Una noche de terror en la localidad sevillana de Olivares protagonizada por «El Barrabás»

Francisco Venega García, «El Barrabás», en una foto de la época

En el verano del año 1924 España todavía seguía conmocionada por el trágico suceso ocurrido con el Expreso de Andalucía, en el que habían sido asesinados dos hombres que trabajaban en el vagón correo en abril de aquel mismo año. Se sospechaba, como terminaría sucediendo, que se buscaba un castigo ejemplar para los autores del crimen y posterior robo de los dos empleados ferroviarios en un tiempo en que la primera dictadura que sufrió el país en el siglo XX buscaba resarcirse de la constante ola de violencia que azotaba a toda la nación desde hacía algún tiempo. Sin embargo, las medidas, que se creían ejemplarizantes, no conseguirían el objetivo logrado, pues los sucesos sangrientos se seguirían sucediendo, independendientemente de cuáles fuesen sus causas. Muchas veces, políticas; otras, simple cuestión de orgullo o malos entendidos.

En la localidad sevillana de Olivares, 16 kilómetros al oeste de la capital andaluza, se produciría en la jornada del día 21 de julio de 1924 uno de esos acontecimientos que marcan a los pueblos y ciudades españolas a lo largo de su historia. El desencadenado furor de un individuo, conocido como «El Barrabás», y que respondía al nombre de Francisco Venega García dejaría tras de sí un rastro de sangre y violencia que aterrorizaría durante muchos años a su vecindario, no acostumbrados a sucesos que alterasen gravemente su tranquilo devenir cotidiano.

«El Barrabás» era un sujeto conflictivo, amigo en exceso del vino y otros placeres de la vida, que contaba entonces con 46 años de edad. Se había casado con una mujer tres años más joven que él, María Antonia Layosa, con quien tenía un hijo en común. La vida entre ambos no discurría por los cauces que se consideran normales para una pareja, pues eran un matrimonio malavenido. Su esposa, harta de sus constantes borracheros, sus excesos y probablemente de sus malos tratos, decidió cortar por lo sano e irse a vivir a casa de su amiga Carmen Pallares Bernal «la Bocatuerta», quien residía en la misma casa junto a su marido, José Peña y su madre Carmen Pallares Román, conocida como «la Retales».

Por su parte, Francisco Venega decidió marcharse en compañía de su hijo a vivir y trabajar al cortijo de Santiponce, distante algo más de diez kilómetros de su Olivares natal. No obstante, esa distancia no hizo otra cosa que incrementar los rencores y el odio de «el Barrabás» contra su familia, o al menos eso es lo que se deduce de los hechos, pues un buen día de verano, el 19 de julio de 1924 se dejó caer por las tabernas del pueblo, como era habitual en él, bebiendo hasta el último trago. Quizás para tener el valor suficiente con el que acometer a la mujer de la que se encontraba separado.

Tomando el fresco

En aquella calurosa noche de verano, la familia de «la Bocatuerta» se encontraba prácticamente al completo tomando el fresco en un patio, situado en el número 54 de la calle Abades, cuando fueron sorprendidos por «el Barrabás», quien había penetrado de incógnito por una ventana. Provisto de un cuchillo de grandes dimensiones, Venega acometería en primer lugar a «la Retales», a quien acuchilló de forma reiterada en el vientre, lo suficiente para terminar con su vida en el acto.

Sus otros dos objetivos fueron su esposa, María Antonia Layosa y el yerno de la fallecida, José Peña, a quienes heriría de gravedad. Las crónicas de la época no dan cuenta de la suerte que corrieron ambos, limitándose a señalar que fueron acometidos por el desmedido furor del criminal, dispuesto a cualquier cosa. Había un segundo varón en el mismo lugar de autos, quien decidió huir del lugar al observar la neta superioridad de Barrabás, pues iba debidamente armado con el objetivo de proseguir su macabra hazaña.

Otro de los objetivos de Barrabás era «la Bocatuerta», a quien quiso acometer aquel mismo día, una vez que hubo apuñalado a su esposa y al marido de la anterior. La rápida actuación de un vecino impidió que hubiese una nueva víctima, pues su presencia provocó la huida del criminal, quien posteriormente se entregó en el puesto de la Guardia Civil de la localidad. Días después del crimen, manifestaría su arrepentimiento a algunos periodistas que tuvieron ocasión de entrevistarle.

Los motivos del porqué de aquella brutal actitud han quedado siempre en el alero, pues nunca han sido esclarecidos. Se supone que la marcha de su mujer a casa de su amiga podía estar detrás de su inexplicable actitud, pues tal vez sentía celos de Carmen Pallares Bernal, de quien se decía que explotaba hasta la extenuación a la mujer de Barrabás, que había entrado a trabajar como criada en la casa de la anterior. También apuntan algunos medios que la esposa del criminal «observaba una conducta moral sospechosa», una expresión que cada cual puede interpretar como mejor le convenga.

Respecto a la suerte de Francisco Venega García tampoco hay datos que corroboren lo que sucedió con él en años venideros, aunque lo más probable es que fuese condenado a bastantes años de prisión, aunque también es posible que se viese beneficiado del indulto masivo que se produjo con la llegada de la IIª República española en abril de 1931.

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Mata a un amigo y a su esposa en un arrebato en Tenerife

El Tribunal Supremo modificaría la sentencia de la Audiencia Provincial de Tenerife

Era otra España. Que todavía guardaba las formas y e imperaba un absurdo celo de la moral. Era un país en progreso pero que no terminaba de despegar. Sucedían cosas y algunas rozaban el escándalo en un tiempo en el que todavía estaba condenado por la Justicia el denominado «delito de adulterio«. Había que guardar las formas, aunque luego muchas aventuras se hacían a escondidas, guardando el silencio de rigor, so pena de ser denunciado y ser condenado al escarnio del vecindario, que quizás fuese una pena mucho peor que las sentencias emitidas por los tribunales.

Esta historia tiene sus raíces en la amistad que comenzaron a trabar el matrimonio compuesto por Francisco Gil Villalba, guardia civil de profesión, su esposa María Esperanza Rijo Bethencourt y la pareja compuesta por el industrial José Gómez Rodríguez y Nelsa García Díaz, quienes regentaban una tienda dedicada a la venta de muebles en la capital tinerfeña. Un buen día el miembro de la Benemérita y su cónyuge fueron a adquirir mobiliario al negocio en cuestión, a raíz de lo cual se entabló una amistad entre ambos matrimonios que perduraría cierto tiempo.

La relación de ambas parejas fue a más con el paso del tiempo y se consolidó hasta el extremo que la esposa del empresario comenzó a sospechar que su marido mantenía un idilio con la mujer del agente de la Guardia Civil, denunciando el hecho ante el cuartel del Instituto Armado en Tenerife. A consecuencia de ello, los superiores de Franciso Gil instaron a este a que presentase su baja en el cuerpo, pues una situación así en aquel entonces en un cuerpo que debía ser modélico no podía permitirse, a lo que este último accedió.

Nuevo trabajo

Gil Villalba comenzaría a trabajar en un empleo que le proporcionó su amigo José Gómez Rodríguez, el empresario de muebles. Su ocupación consistiría en cobrar letras de cambio a sus distintos clientes. Para ello contaría con el coche del industrial, que se lo vendería en 85.000 pesetas (algo más de 500 euros al cambio actual), con opción a la compra de otro. El nuevo empleado hizo efectiva la cantidad requerida por su patrono, pero este comenzó a demorarse en la cesión del automóvil, lo que a la postre iba a convertirse en el detonante de la tragedia.

Como consecuencia de la negativa a la entrega del vehículo, se producirían una serie de incidentes entre el ex-agente de la Benemérita y el industrial, siendo el primero duramente despreciado por el segundo con insultos y vejaciones, ya que no terminaba de entregarle el coche a Gil Villalba ni tampoco le devolvía el dinero que le había anticipado, lo que le conduciría a un estado de gran tensión personal y emocional.

El día 23 de septiembre de 1969 ambos protagonistas se encontraron en una calle de la ciudad insular, conminándole el antiguo guardia civil al empresario que detuviese el vehículo en el que viajaba, aunque este siguió dándole largas y menosprecios a Francisco Gil, quien en ese momento iba armado con una pistola. Sin pensárselo dos veces, con el arma que portaba efectuó dos disparos sobre José Gómez Rodríguez, quien quedó exánime prácticamente en el acto en el interior de su propio automóvil.

Posteriormente, el autor de la muerte del empresario se dirigió al domicilio de este último. Allí se encontraba su esposa, quien supuestamente ya conocía lo que le había ocurrido a su marido, por lo que recibió a Gil Villalba empuñando un cuchillo. Sin embargo, la superioridad del arma del ex-agente de la Guardia Civil dirimió una lucha desigual, pues descerrajó a Nelsa Garcá Díaz, de un solo disparo, que fue más que suficiente para terminar con su vida. Una vez perpetrado el doble crimen, el criminal se entregó en el Juzgado, presa de una gran excitación nerviosa.

Condena

En un primer momento en el año 1971 la Audiencia Provincial de Tenerife condenaría a Francisco Gil Villalba, a una pena total de 40 años de prisión, acusado de dos delitos de asesinato y tenencia ilícita de armas, así como al pago de una indemnización de un millón de pesetas en su conjunto (algo más de 6.000 euros actuales) a los herederos del empresario asesinado y su esposa. No obstante, su abogado, insatisfecho con esta resolución judicial, apelaría al Supremo, quien rebajaría considerablemente la condena.

En una sentencia dictada el 28 de diciembre de 1972 el Tribunal Supremo tipificaría los hechos como un delito de asesinato y otro de homicidio, quedando establecida en un total de 26 años de cárcel; 14 por la muerte del hombre y 12 por el de la mujer. La alta magistratura entendía que se daban como atenuantes muy cualificadas las de arrebato y obcecación, a lo que se añadía la de arrepentimiento espontáneo, aunque mantenía la agravante de desprecio por el sexo, así como debía satisfacer también la responsabilidad civil impuesta por la audiencia insular.

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Un ciudadano alemán asesina a otros dos compatriotas suyos y a un austriaco en las provincias de Zaragoza y Tarragona

La pesca era la actividad recreativa que pretendía promover el triple criminal

Un caso que no es apto para supersticiosos, pues sucedió un martes 13, en este caso del mes de julio de 1993. Por un amplio tramo del Bajo Ebro, que discurre entre las provincias de Zaragoza y Tarragona, es muy frecuente la presencia de ciudadanos alemanes que buscan un retiro plácido en tierras españolas, atraídos por muchas actividades recreativas que se pueden realizar en la zona, entre ellas la pesca del siluro. Uno de esos muchos ciudadanos germanos que se acercaron al Bajo Aragón era Werner Mittermeyer, un individuo de 52 años que había enviudado hacía ya 14 años y que no había superado la muerte de su esposa. De hecho, su única compañía era una perra que moriría por aquellos mismos días en los que perpetró el triple crimen, lo que, al parecer, le provocó una gran depresión.

A todo ello se sumaba el hecho de que Werner se encontraba inmerso en un proyecto en el que buscaba un retiro dorado, que era la creación de un área turística que resultase atractiva para compatriotas suyos, aficionados a la pesca. Sin embargo, en algún momento que jamás han conseguido aclarar los investigadores las cosas comenzaron a torcerse y se inició un rosario de discrepancias entre él y otras tres personas que participaban en su empresa. De hecho, los acusaría en el transcurso del juicio de haberle estafado en la construcción de tres bungalows en el camping de Pobla de Massaluca, localidad tarraconense en la que se había afincado el triple asesino.

Aquel soleado 13 de julio de 1993, ya muy de mañana y a las primeras horas del día, el cuerpo de Mittermeyer parecía que le pedía sangre. A bordo de su utilitario se dirigió a la localidad zaragozana de Fayón, donde residía la primera víctima que dejaría en su camino, Gerhard Pickl, un ciudadano austriaco de 36 años de edad, a quien le acribilló literalmente a balazos, pues recibió seis disparos, uno de ellos entre las cejas. El crimen fue contemplado por otros dos turistas alemanes, quienes denunciaron al suceso ante la Guardia Civil, no exentos de ciertos problemas, ya que apenas se expresaban en español. La víctima era un comercial del turismo de pesca, negocio en el que se había involucrado su vedugo

Otros dos asesinatos más

Con el primer asesinato, la sanguinaria orgía emprendida por Werner no había hecho más que iniciar su periplo sangriento. Su siguiente objetivo sería Heinz Schorcenhofer, un compatriota suyo de 47 años de edad. Un disparo, procedente de la pistola Star 7.65, que empleó en los tres asesinatos, fue suficiente para terminar con su vida, pues le descerrajó el corazón, quedando tirado sobre su caravana en medio de un gran charco de sangre. Su cadáver fue descubierto por un compatriota suyo cuando se dirigía a hablar con él. La segunda persona asesinada era el capataz de las obras del futuro complejo turístico que se pretendía construir para pescadores.

A pesar de haber dado muerte a dos personas, el asesino todavía no se sentía satisfecho en lo que se consideró un ajuste de cuentas. Para ello no tuvo reparos en recorrer los 100 kilómetros que separaban el lugar donde había perpetrado los dos primeros crímenes de Deltebre. Allí en el embarcadero Galacho de la urbanización Riomar se encontraba el berlinés Wolfgang Nitsche, de 44 años de edad, que se dedicaba al alquiler de embarcaciones y que era el principal inversor del área turística en la que participaba Werner. En aquel mismo lugar, cuando se encontraba en compañía de dos personas que presenciaron la escena, el criminal lo descerrajó de cuatro disparos que acabaron con su vida en el acto. Tres tiros en el tórax, uno de los cuáles le partió el corazón y otro más en la frente terminaron con la vida de aquel hombre. Mientras tanto, la Guardia Civil ya había emprendido la búsqueda del criminal que había dejado tras de sí un total de tres muertos.

Se dio la orden inmediata de busca y captura de Werner Mittermeyer desde las principales comandancias de la Benemérita de Zaragoza, Huesca y Lérida. El germano fue localizado en el municipio oscense de Fraga, donde fue interceptado por una patrulla de la Guardia Civil cuando viajaba a bordo de su vehículo, un Opel Ascona por la carretera nacional dos, N-II en torno a las dos y media de la tarde. Su detención no revistió mayores problemas, ya que no opuso resistencia.

En el asiento del copiloto llevaba la pistola con la que había perpetrado los tres asesinatos y no hizo uso de ella porque no quiso, pues no llevaba el seguro puesto. Además del arma homicida, los agentes se incautaron de más 1,5 millones de pesetas que llevaba consigo en la moneda alemana oficial en ese momento, el marco (unos 9.000 euros al cambio actual). Conducido al cuartel de la Guardia Civil de la localidad, fue sometido a un control de alcoholemia, pues les había dicho a los agentes que había tomado más de tres cuartos litros de coñac y varias cervezas, aspecto este que resultó ser falso, pues el resultado de la prueba fue negativo.

64 años de prisión

El juicio contra Werner Mittermeyer se celebró en medio de una gran expectación en la Audiencia Provincial de Zaragoza a mediados de noviembre del año 1995. Su abogado solicitó como atenuantes el supuesto estado de embriaguez cuando perpetró los tres crímenes, así como el estado de shock en el que se encontraba su defendido el día de autos, debido a los problemas psicológicos que arrastraba desde el fallecimiento de su esposa, hecho que había tenido lugar en el año 1981 y que al parecer nunca había superado, unido al disgusto que le había provocado la muerte de su perra, que era el ser vivo que le hacía compañía.

En un principio la fiscalía solicitaba para el acusado un total de 84 años de prisión, acusado de tres delitos de asesinato. La cifra se vería sensiblemente rebajada a 64, los cuales cumplió en cárceles españoles y alemanas. Algo más de tres décadas más tarde de haber cometido aquellos tres asesinatos, el criminal ya se encuentra en libertad, a pesar de que su sombra perdurara durante décadas en la comarca del Bajo Aragón, que no recordaba un hecho similar en su larga historia.

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Ejecutados en el garrote vil por asesinar a tres personas en Menasalbas (Toledo)

Plaza de Menasalbas donde fueron asesinadas dos viudas por un grupo de asaltante

Eran otros tiempos en los que los vividores de medio pelo y amigos de lo ajeno también sabían localizar perfectamente a sus víctimas, como no podía ser menos. A finales del siglo XIX. Uno de los estamentos más cotizados a la hora de realizar asaltos y atracos solían ser las casas rectorales y las familias en cuyo seno había algún sacerdote, pues se suponía -no exentos de cierta razón- que en aquellos domicilios se atesoraba una buena cantidad de dinero debido a las donaciones que recibían de sus feligreses en un tiempo en el que la Iglesia Católica era una de las grandes instituciones en torno a la cual se articulaban importantes núcleos de poder social.

En esa época fueron varios los asaltos que tuvieron lugar a casas rectorales y viviendas sacerdotales, dándose la circunstancia de que hubo más de un religioso fallecido como consecuencia de los mismos. Un hecho luctuoso y de gran calibre tuvo lugar el primero de octubre de 1892 en la localidad toledana de Menasalbas, en plena comarca de loas Montes Toledo cuando fueron asesinadas de noche dos mujeres viudas, Felipa Díaz Espinosa, de 80 años de edad y su criada Isabel Iglesias Medina, de 72. La primera de ellas era la madre del sacerdote Gabriel Moreno, quien ese día no se encontraba en casa debido a un viaje pastoral.

A finales de agosto de aquel mismo año, la residencia del clérigo había sido ya asaltada por los mismos delincuentes que le dieron muerte a su progenitora y la criada. Entonces comenzó a divulgarse un runrún de que los ladrones no habían llevado realmente todo el dinero que había en el domicilio del religioso. Se supone que estos rumores llegaron a oídos de los asaltantes, quienes algún tiempo después volverían a acometer una fechoría similar, aunque en esta ocasión con el despropósito de dejar a dos víctimas mortales en su truculento trayecto.

Una reja rota

El día de autos tanto la propietaria de la casa como su criada ya se habían acostado. Los asaltantes penetraron por una reja que habían roto, cuyos ruidos no pasaron desapercibidos para las dos moradoras de la casa. La criada Isabel Iglesias fue quien primero se percató del estruendo provocado por los ladrones, por lo que decidió avisar a su señora, vistiéndose ambas a toda prisa para intentar conocer lo que estaba sucediendo.

En un pasillo se encontraron con algunos de los cinco ladrones que habían asaltado la residencia familiar del sacerdote. Estos, sin pensárselo dos veces, la emprendieron a cuchilladas con las dos mujeres. La criada falleció prácticamente al instante al recibir la primera cuchillada, en tanto que Felipa Díaz, a pesar de sufrir graves heridas, sobrevivió en un principio al ataque, aunque terminaría falleciendo tan solo 24 horas después del trágico episodio que ya le había costado la vida a otra mujer. Debido al grave estado en que se encontraba, apenas pudo facilitar datos al juez para poder capturar a sus asesinos, por lo que el caso tardaría casi cuatro años en resolverse.

En ese interín que va desde 1892 hasta 1896 aquella banda de cinco hombres compuesta por los hermanos Tomás y Raimundo Guzmán y Marín, Braulio Camino, Nemesio Gutiérrez y Félix Iglesias tuvieron tiempo de dar muerte a una tercera persona. Se trataba de un hortelano vecino de la zona, quien supuestamente les habría insinuado en el transcurso de una discusión su implicación en el crimen que había costado la vida a la madre de Gabriel Moreno y su criada.

El teniente Leardi

Para que este trágico episodio no quedase impune se echó mano de un prestigioso oficial de la Guardia Civil, el teniente José Leardi de los Santos Reyes, un experto investigador que se haría famoso por haber resuelto con éxito varios casos de asesinatos y atracos en la provincia de Toledo. Tardaría un par de años en obtener alguna pista fiable y esta fue una confidencia que le hizo una persona que ha permanecido en el anonimato. A raíz de la misma serían detenidos cuatro de los implicados en los dos crímenes en los que habían muerto tres personas. El oficial de la Benemérita se encontró con el problema que algunos de los involucrados guardaban algún parentesco con el juez de Menasalbas, lo que dificultó su detención.

Al ser detenidos los cuatro, inmediatamente se detuvo al quinto, Raimundo Guzmán y Marín, que era el que faltaba. La vista oral se celebró en la Audiencia Provincial de la capital toledana en abril del año 1896. El fiscal solicitó en un principio cinco penas de muertes para los encausados. Finalmente solo los dos hermanos Tomas y Raimundo Guzmán serían condenados a la pena capital, en tanto que los restantes serían sentenciados a 18 años de cárcel, en el caso de Braulio Camino y Nemesio Gutiérrez; en tanto que la condena que recaería sobre Félix Iglesias era de 12 años de prisión.

Los dos hermanos, conocidos como «Los Marines», conocidos delincuentes de la comarca de los Montes de Toledo, aficionados al juego y al alcohol, no obtendrían la gracia del indulto y el ejecutor de sentencias Salustiano de León, un antiguo zapatero de 53 años de edad, apretó la manivela de un viejo garrote vil a primeras horas de la mañana de un ya muy lejano 30 abril de 1897 en una céntrica plaza de Navahermosa. Ponía así fin a la vida de dos auténticos crápulas antes la asistencia de varios millares de personas en un tiempo en el que ya se cuestionaba la asistencia de público a estos dantescos espectáculos.

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Tres personas asesinadas en Padilla de Duero (Valladolid) en un asalto inducido por el criado de la casa

Rebaño de ovejas en un pueblo de Castilla

Sucedió hace ya muchos años. Tantos que el triple crimen de Padilla de Duero se ha ganado a pulso la categoría de leyenda y ha dejado una huella indeleble en toda la comarca de Campo de Peñafiel, al este de la provincia de Valladolid, que perdura hasta nuestros días. No es para menos, pues tanto el número de víctimas como el modus operandi de los asaltantes lo convirtieron en un suceso cruel y terrible que no deja de sorprender ni siquiera en nuestros días, a pesar de que han transcurrido casi 140 años desde entonces.

En las primeras horas de la mañana del aquel ya lejanísimo 17 de mayo de 1888 el zagal encargado del rebaño de ovejas de Antonino Carrascal se vio repentinamente sorprendido al encontrar uno de los animales vagando perdido en los aledaños de la iglesia parroquial del pueblo. La reconoció inmediatamente y corrió a avisarle. Sin embargo, cuál no sería su sorpresa al entrar por la puerta del corral y contemplar el cuerpo de su amo en medio de un impresionante charco de sangre. Antonino había sido víctima de un brutal crimen. Según el informe de la autopsia presentaba «una herida en la unión de los parietales, otra en la región frontal, otras dos en el cuello muy profundas, otra en la oreja izquierda, otra en la región torácica, varias contusiones , y en la espalda la impresión de dos manos manchadas de sangre, que debieron de tirar del cadáver arrastrándolo». En resumidas cuentas, que lo habían dejado hecho un auténtico pelele en el peor sentido de la palabra.

A pocos metros del cadáver del patrón, se hallaba -atado a la rueda de un carro- el criado de la casa Antonio Monja, quien le pidió al muchacho que fuese a buscar ayuda, además de contarle lo sucedido al juez municipal. No obstante, todavía no habían visto el panorama sangriento en su totalidad, ya que en la misma vivienda yacían los cuerpos sin vida de Telesfora Zamora y Dionisia Carrascal, una joven de 24 años de edad que era hija del dueño, Antonino. La primera de estas dos víctimas era una vecina que ocasionalmente se encontraba en la casa cuando en la noche anterior se produjo el asalto. Las heridas que le habían provocado eran tan aparatosas que casi fue decapitada, mientras que la joven presentaba heridas por todo el cuerpo, el rostro y la espalda, al igual que si se hubiesen ensañado con ella.

Declaración falsa

En su primera declaración ante la Guardia Civil el criado Antonio Monja manifestó que en la noche del crimen cuatro hombres con barba se habían adentrado en la vivienda a la fuerza para robar, dejándolo a él atado al carro y tapado con una manta. De hecho, este individuo presentaba algunas heridas en las manos que se había hecho el mismo aduciendo que eran consecuencia del enfrentamiento que había mantenido con los asaltantes. Además, el hecho de haber aparecido atado al carro no era más que una treta para intentar engañar a los investigadores.

Insatisfechos con los motivos esgrimidos por el criado que se presentaba ahora como víctima, este, a consecuencia de la presión a la que fue sometido en una época en la que los agentes de la Guardia Civil no escatimaban medios para obtener una confesión que resultase cuando menos coherente, aquel individuo, que había sido el inductor del triple crimen, acabó delatando a otros cinco individuos que habían participado en aquella matanza. Se trataba de de cinco hombres a los que conocía bien: el guarda de campo, Inocencio Ruiz Melero, alias «Picoba«; Justo Martínez Martín, «el Sardina«; Pedro Gonzalo Acebes, «Moraina«; el herrero Ciriaco Serrano Carrascal, familiar del asesinado, y Miguel Alonso Arraso

El mismo Antonio Monja terminaría confesando su complicidad en el triple asesinato, asegurando que sus compinches le habían convencido para perpetrarlo, llegando incluso a reconocer su connivencia a la hora de dejar abierta la puerta trasera del corral al numero grupo que dio muerte al dueño de la casa y a dos mujeres. El móvil estaba claro que había sido el robo, habiéndose apoderado de 240 pesetas, todo un dineral para la época. Asimismo, no habían desaprovechado la oportunidad para hacer desaparecer algunos recibos en los que se reflejaban las deudas de los asaltantes contraídas con Antonio Carrascal, pues se dedicaba también a hacer préstamos.

Pena de Muerte

El juicio contra aquel sexteto de criminales se celebraría en la Audiencia Provincial de Valladolid en abril del año 1890. El fiscal encargado del caso solicitó para todos ellos la máxima condena que se contemplaba entonces en el ordenamiento jurídico español de la época, que no era otra que la pena de muerte. En sus conclusiones acusaba directamente al mismo Monja como participante y coautor de los crímenes, pues en una navaja de su propiedad se hallaron algunos restos biológicos, entre ellos algún pelo, que pertenecían a la hija del dueño de la casa.

La severidad de la condena se vería reflejada en el auto final en el que se condenaba a todos los procesados a la pena capital, quedándoles únicamente el recurso ante el Tribunal Supremo. La máxima magistratura de la nación ante el elevado número de condenados decidió indultar a cuatro de los procesados debido «a su buen comportamiento y al arrepentimiento mostrado», mediante un decreto publicado en la Gaceta de Madrid el día 21 de marzo de 1891. La pena accesoria que deberían cumplir era la cadena perpetua, siendo enviados al Penal de Ceuta, lugar al que iban destinados muchos de los penados que habían perpetrado algunos de los más horrorosos crímenes.

No corrieron la misma suerte el criado Antonio Monja ni tampoco Inocencio Ruiz Melero «Picoba», que fueron ejecutados en Peñafiel el día 17 de abril de 1891, congregándose en la plaza del pueblo a primeras horas de la mañana hasta un total de 11.000 personas para presenciar un tétrico y dantesco espectáculo, inimaginable en nuestros días, entre ellos muchos niños que eran llevados ex profeso para presenciar el castigo que les podía esperar en el caso de contravenir algunas de las leyes del ordenamiento jurídico vigente en aquel entonces.

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Tres personas asesinadas en Alhendín (Granada) en un enfrentamiento entre un clan de etnia gitana

Alhendín fue escenario de un triple crimen en el año 1990

Alhendín es una bella localidad situada en la zona meridional de la Vega de Granada, prácticamente en pleno centro geográfico de la provincia, lo que contribuye a darle un especial atractivo al encontrarse muy cerca tanto de la montaña como de la costa. Sin embargo, este hermoso lugar se vería conmocionado en aquel sangriento año de 1990 a consecuencia de un triple crimen que se produjo apenas 24 horas después de que a toda España se le hiciese un nudo en la garganta a raíz de la masacre acontecida en la villa extremeña de Puerto Hurraco, en la que los hermanos Izquierdo habían regado de sangre las calles del pueblo después de asesinar a nueve personas y malherir a muchas otras.

Los más viejos del lugar, o tal vez los más pesimistas, sospechaban que entre los miembros de un numero clan de etnia gitana terminase sucediendo una tragedia debido a los constantes enfrentamientos que continuamente se sucedían entre dos ramas del grupo familiar que eran consecuencia directa de la herencia de la abuela Feliciana Gómez, una anciana ciega y sorda que además sufría el abandono de quienes las rodeaban. Su patrimonio era más bien exiguo, pues se componía de una destartalada vivienda en la localidad de El Padul, distante 13 kilómetros de donde se produjeron los hechos sangrientos, y una cuenta bancaria en la que había 300.000 pesetas (1.800 euros al cambio actual).

A pesar de no ser una herencia de gran enjundia, los descendientes de la mujer no cejaban en sus constantes enfrentamientos que tuvieron su punto culminante alrededor de las nueve y media de la noche del día 27 de agosto de 1990, cuando una discusión entre hijos y nietos de Feliciana se saldaría con la muerte de tres personas, los tres residentes en el número 9 de la calle Santo Cristo. Por si todo ello no fuese suficientemente trágico, una pequeña, hija y hermana de los fallecidos, contempló el macabro espectáculo cuando regresaba a su casa después de que estuviese jugando con una amiga.

Discusión

Una vez más, como muchas veces había sucedido hasta aquel entonces, se enzarzaron en una gran discusión a raíz de quien se debería ver favorecido por la herencia, que teóricamente habría de corresponder a «quien mejor se portase con la abuela». Lo que sucedió en el interior de la vivienda es todo un misterio, ya que solamente se cuenta con la versión de los agresores, pues los agredidos fallecieron todos en la trágica discusión.

Lo que sí se sabe es que el principal responsable, y así lo manifestaría ante las autoridades, fue José Carlos Fajardo Gómez, de 18 años de edad, quién según su testimonio habría arrebatado el cuchillo con el que se perpetró el triple crimen a su tía Carmen Fajardo porque esta supuestamente lo habría pretendido acuchillar, extremo este que nunca se ha podido confirmar, dadas las contradicciones en las que incurrió el acusado en el transcurso de la vista oral. Asimismo, declararía también que uno de los miembros de la familia intentó golpear a su padre con una barra de hierro.

Lo único que hay de cierto es que como consecuencia de la sangrienta trifulca, que fue presenciada por dos niños de muy corta edad, fallecieron Carmen Fajardo Gómez, de 41 años de edad, y su hijo Francisco Gómez Fajardo, de 18. El cabeza de familia José Gómez Gómez, de 42 años, moriría dos días después en el hospital de San Cecilio de la capital granadina a consecuencia de las graves heridas que había sufrido, una de las cuales le afectaba a la aorta, por lo que, a pesar de las intervenciones a las que fue sometido no fue posible salvar su vida.

En el entierro que tuvo lugar a los dos días del triple crimen se escucharon proclamas que clamaban por la venganza, siendo uno de los más activos en este sentido un hijo de los fallecidos que se encontraba en aquel momento en prisión. Otros apuntaban directamente a la aplicación de la «Ley gitana», consistente en resarcirse de la misma forma con sus adversarios. «Esto no va a quedar así», dicen que se escuchó de la boca de algunos de los presentes en el camposanto en el que recibieron sepultura las dos primeras víctimas del triple crimen de Alhendín.

39 años de cárcel

Entre los días finales del mes de noviembre de 1991 y principios de diciembre tuvo lugar el juicio contra los tres presuntos autores de las tres muertes de Alhendín, con la Audiencia Provincial de Granada abarrotada hasta los topes de público y periodistas. José Carlos Fajardo Gómez, se autoinculpó del triple crimen, aduciendo que las manchas de sangre encontradas en las zapatillas de su padre se debían a que él utilizaba también aquel mismo calzado. Manifestó también que su progenitor no se encontraba en ese momento en el lugar de los hechos, al tiempo que justificó los tres asesinatos aseverando que las víctimas le habían agredido tanto a él como a su madre.

A finales de diciembre de 1991 se conoció la sentencia, que difirió bastante en relación a la versión ofrecida por el hijo, quien fue condenado a una pena de 13 años de cárcel, al igual que sus padres José Fajardo y Manuela Gómez. La responsabilidad civil quedaba cifrada en cinco millones de pesetas (30.000 euros al cambio actual) para cada uno de los cinco hijos y hermanos de las tres víctimas asesinadas, por lo que el montante total ascendía a 30 millones de pesetas (150.000 euros).

Con la sentencia se ponía fin a un trágico episodio que había tenido lugar tan solo 24 horas después de la matanza de Puerto Hurraco, convirtiéndose en uno de los muchos acontecidos como consecuencia de desavenencias familiares, que son los más duros y también los más escabrosos.

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Impunidad para el asesinato de una madre y su hija en Beizama (Guipúzcoa)

Noticia del doble crimen en «La Voz de Guipúzcoa»

Fue un suceso que acaparó la atención de los vascos durante mucho tiempo en el que se vieron constantemente bombardeados por las noticias relativas al doble crimen de Beizama, en pleno centro de la provincia de Guipúzcoa, cuyo autor pudo salirse con la suya al no ser descubierto jamás. Reunía todos los ingredientes de cualquier buen film de suspense y fueron muchos los investigados, pero no hubo ningún condenado debido a que siempre hubo coartadas suficientemente sólidas cuando en los interrogatorios intentaban acorralar a los sospechosos.

A las once de la mañana del domingo, 26 de noviembre de 1926, Jacinta Odriozola, una mujer que se encuentra trabajando en un bar de la localidad de Tolosa, se dirige al caserío de Corasagasti a visitar a su madre y su hermana. Se sorprende al contemplar la puerta de la casa entreabierta. Desde el acceso ya puede divisar el cadáver de su hermana Maria Juana Odriozola sobre el descansillo de una escalera, en medio de un gran charco de sangre. Sorprendida y exhausta, comienza a gritar por su madre, quien no respuesta a sus desesperadas llamadas, por lo que trata de dirigirse a uno de los caseríos más próximos al de su familia, que dista casi media hora de camino.

En el trayecto le espera otra sorpresa macabra, que no es otra que el cadáver de su madre, Bibiana Ocáriz, quien, al igual que su hija, presenta evidentes aspectos de que ha fallecido de forma violenta, pues también se encuentra en otro gran charco de sangre, con heridas y hematomas que han sido provocados por el autor o autores de su asesinato. Desolada y aterrada, Jacinta Odriozola se encamina hacia el caserío de Chapartegui, dónde da cuenta de lo sucedido en su casa familiar a sus residentes, quienes inmediatamente se dirigen hacia el puesto de miqueletes (antigua policía foral vasca) y estos, a su vez, ponen en conocimiento de sus superiores lo ocurrido en Corasategui.

Descripción minuciosa

El diario «La Voz de Guipúzcoa» hace una descripción muy minuciosa de los hechos y del lugar de autos. Apunta en su relato que el paraje en el que ha ocurrido es «solitario y tristón», rodeado de una extensa área forestal. Prosigue relatando puntualmente del lugar de los hechos señalando que»junto a la puerta había un charquito de sangre» al que posteriormente seguía un hilo de sangre que se extendía a lo largo de las escaleras hasta donde se encontraba el cuerpo sin vida de Maria Juana Odriozola, quien habría recibido una herida inciso-contusa con un arma punzante, según describía la autopsia, suficiente para terminar con su vida. Su cuerpo se hallaba en el descansillo de la escalera, encontrándose descalza. El hilo de sangre proseguía hasta llegar al piso superior.

El cuerpo de la otra víctima mortal se hallaba a unos 250 metros de la casa en la que residían y las hipótesis apuntaban a que Bibiana Ocáriz habría muerto después de intentar de escapar de las garras del asesino de su hija, cuyo cadáver habría besado previamente. Al parecer, según esta tesis, el principal objetivo del doble crimen habría sido la muchacha que convivía con su madre, en tanto que el asesino liquidó a esta última para evitar que le delatase. Bibiana presentaba un golpe en la cabeza, que se habría hecho al caer, así como dos heridas inciso-contusas en la espalda, que habrían sido las que terminaron con su vida. Después el asesino habría huido en una dirección indefinida, pues nadie vio nada en la noche de aquel día del mes de noviembre de 1926.

Se sabe que hacía algún tiempo, un individuo habría intentado arrollar a una de las hermanas, quienes le propinaron posteriormente una soberana paliza. Asimismo, hacía algún tiempo que las relaciones en la familia habían sufrido alguna tensión, debido a que la hermana que convivía con su madre se había hecho novia de un pastor, circunstancia esta que no había sido tomada de muy buen grado por Jacinta, quien se habría marchado a servir a Tolosa con la finalidad de limar asperezas en el seno familiar.

La mayor de las mujeres asesinadas, Bibiana Ocáriz se encontraba viuda en el momento de producirse el doble crimen, ya que su marido había muerto hacía bastantes años dejando huérfanas a Jacinta y María Juana. El resto de los hijos del matrimonio habían emigrado a Argentina. Otros dos, habían abandonado la localidad natal, pero se desconocía su paradero, aunque no se suponía que estuviesen muy lejos.

Numerosos detenidos

A raíz del doble crimen, que conmocionó de sobremanera a la sociedad vasca de la época, se sucedieron las detenciones e interrogatorios de los presuntos sospechosos de estar involucrados en el asesinato de las dos mujeres. Sería interrogada y detenida Jacinta Odriozola, la persona que más estaba sufriendo por los hechos. Tampoco se salvaría de la detención su novio, Ignacio Aramburu, ni tampoco el novio de la otra hermana, Francisco Aramburu.

También hubieron de presentar declaración por el sangriento suceso algunos guardas forestales y labradores de la zona, que supuestamente se habrían hospedado en el caserío de Corasagasti, dada la hospitalidad de la que se había hecho acreedora la familia que lo regentaba, pues acostumbraban a convidar con pan, queso y vino a casi todos los huéspedes que les solicitaban posada, siendo descritas las víctimas como personas «entrañables y de gran corazón» por la prensa.

Entre quienes fueron detenidos destaca un joven de la localidad de Goizueta, en Navarra, quien tenía las suficientes coartadas para salir airoso del trance. Sin embargo, a quien nunca se logró identificar es a un sujeto definido como «el hombre de la blusa», de quien existían muy pocos detalles, quien habría estado hablando en Tolosa con Jacinta Odriozola, la hermana e hija de las mujeres brutalmente asesinadas. Esas carencias propiciaron que ni siquiera llegara a ser identificado, convirtiéndose en una especie de espectro que ni siquiera llegó a ser interrogado.

Los ingredientes de alevosía, nocturnidad, desprecio de sexo y descampado convirtieron a este trágico episodio en una de las tramas más enigmáticas que tal vez ni siquiera hubiese imaginado el mismísimo Alfred Hitchcock para muchos de sus espléndidos filmes. El misterio ha acompañado a este truculento episodio a lo largo de casi un siglo, sin que nadie jamás hubiese purgado la culpa del asesinato de dos pobres mujeres que llevaron una muerte tétrica y terrible.

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