Se suicida tras asesinar a su esposa y su amante en plena calle en Gijón

Los hechos ocurrieron en la calle de La Paz, en el barrio gijonés de El Llano

Eran otros tiempos y quizá fuese otra la historia, aunque eso no quita que fuese un suceso de lo más abominable y execrable. Ocurrió un ya lejano 12 de febrero del año 1980. Todavía faltaba algún tiempo para que en España se aprobase la Ley del Divorcio y las relaciones extramaritales estaban muy mal vistas, debido a la vieja moralina que todavía impregnaba aquella sociedad tradicional que comenzaba a despegarse de viejos prejuicios y ancestrales tópicos. Desde hacía algún tiempo Eloína Fernandez Fernández, de 41 años de edad, había iniciado una relación sentimental con quien entonces era su patrono y jefe, Antonio Huergo Rodríguez, tres años mayor que era y propietario de «Confecciones Huergo», empresa en la que la mujer trabajaba de pantalonera, después de haber pasado algún tiempo en Bélgica.

El marido de Eloína, José Luis Pujades, que contaba ya con 54 años cuando se produjeron los hechos, era reacio a romper la relación con quien hasta entonces era su esposa, quien -al igual que él- era natural de la localidad asturiana de Mieres. No soportaba que su mujer se hubiese convertido en la amante de quien era su jefe, llegando a amenazarla en reiteradas ocasiones antes de producirse el trágico episodio que teñiría de luto la ciudad asturiana.

A pesar de todo, la relación entre Eloína y Antonio Huergo seguía adelante y llevaba claros visos de consolidarse. Sin embargo, José Luis era incapaz de admitirlo. Quería truncar la nueva vida de su esposa a toda costa, independientemente de los medios que hubiese que emplear para ello. Aquel 12 de febrero de 1980 su todavía esposa y quien era ya su amante comieron juntos, pero vigilados de cerca por el marido de la primera. Alrededor de las cuatro y media de la tarde de aquel aciago día el aún esposo de Eloina viajaba a bordo de su propio vehículo, un SEAT-127, por un acceso a la esquina de la calle San Ezequiel cuando efectuó un primer disparo contra el coche en el que viajaba su cónyuge en compañía de su jefe. A consecuencia de este primer tiro rompió un cristal trasero del Renault-12 en el que iban los dos amantes, hiriendo en un muslo a Juan José Fernández, hermano de Eloína, que iba acompañado de sus dos hijos de corta edad.

A raíz de este primer suceso y en vista de que había una persona herida, los ocupantes del R-12 sacaron un pañuelo blanco por la ventanilla, al tiempo que accionaban la bocina del coche que ocupaban en señal de petición de vía libre para poder conducir al herido a un centro sanitario, aunque nada haría de desistir a un marido furibundo que se consideraba burlado de su actitud que terminaría por provocar una gran tragedia que quedaría impresa en sangre en los anales de la ciudad que espléndidamente se asienta a orillas del Cantábrico

Huida de Antonio Huergo

Despechado y seguramente desesperado, José Luis Pujades, que trabajaba como analista de minerales en la factoría gijonesa de la antigua ENSIDESA, descendió de su utilitario para acometer a Antonio Huergo, quien al percatarse de su presencia trató de huir de las garras de quien iba a convertirse en su trágico verdugo. Pero su intento de escapar del irracional proceder de un hombre que se encontraba encolerizado terminaría por convertirse en su tumba, ya que le dispararía varias veces, una de las cuales le dio de pleno y falleció prácticamente en el acto.

Pero aquel hombre, que había perdido el norte y tal vez toda capacidad de raciocinio, no había terminado aún su dramática función, que se desarrollaría en muy breve espacio de tiempo. Una vez que hubo alcanzado su primer objetivo se dirigió al vehículo que ocupaba su esposa, en el que rompería con la culata del arma que empuñaba, una escopeta de caza «Piero Barete» del calibre 12, el parabrisas trasero del coche. Una vez que tuvo todo el espacio libre para él, efectuaría un disparo a bocajarro contra Eloína, quien fallecería prácticamente en el acto, en presencia de dos menores de edad, que eran sus sobrinos.

Desgraciadamente la cosa no terminaría con esta última secuencia. Después de haber acometido aquella trágica matanza, José Luis Pujades completaría de algún modo aquella dantesca escena descerrajándose la cabeza de un tiro con la misma carabina que había dado muerte a las otras dos víctimas. La policía nunca se explicó como un arma de aquel calibre pudo llegar a las manos del autor de aquellas horrendas muertes. Detrás de las mismas quedaban dos pequeños huérfanos que todavía se encontraban en la adolescencia.

Una vez concluida aquella masacre humana, cientos de vecinos y curiosos se arremolinaban en la calle de La Paz, en el área periférica de Gijón, una vía de curioso nombre que hace ya más de cuatro décadas, y aunque solo fuese por un muy breve lapso de tiempo, no dejó de ser un sarcasmo. Y esto no es humor negro.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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