El crimen de Viladonga

Castro de Viladonga, la parroquia en la que ocurrió el crimen

De todos es conocida la parroquia de Viladonga por su precioso castro, uno de los que mejor se conserva de Galicia, además de llevarse en él distintas excavaciones arqueológicas para poner en valor la impresionante riqueza megalítica que atesora. A ello se une los siempre impresionantes y verdes parajes que lo circundan en la comarca de Terra Chá, haciendo de él uno de los monumentos más singulares de Galicia. El nombre de esta parroquia de Castro de Rei va ineludiblemente asociado a la herencia celta más pura que se conserva en la tierra gallega.

Sin embargo, en cualquier rincón de los muchos que posee Galicia puede ocurrir lo menos esperado y, por supuesto, deseado. Así sucedió hace ya más de 66 años, concretamente a principios del año 1953, en una apacible y agradable parroquia gallega que tenía unas costumbres -como todas- muy rutinarias. Solamente se escuchaba por los caminos y corredoiras el dulce cantar del viejo carro del país bien engrasado, en tanto el hombre que tiraba de las dos vacas a las que iba sujeto, daba de vez en cuando un aguilladazo a los animales para que tomasen la mejor trayectoria posible.

Aquella Galicia era completamente distinta a la que hoy conocemos. Todavía resonaban los amplios ecos de la Guerra Civil que dejaba de tras de si unas impresionantes huellas de lo que había representado aquella tragedia. Apenas circulaban coches por sus maltrechas y empedradas carreteras, en tanto que la aparición del tractor en el mundo rural era poco menos que una utopía irrealizable.

En ese ambiente tradicional, en el que resonaban todavía muy fuerte los ecos de la emigración americana, se produce un fatal desenlace entre dos vecinos de Viladonga, enfrentados por cuestiones patrimoniales y de lindes de tierras, lo que nos lleva a la conclusión de que serían las causas más habituales de los crímenes en la Galicia de entonces, aunque no la única. Todos sabemos que se han derramado ríos de tinta, con ánimo denigratorio, acerca de esa supuesta filosofía de la propiedad que enfrentaba a muchos paisanos del rural gallego, que nunca ha dejado de ser una leyenda negra que ha tenido muchos y muy variados portavoces en todos los tiempos.

En Viladonga, desde hacía algún tiempo, dos de sus vecinos vivían muy enfrentados por las típicas discusiones de marcos, de distribución de agua de riego en los prados y otros aspectos similares. Sin embargo, nadie imaginó jamás que aquellos hombres llegarían a extremos insospechados que teñirían de sangre uno de los más bellos parajes de la provincia de Lugo.

Pelea

A comienzos de 1953 Manuel Serafín Sordo Otero y David Novo Vordeiro sostuvieron una enconada discusión sobre unos lindes de tierras, que la prensa de la época definía como «cuestiones patrimoniales». En un momento dado, David Novo parece ser que propinó dos bofetadas a su vecino, quien se enfureció mucho, pero debido a su menor envergadura no fue capaz de repeler la agresión sin emplear un arma u objeto contundente con el que propinarle un golpe.

Tras la agresión sufrida Manuel Serafín Sordo se encaminó a su vivienda para proveerse de una afilada hoz con la que salvar su honor, mancillado por una agresión. En un descuido o tal vez de forma traicionera, propinó un severo golpe en la cabeza con la parte cortante de la herramienta que le hundió parte de la región parietal a su adversario, quien cayó fulminado en el suelo con sus ropas visiblemente ensangrentadas. Pese a todo, en un primer momento, el herido logró sobrevivir a las lesiones, pero fallecería un par de días más tarde en un centro sanitario de la capital lucense.

El suceso produjo una gran conmoción en todo el municipio de Castro de Rei, especialmente en Viladonga, ya que sus habitantes no daban crédito a que ambos vecinos pudiesen terminar de forma tan dramática. Sus desavenencias por cuestiones puramente patrimoniales habían comenzado a producirse hacía ya algún tiempo, si bien es cierto que se habían intensificado a lo largo de los últimos meses previos a la tragedia.

El suceso fue juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en octubre de 1953. Se tuvieron en cuenta algunas evidencias, tales como el enfrentamiento previo o la agresión de la víctima mortal a Manuel Serafín Sordo que evitaron que el hecho fuese calificado de asesinato, puesto que el juez encargado de dirimir el caso no había apreciado intención por parte del agresor de ocasionarle la muerte de forma premeditada a su víctima.

Manuel Serafín Sordo sería acusado de un delito de homicidio, por lo que sería condenado a 12 años de prisión menor, así como al pago de 35.000 pesetas a los herederos de David Novo Vordeiro.

Este crimen no fue, ni mucho menos, el último de los que ha habido en Galicia por cuestiones denominadas patrimoniales. Se producirían algunos más hasta finales de la década de los años ochenta. A pesar de todo, hay que decir que es un tipo de criminalidad que, por fortuna, se ha ido extinguiendo. En casos como el que nos ocupa estaban, además del supuesto valor de las propiedades, una tópica y falsa concepción del honor, a lo que había que añadir la herencia celta del amor a la tierra, tal como comentó en su día el médico que fuera alcalde de Ferrol, Jaime Quintanilla Ulla. Y es que herencia celta en Viladonga ha quedado mucha, y no es un sarcasmo ni un chiste malintencionado.

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La muerte de «Rocambole»

Ponte da Barca, en Pontevedra, donde cayó el célebre delincuente gallego de los cincuenta

En los primeros años cincuenta la dictadura franquista se había afianzado ya en España prácticamente de forma definitiva. Atrás quedaban los años en los que algunos atisbaban una leve esperanza de que el sistema nacido de la Guerra Civil se viniese a bajo. La consolidación del régimen se notaba a todos los efectos, aunque muy especialmente en el orden público, donde se mantenía una férrea y firme mano dura. Aún así, y a pesar de que siempre se haya dicho y sostenido lo contrario, las tasas de criminalidad eran mucho más elevadas que en nuestros días.

El sistema dictatorial, al igual que muchos otros que coexistían en el planeta en aquel entonces, sabía sacar réditos de su supuesta política de orden público en la que no se movía nadie. Además, aprovechaba cualquier circunstancia para dar buena cuenta de ello y publicitarlo ante la opinión pública, tanto española como mundial. Así, a su amparo, surgirían ciertos mitos y personajes que servían para dar cuenta al imaginario popular de la presunta severidad del régimen. Así, en la década de los cincuenta se ejecutó a garrote vil a tres inocentes en Sevilla. A finales de los cuarenta correrían la misma suerte «O Foucellas» y algunos dirigentes del maquis gallego a los que se acusaba de ser maleantes. Mientras, en el tramo final de la dictadura surgió el mito de Eleuterio Sánchez, «El Lute». Todos ellos fueron empleados por el Régimen para distraer a la opinión pública de su tiempo, alimentando la falsa idea de que en España quien la hacía la pagaba, aunque la supuesta opinión de justicia que intentaba trasmitir la oficialidad de entonces distase mucho de la realidad.

En la Galicia de los años cuarenta y primeros cincuenta surgió un personaje ideal para que el Régimen pudiese ofrecer una vez más esa imagen de extrema seriedad con la que pretendía revestirse. Se trataba de Santiago García Varela, conocido por los motes de «O Rocambole» y «O Fotógrafo». Sin embargo, no era más que un pobre hombre que se dedicaba a hacer algún que otro robo y a sostener enfrentamientos con la policía de los que, dada su habilidad, casi siempre salía victorioso. Pero, como todos los de su tiempo y a quienes se dedicaban a hacer fechorías similares a la suya, terminaría muy mal, teniendo en cuenta que las fuerzas de orden de entonces tenían carta blanca con quien a ellos les viniese en gana. Para ello contaban con un fortísimo respaldo oficial.

Tiroteo

O Rocambole, que era natural de la provincia de Lugo, había perpetrado algunos robos en algunos comercios de la capital lucense por las noches, además de ser un prófugo de la justicia, pues estaba reclamado por diversos juzgados de instrucción en el momento en que fue abatido por la policía. Se sabía que podía estar armado, pues algunos testimonios indicaban que había amenazado con un arma de fuego a sus víctimas. Sus correrías tocarían su fin a principios de abril de 1952 en un tiroteo con la policía armada muy cerca de la pontevedresa Ponte da Barca.

Después de huir de Lugo, las fuerzas del orden le siguieron la pista a Santiago García Varela. Sospechaban, y estaban en lo cierto, que tal vez se hubiese desplazado a Pontevedra a comienzos de 1952. La policía de inmediato se enteró de su paradero. Su objetivo, en un principio, era la detención de este «maleante», tal como le tildaba la prensa de la época.

Un inspector de policía, del que se sabe que se apellidaba Pérez Martínez, intentó detenerlo en las inmediaciones de A Ponte da Barca, pero al sentirse acorralado sintió sobre su cabeza el aliento del miedo, propio de cualquier persona. Fue entonces cuando hizo uso de su vieja pistola, comprada en el mercado negro, disparando dos veces contra el agente de policía, pero sin llegar ni siquiera a herirlo. Este último avisó a sus compañeros de la Comisaría de Pontevedra para que enviasen más refuerzos. Rocambole, haciendo una vez más gala de su capacidad escurridiza, huyó a pie por las calles de Pontevedra, llegando a la Rúa de Xan Guillermo.

Otra vez más, el popular y conocido delincuente había huido de un cerco policial. Pero, desgraciadamente para él, sería la última. Regresó, a donde había venido, desconociendo que le estaban preparando una emboscada y que no tenía escapatoria. Con un gran número de policías armadas preparándole un impresionante cerco, Santiago García estaba perdido. Disparó alguna vez más sobre sus perseguidores, pero tal vez no le quedase munición, ya que se acurrucó cerca del conocido puente que une los municipios de Poio y Pontevedra.

Casi sin opción, O Rocambole sucumbió ante los disparos que efectuaron varios policías que habían ido a darle captura. No opuso resistencia, ya que no tenía medios con los que resistir. Sin embargo, las fuerzas del orden «le dieron su merecido», según consta en las informaciones periodísticas de entonces. Habían cazado a la presa perfecta y en los días siguientes a su caza definitiva había que propagarlo a los cuatro vientos. Ya podían dormir los gallegos de entonces, puesto que había un delincuente menos en su tierra, aunque no fuese el único.

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Asesina a su marido en la bodega de su casa

Ribeira Sacra, la comarca en la que sucedió este crimen

A comienzos de la década de los sesenta, Galicia, y consiguientemente el resto de España comenzaba a sacudirse de una más que prolongada Posguerra que había dejado unas profundas secuelas a su población. Si bien es cierto que las carencias personales seguían siendo una constante en el devenir cotidiano de muchas familias.

Los gallegos de entonces ya hacía casi una década que habían dejado de emigrar a tierras americanas. Solo unos pocos se desplazaban a Venezuela, atraídos por la importante riqueza petrolera del país sudamericano que demandaba una importante mano de obra. Ahora se iniciaba un prolongado período de emigración a distintos países europeos, ya recuperados de los efectos de la Posguerra mundial.

Más de tres cuartas partes de los gallegos de entonces residían en amplios núcleos rurales, algunos de los cuales gozaban de un período de esplendor demográfico alcanzando las cotas de censados más altas de su historia. Sin embargo, esa expansión demográfica no era sinónimo de prosperidad, sino más bien de todo lo contrario. La ganadería y la pesca, principales sectores en los que trabajaban la mayor parte de la población de entonces, seguían explotándose con técnicas tradicionales, con las que solamente se podía aspirar a una indigna supervivencia.

En ese ambiente y en esos lugares, mal llamados la Galicia profunda en sentido despectivo, es a donde nos dirigimos para hablar de un extraño suceso que conmocionó fuertemente a los vecinos de Chantada, en plena Ribeira Sacra, en el suroeste de Lugo. Allí un ya lejano 27 de julio de 1960 apareció muerto en una bodega de su propiedad un hombre de mediana edad, Antonio Sampayo Moreira, aparentemente aplastado por una cuba que se precipitó sobre él cuando se encontraba trabajando.

Hachazos

La esposa del fallecido le manifestó su preocupación a una hermana del fallecido al anochecer por su tardanza en regresar a casa. Esta última se dirigió a la bodega, situada a cierta distancia del domicilio familiar, para saber en que faenas andaría metido Antonio Sampayo. Cuál sería su sorpresa cuando se encontró a su hermano tirado en medio de un gran charco de sangre con la cabeza destrozada, aparentemente aplastada por una cuba de grandes dimensiones que se había precipitado sobre la víctima. De inmediato, se puso el caso en conocimiento de la Guardia Civil de Chantada para que se procediese a investigar las causas de la muerte, así como proceder al levantamiento del cadáver del hombre que, aparentemente, había fallecido como consecuencia de un accidente laboral.

Al comenzar las indagaciones, los investigadores pronto descubrieron que en aquel asunto había piezas que no encajaban con la hipótesis de un presumible accidente. El forense encargado de hacerle la autopsia al cuerpo de Antonio enseguida se percató que alguna de aquellas profundas heridas habían sido inferidas con un hacha y que no guardaban relación alguna con una hipotética eventualidad relacionada con su trabajo en la bodega. La Guardia Civil interrogó a varias personas, entre ellas a la hermana de la víctima y a su esposa, Isaura Varela Matobelle, sobre quien se centraron todas las sospechas.

En un principio, la mujer del fallecido sostuvo la versión del accidente, pero al verse acorralada por los investigadores comenzó a ofrecer la auténtica versión de los hechos, conocido en el lenguaje popular como «cantar». Según su testimonio cuando su marido se dirigió a la bodega, a media tarde, ella se adelantó por algunos atajos a su llegada al lugar del crimen. Una vez que había llegado al lagar se encaramó sobre una cuba, desde la que le sacudió dos hachazos tanto en el occipital como en el parietal, cayendo Antonio Sampayo al suelo, pero consiguiendo recuperarse. En vista de esto último tomó un artilugio similar a una azada con unos punzones de hierro muy significados y se lo clavó en el pecho. Pese a la gravedad de las heridas, el fallecido consiguió levantarse y extraer de su cuerpo aquel artefacto que le había introducido su asesina, pero desplomándose definitivamente en el suelo, merced a las muchas heridas mortales de necesidad que tenía en todo su cuerpo. Posteriormente, su esposa Isaura Varela provocaría la caída de una de las cubas más grandes que había en la bodega, desplomándola sobre la cabeza de su marido. Es más, procuró que el enorme barril le aplastase lo más posible la testa a fin de tratar de despistar a los investigadores.

Holgazán y derrochador

La mujer fue inmediatamente detenida por efectivos de la Guardia Civil que la trasladaron a las dependencias del Cuartel de Chantada. Allí declararía también que el móvil del crimen obedecía a la actitud de su marido, de quien dijo que era un hombre «holgazán y derrochador» que se pasaba gran parte de su tiempo en los bares y tabernas del pueblo, además de una supuesta infidelidad, tildándole de mal marido.

En febrero de 1961 se celebró el juicio contra Isaura Varela Matobelle en la Audiencia Provincial de Lugo. Sería condenada a 18 años de prisión y a una indemnización de 100.000 pesetas a los hermanos de la víctima.

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Dos taxistas asesinados en Pontevedra en 1990

Parada de taxis

No cabe duda, y a las estadísticas nos remitimos, que la profesión de taxista es una de las más estresantes de todas, además de la de ser una que conlleva aparejado un mayor número de riesgos. En Nueva York, junto con la de policía, estaba considerada como una de las profesiones más peligrosas. Los profesionales del taxi tienen que codearse con todo tipo de clientela, independientemente que les guste o no a quien transportan a bordo de su automóvil. A ello se une que los conductores profesionales se ven obligados a trabajar con dinero en efectivo, aunque muchas veces sean cantidades más bien escasas. Por si fuese poco, se encuentran sometidos a una constante indefensión, que se manifiesta en la soledad del volante cuando han de hacerle frente a quienes traten de asaltarlo o simplemente pretendan hacerle algún daño.

El peligro constante al que se ven sometidos los taxistas alcanzó su cénit en Galicia en las Navidades del año 1990. En la última semana de aquel año murieron asesinados dos taxistas pontevedreses en apenas cuatro días. El primer crimen tuvo lugar el 27 de diciembre cuando la ciudad del Lérez, caracterizada por ser una urbe muy tranquila, se vio sobresaltada al enterarse de que un profesional del volante había muerto como consecuencia de sendos disparos en el corazón en la parroquia de Salcedo. Sus asesinos le llevaron a un área descampada para robarle la recaudación y, posteriormente, darle muerte. Se trataba de José Barcia Franco, un taxista de 54 años, que además era padre de una numerosa prole de siete hijos. Su vehículo apareció revuelto en lo que parecía una denodada búsqueda de un escaso botín. Al parecer, el conductor intentó hacer frente a sus atracadores para evitar que le robasen la recaudación.

Este crimen movilizó a todos los profesionales del taxi de Pontevedra, además de a toda la sociedad pontevedresa que no estaba acostumbrada, ni por asomo, a sucesos de este tipo. Los 92 taxistas que entonces ejercían en A Boa Vila llevaron a cabo un paro general en señal de protesta por este acontecimiento de inseguridad ciudadana. Además, todos ellos lucían crespones negros en sus vehículos en señal de luto por el compañero vilmente asesinado. Se entrevistaron con distintas autoridades de la época, entre ellas el alcalde de la ciudad, José Rivas Fontán, así como con el entonces secretario general del Gobierno en Pontevedra, Manuel Exquieta. Un profundo clima de temor e inseguridad se apoderó de la ciudad, pero principalmente de uno de los principales sectores dedicados al transporte de viajeros, acostumbrado a robos y asaltos, pero que hasta ese momento no había sufrido muertes violentas como la que acababa de acontecer.

Segundo taxista asesinado

Cuando todavía se vivían momentos de dolor, rabia y ansiedad por el asesinato de José Barcia y ni siquiera había dado tiempo a superar el crimen, otro taxista de la ciudad del Lérez era brutalmente asesinado en una pista que lleva a la pequeña localidad de Birrete, que se encuentra a escasamente 300 metros de donde tiene su sede la Brigada Ligera Aerotransportable (BRILAT). Allí caía tirado en una acera en un gran charco de sangre el último día del año 1990 Celestino Carballo González, un taxista de 55 años de edad, a consecuencia de las puñaladas que le había propinado su agresor Joaquín Pereira Mou, un joven de 18 años vecino de Marín. Al parecer, la muerte le sobrevino cuando el muchacho le pretendió arrebatar la escasa recaudación que portaba, apenas 600 pesetas (3,60 euros actuales), ya que además era a primeras horas de la mañana. Tras asestarle la mortal puñalada el joven huyó del lugar aunque sería visto por otras personas que en ese momento transitaban por el lugar. Algunas crónicas añaden que en el momento de apuñalar a su víctima parece ser que le dijo «cabrón, encima no tienes cambio, hijo puta». El taxista fallecido dejaba esposa y dos hijas, una de las cuáles se encontraba todavía estudiando. Además, para tratar de desviar la atención de los viandantes, les preguntó por una cabina telefónica. El joven sería detenido por la policía el 8 de enero de 1991, confesándose autor del crimen que le había costado la vida al taxista. Hasta ese momento, no constaba que tuviese antecedentes penales.

Además de la consabida consternación y el dolor que todavía embargaba a la ciudad del Lérez desde el primer crimen, ahora se sumía en una desolación y caos, a los que se unía una especie de zozobra e impotencia por dos hechos acaecidos en tan poco tiempo que resultaban poco menos que inexplicables. Nadie sabía a que atenerse en los primeros días del año que comenzaba. A la sensación de dolor y consternación, parecía que toda Pontevedra se sumergía en una impotencia generalizada a causa de dos execrables crímenes que carecían de cualquier precedente y mucho menos de explicación.

Este segundo asesinato provocó una movilización masiva de todo el gremio de taxistas de toda Galicia, a los que se sumaban de una manera muy especial los de Pontevedra. Los profesionales del sector solicitaban, ante todo, mayores medidas de seguridad a las autoridades, demanda que era completamente compresible a tenor de los hechos acaecidos en los últimos días del año 1990.

Insolvente

Los autores de ambos crímenes serían detenidos y condenados. En el caso del joven de Marín, Joaquín Pereira Mou, sería condenado a 27 años de prisión, si bien es cierto que saldría de la cárcel mucho antes debido a la aplicación de medidas de gracia, derivadas de su buen comportamiento. Además, también fue condenado al pago de diez millones de pesetas(60.000 euros actuales) a la esposa e hijos de la víctima. Sin embargo, estos tan solo percibirían la mísera cantidad de medio millón de pesetas(3.000 euros actuales) por parte del Estado, ya que el joven fue declarado insolvente.

Con motivo de cumplirse el vigésimoquinto aniversario de aquellos espantosos asesinatos que sacudieron a la siempre pacífica Boa Vila, una de las hijas de Celestino Carballo, Julia, declaraba a DIARIO DE PONTEVEDRA que sufría algunas secuelas psicológicas derivadas del asesinato de su padre y su compañero. Recordaba el momento de tensión en el transcurso del juicio en el que el joven trataba de excusarse alegando que había caído sobre el cuchillo, lo que provocó la muerte del taxista. Se quejaba también del escaso castigo que había recibido Joaquín Pereira quien, además, según su testimonio, había estado trabajando sin estar dado de alta en la Seguridad Social por lo que la familia no pudo actuar en su contra.

Julia Carballo manifestaba también el horror que le producía la contemplación de un taxi. Desde la muerte de su padre no volvió a subirse a otro vehículo. La familia vendió la parada de su progenitor para tratar de pasar página de tan horrible suceso que les ha marcado constantemente la vida desde aquellas sangrientas Navidades de 1990. Además, volvía a incidir en la carencia de medidas de seguridad en las que seguían instalados estos vehículos de transporte de viajeros, ya que muchos de ellos ni siquiera tienen instaladas mamparas que separen al conductor de los clientes que transporte en su parte posterior.

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El crimen del Hotel Miño en Vigo

En el año 1930 la ciudad de Vigo ya había iniciado su escalada que la llevaría a convertirse en la primera urbe de Galicia tan solo tres décadas más tarde. Desde 1900 había triplicado su población, contando con más de 66.000 habitantes en la tercera década del siglo XX. Su puerto era ya la principal escala europea hacia América. Además del tráfico de pasajeros, la actividad portuaria era incesante debido a la fortísima industrialización que estaba experimentando la ciudad. Una buena prueba de ello era que cada año abrían sus puertas nuevas empresas que se radicaban en la ciudad, cuyas instalaciones portuarias se estaban convirtiendo en un vértice de progreso para las Rías Baixas y el resto de Galicia. En 1929 un emigrante que verdaderamente había hecho las Américas, Manuel Álvarez, se reconvertía en uno de los principales empresarios gallegos del siglo pasando al inaugurar el grupo de empresas que llevaría su nombre. Por estas mismas fechas, Bernardo Alfageme daba vida a su actividad conservera inaugurando una firma dedicada a este entramado empresarial.

La gran actividad industrial que experimentaba la principal ciudad gallega iba paralela al desarrollo de los servicios que, aunque de forma incipiente, comenzaban su auge en Vigo. Para trasladarse a tierras americanas, antes de embarcarse, eran muchos los emigrantes que se veían obligados a hacer parada y fonda en la ciudad olívica. A ello se unía el incesante incremento de su progresivo desarrollo industrial y portuario, que provocaba la constante apertura de nuevos negocios de hostelería. El turismo era todavía escaso, aunque eran muchos los forasteros que se interesaban por conocer aquella «nueva» urbe, que hacía tan sólo 30 años no dejaba de ser un pueblo grande.

En medio de ese impresionante avance en todos los campos económicos y sociales surgen los primeros y grandes hoteles, muchos de los cuáles imitan en sus formas al estilo colonial importado de tierras caribeñas por los millares de emigrantes gallegos que han arrivado hasta esos lares. Es precisamente en un hotel, hoy desaparecido, donde se desarrolla la dramática historia que ahora contamos. Era un prestigioso negocio hostalero de la ciudad olívica en el que sus dueños contaban con el aprecio de la sociedad de la época, además de gozar de una magnífica reputación, que jamás hubiese hecho presagiar un final tan terrible.

Celos

Benigno Palmeira, de 45 años, y Camila Rey, de 50, regentaban el «Hotel Miño» en la ciudad olívica. Por sus habitaciones, además de muchos emigrantes que hacían escala antes de embarcarse o regresar a sus lugares de origen, pasaban también importantes personalidades de la vida gallega de entonces. Ninguno de sus huéspedes hubiese imaginado que entre los dueños de aquel hotel hubiese tan malas relaciones, con constantes disputas y desavenencias que llevaron la ya de por si insoportable convivencia hasta límites extremos y difícilmente sospechables. A primeras horas de la mañana del 10 de noviembre de 1930 las mujeres que trabajaban en el servicio de habitaciones se encontraron una macabra y truculenta escena. Al abrir una de los cuartos se sorprendieron manifiestamente al contemplar los cadáveres de sus dueños en medio de grandes charcos de sangre, con evidentes signos de violencia. De inmediato, pusieron en conocimiento de las autoridades el hecho que conmocionaría grandemente a la ciudad de Vigo. Hasta el lugar del horrible crimen se trasladaron los efectivos del juzgado, además de los médicos forenses, entre los que se encontraba el célebre doctor Manuel Riobóo. A todos ellos les sorprendió aquella dramática y cruel escena, que para nada era agradable.

Inmediatamente se puso en marcha un equipo de investigación de la guardia civil para determinar las causas de la muerte de Benigno y Camila. Muy pronto se descartó la intervención de terceras personas en el suceso, ya que no había ningún indicio que lo demostrase. Es ahí donde se empieza a barajar la hipótesis de lo que entonces se llamaba «crimen pasional». Las primeras piezas de aquel enrevesado rompecabezas les lleva a pensar en lo que cree mucha gente, que los celos de la esposa estaban detrás de aquel dramático y tétrico desenlace. Pero, ¿cómo ocurrieron los hechos?.

Disparos

Benigno Palmeira disponía en su establecimiento de sendas armas de fuego que desempeñaron una función fundamental en aquel desolador panorama. La investigación apuntaba a que el hombre fue sorprendido en su habitación por su esposa con una escopeta Browing en las manos, lo que probablemente le ocasionó un desmesurado temor ante la posible actitud de su marido. Al parecer, Camila se abalanzó sobre él, con el ánimo de arrebatarle el arma, enzarzándose ambos en una pelea, en la que la mujer lograría su propósito. Sin embargo, Benigno guardaba otra pistola, una Star 8 con la que efectuó dos disparos sobre su esposa, pero sin atinar con su objetivo, como se demostraría más tarde, ya que en las paredes de la habitación se encontraron incrustadas dos balas. Posteriormente, su mujer, aprovisionada con la escopeta, efectuaría otros dos disparos que alcanzaron en la cabeza a su cónyuge, cuando trataba de huir, destrozándole materialmente la testa.

Siempre, según la investigación, Camila Rey se asustó de sobremanera al ver el ensagrentado y desfigurado cadáver de quien había sido su marido. A raíz de la macabra escena, decidió también terminar con su vida. Al parecer, lo intentó con un disparo de escopeta, pero no lo logró. Después empleó la misma pistola Star 8 de su marido, con la que se descerrajaría la cabeza de un disparo que le entró a la altura de un párpado, alojándosele en la cavidad craneana.

Carta

A pesar de que el suceso pilló completamente desprevenida a la sociedad de la época, así como a las autoridades, algunos indicios apuntan directamente a que venía gestándose desde hacía algún tiempo. Esta circunstancia viene avalada por el hallazgo de una carta que, días antes, había escrito Benigno Palmeira al juez que se hiciese cargo del macabro caso. En la misiva, el hostelero manifestaba la intención de acabar con la vida de su esposa y, posteriormente, suicidarse, aunque finalmente aconteciese lo contrario.

La transcripción literal de la carta, en la que el difunto marido vuelve a recalcar los celos de su esposa, es la siguiente: «Muero satisfecho porque me llevó por delante a la autora de mi desgracia. Por ella me hice malo y muy mal marido. Dejo mi casa como ejemplo a las mujeres celosas que tiranizan a sus maridos».

Más explícito del mal ambiente que se respiraba en la vida de aquella pareja no se puede ser. Sin embargo, y como mandaban los cánones de la época, guardaban las formas de cara a la galería.

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El asesinato del ex futbolista Quinocho

Quinocho, cuando vestía los colores del Celta de Vigo

No hay duda que hay personas que se acaban convirtiendo en una institución en cualquiera de las actividades que desempeñen. Tal era el caso de Joaquín Fernández Santomé, popularmente conocido como Quinocho, un gran jugador del Real Club Celta de Vigo, equipo al que dedicó prácticamente por entero su vida. Hasta la perdió defendiendo los intereses del equipo que lo había visto crecer como deportista y como persona. Además, como los grandes héroes, el antiguo jugador vigués, reconvertido en gerente del club de sus amores, murió con las botas puestas en su despacho en el estadio de Balaídos, el mismo en el que había triunfado dos décadas antes siendo componente de la mítica plantilla del «Celta de Marlboro». El conjunto vigués recibió este apodo en los primeros años sesenta debido a las actividades de contrabando de tabaco que presuntamente llevaba a cabo su entonces presidente, Celso Lorenzo Villa, un antiguo aviador del bando republicano, a quien acompañaba en las labores directivas Vicente Otero «Terito», el patriarca del gran clan de contrabandistas gallegos, encargado de trasladar el fecundo negocio del contrabando desde la frontera portuguesa a las Rías Baixas galegas. En aquel entonces, los aficionados se sabían de carrerilla la alineación del combinado celeste: Pistón, Quinocho, Lasheras, Igoa, Marín, Albino, Pintos….

Quinocho, que todavía hoy goza del gran reconocimiento de toda la parroquia «Celtiña», había comenzado a jugar al fútbol en el equipo de su barrio, el Casablanca, que mira mansa y dulcemente desde lo alto de la colina en la que está enclavado a la siempre inigualable y majestuosa Ría de Vigo, mientras en su horizonte se pierde una embarcación que se dirige a la península del Morrazo. Muy pronto, con tan solo 17 años, el entonces entrenador celeste, Yayo, se fijó en él, haciéndole debutar con el primer equipo a tan temprana edad. Cuando llegó el momento de cumplir sus obligaciones patrias con el Ejército se vio obligado a trasladarse a Ferrol, militando en el club de la ciudad departamental, equipo que siempre gozaba de refuerzos muy jóvenes, aprovechando que allí eran destinados muchos futbolistas para cumplir el servicio militar en la Armada. Regresaría a su celestial Vigo a la siguiente temporada, formando parte del Celta durante diez temporadas. Terminaría su carrera en el CD Castellón, jugando dos campañas en la segunda categoría. Suya es la frase «llegué a Castellón llorando y me marché de allí llorando». No era difícil que fuese así, pues era muy fácil encariñarse con una persona tan entrañable como Quinocho.

Quienes despreciaron la humanidad y el don de gentes que desprendía la presencia de Joaquín Fernández Santomé fueron sus asesinos que le asestaron una cuchillada mortal el 20 de septiembre de 1988. En ese momento, en torno a las seis y media de la tarde, Quinocho se encontraba hablando por teléfono con la entonces gerente del Deportivo de A Coruña, Berta Vales, quien manifestaría que su homólogo del Celta le había dicho que tenía que colgar, pues estaban llamando a la puerta.

Antiguo juvenil del Celta

En el momento en que Quinocho fue asesinado lo acompañaban en las dependencias del club dos de las secretarias que se vieron sorprendidas por dos jóvenes de diferente estatura que llevaban el rostro cubierto con sendos pasamontañas, además de portar una pistola y un cuchillo. Los jóvenes buscaban dinero. Se hicieron con una caja, pero querían más por lo que se dirigieron a la oficina dónde se encontraba el gerente, quien para impedir el atraco les lanzó un cenicero a los delincuentes. Sin embargo, esto no hizo sino empeorar las cosas, ya que los muchachos eran rateros inexpertos, y uno de ellos se abalanzó sobre Quinocho propinándole una puñalada en el espacio intercostal de unos cinco centímetros de profundidad que le interesaría el corazón. El que fuera gran jugador celeste tuvo tiempo a decirle a una de sus secretarias que le ayudase, pues le habían dado una puñalada. Lo que menos pensó es que esta fuese mortal. Los autores del atraco eran Antonio Marcote y José Bernárdez. En el exterior de las oficinas les aguardaba Luis Gallego, un joven vigués que había militado en las categorías inferiores del Celta tan solo tres años antes. Quinocho sería trasladado de urgencia a la clínica POVISA, de la ciudad olívica, pero nada se podría hacer ya para salvarle su vida, falleciendo en el trayecto. Los atracadores y asesinos de Quinocho se hicieron con un botín que ascendía a 200.000 pesetas (1.200 euros actuales).

El terrible suceso no solo conmovió a Vigo y a Galicia, sino que también a la sociedad española de entonces. Muy especialmente al mundo del fútbol. Además, las noticias dramáticas no paraban de sucederse en Balaídos. Tan solo tres meses antes, su jugador José Manuel Alvelo había visto truncada su carrera deportiva al sufrir una paraplejia como consecuencia de un desgraciado accidente de tráfico.

Quinocho, que en el momento de perder su vida contaba con solo 55 años de edad, dejaba mujer y una hija adolescente de 15 años. En el Celta lo había sido todo. Además de jugador, había desempeñado su secretaría técnica en los primeros años setenta. Ya, en 1974, el entonces presidente del club Antonio Vázquez le ofreció la gerencia, cargo que ostentaba en el momento de su muerte.

Luto

La muerte de Quinocho fue un golpe muy duro para el fútbol español en general y para el gallego en particular. Se produjeron manifestaciones de duelo en todos los estadios españoles, guardándose en todos ellos un minuto de silencio en memoria del héroe de Balaídos brutalmente asesinado. Asimismo, se suspendería el partido que en la jornada siguiente debía disputar el Celta de Vigo con la Real Sociedad de San Sebastián. Su féretro fue velado en el mismo campo que había sido testigo de su galantería con el balón. En sus instalaciones se darían cita miles de aficionados que rendían así un más que merecido homenaje a una de las más grandes instituciones del celtismo a lo largo de toda su historia.

El día que recibió sepultura, Joaquín Fernández Santomé, fue distinguido con la medalla al mérito deportivo a título póstumo concedida por la Xunta de Galicia. En su sepelio se congregaron millares de personas y todo tipo de autoridades para rendirle el último tributo a quien lo había dado todo por el club al que se consagró en cuerpo y alma. Hasta su vida.

Una semana después de la muerte de Quinocho eran detenidos cuatro jóvenes en Vigo a los que presuntamente se les relacionaba con su asesinato. Se detuvo al cerebro de la operación Luis Gallego, un joven 23 años, nacido en la antigua República Federal Alemana (RFA) y que había militado en las categorías inferiores del Real Club Celta. Los otros dos detenidos eran José Bernárdez y Antonio Marcote, autores materiales de la muerte del gerente céltico. Se detuvo a una cuarta persona, un joven de 29 años, si bien este último no tenía nada que ver con el crimen. Esta persona fue detenida ya que, al parecer, había curado las heridas que le había provocado el cenicero lanzado por Quinocho, en su defensa, a uno de los atracadores. La policía se incautó en el domicilio de los detenidos de una pistola del calibre 38, así como de un cuchillo de monte con el que presuntamente se había asestado la puñalada mortal que le costó la vida al gerente del Real Club Celta.

En la comisaría de policía de Vigo los detenidos reconocerían los hechos que se les imputaban. El autor material de la cuchillada había sido José Bernárdez, un joven de 29 años. En mayo de 1989 este último, junto a Antonio Marcote, sería condenado a 34 años de cárcel, en tanto que Luis Gallego, el que les esperaba en las inmediaciones de Balaídos, recibiría una condena de 17 años de prisión.

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Una matanza sin esclarecerse 25 años después

El establecimiento de Cash Récord en Lugo fue el escenario del doble crimen

El 30 de abril de 2019 se cumplió un cuarto de siglo de uno de los sucesos más truculentos de la historia reciente de Lugo y su provincia. En la noche de esa jornada del año 1994, sábado para más señas, una mujer Isabel López Rodríguez, en compañía de su marido y otros familiares hallaron el cuerpo sin vida de su hermana Elena, de 32 años, que presentaba sendos balazos en la cabeza y del reponedor Esteban Carballedo, de 25 años, quien también yacía muerto sobre un gran charco de sangre, asesinado también de dos disparos en la misma parte del cuerpo en la nave que la empresa Cash Récord dispone en el Polígono Industrial de O Ceao, en la entrada a la vieja urbe romana por su área norte. El cadáver de la mujer estaba en su despacho, mientras que el del hombre se encontraba en la planta baja, con la televisión encendida. Tal y como se habían producido los hechos todo indicaba a que el móvil del crimen, que conmocionó a toda la provincia de Lugo y el resto de Galicia, había sido el robo.

Los asaltantes, que nunca fueron detenidos, se llevaron un botín de cinco millones de pesetas (30.000 euros actuales). El gerente de la firma en la capital lucense declaraba horas después que no descartaba que los autores del brutal crimen fuesen clientes suyos. Su tesis la corroboraba el hecho de que los empleados asesinados estuviesen en sus puestos de trabajo. Tampoco se conocía el modus operandi de los asaltantes. El suceso ocurrió en torno a las ocho de la tarde de aquel trágico sábado, ya que, unos diez minutos antes, Elena López había llamado a su familia para interesarse por el estado de salud de su suegro.

Vehículo sospechoso

Al coincidir en fin de semana, había una escasísima actividad en el polígono industrial lucense. Prácticamente nadie vio absolutamente nada. Solamente el propietario de unos talleres se percató de la presencia de un automóvil marca Volkswagen Passat que pasaba a una velocidad muy reducida y a bordo del cual iban tres personas. Este testigo declaró también que tuvo la impresión de que aquellos hombres miraban furtivamente hacia todos los lados como intentando asegurarse de que no había presencia de autoridades o terceras personas que los pudiesen avistar. A ello se añade que el coche presentaba unas manchas rojizas, que bien pudiesen ser sangre. Sin embargo, desconociéndose por que causa, la instrucción judicial nunca ordenó la investigación de este vehículo.

El rosario de despropósitos en la investigación se hizo patente desde el primer momento, tal y como declararía un alto responsable policial para quien las pesquisas nacieron viciadas, ya que, en su opinión, falló la investigación ocular. A ello se añade el hecho de que se hubiese perdido documentación. La hermana de Elena, Isabel, empeñada en que se esclareciese el suceso, manifestó que los agentes encargados de recoger todos los datos habían olvidado, en un primer momento, el carrete de la cámara de fotos y, posteriormente, trajeron otro carrete con 24 diapositivas.

Único imputado

En este cuarto de siglo solamente se ha investigado a una persona, un conocido empresario de hostelería lucense, a quien vinculaban con el trapicheo de droga en la zona de vinos de la ciudad de las Murallas. La familia de las víctimas, especialmente Isabel López, está convencida de que ese empresario es el responsable de la muerte de su hermana y del reponedor Esteban Carballedo. Ella misma se quejó muchas veces amargamente de la dejadez judicial que, en su opinión, afectaba a este suceso.

Uno de los testigos, que declaró ante la comisaría de policía, manifestó que ese empresario lugués le había dicho durante su estancia en la prisión de Bonxe que el había sido el autor material del crimen de O Ceao. Además, parece ser que le había propuesto dar un golpe en la nave en la que fueron encontrados muertos los dos empleados y que lo había rechazado. Pero para complicar todavía más las cosas, este testigo falleció a lo largo de estos últimos 25 años. Además, al parecer, el empresario lucense había recibido en reiteradas ocasiones la visita de un inspector de policía durante su estancia en la prisión.

A lo largo del último cuarto de siglo, el suceso que ha mantenido en vilo a la capital lucense no ha hecho más que dar bandazos. En este período de tiempo se cerró tres veces la instrucción judicial y se ha vuelto a abrir. La reapertura del caso se debió a la tenacidad y el coraje de Isabel López, quien se manifestó en huelga de hambre delante de la Audiencia Provincial en el año 2011. Mientras, el abogado de las familias de las víctimas, Gerardo Pardo de Vera no entiende como no se ha tomado declaración a dos guardias civiles, así como al testigo ocular que vio pasar lentamente el coche blanco el día en que ocurrió el suceso.

El último bandazo de este turbio y tenebroso asunto lo ha dado recientemente el juzgado encargado de estudiar el caso. Este último lo ha remitido a la Audiencia Provincial de Lugo para que decida si se prosigue con las investigaciones o se le da carpetazo definitivo. Pese a que ya han transcurrido más de 20 años, Isabel López, a quien se le tomó declaración 18 años después, alberga una tibia esperanza de que el más trágico acontecimiento que se ha vivido en la capital luguesa en el último cuarto de siglo no se cierre en falso.

Reapertura del caso

Tras haber pasado más de un cuarto de siglo archivado, el caso fue reabierto en el año 2021 con la declaración del único sospechoso en el caso a instancias de las familias de las víctimas, quien prestaría declaración ante la Audiencia Provincial de Lugo. El acusado, que ahora ya cuenta con 54 años de edad, regentaba en aquel entonces un bar en la Rúa Nova de Lugo. No obstante, al haber transcurrido tanto tiempo desde que se cometió el conocido como «Crimen de O Ceao» es ya muy complicado saber lo que ocurrió en aquella tarde noche de un sábado de primavera en Lugo. De hecho, el procesado fue puesto en libertad nada más prestar declaración, sin medida cautelar de ningún tipo.

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Un crimen impune en Guitiriz (Lugo)

Ruta del agua, en Guitiriz

Además de sus históricos balnearios, Guitiriz goza también de un espléndido recinto histórico, en la calle que baja a su centenaria estación de ferrocarril. En sus márgenes todavía se refleja el esplendor histórico del que gozó la villa en las décadas de los años cuarenta y cincuenta del anterior siglo, incluso, de tiempos anteriores. Destacan aún las viejas casonas de estilo indiano que no dejan indiferente al visitante, construidas al amparo de los capitales procedentes de la vieja Habana o, como no, sus pequeños hoteles y pensiones erguidos en los aledaños de la vieja estación para acoger a los viajeros que se veían obligados a hacer fonda en la villa guitiricense. Sus contorneadas y barrocas formas delatan estilos sobrios, formales y acogedores que testimonian el esplendor remoto del que gozó la villa termal chairega.

Y nos vamos a una zona donde el termalismo fue siempre una fuente de riqueza para sus vecinos, ahora reconocida mundialmente por su no menos célebre festival de música folk, impulsado desde 1979 por el sacerdote Alfonso Blanco Torrado. La parroquia de Pardiñas sería escenario de un crimen que ha pasado a la posteridad por la impunidad en que ha quedado. La madrugada del 21 de mayo de 1985 un joven, Juan Carlos Silva Pereira perdía la vida tras recibir cinco disparos de arma corta muy cerca de la casa en la que residía junto con sus padres y dos de sus diez hermanos. El muchacho contaba en el momento en que se produjo su óbito con tan solo 21 años de edad. La noche de autos había estado en una discoteca de la villa acompañado de su novia. Según se ha desprendido de la reconstrucción de los hechos, Juan Carlos había acompañado a la chica con la que salía a la casa de esta para, posteriormente, dirigirse caminando a su domicilio.

Antiguo legionario

Dadas las circunstancias que concurrieron en este hecho, se sospechó que el autor o autores de su muerte podrían ir hablando con el o lo pillaron completamente desprevenido ya que, cuando fue encontrado su cuerpo, tenía las manos introducidas en los bolsillos de su pantalón. También se sospechó que el autor de su muerte fuese una persona de confianza o que tal vez conocía bien sus costumbres. El joven, que se había licenciado recientemente del servicio militar y había servido como cabo en la legión, concretamente en Melilla, pasaba largas temporadas ausente de su domicilio habitual, pese a que cuando perdió la vida se encontraba en situación de desempleo.

Al día siguiente de encontrarse su cuerpo asesinado de forma violenta, su madre declaraba a un diario que, pese a que era una mujer pobre, daría todo cuanto tenía por encontrar al autor o autores de la muerte de su hijo. Sin embargo, nunca se podría detener a su asesino. Algún tiempo después fue detenido otro joven de Guitiriz, aunque quedó sobradamente contrastada su inocencia.

El joven detenido contó para su defensa con un entonces desconocido abogado vilalbés, Agustín Baamonde Díaz, quien tan solo un lustro después acabaría convirtiéndose en alcalde de la capital chairega. Baamonde defendió al muchacho porque le correspondía de turno de oficio. Su exposición de motivos le valió también para erigirse en uno de los principales protagonistas de este caso, al demostrar, con pelos y señales, que su patrocinado nada tenía que ver con la muerte del antiguo legionario asesinado.

Nunca le encontraron ninguna contradicción o renuncia a su defendido ni mucho menos a él. Su defensa recuerda un poco a la hecha en su día, hacía ya más de setenta años, por parte de otro joven y desconocido letrado, Santiago Casares Quiroga, con el caso conocido como el crimen de la alemana. Aquel joven abogado acabaría por convertirse en ministro y posteriormente en presidente del Gobierno de la Segunda República española, quien, un ya lejano 17 de julio de 1936, ante la pregunta de los periodistas que haría en caso de que los militares se levantasen, contestase de forma socarrona y no exento de esa retranca gallega más propia de los hombres y mujeres del interior galaico, que él se iba a acostar. Por desgracia los militares se levantaron y su ironía y dejadez costarían una sangrienta Guerra Civil. Igualmente, por desgracia, el crimen de Guitiriz quedó impune y no por culpa de quien años más tarde sería uno de los más brillantes parlamentarios do Hórreo, quien se limitó a cumplir con su justo deber de defender a un inocente.

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Asesina a su marido por obseso sexual en Vilagarcía de Arousa

De todos es sabido que las páginas de sucesos no están exentas de un cierto morbo y también de una cierta gracia que aproximan más el acontecimiento dramático en si al humor negro que a su propia y trágica realidad. Los que hemos cubierto información de este tipo sabemos que en las salas de las audiencias donde son juzgados quienes cometen algún hecho delictivo se viven situaciones, que van desde la más pura tensión que se palpa con solo mirar furtivamente al rostro de las víctimas, hasta otras en las que no es posible sobreponerse ni siquiera controlar la carcajada, bien sea por la declaración de algún testigo o por cualquier otra contingencia que ocurra. Recuerdo, hace años, cuando un fiscal le preguntó a una señora, ya de una cierta edad, si había visto campar varios cerdos por el prado de un vecino. Todo el mundo se quedo atónito cuando la buena de la mujer respondió negativamente. Sin embargo, el ministerio público se percató de las limitaciones de la pobre mujer y reformuló su pregunta. Solo un cambio de término sirvió para aclarar algunas circunstancias del caso. A continuación le volvió a preguntar de nuevo y en vez de por los cerdos, le preguntó por los cochos, sustantivo en lengua gallega que sirve para designar al animal que en su día calificara tan acertadamente don Álvaro Cunqueiro como «marisco de cortello». Entonces, la mujer respondió que si, que efectivamente ella había visto a los cochos en la huerta de su vecino, despertando, como es natural, las monumentales carcajadas de quienes nos encontrábamos en la sala de vistas de la Audiencia Provincial de Lugo.

Al igual que la circunstancia de la que tuve ocasión de ser testigo, en la primera mitad de la década de los ochenta se vivió una situación muy parecida en la Audiencia Provincial de Pontevedra. En ella, a comienzos de diciembre de 1983 se juzgaba a la súbdita belga Suzanne Renné, quien en mayo de ese mismo año había asesinado a su marido Albert Fantuoi, un hombre de 68 años de edad, en su residencia de Vilagarcía de Arousa. El fiscal que instruía el caso solicitaba, en un principio, una pena de 21 años de cárcel por asesinato. Sin embargo, la defensa de la acusada esgrimió varios atenuantes con la finalidad de rebajar tan dura condena.

La mujer contó con todo lujo de detalles la forma en que acabó con la vida de su marido que, en un momento dado, resultó bastante espeluznante. Según su testimonio, en primer lugar le sacudió un impresionante golpe en la cabeza con una barra de hierro. Posteriormente, tomó un hacha en la mano que estaba en el comedor y volvió a darle en la testa a su marido. No escatimó medios para matarlo, ya que utilizaría también un cuchillo de caza para darle el definitivo golpe de gracia. La acusada contó que al escuchar los estertores procedentes de la respiración entrecortada que profería el moribundo, no tuvo más remedio que darle un tajo en el cuello para ahorrarle sufrimientos al pobre hombre. Todo un detalle.

Películas pornográficas

El relato de la acusada estaba dejando estupefactos a quienes escuchaban su desgarrador y cruel testimonio en el que no había lugar para las risas o las gracias. Sin embargo, estas llegaron en el momento en que la mujer declaró que se había visto obligada a terminar con la vida de su marido porque, al parecer, era un auténtico obseso sexual, incapaz de saciar su lascivo apetito. En ese momento, se armó un impresionante revuelo en la sala de vistas de la Audiencia pontevedresa. Desde los periodistas hasta los ujieres pasando por los mismos magistrados no fueron capaces de contener sus carcajadas, ya que la acusada esgrimía este aspecto de su vida marital como atenuante.

Suzanne Renné relataría con todo lujo de detalles, al igual que lo había hecho explicando el atroz crimen, los pormenores de la constante y vigorosa actividad sexual que llevaba a cabo su marido, lo que le acarreaba un no menos constante estrés psíquico y emocional. Albert Fantuoi, la víctima, tenía como costumbre visionar dos o tres películas pornográficas diariamente, además de disponer de cinco aparatos de excitación sexual en su domicilio. Por si esto no fuera poco, la acusada relató a los presentes que el fallecido la obligaba a mantener las mil y una posturas eróticas que había visto en los filmes que a diario veía en una sala de su domicilio conyugal, lo que a ella le provocaba un incesante cansancio, además de mareos y otras consecuencias que dañaban su salud.

El alegato en su defensa no deja de ser de lo más llamativo y pintoresco, aunque la muerte de Fantuoi no tuviese nada de pintoresca sino más bien todo lo contrario. Finalmente, la acusada sería condenada a 18 años de prisión. Nunca sabremos si los magistrados tuvieron en cuenta las alegaciones realizadas por la asesina belga, aunque finalmente su pena se viese rebajada en tres años. Y es que el oscuro y tenebroso mundo de la criminalidad, con muchas excepciones, no deja de tener su parte cómica como todo en esta vida.

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El crimen de la maleta

La autora del crimen tras ser detenida

A los que nos ha tocado vivir de cerca la Galicia de la década de los noventa tuvimos la suerte y hasta, porque no decirlo, el orgullo de vivir en una tierra preciosa que ya nada recordaba a la que vivieron nuestros abuelos y en parte nuestros padres. A los más jóvenes aquellas historias de la emigración en las que nos recordaban que nuestros ancestros salían por millares hacia tierras americanas a bordo de impresionantes navíos que tardaban hasta dos semanas en cruzar el Océano nos sonaban a chino. Tampoco vivimos ya pendientes de las cartas que procedentes allende los mares, aunque todavía recibíamos alguna de un pariente rezagado al que le había pillado la gran tormenta americana recluido en una inhóspita Habana o un desvanecido Montevideo o Buenos Aires. Tampoco nos impresionaban ya los lujosos automóviles, de llamativos y acentuados colores chillones que ya disponían de dirección asistida y de los que presumían por nuestras eternas corredoiras aquellos otros, que con más suerte que sus abuelos, habían hecho fortuna en Centroeuropa o las Islas Británicas, con el factor añadido de que podían disfrutar todos los años de unas magníficas vacaciones veraniegas que aún no tenían reconocidas muchos trabajadores que se habían quedado en su tierra. Ni que decir tiene que esa tierra era otra completamente distinta. Ya no escuchábamos las leyendas de meigas ni viejas y ancestrales supersticiones que se iban transmitiendo de unas generaciones a otras a la luz y el calor de una lareira por el extenso y vasto rural gallego que, una gran parte del mismo, parece si estar condenado a una extinción que no consiguieron ni las emigraciones americanas ni tampoco las europeas.

En esa próspera y feliz Galicia, en la que reinaba casi de forma magnánima el otrora presidente Manuel Fraga Iribarne, sucedían algunas cosas y hechos que podrían rememorar su pasado más remoto. Las meigas habían desaparecido, aunque quedase alguien que las pretendiese suplantar. Incluso, ir mucho más allá y convertir sus legendarios mitos en una truculenta y macabra realidad. Así sucedió en un mes de mayo de 1992, el año que parecía que iba a cambiar el mundo -por lo menos España- con la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, aunque finalmente nos quedásemos con una truncada desilusión a raíz de los muchos juegos florales que nos habían prometido.

En aquel mes de mayo, siempre florido en teoría, una mujer oriunda de la Galicia irredenta, concretamente del pueblo berciano de Toreno, provocó uno de los crímenes más execrables que se recuerdan en Galicia. El día 19 de ese mismo mes Pilar Mazaira, que así se llamaba, decidió terminar con la vida de un pequeño de doce años, Pablo Rodríguez Pérez, hijo de una vecina suya que era, además, su socia en un gimnasio que regentaba con la madre de su víctima. Desconociéndose los motivos que le llevarían a hacerlo, secuestró al pequeño cuando este salía del colegio de los Salesianos donde cursaba sus estudios primarios, centro que se encontraba muy cerca de su casa. Se piensa que, dada la confianza que se supone que tenía con el crío, no le fue difícil engañarlo y llevarlo hasta su domicilio, sito en la calle Hospital de La Coruña, que era prácticamente contiguo a la casa en la que vivía el niño asesinado junto con su madre y sus hermanos.

Bulto pesado

El niño moriría estrangulado después de que su asesina vecina le propinase un golpe en la cabeza. Declararía, en el transcurso del juicio, que había dado muerte al pequeño con una media de mujer que le enrolló al cuello como si fuese una corbata. Al día siguiente, 20 de mayo de 1992, la mujer introduciría el cuerpo del niño en una maleta para tratar de llevarlo a la estación de RENFE de A Coruña, donde guardaría la macabra y pesada carga en la consigna con la ayuda de un ciudadano. Previamente, sendos taxistas, cuyos servicios requirió, también tuvieron que ayudarle a mover aquella tétrica maleta, que finalmente decidiría facturar en la agencia de transportes de la empresa SEUR con destino a Madrid. Los empleados de ésta declararían en el transcurso del juicio y coincidirían con los taxistas en el excesivo peso de aquel equipaje, unos 50 quilos.

El entonces corresponsal del diario EL PAIS en Galicia, Xosé Hermida, calificaría la posterior actuación de la asesina como de «delirante», ya que, tras matar al niño, varios vecinos de la mujer la vieron en el portal transportar ese pesado bulto, al que antes se aludía. La chapuza criminal no había hecho más que iniciarse.

Sin embargo, y a pesar de lo trágica y cruel que fue la muerte del pequeño, lo rocambolesco del caso llegaría a continuación. Cuando ya lo había asesinado, Pilar Mazaira, que tenía 52 años cuando cometió el crimen, llamó por teléfono a las tres y media de la tarde del día de autos a la madre de Pablo, Purificación Pérez, exigiéndole un rescate de 30 millones de pesetas (180.000 euros actuales). La asesina era conocedora de la extraordinaria situación económica de que gozaba la familia de su víctima, pues el abuelo materno del crío, un antiguo taxista originario de Monforte de Lemos, disponía de varias propiedades en la ciudad herculina, entre ellas el gimnasio en que eran socias Pilar Mazaira y Purificación Rodríguez. La persona que la llamaba trató de disimular su voz, disfrazándola con un ligero acento francés, aunque la receptora de la llamada le pareció reconocer levemente su tono. Indicaba, a su vez, que era miembro de una organización internacional dedicada al secuestro y la extorsión.

Su más que delirante actuación proseguiría poco tiempo después. Repetiría una nueva llamada a la madre de su víctima indicándole como quería que fuesen los billetes. Estos deberían ser de valor comprendido entre 2.000 y 10.000 pesetas (12 y 60 euros respectivamente). Posteriormente, pasaría la tarde haciendo compras por la ciudad, entre ellas la voluminosa maleta en la que facturaría el cuerpo del niño con destino a Madrid.

Nerviosa

La criminal pasaría la noche en la que el niño estaba desaparecido, y solo ella era conocedora de su dramático paradero, en casa de una amiga suya, que también lo era de Purificación Pérez, pues, al parecer, se encontraba muy nerviosa y algo agitada. Pilar Mazaira, según se pudo saber más tarde, hacía tres años que se encontraba a tratamiento psiquiátrico. Mientras, las investigaciones ya habían puesto el punto de mira en la presunta asesina, que sería detenida a mediodía del 21 de mayo, en el momento en que se dirigía a la sucursal de la empresa de transportes SEUR a preguntar si había llegado a su destino el pesado bulto que había facturado en la jornada anterior. Posteriormente, el grupo de homicidios de Madrid, alertados por sus colegas de la ciudad herculina, hallaría el macabro bulto con el cuerpo de Pablo Rodríguez Pérez en su interior, en el que también se encontraba su cartera del colegio.

El juicio contra esta infanticida despertó una gran expectación en Galicia. Corría el mes de octubre de 1993 cuando se conoció la sentencia. La misma condenaba a la asesina a 20 años de cárcel y a indemnizar con 25 millones de pesetas (150.000 euros) a los familiares de la víctima. Diez serían para la madre, que en ese momento se hallaba separada del progenitor del muchacho, cinco para el padre y otros diez para los dos hermanos del chaval.

No se sabe si a consecuencia de los beneficios penitenciarios, que en algunos casos como este resultaban escandalosos, si tal vez por la supuesta enfermedad mental que la aquejaba, Pilar Mazaira recobraría la libertad tan solo seis años después de haber cometido su escalofriante crimen. Su vivienda, embargada para hacer frente a todos los gastos derivados de su irracional y brutal actuación, sería adquirida años más tarde por un hermano de Pablo Rodríguez, quien justificaba su compra por 26 millones de pesetas (156.000 euros) en el año 2000 para evitar que su madre se siguiese encontrando con personas que le habían -poco menos- que destruido la existencia. Además, en esa fecha, siete años después de la sentencia condenatoria, la familia de la víctima todavía no había cobrado la indemnización. De Pilar Mazaira lo único que se sabe es que fallecería poco tiempo después de recobrar la libertad. No se trata nunca de alegrarse de la muerte de nadie. Nada más lejos de nuestra intención. Sin embargo, pensamos que algunos seres no deberían haber existido jamás y esta señora era uno de ellos.

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