Ourense, a comienzos del siglo XX, era una ciudad muy similar a las restantes capitales de provincia gallegas de su tiempo. Sus poco más de 15.000 habitantes se concentraban en prácticamente el actual casco histórico en el que destacaban sus aguas termales, además de su magnánima catedral, en torno a la que hizo un magnífico retrato de la sociedad y la capital del sureste gallego el célebre escritor gallego Eduardo Blanco Amor en una de sus obras más conocidas «La Catedral y el niño. Por aquel entonces, una buena parte de los orensanos estaba más pendiente de las ya numerosas cartas que llegaban allende los mares que de lo que acontecía en su entorno más próximo. Esta tónica se extendía también al resto de Galicia, dónde se sentía una mayor cercanía y familiaridad con Buenos Aires, La Habana o Montevideo que con Madrid o Barcelona.
Las capitales de provincia gallegas de los primeros decenios del siglo pasado no dejaban de ser unas aldeas o parroquias algo más grandes que los muchos y esparcidos núcleos de población que se encontraban en el más inesperado rincón de la geografía gallega. En ese ambiente de familiaridad y amistad se desenvuelve la vida de la vieja Auria, tan extraordinariamente retratada por Blanco Amor. Y en ese amistoso clima de presunta cordialidad y entendimiento también surgían problemas. Había enfrentamientos en familias que estaban socialmente muy bien consideradas, en un tiempo en el que ese aprecio vecinal representaba un alto grado de valor humano y, consiguientemente, de dignidad.
En el número 14 de la calle de As Burgas se emplazaba una conocídisima tahona propiedad de Vicente Fernández y Carmen Méndez, quienes convivían con el resto de su familia en una finca que ocupaba un amplio solar en el centro histórico orensano. Sin embargo, esa paz y aparente convivencia armónica se había ido deteriorando entre los hijos del matrimonio de panaderos, quienes no eran precisamente un modelo de convivencia fraternal. Desde hacía años existían duros enfrentamientos entre sus hijos José y Antonio, quienes estaban llevando sus disputas a limites que exasperaban a la propia familia. Entre ellos dos se estaban dando una serie de altercados y trifulcas que se salían de lo normal dentro de cualquier clan familiar que se preciase.
A raíz de ese envenenado ambiente que se había cociendo a lo largo de bastantes años, uno de los hermanos José decidió tomarse los asuntos a la tremenda y el primero de mayo de 1904 asestó varias puñaladas a Antonio, algunas de las cuáles eran mortales de necesidad, pues afectaban a varios órganos vitales. La mujer del segundo salió en defensa de su marido, pero no pudo salvarle la vida, ya que ella también resultaría herida como consecuencia de la exacerbada furia de su cuñado. El asesino, que mató a su víctima cuando se hallaba en medio de A Ponte da Burga, escapó posteriormente y se escondió en un galpón próximo al puente Pelamios, propiedad de la familia hasta que fue detenido por miembros de la guardia civil.
Antecendentes
Según obraba en el sumario de este caso que conmocionó a la ciudad auriense, tanto José como Antonio mantenían muchas y constantes desavenencias desde hacía ya bastantes años. Se unía a ello un enhebrado rosario de celos entre ambos por cuestiones sentimentales. Así, hacía algún tiempo que, años atrás, José andaba cortejando a una mujer que no era del gusto del asesinado, por lo que este último intentó por todos los medios que se casara con ella. En 1903 Antonio contrae matrimonio con otra joven a la que pretendía José y, a partir de ese momento, los enfrentamientos entre ambos irán incrementándose progresivamente hasta límites poco menos que insospechados.
En el horno que comparten, propiedad de la familia, los hermanos procuran no verse y viven en distintas estancias de la amplia finca que poseen. La indignación de José con Antonio llega al paroxismo, ya que pide a los proveedores de la tahona que no le suministren harina a su hermano. Esta circunstancia provocará nuevos enfrentamientos, entre los que no faltan peleas, discusiones salidas de tono y alguna que otra algarada que llama la atención del vecindario.
El día anterior al trágico suceso que acabaría con la vida de Antonio, al parecer este había agredido a su madre, llegando a amenazarla con una navaja. El constante incremento de las desavenencias estaba deteriorando la convivencia familiar de forma extraordinaria hasta el extremo de que José tomó la drástica situación de la que se ha dado cuenta con anterioridad en un soleado día de mayo de hace ya 115 años.
Condena
Meses después de aquel trágico suceso que enervó los ánimos de una tranquila y pacífica sociedad se celebró el juicio contra José Fernández. En el transcurso del proceso responsabiliza a su hermano del mal ambiente que se respiraba dentro de aquella familia que gozaba de la máxima consideración social de la vieja Auria. Además, le acusa de haber iniciado el la pelea, aduciendo que en días anteriores al crimen había sido agredido por su hermano. Sin embargo, el testimonio de la esposa de Antonio va a resultar decisivo a la hora de condenar a José, ya que ella declara que fue este quien se dirigió hacia la estancia familiar en la que vivían empuñando un cuchillo de grandes dimensiones. Además hay otro aspecto que jugará en contra del criminal y es que en su estancia en la cárcel, en el período previo al juicio, había agredido y herido a otro preso, alcanzando una notoria fama de personaje conflictivo.
En principio, en sus conclusiones provisionales, el fiscal solicita la pena de muerte para el acusado, condena que mantiene hasta el final del juicio, que ha levantado una gran expectación en la ciudad de las Burgas, a lo que se añade el incontenido morbo que despierta por tratarse de una familia que se ha ganado el respeto de los aurienses a lo largo de varias generaciones. Finalmente, la justicia opta por condenar a José Fernández a cadena perpetua. Su destino será el penal de Melilla, dónde se le pierde la pista, aunque es probable que estuviese recluido allí hasta el final de sus días.
Calle San Andrés de A Coruña a principios del siglo XX
A principios del siglo XX A Coruña era la gran ciudad gallega por excelencia. Aún no se había producido el despegue de Vigo con sus instalaciones portuarias, principal punto de referencia para la emigración a tierras americanas. La urbe herculina estaba considerada de forma oficiosa la capital gallega y a ella se destinaban muchos de los capitales procedentes de tierras americanas que obtenía la ya numerosa diáspora galaica de la época. Quienes conseguían una buena fortuna allende los mares solían invertir en A Coruña parte de su patrimonio, bien adquiriendo una vivienda en la que abrirían un pequeño comercio o cualquier otro negocio que resultase rentable. No faltaban, quienes a imitación de lo que acontecía en la isla de Cuba, montaban la clásica tintorería o lavandería o, también con mucha frecuencia, una tienda de ultramarinos. La ciudad albergaba ya a 45.000 personas, Vigo todavía no alcanzaba las 15.000 en el año 1900, en tanto que ninguna de las otras grandes urbes gallegas superaban las 25.000 almas. A pesar de todo, casi el 90 por ciento de los gallegos de la época residían en pequeños municipios que, a su vez, se subdividían en millares de parroquias y lugares. Se calcula que Galicia por esta época superaba los 35.000 núcleos de población que representaban el caldo de cultivo perfecto para una masiva emigración, auspiciada por los ricos navieros de la época que les prometían un dorado que jamás hubiesen alcanzado en su tierra, aunque tras cruzar el Atlántico las cosas eran completamente distintas.
La ciudad de A Coruña era una metrópoli costumbrista, dominada por una tradicional aristocracia de rancio abolengo a la que poco o nada le interesaban radicales cambios en un territorio insular que se enquistaba en si mismo. Tenía una falsa fama que ha llegado hasta nuestros días de que pertenecer a la capital herculina era en si una especie de título o tal vez un falso don que se ha ido perpetuando a lo largo de generaciones. Era habitual que los coruñeses presumieran de ser una capital, en tanto que el resto de los gallegos eran aldeanos y palleiráns que jamás habían salido de la bendita aldea que los había visto nacer. Para ver algo, supuestamente, había que ir A Coruña, aunque en su interior se albergasen inmundos nidos de pobreza, entre los que se hallaban muchos descendientes de ese rancio abolengo herculino, quienes tan solo apelaban a unos hidalgos orígenes para defender su innata y pura casta.
En ese ambiente, donde se mezclaban lo pintoresco con lo épico, la ciudad que mira al mar desde la bimilineria torre de Hércules, se vio sorprendida y sacudida en el otoño del último año del siglo XIX por un cruel y estremecedor crimen que jamás llegó a aclararse, quedando impune hasta nuestros días. En la madrugada del sábado 13 de octubre uno de los serenos coruñeses, conocido como el señor Oca, llamó reiteradamente al bajo del número 152 de la tradicional rúa coruñesa de San Andrés. No obtuvo contestación alguna, por lo que se sintió alarmado al ver que estaba todo franco. Como en aquel entonces existía mucha familiaridad entre los serenos y los dueños de los establecimientos, decidió penetrar en el interior de la vivienda y allí se encontró, primero con el cadáver de Melchora Casal García, quien estaba tirada junto al fregadero en posición decúbito supino. Vestía en el momento de su óbito una saya azul y una chambra encarnada. Su cuerpo presentaba muestras de violencia y, posteriormente, se demostraría que había muerto estrangulada con un cordel. Los indicios señalaban que en su estrangulamiento participaron al menos dos personas. Seguidamente se dirigió a la habitación contigua del matrimonio donde encontró el cadáver de su marido, Gregorio Rey, quien estaba tendido sobre el lecho, con ropas menores, con los brazos extendidos y los ojos abiertos. Fue encontrado en un gran charco de sangre, ya que presentaba una herida en el tórax de tres centímetros que le había interesado el pulmón. Al parecer, el hombre habría recibido una cuchillada por parte de su asesino.
Diligencias
El crimen conmueve a la siempre elitista ciudad de A Coruña, que clama justicia, además de la inmediata detención del asesino o asesinos de un sexagenario matrimonio sin hijos, que se caracterizaba por su humanidad y por estar muchas veces al servicio de quienes lo necesitaban. En el transcurso de las investigaciones se demostraría que la pareja disponía de una importante cantidad de caudales, aunque no viviesen a lo grande, ya que era frecuente que realizasen préstamos a muchos de sus vecinos o amigos. En un primer momento presta declaración José Rois, propietario de un establecimiento de ultramarinos para quien el asesinado Gregorio Rey llevaba 30 años trabajando como mozo de almacén. También declara Manuel Losada Abelleira, de profesión dependiente del establecimiento de Rois. Este último declaró haberse sentido sorprendido por los golpes que sintió de madrugada, que era cuando estaba llamando el sereno a su puerta para alertar de lo sucedido. El joven dice que en la noche de autos había visto discutir a cuatro personas, todos ellos varones, mientras tomaban unos vinos en el establecimiento de Gregorio, quien tenía una pequeña tienda de comestibles. Añade, además, que había una mujer de luto que se encontraba hablando con Melchora Casal.
Trasciende la buena situación económica del matrimonio asesinado al saberse que el capitán del ejército Francisco Aguado le debía en el momento del fallecimiento del mismo la cantidad de 1.824 reales, los cuáles se habría comprometido a devolver en el instante mismo que le fuese reconocida una condecoración por su participación en la Guerra Cuba, que había tenido lugar dos años antes, así como también cuando se ejecutase la mejora de su pensión de jubilación. Todo ello obra por escrito en un documento que el mismo militar había firmado y entregado a Melchora la noche en la que se produjo su asesinato. Sin embargo, nunca se puso en duda que Aguado estuviese involucrado en el crimen. Además, la misma mujer le había socorrido económicamente cuando el regresó de tierras americanas, fiándole algo más de tres mil reales, ya que se encontraba en una difícil situación financiera. Llama la atención el importante nivel de dinero que movía la pareja muerta, ya que pocos días antes de ser asesinados habían levantado el embargo que pesaba sobre una vecina suya, a quien habían fiado hasta 8.000 pesetas.
Los dos primeros testimonios son los de dos niñas de ocho y nueve años que aseguran haber visto a una pareja de aspecto siniestro en la casa del matrimonio asesinado en torno a las ocho de la tarde anterior a su muerte. La descripción facilitada por las pequeñas lleva a que se investigue a un conocido de la policía de la época, Agustín Seijas, quien sería detenido, así como su acompañante, Ramona Bartomé, quien es su amante. Seijas es vecino del lugar de Lañás, en el municipio de Arteixo y es propietario de dos escuelas particulares en su lugar natal y el de Barrañán.
El hombre detenido niega en todo momento que el estuviese en A Coruña en la tarde en que ocurrieron los hechos, además niega también que conociese o tuviese relación alguna con el matrimonio asesinado. Ramona sostiene lo mismo que su compañero, de quien dice que es el padre de sus seis hijas, de quienes desconoce el paradero. Sin embargo, Seijas comienza a sentirse acorralado cuando Manuel Losada, el dependiente de los establecimientos de José Rois, declare ante el juez que el si ha visto en la tarde del 12 de octubre al inculpado en el establecimiento que regentaban Gregorio y Melchora. La negativa de la amante de Agustín Seijas también se hace patente. Además, niega haber estado en A Coruña esa noche. Las cosas comienzan a complicarse para la pareja en el momento en que un guardia municipal manifieste que lo ha visto pasar por delante del lugar donde se produjeron los trágicos acontecimientos la mañana siguiente al crimen. Contra ellos declaran también dos cigarreras coruñesas, Rita y Pilar Tenreiro, que declaran haberlos visto pasar por A Ponte Pasaxe.
Días más tarde se procede a la detención de Ramón Romero Pan, amigo íntimo de Seijas, aunque este niegue en todo momento que le una amistad alguna con el detenido. Romero, al igual que el vecino de Arteixo, goza de mala reputación y cuenta sus antecedentes por decenas.
A medida que avanzan las investigaciones, se sabe que en el bajo donde se cometió el crimen se encontraron 2.158 pesetas, un alfiler de corbata de oro y dos pares de pendientes, uno de oro y otro de plata. La presión contra Seijas se va atenuando a medida que avanzan los acontecimientos. Dos vecinos del lugar en el que residen declaran que Agustín pernoctó la noche en que se perpetró el crimen en su domicilio habitual, cuya casa es propiedad de uno de los declarantes. En este interín, se produce la detención de un joven que se dedica a atender al capitán Aguado tan solo por la comida que este pueda facilitarle. Se llama Ramón Cumbraos, de quien también se demostrará su inocencia y es puesto en libertad. En ese momento de la investigación se encuentra en el establecimiento de José Mejuto, en el que acostumbraba a parar Agustín Seijas, un estuche con unos pendientes de oro, del cual este último desconoce la procedencia ni como pudieron hallarse en su casa. Prosiguiendo con las investigaciones, declara también un comerciante quien también afirma que a la mañana de siguiente del trágico acontecimiento estuvo en su casa comprando diversos artículos de papelería para las escuelas que regentaba.
Finalmente declara la dama enlutada que había visto Manuel Losada. Se trata de una amiga íntima de Melchora, Rita Menguada, trabajadora de la coruñesa Fábrica de Tabacos. Su declaración no hará más que ahondar en el enrevesado entresijo que se ha convertido un chapucero crimen. La mujer declara que ella había visto un joven a últimas horas de la noche tomando unos vinos mientras Gregorio Rey estaba apoyado al mostrador. Su testimonio contradice a todos los que hasta ahora han sido interrogados por el juez. Ella declara haber visto a un hombre joven, de pronunciado mostacho, entre los que se encontraban discutiendo con una de las víctimas. Ahora las investigaciones se centran en un tal Celestino Rodríguez, pues reúne las características esgrimidas por la amiga de Melchora. Sin embargo, este hombre, que también cuenta con un amplio historial delictivo, no se encuentra en A Coruña desde hace meses y por lo tanto es descartado de inmediato.
Libertad y suicidio de Agustín Seijas
Debido a las múltiples contradicciones en que han incurrido algunos de los testigos y a la dificultad para aclarar el paradero de Seijas, la Audiencia Provincial de A Coruña, que se ha hecho cargo del sumario, decide poner en libertad al detenido el 13 de abril de 1901. Tanto este como su pareja en ningún momento se han llegado a declarar autores del crimen, pese a que sobre ellos recaerá siempre la sombra de la duda. Se dice que su detención se debió a que mintió sobre su paradero en las horas posteriores al crimen, pero no se ha podido establecer con claridad su relación con tan funesto acontecimiento. Cuando camina por las calles de la ciudad herculina es insultado por vecinos y viandantes que le recriminan un crimen que nunca se ha podido esclarecer y que terminaría impune.
Concluido su peregrinar por la comisaría de policía, Agustín Seijas decide establecerse, con una hijastra suya, en la localidad coruñesa de O Alvedro, muy próxima a la capital. Allí, los vecinos recelan de su presencia. Además, la voz del pueblo le acusa de todos cuantos robos se producen en el lugar.
Todo el mundo lo acusa públicamente del crimen que le costó la vida Gregorio Rey y su esposa Melchora Casal. Más que sentirse acorralado, Seijas llega a sentirse sitiado. Incluso, y así lo manifestará en una carta, culpará al cabo de la guardia civil de Sigrás de su muerte, pues, al parecer, este le había amenazado con registrarle la casa cada tres días.
Aburrido y maltratado por el vecindario, Agustín Seijas, que siempre había negado cometer aquel brutal crimen, decide poner fin a su vida el 7 de julio de 1901, tirándose desde A Pena de Cruz al mar. Con su muerte tal vez pretendiese dejar un halo de resquemor a algunas personas que presuntamente le habían acusado sin carecer de pruebas concluyentes, tal como demostró la Audiencia Provincial de A Coruña.
Antes de morir, envió una carta al director del diario de La Voz de Galicia, en la que volvería a proclamar su inocencia a través de un breve texto en el que le manifestaba lo siguiente: «Jamás fui criminal, por cuyo motivo no temo a Dios todopoderoso. Le ruego se digne a publicar estas líneas y si Dios me lleva a buen sitio, rogaré por usted encarecidamente».
Antigua cruz en A Legua Dereita que recordaba el lugar del crimen
Los crímenes constituyen una parte muy importante de la historia de los pueblos. En torno a ellos surgen infinidad de mitos y leyendas que no dejan indiferente a nadie y, mucho menos, a esos lugares que de una manera especial se han visto afectados por una sangrienta tragedia. Pasan décadas e incluso siglos y en la memoria colectiva permanece impregnada la eterna y triste huella que ha marcado de forma muy férrea y escabrosa a los lugareños. Con el paso del tiempo se generan mitos y leyendas, algunas veces un tanto exageradas, que -en otro tiempo- fueron convenientemente adobadas por las distintas fuentes que lo transmitían de unas generaciones a otras, desempeñando en este caso una función trascendental los míticos cantares de ciego. Gracias a ellos, que los iban cantando por ferias y mercados de Galicia, nos han llegado las más inhóspitas historias hasta nuestros días, aunque en muchos de esos relatos, extraordinariamente fabulados, llegue a confundirse lo mítico con lo real.
En sucesos acontecidos en otros tiempos de los que apenas tenemos documentación, jamás llegaremos a saber con exactitud lo que hubo de cierto o falso. Es este el caso que nos ocupa, un crimen que conmovió de una manera muy especial a la comarca de Terra Chá, en un lugar ciertamente inhóspito, al que su escasez de casas y habitantes en todas las épocas lo han ido revistiendo de un cierto halo de misterio y oscurantismo. Es sin duda el hecho sangriento del que más se ha hablado a lo largo de varias generaciones, a pesar de que ya han transcurrido 108 años desde que el famoso Bautista Roca diera muerte muy cerca del lugar de Fonfría, que se encuentra a caballo de los municipios de Vilalba y Begonte, a Ángel Cabarcos. Al misticismo del sitio se le añade también la cercana presencia del no menos legendario castillo de Cal da Loba al lugar donde ocurrió tan tétrico crimen, emplazado en la margen izquierda de la carretera que comunica Lugo con Ferrol, una de las vías más transitadas de la comarca chairega. Es el clásico suceso en el que la ficción ha superado con creces a la realidad y todo el mundo prefiere creerse esa mítica y singular leyenda, que ha sido incluso llevada al cine. Y es que, a pesar de las evidencias que podrían asegurar que demuestran lo contrario, la leyenda ha superado con creces a la cruda realidad.
Como decíamos, el que se haya dibujado como un horrendo y cruel acto sanguinario, tiene su origen en el intento del asesino de despistar a los investigadores. Al parecer, Bautista Roca había asesinado a Ángel Cabarcos de dos disparos de arma corta, cuando este regresaba a su casa un domingo que había acudido a una de las populares ferias de Rábade, antes incluso de que esta pequeña localidad chairega, que parece cabalgar a lomos del eterno Río Miño, fuese reconocida como entidad municipal propia, segregándose así del municipio de Begonte, hecho que ocurriría en 1925. El autor de la muerte de Cabarcos, en un intento de desviar la atención de la justicia, desfiguró el rostro de su víctima, una vez que lo había asesinado, con un aparato de carpintero para hacer zuecas, pues el criminal era zoqueiro de profesión. Estos artesanos se dedicaban a la elaboración del calzado tradicional que a lo largo de muchos años se ha empleado en las extensas áreas rurales de Galicia. Aún, hoy en día, quedan algunos, aunque muy pocos, que todavía elaboran esos ancestrales zapatos que ahora tan solo usa la gente que ya ha alcanzado una determinada edad.
Leyenda del crimen
Decíamos al principio que este es un crimen de leyenda, que ha dejado una profunda huella que se fue adobando a los pocos años de cometerse, tal vez porque las gentes de su época veían en Bautista Roca, oriundo de la parroquia de Ínsua, en el municipio de Vilalba, a una especie de matón, poco dado al trabajo, en tanto que de Ángel Cabarcos, natural de la parroquia de San Cosme de Nete, de la misma demarcación municipal que la anterior, se tuvo siempre la imagen de un hombre bueno, honrado y trabajador, a lo que contribuyó la mitificación que se hizo del suceso sangriento que le costó la vida en un ya muy lejano mes de mayo de 1911. Además, a su verdugo le atribuían otro hecho criminal acontecido unos años antes, aunque nunca se pudo demostrar su participación en el mismo.
A la mañana siguiente del domingo, 14 de mayo de 1911, los viajeros que se desplazaban desde la localidad de Vilalba hacia Lugo pudieron observar el cadáver de un hombre con el rostro espantosamente desfigurado muy cerca del lugar de Fonfría, cuentan las crónicas de la época. Sin embargo, no ofrecen muchos más detalles acerca de la escalofriante contemplación de la que fueron testigos. Con toda seguridad es ahí donde se inicia esa truculenta leyenda que ha llegado hasta nuestros días con mucha más potencia y seguridad que la propia realidad.
Como ya hemos dicho, no queda ninguna duda de la enemistad entre ambos protagonistas de este suceso, pero la imaginación popular la ha llevado hasta límites poco menos que insospechados e inauditos. Se dice que el día de autos venía Ángel Cabarcos de la feria de Rábade con destino a su casa, muy cerca de donde sería asesinado, y que siendo ya medianoche se detuvo en la taberna de un amigo a tomar unos vasos de vinos. Con anterioridad, habían estado en la misma sus presuntos verdugos y que, al calor del alcohol, habían manifestado su intención de matar a Cabarcos. Supuestamente, el propietario de la taberna advirtió a Ángel de los dramáticos y truculentos propósitos de aquellos hombres. Se añade también, según esta leyenda, que el dueño del bar le ofreció un arma de fuego para que pudiese defenderse. Sin embargo, la víctima rechazaría esta posibilidad, aduciendo su corpulencia y envergadura. Cabe informar que este hombre era muy alto para su época, 1,82 metros, prueba de ello era el arcón en el que fue amortajado, que todavía se conservaba en el año 1987.
Los asesinos, a cuyo frente se encontraba Bautista Roca, tenían la intención de arrancarle la piel en vivo, o lo que es lo mismo, desollarlo para luego ser enviada a la madrileña localidad de Humanes, donde serviría para curar el cáncer de piel de una mujer, a quien un curandero de su tiempo le había aconsejado este remedio. La leyenda atribuye la inducción de este crimen a un propietario de unas extensas tierras para quien trabajaba Bautista al mando de un nutrido grupo de hombres cada vez que, entre los meses de mayo y junio, se desplazaban a tierras castellanas a ganar unos suculentos jornales en las épocas de la siega del trigo, que servirían a su vez para paliar las muchas carencias de la época. El inductor, presuntamente, habría recabado datos entre sus criados y jornaleros acerca de las posibles enemistades entre los famosos «gallegos» que cada año viajaban a Castilla. Además, la hipótesis abundaba en que Ángel Cabarcos reunía las características que exigía el curandero. Se trataba de un hombre joven y barbilampiño.
Regresando al relato del legendario crimen, la imaginación popular cuenta que avanzados ya unos hectómetros desde la taberna, Cabarcos se vería sorprendido por cuatro hombres que iban a caballo, pero que debido a su fortaleza habría podido esquivar el primer envite que le habían planteado. La víctima seguiría corriendo campo a través a lo largo de un buen trecho de camino, pero que muy cerca de Fonfría sería alcanzado y derribado por aquellos hombres de funestos propósitos. Ya, con Ángel en el suelo, comenzaría la truculenta operación de arrancarle la piel de la cara antes de que pereciese. Se añade que algunos vecinos de lugares próximos escucharon los horribles gritos del pobre hombre al tiempo que sus verdugos lo desollaban. Dice que se escuchó decir a la víctima algo así como «Bautista mátame, pero no me arranques la piel mientras esté vivo». Además, cuenta también la leyenda de que para cerciorarse de su muerte, los asesinos le pegaron dos tiros con una escopeta de caza, muy habituales en todas las casas del amplio mundo rural gallego de la época.
En la parte magra de un jamón
Sin embargo, la fantástica leyenda no concluye ahí. Cuenta también que la piel extraída del cuerpo de Cabarcos fue enviada a Madrid en el interior de la parte magra de un jamón. A ello se añade que cuando el pellejo llegó a su destino, la enferma ya había fallecido.
En la noche del crimen, se decía que uno de los participantes en aquel macabro sacrificio humano le había dicho a su madre al llegar a casa que habían matado a Ángel Cabarcos. La progenitora se indignó con el joven y este, al sentirse descubierto, huyó con destino a Cuba. Desde tierras americanas enviaría una carta muchos años más tarde autoinculpándose de la barbaridad, librando completamente de culpa a Bautista Roca.
También narra la legendaria historia que otros tres miembros de la cuadrilla fueron a celebrar su brutal hazaña comiendo y bebiendo en una conocida taberna de Vilalba. Allí, otra vez al calor del vino, habrían confesado su participación en el siniestro suceso y que por ahí se iniciaron las indagaciones de la guardia civil.
Bautista Roca sería condenado a 28 años de cárcel, hecho este que si es real y que cumplió casi íntegramente. En la cárcel, añade la leyenda, el asesino aprendería el oficio de tejedor de medias para las mujeres y que se dedicaría el resto de su vida a la confección de las mismas, las cuales vendería por ferias y mercados de la comarca. Para que no decaiga el relato, se comenta que el popular criminal habría manifestado en decenas de ocasiones su arrepentimiento por el hecho de dar muerte a Cabarcos. Llegaría a decir cosas como que «desde que desollé a Ángel, jamás ha vuelto a salir la luz del día para mi». Pero, para que la épica continúe se dice que la suerte de Roca no fue muy distinta de la de su víctima, ya que moriría asesinado en el transcurso de una reyerta acontecida en una de las ferias a las que acudía con regularidad.
La leyenda ahonda en otro hecho exculpatorio a raíz de la confesión que le habría hecho una tercera persona a un sacerdote. Según la misma, ese tercer implicado se habría atribuido también el asesinato de Ángel Cabarcos, exculpando de nuevo a Bautista Roca, del que diría que había ido a la cárcel de forma injusta. El religioso habría informado de este hecho en el transcurso de la misa de funeral del primer aniversario del fallecimiento de este último involucrado y que no lo había denunciado en vida por cumplir con el férreo compromiso de secreto de confesión.
Supersticiones y desgracias
Posteriormente se irían añadiendo nuevos hechos de carácter misterioso y mitológico que provocaban el miedo de los más pequeños y los más sensibles. Se contaba que años mas tarde, en el lugar donde se había producido el crimen, continuaba intacta la sangre de Ángel Cabarcos y que se reproducía tras ser retirada en constantes ocasiones. De esta circunstancia daban cuenta los centenares de peregrinos que cada año, en el último tercio del mes de mayo, se desplazaban hasta el santuario de la Virgen de los Milagros, emplazada en la begontina parroquia de Saavedra. Además, los niños de la zona se negaban a llevar las vacas a pastar a aquel lugar por existir la creencia de que se presentaba un espectro en forma de piel sangrante, al que atribuían que era el espíritu de Cabarcos que clamaba venganza por su horrenda muerte.
Como se puede ver, la leyenda en torno a la misteriosa muerte de un hombre en el bravío lugar de Legua Dereita tampoco está exenta de innumerables contradicciones, tal vez generadas por la transmisión oral del hecho, más propio de un ancestral sacamantecas que de un crimen contemporáneo. Seguramente, esta leyenda tuvo su origen al ver los asistentes al entierro, así como los viajeros del autocar que lo contemplaron, la desfiguración a la que fue sometida el rostro de Ángel Cabarcos. A ello se suma el hecho de que el entorno rural gallego siempre ha sido una tierra muy dada a las supersticiones e historias míticas que se contaban al calor de la lumbre de una antigua lareira o a la luz de un candil de gas o carburo en las prolongadas noches de invierno.
Por si todo este largo rosario de acontecimientos no fuese todavía suficiente, se dice que durante bastantes años la zona donde había acontecido el crimen sufrió un impresionante cúmulo de desgracias. Los nuevos propietarios que ocuparon la casa en la que había vivido el hombre presuntamente desollado, a la muerte de su viuda, vieron como les moría todo el ganado vacuno por causas desconocidas, hecho este por el que también abandonarían aquel hogar. De la misma forma, en la década de los años treinta del siglo pasado, un hombre pereció tras ser alcanzado por un rayo en el transcurso de una tormenta a escasamente medio kilómetro del lugar donde pereció Cabarcos. Como se puede observar, hechos misteriosos no faltan en este truculento crimen. Y es que como vulgarmente se dice cuando los mitos y las leyendas superan a la ficción: «es mentira, pero es bonito».
La intelectual Juana Capdevielle, a la derecha de la fotografía.
Muchos de los lectores pensarán que tal vez un asunto de estas características no tenga cabida en un blog dedicado a la crónica negra, aunque se trate de uno de los asesinatos más espeluznantes y repugnantes que se recuerdan en la comarca de Terra Chá. Decimos esto porque Juana Capdevielle fue brutalmente asesinada cuando ya se había iniciado el conflicto armado que desangró España durante casi tres años. Sin embargo, esta mujer no había cometido lo que se dieron en llamar «delitos políticos» durante la dictadura. Se le atribuía una cierta militancia republicana, aunque en los archivos del ministerio del Interior jamás constase como afiliada de ninguna formación política de la época. Solamente concurría una circunstancia, que pareció actuar como un agravante en su caso, que era la de parentesco. La ilustre pedagoga madrileña era la esposa del entonces gobernador civil de A Coruña, Francisco Pérez Carballo, quien sería ejecutado a los pocos días de iniciado el levantamiento militar contra la República.
Con el paso de los años se han ido conociendo muchos detalles acerca de la vida de Juana Capdevielle y de la fecunda labor que desarrolló como bibliotecaria y pedagoga durante los tiempos de la Segunda República española. Había sido una aventajada alumna del profesor y filósofo José Ortega y Gasset, al mismo tiempo que había cultivado la amistad de otras mujeres de su tiempo, entre ellas María Zambrano, siendo una personalidad muy reconocida en los ámbitos culturales de su época. Asimismo se caracterizaría por ser una distinguida conferenciante, destacando su discurso en las Jornadas Eugénicas españolas. En ellas disertó sobre un tema que podía resultar candente en aquel entonces, dada la mentalidad de la época. Presentó una interesante conferencia sobre «El amor en el ámbito universitario español».
La mala suerte parece que se cebó especialmente en el matrimonio Pérez-Carballo-Capdevielle, ya que fueron destinados a Coruña pocos meses antes de iniciado el conflicto bélico. Es más, es de sobra conocido que aunque la guerra en si no afectó a Galicia, pensamos que si cualquier muerte violenta nunca está justificada, en este caso muchísimo menos. Tan solo era la cónyuge de un político republicano. Este motivo fue causa suficiente para que sus asesinos se cebasen con una especial saña en contra suya.
Destierro
A los pocos días de iniciada la Guerra Civil, ardiendo el país en fuego por los cuatro costados, Francisco Pérez Carballo fue inmediatamente detenido a los pocos días de iniciarse la sublevación, que en Galicia contó con una mínima resistencia en la localidad pontevedresa de Tui, que fue inmediatamente sofocada por las fuerzas del entonces denominado Ejército nacional. Su marido le había ordenado a Juana que buscase un refugio o un lugar seguro y lo hizo en la coruñesa calle Real, en el domicilio de unos amigos del matrimonio. Sin embargo, la conocida bibliotecaria cometió un grave error al llamar al Gobierno civil interesándose por la suerte de su marido. Los enemigos de este le prometieron ir a buscarla para llevarla junto a él. Esa misma llamada les sirvió para localizarla, con lo que Capdevielle fue también detenida. En esta primera estancia en prisión comenzó el terrible calvario de la gran pedagoga madrileña, ya que fue informada de la ejecución de su esposo. A raíz de esta noticia, Juana sufrió un ataque de nervios que le provocó un aborto, ya que se encontraba embarazada del que iba a ser su primer hijo.
Por orden de una autoridad de la época, se decretó su puesta en libertad, aunque se le prohibía residir en la ciudad herculina. Decidió entonces marcharse al vecino municipio de Culleredo, a la parroquia de Vilalboa, al domicilio del diputado republicano Vitorino Veiga, que había sido un gran amigo de su marido. En todo momento se le ordenó a la joven intelectual estar localizada para lo que le requiriesen las nuevas autoridades gubernativas.
Jamás pudo imaginar la bibliotecaria que le aguardase un final tan horroroso y funesto. Sin saber nunca quien cursó la orden, Juana Capdevielle sería detenida de nuevo la noche del 17 de agosto de 1936 por miembros de la Guardia Civil, quienes se encargarían de vejarla y humillarla hasta límites extremos. Se sabe que fue brutalmente golpeada por los hematomas que presentaba su cadáver en el rostro y en algunas partes de su cuerpo, si bien nunca le fue practicada la autopsia. Estos detalles han podido ser conocidos gracias al testimonio de vecinos de la localidad lucense de Rábade que encontraron su cuerpo tirado, completamente ensangretado en medio de unos abedules, en unas vegas situadas en las inmediaciones de la carretera Nacional sexta a su paso por el mencionado municipio.
Vejaciones
Además de la violencia física y psicológica que ejercieron contra la pedagoga, se supone también que fue violada reiteradamente antes de darle muerte. Incluso durante muchos años se especuló con la posibilidad de que le cortasen los pechos antes de dispararle, si bien este extremo fue desmentido por familiares de la víctima en el transcurso de un curso de verano en torno a su figura que se desarrolló en Lugo en julio del año 2007.
Sea como fuere, lo cierto es que el cuerpo de Juana Capdevielle, que tenía tan solo 33 años, aterró de sobremanera a unas vecinas de Rábade a primeras horas de la mañana de aquel aciago y triste 18 de agosto de 1936, cuando se dirigían a recoger unas ramas de árboles para hacer fuego en las tradicionales lareiras. Por su testimonio, se ha podido deducir que el cadáver estaba muy desfigurado y en nada recordaba a la atractiva belleza natural de la que había gozado en vida la ilustre bibliotecaria. Las mujeres, paradójicamente y dentro de su normal inocencia, pusieron inmediatamente en conocimiento el hallazgo de un cuerpo en un estado lamentable ante las autoridades, entre ellas la propia guardia civil, quien ya seguramente estaría enterada del hecho. Además, años más tarde, manifestarían que tanto las autoridades civiles como militares de la época les habían prohibido comentar nada acerca del macabro hallazgo, advirtiéndoles de las duras consecuencias que ello les podría acarrear.
A pesar de las prohibiciones y la censura que se ejerció, nada impidió que se generase una amplia leyenda en toda la comarca en torno a la figura de aquella bella mujer que había aparecido macabramente asesinada en medio de aquellos árboles. Se llegó a asegurar que en el lugar dónde yació su cuerpo, jamás volvió a crecer la hierba, quedando como un recordatorio de que allí fue encontrada muerta. Otros aseguran que en un humedal próximo se reflejaba su límpido rostro sobre sus aguas claras en noches de luna llena. Seguramente sean leyendas que pasarán a la historia como muchas otras que se han ido creando con el paso de los años en torno a lugares y personas míticas. Ahora bien, lo que no es una leyenda ni tampoco un mito es la ilustre pedagoga y bibliotecaria Juana Capdevielle, cuya muerte representa poco menos que la inmolación de la propia inocencia.
Atentado contra Alfonso XII en un grabado de la época
La historia de Galicia está plagada de centenares de personalidades y personajes sumamente brillantes de sobra conocidos por todos. Sin embargo, el personaje que vamos a presentar a continuación no destaca por su brillantez, ni tampoco es un antihéroe como lo pretendieron presentar las herrumbrosas crónicas que en su día fustigaron a quien no dejaba de ser un pobre hombre, tal vez afectado por alguna patología mental que tan estigmatizadas se encontraban en aquel entonces. La suya es una desgraciada historia que muy probablemente comience en una desdichada infancia, a pesar de que nunca se tuvo un conocimiento exhaustivo del personaje, obligado a abandonar la tierra que lo vio nacer nada más alcanzada la adolescencia.
De Francisco Otero González, el regicida gallego, se sabe que había venido al mundo el 14 de marzo de 1860 en la parroquia de Santiago de Lindín, en el municipio de Mondoñedo. El lugar donde nació este enigmático personaje es hoy en día un auténtico vergel natural en el que una fértil huerta produce, sin lugar a dudas, algunas de las más exquisitas hortalizas que consumimos los gallegos. Como antes se decía, tal vez acuciado por las muchas necesidades de la época, se vio forzado a marcharse a Madrid con apenas 18 años para trabajar de panadero en el horno de un familiar suyo. Cuentan algunas crónicas de su tiempo, no exentas de cierto subjetivismo, que perdió el empleo en la panadería en la que trabajaba y deambulaba por el viejo Madrid de taberna en taberna, careciendo de un domicilio fijo. De las mismas, se puede deducir que tampoco en la emigración madrileña mejoró de forma notable el nivel de vida de Otero, quien en una fría y gélida tarde del mes de diciembre de 1879 empuñó una pistola con la que disparó contra la carroza cuyas riendas llevaba el mismísimo rey Alfonso XII.
Nunca se sabrá con total certeza cual fue el verdadero móvil de aquel intento de regicidio, pese a las muchas especulaciones que en su día despertó el caso. Otero había adquirido el arma que empleó contra el rey en el rastro madrileño días antes de perpetrar un atentado que a él le costaría muy caro. En aquella penúltima tarde del año de 1879 el carruaje del monarca entraba por la Plaza de Oriente cuando repentinamente se topó con un individuo que, según todo parece indicar, no era lo que se dice un experto en el manejo de las armas ni mucho menos un campeón de tiro, ya que el disparo que salió del cañón de su pistola no acertó con su pretendido objetivo, a tan solo metro y medio de distancia de los reyes, Alfonso XII y María Cristina de Augburgo-Lorena. Al parecer, nadie advirtió de su presencia ni de sus intenciones, pese a que el Palacio Real estaba a escasamente 200 metros del lugar donde se produjeron los hechos.
Provocación
Tras ser detenido y llevado ante las autoridades, Francisco González Otero, declararía ante las mismas que el jamás tuvo intención alguna de matar al rey. Con los disparos hechos a tan corta distancia manifestó que su verdadero objetivo era el de provocar a los guardias de palacio y que le disparasen para que lo matasen a él, ya que carecía de valor suficiente para suicidarse. A partir de aquel entonces, el ya lejano 30 de diciembre de 1879 comenzaron a sucederse un cúmulo de especulaciones alrededor de un personaje que sería llevado a la literatura por los escritores de su tiempo, entre ellos Benito Pérez Galdós y José Francos Rodríguez. Sin embargo, poco o muy poco se sabe en torno a su vida y existencia. En su día, los diarios más relevantes de su época, entre ellos «El Liberal» y «El Imparcial» quisieron ver que detrás de las manos de aquel atípico regicida se encontraban grupos de oposición, entre ellos los anarquistas. Desde sus páginas alimentaron la posibilidad de que este aprendiz de panadero frecuentase algunas de sus tertulias, en las inmediaciones de la Puerta del Sol madrileña, si bien esas aseveraciones jamás han podido ser comprobadas.
En torno a la personalidad de González Otero se fueron construyendo mitos y leyendas, más bien generadas entorno a la imaginación de los profesionales del periodismo de la época cuya autenticidad y veracidad ha sido puesta en tela de juicio en muchas ocasiones. Según se ha podio constatar, el regicida de Mondoñedo jamás tuvo contacto o relación alguna con aquellos nacientes grupúsculos anarquistas ni con otra organización dedicada a utilizar el terror como arma de la propaganda política. Se decía también que en esa supuesta amargura en la que se encontraba y que iba prodigando por las tabernas de mala muerte en las que se embriagaba, clamaba por regresar a su tierra natal, pero que carecía de suficiente dinero para tomar un tren de regreso a Lugo.
Todo parece indicar que nos encontramos ante el caso de un regicida atípico. Un pobre hombre muy joven que no sabía lo que hacía ni tampoco lo que pretendía, tal como testificarían algunos médicos contratados por su abogado defensor, quienes pretendieron demostrar, sin éxito, que se encontraban ante una persona que sufría alguna dolencia mental, a quien la suerte le resultó más que esquiva en su efímera vida.
Garrote vil
Francisco Otero González sería condenado a morir en el garrote vil el 14 de abril de 1880 con tan solo veinte años de edad, a pesar de que había obtenido el perdón de los reyes, en un tiempo en el que la vida pública española se hallaba fuertemente convulsionada. Apenas diez años antes había sido asesinado Prim, con la inestimable ayuda de quien sería el primer suegro de Alfonso XII, el conde de Montpensier. Posteriormente se declararía una efímera República, que apenas duraría once meses. Finalmente, de la mano de Cánovas del Castillo, llegaría la Restauración. Sin embargo, lo que no consiguió Otero con su pistola lo haría en su lugar la tuberculosis, que terminaría con la vida del monarca tan solo un lustro después.
Nunca se sabe si por incontrolados azares del destino o por qué otra casualidad histórica, lo cierto es que otro mozo nacido en la misma parroquia que Francisco Otero González, José Méndez, tomaría parte años después en el más execrable crimen acontecido en Galicia en el siglo XIX, concretamente en la matanza de Santa Cruz do Valadouro. Aunque se dice que el azar no tiene la responsabilidad de todo. Pese a que este último era convicto del asesinato de uno de los criados del cura muerto, con el que se empleó con mucha saña, su suerte fue muy distinta a la de Otero. Pese a que fue condenado a muerte en 1889, finalmente la reina regente María Cristina de Augsburgo-Lorena acabaría cediendo a las presiones y concediéndole un indulto que no hubo lugar en el caso del regicida, a pesar de que no había consumado ningún crimen. Se quiso obviar que Francisco González era tan solo eso, un desafortunado y desgraciado mozo de provincias y muy posiblemente un enfermo con patologías y trastornos mentales, de quien la fortuna y la suerte se habían burlado amargamente en su mísera y efímera vida, que se truncó cuando en el mismo instante en el que el verdugo apretó el manubrio del humillante y tortuoso garrote vil.
El lugar al que nos dirigimos es uno de los más bellos y luminosos parajes que se pueden encontrar en la Galicia interior. Allí se inicia la división geográfica de dos de las principales comarcas de la provincia de Lugo, limitando ambas con una extensa y brumosa montaña desde la que pueden divisarse unos inigualables atardeceres, dejándose caer la sombra en medio de impresionantes praderías y pequeños riachuelos, popularmente conocidos como regatos o regachos que discurren mansamente entre la espesa cordillera que separa las comarcas de A Mariña y Terra Chá. La primera ocupa prácticamente toda la franja norte de Lugo, siendo bañada por el Cantábrico y extendiéndose a lo largo de casi 70 kilómetros de costa que separan la Ría de O Barqueiro al oeste, de la del Eo, en el este. La segunda es la gran meseta interior lucense, la más extensa de las comarcas gallegas, con casi dos mil kilómetros cuadrados de superficie, mucho más grande que la provincia de Guipúzcoa.
A esa intersección en la que imaginariamente se dividen dos mundos para muchos lucenses, el teóricamente litoral y el interior, nos dirigimos para recordar como en un ya lejano 21 de febrero de 1891, se produjo un brutal crimen que marcó a la parroquia de As Sasdónigas desde entonces. El asesinato alcanzaría una notoria popularidad en las concurridas ferias y mercados mindonienses al amparo de la multitud de coplas de ciego que se cantaron en aquel tiempo, principal medio de transmisión oral de los graves sucesos de la época, al igual que lo es hoy la red Internet, la prensa escrita, radio o televisión. El hecho en sí se alcanzaría cierta épica, no exenta de una leyenda morbosa que se fue generando en torno al criminal que terminaría siendo ajusticiado en las inmediaciones del Santuario de los Remedios, en Mondoñedo.
Emigrantes
En la última década del siglo XIX la emigración gallega a tierras americanas estaba alcanzando un gran auge y apogeo. Ya era frecuente ver a los primeros indianos, como eran conocidos los que atravesaban el Océano Atlántico, llegando a sus lares y aldeas hablando en un refinado castellano con un marcado acento caribeño que iría aportando un buen número de palabras a la lengua gallega. Entre estas últimas, una de las más famosas que nos encontramos es aiga, empleada todavía en nuestros días por las personas de una cierta edad para referirse a los autobuses de líneas regulares. Los indianos solían decir «me voy a comprar uno de los mejores coches que aiga», y la palabra se empezó a asociar indefectiblemente a vehículos de gama alta, que posteriormente se trasladarían a los de transporte colectivo o de viajeros.
Hemos empezado hablando de emigrantes porque es precisamente un emigrante que había hecho una cierta fortuna el triste protagonista de esta cruel historia. Como era muy común en aquellos tiempos, cuando las cosas comenzaban a funcionar en tierras americanas, uno de los dos miembros de la pareja solía abandonar el país al que habían emigrado, en este caso Argentina. En otras ocasiones viajaba solamente el varón en busca de esa prometida fortuna que solían hacerles los navieros de la época, aunque los que verdaderamente hacían fortuna eran ellos. Entre estos últimos se encontraba el ínclito Pedro Barrié de la Maza. En el caso que nos ocupa, el varón se quedó en tierras sudamericanas durante algún tiempo más, en tanto que su esposa regresó a Galicia. En ese período de tiempo, previo al regreso del marido, la esposa, Manuela Vidal, inició una relación con un apuesto mozo de una parroquia próxima a la suya, Galgao, que era unos quince años más joven que ella. Se llamaba Manuel Rivas y rondaría los 25 años, un jornalero que iba a realizar trabajos a su casa.
Cuando regresó de tierras americanas su marido, que se llamaba Juan Paz, la relación estaba plenamente consolidada, mientras que el matrimonio hacía aguas por todas partes. Sin embargo, en aquella época las separaciones de las parejas, además de estar muy mal vistas, lo estaba todavía más el adulterio, esas relaciones que se mantienen a escondidas sin que se entere la gente. Quizás era mucho peor la condena social a que estaban sometidos quienes lo practicaban que la que pudiese recaer por parte de quienes se encargaban de dictar justicia, pues en aquel entonces el adulterio estaba tipificado como delito en el Código Penal. En este caso se sumaban también intereses de tipo económico, pues se decía que el cónyuge de Manuela había traído una inmensa fortuna de tierras americanas.
Para tratar de eludir tanto la condena social como la propiamente judicial, los amantes, Manuela y Manuel, urdieron un plan consistente en terminar con la vida del tercer implicado en este enrevesado rompecabezas. Se encargaría de ello el joven mozo, en complicidad con su amante, quien le reveló todos los entresijos de su domicilio, desde las costumbres de su marido hasta la hora en que acostaba a su hija más pequeña, de tan solo seis años, que luego resultaría ser clave para la resolución del caso, pasando por otros pormenores que afectaban a su atormentado matrimonio.
En la noche del 21 de octubre de 1890, cuando Juan ya se había quedado dormido, se presentó en su domicilio el clandestino amante de su esposa. Iba provisto de un cuchillo que había traído Juan Paz de tierra americnas, con el que se encargaría de dar muerte a su rival cuando este estuviese descansando plácidamente en su lecho. En su funesto proyecto no debería quedar vivo nadie. Ni siquiera la niña del matrimonio si fuese preciso. En aquella tenebrosa noche, Manuel asestó varias cuchilladas a Juan Paz, quien acabaría yaciendo sobre un impresionante lecho empapado de sangre. La niña, que se despierta ante la escandalera que está escuchando, con el temor que le produce aquella macabra escena, decide mantener los ojos cerrados como si estuviera dormida, para así salvarse de la muerte. Posteriomente, la pequeña sería cogida en brazos por su madre. Rivas le advierte a la niña que «la colgara do poleiro» en caso de que diga que fue él quien asesinó a su padre. Le dicen que en caso de ser entrevistada por la Guardia Civil debe manifestar que fue un ladrón que se acercó a su domicilio y que huyó por una ventana.
En días sucesivos se van conociendo detalles interesados del crimen que se encargan de filtrar tanto la esposa de Juan Paz, como su amante. Para darle más teatralidad al asunto, muestran unas huellas de sangre que aparecen en las inmediaciones de la ventana por la que supuestamente había huido el asesino. Sin embargo, todo el mundo es conocedor de las relaciones que mantienen Manuela y Manuel, por lo que el alcalde-pedáneo de As Sasdónigas decide poner los hechos en conocimiento de la Guardia Civil y el propio juzgado de Mondoñedo. No tardan en ser detenidos los dos amantes, quienes cuentan versiones fantasiosas ante los agentes en el interrogatorio, tales como que los ladrones que penetraron en la vivienda le habrían obligado al joven amante a acudir con ellos a la casa de Juan Paz. Las contradicciones en las que incurren son flagrantes y muy pronte se desvelará toda la verdad..
Mientras se encuentran detenidos, los hijos de Juan Paz y Manuela Vidal se van a vivir al domicilio de su abuelo paterno. Allí, la pequeña que dormía con su padre el día de autos, le revelará toda la verdad al padre de su progenitor, entre otras cosas las veladas amenazas que le había hecho Rivas en caso de que fuese llamada a declarar, además de haberlo visto con la cara tiznada con el supuesto propósito de que no fuese reconocido por la criatura, quien relata otro pormenores del crimen, tales como el salto que dio su padre en el momento de recibir la primera cuchillada, quien tras expulsar unos gorjeos de sangre caería tendido en el suelo del cuarto, momento que aprovecharon los asesinos para huir. La pequeña aterrorizada no sabía que hacer. Posteriormente regresarían Manuela y Manuel a la estancia para recoger el cuerpo de la víctima y reintegrarlo a la cama, como pretendiendo dar la impresión que había sido asesinado en el propio lecho en el que sería encontrado. Será el abuelo paterno de la pequeña quien de cuente a la Guardia Civil de la información que le ha proporcionado la niña, quien se convertirá en la persona clave para resolver el asesinato.
En la prisión en la que están ingresados ambos amantes, Rivas solicita una entrevista con Manuela, que le es concedida, pero con tan mala suerte que es escuchada por el alguacil carcelario, quien da cuenta a sus superiores que el hombre está pergeñando un plan para fugarse de la cárcel. A consecuencia de ello, se decide que el autor del crimen lleve desde aquel momento un enorme hierro adosado a los pies que le impiden cualquier movimiento. En aquella entrevista, promovida a instancias de la ya viuda de Juan Paz, esta le manifiesa a su amante su preocupación por la situación de desamparo en la que pueden quedar sus hijos en caso de que ambos sean condenados a muerte.
En el juicio, que se celebra en la Audiencia Provincial de Mondoñedo, tanto Manuela Vidal como Manuel Rivas son declarados culpables de asesinato en distinto grado, por lo que son sentenciados a muerte. La condena es apelada ante al Tribunal Supremo, quien se ratifica en la sentencia emitida por el organismo provincial. Se solicita el indulto ante la entonces reina-regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, de quien se espera que conceda esa gracia al igual que lo había hecho tres años antes con la mayoría de los autores de la matanza de Santa Cruz de O Valadouro. Sin embargo, en esta ocasión la regente hace caso omiso de las peticiones de clemencia.
Árbol infame
A primeras horas de la mañana del 21 de febrero de 1893 son llevados al patíbulo los dos amantes, sin que lleguen noticias del ansiado indulto, en las inmediaciones del Santuario de os Remedios. Es un día desapacible en el que reina un fuerte viento y llueve con insistencia, aunque ello no es óbice para que hasta el lugar se desplace una legión de curiosos para presenciar un tétrico y escabroso espectáculo que comienza a las ocho de la mañana. Lloroso y desencajado, Manuel Rivas, pronuncia unas últimas palabras antes de ser ejecutado: «¿Al fin no se ha conseguido mi indulto?» Se encarga de las ejecuciones el verdugo Lorenzo Huerta, que es definido por el escritor Antonio Reigosa como un hombre gentil, con don de gentes y perfeccionista. Los reos, principalmente Rivas, están abatidos. Les han administrado los últimos auxilios espirituales y ambos se han confesado y comulgado. El ejecutor de las sentencias de muerte hace su trabajo con eficacia y rapidez. Las ejecuciones se realizan en apenas cuatro minutos, pues estaban previstas para las ocho de la mañana y cuatro minutos más tarde, los cadáveres de Manuela Vidal y Manuel Rivas ya estaban tendidos sobre el patíbulo. La función concluye con la intervención del superior de los Pasionistas de Mondoñedo en la que exhorta a los presente a hacer el bien, al tiempo que implora la clemencia divina para el alma de los dos ejecutados por el crimen que le ha costado la vida a Juan Paz.
Hasta las cinco de la tarde de aquel día otoñal, los cuerpos expuestos ante la multitud para que contemplen sus respectivos cadáveres, el de Manuela con la lengua de fuera, mientras que Rivas presenta un aspecto muy distinto. Posteriormente son recogidos por frailes de la Orden Tercera para que reciban cristiana sepultura. La mujer dejaría dispuesto que un pequeño capital del que disponía, 40 reales, fuese empleado para oficiar misas por su alma.
El escenario de la ejecución pasaría a la historia de las creencias y prejuicios populares a causa de un famoso árbol que se hallaba en las inmediaciones, al que la superchería popular atribuyó el don de la mala suerte. A él se había subido hacía algo más de tres años Manuel Rivas para contemplar las ejecución de Manuel Logilde Castrillón en 1890, principal acusado del cuádruple crimen de Santa Cruz do Valadouro. Alguien que estaba presenciado las ejecuciones de los amantes reparó en esta circunstancia por lo que cuando fue ejecutado, junto con Manuela Vidal, ninguno de los asistentes a tan degradante y perversa función se osó en subirse al mismo árbol desde el que él había presenciado el ajusticiamiento del autor intelectual de la masacre de Santa Cruz do Valadouro.
A principios del siglo XX Pontevedra era una próspera capital de provincia dominada por una histórica aristocracia de rancio abolengo, que veía peligrar su ancestral poder a manos de una incipiente burguesía que con el transcurrir de los años acabaría convirtiendo a la capital de las Rías Baixas en la más selecta urbe de Galicia. En ese tiempo ya había iniciado su meteórico desarrollo la vecina ciudad del sur, Vigo, aunque estaba lejos de superar todavía a la capital de la provincia, pese a que su puerto se había convertido en el principal referente con destino a las Américas. La capital del Lérez contaba con unos 25.000 habitantes entorno a 1910, residentes mayoritariamente en su amplio y vistoso casco histórico, que es hoy en día un centro de atracción para los muchos visitantes y turistas que se desplazan a la Boa Vila, denominación histórica que ha recibido Pontevedra en referencia al carácter hospitalario de sus gentes.
En ese plácido ambiente de ciudad tranquila y sosegada, en la que nunca o casi nunca ocurría nada, la villa teucrina amaneció repentinamente sobresaltada el 5 de febrero de 1908. En esa fecha, en torno al mediodía, en una planta baja de la calle Marqués de Riestra, una de las principales de su recinto histórico hoy en día, un grupo de jornaleros halló muerto en su domicilio al conocido maestro cantero pontevedrés José Barcia. Su cadáver apareció derribado sobre un gran charco de sangre y con la cabeza introducida en un cesto de mimbre. Los agresores del conocido artesano se emplearon con una extrema violencia para dar muerte a su víctima, pues esta presentaba grandes heridas en la cabeza y en el rostro provocadas, al parecer, por una herramienta de las que se empleaban para moldear y tallar la piedra. Asimismo, mostraba un aspecto que superaba cualquier límite de lo macabro, ya que apareció con la lengua apretada entre los dientes. El cantero había intentado defenderse de sus agresores pues todavía tenía asida por una mano una azada que había empleado en la lucha contra sus asesinos.
Cartas
En un primer momento, y durante algún tiempo, se sostuvo la hipótesis de que el móvil del asesinato de José Barcia había sido el robo pues era al parecer un hombre con un cierto nivel económico. A el se le encargaba la realización de muchas obras en la villa del Lérez, gozando también de un extraordinario reconocimiento social. Sin embargo, esa hipótesis iría decayendo con el paso de las horas de aquel aciago y funesto día de invierno. Junto a su cadáver aparecieron algunas cartas y documentos por lo que, posteriormente, se supuso que los asesinos buscaban algo más que dinero. Además, los criminales que acabaron con su vida, habían forzado la puerta de su escritorio, la que habían dejado franqueada, haciéndolo constar tanto los investigadores de la Guardia Civil como el juzgado que se encargaba del caso. Al proseguir con las pesquisas para tratar de resolver el caso, descubrieron que faltaban algunos objetos personales de estimable valor, así como también una importante cantidad de dinero en efectivo que el maestro tenía en su casa para pagar a los jornaleros que contrataba a diario.
El crimen conmovió profundamente a la ciudad de Pontevedra, ya que José Barcia era un hombre que gozaba de una gran estima entre sus convecinos. La hipótesis del robo, aún cuando no estaba totalmente clarificada, hizo que estallase en la villa del Lérez una constante sensación de temor incontenido. A ello se sumaba las dilaciones en la resolución de aquel truculento caso, lo que incrementaba el nerviosismo entre la ciudadanía, además de sumir a muchas personas, conocidas o allegadas a la víctima, en un constante clima de desconfianza.
A las dos semanas de cometido el atroz crimen se practicaron las primeras detenciones, algunas de las cuales estaban destinadas tan solo a limpiar la imagen de las autoridades de la época y a calmar a la ciudadanía, pues los detenidos eran conocidos rateros, pero a los que se consideraba incapaces de cometer semejante barbaridad. Algunas fuentes apuntan a que alguno de ellos había llegado a declarar su culpabilidad en este suceso, si bien las pruebas que existían contra ellos eran, a todas luces, insuficientes. De la misma forma, también pasó por los calabozos de la guardia civil algún familiar de Barcia, aunque tampoco se pudo demostrar que tuviese nada que ver con la muerte de su pariente.
Meses más tarde se sospechó de otro individuo que podría mantener alguna deuda con el artesano y a quien se vería en las inmediaciones de Vigo haciendo una inusual ostentación. De este último se asegura que había marchado para tierras americanas sin que pudiese ser detenido. Sea como fuere, lo peor de este dramático caso es que nunca se llegó a saber con certeza quien había asesinado al popular maestro artesano pontevedrés, aunque los criminales dejasen algunas evidencias que en su día no sirvieron de mucho, ya que el crimen quedó impune.
En 1935, cuando estaba en plenitud la II República Española y ya se vislumbraban nuevos tambores de guerra en el viejo continente, el interior de Galicia era un territorio pobre y deprimido. En él residía una ingente masa de agricultores y campesinos que malvivían de una maltrecha economía de subsistencia. La mejor salida a corto plazo para los más jóvenes era abandonar la esquina verde de la Península Ibérica y buscar un prometedor futuro allende los mares.
El mundo rural gallego, con sobreabundancia demográfica, apenas había progresado nada en los últimos 200 años. Ni siquiera las reformas puestas en marcha por los distintos gobiernos republicanos contribuyeron a paliar la enorme pobreza que afectaba a la Galicia de la época. A todo ello se añadían otras carencias como la educativa. Más de la mitad de la población gallega de la época era completamente analfabeta y el 49 por ciento restante eran analfabetos funcionales, limitándose a saber firmar o leer con cierta dificultad y poco más. Los grandes centros culturales gallegos de aquel tiempo se encontraban a miles de millas de la metrópoli. Habían surgido en lugares tan lejanos como La Habana, Buenos Aires o Montevideo, dónde la ingente cantidad de gallegos desplazados habían dejado impresa una huella que llega hasta nuestros días.
A Estrada, municipio al que ahora nos dirigimos, reunía las clásicas peculiaridades de las zonas de interior. Elevada tasa demográfica rural, altos índices de emigración a tierras americanas y bajísimos indicadores de desarrollo humano. En ese contexto se promueve un cierto clasismo rural que viene avalado por la superficie de terreno de la que cada familia sea propietaria, unido también a ancestrales prejuicios y estereotipos que todavía estaban muy aferrados a los habitantes de la Galicia de la época.
De una de esas pudientes familias rurales, las que precisamente podían huir de ese ambiente cruzando el Océano Atlántico, es la principal protagonista de la siguiente historia, Elena Ramos Barros, una joven de 23 años. La prensa de la época la resalta como una fémina que destacaba por su espectacular belleza y su inigualable porte personal. A ello, añade también que la moza pertenecía a una acaudalada familia de Guimarei, una parroquia perteneciente al municipio estradense, en el que destacan distintas edificaciones históricas pertenecientes a las distintas familias de hidalgos que otrora habían sido dueños y señores de tan bella parroquia.
Sin embargo, a pesar de su belleza o tal vez abrumada por el peso de la misma, Elena Ramos sufría alguna patología mental, muy mal consideradas y estigmatizadas en aquel entonces, que le impedía percibir la realidad tal como se le mostraba. Fruto de ello, provocaría un horroroso crimen que conmovió a toda la zona el 23 de julio de 1935. Como todos los criminales noveles, nadie se podía esperar que la joven belleza estradense fuese a perpetrar un acto tan vil y execrable.
Ojos vendados
No se sabe si fruto de algún delirio o con algún afán morboso, Elena, cierto día que se hallaba con su novio, le rogó a este que hiciesen algún jueguecito que parecía ciertamente infantil. El mismo consistía en que el rapaz Jesús Filloy Godoy se dejase atar a un árbol y, a su vez, vendarle los ojos. La joven quería que así su prometido rompiese las ligaduras, a la vez que tenía los ojos vendados, pero no era este el auténtico motivo del macabro plan ideado por Elena Barros. Tras acceder a las macabras e inhóspitas pretensiones de su novia, esta le rebanó el cuello con un cuchillo de grandes dimensiones que, al parecer, había ocultado en una manga de su blusa. Tras cometer la barbaridad, la joven se escapó hacia su casa, dejando al pobre muchacho desengrándose atado al árbol.
El muchacho, después de sufrir la mortal herida que le acabaría con su vida, aún pudo desasirse de las cuerdas que lo mantenían atado al árbol, además de retirarse también la venda de los ojos. A pesar de hallarse malherido, consiguió llegar hasta su domicilio familiar en el que fallecería nada más atravesar la puerta de la casa.
Quienes conocían a Elena decían que había jurado en alguna ocasión su intención de matar a su novio, al parecer motivado por algún ataque de celos o por ciertos despechos personales. Una persona que la conocía manifestó que la joven criminal había hecho este juramento por considerase «una mujer honrada y como tal quería vivir y morir», aunque nadie conocía el verdadero significado de esta expresión.
Epilepsia
En noviembre de 1935 se celebró el juicio en la Audiencia Provincial de Pontevedra, cuando Elena Ramos llevaba ya unos meses detenida. En el período de tiempo que llevaba entre rejas, la degolladora había sufrido algunos ataques epilépticos, aunque estos podrían ser brotes psicóticos. Alguno de los médicos y peritos que testificaron en la causa indicaron que la joven no percibía la realidad tal cual era. Además, en la época las enfermedades de carácter mental gozaban de un enorme estigma social, achacándose las mismas a estereotipos basados en falsos y ancestrales prejuicios que para nada respondían al mínimo rigor científico.
Sin embargo, el fiscal que instruyó la causa contra Elena Ramos despreció las apreciaciones de los especialistas que la examinaron, solicitando para ella la pena de 21 años de reclusión. Consideraba que la mujer había actuado en plenitud de facultades, cometiendo un delito de carácter alevoso. Por contra, su defensa solicitó el ingreso de la joven en un manicomio.
Finalmente, Elena Ramos sería condenada a trece años de cárcel, enterándose en la misma del estallido de la Guerra Civil española. Previamente, su defensa había recurrido la pena que le había sido impuesta ante el Tribunal Supremo, quien terminaría por confirmar la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Pontevedra.
A comienzos del siglo XX la provincia de Lugo era un territorio pobre, que vivía básicamente de una mísera agricultura de subsistencia que apenas servía para satisfacer las necesidades más básicas de una numerosa población a la que forzosamente se condenaba a una emigración poco menos que forzada. El destino de la mayoría de sus habitantes pasaba por caminar detrás de una yunta de vacas o bueyes, en tanto que el canto de los viejos y ancestrales carros del país, con su eje escasa o nulamente engrasado por la ausencia de unto de cerdo, se convertía en la habitual sintonía de sus empedrados caminos y corredoiras por las que deambulaban aquel sempiterno medio de transporte que se prodigó hasta finales de la década de los años setenta del pasado siglo.
En el año 1900 surgió una oportunidad, en el norte de Lugo -a caballo de tierras asturianas y gallegas- de salir de aquel infernal modo de vida, ya muy arcaico. En la localidad de Vilamea, a lomos del Eo y en la actualidad el municipio de A Pontenova, que durante muchos años conservó el nombre de A Pontenova-Vilaoudriz, se inició una explotación de material de hierro, concretamente limonita a cargo de una sociedad vasca, procedente del genuino y aristocrático barrio de Neguri, mucho más doctos que los gallegos a la hora de iniciar negocios rentables. La localidad se convertiría en un constante ir y venir de trabajadores procedentes de todos los puntos de la provincia, aunque eran los de municipios más próximos quienes copaban la mayor parte de los puestos de trabajo.
A medida que avanzaba el último siglo del segundo milenio, la explotación minera iba creciendo también en beneficios, que se multiplicarían con el estallido de la Iª Guerra Mundial, con la masiva exportación del material a tierras británicas. La localidad en la que se enclavaban los hornos mineros se había convertido, de la noche a la mañana, en el principal centro industrial de la provincia, que la convertía a su vez en un importante centro de atracción de población y también financiero. Según algunas fuentes, se llegó a contabilizar un censo superior a los 20.000 residentes, similar al de la capital de la provincia. Actualmente este municipio no alcanza los 3.000 habitantes.
Entre esa nutrida población había algo de todo, como en todas partes. Era frecuente que los mineros comiesen en las riberas del Eo, a medida que salían de sus respectivos turnos o jornada laboral. En uno de esos grupos era frecuente ver a Juan Rodríguez, un minero de unos 40 años, vecino de un municipio próximo al que se realizaba la explotación con otro grupo de compañeros. Se decía de él que era un hombre trabajador y cumplidor, mientras que otros no lo eran tanto, lo que provocaría los primeros enfrentamientos, así como rencillas con otros mineros que, de alguna manera, se sentían celosos del trato que le dispensaban los encargados, incluso con mejores remuneraciones económicas.
En vista de que Juan Rodríguez no era del agrado de sus compañeros, cuatro de ellos, aunque solamente serían tres los condenados, se confabularon para darle muerte en los primeros días del mes de noviembre del año 1905. Después de cenar un grupo de tres hombres, capitaneados por Álvaro Pena -principal inculpado-, junto con Domingo Portela y Eduardo Veiga decidieron darle muerte asestándole varias puñaladas en el pecho. Para evitar dejar rastros no se les ocurrió mejor cosa que arrojar su cuerpo a uno de los hornos de fundir metales, creyendo que así jamás se encontraría a la víctima.
Desaparición
A los pocos días de acontecido el hecho criminal, que consternaría de sobremanera a la localidad, uno de los encargados de la explotación hizo notar la desaparición de Juan Rodríguez, dando incluso aviso a su familia por si por casualidad se hubiese trasladado a su domicilio por cualquier circunstancia o imprevisto. Sin embargo, algo le hizo sospechar a este hombre que quizás pudiese tener otras imbricaciones e inició sus propias indagaciones. Enseguida se supo que Juan Rodríguez contaba con la enemistad manifiesta de algunos sujetos que trabajaban en la explotación minera.
Se decía que el encargado era un hombre de mucho carácter y que amenazó a muchos mineros con expulsarlos de su trabajo en caso de que nadie facilitase noticias acerca del paradero del minero desaparecido. Sospechaba profundamente de Álvaro Pena y Domingo Portela. No iba descaminado. Les amenazó reiteradamente con demandarlos judicialmente en caso de que no le dijesen lo que realmente había sucedido con Juan Rodríguez.
Inmediatamente se enteró el encargado de la enemistad que tenían esos dos individuos con el minero al que habían dado muerte. Tras la pertinente denuncia, acabarían derrumbándose y contando los hechos tal y como habían sucedido al juez de Ribadeo, quien ordenaría parar la cadena de producción a fin de recuperar el cuerpo o lo que quedaba del minero muerto.
Huesos calcinados
Los asesinos no consiguieron esta vez salirse con la suya, pues los huesos del trabajador habían resistido las altas temperaturas de la fundición de los metales de los hornos y fueron encontrado calcinados. Un forense determinaría que si correspondían al minero desaparecido, pues los mismos correspondían con las características físicas de Juan Rodríguez.
El crimen no pasaría desapercibido ni en la localidad ni tampoco en otros puntos próximos, ya que enseguida se empezó a correr el rumor de que la sociedad vasca que se encargaba de la explotación del mineral solamente contrataba a delincuentes. En vista de estos desagradables y burdos comentarios que se extendieron por todo el norte de la provincia de Lugo, se decidió emprender un riguroso proceso de selección de trabajadores a fin de que no se repitiesen acontecimientos como el que había tenido lugar y que tan mala fama le estaba granjeando a una empresa que se definía a si misma como generadora de riqueza.
En los primeros días de febrero del año 1906 se inició el juicio contra los cuatro procesados, aunque uno resultaría absuelto, en el Juzgado de Mondoñedo, a donde correspondía jurídicamente. El fiscal efectuará un muy duro y cruel alegato contra los mineros, principalmente contra Álvaro Pena, a quien atribuían el asesinato material de su compañero. Llega a solicitar la pena capital para él, en tanto que para sus compañeros solicita que sean condenados a reclusión perpetua.
Finalmente, Álvaro Pena sería condenado a cadena perpetua, que tendría que cumplir en el penal de Ceuta, mientras que Eduardo Veiga y Domingo Portela serían condenados a 30 años de prisión. La cuarta persona a quien se relacionaba con este trágico suceso sería absuelto, pese a que el fiscal lo había acusado de encubrir tan deplorable crimen.
Catedral de Santiago de Compostela vista de su histórica Alameda de Santa Susana
No cabe duda que Santiago de Compostela es la ciudad más universal de Galicia, además de ser también el gran foco de atracción cultural e histórica del país gallego. En la década de los setenta, al amparo de su cinco veces centenaria universidad, surgieron algunos de los principales focos de oposición a la dictadura franquista. El régimen no ignoraba el gran movimiento de ideas que albergaba la futura capital gallega. Por ello, era frecuente que por los distintos centros académicos que componían la única universidad gallega de la época se infiltrasen con cierta frecuencia los llamados «secretas», la policía política del franquismo, cuya denominación oficial era la de Brigada Político-Social(BPS). Sin embargo, no eran estas las únicas fuerzas que ejercían la represión en Santiago. A ellos se añadía una buena dotación de cuerpos de la Policía Armada, posteriormente denominada Policía Nacional, conocidos en la jerga opositora como los grises, en alusión al color del uniforme que vestían. Una mínima queja vecinal, una delación, el mínimo incidente podía ser empleado por las fuerzas policiales para actuar con denodado esfuerzo. Se empleaban con mucho más celo que en resguardar la seguridad, propiamente dicha, de los compostelanos, acostumbrados a vivir desde tiempos inmemoriales con las eternas e ininterrumpidas juergas y algarabías que hacían en sus calles los universitarios que se desplazaban a la siempre eterna ciudad de Compostela.
En ese clima estudiantil, en plena década de los setenta, cuando el régimen daba sus últimos estertores se producirá un grave acontecimiento que conmocionará a toda la comunidad universitaria, además de marcar un punto de inflexión en la actitud de la Judicatura quien, con una excepcionalidad rayana con lo insólito, se atreverá a condenar la actitud de las fuerzas de seguridad del Régimen franquista.
En la madrugada del sábado, 4 de diciembre de 1972, un grupo de jóvenes universitarios disfrutaba del inicio del fin de semana en el ensanche compostelano, divirtiéndose por doquier, olvidando así el trago de una de las semanas del curso académico. En esa diversión sin límite no podía faltar, como sigue siendo habitual, las tradicionales visitas y rondas a las residencias universitarias. Es así como un nutrido grupo de estudiantes se dirige a un centro de estas características emplazado en la calle general Pardiñas. Muy cerca de la misma se encuentran charlando uno de los últimos serenos que ejerce en Santiago con un subinspector de la Policía Armada quién, al parecer, se encuentra vigilando la zona con la finalidad de evitar robos.
El grupo de universitarios prosigue su pacífica juerga y parranda en la noche compostelana sin molestar en ningún momento al vecindario, tal y como se desprende de la noticia publicada en el rotativo madrileño ABC el 21 de julio de 1973, en el que daba cuenta de la sentencia que acabaría condenado al policía. Sin saber porqué ni porqué no, alguno de los mozos inicia la carrera. Entre ellos va José María Fuentes, un estudiante de Medicina, que se ha distanciado de sus compañeros, entre los que se encuentra su amigo Camilo Bouzo, cuyo testimonio resultará trascendental para el completo esclarecimiento de tan luctuoso acontecimiento. Su destino, tras haber superado la calle Montero Ríos, es la compostelana rúa del doctor Teixeiro en la que se encontraba otra conocida residencia universitaria femenina santiaguesa.
Disparos
Alertada la Policía del presunto disturbio, que luego no resultó ser tal, se traslada un coche patrulla para investigar lo que sucede. El vehículo acelera al ver a los muchachos correr y se detiene cuando ya los ha superado, a la altura del antiguo cine Metropol. Cuando van a proceder a la identificación de los estudiantes, se presenta en el lugar el subinspector de la Policía Armada Luís Miguel Quiroga Mouzo quién, sin saber porqué motivo, hace uso de su arma reglamentaria en el acto efectuando dos disparos a muy corta distancia de dónde se encuentran los jóvenes universitarios. Una de las balas alcanza a José María Fuentes, atravesándole un brazo y alcanzándole de lleno en el pecho. A consecuencia del mismo, el joven universitario cae al suelo, sumergiéndose en un impresionante charco de sangre. A pesar de que es evacuado inmediatamente a una clínica próxima, los médicos que le atienden nada pueden hacer por salvarle la vida. El joven universitario ingresa ya cadáver.
Tras esta muerte, la amplia comunidad universitaria compostelana reacciona con energía ante lo que muchos consideraban un abuso de autoridad por parte de la Policía Armada. Se suceden las manifestaciones y algaradas callejeras, a lo que se suma el profundo sentimiento de dolor, rabia e impotencia que impregna al mundo universitario que clama justicia por lo que se considera un brutal crimen que no hace más que empañar todavía más las ya de por si deterioradas relaciones existentes entre cuerpos policiales y grupos universitarios.
Sentencia
En julio de 1973 se celebra el juicio por la muerte del joven universitario José María Fuentes Fernández, quien contaba con solo 18 años cuando aconteció el fatal suceso que le ocasionó la muerte. En el ámbito universitario los ánimos están muy encrespados. Además, las principales cadenas de televisión extranjeras, entre ellas la BBC británica, se hacen eco de los abusos policiales en España. El fiscal que lleva el caso pide una condena de 20 años de prisión mayor para el subinspector de policía Luis Miguel Quiroga Mouzo y una indemnización de un millón de pesetas para la familia del joven muerto. Considera el suceso como un homicidio con alevosía.
Por su parte, la acusación particular eleva la petición a 30 años de reclusión mayor, exigiendo una indemnización de dos millones de pesetas para la familia de la víctima. Con el juicio en marcha, desde el Ministerio de Información y Turismo se ordena a los distintos delegados provinciales que vigilen estrechamente las publicaciones que aparezcan en la prensa, a fin de evitar una mayor degradación de la depauperada imagen de la que ya goza una de las dos últimas dictaduras de Europa occidental.
El 20 de julio de 1973 se dicta una ejemplar sentencia, que marca un antes y un después en la judicatura española quien no se caracterizaba hasta el momento por perseguir los abusos policiales. El subinspector de policía es condenado a 17 años de reclusión menor y al pago de una indemnización de 700.000 pesetas a los familiares de la víctima. Además, se hace al Estado responsable civil subsidiario por medio de la Dirección General de Seguridad de hacerse cargo del pago de esta cantidad.
En el auto se califican los hechos como «delito de homicidio», aunque no se considera alevoso. Sin embargo, y he aquí una de las grandes novedades, se añade la agravante de «superioridad» al disponer el subinspector de un arma de fuego. Considera también la actitud del policía como de un «exceso de celo» en el ejercicio de sus funciones, aún cuando la circunstancia no requería el empleo de la fuerza.
La sentencia de la Audiencia Provincial de A Coruña marcó un punto de inflexión, por cuanto por primera vez se condenaba en el ejercicio de sus funciones a un miembro de las fuerzas de seguridad del Estado. Sin embargo, al inicio del curso 1973-74 se recrudecería la persecución policial contra los universitarios compostelanos, siendo frecuente a lo largo del mismo la entrada indiscriminada de agentes en los muchos pisos del Ensanche santiangués en el que residía un elevado número de los miles de estudiantes que por aquel entonces estaban matriculados en la minerva gallega.