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Ajusticiado en el garrote vil por descuartizar y quemar los cadáveres de sus tres víctimas en Palma de Mallorca - Historia de la Crónica Negra

Ajusticiado en el garrote vil por descuartizar y quemar los cadáveres de sus tres víctimas en Palma de Mallorca

Plaza de la Caballería en Mallorca, donde Pedri Tudurí dio muerte a sus víctimas

Los oscuros tiempos de la Posguerra española depararon no menos oscuros y truculentos episodios sangrientos que han quedado marcados en la historia de muchos españoles de aquel tiempo lastrado por la miseria y unas necesidades que parecían no tener fin. A pesar de la férrea represión a la que se sometía a la sociedad de la época, los sucesos sangrientos tampoco eran ajenos a aquel mundo que parecía haber condenado a la mayor parte de los españoles a un infierno difícilmente descriptible en los tiempos que corren. Se decía que era un país seguro y que quien la hacía la pagaba, aunque no siempre ocurría así. No dejaba de ser un mensaje interesado con el que atemorizar a una población plagada de necesidades en la que el hambre había hecho ya muchos estragos.

Por aquel entonces, concretamente en el año 1945, se producía la misteriosa desaparición de un matrimonio de mediana edad que regentaba el hostal «Peninsular» en la calle del Ermitaño en Palma de Mallorca. El propietario del inmueble en el que la pareja disponía su establecimiento había hecho correr la voz que Marcial Jiménez Muñoz y Valentina Armijo Castillo, los desaparecidos, había regresado de urgencia a Barcelona, su ciudad natal, y que tenían pensado establecerse allí. Sin embargo, había algunos vecinos que no daban crédito a esa teoría, pues disponían de un negocio que funcionaba plenamente, además de tener pensado hacerse con la casa en la que estaba instalado, pues ya habían abonado una importante cantidad de dinero a su propietario, Pedro Tudurí Vidal, un hombre de unos 50 años, cuyo comportamiento no hacía sospechar a nadie, en un principio, de que estuviese relacionado con la misteriosa desaparición de los propietarios del negocio hostelero que se ubicaba en un edificio de su propiedad.

Aquella extraña ausencia, sin que ofreciesen ninguna señal de vida, llegaría a oídos del comisario jefe de la capital insular de las Baleares, quien decidió poner en marcha una investigación, que se centraba en principalmente en Pedro Tudurí. La operación era de tal envergadura que en ella participaría también la Guardia Civil de forma coordinada con la antigua Policía Armada. Una vez hechas ciertas comprobaciones que no casaban con la realidad, el día 25 de marzo de 1947, se procedió a la detención de aquel hombre, Pedro Tudurí Vidal, que guardaba otros enigmas que no fueron descifrados en un principio, aunque era el principal sospechoso de la misteriosa desaparición de un matrimonio que se ganaba la vida con una pequeña pensión emplazada en un edificio de su propiedad.

Confesión de los crímenes

Acorralado por las circunstancias y después del comúnmente conocido como «hábil interrogatorio», aquel individuo de aspecto reservado y de complejas actitudes, terminaría por derrumbarse y acabaría confesando que él había sido el autor de la muerte de la pareja formada por Marcial Jiménez y Valentina Armijo. Pero además, de este doble crimen, Pedro Tudurí terminaría por confesar un tercero que había perpetrado el mismo año, 1945, y del que nadie, salvo él, tenía conocimiento, que era el asesinato de Bernardo Ramis Bisellach, de 60 años de edad, quien había sido su primera víctima mortal, aunque su desaparición no había sido denunciada debido a que viví solo. Los investigadores se encontraban ante a un psicópata en toda regla que pasaba por ser una persona corriente y tranquila, aunque de aspecto un tanto enigmático, frío y calculador, que no dudaba en emplear su barra de hierro contra la testa de quienes consideraba sus enemigos, sin el menor ápice de remordimiento.

Pedro Tudurí, que regentaba una tintorería, haría un frío relato de los crímenes que había perpetrado en muy poco tiempo, no dejando de ser estremecedor y hasta truculento. El primer asesinato, cuya víctima fue Bernardo Ramis, se produjo en su propio negocio. Al parecer, mantuvo una fuerte discusión con quien se iba a convertir en el primer muerto de su trayectoria criminal. En un momento dado pasó a la acción propinándole un fuerte golpe con una barra de hierro en la cabeza que lo dejaría seco prácticamente en el acto. Posteriormente escondería el cadáver en una estancia del local, ya que lo cometió en la mañana de un sábado. Al día siguiente, domingo, se deshizo de su cuerpo introduciéndolo en la caldera de la tintorería, aunque previamente tuvo que descuartizar el cadáver seccionándole los brazos. Esta labor, según sus propias palabras fue muy trabajosa, pues debió avivar al máximo el fuego para que sus restos se fuesen consumiendo e incinerando al calor de la combustión.

Al igual que había hecho con su primera víctima, emplearía el mismo método con el matrimonio que regentaba un hostal en un inmueble de su propiedad. Al parecer, el día de autos Marcial Jiménez había ido a hablar con Pedro Tudurí para tratar la compra de la casa en que estaba instalado su negocio. Al igual que había acontecido con Bernardo Ramis, se inició una ardua discusión entre ambos, muy probablemente a consecuencia del precio estipulado. Sin pensárselo dos veces, el asesinó descargó toda su fuerza con la barra de hierro sobre la cabeza de su inquilino, a quien dejaría exangüe en el acto. Consciente de que la esposa de este último podría delatarle, la fue a buscar a la pensión con la excusa de que su marido quería verla para ultimar la compra de la casa. La mujer, sin sospechar jamás de las malas intenciones de aquel hombre, se dirigió hasta la tintorería en la que ya yacía el cuerpo sin vida de su marido. Al igual que había hecho con este último, el asesino le propinaría un fuerte golpe en la testa, dejándola sin vida Una vez cometido el doble crimen, ocultaría los cuerpos hasta la madrugada. Después realizaría la misma operación que había hecho con su primera víctima. Con la caldera a toda presión, previo descuartizamiento, se desharía de ambos cadáveres. A partir de ese instante, divulgaría el bulo de su marcha a la península, aunque nadie tenía noticias del matrimonio desaparecido.

Condena y posterior ajusticiamiento

Aunque en Palma de Mallorca todo el mundo tenía noticia del suceso, al tiempo que había provocado una gran sorpresa, indignación y estupefacción, la censura se encargaría de que trascendiese la mínima información posible sobre los crímenes perpetrados por Pedro Tudurí. En octubre de 1948 se iniciaba un juicio que mantenía en vilo a los mallorquines de aquel tiempo, a pesar del tupido velo que se había intentado correr en torno a los sangrientos sucesos que habían tenido como escenario el territorio insular. El criminal, que expresaría su arrepentimiento y dolor por los asesinatos que había perpetrado, sería condenado a un total de 31 años de prisión por la muerte de los dos hombres, que la sentencia calificaba de homicidios. No obstante, se calificaba de asesinato la muerte de la mujer, por lo que era sentenciado a la pena de muerte, por lo que debería rendir cuentas en el siempre temible e infausto garrote vil, el tétrico y truculento aparato que representa la vileza de la España negra.

Como era habitual cada vez que el reo era sentenciado a la máxima pena,esta llevaba aparejada consigo de oficio el recurso ante el Tribunal Supremo, quien, una vez más, se mostraría inflexible a la petición de clemencia del infortunado condenado. Solamente quedaba un último cartucho, que era la clemencia del Jefe del Estado. Sin embargo, tanto este como su Consejo de Ministros reiteraban su negativa a la gracia del indulto, por lo que Pedro Tudurí debía subir al cadalso. Durante este tiempo en el que su vida pendía de un hilo es cuando da muestras de arrepentimiento, hasta el extremo que en la procesión de la Semana Santa de 1950, el convicto criminal balear fue observado por la multitud arrastrando unas pesadas cadenas como penitente en el transcurso de la celebración religiosa, mientras dos parejas de guardias civiles observaban de cerca sus movimientos. A pesar de todo, nadie creyó en la sinceridad de sus actos y terminaría por convertirse en una víctima más de los clásicos verdugos españoles.

Pedro Tudurí vive sus últimos momentos en la madrugada del día 19 de febrero de 1951 en compañía del capellán de la cárcel de Palma de Mallorca, quien trata de reconfortarle y apoyarle en sus últimas diez horas de vida, aguardando aún por un posible indulto que no llegaría jamás. Con el exclusivo apoyo del religioso y con la presencia de los testigos de turno, entre ellos un médico que certificaría su deceso, el verdugo Florencio Fuentes Estébanez daría muerte a Pedro Tudurí Vidal, convirtiéndose así en el último ejecutado en la historia en las Islas Baleares, en tanto que el sayón que le quitó la vida, además de abandonar el cuerpo de los llamados «ejecutores de sentencias», terminaría suicidándose en el año 1970, presa de los remordimientos y del desprecio general del que había sido objeto a lo largo de su trágica y lúgubre carrera.

Según algunos estudiosos de la materia, este suceso inspiraría la célebre obra cinematográfica «El Verdugo», de Luis García Berlanga, en la que un hombre asqueado por la sociedad termina siendo víctima de sus propias miserias, lo mismo que le había ocurrido a Fuentes Estébanez, quien aún no se había suicidado, pero ya se había convertido en una persona marginal, al igual que la práctica totalidad de sus dramáticos clientes, de un estrato social muy similar al suyo, cuando no de una clase más privilegiada, tal como fue el caso de José María Ruiz Jarabo.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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