Dos amantes asesinan a un tercero en As Sasdónigas (Lugo)

Parroquia de As Sasdónigas, en Mondoñedo.

El lugar al que nos dirigimos es uno de los más bellos y luminosos parajes que se pueden encontrar en la Galicia interior. Allí se inicia la división geográfica de dos de las principales comarcas de la provincia de Lugo, limitando ambas con una extensa y brumosa montaña desde la que pueden divisarse unos inigualables atardeceres, dejándose caer la sombra en medio de impresionantes praderías y pequeños riachuelos, popularmente conocidos como regatos o regachos que discurren mansamente entre la espesa cordillera que separa las comarcas de A Mariña y Terra Chá. La primera ocupa prácticamente toda la franja norte de Lugo, siendo bañada por el Cantábrico y extendiéndose a lo largo de casi 70 kilómetros de costa que separan la Ría de O Barqueiro al oeste, de la del Eo, en el este. La segunda es la gran meseta interior lucense, la más extensa de las comarcas gallegas, con casi dos mil kilómetros cuadrados de superficie, mucho más grande que la provincia de Guipúzcoa.

A esa intersección en la que imaginariamente se dividen dos mundos para muchos lucenses, el teóricamente litoral y el interior, nos dirigimos para recordar como en un ya lejano 21 de febrero de 1891, se produjo un brutal crimen que marcó a la parroquia de As Sasdónigas desde entonces. El asesinato alcanzaría una notoria popularidad en las concurridas ferias y mercados mindonienses al amparo de la multitud de coplas de ciego que se cantaron en aquel tiempo, principal medio de transmisión oral de los graves sucesos de la época, al igual que lo es hoy la red Internet, la prensa escrita, radio o televisión. El hecho en sí se alcanzaría cierta épica, no exenta de una leyenda morbosa que se fue generando en torno al criminal que terminaría siendo ajusticiado en las inmediaciones del Santuario de los Remedios, en Mondoñedo.

Emigrantes

En la última década del siglo XIX la emigración gallega a tierras americanas estaba alcanzando un gran auge y apogeo. Ya era frecuente ver a los primeros indianos, como eran conocidos los que atravesaban el Océano Atlántico, llegando a sus lares y aldeas hablando en un refinado castellano con un marcado acento caribeño que iría aportando un buen número de palabras a la lengua gallega. Entre estas últimas, una de las más famosas que nos encontramos es aiga, empleada todavía en nuestros días por las personas de una cierta edad para referirse a los autobuses de líneas regulares. Los indianos solían decir «me voy a comprar uno de los mejores coches que aiga», y la palabra se empezó a asociar indefectiblemente a vehículos de gama alta, que posteriormente se trasladarían a los de transporte colectivo o de viajeros.

Hemos empezado hablando de emigrantes porque es precisamente un emigrante que había hecho una cierta fortuna el triste protagonista de esta cruel historia. Como era muy común en aquellos tiempos, cuando las cosas comenzaban a funcionar en tierras americanas, uno de los dos miembros de la pareja solía abandonar el país al que habían emigrado, en este caso Argentina. En otras ocasiones viajaba solamente el varón en busca de esa prometida fortuna que solían hacerles los navieros de la época, aunque los que verdaderamente hacían fortuna eran ellos. Entre estos últimos se encontraba el ínclito Pedro Barrié de la Maza. En el caso que nos ocupa, el varón se quedó en tierras sudamericanas durante algún tiempo más, en tanto que su esposa regresó a Galicia. En ese período de tiempo, previo al regreso del marido, la esposa, Manuela Vidal, inició una relación con un apuesto mozo de una parroquia próxima a la suya, Galgao, que era unos quince años más joven que ella. Se llamaba Manuel Rivas y rondaría los 25 años, un jornalero que iba a realizar trabajos a su casa.

Cuando regresó de tierras americanas su marido, que se llamaba Juan Paz, la relación estaba plenamente consolidada, mientras que el matrimonio hacía aguas por todas partes. Sin embargo, en aquella época las separaciones de las parejas, además de estar muy mal vistas, lo estaba todavía más el adulterio, esas relaciones que se mantienen a escondidas sin que se entere la gente. Quizás era mucho peor la condena social a que estaban sometidos quienes lo practicaban que la que pudiese recaer por parte de quienes se encargaban de dictar justicia, pues en aquel entonces el adulterio estaba tipificado como delito en el Código Penal. En este caso se sumaban también intereses de tipo económico, pues se decía que el cónyuge de Manuela había traído una inmensa fortuna de tierras americanas.

Para tratar de eludir tanto la condena social como la propiamente judicial, los amantes, Manuela y Manuel, urdieron un plan consistente en terminar con la vida del tercer implicado en este enrevesado rompecabezas. Se encargaría de ello el joven mozo, en complicidad con su amante, quien le reveló todos los entresijos de su domicilio, desde las costumbres de su marido hasta la hora en que acostaba a su hija más pequeña, de tan solo seis años, que luego resultaría ser clave para la resolución del caso, pasando por otros pormenores que afectaban a su atormentado matrimonio.

En la noche del 21 de octubre de 1890, cuando Juan ya se había quedado dormido, se presentó en su domicilio el clandestino amante de su esposa. Iba provisto de un cuchillo que había traído Juan Paz de tierra americnas, con el que se encargaría de dar muerte a su rival cuando este estuviese descansando plácidamente en su lecho. En su funesto proyecto no debería quedar vivo nadie. Ni siquiera la niña del matrimonio si fuese preciso. En aquella tenebrosa noche, Manuel asestó varias cuchilladas a Juan Paz, quien acabaría yaciendo sobre un impresionante lecho empapado de sangre. La niña, que se despierta ante la escandalera que está escuchando, con el temor que le produce aquella macabra escena, decide mantener los ojos cerrados como si estuviera dormida, para así salvarse de la muerte. Posteriomente, la pequeña sería cogida en brazos por su madre. Rivas le advierte a la niña que «la colgara do poleiro» en caso de que diga que fue él quien asesinó a su padre. Le dicen que en caso de ser entrevistada por la Guardia Civil debe manifestar que fue un ladrón que se acercó a su domicilio y que huyó por una ventana.

En días sucesivos se van conociendo detalles interesados del crimen que se encargan de filtrar tanto la esposa de Juan Paz, como su amante. Para darle más teatralidad al asunto, muestran unas huellas de sangre que aparecen en las inmediaciones de la ventana por la que supuestamente había huido el asesino. Sin embargo, todo el mundo es conocedor de las relaciones que mantienen Manuela y Manuel, por lo que el alcalde-pedáneo de As Sasdónigas decide poner los hechos en conocimiento de la Guardia Civil y el propio juzgado de Mondoñedo. No tardan en ser detenidos los dos amantes, quienes cuentan versiones fantasiosas ante los agentes en el interrogatorio, tales como que los ladrones que penetraron en la vivienda le habrían obligado al joven amante a acudir con ellos a la casa de Juan Paz. Las contradicciones en las que incurren son flagrantes y muy pronte se desvelará toda la verdad..

Mientras se encuentran detenidos, los hijos de Juan Paz y Manuela Vidal se van a vivir al domicilio de su abuelo paterno. Allí, la pequeña que dormía con su padre el día de autos, le revelará toda la verdad al padre de su progenitor, entre otras cosas las veladas amenazas que le había hecho Rivas en caso de que fuese llamada a declarar, además de haberlo visto con la cara tiznada con el supuesto propósito de que no fuese reconocido por la criatura, quien relata otro pormenores del crimen, tales como el salto que dio su padre en el momento de recibir la primera cuchillada, quien tras expulsar unos gorjeos de sangre caería tendido en el suelo del cuarto, momento que aprovecharon los asesinos para huir. La pequeña aterrorizada no sabía que hacer. Posteriormente regresarían Manuela y Manuel a la estancia para recoger el cuerpo de la víctima y reintegrarlo a la cama, como pretendiendo dar la impresión que había sido asesinado en el propio lecho en el que sería encontrado. Será el abuelo paterno de la pequeña quien de cuente a la Guardia Civil de la información que le ha proporcionado la niña, quien se convertirá en la persona clave para resolver el asesinato.

En la prisión en la que están ingresados ambos amantes, Rivas solicita una entrevista con Manuela, que le es concedida, pero con tan mala suerte que es escuchada por el alguacil carcelario, quien da cuenta a sus superiores que el hombre está pergeñando un plan para fugarse de la cárcel. A consecuencia de ello, se decide que el autor del crimen lleve desde aquel momento un enorme hierro adosado a los pies que le impiden cualquier movimiento. En aquella entrevista, promovida a instancias de la ya viuda de Juan Paz, esta le manifiesa a su amante su preocupación por la situación de desamparo en la que pueden quedar sus hijos en caso de que ambos sean condenados a muerte.

En el juicio, que se celebra en la Audiencia Provincial de Mondoñedo, tanto Manuela Vidal como Manuel Rivas son declarados culpables de asesinato en distinto grado, por lo que son sentenciados a muerte. La condena es apelada ante al Tribunal Supremo, quien se ratifica en la sentencia emitida por el organismo provincial. Se solicita el indulto ante la entonces reina-regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, de quien se espera que conceda esa gracia al igual que lo había hecho tres años antes con la mayoría de los autores de la matanza de Santa Cruz de O Valadouro. Sin embargo, en esta ocasión la regente hace caso omiso de las peticiones de clemencia.

Árbol infame

A primeras horas de la mañana del 21 de febrero de 1893 son llevados al patíbulo los dos amantes, sin que lleguen noticias del ansiado indulto, en las inmediaciones del Santuario de os Remedios. Es un día desapacible en el que reina un fuerte viento y llueve con insistencia, aunque ello no es óbice para que hasta el lugar se desplace una legión de curiosos para presenciar un tétrico y escabroso espectáculo que comienza a las ocho de la mañana. Lloroso y desencajado, Manuel Rivas, pronuncia unas últimas palabras antes de ser ejecutado: «¿Al fin no se ha conseguido mi indulto?» Se encarga de las ejecuciones el verdugo Lorenzo Huerta, que es definido por el escritor Antonio Reigosa como un hombre gentil, con don de gentes y perfeccionista. Los reos, principalmente Rivas, están abatidos. Les han administrado los últimos auxilios espirituales y ambos se han confesado y comulgado. El ejecutor de las sentencias de muerte hace su trabajo con eficacia y rapidez. Las ejecuciones se realizan en apenas cuatro minutos, pues estaban previstas para las ocho de la mañana y cuatro minutos más tarde, los cadáveres de Manuela Vidal y Manuel Rivas ya estaban tendidos sobre el patíbulo. La función concluye con la intervención del superior de los Pasionistas de Mondoñedo en la que exhorta a los presente a hacer el bien, al tiempo que implora la clemencia divina para el alma de los dos ejecutados por el crimen que le ha costado la vida a Juan Paz.

Hasta las cinco de la tarde de aquel día otoñal, los cuerpos expuestos ante la multitud para que contemplen sus respectivos cadáveres, el de Manuela con la lengua de fuera, mientras que Rivas presenta un aspecto muy distinto. Posteriormente son recogidos por frailes de la Orden Tercera para que reciban cristiana sepultura. La mujer dejaría dispuesto que un pequeño capital del que disponía, 40 reales, fuese empleado para oficiar misas por su alma.

El escenario de la ejecución pasaría a la historia de las creencias y prejuicios populares a causa de un famoso árbol que se hallaba en las inmediaciones, al que la superchería popular atribuyó el don de la mala suerte. A él se había subido hacía algo más de tres años Manuel Rivas para contemplar las ejecución de Manuel Logilde Castrillón en 1890, principal acusado del cuádruple crimen de Santa Cruz do Valadouro. Alguien que estaba presenciado las ejecuciones de los amantes reparó en esta circunstancia por lo que cuando fue ejecutado, junto con Manuela Vidal, ninguno de los asistentes a tan degradante y perversa función se osó en subirse al mismo árbol desde el que él había presenciado el ajusticiamiento del autor intelectual de la masacre de Santa Cruz do Valadouro.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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