Asesina a seis personas en Burgos y se suicida

Familiares de los fallecidos durante el entierro de las víctimas

Este suceso, aunque con muchas víctimas mortales, rara vez es recordado en los medios de comunicación, quienes prefieren otros escenarios al estilo de Puerto Hurraco, quizás porque da una mayor grandilocuencia al morbo. Sucedió en la segunda mitad de los años noventa y no guarda relación con históricas tragedias que eran más propias del rural español de antaño. Tiene su propia indiosincrasia y, si cualquier crimen es difícil y complicado de comprender, ni que decir tiene que este es prácticamente incomprensible.

El autor de la masacre, que se desarrolló en dos escenarios distintos, pero en la misma provincia, Burgos, era un hombre de 53 años, Juan Medina Gordillo, conocido por el apelativo de «El Francés«, era un emigrante que, como muchos españoles de su tiempo, buscó fortuna en el país vecino, de ahí su mote, pero que nunca terminó de adaptarse a las circunstancias. Natural de la localidad gaditana de La Línea de la Concepción, Juan Medina conocería en tierras galas a quien iba a ser su esposa, Inocencia Porras, «Ino«, con quien tendría un único hijo. Pasados algunos años, en 1981, daría un sorprendente giro a su vida, desplazándose a vivir a casa de su suegra, sita en la pequeña localidad burgalesa de San Millán de Lara, un núcleo que no superaba ya el centenar de habitantes y que se emplaza en el suoreste de la provincia de Burgos, en la Sierra de la Demanda.

Al llegar a España, Juan Medina, hombre poco dado al trabajo y a quien le gustaba practicar la caza, se encontró con una mano delante y otra detrás. Sin oficio ni beneficio, viviría durante quince años hospedado primero en la casa de su familia política, durante al menos una década, y finalmente en la de un pastor del pueblo, Amancio Delgado, quien a pesar de las estrecheces económicas que sufría, decidió acoger como huésped durante un par de años a aquel hombre que hacía diez años que había regresado de Francia y que nunca terminó por adaptarse a ningún tipo de vida. Es aquí cuando comienza a fraguarse la tragedia que asolaría a aquel pequeño municipio burgalés, así como a la provincia entera.

Influencia sobre los hijos

El futuro criminal ejercería una gran influencia sobre los hijos de Amancio Delgado, tanta que llegaría incluso a pensar que aquellos muchachos, de algún modo, le pertenecían. Hay quien piensa que esa fuerte autoridad se vio incrementada al pasar prácticamente todo el día Amancio con su rebaño de ovejas en el monte, sin siquiera poder regresar a mediodía a comer. Sin embargo, con el paso de los años, los hijos del pastor fueron creciendo y haciendo una vida independiente en la que relegaban a Juan Medina a un segundo plano, circunstancia esta que no era tolerada por el antiguo emigrante en Francia. Cuando ya contaban con una cierta edad, los muchachos se trasladaron a vivir a la capital burgalesa, concretamente al barrio de El Gamonal. Esto último hizo que Medina adquiriese su propio piso en Burgos, haciendo a partir da ahora su vida entre la ciudad y San Millán de Lara, separadas únicamente por 35 kilómetros de distancia.

A pesar de que tres de los hijos de Amancio Delgado, Mari Carmen, Rosa y Antonio, que ya eran adultos, habían decidido independizarse, no eran capaces de sacarse de encima el peso que representaba Juan Medina, quien se había encaprichado pérdidamente de la primera, una joven de 22 años que había decidido echarse novio. Este hecho no haría más que generar la iracundia de aquel hombre que en los quince años que llevaba residiendo en Burgos no había pegado nunca un palo al agua. Seguía yendo constantemente al piso de los muchachos, tanto que muchas personas llegaron a pensar que realmente vivía allí, aunque ahora sabía que las cosas empezaban a cambiar en serio. Su pretendida Mari Carmen no le ponía las cosas fáciles, a pesar de que el se ofrecía para llevar a los muchachos al pueblo cuantas veces como hiciese falta. Sin embargo, detrás de aquel falso servilismo se escondía una maldad difícilmente explicable y estaba perfilando lo que se iba a convertir en una de las grandes tragedias de la década de los noventa en España.

Dos escenarios para seis asesinatos

Ante la impotencia que representaba el hecho de no poder contar con la correspondencia de Mari Carmen, la joven de 22 años de la que se encontraba pérdidamente enamorado, Juan Medina decidió pasar a la acción sin pensárselo dos veces. La muchacha, muy temprano, llamó por teléfono a sus familiares del pueblo para advertirles de que algo grave podría ocurrirles. Los investigadores de este caso se supusieron que había sido ya amenazada por quien iba a convertirse en su trágico verdugo. A las cuatro de la tarde del día 27 de noviembre de 1996 se personó en el piso en el que residían los tres hijos de Amancio Delgado en el barrio burgalés de El Gamonal. Llamaría de forma insistente al timbre, yendo armado con una escopeta de caza que escondió de forma muy oportuna. Una vez que le franquearon la puerta, Juan Medina iniciaría su trágica orgía de sangre. Primero disparó sobre quien era el objeto de sus amores imposibles, Mari Carmen. A continuación haría lo mismo con sus hermanos, Rosa y Antonio. Fruto de la obecación y la iracundia, rompería la escopeta al golpearla reiteradamente contra diversos objetos de la vivienda que ocupaban los tres jóvenes. Pero, todavía contaba con otro arma similar, esta de cañones recortados.

Al parecer los vecinos del inmueble en el que se alojaban los tres hijos de Amancio Delgado escucharon los disparos, así como los gritos de dolor y los lamentos de los chavales, pero ante el terror desatado prefirieron permanecer en sus respectivos domicilios. Eso sí, pusieron el hecho en conocimiento de las autoridades, aunque Medina había actuado con tanta rapidez que cuando llegaron los agentes de la Policía encontraron ya a los tres jóvenes convertidos en cadáveres, completamente desfigurados por la acción de la metralla.

Después de cometer el triple crimen de El Gamonal, encontrándose ya completamente perdido y sabiendo que su acción no era ya reversible, tomó su vehículo y se dirigió inmediatamente a San Millán de Lara para terminar de completar su sangrienta orgía. Enfiló hacia la casa de su suegra armado hasta los dientes. Allí se encontraba ella, Antonia de la Torre, una mujer de 90 años, quien estaba en compañía de Juliana Juez, de 65 años, que era la madre de los tres jóvenes a los que había dado muerte en la capital burgalesa. Al verle de aquella forma, enardecido y armado, las mujeres se asustaron y se abrazaron como si supiesen de antemano que su destino ya estaba escrito. Fue entonces cuando aquel malvado criminal disparó en reiteradas ocasiones contra las dos, quienes quedaron exangües sobre cocina de la vivienda. Sin embargo, aquel energúmeno despiadado no había terminado aún con su macabra patraña y estaba dispuesto a seguir matando a toda costa. Su última víctima sería Ángela Porras, su cuñada, hermana de su esposa Inocencia. Sobre ella disparó hiriéndola de gravedad y siendo auxiliada por unos obreros que se encontraban en las inmediaciones, quienes aunque vieron al asesino no pudieron verle el arma que portaba, quizás porque la llevaba escondida.

Durante varias horas se sembraría el pánico y el desconcierto en aquel pequeño pueblo de la Sierra de la Demanda, pues se sabía que el asesino andaba suelto y buscaba una séptima víctima, en este caso su cuñado, pero para suerte de este último, no lo encuentra. Alertadas las fuerzas de seguridad de lo ocurrido se desplazan hasta San Millán de Lara con el objetivo de detenerlo, pero, al igual que había hecho en El Gamonal, consigue zafarse de su vigilancia y sigilosamente regresa a la última residencia que había tenido en el pueblo. Allí, cuando ya nada tenía que perder, se introdujo en la cama de su alcoba y con la misma arma que había dado muerte a las tres mujeres, puso fin a su vida disparándose en el corazón.

Aquel trágico episodio consternaría a aquel pequeño pueblo de Burgos, que rara vez era noticia, salvo por las bajas temperaturas que se registran en sus crudos inviernos. El entierro de los jóvenes y las tres mujeres de cierta edad constituyó toda una manifestación de duelo en la provincia de burgalesa, que difícilmente se podía explicar la reacción de un loco que se había encaprichado de una muchacha a la que sacaba más de treinta años de diferencia. El dolor y el odio que despertó Juan Medina Gordillo provocaría que los vecinos se negasen a darle sepelio en el mismo camposanto que a sus víctimas. Su cuerpo sería reclamado por su madre, siendo sepultado en su localidad natal de la Línea de la Concepción. Hasta los criminales más abyectos cuentan con la compasión materna, por increíble que parezca.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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