Albacete: un hombre asesina a una pareja de novios («El crimen de los novios de Albacete»)

Noticia del inicio de la vista contra el asesino de la pareja de novios en Albacete

La España de mediados de los sesenta se seguía resistiendo a los cambios, a pesar de que la juventud mostraba ya un ápice de rebeldía al que habían sido remisos sus padres. Por toda la Costa Mediterránea se exhibían sin pudor aquellos extranjeros que habían acudido a la llamada del eslogan de Fraga Iribarne de «Spain is different», que dejaban unas suculentas divisas en unas depauperadas arcas. Pero, poco más. El país asistía a un nuevo fenómeno que se intensificaba cada vez más, que era el progresivo abandono del mundo rural por parte de unas nuevas generaciones que se negaban a ser agricultores, al igual que sus padres y abuelos.

A pesar de vivirse en un ambiente muy costumbrista y en el que se guardaban las formas, de vez en cuando surgían algunos episodios que alteraban el país. Uno de esos capítulos se escribiría en la ciudad de Albacete a finales del gélido mes de enero del año 1966 y tendría como protagonistas a una pareja de novios, muy conocida y apreciada en la ciudad, y a un sujeto de una rara forma de vida, aunque nunca había dado problemas, ni tampoco contaba con antecedentes penales.

En la tarde del 30 de enero de 1966 la joven pareja de novios compuesta por Ángel López Pérez, de 23 años y Angelita Paños Corredor, de 19, salieron como muchas otras tardes de domingo a disfrutar de la la jornada dominical en compañía de un hermano del primero y la novia de este. Estuvieron departiendo en una cafetería y en torno a las siete de la tarde fueron a tomar el aperitivo como de costumbre. Posteriormente, y es aquí donde se les pierde la pista, se dirigieron a un gran parque conocido como «Fiesta del Árbol», en el que horas más tarde aparecerían sus cuerpos en sendos charcos de sangre.

Dos disparos a bocajarro

Las familias de ambos jóvenes, considerados muy formales y de excelente reputación, comenzaron a impacientarse al percatarse que sus hijos no regresaban a casa, en un tiempo en el que era muy común estar antes de las diez de la noche en el domicilio familiar. Buscaron por la ciudad y llamaron a amigos y conocidos sin que obtuviesen respuesta alguna. No sería hasta las tres de la madrugada de aquel último día del primer mes de 1966 cuando fueron descubiertos los cuerpos sin vida en las inmediaciones del mencionado parque.

Los cadáveres de ambos muchachos estaban separados por unos 20 metros de distancia y presentaba cada uno un único disparo a la altura del rostro, que fulminantemente acabó con sus respectivas vidas. El asesino había disparado sobre Angelita debajo del ojo derecho, en tanto que a su prometido lo había tiroteado a la altura de la mandíbula inferior. Los certeros disparos habían sido realizados a muy corta distancia. Después de haber perpetrado el doble crimen, el asesino se marchó a su casa a cenar. Posteriormente, regresaría hasta el lugar de autos para saber si se había descubierto ya el doble asesinato, pudiendo comprobar que los cuerpos de sus víctimas permanecían en el mismo sitio.

Según el relato de los hechos que hizo ante el juez, Antonio vio llegar a la pareja hasta los jardines de la «Fiesta del Árbol». Los siguió. Sin pronunciar palabra, primero disparó sobre Ángel, quien cayó fulminado en el suelo. La bala que le mató también alcanzaría a su novia a la altura del cuello, quien tras haber visto caer a su pareja trató de huir, pero no podía gritar porque tenía la bala alojada a la altura de la garganta. Después de correr chorreando sangre a lo largo de siete metros, la joven cayó al suelo, donde su asesino la remató de un único disparo.

El arma con la que dio muerte a la joven pareja la había sustraído de un chalet de una zona residencial de Albacete. En el momento en el que la robó solamente tenían seis proyectiles en el cargador. Lamentaría ante el juez que le tomó declaración no haber dispuesto de más balas para matar a más personas.

En un principio llegó a pensarse que se podría haber tratado de un crimen seguido de un suicidio, pero esta teoría se descartó enseguida al no hallarse en las inmediaciones el arma homicida. Los cuerpos sin vida de ambos jóvenes se encontraban en dos impresionantes charcos de sangre, siendo trasladados de madrugada hasta el antiguo hospital de Albacete, donde se les practicó la autopsia.

En las inmediaciones del escenario del crimen, la Policía encontró a un joven de 22 años, Antonio Ruiz Alonso, albañil de profesión, natural de la localidad conquense de Banchín del Hoyo, a quien conminaron a subir al vehículo policial, ya que sobre él se centraban las investigaciones, al mediodía del día siguiente a la comisión del crimen. Era la segunda vez que regresaba al lugar donde había dando muerte a la joven pareja. Los agentes se vieron sorprendidos por los disparos que efectuó con el mismo arma que había dado muerte a la pareja de novios. Se fugó y se escondió entre la espesura del parque, realizando tiros de forma periódica durante dos horas, siendo atrapado por una dotación de la antigua Policía Armada.

72 años de cárcel

En sus conclusiones provisionales, el fiscal solicitaba para el asesino confesó de los novios dos penas de muerte, acusado de dos asesinatos, con los agravantes de nocturnidad y alevosía, además de una responsabilidad civil que se cifraba en un millón de pesetas de la época, que era una cantidad muy considerable. El juicio se celebraría a finales de aquel año 1966, en el que los españoles tenían una cita con las urnas para ratificar la Ley Orgánica del Estado, por lo que el juicio contra el asesino ocuparía una segunda plana.

En el transcurso de la vista oral, Antonio Ruiz Alonso, de quien se decía que no era muy aficionado al trabajo y que le gustaba leer novelas de aventuras, además de espiar a las parejas jóvenes en los parques, declararía que el único móvil de su crimen «era su obsesión por matar y experimentar así un placer». No le había movido otra razón. Las pruebas forenses apuntaban a que era una persona con una débil estructura mental y con tendencia a las obsesiones.

El día 10 de diciembre de 1966 se conoció el veredicto de la Audiencia Provincial de Albacete, que condenaba a Antonio Ruiz Alonso a dos penas 30 años de cárcel, por cada uno de los asesinatos que había cometido, así como a otros seis años de prisión por tenencia ilícita de armas. Aunque fue declarado insolvente, fue condenado al pago de un millón de pesetas de indemnización a los herederos de sus víctimas.

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Cádiz: una mujer mata a sus tres hijos de muy corta edad en San Fernando

El triple infanticidio tuvo lugar en la tradicional calle de Augusto Miranda en la que destaca su ancestral castillo

En la España previa a la Guerra Civil se sucedían los sustos y estaba siendo un tiempo demasiado convulso. Tanto que aquellas convulsiones sociales parecían incluso trasladarse a otros ámbitos de la vida cotidiana, que no estaban exentos de la tensión que se palpaba en aquella etapa histórica. Ni siquiera la inocencia de los más pequeños se quedaba al margen de un tiempo en el que se vivía de prisa y nadie parecía andarse con contemplaciones.

Esa misma ingenuidad infantil que se demuestra en fechas como las navideñas se vería bruscamente alterada los primeros días del año, previos a la festividad de Reyes, en la gaditana isla de San Fernando. que vio repentinamente empañadas en sangre aquellas fiestas de la mano de una mujer, Reposo Hidalgo, quien tenía gravemente perturbadas sus facultades mentales, y que daría muerte de una forma obscena y macabra a sus tres hijos, el mayor de los cuales contaba con solo cuatro años de edad.

Muy cerca ya de la noche del día 4 de enero de 1935 el sargento de la Guardia Civil Narciso Santos observó a una mujer que marchaba muy alterada, dando muestras de que algo grave le había ocurrido. Al parecer, se dirigía con la intención de lanzarse al mar desde el Puente de Zuazu. El suboficial, con la perspicacia propia de su trabajo, interrogó a la mujer consiguiendo sonsacarle los motivos de su aparente disgusto. Le confesó que había dado muerte a sus tres hijos en su domicilio, sito en el número 2 de la calle Augusto Miranda, una de las más tradicionales y antiguas de la localidad.

Dos ahogados y un degollado

Tras confesarle el macabro secreto que escondía detrás de su atribulado carácter, acompañó a Reposo Hidalgo hasta su domicilio. En el interior estaban los cuerpos sin vida de los tres pequeños, el mayor, Ramón, de cuatro años; Isabel de dos y uno que era un recién nacido, pues contaba con poco más de un mes de vida, y se llamaba Francisco. Llamaba la atención que los diminutos cadáveres estuviesen situados alineados de forma simétrica, como si el triple infanticidio obedeciese a algún tipo de ritual o a alguna manía que la parricida tuviese en la cabeza.

Una vez descubiertos los cuerpos del delito, la mujer narraría al sargento y a otras personas que le acompañaban como había acometido aquella atroz carnicería. Al mayor, Ramón, lo introdujo en un barreño lleno de agua y lo comprimió en el mismo hasta que lo ahogó. El mismo ritual repetiría con el tercero, Francisco, una criatura recién nacida carente de cualquier defensa. Se da la circunstancia, no se sabe si obedecía a algún esquema mental previo, que a los dos que había ahogado eran varones.

A la segunda siguiendo el orden de edad, Isabel, que era una hembra, la asesinó degollándola provocando el lógico charco de sangre, estampándose el líquido elemento por las puertas y paredes de la casa en la que residían. Conocido el triple infanticidio, se informó de lo acontecido al marido de la autora, Francisco Vara, quien al conocer lo ocurrido estalló en la lógica desolación humana. Este era un trabajador de la Constructora Naval que se radica en la localidad gaditana. El matrimonio era originario de la localidad onubense de Valverde del Camino.

Problemas mentales

El marido de la asesina declararía ante las autoridades que desde hacía algún tiempo su cónyuge sufría graves alteraciones mentales que él mismo había percibido claramente. Con este motivo, había enviado a su esposa a su localidad de origen a pasar una pequeña temporada con la familia para a ver si así conseguía tranquilizarse y alcanzar el sosiego del que carecía, que desde luego no se correspondía con su propio nombre.

Tras el levantamiento de los cadáveres de los pequeños y la detención de la autora del crimen, la Guardia Civil procedió a incautarse de todos los objetos cortantes que pudiese haber en aquella casa debido al estado de abatimiento y ansiedad en que se encontraba el padre de los niños asesinados. Como es lógico, también se incautaron de la escopeta que poseía, obedeciendo todo ello a que no se consumase una nueva tragedia con el hipotético suicidio del cabeza de familia, que se sumiría en una profunda depresión.

La mujer ingresaría en la cárcel local de San Fernando, aunque es casi seguro que posteriormente fuese trasladada a un centro de salud mental, debido a las graves alteraciones psíquicas que padecía. De hecho, a Reposo Hidalgo se le pierde la pista de forma definitiva en estos años, en los que las patologías mentales gozaban de un estigma total y absoluto, convirtiendo a los enfermos en los parias y los apestados de una rígida sociedad que todavía seguía anclada en eternos prejuicios muy arraigados. A todo ello, se sumaría el estallido de la Guerra Civil española, que dejaría a muchos españoles en el desamparo más absoluto.

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Madrid: Un guarda jurado asesina a su esposa y tres de sus hijos en San Martín de la Vega

El guarda jurado y los miembros de su familia en distintas fotos publicadas por el diario madrileño AHORA

Fue un suceso de lo más truculento e inesperado, que ocurrió en un pueblo del Madrid rural, cuando la entonces provincia castellana todavía contaba con un importante área rústica. El trágico acontecimiento vino a calentar aquel frío y crudo invierno del año 1935, previo a la Guerra Civil, que batía auténticos récords de temperaturas negativas, llegando a superarse los 20 grados bajo cero en capitales de provincia como Guadalajara. Era aquel un tiempo convulso en el que se sucedían distintos episodios de violencia política, pero que muchos ciudadanos preferían ignorar para centrarse en su día a día, en una época en la que quien más y quien menos se enfrentaba a las muchas estrecheces que se sufrían.

El día 30 de enero de 1935 un joven de 18 años de edad, que respondía al nombre de Porfirio, les preguntó a otros porqué llevaban a su padre de una manera muy poco ortodoxa. Los jóvenes, que eran vaqueros de profesión, le contestaron que había dado muerte a su mujer e hijos. Su progenitor no dudó en ratificarle lo que aquellos hombres le habían dicho. «Es horrible lo que ha sucedido, Porfirio», fue la escueta y llana contestación de su padre.

Nadie en aquella pequeña localidad madrileña en aquel entonces, que apenas superaba los 2.000 habitantes frente a los más de 20.000 con los que cuenta en la actualidad, daba crédito a lo sucedido en la finca de las Minas de los franceses, distante poco más de cuatro kilómetros de la capital de San Martín de la Vega, en una zona de monte. Era poco menos que inimaginable que aquel hombre de 53 años de edad, Luciano Curiel López, que hacía las veces de guarda jurado de aquella antigua explotación minera, pudiese perpetrar tamaña fechoría. Sin embargo, era cierto y quizás presa del arrepentimiento espontáneo confirmaba la veracidad de sus terribles palabras.

Levantamiento de los cadáveres

Custodiado por agentes de la Guardia Civil, a quienes acompañaban los miembros del juzgado y el médico forense, Luciano Curiel se dirigió a la finca en la que se alzaba su pequeña casa de campo. Sus acompañantes hubieron de derribar la puerta para poder acceder al interior de la vivienda, en la que ya vislumbraron desde un primer momento el aterrador y cruento panorama. A quienes primero divisaron fueron a los dos hijos más pequeños del matrimonio, Santiago y Pilar Curiel Ortega, de siete y cuatro años de edad, respectivamente. Tenían el rostro desfigurado de un único disparo, el que les hizo cuando los llamó a casa después de haber dado ya muerte a Librado, de 14 años y su propia esposa. No atendió a las súplicas ni a los gemidos de los pequeños por ver a su hermano algo mayor muerto.

Tendido a lado de los dos niños se encontraba Librado, un adolescente que estaba trabajando en el huerto y que escuchó la detonación del primer disparo con el que había dado muerte a su madre. Este presentaba dos tiros, uno a la altura del pecho y otro en la cabeza, que le reventó la mása encefálica que se proyectaría hacia la pared, en la que se estamparía como un cruel cuadro de lo acontecido.

Siguieron adentrándose al interior del domicilio y encontraron el cuerpo sin vida de la mujer de Luciano, Carmen Ortega Gil, de 43 años, natural de Morata de Tajuña, que estaba recostada sobre una silla en la habitación que compartía el matrimonio. Un certero disparo en el rostro terminó con su vida prácticamente en el acto, sin darle tiempo a defenderse ni a huir de las amenazas de su marido, pensando tal vez que no las llevaría a la práctica, pues aunque mantenían una discusión la pareja estaba considerada como ejemplar y era inimaginable que tal cosa sucediese. A consecuencia del impacto del proyectil, le desgarraría casi por completo el parietal.

-¡Soy un criminal, he destrozado mi casa y he asesinado a mis hijos, fue la frase que pronunció Luciano ante los hombres que le habían detenido, el juez municipal y el forense. Aprovechando un descuido de los agentes que le custodiaban, sacó una pequeña navaja de una petaca y se provocó un corte en el cuello con el ánimo de suicidarse, pero fue atendido a tiempo por las asistencias y posteriormente trasladado a la prisión de Getafe, en la que estuvo vigilado en todo momento por si realizaba nuevas tentativas de suicidio.

Una discusión muy fuerte entre la pareja

El motivo de aquel trágico episodio hay que buscarlo en una discusión muy fuerte que había mantenido el matrimonio a causa de las tierras que llevaba en arriendo al propietario de las minas, quien como no podía pagarle un jornal le cedía aquellos terrenos para que los explotase. Carmen Ortega estaba muy preocupada por el futuro de aquellas tierras que cultivaban, pues era lo que les permitía sobrevivir. Además, se había enterado que había otras personas interesadas en ellas y por eso apremiaba en su marido para que hablase con su propietario para no perder su arriendo, al que iba añadida la casa en la que residían.

La discusión se salió de los cauces normales y en un momento dado la mujer le espetó a su marido que era un «calzonazos», palabra esta que no sentó muy bien en Luciano, quien la amenazó con la escopeta de caza. Sin darle tiempo a reaccionar, efectuó un disparo a bocajarro que terminaría con su vida. Posteriormente, aterrado por la muerte de su esposa, decidió también matar a sus propios hijos, a los que veía desamparados por completo al no tener con ellos a su madre.

El matrimonio contaba también con otros tres vástagos de mayor edad que los que había matado su propio padre. La mayor era Ámparo, una joven de 23 años, que ese día había ido a la casa de la guardesa que tenía pensado pasar el día en Madrid. Le seguía Raimundo, que trabajaba en una carnicería en Morata de Tajuña, mientras que Porfirio, un mozalbete de 18 años, ayudaba a su padre en las tareas del campo.

La suerte de Luciano Curiel es toda una incógnita debido a que cometió su crimen en el año inmediatamente anterior a la Guerra Civil española y muy probablemente todavía no había concluido la instrucción del sumario del proceso al que estaba siendo sometido. Con el inicio del conflicto eran muchos los juicios que se veían suspendidos y el posterior caos en el que se sumía el país, máxime en una zona que era un claro objetivo militar como era el caso de Madrid y sus alrededores.

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Teruel: mata a su esposa y a su suegra y hiere a gravemente a dos personas más en la Sierra del Javalambre

La noticia del suceso en el periódico LA VOZ DE ARAGÓN

Nadie duda ya que aquel fue un año muy convulso en toda Europa, no siendo en esta ocasión España ajena a las sacudidas que experimentaba Europa, en la que el auge de los extremismos parecían prepararla para una nueva era que no iba a ser precisamente próspera. En la vieja Iberia se estaba experimentando un nuevo sistema político que parecía no terminar de asentarse debido a las presiones y a las fuertes divergencias de unos y otros en un país que, a pesar de los avances políticos de aquel tiempo, seguía fiel a unas ancestrales costumbres y predominaba una distribución demográfica eminentemente rural.

Sería precisamente en una de esas localidades del inmenso mundo rural de la España de la época, hoy mal llamada España vaciada, donde tendría lugar un sangriento episodio, en lo que se puede considerar desde el punto de vista actual como un precioso paraje, aunque entonces solo reflejase el atraso de un tiempo felizmente superado. El escenario se sitúa en la aragonesa Sierra del Javalambre, otrora escasamente comunicada y olvidada de los dirigentes de aquellos remotos tiempos. El pequeño pueblo de Fuentes de Rubielos, que en la actualidad apenas cuenta con algo más de 150 habitantes -aunque hace ya más de 90 años la cifra se acercaba a los 700-, fue el lugar que se vio afectado por un suceso que solamente recordarán, y muy probablemente de oídas, de un sangriento episodio que pasaría a los anales de la crónica negra española.

Corría el mes de septiembre del año 1933, en una época en la que España era noticia la famosa masacre de Casas Viejas, y en una pequeña casa de este municipio fronterizo con la provincia de Castellón un joven matrimonio formado por Pedro Manuel Salvador y Magdalena Alegre llevaban ya algún tiempo separado debido a desavenencias provocadas por el rudo y áspero carácter del primero. La mujer, de tan solo 21 años de edad, hacía tan solo cinco meses que había dado luz a una niña y se encontraba enferma de los pechos, probablemente por algún problema de maternidad.

Un cuchillo enorme

Para tratar de paliar los efectos de su dolencia acudió a visitarle el doctor Soler en compañía del practicante del pueblo. Les acompañaba también Pedro Manuel Salvador. Su esposa se encontraba en cama y el médico le solicitó que se incorporase para realizarle un reconocimiento, siendo en este momento cuando ambos cónyuges se empiezan a dirigir palabras obscenas y malsonantes, lo que era una muestra clara de las dificultades de convivencia entre ambos. En un momento dado, el galeno consiguió que el marido de su paciente abandonase la alcoba, bajase las escaleras y saliese a la calle.

Mientras esto sucedía, su mujer proseguía con la sarta de insultos que había iniciado hacía quien formalmente era todavía su marido, aunque aquella relación naufragaba en el peor de los sentidos. Al escuchar aquellas palabras de desprecio, Pedro Manuel, incapaz de contenerse, sacó un cuchillo de enormes dimensiones de una faja y volvió a encaminarse escaleras arriba hacia el cuarto en el que se encontraba su mujer. Sin poder hacer nada quienes la acompañaban, aquel individuo, con fama de violento, inició una escalada de terror en aquel domicilio dando puñaladas a diestro y siniestro. Nadie se salvaba de su carácter pendenciero e irascible.

Las primeras cuchilladas alcanzaron mortalmente a Magdalena Alegre, pues le seccionaron la yugular. Igualmente fallecería prácticamente en el acto su madre Cristina Iriarte, quien trató de interponerse entre el criminal y su propia hija, pero aquella inútil mediación se convirtió en su sentencia de muerte. Mejor suerte corrió una vecina, quien también trató de detener al asesino, pero sin suerte. Asimismo, también acometería con el mismo cuchillo a su suegro, Martín Alegre, un hombre de avanzada edad, que resultaría gravemente herido.

Mejor suerte corrieron el doctor Soler y el practicante que le acompañaba. Ambos huyeron escaleras abajo para refugiarse en un lugar seguro de las terribles acometidas de un hombre que se había convertido en algo así como una fiera humana y quería imponer a toda costa sus violentas razones, que para nada eran las mejores.

Huida, detención y condena

Con una desmedida serenidad y sin importale el desolador panorama que había provocado en aquella vivienda que estaba inundada de sangre por todas partes, Pedro Manuel Salvador tomaría la cuna de su pequeña de cinco meses en brazos y con ella se dirigió precipitadamente hacia su domicilio. Enterado ya todo el pueblo de lo que había acontecido en aquella casa, entre ellos el secretario del Ayuntamiento, Adolfo González que residía en las inmediaciones se dirigió en compañía de otros dos hombres a la caza y captura del asesino que había perturbado la tradicional armonía que se respiraba en toda la Sierra del Javalambre.

Exponiendo su propia seguridad, entre aquellos tres hombres consiguieron reducir al abyecto asesino, al tiempo que evitaron que la recién nacida sufriera ningún percance. Inmediatamente se personaría en el lugar un grupo de agentes de la Guardia Civil que trasladarían al asesino al calabozo. Mientras tanto, un grupo de vecino se arremolinaban en las inmediaciones del Ayuntamiento y pretendían tomarse la justicia por su mano, debiendo proteger la integridad física del doble criminal que había provocado una tragedia jamás imaginada en aquella pacífica localidad.

Algo más quince meses después, en medio de una gran expectación, se celebró en la Audiencia Provincial de Teruel el juicio contra Pedro Manuel Salvador, que sería condenado a un total de 35 años de cárcel. Se le imponían dos penas, una de 23 años por asesinato y otra de 12 por homicidio, no era desde luego una condena ejemplar. A partir de ahí, se le perdería la pista al hombre que había acabado con el ancestral sosiego que se respiraba en la cumbre de Javalambre, entre otras razones porque contemplaría el inicio de la Guerra Civil desde la celda de la cárcel a la que fue destinado.

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Zamora: mata a sus tres hijos de corta edad y hiere a su esposa y a una cuñada

El suceso se produjo en la Avenida de las Tres Cruces

La España del Tardofranquismo era un país que vivía con la incertidumbre de su futuro, aunque todavía no gozaba de las libertades. aunque algo se podía atisbar. La férrea censura seguía impidiendo informar en condiciones de ciertos sucesos que se producían en el país, aunque no era ya como en la posguerra ni en otros tiempos que comenzaban a quedar lejanos. Aún así, se evitaba que cualquier acontecimiento que pudiese afectar a la imagen del país se reflejase en las primeras páginas de los distintos diarios, pues se pretendía seguir ofreciendo una apariencia inmaculada, a pesar de que en las Navidades de 1973 había sido asesinado el mismísimo presidente del Gobierno, el almirante Carrero Blanco.

Uno de esos truculentos sucesos, más propios de otras latitudes y que hasta producen una cierta desazón con el mero hecho de mencionarlos, ocurriría en Zamora el día 13 de mayo de 1974. En él mismo concurren y contrastan muchas circunstancias que para nada hacían creíble que un sangriento episodio pudiese ocurrir en una familia bien, de clase media y en la que sus cabezas de familia eran personas muy queridas y respetadas por sus vecinos, hasta el extremo que no daban crédito al hecho en sí.

Nunca nadie podrá saber lo que se le pasó por la cabeza a Gabriel Martínez Cuesta, un hombre de 36 años de edad, perito mercantil de profesional, que trabajaba como jefe de ventas de la empresa de servicios agropecuarios «Miratsa», para que en la oscuridad de la apacible madrugada zamorana la emprendiese a machetazos contra los miembros de su familia, dando muerte a tres criaturas que estaban en los años más ingenuos de su más tierna infancia.

Armas blancas

Eran alrededor de las dos menos diez de la madrugada de un lunes de mayo cuando Gabriel Martínez se aprovisionó de una espada, un machete e incluso un formón para acometer su atroz hazaña. Su primer objetivo fueron sus tres hijos, quienes dormían plácidamente esperando al día siguiente para acudir como de costumbre al colegio. Ellos, que compartían una misma habitación, perderían la vida casi de forma instantánea cuando completamente de sorpresa les atacó su progenitor.

La Policía, que acudiría al domicilio, situado en la Avenida de las Tres Cruces, ante la alerta vecinal, comprobaría que los tres niños, Manuel, de siete años, María Teresa, de cinco y Marí Luz, de tres, tenían sus cuerpos literalmente destrozados de los golpes y cuchilladas que les había inferido su propio padre. La escena era realmente dantesca y terrible, hasta el punto que heriría la sensibilidad de quienes acudieron a rescatarlos, aunque ya nada se pudiese hacer por su vida.

Aquel hombre, probablemente presa de alguna alteración de tipo psicótico, proseguiría su marcha sanguinaria atacando a su propia esposa, María Teresa Samprimo Rivas, de 31 años de edad, quien al contemplar la irracional conducta de su marido, se refugió en el cuarto de baño. Igualmente, también quería huir de sus atroces garras su cuñada, Mari Luz, una adolescente de tan solo 15 años de edad. Esta última escapó por las escaleras de la vivienda. Aún así, ambas mujeres recibirían sendas heridas. Su esposa fue alcanzada en una mano, y al igual que su hermana, hubo de ser ingresada en la residencia sanitaria de Zamora, ambas con heridas de pronóstico grave.

Después de aquella sangrienta madrugada, el propio Gabriel Martínez Cuesta se autolesionaría en un intento de acabar con su propia vida. Con las mismas armas que había dado muerte a sus tres hijos y había herido a su esposa y cuñada, se provocaría graves heridas a la altura del tórax y también el abdomen. De hecho, una de las cuchilladas le alcanzó ligeramente un pulmón, en tanto que otra de las heridas le afectaría a los riñones.

Causas y repercusiones

Este suceso conmovería profundamente a la sociedad zamorana de la década de los setenta del pasado siglo. Entre otras razones, porque nadie se explicaba que una persona que gozaba del aprecio vecinal, que incluso estaba muy bien considerado laboralmente, a lo que se unía que gozaba de una cierta posición social en un tiempo en el que los distintos estratos sociales todavía gozaban de una cierta admiración.

Al parecer, Gabriel Martínez había regresado de un viaje con su familia a Salamanca y en su comportamiento no se observó ninguna alteración que hiciese presagiar una reacción como la que finalmente le llevaría a acabar con la vida de sus tres hijos. Algunas fuentes apuntaban a que podría haber padecido alguna distimia, una forma de depresión leve pero de larga duración, así como otras alteraciones psicosomáticas que no habrían trascendido más allá de su propio círculo familiar.

Tampoco los vecinos observaron nada raro en aquel hombre que era un ejemplar padre de familia, que se desvivía por sus hijos, a los que luego daría muerte. Incluso se comentaba que gozaba de un gran aprecio y estima entre quienes lo trataban, tanto por su don de gentes y familiaridad como por su propia forma de ser. Sin embargo, no era el primer caso de estas características protagonizado por un noble y respetable padre de familia que un buen día pierde el norte y, sin saber cómo ni imaginárselo jamás nadie de su entorno, provoca una tragedia de las que hacen época y terminan por convertirse en cuasi leyendas. Desgraciadamente, tampoco fue el último caso.

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Baleares: un muerto y dos ejecutados en el garrote vil por el asalto de Puig Moltó

La calle donde tuvo lugar el crimen

Fue un suceso que en su día alcanzó gran resonancia en las Islas Baleares, en un tiempo en el que la miseria anidaba por todas partes, tal como era la época de la Posguerra. Se juntaron demasiados elementos para darle un cierto morbo, no exento de también de un no menos cierto patetismo para elevar el relieve de un suceso, cuyos dos principales protagonistas fueron dos pobres hombres en el amplio sentido de la expresión que se convertirían en fáciles víctimas de su tiempo para terminar su existencia en el cadalso.

Miquel Martorell Balaguer era un próspero hacendado que contaba con una posesión en el lugar conocido como Puig Moltó en el término municipal de Montuiri, en pleno centro de la isla de Mallorca, en una época en la que todavía estaba muy lejos la prosperidad que vendría derivada del turismo a las Baleares. Se decía que había ganado una importante cantidad de dinero por la venta de unos cerdos de su propiedad, ya que era porquerizo de profesión. La cifra se elevaba a 40.000 pesetas de la época, que si no era una fortuna sí era una cantidad considerable con la que se podía adquirir una vivienda.

Enterados de los pormenores en los que se desarrollaba la vida del propietario, al anochecer del 8 de diciembre de 1948 cuando se encontraba cenando Miquel con su esposa Rosa Mascaró y el pastor Jeroni Amengual irrumpieron repentinamente en su domicilio dos individuos que efectuaron algunos disparos, supuestamente con la intención de amedrentarlos, no contando ambos sujetos que iban a encontrar una enconada resistencia por parte de los residentes en aquella vivienda. En primer lugar se enfrentó el patrón, quien resultaría herido a consecuencia de los golpes que les propinaron con una porra, aunque algunos medios señalan que recibió algunas puñaladas. Lo cierto es que Martorell Balaguer fallecería el día 14 de diciembre de 1948, a consecuencia de una peritonitis derivada de las lesiones que le habían infligido sus agresores.

Asaltante herido

Como consecuencia de la reacción de quienes se hallaban en el interior del domicilio, uno de los asaltantes Joan Ribas Roselló, de 30 años de edad y natural de la isla de Ibiza resultaría herido de cierta consideración en una pierna, después de que el pastor le alcanzase con un disparo de escopeta. A raíz de esta lesión iría dejando un ostensible rastro de sangre que iba a ser fundamental a la hora de resolver el suceso.

Su compañero de andanzas, Andreu Trobat Llabres, un año menor que él, hubo de auxiliarlo, no sin ciertas dificultades. Para huir intentaron utilizar las mismas bicicletas que habían empleado en su desplazamiento, debiendo transportar al herido en una de ellas, pero la magnitud de su lesión le impedía proseguir, por lo que decidió quedarse en un paraje próximo a la localidad de Pina. Allí sería apresado por la Guardia Civil después de que se pusiese en marcha un dispositivo con el propósito de alcanzar a los dos asaltantes. Su compañero no correría mejor suerte y sería capturado al día siguiente, el 10 de diciembre de 1948.

Mientras tanto, entre el vecindario de Montuiri y otras poblaciones próximas se extendió un clima de temor ante lo acaecido en Puig Moltó, llegando a popularizarse la expresión «cierra bien las puertas de casa, no vaya a ser que nos ocurra como a los Puig Moltó». El suceso no saltaría a las primeras páginas de los diarios hasta cuatro días después, a lo que se sumaría la muerte del colono cuya hacienda había sufrido el asalto. Será a partir de entonces, y muy especialmente cuando se celebre el Consejo de Guerra, cuando la magnitud del hecho alcance una considerable relevancia que le llevará a las portadas de los principales medios de la época.

Dos penas de muerte

España se encontraba en aquel entonces todavía en estado de guerra, por lo que aquellos dos delincuentes fueron sometidos a un Consejo de Guerra Sumarísimo, en el que las garantías procesales brillaban por su ausencia. Todo estaba sometido a la jurisdicción militar y cualquier cosa podía ocurrir, siendo muy laxos los tribunales a la hora de aplicar la pena capital. El proceso levantaría una gran expectación en la isla de Mallorca y fueron muchos los que quisieron vivirlo en primera persona, por lo que hubo que cambiar varias veces de escenario.

El Consejo de Guerra se celebró apenas diez días después del asalto que había terminado con la muerte del propietario de la hacienda de Puig Moltó. Uno de los protagonistas acudió a la vista malherido en una pierna y el otro se mostraría impasible. Se esperaba demasiada severidad de la magistratura, tal y como terminaría ocurriendo. Se les solicitaron dos penas de muerte para cada uno de los acusados, así como una indemnización de 50.000 pesetas de la época para los herederos de la única víctima mortal del asalto.

La resolución tardaría muy poco tiempo en conocerse y tanto Joan Ribas Roselló como su compañero de andanzas Andreu Trobat Llabres tenían escasas posibilidades de salir airosos de aquel difícil trance, en una época en la que cualquier suceso servía de pretexto para tratar de dar escarmiento a una población pobre y hambrienta, que sucumbía a las dificultades de una terrible posguerra. Así sería. Nada ni nadie salvó de morir el garrote vil a aquel par de pobres crápulas, que habían acometido una absurda aventura el día de la Inmaculada Concepción de 1948.

Las vidas de los dos condenados se extinguirían para siempre el día de Santo Tomás de Aquino del año 1949. Aquel 28 de enero el verdugo encargado de apretar el tétrico manubrio, Cándido Cartón, que al año siguiente abandonaría su profesión para emigrar a tierras argentinas, pondría fin de la manera más infame a la vida de dos sujetos que no pasaban de ser un par vulgares delincuentes, aunque en su haber hubiesen contado con una víctima mortal. Y eso pesó mucho en contra, en un tiempo en el que las ejecuciones eran de lo más normal.

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La Rioja: se suicida después de haber dado muerte a cinco personas en un quíntuple crimen por celos

El Valle de Ocón fue escenario de un quíntuple crimen en el año 1885

Sucedió hace muchos años. Tal vez demasiados. Era otra España, en la que existían otros valores y evidentemente otra forma de vida que se ha ido abandonando con el paso del tiempo. Ocurrió en la localidad de Ocón, lugar desde el que se divisa uno de los más bellos valles conocidos, muy cerca de Calahorra, al este de la comunidad de La Rioja. Nadie podía imaginar que un individuo descerebrado por unos enfermizos celos fuese a perpetrar una tropelía de semejante calibre hace ya 140 años, regando de terror y sangre el precioso paraje que de por sí constituye el valle.

La fecha elegida para el dramático crimen, 29 de junio de 1885, era significativa tanto para los pueblos del valle como para la propia sociedad de la época, ya que se conmemoraba la festividad de San Pedro, el guardián de las puertas del cielo, en una sociedad dominada por una ancestral Iglesia Católica, cuyo poder todavía no había declinado. Aquel día se celebraba una fiesta especial en el pequeño núcleo de Aldealobos en honor al santo que honraba el santoral. Un vecino de Ocón, Ciriaco Fernández Tejada, conocido como «El Gundilla» está enamorado hasta llegar a la obsesión de su novia, Blasa Burgos, hija de un vecino, que es una apuesta muchacha, que supuestamente se entiende con Babil Fernández, otro joven que trae de cabeza a Ciriaco, pues no soporta que ni siquiera le dirija una mirada.

Al atardecer de aquel día grande de San Pedro se celebra un concurrido baile en el pequeño pueblo de Aldealobos. A él asiste»El Guindilla» y también su agraciada novia, así como el muchacho que supuestamente intenta suplantarlo. Blasa le da calabazas a Ciriaco y prefiere la compañía de Babil, con quien baila y disfruta de la jornada festiva. Mientras tanto, el hombre de los enfermizos celos rumia sus resquemores y se prepara para acometer una gran tragedia que no dejará indiferente a nadie en todo el valle ni tampoco a lo que en la actualidad es la Comunidad de La Rioja.

A Navajazo limpio

Ciriaco había abandonado la fiesta sigilosamente armado hasta los dientes con una enorme faca de Albacete, de cuya pericia dará más que probadas muestras. Se esconde en un paraje y allí aguarda a que las gentes vayan abandonando el evento festivo. Está esperando a que pase Blasa en compañía de Babil, En un tramo del camino hacia Paipona, de donde era originaria la agraciada moza, «El Guindilla» la acomete agarrándola por un brazo, viéndose ella sorprendida por la hostil actitud de quien fuera su novio. Sin embargo, este está dispuesto a cualquier cosa. Con la navaja, ante la desesperación de la muchacha, le lanza una primera cuchillada a la altura de la espalda, en tanto la pobre criatura clama inútilmente por su vida. Le propina hasta docena y media de puñaladas, harto suficientes para terminar con su vida. Se produce un ensañamiento muy propio de aquellos sujetos que se sienten ofendidos y se ven desbordados por situaciones que a sus ojos les parecen «injustas».

Provisto de un viejo trabuco, Babil Fernández intenta acabar con la vida de Ciriaco, pero su falta de destreza con las armas le juega una mala pasada. Ninguno de los disparos abate a «El Guindilla», que se encorajina y vuelve a hacer gala de su desmedida fuerza e irrefrenables ganas de imponer su propia ley. Se abalanza sobre quien se ha convertido en su peor enemigo. Al igual que había hecho con Blasa, se ensaña con él a navajazos, falleciendo a consecuencia de más de media docena de certeras puñaladas que lo embarran en medio de un impresionante charco de sangre.

El padre de Babil, Matías Fernández, se enfrenta al asesino de su hijo, lo que se convierte en un seguro de muerte. Es recibido con un disparo del trabuco que le ha arrebatado a su vástago, lo que provoca que el hombre ruede por el suelo. Con la misma navaja que había dado muerte a los dos jóvenes, volverá a segar una tercera vida, haciendo lo que mejor sabía. Abalanzándose sobre el pobre hombre le asesta media docena de navajazos que lo dejan exangüe. La tragedia ya estaba servida en el Valle de Ocón, pero todavía no había terminado.

Dos muertos más

Manuel Burgos, en compañía de Agustín Garrido, juez municipal de Santa Eulalia se dirigen hacia el lugar en el que yacen los cuerpos de las tres víctimas mortales. Allí se encuentra todavía su verdugo, que sigue siendo presa de un exacerbado furor y está dispuesto a cualquier cosa. A ello se une su juventud y fortaleza física, que no parecen hacerle desfallecer nunca. Sin mediar palabra, le propina una certera puñalada al padre de Blasa Burgos, que es suficiente para terminar con su vida. Su amigo Agustín inicia una huida a la carrera del lugar, consciente de que le puede ocurrir cualquier cosa y no precisamente para bien.

Su improvisada carrera no es suficiente para que no sea alcanzado por un despiadado criminal, capaz de eliminar a quien se ponga por delante. Cuando lo alcanza, su suerte es la misma que las de las otras cuatro víctimas mortales. El ensañamiento con su último rival se vuelve a poner de manifiesto en las 15 puñaladas que termina por asestarle, completando así una tragedia de la que ya se habla en todo el valle, en el que las puertas han sido cerradas y los vecinos temen la reacción de aquel quíntuple criminal que había perdido no solo la razón, sino también su alma.

El alcalde se dirige a «El Guindilla», con la lógica indignación y estupor que le ha causado tan sensacional y aberrante fechoría y le dice si le parecen pocos aquellos cinco muertos. «Y van a ser seis», -se dice que le contestó el quíntuple criminal, quien emplea el trabuco que le había arrebatado a Babil para dispararle al rostro. Sin embargo, el disparo le roza únicamente el sombrero y evita que haya media docena de muertos a manos de un terrible asesino en aquel valle.

Perdido a consecuencia de las desbordantes circunstancias y tal vez no siendo consciente de la magnánima barbaridad que ha perpetrado, aquel mismo trabuco con el que Babil Fernández había intentado cortar su sanguinaria ruta, le servirá para terminar con su lúgubre existencia. Colocaría el arma a la altura de la boca y de un solo disparo se descerrajaría el cráneo, completándose así la gran tragedia que se convertiría en leyenda en el Valle de Ocón, cuyos cantares y coplas de ciego recogerían la trágica hazaña de un endemoniado sujeto que un ya lejano día de verano de 1885 regó de sangre y terror a uno de los más bellos parajes españoles.

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Valladolid: asesina a dos personas y hiere de gravedad a otra en el pueblo de San Pelayo

San Pelayo fue escenario de un triple crimen en el año 1900

Aquel ya lejano 25 de noviembre de 1900, el último año del siglo XIX, Victoriano Rodríguez Prieto, situaría a la pequeña localidad de San Pelayo, que se alza sobre los Montes Torozos a 33 kilómetros al oeste de la capital vallisoletana, en el mapa de la crónica negra española. Panadero de profesión, y quizás debido a ello, su mirada reflejaba el cansancio de la noche. Algo cabreado por el supuesto «delito de honor» que le atribuían unos familiares no dudaría en sacar su faca de Albacete, que le había costado dos pesetas de la época para arremeter contra los familiares que se cruzasen en su camino.

Amigo del alcohol y también de las pendencias, tras haber pasado más de tres horas en una taberna bebiendo y jugando a las cartas, a muy pocos metros de su casa se toparía con su sobrina Vicenta García, una joven de unos 27 años que llevaba en sus brazos una criatura de tan solo siete meses. Tras haberle reprochado los comentarios que sobre él se hacían, no se lo pensó dos veces para lanzarle una tajada en el cuello con la misma navaja que había comprado, suficiente para terminar con su vida, cayendo derribada con el bebé bajo del cuerpo en medio de un impresionante charco de sangre.

Alertado por los gritos de su esposa, salió a su encuentro quien era su marido, Aniceto Hernández, un joven de similar edad, quien se abrazó a su infortunada esposa. Mientras daba un último consuelo a su mujer entre sollozos, el criminal se encargaría de lanzarle un navajazo en la región escapular izquierda, a la altura de la espalda, del que tardaría en recuperarse 25 días.

Segunda víctima mortal

Ante la barbaridad que había perpetrado, un sobrino suyo, Ángel Salgado, no dudó en recriminarle el obsceno acto de haberle dado muerte a su sobrina y herir al marido de esta, circunstancia que sería su sentencia de muerte, pues su tío no estaba precisamente para bromas ni para escuchar los reproches de nadie. Al igual que había hecho con sus otras dos víctimas, le inferiría una tremenda puñalada en el vientre que le provocaría una peritonitis de la que fallecería al día siguiente.

A partir de ese momento, cuando se atisbaba ya la noche, Victoriano iniciaría una huida hacia ninguna parte. Se acercó hasta la fábrica de harinas de Torrelobatón y se arrojaría a una presa, de la que saldría sano y salvo, aunque completamente encharchado. Fue entonces cuando se dirigió hacia el molino en el que trabajaba su hermano. Allí le confesaría con pelos y señales lo que había hecho.

En muy poco tiempo fue detenido por dos agentes de la Guardia Civil, quienes lo condujeron hasta el Juzgado de Mota del Marqués. Ante la presencia del juez, Victoriano volvería a confesar su doble crimen, aunque en principio hasta él mismo llegó a pensar que le había dado muerte a tres personas. Como no podía ser de otra forma, el juez decretó su inmediato ingreso en prisión.

Pena de muerte e indulto

En los primeros días de mayo de 1901 cuando alboreaba el nuevo siglo, Victoriano Rodríguez Prieto compareció ante la Sala de lo Penal de la Audiencia Provincial de Valladolid, levantando una gran expectación y la lógica indignación de sus vecinos, en un pequeño pueblo en el que cada vez quedaban menos almas. Tanto él como el letrado que se encargó de su defensa quisieron descargar sus culpas sobre el alcohol, aduciendo que esa noche había tomado nada más y nada menos que nueve cuartillos de vino, aunque tanto el tabernero como sus allegados manifestaron que podía haber bebido mucho más.

La acusación particular solicitó dos penas de muerte, aduciendo el agravante de superioridad sobre su sobrina. Igual pena solicitó el fiscal, así como una indemnización que se cifraba en algo más de 30.000 pesetas de la época para sus víctimas. Fue condenado a la última pena, aunque finalmente el Rey Alfonso XIII, con motivo del año de su coronación, se apiadaría de aquel hombre que una tarde de otoño había llevado el horror y la sangre a un pequeño pueblo de los Montes Torozos.

Su salida de la cárcel, alrededor de los años veinte del siglo pasado, no harían de él una mejor persona. Sería detenido de nuevo cuando ya era un hombre maduro a consecuencia de unas lesiones que le provocó un vecino. Y es que algunos, ni siquiera en las peores circunstancias, son capaces de enderezar su enrevesado rumbo.

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