Historia de la Crónica Negra

Asesina a tres familiares en Calcena (Zaragoza) porque le «habían echado el mal de ojo»

Calcena fue escenario de un triple crimen en agosto del año 1913

Es sin duda un suceso de lo que comúnmente se ha denominado España profunda, término que somos muy reacios a emplear, pero que en este caso pretende dar una imagen de lo acaecido en otro tiempo ya un tanto remoto porque se remonta al año 1913. Ocurrió en una pequeña localidad de la provincia de Zaragoza, concretamente en la localidad de Calcena, enclavada en el paraje del Parque natural del Moncayo, en una época en la que estos territorios estaban literalmente olvidados de la mano de Dios y los hombres se encomendaban a viejas supercherías y creencias que provocaron bastantes tragedias en la España de la época motivados por la ignorancia.

Un agricultor todavía muy joven, Felipe Pasamar Gregorio se había enfrentado a diversas adversidades en su vida. La última fue la muerte de una criatura recién nacida. Este hecho le hizo sospechar que detrás de sus desgracias había algún hechizo maligno. Para confirmarlo se dirigió a la consulta de una famosa adivina conocida como la «Sibila de Alpartir», distante más de 60 kilómetros de donde residía en compañía con su familia. La conocida pitonisa no hizo otro cosa que confirmar sus macabras presunciones, señalando con nombres y apellidos a quienes supuestamene le habrían «echado el mal de ojo». Estos no eran otros que su padre, su madrastra y una hermanastra suya, con quienes mantenía unas pésimas relaciones.

Al atardecer del día 9 de agosto de 1913 Felipe Pasamar, instigado por su esposa, Felisa Villa, decidió que debía terminar con todos los males que le aquejaban por la vía más rápida y desgraciadamente la más trágica. Para ello se proveyó de una pistola y un hacha con la que daría muerte a sus tres víctimas.

En una era

Como suele suceder en estos casos, aunque las distintas fuentes consultadas difieren acerca de cómo se produjo el triple crimen, lo cierto es que Felipe no se lo pensó dos veces. Su padre, Vicente Pasamar Pérez, venía de hacer las labores propias de esa época del año, la siega. Según cuenta el diario ABC entre progenitor e hijo hubo una acalorada discusión, previa al primer envite con él, a quien le asestó una certera puñalada que terminaría con su vida prácticamente en el acto.

Junto a la primera víctima mortal, se hallaba su segunda esposa, Francisca Arroyo Lasheras, hacia quien Felipe sentía una profunda animadversión. Tanta, que ni siquiera le dio tiempo a defenderse de su verdugo, pues con la pistola le efectuó un disparo en el pecho que la dejó exangüe. No contento con tamaña matanza, decidió también dar muerte a la hija de esta Juana Lapuente, por quien tampoco sentía una gran simpatía, con el mismo arma que había empleado para asesinar a su progenitora.

Unos agricultores que se encontraban en las inmediaciones de donde se produjo el sangriento suceso intentaron intervenir para evitar aquella tragedia, pero el furor del criminal les impidió hacer nada. Los amenazaría reiteradamente con el arma de fuego que llevaba, además de advertirles que se trataba de una cuestión personal y familiar.

Felipe Pasamar sería detenido a las pocas horas del triple crimen que había consternado a la pequeña localidad de Calcena, que contaba entonces con poco más de 800 habitantes frente a los menos del centenar con los que cuenta en la actualidad. Los vecinos pretendían lincharlos al enterarse de los crímenes y hubo de intervenir la Guardia Civil para protegerlo de una turba que se encontraba soliviantada y exaltada por aquellas tres muertes. Aún así, pudo ser trasladado hasta la localidad de Borja, cabecera del partido judicial de la comarca y en la que se encontraba la cárcel.

Además de Felipe Pasamar, también se procedería a la detención de su esposa, Felisa Villa, en calidad de inductora del triple asesinato. Asimismo, también hubo de testificar la adivina que había puesto nombre y apellidos a los presuntos autores del conjuro, que supuestamente habrían llevado la mala suerte a la casa de aquel hombre que terminaría con sus vidas.

Juicio y ejecución

En los primeros días de junio de 1914, mientras en Europa se afilaban las armas para una Gran Guerra, en la Audiencia Provincial de Zaragoza se celebra un juicio que levantaría una gran expectación en todo Aragón. En el transcurso del mismo Felipe Pasamar explicó detalladamente las supuestas causas que le habrían llevado a perpetrar una barbaridad que había aterrorizado a la provincia maña. Aseguró creer en viejas supercherías y brujerías, además de manifestar su firme creencia en que sus tres víctimas estaban detrás de las desgracias que le habían acontecido.

Su mentalidad no fue tenida en cuenta por el Tribunal ni tampoco por el Ministerio Fiscal, que no dudó en sentenciarlo a la pena de muerte, además de otras dos penas accesorias que no llegaría a cumplir que eran de 17 años de prisión por dos homicidios. Acusado de un parricidio y dos homicidios, se iniciaba ahora el habitual recorrido con el objetivo de obtener la gracia del indulto, en un tiempo en el que se comenzaba a cuestionar la eficacia de la pena capital, pues a pesar de encontrarse en vigor, seguían ocurriendo sucesos que nadie deseaba que pasasen.

Distintas personalidades de Aragón de aquella época suplicaron por la vida de aquel hombre, que tal vez no estuviese en sus cabales a lo que se añadía una arcaica y pobre mentalidad dominada por vetustas creencias que le llevaron a perpetrar un suceso que todavía se recuerda en nuestros días. Se llegaron a manifestar 8.000 personas en Zaragoza solicitando el indulto para Felipe Pasamar, pero desgraciadamente nunca se vería beneficiado por esa gracia.

Asistido en sus últimas horas, en las que todavía se creía que podía ser indultado, por los Hermanos de la Sangre de Cristo y por el entonces arzobispo de Zaragoza, Juan Soldevilla, quien sería asesinado por elementos anarquistas el 4 de junio de 1923, aquel pobre individuo se subió al cadalso a primeras horas de la mañana del día 21 de agosto de 1915 y el verdugo hizo su trabajo una vez más aplastando el bulbo raquídeo de Felipe Pasamar Gregorio, a quien definitivamente la suerte no le había sonreído en la vida y esto último no es una superstición ni mucho menos.

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