Historia de la Crónica Negra

Una mujer envenena a sus tres hijos en Las Palmas de Gran Canaria

Los hechos sucedieron en el distrito gran canario de Tafira

Se atribuye al célebre periodista de sucesos Eugenio Suárez la frase de que «las mujeres matan mejor». No sabemos lo que tiene de verdad tal aseveración, aunque lo que no es menos cierto es que algunas féminas recurren a métodos menos cruentos que los hombres para deshacerse de personas que, por una u otra razón, son un obstáculo en su existencia. En algunas ocasiones han perpetrado auténticas barbaridades y aberraciones que difícilmente pueden ser olvidadas, aunque las estadísticas reflejan a las claras que los hombres suelen matar mucho más.

Uno de los episodios más abyectos de la historia reciente de España sucedería en el distrito insular de Tafira, en Las Palmas de Gran Canaria, el día 30 de septiembre de 1984 cuando una mujer de tan solo 28 años, Pilar Hernández Melián daba muerte a sus tres hijos de muy corta edad, pues ninguno superaba los cinco años. A primeras horas de aquel domingo, esta mujer le comunicó a su marido que se encontraba muy mal y le rogó que la llevase a un centro hospitalario, a lo que este accedió. Previamente, había llamado a una de sus cuñadas, hermana de su esposo, para que se hiciese cargo de las criaturas. Para ello dejarían la puerta abierta del piso en el que residían. Pilar presentaba evidentes síntomas de intoxicación por medicamentos, pues la noche anterior había ingerido grandes dosis de analgésicos, entre ellos Nolotil, así como una caja entera de tranquilizantes y otros comprimidos que utilizaba para tratarse de una fuerte depresión que la aquejaba.

Lo que no se imaginaba su cuñada es que se iba a encontrar con un trágico y dantesco panorama en la vivienda en que residía su hermano, pues encontraría muertos a los tres pequeños, Fernando de cuatro años, José Ramón, de dos y el benjamín de la familia, Luis Eduardo, de tan solo 18 meses, quienes yacían exangües en su dormitorio. Inmediatamente se dio aviso a la Policía y se presentó también un médico, quien se encargaría de certificar que los decesos de los niños se habrían producido aproximidamente unas ocho horas antes.

Carta a su marido

Pilar Hernández, que había sido ingresada en la Clínica de Nuestra Señora del Pino, prosiguió internada en este mismo centro sanitario, aunque con la custodia de dos policías en calidad de detenida. Allí se le había practicado un lavado de estómago y no fue posible en un primer momento que efectuase una declaración coherente, pues se encontraba en un estado de apatía y catatonismo, muy propio de personas que padecen alguna dolencia de carácter mental. Aunque se estaba medicando a raíz de una depresión que sufría, nadie en su entorno podía sospechar que llegase a sufrir un episodio de estas característas. Previamente, había dejado una nota a su marido en la que le informaba de su intención de quitarse la vida, una vez hubo acabado con la de los hijos que tenían en común.

La muerte de los pequeños habría sucedido alrededor de la medianoche, una vez que se había acostado su marido. Para ello, utilizaría los psicofármacos que ella misma tomaba, ingiriéndolos en grandes dosis en los biberones de sus vástagos, aunque dos de ellos presentaban síntomas de haber sido estrangulados, según se dedujo de la autopsia que se realizaría posteriormente.

Al ser dada de alta, Pilar Hernández sería ingresada en el módulo de enfermería del Centro Penitenciario de la capital grancanaria, mientras no se iniciaba el juicido oral en su contra, que tendría lugar a finales de octubre de 1985 en la Audiencia Provincial de Las Palmas de Gran Canarias.

Absuelta

El juicio despertó la lógica expectación que de un hecho de similares características se esperaba. En sus conclusiones provisionales, el fiscal solicitaba 20 años de prisión por cada uno de los tres crímenes que había perpetrado, un total de 60 años. Su abogado defensor, amparándose en el estado de salud mental que presentaba su defendida, que había sido diagnosticada de esquizofrenia paranoide, solicitaba la absolución y su internamiento en un centro psiquiátrico.

Finalmente, triufarían los postulados de la defensa de Pilar Hernández Melián, quien resultaría absuelta, al entender la alta magistratura insular que aquella pobre mujer estaba afectada de una grave patología de carácter psíquico que le impedía comprender la maldad de sus actos. En el transcurso del juicio, volvió a mostrar sus apatía y las dificultades psíquicas que padecía. Solamente se limitaría a reconocer que había sido la autora de los crímenes, además de manifestar que sufría constantes depresiones desde hacía tiempo.

Con la absolución de la principal encaudada en uno de los crímenes más escalofriantes de los que habían acontecido en el Archipiélago canario en los últimos tiempos, se ponía fin a un triste y trágico episodio en el que los niños, una vez más y por desgracia no sería la última, se convertían en víctimas de una de las peores aberraciones humanas.

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