Un crimen sin esclarecer en Chantada (Lugo) casi 20 años después

Julio Capón, el único acusado, resulto absuelto por la Justicia

Las lindes de tierras, los históricos marcos que delimitan microparcelas de terreno y también el derecho a utilizar el paso a las fincas han sido causa de muchas disputas en Galicia a lo largo de su historia, en torno a los cuales se generaría una negra y falsa leyenda, que es completamente ajena a la verdadera indiosincrasia de lo que muchos medios de comunicación foráneos bautizaron como «Galicia profunda», en un claro intento de desprestigiar y desacreditar a una tierra que tiene mucho que ofrecer y que siempre ha pedido muy poco. Raras o muy raras veces ha llegado la sangre al río en el sentido literal de la palabra y las que lo ha hecho ha servido para que ciertos periodistas, como era el caso de Margarita Landi, utilizasen ese trágico suceso para cebarse de una forma obscena con una tierra que nada tenía que ver con la que ella retrataba en sus crónicas o en sus intervenciones en distintos medios de comunicación, mientras escondía su angosta maldad detrás de una pipa que le otorgaba un carácter macabro o si se quiere dantesco,  cuando no pintoresco.

Aunque jamás se ha podido demostrar, en un principio se sospechó que la muerte violenta de un anciano, Antonio Mazaira Vázquez, de 84 años de edad, en la parroquia chantadina de Nogueira, se vinculó en un principio a una supuesta disputa sobre el acceso a unas fincas que sostenía desde hace ya bastantes años con Julio Capón Vigo, quien sería absuelto por la justicia después de celebrarse tres juicios, en uno de los cuales había resultado condenado.

El 24 de abril de 2001 aparecía brutalmente asesinado Antonio Mazaira en un camino rural de servicio vecinal. Según los análisis practicados por los forenses, habría fallecido como consecuencia de un traumatismo cranoencefálico, el cual habría sido provocado por un objeto romo, que jamás llegaría a encontrarse. Desde un primer momento los investigadores pusieron su punto de mira en las malas relaciones que mantenía el fallecido con su vecino Julio Capón Vigo por la servidumbre y acceso a unas fincas emplazadas en la parroquia en la que sucedieron los trágicos acontecimientos.

Llamadas telefónicas

Una de las circunstancias en las que se basaron los investigadores para la acusación del vecino de Nogueira fueron unas llamadas telefónicas que se registraron desde el teléfono fijo de Julio Capón a horas intempestivas en la madrugada del siguiente a ser hallado el cuerpo sin vida de Antonio Mazaira a un conocido abogado chantadino cuando ni siquiera había sido imputado en el caso. A partir de ese momento comenzaría un largo peregrinar por los juzgados de las familias de ambas personas involucradas en el suceso, dando lugar a veredictos muy dispares.

El primer juicio contra Vigo Capón se desarrollaría en el mes de noviembre del año 2002 en el que el jurado encargado de juzgar el caso lo consideraría culpable. Consecuencia de esta decisión, sería condenado a una pena de diez años de cárcel, 67.000 euros de indemnizaciones a los familiares de los fallecidos y a una orden de alejamiento de Nogueira, la parroquia en la que había aparecido muerto el octogenario, de un total de cinco años.

Tras un recurso interpuesto por la defensa del acusado en el que aludió a un defecto de forma en la vista que se había celebrado contra su defendido, el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia (TSXG) ordenó la repetición del juicio contra Julio Vigo Capón, que se celebraría en noviembre del año 2003. En el transcurso del mismo, el acusado se ampararía en su derecho a no declarar, sin tener que responder al interrogatorio que le efectuasen tanto la acusación particular como la fiscalía. El veredicto del tribunal sería el mismo que un año antes.

Absolución

La resolución definitiva en torno a este más que controvertido suceso tendría lugar en mayo del año 2004, cuando se celebró el tercer juicio en contra de Julio Vigo, tras aducir su abogado defensor un nuevo defecto de forma. Si las decisiones tomadas anteriormente habían sido polémicas, esta última no lo iba a ser menos. Por seis votos a favor y tres en contra quedaría absuelto de los cargos que le imputaban, pese a que el jurado en esta ocasión tenía más pruebas, entre ellas la de un joven, Rubén González, quien aseguró que en el día de autos había escuchado decir al acusado a su esposa «María, fun eu» (María, he sido yo). Sin embargo, el jurado no tendría en cuenta esta prueba testifical, de la cual se carecía cuando había sido condenado en el primer juicio.

En este segundo juicio entrarían en juego otras personas, entre ellas un yerno del acusado, procurador en la villa de Chantada, así como sus dos hijas. Su presencia en el transcurso de la tercera vista oral estaba motivada por el afán de aclarar las llamadas telefónicas realizadas desde el teléfono fijo de Julio Vigo a un conocido letrado chantadino. A todo ello se sumaba la declaración de los agentes de la Guardia Civil de la localidad, quienes, conocedores de las desavenencias que mantenía con la víctima, se dirigieron a su domicilio con la finalidad de hablar con él. Sin embargo, esto último no sería posible, dado que los familiares de quien se convertiría posteriormente en el reo les comentaron que no se encontraba bien de salud en ese día.

La decisión del jurado fue muy controvertida, pues en sus conclusiones finales solamente habían alcanzado la unanimidad en dos puntos. Uno de ellos era el relativo a la enemistad manifiesta existente entre Julio Vigo y Antonio Mazaira, además de las circunstancias en las que se había producido su muerte, la cual se había debido a un traumatismo cranoencefálico abierto, provocado por un objeto romo, a raíz del cual fallecería horas más tarde.

Otro de los puntos de vista del desacuerdo existente entre los miembros del jurado vino dado a consecuencia de unas supuestas amenazas de muerte que habría proferido el acusado contra su víctima en más de una ocasión. Cinco miembros del tribunal creyeron esta acusación, en tanto que los otros cuatro, no. Además, si en esta ocasión no había acuerdo entre los jurados, Julio Vigo quedaría absuelto, ya que la ley establece que los juicios solamente se pueden repetir en tres ocasiones.

Este trágico suceso ha pasado a engrosar la lista de la más de una decena de casos que se encuentran sin resolver en Galicia a lo largo de los últimos veinte años, con el agravante que en poco más de un lustro se cumplirán dos décadas de la última actuación judicial por lo que el hecho podría quedar impune, como ya ha sucedido en más de una ocasión.

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Tres jóvenes muertas en la gran tragedia del voleibol gallego

Accidente en el que fallecieron las tres jugadoras del EMEVE

Cuando se escriba la historia del deporte en Galicia y también de España el nombre del equipo lucense de voleibol, EMEVE, se reflejará en grandes titulares por la extraordinaria aportación que ha hecho en esta especialidad deportiva. Gracias a su magnífica labor, se ha conseguido popularizar un deporte en Galicia, principalmente entre las chicas más jóvenes, pese a la ardua competencia del fútbol y de la extraordinaria implantación de la que goza el baloncesto en la vieja urbe romana del noroeste peninsular. Con escasos medios, principalmente económicos, se ha convertido en toda una institución y un referente del voleibol a nivel estatal y ni que decir tiene a nivel gallego. A veces los éxitos deportivos son lo de menos, o en este caso lo demás, porque además de su extraordinaria contribución al mundo del deporte, el EMEVE -cuyas siglas responden con «El Mejor Equipo de Voleibol de España»- también cosechó grandes éxitos en las canchas. Además de ser una extraordinaria institución en el ámbito deportivo, lo más importante para quienes amamos el deporte es que es el más entrañable y el más riquiño, que solemos decir los lucenses. Y eso no nos lo quita nadie.

Precisamente cuando un grupo de jóvenes lucenses, componentes de uno de los equipos juveniles del EMEVE, regresaba de Canarias donde se había alzado con el subcampeonato de España de la especialidad la tragedia terminaría cebándose con ellas en lo que prometía ser una jornada de fiesta, tras el éxito conseguido en el territorio insular. El exceso de velocidad a la que iba el microbús en el que viajaban, perteneciente, a la empresa Autos Bernardo, fue el causante de la muerte de tres jóvenes que iban a bordo, así como heridas de diversas consideración al resto de la expedición, compuesta por un total de 16 personas, en la mañana del día 3 de mayo del año 2009.

Semivolcado

El vehículo circulaba a 105 kilómetros por hora en un tramo limitado a 40, según los datos recabados por la propia Guardia Civil de Tráfico, enfilando a excesiva velocidad una rotonda de la autovía A-54 en las inmediaciones del aeropuerto compostelano de Lavacolla. El microbús terminaría semivolcado sobre una de las vallas de protección de la mencionada vía, dejando impresa sobre la calzada una larga frenada, quedando mismo a punto de precipitarse sobre un desnivel de siete metros de altura.

Los pasajeros que viajaban al lado de la ventanilla saldrían despedidos, quedando tendidos sobre la calzada. Inmediatamente se hizo visible la gran tragedia que había ocurrido. A consecuencia del impacto fallecería prácticamente de forma instantánea Aida Cela, una joven de 17 años. Cuatro compañeras suyas serían trasladadas al Hospital Clínico de Santiago en estado muy grave. Horas más tarde fallecería en la unidad de cuidados intensivos Iris Arias, de la misma edad que su colega. Apenas un día después correría la misma suerte Patricia Xavier, de 18 años.

El resto de los integrantes de la expedición hubieron de ser atendidos en el mismo centro sanitario en el que habían fallecido dos de las jóvenes de heridas de diversa consideración. Solamente consiguieron salir ilesos del siniestro el conductor del vehículo y cuatro expedicionarios del EMEVE.

El trágico accidente tendría una gran repercusión en toda Galicia, no solamente en medios deportivos, sino también en la sociedad de la época, siendo muchas las autoridades de la época que se trasladaron hasta el centro sanitario a interesarse por el estado de los heridos. El entonces alcalde alcalde de Lugo, Xosé López Orozco, no dudaría en calificar de «tragedia» el accidente ocurrido en tierras compostelanas. A la misma hora que se produjo el siniestro otro equipo del EMEVE, en este caso de categoría masculina, se encontraba disputando la final del campeonato de España juvenil. Nada más conocerse la dramática noticia se suspendió el partido. El resultado era lo de menos.

Prisión para el conductor

Como consecuencia del grave accidente, el conductor del vehículo siniestrado en Lavacolla, Federico Ferreiro Álvarez, sería condenado a la pena de dos años y medio de cárcel, acusado de un delito de homicidio imprudente, la mitad de la pena que solicitaba el fiscal, en el juicio celebrado en el juzgado de Fontiñas, en Santiago de Compostela en marzo del año 2013. Todas las pruebas aportadas en su contra desmontarían la versión de sus letrados, quienes sostenían que el tacógrafo del microbús, principal prueba de cargo, se encontraba averiado. Además, las personas que en él viajaban cuando se produjo la tragedia testificaron la excesiva e inapropiada velocidad a la que había tomado la rotonda en la que terminarían perdiendo la vida tres personas.

La condena le inhabilitaba asimismo para conducir durante tres años. De la misma forma debía de hacer frente a una indemnización de 425.000 euros a las familias de las víctimas. Mención especial cabe hacer en este sentido la que debía satisfacer al padre de una de las jugadoras fallecidas, quien había sufrido una grave depresión como consecuencia de la muerte de su hija a raíz de la cual perdería su empleo.

Como detalle anecdótico, cabe señalar que en fechas posteriores a producirse tan desgraciado accidente, otro equipo de categoría infantil femenina del EMEVE se proclamaría campeón de España de su especialidad. Y ahí, una vez más, se demostraría la grandeza de esta institución deportiva lucense que supo reponerse a la irreparable pérdida de tres extraordinarias jugadoras, pero -por encima de todo- mucho mejores personas, que se han convertido en titulares indiscutibles en el plantel que llevan en el corazón todos los grandes aficionados al voleibol y que en Galicia no tiene otro nombre que este, EMEVE.

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Un sanguinario y aterrador crimen en Vilalba (Lugo) en plena Posguerra

Rúa Nova de Vilalba, el lugar donde se produjo el trágico crimen

Acercarse a los duros años de la Posguerra en Galicia, y concretamente en la más interior, representa viajar a un inframundo en el que la miseria, las necesidades y el hambre eran el principal imperativo ordinario. Nadie se preguntaba a la hora del almuerzo que menú iba a degustar ese día. Se sentía agraciado con el solo hecho de tener un trozo de pan de centeno renegrido y oscuro, el más popular de la época, que llevarse a la boca. Era un territorio que superaba cualquier pobreza imaginable, que -sin ser ninguna exageración- solamente tendría parangón con las espectaculares y crudas imágenes que nos llegan del África más profunda. Cualquier cosa era válida para subsistir. Desde el engaño y el hurto, pasando por el contrabando, hasta en ocasiones, el crimen. Es cierto que hasta este extremo rara vez se llegaba, pero cualquier cosa era válida para el duro trasiego que representaba el ansioso y turbio devenir que se asomaba cada día.

Los jóvenes para engañar el hambre llegaban a fumar cigarrillos elaborados con hojas de las plantas de las patatas o, incluso, con flor de toxo, que se machacaba sobre una tabla. Los niños era frecuente que se sustrajesen trozos de pan unos a otros, mientras se perdían descalzos y vestidos de forma harapienta, muertos de frío y llenos de piojos, en un horizonte que no se presentaba para nada prometedor ni mucho menos halagüeño. La miseria de una prolongada posguerra se alargaría durante más de tres lustros en los que nadie fue capaz de levantar cabeza.

Fruto de aquella infame miseria tendrían lugar algunos hechos delictivos, pese a la desmesurada represión existente que en nada reflejaba un clima de seguridad ciudadana y personal sino más bien de pánico y terror, propios de una sanguinaria y férrea dictadura que ejercía un control que superaba lo exánime sobre sus maltrechos y cada vez más exhaustos ciudadanos. Uno de esos trágicos episodios ocurriría en la localidad lucense de Vilalba el 16 junio de 1944, en jornadas previas a las que los más jóvenes juntaban unos cuantos troncos de la escasa leña que había, ya que era necesario guardarla para el invierno, con la finalidad de llevar a cabo unas concurridas hogueras de San Juan. Pese al clima de necesidad extrema, nadie quería obviar ese día al fuego de la lumbre que de alguna manera iba a purificar, aunque solamente fuese durante unas cortas horas, el hambre y la miseria que padecían los gallegos de la época. En fechas previas al gran día que daba paso al verano, en la Rúa Nova de Vilalba, en pleno corazón de la villa en aquel entonces, aparecería en el número 11 de la referida vía el cadáver de un hombre de mediana edad, que era conocido como el señor Cordeiro con varias heridas de arma blanca en el costado, propinadas con un cuchillo de los que antaño se usaban para degollar los escasos pitos y conejos que en la época se podían matar para darse todo un festín y al que muy pocos, por no decir casi nadie, estaban acostumbrados.

Cinco cuchilladas

Desde hacía unos días, los residentes de aquella concurrida calle vilalbesa en aquel entonces echaron en falta a su vecino. Nada les hacía sospechar su fatal destino, pues era una persona que carecía de cualquier enemistad en el barrio. Una vecina suya, procedente de tierras de Castilla, comentaría en reiteradas ocasiones el inusual tiempo que el señor Cordeiro llevaba sin aparecer en público. Este hecho la convertiría en una de la sospechosas, siendo detenida durante unos días hasta que en el interrogatorio clave se pudo esclarecer que se trataba de una persona inocente. El cuerpo ensangrentado, tirado sobre la lareira de la casa, fue hallado por una joven adolescente que escaparía corriendo en un gran estado estupefacción y excitación por el lamentable espectáculo que acababa de presenciar.

Nadie en toda aquella pequeña villa del interior norte de Galicia daba crédito a que pudiese haber acontecido un hecho de similares características, ya que en la localidad jamás había habido conflictos, pese a que la memoria colectiva continuaba impregnada por el trágico episodio del cartero de Vilapedre, quien había muerto asesinado en Vilarraso tras ser denunciado por falangistas vilalbeses, tras haberse enterado que el buen hombre se había negado a disponer de una cruz en la cabecera de su cama en la histórica pensión de Juan Francisco. De la misma forma, aquella misma banda que le había denunciado no dudaría en disparar de forma cruel y espantosa contra un hombre en O Alto da Forca, así como de dar muerte a varios vecinos de la contorna en la vecina localidad de Baamonde.

Según las investigaciones efectuadas por los miembros de la guardia civil y la posterior autopsia al cadáver del señor Cordeiro, un hombre de mediana edad, este había fallecido a consecuencia de cinco cuchilladas que le había propinado su agresor. La muerte le habría sobrevenido en un plazo de unas 30 horas antes de ser hallado su cuerpo sin vida, ya que todavía no presentaba ningún rastro de putrefacción. De la vivienda que ocupaba desaparecieron algunos objetos personales. Sin embargo, lo que atrajo verdaderamente la atención de los investigadores fue el hecho de haber desaparecido una fornada de pan que el hombre había cocido en horas previas a su óbito en un horno de unas conocidas panaderas de la villa. A todo ello se añadía que de su despensa se echaron en falta algunas docenas de huevos, las cuales solía vender a las familias pudientes de la época. Presentaba cinco puñaladas que en el costado que le habían interesado el pulmón y el corazón. Tenía además la lengua presionada entre los dientes, dando señales de que había intentado defenderse de su cruel agresor, pero que nada pudo hacer ante el mayor vigor y juventud de este último.

Detenciones

Al estupor, la alarma y la consternación le proseguirían las detenciones e interrogatorios. Los vecinos de la calle, que era una de las más populosas de la Vilalba de los años cuarenta del pasado siglo, pasarían prácticamente todos ellos por las dependencias judiciales y penales con la excepción del matrimonio formado por Manuel Cendán Lagüela y Elia Villares González, una pareja originaria de la parroquia de Sancobade que se encontraba viviendo de forma circunstancial en aquel barrio vilalbés. Ellos mismos se harían cargo de los hijos de algún vecino que sería detenido por sospecharse de su implicación en los hechos, aunque tanto Manuel como Elia jamás llegaron pensar que ninguno de sus vecinos pudiese tener relación alguna con el trágico episodio que acaba de vivir una villa que tan solo aspiraba a sufrir en el duro e incontenido rigor de una posguerra que casi terminaría por eternizarse.

Delante del antiguo consistorio vilalbés, hoy reconvertido en Casa de Cultura, se vivieron durante días escenas tristes y dantescas, muchas de ellas de pavor y estupor, ya que en sus dependencias estaba instalada la antigua cárcel comarcal. Una mujer clamaba al matrimonio antes aludido que cuidasen de sus hijos, pues la injusticia la había llevado al interior de los muros de la cárcel. Aquella pareja de Sancobade se convertiría en los héroes del barrio al socorrer a varios hijos de vecinos suyos que se encontraban en prisión. Pasaban los días y el suceso no se aclaraba. Al contrario, parecía que las cosas se torcían mucho más que en un principio. Uno de los detenidos sería un hombre ya mayor, padre de una numerosa prole, conocido como Rogelio Fernández, caminero de profesión y que trabajaba en el área próxima la Ponte Trimaz. De él se sospechaba a consecuencia de las ilícitas actividades en las que supuestamente se encontraba involucrado, entre ellas el contrabando. Sin embargo, ningún vecino de la zona sospechaba que este hombre pudiese hacer una cosa así. Su detención causaría estupor.

El testimonio de una persona, cuyo nombre resulta difícil de descifrar en los corroídos archivos de la Audiencia Provincial de Lugo, resultará clave para ir atando cabos, aunque no será definitivo. Este hombre declarará ante el juez que había estado con un joven, horas después de haberse cometido el crimen, cuyo aspecto le resultó extraño. Para ganarse su confianza, el joven lo invito a comer huevos cocidos. La ausencia de este producto avícola de la despensa de la víctima iba a convertirse en crucial a la hora de resolver el caso. Muchos de los detenidos serían puestos en libertad y la investigación tomaba un nuevo rumbo.

Autobús de línea

Al ir atando los pertinentes cabos se dirigieron los investigadores a la principal clave que contribuiría a resolver el suceso. Esta se hallaba en un conductor de coche de línea, que cubría el trayecto entre Lugo y Ferrol. Al mismo, a primeras horas de la mañana del día de autos, se había subido un joven, algo desgarbado y que parecía encontrarse muy precipitado y sudoroso, quien portaba un saco blanco en el que contenía varios bolos de pan, recién horneados y llevaba el clásico olor que tiene el pan recién cocido en los antiguos hornos de leña. Lo haría, incluso, a tres kilómetros de distancia de dónde debía tomar el autocar habitualmente, lo que sorprendería tanto al conductor de línea como a algunos viajeros que lo conocían. Sin embargo, no solamente le delataba este último aspecto, también el conductor se percató que el muchacho, que se encontraba en edad de cumplir el servicio militar y se dirigía a la ciudad departamental para reincorporarse al cuartel, presentaba unas pronunciadas manchas de sangre en alguna de las prendas que portaba, así como también en el saco en el que transportaba el pan sustraído de la casa del señor Cordeiro. En su breve conversación con el chófer del autocar le comentó que ello obedecía a que le había estado ayudando a matar unos conejos a un vecino suyo. No daría más importancia al hecho, dando por buenos sus argumentos.

Por si todas las pistas que conducían a él no fuesen suficientes, un agente de la guardia municipal testificaría también que había visto también al referido mozo de edad militar a primeras horas de la mañana de aquel trágico día con un saco al hombro, pero al que no le dio mayor importancia y tan solo supuso que se tratase del clásico macuto que utilizaban los jóvenes militares para transportar sus pertenencias.

En los primeros días del mes de julio de aquel caluroso y miserable Ano da fame, agentes de la guardia civil de Ferrol procedían a la detención del muchacho para, posteriormente trasladarlo a Vilalba. En el cuartel en el que estaba destinado había compartido el manjar sustraído con algunos de sus compañeros de armas, aspecto este que serviría también como pista que le delataba ante las autoridades. Respondía a las iniciales de A.C.V. y había nacido en la capital chairega en el seno de una conocida y acreditada familia de Vilalba. El «hábil interrogatorio», como se denominaba entonces a las declaraciones que se hacía ante miembros de la benemérita en casos excepcionales y en las que se empleaban todo tipo de artimañas entre las que no faltaban unas brutales y desmedidas torturas, no tardarían en dar sus frutos. El chaval acabaría confesando su autoría en el crimen, señalando que lo había hecho a consecuencia de la miseria que se veía obligado a soportar en el cuartel en el que cumplía el servicio militar en el que tan solo les daban un mísero y recalentado caldo en el que tan solo se veían unos contados y escuálidos garbanzos que los condenaban a una sempiterna desnutrición.

Declararía que en el día de autos había estado haciendo unas labores en la casa del señor Cordeiro, quien se había comprometido a pagar sus servicios con una determinada cantidad de dinero que previamente habían convenido. Según su relato -llegado el momento- la víctima tan solo le facilitó comida, pero no le pagó lo que habían estipulado. A consecuencia de esta desavenencia comenzaría un tira y afloja entre ambos que terminaría en tragedia.

A.C.V. sería condenado a 20 años de cárcel en un tiempo en el que todas las causas eran llevadas por tribunales militares, incluso las civiles. En este hecho se añadía la circunstancia de que el joven en cuestión estaba cumpliendo el servicio militar. El fiscal castrense llegaría en un momento dado a solicitar la pena capital para el condenado, no considerando en ningún instante como atenuante el hecho del arrepentimiento espontáneo ni tampoco otros hechos adyacentes, tales como las condiciones de extrema necesidad en la que se encontraba.

Al autor del crimen de la Rúa Nova de Vilalba se le perdería la pista en una prisión militar ferrolana en la que estaría recluido durante bastantes años. Lo cierto es que jamás ha vuelto a pisar, al menos que se sepa, el pueblo que lo había visto nacer hace ya casi cerca de un siglo. Probablemente no regresase jamás.

 

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Tres muertos y 17 heridos en el accidente ferroviaro de Covas (Viveiro)

Convoy de FEVE en una estación

El verano del año 1973 estaba siendo atípico en aquella España de mediados de los setenta que asistía, un tanto impávida, a la decrepitud de su Caudillo, quien veraneaba por última vez en su pazo de Meirás. Mientras, varias decenas de universitarios gallegos esperaban la benevolencia de aquellos magnánimos jueces que dictarían severas sentencias tan solo por el nimio detalle de ser portadores de propaganda contraria a un régimen que daba sus últimos zarpazos de la mano de quien era su eminencia gris, el siempre todopoderoso Carrero Blanco, quien tan solo unos meses más tarde moriría en un atentado terrorista cuya autoría sigue todavía hoy en día en tela de juicio 46 años después.

Por aquel descolorido verano gallego se dejaban ver unos jóvenes melenudos, o cuando menos con el pelo un poco más largo de lo normal, que procedentes de los países de la satisfecha Europa Central se dejaban ver a bordo de modernos deportivos de colores chillones que a duras penas atravesaban los empedrados caminos y corredoiras gallegas de la época. Mientras, su contrapunto venía del tradicional carro del país que, con su habitual y sempiterna sintonía de su eixo ponía esa nota musical que hoy en día hemos perdido para siempre. Galicia estaba cambiando, pero lo hacía de una forma demasiado lenta, con el conformismo propio de un país que parecía no tener nunca prisa, muy acorde con la filosofía de sus moradores.

Rara vez en Galicia sucedían cosas que alterase su habitual devenir cotidiano. Sin embargo, había alguna ocasión en que eso pasaba y entonces saltaban todas las alarmas, a las que se unía el habitual y tradicional sentido solidario que siempre han tenido unas gentes que siempre han mostrado una hospitalidad fuera de lo común, tal vez derivada de las muchas veces que -en la emigración- hubo que llamar a otras puertas. Una de esas ocasiones en que se alteró el devenir de muchos gallegos fue el 14 de julio de 1973 cuando en Viveiro, en torno a las cinco de la tarde a la altura de Covas, se produjo el vuelco de un convoy perteneciente a la red de Ferrocarril de Vía Estrecha (FEVE), falleciendo tres pasajeros y resultando con heridas de diversa consideración otros 17.  El tren hacía el recorrido desde Ferrol, de dónde había partido a las tres y veinte de la tarde, con destino Gijón y Oviedo, siendo la mayor parte de los pasajeros de Asturias, muchos de ellos militares que se encontraban cumpliendo el servicio militar en la ciudad departamental.

Causas desconocidas

Las autoridades de la época nunca aclararon las causas por las que se produjo tan dramático y trágico accidente, además de muy inusual, ya que los trenes de FEVE eran de lo poco presentable que había en el ferrocarril de la época. Tampoco se achacó, en esta ocasión, el siniestro al factor humano. Se adujo que se había tratado de una salida de vía, motivo por el cual uno de los vagones había volcado, falleciendo tres personas a consecuencia del desgraciado accidente. Los fallecidos eran un joven asturiano de 21 años, Juan Gil Fernández Pérez, quien se encontraba cumpliendo el serivicio militar en Ferrol; Ángel Caudal Sánchez, de 44 años, que era minero y vecino de Oviedo y, finalmente, la tercera víctima era José Manuel Castiñeira Díaz, de 58 años, quien era natural de la localidad coruñesa de Ortigueira.

En un principio se temió que la tragedia hubiese sido muy superior a lo que realmente acabaría siendo, dada la aparatosidad del siniestro y a la dificultad que supuso excarcelar de entre los hierros a muchos de los heridos que habían quedado atrapados en el interior de aquel vagón. En aquel entonces, algunas de las víctimas fueron trasladadas a los centros sanitarios de Lugo y Ferrol, los más próximos al lugar del siniestro que se encontraba a más de 90 kilómetros el más cercano, en automóviles particulares y en furgonetas que fueron habilitadas como improvisadas ambulancias, dado que todavía se carecían de centros de salud en condiciones. Ni que decir tiene que las ambulancias solamente se podían observar en las grandes ciudades.

La circulación de trenes entre Galicia y Asturias, por su principal eje de comunicaciones que es el litoral lucense se vería seriamente afectada a lo largo de varios días, siendo muchos los pasajeros que hubieron de ser trasladados en autocares a sus respectivos destinos. Hasta el 17 de julio, tres días después del siniestro, no circularon los habituales servicios discrecionales de ferrobuses de vía estrecha.

Al encontrarse en la antevíspera de la festividad de la Virgen de Carmen, muy celebrada en las localidades costeras y mucho más cuando son marineras, el Ayuntamiento de Viveiro decidió suspender, como era natural por otra parte, los actos festivos programados para los días posteriores al accidente, que poco o nada alteraría la agenda de los políticos de la época, quienes -una vez más- harían gala de su histórica desidia, atribuyendo el siniestro a los designios de la Divina Providencia. Y es que esta última era muy poco misericordiosa con Galicia y más en aquel tiempo.

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Dos guardias civiles asesinados en Santiago de Compostela

Los cuerpos de los agentes transportados por trabajadores de una funenaria

Aquellos años, finales de la década de los ochenta. en los que Compostela se estaba consolidando como capital gallega, se sucedían las turbulencias en la política y la sociedad del noroeste peninsular a raíz de diversos asuntos que afectaban a la Xunta de Galicia. En 1989 Fraga Iribarne se encontraba preparando su desembarco político en la tierra que lo había visto nacer, mientras el otrora discípulo suyo Xosé Luís Barreiro Rivas, que acababa de dimitir como vicepresidente del ejecutivo gallego, se enfrentaba a la acción de la Justicia por su implicación en el escándalo del juego. Sin embargo, a pesar de aquellos vaivenes a los que se encontraba sometida una tierra que trabajaba honradamente por su futuro, se sucederían una serie de acontecimientos trágicos que conmocionarían de sobremanera a un país que siempre había mostrado su espalda a cualquier atisbo de violencia.

Pocas o muy pocas veces golpeó el terrorismo a Galicia, si bien es cierto que hubo una etapa histórica que el territorio gallego se vio seriamente afectado por acciones violentas, que hicieron temer a las autoridades que la tierra gallega se fuese a convertir en un núcleo de actuación de algunas bandas de criminales. Así sucedió ya bien entrada la década de los ochenta del pasado siglo, cuando -en varias ocasiones- se sucedieron los actos terroristas, siendo los GRAPO y el desaparecido Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe quienes se encargarían de dejar su trágica huella, acabando en muy poco tiempo con la vida de varias personas, mayoritariamente agentes de la Guardia Civil, pero tampoco se libraría de sus asesinas balas el conocido empresario gallego Claudio Sanmartín, quien moriría asesinado en mayo del año 1988.

Una de esas escasas veces que Galicia sufrió la amarga experiencia del terrorismo fue una lluviosa mañana de primavera. La fecha elegida por los violentos fue el 11 de marzo de 1989 y el escenario la siempre lustrosa Praza das Praterías de la capital gallega. Alrededor de las once y media de la mañana cinco miembros de los GRAPO se dirigieron a la oficina del Banco de España con la finalidad de perpetrar un atraco. En la puerta se encontraban custodiando la sede dos agentes de la guardia civil, quienes leían tranquilamente la prensa con el exclusivo ánimo de que el tiempo discurriese de la forma más placentera posible. Sin embargo, aquellos terroristas, dos hombres y tres mujeres, se encargarían de que aquello no fuese así.

A quemarropa

No tuvieron tiempo los agentes a reaccionar ante sus verdugos cuando estos empuñaron las pistolas con las que iban armados y con las que les dispararían a quemarropa y a la sienes, falleciendo prácticamente en el acto. Posteriormente, intentarían hacerse con dinero en efectivo de la cámara acorazada, pero sin poder lograr su objetivo, ya que había sido cerrada por uno de los empleados de la entidad bancaria. Los terroristas efectuarían varios disparos contra la misma, pero resultando en vano. Incluso, amenazarían a uno de los empleados, quien negó que tuviese las llaves de la cámara que le solicitaban los terroristas. A lo largo de quince minutos se vivieron dantescas escenas de tensión en pleno casco histórico de la capital gallega. En vista de que su objetivo se había vuelto imposible, los terroristas huyeron a pie por el casco histórico, apoderándose de las armas reglamentarias de los agentes a quienes habían dado muerte. Algunos empleados del banco se refugiaron en los sótanos y allí esperaron a que los terroristas abandonasen el local.

En el trágico episodio vivido en Compostela fallecerían dos miembros de la Benemérita, Pedro Cabezas González, de 47 años, natural de A Coruña, quien dejaba viuda y dos hijas, y Constantino Limia Nogueira, de 52 años de edad, oriundo del municipio orensano de Xunqueira de Ambía. Este último era padre de tres hijos.

Los terroristas huirían a pie por las calles compostelanas, siendo vistos por muchos ciudadanos. En la acción terrorista, atribuida a los GRAPO, se sospechaba que habían intervenido los miembros de la cúpula del grupo armado. Se trataba, entre otros, de Laureano Ortega Ortega, María Jesús Romero Vega y Encarnación León Lara. Todos ellos serían detenidos en el transcurso de una operación antierrorista llevada a cabo en Santander en diciembre de 1992, lo que daría lugar a una desarticulación provisional de la banda, que aparecería posteriormente con otros actos terroristas.

María Jesús Romero Vega sería capturada en octubre de 1990 y condenada por la Audiencia Nacional a más de 75 años de prisión, aunque abandonaría la cárcel en el año 2013 al anularse la conocida como «Doctrina Parot». Laureano Ortega sería condenado en 1994 a una pena similar, aunque se beneficiaría de la misma medida que su compañera. En el transcurso de la misma operación en el que fue detenido este último, también serían detenidos los Encarnación León y Elvira Diéguez Silveira, quienes serían condenados a penas que sumaban más de cien años de prisión, aunque se verían favorecidos por la aplicación de la medida antes aludida.

El atentado sería condenado de forma unánime por todas la fuerzas políticas y la sociedad gallega de la época, siendo especialmente dura la condena realizada por el entonces presidente de la Xunta de Galicia, Fernando González Laxe.

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El asesinato de «El Federal»

Casa del Marracú, uno de los asesinos de «El Federal»

En el primer tercio del siglo XX una de las expresiones que más se escuchaba en Galicia era la de «este vaise», «aquel vaise», «o outro xa marchou» en alusión a los miles de gallegos que cada año atravesaban el Océano Atlántico con rumbo a tierras americanas. El noroeste peninsular era una tierra no solo dejada de la mano de Dios, sino también del mismo hombre. Pobreza, miseria y Galicia eran sinónimos perfectamente sincronizados. Ahora se añadía el de emigración para poder huir de un destino infernal al que millares de gallegos parecían estar condenados desde el momento mismo en que habían sido concebidos. Pocas cosas eran noticia en un territorio en el que la extrema pobreza iba unida a muchas carencias, algunas de las cuales -como era el caso de la educación- pretendían paliar aquellos otros que supuestamente estaban triunfando allende los mares, gracias a cuyos capitales se crearían centenares de escuelas en edificios que imitaban los retorneados estilos arquitectónicos de las islas caribeñas.

En aquella humilde tierra, en la que lo más novedoso eran las muchas misivas que procedían de tierras americanas, también a veces se producía algún acontecimiento que, más que salir de su ancestral y cotidiana rutina, les alteraba la convivencia de forma brusca y abrupta. Así ocurrió en los primeros meses del año 1919. Por aquel entonces, desaparecería en Ourense un conocido empresario del rastro madrileño José Delgado Guzmán, popularmente conocido como «El Federal», cuando en teoría había venido a Galicia a adquirir maquinaria vieja de una azucarera emplazada en la localidad de Padrón, muy próxima a Santiago de Compostela. La alerta sobre su ausencia la daría su hijo Andrés Delgado, quien se extrañó mucho de carecer de noticias sobre su progenitor en los primeros días de febrero de 1919, conocido mundialmente como el «Año de la Paz», al ser el primero en un lustro en el que no se escuchaban ni el repicar de fusiles ni tampoco de los cañones.

El prestigioso empresario madrileño habría recibido una oferta de negocio por parte de un individuo que decía llamarse José  López Carro, que era gallego para la supuesta adquisición de ese material, aunque le exigía una comisión por participar en el falso negocio. La propuesta no desagradó al comerciante quien, una vez conocidas algunas de las condiciones, concertó un viaje a Galicia. Algunas circunstancias de última hora provocarían una variación en la fecha del desplazamiento. Estaba previsto para el 19 de enero de 1919, aunque se demoraría un par de días en hacerlo en compañía del energúmeno que le había propuesto el negocio que le acabaría costando la vida. En la estación del Norte es visto por última vez por uno de sus hijos, quien apenas quince días más tarde denunciará su desaparición forzada ante una comisaría de policía de Madrid.

Desaparición de «El Federal»

A mediados de febrero de 1919 la prensa gallega y madrileña se hacen eco de la desaparición del conocido comerciante del rastro madrileño. A todo ello se suma la denuncia interpuesta por su hijo Andrés, quien asegura en todo momento que su padre se ha dirigido a la localidad de Padrón, por lo que se traslada hasta Santiago de Compostela para entrevistarse con el jefe de la brigada de investigación criminal. Se desatan las primeras especulaciones, que ya apuntan que detrás de su desaparición podría encontrarse un funesto acontecimiento sangriento.

Las primeras pistas sobre su hipotético paradero situaban a José Delgado Guzmán en la capital ourensana, un destino que no coincide con el itinerario previsto por el popular comerciante, por lo que ya se comienzan a hacer muchas conjeturas e indagaciones. Se sabe que «El Federal», que viajaba impecablemente vestido», llevaba consigo una importante cantidad de dinero en efectivo, pues era muy habitual que pagase sus compras al contado, por lo que ya se comienza a especular que su ausencia pueda obedecer a un hecho delictivo, tal y como terminaría ocurriendo. Por la declaración de un interventor de las líneas de los ferrocarriles, quien lo reconoció por las fotografías que de él se han facilitado en la prensa, se sabe que el comerciante madrileño realizó un cambio en su itinerario en la estación de Monforte de Lemos, dónde tomó un tren con destino a la Ciudad de las Burgas.

Las investigaciones dan un vuelco cuando el hijo de José Delgado y el jefe de la Brigada de Investigación Criminal se entrevistan con el propietario de la empresa azucarera de Padrón, quien se sorprende al informarle de los propósitos del comerciante madrileño, a lo que añade que no ha estado nunca en su propósito ni tampoco en su mente la hipotética posibilidad de la venta de maquinaria alguna y que por sus instalaciones no se pasó «El Federal» ni tampoco ese individuo que se ha identificado como José López Carro, con quien se había entrevistado el negociante del rastro madrileño.

Aparición del cadáver de «El Federal»

El 13 de marzo se despejan todas las incógnitas con la aparición del cuerpo sin vida de José Delgado Guzmán, cuyo cuerpo aparece semidesnudo y en avanzado estado de descomposición en una finca de Mariñamansa, próxima a la capital ourensana, propiedad de un conocido farmacéutico de la Ciudad de As Burgas, que se la ha cedido en arriendo a Antonio Fernández Vila, conocido como «O Marracú», un individuo plagado de antecedentes policiales y penales, quien -una vez que se ha percatado de la aparición del cadáver de «El Federal»- tratará de poner tierra de por medio, huyendo en un vapor desde A Coruña hasta La Habana, dónde un hijo suyo trabaja como camarero en un conocido hotel de la capital cubana.

En mayo de 1919 aparece el cuerpo sin vida en la finca de A Roda de Antonio Expósito, quien se había presentado ante el empresario del rastro como José López Carro. El autor de su muerte es Nicolás Rodríguez Valero, conocido como «Valentón», que era uno de sus compinches y que supuestamente habían participado en el asesinato de «El Federal». Este último hecho sangriento servirá para atar algunos cabos sueltos. Ante la Guardia Civil, Valentón declara que el arrendatario de la finca de Mariñamansa, «O Marracú» era el autor material de la muerte del empresario madrileño, la cual habría tenido lugar en el transcurso de una cena celebrada en su casa. Allí habría descargado un artilugio de hierro sobre la cabeza de José Delgado, lo que le provocaría el desgarro de la masa encefálica, depositando posteriormente su cuerpo en una mina empleada para le extracción de agua. Previamente le habrían arrebatado el dinero que portada, así como el traje que vestía.

A medida que se iban esclareciendo las circunstancias del trágico asesinato, las autoridades españolas solicitaron de las cubanas la extradición del delincuente gallego, quien sabedor de que le están pisando los talones, pone una vez más pies en Polvorosa, huyendo hacia Estados Unidos. Su familia será extraditada arribando al puerto coruñés en diciembre de 1919. Debido a todo este procedimiento el proceso judicial en su contra se alargará en demasía, produciéndose algún acontecimiento que contribuirá a que el asesinato no termine por exclarecerse como se hubiese deseado. En su huida por Norteamérica formará un pequeño grupo de delincuentes, resultando herido de consideración. Es detenido en San Francisco, siendo extraditado desde allí hasta España, llegando en los primeros días de marzo de 1924 a Ourense, tras una larga peripecia por tierras americanas

Ambos delincuentes, «Valentón» y «Marracú» se echan mutuamente la culpa del crimen que ha costado la vida a José Delgado Guzmán.  segundo de los delincuentes, quien padece una tisis aguda que terminará por segarle la vida en el año 1924. Pese a ser sometidos al tercer grado y vivir en unas condiciones de vida infrahumanas en el penal de Ourense, es muy difícil sonsacarles algo en claro a ambos energúmenos, principalmente a Fernández Vila, quien sufre constantes ataques de tos que le impiden, o eso simula, declarar en condiciones, tratando de dilatar en la medida de lo posible el proceso en su contra.

Muerte de «Marracú»

Pese a que a lo largo del año 1924 la salud de «Marracú» se va deteriorando progresivamente, y viendo el final de su vida próximo, el conocido delincuente ourensano no confesará nunca su participación en los hechos, pese a los denodados intentos del juez instructor del caso. Antonio Fernández Vila fallecerá en el penal de la ciudad de As Burgas en la jornada del 6 de diciembre de 1924, lo que provocará una decadencia en el interés del caso, siendo muchos los periodistas de Madrid y de diferentes puntos de España que se han trasladado hasta Galicia para seguir uno de los procesos judiciales más intrigantes de los últimos años.

Con su óbito, decae ostensiblemente el interés en el caso, quedando únicamente como responsable el madrileño Nicolás Martínez, «Valentón», quien -en reiteradas ocasiones- negará de nuevo su participación en los hechos. La fiscalía y la acusación particular solicitan 30 años de cárcel y una indemnización de 15.000 pesetas para la familia de la víctima. Sin embargo, el 23 de diciembre de 1924 el tribunal que juzga el caso absolverá a «Valentón» de estar relacionado con este suceso criminal, lo que producirá una gran decepción tanto en el público que ha estado pendiente del proceso, como en los hijos de «El Federal», que veían como la muerte de su padre había quedado rodeada de un gran misterio y que, debido a diversas circunstancias ocurridas en aquellos años, no había podido esclarecerse del todo.

 

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Asesina a su novia y entierra su cadáver en una finca de su propiedad

Hay sucesos que marcan a varias generaciones por el impacto que en su día tuvieron, siendo recordados por sus habitantes como una mancha negra que empaña su devenir. Además de ser difíciles de olvidar, queda en el imaginario popular la eterna sensación de que han de sobrevivir con el acontecimiento luctuoso, apareciendo contínuamente reflejado en los diferentes medios de comunicación, amén de ser constante motivo de comentario entre quienes lo han vivido en primera persona.

En la península de O Morrazo, en pleno sur de Galicia y también en pleno corazón de las Rías Baixas, o esa dulce Galifornia en la que su suave  y enternecedor clima acompaña a un incomparable y placentero paisaje, se produjo un trágico suceso en el año 1982, que tendría todos los ingredientes de una película de suspense, tanto por el desarrollo como por las consecuencias posteriores. Una de esas veces en las que la triste realidad supera a la ficción. En la jornada del 29 de agosto se producía la desaparición de una joven de la localidad morracense de Bueu, Rosa María Juncal Martínez, de 18 años de edad, denunciada por su padre ante la Guardia Civil en vista que no regresaba a su domicilio. La muchacha había pasado la tarde en compañía de su novio, Manuel Crespo Fernández, de 17 años, sobre quien fue puesto el foco de atención de las autoridades desde el primer instante de su ausencia, aunque pasaría algún tiempo antes de ser detenido.

El padre de Rosa María se dirigió a la casa del novio para preguntarle sobre el paradero de su hija. Al parecer -según relata la prensa de la época- la madre del chaval se encaró con el progenitor de la novia de su hijo, con quien sostendría una ácida y cruel disputa. Durante casi cuatro meses en toda la comarca del Morrazo y alrededores se vivió una tensa y angustiante espera a fin de tener noticias de la joven desaparecida. En ese lapso de tiempo el muchacho sería detenido en una ocasión como supuesto autor de la desaparición, si bien es cierto que saldría en libertad sin cargos de un interrogatorio de la policía.

Crespo confiesa

Tras un nuevo interrogatorio, después de que se le estrechase el cerco hasta el punto de hacerlo poco menos que impenetrable, el autor material del crimen, Manuel Crespo Fernández termina por derrumbarse y confesaría su autoría. Al parecer, los investigadores se mostraron muy sorprendidos de la frialdad que había demostrado el joven en el transcurso de su conmovedor relato. Tal y como se había sospechado desde un principio, él era el autor confeso de un crimen del que todavía perviven sus secuelas, tanto por la transcendencia como por las circunstancias que rodearon a tan sangriento hecho.

Su confesión se produjo el 4 de diciembre de 1982, más de tres meses de la desaparición de Rosa María Juncal, aspecto este que enardecería aún más los encrespados ánimos del vecindario de las localidades pontevedresas de Bueu y Marín, que clamaban justicia por un suceso criminal en el que apuntaban como inductores a la madre del asesino así como al entonces cura párroco de Santo Tomé de Piñeiro. De hecho, se organizaría una manifestación en la que llegaron a participar 3.000 personas instando a que recayese todo el peso de la ley sobre el aún presunto asesino. En el transcurso de la misma, que tuvo como escenario la zona aledaña a la vivienda de Manuel Crespo, hubo de intervenir la Policía Nacional con la finalidad de dar protección a su familia debido a lo alterados que se encontraban los ánimos. La casa del criminal sería apedreada e incluso allanada por algunos de los manifestantes.

El móvil del crimen hay que buscarlo, según relataría Crespo Fernández, en el supuesto hecho de que la víctima se encontraba embarazada. Este hecho en sí mismo, dada su juventud, unido a los trastornos que le ocasionaba a tan temprana edad la incómoda circunstancia de una paternidad, provocaron un crimen que consternaría a toda la comarca de O Morrazo y el entorno de Pontevedra. A todo ello, se unía también el presunto rechazo que suscitaba la joven asesinada en la familia de su verdugo, de ahí que la ira popular señalase directamente a su progenitora como la inductora del asesinato de Rosa María Juncal.

Puñaladas en el cuello

En el interrogatorio en el que confesó el asesinato declararía que propinó a su novia varias puñaladas con un cuchillo que había llevado a tal efecto. Previamente la había engañado de una forma un tanto infantil, diciéndole que había visto una trucha. En el instante en que ella bajó la cabeza y se asomó al río a verla, aprovechó para propinarle reiteradas cuchilladas que acabarían con su vida. Ambos jóvenes tenían previsto pasar la jornada en la playa, pero Manuel Crespo la invitó a acudir a las inmediaciones del río Loira, cerca de la Ponte de Guimeráns, en un más que planificado y estudiado crimen. El cuerpo de la joven presentaba múltiples lesiones de arma blanca que le había inferido su agresor y se encontraba encogido en el momento en que fue hallado. La autopsia también demostraría que la víctima no se encontraba embarazada, tal y como sospechaba.

Una vez que se hubo cerciorado de la muerte de su novia, prosiguió con el macabro plan que había urdido. Previamente, incluso antes de quedar para pasar juntos la tarde, el asesino había cavado una fosa en una finca de su propiedad en la que tenía previsto de antemano enterrar a su víctima. La depositó en la misma, arrojando sobre ella gran cantidad de piedras. Además, para dificultar el trabajo de los investigadores llegado el momento, plantó sobre la improvisada sepultura de Rosa María Juncal un manzano, con el objetivo de evitar cualquier suspicacia. Su cuerpo sería hallado por el enterrador de Marín, quien tras rastrear la finca daría con los restos mortales de la joven.

El clamor popular y la indignación se cebaron en contra de la familia del asesino, incluso en las jornadas en las que tuvo lugar el juicio que tuvo lugar en la Audiencia Provincial de Pontevedra. Centenares de vecinos de Bueu y habitantes de la comarca de O Morrazo se dieron cita delante de la institución de Justicia de la capital del Lérez con el fin de proseguir la vista sobre un crimen que no dejaba indiferente a nadie. Manuel Crespo Fernández sería condenado a un total de 20 años de cárcel, así como a satisfacer una importante cuantía económica a los padres de la víctima, en concepto de responsabilidad civil.

 

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Cuatro muertos en el devastador temporal del otoño de 1965

El puerto de Malpica de Bergantiños fue completamente destruido por el temporal

En la década de los años sesenta del pasado siglo, tanto Galicia como Asturias, en su área más occidental, continuaban siendo dos tierras atávicas y costumbristas. El hoy Principado marchaba algo mejor que quienes vivían en la margen izquierda de la ribera del Eo, entre otras cosas por la prosperidad que le deparaban sus siempre concurridas minas en las que se daban cita trabajadores de ambas márgenes de la ría que sirve como  demarcación entre una y otra tierra. A los gallegos les quedaba el pintoresco consuelo de presumir de su compatriota, el Jefe del Estado, aunque eso no aliviase para nada sus males ni tampoco les sirviese más que consolarse falsamente al igual que lo hacían cuando llegaban los goles del mítico Pontevedra CF del «Hai que Roelo!». Aunque eran ya muchos más los que preferían las alegrías deportivas que las rancias arengas de un decrépito y caduco dictador que parecía no tener fin, como queriendo eternizar un descastado y atrofiado régimen que en nada favorecía los intereses y las aspiraciones de los gallegos de la época.

El clima era uno de los principales hándicaps al que tenían que hacer frente en aquel entonces en los que las previsiones meteorológicas se hacían todavía con criterios tradicionales. Difícil lo tenían, especialmente los hombres del mar, cuando se desconocía si habría o no temporal, arriesgando sus vidas ante la incerteza que suponía hacerse a la mar sin una previsión que pudiese ser efectiva. De hecho, el gran temporal que azotó las costas gallega y asturiana en aquel noviembre de 1965, Año Santo Compostelano para más señas, se cebaría especialmente con algunas de las instalaciones portuarias, quedando completamente destrozadas e inservibles, tal fue el caso de Malpica de Bergantiños. En jornadas posteriores los barcos que allí tenían base se vieron en la obligación de guarecerse en el puerto de A Coruña.

Cuatro muertos

Hasta un total de cuatro personas perderían la vida en distintos incidentes provocados por las impresionantes rachas de viento, así como por otras adversidades climáticas a mediados del mes de Sanmartiño de aquel año. En la localidad asturiana de Cangas del Narcea fallecerían dos hombres mientras surcaban a bordo de una embarcación el río que da nombre al valle en el que se inserta. Al parecer, los infortunados no pudieron hacer frente a las rachas de viento que se cruzaron en su trayectoria cuando navegaban uno de los tramos más profundos.

Pero por desgracia, no serían las únicas víctimas mortales contabilizadas en tan fatal temporal, ya que en la ciudad de A Coruña perderían la vida dos personas en uno de sus paseos próximos al mar. El agua inundaría prácticamente toda la urbe herculina, llegando incluso los ramalazos marinos hasta la Plaza de Pontevedra. Al día siguiente la prensa publicaba algunas de las desoladoras fotos de las principales zonas de la ciudad completamente devastadas por el temporal. No faltaban ni los rótulos ni el mobiliario urbano destrozado a consecuencia de las rachas de viento, así como también se podían observar algunos desperfectos en las estructuras de los distintos edificios, principalmente los que se encontraban más próximos a la zona del Orzán.

Puerto de Malpica destrozado

Uno de los lugares que más sufriría los rigores de aquel rudo e incombustible temporal fueron las instalaciones del puerto de Malpica de Bergantiños, que quedarían literalmente destrozadas por el viento. Uno de sus diques de contención se vino a bajo lo que provocaría que la dársena en la que se alojaban los barcos se viese reducida a escombros. La magnitud de los destrozos sería tal que los pesqueros de esta localidad marinera habrían de refugiarse en el puerto coruñés, una vez que hubieron recobrado su actividad marítima.

Los desperfectos provocados por los vientos huracanados que sacudieron el litoral occidental gallegos en Malpica se evaluaron en cinco millones de pesetas de la época, una cantidad astronómica para un tiempo en el que el dinero, además de ser un bien muy escaso, estaba sometido a constantes fluctuaciones internacionales, careciendo de una estabilidad de cambio como la que se goza hoy en día. Hasta las siempre apáticas autoridades franquistas se interesaron por el caos que en la pequeña localidad de a Coste da Morte había generado el terrible temporal, desplazándose hasta el lugar de los hechos el gobernador civil de la provincia de A Coruña.

Tampoco Santiago de Compostela se salvaría de los temibles efectos de aquel temporal, notándose principalmente en la zona histórica. En la hoy capital gallega se quedarían sin luz durante varias horas de madrugada, viéndose obligados a interrumpir sus emisiones algunas estaciones de radio, entre ellas la decana de las emisoras gallega. Además, en el caso compostelano, estas sacudidas del viento iban acompañadas de aparato eléctrico, lo que incrementaría -hasta cierto punto- el efecto devastador del temporal, que dejaba una Galicia plagada de centenares de incidencias.

Eran otros tiempos. La historia era completamente distinta a lo que lo es hoy en día. Y así se reflejaba en el quehacer diario de las autoridades que estaban más interesadas en sus cuestiones personales, al igual que sucede hoy en día, que en las circunstanciales mejoras que con su labor diario pudiesen ofrecer los ciudadanos. El temporal fue atribuido a causas naturales, cuando no a la Divina Providencia. Y a esperar otro de similares características para volver a lamentarlo.

 

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El misterio del esqueleto hallado en Outeiro de Rei (Lugo)

Esqueleto humano

Mediada la década de los sesenta del pasado siglo, la provincia de Lugo seguía conservando ese eterno encanto en sus áreas rurales de la Galicia de los poxigos abiertos, en la que las puertas no se cerraban en todo el día y cualquier vecino podía introducirse tranquilamente en la casa ajena con la mayor confianza. Se conocían todos y aquí no pasaba nada. Y si pasaba enseguida era noticia. Sin embargo, rara vez algún hecho alteraba ese pacífico y tranquilo convivir cotidiano, sin prisas y con muchas pausas, de aquellos hombres y mujeres, de rudo y entrañable aspecto a la vez, que poblaban sus amplias zonas rurales. Ellos se escondían bajo una gorra o boina, mientras de su petaca liaban interminables cigarros de picadura, en tanto que ellas portaban un pañuelo bien sujeto a la cabeza para así poder transportar más cómodamente los muchos haces de hierba, nabos o lo que fuese para aquel par de vacas rubias del país o tres que mansamente se alojaban detrás de la cambeleira que se asomaba a una vieja cocina presidida por la ancestral y no menos entrañable lareira. Solamente se veían interrumpidos sus quehaceres cuando llegaban aquellos muchachos, a los que llamaban melenudos, que regresaban a pasar sus vacaciones de países europeas montados en un moderno deportivo, supliendo así a la tradicional figura del indiano que todo lo despreciaba, que como América no había nada. Aunque, con el paso de los años ya hemos visto la prosperidad que le dejó a la mayoría de quienes huyendo de la miseria se habían afincado en tierras del Caribe o Sudamérica.

Una de esas veces en las que la pacífica convivencia se vio súbitamente alterada en el mundo rural gallego, y muy próximo a la capital lucense por cierto, fue en la jornada del 10 de febrero de 1964, año en el que el régimen franquista conmemoraba muy pomposamente los conocidos como «Veinticinco años de paz», eludiendo así resaltar unas fechas guerreras, con Eurocopa de fútbol incluida. En la fecha antes aludida unos vecinos de la parroquia de Bravos, en el municipio de Outeiro de Rei -que dista apenas 10 kilómetros de la capital- se sobresaltaron al encontrar en medio de unos espesos zarzales lo que aparentaban ser unos restos mortales humanos. Una vez que certificaron que así era, pusieron en conocimiento de los miembros de la Guardia Civil el suceso, quien inmediatamente dio cuenta del caso a un juzgado de Lugo.

Una mujer

Hasta el lugar donde habían sido hallados los restos mortales se desplazó un equipo de médicos forenses, así como el juez de guardia, encargado de ordenar el levantamiento de aquellos huesos. En toda la provincia, y concretamente en el área de Terra Chá, se comenzó a levantar una expectación enorme, un tanto fuera de lo común, haciéndose muchas especulaciones en torno a lo que podría haber ocurrido en un lugar en el que nada ni nadie se alteraba por cosa alguna y ahora comenzaban a ser primera página de distintos medios de comunicación, no solo gallegos sino también incluso de Madrid y Barcelona.

Los primeros análisis realizados a aquellos restos óseos, que se practicaron en el Instituto de Toxicología de la Universidad de Santiago de Compostela, certificaron que pertenecían a una mujer, aunque nadie recordaba en aquel área geográfica concreta desaparición alguna, ya fuese de un hombre o una fémina. Durante los primeros días, en los que la Guardia Civil llevó a cabo pesquisas por todo el contorno, se sucedieron las noticias confusas a las que contribuían también las informaciones que aparecían en los distintos medios impresos de la época. En un principio los huesos fueron atribuidos a una joven de 25 años que, al parecer, faltaba de su domicilio en un lugar próximo al hallazgo hacía algo más de año y medio. De la misma forma también trascendió que algunos huesos presentaban una herida inciso contusa, lo que vendría a confirmar que se trataba de un homicidio o asesinato.

Pasados los días, después de la confusión reinante en las primeras horas, se facilitaron nuevos datos. En esta ocasión ya contaban con el aval de los investigadores forenses encargados del caso. Según los mismos, los restos óseos encontrados no pertenecerían a una mujer joven sino a una persona de más edad, concretamente de 50 años. Lo que no variaba era su sexo. Igualmente se informaba también que su deceso no se habría producido de manera reciente, sino que lo más probable es que hubiese tenido lugar unos veinte años atrás como mínimo.

Desconocida

Pese a que en las áreas rurales gallegas, y máxime en aquellos tiempos, se conoce todo el mundo, nadie en la parroquia de Bravos ni en las áreas limítrofes echó en falta a vecino alguno por lo que se incrementaba el misterio y la incertidumbre en torno a quien podría pertenecer el esqueleto allí encontrado. Se realizaron abundantes pesquisas e indagaciones sobre quien podría ser la mujer de mediana edad cuyos restos aparecían después de 20 años. Nadie los reclamó ni nadie echó en falta persona alguna. Terminarían, como suele suceder en estos casos, en una fosa común. Las autoridades judiciales decidieron dar carpetazo al asunto, máxime cuando los restos óseos habían pasado a mejor vida dos décadas atrás, tiempo suficiente para que la causa se hubiese cerrado por prescripción definitiva, tal y como lo recogía la legislación vigente.

 

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Las inundaciones más grandes del siglo XX en Galicia y Asturias

El río Landro en uno de sus desbordamientos

A finales de los años sesenta del pasado siglo Galicia seguía siendo un territorio atávico y costumbrista. Quedaba ya muy lejos el sueño americano de aquellos otros que décadas atrás se habían trasladado allende los mares en busca de una fortuna que les negaba la tierra que los había visto nacer. Ahora el nuevo destino era una fecunda Europa que había resurgido con fuerza tras el desastre que representó la Segunda Guerra Mundial. Pese a que se vislumbraba a lo lejos ya el segundo milenio, los gallegos se resistían a jubilar el viejo carro del país y el arado romano. Similar suerte corrían muchos vecinos de la franja este de la ría del Eo, aunque su producción láctea había dado ya lugar a centenares de modernas explotaciones vacunas que tardarían algunos años en llegar a la tierra gallega.

Desde tiempos inmemoriales se decía que en Galicia llovía. En Asturias también. Sin embargo, lo que jamás llegaron a pensar tanto gallegos como asturianos es que las aguas se saliesen de su cauce. Y vaya si se salieron. Así ocurrió en la primera quincena de septiembre del año 1969. En aquel entonces los vecinos de una y otra ribera del Eo se vieron sorprendidos por incesantes lluvias que parecían no tener fin. El cielo comenzó a brotar agua desde primeras horas de la jornada del 11 de septiembre, llegando casi a temerse que no fuese a escampar jamás, ya que 50 horas después de haber empezado a llover de forma insistente no habían cesado aún aquellas devastadoras lluvias que parecían no tener fin.

El resultado fue bastante dramático, aunque lo mejor de todo es que no hubo que lamentar desgracias personales. Los principales ríos asturianos y gallegos se desbordaron, a consecuencia de lo cual se vieron cortadas unas todavía deficientes infraestructuras que conectaban ambos territorios. El caso más patente fue que el principal enlace por carretera entre Galicia y Asturias, la carretera nacional N-634 fue cortada a la altura de Vegadeo por el desbordamiento del río Suarón. Aunque no fue la única arteria damnificada en aquellas incesantes jornadas de lluvia. La misma suerte correría una carretera local a la altura de Mondoñedo, así como otras locales de Cangas de Narcea, As Pontes de García Rodríguez y toda la Mariña lucense, que sufriría muy duramente las consecuencias de los anegamientos.

Casa de la cultura de Vegadeo derrumbada

Una de las localidades que más duramente sufrió las consecuencias de las intensas lluvias fue Vegadeo, hasta el extremo que la casa de la cultura, recientemente construida por aquel entonces, se vendría a bajo como consecuencia de la cantidad de agua que se acumuló en aquellos días. Al percatarse de que podía ocurrir un accidente se trasladaron a la localidad bomberos de Gijón y Oviedo, quienes instantes antes de producirse el derrumbamiento habían estado en el interior. La prensa de la época tildaba de milagroso el hecho de que los miembros del equipo de emergencias se hubiesen salvado de perecer en medio de una nube de cascotes y piedras.

Una de las ciudades gallegas más afectadas por la intensidad de las lluvias fue la ciudad de Lugo que sufriría el desbordamiento del Miño a su paso por la vieja urbe gallega, resultando especialmente damnificado el barrio próximo al antiguo puente romano en el que sus vecinos hubieron de achicar el agua que se había introducido en el interior de sus viviendas con calderos y otros utensilios domésticos. De la misma forma varias veigas que se encuentran al paso del Miño se vieron anegadas por el caudal del efluvio, notándose de forma especial en la localidad de Rábade, situada a escasos quince kilómetros de la capital lucense.

La Mariña de Lugo, junto con la comarca de Terra Chá, que ocupan prácticamente la franja norte de la provincia, se vieron duramente afectadas por aquellas persistentes lluvias, ya que arrasarían gran parte de los cultivos del ganado, entre ellos el maíz, ocasionando daños evaluados en varios millones de pesetas de la época, si bien es cierto que en aquel entonces no había institución alguna a la que recurrir para paliar las consecuencias de lo que en toda regla había sido una catástrofe. La flota permanecería amarrada durante varios días a consecuencia del intenso temporal que sacudía a todo el litoral, tanto gallego como asturiano.

Otra de las zonas que más padeció aquellos intensas inundaciones fue la Mariña Occidental, ya que se desbordó, como tantas veces, el río Landro ocasionando graves perjuicios a los vecinos de la parroquia de Landrove que, al igual que las gentes de Lugo, se vieron obligados a achicar el agua de sus casos con lo primero que se encontraban. Otro tanto ocurriría en San Cibrao, donde la crecida de las aguas provocaría también grandes anegamientos en bajos comerciales y garajes.

Como detalle anecdótico cabe destacar que por aquel entonces se encontraba de viaje en España, el cardenal primado de Guatemala Mario Casariego, quien no se pudo desplazar a su localidad natal de Figueras porque se había desbordado la ría del Eo, lo que provocó el corte de varias carreteras por las que discurría. La lluvia no respetaba absolutamente a nadie.

El fenómeno, bastante inusual en el área noroeste peninsular, no dejaría indiferente a nadie, aunque tanto a gallegos como a asturianos pese a las graves pérdidas económicas que sufrieron, solamente les quedó el consuelo de que no había habido desgracias personales, que es lo fundamental, amén de la tradicional expresión «nunca choveu que non escampara». Y menos mal.

 

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