Historia de la Crónica Negra

Impunidad para el asesinato de dos jóvenes prostitutas en el madrileño barrio de Entrevías

Barrio de Entrevías en Madrid

La década de los años ochenta del pasado siglo, además de la famosa «Movida madrileña», también sería trágicamente recordada por los estragos que el consumo de heroína causaba entre los más jóvenes, llegando a fallecer en 1985 medio centenar de personas a consecuencia de las drogas en la capital de España. En este suceso que ahora se rememora se unieron prácticamente todos los ingredientes morbosos que requerían una situación de estas características, al igual que del guión de una película de Eloy de la Iglesia se tratase. Non faltaba la droga, ni por supuesto los bajos fondos y la marginalidad a la que sucumben sus tristes protagonistas, que perecen en plena juventud en un doble crimen relacionado con el tráfico de estupefacientes.

En la jornada del 25 de abril de 1985 una mujer caminaba por las vías del ferrocarril que separaba los barrios madrileños de Entrevías y Vallecas, viéndose repentinamente sorprendida por la presencia de dos cuerpos tirados en sus inmediaciones. Uno de ellos correspondía a María Francisca Pajares Maroto, de 22 años de edad, conocida como «La Paca», en tanto que el otro pertenecía a Angeles Pérez Alcaide, «Nines», un año menor que su compañera. Ambas ejercían la prostitución para costearse la terrible adicción a la que se encontraban enganchadas y que tantas tragedias estaba ocasionando en la España de la época, amén de sumir a las grandes ciudades en olas permanentes de inseguridad ciudadana.

Nada recordaba en María Francisca, sumida en un gran deterioro físico, a la joven que había aspirado a conseguir el título de belleza «Miss Madrid» hacía tan solo unos años. Su cuerpo, terriblemente desgastado a consecuencia de las drogas, declinaba la situación infame en la que se había acostumbrado a vivir. A pesar de que su familia había intentado por todos los medios que se bajase del caballo, a la joven le faltó el tesón suficiente para hacerlo. Había pasado por un centro de rehabilitación de toxicómanos en Valencia, «El Patriarca», pero solamente aguantó unas semanas, tras las cuales regresó a Madrid a ejercer la prostitución en la zona de Capitán Haya. A los estragos de la heroína, había que sumarle la sarta de golpes que sufrió el día en que fue asesinada. Según la autopsia presentaba tres impactos en el cráneo propinados por algún objeto de gran contundencia, tal vez un palo o un bate de béisbol, suficientes para terminar con su infortunada existencia. A su lado alguien había colocado una jeringuilla hipodérmica, como pretendiendo dar a entender que «esto ha sido la causa de su muerte».

Otro tanto le había ocurrido a Nines, quien habría muerto en las mismas circunstancias que su compañera y muy probablemente a manos del mismo agresor o agresores y su cadáver fue hallado a metro y medio del de «La Paca». Su rostro estaba horriblemente desfigurado y su cuerpo también experimentaba los mismos efectos de los estupefacientes que la otra mujer asesinada. Su constante deterioro era más que evidente y su suerte parecía estar sellada desde el instante mismo en que se pinchó por vez primera con una de esas macabras jeringuillas que tanto abundaron en aquella década por parques y jardines de toda España.

Una testigo sorpresa

Aunque la Policía tuvo desde el primer instante a una familia de etnia gitana en el punto de mira, ya que era de sobra conocido que se dedicaba al menudeo de la droga, nunca podrían atarse cabos los suficientemente sólidos para mantener su incriminación. Casi un año después del hallazgo de los cuerpos de las dos jóvenes asesinadas, sería detenida en el barrio de Entrevías Enriqueta Arincón Silva, alias «La Mona», de 18 años de edad, acusada de haber vendido una papelina de heroína a un joven de la zona. Según todos los indicios, esta joven, también fuertemente enganchada a las drogas y que vivía en un poblado chabolista en compañía de su madre y un sobrino, declararía ante la Policía que las dos muchachas asesinadas habrían acudido a su casa a comprar heroína. Como no la tenía, les indicó la casa de la familia de etnia gitana en torno a la cual se centraban las sospechas de los investigadores, que llegarían a detener a cinco de sus miembros, de los cuales tres serían puestos en libertad a los pocos días.

Cuando parecía que había indicios que apuntaban a una pronta resolución del caso, en mayo de 1986 fallecía la única testigo que podía aportar pruebas en el hospital Gregorio Marañón de la capital de España como consecuencia de su adicción a las drogas, ya que estaba considerada una «toxicómana intensa», un concepto clínico utilizado para medir el grado de deterioro al que se encontraba sometido su organismo, cada vez más debilitado, aunque otras fuentes apuntaban a que «alguien había decidido cerrarle la boca para siempre» aludiendo con ello a la hipotética posibilidad de que la muchacha, que no sabía leer ni escribir y tuvo que firmar su declaración ante la Policía con el dedo pulgar, podría haber sido víctima de una sobredosis en la que hubiesen intervenido terceras personas.

Con el deceso de la única persona que podía aportar algo de luz en torno a un suceso misterioso y oscuro, el caso entraría en un punto muerto, a pesar de que la Policía no dejó de tener en el punto de mira a la familia de etnia gitana de la desconfiaba. Es más, según sus indagaciones, la muerte de ambas jóvenes no se produjo en el lugar en el que habían sido encontrados sus respectivos cadáveres, sino que con toda probabilidad tuvo lugar en otro sitio y alguien, nunca se ha podido determinar quien, trasladó sus cuerpos hasta el paraje en el que fueron encontrados.

Este desgraciado episodio, al igual que muchos otros, sería archivado al carecer de indicios suficientes, a pesar de que a finales de febrero de 1991 la familia de «La Paca» intentó, sin éxito, que se reabriese el caso para tratar de localizar a quien o quienes dieron muerte a una joven cuya vida se esfumó en el cenagoso mundo de la prostitución, los bajos fondos y las drogas.

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