Una turista británica asesinada en Ribadeo

Playa de Os Castros, donde apareció el cuerpo sin vida de la turista británica

En la década de los años setenta del pasado siglo el área litoral de la provincia de Lugo era la que presentaba su mejor faz. Aunque le seguían uniendo muchas cosas con el resto de las localidades del interior, se observaba un claro índice de desarrollo humano muy superior al resto de un territorio básicamente agrario. Uno de los lugares que mejor representaba ese progreso era la localidad de Ribadeo, favorecido por su magnífica situación geográfica, insertada en un cruce de caminos entre Galicia y Asturias, y por la propia circunstancia de ser una localidad costera. En sus veranos ya era muy frecuente la turistas y veraneantes que buscaban un estío diferente, en el que se pudiese gozar de una tranquilidad prácticamente sepulcral, unido todo ello al suave clima del que se podía disfrutar y de unos parajes de transición a la hermana tierra asturiana que convertían al municipio de la ría del Eo en un destino poco menos que inigualable.

Era frecuente, y lo sigue siendo, ver ya veraneantes procedentes de distintos puntos, no solo de la geografía española, sino también europea. Una de esas turistas era una ciudadana británica, Susan Margaret Barlow, de 33 años de edad y residente en Alemania, que aparecería muerta en extrañas circunstancias en la tarde del 23 de septiembre de 1976 por una pareja de miembros de la Guardia Civil en la playa de Os Castros, después de que conocidos de la mujer o del hotel en el que se hospedaba diesen la voz de alarma en torno a su desaparición. Su cuerpo fue localizado en una cueva conocida como «Ollo de Bocadín«, que tiene unos doce metros de profundidad por dos de ancho, a muy corta distancia de donde la joven había sido visto en jornadas anteriores en compañía de otro hombre.

El cadáver de la mujer se hallaba en posición de bruces semienterrado en la arena y prácticamente pegado a la pared rocosa de la cueva, flanqueándole por su costado izquierdo un tronco de grandes proporciones, ambos en posición vertical hacia la entrada de la caverna. Vestía un polo de franjas horizontales y la parte inferior del bikini, ambas prendas en perfecto estado, circunstancia esta que hizo pensar a los investigadores que no se estaba bañando en el momento de producirse su óbito. Además, dada la estrechez de la cueva en la que se encontraba su cuerpo, nada hacía sospechar que fuese arrastrada hasta aquel lugar por el oleaje, ya que de haberlo hecho, tal vez le hubiese destrozado la ropa contra las rocas, además de provocarle heridas y contusiones en prácticamente todo el cuerpo.

Golpes en la cabeza

Uno de los aspectos que más llamó la atención de los investigadores en este suceso fue el hecho de que presentase importantes heridas en la cabeza a consecuencia de las cuáles pudo haberle sobrevenido la muerte, en tanto que no sucedía así en el resto de su cuerpo. La joven presentaba una herida contuso-cortante arciforme en región temporal derecha, dos heridas contuso-cortantes en región mastoidea y cervical alta derecha; hematomas en región mentoniana derecha y coágulo sanguíneo en fosa nasal derecha. Todas estas heridas podrían haber sido producidas al batir el mar su cuerpo contra las rocas, aunque, los investigadores descartaron que fuese a consecuencia del oleaje, ya que no presentaba heridas en otras partes del cuerpo.

En días posteriores al hallazgo del cadáver se hicieron las oportunas pesquisas para buscar al acompañante con el que había sido visto paseando por la playa en días anteriores a su muerte, así como haciéndole compañía en una cafetería ribadense. Sin embargo, estas no dieron resultado alguno. Uno de los hombres testificaría ante los agentes de la Guardia Civil, pero nada tenía que ver con la muerte de Susan Margaret Barlow. La detención del criminal llegaría algún tiempo más tarde, cuando ya se habían enfriado en parte los ecos de un asesinato que tuvo una gran repercusión en el área asturgalaica.

Detención del asesino

Según la información del diario asturiano EL COMERCIO, en su edición del 9 de noviembre de 1976, publicaba la detención de un camarero gallego afincado en Gijón, José María Díaz, quien llevaba muy poco en la ciudad asturiana y ya había formalizado relaciones con una muchacha que trabajaba en el mismo bar en el que trabajaba. Su detención produjo una gran sorpresa, pero los datos obtenidos por los investigadores cuadraban perfectamente con los del hombre que había sido visto en la tarde en la que había desaparecido la joven inglesa.

Cuando el camarero fue detenido, alegó que no recordaba nada de los hechos, pues, según su propio testimonio se encontraba bajo los efectos de alguna droga que había ingerido en la tarde en la que se produjo el crimen. Según narró ante la Guardia Civil, golpeándola contra la pared rocosa hasta en tres ocasiones, circunstancia esta que terminaría provocando la muerte de la súbdita británica. Posteriormente, hurgaría a fondo en sus pertenencias, haciéndose con todo el dinero que portaba, una importante cantidad en efectivo, que emplearía para huir de Ribadeo.

De la misma forma le delataría el hecho de efectuar dos llamadas telefónicas al hostal en el que se hospedaba Susan Margaret Barlow, interesándose si había regresado la joven británica, cuando el sabía que yacía muerta en un recóndito lugar de la arena de la playa gallega. Además, en el transcurso del juicio que se celebraría en su contra, en la Audiencia Provincial de Oviedo, declararía también que desconocía que había muerto cuando el abandono el lugar conocido como «Ollo do Bocadín». Sin embargo, de poco sirvieron sus alegaciones y José María Díaz sería condenado por asesinato.

Entre las anécdotas más llamativas en torno a este caso, destaca el hecho que al no poder hacer frente la familia residente en Alemania a los gastos que suponían el traslado del cuerpo de la joven, esta reposa en la localidad lucense de Ribadeo, bajo una preciosa lápida en la que aparece inscrita su fecha de nacimiento, así como la de su defunción, en una no menos entrañable sepultura en la que siempre hay flores frescas como recuerdo de un aterrador suceso que conmocionó al siempre apacible territorio asturgalaico.

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Encapuchados asesinan a un sargento en Xinzo de Limia

Xinzo de Limia

Corría la primavera de 1988 y los asaltos por parte de encapuchados a viviendas y propiedades del área rural gallega estaba siendo muy frecuente, cobrándose incluso algunas víctimas mortales. Los asaltantes buscaban casas aisladas y, preferiblemente, habitadas por personas mayores, a fin de no hallar resistencia. En aquel entonces se hizo tristemente célebre una banda conocida como la de los encapuchados, que operaba principalmente por el sur de Lugo y las extensas áreas rurales de Ourense. Era muy frecuente que cada semana los distintos medios de comunicación de la época se hiciesen eco de distintos asaltos a domicilios, llegando incluso a generarse una ola de temor entre los residentes del amplio mundo rural gallego, que había comenzado ya su lento, pero imparable declive.

Uno de los sucesos que más profundamente consternaría a la sociedad gallega de entonces fue el atraco a un bar en la localidad de Xinzo de Limia, que se saldaría con el asesinato del sargento de la Guardia Civil, José Benito Rodríguez Rodríguez, cuando intentaba detener a los ladrones, después de que un vecino de la zona, la calle Francisco Macías, diese aviso a la Benemérita de la presencia en un local de hostelería de tres hombres encapuchados que habían llegado a bordo de un vehículo matrícula de Ourense, modelo Talbot Solara.

El trágico acontecimiento ocurrió a medianoche del 10 de marzo de 1988. Un vecino de la referida vía avisó a los agentes del puesto de la Guardia Civil que había visto descender de un vehículo a tres hombres que se colocaban unas capuchas para asaltar el bar «Seyma». Inmediatamente se presentó en el lugar de los hechos el sargento José Benito Rodríguez, armado pero con ropa de paisano. Quizás no reparase en que los asaltantes del local también iban armados con sendas pistolas y solamente se percató de la presencia de dos de los tres delincuentes. Además, no dudaron en ningún momento en enfrentarse al agente realizando un intercambio de disparos, mientras registraban las diversas dependencias del establecimiento en busca de dinero y objetos de valor.

A sangre fría

Un tercer asaltante, que estaba fuera del campo de visión del sargento, fue escabulléndose hasta la puerta trasera del local, hasta poder salir a la calle. Una vez fuera del establecimiento, no dudó en acercarse por la espalda del agente de la guardia civil y descerrajarle de un tiro en la nuca, cayendo mortalmente herido. De inmediato, se acercaron hasta el lugar de los hechos una patrulla de la Benemérita con la intención de apresar al asesino del sargento. Sin embargo, los ladrones huyeron con un botín de 45.000 pesetas(270 euros actuales) y un equipo de música y sonido valorado en 40.000 pesetas(240 euros actuales). Se dieron a la fuga en el vehículo que habían empleado para perpetrar el asalto, que previamente lo habían sustraído en la capital de la provincia.

El sargento, que estaba casado y era padre de dos hijos de 21 y once años respectivamente, sería inmediatamente evacuado a un centro hospitalario donde ya ingresaría cadáver, debido a la gravedad de las heridas que presentaba. A la banda que había asaltado este local de hostelería se le relacionaba con otro suceso similar ocurrido en la localidad lucense de Chantada, donde habían sustraído la cantidad de 68.000 pesetas(408 euros actuales).

Días después eran detenidos los tres autores del trágico asalto al bar de A Limia. El cabecilla de la banda y presunto autor del disparo que acabó con la vida del sargento, José Antonio G.N. era ya un viejo conocido de las fuerzas de seguridad del estado pues, con tan solo 23 años que contaba en aquel entonces, acumulaba un amplio historial delictivo que se remontaba al año 1986. Desde esa época hasta su detención había participado en numerosos asaltos a diversos establecimientos de toda la provincia de Ourense. Sería condenado a la pena de 20 años de cárcel por un delito de asesinato, robo con muerte dolosa, según recoge la sentencia de la Audiencia Provincial de Ourense, de diciembre de 1988.

Obtendría el tercer grado penitenciario en el año 2000 y a finales del 2001 saldaría definitivamente sus cuentas con la justicia, todo ello gracias a una controvertida decisión judicial que contradecía así los consejos de la junta de tratamiento de la prisión provincial ourensana, quienes consideraban al asesino del sargento de Xinzo como una «persona conflictiva».

A diferencia de lo que aconteció con sus dos compañeros de correrías, su nombre seguiría siendo muy familiar en los juzgados, viéndose involucrado en distintos sucesos, tales como nuevos delitos contra la propiedad, tráfico de estupefacientes y nuevas amenazas a los agentes de la Guardia Civil, con quienes protagonizaría un altercado en el año 2002, advirtiéndoles que «ya maté a uno. Si hace falta mato a otro». Esta expresión, atribuida al asesino del mando de la Benemérita en Xinzo de Limia, define a la perfección ante que personaje se encontraban.

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Siete muertos de forma misteriosa por el caso «Reace»

Antiguos depósitos de REACE en Redondela

El caso «Reace» fue un escándalo de incalculables dimensiones que afectó a la dictadura franquista en sus últimos tiempos, llegando prácticamente a salpicar a la mismísima Jefatura del Estado, pues el hermano del dictador, Nicolás Franco Bahamonde, era miembro del consejo de administración de Refinerías de Aceite del Norte de España (REACE). El fraude fue descubierto el 25 de marzo de 1972 cuando la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes(CAT), de titularidad pública, decidió disponer de aceite en una cantidad superior a la que se guardaba en los tanques, que eran alquilados por el organismo estatal, se destaparía el escándalo, pues habían desaparecido 4.000 toneladas de aceite de oliva, valoradas en 200 millones de pesetas de la época(1,2 millones de euros actuales), y con los que se pretendía intervenir el alza de los precios en el mercado.

A consecuencia de la desaparición del aceite, el director gerente de la compañía, el ingeniero vigués José María Romero González denunciaba en el juzgado el suceso. Se iniciaba así un rosario de turbios acontecimientos que tendrían en vilo a la sociedad gallega durante varios años, que culminarían con un cúmulo de inexplicables muertes, atribuidas principalmente a suicidios y accidentes fortuitos, aunque todo parece indicar que había algo más. Ni el mejor trihller americano sería capaz de superar todo el cúmulo de hechos misteriosos que se produjeron en un caso que nunca acabó de resolverse, pues cuando se estaba juzgando, había desaparecido una parte del sumario. Una vez más, la realidad supera, y con creces, a la ficción.

La primera víctima, aunque parecía que era un hecho puntual y excepcional, no lo fue tanto. Ni siquiera era colateral. El primero en perder la vida fue un taxista vigués, Arturo Cordovés Diéguez, un joven de 23 años que había sido padre de forma muy reciente. Aunque no tenía nada que ver con la desaparición del aceite, al parecer era frecuente que directivos de REACE y compradores de aceite, algunos de ellos de conserveras gallegas, alquilasen sus servicios. El hombre aparecería muerto de varios disparos en su vehículo en el barrio olívico de Alcabre en la tarde del 9 de septiembre de 1972. Según la única testigo presencial de los hechos, los tiros que acabaron con la vida del conductor fueron realizados a muy corta distancia. Se practicarían varias detenciones, siendo interrogados hasta un total de 14 sospechosos, pero sin obtener resultado alguno. El caso sería cerrado en falso.

¿Qué había visto u oído el pobre taxista para que fuese elegido como la primera víctima mortal de un hecho que todavía no se ha esclarecido completamente casi medio siglo después? Jamás lo sabremos. El humilde profesional del volante dejaba viuda y un hijo recién nacido en un mundo que tal vez se le advertía un futuro muy cruel, pues a los pocos días de vida ya era huérfano. Se dijo de forma reiterada que el móvil de este asesinato había sido el robo, pese a que se encontró su monedero prácticamente intacto.

Tres muertes violentas en Sevilla

No había pasado un mes de la muerte del taxista vigués cuando, el 30 de septiembre de 1972, en su domicilio de la sevillana calle de Monzón aparecían muertos los tres miembros de una misma familia, presentando todos ellos heridas de arma de fuego. Las víctimas eran en esta ocasión José María Romero González, quien había sido director gerente de REACE, y que hacía muy poco tiempo se había trasladado a Sevilla; su esposa, e hija de 21 años, una joven estudiante de arquitectura.

El régimen quiso presentar este aterrador suceso, que conmovió tanto a la sociedad sevillana como a la viguesa, como un caso que hoy entenderíamos como violencia de género. Sin embargo, algunos investigadores pusieron muy pronto en duda la veracidad del suceso. La esposa y la hija de Romero González habían aparecido muertas en una misma estancia del piso en el que residían, en tanto que el cabeza de familia fue hallado en otra distinta. Incluso, desde diversos medios de la época, se quiso acallar la posibilidad de que se tratase de algún ajuste de cuentas o evitar que se supiese más información sobre el caso en el que supuestamente estaría involucrado el hermanísimo de Franco.

Para acallar las voces críticas, la prensa oficial facilitó una información en la que se decía que en el hogar en el que residían las tres personas fallecidas eran muy frecuentes los altercados y las disputas familiares. Los cuerpos de las tres víctimas serían hallados un par de días después por la policía, quien -al parecer- habría sido alertada por el vecindario de la ausencia de sus vecinos. En el domicilio se encontraron algunos cosas que podrían inducir a muchas sospechas. Así, los cables del servicio telefónico habían sido convenientemente cortados, las ventanas estaban herméticamente cerradas y las ranuras de las puertas estaban selladas con papeles de periódicos.

Además de denunciar ante el juzgado la desaparición del aceite, en el verano de 1972 Romero González había dado cuenta también a las autoridades judiciales de una orden que el consideraba «absurda», emanada del consejero delegado de Reace, Isidro Suárez Díaz-Moris, consistente en rellenar los depósitos destinados al aceite de agua potable natural.

Muerte en la cárcel de Vigo

El cúmulo de extrañas muertes no terminaría con la de la familia de José María Romero González, sino que año y medio después de la tragedia ocurrida en Sevilla fallecía en la prisión de Vigo el 5 de abril de 1974 Isidro Suárez Díaz-Moris, antiguo consejero delegado de REACE y uno de los principales encausados en la desaparición del aceite de los tanques de Redondela. La causa oficial de su deceso fue atribuida a una intoxicación con monóxido de carbono procedente del calentador de las duchas.

Según esa misma información, en las vísceras del cadáver del antiguo responsable de la arrendataria aceitera se habrían encontrado restos del gas tóxico. Esta misma versión apuntaba en que Isidro Suárez habría fallecido al perder el conocimiento como consecuencia de la caída que le provocó la ingestión de monóxido de carbono. Posteriormente, se habría golpeado la cabeza contra un saliente de la ducha, lo que unido a la intoxicación que estaba sufriendo le habría provocado la muerte. Lo raro de todo es que no lo hubiesen visto otros presos.

Apenas dos semanas más tarde de la muerte de Díaz-Moris, el 20 de abril de 1974, fallecía asesinado en su despacho de Vigo el conocido empresario gallego Antonio Alfageme del Busto. En este caso su asesinato fue atribuido a un «problema de faldas» con su agresor, Francisco Rodríguez Rodríguez, pues al parecer cortejaba a la esposa de este último. Sin embargo, son muchos los que relacionan la muerte del conservero gallego con el caso «Reace».

Muerte del administrador concursal

Cuando empezaban a apagarse los ecos del llamado caso «Reace», era encontrado en su despacho de la calle Buenos Aires de Vigo el 7 de diciembre de 1977 el cadáver de la persona que se había ocupado de la administración concursal de la empresa, Luis Mañas Descalzo, de 53 años de edad. Con su óbito se cerraba prácticamente toda una cadena de posible información para esclarecer el hecho, pues el fallecido era empleado de REACE con anterioridad al descubrimiento del escándalo. Su deceso fue atribuido a un suicidio. Por aquel entonces también estaba muy reciente la muerte por causas naturales del hermano del dictador, Nicolás Franco Bahamonde.

Con motivo del fallecimiento de este último, se recordaba en Vigo un episodio pintoresco ocurrido hacía muy pocas fechas por aquel entonces. El mismo habría tenido como protagonistas a la esposa e hijos de Mañas Descalzo, quienes habrían arrojado ácido corrosivo sobre la cara de una mujer, quien fallecería en septiembre de 1977 como consecuencia de un proceso bronquial.

El caso «Reace» mantuvo en vilo a la opinión pública gallega y española de la segunda mitad de la década de los setenta del pasado siglo. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en cualquier película de suspense, aquí jamás se llegó hasta el final y nunca se supo lo que realmente había ocurrido con el aceite que se guardaba en los desmantelados silos de Guixart.

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Mata a un vecino por impedirle pasar por su finca

Parroquia de Torbeo, Lugo, donde ocurrió el crimen

En la década de los sesenta del pasado siglo todavía no había comenzado la espectacular regresión demográfica del mundo rural gallego. Estaba en ciernes. Seguía siendo un territorio atávico y costumbrista, pero muy poco conocido tal como lo demuestran las pocas crónicas que en torno al el mismo se hacían. Era dibujado por la prensa estatal poco menos que una zona inhóspita, aunque distase bastante de esto último. Rara vez era reflejada con realismo y rigor. Las más de las veces se hacía con desprecio y no exenta de un falso aire de superioridad y paternalismo por quien hacía esas infantiles y vulgares crónicas.

Sus lugareños, todos ellos muy campechanos y con aire bonachón, permanecían ajenos a lo que se escribía en periódicos de Madrid y Barcelona. Era algo que no les preocupaba lo más mínimo. Su vida transcurría en medio de una pasmosa rutina, que tan solo se veía alterada en los meses estivales cuando celebraban sus fiestas patronales o bien cuando venían los miles de emigrantes que se habían trasladado hasta distintos países de Europa. En América solo quedaba Venezuela.

A pesar de ese ambiente rutinario y tranquilo a veces sucedían algunos acontecimientos que les hacían saltar de una forma espontánea y abrupta a las primeras páginas de los distintos rotativos, tanto de tirada regional como nacional. Entonces, muchas pequeñas localidades perdían, aunque solo fuera en el transcurso de unas horas, ese feliz anonimato en el que discurría una placentera y apacible vida, pese a las burlas que se pudiesen hacer en algún que otro medio de comunicación escasamente informado de lo que sucedía en Galicia.

Uno de esos hechos ocurriría en un pequeño lugar de la parroquia de Torbeo, perteneciente al municipio lucense de Ribas de Sil el día 25 de junio de 1968. Nunca se supo muy bien como habían ocurrido los hechos en la pequeña localidad de Cortes, que hoy en día cuenta con tan solo tres habitantes, mientras que el término municipal ya baja del millar, aunque en aquel entonces tenía censadas algo más de 2.500 personas.

Discusión

Al parecer, el suceso, que le costaría la vida a Juan González Freijo, de 75 años de edad, comenzó al atardecer de aquel día estival de 1968, en un tiempo en el que todavía estaba muy presente el mayo francés de aquel mítico año, cuando este reprochó a un vecino suyo el hecho de pasar con el caballo que montaba por una finca de su propiedad, pues entendía, que además de no tener derecho de posesión -figura controvertida en el derecho consuetudinario gallego- le destrozaba los cultivos que había cosechado.

Molesto por la actitud de Juan González, su vecino Eduardo Vázquez Losada, de 77 años de edad, descendió de su equino para «aclarar» las cosas con el dueño de la propiedad. Al parecer, según testificó en el juicio que se celebró en su contra en la Audiencia Provincial de Lugo, este último manifestó que la víctima le había insultado, además de ofenderle con distintos improperios. Llegado el momento, ambos se enzarzarían en una pelea cuerpo a cuerpo en el transcurso de la cual Eduardo sacó de su bolsillo una navaja de grandes dimensiones, muy propias en los hombres del rural gallego de la época, con la que asestó distintas puñaladas a Juan González Freijo.

Consciente de la gravedad que habían adquirido los acontecimientos, el agresor puso en conocimiento del vecindario el suceso del que acababa de ser protagonista e informó de las lesiones que le había inferido a su vecino, con quien al parecer no mantenía muy buenas relaciones. Inmediatamente sería trasladado al Hospital de Monforte de Lemos, con heridas muy graves, donde los médicos nada pudieron hacer por salvarle la vida, falleciendo a las dos horas de haber ingresado en el centro sanitario.

Ocho años de cárcel

En octubre de 1968 se celebró el juicio contra Eduardo Vázquez Losada en la Audiencia Provincial de la capital lucense. La autoridad judicial tuvo en cuenta el arrepentimiento espontáneo del agresor, así como el hecho de que hubiese avisado al vecindario de lo sucedido. Finalmente, sería condenado a la pena de ocho años de reclusión mayor y a indemnizar a los herederos de la víctima con la cantidad de 100.000 pesetas (600 euros actuales). El autor del crimen saldría de prisión al cumplir algo menos de la mitad de la condena, ya que se tuvo en cuenta la elevada edad con la que contaba, 77 años, hace ya más de medio siglo, unos dígitos que no alcanzaba todo el mundo en aquel entonces.

Con este suceso, saldría una vez más el viejo, difuso y falso mito de la mal llamada Galicia profunda, así como una de las causas por las que era más común que en la época ocurriesen desgraciados sucesos como este. Una gran parte de estos acontecimientos sangrientos obedecían a un orgullo personal mal entendido o a viejos rencores que saltaban en el momento menos esperado por otros hechos que habían ocurrido en el pasado.

Los diarios de Madrid y Barcelona se encargaban de hacer carnaza con los muy pocos sucesos de estas características que ocurrían en el mundo rural gallego, presentándolo poco menos que si fuese un territorio comanche. Sin embargo, Galicia jamás fue el este americano y si el punto más occidental del Finisterrae conocido, que nada tenía que ver con aquellas estrambóticas crónicas que se reflejaban sobre un amarillento y crudo papel que tiznaba las manos con su espesa y tóxica tinta negra.

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Diez niños muertos por meningitis en Lugo

El año 1979 era o tenía que ser especial para muchos niños. La ONU lo había declarado oficialmente como el «Año Internacional del niño y el joven». En casi todas las actividades que se desarrollaban, incluso las que les podían resultar más ajenas, los críos eran los protagonistas, con constantes alusiones a quienes eran el futuro de un mundo en el que, como se encargaba de recordar UNICEF, cada tres segundos moría de hambre un pequeño. Y la mayoría, en África. Hasta un jovencísimo grupo de muchachos, conocidos como «Caramelos» se encargaron de hacerle los coros a Betty Misiego en el festival de la canción de Eurovisión, que se celebró en la oficiosa capital de Israel, Tel-Aviv.

Pese a todo, la realidad era muy tozuda. No todos los niños de la época, ni desgraciadamente tampoco ahora, tenían satisfechas sus necesidades más básicas en todo el planeta, si bien es cierto que en España ya gozaban todos de escolaridad plena. Aún así, en la Galicia de hace cuatro décadas eran muchos los pequeños que contribuían con su esfuerzo al trabajo doméstico de las familias, principalmente en los entornos rurales, donde era muy frecuente que llevasen a pastar las vacas o hacer cualquier otra actividad que hoy en día no dejaría de resultarnos extraña, tal como cargar con haces de hierba, nabos o cubos de agua en aquellos lugares que todavía carecían de acometida, cuando no inaudita para unas criaturas que todavía no habían alcanzado su primer decenio de existencia. La vida era así y era muy comúnmente aceptado.

En aquel entonces todavía se producían algunos brotes de enfermedades, algunas de ellas infecto-contagiosas, siendo la mayoría de sus víctimas críos de edades muy tempranas. En mayo de 1979, un año que no fue muy agraciado para los jóvenes gallegos por los trágicos y desgraciados sucesos del Órbigo y el río Ulla, se desataba el pánico en la provincia de Lugo a consecuencia del incesante goteo de casos de niños fallecidos a consecuencia de infecciones por meningitis hasta el extremo de que en uno de sus municipios, Baralla, las mujeres embarazadas e incluso familias con hijos en edad escolar abandonaban la localidad a causa del abundante número de casos que allí se registraban. En tan solo una semana habían fallecido dos niños de esta villa en el Hospital Xeral de Lugo, María Jesús Rodríguez, y un primo suyo, Miguel Ángel. También contraería la misma dolencia María del Mar, hermana de la niña fallecida, pero afortunadamente y por suerte pudo superar con éxito la enfermedad.

«Mal de Nápoles»

Unos rumores, totalmente infundados y carentes de todo tipo de rigor, se divulgaron de forma viral por la villa de Baralla señalando que las dos muertes y la infección de un tercero eran a consecuencia del conocido como «Mal de Nápoles», una enfermedad de tipo venéreo, pese a que las autoridades se encargarían de desmentirlo en reiteradas ocasiones, ya que esa patología no guardaba relación alguna con la inflamación de las membranas que rodean el cerebro. No dejaba de ser más que un mito, cuando no un ancestral prejuicio de antaño que todavía estaban muy presentes en la sociedad gallega de entonces, que hoy denominaríamos como fake news. El otro caso mortal de meningitis ocurrido en la provincia en mayo de aquel año se registró en la localidad de Outeiro de Rei, situada a diez kilómetros al norte de la capital lucense.

Las autoridades de la época, entre ellos el delegado provincial del Ministerio de Sanidad, Cándido Sánchez Castiñeiras, pretendían quitar hierro al asunto y negaban la existencia de una plaga, pese a que en los tres primeros meses de 1979 habían muerto cinco niños como consecuencia del virus B de la meningitis cerebro-espinal. En sus distintas comparecencias ante los medios de comunicación, apuntaba a que los casos registrados en Lugo no guardaban relación entre sí y por ello debía reinar la calma en la población.

En tan solo medio año, en esta provincia gallega se habían registrado ya 140 casos falleciendo un total de ocho niños. La mayoría de los mismos se habían producido en el área de la costa lucense, la más desarrollada de toda la demarcación. Además de Baralla y Outeiro de Rei, también se habían registrado casos mortales en Lugo capital, Ribadeo, Vilalba, Viveiro y Foz.

Las lluvias y la meningitis

En los últimos meses de aquel trágico 1979 se comenzó a realizar un balance de la evolución de la enfermedad en la provincia, que resultaba mucho más positivo en la segunda mitad del año que en el primer semestre, disminuyendo notoriamente la cifra de víctimas mortales. Aún así, hubo que lamentar la muerte de dos nuevas criaturas que volverían a hacer saltar las alarmas entre una población que no acababa de creerse las llamadas a la calma que le hacía su clase dirigente.

El mismo director provincial de Sanidad, Sánchez Castiñeiras, apelaba a la benevolencia del clima para evitar que se siguiesen produciendo nuevas muertes a causa de la meningitis. En una rueda de prensa señalaba, sin rubor, que la llegada de la época pluviométrica contribuiría a reducir notablemente la cifra de casos, que al final del año se situaría en 158, señalando que en otoño se habían registrado muchos menos casos que en primavera, pese a que indicaba a su vez que habría que estar alerta en previsión de que hubiese un rebrote de la patología.

En aquel 1979 la provincia de Lugo solamente fue superada por la de Barcelona a nivel estatal en cuanto a la cifra de casos detectados y también de defunciones. Se situaba en tercera posición una demarcación provincial andaluza. Por desgracia, en los dos años siguientes seguirían registrándose nuevos casos de meningitis en Lugo, sin que descendiese la cifra anual de decesos hasta 1983.

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Asesina a su madre y a su casera 17 años después

Hay individuos que jamás se escarmientan. Son incapaces de aprender en cabeza propia. Ni que decir tiene que les sería mucho más complicado hacerlo en la ajena. Tal es el caso de un individuo conocido como «El capitán», Constantino Varela Lires, quizás por haber prestado sus servicios en los primeros años de la década de los setenta en la Marina mercante. En 1978 la prensa gallega hablaba mucho de la Autonomía para el territorio, pero también prestaba atención a los sucesos. Y un grave acontecimiento consternaría de sobremanera a aquella Galicia, todavía muy rural, que seguía viviendo muy pacífica y tranquilamente en el Finis Terrae del occidente conocido.

En la jornada del 9 de noviembre de 1978 aparecía en su domicilio de la localidad de Esteiro -en el término municipal de Muros- el cadáver de una anciana, cuando todavía se les daba esa categoría a las personas que superaban los 70 años, María Lires Varela, que contaba en el momento de su óbito con 74 años de edad. Serían los vecinos quienes descubrirían el cuerpo sin vida de la mujer al percatarse de que a mediodía todavía no la habían visto, hecho este que les resultó muy raro.

Los residentes más próximos a María la encontraron en el lecho en el que dormía en medio de un gran charco de sangre. Inmediatamente dieron aviso a las fuerzas de seguridad y comunicaron el hecho al juzgado que inmediatamente se pusieron a realizar las oportunas pesquisas. Su hijo, y presunto asesino en aquel entonces, Constantino Varela Lires, efectuó una llamada a una hermana suya, que vivía en la capital del municipio de Muros, dándole cuenta de que su madre sufría una gran hemorragia.

Detención

El principal sospechoso de la autoría de aquel crimen que conmocionaría a la localidad de Muros y a gran parte de Galicia era su hijo, ya que parte del vecindario escuchó un gran griterío, acompañado a su vez de un gran escándalo, pero que en ningún momento se pudieron suponer que se llegase a esos extremos. El móvil del asesinato obedeció a circunstancias de tipo económico, pues Constantino Varela había reclamado en reiteradas ocasiones la parte proporcional de la herencia que le correspondía, negándose a ello su progenitora. Incluso le había enviado algunas cartas en las que le formulaba esta exigencia.

En esta ocasión, en vista de que María Lires no accedía a las pretensiones de su hijo, se pasó de las palabras a los hechos. Para ello, el vástago se sirvió de una banqueta con la que propinaría reiterados golpes a su madre tanto en la cabeza como en otras partes del cuerpo, con los que acabaría con su vida, tal como relató a los agentes de la Guardia Civil que procedieron a su detención al día siguiente. Como nota curiosa, en el momento de ser detenido Constantino vestía un uniforme de primer oficial de la marina mercante, aunque el jamás alcanzó ese rango.

En septiembre de 1981 Constantino Varela sería condenado a la pena de doce años de prisión por un delito consumado de parricidio. Según la sentencia emitida por la Audiencia Provincial de A Coruña, el asesino presentaba una personalidad psicopática compleja de tipo paranoico, con tendencia al fabulismo y una cierta manía persecutoria. Las andanzas penales del parricida de Muros no habían hecho más que comenzar.

Segundo crimen

El 31 de octubre de 1995 Constantino Varela reincidiría en su conducta criminal. En esta ocasión la víctima sería otra vez una septuagenaria, Aurora Vila, de 75 años, quien lo acogió en su vivienda por cierta compasión humana. Aunque pernoctaba en la vivienda de su víctima, solía ir a comer a la Residencia de los Hermanos Misioneros de Teis, también en la ciudad olívica.

Esa noche llegó a la vivienda en que residía con cierto apetito por lo que decidió ir a la cocina y abrió una lata de conservas para comer. La mujer que le daba acogida tenía algunos gatos, uno de los cuales fisgó en la bolsa de Constantino, lo que lo puso de puso de muy mal humor. Posteriormente, le propinó un zapatazo al animal en el pasillo, hecho por el que fue recriminado por Aurora Vila, quien le zarandeó y al parecer -según declaró en el juicio que se celebró en su contra en junio de 1996- también le dio un golpe y le partió las gafas. Acto seguido, el asesino contratacó propinándole una brutal paliza que dejaría malherida a su casera, quien, según reveló la autopsia, presentaba múltiples traumatismos cranoencefálicos y en el tórax. Consciente de la gravedad en que se encontraba se desentendería de su suerte, huyendo de la casa no sin antes llevarse consigo 7.000 pesetas (42 euros actuales).

En el transcurso de la vista que se celebró por este segundo crimen, sorprendió ante todo por la frialdad con la que relataba los hechos, así como por su nula empatía hacia sus víctimas, señalando en reiteradas ocasiones que no sentía remordimiento alguno y que para nada se sentía arrepentido de sus actos. «Le di dos patadones y la maté», manifestaría ante la Audiencia Provincial de Pontevedra, que le condenaría a 20 años de prisión.

Apuñalamiento

Sin embargo, las andanzas delictivas no terminarían con el asesinato de Aurora Vila. Constantino Varela Lires volvería a la prisión en octubre del año 2010 cuando ya contaba con 67 años de edad. En aquella ocasión por el apuñalamiento de un hombre de 45 años, Alejandro Montero Galán, en su vivienda del barrio de Camiño de Toural, en Vigo, a quien le dio dos puñaladas en el abdomen que lo dejarían herido de gravedad. Al parecer, el móvil de este suceso obedecía a viejas rencillas que se traían entre ambos, debido a que habían convivido juntos durante algún tiempo.

La víctima saldría de la vivienda de Constantino Varela recorriendo más de 300 metros desde el lugar donde había sufrido la agresión hasta que por fin fue socorrido por los empleados de una farmacia de la viguesa calle de Sanjurjo Badía. Inmediatamente sería trasladado a la clínica Meixoeiro de la ciudad olívica donde sería intervenido quirúrgicamente de urgencia.

En el tercer juicio que se celebró en su contra por homicidio mostró la misma frialdad que había demostrado en las anteriores ocasiones, recordando sus anteriores crímenes en los que había dado muerte a dos mujeres. En esta ocasión no se encontraba la víctima, pues había fallecido a consecuencia de un cáncer antes de celebrarse el juicio, que tuvo lugar en la febrero de 2012 en la sección quinta de la Audiencia Provincial de Vigo. En esta ocasión sería condenado a ocho años de prisión por homicidio frustrado en grado de tentativa.

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Cinco mujeres muertas y 35 heridas en un accidente de autocar en Meira (Lugo)

1965 era Año Santo Compostelano y era todavía muy distinto a los ya tradicionales Xacobeos, que se encargaría de popularizar Manuel Fraga Iribarne junto a los distintos gobiernos autonómicos que presidió. En aquel entonces las celebraciones y la escasa parafernalia que existía se circunscribían tan solo al ámbito religioso. El Camino de Santiago, principalmente el francés, solamente lo hacían unos pocos a quienes muchos no dudaban en tildar de locos. Era otra historia. Las peregrinaciones solían ser en grupos, pero solían hacerse en autocar. Además de contemplar una ciudad con tanto encanto como como la vieja Compostela, a lo que realmente acudían los romeros que se dirigían a la ciudad del Apóstol era a solicitar la intercesión de Santiago en algunos aspectos de su vida o a expiar sus culpas en un tiempo en el que la religión ocupaba un lugar predominante en la vida de muchas personas.

Una de esas manifestaciones grupales con destino a uno de los grandes centros de la cristiandad la protagonizarían un grupo de alumnas de la Escuela Hogar de Hullera del Turón, perteneciente al concejo asturiano de Mieres el 18 de mayo de 1965. La peregrinación a tierras gallegas obedecía a una iniciativa de una excursión fin de curso. Un total de 40 mujeres, entre estudiantes y una asistente social. Todo parecía indicar que aquello no dejaba de ser una extraordinaria manifestación festiva, sin embargo las cosas se torcerían al adentrarse en tierras gallegas, concretamente en el municipio de Meira, uno de los próximos en el nordeste gallego a la demarcación territorial asturiana.

El autobús en el que viajaban, que estaba recientemente estrenado y era de la conocida marca Barreiros, se precipitaría por un barranco de unos 200 metros de profundidad, pereciendo cinco mujeres, todas ellas muy jóvenes, y resultando heridas de diversa consideración las otras 35 restantes que viajaban en el autocar. El conductor saldría milagrosamente ileso al agarrarse con fuerza al volante del vehículo que, junto con una parte de su carrocería, se precipitaría al fondo de un barranco. Dos de las mujeres heridas en este siniestro resultaron heridas de gravedad, aunque por fortuna sobrevivieron a tan fatal percance. Como curiosa anécdota cabe señalar que la prensa de la época definía su estado como «desesperado».

Adelantamiento

El siniestro se produjo, al parecer, en el momento en el que el autocar, perteneciente a una conocida empresa de transportes asturiana, intentó adelantar a un camión cisterna de gran tonelaje que transportaba leche. En ese momento, y debido al deficiente estado de algunas partes de la calzada, el autobús -que subía una pronunciada pendiente- orilló demasiado hacia la margen izquierda de la carretera, inmiscuyéndose en el arcén. A consecuencia de esto último, las ruedas de la parte izquierda del vehículo se fueron hundiendo paulatinamente en la tierra hasta que después de correr unos 30 metros el vehículo terminaría volcando hasta caer por un terraplén de unos 200 metros de profundidad, en el que solamente caería el conductor. Las viajeras fueron saliendo despedidas a medida que el coche daba vueltas de campana. En su caída arrastraría una gran cantidad de tierra, así como algunos pinos que habían crecido en el pronunciado desnivel.

Una de las causas a las que se achacó la muerte de las cinco viajeras fueron unas impresionantes piedras de granito que formaban una muralla que separaba dos fincas de cultivo. Al parecer, el que no hubiese habido más víctimas mortales obedeció al hecho de que se desprendió el techo del autocar tras el primer impacto, provocando que muchas de las jóvenes que lo ocupaban saliesen despedidas de su interior, evitando que falleciesen en el acto, teniendo mucha más suerte las que iban sentadas en la parte derecha que la izquierda.

Auxilio vecinal

En el momento en que se produjo el fatal siniestro pasaba por el lugar un coche patrulla de la Guardia Civil que inmediatamente se puso a disposición de las víctimas. Del mismo modo, y como ha ocurrido en muchas otras ocasiones en Galicia, la ayuda prestada por los vecinos de Meira fue fundamental, ya que se encargaron de socorrer a las heridas de la mejor forma que pudieron. De la misma manera, un autocar de peregrinos, también con personas de Asturias, se detendría en el lugar del accidente para colaborar en las labores de socorro. En él viajaban algunos religiosos, entre ellos un sacerdote, que se encargaría de prestar los auxilios espirituales a aquellas que se encontraban en peor estado.

Debido a la confusión que se vivió en un primer momento, solamente se reconocieron los cadáveres de dos de las mujeres fallecidas. Tendrían que pasar varias horas hasta que se pudo identificar a las otras tres muertas. Las heridas serían trasladadas a distintos centros sanitarios, principalmente de la ciudad de Lugo y a distintas clínicas de Ribadeo. Con el paso de los días, se iría conociendo que evolucionaban de una forma favorable de sus lesiones.

El fatal siniestro provocaría la lógica consternación en todo el área de los Valles mineros asturianos, dónde aquellas mujeres eran muy conocidas, al igual que en la provincia de Lugo y en la comarca de Meira en particular, lugar dónde se produjo el siniestro. Los vecinos encargados de auxiliar a las víctimas destacarían a la prensa la entereza que manifestaban aquellas mujeres que tan solo pretendían disfrutar de unas jornadas muy especiales en tierras compostelanas, aunque por desgracia la ilusión con la que viajaban se tornaría en una inolvidable y triste tragedia.

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Dos menores asesinan al conserje de un hotel en Pontedeume (A Coruña)

Hotel EUMESA, donde tuvo lugar el trágico crimen

En 1999 Galicia se encontraba en plena efervescencia en torno a las muchas celebraciones que tenían lugar en la comunidad alrededor de un evento que alcanzaba dimensiones internacionales, el último Año Santo compostelano del segundo milenio. Millares de turistas se desplazaban al noroeste peninsular para gozar de una celebración que había sido ampliamente promocionada por el gobierno autonómico que en aquel entonces presidía Manuel Fraga Iribarne. La comunidad había prosperado mucho en relación a otras décadas y se había liquidado prácticamente la agricultura de autoconsumo, pero ahora debía enfrentarse al reto de la bajísima natalidad. Precisamente este último problema era el que estaba a punto de terminar con poblaciones rurales, algo que antaño no habían logrado las emigraciones a tierras americanas y posteriormente a las europeas.

En el país gallego, como en todas partes, sucedían muchas cosas. Algunas no eran tan positivas como otros, pero pese a todo el territorio continuaba su deambular con sus pros y sus contras. Si hubo una época que no fue precisamente tranquila en Galicia en aquel entonces fue el período primaveral, ya que en el se sucederían un trágico accidente en el que perderían la vida cinco personas en el municipio lucense de Guitiriz. Pero la cosa no terminaría ahí. En aquel breve lapso de tiempo se producirían tres crímenes que les costarían la vida a cuatro personas. Tan solo uno fue esclarecido, el de Cospeito, en el que murieron asesinadas dos personas. Los otros dos se produjeron en el litoral norte, siendo asesinados un empleado de una gasolinera y un conserje de un hotel. Ambos sucesos nunca han sido aclarados de todo y tampoco se ha detenido a sus presuntos autores.

En la madrugada del 19 de abril de 1999 era asesinado el conserje del hotel Eumesa, José Manuel Camino Huertas, de 63 años de edad, a consecuencia de un certero disparo en el pecho que contra él efectuaron dos jóvenes, todavía menores de edad, presumiblemente de nacionalidad colombiana. El suceso se produjo cuando ambos muchachos entraron a robar en el establecimiento, haciéndose con un botín de 100.000 pesetas(600 euros actuales) que correspondían a la recaudación de la cafetería. El cuerpo sin vida del conserje sería hallado por un cliente en medio de un impresionante charco de sangre en torno a las seis de la mañana del día de autos.

Detención en Roma

Apenas un mes después del asesinato del vigilante del hotel, era detenido en la capital italiana un joven de 17 años, Alfredo Zamorano, por agentes de los Carabinieri. Aunque no había testigos en el momento en que se produjo el crimen, sus datos se correspondían con la persona de la que se sospechaba como presunta autora del homicidio. Posteriormente se procedería a su extradición a España para ser juzgado, sin embargo el juez encargado del caso estimó que no había indicios suficientes para incriminar al muchacho. Finalmente, cumpliría una mínima condena en un centro de menores.

El joven, pese a su edad, ya acumulaba un importante historial delictivo a sus espaldas y tan solo dos semanas antes de este suceso había protagonizado una gran trifulca en Ferrol, localidad en la que se había asentado. Posteriormente, en abril del año 2008, sería nuevamente detenido en esta ocasión por asaltar a un conocido empresario en el municipio coruñés de As Somozas, a quien -bajo amenazas- le obligó a que le facilitase la combinación de su caja fuerte, delante de su esposa y sus dos hijas. El otro compinche, que supuestamente le acompañaba la noche en la que se cometió el asesinato del conserje, era conocido como «César», de su misma nacionalidad.

En aquel entonces, abril de 1999, la localidad de Pontedeume y la comarca de Ferrolterra todavía se encontraba consternada por un crimen que se había cometido en la localidad de Laraxe, perteneciente al vecino municipio de Cabanas, en el que hacía menos de un mes había sido asesinado un joven de 27 años, Miguel Ángel Sánchez López, que era empleado de una gasolinera. El móvil del crimen que le costaría la vida fue el robo al establecimiento en que se encontraba de guardia. Sin embargo, los investigadores descartaron que ambos sucesos guardasen relación alguna entre si. Este último suceso todavía sigue sin esclarecer.

Indemnización a la familia

La familia del conserje asesinado sería indemnizada con 90.000 euros, tras una sentencia dictada por el juzgado de Betanzos en abril del año 2010, tras un pleito planteado por la viuda de José Manuel Camino, quien en su escrito de alegaciones apuntaba que el inmueble carecía de medidas de seguridad para un edificio de sus características. El establecimiento había concertado dos pólizas con la aseguradora Cahispa S.A., una de responsabilidad civil general y otro multirriesgo de protección industrial.

La demandante solicitó entonces una indemnización de más de 590.000 euros, a lo que la aseguradora respondió que no procedía lugar a compensación económica alguna porque no había existido actuación negligente o culpable por parte de la empresa hotelera. Sin embargo, el juzgado admitiría en parte la demanda de la viuda al entender que el edificio carecía de los mecanismos de control de acceso al hotel.

 

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Ocho jóvenes ahogados al precipitarse el coche en el que viajaban al río Ulla

Puente románico de Pontevea, el lugar donde se produjo el fatal accidente

Aquel año 1979, al igual que los de la Transición política en España, estaba siendo un tanto sui generis. Se celebraban las primeras elecciones generales con la Constitución de 1978 ya en vigor, al igual que las primeras municipales desde la Segunda República. Era un año que prometía y mucho, aunque luego muchas de aquellas promesas quedasen más tarde en agua de borrajas. Galicia, pese a que había registrado un importante avance a lo largo del último lustro, continuaba anclada en un pasado que parecía no querer soltar el pesado lastre que todavía arrastraba. Apenas disponía de infraestructuras. Todavía persistía una ancestral agricultura de autoconsumo que tan solo daba para ir tirando a muy duras penas, aunque las nuevas generaciones de gallegos comenzaban a abandonar masivamente el campo. Ahora su nuevo destino estaba en A Coruña o Vigo o cualquier capital de provincia, ya que se había cerrado de forma muy brusca la emigración en 1973 y el resto de España no respiraba un mejor ambiente que Galicia. Comenzaba el éxodo a grandes urbes gallegas y se iniciaba un lento pero imparable declinar del mundo rural que aún concentraba a más del 65 por ciento de la población gallega.

Además de las profundas transformaciones sociales a las que se estaba asistiendo en aquella época, lo cierto es que 1979 sería un año negro para Galicia en lo que a acontecimientos trágicos se refiere. Además de verse revestida por el luto que supuso la muerte de 49 personas, en su mayoría niños, al precipitarse el autobús en el que viajaban a las aguas del río Órbigo en la provincia de Zamora, la encantadora y apacible esquina verde peninsular se vería afectada por otros acontecimientos que le llevarían a los titulares de las principales páginas de sucesos. Uno de esos lamentables episodios, que sería el prefacio de la tragedia ocurrida en tierras leonesas, ocurrió en la madrugada de la jornada de reflexión de las elecciones generales de 1979, miércoles de ceniza, ya que el día anterior había sido el martes de Entroido, celebrado por todo lo alto en las principales villas y ciudades gallegas, sin faltar los clásicos cocidos ni mucho menos las filloas y otros deliciosos postres que se preparan en esa época del año.

Una fecha tan señalada como esa no pasaba desapercibida para la juventud gallega de la época y eran muchos los que acudían a distintas celebraciones festivas, bien fuese a participar en desfiles de comparsas o a las salas de fiestas más cercanas, muy en boga en aquel entonces, contándose por decenas cuando no por centenas a lo largo y ancho de toda la geografía gallega. Así lo hicieron un grupo de muchachos jóvenes, adolescentes en su mayoría, un total de nueve, que se subieron a un clásico SEAT-124 para celebrar la fiesta en A Estrada, que disponía de importantes centros de diversión, amén de ser una localidad en la que el Entroido adquiría un carácter muy peculiar en el que no faltaba la farra y un extraodinario buen ambiente, agradable y divertido.

Es cierto que el número de rapaces que viajaba en el vehículo era excesivo, pero el hecho de ser adolescentes les permitía ir encaramados unos sobre otros y por una fiesta, una vez al año, bien que valía la pena. Tres viajaban en los asientos delanteros, en tanto que media docena se aposentaban sobre los traseros, unos arriba de otros o en el regazo de sus compañeros con sus púberes cuerpos en formación, que, por regla general y salvo excepciones, no ocupaban tanto espacio como los de personas adultas. Sin embargo, para ocho de los nueve que iban a bordo del coche, con matrícula de A Coruña, sería esta su última fiesta.  El automóvil en el que regresaban a sus casas se precipitaría a la altura del puente romano de Pontevea a las aguas del río Ulla, en el límite entre las provincias de A Coruña y A Estrada, consiguiendo salvarse solamente uno de sus ocupantes, Antonio Claro Piñeiro, un adolescente de 14 años, quien tal vez contase los años de su vida a partir de la fatídica y trágica fecha del 28 de febrero de 1979. Incluso, este buen hombre tuvo la desgracia de dejarnos a la temprana edad de 54 años en diciembre del año 2019, como si su destino quedase trágicamente sellado en aquella madrugada del Entroido gallego.

Por el aire

El único superviviente del desgraciado accidente del año 1979 declaraba al diario LA VOZ DE GALICIA, en su edición del 22 de febrero de 2009 rememorando el trigésimo aniversario de esta tragedia, que en el momento en que se produjo el fatal accidente -alrededor de las dos y media de la madrugada- quienes iban despiertos se quedaron en silencio hasta que el vehículo se estampó contra las claras aguas del río Ulla. Una de las causas a las que achacaba el siniestro quizás hubiese que buscarla en que días antes un camión había destrozado una parte del pretil del puente de Pontevea y se colocó un improvisado vallado en el tramo destrozado por el vehículo pesado. Al parecer, el SEAT-124 en el que viajaban chocó contra ese provisorio apaño, que se convirtió para en ellos en una mortal trampa, y se fueron directamente a las aguas del río Ulla, que en ese momento llevaba una importante crecida, ya que a lo largo de  jornadas precedentes habían caído copiosas y abundantes lluvias sobre Galicia. A todo ello se sumaba una deficiente señalización y muy escasa visibilidad en la zona.

Antonio Claro manifestaba al diario gallego que no recordaba exactamente como había conseguido salir del vehículo, ya que no sabía si había sido por una puerta o por un cristal, puesto que el batiente del coche aparecería con el seguro colocado. Tanto él como sus compañeros venían disfrazados de la fiesta y recordaba haber tragado mucha agua. Además, pudo contemplar como el coche en el que viajaban se dio la vuelta y quedó con las ruedas hacia arriba, lo que contribuyó de forma negativa para que ninguno del resto de los ocupantes del vehículo pudiese escapar de su interior, pereciendo ahogados o desnucados a consecuencia del impacto.

El único superviviente recordaba también que el caudal del efluvio le impedía nadar en condiciones, por lo que le era preciso asirse a la vegetación de las orillas para que no le arrastrase la gran corriente que transportaba el río. Finalmente, tras hacer una travesía de 500 metros, consiguió trepar por un muro lleno de zarzas y llegar hasta un chalé que se encuentra en la pequeña localidad de Garea, siendo un vecino de la zona el primero que le prestó su desinteresada ayuda. De la misma forma, otro vehículo, que les seguía, se percató inmediatamente de que el coche que le precedía había sufrido un accidente, aunque quizás no sospechasen, como tampoco lo pensaba en aquel momento Antonio Claro, que lo que realmente había ocurrido era una enorme tragedia en toda regla.

Rescate complicado

Inmediatamente después del accidente se avisó a las fuerzas de seguridad, entre ellas la Guardia Civil, que pusieron en marcha un urgente dispositivo para poder socorrer a las  víctimas, aunque su actitud resultaría en vano, pues solamente uno de los ocupantes del coche siniestrado había sobrevivido a la tragedia. La madrugada que se vivió en la la localidad de Pontevea sería angustiosa y dramática.  Para extraer el vehículo de entre las caudalosas aguas del río Ulla fue precisa la ayuda de una grúa, que, en torno a las seis de la mañana, conseguía rescatar del fondo el coche en el que se encontraban los cuerpos de cinco de las ocho víctimas. En ese instante apareció el cuerpo del conductor, Ángel de la Cruz Castillo, de 27 años, conocido como «el Andaluz» por ser oriundo de la localidad malagueña de Ronda, aunque era vecino del término municipal de Padrón. Junto con él, serían rescatados Antonio Pérez Dios, de quince años; Tito Iglesias Amo, de 14. Los dos eran vecinos del mismo municipio que el conductor. También se recuperarían los cadáveres de José Manuel Gestal Vento, de 18 años y Manuel López Carreira, un año mayor que el anterior. Ambos vivían en el municipio de Teo, próximo a Santiago de Compostela.

Debido a la magnitud del siniestro y a las crecidas aguas que transportaba el río Ulla, fue precisa la intervención de hombres-rana, así como buzos de la Escuela Naval Militar de Marín, ya que todavía faltaban tres cuerpos por rescatar en la mañana del día 28 de febrero de 1979. En el transcurso de esta jornada aparecería el cuerpo José Devesa García, un adolescente de 15 años, que residía en Coira-Rois, en el término municipal de Teo.

La fuerte crecida que llevaba el río Ulla en aquellas fechas dificultó mucho las labores del rescate de los dos cuerpos que todavía no habían sido recuperados. De hecho, 48 horas después del siniestro todavía no habían sido rescatados, aunque en días posteriores aparecerían los dos cuerpos que todavía no habían sido extraídos de las aguas. Se trataba de José Manuel Varela García, de 19 años y el adolescente de 14 Manuel Iglesias Vilariño, cuya vecindad se radicaba en el municipio de Padrón, al igual que otros tres fallecidos.

Esta tragedia amargaría la primavera a muchos gallegos, que dejaban de estar pendientes de los resultados electorales para centrarse en el apoyo de ocho familias. Sin embargo, cuando Galicia todavía no se había repuesto de este luctuoso suceso y coleaban con fuerza sus terribles consecuencias, poco más de un mes más tarde, tenía lugar otra terrible desgracia en la que la mayoría de las víctimas, tal como sucedió en Pontevea, eran muchachos que tenían toda la vida por delante. Sería el trágico accidente del río Órbigo en el que perecerían 45 niños y cuatro adultos. Queda claro que 1979 fue un año negro para Galicia y muchos gallegos, pese a las muchas promesas electorales que les hicieron en la campaña previa a la primera legislatura constitucional.

 

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Dos asesinatos en Galicia en el «domingo sangriento» de 1994

No cabe ninguna duda que el año 1994 fue especialmente sangriento en Galicia. En muy poco tiempo se sucedieron bastantes crímenes, algunos de ellos especialmente crudos como el de Nigrán en el que fueron asesinadas cuatro personas o el ocurrido en el polígono industrial lucense de O Ceao que todavía no ha sido resuelto. En aquel entonces Manuel Fraga Iribarne era el presidente de la Xunta, quien gobernaba la institución con mano firme merced a las constantes mayorías absolutas que le otorgaban los gallegos. Estaba muy reciente la de 1993 en la que el todopoderoso político gallego barrió literalmente del escenario al PSOE y se encumbraba como fuerza significativa el BNG de Xosé Manuel Beiras Torrado, que años más tarde se acabaría convirtiendo en la segunda fuerza política de la sede del Hórreo.

En aquellos años se estaban sufriendo los efectos de una dura crisis económica, resaca del festín, que no fue tal, del año 1992. Había que comenzar a hacer números para llegar a fin de mes. Atrás quedaban los años de bonanza económica en los que el entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga, proclamaba a diestro y siniestro que España era un lugar ideal para enriquecerse rápidamente. La intervención de Banesto por parte de las autoridades monetarias era un claro síntoma de que la «cultura del pelotazo» había llegado a su fin.

En ese panorama y en ese maremágnum continuaban ocurriendo cosas. Algunas agradables, pero otras no tanto. Si se apuntaba antes que fue un año negro en Galicia en lo que concierne al apartado de sucesos, que comenzaba con un asesinato en la localidad pontevedresa de A Estrada, esa tónica se mantendría a lo largo de los meses restantes. Cuando comenzaba a declinar el año, en noviembre de 1994, su primer domingo, que coincidía con el día 6, se recuerda siempre en Galicia por lo trágico que fue. En apenas unas horas se produjeron dos asesinatos que conmocionaron a una sociedad que todavía seguía consternada por los crímenes de Nigrán y Lugo respectivamente.

Crimen machista en Lousame

Aunque en aquel entonces no existía la tipificación de crimen machista ni se activaban tampoco los protocolos de violencia de género, si se cometían actos de tan reprobable envergadura que conmovían al común de los mortales. Un suceso de estas características ocurriría en la localidad coruñesa de Lousame, en la comarca de Noia. En aquella triste jornada un joven de 33 años, José Manuel Mariño Blanco, daba muerte a la que fuera su esposa, Pilar Siso Esperante, de la misma edad que su antigua pareja. Para ello, utilizó un cuchillo de grandes dimensiones con el que le asestaría dos puñaladas, una en el cuello y otra en el pecho, que terminarían prácticamente de forma instantánea con la vida de su ex-cónyuge. La pareja tenía en común dos hijas de diez y siete años respectivamente.

Al parecer, desde hacía ya algún tiempo, José Manuel Mariño, que era un consumidor habitual de estupefacientes, llevaba profiriendo amenazas de muerte contra su ex-mujer, aunque nunca las había pasado hasta aquel momento de las palabras a los hechos. De nada sirvió la actitud de su antigua suegra, que trató de impedir el acceso del criminal hasta el dormitorio donde se encontraba la víctima, que fue el lugar en el que perdería la vida. Posteriormente, seguiría el ritual que llevan a efecto muchos homicidas similares, que fue el hecho de recurrir a la autolesión.

Mariño Blanco iniciaría entonces una huida en el coche de su víctima, quizás perdido y confundido por el desgraciado suceso que acababa de protagonizar. Sin embargo, el autor del crimen de Lousame no fue quien de controlar el vehículo que conducía en un tramo de la carretera, acabando por empotrarse contra un árbol, circunstancia esta que sería aprovechada por los agentes de la Guardia Civil para proceder a su detención. Como consecuencia de ello, sería ingresado en el Hospital Xeral de Galicia de Santiago de Compostela.

El homicida de Lousame sería condenado a quince años de prisión en el juicio que se siguió contra él en la Audiencia Provincial de A Coruña. En este caso, se computó como atenuante su dependencia y habitual consumo de sustancias estupefacientes, bajo cuyo se encontraba, al parecer, en el momento de cometer tan repugnante y atroz crimen.

Crimen en Ortigueira

El otro suceso luctuoso de aquella triste jornada dominical de otoño nos lleva hasta la localidad costera de Ortigueira, un municipio en el que relucen como pocos sus preciosas edificaciones de estilo colonial. En esa misma jornada, las desavenencias entre dos hombres que se dedicaban a la compraventa de madera terminaba de manera sangrienta en lo que se suponía que era un crimen motivado por deudas económicas y el uso por parte de uno de ellos de las herramientas que se utilizan para talar árboles.

En plena calle, y a la vista de muchos viandantes que se quedaron estupefactos, un joven de 27 años Antonio Foján Cebral, no tuvo rubor en efectuar varios disparos de escopeta contra Carlos Otero Ramil, tres años mayor que el homicida, con los que acabaría con su vida de manera prácticamente instantánea. Después de haber cometido el crimen, el homicida sería detenido por agentes de la Benemérita y posteriormente pasaría a disposición judicial.

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