Un perturbado decapita a un niño en un bar de Táliga (Badajoz)

A la izquierda, foto del pequeño asesinado. A la derecha, el último de la imagen, el asesino Manuel Martín Gómez con un grupo de amigos. Diario ABC.

Fue uno de esos sucesos espeluznantes, escabrosos y repugnantes. Sobre los que produce auténtica estupefacción escribir y es imposible no sentir un mínimo de empatía y compasión hacia la víctima y muy especialmente hacia sus familiares. Nada ni nadie hacía presagiar que en aquel pequeño pueblo del extremo occidental de Extremadura, Táliga, próximo a Portugal y en el que todavía muchos de sus vecinos tienen como lengua vehicular el portugués debido a su pertenencia hasta 1801 al vecino país, pudiese ocurrir un hecho de, similares características y que, de algún modo, situaría, aunque trágicamente, a esta hermosa localidad de Badajoz en el mapa.

El trágico episodio que ha pasado a la historia de la crónica negra española sucedió en la tarde de un viernes, 4 de marzo de 1988 cuando un perturbado mental, que acumulaba un largo historial de ingresos en el Hospital Psiquiátrico de Mérida -en el que había estado ingresado hasta noviembre de 1986-, ponía fin a la vida de un niño de tan solo once años, Raúl Silva, hijo de Florencio Silva, cartero de una localidad en la que se conocían todos sus habitantes. En aquel día el pequeño se hallaba en compañía de un tío suyo en el bar «Cala» de Táliga. En el interior del mismo local estaba también Manuel Martín Gómez, un joven de 24 años, que trabajaba de carbonero en aquel mismo pueblo y que en ese mismo momento estaba tomando café. En un momento dado, en torno a las seis de la tarde, el individuo en cuestión se abalanzó sobre el pequeño, al tiempo que portaba una navaja. Con ella amenazaría a los presentes, además de advertir al resto de clientes que se hallaban en el interior del establecimiento con matar al pequeño si no lo dejaban a él solo con el niño. Pensando tal vez que no le haría ningún daño, accedieron a su chantaje, encerrándose con el crío en el interior del bar, a pesar de que habían tenido unos instantes de forcejeos constantes para arrebatarle a la criatura, pero no hubo forma de que aquel sádico elemento depusiese su brutal actitud.

En el exterior del bar se escuchaban los lamentos del pequeño en tanto en cuanto el agresor permanecía encerrado con él en su interior. Lo que parecía un burdo chantaje terminaría por convertirse en una triste y desgraciada realidad, más propia de una película de terror que la escena de un pacífico pueblo. Manuel Martín Gómez decapitaría al pequeño con su navaja mientras la multitud se congregaba en el exterior del establecimiento hostelero. Para dar prueba de su macabra y espeluznante actitud exhibiría la cabeza del Raúl Silva, al tiempo que mostraba una sonrisa cruel y sarcástica, a través de una ventana que daba a la calle en la que se congregaban los vecinos, que asistían impávidos a un tétrico espectáculo, indigno de una sociedad mínimamente civilizada y de un pequeño pueblo de agricultores en el que siempre había reinado la paz.

Pelotas de goma

Manuel Martín Gómez no depuso su actitud hasta que la Guardia Civil irrumpió por la fuerza en el escenario del crimen, a las diez de la noche. Para reducirlo fue preciso el empleo de hasta 14 pelotas de goma. Además, en el forcejeo que mantuvo con las fuerzas del orden, aquel hombre puso todo su empeño, ya que le provocaría una herida a uno de los agentes. Al acceder al interior del local contemplaron una dantesca y cruel escena. La cabeza del pequeño había sido arrojada a una cocina francesa que había dentro del establecimiento, encontrándola prácticamente calcinada, en tanto que el resto de su cuerpo se encontraba chamuscado como consecuencia del efecto del fuego. En un principio se llegaría a sospechar que el criminal se hubiese comido los sesos de la criatura, aunque finalmente se demostraría que esto último no había sucedido.

En el momento de ser detenido, encontrándose en un estado de elevada excitación y nerviosismo, el individuo en cuestión llegó a solicitarles a los agentes «la presencia del rey Juan Carlos I y Mijail Gorbachov», al tiempo que pronunciaba una expresión propia de un hombre que sufría una grave enfermedad mental. «He matado a un Dios menor» fueron las palabras que le escucharon tanto la Guardia Civil como quienes se hallaban en las inmediaciones. Resulta un poco sorprendente que los vecinos y clientes del bar no se hubiesen enfrentado al energúmeno en el momento en que raptó al pequeño, así como que tampoco hubiesen asaltado el local en el momento en que exhibió morbosamente la cabeza de la criatura.

Mientras, en los aledaños del bar «Cala» se congregaron multitud de vecinos de la localidad que pretendían linchar a Manuel Martín Gómez, quien reingresaría en el Hospital Psiquiátrico de Mérida. Posteriormente, sería traslado hasta el Hospital Universitario de Sevilla, dónde recibiría algunos sedantes para calmar el estado de agitación psicomotriz en que se encontraba. En el mismo centro sanitario sería reconocido por un grupo de médicos y profesionales de la psiquiatría, quienes argumentaron que el asesino del pequeño sufría esquizofrenia paranoide con delirios místico religiosos.

El suceso provocaría la lógica conmoción que lleva aparejada todo crimen tan espeluznante y macabro como este. El Ayuntamiento de la Táliga declararía tres días de luto por la muerte del pequeño, Raúl Silva, de quien destacaban tanto sus profesores como sus amigos y el vecindario de la localidad en general su bonhomía y gentileza. Mientras, en la localidad nadie se explicaba como se había dado el alta a un individuo tan peligroso, en un tiempo en el que la legislación sobre salud mental estaba cambiando en España, siendo los familiares de estos pacientes quienes tenían que hacerse cargo de ellos. Únicamente ingresarían en un psiquiátrico en el caso en que fuesen potencialmente peligrosos, aunque esta cualidad es muy difícil de diagnosticar.

«Tengo ganas de matar a alguien»

Días antes de que ocurriese el trágico suceso, los allegados a Manuel Martín Gómez ya habían observado algún rasgo que les hacía suponer que había empeorado su estado de salud, entre ellos su propia madre, quien había expresado sus temores acerca de la situación en la que se encontraba su hijo, a quien veía más disgustado y deprimido que de costumbre, aunque jamás llegó a sospechar ni mucho menos imaginar que pudiese perpetrar un barbaridad semejante a la que terminó cometiendo aquel 4 de marzo de 1988. Aunque, en algunas ocasiones había dado muestras de su agresividad y era temido por los vecinos a causa de su carácter irascible y hasta violento. Hacía ya algún tiempo que había zarandeado a una joven de la que se encontraba enamorado, a la que arrastró por el suelo y hubo de ser socorrida por los vecinos para que la cosa no pasase a mayores. En 1982 había agredido a un compañero en la carbonería en la que trabajaba, por lo que sus reacciones podían ser muy inciertas y hasta cierto punto temerosas y peligrosas. A consecuencia de esta última fue ingresado por vez primera en el centro de salud mental de la capital extremeña.

Al parecer, tres días antes de dar muerte al hijo del cartero, Martín Gómez había pronunciado literalmente la frase que «tenía ganas de matar a alguien», aunque nadie lo tomó en serio, pues eran frecuentes sus desvaríos y no se le consideraba una persona potencialmente peligrosa, por lo menos hasta la fecha en que perpetró el atroz y aterrador crimen. Para los vecinos era un personaje particularmente conflictivo y era rechazado por un amplio sector de Táliga. El asesino cumpliría su condena en un psiquiátrico penitenciario hasta que hace algunos años pasó a residir en Mérida en una vivienda tutelada por el Gobierno Autónomo de Extremadura. De hecho, ni siquiera sería juzgado debido a que su estado de salud lo impedía y fue conceptuado como inimputable.

A raíz de este grave suceso, que provocó un gran impacto en el territorio extremeño, una psicosis recorrería la Comunidad Extremeña, dándose el caso de que eran muchos quienes denunciaban casos similares, aunque no dejarían de ser más que meros sustos y alarmas que nunca pasarían a mayores.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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