Mata a su padrastro en Pedrafita do Cebreiro

Iglesia de O Cebreiro

Durante la Segunda República se vivió una época muy convulsa que se hacía más latente a medida que se acercaba la Guerra Civil. Galicia continuaba siendo un territorio pobre y atrasado con bajísimos índices de desarrollo humano. La única salida que les quedaba a los más jóvenes era la emigración, pese a que las fronteras de la isla caribeña de Cuba habían sido prácticamente cerradas con una nueva legislación que obligaba a contratar a naturales insulares. A todo ello se unían las consecuencias de una durísima crisis económica acaecida en el año 1929 y a los desastres naturales que habían afectado a la antigua colonia española. El destino predilecto se encontraba ahora más al sur, Argentina y el pujante Uruguay, conocido como «La Suiza Americana». Aún así, los gallegos preferían marcharse de su tierra a estar condenados de por vida a vivir andando detrás de una yunta de vacas o bueyes que le proporcionaban, muy a duras penas, lo justo para vivir, aunque aquello no era una existencia digna ni nada que se le pareciese.

En el interior, casi todo rural, era donde más se notaban los efectos de la pobreza crónica que condenaba a miles de gallegos. Sin embargo, estos no eran ajenos a la crispación que desde hacía algún tiempo afectaba al resto de la sociedad española. Por aquí también anidaban importantes grupos de insurrectos que no dejaban de cometer algún que otro atentado, sintiendo especial predilección por religiosos y personas a las que se les suponía un importante patrimonio. Quizás, detrás de estos ataques, se escondiese una gran cúmulo de pobreza que ahora también se aprovechaba de una situación que se encontraba cada vez más caldeada para rapiñar aquello que podían. No había semana que los distintos medios impresos de la época no diesen cuenta de algún acontecimiento violento, muchas veces sangriento, en los que las fuerzas del orden se veían obligadas a intervenir con una cierta energía para tratar de apaciguar a quienes muchas veces alteraban la pacífica convivencia de la ciudadanía.

Es en ese clima y en esas circunstancias es donde se desarrolla el siguiente hecho sanguinario, teniendo como lugar la principal entrada a Galicia de la época, el municipio de Pedrafita do Cebreiro, en plena montaña lucense. Allí, el 2 de diciembre de 1935 aparecerá muerto Pedro Villar en unas circunstancias demasiado extrañas, que pronto apuntarían a su hijastro como principal responsable de su muerte, ya que mantenían unas relaciones que para nada eran buenas.

A la feria en caballo

Aquella mañana, que se encontraba a tan solo siete meses de la declaración de una sangrienta guerra, Pedro Villar partiría, como en muchas otras ocasiones, en su caballo hacia la feria de la vecina parroquia de Veiga de Forcas, regresando casi siempre cuando el evento comercial concluía, que solía ser al atardecer. En muchas ocasiones, cuando el sol ya se había puesto. En el mercado, además de comer el pulpo que por aquella época era la comida de los pobres, también departiría con muchos amigos y vecinos que se encontró en la misma. Algunos de ellos eran conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijastro, Marcelino Iglesias, con quien se había enfrentado la noche anterior, aunque no hubiese habido más que violencia verbal entre ambos. Lo que menos pensó Pedro es que no regresaría jamás a su casa, que en el trayecto de regreso le aguardaba la parca, enarbolada de forma violenta por quien compartía su misma vivienda.

Conocedor del itinerario que realizaba su padrastro, Marcelino Iglesias esperó a que anocheciese, junto con su cómplice, Josefa Ferreiro, para dar muerte a Pedro Villar. Tal vez supuso que nadie sospecharía de su siniestra acción, pese a que muchos vecinos ya estaban enterados de las malas relaciones entre Marcelino y Pedro, pues no era la primera vez que se veían obligados a intervenir en las impresionantes trifulcas y reyertas que ambos mantenían. Iglesias aprovechó el conocimiento que tenía de los caminos por los que solía transitar quien se iba a convertir su víctima. Así, conocía también algunos recovecos de la montaña donde esconderse, así como las áreas en las que el espesor de la oscuridad nocturna era mucho mayor, en los que en las noches de invierno solían atravesar muchos menos viajeros.

No le dolieron prendas en asustar al caballo en el que iba Pedro Villar, quien caería del mismo, aunque solamente le produciría algunas lesiones y magulladuras sin importancia. Consciente de ello, su hijastro propinó varios golpes a su indefenso padrastro con un palo, apreciándosele una gran herida en la cabeza y otras en el rostro, según detallaría la posterior autopsia. Pese a su fortaleza física, el hombre que iba a caballo terminaría por sucumbir a la tremenda paliza que le había proporcionado su asesino, ya que presentaba desgarros cerebrales que fueron la causa de su óbito.

Tapado con piedras

Para evitar que fuese encontrado el cadáver de la víctima, Marcelino lo arrojaría a una charca en compañía de su cómplice, Josefa Iglesias, tapándolo con piedras para así poder despistar a una supuesta investigación. Al día siguiente, un vecino que pasaba por una zona próxima al lugar de autos se sorprendió al ver pastando tranquilamente un caballo que se encontraba ensillado y que inmediatamente reconoció como él que habitualmente empleaba el fallecido para sus desplazamientos. De la misma forma, en O Cebreiro, el vecindario también había mostrado su disgusto por la ausencia y desaparición de Pedro Villar, hecho que les parecía extraordinariamente raro, ya que solía regresar a casa a la conclusión de cualquier feria o mercado que se celebrase en la contorna.

Los agentes de la Guardia Civil fueron de inmediato puestos en sobre aviso por los vecinos de las malas relaciones que mantenían padrastro e hijastro, así como de una trifulca que habían sostenido en la noche anterior al crimen en la que tuvieron que intervenir para calmar los ánimos de uno y otro. Todas las miradas se dirigían hacia Marcelino Iglesias, quien pronto se declararía autor del suceso sangriento que le costó la vida a Pedro Villar. Además, confesó que para ayudarle a enterrar el cuerpo de la víctima se valió de la ayuda de una mujer, Josefa Iglesias, quien también sería detenida como cómplice de este sangriento hecho.

Cuatro meses después del crimen, a comienzos de abril de 1936, en la Audiencia Provincial de Lugo se celebró el juicio por la muerte de Pedro Villar, un hombre que en el momento de ser asesinado ya superaba los 50 años. El autor de su asesinato, Marcelino Iglesias sería condenado a 20 años de cárcel, con la agravante de premeditación, alevosía y nocturnidad, a lo que se sumaba el hecho de haber escondido el cuerpo de la víctima. Su compañera de andanzas, Josefa Iglesias sería condenada a ocho años de cárcel en calidad de cómplice. A ambos se les perderá la pista, como a muchos otros presos, tras la proclamación del Estado de guerra, en el que muchos presidiarios aprovecharían la confusión reinante para salir de los penales donde cumplían sus respectivas sentencias, enrolándose algunos de ellos en los distintos bandos que se enfrentaron en tan cruel conflicto.

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55 alemanes muertos en un U-Boot al norte de Cabo Ortegal

Un U-Boot alemán en la Ría de Vigo

En el año 1943 el mundo asistía al gran cambio que en aquel entonces estaba suponiendo el viraje de los acontecimientos en la IIª Guerra Mundial. Los alemanes comenzaban a perder el conflicto que ellos mismos habían desatado cuatro años antes con la invasión de Polonia. El régimen franquista había mostrado una exquisita afinidad con los germanos en su descerebrado afán expansionista y belicoso por todo el continente europeo, aunque ahora, conscientes más que nunca de que la derrota alemana se atisbaba como poco menos que inminente, también había realizado un viraje radical en sus relaciones con los aliados. Al sistema español de la época ya no le importaba esa cercanía ideológica con quienes le habían ayudado a ganar la Guerra Civil sino que aspiraba, tan solo, a su supervivencia, pese a que los españoles de la época se las veían y deseaban para sobrevivir un día tras otro.

De todos es sabido la postura española en el conflicto mundial, que pasó de no beligerante a neutral, aunque la población sufriese muy duramente las consecuencias de lo que acontecía en el panorama internacional. Galicia era un lugar que consideraban estratégicos ambos bandos contendientes, tanto por su situación geográfica como por las muchas millas de costa de las que dispone el territorio gallego. Tanto era así que en sus panfletos y proclamas los aliados instaban a los pescadores gallegos a que no saliesen de sus aguas territoriales por las consecuencias que de ello se pudiesen derivar. Esa advertencia no estaba solamente destinada a salvaguardar la integridad física de los barcos y pescadores gallegos sino que en ella, implícitamente, se les estaba sugiriendo que no abasteciesen de pescado a los muchos submarinos alemanes que merodeaban por la Península Ibérica, lo que estaba siendo un secreto a voces.

Los submarinos alemanes se adentraban desde las aguas rodeando Portugal hasta llegar al Estrecho de Gibraltar para impedir el paso de embarcaciones aliadas. En esas operaciones perderían muchos de sus efectivos de guerra, debido a que la Armada británica había localizado la posición de muchos de los sumergibles germanos. Se estima que hasta 12 submarinos germanos fueron hundidos en aguas gallegas, en tanto que las pérdidas humanas se elevarían, según algunas estimaciones, a 1.400 hombres. Uno de los hechos más dramáticos ocurrió el 3 de julio de 1943 cuando un avión Wellington, perteneciente al 172 escuadrón de bombarderos de la RAF británica soltaba lastre aprovechando que un lobo gris alemán, un U-126, uno de los más asesinos, había salido a la superficie para tomar aire de madrugada, al norte del cabo Ortegal. El submarino alemán quedaría sepultado en el mismo lugar que había emergido pereciendo la totalidad de su tripulación, formada por 55 hombres.

Hermetismo total

Los puertos de Vigo y Ferrol eran las bases idóneas para el repostaje de los sumergibles germanos, además de ser el lugar indicado para sus reparaciones y también para el descanso de las respectivas tripulaciones que los conformaban. De este aspecto, estaban completamente al tanto los mandos aliados, quienes non se cansaban de advertir de las consecuencias que podría traer la colaboración española con la Kriegsmarine. Sin embargo, sus llamadas al orden no eran escuchadas por el régimen totalitario español. Igualmente, este tampoco informaba a la población a través de los medios de comunicación de la situación de la guerra, siendo la destrucción del U-126 en aguas gallegas uno de los ejemplos más significativos. No se publicaba ni siquiera una escueta nota informando del suceso. Es más, todavía se alardeaba con la más que previsible victoria germana, dando cuenta de algunos bulos emitidos por los propios alemanes.

Los U-Boots habían demostrado ser muy letales en el tiempo que se llevaba de guerra. Solo en la campaña del año 1940 habían hundido mercantes británicos que transportaban más de siete millones y medio de toneladas, además de costarle la vida a más de 30.000 soldados de la Royal Navy. En 1943 los británicos cambiarán de estrategia al conocer la actividad de los sumergibles alemanes que bloqueaban el Estrecho y patrullaban las costas africanas hundiendo todo barco que estuviese a su alcance.

Respecto a la colaboración que hacían los pescadores gallegos, no está comprobado que esta fuese voluntaria o si se trataba del pillaje que hacían los alemanes. Hay algún caso documentado en que los submarinos salen a la superficie encañonando a los patrones de pesca y sus hombres para que les entreguen la práctica totalidad del pescado que habían capturado.

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Cuatro muertos en una reyerta en un poblado de Xinzo de Limia

Poblado en el que ocurrió la trágica reyerta en la que murieron cuatro personas

La segunda mitad de la década de los ochenta Galicia contaba ya con unas consolidadas instituciones autonómicas, aunque el Gobierno gallego de la época estuviese sometido a constantes y feroces turbulencias derivadas de una exacerbada ansia de poder de unos y otros. Aquel verano de 1987 sería pródigo en constantes acontecimientos políticos y sociales. El panorama político gallego se encontraba demasiado revuelto, merced a la presentación de una moción de censura que presentaba el grupo socialista, apoyado por los restantes partidos de la cámara, además de un grupo de parlamentarios que abandonaban la disciplina del partido de Fernández Albor para apoyar al candidato socialista a la Xunta de Galicia, Fernando González Laxe.

En medio de aquel enmarañado y encrespado ambiente político, la vida de los gallegos continuaba su tranquilo deambular. A veces con noticias que jamás les hubiese gustado recibir a los gallegos de entonces, tales como una masacre que tenía lugar en un poblado habitado por personas de etnia gitana en la localidad ourensá de Xinzo de Limia. Hasta cuatro personas perderían la vida en una reyerta en la que participarían prácticamente todos los miembros de dos clanes gitanos en la tarde del 20 de agosto de 1987. Una cuestión trivial desató una gran tragedia en la que resultarían heridas de diversa consideración hasta un total de 20 personas, cuatro de ellas de gravedad.

Un caballo

Al parecer el motivo de la disputa que desataría el cruel suceso fue el supuesto robo de un caballo por parte del clan gitano de Verín a los de Xinzo de Limia, quienes en la mañana del día de autos presentaron una denuncia en los juzgados de Ourense. Dado que el honor y la honradez son conceptos sobrevalorados hasta límites extremos entre las personas que componen los distintos clanes de etnia gitana, el suceso alcanzaría dimensiones dramáticas. Los miembros del clan verinés al enterarse de que sus colegas de Xinzo, con quienes estaban unidos por lazos de sangre, habían presentado una denuncia acusándoles de ser los autores del hurto del caballo, se dirigieron hasta el campamento de Cerdeira para defender su honor, que consideraban mancillado por aquella denuncia. Sin embargo, había algunas fuentes que indicaban que el enfrentamiento se podría haber originado a consecuencia de la lucha por el liderazgo en el clan de Xinzo que venía ejerciendo una anciana María Josefa Montoya Barja.

En la reyerta se utilizaron armas de fuego, entre ellas escopetas de caza y también distintas armas blancas, con las que resultarían heridos de gravedad algunas de las personas que intervinieron en la riña multitudinaria. Como consecuencia de la misma, fallecerían tres hermanos Francisco Javier, Manuel y José Suárez Montoya, que contaban en aquel entonces con 32, 34 y 54 años respectivamente. Asimismo, también perecería en el mismo suceso un yerno del mayor de los tres anteriores Adolfo Suárez Jiménez, que contaba con 30 años de edad. Dos de los fallecidos pertenecían al campamento de Verín, en tanto que los otros dos, en los que estaban suegro y yerno, pertenecían al de Xinzo, dónde ocurrieron los hechos.

Además de tener que lamentar la muerte de cuatro personas, hubo que lamentar las gravísimas heridas que presentaban otras cuatro, quienes serían trasladados a centros sanitarios de la capital ourensá. Entre ellos figuraba la madre de dos de las víctimas María Josefa Montoya Barja, además de otros dos hijos suyos, Santiago Suárez Montoya e Inocencio Suárez Montoya. Uno de los lesionados, Emilio Suárez Romero, a quien acusaban de haber provocado el altercado que provocó la tragedia, se encontraba en estado muy grave por lo que la policía no pudo presentar declaración. Al parecer, su presencia en el campamento de Cerdeira fue lo que contribuyó a encrespar los ánimos de los allí residentes, puesto que era a él a quien acusaban de haber robado el caballo. Curiosamente, el animal que desató el sangriento litigio no pertenecía a ninguna de las dos familias implicadas en el mismo, ya que era propiedad de otra asentada en el campamento de Lobeira.

Hermetismo e impunidad

Pese al gran esfuerzo realizado por agentes de la guardia civil, no consiguieron que declarase ninguno de los miembros de los dos clanes involucrados en la riña tumultuaria, además de mostrarse remisos a facilitarles cualquier dato a los miembros de la benemérita sobre la misma. En sus declaraciones a medios de comunicación manifestaban que ellos sabían perfectamente que solución se iba a tomar, apelando a la autoridad que ejercían los líderes de los respectivos clanes sobre las comunidades de etnia gitanas allí asentadas.

Debido a la magnitud del suceso, así como a las repercusiones que pudiera tener en otros grupos de la misma etnia, la guardia civil multiplicaría sus efectivos a fin de evitar que se sucediesen nuevos incidentes. Entre los miembros de uno y otro clan se hacían encendidos llamamientos a la venganza sobre sus respectivos adversarios. «Quien mata tiene que morir» era la máxima que se escuchaba aquellos días a los componentes de los clanes enfrentados entre si. De la misma forma, ninguno de los heridos que se encontraban ingresados en distintos centros hospitalarios de la ciudad de Ourense facilitó dato alguno acerca de los sangrientos incidentes a las fuerzas del orden, aduciendo que se trataba de un asunto interno que deberían solventar los propios miembros la comunidad afectada. Unos y otros recibirían el explícito apoyo de otras personas con las que se encontraban emparentados y que procedían de distintos puntos de Galicia y Asturias, lo que hacía suponer a las fuerzas del orden que se recrudecerían los enfrentamientos en aquellas fechas.

Finalmente, la intervención del jefe de los gitanos gallegos Manuel Barja acabaría por tranquilizar los exaltados ánimos de unos y otros, consiguiendo por lo menos que no se reprodujesen nuevos altercados a la hora de los entierros de las víctimas. Para evitar que la tensión subiese todavía más, se tomó la decisión de dar sepultura a dos de los fallecidos en la localidad ourensá de Verín, en tanto que los restos mortales de los otros dos serían trasladados hasta Oviedo.

Curiosamente, una vez más, debido al hermetismo imperante y a una concepción completamente distinta de la ley y los hechos delictivos, no se tienen datos de detenciones ni tampoco mayores detalles acerca de como sucedieron aquellos trágicos acontecimientos, que quedarían circunscritos únicamente a la propia comunidad de etnia gitana, encargada de resolverlos como si fuese un ente autónomo y separado del resto de la sociedad en la que se integra.

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Seis muertos y cien heridos en la tragedia de «Conservas Peña»

Lata de productos «Peña»

Poco a poco el área más occidental de Galicia se iba enganchando al progreso de los nuevos tiempos en la década de los años sesenta del pasado siglo. Iba agrandándose así una enorme brecha que parecía pretender dividir al territorio gallego en dos mitades muy diferenciadas, tal cual fuese el estado alemán. Un área occidental próspera, cuanto más al sur más se hacía potente esa prosperidad, mientras que la oriental continuaba siendo un territorio pobre y atrasado. Además, al igual que sucedía con la distribución de la riqueza, en este caso las más meridionales y más al este eran las que se llevaban la peor parte.

En el entorno occidental gallego, concretamente al suroeste, habían florecido ya algunas industrias pesqueras que gozaban de un gran arraigo, que requerían de una gran mano de obra. A todo ello se añadía el hecho que muchas de estas empresas daban trabajo a centenares de mujeres, que se iban incorporando al mundo laboral en un tiempo en que desde la corriente más rancia del sistema se veía con muy malos ojos que las féminas se incorporasen al mundo laboral. Era frecuente que desde el oficialismo franquista se insistiese en que el papel de la mujer debía reducirse exclusivamente al hogar, cuidando de los muchos hijos que les rogaban que tuviesen. Sin embargo, ya había surgido una postura contestataria desde distintos sectores que abogaban por una lógica incorporación de la mujer al mundo laboral, pues solamente las mentes más obtusas seguían negando de forma irracional su capacidad para hacer frente a muchas de las más variadas tareas.

En una conocida empresa conservera gallega de la época, situada entre las localidades de Portonovo y Sanxenxo, que daba empleo a más de un centenar de trabajadores, se produciría un grave accidente, proseguido de una posterior explosión, que costaría la vida a un total de seis personas en la tarde del 17 de noviembre de 1962. Además, otras cien resultarían heridas de diversa consideración, entre los que se encontraba el propietario de dicha empresa, José Peña Oubiña.

Dos niños muertos

Entre los fallecidos en tan dramático siniestro se encontraban dos niños, que, en ese momento, se encontraban jugando con otros muchachos de sus misma edad mientras aguardaban por la llegada de sus respectivas progenitoras. Al parecer, la muerte les sobrevino al quedar sepultados en medio de los escombros y los cascotes que se habían producido como consecuencia de una infortunada explosión que tuvo su origen en la caldera. Los informes oficiales indicaban que el fogonero que estaba al tanto de esta última no se había percatado que la misma se encontraba vacía, por lo que aumentó su presión al volver de forma repentina el agua al recipiente. El encargado de la caldera fallecería prácticamente en el acto, además de quedar espantosamente mutilado su cadáver como consecuencia de la deflagración.

La empresa en su totalidad, que constaba de una sola nave, se vino abajo a raíz de la explosión en la que, además, resultarían heridos otros cien trabajadores de diversa consideración. Algunos de ellos presentaban un pronóstico muy grave, si bien es cierto que, por suerte, no hubo que lamentar más víctimas mortales. Todos los heridos serían atendidos en el Hospital Provincial, así como a otras clínicas de la ciudad del Lérez.

Las instalaciones de la conservera quedarían completamente destruidas e inservibles a causa de ese suceso que impactaría de sobremanera en todo el área geográfica de As Rías Baixas y en el resto de Galicia. En las horas posteriores al siniestro, tanto agentes de la Guardia Civil como grupos de personas que acudieron al auxilio de los heridos examinaron de forma muy rigurosa los escombros a los que había quedado reducida la antigua empresa por si hubiese quedado sepultado entre los mismos algún trabajador más. Por fortuna, no hubo que lamentar más víctimas mortales, que no fueron pocas.

Las pérdidas materiales se elevaban a varios millones de pesetas de la época, aunque pocos se pensaban a parar en eso, máxime cuando había sido un trágico accidente que había costado la vida a seis personas, entre los que se encontraban dos hijos de empleadas que esperaban a sus respectivas madres. Pese a todo, la actividad empresarial de José Peña Oubiña proseguiría su andadura, consolidando un emporio en su sector que harían de él uno de los empresarios más prósperos y acreditados del mundo conservero.

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Mata a su hija de cinco años y se suicida en A Coruña

Desgraciadamente, los casos en los que los niños se convierten en las víctimas colaterales de las disputas de las parejas se cuentan por decenas, cuando no son el principal objeto de litigio entre ambos cónyuges. Todos los años son asesinados miles de criaturas en todo el planeta debido a las diatribas existentes entre sus progenitores, incapaces de saldar de forma civilizada sus diferencias. La prensa es testigo de múltiples casos en los que impacta de sobremanera el crimen cometido sobre un inocente menor que sufre así directamente las consecuencias de un suceso que debería afectarles en un grado mínimo.

Un hecho de estas características acontecía en A Coruña el día 30 de mayo de 1993 en el que un padre José Regueiro Ortigueira daba muerte a su hija de cinco años, María Regueiro Parafita, para después suicidarse. El triste y desgraciado acontecimiento sobrecogería a una ciudad que todavía sentía muy de cerca otro crimen en el que poco más de un año antes había tenido como protagonista a otro menor, a quien había dado muerte una vecina suya, pasando a conocerse popularmente como «el crimen de la maleta», ya que había sido en un equipaje de estas características en el que la asesina había introducido el cuerpo de la víctima.

El autor del crimen y suicida regentaba un conocido negocio de hostelería, conocido como «Bar Kesington» en la calle Marqués de Figueroa de la ciudad herculina, muy cerca de su estación de ferrocarril. Prácticamente, desde que la criatura había venido al mundo, se había ocupado siempre de ella, pues se encontraba separado de su esposa. Sin embargo, se dice que como consecuencia de una sentencia judicial desfavorable acabaría provocando una trágica y cruel venganza en la persona de su hija de tan solo cinco años de edad.

«Cerrado por defunción»

Una empleada del local de hostelería que regentaba José Regueiro se vio profundamente sorprendida a primeras horas de la mañana del lunes, 31 de mayo de 1993, al encontrarse con un cartel en la puerta de entrada en el que podía leerse de forma sobreimpresionada «cerrado por defunción», lo que generaría la sorpresa y posterior preocupación de la mujer, que hasta ese momento desconocía lo que había sucedido. Enseguida avisaría a un hermano del propietario del bar, quien también ignoraba a lo que podría aludir el cartel en cuestión.

Ante las sospechas de que pudiese haber ocurrido alguna desgracia, el hermano de Regueiro Ortigueira abrió el local con las llaves que disponía del mismo para encontrarse con la trágica y dantesca escena del crimen. El dueño del local aparecería ahorcado con un cinturón de una bata que había anudado a una barandilla, en tanto que el pequeño cuerpo de su hija, que estaba recostado sobre una silla, presentaba síntomas de haber sido estrangulada con una cuerda.

Inmediatamente después de haber descubierto aquella brutal y desagradable escena se comenzaron a suceder distintas hipótesis y versiones sobre las causas que habrían llevado a José Regueiro a tomar tan dramática y cruel decisión. En un principio se hablaba de que este hombre se encontraría en una más que problemática situación económica que le habría empujado a matar a su hija para después suicidarse.

Pasadas las horas, comenzó a tomar cuerpo la tesis de que recientemente el asesino y suicida se habría visto privado de la patria potestad que ejercía sobre la pequeña, tras una denuncia presentada por su progenitora. Los tribunales habrían tomado la decisión de retirarle la custodia de la niña, de la que él se había encargado desde que era un bebé, con apenas tres meses de vida.

Independientemente de cuáles hubiesen sido los motivos que pesaron en la conciencia de José Regueiro Ortigueira, lo cierto es que nos encontramos una vez más con un ejercicio siniestro de la sinrazón realizado sobre víctimas inocentes que no entienden sobre decisiones judiciales ni tampoco de esas otras que muchas veces se ceban con sus vidas, tomadas por unos progenitores que no son capaces de razonar y comprender que los pequeños son seres de lo más absolutamente inocentes que se puedan imaginar.

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El trágico destino de «Pinturero», el torero paracaidista de Lugo

Luís Ríos Losada, «Pinturero»

De todos es sabido que el hecho de que haya un torero gallego, y más aún de la provincia de Lugo, es algo similar a encontrar petróleo en la ría del Eo. Si me apuran diría que es todavía más raro que una lluvia literal de billetes de 500 euros, sin exagerar ni un ápice. A lo largo de la historia solamente se conocen dos diestros en la historia de la provincia. El más célebre de todos fue Alfonso Cela Vieito, conocido como «Celita», el único matador gallego en tomar la alternativa. También se dedicarían al mundo del toreo tanto su hermano como su sobrino, que sería conocido como «Celita II», pero que no llegarían a tomar la alternativa. Todos ellos eran oriundos de la localidad de Carracedo, en el municipio lucense de Láncara, del mismo de dónde procede toda la estirpe del desaparecido dictador cubano Fidel Castro. «Celita» fallecería en 1932 a la temprana edad de 47 años.

Diez años después del óbito del torero lancarino, nacería en el lucense barrio del Carmen, Luis Ríos Losada, quien vino al mundo un día de San Fermín del año 1942, en plena Posguerra, pareciendo un presagio del destino que le invitaba a vestir el traje de luces. Tal vez el hecho de nacer en un tiempo en el que el precio de las cosas se cobraban con el popular «patacón» hicieron que «Pinturero» pensase que a él el hambre, como a casi todos los de su generación, también les corneaba, y muy duro, en una época en la que nadie se preguntaba qué iba a comer, sino si iba a comer, algo que es completamente distinto.

En ese ambiente de un popular barrio lucense es en el que transcurre la dura infancia y posterior juventud de Luis Ríos, quien en la década de los sesenta tratará de hacerse un hueco en el siempre difícil y controvertido mundo de los toros en el que estaba todo o casi todo inventado. Por aquel entonces triunfaba un diestro andaluz Manuel Benítez, conocido popularmente como «El Cordobés», quien había sacado de quicio a los más ortodoxos del mundo de la tauromaquia, con un nuevo estilo impregnado de unas nuevas maneras que eran vistas como una violación de los principios más tradicionales de los toros, quienes suelen anidar en el graderío número 7 de los principales cosos del país, provistos de su inefable habano en los labios, en tanto que en el fondo luce un impresionante y sobrio cartel publicitario pintado en enormes letras teñidas de un rojo chillón, que parece invitar a sangre, en las que puede leerse un anuncio de «González&Byas». Sin más.

Para triunfar en las plazas de toros, debe hacer algo diferente hasta lo que ahora han visto los entendidos aficionados que en las soleadas tardes de verano las abarrotan, bajo un calor de justicia que tratan de aliviar con un abanico en el que se luce una tradicional estampa española. A Luis Ríos, que será conocido como «Pinturero», no se le ocurre mejor cosa que lidiar aquellos impresionantes morlacos de las distintas ganaderías más conocidas del país descendiendo en paracaídas, lo que, además de muy arriesgado, no deja de ser una revolucionaria innovación en el siempre riguroso, clásico e integrista mundo taurino, mucho más arriesgado si cabe que el famoso «salto de la rana», que tan popular hiciera al diestro Manuel Benítez, siendo calificado por los más ortodoxos como de payaso.

Debut en Monforte de Lemos

El 25 de julio de 1966, día de Galicia aunque por aquel entonces se celebraba el día de Santiago Apóstol Patrón de España, se organiza una becerrada en Monforte de Lemos, dándose cita algunos diestros de la época, aunque son todos espadas de segunda fila. Entre ellos se cita «Celita II», el sobrino del único matador gallego que había tomado la alternativa. Pese a todo, las críticas sobre aquel espectáculo taurino en una improvisada plaza de toros son muy buenas y todos los participantes se hacen acreedores a los máximos galardones que concede el tribunal, a quien se le nota cierta manga ancha con los diestros.

Dónde se efectuará su verdadero bautismo taurino será en la plaza de toros de Getafe, en Madrid. Luis Ríos, que había aprendido a lanzarse en paracaídas en la Escuela de Alcantarilla, en Murcia, dónde había llegado incluso a ser instructor de vuelo, se verá abocado a un pequeño fracaso ante miles de aficionados, que se frustran al ver cómo una impresionante ráfaga de viento se lleva de sus ojos al torero gallego, quien cae sobre un descampado. Aún así, perseguido por una nube de jóvenes muchachos, que caminan haciéndole compañía al tiempo que le vitorean y tratan de consolarle, en su marcha hasta el coso getafense. Pone más voluntad y tesón que arte, pues el toro le derriba diez veces, aunque terminará matándolo.

Empeño no le faltaba al torero lucense, quien conocerá a un empresario colombiano en Salamanca, Roger Alan, quien no duda en augurarle un extraordinario éxito en su país. Tras un penoso viaje, en el que transporta los útiles de su profesión, entre los que se encuentran distintas herramientas de arreglar máquinas de escribir, llegaría por fin a su cita americana en la que se le prometía cobrar una suculenta suma de dinero para aquellos tiempos. Nada más y nada menos que 3.500 pesos colombianos, unos 300 euros actuales o lo que es lo mismo 50.000 pesetas de la época en la que ganar mil pesetas mensuales para cualquier ciudadano era todo un reto.

Muerte en Cartagena de Indias

En la plaza de toros de La Serrezuela, en Cartagena de Indias, todo está previsto para que aquel domingo 18 de diciembre de 1966 Luis Ríos descienda de la avioneta a la que se ha subido para lanzarse al coso provisto de su muleta y así enfrentarse al correspondiente toro. La expectación es máxima y lo que se había previsto como una corrida familiar se convierte en un singular festejo que será relatado por todos los periódicos locales de la época.

Sin embargo, algo sale mal en su descenso ante la afición colombiana, al igual que había acontecido en Getafe. «Pinturero» se lanza sobre el coso cartagenero desde 2.000 metros de altura. A 400 acciona su paracaídas, pero de nuevo se encontrará en su contra con un viento del noroeste que le aleja de su objetivo. Para descender con más rapidez, se ha calzado unas pesadas botas, que van a resultar determinantes en su trágica suerte. Los miles de espectadores que abarrotan la plaza colombiana contemplan estupefactos como el torero desaparece de sus visitas. La fatalidad hace que «Pinturero» vaya a caer al mar Caribe en el que se ahogará, tal vez debido al peso de su equipaje, así como también por rehusar la utilización de salvavidas.

Un marinero, que le ha visto caer en las aguas del mar, tratará de ayudarle, pero Luis Ríos se ha enredado en el paracaídas, a lo que se une su escasa pericia en las aguas, que no son precisamente el cielo que el domina perfectamente. Su cadáver será recuperado inmediatamente, una vez que el mar lo ha escupido a las orillas de aquella playa a la que unos siglos antes habían arribado los conquistadores españoles. En ella se desvanecía el sueño de un peculiar personaje de la historia de Galicia, quien permanecerá sepultado en tierras sudamericanas durante 16 años, hasta que en 1982 son repatriados sus restos mortales al cementerio de San Froilán, en su ciudad natal de Lugo.

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21 muertos en la tragedia aérea de «La Mujer Muerta»

Restos del avión siniestrado en el pico de «La Mujer Muerta»

En los años cincuenta del pasado siglo el mero hecho de volar representaba todavía una gran aventura, además de estar al alcance de muy pocos bolsillos. Se sucedían todavía, de cuando en vez, las catástrofes aéreas que dejaban siempre tras de si un reguero innumerable de víctimas mortales, a lo que se sumaban otras circunstancias, tales como la incertidumbre de cómo habrían fallecido los pasajeros. Eran muchos los que todavía consideraban al avión como un medio de transporte muy inseguro, pese a que las estadísticas ya reflejaban que el número de siniestros era, porcentualmente, muy inferior a los accidentes de automóvil. A todo ello, se unía también una cierta espectacularidad de cada tragedia aérea, que solía ilustrar las primeras páginas de los distintos rotativos de la época, siendo muy significativa la ocurrida con el equipo de fútbol del Manchester United, que perdería a una gran parte de sus efectivos en el accidente del Munich del año 1958.

En el mismo año que tuvo lugar la tragedia de Munich, se produjo una de similares características en la sierra segoviana conocida como «La Mujer Muerta», así denominada por imitar la orografía en sus formas un cuerpo humano femenino. El día 4 de diciembre de 1958, cuando pasaban algunos minutos de las cinco y media de la tarde, desde las distintas torres de control, perdieron las señales del avión cuatrimotor «Languedoc» perteneciente a la compañía aérea AVIACO, que cubría el trayecto entre el puerto vigués de Peinador, desde dónde había despegado a las cinco menos cuarto de la tarde, y el madrileño de Barajas. La última comunicación que se había tenido con la aeronave se había producido en el momento en que esta sobrevolaba la provincia de Salamanca.

Incertidumbre y misterio

Desde la pérdida de la comunicación del avión con las distintas bases aéreas, se inició un período de gran incertidumbre a tenor de la suerte que podrían haber corrido los pasajeros que iban a bordo de aquel avión, aunque todos se imaginaban que podría haber sucedido lo peor. La aeronave había presentado ya algunos problemas antes de aterrizar en Galicia, en el viaje de ida, ya que no pudo hacerlo en el aeropuerto del sur, debiendo hacerlo en el de Santiago de Compostela. A todo ello se unían las advertencias que habían hecho los comandantes del avión, quienes habían apercibido a los pasajeros de las dificultades que presentaba, máxime cuando ellos mismos eran conocedores de las dificultades a las que se enfrentaban con la meteorología adversa. Era prácticamente el triste presagio de un accidente anunciado.

Durante dos días, los españoles de la época tuvieron el alma en vilo, al no tener noticia alguna de aquel avión, cuyos restos serían encontrados por un mozo que se dedicaba al pastoreo de rebaños de cabras y ovejas, Luciano Otero, quien se convertiría en testigo de excepción del dramático suceso. A lo largo del tiempo en que estuvo desaparecido, los investigadores no habían podido acceder al lugar del siniestro, debido a las adversas condiciones meteorológicas, a las que se responsabilizaría directamente de aquel trágico siniestro. En aquellos días, además de la densa niebla que cubría todo el área montañosa, se sumaban también las constantes tormentas de nieve que se sucedían y que hacían imposible acceder al lugar en el que se encontraba el aparato siniestrado, además de desconocerse sus coordenadas.

Al parecer, el accidente se produjo debido a que el piloto, José Calvo, un profesional muy experimentado, se vio obligado a descender de forma extrema la aeronave hasta los 1.200 metros, no contando que había alguna altitud en la sierra segoviana que superaba esa altura. Una de ellas era el pico de Pasapán, en el terreno conocido como La Mujer Muerta, contra el que impactaría la aeronave, pereciendo prácticamente en el acto todos sus pasajeros. Un total de 17 morirían como consecuencia de la explosión y posterior incendio del avión, en tanto que tres de ellos salieron despedidos desde la cabina de mandos, entre ellos una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, que iba al cargo de dos niñas pequeñas, de nueve y diez años respectivamente, a quienes sus padres, que eran de Pontevedra, esperaban en el aeropuerto madrileño de Barajas.

Tras días de intensa búsqueda, en los que no se escatimaron todo tipo de esfuerzos movilizando a centenares de personas, personal del ejército incluido, por fin serían hallados los restos del avión, convertido en un impresionante amasijo de hierros, muchos de ellos completamente chamuscados, a consecuencia del incendio posterior al impacto contra el macizo rocoso. Asimismo serían encontrados los cuerpos de la totalidad del pasaje, que eran mayoritariamente gallegos. Entre los fallecidos en este siniestro se encontraban los marqueses de Leis, el ex alcalde de Sanxenxo y el ex futbolista del Celta de Vigo, Ramiro Paredes, conocido deportivamente como «Pareditas».

El misterio de la azafata

Al gran misterio suscitado por la desaparición del avión, se sumó en esta ocasión el de una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, originaria de Barcelona, que era hija única y que se terminaría convirtiendo en una especie de mito de esta tragedia. Al parecer, su cuerpo era uno de los tres que habían salido despedidos del avión, apareciendo recostado sobre un peñasco a cierta distancia de dónde había aparecido el amasijo de hierros a los que había sido reducido el avión.

En un principio, a raíz de las condiciones en las que se produjo el hallazgo de su cuerpo, se especuló con la posibilidad de que esta mujer hubiese sobrevivido al siniestro y que, dadas las dificultades que entrañaban las labores de rescate, hubiese perecido como consecuencia del frío, ya que en aquellos días la climatología era el principal enemigo a batir. A todo ello se añadía también que, según algunos comentarios, a su lado se habría encontrado un paraguas, con el que trataría de protegerse de las fuertes tormentas de agua y nieve que se estaban sufriendo en aquellas jornadas. Sin embargo, nada de esto resultó ser cierto y lo más probable es que la azafata hubiese muerto como consecuencia del impacto al salir despedida de la aeronave. Incluso, con relación a la suerte que pudo haber corrido, se escribieron algunas obras literarias, así como también se hicieron algunos documentales, lo que la convertiría en una heroína anónima, aunque tan solo fuese por cuestión del azar.

Lo que si se encontró en medio de la nieve fue una gran cantidad de marisco, cuyo destino era Madrid, ya que se encontraban a las puertas las fiestas navideñas. Así lo relató Luciano Otero, el testigo de excepción de aquel trágico siniestro. Por haber dado conocimiento del suceso a las autoridades, este hombre sería galardonado con un diploma, un mes de permiso cuando se incorporase al servicio militar y mil pesetas de la época, eso si con la correspondiente retención por parte de Hacienda. Y es que menos da una piedra. Además, el pobre Luciano, tal y como relató muchas veces, vivió a lo largo de su vida con el triste recuerdo del drama acontecido en las montañas castellanas, con lo que llevar a pastar su ganado ovino y caprino hasta aquellos lares dejó de ser lo mismo. No era para menos.

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Mata a un hombre por encargo en Campo Lameiro (Pontevedra)

Pallozas históricas de Campo Lameiro

De todos es sabido que los tiempos de la Posguerra, principalmente aquellos más inmediatos a la conclusión del conflicto fueron los peores años de la historia contemporánea de España. En Galicia serían conocidos como «os anos da fame». Una gran parte de la población española de la época carecía del más elemental sustento, a lo que se sumaba una creciente especulación con los precios de los artículos de primera necesidad provocada por el mercado negro, popularmente conocido como estraperlo. Nadie se escapaba a los terribles y temibles efectos de una economía en retroceso, a la que se añadía un conflicto mundial que se libraba a tan solo unos kilómetros de los Pirineos.

Pese a que se vivía en una férrea y cruel dictadura, en la que supuestamente no se movía nadie, no dejaban de sucederse algunos episodios sangrientos, que, en muchos casos, llevaban a sus autores al patíbulo. Sin embargo, esto último no era óbice para que hubiese personajes que traspasasen esa temida línea roja, que podía significar la condena a muerte, produciéndose algún que otro hecho siniestro.

Ese fue el caso de un crimen ocurrido en la localidad de Campo Lameiro, en el interior de la provincia de Pontevedra, un municipio colindante con el de A Estrada, que es el más significativo de cuantos le rodean. Este suceso, ocurrido el 23 de febrero de 1943, tardaría hasta diez años en ser resuelto por parte de los investigadores, debido a que a lo largo de ese período de tiempo estuvo rodeado de un cierto halo de misterio. Tal vez el hecho de que fuese descubierto con una década de retraso salvó a su autor de morir en el garrote vil, debido a que en ese tiempo se realizaron algunas modificaciones en el código penal, entre ellas la de que todos los casos de homicidio fuesen juzgados bajo jurisdicción militar. Desde 1950, esa competencia quedó exclusivamente reservada a los tribunales ordinarios, en tanto que los castrenses entenderían únicamente de lo que acontecía en el estamento estrictamente militar.

Desavenencias

En Campo Lameiro eran conocidas las desavenencias entre una sobrina, María Adelia Rodríguez Peña y su tío Jesús Rodríguez Castro. Las mismas podrían estar motivadas por cuestiones de carácter patrimonial, ya que, al parecer, este último no habría legado bien alguno a su familiar o, cuando menos, no tenía la intención de testar a su favor. Para evitar que esto se produjese, la mujer contrató los servicios de un tercero, Edelmiro Peña Torres, para que diese muerte a su tío.

Este último recibió la nada despreciable cantidad de 500 pesetas por acabar con la vida del ascendiente de María Adelia Peña. Lo hizo de una forma que se puede considerar tradicional en Galicia, ya que para ello utilizó una azada con la que asesinó al pobre hombre, quien vivía solo. Su cuerpo inerte sería descubierto por los vecinos, pero jamás pudieron imaginar quien podría estar detrás de aquel crimen. Ni mucho menos se les pasaba por su mente que el autor actuase bajo la motivación de una recompensa económica.

En un principio se investigó a varios vecinos de la zona, que resultaron ser todos inocentes. Tardarían casi diez años para encontrar una pista fiable que llevase a los investigadores a dar con el presunto autor. Se dice que alguien sospechaba de Edelmiro Peña, quien mantendría una estrecha amistad con la instigadora del asesinato. A todo ello se sumaban las desavenencias que mantenían María Adelía y Jesús Castro, que estaban en boca de todos los vecinos.

Sea como fuere, lo cierto es que a finales del año 1952 fue detenido el autor del crimen, quien, en un primer momento, se confesó autor del asesinato por el que estaba siendo investigado. Sin embargo, en el transcurso del juicio que se celebró en su contra, en el mes de marzo del año 1953, negaría en todo momento los hechos que se le imputaban. Declararía que si se reconoció el crimen era porque había perdido la razón. De la misma forma, también María Adelia Rodríguez negaría cualquier relación con el crimen que, diez años antes, había conmocionado a la pequeña localidad de Campo Lameiro.

Sin embargo, de nada les sirvieron sus evasivas, ya que ambos individuos serían condenados por la Audiencia Provincial de Pontevedra, en sentencia firme, a la pena de 30 años de reclusión mayor. Además, deberían indemnizar a los familiares de la víctima, de forma conjunta y solidaria, con la cantidad de 25.000 pesetas, además de tener que hacerle frente a las costas procesales.

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Doce niños muertos en un accidente de autobús escolar

Funeral por los niños fallecidos en Vilamartín de Valdeorras

En el año 1977 a España había llegado una incipiente democracia que prometía muchas cosas de las que se había visto privado el país a lo largo de más de cuatro décadas. La principal era la libertad que había estado secuestrada por una larga y longeva dictadura, la última que quedaba en Europa occidental, que parecía haberse eternizado. Pero, los vientos de cambio llegaron, con retraso, pero al fin y al cabo las nuevas generaciones de españoles iban a poder vivir en paz y libertad, liberados ya del viejo yugo al que habían permanecido unidos durante 40 años.

Aquellos vientos de libertad se dejaron sentir en Galicia en aspectos tan fundamentales como su lengua vernácula, que había sido vilipendiada, humillada y hasta relegada a un segundo término con menosprecios tales como que se trataba de una forma de expresión desacreditada que solamente empleaban los ignorantes. El idioma gallego era muy mayoritario en la Galicia de la época, especialmente en el mundo rural en el que, en cifras porcentuales, el número de castellanohablantes no llegaba al uno por ciento en los cálculos más optimistas. Incluso los más jóvenes aprendían la lengua de sus padres y abuelos, pese a que todavía no se enseñaba en las escuelas.

Los centros escolares gallegos a lo largo de su historia, principalmente los radicados en sus extensas áreas rurales, siempre han sido motivo de alguna discordia, ya bien sea por el transporte escolar o el comedor de los pequeños, que dificultaba enormemente la conciliación de las vidas de sus respectivos progenitores. Así sucedía en la comarca ourensá de Valdeorras en el año 1977. Los niños del término municipal de Villamartín de Valdeorras se veían obligados a trasladarse todos los días a la vecina localidad de A Rúa para poder ser escolarizados, haciendo cuatro viajes de ida y vuelta desde sus centros académicos hasta sus respectivos domicilios, pese a la oposición que tiempo atrás habían ejercido sus familias con respecto al cierre del colegio en el que recibían la educación primaria.

Desnivel de 50 metros

Lo que nadie podía imaginar en Vilamartín de Valdeorras es que el cierre de sus instalaciones escolares iría aparejado a la peor tragedia que vivió la comarca a lo largo de la historia. Así sucedería a primeras horas de la tarde del 19 de abril de 1977 cuando un autobús, que había recogido a los niños después del almuerzo que habían hecho en sus respectivos domicilios, se precipitó desde un desnivel de 30 metros de altitud, cayendo desde la carretera nacional Logroño-Vigo a la vía del tren. A consecuencia de este trágico siniestro fallecerían doce niños, con edades comprendidas entre los seis y los 14 años, muchos de los cuales perecerían atrapados bajo los hierros de aquel mortal autocar en el que viajaban hasta un total de 40 chavales. También perdió la vida en este suceso el conductor del vehículo, Manuel González Pérez. El siniestro tuvo lugar a tan solo dos kilómetros del casco urbano del término municipal de A Rúa. Como dato anecdótico, cabe reseñar que perdieron la vida dos hermanos gemelos.

Además de los trece fallecidos, hubo que lamentar casi dos decenas de heridos de diversa consideración, siendo trasladados un total de once muchachos serían trasladados hasta un centro sanitario de Ponferrada, en la provincia de León, mientras que otros nueve lo fueron hasta la ciudad de Ourense. Una vez más, como en muchas otras, fue muy decisiva la actitud de los vecinos del lugar dónde se produjo el accidente, que utilizaron todo tipo de herramientas y vehículos que disponían para poder socorrer a los damnificados. Se calcula que se movilizaron un total de 300 coches particulares para ayudar en las tareas de socorro. Quienes llevaron la mejor parte en este desgraciado siniestro fueron aquellos que salieron despedidos del autobús, mientras que la peor fue para los que quedaron atrapados entre los hierros del mismo, que fue donde se localizaron la práctica totalidad de los cuerpos de los niños muertos.

La causa del accidente parece ser que estuvo motivada por la rotura de una mangueta de una rueda del eje delantero, que provocó que el viejo autobús, perteneciente a la empresa Trives, chocase contra un pretil y posteriormente se precipitase por el desnivel. Casi siempre que se producía un siniestro de estas características era achacado al factor humano. Sin embargo, las empresas concesionarias del transporte escolar dedicaban sus autobuses más antiguos y en peor estado, como era este caso, al traslado de los más pequeños. El autocar tenía ya más de 20 años de antigüedad, ya que su matrícula databa de la década de los años cincuenta del pasado siglo. Los restos del vehículo permanecieron allí depositados a lo largo de más de 30 años, hasta que los vecinos decidieron tomar medidas después de que se hartasen de solicitarlo a las distintas instituciones.

Consternación e indignación

El suceso consternaría de sobremanera a la Galicia de la época. Prueba de ello sería los miles de personas que se congregarían en los multitudinarios funerales que se celebraron por los muchachos fallecidos en la principal plaza de la localidad de Vilamartín de Valdeorras. Cuentan los supervivientes de esta tragedia que la misma se notaría de forma notable en el pueblo, que perdía a 12 muchachos en una época en la que comenzaba un imparable descenso demográfico en la Galicia más rural. Esta localidad era un buen ejemplo de ello.

Pero no era solo la consternación la que se había apoderado de los vecinos de la comarca de Valdeorras. También eran presa de una extraordinaria indignación por la carencia de soluciones al problema educativo, al que se consideró como causante directo de este siniestro. Hacía algún tiempo había cerrado sus puertas el único centro escolar que existía en la localidad de Villamartín de Valdeorras, lo que había originado infinidad de protestas, habiendo tenido que intervenir efectivos de la guardia civil cuando se procedía a la retirada del material escolar de su interior. Además, los críos tenían que hacer unas insufribles jornadas escolares haciendo dos interminables rutas diarias de ida y vuelta, al carecer del derecho al comedor escolar.

Posteriormente, en el año 1979 reabriría de nuevo sus puertas el colegio de educación primaria de Vilamartín de Valdeorras para que las nuevas generaciones de escolares no sufriesen los mismos efectos de las jornadas escolares de las antiguas, además de evitar que los muchachos fuesen víctimas de nuevos accidentes. Nunca es tarde, pero para aquellos pobres chavales, fallecidos hace ya 42 años, lo fue demasiado cuando, en teoría, se les aventuraba toda una vida por delante.

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«Toribio», el último bandolero o el primer antihéroe

Mamed Casanova, «Toribio» en su estancia en la cárcel

Es difícil escribir sobre un hombre sobre el que se han vertido ríos de tinta, principalmente en los primeros años del siglo XX, en el que la prensa lo dibujaba como un siniestro y cruel personaje, capaz de cometer cualquier atrocidad, por sacrílega que fuese. Sus andanzas serían descritas por el mismísimo Ramón María del Valle Inclán en diversos artículos periodísticos de la época. Su personalidad no ha sido estudiada todo lo que requiriese un personaje de sus características. Algunos lo pintan como un bandolero romántico similar al célebre Luis Candelas o Juan Mingolla «Pasos Largos», pero dista mucho de ambos, dado que su actividad criminal fue completamente distinta y con objetivos radicalmente opuestos.

Mamed Casanova nació el 15 de febrero de 1882 en la pequeña aldea de Grañas do Sor, en el municipio coruñés de Mañón, muy cerca de la ría de O Barqueiro y Estaca de Bares, limítrofe en el litoral norte con la provincia de Lugo. Se sabe que fue hijo natural de María Casanova, quien sería su madre soltera. Su paternidad se le atribuye a un miembro de la familia de los Balseiros, con antepasados muy turbulentos, conocidos con el sobrenombre de «Los Cazurros», uno de los cuales moriría ahorcado en Ferrol.

Su primer apodo fue «O Rego», que pronto se cambiaría por el de «Toribio» con el que alcanzaría una dimensión prácticamente universal. En su infancia se crío con su madre y una hermana, empezando a trabajar muy pronto en la forja del maestro herrero Julio Rey, quien lo despediría cuando se percató del futuro que albergaba Mamed Casanova. Su esposa sería una de sus primeras víctimas, ya que le sustrajo un par de pendientes de plata, motivo este que provocó el despido de su primer empleo. Posteriormente, montaría su propio taller, pero con escaso éxito, ya que pronto cerraría las puertas.

Ratero

La carrera delictiva de Mamed Casanova se inició muy pronto, cuando apenas contaba quince años de edad. Además de robar en la forja en la que trabajaba, en diciembre de 1897 entraría en la vivienda deshabitada de un vecino suyo para apoderarse de 13 botellas de aguardiente. Fue el primer acto delictivo de una larga carrera que prometía, y nunca mejor dicho. A partir de este instante se hará amigo inseparable de José María Rego, conocido con el sobrenombre de Fondón, con el que perpetrará infinidad de pequeños robos por los que irá pasando en sucesivas ocasiones por distintos correccionales de la época, mientras que su amigo ingresará en prisión. Toribio es menor de edad, razón por la que no va a la cárcel.

Además de ser ya un consumado ratero y experto en todas las artes del robo, Mamed Casanova destacará por su especial fuerza física, pues en uno de los típicos bailes que se celebraban en aquella época mantendrá un enfrentamiento con un conocido matón, al que proporcionará una impresionante tunda a golpes y patadas. De la misma forma, también será objeto de su incontenida ira un albañil que le reprende por su actitud violenta, quien sufriría el resto de su vida una importante minusvalía a consecuencia de las lesiones que le provocó el ya popular Toribio.

Será a partir de esas acometidas que efectúa en los múltiples altercados e incidentes de los que es protagonista principal de donde le provenga el sobrenombre por el que pasará a la historia. Dice de él el sacerdote e historiador gallego Enrique Chao Espina(1908-1989) que poseía una fuerza casi hercúlea, logrando romper en alguna ocasión las esposas y grilletes con los que se sujetaban sus manos, aspecto este del que también informa la prensa de su tiempo. A todo eso se añadía su agilidad, más propia de un deportista que de un vulgar ratero, a lo que habría que sumar su gallardía y valentía, muchas veces rayana con la más absoluta de las temeridades.

Las galas del difunto

Una de las aventuras protagonizadas por el célebre delincuente gallego serviría de inspiración para una conocidísima obra teatral del no menos célebre dramaturgo gallego, Ramón María del Valle Inclán. Por aquel entonces, a comienzos del pasado siglo, era muy frecuente que los gallegos viajasen a tierras americanas en busca de esa preciada fortuna que les negaba la tierra que los había visto nacer. Uno de ellos, Fernando López, era un rico indiano que había regresado de La Habana, falleciendo mientras disfrutaba de algún tiempo en su tierra natal. El emigrante fue enterrado con un lujoso traje de cachemira de Cuba, así como también luciendo un anillo de oro, además de disponer ya de una dentadura elaborada con el mismo metal. Enterado el famoso delincuente de todas estas circunstancias, no se ruborizó lo más mínimo en dirigirse una noche al cementerio de Grañas do Sor para cometer un sacrílego acto profanando la tumba en la que había recibido sepultura el infortunado indiano. Se apoderó del traje que lucía, así como también de su anillo. No contentó con eso, también extrajo algunos dientes de oro de la boca del cadáver.

La magnánima fechoría sería descubierta al presentarse Toribio en un baile luciendo de forma ostentosa el traje que había sustraído del cementerio, así como el anillo que llevaba el desaparecido emigrante. A raíz de este hecho, Mamed Casanova daría por vez primera con sus huesos en la cárcel siendo condenado a seis meses de arresto mayor y hacer frente a una multa de 60 pesetas, una elevada cantidad para la época en la que el dinero era un bien muy escaso.

El crimen de Grañas do Sor

Uno de los hechos más funestos en la biografía de este singular personaje fue sin lugar a dudas el asalto en el que participó a la casa rectoral de su parroquia natal, Grañas do Sor. En aquel entonces uno de los principales objetivos de las bandas de ladrones y rateros solían ser las viviendas destinadas a los sacerdotes, quienes tenían fama de poseer grandes patrimonios, así como importantes cantidades de dinero en efectivo. Hacia su casa se dirige la banda que lidera el ínclito Toribio el 24 de noviembre del año 1900 que la integran cinco hombres entre los que se encuentran otro conocido delincuente de la época, Lorenzo Balseiro y otro que es conocido por su apellido, Piñeiro.

En su asalto obtendrán un considerable botín, nada más y nada menos que 2.000 pesetas, toda una fortuna para aquel tiempo. Sin embargo, sus malos cálculos les obligaron a dejar una víctima mortal en el camino, Manuela Domínguez, la criada que trabajaba en la casa del sacerdote, quien moriría a consecuencia de un disparo de escopeta. Mientras, el religioso consigue escapar. La muerte de la mujer vino motivada para evitar posibles testigos de su asalto, pero estaban equivocados. Detrás de unas tablas se había escondido el hijo de la criada, un niño de apenas nueve o diez años de edad, quien iba a ser la persona clave para resolver este crimen y acusar posteriormente a Mamed Casanova de ser el responsable directo de la muerte de Manuela, circunstancia que hoy en día es puesta en tela de juicio por muchos estudiosos de la vida de Toribio.

Debido a que han sido divisados por un testigo que ellos no han sido capaces de localizar, de inmediato comienza la búsqueda de los autores del brutal crimen que conmociona a toda la comarca. En un primer momento se detiene a Lorenzo Balseiro y a José Secundino Pedre, mientras que Mamed Casanova resistirá en diversas ocasiones las embestidas de la guardia civil, con la que mantendrá distintos tiroteos, en uno de los cuales hiere de cierta gravedad a un agente. Es ahí dónde se inicia su mítica leyenda, que no duda en calificarle de ser un magnífico tirador, además de lograr escabullirse de cuantas batidas se hacen contra él. Sin embargo, algunos meses más tarde, un miembro de la benemérita logra herirle de un certero disparo que le impide proseguir su marcha, siendo detenido y encarcelado en Ortigueira.

En la cárcel demostrará de nuevo sus habilidades escurridizas, logrando huir de la misma el 30 de agosto de 1902. Primero engatusa con un engaño a un funcionario apellidado Dopico a quien le propina un fuerte golpe con un hierro de un camastro que le deja inconsciente. Pero su aventura no termina ahí. A la salida de la prisión se enfrenta con el guardia de la misma, Sebastián Muíño a quien derriba propinándole también un fuerte golpe en la cabeza. Estos hechos no hacen más que agrandar su magnánima leyenda.

Sobrevivirá durante algún tiempo, ocultándose en los montes y montañas gallegas, así como en el extenso rural en el que cuenta con una importante red de colaboradores, algunos de ellos a consecuencia del temor que infundía Toribio, otros por la simpatía que les despertaba. Durante este período efectúa una serie de pequeños robos, mientras se desarrolla el juicio contra los miembros de su banda. Al menos, esos hurtos son atribuidos a Mamed Casanova, aunque algunos de ellos es dudosa su autoría.

Captura definitiva y juicio

Para capturar a Toribio hubo que recurrir a algún ardid con cierta picaresca, dado lo escurridizo que era. Mamed Casanova solía mantener buenas relaciones con los curas rurales gallegos de la época, que eran todas unas autoridades. Uno de estos sacerdotes con los que gozaba de una excelente amistad era el párroco de O Freixo, parroquia perteneciente al municipio coruñés de As Pontes, muy próximo al área de actuación del célebre forajido. El religioso Antonio Prieto Poupariña, que había nacido en la localidad lucense de Vilalba, le invitó a comer a su casa el 14 de enero de 1903 con la condición de que ambos estuviesen desarmados. Así fue. Con lo que no contaba Toribio es que esa invitación estaba envenenada, pues una sobrina del párroco avisó a los agentes de la guardia civil de la presencia de Mamed Casanova en la rectoral. Uno se acercó por sorpresa con una escopeta en la mano y disparó a quemarropa sobre el célebre delincuente gallego, ocasionándole una herida de gravedad, que a punto está de costarle la vida. Su imagen, en unas parihuelas mientras es conducido a un centro sanitario en el que estará fuertemente custodiado dará la vuelta a España y no solo eso. Pues Toribio será portada de algunos medios de comunicación extranjeros, alguno de los cuales llega a compararlo con un célebre forajido mafioso italiano, por su capacidad para esquivar los envites a los que lo había sometido la guardia civil.

Al recuperarse es enviado de nuevo a prisión. Para reducirle en sus constantes acometidas, es custodiado por un conocido carcelero gallego de la época Hilario Rico, un hombre robusto y de complexión fuerte, que se las verá y deseará para enfrentarse a un siempre combativo Mamed Casanova, quien ni en sus peores momentos dará nunca el brazo a torcer, pese a que hay siempre agentes de la guardia civil cerca de él, con la orden expresa de dispararle si intenta la huida.

El juicio en su contra, además de otros pendientes, entre los que se encuentra uno relativo a su fuga de prisión se inician el 15 de diciembre de 1903. Mamed Casanova se enfrenta a muchos cargos, pero el más importante de todos es el de asesinato, ya que se le acusa de ser el autor material de Manuela Domínguez. En esta ocasión, ya de nada le valdrá su valentía y hombría demostrada años atrás en sus envites con las fuerzas del orden. La Audiencia Provincial de A Coruña lo sentenciará a pena de muerte el 22 de diciembre de 1903, que será ratificada posteriormente por el Tribunal Supremo. Cuando todo parecía que el famoso forajido gallego iba a terminar con sus huesos en el garrote vil, su madre conseguiría lo que parecía inevitable. Durante una visita del rey Alfonso XIII a La Coruña, se postraría de rodillas ante el monarca suplicando clemencia para su hijo. Ante esta conmovedora escena, el entonces Jefe del Estado se apiadó de su progenitora y accedió al indulto, siendo sustituida la pena capital por la de reclusión perpetua.

Cárcel y final

Como no podía ser de otra manera, en la cárcel Mamed Casanova se convertirá en un importante activista que reclama mejores condiciones para los presos y condenados, siendo protagonista de diversos incidentes y motines. En su estancia en prisión será diagnosticado de una curiosa patología queromanía, que es una dolencia caracterizada, al parecer, por poseer una excesiva alegría. Además, en ella, a diferencia de lo que se ha sostenido muchas veces de forma errónea, dará talla de una importante capacidad intelectual, al demostrar grandes conocimientos sobre geografía, historia y matemáticas.

En 1911 solicitará a través de una carta una entrevista con el capitán general de la zona Marítima del Cantábrico, con base en Ferrol, en la que quería darle cuenta de su proyecto para hacer mejores cañones para la Armada. Como es obvio, nadie le hizo caso, pues se suponía que Toribio tenía ya sus facultades mentales demasiado alteradas. En aquel entonces se encontraba cumpliendo su pena en el castillo de San Antón, en la ciudad herculina.

No hay un acuerdo unánime relativo a su abandono definitivo de la cárcel. Algunos autores, entre ellos el periodista coruñés Juan Naya, quien señala que Mamed Casanova abandonaría definitivamente la prisión en el año 1926, en tanto que otros lo sitúan en 1931, coincidiendo con la proclamación de la IIª República española. Sea como fuere, lo cierto es que el mito de Toribio había iniciado ya su declive definitivo y en nada recordaba al célebre delincuente de los primeros años de la última centuria del segundo milenio.

Poco o muy poco se conoce de que le sucedió en los últimos años de su vida. Se sabe que regresó a su aldea natal, Grañas do Sor, pero ya jamás volvería a retomar sus antiguos pasos. Asimismo, se decía también que era frecuente verlo por A Coruña mendigando, con un aspecto complemente deshilachado y con un caminar torpe y renqueante, dando la sensación de ser un personaje huraño y huidizo. De la misma manera la fecha de su fallecimiento es toda una incógnita, aunque se sitúa en la década de los años cuarenta del pasado siglo. Algunos indican que su deceso se produjo en 1942, en tanto que otros lo sitúan en 1946, en una época en la que se había convertido en un costroso y demacrado anciano a quien ya nadie reconocía ni recordaba aquellas lejanas andanzas que habían puesto en jaque a las autoridades del amanecido siglo XX.

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