejó de pasar, dando lugar a un sinfín de teorías y conspiraciones que jamás podrán poner de acuerdo al común de los mortales. Lógico, por otra parte. Este caso no iba a ser menos.
En un principio se apuntó al exceso de velocidad como el causante del siniestro. Se habló de que el conductor había enfilado con demasiada rapidez la curva en la que se alza el puente que se sostiene sobre el río Órbigo, en el término municipal de Santa Cristina de la Polvorosa, en la provincia de Zamora. El autocar solo había recorrido cuatro kilómetros sobre una carretera ancha y en buen estado, la Comarcal-650, que une las localidades de Ourense y Benavente, cuando derrapó sobre la sinuosidad que tomaba. Su parte trasera tocaría con el pretil del puente a consecuencia de lo cual el vehículo patinaría hasta el otro lado de la carretera precipitándose al río Órbigo.
Además de producirse el siniestro en el sitio menos indicado, hay que añadir que el caudal del efluvio era muy superior, hasta seis veces más, al que acostumbraba a llevar normalmente, debido a las lluvias caídas en aquella pluviosa primavera. El lugar al que fue a caer el autobús era uno de los puntos más profundos del cauce fluvial, con una hondura que podía llegar a los ocho metros, lo que contribuiría de forma decisiva a agrandar la de por si ya enorme magnitud de una tragedia que teñiría de luto la Semana Santa de los españoles.
Otra de las causas a las que se atribuyó el accidente fue al hecho de que el conductor del autocar llevase los ojos llorosos e irritados como consecuencia de que alguno de los jóvenes viajeros le hubiese echado polvos de pica-pica, circunstancia esta que le habría dificultado la visión o la atención al volante, provocando una aterradora catástrofe en la que perderían la vida hasta un total de 45 niños y 4 adultos, tres maestros y el conductor del autocar.
Solamente once personas se salvarían de perecer en aguas del río Órbigo, entre ellos un soldado que cumplía en ese momento el servicio militar, quien había sido recogido en una localidad en la que el autobús hizo una parada técnica. Al parecer, el mozo era amigo de uno de los profesores que viajaban al frente de la expedición y le conminó a que viajase con ellos.
Los vecinos y la desorganización
Una vez más, como ha sido muy habitual en todas las catástrofes y tragedias que han tenido lugar a lo largo de toda la geografía española, es de reseñar la función que desempeñaron los vecinos de la localidad para socorrer a las víctimas de este siniestro. Incluso algunos jóvenes de Santa Cristina de la Polvorosa se arrojaron a las frías y turbulentas aguas del Órbigo, que en ese momento llevaba un enorme crecida, contribuyendo a salvar algunas vidas, además de rescatar a algunos cuerpos inertes que flotaban sobre el cauce del efluvio zamorano. En este sentido es muy de destacar el arrojo demostrado por José Castro Fernández, un padre de siete hijos, que mostraría un extraordinario valor auxiliando a los damnificados. Además, sería gracias a dos piragüistas voluntarios como se rescataron los cuerpos de dos de las víctimas, los primeros en ser recuperados del agua, que fueron encontrados a casi tres kilómetros del lugar de donde se había producido el suceso.
Pese a que desde el primer instante se movilizaron a cuerpos y fuerzas de seguridad del Ejército, así como buzos y equipos de hombres-rana, al día siguiente al suceso se vivirían dramáticas escenas de tensión entre los padres de las víctimas y las autoridades allí congregadas. Los familiares de quienes habían perecido en las aguas del Órbigo se quejaban amargamente de que en lugar del siniestro se estaban congregando muchos uniformes y coches oficiales, pero no se hacía absolutamente nada para rescatar a sus vástagos que todavía permanecían hundidos en aquel lúgubre charco de tragedia y desolación. Incluso, elevarían sus protestas ante la Reina de España, Doña Sofía, hoy en día Reina emérita, quejándose de la actitud de las autoridades a la hora de rescatar a sus hijos. De la misma forma, un coronel del Ejército sería el blanco de las críticas y la ira de alguno de aquellos progenitores en un tiempo en el que la institución militar seguía manteniendo un carácter poco menos que sagrado.
Los primeros féretros con los cuerpos de los fallecidos en tan fatal accidente llegarían a Vigo en un tren especial, siendo recibidos en la estación de la ciudad olívica por más de 3.000 personas que de esta forma pretendían mostrar su apoyo a las familias de las víctimas. Transcurrida una semana del desgraciado suceso, todavía quedaban por recuperar cinco cadáveres. Esa inusual tardanza, unida a la resquebrajada organización, era aducida en base a que muchos de los equipos de rescate se encontraban disfrutando de las vacaciones de Semana Santa. Increíble, pero cierto.
En la localidad en la que se produjo el accidente, Santa Cristina de la Polvorosa, se erigiría un monolito en honor de las personas allí fallecidas. Aunque este monumento fue prometido por el alcalde a las escasas semanas de haberse producido el siniestro, no sería hasta el vigésimoquinto aniversario del mismo cuando se inauguró oficialmente. El recuerdo a las víctimas se perpetuaría con la dedicatoria de una plaza a la ciudad de Vigo en el mismo municipio.
Durante la Segunda República se vivió una época muy convulsa que se hacía más latente a medida que se acercaba la Guerra Civil. Galicia continuaba siendo un territorio pobre y atrasado con bajísimos índices de desarrollo humano. La única salida que les quedaba a los más jóvenes era la emigración, pese a que las fronteras de la isla caribeña de Cuba habían sido prácticamente cerradas con una nueva legislación que obligaba a contratar a naturales insulares. A todo ello se unían las consecuencias de una durísima crisis económica acaecida en el año 1929 y a los desastres naturales que habían afectado a la antigua colonia española. El destino predilecto se encontraba ahora más al sur, Argentina y el pujante Uruguay, conocido como «La Suiza Americana». Aún así, los gallegos preferían marcharse de su tierra a estar condenados de por vida a vivir andando detrás de una yunta de vacas o bueyes que le proporcionaban, muy a duras penas, lo justo para vivir, aunque aquello no era una existencia digna ni nada que se le pareciese.
En el interior, casi todo rural, era donde más se notaban los efectos de la pobreza crónica que condenaba a miles de gallegos. Sin embargo, estos no eran ajenos a la crispación que desde hacía algún tiempo afectaba al resto de la sociedad española. Por aquí también anidaban importantes grupos de insurrectos que no dejaban de cometer algún que otro atentado, sintiendo especial predilección por religiosos y personas a las que se les suponía un importante patrimonio. Quizás, detrás de estos ataques, se escondiese una gran cúmulo de pobreza que ahora también se aprovechaba de una situación que se encontraba cada vez más caldeada para rapiñar aquello que podían. No había semana que los distintos medios impresos de la época no diesen cuenta de algún acontecimiento violento, muchas veces sangriento, en los que las fuerzas del orden se veían obligadas a intervenir con una cierta energía para tratar de apaciguar a quienes muchas veces alteraban la pacífica convivencia de la ciudadanía.
Es en ese clima y en esas circunstancias es donde se desarrolla el siguiente hecho sanguinario, teniendo como lugar la principal entrada a Galicia de la época, el municipio de Pedrafita do Cebreiro, en plena montaña lucense. Allí, el 2 de diciembre de 1935 aparecerá muerto Pedro Villar en unas circunstancias demasiado extrañas, que pronto apuntarían a su hijastro como principal responsable de su muerte, ya que mantenían unas relaciones que para nada eran buenas.
A la feria en caballo
Aquella mañana, que se encontraba a tan solo siete meses de la declaración de una sangrienta guerra, Pedro Villar partiría, como en muchas otras ocasiones, en su caballo hacia la feria de la vecina parroquia de Veiga de Forcas, regresando casi siempre cuando el evento comercial concluía, que solía ser al atardecer. En muchas ocasiones, cuando el sol ya se había puesto. En el mercado, además de comer el pulpo que por aquella época era la comida de los pobres, también departiría con muchos amigos y vecinos que se encontró en la misma. Algunos de ellos eran conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijastro, Marcelino Iglesias, con quien se había enfrentado la noche anterior, aunque no hubiese habido más que violencia verbal entre ambos. Lo que menos pensó Pedro es que no regresaría jamás a su casa, que en el trayecto de regreso le aguardaba la parca, enarbolada de forma violenta por quien compartía su misma vivienda.
Conocedor del itinerario que realizaba su padrastro, Marcelino Iglesias esperó a que anocheciese, junto con su cómplice, Josefa Ferreiro, para dar muerte a Pedro Villar. Tal vez supuso que nadie sospecharía de su siniestra acción, pese a que muchos vecinos ya estaban enterados de las malas relaciones entre Marcelino y Pedro, pues no era la primera vez que se veían obligados a intervenir en las impresionantes trifulcas y reyertas que ambos mantenían. Iglesias aprovechó el conocimiento que tenía de los caminos por los que solía transitar quien se iba a convertir su víctima. Así, conocía también algunos recovecos de la montaña donde esconderse, así como las áreas en las que el espesor de la oscuridad nocturna era mucho mayor, en los que en las noches de invierno solían atravesar muchos menos viajeros.
No le dolieron prendas en asustar al caballo en el que iba Pedro Villar, quien caería del mismo, aunque solamente le produciría algunas lesiones y magulladuras sin importancia. Consciente de ello, su hijastro propinó varios golpes a su indefenso padrastro con un palo, apreciándosele una gran herida en la cabeza y otras en el rostro, según detallaría la posterior autopsia. Pese a su fortaleza física, el hombre que iba a caballo terminaría por sucumbir a la tremenda paliza que le había proporcionado su asesino, ya que presentaba desgarros cerebrales que fueron la causa de su óbito.
Tapado con piedras
Para evitar que fuese encontrado el cadáver de la víctima, Marcelino lo arrojaría a una charca en compañía de su cómplice, Josefa Iglesias, tapándolo con piedras para así poder despistar a una supuesta investigación. Al día siguiente, un vecino que pasaba por una zona próxima al lugar de autos se sorprendió al ver pastando tranquilamente un caballo que se encontraba ensillado y que inmediatamente reconoció como él que habitualmente empleaba el fallecido para sus desplazamientos. De la misma forma, en O Cebreiro, el vecindario también había mostrado su disgusto por la ausencia y desaparición de Pedro Villar, hecho que les parecía extraordinariamente raro, ya que solía regresar a casa a la conclusión de cualquier feria o mercado que se celebrase en la contorna.
Los agentes de la Guardia Civil fueron de inmediato puestos en sobre aviso por los vecinos de las malas relaciones que mantenían padrastro e hijastro, así como de una trifulca que habían sostenido en la noche anterior al crimen en la que tuvieron que intervenir para calmar los ánimos de uno y otro. Todas las miradas se dirigían hacia Marcelino Iglesias, quien pronto se declararía autor del suceso sangriento que le costó la vida a Pedro Villar. Además, confesó que para ayudarle a enterrar el cuerpo de la víctima se valió de la ayuda de una mujer, Josefa Iglesias, quien también sería detenida como cómplice de este sangriento hecho.
Cuatro meses después del crimen, a comienzos de abril de 1936, en la Audiencia Provincial de Lugo se celebró el juicio por la muerte de Pedro Villar, un hombre que en el momento de ser asesinado ya superaba los 50 años. El autor de su asesinato, Marcelino Iglesias sería condenado a 20 años de cárcel, con la agravante de premeditación, alevosía y nocturnidad, a lo que se sumaba el hecho de haber escondido el cuerpo de la víctima. Su compañera de andanzas, Josefa Iglesias sería condenada a ocho años de cárcel en calidad de cómplice. A ambos se les perderá la pista, como a muchos otros presos, tras la proclamación del Estado de guerra, en el que muchos presidiarios aprovecharían la confusión reinante para salir de los penales donde cumplían sus respectivas sentencias, enrolándose algunos de ellos en los distintos bandos que se enfrentaron en tan cruel conflicto.
En el año 1943 el mundo asistía al gran cambio que en aquel entonces estaba suponiendo el viraje de los acontecimientos en la IIª Guerra Mundial. Los alemanes comenzaban a perder el conflicto que ellos mismos habían desatado cuatro años antes con la invasión de Polonia. El régimen franquista había mostrado una exquisita afinidad con los germanos en su descerebrado afán expansionista y belicoso por todo el continente europeo, aunque ahora, conscientes más que nunca de que la derrota alemana se atisbaba como poco menos que inminente, también había realizado un viraje radical en sus relaciones con los aliados. Al sistema español de la época ya no le importaba esa cercanía ideológica con quienes le habían ayudado a ganar la Guerra Civil sino que aspiraba, tan solo, a su supervivencia, pese a que los españoles de la época se las veían y deseaban para sobrevivir un día tras otro.
De todos es sabido la postura española en el conflicto mundial, que pasó de no beligerante a neutral, aunque la población sufriese muy duramente las consecuencias de lo que acontecía en el panorama internacional. Galicia era un lugar que consideraban estratégicos ambos bandos contendientes, tanto por su situación geográfica como por las muchas millas de costa de las que dispone el territorio gallego. Tanto era así que en sus panfletos y proclamas los aliados instaban a los pescadores gallegos a que no saliesen de sus aguas territoriales por las consecuencias que de ello se pudiesen derivar. Esa advertencia no estaba solamente destinada a salvaguardar la integridad física de los barcos y pescadores gallegos sino que en ella, implícitamente, se les estaba sugiriendo que no abasteciesen de pescado a los muchos submarinos alemanes que merodeaban por la Península Ibérica, lo que estaba siendo un secreto a voces.
Los submarinos alemanes se adentraban desde las aguas rodeando Portugal hasta llegar al Estrecho de Gibraltar para impedir el paso de embarcaciones aliadas. En esas operaciones perderían muchos de sus efectivos de guerra, debido a que la Armada británica había localizado la posición de muchos de los sumergibles germanos. Se estima que hasta 12 submarinos germanos fueron hundidos en aguas gallegas, en tanto que las pérdidas humanas se elevarían, según algunas estimaciones, a 1.400 hombres. Uno de los hechos más dramáticos ocurrió el 3 de julio de 1943 cuando un avión Wellington, perteneciente al 172 escuadrón de bombarderos de la RAF británica soltaba lastre aprovechando que un lobo gris alemán, un U-126, uno de los más asesinos, había salido a la superficie para tomar aire de madrugada, al norte del cabo Ortegal. El submarino alemán quedaría sepultado en el mismo lugar que había emergido pereciendo la totalidad de su tripulación, formada por 55 hombres.
Hermetismo total
Los puertos de Vigo y Ferrol eran las bases idóneas para el repostaje de los sumergibles germanos, además de ser el lugar indicado para sus reparaciones y también para el descanso de las respectivas tripulaciones que los conformaban. De este aspecto, estaban completamente al tanto los mandos aliados, quienes non se cansaban de advertir de las consecuencias que podría traer la colaboración española con la Kriegsmarine. Sin embargo, sus llamadas al orden no eran escuchadas por el régimen totalitario español. Igualmente, este tampoco informaba a la población a través de los medios de comunicación de la situación de la guerra, siendo la destrucción del U-126 en aguas gallegas uno de los ejemplos más significativos. No se publicaba ni siquiera una escueta nota informando del suceso. Es más, todavía se alardeaba con la más que previsible victoria germana, dando cuenta de algunos bulos emitidos por los propios alemanes.
Los U-Boots habían demostrado ser muy letales en el tiempo que se llevaba de guerra. Solo en la campaña del año 1940 habían hundido mercantes británicos que transportaban más de siete millones y medio de toneladas, además de costarle la vida a más de 30.000 soldados de la Royal Navy. En 1943 los británicos cambiarán de estrategia al conocer la actividad de los sumergibles alemanes que bloqueaban el Estrecho y patrullaban las costas africanas hundiendo todo barco que estuviese a su alcance.
Respecto a la colaboración que hacían los pescadores gallegos, no está comprobado que esta fuese voluntaria o si se trataba del pillaje que hacían los alemanes. Hay algún caso documentado en que los submarinos salen a la superficie encañonando a los patrones de pesca y sus hombres para que les entreguen la práctica totalidad del pescado que habían capturado.
Poblado en el que ocurrió la trágica reyerta en la que murieron cuatro personas
La segunda mitad de la década de los ochenta Galicia contaba ya con unas consolidadas instituciones autonómicas, aunque el Gobierno gallego de la época estuviese sometido a constantes y feroces turbulencias derivadas de una exacerbada ansia de poder de unos y otros. Aquel verano de 1987 sería pródigo en constantes acontecimientos políticos y sociales. El panorama político gallego se encontraba demasiado revuelto, merced a la presentación de una moción de censura que presentaba el grupo socialista, apoyado por los restantes partidos de la cámara, además de un grupo de parlamentarios que abandonaban la disciplina del partido de Fernández Albor para apoyar al candidato socialista a la Xunta de Galicia, Fernando González Laxe.
En medio de aquel enmarañado y encrespado ambiente político, la vida de los gallegos continuaba su tranquilo deambular. A veces con noticias que jamás les hubiese gustado recibir a los gallegos de entonces, tales como una masacre que tenía lugar en un poblado habitado por personas de etnia gitana en la localidad ourensá de Xinzo de Limia. Hasta cuatro personas perderían la vida en una reyerta en la que participarían prácticamente todos los miembros de dos clanes gitanos en la tarde del 20 de agosto de 1987. Una cuestión trivial desató una gran tragedia en la que resultarían heridas de diversa consideración hasta un total de 20 personas, cuatro de ellas de gravedad.
Un caballo
Al parecer el motivo de la disputa que desataría el cruel suceso fue el supuesto robo de un caballo por parte del clan gitano de Verín a los de Xinzo de Limia, quienes en la mañana del día de autos presentaron una denuncia en los juzgados de Ourense. Dado que el honor y la honradez son conceptos sobrevalorados hasta límites extremos entre las personas que componen los distintos clanes de etnia gitana, el suceso alcanzaría dimensiones dramáticas. Los miembros del clan verinés al enterarse de que sus colegas de Xinzo, con quienes estaban unidos por lazos de sangre, habían presentado una denuncia acusándoles de ser los autores del hurto del caballo, se dirigieron hasta el campamento de Cerdeira para defender su honor, que consideraban mancillado por aquella denuncia. Sin embargo, había algunas fuentes que indicaban que el enfrentamiento se podría haber originado a consecuencia de la lucha por el liderazgo en el clan de Xinzo que venía ejerciendo una anciana María Josefa Montoya Barja.
En la reyerta se utilizaron armas de fuego, entre ellas escopetas de caza y también distintas armas blancas, con las que resultarían heridos de gravedad algunas de las personas que intervinieron en la riña multitudinaria. Como consecuencia de la misma, fallecerían tres hermanos Francisco Javier, Manuel y José Suárez Montoya, que contaban en aquel entonces con 32, 34 y 54 años respectivamente. Asimismo, también perecería en el mismo suceso un yerno del mayor de los tres anteriores Adolfo Suárez Jiménez, que contaba con 30 años de edad. Dos de los fallecidos pertenecían al campamento de Verín, en tanto que los otros dos, en los que estaban suegro y yerno, pertenecían al de Xinzo, dónde ocurrieron los hechos.
Además de tener que lamentar la muerte de cuatro personas, hubo que lamentar las gravísimas heridas que presentaban otras cuatro, quienes serían trasladados a centros sanitarios de la capital ourensá. Entre ellos figuraba la madre de dos de las víctimas María Josefa Montoya Barja, además de otros dos hijos suyos, Santiago Suárez Montoya e Inocencio Suárez Montoya. Uno de los lesionados, Emilio Suárez Romero, a quien acusaban de haber provocado el altercado que provocó la tragedia, se encontraba en estado muy grave por lo que la policía no pudo presentar declaración. Al parecer, su presencia en el campamento de Cerdeira fue lo que contribuyó a encrespar los ánimos de los allí residentes, puesto que era a él a quien acusaban de haber robado el caballo. Curiosamente, el animal que desató el sangriento litigio no pertenecía a ninguna de las dos familias implicadas en el mismo, ya que era propiedad de otra asentada en el campamento de Lobeira.
Hermetismo e impunidad
Pese al gran esfuerzo realizado por agentes de la guardia civil, no consiguieron que declarase ninguno de los miembros de los dos clanes involucrados en la riña tumultuaria, además de mostrarse remisos a facilitarles cualquier dato a los miembros de la benemérita sobre la misma. En sus declaraciones a medios de comunicación manifestaban que ellos sabían perfectamente que solución se iba a tomar, apelando a la autoridad que ejercían los líderes de los respectivos clanes sobre las comunidades de etnia gitanas allí asentadas.
Debido a la magnitud del suceso, así como a las repercusiones que pudiera tener en otros grupos de la misma etnia, la guardia civil multiplicaría sus efectivos a fin de evitar que se sucediesen nuevos incidentes. Entre los miembros de uno y otro clan se hacían encendidos llamamientos a la venganza sobre sus respectivos adversarios. «Quien mata tiene que morir» era la máxima que se escuchaba aquellos días a los componentes de los clanes enfrentados entre si. De la misma forma, ninguno de los heridos que se encontraban ingresados en distintos centros hospitalarios de la ciudad de Ourense facilitó dato alguno acerca de los sangrientos incidentes a las fuerzas del orden, aduciendo que se trataba de un asunto interno que deberían solventar los propios miembros la comunidad afectada. Unos y otros recibirían el explícito apoyo de otras personas con las que se encontraban emparentados y que procedían de distintos puntos de Galicia y Asturias, lo que hacía suponer a las fuerzas del orden que se recrudecerían los enfrentamientos en aquellas fechas.
Finalmente, la intervención del jefe de los gitanos gallegos Manuel Barja acabaría por tranquilizar los exaltados ánimos de unos y otros, consiguiendo por lo menos que no se reprodujesen nuevos altercados a la hora de los entierros de las víctimas. Para evitar que la tensión subiese todavía más, se tomó la decisión de dar sepultura a dos de los fallecidos en la localidad ourensá de Verín, en tanto que los restos mortales de los otros dos serían trasladados hasta Oviedo.
Curiosamente, una vez más, debido al hermetismo imperante y a una concepción completamente distinta de la ley y los hechos delictivos, no se tienen datos de detenciones ni tampoco mayores detalles acerca de como sucedieron aquellos trágicos acontecimientos, que quedarían circunscritos únicamente a la propia comunidad de etnia gitana, encargada de resolverlos como si fuese un ente autónomo y separado del resto de la sociedad en la que se integra.
Poco a poco el área más occidental de Galicia se iba enganchando al progreso de los nuevos tiempos en la década de los años sesenta del pasado siglo. Iba agrandándose así una enorme brecha que parecía pretender dividir al territorio gallego en dos mitades muy diferenciadas, tal cual fuese el estado alemán. Un área occidental próspera, cuanto más al sur más se hacía potente esa prosperidad, mientras que la oriental continuaba siendo un territorio pobre y atrasado. Además, al igual que sucedía con la distribución de la riqueza, en este caso las más meridionales y más al este eran las que se llevaban la peor parte.
En el entorno occidental gallego, concretamente al suroeste, habían florecido ya algunas industrias pesqueras que gozaban de un gran arraigo, que requerían de una gran mano de obra. A todo ello se añadía el hecho que muchas de estas empresas daban trabajo a centenares de mujeres, que se iban incorporando al mundo laboral en un tiempo en que desde la corriente más rancia del sistema se veía con muy malos ojos que las féminas se incorporasen al mundo laboral. Era frecuente que desde el oficialismo franquista se insistiese en que el papel de la mujer debía reducirse exclusivamente al hogar, cuidando de los muchos hijos que les rogaban que tuviesen. Sin embargo, ya había surgido una postura contestataria desde distintos sectores que abogaban por una lógica incorporación de la mujer al mundo laboral, pues solamente las mentes más obtusas seguían negando de forma irracional su capacidad para hacer frente a muchas de las más variadas tareas.
En una conocida empresa conservera gallega de la época, situada entre las localidades de Portonovo y Sanxenxo, que daba empleo a más de un centenar de trabajadores, se produciría un grave accidente, proseguido de una posterior explosión, que costaría la vida a un total de seis personas en la tarde del 17 de noviembre de 1962. Además, otras cien resultarían heridas de diversa consideración, entre los que se encontraba el propietario de dicha empresa, José Peña Oubiña.
Dos niños muertos
Entre los fallecidos en tan dramático siniestro se encontraban dos niños, que, en ese momento, se encontraban jugando con otros muchachos de sus misma edad mientras aguardaban por la llegada de sus respectivas progenitoras. Al parecer, la muerte les sobrevino al quedar sepultados en medio de los escombros y los cascotes que se habían producido como consecuencia de una infortunada explosión que tuvo su origen en la caldera. Los informes oficiales indicaban que el fogonero que estaba al tanto de esta última no se había percatado que la misma se encontraba vacía, por lo que aumentó su presión al volver de forma repentina el agua al recipiente. El encargado de la caldera fallecería prácticamente en el acto, además de quedar espantosamente mutilado su cadáver como consecuencia de la deflagración.
La empresa en su totalidad, que constaba de una sola nave, se vino abajo a raíz de la explosión en la que, además, resultarían heridos otros cien trabajadores de diversa consideración. Algunos de ellos presentaban un pronóstico muy grave, si bien es cierto que, por suerte, no hubo que lamentar más víctimas mortales. Todos los heridos serían atendidos en el Hospital Provincial, así como a otras clínicas de la ciudad del Lérez.
Las instalaciones de la conservera quedarían completamente destruidas e inservibles a causa de ese suceso que impactaría de sobremanera en todo el área geográfica de As Rías Baixas y en el resto de Galicia. En las horas posteriores al siniestro, tanto agentes de la Guardia Civil como grupos de personas que acudieron al auxilio de los heridos examinaron de forma muy rigurosa los escombros a los que había quedado reducida la antigua empresa por si hubiese quedado sepultado entre los mismos algún trabajador más. Por fortuna, no hubo que lamentar más víctimas mortales, que no fueron pocas.
Las pérdidas materiales se elevaban a varios millones de pesetas de la época, aunque pocos se pensaban a parar en eso, máxime cuando había sido un trágico accidente que había costado la vida a seis personas, entre los que se encontraban dos hijos de empleadas que esperaban a sus respectivas madres. Pese a todo, la actividad empresarial de José Peña Oubiña proseguiría su andadura, consolidando un emporio en su sector que harían de él uno de los empresarios más prósperos y acreditados del mundo conservero.