Historia de la Crónica Negra

Asesina a tres pastores en Aldea del Fresno (Madrid)

El triple crimen en las páginas del diario madrileño AHORA

En la década de los años treinta del pasado siglo España, al igual que el resto de Europa, se hallaba sumida en grandes sobresaltos que parecían impedir el normal desarrollo de un país, todavía atávico, que se hallaba sumido en una gran pobreza y que con la proclamación de la Segunda República apenas había prosperado lo que muchos deseasen. Aquellas promesas del 14 de abril de 1931 muy pronto se quedaron en aguas de borrajas y la desilusión se fue apoderando de una población que terminaría sucumbiendo a una trágica Guerra Civil que desangraría al país durante tres trágicos años.

En medio de aquel clima de exaltación general también se producían sucesos sangrientos que estaban al margen de la lucha política, aunque, por razones obvias, no alcanzaban la dimensión mediática de los políticos. Uno de esos episodios dramáticos en lo que se podría denominar, principalmente por la época, España profunda -expresión escrita con todas las reservas- tuvo lugar al suroeste de la entonces provincia de Madrid, concretamente en uno de sus entornos rurales, situado en la localidad de Aldea del Fresno, cuando fueron brutalmente asesinados tres pastores por uno de sus compañeros en la medianoche del día 2 de febrero de 1935.

Son varias las versiones que se han contado de este truculento suceso. Algunas apuntaban a que el triple autor de los tres asesinatos Pedro Bautista García, de 24 años, se habría enfrentado a su patrón cuando se encontraba haciendo planes para las fiestas de San Blas, motivo este por el que el mayoral de la finca de Navajuncosa, propiedad de José González Mesa, donde tuvo lugar el sangriento episodio, les habría recriminado a los jóvenes que se preocupasen más por la diversión y los festejos que por su propio trabajo, ya que en aquel entonces se estaba sufriendo una gran crisis.

Independientemente de las causas que motivaron la discusión entre los cuatro involucrados, lo cierto es que en aquel lugar se declaró un incendio pasada ya la medianoche en el chozo en el que dormían el mayoral, el autor confeso del crimen y dos zagales, uno de ellos de tan solo 14 años de edad. Ni el guarda de la finca ni tampoco otros dos pastores que ocupaban una barraca, sita a 200 metros de donde se produjo el fuego, fueron capaces de sofocar el incendio que en muy poco tiempo devoró aquel humilde chozo y con ello las vidas del mayoral Ambrosio Cubero, de 37 años de edad, y los zagales Juan Escobar Abad, de 18 años y Victoriano Cubero Gil, de 14.

Versión no convincente

Nadie, casi desde el primer instante, se creyó la versión que facilitó a la Guardia Civil Pedro Bautista, que tenía las manos chamuscadas por el fuego, quien manifestaría que la noche de autos escuchó unos gritos lastimeros, al tiempo que oía unas voces de unas personas desconocidas, a quienes atribuía un robo. Posteriormente, una de esas personas que se adentraron en el chozo que ocupaban le habría puesto a unos juncos, originándose el incendio que acabó con la vida del mayoral y los dos zagales. Nadie se explicaba como aquel joven de 24 años había podido salvar su vida, cuando el fuego había arrasado por completo aquel cubículo.

Inmeditamente su versión se vendría abajo por su propio peso y terminaría derrumbado apabullado por unas contundentes pruebas que distaban mucho de lo que había manifestado el autor del triple crimen de Aldea del Fresno. La más importante de todas era que el mayoral muerto Ambrosio Cubero presentaba una mancha de sangre en la corbata que llevaba puesta a la altura de la nuca, además de detectar los forenses un fuerte golpe que muy probablemente hubiese terminado con su vida. A todo ello se sumaba la circunstancia de que alguien que estuviese en el interior del chozo no hubiese podido salir vivo del mismo sino supiese previamente la causa del incendio.

Arrollado por las contundentes pruebas en su contra, tres días después del triple crimen, terminaría confesando su autoría, así como el supuesto móvil del mismo. Según el mismo Pedro Bautista en la noche de autos se encaró con su superior, Ambrosio Cubero, como consecuencia de su deseo de asistir a las fiestas de San Blas, circunstancia esta que le fue recriminada por el mayoral. Posteriormente, el criminal le arrearía un golpe con una banqueta en la cabeza al pastor. Al observar que la discusión adquiría tintes dramáticos, intervino el jovencísimo Victoriano Cubero, sobrino del mayoral en defensa de su tío.

El zagal tomó un mazo con el que golpeó a Bautista, pero el joven Victoriano, de menor envergadura, cayó al suelo. Fue entonces cuando Ambrosio, repuesto del golpe, tomó un hacha. Su atacante tomó otra, con la que derribaría a su oponente de un golpe sobre un camastro, en el que lo remataría de otros dos golpes más. La tercera víctima, Juan, que había permanecido ajena hasta entonces, le dio un golpe a un farol de aceite que era el instrumento empleado para alumbrar el lugar. A consecuencia de ello, este aparato cayó sobre unos juncos, provocando un incendio. Aprovechando la confusión del momento, Pedro Bautista, le propinó un golpe a su última víctima y salió corriendo por un costado del chozo en vez de hacerlo por la puerta, debido a que las llamas se habían extendido con gran rapidez. Saldría despavorido y pidiendo auxilio. A sus gritos acudieron los pastores que se encontraban en una barraca próxima así como el propietario de la hacienda de Navajuncosa, José González Mesa.

46 años de cárcel

A mediados de abril del año 1936 se celebró el juicio contra el autor del triple crimen de Aldea del Fresno, quien en ese momento tenía la garantía de que no sería condenado a muerte, debido a que se había suprimido en el periodo republicano la pena capital en España. Pedro Bautista García sería condenado por dos delitos de homicidio y uno por asesinato. Por los primeros fue sentenciado a la pena de 21 años y dos meses de prisión, en tanto que por la muerte del mayoral debía cumplir un total de 25 años de cárcel. Hay que decir que la nueva legislación impedía que nadie estuviese en la cárcel por un periodo superior a 30 años, cifra por la que se medían los diferentes cómputos, entre ellos una redención o posible indulto.

La responsabilidad civil de la época establecía que debía indemnizar con 50.000 pesetas a los familiares de sus víctimas, al tiempo que se le aplicaba un periodo de destierro, fijado en dos años desde el cumplimiento de la pena. A partir de ahí, debido al inmediato inicio de la Guerra Civil -apenas tres meses después del fallo- se le pierde la vista a un hombre que perpetró, sino el peor, sí uno de los peores episodios sangrientos no políticos en la convulsa España de la Segunda República

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