La muerte de «El Jaro», un suceso que nunca se ha esclarecido

Noticia de la muerte de «El Jaro» en ABC

Fue sin lugar a dudas uno de los grandes exponentes de una generación que vivió «Deprisa, deprisa», al igual que la célebre película del director Carlos Saura basada en las correrías de aquellos muchachos desarraigados que pululaban por la periferia madrileña a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta. José Joaquín Sánchez Frutos, alias «El Jaro» respondía como pocos al estereotipo del joven delincuente de la época, consecuencia de una familia desestructurada y abandonada por sus cabezas de familia cuando en España comenzaba a aparecer un término de nuevo cuño, «inseguridad ciudadana», nacido a raíz del ya extendido comercio de estupefacientes a pequeña escala que se practicaba principalmente en las grandes ciudades, aunque no tardaría en llegar al resto del país.

Su familia también obedecía al perfil en el que se criaron aquellos muchachos a los que la vida no solo no les sonreía, sino que les jugaba verdaderas malas pasadas. Sus progenitores habían llegado a la capital de España procedentes de la localidad toledana de Villatobas, un municipio básicamente rural y agrícola duramente castigado por lo que se llamó el «Éxodo rural», un fenómeno que afectó en gran medida a pueblos y villas españolas en las que sus habitantes las abandonaban para también así renunciar al tradicional empleo que a lo largo de muchas generaciones habían tenido sus respectivos clanes familiares, que no era otro que el de agricultor. La madre de «El Jaro» había sufrido ya en sus propia carnes la marginación en su tierra natal a causa de algunos problemas con la Justicia, que la llevarían a pisar las celdas de la cárcel. Quizás huyendo de esa difícil presión a la que los núcleos pequeños someten a sus habitantes, se trasladaron a Madrid, dónde vivirían en la calle Ofelia Nieto, en el madrileño barrio de Tetuán. Sin embargo, aquella familia de extensa prole -cinco hijos- muy pronto sucumbiría a la marginalidad de la que habían sido presa en su lugar de origen. El padre, alcohólico al igual que la madre, se marchó de nuevo al pueblo y en la gran urbe quedó una madre que sufría graves problemas mentales al frente de una familia que se dedicaría a la mendicidad para poder sobrevivir.

Contaba una de las hermanas del célebre delincuente a la prensa de la época que su madre los llevaba desnudos por la calle, ya que cuando sufría algún ataque derivado de la patología mental que la aquejaba, les tiraba las ropas a los hijos a un pozo. Con el dinero que recaudaban, la mujer hacía un puchero de patatas para ella sola, mientras sus hijos miraban, que regaba con un par de litros de vino. Sin duda, los muchachos eran ya carne de cañón.

Pandillas

Muy pronto aquellos chavales, especialmente un adolescente rubito con rostro angelical y cara propia de cualquier anuncio de televisión, comenzaría a introducirse en ambientes poco deseables en los que se uniría a otros coetáneos suyos que traerían en jaque a la policía y la fuerzas del orden por sus constantes actividades delictivas para los que no escatimaban medios. Sus constantes ingresos en los duros reformatorios de la época no harían otra cosa que endurecer a estos chavales que aparecerían muy pronto reflejados en los filmes de Eloy de la Iglesia. De nada servía su paso por los centros de menores de los que se fugaban constantemente. De hecho al «Jaro» le constaban quince fugas del Sagrado Corazón de Madrid y una del Santo Ángel, situado en la localidad lucense de Rábade. En aquel entonces, decidió unir su suerte a otros adolescentes como «El Guille», «El Payaso» o «El Melones», que se harían tristemente célebres robando vehículos de alta gama y asaltando, de vez en cuando, alguna que otra entidad bancaria, así como pequeños comercios y viandantes.

Una de las rutinas de esas pandillas era adentrarse en los barrios ricos de la capital de España (Chamartín, Salamanca, Universidad) para así poder dar tirones en los bolsos a señoras de la alta sociedad de la época. También entraban en chalets de algunos millonarios, tal como rezaba la canción de Joaquín Sabina, pero en este caso de forma literal. En julio de 1978, «El Jaro» protagonizaría un suceso que a punto estuvo de costarle la vida. Junto con sus colegas de correrías, asaltaría una finca privada en una lujosa urbanización de Somosaguas haciéndose con un botín de 700.000 pesetas de la época. Alguien dio aviso del hecho a la escolta del entonces ministro para la Integración en las Comunidades Europeas, Leopoldo Calvo-Sotelo, que vivía en la zona. Uno de los agentes encargados de la seguridad del futuro presidente del Gobierno efectuó un disparo que alcanzaría en un testículo al joven delincuente, quien a pesar de la gravedad de las heridas y la pérdida del órgano genital, conseguiría sobrevivir al dramático suceso.

Lo que entonces no podría imaginar José Joaquín Sánchez Frutos era que su final estaba muy cerca. Mientras tanto, seguía robando coches de alta gama que aunque eran recuperados muy pronto por la Policía y se capturaba a sus ladrones, estos enseguida estaban en la calle debido a que eran todavía menores y sus internados en centros especializados también eran burlados con suma frecuencia, huyendo con una facilidad pasmosa, al tiempo que hacían gala de aquellas tropelías.

Muerte de «El Jaro»

Un sábado de febrero de 1979, concretamente el día 24, contra lo que se podría esperar, «El Jaro» llegaría al fin de sus correrías. Ese día se adentraron en la madrileña colonia de El Viso, una barriada de las más selectas de la capital de España, en pleno corazón del distrito de Chamartín. Armados hasta los dientes con sus clásicas navajas de gran punta y algunas de doble filo así como con algunas herramientas -entre ellas una llave inglesa-, aquellos chavales asaltaron, ya de noche, en la calle Toribio Pollán a un hombre de 52 años, que respondía al nombre de Alfonso, quien al verse sorprendido y amenazado por aquellos cinco individuos no presentó ninguna resistencia dándoles cuanto portaba encima. Este ciudadano había quedado con otro amigo suyo, cuyo nombre se sabe que era Luis, un joven empresario de tan solo 32 años, pero del que jamás se han facilitado más datos.

Al percatarse Luis de la tardanza de Alfonso, se asomó por una ventana de su casa y contempló a su amigo rodeado de un grupo de chavales, los mismos que casi todos los días protagonizaban las páginas de sucesos de la prensa de la época. Posteriormente, salió al exterior provisto de una escopeta del calibre 12, marca «Bettera» con la que, al parecer, intentó hacer desistir a los jóvenes de su actitud, pero no lo consiguió. Es más, según declararía ante la Policía, los precoces delincuentes se dirigieron hacia él en actitud que no era precisamente amistosa, siendo entonces cuando subió el arma hasta la altura de su hombro derecho y efectuó un primer disparo con intención intimidatoria. Cuatro de los cinco jóvenes escaparon del lugar de los hechos, mientras veía que un quinto caminaba a trompicones apoyado en un vehículo con dirección al Paseo de La Habana. Luis le siguió al percatarse de que estaba herido y después de caminar unos pasos se desplomó en el suelo en medio de un charco de sangre. El autor del disparo rogó a una vecina que avisase al 091 para auxiliar a «El Jaro». Inmediatamente un patrullero de la policía lo trasladaría hasta la residencia sanitaria «La Paz», en la que aquel adolescente que había traído en jaque a las fuerzas de seguridad española y había sembrado las primeras semillas de la inseguridad ciudadana en este país ingresaría ya cadáver. Su vida, al igual que la película de Carlos Saura había transcurrido demasiado deprisa, tanto que hasta la muerte le sobrevino de una forma inesperada y muy prematura, pues había cumplido dieciséis años en noviembre de 1978, hacía poco más de tres meses.

El autor del disparo que terminó con la vida de «El Jaro» prestaría declaración ante la Policía y los Juzgados de Plaza de Castilla, siendo puesto en libertad al carecer de antecedentes penales y disponer de un domicilio conocido. El caso sería «archivado provisionalmente» y prescribiría sin que nadie respondiese por la muerte de aquel peligroso y conflictivo adolescente. Su verdugo ha permanecido en el anonimato a lo largo de muchos años, corriéndose un túpido velo tanto desde las fuerzas del orden como en la selecta colonia a la que acudían aquellos chavales enganchados a la heroína y otras sustancias para hacerse con algunos botines que les facilitasen la adquisición de nuevas dosis, que tarde o temprano, al igual que le ocurrió a su colega, les llevarían a la sepultura cuando todavía tenían, en teoría, mucha vida por delante, aunque su ritmo vital fuese verdaderamente vertiginoso.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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