Un hombre asesina a sus dos hijas pequeñas y después se suicida en Soto del Barco (Asturias)

Foto pixeleada de las pequeñas asesinadas

Una relación de pareja tormentosa que terminó de muy mala manera entre los cónyuges se saldaría de una forma muy trágica y terrible, en la que las víctimas serían dos inocentes pequeñas que todavía no alcanzaban a comprender lo que significaba este mundo y cuya muerte sobrecogería de una manera muy abrumadora al municipio asturiano de Soto del Barco, situado a 45 kilómetros al oeste de la capital de principado.

La tétrica y truculenta historia comenzaría cuando a las cinco de la tarde del 27 de noviembre de 2014 era hallado un cadáver debajo del puente del viaducto de la Concha de Artedo, que se correspondía con el José Ignacio Bilbao Aizupurúa, de 55 años de edad, natural de Bilbao, pero residente en el municipio de la costa astur desde hacía años. Muy cerca de dónde fue encontrado su cuerpo sin vida se hallaría también un vehículo que habitualmente conducía el suicida, un Citroën Xsara. Todas las hipótesis indicaban que el hombre se había arrojado al vacío desde una altura de 110 metros.

El hallazgo del cadáver de José Ignacio Bilbao fue comunicado a su ex-esposa, así como también a los familiares de esta última, quienes inmediatamente temieron por la suerte que pudiesen haber corrido las pequeñas, cuya demora en la entrega ya había hecho saltar las alarmas de su progenitora. Inmediatamente, la madre de las pequeñas y una pareja de la Guardia Civil se dirigieron hacia el domicilio en el que residía el parricida, en el núcleo de San Juan de las Arenas, en cuyo interior hallarían los cuerpos sin vida de las dos niñas de la pareja, Amets, de nueve años y Sara, de siete, en lo que constituía un tétrico y desolador panorama. Previamente, ya habían visto una señal que era el dramático preludio de lo que se iban a encontrar en la vivienda, pues el felpudo de la entrada se encontraba manchado de sangre.

Con una barra de hierro

El autor del doble crimen lo había perpetrado con una barra de hierro, que había escondido hábilmente en un envoltorio de papel de regalo y que sería encontrado en el interior del domicilio y que presentaba rastros de sangre. Los vecinos declararían a diferentes medios de comunicación que no oyeron ruido alguno que les resultase sospechoso aquella tarde de jueves, uno de los dos días de la semana en las que tenía derecho a estar con sus dos hijas durante un par de horas, de seis a ocho de la tarde. El otro día era el martes en el mismo espacio de tiempo. José Ignacio Bilbao, que llevaba poco tiempo viviendo en el inmueble, fue definido por el vecindario como un hombre triste, tímido y huraño, que hacía una escasa vida social y del que apenas se conocían más detalles

La autopsia se encargaría de revelar que las pequeñas sufrieron una muerte horrible. Los resultados arrojados por el examen forense determinarían que Amets falleció en primer lugar, intentando de forma inútil defenderse de la agresión que le propinó su padre, tal y como revelarían las heridas que le había inferido en sus brazos y manos. La pequeña, aunque solo tenía nueve años, era bastante alta para su edad, y aparentaba quizás alguno más.

Tras haber dado muerte a la mayor de las hermanas, haría lo mismo con Sara quien, al tener una envergadura mucho más débil que Amets, fallecería a consecuencia del único golpe que le propinó José Ignacio Bilbao, quien inmediatamente abandonaría el escenario de autos para quitarse la vida, dejando tras de sí una imborrable huella de dolor y consternación, al tiempo que de repulsa por el vil asesinato de dos pequeñas inocentes, ajenas a los enfrentamientos, resentimientos y resquemores que pudiese haber entre sus progenitores.

La Guardia Civil del concejo de Pravia proseguiría sus indagaciones, examinando contenedores y otros recipientes, con el objetivo de encontrar más indicios que pudiesen contribuir a clarificar aquel escalofriante doble parricidio e infanticidio, que consternaría profundamente al principado de Asturias.

Orden de alejamiento

Al parecer, el año anterior a cometer el horrible crimen, su ex-esposa había solicitado una orden de alejamiento al juez, que no le fue concedida, ya que, según sus conclusiones, el individuo en cuestión no había empleado jamás la fuerza ni la violencia contra su ex-mujer. Sin embargo, por lo que se deducía de la situación, la separación había resultado traumática, ya que la mujer lo había denunciado por no pasar la pensión que le correspondía a las dos niñas, si bien es cierto que él se encontraba desempleado y sus circunstancias personales eran muy inestables.

El suceso provocaría una oleada de solidaridad con la madre de las pequeñas asesinadas y de repulsa generalizada por un hecho vil y totalmente incomprensible, que pasaba a englobarse dentro de lo que hoy conocemos como violencia vicaria, pero que no deja de ser un acto de humillante cobardía que sacude los cimientos de la sociedad al dirigirse contra sus seres más inocentes, tal y como son los niños. Lo peor de todo es que no era la primera vez y, desgraciadamente, tal vez no fuese la última.

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Acerca de

Soy Antonio Cendán Fraga, periodista profesional desde hace ya tres décadas. He trabajado en las distintas parcelas de los más diversos medios de comunicación, entre ellas el mundo de los sucesos, un área que con el tiempo me ha resultado muy atractiva. De un tiempo a esta parte me estoy dedicando examinar aquellos sucesos más impactantes y que han dejado una profunda huella en nuestra historia reciente.

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