El asesinato de José Viador Traseira

Imagen de la finca de José Viador Traseira, en A Fraga Vella

Viajar a la Galicia de la primera Posguerra supone inmiscuirse en un mundo que había experimentado un espectacular retroceso en relación a la década que le precedía. Sus gentes estaban sumidas en la más absoluta de las miserias en un tiempo que tan solo se aspiraba a sobrevivir, sin importar como. Todo el Estado español se hallaba en una situación que superaba lo deprimente. En el caso gallego se agudizaba por la imposibilidad de poder salir al exterior debido al gran conflicto que estaba asolando a prácticamente todo el planeta y cuyas consecuencias se estaban dejando notar a las claras en países que, como era el caso de España, habían declarado su no beligerancia, lo cual no implicaba automáticamente su neutralidad.

Pero si a raíz de las consecuencias de un conflicto armado que había asolado a España y no había dejado indiferente a nadie, la población se las veía y deseaba para poder subsistir, ni que decir tiene que esas dificultades eran todavía mucho mayores a causa de la profunda injusticia social y las medidas sumamente arbitrarias que había tomado el nuevo régimen. El estado nacido del golpe contra la República repartió privilegios y prebendas entre sus adeptos, especialmente entre aquellos que más se habían destacado en su auxilio desde tiempos incluso muy anteriores a la guerra. Los falangistas, en un primer momento, recibieron no solo parte del organigrama político de Franco, sino que incluso serían compensados con edificios, periódicos e incluso terrenos, muchos de ellos que eran propiedad comunal desde tiempos inmemoriales que, repentinamente, pasaron a manos privadas por una decisión del poder central.

Uno de los beneficiarios de ese reparto arbitrario sería uno de los fundadores de los grupos falangistas lucenses José Viador Traseira, quien se vería beneficiado con una finca, hoy un auténtico paraje natural, situada en el norte de la provincia de Lugo, conocida como A Fraga Vella, que se emplaza en la parroquia de Romariz, en el término municipal de Abadín. Además, el terreno que le había sido otorgado era más propio de un señorito andaluz que de un propietario gallego, pues tenía una superficie aproximada de unas 700 hectáreas, algo completamente inusual en la gran patria del minifundio. A todo ello se añadía que esa gran extensión de terreno, que superaba con creces a la de muchos municipios, había sido usurpada por el régimen franquista a los vecinos que hacían aprovechamiento de su usufructo para intentar subsistir a muy duras penas.

Por deformación de su primer apellido, el líder provincial de los camisas azules era conocido como «O Aviador». Le gustaba hacer gala de su prepotencia y matonismo hasta extremos que se pueden considerar poco menos que viscerales. De hecho, en tiempos previos al conflicto armado se había destacado por tratar de impedir manifestaciones autorizadas de diversos grupos u organizaciones sindicales de signo contrario al suyo, empleando para ello la violencia cuantas veces fuese necesario, siendo detenido por orden judicial y sancionado por ello, lo cual le haría sumar méritos una vez concluida la guerra. Sin embargo, la cosa no terminaba ahí. Al poco tiempo de iniciado el conflicto bélico, se presentó en el Ayuntamiento de Vilalba preguntando el motivo por el que se encontraban recluidos algunos presos en su cárcel. Al comprobar que algunos de ellos habían sido detenidos por enfrentamientos e incluso agresiones a agentes del orden, que supuestamente eran simpatizantes de grupos y organizaciones afines a la República, los ordenó poner en libertad.

Gardarríos

Su impopularidad fue en ascenso, principalmente a medida que avanzaba el tiempo e iba afianzándose cada vez más su desmesurado poder, tanto económico como político y también social, que le llevaba a abusar drásticamente de los más humildes a quienes encomendaba tareas de cuidado y adecentamiento de su finca por el mero hecho de seguir gozando de un aprovechamiento del que ya habían disfrutado sus ancestros desde hacía siglos. Esos trabajos los debían hacer de forma totalmente gratuita. Ese despotismo del que hacía gala montando a caballo, del que rara vez se bajaba, le llevó a generarse, no centenares, sino millares de enemigos a quienes había perjudicado tanto por su talante como por la extrema violencia de la que alardeaba en todas y cada una de sus acciones.

En aquel entonces, abril del año 1940, una numerosa partida de miembros del maquis pululaba por los montes y montañas de Galicia, siendo una de las más destacadas la que operaba en el municipio de Abadín. Muchos de ellos buscaban realizar acciones contra objetivos que les granjease, no solo la legitimidad entre los suyos, sino también la simpatía de los habitantes de las áreas rurales. Uno de estos jefes guerrilleros era Luis Trigo Chao, popularmente conocido como «Gardarríos» en alusión a su antigua profesión de agente forestal en tiempos de la IIª República. Este hombre, no solo conocía bien la zona, de la que era oriundo, sino también el grado, ya no solo de desafección, de odio que existía entre el vecindario contra José Viador, a quien no solo consideraban un intruso, sino un usurpador que se había apoderado de forma ilegítima y torticera de una propiedad que había sido siempre explotada por ellos en régimen comunitario.

Como buen conocedor, no solo de la montaña, sino también de técnicas guerrilleras estudió durante algún tiempo las costumbres de José Viador, quien andaba generalmente a caballo sobre su finca, de la que había desahuciado a una familia que tenía en su cercado su centenaria vivienda, examinando todos sus rincones. Esas rutas solía realizarlas al atardecer, cuando caía el sol. Iba casi siempre armado, pues, pese a todo no ignoraba la gran impopularidad que suscitaba entre la mayoría de los habitantes de la zona y sabía que, en cualquier momento, podía aguadarle una inesperada y desagradable sorpresa.

Así sucedió al atardecer de un día de primavera, concretamente el 9 de abril de 1940, cuando sus enemigos le sorprendieron en el lugar conocido como o Pico da Lebre, un terreno de su finca escarpado y montañoso donde su verdugo le esperó escondido entre unas matas, disparándole a quemarropa, sin que tuviese la mínima oportunidad de reaccionar, siendo derribado de su caballo. Los autores de su muerte cogerían su cadáver y lo colocarían de cubito supino, además de esparcir el dinero que llevaba encima y colocar el reloj en un lugar visible, al igual que hicieron con una segunda pistola que el conocido falangista llevaba escondida.

Con este ritual, sus verdugos pretendieron demostrar que no se había tratado de un atraco que había salido mal, sino que se trataba de un asesinato premeditado y buscado en el que se reflejaba el ansia de ajustar cuentas y vengarse de quien siempre había demostrado ser un tirano con quienes le rodeaban. Los motivos del asesinato estaban muy claros y en este sentido coincidían tanto la versión oficial como la popular. La primera achacaba el mismo que obedecía a la adquisición de la finca por el «camarada Viador» en contra de los muchos abusos que habían ejercitado vecinos de comarcas próximas sobre la misma, aprovechándose de pastos y madera de la misma.

Este crimen fue visto por la práctica totalidad de los vecinos como un elemento liberador, en tanto que a «Gardarríos» le serviría para legitimarse tanto a nivel social como en la guerrilla de la que formaba parte. Además, en torno a este último se generaría un mito del guerrillero del pueblo, de hombre que lucha por el bien común. A todo ello se añadía el hecho que entre los habitantes de la zona afectada por la enajenación de la propiedad por parte de Viador, comenzó a reinar el clima de que se había hecho justicia con un asunto muy turbio en el que habían intervenido directamente las nuevas autoridades de un régimen inhumano y totalitario, como son todas las dictaduras.

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El hundimiento del Casón: 23 muertos y un gran desconcierto

Explosión en la cubierta del Casón

Nadie duda que el año 1987 fue muy convulso en Galicia. Muchos pensamos que lo fue demasiado. Había grandes tensiones políticas por una moción de censura que le había costado el cargo de presidente de la Xunta al desaparecido Xerardo Fernández Albor, a la que habían contribuido distintos elementos de su partido, entre ellos el que fuera su poderoso vicepresidente Xosé Luis Barreiro Rivas, que recuperaba su antiguo cargo a hora de la mano de Fernando González Laxe. Al día siguiente de la moción, se destaparía el famoso escándalo de la concesión ilegal de las loterías instantáneas de Galicia.

Pero si parecía que aquel agitado 1987 parecía que iba a despedirse sin la guinda final, estaban equivocados. Desgraciadamente esta última llegó con tragedia incluida. La Costa da Morte haría, una vez más, honor a su nombre en un sábado, 5 de diciembre de aquel tormentoso ciclo que daba la impresión de no terminar de apaciguarse de forma definitiva. A las ocho menos cuarto de aquella jornada, la Ayudantía de Marina de Corcubión recibía un SOS de un carguero que navegaba bajo pabellón panameño, aunque todo indica que era una bandera de conveniencia. Además, la mayoría de su tripulación eran chinos, muchos de los cuales serían las víctimas mortales al arrojarse al agua con unos salvavidas que los expertos se atrevieron a calificar de juguete.

Las asistencias de socorro no llegarían al lugar del siniestro hasta las diez y media de la mañana, cuando la suerte de los marinos orientales ya estaba echada. Se supone, que además de no ser muy expertos, tampoco conocían la severidad de la zona a la que se habían arrojado, ni tampoco su trágica historia de naufragios en los que las víctimas se cuentan ya por varios millares. El barco embarrancaría en la playa de O Rostro a las ocho de la tarde del mismo día que había naufragado, sospechándose que la empresa Remolcanosa 5, encargada del rescate, lo depositó a propósito en aquel lugar debido a que el armador del buque se negaba a responder económicamente de las tareas de rescate que le prestaba su homónima española.

Explosión a bordo

Una explosión en la cubierta del «Casón» en los días posteriores a su embarranque provocó la llegada de centenares de curiosos que contemplaban atónitos un espectáculo que muy pronto dejaría de ser tal, al declarar el jefe de máquinas, uno de los pocos marinos que había sobrevivido a la tragedia, que transportaba material peligroso y altamente radiactivo, tal como lo indicaban los precintos de aquellos bidones que transportaba. Sin embargo, no se sabría nunca con total exactitud que era lo realmente llevaba el susodicho buque, ya que su capitán, el único que lo sabía con total certeza, había sido de los primeros en perecer en aquel trágico naufragio.

En las jornadas posteriores al embarranque, se sucederán las noticias contradictorias de unos y otros acerca de la supuesta peligrosidad que pueda derivarse del material que transportaba el «Casón». Las noticias contradictorias no hacen más que alarmar a la población. La primera que se toma es la suspensión de las clases en los centros académicos, lo que levantaba las lógicas suspicacias entre los vecinos de las zonas próximas al accidente marítimo.

Unos días más tarde se envían dos buques con la finalidad de que retiren el material que se halla a bordo del carguero siniestrado. Sin embargo, el temporal en el mar empeora y en las jornadas de los días nueve y diez del último mes de 1987 el agua penetra en el interior de las bodegas, entrando en contacto con el material que transporta, que al parecer es sodio. Los precintos de los bidones alertan de la alta toxicidad y peligrosidad de los mismos. A todo ello se une que la mezcla de agua con sodio es altamente peligrosa derivando en nitrógeno, con la consiguiente posibilidad de que se genere una nube tóxica en las poblaciones afectadas.

Evacuación de la población

Tras muchas idas y venidas, al amparo de constantes contradicciones, se decide evacuar a la población de los municipios próximo al lugar del accidente (Cee, Fisterra y Corcubión). Esta medida se anuncia a las diez de la noche del día 10 de diciembre. Se informa de que se hará con carácter meramente preventivo, para lo cual se habilitarán todos los autobuses que hagan falta. En un principio se anuncia que podrían ser 300, pero que si es necesario se incrementarán hasta 700, si las circunstancias lo requieren. La alarma ya ha sido generada en las poblaciones afectadas. Muchas personas inician una despavorida huida con sus propios medios, ya sea en coche o, incluso en barco, pero muchos otros, presas del pánico, se perderán por caminos y corredoiras de Galicia al candor de la noche sin rumbo fijo.

Una vez generado el desconcierto y la alarma entre los vecinos de los tres municipios afectados, se dará una nueva contraorden a la una de la madrugada del día siguiente. El Gobierno anuncia que, una vez realizados nuevos análisis a las sustancias que se almacenan en las bodegas, no existe peligro de ningún tipo, por lo que se suspende la evacuación de los residentes en las localidades próximas al accidente marítimo. Sin embargo, ya era muy tarde, y el mal ya estaba hecho. En este sentido cabe reseñar la actitud mantenida por el periodista deportivo José María García, entonces responsable de deportes de la desaparecida emisora Antena 3 Radio, ya que suspendería la programación deportiva para ponerse a informar en riguroso directo de los acontecimientos que estaban pasando en la Costa da Morte. Además, después de la contraorden anunciada por el entonces delegado del Gobierno en Galicia, Domingo García Sabell, entrevistaría a este último en su espacio, non sin darle la perceptiva reprimenda por la caótica situación de pánico y alarma generalizada que se había generado en todo el área afectada por el naufragio del «Casón»

Polémica con el material del «Casón»

La polémica sobre el material del «Casón» no finalizaría hasta días mas tarde. En un principio se decide trasladar los bidones de la discordia, que generan una gran tensión en toda Galicia, al campamento de Parga, en el municipio lucense de Guitiriz. Para colmo de males aquí se van a encontrar con una ruda y dura oposición vecinal, ya que los vecinos montarán barricadas e impedirán la descarga de los mismos por el temor que les infundía el material que allí pretendían alojar.

La carga del «Casón» será finalmente trasladada a la factoría de Alúmina-Aluminio, ubicada en la localidad de Xove. Sin embargo, el comité de empresa decidió evacuar la planta mientras se descargaban los bidones con la finalidad exclusiva de salvaguardar la integridad de los trabajadores. A raíz de esta decisión se paralizaría la producción en la citada fábrica, motivo por el cual sus dirigentes acusarían de irresponsabilidad a los sindicatos. A consecuencia de ello los trabajadores sufrirían una dura represalia que se traduciría en un expediente de regulación de empleo, despidiendo íntegramente a los miembros del comité de empresa.

Más de treinta años después de haberse hundido aquel buque que iba de Shangai hasta Amberes, se decidió por fin el desguace del pecio que había quedado en la playa de O Rostro. Sin embargo, esta medida fue muy mal acogida tanto por los vecinos como por los pescadores, los principales afectados, ya que en torno a el mismo se había generado un importante biotopo y habían recalado distintas especies marinas, entre ellas el tan cotizado pulpo. Y es que nunca llueve a gusto de todos. Quien le iba decir a los vecinos que de aquel enemigo llamado «Casón» se les generase una especie de indisimulado Síndrome de Estocolmo.

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Caso Metílico: la mayor matanza de la historia de Galicia

Almacén de Rogelio Aguiar, principal responsable del alcohol adulterado

Si hacía falta alguna prueba más acerca del grado de corrupción que se vivía en la dictadura franquista quizás la más concluyente es sin lugar a dudas el escándalo que por el consumo de alcohol adulterado que se vivió en Galicia en la primera mitad de la década de los años sesenta del pasado siglo. El investigador de este suceso Fernando Méndez, así como el fiscal que investigó la causa, Fernando Seoane siempre han sostenido que a consecuencia del mismo fallecieron miles de personas, aunque en el recuento oficial de la época solamente consten tan solo medio centenar, repartidas, principalmente, entre Galicia y Canarias, los territorios más afectados por el consumo de alcohol que debía ir destinado al uso industrial.

En aquel entonces en Galicia se produjeron muchos decesos extraños, de forma repentina, hasta un total de 14, muchos de los cuales fueron achacados a meningitis y a otro tipo de dolencias y enfermedades. A todo ello se unieron los ancestrales prejuicios de una sociedad eminentemente rural, anquilosada en viejos ritos y creencias, a practicar las autopsias a sus fallecidos, unido al estigma social que causaba el consumo de bebidas alcohólicas. De hecho, la rigurosa y ortodoxa doctrina oficial de la época relacionaba estas muertes con enfermedades que eran más frecuentes en bebedores habituales. «Eso pasa por beber» era poco menos que el lema que se lanzaba desde instituciones y organismos oficiales que se desentendieron en todo momento del grave drama que vivían muchas familias gallegas y canarias de aquel tiempo.

La alarma saltó precisamente en el municipio canario de Haría, situado en el norte de la isla de Lanzarote, cuando repentinamente fallecieron varias personas en febrero de 1963, casi todos ellos pescadores, tras haber consumido algunas bebidas alcohólicas, principalmente licor café, que contenía el mortal tóxico que se le había añadido. Los síntomas más comunes eran un fuerte dolor abdominal, al que proseguían vómitos y ceguera, que, en la mayoría de las ocasiones, terminaba con la muerte de la víctima. La primera en percatarse de que algo extraño estaba pasando fue la farmacéutica titular del municipio Elisa Álvarez Obaya, quien también era la inspectora de sanidad, al poner el grito en el cielo al percatarse de que todos los fallecidos habían ingerido la misma bebida. Además, con unos medios muy rudimentarios, pudo determinar que el líquido que habían tomado contenía alcohol metílico, destinado a usos industriales. Su actitud, muy valiente en aquella época y es justo reconocerlo, le costaría muchas amenazas procedentes del sector destinado a la venta de bebidas alcohólicas, además de distintos empresarios que se sentían perjudicados por las investigaciones que había realizado la farmacéutica.

Primeras muertes en Galicia

Las noticias de los primeros decesos en Galicia los publicó el rotativo Faro de Vigo, en su edición del 30 de marzo de 1963, al dar cuenta de tres fallecimientos de otras tantas personas por ingerir alcohol en malas condiciones en la comarca de O Carballiño, la zona más afectada por esta intoxicación masiva. Indicaba también que otras tres habían perdido la vista por el mismo motivo. Otros casos similares se estaban dando en municipios próximos y de la misma comarca. De hecho, el médico titular de San Cristóbal de Cea, José Novoa Santos, recordaba el caso de un labrador que fallecía de forma muy rápida a finales del año anterior, 1962. La nómina de fallecidos en distintos lugares y localidades de Galicia iba in crescendo de forma muy abrumadora en muy escasas jornadas. En abril de 1963 fallecían tres personas en A Costa da Morte, en el municipio de Laxe, por haber ingerido licor café adulterado con alcohol metílico. De la misma forma, el vespertino catalán La Vanguardia daba cuenta de la muerte de varios vagabundos en New York por consumo de alcohol metílico, aunque se ha sabido posteriormente que no guardaba relación alguna con el comercializado en Galicia.

Nadie ponía en duda que tantas muertes en tan poco tiempo obedecían al consumo de bebidas alcohólicas(ron, licor café, aguardiente o ginebra) que habían sido elaboradas con alcohol destinado al sector industrial, sometido a diversas mezclas con alcohol etílico con la exclusiva finalidad de alcanzar un mayor lucro económico, ya que el elaborado para fines industriales se podía adquirir a un precio mucho menor que el destinado al consumo humano. Además, los comerciantes eran conscientes de que se precisaba una mayor cantidad de agua en las distintas combinaciones que hacían, debido a que el alcohol metílico dispone de una graduación mucho mayor que el etílico, por lo que sus beneficios económicos se dispararían.

Detenciones

Ante el el clamor y el escándalo que se había forjado en todo el país, se procedió a la detención de tres empresarios gallegos que, presuntamente, podrían estar involucrados en la fraudulenta y mortal trama de la comercialización del alcohol tóxico. El 26 de abril de abril será detenido el industrial orensano Rogelio Aguiar Fernández, considerado el principal responsable al adquirir una importante partida de alcohol destinado al uso industrial a Alcoholes Aroca, de Madrid. Otros dos detenidos serán los propietarios de la empresa Lago e Hijos, Román Rafael Lago Cabral y Román Gerardo Lago Álvarez, quienes habrían adquirido importantes partidas del producto tóxico a Bodegas Aragón, de la que era propietario el principal responsable de la trama.

Para dificultar las investigaciones, Rogelio Aguiar se desharía de la mercancía del delito echándola al sumidero, aconsejado por su abogado, José Ramiro Nova Ramírez, quien sería posteriormente procesado y condenado, acusado de encubrimiento. De la misma forma, tanto Aguiar como los miembros de la familia Lago, padre e hijo, se confabularon para efectuar una misma declaración ante la policía, pretendiendo así echar balones fuera acerca de su supuesta responsabilidad. Los tres empresarios declararían que desconocían la toxicidad del producto que estaba en venta, si bien es cierto que el proveedor madrileño había advertido muy severamente al orensano del peligro al que se podía exponer a los consumidores en caso de emplearlo para el consumo humano. El alcohol metílico, altamente tóxico, solamente estaba recomendado para el empleo potencial en barnices, pinturas y otros productos estrictamente industriales.

A raíz de las dimensiones que había tomado el monumental escándalo, que era conocido ya a nivel mundial, en Galicia se produciría un colapso del sector de la viticultura, debido a que durante algún tiempo, debido a la instrucción que estaban efectuando el fiscal Seoane y el juez José Cora, se prohibió la comercialización de bebidas alcohólicas hasta que hubiese una seguridad plena de que no se producían más fallecimientos a consecuencia del alcohol tóxico. A consecuencia de ello, muchas empresas del sector se vieron obligadas a cerrar. Además, tampoco se vendía ni en bares, restaurantes ni tampoco en supermercados. Se daba la circunstancia que en algunos banquetes y recepciones sociales la única bebida alcohólica que se consumía era cerveza de bote, que estaba considerada como la más segura.

Juicio a los acusados

El juicio contra los acusados del mayor fraude y matanza de la historia de Galicia se inició el primero de diciembre de 1967, cuatro años después que hubiesen ocurrido la mayoría de las muertes. El sumario, que contaba de 36.000 folios, era el más extenso de cuantos se habían instruido en España hasta la fecha. Además, de la fiscalía intervinieron también cinco acusaciones particulares y trece abogados defensores, siendo llamados a declarar un total de 113 testigos propuestos por el fiscal y 76 propuestos por las respectivas defensas.

Todos los acusados mantendrían una táctica similar de defensa, acusando directamente a Rogelio Aguiar de ser el único responsable por la venta de un producto altamente tóxico, del cual ellos desconocían sus consecuencias. Por su parte, el empresario orensano aludió que consideraba que el alcohol metílico al mezclarlo con el etílico y posteriormente con agua no producía efectos graves en la salud humana. Sin embargo, es necesario reseñar que ni un solo familiar de los acusados resultó afectado por el consumo de bebidas alcohólicas adulteradas, con lo que su defensa se venía abajo por si sola.

Si el caso había resultado clamoroso, tanto o más lo resultaría la sentencia que, aunque fue considerada ejemplar en su momento, lo cierto es que muchos de los condenados estarían en poco tiempo en libertad, pese a que las penas eran ciertamente elevadas. Rogelio Aguiar sería condenado a 19 años de cárcel, acusado de un delito contra la salud pública, aunque recobraría la libertad en poco más de seis años. La multa a la que fue sometido fue irrisoria, ya solo ascendía a 25.000 pesetas, 150 euros actuales al cambio. Su esposa, María Ferreiro Sánchez, también sería condenada al comprobarse que ayudaba a su marido en las tareas de adulterado del alcohol a la pena de doce años de prisión y a la exigua multa de tan solo 5.000 pesetas, 30 euros actuales al cambio. Además, esta última huiría a París al conocer la sentencia, antes de ser ejecutada. Regresaría a España en 1975, siendo detenida de nuevo, pero sin poder hacer nada la justicia en su contra ya que el caso había prescrito.

De la misma forma también serían condenados los propietarios de Lago e Hijos. El padre Román Lago Cabral sería condenado a 17 años de reclusión y una multa de 25.000 pesetas, en tanto que el hijo era sentenciado a la misma pena que su progenitor. Ambos, al igual que casi los restantes acusados estaban acusados de un delito contra la salud pública. A la misma pena, y acusado de los mismos cargos, sería sentenciado Luis Barral Iglesias; en tanto que Ricardo Deben Gallego debería cumplir una pena de doce años de prisión y pagar una multa de 5.000 pesetas. Por su parte Miguel Ángel Basail Infante era condenado a quince años de cárcel y a satisfacer 10.000 pesetas de multa, 60 euros actuales al cambio, con una acusación exactamente igual que los anteriores.

Por imprudencia temeraria sería condenados Alberto Lombán González y Francisco Emilio López Otero a las penas de seis y tres años de reclusión respectivamente. El último de los acusados era el abogado José Ramiro Nova Ramírez, abogado defensor de Aguiar, al que se le atribuía el cargo de encubrimiento.

El estudioso de este asunto, el periodista gallego Fernando Méndez, señala que las indemnizaciones eran muy cuantiosas y elevadas para la época, estimando las mismas en 300 millones de pesetas (1,8 millones de euros actuales al cambio). Sin embargo, estas nunca llegarían a ser satisfechas por los principales acusados entre ellos Rogelio Aguiar y la familia Lago, al ser declarados insolventes. La empresa Lago e Hijos había sido declarada como responsable civil subsidiaria, pero con todo, su patrimonio no alcanzaba ni mucho menos para satisfacer las elevadas indemnizaciones económicas que deberían satisfacer los acusados.

Consecuencias posteriores

Desde que se descubriera la mortal trama del alcohol intoxicado, desempeñaría una función fundamental el fiscal Fernando Seoane, un personaje que demostró un coraje a prueba de bomba para defender la dignidad de las víctimas. Además, a lo largo de su trayectoria profesional, y muy especialmente en el tiempo en el que se desarrolló el juicio, estuvo seriamente amenazado por distintos sectores del régimen, a los que no dudó en acusar en sus autos de una total falta de control sanitario, como así era cierto, en el aspecto relativo a la comercialización de productos adulterados. En aquel tiempo realizaría varias preguntas, en su calidad de fiscal, a los distintos ministerios, entre ellos de la Presidencia, del que era titular el Almirante Carrero Blanco, en relación al control que se ejercía con relación al tráfico de este tipo de mercancías. Sin embargo, sus preguntas caerían en saco roto, ya que obtuvo la callada por respuesta, mientras que en otras ocasiones se zanjaba el caso indicando que el ministerio carecía de responsabilidad alguna, ya que había actuado con total corrección. ¿?

Apunta reiteradamente Fernando Méndez, tanto en sus publicaciones como en sus muchas intervenciones en los distintos medios, que los acusados contaron con la colaboración de los afectados en una época en la que Galicia continuaba sumida en un ancestral atraso. Las familias de las víctimas, en muchos casos, se negaron a que se hiciesen las autopsias a los fallecidos para determinar las causas por las que se había producido su deceso, tan solo por el pudor que podía suponer el desenterrar un cadáver y descuartizarlo, amparado todo ello por ancestrales prejuicios y creencias que en nada ayudaron a resolver el caso.

Este mismo autor y el desaparecido fiscal Fernando Seoane sostienen que pudo haber millares de muertos, debido a esas circunstancias que contribuyeron de forma decisiva a amparar a los acusados, la carencia de pruebas. A todo ello se sumaba el hecho que la muerte de las víctimas les había sobrevenido a consecuencia del consumo de alcohol y todo lo que esta práctica llevaba aparejada consigo y las fatales acusaciones que se hacían vox populi contra las víctimas, en un tiempo en el que la gente solamente creía en el honor que la propia sociedad le atribuía. Y el honor de los muertos estaba por encima de autopsias y cualquier acusación, a lo que contribuía una menos corrupta dictadura que empezaba a descomponerse, amenazada ya muy de cerca por el «caso Matesa», que sería su penúltimo episodio.

Lo peor de todo en este escabroso acontecimiento es que las víctimas, muchas de las cuales quedaron ciegas, jamás fueron resarcidas. A todo ello, se sumó la total indiferencia del propio régimen, cuando no su desidia, amparando de nuevo la tétrica corrupción a la que estuvo manifiestamente unido a lo largo de su tediosa existencia. Esa misma que se asocia con la España negra. Y es que era precisamente lo que representaba, un estado negro al que le faltaba un mínimo de transparencia y en el que sus principales víctimas eran sus propios ciudadanos.

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Para saber más:

Méndez, Fernando(2013): 50 años envenenados. Santiago de Compostela. Ed. Sotelo Blanco.

Méndez, Fernando(1998): Historia dun crime. O caso do métilico. Vigo. Ed. Galaxia.

Méndez, Fernando(1998): Mil muertos de un trago. Barcelona. Ed. Península.

Tres emigrantes gallegos asesinados en Junín (Argentina)

Villa Talleres, lugar donde fueron asesinados tres hermanos emigrantes gallegos

La emigración gallega, como suele decirse, tuvo un poco de todo. Muchos de los que se marcharon en la primera mitad del siglo XX quedaron atrapados en la tormenta americana, sufriendo las calamidades derivadas de distintos regímenes tiránicos que llevaron a sus respectivos países a la bancarrota en la que quedaron sumidos quienes en otro tiempo habían ido en busca de una fortuna que en su tierra natal les daba la espalda.

Aquellos hombres y mujeres que se desplazaron al nuevo mundo no cabe la menor duda que con ellos llevaron también una parte importante de la tierra que los vio nacer. Gracias a ellos surgirían innumerables centros culturales y educativos que tenían una doble finalidad. Por un lado, no olvidar la profunda raigambre que los unía a su tierra, mientras que por el otro reunir los fondos necesarios para dotar de centros educativos, principalmente, a esa misma tierra que habían abandonado para ver si así, con la educación, se terminaba con la endémica emigración y las nuevas generaciones podrían disfrutar el dorado que ellos buscaban allende los mares. Su misión se cumplió a medias, aunque jamás habrá que achacarles a quienes cruzaron el océano culpa alguna, ya que ellos cumplieron sobradamente con la parte que les correspondía. Quien no cumplió fueron los gobiernos españoles de turno que durante décadas se olvidaron de Galicia, para quienes no dejaba de ser un bucólico territorio en el que se escuchaba de fondo el repicar de un gaita en el resplandor de una alborada en la que caían incesantes gotas de lluvia, conocidas como calabobos. Quizás pretendían acallar a los gallegos, pero que no les tomasen por bobos. ¿Se entiende la ironía, no?

Entre los muchos gallegos que se desplazaron a aquel prometedor continente, muchos de ellos consiguieron hacer una cierta fortuna, a pesar de las adversidades derivadas de las dictaduras que asolaron a Hispanoamérica, logrando algo más que sobrevivir porque si de algo tienen fama quienes se desplazaron a ese territorio es de ser trabajadores de sol a sol. Tal era el caso de tres hermanos originarios de la localidad lucense de Mondoñedo, en la zona interior norte de la provincia de Lugo, que llegaron a la capital argentina, Buenos Aires, en un ya lejano año de 1940, siendo todavía muy jóvenes, cuando en España se estaba sufriendo una más que feroz posguerra. Tras muchos años de esfuerzo lograron levantar su pequeño emporio que les ayudaría a vivir desahogadamente los últimos años de sus vidas, ya que disponían de nada más y nada menos que de 53 viviendas en la provincia de Buenos Aires y otras propiedades en España, dónde también residía un hermano suyo.

Muertos a golpes

Sin embargo, tras haber trabajado como hacían los gallegos regentando una panadería, a quienes algunos cubanos les denominaban en tono despectivo comemierdas, su suerte se vio truncada en su atardecer vital, cuando quizás aún sus oídos recordasen los inigualables acordes de la vieja Alborada compuesta por el también mindoniense Pascual Veiga. Los tres serían brutalmente asesinados el 13 de junio de 2005 por unos individuos que, además, les robaron, siendo conocedores sus asesinos de la buena situación financiera de la que gozaban los tres ancianos fallecidos. El medio argentino Infobae informba que los ancianos habían sido asesinados a «palazos y a fierrazos». El crimen se produjo en la calle Primera Junta, de la ciudad de Junin, en el distrito de Villa Talleres. Esta ciudad se encuentra situada en la provincia bonaerense a 260 kilómetros de la ciudad autónoma de Buenas Aires. Se llamaban Agustín, Josefa y José Villalba, contando en el momento de su óbito con 78, 82 y 84 años respectivamente. Los dos varones estaban solteros, mientras que la mujer estaba viuda y no tenía hijos.

La muerte que sufrieron fue de lo más espantoso, ya que la policía sospechó incluso si les habrían torturado para obligarles a decir donde guardaban el dinero. La cantidad robada era relativamente elevada si se tiene en cuenta el nivel adquisitivo de Argentina, ya que ascendía a 7.000 pesos, al cambio unos 1.800 euros. La policía argentina barajó otras hipótesis que podrían esconderse detrás de aquel brutal crimen, tal como alguna venganza, debido a la saña que emplearon los criminales contra tres pobres desvalidos ancianos. Esta tesis venía avalada por el hecho que los investigadores todavía encontraron 7.000 pesos que no fueron robados en la vivienda y que «estaban a la vista de cualquiera», según declaraciones efectuadas por un alto mando policial argentino.

Al llegar los cuerpos policiales se encontraron al más joven de los tres, Agustín, todavía con vida, siendo trasladado inmediatamente al un centro sanitario en el que fallecería horas más tarde. En las escasas palabras que pudo dar ante los investigadores declararía que los asaltantes se habían apoderado de «mucha plata», además de facilitar el dato que habían sido tres delincuentes los que los habían asaltado y dado muerte.

El crimen fue descubierto por un vecino de la localidad al observar que la vivienda de la familia Villalba se encontraba abierta para saber que ocurría. Nada más entrar escuchó los gemidos de dolor que daba Agustín, el único hermano que había sobrevivido a la matanza. Penetraría posteriormente en el interior de la vivienda encontrándose con el dantesco panorama de que dos de los hermanos ya se encontraban muertos, en tanto que el tercero estaba gravemente herido, además de hallar la casa completamente revuelta.

Detenciones

La policía argentina detendría a varios individuos que podrían estar relacionados con el crimen que les había costado la vida a estas tres personas oriundas de Mondoñedo. En un principio se detuvo a tres personas, de las que dos serían puestas en libertad una vez que les tomaron declaración al demostrarse que no guardaban relación alguna con el trágico suceso. El tercero en discordia sería procesado y condenado junto con otros dos individuos a quienes delató este último. Al detenido se le hallaron en su poder diferentes ropas ensangrentadas así como una gran cantidad de dinero en efectivo que supuestamente procedía del robo.

En relación con este desgraciado suceso también fue detenido un conocido curandero de la zona, ya que a él se le atribuía el hecho, de como así parece ser que fue, de haber facilitado datos e información acerca de la situación económica de los ancianos asesinados. El curandero sería condenado a ocho años de prisión por la complicidad con los asesinos.

En las jornadas en las que tuvo lugar este luctuoso suceso en Argentina, concretamente en la provincia de Buenos Aires, se había puesto en marcha la conocida como policía distrital, que tenía la finalidad de reforzar los servicios de vigilancia en muchos barrios de las grandes ciudades del país andino, dónde la delincuencia, el pillaje y el crimen campa tranquilamente a sus anchas, muchas veces escondido y amparado por los ultras del mundo del fútbol, los mundialmente conocidos Barras Bravas.

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El asesinato del naviero Joaquín Menéndez Ponte

El naviero asesinado era presidente de la Compañía Ponte-Naya

A nadie se le escapa que la droga ha causado muchos estragos en nuestra sociedad. Es algo más que obvio. En la década de los años ochenta fueron muchos los jóvenes atrapados por la heroína, que hizo un daño más que espantoso, además de ser una fuente inagotable del contagio de enfermedades, entre ellas el SIDA, que también dejaría su apestosa pisada en muchos de aquellos mozos que fueron sus víctimas. El narcotráfico movía una ingente cantidad de dinero que procedía casi todo de la delincuencia. A aquellos que caían en las redes de la droga no les quedaba otro remedio que sumergirse en el inframundo de los bajos fondos y la delincuencia para poder costearse un hábito que de otra forma les hubiese resultado imposible hacerle frente.

Al estar muy estrechamente relacionado con el mundo del delito, el mundo de las drogas sería también la causa de un gran número de crímenes y robos en todo el país. Además, los actos delictivos cometidos por aquellos muchachos cuando se encontraban con el «mono» podían ser verdaderamente crueles y execrables hasta el extremo. De hecho, en Madrid se viviría la famosa matanza de la calle Sáinz de Baranda, en la que dos jóvenes, en pleno estado de ansiedad, acabarían con la vida de un matrimonio estadounidense y su criada de una forma verdaderamente truculenta y que consternaría a la capital de España en los últimos de un gélido mes de enero del año 1988.

Una de las víctimas de ese estado de desesperación de unos drogodependientes lo sería, de forma colateral y hasta se puede decir que un tanto casual, el conocido naviero gallego Joaquín Menéndez Ponte, de 59 años, quien sería asesinado de dos certeras puñaladas en la madrileña calle de Balbina Valverde, en la colonia de El Viso, considerada como la zona más rica de España, en la jornada del primero de junio de 1988.

En defensa de su cuñado

El conocido empresario gallego, que se encontraba en Madrid de forma ocasional, había salido en defensa de su cuñado Álvaro Cruzat en torno a la una y veinte de la madrugada, al ser abordado por dos jóvenes que pretendían robarle el coche, además de apoderarse de diversos objetos de valor, entre ellos algunas joyas, que portaba la esposa de su hermano político, Virginia Zubiría. En la refriega, después de haber logrado su objetivo, los ladrones no dudaron en emplear un arma blanca con la que darían muerte al presidente de la conocida naviera gallega Ponte Naya. El coche lo sustrajeron con la esposa de Álvaro en su interior, aunque la arrojarían del mismo un centenar de metros más adelante. La mujer solo sufriría algunas contusiones leves. Los dos cuñados habían ido a cenar juntos esa noche y regresaban al domicilio de Álvaro Cruzat.

Una vecina se sintió alarmada por los gritos que profería la mujer que había sido víctima del asalto, así como por el impacto que les había ocasionado el charco de sangre en el que había quedado el naviero gallego. Inmediatamente, puso el caso en conocimiento de la policía, así como de los servicios asistenciales con el fin de socorrer al empresario herido de gravedad. Fue trasladado al centro hospitalario madrileño Gregorio Marañón en el que ingresaría ya cadáver.

Según declaraciones de los testigos, el suceso se produjo de una forma muy rápida, sin que les diese tiempo a reaccionar, ya que dos hombres jóvenes se abalanzaron sobre ellos sin que pudiesen hacer nada. Joaquín Menéndez ya se encontraba a la altura del portal para dirigirse a la casa de su hija, en la que se encontraba hospedado durante su estancia en Madrid.

Su cuerpo sería trasladado hasta el Insituto Anatómico Forense de la capital de España donde se le practicaría la autopsia. Posteriormente, recibiría sepultura en la ciudad herculina en los primeros días del mes de junio de 1988. Su fallecimiento provocaría la lógica consternación en la Galicia de la época, al ser muy conocido el empresario en diferentes ámbitos gallegos, de forma especial en el marítimo y el naviero.

Joaquín Menéndez Ponte, que estaba casado y tenía cuatro hijos, era el padre de la conocida escritora gallega en lengua castellana María Menéndez-Ponte Cruzat. Además era cuñado del duque de Feria. Economista de profesión, había sido consejero del Banco del Noroeste, entidad que había pertenecido al grupo RUMASA; presidente de la Compañía Marítima Ponte Naya, consejero de la Naviera Astur-Galaica, S.A.; presidente de Promociones Pecuarias, S.A. y consejero de Air Spain.

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Doce muertos en un accidente de un autobús Madrid-Vigo

Accidente de un autocar

Las fiestas navideñas son una época del año que, a decir de los expertos, son muy propensas para la depresión. Es un tiempo en el que todo el mundo se recuerda especialmente de aquellos que otrora compartían esa celebración en familia y que ya no se encuentran entre nosotros. De todos es sabido que se multiplican esos ya clásicos mensajes de paz y amor por doquier, a los que se suman muchos otros expresando sus mejores deseos algunas conocidas empresas y marcas comerciales que, en los tiempos actuales, divulgan de una forma mucho más lúdica a través de los dispositivos electrónicos que ya son tan comunes en nuestros días.

También en los días finales del año y en los primeros del nuevo que se avecina, los distintos medios de comunicación, en sus diferentes soportes, nos recuerdan una y otra vez los acontecimientos que han sucedido a lo largo del período que concluye. Ante todo, recuerdan los instantes más dramáticos y crueles que han ocurrido a lo largo de esos 365 últimos días. Cuanto más sangrientos, mucho mejor. Si a todo ello se les añaden los no menos clásicos niños del África Subsahariana que fallecen a causa de las enfermedades y la desnutrición, entonces el reportaje en cuestión alcanza un mayor nivel de morbo, tal vez invitando al lector, oyente o telespectador a que valore su actual situación y no caiga en eses megaconsumismo al que invita la Navidad. Pero, esas cosas, los niños desnutridos, además de ser tan tradicionales como el mismo turrón y el champán, pasan muy lejos. Por si fuera poco, quien consume esas imágenes poco o nada puede hacer, aparte de no ser esa su cultura.

El verdadero trauma en época navideña surge cuando la tragedia se produce en nuestro entorno y nuestras narices. Entonces nos damos cuenta de que cerca está de nosotros el drama. Repentinamente nos viene la consciencia de que no somos ajenos a ello y cualquier persona podría ser el protagonista principal de cualquier dramático suceso que ocurra tanto en fechas navideñas como en cualquier otra del año. Aunque, parece que nos duele mucho más en ese tiempo en el que todo el mundo se deshace en expresiones de felicidad, paz, amor y buenos deseos para con sus semejantes, aguardando que el año nuevo nos depare la ventura que nos negó el que está a punto de despedirse.

Precisamente en la Navidad del año 1990 la tragedia se cebó con un autobús que cubría la línea Madrid-Vigo, falleciendo 12 personas y resultando heridas de gravedad un total de 26. El siniestro, como si de una broma macabra del destino se tratase, se produjo el 28 de diciembre de aquel año, festividad de los inocentes. Pero, por desgracia, no se trataba de una broma de mal gusto ni tampoco de una inocentada, tan frecuentes en una jornada como esa. Era una triste realidad para doce personas que habían perdido la vida cuando se disponían a desplazarse desde Madrid hasta Vigo para disfrutar del fin de año, que, por la fatalidad del destino, no podrían gozar jamás al perder su vida en el asfalto.

Exceso de velocidad

El autocar, en el que viajaban 37 personas, había salido de la vieja Estación Sur de autobuses de la capital de España a las nueve de la mañana de aquella aciaga jornada de invierno. Al parecer, el autobús, que tan solo tenía seis meses de antigüedad y que todavía lucía la matrícula de prueba, llevaba escaso tiempo transitando por las zonas de salida de la capital de España y se disponía a incorporarse a la M-30 cuando tomó una curva de incorporación a 80 kilómetros por hora a la altura de Puerta de Hierro, a lo que se sumaba que la sinuosidad carecía de peralte y estaba mal señalizada. El conductor del vehículo, que era un conocedor del trayecto, quiso evitar el accidente y frenó dejando impresa la huella de las ruedas en un tramo de unos cien metros, pero sin conseguirlo. Finalmente, el autobús impactaría contra un enorme poste de hormigón situado sobre un talud de tierra que sostenía unos carteles indicativos de otras localidades de Madrid. A consecuencia del tremendo impacto, el autocar terminaría volcando. Los viajeros que más directamente sufrieron las consecuencias del choque fueron los que iban situados en las primeras filas del autocar, reservada antaño a no fumadores. Algunas personas que iban a bordo saldrían despedidos a raíz del fortísimo golpe recibido por el vehículo, además de arrancar alguna filas de asientos.

Inmediatamente tras el terrible siniestro se desplazaron dotaciones de distintos equipos de auxilio al lugar donde se había producido tan trágico accidente, entre ellos los bomberos, grupos de la Policía Nacional y también sanitarios. Para excarcelar a quienes habían quedado atrapados en aquel amasijo mortal de hierros, los bomberos de Madrid se vieron obligados a cortar la techumbre del autocar, rescatando, en un primer momento, a ocho cadáveres que serían posteriormente depositados sobre el asfalto de la calzada a la espera que la autoridad judicial diese la oportuna orden de trasladarlos al Instituto Anatómico Forense de la capital de España.

Ocho viajeros, cuyos cuerpos fueron los primeros en ser rescatados, fallecieron prácticamente en el acto, en tanto que otros cuatro morirían cuando eran trasladados a los centros sanitarios o bien al poco tiempo de ingresar en los mismos. Los hospitales madrileños de Puerta de Hierra y Clínico Universitario San Carlos fueron los dos principales sanatorios que recibieron a la mayoría de las víctimas. En este último fallecería una mujer que también había perdido a otra hermana en el mismo siniestro.

Autocar de refuerzo

El autocar siniestrado, que había sido adquirido recientemente, pertenecía a la empresa Monforte y estaba haciendo su servicio de refuerzo que le había subarrendado la concesionaria del habitual servicio Madrid-Vigo, ETNACAR, debido a la gran cantidad de viajeros que demandaban sus prestaciones. A todo ello se sumaba que el conductor era un experto conocedor del tramo en el que se produjo el siniestro, pues ya había efectuado en otras ocasiones el mismo recorrido.

El suceso, como no podía ser de otra forma, provocó una gran consternación y abatimiento en la ciudad de Vigo, así como en el resto de Galicia, desde donde se enviarían muchas muestras de cariño y afecto a familiares y amigos de todas aquellas personas que habían perdido la vida en tan dramático suceso que, definitivamente, empañaría aquellas primeras fiestas del último decenio del segundo milenio a todos los gallegos. No era para menos.

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Dos muertos por bombas en chalets de Pontevedra

Imagen de los fallecidos en el atentado

A comienzos del nuevo milenio Galicia había dejado de ser el territorio atávico que falsamente habían dibujado algunas crónicas de medios foráneos. Nada recordaba al viejo territorio del que antaño huían sus hijos encaminados hacia supuestos paraísos en los que supuestamente les aguardaba una vida feliz y próspera, aunque finalmente una gran parte de ellos solamente lograban sobrevivir. Y muchas veces, ni eso. Tal y como les había ocurrido a una buena parte de los que se dejaron su piel y también su vida en los derrotados países del nuevo mundo.

En el país gallego de comienzos del siglo XXI se vivía francamente bien. O al menos eso pensaban muchos de sus habitantes, con Manuel Fraga Iribarne al frente, convertido en un casi eterno patrón paternal para muchos gallegos de la época. Sin embargo, en aquella tierra pasaban cosas. Algunas buenas y otras malas. Uno de esos años en el que se sucedieron distintos acontecimientos de triste rememoranza para muchos gallegos fue el año 2002, el del famoso y desgraciado «Prestige», aquel petrolero de bandera de conveniencia que soltó su carga al embarracar frente a las costas gallegas ocasionando una terrible catástrofe de dimensiones desconocidas, siendo los principales damnificados los muchos hombres y mujeres que vivían exclusivamente del mar.

Precisamente, en la misma época en la que el famoso buque provocó la triste marea negra que traería una consecuencias fatales para los gallegos se producirían dos atentados o explosiones que jamás se supo quien había sido su autor real, pese a que se detuvo a tres personas una semana después de las explosiones que dieron como resultado la muerte de un matrimonio y heridas a otras dos personas en el extrarradio de la ciudad de Vigo. Las explosiones tuvieron lugar a primeras horas de la mañana del día 5 de noviembre de 2002.

Matrimonio asesinado

En el barrio vigués de Cabral el matrimonio formado por Vicente Lemos Haya, de 51 años y su esposa, Rosa Gil se vio sorprendido al encontrar una bolsa negra en la verja de entrada de su chalet en torno a las nueve y cuarto de la mañana. El envoltorio también sorprendió a una vecina que pasaba por el lugar, aunque sin darle mayor importancia. La pareja, que se dirigía a la casa de los padres de la mujer, decidió examinar lo que había en la colgadura que, al descolgarla, provocaría una potente deflagración que terminaría con la vida de ambos. El era uno de los jefes de producción de la factoría de Pescanova en la ciudad de Vigo, en tanto que ella era ama de casa.

Al escuchar la potente detonación, los vecinos de viviendas contiguas salieron a la calle alarmados, pensando que se trataría de una explosión de gas. Desgraciadamente, era mucho más que el simple estallido de una bombona, ya que se encontraron de súbito con los dos cadáveres de la pareja formada por Vicente y Rosa en el suelo. Su automóvil, un SEAT 600, todavía se encontraba encendido.

Los vecinos de las víctimas se sintieron muy desconcertados por esta gran tragedia que nadie sabía a que podía deberse, pues se trataba de una pareja prácticamente anónima, que tenía un único hijo de 21 años, que estaba cursando sus estudios universitarios en la ciudad de Santiago de Compostela.

Padre e hijo heridos

En el mismo barrio donde se registró la anterior explosión, algo más de una hora antes, a las ocho de la mañana se produjo otra detonación que provocaría heridas de cierta consideración a Luis Ferreira Pérez, de 43 años de edad, apoderado de una sucursal bancaria en la ciudad de Vigo y a su hijo Óscar, de doce. La detonación le provocaría un traumatismo en el abdomen con estallido intestinal y una herida en la córnea del ojo izquierdo. A su padre las heridas le afectarían a las piernas, fracturándole la tibia izquierda. Ambos serían ingresados en el hospital Meixoeiro de la ciudad olivíca.

Como consecuencia del resultado de la explosión, la esposa y madre de los heridos sufrió un ataque de nervios, del que tendría que se atendida en el mismo centro sanitario en que fueron ingresados su marido e hijo.

Las familias que sufrieron ambos atentados residían en la periferia de la ciudad olívica, sin tener ninguna relación aparente entre ellos, pese a que las bombas explotaron en la misma jornada y estaban compuestas de un material similar. Las mismas estaban compuestas de pólvora prensada, hechas de una forma muy rudimentarias, pero preparadas para hacer el mayor daño posible. En el interior de cada una de las dos bolsas, envuelto en papeles de periódico, había un tubo de unos 30 centímetros de longitud relleno con trozos de hormigón y piezas de hierro para que actuasen como metralla con la finalidad de hacer el mayor daño posible. Los tubos se accionaban con un sistema de detonación, listo para el primer movimiento. Se supone que ambos explosivos fueron colocados en la noche anterior a hacer su detonación.

Impunidad

Apenas dos semanas más tardes fueron detenidos tres jóvenes como presuntos autores de las explosiones que habían provocado la muerte de un matrimonio y heridas graves a otras dos personas, entre ellas un niño. Sin embargo, dos de ellos serían puestos en libertad tras prestar declaración ante la jueza titular del juzgado de instrucción número dos de Redondela Carmen Novoa Santos.

Solamente uno de los detenidos F.R,G., permanecería en prisión durante algún tiempo, concretamente entre el 13 de noviembre de 2002 y el 21 de noviembre de 2003. Sería puesto en libertad tras abonar una fianza de 3.000 euros. Esta misma persona solicitaría de la Justicia una indemnización de 58.100 euros por el tiempo en que estuvo en prisión en concepto de daños morales y perjuicios ocasionados por el tiempo que permaneció privado de libertad. Sin embargo, su reclamación no fue atendida por los tribunales, al estimar que no se trataba de un sobreseimiento libre.

Pese a que han transcurrido casi 17 años desde que se cometieron estos horrendos atentados, jamás se ha vuelto a detener a ninguna persona que se sospechase alguna relación con este suceso que costó la vida a dos personas. La policía siempre sostuvo que ambas explosiones habían sido obra de la misma persona, pese a que ambas familias no guardaban ninguna relación aparente entre si. De la misma forma, siempre se ha descartado la hipótesis de que se tratase de un atentado terrorista por la escasa relevancia social que gozaban las víctimas.

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Tragedia en un autocar abarrotado de peregrinos

Labores de los servicios de auxilio en el trágico siniestro

El año 1999 prometía y, todo hay que decirlo, fue espectacular por la visita masiva a la tumba del Apóstol de peregrinos provenientes de todas partes del planeta. El entonces presidente de la Xunta, Manuel Fraga Iribarne, se había propuesto potenciar y realzar la imagen de Galicia en el exterior a costa de los sucesivos años santos que se celebraban en Compostela, con la denominación comercial de Xacobeos. Parecía una apuesta segura, aunque eran muchos los que se quejaban, especialmente los hosteleros, que aquellos turistas que llegaban al finisterrae occidental eran de mochila y alpargata, es decir que no eran, lo que se dice, consumidores natos. Aunque si dejaban algún valor añadido, no era tanto como cabía imaginar, además de producir en la siempre bella y eterna ciudad de Compostela el fenómeno del turismo masivo que, además de carecer de cualquier beneficio, provoca el efecto contrario, que es perjudicar gravemente a un entorno histórico como lo es el compostelano, amén de las molestias que les provocan a quienes hacen su vida cotidiana en Santiago.

Por todos los rincones de aquel 1999 era muy frecuente ver a hombres y mujeres de todas las edades, aunque predominaban los más jóvenes, con mochila en ristre y provistos de cualquier elemento que pudiesen emplear como bastón con destino a las tierras en las que supuestamente se encontraba el cuerpo del Apóstol, pese a que el discípulo de Cristo Jacob jamás pisó en su vida las tierras gallegas. Y es de suponer que ni siquiera supiera que existieran. Se decía que en su lugar se veneraba al irreverente Prisciliano, condenado por herejía. Pero es de suponer que ninguno de los dos se encuentre en el altar mayor catedralicio de la ciudad a la que da nombre Santiago. Muy difícil se lo ponen identificarlo ahora, 1.200 años después, aunque es seguro que los restos que allí se veneran no son los del Apóstol a quien está dedicado tan magnánimo templo catedralicio.

Las peregrinaciones a tierras compostelanas fueron mucho más que las clásicas ilusiones de ganar el jubileo al que aspiraban los millones de peregrinos que durante el Medioevo se dirigían a Galicia por caminos perdidos teniendo como única guía las estrellas, cristianizando así una ancestral tradición celta que se resistió siempre a desaparecer. Ahora, pocos son los caminantes que llegan a Santiago con la ilusión de redimir sus pecados y su alma, además de solicitar su intercesión en asuntos terrenales. La mayoría lo hace por un turismo malentendido que beneficia a muy pocos o por pasar unos días de diversión. O sencillamente por hacer deporte y desconectar del mundo, aunque siempre provistos de la correspondiente tableta con sus contactos en Facebook y las restantes redes sociales.

Quienes si viajaban a la tierra del Apóstol con esas intenciones eran los más de 4.000 peregrinos que cada año santo compostelano se apuntaban en la diócesis de Astorga, o al menos esa era la versión que sostenía su entonces obispo, el gallego Camilo Lorenzo, quien en mayo de 1999 encabezaba la gran legación berciana que en aquel entonces se trasladaba a Galicia para venerar al galileo. Para ello, no habían escatimado esfuerzos, tales como fletar más de medio centenar de autocares, amén de distintos vehículos particulares. Uno de los autobuses había salido de la localidad berciana de Fabero, en la Galicia irredenta, a primeras de la mañana de aquel 23 de mayo 1999, se podría decir que había partido ya de madrugada, cuando todavía no apuntaban los primeros claros de luz de aquel soleado día de primavera.

Vuelco

Alrededor de las nueve y cuarto de la mañana, tras más de tres horas de trayecto, el autocar, en el que viajaban 52 peregrinos, tuvo la mala suerte de enfilar una curva de una forma un tanto anómala provocando un vuelco, al que casi nadie encontraba las razones de porqué se produjo. El vehículo había dejado atrás la autovía para incorporarse a la carretera nacional N-634 a la altura del municipio de Guitiriz cuando, por razones que se desconocen, comenzó a dar bandazos, en tanto los viajeros que iban en su interior proferían angustiosos gritos, para terminar volcando en una sinuosidad que, aparentemente, no parecía ser para nada peligrosa. A todo ello se añadía el excelente estado en el que se encontraba el vehículo, además de no ser excesivamente viejo, ya que contaba con tan solo nueve años en aquel entonces y había superado todas las revisiones a las que había sido sometidos. Por si esto fuera poco, cabe añadir que el día en que se produjo el siniestro era una jornada soleada sin ningún banco de niebla que pudiese dificultar la conducción. Y no solo eso. Quienes iban a bordo del autocar siniestrado manifestaron que la velocidad a la que enfiló la fatídica curva era más bien prudente.

Sea como fuere, lo cierto es que como consecuencia de aquel trágico accidente que enlutaría el último año santo compostelano del siglo XX fallecerían un total de cuatro personas, en tanto que otras 40 resultarían heridas de diversa consideración. Muchos de los heridos, algunos de ellos de gravedad, tendrían que ser trasladados al viejo Hospital Xeral de Lugo y a la Residencia Sanitaria Juan Canalejo de A Coruña. Los menos graves serían atendidos en centros de salud de Guitiriz y Betanzos respectivamente.

La situación vivida en el interior del autobús fue calificada de «dantesca» por un médico que viajaba a bordo del mismo y que fue el encargado de dirigir las primeras atenciones de socorro a los viajeros heridos. Para ser excarceladas las víctimas del amasijo de hierros al que quedó reducido el autocar, fue preciso esperar a que llegasen equipos especializados que tardarían hasta dos horas en poder extraer de allí los cuerpos de las víctimas mortales. Además, en un primer momento se produjeron escenas de pánico y desazón, a lo que se sumaría más tarde cierta confusión a la hora de identificar a los fallecidos. Tres de las personas que habían perdido la vida eran jubilados que ya superaban los 60 años, en tanto que la cuarta era una mujer de tan solo 42 años.

El trágico accidente de tráfico en el que perecieron cuatro personas pertenecientes a diferentes localidades de la comarca berciana fue la nota más triste de aquel Año Santo Compostelano, el último del segundo milenio en el que se habían puesto muchas esperanzas, aunque para unos pobres peregrinos peregrinos procedentes de la frondosa comarca del Bierzo fuese, desgraciadamente, su último destino.

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El asesinato de Antonio Alfageme

Antonio Alfageme, el empresario asesinado en 1974

En el año 1974 todavía eran muchos los gallegos que probaban fortuna lejos de su tierra, ya que esta seguía siendo un territorio esquivo a la suerte y al emprendimiento de algunas iniciativas que les permitiesen prosperar. Se esperaba con espasmódica y tensa calma el fin de un régimen que parecía inminente, aunque se demoraría casi dos años, los mismos que le quedaban del vida al viejo dictador. El sistema político estaba ya muy corrompido y su descomposición parecía ser inminente, principalmente desde que fuera liquidado en un atentado terrorista que se atribuyó a ETA el almirante Luis Carrero Blanco, que había sido asesinado cuando estaba a punto de concluir el año 1973.

Galicia continuaba siendo esa tierra atávica y ancestral que todavía seguía siendo retratada como un territorio peculiar y desconocido, en el que aún se escuchaban, aunque cada vez menos, los eternos cuentos de meigas, trasnos y tangaraños. De la misma forma, muchos gallegos de la época, principalmente en la provincia de Lugo, seguían trabajando de una manera tradicional en la que no daban por desaparecido a los viejos arado romano y el carro del país que, a lo largo de caminos y corredoiras, seguían entonando su no menos ancestral sintonía en la que su eje, escasamente engrasado, seguía siendo el gran protagonista.

Pero pese a que seguía siendo un territorio inmóvil y a veces podría decirse que aletargado, por su negativa a renovarse, era una tierra en la que sucedían cosas. Algunas eran buenas, y otras no tanto. Tampoco era el inquilino de El Pardo el único protagonista de aquella eterna Galicia, que tan solo un lustro antes había gozado de la gesta del Pontevedra CF en la máxima categoría del fútbol estatal al ya clásico grito de Hai que roelo!

Aquella primavera del año 1974 estaba siendo convulsa. Los motivos de esa convulsión los podemos encontrar en la ejecución de Salvador Puig Antich, quien había padecido una verdadera degolladura a consecuencia de la impericia del verdugo que le tocó en desgracia. Pero en Galicia se produciría un hecho singular que alteraría la tranquila convivencia de sus habitantes. En Vigo aparecía asesinado en la tarde-noche del 20 de abril de 1974 en el despacho de su oficina el empresario conservero, Antonio Alfageme del Busto, de 57 años de edad, y que, además de dirigir su puntera sociedad, era presidente de la Unión de Fabricantes de Conservas de Galicia, siendo toda una autoridad en su tierra en aquella época.

Un familiar de la víctima, Fernando García del Valle, ingeniero naval de profesión y yerno de Antonio Alfageme, daría la voz de alarma en torno a su desaparición, ya que su suegro se estaba demorando en regresar a su domicilio para cenar. Esta misma persona de su círculo más íntimo lo encontraría tendido en el suelo de la oficina en medio de un gran charco de sangre. Su asesino se había ensañado con su víctima, pues presentaba un gran número de cortes y puñadas hechas con algún objeto punzante que bien pudiera ser una navaja o un arma semejante.

Confusión

La muerte de Antonio Alfageme del Busto provocó la lógica consternación en su ciudad, Vigo, donde, además de ser un personaje muy popular y conocido, gozaba del aprecio de gran parte de sus paisanos. Cuando los investigadores hicieron sus primeras pesquisas se centraron en diversas pistas, algunas de las cuales podían apuntar a algunos empresarios de su mismo sector o por algún ajuste de cuentas. Sin embargo, había un hecho que parecía dar algo de luz en el asunto, el ensañamiento que había provocado en su víctima revelaba que se escondía alguna otra cuestión de tipo personal en la que estuviese involucrado el conocido empresario gallego.

Durante varias jornadas se sucedieron los interrogatorios a distintas personas de la ciudad, entre ellos al también empresario Francisco Rodríguez Rodríguez, propietario de la empresa de la distribución del butano de la ciudad de Vigo. Aunque resultó detenido en un primer momento, posteriormente sería puesto en libertad, al no encajar algunas de las piezas del impresionante rompecabezas ante el que se hallaban los investigadores policiales.

La principal clave del crimen que conmocionó a la sociedad gallega de entonces, la daría un cuaderno privado de notas de la víctima en el que se anotaban muchos teléfonos, entre ellos hasta los de siete señoritas, aunque para desvelar a quien correspondían debieron hacer encajes de bolillos, pues sus nombres estaban escritos en clave. Finalmente, la nómina de las investigadas se redujo a cuatro.

Entre esas investigadas se encontraba la esposa del propietario de la empresa dedicada a la distribución del butano en la ciudad olívica, María Cristina Pérez de Diego, una bella y distinguida dama de la alta sociedad de la ciudad del sur de Galicia de 42 años de edad, quien había sido condenada por adulterio. Esta fue la pista principal que siguió la policía, que le llevaría hasta su viejo conocido Francisco Rodríguez, quien sería detenido casi tres semanas después de haberse cometido el crimen. Para ser más exactos, su detención se produjo el 10 de mayo de 1974. La contemplación de una silueta con una chaqueta de color rojo en las inmediaciones de la oficina de Alfageme el día de autos fue clave también en su detención, pues esa prenda era la que habitualmente empleaba el industrial conservero en su despacho. El empresario del butano de la ciudad olívica confesaría ante los agentes de la comisaría viguesa el asesinato. Se comentaba entre personas de su círculo más próximo el hecho de que, pese a haber cometido un crimen y a estar en la lista de los sospechosos, hacía una vida completamente normal como si nada hubiese ocurrido y el asunto no fuese con él.

Estilete abrecartas

Tras confesarse autor del crimen, Francisco Rodríguez relataría ante las autoridades que detrás del sangriento suceso se hallaba una cuestión de carácter sentimental, pues su esposa se había convertido en la amante de Alfageme. Además, confesaría también que recibía cartas anónimas, escritas a máquina, en las que se le indicaba que su mujer se traía un lío de faldas con el conocido conservero. Estas mismas misivas resultaron también una clave para resolver el asunto, pues la letra de las mismas se correspondía con las de una máquina de escribir que Antonio Alfageme poseía en su propio despacho.

Previamente, Francisco Rodríguez había encargado a un detective privado el seguimiento de su esposa. Así era conocedor de prácticamente todos los detalles sobre su vida. Entre estos figuraba una cita en una pensión de Vigo, situada en la calle Alfonso XIII el 20 de abril de 1974. De la misma vio salir al presidente de los conserveros gallegos, mientras que tan solo unos momentos después saldría su esposa. Posteriormente, Francisco se dirigiría al garaje de su casa de donde tomó un desmontable, que guardó en el bolsillo del pantalón. Este era un aparato para sacar y poner las arandelas de los vehículos.

Provisto de lo que supuestamente precisaba, se dirigió a la calle Felipe Sánchez, donde se emplazaba el despacho de su víctima, a quien la abordó en el momento en que esta la abandonaba. En un principio le propinó un empujón así como una patada en el bajo vientre, lo que provocaría que Alfageme cayese de rodillas al suelo, donde continuaría golpeándole de forma insistente con el desmontable, provocándole una primera conmoción.

Tras la primera agresión, Francisco Rodríguez se dirigió a los lavabos con la intención de asearse, pero vio como la víctima trataba de alcanzar la puerta arrastrándose por el suelo, por lo que proseguiría agrendiéndole con mucha mas saña. Ahora utilizaría un estilete de abrir cartas o posiblemente una navaja, con la que le propinaría hasta un total de 13 puñaladas en el cuello que acabarían con la vida de Antonio Alfageme. Tras cometer el crimen, el propietario de la empresa de combustibles se dirigió al muelle de Vigo, donde arrojaría al mar el arma utilizada en la comisión del asesinato. Esa misma noche, cuando regresó a su domicilio, después de cenar se iría al cine con su esposa.

Condena

E 10 de junio de 1975 se celebraría el juicio por el crimen que costó la vida a Antonio Alfageme en la Audiencia Provincial de Pontevedra, presidiendo el tribunal el magistrado Mariano Rajoy Sobredo. En un principio se pedían 15 años de cárcel para Francisco Rodríguez, así como una indemnización de un millón de pesetas para los herederos de la víctima. Los encargados de juzgar este controvertido y rocambolesco caso tuvieron en cuenta distintas atenuantes que se derivaban de los informes elaborados por los peritos y psiquiatras que se encargaron de juzgar ese suceso. Así, según los forenses, el acusado presentaba una «personalidad inmadura», a lo que se añadía un «bajísimo nivel de angustia», además de calificarlo como un «psiconeurótico de carácter patológico» lo que significaba un «defecto en la formación de la personalidad», siendo inconsciente de sus actos en el momento de cometer la agresión mortal sobre Alfageme. A ello se añadía la negativa de la víctima a hablar con el agresor en el momento previo a cometer el crimen, lo que desencadenó su furibunda reacción, sufriendo en ese momento un trastorno mental de carácter transitorio.

Francisco Rodríguez Rodríguez sería condenado en sentencia firme a la pena de ocho años de prisión mayor, así como al pago de una indemnización cifrada en 900.000 pesetas a los herederos del empresario conservero vigués. Se tuvieron en cuenta las atenuantes presentadas por su abogado defensor, indicando que el agresor había actuado de «forma obcecada» en el momento de asesinar a Antonio Alfageme. A todo ello se añadía los antecedentes que presentaba su esposa, quien, como ya se ha indicado, había sido condenada por adulterio.

En aquel tiempo, hace ya 45 años, se pretendió relacionar este crimen con el famoso «caso Reace», un escándalo motivado por la desaparición de más de cuatro millones de kilos de aceite en el año 1972 de su factoría, ubicada en el municipio de Redondela, muy próximo a Vigo. El aceite desaparecido pertenecía a la Comisaría General de Abastecimientos y estaba valorado en casi 170 millones de pesetas (más de un millón de euros actuales). En torno a este escándalo se producirían distintas muertes en muy poco tiempo, relacionándose el deceso de Alfageme con otros similares acontecidos en aquella época. De la empresa Reace, propietaria de la factoría de la que había desaparecido el aceite, formaba parte de su consejo de administración Nicolás Franco Bahamonde, hermano del entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, aspecto este que aumentaba el interés público por tan dramático asunto.

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45 niños y cuatro adultos muertos en el río Órbigo

Rescate del autobús siniestrado en el río Órbigo

La España de hace 40 años estrenaba consistorios democráticos, tras pasar más de 40 años sin procederse a la renovación de unas viejas instituciones descuidadas y caducas a las que por fin llegaba un más que necesario soplo de aire fresco. También en Galicia había nuevos alcaldes y concejales elegidos a través de las urnas, aunque seguía planeando todavía la sombra de aquellos viejos caciques que ahora se disfrazaban de demócratas de última hora para poder seguir detentando un poder que pretendían patrimonializar. Sin embargo, la irrupción de los vientos de libertad estaba siendo más que imparable y parecía aventurarse un prometedor tiempo de ilusión y esperanza en el que los gallegos iban a finiquitar la sempiterna imagen de andar detrás de un arado romano o tras una yunta de bueyes o vacas. Aún así, quien podía seguía buscando fortuna allende los límites que marcaban las cordilleras gallegas, ya que en el noroeste peninsular seguía siendo muy complicado prosperar.

Cuando se había cumplido justo una semana de la elección de las corporaciones democráticas, el 10 de abril de 1979, martes de Semana Santa para más señas en una época en la que las sotanas iniciaban su vertiginosa decadencia, los gallegos y también el resto de los españoles se sobresaltaron a media tarde con una desgraciada y trágica noticia. Unos muchachos y sus maestros, todos ellos pertenecientes al colegio Vista Alegre de Vigo, perecían en las aguas del río Órbigo a consecuencia de un trágico accidente de tráfico que sufría el autobús en el que viajaban de regreso a la ciudad olívica. Habían aprovechado el paréntesis vacacional para efectuar una excursión a Madrid. Sin embargo, y por desgracia, jamás regresarían junto a los suyos debido a una de las muchas fatalidades que ocurren en las carreteras.

Demasiadas adversidades

Cuando en cualquier siniestro se producen muchas víctimas, ya sea de carretera, ferrocarril o aéreo, suelen juntarse un cúmulo de circunstancias que contribuyen de forma decisiva a magnificar la tragedia. Este desgraciado suceso no fue ajeno a esa suma de infortunios. Cuarenta años dan para hablar largo y tendido sobre que pasó o dejó de pasar, dando lugar a un sinfín de teorías y conspiraciones que jamás podrán poner de acuerdo al común de los mortales. Lógico, por otra parte. Este caso no iba a ser menos.

En un principio se apuntó al exceso de velocidad como el causante del siniestro. Se habló de que el conductor había enfilado con demasiada rapidez la curva en la que se alza el puente que se sostiene sobre el río Órbigo, en el término municipal de Santa Cristina de la Polvorosa, en la provincia de Zamora. El autocar solo había recorrido cuatro kilómetros sobre una carretera ancha y en buen estado, la Comarcal-650, que une las localidades de Ourense y Benavente, cuando derrapó sobre la sinuosidad que tomaba. Su parte trasera tocaría con el pretil del puente a consecuencia de lo cual el vehículo patinaría hasta el otro lado de la carretera precipitándose al río Órbigo.

Además de producirse el siniestro en el sitio menos indicado, hay que añadir que el caudal del efluvio era muy superior, hasta seis veces más, al que acostumbraba a llevar normalmente, debido a las lluvias caídas en aquella pluviosa primavera. El lugar al que fue a caer el autobús era uno de los puntos más profundos del cauce fluvial, con una hondura que podía llegar a los ocho metros, lo que contribuiría de forma decisiva a agrandar la de por si ya enorme magnitud de una tragedia que teñiría de luto la Semana Santa de los españoles.

Otra de las causas a las que se atribuyó el accidente fue al hecho de que el conductor del autocar llevase los ojos llorosos e irritados como consecuencia de que alguno de los jóvenes viajeros le hubiese echado polvos de pica-pica, circunstancia esta que le habría dificultado la visión o la atención al volante, provocando una aterradora catástrofe en la que perderían la vida hasta un total de 45 niños y 4 adultos, tres maestros y el conductor del autocar.

Solamente once personas se salvarían de perecer en aguas del río Órbigo, entre ellos un soldado que cumplía en ese momento el servicio militar, quien había sido recogido en una localidad en la que el autobús hizo una parada técnica. Al parecer, el mozo era amigo de uno de los profesores que viajaban al frente de la expedición y le conminó a que viajase con ellos.

Los vecinos y la desorganización

Una vez más, como ha sido muy habitual en todas las catástrofes y tragedias que han tenido lugar a lo largo de toda la geografía española, es de reseñar la función que desempeñaron los vecinos de la localidad para socorrer a las víctimas de este siniestro. Incluso algunos jóvenes de Santa Cristina de la Polvorosa se arrojaron a las frías y turbulentas aguas del Órbigo, que en ese momento llevaba un enorme crecida, contribuyendo a salvar algunas vidas, además de rescatar a algunos cuerpos inertes que flotaban sobre el cauce del efluvio zamorano. En este sentido es muy de destacar el arrojo demostrado por José Castro Fernández, un padre de siete hijos, que mostraría un extraordinario valor auxiliando a los damnificados. Además, sería gracias a dos piragüistas voluntarios como se rescataron los cuerpos de dos de las víctimas, los primeros en ser recuperados del agua, que fueron encontrados a casi tres kilómetros del lugar de donde se había producido el suceso.

Pese a que desde el primer instante se movilizaron a cuerpos y fuerzas de seguridad del Ejército, así como buzos y equipos de hombres-rana, al día siguiente al suceso se vivirían dramáticas escenas de tensión entre los padres de las víctimas y las autoridades allí congregadas. Los familiares de quienes habían perecido en las aguas del Órbigo se quejaban amargamente de que en lugar del siniestro se estaban congregando muchos uniformes y coches oficiales, pero no se hacía absolutamente nada para rescatar a sus vástagos que todavía permanecían hundidos en aquel lúgubre charco de tragedia y desolación. Incluso, elevarían sus protestas ante la Reina de España, Doña Sofía, hoy en día Reina emérita, quejándose de la actitud de las autoridades a la hora de rescatar a sus hijos. De la misma forma, un coronel del Ejército sería el blanco de las críticas y la ira de alguno de aquellos progenitores en un tiempo en el que la institución militar seguía manteniendo un carácter poco menos que sagrado.

Los primeros féretros con los cuerpos de los fallecidos en tan fatal accidente llegarían a Vigo en un tren especial, siendo recibidos en la estación de la ciudad olívica por más de 3.000 personas que de esta forma pretendían mostrar su apoyo a las familias de las víctimas. Transcurrida una semana del desgraciado suceso, todavía quedaban por recuperar cinco cadáveres. Esa inusual tardanza, unida a la resquebrajada organización, era aducida en base a que muchos de los equipos de rescate se encontraban disfrutando de las vacaciones de Semana Santa. Increíble, pero cierto.

En la localidad en la que se produjo el accidente, Santa Cristina de la Polvorosa, se erigiría un monolito en honor de las personas allí fallecidas. Aunque este monumento fue prometido por el alcalde a las escasas semanas de haberse producido el siniestro, no sería hasta el vigésimoquinto aniversario del mismo cuando se inauguró oficialmente. El recuerdo a las víctimas se perpetuaría con la dedicatoria de una plaza a la ciudad de Vigo en el mismo municipio.

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