Cuatro religiosas españolas asesinadas y descuartizadas en el Congo

Primera página del diario EL PROGRESO de Lugo dando cuenta de la trágica noticia

La íntegra dedicación a los más desfavorecidos puede causar resultados funestos en algunas ocasiones, sin lograr siquiera la gratificación moral por un trabajo desinteresado al que se consagran en cuerpo y alma, sin importar siquiera el terrible peligro que se pueda correr. Se cuentan por decenas los casos en los que los religiosos se llevaron la peor parte por motivos a los que eran totalmente ajenos y que desconocían, pues su único cometido era el de ayudar a los más deprimidos, no solo de la sociedad, sino en este caso del propio planeta. Lo cual ya dice mucho de quien renuncia a las comodidades que le hubiera podido ofrecer una existencia tranquila y aburguesada en un próspero país occidental.

En los años sesenta la actual República del Congo sufría uno de los muchos conflictos que han abatido a este país a lo largo de su corta historia. En aquel entonces, en 1964, se habían levantado un grupo de inspiración maoísta conocido como los simbas, que darían lugar a la Revolución Simba, que pretendían mostrar su descontento por los supuestos abusos que el Gobierno central congoleño había infringido a una parte del país. La revuelta se caracterizaría por su extrema brutalidad y crudeza, cuyos testimonios son recogidos por distintos diarios españoles de la época. No había posturas intermedias. O se estaba con lo simbas o contra ellos. Acusaban prácticamente a todos sus adversarios de estar al lado del presidente Tsombe y de los americanos, independientemente de la ocupación que desarrollasen en aquel país del corazón de África.

A los religiosos que se dedicaban estrictamente humanitarias se les acusaba de «hacer política» con su sola presencia en el estado africano que recientemente -por aquel entonces- había alcanzado la independencia. Se habían convertido en un objetivo militar, al igual que los dirigentes del país, a pesar de que su labor tan solo fuese de carácter humanitario y condicionada únicamente por su fe religiosa y el hecho de entender una determinada doctrina en pro de los más desfavorecidos. Los simbas obtuvieron cierto un éxito inicial en su ofensiva, llegando a controlar el área más oriental del país. Inmediatamente tomaron la ciudad de Stanleyville, actual Kasangi, que era en la que se encontraba un nutrido grupo de religiosos españoles cumpliendo diversas misiones, principalmente en hospitales y centros asistenciales, con la única finalidad de colaborar en la mínima mejora de la vida de aquel país, devastado por plagas de miseria, pobreza y hambrunas.

Encarceladas

Aunque las religiosas españolas sabían que estaban vigiladas por los insurgentes, no cejarían en su empeño de seguir con su tarea humanitaria. Sin embargo, cuando hicieron su aparición los simbas en la ciudad de Stanleyville comenzaron una serie de matanzas indiscriminadas contra quienes ellos mismos declaraban sus enemigos. A mediados de noviembre de 1964 las Hermanas Dominicas del Santo Rosario fueron detenidas y trasladadas hasta un barracón, que hacía las veces de prisión junto con otros religiosos, entre ellos también hombres entre los cuáles se encontraba el Padre Schuster, un religioso luxemburgués que sobreviviría a la horrible matanza que tendría lugar días después. En el lugar en el que se encontraban todos hacinados, tanto hombres como mujeres sufrirían los abusos y las vejaciones de sus captores, quienes no dudaron en ningún momento de acusarlos de ser partidarios del entonces primer ministro de la República Democrática del Congo, Moisé Tsombe, así como de los americanos que apoyaban a este último, a pesar de que las misioneras allí desplazadas incluso desconocían a que motivos podía obedecer aquella revuelta en pleno centro del continente africano.

Posteriormente serían trasladadas a una iglesia de la localidad congoleña de Kamina, donde fueron ametralladas por los insurgentes. Según el estremecedor relato del Padre Schuster cuando una de las monjas Justa Álvarez, de 50 años, originaria de Navarra que era la Superiora de la Congregación en estado semiagónica y prácticamente moribunda debido al impacto de la metralla, se sacó su anillo y también el de su compañera Irene Pilar Eslava, de 30 años, quien yacía muerta a su lado, y que era oriunda de la localidad navarra de Zuazu, para entregárselo al mencionado religioso y que se lo llevase a sus respectivas familias de recuerdo. En ese momento se percató de la situación uno de los ejecutores simba, quien le advirtió que «así podrás cortar mejor», siendo en ese preciso instante cuando aquel despiadado hombre le rebanó literalmente la cabeza a la religiosa, ya que él era encargado de dar el definitivo toque de gracia a los ejecutados. El hecho estremece por la frialdad y la forma sanguinaria de actuar del propio soldado, quien al parecer era un joven rebelde que apenas superaba los veinte años de edad.

Con estas dos religiosas y en el mismo escenario también encontrarían la muerte Ángela del Prado Zurita, natural de León, cuyo nombre religioso era el de Buen Consejo, quien además era la más joven del grupo, pues solo contaba con 27 años en el momento de ser asesinada. La otra víctima mortal de este trágico episodio, en el que se estima que pudieron haber sido asesinados más de cuarenta religiosos, era la también navarra Rosalía Gorostiaga Echevarría, quien procedía del municipio de Arruazu y que tan solo contaba con 37 años cuando fue ejecutada. Los cuerpos de las cuatro serían horriblemente descuartizados y enterrados en las inmediaciones de donde habían sido ejecutadas

Sobre la suerte que corrieron las cuatro religiosas se ha escrito mucho e incluso se especuló que causas les empujaron a permanecer en aquella localidad en la que se desató un vendaval de fuego y sangre, al que absolutamente nadie era ajeno. Muchos eran los que se preguntaban como no habían salido antes en vista de que los rebeldes simbas se encontraban ya a las puertas de la capital. Se habló de la obediencia ciega a su fe religiosa y el hecho de que pudieran haberse convertido en mártires. Pero, al parecer, nada de eso es cierto. Parece ser que las misioneras arriesgaron sus vidas porque precisamente pensaron que no corrían ningún peligro y se aferraron en permanecer en el hospital al lado de los enfermos, negándose a abandonarlos. Creyeron que serían respetadas, aunque realmente les sucediese exactamente todo lo contrario. De hecho, todas ellas conocían a la perfección la misión que iban a realizar, pues habían estudiado Medicina Tropical y Enfermería, además de poseer conocimientos de cirugía y también de farmacología, que pretendían disponer al servicio de los más necesitados en un país que se encontraba entre los más deprimidos del planeta.

Miguel de la Quadra-Salcedo

Esta triste y estremecedora historia no estaría completa sino se recalca la función desempeñada por el célebre y tristemente desaparecido reportero Miguel de la Quadra-Salcedo, quien, recién llegado de una de sus misiones al Amazonas por aquel entonces, se ofreció como voluntario para trasladarse hasta el lugar de los hechos in situ, aún a riesgo de tener pleno conocimiento como se las gastaban los temibles simbas, que consideraban a todos los occidentales como enemigos declarados. Sin embargo, la misión del célebre reportero no se limitó exclusivamente a tareas informativas sino que hizo acopio de su ya clásico valor para colocar, a modo de homenaje, una cruz en cada una de las sepulturas de las religiosas asesinadas. Además, recogió también sus pertenencias y un sagrario en el que se encontraban las formas. Después de cubrirlo con una tela, lo colocó entre sus rodillas y lo subió al avión que lo trasladaba a España. El sagrario se lo entregaría después a las Hermanas del Santo Rosario en Navarra, quienes lo custodian en la capilla de su propiedad.

Como en cualquier historia, por macabra y triste que sea como es este trágico caso, tiene un punto de ternura y emoción, que en este caso la puso quien sin lugar a dudas ha sido el más grande reportero español de todos los tiempos. Por algo era, porque además de un gran profesional, era por encima de todo una persona entrañable y ejemplar.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*