Los pequeños municipios gallegos, divididos en centenares de parroquias y estas a su vez subdivididas en miles de lugares, son noticia precisamente porque nunca o casi nunca ocurre nada. Entre sus habituales vecinos, una gran mayoría de los cuales son ya personas de una cierta edad, reina una tranquilidad y calma que nos atreveríamos a calificar de pasmosa. Son sitios idóneos para escapar al estrés y a la agitación que supone el nuevo ritmo de vida marcado a veces por unas crueles y sofocantes agendas que no dejan el más mínimo rescoldo para detenerse y descansar plácidamente a la sombra de unos castaños en tanto se entabla conversación con cualquier vecino que se aproxime. A estas últimas circunstancias si están acostumbrados los habitantes de Frades, una pequeña localidad distante poco más de 30 kilómetros de Santiago de Compostela, que parece cabalgar eternamente sobre el río Tambre, quien se dejar caer mansamente sobre su precioso y verde entorno regando enormes praderías y sirviendo, a su vez, de disfrute para los aficionados al deporte de la pesca.
Este municipio, que apenas tiene 2.600 personas censadas, es el clásico lugar para huir del ajetreo diario sin que nada o nadie moleste a quien pretenda relajarse escuchando únicamente el canto de los pájaros o los leves y agradables ruidos de las aguas del caudaloso Tambre que descienden mansas y tranquilas a lo largo de todo el inigualable enclave que siempre ha representado la comarca de Ordes. Sin embargo, esa eterna calma de la gozaba su vecindario se vio repentinamente alterada en los días previos al inicio oficial de la primavera en el año 2.000, cuando Frades aún no había bajado de la barrera de los tres mil habitantes, aunque su descenso demográfico no había hecho más que comenzar hasta convertirse en progresivo en los últimos tiempos.
Lo que prometía ser una plácida mañana de fin de semana se convertiría pronto en un inefable drama que consternaría pronto a sus tranquilos vecinos aquel 18 de marzo del último año del segundo milenio. Nadie se hubiese imaginado que uno de sus residentes, un hombre ya octogenario José Corral Rey tomase en sus manos la tradicional escopeta de caza, muy habitual en muchas viviendas del rural gallego, para con ella regar de sangre la tierra que con su límpidas y celestiales aguas baña el mítico y pacífico río Tambre.
A primeras horas de la mañana de aquel sábado este hombre, de 81 años, se dirigió con el arma a la casa en la que vivían Flora Bello y María Teresa García, además de los dos hijos de esta, que contaban en aquel entonces con 19 y 14 años de edad respectivamente. Una vez allí, a poco más de medio kilómetro de su domicilio, perpetró una tragedia que aún sigue presente en la memoria de los vecinos de Santalla de Moar. Quizás un tanto despechado por la presunta relación que había mantenido con una de las mujeres, José Corral no dudó en disparar contra las dos mujeres, quedando estas tendidas sobre un charco de sangre. Heridas de gravedad fueron evacuadas hasta el Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela, donde una de ellas, Teresa García, de 38 años de edad, ingresó ya cadáver. Su madre, que contaba en aquel entonces con 67 años, sería intervenida quirúrgicamente a causa de las heridas de perdigones que presentaba.
Suicidio
Tras cometer el execrable crimen, José Corral se encaminó a su casa con el claro objetivo de quitarse la vida después de haber sembrado de pánico y terror la siempre apacible parroquia de Santalla de Moar. Para ello utilizó el mismo arma con el que había atacado a las dos mujeres. Antes de entrar en su vivienda, aprovechando el repecho de una cuneta que había en el camino por el que había que dirigirse a su domicilio, se encañonó con la escopeta disparándose en el pecho, quedando muerto de forma prácticamente instantánea.
Ningún vecino hubiese esperado un desenlace fatal en la relación que había mantenido el asesino con sus víctimas. Al parecer, este último había estado conviviendo en casa de las mujeres sobre las que disparó hasta hacía poco más de dos años y medio. Se le atribuía una supuesta relación con la más joven de las mujeres, María Teresa García, si bien es cierto que este hecho era atribuido a la rumorología oficiosa que siempre reina entre los vecinos de localidades pequeñas, ya que esta última estaba casada y era madre de dos hijos.
Nadie en todo este término municipal daba crédito a la reacción que tuvo José Corral García aquel día previo a la última primavera del anterior milenio. Estaba considerado como un hombre de carácter más bien reservado y pusilánime. Algunos decían incluso que era algo miedoso y que jamás había presentado problema alguno de convivencia con sus vecinos, por lo que el trágico suceso que protagonizó pilló completamente desprevenida a una tranquila población que se vio sobresaltada en aquel sábado que se adivinaba como una plácida jornada de transición a una primavera que para nada resultaría romántica a los vecinos de la apacible localidad de Frades en la que hasta el tranquilo y ensoñador Tambre sintió en sus aguas el horrible sobresalto que siempre ocasiona una inesperada e indeseada tragedia que los convirtió por unos días en foco de atención mediática, también de forma que nadie hubiese deseado ni mucho menos imaginado.
La guerrilla o el maquis, como a ellos les gustaba denominarse, pervivió durante algún tiempo, refugiándose sus miembros en las áreas de montaña o zonas escarpadas donde se hiciese más complicado localizarlos a las autoridades. Su existencia era difícil, por no decir que se podría calificar de calamitosa. Todos ellos habían sido perdedores de la Guerra Civil y tenían, poco menos que imposible, regresar a un mundo y una sociedad que -no solo les había dado la espalda- sino que directamente renegaba de ellos. Aún así, de cuando en vez, protagonizaban alguna acción armada o refriega con los agentes del orden. Pero, desgraciadamente, para ellos, casi siempre se llevaban la peor tarde.
La misión de los guerrilleros, entre los que se encontraban el mítico Foucellas, «O Piloto», Gayoso y muchos otros, era prácticamente un objetivo suicida, ya que poco o nada podían hacer contra un duro estado dictatorial que había dado carta blanca a las fuerzas armadas en su constante persecución. La lucha contra los guerrilleros, a los que desde los organismos oficiales no dudaban en calificar de bandoleros, fue un objetivo prioritario para lo cual se habían engrasado todos los engranajes del estado, siendo la censura de prensa uno de los principales pilares en los que se sustentó esa denodada lucha. Rara vez aparecían en la prensa los resultados de las acciones armadas. Cuando salían siempre se daba cumplida cuenta de las bajas que se había causado a ese enemigo, retratado como un bandido enemigo de la sociedad.
El terreno gallego era propicio para la lucha de guerrillas. Era un mundo básicamente rural, a lo que se unían sus no menos ventajosas condiciones orográficas, en las que se dibujaban abundantes terrenos escarpados y montañosos, muchos de los cuales en aquel entonces contaban con pequeños núcleos de población que contribuían a darles refugio a unos hombres que ya no tenían nada que perder y prácticamente nada que ganar.
En ese contexto en el que se encuentra una sociedad pobre y muy tamizada al terruño en el que vive, tendrá lugar uno de los muchos enfrentamientos entre las fuerzas del orden y un maquis que cada vez se encuentra más desesperado ante la tibia e inesperada respuesta internacional al régimen del General Franco. El escenario de una pequeña batalla será el término municipal de Vimianzo, una localidad próxima a la costa noroccidental gallega, popularmente conocida como Costa da Morte, aunque se halla geográficamente situado en la Terra de Soneira. El suceso aconteció al atardecer del 8 de noviembre de 1946, conocido mundialmente como el Año de la Paz, como anteriormente lo había sido 1919, por ser el primero en el que el planeta estaba libre de un gran conflicto armado que lo había asolado y desolado.
En un bar
Una partida muy exigua de guerrilleros, compuesta por solamente tres hombres, se dirigieron al cuartel de la guardia civil con intención de asaltar el puesto para así hacerse con las armas y municiones que cada vez escaseaban más. Sin embargo, hubieron de desistir de su propósito al encontrar la puerta de las instalaciones de la Benemérita cerradas a cal y canto. Pese a ello, idearon un nuevo plan al percatarse que un agente se encontraba jugando una partida con unos paisanos en un bar situado en los aledaños de la guarnición. Uno de los que se encontraba echando la partida con el miembro de la guardia civil era un guarda forestal, a quien planearon secuestrarlo para así, efectuar un intercambio de este hombre por armas. El encargado del rehén fue el conocido guerrillero Manuel Pazos Mesías, quien pretendió sacarlo del establecimiento a punta de pistola e indicando a quienes se encontraban en su interior que no hiciesen ningún movimiento. En la puerta le aguardaba su compañero Emilio Pérez Vilariño, evitando ser visto por el resto de las personas que se encontraban en el local.
La operación resultó fatal, ya que ninguno de los presentes esperaba una reacción tan iracunda del agente de la guardia civil que se hallaba en el interior. Este último, que se llamaba Manuel Rodríguez Paz, de forma súbita desenfundó su arma reglamentaria y disparó contra el secuestrador que caería tendido en el suelo en medio de un gran charco de sangre, yaciendo en el suelo mortalmente herido. De resultas de este disparo, los compañeros del guerrillero respondieron a los efectuados por el agente del instituto armado, quien resultaría herido de gravedad, falleciendo posteriormente en el Hospital Militar de Santiago de Compostela.
Los dos guerrilleros que consiguieron huir de esta embarazosa y terrible situación lanzarían explosivos contra las instalaciones de la guardia civil de Vimianzo ocasionado desperfectos de diversa consideración en las dependencias del cuartel, pero sin causar daños personales a quienes se encontraban en su interior. Ambos componentes del maquis lograrían huir al monte de nuevo, donde aún se refugiarían durante algún tiempo hasta que fueron detenidos o muertos. Su compañero fallecido sería trasladado al depósito municipal, donde el médico titular le practicó la autopsia. En la chaqueta que portaba en el momento de su muerte se halló la inscripción Agrupación de Guerrilleros de Galicia. Además se le incautó alguna documentación que ayudaría a detener a algunos compañeros suyos, además de algunos vecinos que presuntamente mantenían cierto contacto con los grupos antifranquistas.
Detenciones
Esta acción de los miembros de la guerrilla gallega no les resultó baldía a muchos de los paisanos que, supuestamente, mantenían algún contacto con el maquis. A raíz de la misma se efectuarían diversas detenciones en todo el área de la Costa da Morte de muchos vecinos que colaboraban con el maquis. Algunos de ellos serían sometidos a un consejo de guerra, siendo condenados a varios años de prisión, a lo que se añadía el estigma que recaía para la familia de cualquier preso, y mucho más si en su expediente figuraban cuestiones o asuntos políticos, los cuales eran directamente relacionados con el orden público.
La represión sobre los grupos guerrilleros llegó al extremo que vecinos que estaban señalados por las fuerzas del orden como colaboradores de las agrupaciones de guerrilleros se vieron en la obligación de marcharse de Galicia con destino a tierras americanas. Entre la documentación que se requisó del cadáver de Pazos Mesías, natural del municipio de A Baña, se encontraba un cuaderno en el que había diversas anotaciones que hacían referencia a algunos habitantes de la comarca en la que fue abatido, lo cual serviría para su delación.
En años posteriores, la implacable justicia franquista incoaría hasta un total de 67 causas contra diversos vecinos de la comarca, a resultas de la colaboración que mantenían con las organizaciones guerrilleras. A esto se añade, que en el periodo 1946-1950, se intensificó de forma masiva la persecución contra unos pobres hombres que estaban casi desahuciados del mundo. De hecho, Emilio Pérez Vilariño, el guerrillero que saldría vivo del envite en que falleció Pazos Mesías, moriría en un enfrentamiento armado con agentes de la Guardia Civil en 1951 en el municipio de Curtis.
La intersección asturgalaica forma un territorio inigualable que, en sus onduladas formas, se van intercalando ambos territorios, Asturias y Galicia y viceversa, con hermosísimos parajes y frondosidades que hacen del mismo un lugar único y extraordinariamente apreciado por quienes desean gozar de algunos días o incluso algún tiempo de paz y tranquilidad. De hecho, para poder demostrar hasta donde llega ese mestizaje asturiano y gallego se da la circunstancia de que algunas aldeas y parroquias de las muchas que forman este entrañable territorio se subdividen entre dos comunidades distintas, la gallega y la asturiana, lo que da luego no pocos quebraderos de cabeza a sus vecinos con distintos aspectos administrativos que van desde el meramente administrativo hasta el fiscal, tan distinto y distante entre Galicia y Asturias.
Es a este territorio al que nos dirigimos para ocuparnos de un suceso acontecido en el año 1935, la época previa a la Guerra Civil que ensangrentaría España por los cuatro costados. En Asturias quedaba todavía muy reciente el recuerdo del pasado revolucionario que había regado de sangre la región hacía muy poco tiempo. Aquel año, 1935, estaba siendo muy convulso en toda España. A los distintos conflictos de carácter laboral, que cada vez estaban siendo más numerosos, se sumaba ahora uno de tipo político, el popularmente conocido como «escándalo Straperlo» un caso de corrupción que haría saltar por los aires al Gobierno de Madrid, presidido en aquel entonces por el republicano conservador Alejandro Lerroux.
Quizás el período de la Segunda República fue de los más problemáticos en la historia de España para ser cura. A los desmanes que protagonizaban algunos grupos radicales, entre los que se encontraban fundamentalmente los anarquistas, se sumaba una doctrina de profundas raíces anticlericales que cada vez encontraba un mayor número de seguidores en todo el estado, debido, quizás, a que mucha gente veía en ella la liberación de un yugo al que habían estado sujetos demasiados años, desde tiempos inmemoriales en los que la Iglesia Católica había mantenido un férreo dominio sobre una población a la que le había negado el pan y la sal, disponiendo de innumerables privilegios que iban desde el terreno económico al administrativo, pasando por el social. Pero, con la IIª República, dejó de ser así.
Pese a que el clero no gozaba ya de la influencia de antaño, los sacerdotes y religiosos eran considerados personas que tenían una cierta jerarquía social, a la que entonces se añadía también otra de carácter económico. Se suponía que en las casas rectorales que habitaban los clérigos había una cierta capacidad adquisitiva de la que estaban exentos el común de los mortales. De hecho, y como ya hemos visto en algún capítulo anterior, eran una buena presa para quienes pretendían rapiñar algo.
Disparos
Así sucedió a finales del mes de febrero de 1935, o esa es la versión que se ofrece desde algunos medios de la época. Aprovechando la cierta distancia que suele haber entre las casas rectorales y el resto de la población, tres individuos se presentaron en la vivienda que ocupaba el sacerdote José López Blanco, quien convivía junto con un hermano suyo y el resto de la familia de este, un gélido día de invierno ya bien entrada la noche. El cura era el párroco titular de la parroquia de Trabada, en el concejo asturiano de Grandas de Salime, muy próximo al lucense de A Fonsagrada, siendo la mencionada aldea uno de los muchos y clásicos puntos de intersección existentes entre Galicia y Asturias.
Los tres individuos que asaltaron al párroco, originario de Galicia y cuya feligresía dependía de la diócesis de Mondoñedo, hicieron uso de armas de fuego, intercalándose disparos entre asaltantes y moradores de la casa rectoral. Como consecuencia de ese intercambio constante de munición resultaría muerto el sacerdote, en tanto que su hermano sería herido de gravedad. Al parecer, los ladrones hicieron uso de las armas, dos pistolas, al percatarse que el cura disponía también de una escopeta de caza de la que haría uso hiriendo a uno de los energúmenos, Alejandro Redondo Anido, que días más tarde, sería detenido por la Guardia Civil en la parroquia de Támoga, en el municipio lucense de Cospeito. A consecuencia de las heridas por arma de fuego, el hermano del sacerdote sería trasladado al Hospital de Lugo.
En su detención, a Redondo Anido le incautaron una pistola, además de encontrarse herido de consideración como consecuencia del intercambio de disparos con el religioso. La munición le había alcanzado en la ingle de la pierna izquierda así como en la rótula. Este individuo, de 33 años de edad y oriundo del municipio lucense de Outeiro de Rei, ya había estado en la cárcel en reiteradas ocasiones. Al ser detenido delataría a los que le habían acompañado en el asalto a la rectoral de Trabada. Se trataba de David Iche Berja, vecino de la localidad asturiana de Turón, y José Sodeiro.
Divergencias
Como consecuencia del asesinato del sacerdote encargado de la parroquia de Trabada, Alejandro Redondo Anido sería condenado a reclusión perpetua, al igual que sus acompañantes. Sin embargo, existen ciertas discrepancias a la hora de enjuiciar al individuo antes mencionado, ya que hay quien circunscribe sus actuaciones al ámbito meramente político llegándole a considerar como un represaliado. Si bien es cierto, que Redondo Anido, que había trabajado como minero en Asturias, disponía de un amplio historial delictivo en el momento en que fue detenido por la muerte del religioso.
Respecto a sus compañeros, las fuentes son todavía mucho más difusas que en su caso, ya que apenas existen datos sobre ellos. Se sabe que tal vez David Iche había participado en el movimiento minero asturiano de la época, pero que muy probablemente contactara con su colega gallego para dedicarse a asaltar algunas propiedades ajenas. También se supone que fue a través suya como se hicieron con las armas de fuego, muchas de las cuales habían quedado en poder de los obreros tras la Revolución de Asturias.
Autobús siniestrado en el accidente. Archivo de ANTÓN GRANDE.
El año 1931 marcó un antes y un después en la sociedad española. Fue aquel un año muy movido en toda la geografía hispana al que no fue ajeno a Galicia, aunque -todo hay que decirlo- acabaría siendo todo más una mera ilusión forjada un ya lejano 14 de abril de 1931 que muy pronto se tornaría en múltiples desengaños y desencantos que llevarían a una trágica guerra civil tan solo cinco años más tarde.
La ciudad de Lugo hace casi nueve décadas continuaba siendo una de las más rurales de toda España. La mayor parte de la población de la capital continuaba concentrándose en su casco histórico, superando apenas los 30.000 habitantes. La principal base de su economía era una ancestral agricultura de autoconsumo que apenas daba para satisfacer las necesidades más básicas de una población que luchaba por una subsistencia que cada vez se hacía más complicada, debido a los efectos que se habían generado como consecuencia de la crisis de 1929. La emigración a tierras americanas comenzaba a frenarse, principalmente la que se dirigía al Caribe, pero por cuestiones estructurales del principal país receptor de mano de obra gallega. A los efectos colaterales de la gran crisis económica se sumaban ahora otras dificultades en su economía interna, derivados de los grandes desastres provocados por los ciclones y temporales que en aquellos años habían afectado a esta área del planeta.
Los medios de transporte estaban ínfimamente desarrollados tanto en la provincia de Lugo como en el resto de Galicia. No es descabellado decir que la capital lucense «había perdido el tren», o mejor dicho tal vez no llegó nunca. Pese a todo, por las maltrechas carreteras y calles de la principal urbe del nordeste gallego hacía ya años que circulaban los primeros vehículos, especialmente los dedicados al transporte colectivo de personas, dedicados de forma mayoritaria a trasladar viajeros a distintos eventos tales como ferias, mercados o romerías. En este contexto se producirá un trágico siniestro el 30 de agosto de 1931 que quedará para siempre grabado en la historia colectiva de la ciudad de las murallas.
En aquella fecha un autobús de la mítica marca Hispano Suiza, propiedad de la familia Ferreiro se despeñó en la entonces conocida como Costa do Baño, actualmente Curva da Viña. El conductor que iba al volante del vehículo era Manuel López Arias y a bordo del ómnibus iban unas sesenta personas que se dirigían a la romería que se celebraba en la parroquia lucense de Santa María do Burgo.
Exceso de velocidad
Una de las hipótesis que siempre se han barajado como posible causa del siniestro fue el exceso de velocidad a la que el vehículo, atestado de viajeros, tomó la curva precipitándose posteriormente, desde una altura de doce metros, al patio del balneario. A todo ello se sumaban las nulas condiciones de seguridad en las que eran transportados muchos viajeros, impensables hoy en día. Hay que incidir en este aspecto ya que una gran parte de los mismos viajaban en unos asientos adaptados en la parte superior del automóvil, conocida como pescante. En ella viajaban muchas personas debido a que era mucho más económica. Un total de 14 personas fallecerían como consecuencia del siniestro y otras 40 resultarían heridas de diversa consideración. Tanto los fallecidos como los heridos quedarían esparcidos por un radio de cinco metros.
Una vez más hay que destacar la entrega de los vecinos de la zona en las tareas de auxilio a las víctimas de este fatal percance. Además de los vecinos del barrio de A Ponte, el lugar donde se produjo el accidente, se sumaron a ellos los bañistas que cada año acudían a su puntual cita en el balneario lugués. También se trasladarían al lugar del suceso distintas personalidades de la época, entre ellas el entonces alcalde lucense, José Cobreros de la Barrera, que había sido elegido en la elecciones municipales de mayo, tras una nueva convocatoria que había invalidado a las del 14 de abril. Por su parte, serían movilizados todos los medios sanitarios que se disponían en la época para atender a los heridos. Como curiosidad, cabe destacar que el autocar siniestrado apenas presentaba desperfectos como consecuencia del trágico siniestro.
Luto
La ciudad de Lugo viviría unas intensas jornadas de luto en las fechas posteriores al suceso que tanto la había conmocionado. Los principales edificios de la ciudad presentaban todos ellos crespones negros en señal de duelo. Se suspenderían todo tipo de actividades lúdicas y festivas programadas para aquellos días, entre ellos un concierto de la Banda de Música en la Plaza de la República, hoy denominada Praza Maior.
Pero, el duelo no solo se haría notar en las instituciones oficiales. También se suspenderían verbenas y otros actos previstos para aquellas jornadas estivales, entre ellas la popular «Fiesta de los Chóferes». El día del sepelio de las víctimas cerrarían prácticamente todos los comercios de la vieja urbe romana de Galicia. Hasta cafés, bares y restaurantes cerraron sus puertas en señal de duelo por la mayor tragedia que había vivido la ciudad en muchos años.
El entierro de las víctimas sería uno de los más numerosos y concurridos que se recuerdan en la capital lucense, dándose cita miles de personas que seguirían la comitiva, con los estandartes de las distintas cofradías, hasta el cementerio, que se emplazaban en el mismo lugar donde hoy se levantan unas grandes instalaciones hoteleras. En el transcurso de la ceremonia religiosa una avioneta sobrevolaría la Plaza de Santo Domingo arrojando flores sobre los féretros.
A pesar de la enorme tragedia que sacudió a la ciudad de Lugo, no se tomarían medidas para mejorar las medidas de seguridad en el transporte de viajeros. Los autocares seguirían trasladando personas en el denominado pescante como si nada hubiese sucedido. Si cualquiera de los hechos que se han narrado aquí, desde la mera seguridad de los viajeros hasta la impresionante y fastuosa parafernalia montada con motivo de la ceremonia religiosa oficiada por el alma de los fallecidos, nos resultan poco menos que inauditos, ni que decir tiene que si, por cualquier circunstancia no prevista, se produce hoy en día un accidente similar, ya se estarían tomando las pertinentes medidas y estarían, con razón, los partidos políticos de turno exigiendo las responsabilidades que correspondiese. En aquel entonces todo se saldó con unos oficios religiosos en honor a los que perdieron la vida y hasta la próxima. En algo hemos mejorado.
No es ninguna novedad que los incendios forestales son una auténtica lacra en Galicia cuando se acerca el período estival. El fuego devasta grandes superficies arboladas, así como montes, terrenos escarpados y de cultivo. También muchas personas han perdido sus viviendas como consecuencia de la atrocidad del fuego. Pero la cosa no se queda ahí. Lo peor de todo es que ya son decenas de personas las que han perecido a consecuencia de las llamas. Algunas han muertos abrasadas de una forma terrible y dramática, ya bien sea porque los alcanzó el fuego o como consecuencia de su lucha desinteresada en las labores de extinción.
La gente que trabaja en los servicios contra incendios arriesga su vida por culpa de unos desalmados que ponen fuego a los montes atendiendo a difusos intereses. Son muy raras las veces que la gran floresta gallega arde de forma accidental. Es más, si ocurre un incendio de estas características es inmediatamente sofocado por los vecinos, ya que es muy raro, por no decir que imposible, que tenga más de un foco. La mayoría de los incendios que destruyen el bosque gallego son deliberadamente intencionados con el único propósito de hacer daño o atender a esos difusos e incomprensibles intereses que van en contra de todo y de todos.
Como consecuencia de ir a sofocar un arrasador incendio, fallecerían cuatro militares en un pinar próximo al aeropuerto compostelano de Labacolla el 9 de septiembre de 1988 al estrellarse el avión en que viajaban para tratar de extinguir un incendio en el municipio ourensán de Laza. Los fallecidos eran el capitán Pedro Álvarez de Sotomayor Seoane, de 36 años, casado y padre de dos hijos, que tenía más de dos mil horas de vuelo; Jesús Cembranos Díaz, de 30 años, con idéntico rango en el escalafón militar que su compañero; el teniente Carlos Remírez-Esparza Figuerola-Ferretti y el sargento Juan Carlos Muyo Romero.
Motor averiado
El avión del servicio contra incendios había despegado en torno a las tres y diez de la tarde de aquella aciaga jornada de hace ya algo más de treinta años. Instantes después su piloto, un profesional muy experimentado, solicitó a la torre de control del aeródromo santiagués una pista para poder efectuar una aterrizaje de emergencia, ya que se había parado el motor derecho de la aeronave. Sin embargo, enseguida se perdería el contacto con la torre de control compostelana. El avión caería en vertical, muy cerca de donde había despegado, sobre un bosque de pinos para incendiarse a continuación, quedando envuelto en llamas y pereciendo carbonizados y abrasados sus ocupantes.
Al precipitarse el avión sobre un área que apenas distaba algo más de 500 metros de los servicios aéreos antincendios de Galicia, ardería también el combustible que se almacenaba en unos depósitos lo que provocaría una catástrofe de mayores dimensiones, teniendo que intervenir los bomberos de la capital gallega, así como también los servicios de extinción de incendios de Santiago de Compostela.
El avión que tripulaban era un Canadair CL 215, de contrastada solvencia en todo tipo de catástrofes y especialmente preparado para ello, de fabricación canadiense. Además, mantenía extraordinariamente la verticalidad en vuelo aún cuando se desprendía de las importantes cantidades de agua que almacenaba en sus tanques para extinguir el fuego, además de poder recargar sus depósitos sin necesidad de posarse.
Los fallecidos eran todos acreditados profesionales de los servicios de extinción de incendios, estando todos ellos muy preparados para realizar las misiones más complicadas, entre ellas el vuelo sobre zonas montañosas con frecuentes y fuertes turbulencias provocadas por el calor que ocasionan las nubes de humo. La formación de estos profesionales es muy difícil y son muy pocos los que superan la pruebas.
Una vez más, como en muchas otras ocasiones, las terribles consecuencias de los incendios forestales las pagan quienes luchan contra ellos. Todo ello es fruto de la nauseabunda actitud de unos malnacidos que, además de provocar la pérdida de vidas humanas, buscan la destrucción, ya no solo del medioambiente, sino también de los pulmones del planeta y con ello no persiguen otra cosa que la propia extinción del ser humano. Pero les importa poco.
Sepultura del periodista Arcadio Vilela Gárate en el cementerio de San Amaro (A Coruña)
En 1946 una impresionante ola de pacifismo recorría el planeta tras dejar atrás casi seis duros años de guerra en la que habían perdido la vida decenas de millones de seres humanos. España no era ajena a esa ola de simpatía que generaba el fin de un conflicto que dejaba océanos impresionantes de destrucción y calamidades que se traducían en los desplazamientos de poblaciones castigadas por el fin de la contienda y, en el caso alemán, por dejar la escalofriante cifra de 400 millones de metros cúbicos de escombros.
La derrota de los países del Eje era vista como una buena oportunidad por la oposición española para resquebrajar los cimientos de una dictadura que ya se prolongaba más de siete años. Sin embargo, esas esperanzas de cambio iban diluyéndose a medida que transcurría el tiempo y el régimen del general Franco intentaba hacer algunos guiños a las potencias vencedoras, especialmente a Gran Bretaña y Estados Unidos con la finalidad de perpetuarse como así fue.
En Galicia las cosas no distaban mucho del resto de España. Por sus escarpados montes daba sus últimos coletazos una guerrilla que cada vez se sentía más desamparada y desanimada en la que ya habían sido detenidos o muertos algunos de sus cabecillas. Había un cierto sector social y se puede decir que también geográfico que mantenía una cierta simpatía con aquellos hombres que -de una forma un tanto suicida- se enfrentaban a un régimen totalitario que no dudaba en actuar con mano de hierro cada vez que tenía ocasión de hacerlo con quien intentase mínimamente menoscabar sus cimientos.
En ese ambiente rudo tendría lugar una acción armada contra el centro emisor de Radio Nacional de España en A Coruña el 19 de mayo de 1946 dirigida por miembros del Partido Comunista de España, al frente de los cuales se encontraba el joven líder Manuel Bello Parga. En este atentado resultaría muerto un popular periodista coruñés, Arcadio Vilela Gárate, quien contaba ya con 63 años de edad. En el asalto se produciría un intercambio de disparos con la guardia civil a consecuencia de la cual perdería la vida el conocido profesional del periodismo. Asimismo, caería herido Bello Parga, quien sería detenido por la Benemérita y poco más de un mes más tarde ejecutado a garrote vil en la antigua prisión provincial de A Coruña.
Duelo
Cuentan algunas crónicas de la época que el entierro de Vilela Gárate fue uno de los tres más concurridos en la historia contemporánea de la ciudad herculina. Además, la acción armada supuso un fracaso por cuanto había caído una víctima que poco o ningún relieve político tenía ya por entonces. El fallecido dejaba viuda y cuatro hijos, uno de los cuales había participado en la Guerra Civil española mandando un tabor de regulares, alcanzando el grado de alférez provisional. Además del consabido duelo, Arcadio Vilela, que en el momento de su muerte era redactor del diario «El Ideal Gallego» gozaba de un cierto aprecio popular que hizo que desde prácticamente todos los estamentos se condenase la acción armada que le costó la vida.
Arcadio Vilela Gárate había desarrollado una extraordinaria actividad social a lo largo de su vida, llegando a ser secretario de la Sociedad Oceanográfica del Golfo de Gascuña en el año 1911. Algunos de sus detractores le acusaban de falangista, aunque el periodista se afilio a Falange Española a finales de 1938, cuando el partido del régimen controlaba todo el aparato de poder del nuevo sistema político, muy especialmente el relacionado con los medios de comunicación. Otros, sin embargo, apuntan que había pertenecido a una sociedad conocida como Caballeros de La Coruña, próxima a la organización falangista que se había caracterizado por haber llevado a cabo algunos paseos y asesinatos de antiguos miembros de partidos y organizaciones republicanas.
En su juventud, Arcadio Vilela había sido un destacado deportista practicando un gran número de deportes entre los que se encuentran hockey, ajedrez, natación, equitación o remo, además de haber sido presidente de la Federación Gallega de Fútbol.
«Manolito» Bello
Su verdugo sería duramente torturado en la prisión coruñesa al ser detenido. Se trataba de un joven de tan solo 20 años nacido en el año 1926 en el municipio coruñés de Vilasantar, perteneciente a la comarca de Betanzos. Desde muy joven había pertenecido a distintas facciones del Partido Comunista de España, siendo detenido ya en 1945 por distribuir propaganda ilegal. Sería puesto en libertad poco después, que sería cuando se uniría al Exército Guerrilleiro de Galicia como responsable del destacamento Líster IV Agrupación.
Manolito Bello, como era conocido el joven dirigente comunista, había participado previamente en otro atentado que le había costado la vida en Cambre al falangista Manuel Doval Lemat. Su ejecución lo acabaría convirtiendo en una especie de héroe para los nuevos dirigentes comunistas, llevando hoy en día su nombre un colectivo de la XuventudeComunista de Galicia.
Tribunal de oposiciones a registradores de la propiedad
Fue un extraño y desgraciado suceso que ocurrió en Madrid el 15 de enero de 1985. Su triste protagonista era un joven gallego de 29 años, Fernando de Castro Fernández, quien, empuñando una pistola, disparó contra el presidente del Tribunal de Oposiciones a Notarios Antonio Ipiens Llorca, que demostrando su agilidad de reflejos conseguiría esquivar los disparos del opositor que había suspendido el examen, además de lanzarle el primer objeto que encontró a su alcance, en este caso un cenicero. Una de las balas rebotaría en el borde de una mesa sin que alcanzase a ninguno de los presentes.
No tuvieron tanta suerte sus compañeros del tribunal evaluador, Luis Ignacio Arrechereda Aranzadi, Catedrático de Derecho Civil, de 38 años y Julio Burdiel Hernández, de 52 años, que resultarían heridos de gravedad al impactar en su pecho sendos proyectiles procedentes del arma que empuñaba el opositor Fernando de Castro, quien, acto seguido, se suicidaría con la misma pistola, una ASTRA 380 de 9 cms, corto, modelo antiguo.
En el momento en el que el joven efectuó los disparos, el tribunal estaba examinando a otro candidato en el primer ejercicio de las oposiciones a notarías. Fernando de Castro, respondía a la figura del clásico «opositor quemado», quien había gritado, al tiempo que disparaba contra los miembros del tribunal, «ustedes me han arruinado la vida», mientras se subía a la tarima donde se encontraban los encargados de dirimir aquellas oposiciones. Los disparos los efectuó a muy corta distancia, a tan solo dos metros de su teórico objetivo, errando por fortuna en el blanco. Eran las cinco y media de la tarde de un gélido día de enero en la capital de España que daría paso a una inclemente ola de frío polar. Por fortuna, los examinadores heridos conseguirían sobrevivir a las heridas de bala que les provocó Fernando de Castro, hijo del magistrado del Tribunal Supremo, Jaime de Castro Garcia.
Tercer intento
Jaime de Castro Fernández era la tercera vez que intentaba hacerse con una de las muy pocas plazas de notarios que cada año se convocan en España y a las que suelen concurrir varios miles candidatos. Lo había intentado por vez primera, en el año 1982, en Burgos, sin alcanzar el éxito deseado. Tampoco lo conseguiría en 1983. Fracasaría una vez más en noviembre de 1984. En la fecha en que se produjo el fatal suceso el opositor había conocido los resultados del examen al que había concurrido nuevamente sin éxito. En las tres convocatorias a las que se había presentado había suspendido siempre en el primer ejercicio, el examen oral, que está considerado el más duro y en el que el tribunal calificador ejerce una importante criba entre quienes desean alcanzar una plaza de notario.
Al lugar de los hechos se desplazarían investigadores especializados de la Policía Nacional, que encontrarían cuatro casquillos de bala, en tanto que un médico forense se encargaría de certificar la trágica muerte de un joven que fue incapaz de ver que en esta vida se pueden hacer muchas más cosas y no estar pendiente de una ruda y contumaz oposición en la que tal vez, además de su propia vida, había dejado muchos años de lucha y esfuerzo que no le habían dado el fruto requerido. Sin embargo, quien opta a ser notario y no lo alcanza, puede ejercer con éxito, entre otras, la función de abogado civilista, dados los conocimientos que le proporciona la circunstancia de haber estudiado los temas que forman parte del extenso programa de las oposiciones al cuerpo de notarios.
Aquella fue una tarde dramática y cruel en el Colegio de Notarios de Madrid. La gente comenzó a correr de manera denodada por los pasillos, debido a la confusión que reinaba en el recinto. En un principio hubo informaciones y noticias confusas en torno a un hecho que sorprendía a propios y a extraños. Además de especularse con la posibilidad de que hubiese sido un atentado, dado que en aquellos años era muy febril la actividad de la banda terrorista ETA, también llegó a rumorearse que el suicida se había examinado en la misma jornada, pero este hecho no era cierto. Otra de las informaciones falsas que corrió en aquellos primeros instantes fueron las relativas al estado de los heridos. En un primer momento llegó a especularse con el fallecimiento de alguno de ellos, aunque por fortuna no dejaron de ser noticias carentes de fundamento y sin contrastar.
Solitario y brillante
De Fernando de Castro, además de saberse que era hijo de un prestigioso magistrado gallego nacido en la localidad de Ordes en el año 1917, se sabía también que era el más joven de los cinco hermanos que tenía Jaime de Castro, uno de los cuales había superado hacía ya años las oposiciones al cuerpo en el que pretendía ingresar Fernando. Trascendería también que era un hombre solitario, a quien no se le conocían muchos amigos, pero que jamás había protagonizado altercado alguno, ademas de ser una persona afable y tranquila, por lo que su irracional actitud sorprendió de sobremanera a quienes le conocían y trataban.
El suicida había sido un destacado alumno en la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela, alcanzando notas muy brillantes en su expediente académico. Fernando de Castro había convertido el objetivo de ser notario en una perenne obsesión que le quitaba, además de muchas horas de diversión para un muchacho de su edad, el sueño y era quizás su única y enfermiza inquietud. Aunque no debería haber atentado contra la vida de terceras personas. Y ni que decir tiene que tampoco debería haberse quitado la suya. Es entonces cuando la vida en si misma carece de cualquier sentido y valor porque da paso a la destrucción y la muerte, que se encarga de fulminarlo todo en apenas un segundo.
Foto del siniestro publicada en el diario EL CORREO GALLEGO de Santiago
La Galicia de los años cincuenta trataba de recuperarse de las muchas heridas que había dejado la Guerra Civil. Sin embargo, nada era como antes, aunque el país seguía siendo muy pobre y atrasado. En aquella década comenzó a descubrirse que se había acabado el sueño americano surgido hace ya algo más de medio siglo, al amparo de aquellos indianos que regresaban a su tierra vistiendo sus mejores trajes y luciendo unas llamativas joyas. Pero nada era igual a como ellos lo habían retratado. Ya no partían barcos fletados por las grandes compañías trasatlánticas rumbo al nuevo mundo. Ahora una gran parte de la juventud gallega intentaba abrirse paso en la Europa que resurgía de la Posguerra Mundial.
En Galicia tal vez sus habitantes gozasen de un nivel de vida similar o peor a etapas anteriores a la Guerra Civil española, con indicadores socioeconómicos catastróficos. Proseguía una ancestral economía rural de autoconsumo que apenas paliaba las necesidades básicas de muchos de sus residentes que vivían mayoritariamente en extensas áreas rurales que, a diferencia de lo que acontece hoy en día, gozaban de una excelente salud demográfica que no tardaría en deteriorarse como consecuencia de la falta de expectativas a las que los abocaba un sistema económico y social anquilosado y anclado en etapas pretéritas.
En aquella tierra en la que faltaba de todo o prácticamente de todo, un 21 de mayo de 1952, hace ya algo más de 67 años, se vio dramáticamente sorprendida por un brutal accidente ferroviario en el que perderían la vida once personas, el más trágico de la historia hasta que hace unos años ocurrió el de Angrois. De nuevo la fatalidad volvió a cebarse con una tierra pobre y desamparada cuando pasaban algo más de cinco minutos de las dos y media de la tarde de aquel día de primavera.
Vagones sueltos
Se dieron muchas casualidades, tal vez demasiadas, para que se produjese un trágico siniestro que tendría como escenario el lugar de Pazos, una parroquia perteneciente al municipio de Padrón, en la comarca del Sar. En aquella tarde, cuando muchos gallegos estaban comiendo o durmiendo plácidamente una siesta, la tierra de Rosalía de Castro se sobresaltó repentinamente cuando se produjo una colisión entre 12 vagones que se habían soltado de un tren mercancías que había hecho escala en la estación de A Escravitude y se deslizaron por una pendiente, que actuó como rampa de lanzamiento, para ir a chocar muy violentamente contra el tren expreso que había efectuado previamente una parada en Padrón.
Decíamos antes que se dieron excesivas casualidades para que se produjese una catástrofe humana de estas dimensiones tan terribles. El hecho fue que entre los vagones desprendidos había dos unidades que transportaban combustible, unos 45.000 litros de gasolina que, tras impactar contra el convoy de pasajeros, provocarían sendas explosiones y posteriormente un grave incendio en el que perecerían carbonizadas un total de doce de personas, prácticamente todos los pasajeros que iban en primera clase.
Antes de producirse el fatal siniestro, una vecina de Pazos trató de avisar al fogonero del expreso de lo que acababa de contemplar -dándole señales con los brazos- que eran una docena de vagones sueltos campando a sus anchas. El maquinista se vio obligado a frenar de forma brusca, lo que provocaría que dos de las unidades del expreso, concretamente el correo y el furgón, se encaramasen sobre el primer vagón, quedando atrapados sus viajeros en una mortal ratonera, a la que se añadía el fuego abrasador que terminaría con la vida de quienes se vieron envueltos entre las llamas que enseguida se extendieron sobre aquel monumental amasijo de hierros.
Vecinos
A pesar de ser una tierra pobre y humilde, y quizás muchas cosas más, lo que nunca se podrá decir de los gallegos es que no son un pueblo solidario y hospitalario. Fueron los vecinos de las parroquias donde tuvo lugar la catástrofe quienes primero acudieron de forma desinteresada a socorrer aquellos pobres hombres y mujeres que luchaban por su vida en medio de una impresionante humareda que se podía divisar a varios kilómetros de distancia. La misma imagen de solidaridad y entrega se repetiría algo más de seis décadas más tarde en el no menos trágico accidente de Angrois, acontecido en las mismas tierras y la misma comarca.
En aquel entonces no se disponía de unos servicios de emergencias como los que existen en la actualidad. Es por ello que la actitud de los vecinos y del resto de los viajeros que no habían sufrido las consecuencias directas de aquel grave percance alcanza una mayor dimensión. Para evitar que las llamas se propagasen al resto del convoy, desengacharon los vagones que no habían sufrido daños del resto del tren. Las labores de recuperación de los cuerpos de los fallecidos, que estaban carbonizados y mutilados, se extenderían hasta altas horas de la madrugada. A las nueve de la noche de aquel 21 de mayo de 1952 solamente habían sido recuperado siete cadáveres.
El mejor ejemplo que describe la magnitud de aquel terrible accidente lo constituyó un ciudadano gallego residente en Argentina, Pedro Vázquez, quien manifestaría a la prensa de la época que había sido el peor día de su vida. No era para menos. El hombre recordaba que había participado en la Segunda Guerra Mundial hacía menos de diez años y que había caído prisionero de los japoneses en Filipinas. Ni siquiera entonces sintió tanto pánico. Además, los nipones no eran precisamente hermanitas de la caridad con sus enemigos.
Como de costumbre, al lugar de los hechos se desplazaron las principales autoridades gallegas de la época. Sin embargo, en seguida se decretaría el habitual toque de queda a la prensa de entonces que, aunque informó cumplidamente a lo largo de dos días del trágico siniestro, enseguida vería como le impedían seguir informando sobre un accidente que, al igual que había sucedido tan solo ocho años antes con el de Torre de Bierzo, pronto quedaría relegado al olvido de las hemerotecas.
A comienzos del siglo XX Lugo era una de tantas capitales de provincia en la que su vida transcurría de forma anodina y rutinaria, sin que nada o nadie alterase el devenir de una ciudad que apenas tenía 30.000 habitantes, la mayor parte de los cuales residían dentro del recinto amurallado. Un conocido y prestigioso periodista lucense la definía como una «aldea grande», en alusión al tradicional nexo que ha mantenido a lo largo de su historia con los grandes núcleos rurales que la circundan. Los lucenses nunca han estado al margen de ese carácter bonachón y campechano que caracteriza a las gentes de las parroquias y aldeas gallegas, teniendo prácticamente todos sus raíces en su extenso y precioso rural.
En los primeros tiempos de la anterior centuria se vivía en un ambiente familiar, que no distaba mucho de la manera de vivir en el mundo rústico, siendo frecuente contemplar por el entorno amurallado carros del país de los que tiraban dos vacas o bueyes. La tradicional tranquilidad solo se veía levemente alterada en el mes de octubre, cuando llegaban sus no menos tradicionales fiestas en honor a San Froilán, a las que ya se acercaban miles de personas procedentes de todos los rincones de la provincia.
Sin embargo, esa celestial paz de la que se gozaba en una ciudad «que nunca pasaba nada» se vio abruptamente interrumpida a mediados del año 1904. El 21 de junio de aquel año era encontrado el cuerpo sin vida de un indiano que había hecho fortuna allende los mares en unos sótanos de la Plaza del Castillo. Su cuerpo estaba visiblemente desfigurado, presentando muy claras señales de violencia en el rostro y la cabeza, lugar donde había recibido dos golpes mortales de necesidad. La víctima se llamaba Antonio Ledo Espiñeira y era oriundo del término municipal de Guitiriz, en aquel entonces denominado Trasparga.
Desparición
Antonio Ledo había regresado a Galicia tras hacer fortuna en tierras americanas. Había invertido sus gananciales en distintos productos financieros de la época que le permitían vivir de forma desahogada, además de hacer préstamos a interés hipotecario a personas que requerían sus servicios económicos. Ahí, en su profesión, radicaría la causa que le acabaría costando la vida.
Nadie sabía que camino había tomado Ledo Espiñeira desde el 6 de junio de 1904. Era ya un hombre maduro, de 54 años, que sufría una ligera cojera a causa de un accidente que había sufrido en su infancia. Residía en hostales y pensiones de la capital lucense, siendo su último domicilio en la casa de la hermanas Acevedo, quienes regentaban un local de estas características. Fueron precisamente ellas quienes alertaron a las fuerzas del orden público de la desaparición del indiano, ya que nada se sabía de él desde hacía ya algunos días.
La gota que colmó el vaso la dio la esposa del procurador Abelardo Taboada, Ramona Acevedo, quien alerta a dos amigos de su marido, entre ellos el abogado José Benito Pardo, del hedor que procede de los sótanos de su casa. Previamente, había mandado a su criada, Casilda, a que bajase a aquel lugar para ver que era lo que podía causar aquel pestilente olor, aunque ella ya sospechaba que su marido pudiese tener algo que ver con la desaparición del prestamista, asunto del que ya se han hecho eco los distintos medios de comunicación.
Abelardo Taboada
Abelardo Taboada es un curioso personaje de la historia de la ciudad de Lugo en los últimos años del siglo XIX y principios del XX. Había nacido en A Coruña en el año 1864. Comenzaría a trabajar como escribiente con un procurador coruñés, prestando sus servicios en distintas instituciones. Llegaría a la vieja urbe romana de la mano de su gobernador civil, Ramón Folla, en 1889, quien lo había llevado con él para que ejerciese su profesión a su servicio, aunque a partir de 1891 empezará a trabajar como escribiente con el procurador Ramón Roca Seoane, quien tiene su despacho en el número 17 de la Plaza del Castillo. Además, ejerce funciones similares en el Ayuntamiento de Lugo.
Al fallecer Ramón Roca, Abelardo Taboada, un hombre alto y de muy buen aspecto, incluso algo chulesco, decide casarse con su viuda, Ramona Acevedo, una mujer que es 17 años mayor que él. Son muchas las personas de la alta sociedad lucense de entonces las que advierten a esta mujer de los muchos «defectos» que tiene el hombre que va a convertirse en su marido. Además de mujeriego, es aficionado al alcohol, al juego y a otros placeres de la vida que demandaban un alto poder adquisitivo. A pesar de ello o tal vez debido a ello, se convertirá en toda una personalidad de la época. Llegará a ser teniente alcalde de la ciudad tras salir elegido concejal en una candidatura presentada por el partido de Segismundo Moret. Además, llegará a ser un destacado dirigente del Círculo de las Artes, entidad en la que cometerá un importante desfalco.
Su elevado tren de vida le lleva a estar constantemente endeudado, viéndose en la obligación de hipotecar algunas de las propiedades de la persona con quien se había casado. Gracias a los contactos de los que disfruta en razón de los distintos cargos que ostenta, acabará conociendo a un emigrante que ha hecho fortuna y será a él a quien recurra para hacer frente a sus muchas y elevadas deudas.
Un buen día decide solicitarle un préstamo a Antonio Ledo. La cantidad que le requiere asciende a 8.000 pesetas de la época, aunque finalmente, por distintas razones, solo le podrá prestar 500 menos de lo acordado. En la fecha del crimen, el 6 de junio, el prestamista se entera de que la casa que Abelardo Taboada le ofrece como garantía está previamente hipotecada por parte del abogado José Benito Pardo, aunque este hecho resultará ser un rumor falso.
En la tarde del día de autos Ledo se dirige al número 17 de la Plaza del Castillo donde le aguarda para firmar el préstamo el procurador Taboada. Lleva con él las 7.500 pesetas. Cuando llega al despacho el emigrante indiano le dice que le ha intentado estafar, pues, según la información de la que él dispone, su vivienda ya está hipotecada. Es entonces cuando se inicia la discusión entre el procurador y el prestamista que sube de tono. En el transcurso de la misma este último le recrimina al anterior la vida disoluta y de dispendio que lleva en la ciudad de las Murallas, yendo un día con una mujer luego con otra, además del juego. El escribiente le contesta de malos modos reprochándole que viva a costa del sudor de los demás, cobrando intereses que rozan la usura.
Con un mazo
En un momento dado la discusión se sale de los cauces normales y el procurador esgrime un martillo, estilo mazo, con el que le sacude en la cabeza a Antonio Ledo, quien cae al suelo redondo sin poder reaccionar, a lo que se suman sus dificultades de movilidad. Le propinará un segundo golpe, lo que provocará que se le inunde el rostro de sangre. Con unas arpilleras le envuelve la cara para evitar que esta se derrame al suelo, aunque no conseguirá que las manchas del líquido elemento se incrusten en el piso de madera.
Aquel mismo día, a las siete de la tarde, Abelardo Taboada tiene sesión en el Ayuntamiento de Lugo. Intervendrá en distintos puntos del orden del día, pues es teniente de alcalde, en tanto que preside la corporación local Antonio Belón y actúa como secretario Carlos Pardo Pallín. Su teatralidad alcanza límites asombrosos. En un momento dado solicita del mandatario local poder abandonar el pleno municipal, pues debe ir hasta su casa. Va a examinar el cadáver de su víctima y no observa novedad alguna.
Al anochecer regresa a su casa como si tal cosa. Trata de disimular su estado de excitación, como si no hubiese ocurrido nada. Le sugiere a su esposa que se vayan ella y la criada al día siguiente a la parroquia de Gomeán a visitar una tía de la primera que no se encuentra muy bien de salud. Sin embargo, hay un detalle que le delata, ya que Ramona Acevedo se siente sorprendida cuando su marido le ofrece dinero para los gastos del viaje, aspecto este que no era nada usual en una persona que apenas le proporcionaba un céntimo para el sustento y gobierno de la casa, siendo muy reparado en este sentido.
Una vez más, Abelardo Taboada regresa al lugar del crimen para registrar los bolsillos de su víctima, apoderándose de la cantidad que se había comprometido a dejarle, 7.500 pesetas, además de algunas monedas de oro que lleva en el chaleco, así como un de un reloj de oro que porta el indiano. Posteriormente, cerrará todas las ventanas de la casa para que no se pueda ver lo que hay en su interior. Arrastrará también el cadáver al sótano de la misma, depositándolo en una de las celdas en las que está dividido, pues, antiguamente, sus dependencias habían albergado las instalaciones de la antigua cárcel lucense.
Huida
Al enterarse de que las hermanas Acevedo han decidido poner en conocimiento de las autoridades la ausencia de su huésped, Abelardo Taboada, emprenderá una precipitada huida que no parece llevarle a ningún sitio. Es visto por distintas personas que testificarán en su contra en el transcurso del juicio cuando toma un tren que le llevará a la ciudad de A Coruña. En el trayecto se encuentra con mucha gente que le conoce, entre ellas un distinguido comerciante lucense afincado en la capital herculina.
Al llegar a su primer destino, Taboada decide hacerse con los servicios de un mozalbete que se encargará de hacerle ciertos recados. Uno de ellos consiste en la adquisición de un billete de tercera clase a bordo del vapor de bandera neerlandesa Saint Thomas, que había arrivado al puerto coruñés en la tarde de aquel caluroso 7 de junio a nombre de Francisco Fariña Vecino, identidad que adopta con ánimo de despistar a las autoridades. Además, hay un detalle que no pasará desapercibido y es el abrigo en el que va envuelto para no ser reconocido, muy ostentoso por encontrarse ya en época estival. Pese a todo, es reconocido por el periodista Bernardo Faginas, un conocido suyo, pero también le reconoce el inspector de Vigilancia y Seguridad Antonio Ferrer, de quien no se percata de su presencia en las instalaciones portuarias.
A las nueve de la noche el barco holandés leva anclas con destino a La Habana, donde pretende escabullirse de su brutal crimen. En el transcurso de la travesía, Francisco Fariña (Abelardo Taboada) apenas mantiene relación con ninguno de los otros pasajeros. Incluso tiene que ser advertido en diversas ocasiones por miembros de la tripulación para que se ponga la obligatoria vacuna de la viruela para viajar a tierras americanas.
Mientras tanto, en la ciudad de Lugo se han encendido ya todas las alarmas. Las propietarias de la pensión en la que reside habitualmente el prestamista Ledo Espiñeira han puesto en conocimiento de las autoridades la desaparición de su huésped. De igual forma, salta también a los medios de comunicación, algunos de los cuales ya especulan que su ausencia es paralela a la del procurador Taboada, quien se estima que mantiene con el una deuda de 2.000 pesetas, una elevadísima cantidad de dinero para la época.
Extradicción
Al aparecer el cadáver del indiano en los sótanos de la vivienda de su propiedad con claros signos de violencia, ya nadie duda que la autoría de su asesinato es obra de Abelardo Taboada, lo que causa una oleada de furor, indignación y consternación en la sociedad lucense de la época, acostumbrada a que su vida discurriese por los cauces de la más normal y corriente monotonía, que ahora se veía bruscamente interrumpida. Ese clima de crispación salta también a las páginas de los principales diarios de entonces en los que se leen furibundas declaraciones de distintas autoridades, entre ellas las que dirigen los órganos rectores del Círculo de las Artes, quienes pretenden borrar cualquier huella que hubiese dejado en la institución tan funesto y cruel personaje.
Como consecuencia del macabro hallazgo en la casa número 17 de la Plaza del Castillo, son detenidas la esposa de Abelardo, Ramona Acevedo y su criada Casilda, así como un matrimonio amigo del procurador que son los maestros de Castro de Rei. Sin embargo, serán puestos en libertad tras prestar declaración y comprobarse que nada tienen que el brutal crimen que ha sacudido a la ciudad de Lugo. Además, el inmueble se convierte en un escenario maldito, pues todos sus moradores lo abandonan con destino a otros puntos. Casilda se despide de Ramona Acevedo, quien también se marcha a vivir a una casa que posee en la rúa do Miño. La gente, dominada por unas profundas creencias religiosas de la época, se santigua cada vez que pasa por delante de aquella «maldita casa» en la que ha aparecido el cadáver de un hombre con la cabeza destrozada y comida, en parte, por las ratas.
Mientras, las autoridades inician los trámites oportunos para que se conceda la extradición del prófugo de la Justicia española, aunque previamente ha de ser detenido, hecho que se produce el 28 de junio de 1904. Un policía se acerca a él y le dice: «¿Don Francisco Fariña o don Abelardo Taboada, supongo?», quien tras atarle las manos a la espalda lo condujo hasta el penal militar de San Cayetano, dónde se le incautan las pertenencias que le había sustraído a Antonio Ledo, entre ellas 7.411 pesetas, el reloj de oro, y las monedas.
Ya, en prisión, conocedor de todas las triquiñuelas que podían evitar su extradición a España, iniciará una huelga de hambre el 2 de julio, fecha en la que se conoce en Lugo que ya ha sido detenido por las autoridades de la isla caribeña. Incluso se pone en contacto con el poderoso Centro Gallego. Su presidente le ofrecerá el mejor abogado de Cuba, y si se evita la extradición, le dará un pasaje para que pueda marchar a algún estado sudamericano. Abelardo Taboada piensa que no existe tratado de extradición entre España y su antigua colonia. Sin embargo, el entonces presidente cubano Carlos Estrada firmará el documento que concede su extradición a España con fecha del 29 de agosto. En el mismo se especifica que al detenido solo se podrá juzgar por los delitos de robo y asesinato.
Regreso
El día de 2 de octubre de 1904 llega el procurador asesino al puerto de la ciudad herculina a bordo del vapor Alfonso XIII, mostrando ser una caricatura de lo que había sido antaño. Nada en su aspecto recordaba ya al apuesto hombre que había sido hacía tan solo unos meses. Además, trae puestas unas aparatosas argollas y calza unas sandalias. En la capital herculina es entregado a agentes de la Benemérita que lo trasladarán a Lugo.
El 5 de octubre el juez Félix Jarabo inicia los interrogatorios contra el acusado, quien da pruebas una vez más de su debilidad personal y humana. Prorrumpe varias veces en llantos y mantiene un mutismo extremo, hasta el punto que ni siquiera responde como se llama. En la cárcel en la que está ingresado ha de ser aislado de los demás presos con la intención de que estos no le hagan ningún daño.
El juicio se iniciará el 17 de enero de 1905 que se prolonga a lo largo de tres días. Son llamadas a declarar distintas personalidades, entre ellas el alcalde de Lugo, Antonio Belón y el secretario municipal Carlos Pardo Pallín. Asimismo, testificarán distintas autoridades del Círculo de las Artes de la capital lucense, así como su esposa, quien declararía que su marido había dejado de facilitarle dinero desde hacía meses para el sostenimiento de la casa. Los testigos periciales, entre ellos el forense que practicó la autopsia al cadáver de Antonio Ledo, confirman que las manchas encontradas en el suelo del piso en el que se cometió el crimen son de sangre humana, así como las que también se encuentran en el martillo con el que se perpetró la atrocidad.
Condena
Algo tiene la justicia que amansa a quien es procesado por fiero que sea el león que se enfrenta a ella. En el transcurso de la vista oral mantiene una actitud pusilánime, en tanto que el fiscal pronuncia un muy duro alegato en contra del acusado. Con un florido y barroco estilo de oratoria, que no guarda relación alguna con el que se utiliza en nuestros días, el magistrado se ratifica en lo manifestado en sus conclusiones provisionales, solicitando para el acusado Abelardo Taboada Roca la pena de muerte. En su durísimo alegato recuerda al hombre que el había conocido cuando llegó a Lugo y a la época en la que gozaba del amplio reconocimiento social de todos los lucenses.
En la tarde del 19 de enero el jurado encargado de dictar sobre su culpabilidad o inocencia se retira a deliberar. En la mañana del día siguiente se hace pública la sentencia en la que se condena a Abelardo Taboada Roca a la pena de prisión perpetua. Al conocer la pena que se le impone el procurador vuelve a llorar tal cual fuese una magdalena. Su abogado defensor Juan Bautista Varela Balboa, que es un joven y prestigioso criminalista, recurrirá ante el Tribunal Supremo, quien se ratificará en la sentencia impuesta por la Audiencia Provincial de Lugo, con fecha de 25 de junio de 1905.
Algo más de un mes más tarde, el 22 de agosto, Abelardo Taboada abandonará la prisión de Lugo para ser trasladado a la de Ceuta, en la que estaría internado unos quince años para ser trasladado posteriormente a la de San Miguel de los Reyes, en Valencia. Durante su estancia en la cárcel, en 1915, fallecerá su esposa Ramona Acevedo en un piso de la calle Obispo Aguirre de la ciudad de las Murallas.
El procurador recobraría la libertad tras haber permanecido en prisión más de veinte años. A partir de ese momento, se irá a vivir a su ciudad natal llevando una vida pobre y carente de cualquier sustento, similar a la de un mendigo, que contrastaba con el ambiente de lujos, dispendio y alta alcurnia en el que se había desenvuelto en sus años mozos en la capital lucense. Aparecerá muerto el 24 de enero de 1930 en la mampostería de una obra de la coruñesa calle de las Herrerías, un lugar al que iba a guarecerse para pasar la noche el famoso procurador, que un buen día de comienzos del siglo XX provocó un gran sobresalto en la siempre pacífica y acogedora ciudad de Lugo.
En el año 1957 volar constituía toda una aventura tanto para los tripulantes como para los pasajeros. Es cierto que ya era el método de transporte más seguro, pero se producían accidentes con una frecuencia infinitamente mayor que ahora. Baste recordar que dos equipos de fútbol, Torino y Manchester United, perderían a la práctica totalidad de su plantel de jugadores ocurridos en las conocidas como Tragedias de Superga y de Munich que tuvieron lugar en los años 1949 y 1958 respectivamente. En aquel entonces Galicia contaba con dos aeropuertos, el de Labacolla, en Santiago de Compostela y el de Peinador, en Vigo. El mero hecho de volar era visto por la sociedad gallega de la época, inmensamente rural, como un acontecimiento singular y extraordinario que estaba al alcance de muy pocos. Estaba considerado como un evento social similar a lo que hoy podría ser un crucero, al que la práctica totalidad de los gallegos de entonces eran ajenos.
Tanto los tripulantes como los pasajeros, un total de 37 personas, perecieron prácticamente en el acto cuando el aparato en el que viajaban se estrelló a la altura del km. 15 de la carretera de Aragón en las inmediaciones de la finca de La Muñoza. La aeronave cayó muy cerca de unas viviendas de trabajadores de la mencionada finca. Tan solo eran cuatro metros lo que separaban a los restos del avión de las casas. De hecho, una niña que jugaba en las inmediaciones tuvo que ser evacuada a una casa de socorro a consecuencia del schok emocional que sufrió al ver caer la aeronave. Otro tanto le sucedió a un hombre que se encontraba en la zona aledaña a la tragedia.
En ese año tuvo lugar el primer siniestro de un vuelo comercial procedente de Galicia en las inmediaciones del aeropuerto madrileño de Barajas. Un vuelo procedente del principal aeródromo gallego se estrelló el día 9 de mayo de 1957 en las inmediaciones de la base aérea madrileña, al precipitarse desde una altura de cien metros a las ocho menos de cinco de la tarde, cuando se disponía a realizar las maniobras de aterrizaje.
Selección española
A la hora en que se produjo el lamentable siniestro, estaba completamente atestado de público el aeropuerto madrileño al ser el momento en que más tráfico aéreo se registraba. Muchos de los presentes enseguida se percataron de la enorme catástrofe que acababa de suceder al contemplar a lo lejos las llamas en las que estaba envuelto el avión, un bimotor «Bristol» de la compañía AVIACO. En un primer momento se pensó que la aeronave siniestrada era en la que viajaba la selección española de fútbol, que había disputado un partido de clasificación para el Mundial que se celebraría en Suecia al año siguiente. El conjunto hispano regresaba de Glasgow, donde se había enfrentado a Escocia, perdiendo por cuatro goles a dos.
Inmediatamente acudieron los servicios de emergencias para socorrer a los pasajeros siniestrados. Sin embargo, ya nada pudieron hacer por las víctimas, pues habían perecido la totalidad de quienes viajaban en el avión. Durante horas, prolongándose hasta la madrugada, estuvieron los bomberos inspeccionando el amasijo de hierros a que había quedado reducido el aparato en el rescate e identificación de los cadáveres, la mayoría de los cuales serían evacuados de madrugada. Una parte de la cola del avión se había incrustado en el suelo como consecuencia del impacto del aparato, que quedaría sobre una loma.
Viaje de novios
La práctica totalidad de los pasajeros que viajaban en el avión eran gallegos o personalidades gallegas que residían en Madrid. Entre estos se encontraba el magistrado compostelano Rafael Rivero de Aguilar, que era fiscal del Tribunal Supremo, quien perdería la vida en compañía de su hermano y su esposa, Teresa Díaz de Rábago. Otras tristes pérdidas fueron la de dos parejas que habían contraído matrimonio el día anterior. Por un lado, se encontraba la pareja formada por Carlos López y Pilar Calviño, a las que se añadía la constituida por José Maneiro Iranzo, de 30 años, y Genoveva Iglesias Santalla, de 29. Ambas parejas iniciaban un viaje de novios que no resultó precisamente venturoso, ya que sería su último trayecto.
En el accidente aéreo perderían la vida también un ciudadano estadounidense, con raíces gallegas, José Silva Balán, quien tenía previsto regresar a su país de origen después de que hubiese visitado en Galicia a su abuela. De la misma forma, también falleció un ciudadano sueco, un destacado directivo de una empresa de astilleros del país nórdico, que había estado de viaje de negocios por tierras gallegas, concretamente en Ferrol visitando las instalaciones de Astano y Bazán.
En el avión se encontró también un maletín con medio millón de pesetas (3.000 euros actuales) que pertenecía al empresario de Carballo José Fuente, quien había perecido en el mismo vuelo junto a un hijo suyo. La importante suma de dinero en efectivo, muy elevada para la época, era transportada con la intención de adquirir un camión en Madrid.
Entre las anécdotas que se cuentan en torno a este siniestro se encuentra la de que un empresario coruñés, de apellido Tudela, no pudo viajar en el avión accidentado porque cuando llegó al aeropuerto compostelano ya no quedaban plazas disponibles.